Sartre: concepto de anti-trabajo en las revoluciones

http://asincro.blogspot.com/2010/08/jean-paul-sartre-y-el-concepto-de-anti.html Ejemplos que Sartre trabaja para su estudio crítico del concepto de anti-trabajo es el caso de la RevoluciónFrancesa. Ponemos un breve texto sobre la figura de Dantón, llevada a teatro por el alemán Georg Büchner en el drama titulado La muerte de Dantón FUENTE DEL TEXTO http://www.lamuertededanton.com.ar
Danton
(Arcis-sur-Aube, Francia, 1759-París, id., 1794)

Político francés. Hijo de un modesto procurador, estudió derecho, siguiendo la tradición paterna, y como abogado ocupó altos cargos en la administración real. En 1785 entró en el Consejo del Rey y mantuvo su cargo hasta 1791, tras el estallido de la Revolución Francesa. Orador brillante, tomó parte activa en los acontecimientos revolucionarios, y tampoco fue ajeno a las contradicciones políticas y el juego de ambiciones personales que dominaron el proceso. Republicano moderado, junto a Marat y Desmoulins, entre otros, fundó en 1790 la Sociedad de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, más conocida por el club de los Cordeliers, nombre que el pueblo daba a los franciscanos, pues la sede se instaló en uno de los antiguos conventos de esta orden. Más tarde formó parte de la Comuna y del directorio del departamento de París, desde el cual dirigió la revuelta republicana que siguió a la huida del rey y fue sangrientamente reprimida. Tras un corto exilio en Gran Bretaña, en 1792 regresó a París y, tras participar en la insurrección de agosto, fue nombrado ministro de Justicia. Al formar parte del Consejo de Gobierno y al mismo tiempo ser miembro de la Comuna revolucionaria se convirtió en el hombre con más poder de Francia. Su talante contradictorio se puso de manifiesto al votar a favor de la ejecución de Luis XVI, poco después de haber solicitado que la pena se redujera a su destierro. Abogó por exportar la revolución republicana a otras naciones para garantizar la consolidación del sistema en Francia. Con este mismo propósito participó en la creación del Tribunal Revolucionario y del Comité de Salvación Pública, entidades que institucionalizaron la represión y el terror en todo el país. A pesar de ello, el carácter moderado de Danton se muestra en su continuado intento de pacificar el país e instaurar una política de conciliación con los girondinos y otros grupos opositores, pero los sectores más radicales frustraron sus propósitos. En 1793 Robespierre lo desplazó de la jefatura del Comité. A pesar de ello, Danton lo apoyó frente a la facción extremista de Hébert, al tiempo que se oponía a la continuidad del Terror desde el llamado grupo de los “indulgentes”. Sus contactos secretos con las potencias extranjeras, con el objetivo de reducir la tensión internacional y con ello acabar con el terror político interno, motivaron la reacción del Cómite de Salvación Pública. La implicación de Danton en la fraudulenta liquidación de la Compañía de Indias, según la denuncia formulada por Saint-Just, fue el pretexto en que se basó su detención, el subsiguiente proceso y la condena a muerte. Junto a él fueron guillotinados casi todos los componentes de su grupo.

EL CONCEPTO DE ANTITRABAJO EN EL TOMO II

DE LA CRITICA DE LA RAZON DIALECTICA,

DE JEAN PAUL SARTRE, Y LA RELACION CON LOS

TALLERES NACIONALES DE 1848, EN PARIS.

( UN ENSAYO CRITICO )

AUTOR : DR. ELISEO RABADÁN FERNÁNDEZ

UNIVERSIDAD DE OVIEDO (ESPAÑA) 1990

INDICE

Introducción

PRIMERA PARTE: LOS TALLERES NACIONALES

1.1 El contexto histórico

1.2 La Revolución de siete semanas

SEGUNDA PARTE: ANTITRABAJO, LUCHA Y CONFLICTO EN EL TOMO II DE LA CRITICA DE LA RAZON DIALECTICA

2.1 La relación trabajo‑conflicto, como constitutiva de la historia humana

2.2 Lucha y colaboración

2.3 Contradicción y lucha. Estructuras versus praxis

2.4 La unidad y sus formas

2.5 Antitrabajo

TERCERA PARTE: REFLEXIONES CRITICAS

3.1 Aspectos positivos del planteamiento sartreano

3.2 Aspectos negativos del planteamiento.

APENDICE

BIBLIOGRAFIA

INTRODUCCION

Tras la muerte de Sartre, en 1980, han sido publicadas por la edi torial Gallimard, tres obras, que, si bien, como nos advierte el edi tor, son textos inacabados, el mismo Sartre deseaba que fuesen publi cados después de su muerte. De los tres libros, nos ocuparemos del que más importancia tiene para la investigación filosófica, que seria, el tomo 2 de la Critica de la Razón Dialéctica, subtitulado “La inteligilibidad de la Historia”. Aparece este texto en 1985, y de él se han realizado poquísimos estudios. En español, hasta donde he podido saber, no ha sido publicado todavía ningún comentario.

En este ensayo, me centraré en un problema muy concreto, a saber: el concepto de “anti‑trabajo”. Concepto que, tal como lo exponen los editores en un glosario, al final de la obra, se definirla como sigue: “actividad antagonística doble (o plural), productora de objetos a considerar como resultados de una colaboración negativa, que ninguno d e los adversarios reconoce como suyos”.

Para analizar estas nociones, Sartre recurre al problema planteado en el Paris de 1848, en lo que se conoce como “Talleres Nacionales”.

Pensamos, de acuerdo con Ronald Aronson, (1987), que el problema central de este tomo dos de la Critica, gira en torno a esta cuestión:

“¿de qué manera dos grupos en lucha “colaboran en,un trabajo común”?.(1)

Ahora bien, Sartre mismo, al referirse a los Talleres Nacionales, los define como “totalizaciones en curso”, que son, en palabras de los editores, “trabajo de síntesis y de integración a partir de circun s tancias determinadas y en función de un objetivo; la totalización de fine a la misma praxis? (2)

Aunque Sartre desarrolla especialmente el proceso del ascenso al poder de Stalin, a lo largo de dos terceras partes del libro, el caso de los Talleres, nos será muy útil para entender posteriormente el ca so del stalinismo. Vemos la importancia que Sartre da a esta cuestión, en sus propias afirmaciones al respecto:

” … si la Historia es totalizante, hay totalización de la lucha en tanto que tal (poco importa, desde el punto de vista formal donde nos coloquemos, que esta lucha sea un combate singular, una guerra o un conflicto social). Y si esta totalidad es dialécticamente compren sible, es necesario poder captar en la experiencia a los individuos y a los grupos en lucha, como colaborando de hecho en una obra común … … En cuanto a los Talleres Nacionales y a los objetos sociales naci dos de una lucha, se podría llegar a sostener que son realidades his tóricas solamente en la medida en que no son conformes a ningún o de los proyectos que los han realizado en el antagonismo recíproco. Tie nen una suerte de existencia propiamente histórica en la medida en que, hechos por los hombres, les escapan (inclusive si, como Conven ción, son ellos mismos agrupamientos) sin recaer por tanto en el n i vel de la materia no trabajada…”. (3)

Un planteamiento que presenta, a mi juicio, una novedosa aclaración respecto del “marxismo” de Sartre, se refiere a lo que él mismo expone como “contradicción formal en la teoría marxista”. Esta contradicción radica en el hecho mismo de que el planteamiento de la lucha de clases como “motor de la Historia”, forma parte él mismo de ese desarrollo de la Historia. En otros términos: aunque, en determinados momentos de la Historia, el materialismo dialéctico haya sido “útil”, en la medida en que los marxistas se preocupaban por el éxito material de sus hipóte sis, ello no impide que el problema de la “inteligibilidad formal” per manezca sin solución. Cuando la máquina parece “trabarse”, es cuando surge el problema. Veamos cómo plantea Sartre la cuestión:

