Orwell: escritores y Leviatán


LOS ESCRITORES Y LEVIATÁN


George Orwell

(1948)

La posición del escritor en una era de control estatal es asunto que ya se ha analizado en forma relativamente amplia, aun cuando no se dispone todavía, en su mayor parte, de las pruebas que podrían ser pertinentes. Aquí no quiero expresar una opinión ni en pro ni en contra del patrocinio de las artes por el Estado, sino señalar simplemente que la clase de estado que nos gobierne tiene que depender en parte del ambiente intelectual vigente; es decir, en este aspecto, en parte de la actitud de los propios escritores y artistas, y de su disposición o falta de ella para mantener vivo el espíritu liberal. Si en diez años nos encontramos temblando ante una persona como Zhdanov, probablemente será porque eso es lo que habremos merecido. Es evidente que entre los intelectuales literarios ingleses ya hay en acción fuertes tendencias hacia el totalitarismo. Pero aquí no me preocupa ningún movimiento organizado y consciente como es el comunismo, sino puramente el efecto que tiene, sobre personas de buena voluntad, el pensamiento político y la necesidad de abanderizarse políticamente. Esta es una edad política. La guerra, el fascismo, los campos de concentración, los palos de luma, las bombas atómicas, son las cosas en que pensamos todos los días, aunque no las nombremos abiertamente. Esto no lo podemos evitar. Si uno está en un barco que naufraga, pensará en naufragios. Pero no sólo se limita así nuestro tema sino que toda nuestra actitud hacia la literatura se tiñe con lealtades que comprendemos, al menos de manera intermitente, que no son literarias. A menudo da la impresión de que la crítica literaria, aun en el mejor de los casos, es fraudulenta puesto que en ausencia total de normas aceptadas de cualquier índole, de alguna referencia externa que pueda dar sentido a la afirmación de que tal y tal libro es “bueno” o “malo”, todo juicio literario consiste en inventar un conjunto de reglas para justificar una preferencia instintiva. La verdadera reacción que uno tiene ante un libro, cuando llega a tenerla, es, habitualmente, “este libro me gusta” o “no me gusta”, y lo que sigue es una racionalización. Pero decir “este libro me gusta” no es, creo yo, una reacción no literaria; la reacción no literaria es decir: “Este libro está de mi parte, por lo tanto debo descubrirle méritos”. Es claro que cuando uno alaba un libro por razones políticas, puede mostrarse emocionalmente sincero, en el sentido de que uno de veras siente una fuerte aprobación, pero también ocurre a menudo que la solidaridad partidista exija una pura mentira. Cualquiera que esté acostumbrado a reseñar libros para publicaciones políticas lo sabe. En general, si uno escribe para un diario con el cual está de acuerdo, peca por acción, y si lo hace para uno del color opuesto, peca por omisión. En todo caso, hay innumerables libros polémicos: libros en pro o en contra de la Rusia soviética, en pro o en contra del sionismo, en pro o en contra de la Iglesia Católica, etc., a los que se juzga antes de leerlos, de hecho antes de que se escriban. Uno sabe de antemano qué acogida van a tener en cuáles diarios. Y sin embargo, con una falta de honradez que suele no ser consciente ni siquiera en una cuarta parte, se mantiene la ficción de que se aplican normas literarias auténticas.

