Transformaciones dialécticas de la guerra y economía criminal

El artículo del profesor alemán Peter Lock, traducido del alemán por el profesor Stephen A Hasam, de la UAM-Xochimilco(México DF), nos parece de enorme utilidad para entender de modo crítico y materialista el fenómeno de la violencia que se está convirtiendo ya en endémica en la República Mexicana, a la manera en que sucedía años atrás con Colombia
FUENTE EN ESPAÑOL http://www.peter-lock.de/txt/span.php?PHPSESSID=4208601317f00e4ab8cedd94cffa8d97
Dr. Peter Lock
European Association for Research on Transformation e.V.
Transformaciones de la guerra:
Hacia la dominicación de violencia reguladora[1]
La guerra contra Irak distrae del hecho de que nos encontramos actualmente en una fase del desarrollo del mundo en la cual las guerras se transforman en un modelo que va de salida; al menos aquellas formas de guerra para las cuales fueron elaboradas reglas durante el siglo pasado -por medio del derecho internacional- con el propósito de circunscribirlas. Esto no ocurre, como pudiera pensarse, porque fuera observable una tendencia a escala mundial hacia formas menos violentas de resolución de conflictos. Todo lo contrario, mis tesis más bien son que, en primer lugar, Estados Unidos, como potencia militar hegemónica incontestada, tiene la intención de emplear de manera ubicua y preventiva medios violentos para imponer sus intereses dentro del marco de la así llamada guerra contra el terror. Busco fundamentar por qué esta política suprime a la guerra como categoría delimitable. En segundo lugar, la lógica inmanente de las multicitadas “nuevas guerras”, que fungen como un elemento del lado inverso de la globalización, que yo llamo la “globalización sombra”, apunta hacia una difusión y transformación de la violencia bélica en “violencia reguladora” para la conducción de sistemas de redes transnacionales (económico-)criminales que, como reflejo del globalismo neoliberal, probablemente se han convertido en la esfera más dinámica de la economía global. Como resultado se llega a una desterritorialización de la lógica de la violencia bélica y, con esto, a una disolución del fenotipo[2] “guerra” mientras que, simultáneamente, la violencia se convierte en el medio dominante de regulación económica y social en las zonas de apartheid social que crecen a lo ancho del mundo.

Sobre la primera tesis:
En la concepción del mundo de nuestra modernidad ilustrada, la guerra aparece como un caso de perturbación moral dentro de un sistema integrado globalmente, designado como comunidad internacional o sociedad mundial, y definido como unidad ético-responsable. De ahí se deriva un imperativo moral para la comunidad internacional de los Estados de contrarrestar y prevenir colectivamente ese tipo de perturbaciones. En virtud de que las guerras entre Estados se han vuelto entretanto la excepción, y sobrepesan los conflictos armados dentro de las sociedades, esto significa, a partir del fin de la guerra fría y vinculado con esto, la derogación del “dogma” de la no intervención en los asuntos internos y un incremento de intervenciones para establecer y mantener la paz en los conflictos dirimidos al interior de las sociedades. Se ha impuesto una nueva valoración de los derechos legalmente protegidos de soberanía estatal y de derechos humanos, que ha encontrado también una expresión en la creación de la Corte Penal Internacional.
En la realidad política este imperativo moral, el de luchar por los derechos humanos, no es empero cumplido en la práctica. Las intervenciones, también bajo etiqueta de humanitarias, permanecen atadas a intereses de Estados (militarmente) potentes. En el caso de Ruanda faltó interés en aquellos Estados, que hubieran sido los únicos en poder intervenir militarmente para detener el genocidio.
Con el viraje estadunidense después del 11 de septiembre hacia la guerra declarada contra el terror, las delimitaciones de fronteras entre la guerra y la paz han sido suprimidas terminantemente. Es debido a una aceleración enorme en el desarrollo de la doctrina estadunidense, a partir de este corte crucial en el tiempo, que en adelante la salvaguardia de intereses estadunidenses se libera abiertamente de todos los límites vigentes del derecho internacional. Esta orientación estaba ya adelantada, y encontró su expresión, en el rechazo fundamental a la creación de una corte penal internacional, mucho tiempo antes del año 2001. Un gobierno que, dado el caso, considere necesaria la violación de las reglas del derecho internacional en la salvaguardia de sus intereses nacionales, lógicamente tiene que proteger de persecución penal a los ejecutores por él comisionados.