El marxismo es verdadero rigurosamente si la Historia es totalización; ya no lo seria, si la historia humana se descompone en una plu ralidad de historias particulares o si, de cualquier manera, en el seno de la relación de inmanencia que caracteriza el combate, la negación de cada adversario por el otro es por principio destotalizante … Nuestro propósito es, únicamente, establecer si, en un conjunto práctico desga rrado por antagonismos (sea que haya múltiples conflictos o que se re duzcan a uno solo), los desgarramientos mismos son totalizantes y arrastrados por el movimiento totalizante del conjunto. Pero si establecemos, en efecto, este principio abstracto, la dialéctica materialista como mo vimiento de la Historia y del conocimiento histórico no tiene otra cosa sino probarse por los hechos que ella misma aclara o, si se prefiere, que descubrirse a sí misma como un hecho y a través de los otros hechos”. (4)

Sartre considera que es suficiente estudiar los conflictos dentro de un grupo organizado, para que la opacidad de los productos del anti trabajo, productos que conllevan la deformación, la semi ineficacia, la ineficacia total, la contra‑eficacia, sean reconstruidos, desde la perspectiva de la inteligibilidad dialéctica. Si el trabajo es defini do como una “operación material encaminada a producir un determinado objeto, como determinación del campo práctico y en vistas a cierto fin, debemos nombrar anti‑trabajo a la doble actividad antagonística , puesto que cada sub grupo trabaja para destruir o desviar el objeto producido por el otro…”. (CRD, T. 11, 105-106)

Nuestra labor, por tanto, consistirá en mostrar cómo es posible acceder a una inteligibilidad del hecho histórico, para lo que es ne cesario desarrollar el ejemplo de los Talleres Nacionales, y posterior mente, realizar un análisis de los términos planteados por Sartre, que nos puedan aportar los elementos necesarios para realizar el análisis critico de toda la Critica sartreana. (5)

PRIMERA PARTE

LOS TALLERES NACIONALES

1.1 El contexto histórico:

Jean Sigmann, (1977), plantea el caso de Paris, en la primera mitad del siglo XIX, como una especie de “mito revolucionario europeo”. Las revueltas en Londres, no son lo mismo que en Paris. Los obreros londi nenses buscan obtener ventajas laborales. Los parisinos quieren el con trol del Gobierno. Por otra parte, la crisis económica de 1825‑32, que golpea más duramente al Reino Unido que a Francia, provoca en Paris el levantamiento popular y el derrocamiento de un rey en 183W. … El ebanista londinense Lovett no piensa, como sus congéneres del faubourg Saint Antoine, en levantar barricadas para obtener el sufragio univer sal. Revolucionaria por principio, ya que rechaza los fundamentos mis mos del régimen, la oposición republicana y obrera de Paris acepta en un clima pasional los riesgos de la acción revolucionaria: renacen los recuerdos del 10 de agosto de 1792 y con ellos el sueño de una nueva república conquistada por Paris para toda Francia. La historia revolu cionaria pesa sobre París y no sobre Londres … 11. (6)

A pesar del periodo de expansión económica que sucedió a la depre sión de 1825‑32, otra recesión entre 1845 – 47 trae nuevos vientos revolucionarios. Francia se enriquecía, si, pero las dificultades campesi nas y la miseria obrera muestran que la única beneficiaria del progre so era la burguesía. Las clases populares, divididas en Francia entre campesinos y obreros, tenían diversos intereses. Los campesinos, “que no comprendían la diferencia entre una república y una monarquía”, velan en Napoleón, el petit caporal,a través de la tradición oral, a un amigo de los campesinos. Será así, en palabras de Sigmann, como,”votando masivamente por su sobrino en diciembre de 1848, los electores del campo harán una estrepitosa entrada en la historia”. El proletaria do industrial sigue siendo una minoría: “hacia 1848, los obreros de fá brica no suman más que un millón doscientos cincuenta mil mientras que el número de trabajadores a domicilio se eleva a cuatro millones. Des cribir la formación de la nueva clase, evocar sus condiciones de vida y de trabajo seria incurrir en repeticiones. Porque en Francia, como todos los países continentales que entrarán detrás de ella en la vía de la industrialización, sigue el “modelo” inglés, aunque a un nivel menos elevado… …La esperanza de un aumento de salario o de una disminu ción de la jornada de trabajo (la reivindicación de una jornada de diez horas aparece, como en Inglaterra, hacia 1840) pudo impulsar a los obre ros de la gran empresa a movimientos improvisados … … La conciencia de clase es un sentimiento intermitente. La idea de derrocar el orden social está ausente”. (Siegmann, op. cit.; p. 65) . La burguesía no puede clasificarse bajo un criterio unificador; es decir, debemos tener presente la existencia de una clase menos numerosa y cohesionada de lo que pareciera desde su ascenso, un tanto paradójico, en opinión de Siegmann. (7)

Concluyendo, y coincidiendo con la opinión de Siegmann, “vista des de Paris, la revolución de 1848 aparece como la victoria de las clases obreras sobre la burguesía”. (Siegmann, op.; p. 66). Contra quienes pretendían llegar al “sufragio universal” a través de reformas parla mentarias, contra aquellos que Siegmann llama los aprendices de brujo de la Cámara de diputados”, “algunos miles de parisienses erigirán ba rricadas y derrocarán a Guizot, al rey, a la monarquía y al sistema parlamentario”.

Los hechos revolucionarios de febrero de 1848, que Siegmann descri be como un “drama en tres actos”, son importantes para comprender la idea sartreana de anti‑trabajo, en especial el tercer acto del drama.

“Tercer acto. Para obtener la consagración de la calle, única auto ridad real, y para no ser postergados ‑¿quién puede serlo nunca?‑, tan pronto como lo permite el obstáculo de las barricadas, los siete nota­bles ganan el Hotel de Ville, esas “Tullerías del pueblo”, rodeado por una muchedumbre tumultuosa y que ocupan mocetones armados y resueltos. Encuentran por fin una oficina y comienzan a repartirse carteras ministeriales, en medio de un indescriptible tumulto salpicado con alegres disparos.

¡ Tarea cómoda entre compinches !. Pero hacia las ocho d e la noche aparecen con naturalidad cuatro hombres que se dicen elegidos después de una discusión con las sociedades secretas en los locales de La Réforme: tres periodistas, Armand Marrast, Ferdinand Flocon, Louis Blanc y un desconocido Albert. ¡Molestos, los otros deben apretarse un poco!. Luego los once pasan a la sala del consejo municipal colmada por completo para recibir de manera relativamente oficial la investidura popular … ‘y. (8)

1.2 La Revolución de siete semanas:

Esta “revolución romántica” será motivo de la reflexión sartreana en el Tomo 2 de la Crítica, que, como veíamos en la Introducción, será sólo un ejemplo previo al desarrollado más ampliamente, cuando analice Sartre el ejemplo del stalinismo, como “encarnación” de la Revolución rusa de 1917, tras la desaparición de Lenin. En cierto modo, Louis Blane será semejante a Trotsky. Pero continuemos con el asunto d e la “explosión” de 1848.