Por cierto que la invasión de la literatura por la política tenía que ocurrir. Tenía que ocurrir, aun cuando el problema del totalitarismo no hubiera surgido jamás, porque se nos ha producido una suerte de remordimiento que nuestros abuelos no tenían, una conciencia de la enorme injusticia y miseria del mundo, y un sentimiento de culpabilidad porque uno debería hacer algo al respecto, que torna imposible mantener una actitud puramente estética ante la vida. Nadie podría, hoy, dedicarse a la literatura con la concentración absoluta de Joyce o de Henry James. Pero, lamentablemente, aceptar responsabilidad política hoy significa rendirse a las ortodoxias y las “líneas del partido”, con toda la timidez y falta de honradez que ello significa. En comparación con los escritores Victorianos, tenemos el inconveniente de vivir entre ideologías políticas claramente definidas y de saber de un vistazo, por lo general, cuáles pensamientos son heréticos. El intelectual literario moderno vive y escribe con temor constante, no, por cierto, de la opinión pública en el sentido más amplio, sino de la opinión pública dentro de su propio grupo. En general, por suerte, hay más de un grupo, pero también en cualquier momento dado existe una ortodoxia dominante. Para atacarla se necesita tener la piel dura y estar dispuesto a reducir a la mitad los ingresos durante largos años. Es evidente que desde hace unos quince años la ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la “izquierda”. Las palabras claves son “progresista”, “democrático” y “revolucionario”, mientras que las etiquetas que hay que evitar a toda costa son “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. Hoy en día casi todos, incluso la mayoría de los católicos y conservadores, son “progresistas” o al menos quieren que se les tenga por tales. Nadie, que yo sepa, jamás dice de sí mismo que es “burgués”, así como nadie que tenga la instrucción suficiente para conocer la palabra reconoce que es culpable del antisemitismo. Somos todos buenos demócratas, antifascistas, antimperialistas, despreciativos de las diferencias de clase, impermeables al prejuicio racial, y así sucesivamente. Tampoco cabe duda de que la ortodoxia “izquierdista” de hoy es mejor que la ortodoxia conservadora beata y más bien afectada que predominaba veinte años atrás, cuando el Criterion y (en menor escala) el London Mercury eran las revistas literarias dominantes. Porque a lo menos su objeto implícito es una forma viable de sociedad que mucha gente en realidad desea. Pero también tienen sus falsedades propias que, como no se las puede reconocer, hacen imposible el análisis serio de ciertas cuestiones.

Toda la ideología de izquierda, científica y utópica, la elaboraron personas que no tenían posibilidad inmediata de alcanzar el poder. Era, por tanto, una ideología extrema, absolutamente desdeñosa de reyes, gobiernos, leyes, cárceles, fuerzas policiales, ejércitos, banderas, fronteras, patriotismo, moral convencional y, en el hecho, de todo el orden de cosas existente. Hasta bien entrado el período de que hay memoria viviente, en todos los países las fuerzas de la izquierda lucharon contra una tiranía que parecía invencible, y era fácil suponer que si sólo se pudiera derrocar esa tiranía en particular, la del capitalismo, el socialismo vendría en seguida. Además, la izquierda había heredado del liberalismo ciertos postulados claramente discutibles, como la idea de que la verdad ha de prevalecer y la persecución ha de derrotarse a sí misma, o de que el hombre es por naturaleza bueno y sólo lo corrompe su entorno. Esta ideología perfeccionista ha perdurado en casi todos nosotros y en su nombre es que protestamos cuando (por ejemplo) un gobierno laborista aprueba ingresos inmensos para las hijas del rey o se muestra vacilante para nacionalizar la siderurgia. Pero también hemos acumulado en nuestra mente toda una serie de contradicciones no confesadas, consecuencias de sucesivos choques con la realidad.

El primer choque fue la revolución rusa. Por motivos más bien complejos, casi toda la izquierda inglesa se ha visto obligada a aceptar que el régimen ruso es “socialista”, aunque reconoce en su fuero interno que tanto su espíritu como su práctica son bien extraños a todo lo que se entiende por “socialismo” en este país. De aquí ha surgido una especie de manera de pensar esquizofrénica, en la que una palabra como “democracia” puede tener dos significados irreconciliables y cosas como campos de concentración y deportaciones en masa pueden estar simultáneamente bien y mal. El golpe siguiente a la ideología izquierdista fue el surgimiento del fascismo, el cual sacudió el pacifismo y el internacionalismo de la izquierda sin efectuar una reformulación definida de la doctrina. La experiencia de la ocupación alemana enseñó a los pueblos de Europa algo que los pueblos coloniales ya sabían, esto es, que los antagonismos de clase no tienen mayor importancia y que existe algo que se llama interés nacional. Después de Hitler, resultaba difícil sostener seriamente que “el enemigo está en tu propio país” y que la independencia nacional no tiene valor. Pero aun cuando todos sabemos esto y si es preciso actuamos en consecuencia, todavía nos parece que decirlo en voz alta sería una suerte de traición. Y por último, la mayor dificultad de todas, existe el hecho de que la izquierda está ahora en el poder y se ve obligada a asumir responsabilidades y a tomar decisiones auténticas.