La lógica de la guerra contra el terror implica un auto empoderamiento casi absoluto por parte del ejecutivo. El adversario, en gran medida invisible, representado en esta ideología de la amenaza, no conoce límites de acción, está omnipresente en el tiempo y en el espacio; ninguna acción violenta del adversario puede ser descartada. En la medida en que se abusa de la figura de la amenaza terrorista como recurso político para la conservación del poder, ésta asume vertiginosamente dimensiones totalitarias. La recién fundada super secretaría para la defensa de la patria, Homeland Security[3], en Estados Unidos, con poderes extensos en vinculación con servicios de inteligencia en expansión dramática, ofrece ya un anticipo de las pretensiones usurpatorias del ejecutivo.
Dentro de esta lógica autosugestiva, la guerra contra el terror adopta a discreción cualquier figura oportuna para la política del poder, cuya existencia real jamás es verificable. O dicho de otra manera, si uno no puede falsificar, a partir de la lógica, la existencia del adversario terrorista, entonces tiene uno que suponer su existencia, lo que hace que uno se sienta legitimado para actuar en una situación permanente de excepción. Para estrategias defensivas faltan rastros y huellas logísticas claras del adversario terrorista. De la amenaza totalitaria imaginada se genera sistemáticamente la compulsión para liberar también a la (auto)defensa de cualquier constreñimiento a su margen de acción. Consecuentemente, las estrategias preventivas agresivas aparecen como defensa única y eficaz. No es permisible que éstas sean limitadas en su eficacia, ni por las reglas del Estado de derecho, ni por el derecho internacional. La guerra contra el terror deviene así en una política global de poder violenta y asimétrica, que ignora cualquier soberanía territorial de terceros. Extrae su legitimidad de una presunción normativa de supremacía del Estado estadunidense y de su sistema de valores. Esta guerra, que no renuncia a sus premisas, no tiene fin y se suprime a sí misma, es decir, a la figura de la guerra. La lógica cargada de angustia del estratega contra el terror legitima una intensificación de intervención preventiva hasta el umbral más bajo, lo que en tendencia conduce de hecho a una desmilitarización de estrategias de intervención y a una dislocación hacia intervenciones encubiertas, a la entrada en acción de proveedores privados de servicios, incluyendo los militares, y a la defensa preventiva contra supuestos perjuicios a los intereses estadunidenses.
También la guerra fría se basaba en una figura ideológica comparable. El adversario era representado como un actor totalitario. Pero en contraste con la guerra contra el terror, aquel adversario poseía el atributo de territorialidad. A través de la implosión, o bien, de la autodisolución de la Unión Soviética, pudo ser finalizada la lógica de la guerra fría, sin renunciar a las premisas de la propia ideología.
Resulta difícil relacionar la actual política estadunidense con intereses económicos de algún grupo hegemónico en particular. Las contradicciones de la actual política preventiva de intervención sugieren que esta política es propulsada por consideraciones de conservación de poder de política interna. En Estados Unidos las guerras parecen ser en primer término un recurso de política interior manipulador. Sea como fuere, la guerra contra Irak carece de una lógica coherente del capital. La escenificación estadunidense de una lógica de guerra paraliza los discursos democráticos a nivel nacional e internacional, con consecuencias profundas para el desarrollo y la aplicación del derecho internacional, y para el papel de las Naciones Unidas, pero crea un clima populista para la re elección de Bush.
Con relación a la guerra contra Irak vale aseverar que la presentación de la guerra en los medios masivos de comunicación ha soslayado su atributo distintivo. La demostrada superioridad asimétrica de las fuerzas armadas estadunidenses ha invalidado a lo ancho del mundo la opción de una defensa militar contra esta superpotencia. La monstruosa fuerza destructiva de las armas de campaña estadunidenses, combinada con un casi total reconocimiento y disrupción de la comunicación del adversario excluyen casi completamente una defensa coordinada sobre el terreno. En las ondas expansivas generadas por las bombas y misiles estadunidenses perecieron decenas de miles de soldados iraquíes en sus puestos defensivos, antes de que pudiesen entrar en combate. Esta dimensión de la guerra fue suprimida de la presentación en los medios masivos de comunicación.
Más aún, considerando que a lo ancho del mundo van a la baja los ingresos fiscales y, con esto, también cae la posibilidad de mantener fuerzas armadas modernas y potentes, de esto se desprende que a mediano plazo el potencial estadunidense para librar guerras permanecerá sin adversarios militarmente relevantes en el mundo. Solamente armas de destrucción masiva podrían, bajo ciertas circunstancias, intimidar y hacer a las tropas estadunidenses desistirse de invadir.