“El pueblo de Paris, nos dice Siegmann, está poseído de la “ilusión lírica”: “Por fin se va a constituir una sociedad justa cuyos miembros serán todos libres e iguales Después, ¿quién sabe si con la ayuda del contagio muy pronto toda Europa no va a transformarse en una federación de pueblos libres?. Después de todo, solamente es necesaria la rectitud y la energía de parte del gobierno provisional …. (op. cit.; p. 187). Nacen más de trescientos periódicos, y sin embargo, en Paris, la acción de los clubes eclipsa a la de la pro pia prensa. Surgen cerca de cuatrocientos clubes. Los que surgen de las sociedades secretas son »verdaderamente temibles”. Auguste Blanqui funda la Sociedad republicana central, que atrae al “bello mundo” par¡ sino, (Baudelaire, Sainte‑Sueve), pero cuando descubren que no son só lo bellas palabras en boca de un elegante hombre bien vestido, sino propuestas políticas concretas, huyen asustados de esa teoría de la “ revolución permanente ”. Armand Barbás, áspero y duro, funda el Club de la revolución. La rivalidad con la sociedad fundada por Barbés, radicalizará las posiciones iniciales del Club fundado por Blanqui. “Las promesas ilusorias ‑nos dice Siegmann‑ marcarán todas las empresas de los voceros del pueblo parisiense. El gobierno aprenderá poco a poco a servirse de ellas, pero en varias ocasiones cuestionará su existencia” (Siegmann; op. cit.; p. 189).

Un obrero, Marche, presenta al gobierno un pliego petitorio, elabo rado en las oficinas de la Démocratie pacifique de Considérant, que el mismo Louis Blanc hubiera podido rubricar. “Enfrentado ruidosamente a las autoridades, Marche comenta lacónicamente: “¡La organización del trabajo, el derecho al trabajo inmediatamente!. Tal es la voluntad del pueblo. ¡El espera!. ¿Qué hacer sino ceder?. Y Louis Blanc redacta con la alegrií que es de suponer el famoso decreto: “El gobierno de la Re pública francesa se compromete a garantizar la existencia del obrero por el trabajo ( … ) a garantizar el trabajo para todos los ciudadanos. Reconoce que los obreros deben asociarse entre ellos para gozar del be neficio de su trabajo”. ¡En pocas horas -afirma Siegmann‑ la república se ha convertido, en los papeles, en socialista!”. (Siegmann, op. cit.; p . 190).

En medio de la “fiebre revolucionaria”, en medio de la elocuencia de un poeta, Lamartine, que ante el temor a causar excesivo recelo en el exterior de Francia, trataba de no acceder a la implantación de “un nuevo símbolo”, (la bandera roja), y la elocuencia fria de un tribuno, un gobierno que es, en palabras de Siegmann, “prisionero” de la revolución “social”, se logra continuar, a pesar de “esa marea que suba y resonaba como un trueno”, el intento de controlar los fervores “román ticos” del pueblo.

“Al día siguiente (28 de febrero de 1848), divididos en cuerpos de oficios, (construcción e imprenta, especialmente), 2000 obreros vienen a reclamar la creación de un “ministerio del Progreso”, es decir del Trabajo. Concertada o no con Louis Blanc, esta reivindicación está dentro de la lógica del decreto del 25, cuya primera aplicación práctica parece ser, el mismo 28, bajo la denominación de Talleres nacionales (en realidad se trata de talleres de caridad), una institución revolu cionaria. Satisfacerla equivaldría a confiar a un teórico de “la orga nización del trabajo” la misión oficial de instaurar el socialismo. Una vez más la mayoría es superada. Por una transacción que calma las susceptibilidades de la extrema izquierda, se decide la formación inmediata de una “Comisión del gobierno para los trabajadores”. Sesionando en el Luxemburgo en lugar de la Cámara de los pares, bajo la presidencia de Blanc asistido por Albert, compuesta por delegados obreros y pa tronales a los que se agregarán cuatro escritores socialistas y econo mistas, tiene como misión “expresa y especial ocuparse” de la suerte de los obreros. Reunida el 12 de marzo, propone la abolición del marchandage (especialmente en la construcción, los jefes de equipo, ver daderos subcontratistas, explotan sin vergüenza a los compañeros que contratan), y la reducción de la jornada de trabajo … … Prácticamen te ahogado, el gobierno hizo promesas cuya realización se considera se gura: a comienzos de marzo, ¿por qué dudar, entonces, d e la eficacia social de los Talleres y de la Comisión del Luxemburgo que dirige Louis Blanc?. El compromiso de retomar la tributación indirecta (impuestos a la sal, las bebidas, etc.) y los decretos del 2 de marzo, ¿no represen tan en fin la prueba de una activa simpatía hacia las “clases obreras”?.” (9)

Los extremistas pierden el control de las calles de Paris. El 23 de abril de 1848 serán derrotados por el voto de los franceses, “que los condena sin apelación”. La insurrección obrera de junio será la “última manifestación de las ilusiones perdidas y la desesperación”. “Los obreros ‑en palabras de Siegmann y no solamente los beneficiarios d e la institución, ven en los Talleres un recuerdo ‑la victoria popular de febrero‑ y un símbolo: el derecho al trabajo. Para la asamblea, in térprete del país, la existencia de los Talleres es un escándalo finan ciero (150.000 francos por día), moral (más de 100.000 inscritos paga dos por no hacer nada) y político: Marie habla favorecido la creación de un Club de Talleres nacionales y el ingreso de los obreros que él creía controlar en la guardia nacional; la penetración de la propagan da “demagógica” en un medio destinado a combatirla fue una de las lec ciones del 15 de mayo. Las medidas que anunciaban la disolución provo can una serie de motines espontáneos que degeneran en una guerra estric tamente social: contra los insurrectos del hambre, la guardia nacional y la guardia móvil combaten con mayor ardor que el ejército; varios mi les de muertos del lado de los insurrectos, 1.000 en las filas adversarias … … Las provincias arden por combatir, armas en manos, a los per petuos revoltosos que se niegan a inclinarse ante el sufragio univer sal. ¿Cómo sorprenderse si después de una atroz represión, seguida d e la anulación de las conquistas sociales de la revolución … … el dere cho al trabajo no es introducido en la constitución… …los proleta rios redescubren, más allá de los sueños de febrero, el mito bonapar tista … … La impresionante victoria de Luis Napoleón el 10 de diciembre de 1848 se debe, como hemos dicho, ante todo al campesinado…” (Siegmann; op. cit. pp. 197‑98).

La esperanza de Louis Blanc de lograr una transformación pacifica de la sociedad se vela completamente frustrada. La derrota por el vo to era tajantemente cerrada por la derrota por las armas. Las elecciones ponían de manifiesto “el carácter minoritario del socialismo en Francia a mediados del siglo XIX. Sin embargo, estas luchas aportan enseñanzas claves para la historia del socialismo. Marx criticará, en sus escritos La lucha de clases en Francia, y El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, las consignas “derecho al trabajo” y “organización del trabajo” y les opondrá exigencias como la abolición de la condición de asalariado y la de la lucha de clases. Será la Comuna de Paris de 1871 el hecho que señalará un giro decisivo. Sin duda, los setenta y dos días de la Comuna “conmoverán” la historia del socialismo. Ha llegado el momento, sin embargo, de pasar, una vez planteado el contexto histórico, al planteamiento filosófico, que abordaremos, en primera instancia, desde la propia perspectiva de Sartre, tal como la desarrolla en CRD, II.