Los gobiernos de izquierda siempre desilusionan a sus partidarios porque, aun si la prosperidad que han prometido fuera alcanzable, siempre es necesario un incómodo período de transición, del cual poco se dijo antes. En este momento vemos a nuestro propio gobierno, en sus desesperados apuros económicos, luchando contra su propia propaganda pasada. La crisis en que nos hallamos ahora no es una calamidad repentina e inesperada, como un terremoto, ni la guerra la causó sino sólo la apresuró. Hace decenios se pudo prever que algo así iba a suceder. Desde el siglo XIX nuestro ingreso nacional, dependiente en parte de los intereses de inversiones extranjeras y de mercados cautivos y materias primas baratas en países coloniales, ha sido extremadamente precario. Era seguro que, tarde o temprano, algo andaría mal y nos veríamos obligados a equilibrar las exportaciones con las importaciones; y cuando eso ocurriera el nivel de vida en Gran Bretaña, incluso el de la clase obrera, tendría que caer, al menos temporalmente. Y sin embargo los partidos de izquierda incluso cuando vociferaban contra el imperialismo, nunca dejaron esto en claro. En ocasiones estaban dispuestos a reconocer que los obreros británicos se habían beneficiado, en alguna medida, con el saqueo de Asia y África, pero siempre dejaban la impresión de que podíamos renunciar al botín y no obstante arreglárnoslas para seguir prósperos. En gran medida, en verdad, se conquistó a los obreros para el socialismo porque se les dijo que eran explotados, cuando la dura verdad es que, en términos mundiales, eran explotadores. Ahora, según parece, se ha llegado al punto en que el nivel de vida de la clase obrera no se puede mantener, ni hablar de elevarlo. Aunque estrujemos a los ricos hasta que desaparezcan, la masa del pueblo tiene que consumir menos o bien producir más. ¿O es que exagero el lío en que estamos metidos? Puede ser, y me alegraría de saberme equivocado. Pero lo que quiero destacar es que este asunto no se puede analizar de verdad entre personas fieles a la ideología de izquierda. La reducción de los salarios y el aumento de las horas de trabajo se ven como medidas antisocialistas y por eso hay que descartarlas de antemano, sea cual fuere la situación económica. Sugerir que puedan ser inevitables, significa simplemente verse embadurnado con aquellas etiquetas que nos tienen a todos aterrados. Es mucho más prudente esquivar el bulto y fingir que podemos arreglarlo todo con la redistribución del ingreso nacional existente.

Aceptar una ortodoxia, siempre significa heredar contradicciones sin resolver. Tómese, por ejemplo, el hecho de que a toda persona sensible le repugna el industrialismo y sus productos, y sin embargo está consciente de que la conquista de la pobreza y la emancipación de la clase obrera exigen no menos industrialización, sino cada vez más. O tómese el hecho de que algunas tareas son absolutamente necesarias, pero nunca se cumplen salvo bajo alguna forma de coacción. O el hecho de que es imposible tener una política exterior positiva sin tener fuerzas armadas poderosas. Se podrían multiplicar los ejemplos. En cada uno de dichos casos existe una conclusión que está perfectamente clara, pero que sólo se puede sacar si uno es privadamente desleal a la ideología oficial. La reacción normal es la de relegar la cuestión, sin resolver, a un rincón de la mente y luego continuar repitiendo frases hechas contradictorias. No hace falta buscar mucho en las reseñas y revistas para descubrir los efectos de esta clase de pensamiento.

No quiero decir, desde luego, que la falta de honradez mental sea propia de los socialistas y de los izquierdistas en general, o que sea más frecuente entre ellos. Es simplemente que al parecer la aceptación de cualquiera disciplina política es incompatible con la integridad literaria. Lo dicho vale igualmente para los movimientos como el pacifismo y el personalismo, que dicen situarse fuera de la lucha política común. De hecho, parece que el solo sonido de las palabras terminadas en “ismo” trajera consigo el olor de la propaganda. Las lealtades de grupo son necesarias, y con todo son venenosas para la literatura, mientras la literatura sea obra de individuos. Tan pronto como se les permite ejercer una influencia, siquiera negativa, sobre la obra creativa, se produce no sólo la falsificación sino a menudo el verdadero agotamiento de las facultades inventivas.