Sin embargo, más terminante es que a un ritmo vertiginoso en una gran parte del mundo disminuye con rapidez la elasticidad para oponer resistencia a las disrupciones masivas de la circulación económica. Posiblemente suene cínico aseverar que Irak era uno de los últimos lugares en el mundo, donde era posible escenificar una guerra del tipo que ocurrió. El programa de petróleo por alimentos de las Naciones Unidas, condicionado por el embargo, había preparado de manera casi ideal a la sociedad iraquí para las disrupciones, determinadas por la guerra, del abastecimiento de la población con alimentos; abastecimiento que fue organizado económicamente desde una administración central. Tres meses de provisiones estaban disponibles y, en parte, ya distribuidas al consumidor final, cuando comenzaron las acciones bélicas. Ninguna otra sociedad en el Tercer Mundo dispone de una alta elasticidad comparable de sobrevivencia frente a tales disrupciones masivas de provisiones.
La urbanización y la destrucción de los mundos vitales campesinos hacen a la sociedad mundial más susceptible que nunca a disrupciones. Es de suponerse que las masas marginalizadas en los cinturones de miseria de las megaciudades del mundo hambreen en el más corto plazo ante una interrupción de su frágil sistema de abastecimiento. Casi no quedan espacios de refugio rurales en los cuales la elasticidad presente posibilidades de sobrevivencia a las formas económicas campesinas. Aquellos espacios ya están en gran parte estructurados de manera agroindustrial. Los pobres viven un cotidiano just-in-time, “justo a tiempo”, y no disponen de reservas. Los núcleos de las megaciudades modernas como espacios de sobrevivencia se colapsan en pocos días con apenas una disrupción del suministro de energía eléctrica. De lo anterior se puede concluir que el mundo casi no dispone de espacios donde sean concebibles confrontaciones militares convencionales, sin que éstas no pongan en jaque en el plazo más corto la sobrevivencia de la población civil, como consecuencia mediata de acciones bélicas.
Del rumbo que han tomado las cosas en Europa desde la segunda Guerra Mundial puede uno dilucidar las transformaciones decisivas, relativas a la elasticidad de sobrevivencia de sociedades modernas, frente a disrupciones de la infraestructura y de la circulación de mercancías. Durante la segunda Guerra Mundial, ante los bombardeos aéreos de los Aliados contra las grandes ciudades alemanas, el régimen nacionalsocialista estaba en condiciones de poner relativamente a salvo a grandes sectores de la población civil mediante su traslado y reubicación en zonas rurales. Así, por ejemplo, en 1943, las escuelas primarias de Hamburgo fueron transferidas para determinados grupos de edad a pueblos húngaro-occidentales. Con trabajo esclavo el régimen pudo mantener funcionando su producción industrial bélica y la producción agrícola y, en el año 1944, incluso incrementar la producción de armamento. Debido a la concentración en la producción orientada para la guerra, en Alemania después del ascenso al poder del nacionalsocialismo en 1933 la economía agraria quedó poco mecanizada, si se le compara con la de Estados Unidos y Gran Bretaña. También el molido régimen de Milosevic, después de la guerra fría, se mostró durante diez años como sorprendentemente resistente, a pesar de la mala administración económica, los costos de guerra, la corrupción sistémica y la emigración de las élites con formación profesional. Un fundamento de esa resistencia fue la particular composición agraria del país. De manera similar a Polonia en sus territorios orientales otrora no alemanes, también Yugoslavia había conservado su estructura de pequeños agricultores durante la fase de socialismo de Estado. Los modos de producción de pequeños agricultores disponen de una habilidad extraordinaria de adaptación, son muy resistentes frente a disrupciones y constituyen, por lo tanto, una reserva de sobrevivencia altamente elástica.
Hoy, en toda Europa y, por supuesto también en Estados Unidos, Canadá y Australia, la producción agrícola se caracteriza por ser un sector con un alto grado de división del trabajo, que a las menores disrupciones en la circulación de bienes se colapsa. Los subsidios agrícolas en esos países significan, con miras a los futuros escenarios de conducción de guerra fuera de los Estados del Grupo de los Siete (G-7), una sistemática destrucción cumulativa de los mundos vitales campesinos en el Tercer Mundo. Las junglas de pobreza de las megaciudades en extensas regiones del Tercer Mundo se deben, en vista de la doctrina neoliberal de regulación, a la política contrasistémica de subsidios agrícolas que, dentro de los países del G-7, constituyen la mitad del valor añadido generado en la economía agraria.
No existe la menor duda en lo que atañe a la vulnerabilidad de las cada vez más emparedadas islas de prosperidad y “nodos glocales” (Saskia Sassen) de la economía global, ésta dominada por los consorcios multinacionales. Basta interrumpir el suministro de energía eléctrica para apagar estas esferas de vida. Por ejemplo, los enormes frigoríficos de la prosperidad pierden en pocas horas su valor estratégico. Los planificadores militares en el Pentágono tienen a esta vulnerabilidad en la mira y han desarrollado las armas correspondientes, que fueron estrenadas en Serbia, cuando el suministro de energía eléctrica fue apagado mediante el lanzamiento de fibra de carbón.