SEGUNDA PARTE

ANTITRABAJO, LUCHA Y CONFLICTO

EN EL TOMO DOS DE LA CRITICA DE LA RAZÓN DIALÉCTICA

2.1 la relación trabajo‑conflicto, como constitutiva de la historia humana:

Dos problemas esenciales son señalados por Sartre. En primer lugar, se pregunta si pueden estar “en el interior de un grupo, las actualiza ciones reales de una contradicción en desarrollo”, mediante la praxis común, (sea ésta en tanto individuos comunes, individuos o sub grupos). Para completar adecuadamente el planteamiento de esta primera cuestión, Sartre afirma que:

“…Mas, para poder asimilar un combate a una contradicción, y los adversarios a los términos de la contradicción en curso, seria preciso que pudieran ser considerados como las determinaciones transitorias de un grupo más amplio y más profundo, cuyo conflicto actualizaría una de las contradicciones presentes; de una manera inversa seria necesario que el grupo retotalice y supere su lucha sin piedad hacia una nueva reunificación sintética de su campo práctico y una reorganización in terna de sus estructuras. Tendremos que determinar si esta condición puede ser cumplida, si lo es alguna vez o siempre y qué clase de rela ción implica ‑en el caso en que sea cumplida‑ entre la pareja antago nista y la sociedad que la sostiene y la rodea. Será preciso, por otra parte, volver a encontrar en la singularidad de cada lucha, a partir del grupo en el cual se engendra, los tres caracteres de la inteligi bilidad dialéctica, es decir, la totalización, la particularización y la contradicción … 11. (10)

La segunda cuestión se refiere, en el planteamiento sartreano, a1 problema del “proceso objetivo”. “La lucha , nos dice Sartre, determina acontecimientos, crea objetos, y éstos son sus productos”, (CRD; T. II; p. 20). Los productos de la lucha son, al ser ellos mismos humanos, am biguos, insuficientemente desarrollados. Sin embargo, desde la perspectiva sartreana, estos objetos van a ser los factores y las condicio­nes de la historia ulterior”. Desde su condición de indeterminación, estos objetos “hipotecan” el futuro y comunican a la lucha que se ins taura a partir de ellos “su opacidad de cuestiones mal planteadas, de problemas mal resueltos, de liquidación mal hecha”. (CRD; T. II; p.20). Para Sartre, la Razón positiva estará plenamente a gusto ante estos problemas, a los que procederá a clasificar, reduciendo lo complejo a elementos más simples. Estudiará (por ejemplo, en el caso de los Talle res nacionales, de 1844), sucesivamente el proyecto inicial, la res puesta, la respuesta a la respuesta, quedará satisfecha si puede “ex­plicar” cada uno de los caracteres del objeto estudiado relacionándolo con la acción de uno de los grupos o con la reacción de los grupos ad versarios. Será, sin embargo, insuficiente este esfuerzo explicativo, al encontrarnos con que los hechos analizados se nos presentan como aporías, que son a un tiempo resultados de una “obra común”, que es, sin embargo, según muestran los propios productos de la Historia que son objeto de nuestra consideración, una obra que en realidad nunca ha existido sino como anverso inhumano de “dos acciones opuestas que tra tan de destruirse entre sí”.

” … En la perspectiva dialéctica, volvemos a encontrar estos obje tos como producciones humanas y proveídas de un porvenir (los Talleres nacionales se definen a partir de una necesidad social del momento y como la obra que puede satisfacer esta necesidad): as! parecen, por sí mismos, totalizaciones en curso…”. (11)

El ejemplo de un campo de batalla arrasado, plantea la cuestión d e la Historia como evento totalizante; en la guerra, hay totalización de la lucha en cuanto tal. Es preciso poder comprender la lucha como “la objetivación de un grupo trabajando”, formado él mismo por dos subgru pos antagonistas. En el caso de nuestra investigación, centrada en los Talleres, se plantea el problema, al igual que sucede en el caso de otros objetos sociales, de hasta qué punto históricos. Se plantea, e n otros términos, si estos acontecimientos, por exceso de “indetermina ción”, debida a la no‑significación dada a los mismos por sus antago­nistas, o inclusive, en algunos casos, por la “sobredeterminación” de bida a lo que Sartre llama “exceso de trabajo humano”, pueden ser his tóricos, o en qué sentido lo son. Y no se trata, advierte Sartre , de alienación, (aunque en la base misma de la lucha se halla la alienación como “superada y conservada”); no son ni la materialidad inanimada, ni la serialidad las que “roban”, en términos de Sartre, a cada adversa rio su acto:

“. . es cada uno quien roba su acto al otro, es en la reciprocidad de los grupos ya constituidos contra la serialidad y la alienación, donde se forja, precisamente, este proceso nuevo y vivo que nace d el hombre y que le escapa.

Estos problemas tienen una importancia capital: ha sido suficiente formularlos, para franquear un nuevo umbral de la experiencia crítica; acabamos, en efecto, de reencontrar la Historia. Naturalmente, se presenta bajo su forma más abstracta…”. (12)

En este momento Sartre vuelve a plantear una concepción central en su idea de la Dialéctica: la de escasez. La inteligibilidad de la lu cha, la de la Historia, sólo será posible desde la perspectiva de la escasez. Será definida, aquí, como elemento condicionador de conflic tos y luchas sociales, como “negación del hombre por la Tierra, nega ción que se interioriza como negación del hombre por el hombre”. Las luchas no son, nunca, en ningún lugar,”£ puros accidentes de la histo ria humana”. “Representan la manera misma en que los hombres viven la escasez en su movimiento perpetuo para superarla”. (CRD.; T. II; p.22). Mientras no se haya logrado que la abundancia sea el nuevo rasgo qu e determine las relaciones de los hombres con el Universo, los desplazamientos de la escasez (del producto, de la herramienta, del conoci­miento, etc.) serán vividos como desplazamientos de las luchas humanas. Desde el momento en que esta teoría no puede ser demostrada como poseedora de una validez a prior¡, ya que la escasez como fundamento de las relaciones de reciprocidad no se da en todos los casos analizados, Sartre acepta que lo único que podemos inferir de sus planteamientos es que la lucha “engendra productos que, desde un punto de vista, (el de la escasez puede ser considerada como unidad, que engendra productos que serán las circunstancias materiales que deberán superar otras generaciones lanzadas a otros conflictos”. (CRD; T. II. p. 23). La lucha, en tanto que desborda a los propios adversarios, se engendra a si misma como su propio proceso. Sin embargo, remite constante mente a la praxis que será a su vez otra, diversa, de lo que cada uno de los grupos ha proyectado. Esto mismo es, precisamente, el proceso histórico, en tanto que “temporalización en curso de la historia humana

En estos planteamientos, Sartre va a encontrar lo que él denomina una “contradicción formal en la teoría marxista”. Esta contradicción radica en el hecho de que el materialismo histórico pretende que el motor de la historia sea al mismo tiempo su fundamento epistemológico. Dicho en otros términos: la lucha de clases y el principio de inteli gibilidad de la misma , términos opuestos, no son adecuadamente diferenciados en la interpretación marxista de la Historia. Veamos en qué términos lo plantea el texto de la Critica que nos ocupa:

” … si la lucha de clases debe ser inteligible a la razón dialéctica del historiador, es preciso poder totalizar las clases en lucha y ello nos lleva a descubrir la unidad sintética de una sociedad desgarrada de lleno … … siendo la contradicción dialéctica inmanente, es decir, siendo un desgarramiento mantenido y producido por la realidad que él mismo desgarra, ¿hay una unidad de las diferentes clases, que sostiene y produce sus conflictos irreductibles?…”. (13)

Lo que Sartre critica a los marxistas es, precisamente, su preocu pación por mostrar la utilidad pragmática de la teoría, en casos con cretos, pero no les interesa si, formalmente, su propia teoría fraca sa. Esta cuestión, que es la que Sartre analiza en el Tomo II de la Crítica, es la misma cuestión que ya preocupaba a Merleau‑Ponty en Las aventuras de la dialéctica, y que, como veremos, es una cuestión de crucial importancia para entender el propio planteamiento de Sartre, tal como expresa Ronald Aronson. Por ahora, es suficiente señalar que, “cuando la máquina parece trabarse”, es cuando los problemas formales salen a la luz, y con ellos, la necesidad de replanteárselos. Tal co mo Sartre lo plantea, “el marxismo es verdadero rigurosamente, si la Historia es totalización; no lo es si la historia humana se descompone en una pluralidad de historias particulares o si, de cualquier manera, en el seno de la relación de inmanencia que caracteriza el combate, la negación de cada adversario por el otro es por principio destotalizan te”. Esto no implica, en opinión de Sartre, sino el hecho de que si la lucha, los conflictos, son parte de un orden más amplio, que se plan tea dialécticamente como totalización en curso, el propio marxismo no seria sino una parte de ese proceso, y no el marco privilegiado, des de el cual se plantearla el desarrollo de la Historia. La misma crítica cabria plantear a quienes pretenden otras formas de presentar la Historia como un proceso cerrado. (Me refiero concretamente al caso del planteamiento de Fukuyama).