¿Y entonces qué? ¿Debemos concluir que es deber de todo escritor “no meterse en política”? ¡Por supuesto que no! En todo caso, como ya lo dije, ninguna persona pensante puede dejar sinceramente de meterse en política, ni lo hace, dada la época en que vivimos. Sólo propongo que debemos hacer una distinción, más nítida que la que hacemos ahora, entre nuestras lealtades políticas y literarias y que debemos reconocer que la disposición a realizar ciertas cosas ingratas pero necesarias no lleva consigo ninguna obligación de tragarse las creencias que habitualmente las acompañan. Cuando un escritor se ocupa de política debe hacerlo como ciudadano, como ser humano, pero no como escritor. No creo que, puramente en aras de su sensibilidad, tenga el derecho de esquivar el sucio trabajo corriente de la política. Igual que cualquier persona, debe estar dispuesto a pronunciar discursos en salas cruzadas por corrientes de aire, pintar pavimentos con tiza, conseguir votos, distribuir panfletos, hasta pelear en guerras civiles si es necesario. Pero haga lo que haga al servicio de su partido, jamás debe escribir en su favor. Debe dejar en claro que su oficio es cosa aparte. Y debe ser capaz de actuar en colaboración mientras rechaza por completo, si lo desea, la ideología oficial. Nunca debe retroceder ante una sucesión de pensamientos porque podría conducir a una herejía, y no debe sentirlo mucho si se husmea su postura no ortodoxa, lo que probablemente ocurrirá. Quizás incluso sea mala seña en un escritor que no se le sospeche hoy de tener tendencias reaccionarias, así como hace veinte años era mala seña que no se le sospechara de tener tendencias comunistas.

Pero ¿quiere decir todo esto que el escritor no sólo debe negarse a dejar que lo dominen los caciques políticos sino que debe abstenerse de escribir sobre política? Otra vez, ¡por supuesto que no! No hay ningún motivo para que no escriba de la manera más burdamente política si lo desea. Sólo que debe hacerlo como individuo, como un extraño, cuando más como un guerrillero impropio en el flanco de un ejército regular. Esta actitud es bien compatible con la utilidad política corriente. Es razonable, por ejemplo, estar dispuesto a luchar en una guerra porque uno estima que la guerra hay que ganarla, y al mismo tiempo negarse a escribir propaganda de guerra. A veces, si el escritor es honrado, sus escritos y sus actividades políticas pueden incluso contradecirse. Hay ocasiones en que ello es claramente inconveniente; pero entonces el remedio no está en falsificar los propios impulsos sino en guardar silencio.

Proponer que en tiempos de conflicto un escritor creativo tiene que partir su vida en dos compartimientos puede aparecer derrotista o frívolo; pero en la práctica no veo qué otra cosa puede hacer. Encerrarse en una torre de marfil es imposible e inconveniente. Rendirse subjetivamente, no puramente a una máquina partidista sino incluso a una ideología de grupo, es destruirse uno mismo como escritor. El dilema nos parece doloroso porque vemos la necesidad de meternos en política y al mismo tiempo vemos lo puerca y degradante que es. Y la mayoría de nosotros todavía conserva una morosa creencia de que toda opción, incluso toda opción política, se realiza entre el bien y el mal, y que si una cosa es necesaria también es buena. Pienso que debemos deshacernos de esta creencia que pertenece a la niñez. En política, uno nunca puede hacer más que decidir cuál de dos males es el menor, y hay situaciones de las cuales sólo se puede escapar si se actúa como un demonio o un loco. La guerra, por ejemplo, puede ser necesaria, pero no es, por cierto, ni buena ni cuerda. Incluso, una elección general no es precisamente un espectáculo grato ni edificante. Si uno tiene que tomar parte en cosas semejantes, y yo estimo que sí hay que hacerlo, salvo que uno tenga un blindaje de vejez, estupidez o hipocresía, entonces también hay que mantener parte de uno mismo intacta. Para la mayoría de la gente, el problema no se presenta de la misma manera, porque ya tienen la vida partida. Viven auténticamente sólo en sus horas de ocio y no existe ningún lazo emocional entre su trabajo y sus actividades políticas. Tampoco, en general, se les pide, en nombre de la lealtad política, que se rebajen a trabajar. Al artista, en especial al escritor, se le pide justamente eso aunque, en verdad, eso es lo único que los políticos jamás le piden. Si se niega, eso no quiere decir que quede condenado a la inactividad. Una mitad de él, que en cierto sentido es todo él, puede actuar tan resueltamente, incluso tan violentamente si es preciso, como cualquiera. Pero los escritos, en la medida en que tienen algún valor, serán siempre la obra de aquel ser más cuerdo que se hace a un lado, registra las cosas que se hacen y reconoce su necesidad, pero se niega a dejarse engañar acerca de su índole verdadera.

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