Mi tesis lleva a la conclusión de que una invasión militar del tipo de la última guerra contra Irak, llevada a cabo contra casi cualquier otro país del mundo, pondría en peligro la sobrevivencia de toda la población civil en cuestión de pocos días. El escenario de hacer una guerra en contra de un país de rentistas de víveres no es repetible. La situación de la población en El Cairo, São Paulo o la Ciudad de México se aproximaría a la de un genocidio después de tres semanas de disrupción de la circulación de mercancías, como consecuencia de una guerra del tipo llevada a cabo contra Irak. Por consiguiente, surge la interrogante acerca de la conductibilidad de este tipo de guerra con miras a los próximos blancos ya discutidos.
El complejo burocrático-militar estadunidense hace mucho tiempo que ha reconocido esto. Éste ofrece al congreso de ese país ciertamente todavía con insistencia una kilomillonaria modernización de las fuerzas armadas convencionales para el aseguramiento duradero de la superioridad absoluta. Esto es expresión de una singular fuerza del aparato burocrático-militar para hacerse prevalecer, a falta de control parlamentario. Las cuatro armas de Estados Unidos han extendido hasta el año 2020, exitosamente, en alianza con la industria armamentista, el programa de modernización para aviones de combate y otros sistemas costosos de armamentos, que habían sido concebidos todavía durante la guerra fría. A su manera, el Pentágono es una reliquia sobreviviente de la guerra fría, modelada según la lógica soviética de organización, eximido de la competencia y de cualquier control político real. El atentado contra el edificio el 11 de septiembre de 2001 ha creado una zona de seguridad de derechos creados y de activos, que conduce a que el Pentágono pueda dispendiar ineficientemente sus colosales recursos financieros porque, dada la magnitud de los gastos estadunidenses en armamento, éstos aseguran de cualquier manera su superioridad militar mundial.
El Congreso oportunista en Estados Unidos ve en el presupuesto militar una última oportunidad para una política industrial nacional en la era del orden neoliberal. El proyecto presupuestal del Pentágono es regularmente ampliado por el Congreso en unos cuantos miles de millones de dólares, para atender a intereses económicos regionales. Correspondientemente, cada una de las cuatro armas se procura por su lado sistemas tecnológicos que compiten entre sí técnicamente, que operan hasta ahora siguiendo esta lógica con sistemas incompatibles de software. En contra de las posibilidades tecnológicas claras de eficientemente ejecutar, con superioridad y a largo plazo, opciones con aeronaves teledirigidas no tripuladas, en el programa de adquisiciones de las cuatro armas, la compra de aviones de combate tripulados será continuada cuando menos hasta el año 2020.
Simultáneamente empero el Pentágono se prepara paralelamente desde hace muchos años con un gran despliegue de investigación para “operaciones militares salvo la guerra” [Military Operations Other Than War ( MOOTW)]. Con el objetivo de imponer preventivamente y a bajo umbral los intereses estadunidenses, es desarrollado en el mayor secreto un espectro amplio de medios de disrupción, desplegables en todas partes, incluso ahí, donde la conducción de guerra convencional ya no es posible. Al mismo tiempo estos medios de disrupción poseen de manera inherente el potencial para hacer superflua la violencia bélica abierta de parte de Estados Unidos. El potencial de despliegue de este arsenal fue demostrado en la disrupción del suministro de energía eléctrica durante la guerra del Kosovo[4].
Una expresión adicional del reconocimiento tácito a los aparatos burocráticos de seguridad del Pentágono, políticamente no controlados, y de los diversos servicios de inteligencia, es la privatización sistemática y la subrogación de la prestación de servicios de violencia, en interés del gobierno estadunidense. Esto es a la vez el reconocimiento tácito de que las esferas vitales en la economía globalizada casi no toleran un despliegue operativo sensato de la maquinaria de guerra estadunidense.