2.2 Lucha y colaboración:

Las luchas entre grupos, entre diversas praxis en conflicto, son inteligibles desde la perspectiva más amplia de totalidades precisamente desde esas praxis en conflicto entre si, no desde un todo previamente dado, que era el punto de vista del marxismo. Para entender cómo la lucha se desarrolla, Sartre la plantea como un proceso que se define “como la deteriorización de una praxis por otra”. (CRD, II, p. 19).

Para explicar ese proceso es preciso recurrir a la noción de contra dicción. De esta manera, podemos plantear las características de la lu cha: 1) expresa una contradicción. 2) particulariza dicha contradicción. 3) totaliza el grupo.

Ver si realmente esto sucede así, es el primer problema, crucial, para el entendimiento dialéctico. Sartre piensa que la lucha no es un proceso en el que los intereses en oposición, defendidos por los sub­grupos enfrentados, son totalmente eliminados cuando uno de los grupos triunfa sobre el otro. El proceso es más bien dialéctico. El trabajo destructor, (antitrabajo), supone acumulación de energías, de medios, una real transformación del “campo práctico”. Ciertamente se da la constitución de realidades nuevas (sea por degradación, sea por desintegración) dentro del grupo. Ante un enfrentamiento, se producen diferentes tomas de posición: el sub grupo A con su proyecto inicial; el sub grupo B con un contraproyecto; y el proyecto conciliador del sub grupo C. El producto de esta lucha poseerá algunos elementos de los tres proyectos, pero no será correspondiente con ninguno de los tres.

” … Recordemos ,el ejemplo es lejano, pero es uno de los más claros,cómo el proyecto de instituir los Talleres nacionales, concebido por Louis Blanc, irreconocible después de las enmiendas que en él se hablan introducido en la Asamblea, fue, por todos los medios, saboteado sistemáticamente por Marie y sus colaboradores…” (CRD; T. II; p. 107).

¿Cómo es posible que grupos en conflicto colaboren en un trabajo común?. Este es el problema central del volumen dos de la Critica. Comprender esto es comprender el proceso de la Historia. Dos sub‑grupos en conflicto, dentro de un grupo organizado, ¿son sólo “agentes de destrucción”, que atacan la unidad colectiva?, o al contrario, ¿ventila n la contradicción, que, expresada y trascendida, hace posible el desarrollo del grupo?.

El análisis de los sub grupos que Sartre realizó en el volumen I de la Critica, presenta el grupo‑en‑fusión, con la unidad original, producida para lograr metas urgentes, inmediatas, y necesita recurrir al “juramento” impuesto a los componentes del grupo‑en‑fusión mismo. Poste riormente organiza y diferencia a los miembros para lograr sus objeti vos a largo plazo. (CRD, Tomo I, Libro II; “Del grupo a la Historia”).

En el proceso de organización, el grupo crea a su vez aparatos especializados o subgrupos. La diferenciación creada será la que de lugar a que los sub‑grupos entren en conflicto. Surgen también desacuerdos con el grupo organizado, desacuerdos que reflejan “estructuras objetivas del problema práctico que debe ser resuelto”. Pero, como muy bien señala Aronson, la contradicción tiene raíces en realidades objetivas de la vida del grupo, más bien que en diferencias subjetivas.,(14).De esta manera, surge el problema de cómo la colaboración lleva a enfren tamientos, a lo que Sartre plantea como el concepto de contradicción.

2.3 Contradicción y lucha. Estructuras versus praxis:

Para Sartre, la contradicción no está, como un a prior¡ dado en las estructuras, ni siquiera de modo latente. La praxis no es, para él, el agente de esas estructuras. La contradicción no aparece cuando un sub­‑grupo contra el otro, cuando la indeterminación, es decir, aquello que aún es sólo proyecto, enfrente a ambos subgrupos en la praxis concreta. La estructura se hará inteligible una vez que la previa indeterminación vaya configurándose en lo que Sartre llama precisamente “praxis‑pro ce so”. As!, la indeterminación superada por uno y otro sub‑grupo se c on vierte en la mediación que los une en el antagonismo. (CRO; II, p. 65). El conflicto será, por lo tanto, en los propios términos de Sartre: “la realización práctica de una coexistencia imposible”.

La praxis del grupo ha creado una nueva situación. Por ejemplo , el caso de los Talleres, que en teoría, como señala Aronson , “debían ser e ficientes cooperativas de trabajadores, ayudadas por el Estado, que ga rantizarían el trabajo y competirían favorablemente con el capitalismo”. (Aronson, p.45, nota 7). Sin embargo el proyecto se convirtió, para al gunos políticos, enfrentados a Blanc, en una forma de controlar y despolitizar a los obreros. Aunque los problemas puedan presentarse al análisis como estructuras, el hecho es que el conflicto se manifiesta en primer lugar concretamente como comportamiento. La contradicción sólo se ha ce explícita hasta que es asumida por la praxis. (CRD; II; p. 64). Y es tas contradicciones dadas entre los sub‑grupos no se convertirán en con flictos, sino cuando la imposibilidad práctica de la coexistencia im pida el mantenimiento de la relación de simple contradicción de objeti vos e intereses”. Cuando los intereses del grupo no pueden ser compartidos por los sub‑grupos aparecerá la violencia. El problema de la inteligibilidad de la Historia no radica en entender el supuesto “progreso”de la actividad de los grupos por superar las condiciones de “escasez”. El problema está en entender cómo un grupo que se forma para superar condiciones concretas adversas a su propio sobrevivir como tal grupo, llega a enfrentar luchas internas que hacen, en ocasiones, peligrar al propio grupo. Los conflictos surgen cuando realidades que no estaban pre sentes en el proyecto original, cuando los sub‑grupos se enfrentan de bido a indeterminación de poderes en un momento dado de la praxis.

“…Cada subgrupo ha tomado la inercia del “juramento”, siendo ju ramentado para responder a tales y tales situaciones, pero ahora enfrenta “esta otra inercia que es, por ejemplo, la indeterminación de pode­res”. Cuando una situación no anticipada ocurre, ambos subgrupos se en cuentran a si mismos juramentados para responder a ella… … actúan libremente, pero a través de y en relación con una doble inercia : la inercia de los grupos juramentados y la de indeterminaciones especifi cas en relación con una demanda no anticipada sobre ellos.

¿No mina este énfasis sobre la inercia, la insistencia previa del Sartre antiestructuralista, en que las contradicciones no se deben a estructuras preexistentes?. Y, ¿no sugiere él mismo ahora que los miembros del grupo son agentes de un más amplio proceso que sus propias acciones encarnan?. Continuando con su crítica a Lévi‑Strauss, Sartre insiste en la necesidad y en la libertad, la una creada por la otra:”la absoluta necesidad de esta contradicción, como estructura objetiva e interior del grupo, viene de una oposición de inercias constituidas por los sub‑grupos mismos en su libre movimiento práctico … (15)

Sin duda, y ello está bien claro en Sartre, la existencia de contra dicciones no lleva siempre a conflictos. Cuando un grupo ha avanzado hasta etapas caracterizadas por una creciente “serialización”, la inercia de la tradición pesa sobre los sub‑grupos de tal manera que “no hay lucha”. Este asunto interesa ahora, en la medida en que muchos críticos de Sartre la achacaban promover constantemente el terrorismo y la violencia. Sartre, en efecto, expresa la imposibilidad de lograr a vances contra la alienación, o mejor aún, contra la explotación de unos hombres por otros, dentro de grupos inertes. Esto, en el momento en que Sartre escribía, era un hecho histórico‑politico concreto, (la “Guerra Fría”), pero aunque actualmente se hable de la posibilidad “real” de resolver las contradicciones “técnicamente” ‑políticos tec nócratas‑, los hechos muestran que las diferencias de niveles de vida son enormes, no dentro de determinados grupos (en Europa, por ejemplo), sino entre países avanzados y subdesarrollados. Es interesante recordar, por ejemplo, el texto polémico de Raymond Aron, Histoire et dia lectique de la violence.