Hasta ahora no ha sido suficientemente reconocido que la salvaguardia por la vía violenta de los intereses estadunidenses, sin participación de sus fuerzas armadas, fue practicada durante la década de los años 80 en Afganistán. En el lugar de las fuerzas armadas, fue la Agencia Central de Inteligencia (CIA) la que condujo aquella guerra contra la Unión Soviética. La puesta en operación de tropas foráneas para hacer prevalecer los intereses de Estados Unidos fue practicada con éxito. Después del 11 de septiembre de 2001, esta estrategia fue nuevamente puesta en operación para expulsar al régimen Talibán. Los mercenarios mostraron ser empero vasallos con voluntad propia, que habían puesto las miras más en el dinero que en el resultado político. Entretanto las fuerzas estadunidenses en Afganistán pagan peaje a “señores de la guerra” regionales, en sus tentativas por perseguir a presuntos talibanes desbandados o grupos terroristas, con el fin de no poner en peligro las misiones operativas. Simultáneamente, los grandes consorcios de materias primas le pagan dinero de protección a las fuerzas armadas estacionadas localmente, que frecuentemente no perciben un salario suficiente.

Sobre la segunda tesis:
Crecientemente, los rasgos característicos de las guerras actuales se vuelven cada vez más difusos. Principio y fin frecuentemente no señalan rupturas reales con referencia al acontecer violento. El nivel de violencia dentro de una sociedad hace mucho que ya no es atributo suficiente para tipificar una guerra. Los choques y combates muestran en no pocas ocasiones rasgos erráticos. La ayuda humanitaria, como un elemento de la intromisión, es integrada de múltiples manera al acontecer bélico, y la neutralidad de las organizaciones de ayuda es suprimida de hecho desde un principio, como prerrequisito de entrada.
Además es válido afirmar que la gramática económica de las guerras se ha transformado de manera fundamental. Mientras que la segunda Guerra Mundial, pero también la guerra de Corea, fueron acompañadas por el ensanchamiento de la producción y la movilización de recursos yermos, incluyendo el trabajo esclavo, los conflictos armados de la actualidad se caracterizan por que las actividades económicas son paralizadas, y las personas se quedan sin trabajo, pierden sus sustentos de vida y se convierten en refugiados. La diferenciación entre combatientes y civiles se torna difusa, al tiempo que la población civil se convierte en blanco predilecto de las acciones de combate. Prisioneros de guerra se han vuelto la excepción, y la toma de rehenes casi en la regla. El derecho internacional de guerra hace mucho que ya no constituye un limitante de acción para los actores.
Un hallazgo central de investigaciones recientes señala que la violencia bélica puede ser explicada de manera considerable en función de intereses económicos. Es más, incluso guerras de larga duración se transforman francamente en una forma independiente de producción, donde las acciones bélicas son determinadas por cálculos empresariales sustentados en la violencia. Un hallazgo más es que estas economías de guerra solamente son capaces de funcionar si están integradas a redes transnacionales.
Rastreemos empero en primer lugar la génesis de las estructuras de la violencia. En todo el mundo los Estados se encuentran en una crisis profunda. La privatización de la seguridad es una imagen refleja de la situación que guarda la condición de Estado. Los bienes públicos, entre ellos la seguridad, se transforman extensamente en mercancías, y el poder de compra individual decide sobre la disponibilidad. De allí que la pobreza signifique, ante todo, inseguridad. Definida la condición de Estado de acuerdo con los postulados orientados hacia un Estado benefactor, las formas en que se manifiesta la disolución de la condición de Estado son en efecto desconcertantemente diversas, pero todas tienen en común la renuncia al monopolio de la violencia por parte del Estado, a favor de un amplio espectro de organizaciones de seguridad privada, tanto dentro como fuera del ordenamiento jurídico vigente. En la resaca de la globalización neoliberal, en gran parte del mundo los Estados pierden crecientemente la capacidad de recabar impuestos y, con ello, también renuncian a su propio fundamento. En el consecuente proceso de disolución, furtiva en la mayoría de los casos, del monopolio de la violencia por parte del Estado, los integrantes del aparato estatal se transforman incluso en una amenaza permanente para la sociedad civil, en virtud de que procuran sus medios de vida, y a veces más, mediante el aprovechamiento ilegal de su estatus. Si una sociedad cae en una situación donde la fachada de condición de Estado es apropiada mediante medios económico-criminales por sus agentes, generando una situación de inseguridad generalizada, entonces se disuelven todos los sistemas normativos de la sociedad civil y éstos son reemplazados por estructuras de autodefensa. Estas últimas fuerzan ideologías de identidad, también a nivel micro, que se fundamentan en la exclusión de los otros. A lo largo de las fronteras intrasociales que van surgiendo así, se intensifican los conflictos, que finalmente pueden descargarse con violencia armada.
La informalización y criminalización de las actividades económicas determinan la vida cuando ideologías sustentadas en la identidad se conforman, y ocupan el lugar de la esfera jurídica estatal uniforme. Sofocan toda iniciativa empresarial de autoayuda. La migración masiva es regularmente el resultado de tales tendencias. La diáspora resultante fomenta sistemas de redes transnacionales y ofrece a la vez una infraestructura para transacciones ilegales del tipo más diverso. Las esferas de vida de la población migrante ilegal no están protegidas por el monopolio estatal de la violencia, ni por instancias jurídicas del Estado de derecho en el país anfitrión, aunque su fuerza de trabajo es económicamente un componente fijo de las respectivas economías nacionales. La población ilegal migrante está desprotegida frente a los actores criminales.