Es urgente, para nosotros, ahora, recalcar algunos puntos centrales de nuestra investigación, antes de pasar a exponer la cuestión de qué es la “Unidad”.

El enfrentamiento con el estructuralismo nos muestra la enorme dificultad de Sartre para hacer justicia, tanto a la praxis individual, como a los más amplios procesos socio‑históricos. En términos de Aronson, la cuestión se plantea así:

” … Ambas, unidad y contradicción, deben ser mostradas ahora como productos de la praxis individual y como teniendo su propia lógica e imponiendo sus propias demandas. La clave para la explicación radica en el “juramento”, que ha dado al grupo solidez y presencia en cada uno de los individuos, como explica (Sartre) ampliamente a través del concepto de encarnación.

Cada subgrupo se mira a sí mismo, legítimamente, como “el centro de esta totalización, cuyo centro está en todas partes” (CRD, II,p. 76). Aquí, el grupo existe como este subgrupo; allí, existe como ese subgrupo enfrentado a aquél. Es el desarrollo de todo el grupo ‑su característica diferenciadora en este punto y su desdoblarse de los epicentros (la encarnación de estos en subgrupos)‑ lo que pone en conflicto a los subgrupos … … Los subgrupos luchan entre si como miembros del grupo…”. (16)

Sartre plantea la unidad del grupo como el motor de los conflictos. Pero la unidad “no es una estructura, impuesta desde fuera a los miem bros del grupo, que de alguna manera se perpetúa a si misma”; (Aronson, p. 89), la unidad, en estas palabras que clarifican, a mi juicio, lo que debemos analizar a continuación, se presenta ante nosotros como “una realidad compleja, una de cuyas facetas es la praxis de lucha y la otra, la exigencia inerte del momento, es, lo hemos visto, que la unidad del grupo no es otra cosa, sino, en efecto, su práctica perma nente de reunificación”. (CRD; II; p. 78).

2.4 La unidad y sus formas:

Recordemos que la contradicción es, para Sartre, acción que realiza la oposición práctico inerte, pero sólo como movimiento de reunifica ción. Por otra parte, la unidad es práctica: “está perpetuamente mantenida, reasumida por y en la acción global”. (CRD; II; p. 81).

El conflicto, siempre bajo el “imperativo” ‑permítaseme utilizar este término‑ de la unidad del grupo, se desarrolla, se presenta, b ajo estas posibles determinaciones:

a) “mediación”: sucede cuando se mantiene la posibilidad de que los conflictos sean superados y las crisis evitadas por “órganos efectivos de mediación”. (Aronson, p. 90).

b) “cisma”: cuando la mediación fracasa, puede suceder que se llegue a cisma, tal como ocurrió en el caso de Roma y Bizancio. El cisma surge ante la imposibilidad de liquidar uno de los oponentes. Cada uno de los sub‑grupos siente la separación como una “amputación”, pero al tiempo, cada uno procede a reunificarse a si mismo mediante la expulsión del otro.

c) “liquidación”: la victoria de un sub‑grupo sobre otro, siempre s e presenta como “estando bajo el interés del grupo más amplio”. La vic toria se presenta siempre como una especie de garantía de progreso.

Insistiendo en el hecho de que progreso significa simplemente, e n este contexto, una “progresión irreversible” hacia el logro de las me tas del grupo, Sartre trata de evitar toda alusión a posibles juicios externos de valor. Pero, a pesar de este cuidado, surge inevitablemente la pregunta acerca de si siempre tiene la victoria este sentido de progreso, es decir, de aumento en la efectividad del grupo para lograr su unidad, su supervivencia, en suma. ¿Marca siempre un progreso en el proyecto común?. Sartre dedica aproximadamente las dos terceras p ar tes de la Critica (Tomo II), a analizar el ejemplo del stalinismo, como “desviación” del proyecto leninista. Nosotros, en este trabajo, no nos ocuparemos de ello, como ya hemos señalado, y precisamente nuestro objetivo era intentar presentar la noción de anti‑trabajo, en referencia a los Talleres nacionales, de tal manera que su análisis aquí, sir va como elemento previo a un trabajo más amplio. Sin embargo, si señalo esta cuestión, es por el hecho de que considero el asunto de interés para, al menos, algún eventual lector de mi ensayo, y, por otra parte, para no desvirtuar excesivamente el propio trabajo de Sartre.

Uno de los hechos que Sartre muestra, es que “el grupo existe, a buen seguro, pero no por si mismo, independiente de la pluralidad d e praxis individuales que, a través de incontables mediaciones, lo sos­tienen y le dan su fuerza”. (Aronson; p. 95). El mismo stalinismo, a pesar de la fuerza política de quien lo encarna , en el sentido que Sartre da a esta expresión, es, en un momento dado, superado por el desarrollo de nuevas contradicciones, de nuevas mediaciones, etc.

Las desviaciones vienen determinadas por el azar y por lo práctico ‑inerte. Desde luego, esta postura de Sartre es discutible, pero me li mitaré a exponer su tesis.

Por una parte, la praxis busca siempre limitar el poder del a zar, de lo imprevisible. A pesar de ello, aunque el hombre gobierna la ma teria trabajada, nunca se libra totalmente de la influencia de lo práctico‑inerte, cuando se presenta bajo forma de “azar”, de hechos fuera de nuestro control, al menos en sus primeros momentos. Me atrevo a mencionar el conocidísimo asunto de la U.R.S.S. actual, y los problemas que enfrenta Gorbachov, ya que es posible que sirva para entender me jor, dado el breve espacio de que dispongo para desarrollar este pun to.

2.5‑ Antitrabajo:

Hemos visto cómo el concepto de antitrabajo surge de la oposición con el de trabajo; (“si trabajo significa una operación material que busca producir cierto objeto, como determinación del campo práctico y en vistas a cierto fin”, anti‑trabajo es una actividad doblemente an tagonista en la que cada subgrupo intenta desviar o destruir el objeto producido por el otro. (CRD; II; p. 105».

Lo importante, ahora, es señalar el hecho de que, para Sartre, el resultado del proceso de antitrabajo, por ejemplo, como veíamos en el caso de los Talleres nacionales, es lo que 61 llama “monstruoso y de­formado reflejo” del proyecto original. En ese caso, el proyecto ori ginal fue manipulado bajo cuerda, saboteado sistemáticamente para que no fuese llevado a cabo. Cuando el objeto inicial se convierte en un producto de nadie, se hace parcialmente efectivo, o inefectivo por completo. Es inteligible a pesar de ello, si lo tomamos como lo que es: un nuevo objeto. Es, en palabras de Sartre, “la totalización dialéctica de dos tácticas enemigas en su irreductibilidad”. (CRD; II; p. 107).