Las condiciones en Estados en proceso de descomposición, representadas aquí a grandes rasgos, se encuentran empero también en unidades pequeñas dentro del espacio social en Estados que por lo demás funcionan. Se trate de ghettos de minorías socialmente dependientes en las metrópolis de las naciones industrializadas, de los gigantescos cinturones de miseria que rodean a todas las grandes ciudades del Tercer Mundo, o de los centros industriales abandonados en la ex Unión Soviética, los habitantes vivencian la condición de Estado como si vivieran en un Estado en descomposición. La policía los confronta como enemigos peligrosos. Correspondientemente se constituyen en tales “exclaves del apartheid económico y social” estructuras similares a las existentes en economías de guerra. El monopolio de la violencia lo tienen en la mayoría de los casos las bandas organizadas según el principio territorial. Dinero de protección ocupa el lugar de los impuestos. Un silencio obtenido mediante la amenaza de la violencia frente a los órganos estatales de procesamiento penal corresponde a al lealtad ciudadana.
La sociedad “allá afuera” representa para esas personas territorio extranjero. Allí son un recurso, entre otras cosas, para el tráfico de drogas y otras actividades expuestas a riesgo, demandas en la economía-sombra. Quien es pobre, no tiene elección y asume los riesgos que acompañan a la actividad criminal. La joven población desocupada y los varones jóvenes en las zonas del apartheid económico conforman un ejército de reserva inagotable de la criminalidad.
Para una mejor comprensión de la dinámica de la actual globalización bajo la regulación neoliberal, es útil analizar la economía mundial como un sistema de circulación constituido por tres esferas interconectadas, que a su vez facilitan una amplia gama de transacciones desreguladas. Con base en este esquema analítico se añade la observación, de que la esfera de la globalización sombra, que consta de dos esferas, está marcada por la “violencia reguladora” como mecanismo dominante de regulación social y económica. Pero presentamos primero las tres esferas económicas:
Primero, la economía normal, legalmente operante: Esta es la única entidad considerada en el estudio de la economía nacional (los términos alemanes tradicionales son Nationalökonomie o Volkswirtschaft). Es solamente en esta esfera donde son recabados los impuestos, y son los impuestos –lo que en ningún momento debe ser olvidado— los que constituyen la base para la condición de Estado. La doctrina neoliberal ha transformado a la economía nacional en un mercado financiero global que ya comienza, a su vez, a socavar las economías nacionales y a las sociedades ancladas en el Estado.
Segundo, la economía informal: Este es el espacio donde la mayoría de la población mundial organiza su sobrevivencia, y esta mayoría vive en un estado de inseguridad física y legal constante. El monopolio del Estado sobre el uso legítimo de la fuerza no le ofrece ninguna protección. La seguridad tiene que ser organizada sobre una base privada, frecuentemente en contra de funcionarios gubernamentales corruptos. El monopolio de la fuerza es a menudo usurpado por fuerzas criminales a los niveles locales. En algunos casos se organizan grupos de auto defensa, por lo general no muy estables. La economía informal, en la figura de la migración económica y de migración con el propósito de sobrevivencia (refugiados), está mostrando ser uno de los factores más dinámicos dentro del actual proceso de globalización. La migración está operando en una escala enorme en las zonas obscuras de todas las sociedades, y ha creado mercados laborales que son ilegales, pero que se han vuelto un segmento indispensable tanto en la sociedad receptora como en la sociedad expulsora. Muy pocos bienes públicos están disponibles en el sector informal, a la vez que el Estado cobra muy pocos impuestos.
Tercero, la economía abiertamente criminal: La economía abiertamente criminal puede ser descrita como un número desconocido de redes más bien flexibles, sustentadas en la violencia, que operan globalmente. Estas redes están constantemente extendiéndose parasíticamente hasta el interior de la economía normal, y están extorsionando dinero de protección en la economía informal, entre otras actividades. Las drogas son quizás la principal fuerza propulsora de la dinámica de la construcción redes en la esfera criminal. Expertos calculan que el producto anual bruto “criminal” es de al menos 1500 millardos de dólares. Los mercados financieros difusos proveen el medio operativo para las actividades de la economía criminal, donde sus actores buscan, como último fin, el lavado de sus ganancias no legales.
Es preciso señalar que la economía de drogas está en función exclusiva de la persecución promulgada en los Estados Unidos y en otros países industrializados. Las ganancias extraordinarias se deben exclusivamente a la criminalización del consumo. Si tomamos los costos de la persecución en apenas un país, Estados Unidos, donde son erogados alrededor de 43 mil millones de dólares solamente para sostener a 1,2 millones prisioneros afroamericanos y latinoamericanos en las cárceles por infracciones de droga, con cargo a los contribuyentes estadunidenses, se puede concluir que ningún otro producto recibe una subvención tan alta, indirectamente por supuesto. Mientras que los países industrializados no cambien su política de combate a las drogas a favor de un control de la demanda, este polo dinámico de la economía sombra continuará a crecer. Nada menos que metas substanciales como la legalización y nacionalización de la venta de drogas permitirá una reducción de la economía sombra.
La economía global actual puede ser esbozada como un proceso espiral ascendente que abraza a la globalización neoliberal; ésta conduce a la fragmentación social y a la polarización, que a su vez conducen a la globalización de la esfera informal y de la criminal, que llamaré conjuntamente la “globalización sombra”. Los conflictos armados internos se articulan en este entorno y muestran las características económicas observadas; es decir, el involucramiento necesario en la economía sombra global. Pero la interconectividad de la economía sombra global no está limitada a los países que sufren conflictos armados en su propio territorio. En muchos otros países prevalecen también esferas que no son de la economía regular, sin que por eso emerjan conflictos armados. Pero en términos del volumen de violencia que sufren muchos países, los conflictos armados no se distinguen. La expresión de conflictos es otra.
Las conexiones entre los procesos simbióticamente enlazados de globalización por un lado, y formas en que se manifiesta la violencia social por el otro, hacen necesario investigar de manera mucho más exacta, también comparativamente a escala internacional, la violencia a nivel micro que se expresa, entre otros, en la tasa de homicidios y delitos con empleo de armas de fuego. Es necesario determinar la participación de la “violencia reguladora” en la totalidad de los delitos de homicidio y de otros actos criminales violentos. La “violencia reguladora” será definida como la amenaza y el empleo de violencia física para imponer relaciones desiguales de intercambio y de apropiación.
Si uno rastrea las transacciones típicas de las economías de guerra por sus rutas hacia la economía regular, se abren sistemas de redes criminales que operan a lo ancho del mundo, y cuya lógica de funcionamiento se basa en actos violentos, o bien la amenaza creíble de éstos. Por lo tanto, es analíticamente fructífero trabajar con la categoría de “violencia reguladora” en la investigación de las relaciones sociales de la violencia en la era de la globalización y de la globalización-sombra neoliberales, para así poder descifrar mejor las lógicas de la violencia, constitutivas del funcionamiento dinámico de la economía-sombra.
La nueva dimensión decisiva de estos fenómenos, que tienen carácter sistémico en las economías de guerra dentro de los conflictos armados internos y en sociedades fuertemente fragmentadas, se encuentra en que la lógica de funcionamiento de estos sistemas, necesariamente transnacionales, en Estados en descomposición, borra las diferencias entre guerra y paz. Las tasas de criminalidad violenta en sociedades fuertemente polarizadas como, por ejemplo, Brasil, Sudáfrica o Nigeria, alcanzan o rebasan incluso los resultados de la violencia bélica en “guerras civiles” actuales. La conducción sustentada en la violencia de sistemas transnacionales de redes, por ejemplo, de tráfico de drogas, armas y tráfico de personas, es forzosamente desterritorializada; en cualquier punto de las cadenas de transacción, puede ser necesario confrontar con “violencia reguladora” las disrupciones en la circulación de mercancías, dinero y personas. El ejemplo de los cárteles de las drogas es el mejor documentado. Desde el cultivo hasta el consumidor final, a menudo pasando por numerosas estaciones intermedias, a través de todos los continentes, con violencia si es necesario, debe ser protegida la red.