¿Cómo es inteligible esta nueva realidad?. Para Sartre, en el sen tido de que es práctico‑inerte, y por tanto, alienada de la praxis de sus antagonistas, “como tal, escapa a la inteligibilidad” (CRD; II; p. 107). Pero una vez lo conocemos, sabemos que, a pesar de sus malos resultados, esos resultados negativos contribuyeron, en el caso d e los Talleres nacionales, a la insurrección de junio de 1848. As!, de algua manera, esos resultados que parecían en un momento dado, como negativos, se presentan como inclusive, esperados o deseados. Resulta muy esclarecedor a este respecto, lo que menciona Aronson:

” … El antitrabajo crea, entonces, un producto que objetiviza el conflicto y negativamente unifica la dualidad. Este producto es inte ligible del mismo modo que cualquier objeto práctico‑inerte producido por una praxis de grupo, emprendida por acuerdo común: es una síntesis pasiva, que espera ser revivida por la acción venidera. El antitrabajo crea un producto que actúa sobre sus productores y otros dentro de su campo “a pesar de sus defectos de construcción”, y vive “a pesar de malformaciones que lo hacen inviable” … (CRD; II; p. 108)…”. (17)

Sartre sugiere, como vemos, que el producto del antitrabajo tiene un sentido profundo, que, en sus palabras, Ua Razón dialéctica puede descubrir y que el positivismo no descubrirá”. (CRD; II; p. 109).El ca so de los Talleres nacionales refleja el conflicto de clases; no sim plemente un enfrentamiento de subgrupos. Este conflicto expresa e1 grupo entero, en la medida en que es actualizado por todos los órganos y por todos los individuos comunes. Lo que Sartre quiere mostrar es que el antitrabajo es producido por todo el grupo, no sólo por los subgrupos directamente implicados en la lucha. Es en este sentido en el que sostiene Sartre que no puede ser “alcanzado” por el positivis mo. Como mencionaba antes, Sartre procede a analizar otro ejemplo d e antitrabajo, lo que él llama “monstruosidad ideológica”, el socialismo en un solo país, de Stalin.

Para terminar esta segunda parte, me parece importante recapacitar en el siguiente hecho: la importancia que pueda tener el planteamien to que hace Sartre radica en el papel que juegan todos los términos, o mejor aún, todos los componentes del concepto de antitrabajo. Esto significa que el conflicto, la lucha, de cualquier manera que se desa rrollen, (queremos decir, se resuelvan a través de cismas, acuerdos consensuales o eliminación de tal o cual subgrupo, etc.), tiene la característica, que en la perspectiva de Sartre, ha de ser dialéctica, de formar un todo complejo, una especie de juego entre intereses enfrentados, en los que ninguno de sus componentes es independiente de los demás, sea cual sea su “fuerza” aparente. En realidad, Stalin dio lugar al stalinismo, Trotsky, al trotskismo, pero los indivi duos Trotsky o Stalin, por fuerte que fuese su influencia en el propio proceso de la Historia, no eran sino elementos más o menos decisivos dentro de la “totalización en curso”. Conceptos como este último, que Sartre introduce en el Tomo II de la Critica, son tan novedosos y desconocidos ‑especialmente en España‑, que considero imprescindible añadir al final de mi trabajo, a manera de “apéndice”, un glosario de términos que tomo íntegramente de la edición de Gallimard de la Critica (1985)

TERCERA PARTE

REFLEXIONES CRITICAS

3.1 Aspectos positivos del planteamiento sartreano:

¿Qué encontramos una vez que terminamos nuestro estudio de las pro puestas teóricas de Sartre ?. Por lo pronto, vemos que la praxis revo lucionaria ha creado su situación contradictoria. Ciñéndome al ejemplo de los Talleres Nacionales, el hecho de que los obreros guiados por intelectuales revolucionarios socialistas (Blanc), no lograsen triunfar plenamente, se debe a las propias situaciones que surgen dentro del mismo movimiento revolucionario: enfrentamiento ‑en buena medida pro vocado, lo sabemos‑ con los campesinos, encarnado en los resultados electorales; reacción temerosa de las potencias europeas, que recordaban la Revolución de 1789 y el poder imperial de Napoleón Bonaparte, etc.

También, en tanto proyecto unificado, crea, mejor, engendra, su propia contradicción entre moderados y radicales. Es decir, la más importante contribución teórica del concepto de anti‑trabajo, es el hecho de ser un criterio central para mostrar cómo los conflictos de clases dan lugar a unidades más amplias, no previstas ni, en muchos aspectos, previsibles. El concepto que Sartre introduce en su trabajo teórico nos sirve as!, para desarrollar un método dialéctico capaz de permitir nos mostrar de qué modo acciones opuestas pueden ser consideradas como acciones que están realizando una sola historia.

El hecho de su insistencia en que los individuos son quienes hacen la Historia, si bien dentro de determinadas circunstancias, es un avance en el planteamiento ontológico de El Ser y la Nada, del Sartre se­guidor de Husserl y Heidegger. El planteamiento sartreano, aporta la insistente necesidad de plantear el estudio de las actividades de los hombres, desde un horizonte de libertad, aún reconociendo el innegable hecho de la existencia de estructuras. Pareciera, incluso, que para Sartre, hasta el concepto de “escasez” tuviera la característica de ser él mismo una estructura “fundamental”. Sin embargo, la libertad no es algo dado, determinado, sino una capacidad, una potencialidad, que la misma praxis de los grupos permite afianzar, ampliar. Es por esto último por lo que el pensamiento de Sartre y entendido globalmente‑con lo cual quiero significar que no puede ser juzgado desde planteamien tos parciales (criticar a Sartre desde El Ser y la Nada, o desde El existencialismo es un humanismo, pongamos por caso). Hoy en día, tras la publicación de los escritos que mencionábamos en la Introducción, después de su muerte, quien criticase la dialéctica sartreana sólo desde el Tomo I de la Crítica) práctica esta muy corriente, y no por ello menos lamentable, entre los filósofos.

3.2 Aspectos negativos del planteamiento:

En el estudio de los fenómenos históricos, la pretensión de captar la totalidad es ciertamente utópica (los elementos de que dispone el historiador son limitados, la visión del historiador difícilmente e s imparcial completamente, etc.). Puede, sin embargo, resultar fértil el intento de comprender esa “totalización” sin totalizador.

Como lo expresa Aronson (op. cit.; p. 185 ss.), el mismo Sartre, en el último tercio del libro, cae en análisis híbridos, que no son “ni plenamente históricos, ni plenamente formales”. Este problema es común, de hecho, cuando los filósofos analizan la Historia, o cuando los historiadores se plantean análisis formales de la Historia. Es un peligro muy real, como se puede comprobar en múltiples autores. Conviene re­cordar aquí, el excepcional caso de Ortega, quien combina las perspectivas histórica y formal magistralmente. Recordemos, sin embargo, que Sartre, además de intentar establecer los parámetros de la razón dia léctica, trataba de salvar el sentido profundo del materialismo histórico, contra las “visiones de la historia, que hacen de las visiones revolucionarias, tabúes”. (Aronson; p. 220).

Uno de los problemas que puede plantearse a quien enfoque el estu dio de las cuestiones sociales, políticas o históricas desde la dialéctica que Sartre busca, es, sin duda, la posibilidad de caer en plan­teamientos un tanto utópicos, o subjetivos; pues, al enfatizar los términos, de crucial importancia para Sartre, de interiorización y re‑ex teriorización, la teoría sartreana, acepta una praxis ‑la cual n o es sino la realización de proyectos humanos a través de la transformación de lo práctico‑inerte por los grupos‑ que está siempre inscrita en la materia y que se desvía, pero siempre sigue siendo humana: “en el co­razón de la dialéctica está siempre un proyecto, una práctica y una intención que es humana”. (Aronson; p. 226).

APENDICE

PRINCIPALES NOCIONES (para los dos tomos de la Critica de la Razón Dialéctica).

Como hacen notar los editores del Vol. II de CRD, para Sartre: Una noción filosófica (contrariamente del concepto científico que no remite al hombre) guarda una cierta ambigüedad porque se comprende en in terioridad: “”Lo que sirve (la filosofía), es que estas palabras no están enteramente definidas … hay en la ambigüedad de la palabra filo sófica algo de lo cual podemos servirnos para ir más lejos””. (Sartre: Situations IX, 1965)”.

Actividad pasiva: actividad de lo práctico‑inerte (de la materia trabajada en tanto que ella domina al hombre y del hombre en tanto es gobernado por ella).