Pertenece también a la lógica de funcionamiento de los sistemas de redes económico-criminales que la existencia de los mercados en la economía regular no puede ser puesta en peligro, porque solamente si los actores pueden canalizar hacia el interior de esos mercados los ingresos de sus operaciones criminales, éstos podrán realizarse. Esto es lo que constituye la ya mencionada simbiosis entre ambos procesos de globalización, donde hasta el señor de la guerra más brutal está de alguna manera integrado. Lo que aparenta ser una guerra sin fin es posiblemente un atributo sistémico. Los señores de la guerra, o más precisamente, los empresarios sustentados en la violencia, están subordinados a la lógica de los sistemas de redes criminales transnacionales. Las metas políticas territoriales tienen que permanecer subordinadas a esta lógica. Se trata aquí de una difusión de la violencia bélica hacia el interior de los espacios transnacionales de operación de sistemas de redes criminales. La violencia bélica se transforma en “violencia reguladora”. Las guerras pierden así su campo de batalla, son desterritorializadas. El multicitado término, “nuevas guerras”, es, según esta hipótesis, solamente una expresión transitoria en ruta a la difusión generalizada de la violencia bélica, que no funge más sino como “violencia reguladora”, extensamente atada a la lógica de sistemas de redes económico-criminales transnacionales, que se propagan dentro del contexto del globalismo neoliberal. Mark Duffield ha descrito también estas tendencias económico-bélicas y habla de guerras entre sistemas de redes, network wars. Sin embargo, este concepto es una selección desafortunada, porque la guerra sin territorialidad es una construcción problemática[5].
El empuje modernizador que acompaña al globalismo neoliberal conduce a la segmentación social de las sociedades en megaciudades y, simultáneamente, es observable una ruptura modernizadora entre las generaciones. La realidad social en muchísimos países está marcada por una exclusión masiva de la economía regular de numerosas generaciones jóvenes. Este apartheid intergeneracional extendido se revela como un atributo sistémico reprimido del globalismo neoliberal, y está marcado por creciente amargura social y por proyectos de vida alternativos individuales, que se sustentan en el empleo de la violencia como afirmación y para obtener logros. Estas personas jóvenes no tienen representación política alguna dentro de las estructuras estatales existentes y asociaciones políticas. Solamente son tomadas realmente en cuenta como un riesgo criminal. A menudo articulan su estado anímico, idealizador de la violencia instrumental, en los textos de hip-hop y rap que, sin embargo, no es percibido como articulación política. Pero es significativo que la signatura de hip-hop y rap es un fenómeno global con articulaciones locales.
Si las personas jóvenes relegadas al apartheid social en todo el mundo tuviesen una voz política dentro de los sistemas políticos dominantes para hacer valer sus intereses, para poder vivir y trabajar en condiciones de un orden jurídico constitucional, entonces sería difícil para el globalismo neoliberal hacer prevalecer su propósito. En lugar de una promesa abstracta de bienestar a través del crecimiento, mediante la desregulación de la economía, aparecería en su lugar como prioridad la oportunidad de todos para participar constructivamente en la reproducción económica, por medio del trabajo dentro de una esfera de Estado de derecho unitaria. Juan Somavía, el director de la Oficina Internacional del Trabajo, confirma en su reciente informe que el camino para salir de la pobreza es el trabajo; traducido a nuestro esquema analítico, quiere decir que el camino para superar las economías sombra, y la violencia reguladora asociada con éstas, es el trabajo bajo la protección de la ley. Desde abajo, es decir, desde las sombras de la globalización neoliberal y, sobre todo, desde la óptica de las personas jóvenes, la economía mundial requiere de una nueva doctrina de regulación orientada hacia la participación productiva del mayor número posible en las economías nacionales.
Si estas tesis describen de manera apropiada la tendencia actual, entonces tiene que ser plasmado esto también en las contraestrategias políticas a la globalización neoliberal. El rechazo de la globalización es una trampa política porque, debido a la ineludible globalización de los medios de comunicación y de la informatización, no habrá alternativa a la globalización. La oposición aguda entre la izquierda y el neoliberalismo se refiere solamente a la regulación de la globalización. Como déficit político de las estrategias de la izquierda veo, con relación a los conjuntos de problemas tratados por mí, la escasa atención a la ruptura intergeneracional de los estados anímicos políticos. En este déficit se encuentra empero también una oportunidad estratégica, solamente que falta hasta ahora en los discursos y proyectos de la izquierda incluso todavía la percepción del problema, para poder operar activamente este proceso intergeneracional de integración.

Notas a pie de página
[1] Versión provisional. Una versión aumentada y corregida estará disponible en Agosto 2003.

[2] “Fenotipo” en su rigurosa acepción etimológica (phainein: mostrar, aparecer; túpos: tipo).

[3] (N. Del T.) Intraducible al español: homeland (home: hogar; land: tierra) Security evoca emociones de apego al hogar y a la tierra que uno habita, y a la necesidad de sentir seguridad. La voz española “patria” se deriva de pater, padre.

[4] La sorprendente resistencia del régimen de Milosevic se basó, entre otros factores, en la entonces todavía extensa economía agrícola de productores pequeños en Serbia.

[5] Mark Duffield, Global Governance and the New Wars: The Merging of Development and Security, ZED Books Ltd., London, 2001.

Traducción del alemán: Stephen A. Hasam

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