Alienación: el robo del acto por el exterior; yo actúo aquí y la acción de otro o de un grupo, allí, modifica desde fuera el sentido de mi acto.

Fundamento de la alienación: la materia aliena en ella al acto que la trabaja, no en tanto es ella misma una fuerza ni tampoco en tanto es inercia, sino en tanto que su inercia le permite absorber y devol ver contra cada uno la fuerza de trabajo de los otros.

Anti dialéctica: momento (inteligible) de la superación, por la materialidad, de las libres praxis individuales, en tanto que son múltiples.

Antitrabajo: actividad antagonística doble (o plural), productora de objetos a considerar como resultados de una colaboración negativa que cada uno de los adversarios no reconoce como suyos.

Apocalipsis: Ver grupo en fusión (“grupo en vía de constitución por disolución de la serialidad, bajo presión de una praxis adversa . La Apocalipsis es el proceso violento de esta disolución (de la seriali dad).

Otro: (con mayúscula): aunque no lo haya hecho con gran rigor a lo largo del manuscrito, el autor parece haber querido dotar esta pala bra de mayúscula cada vez que, pronombre representando una persona o adjetivo que la calificase, insiste sobre la alteridad radical: el otro, en tanto gobierna, o es susceptible de gobernar lateralmente (o de ser gobernado por) la actividad de alguien (chacun ). Hemos sistematizado esta intención, excluyendo el adjetivo otro cuando es portador del mismo sentido pero no califica una persona: está en general en itálicos; su lugar basta a veces para subrayar su significación en el contexto (libertad otro / otro libertad).

Colectivo: llamo colectivo la relación de doble sentido de un objeto material, inorgánico y trabajado, con una multiplicidad que encuen tra en él (en el objeto) su unidad de exterioridad.

Comprehensión e intelección: nombro intelección a todas las eviden cias temporalizantes y dialécticas en tanto deben poder totalizar to das las realidades prácticas y reservo el nombre de comprehensión a la captación totalizante de cada praxis en tanto que esta es intencional mente producida por su o por sus autores.

Destino: futuro del hombre, en tanto esté inscrito en la materia trabajada.

Diacrónica (totalización): desarrollo inteligible de una praxis‑pro ceso a través de vastos conjuntos temporales en los cuales son tomadas en cuenta las discontinuidades arrastradas por el relevo de las generaciones.

Dialéctica (o Razón): lógica viva de la acción.

Exigencia: pretensión emitida por una materialidad inorgánica sobre una praxis (y, naturalmente, a través de otra praxis).

Experiencia critica: búsqueda ‑ella misma dialéctica~ de los funda mentos del campo de aplicación de los limites de la Razón dialéctica.

Exterioridad e interioridad: estos términos no son para ser tomados en su acepción puramente espacial: hay lazo de interioridad en un con junto, entre cada elemento como definido y modificado por su pertenencia a este conjunto; lazo de exterioridad para los elementos que coexisten inertemente.

Extero‑condicionamiento: operación de un grupo soberano sobre conjuntos seriales, que consiste en condicionar a cada uno actuando sobre los otros, produciendo así falsamente la serie como un todo para cada Otro que la conforme.

Fraternidad‑terror: lazo estatutario entre los miembros del grupo juramentado en tanto su nuevo nacimiento de individuos comunes da a cada uno derecho de violencia sobre la libertad de todos los otros con­tra la disolución del grupo.

Grupo en fusión: grupo en vías de constitución por destrucción de la serialidad, bajo presión de una praxis adversa. El Apocalipsis es el proceso violento de esta disolución.

Encarnación: captación de una realidad práctica como envolviendo en su singularidad el conjunto de las totalizaciones en curso.

Individuo común: individuo cuya praxis es común. Es creado por el juramento.

Intelección: comprehensión.

Interés: es, en un campo social condicionado por la escasez y la necesidad, cierta relación del hombre con la cosa, tal que él ve en es ta su ser y su verdad y, tratando de conservar y desarrollar el con junto material que es él mismo, se encuentra completamente sometido a las exigencias de lo práctico‑inerte.

Interioridad: ver exterioridad.

Pasividad activa: actividad del individuo común, quien consiente libremente una cierta (disciplina , diferenciación por su función en el grupo) para mejor servir la praxis común de conjuntos seriales, que consiste en condicionar a cada uno actuando sobre los otros, produciendo as! falsamente la serie como un todo para cada Otro que la conforme.

Fraternidad‑terror: lazo estatutario entre los miembros del grupo juramentado en tanto su nuevo nacimiento de individuos comunes da a cada uno derecho de violencia sobre la libertad de todos los otros con­tra la disolución del grupo.

Grupo en fusión: grupo en vías de constitución por destrucción de la serialidad, bajo presión de una praxis adversa. El Apocalipsis es el proceso violento de esta disolución.

Encarnación: captación de una realidad práctica como envolviendo en su singularidad el conjunto de las totalizaciones en curso.

Individuo común: individuo cuya praxis es común. Es creado por el juramento.

Intelección: cf. comprehensión.

Interés: es, en un campo social condicionado por la escasez y la necesidad, cierta relación del hombre con la cosa, tal que ve en és ta su ser y su verdad y, tratando de conservar y desarrollar el conjunto material que es él mismo, se encuentra completamente sometido a las exigencias de lo práctico‑inerte.

Interioridad: ver exterioridad.

Pasividad activa: actividad del individuo común, quien consiente libremente una cierta (disciplina , diferenciación por su función en el grupo) para mejor servir la praxis común.

Práctico‑inerte: gobierno del hombre por la materia trabajada rigurosamente proporcionado al gobierno de la materia inanimada del hombre.

Praxis: proyecto organizador que supera condiciones materiales ha cia un fin y que se inscribe por el trabajo en la materia inorgánica como reacomodo del campo práctico y ramificación de los medios en vista de un fin.

Praxis‑proceso: praxis de un conjunto social organizado, que reto ma en ella, para superarlas (les dépasser), los condicionamientos y contra ‑finalidades que engendra necesariamente al temporalizarse, y que le hace.

Proceso‑praxis: es la praxis proceso tomado, no ya en interioridad como totalización, sino en exterioridad (en tanto que surge en la dispersión del Universo); como tal, no puede ser sino tomada en vacío.

Progresivo: ver regresivo.

Razón dialéctica constituyente: praxis, translúcida, pero abstrac ta, del individuo considerado aisladamente (u organismo práctico).

Razón dialéctica constituida: inteligibilidad, fundada sobre la Razón dialéctica constituyente, de toda praxis común.

Reciprocidad mediada (en un grupo): relación humana de tercio a tercio, pasando por todos los miembros del grupo que se hace medio de esta relación.

Regresivo‑progresivo (movimiento): marcha de la experiencia criti ca, en primer lugar regresiva en tanto remonta desde lo vivido inmediato hasta la inteligibilidad de las estructuras de las praxis y de los conjuntos humanos que se organizan por ella, después progresiva en el sentido de que propone hacer inteligible el juego de estas mismas estructuras en la Historia.

Sentido diacrónico de la Historia: dirección axial por relación a la cual se podría definir (y corregir) toda deriva posible, hoy y e n el porvenir infinito de la interioridad.

Serialidad: modo de coexistencia en el medio práctico‑inerte, de una multiplicidad humana en la que cada uno de sus miembros es a la vez intercambiable y otro por los Otros y para si mismo.

Sincrónica (totalización): desarrollo de la praxis‑proceso en tan to su temporalización es una y en tanto ramifica continuamente sus medios en vista de un objetivo común, a partir de un conjunto definido de circunstancias anteriores.

Tercio (tiers): cada miembro de una multiplicidad en tanto que to taliza las reciprocidades de los demás.

Totalización: trabajo de síntesis y de integración a partir de circunstancias determinadas y en función de un objetivo; la totalización define la praxis misma.

Distinción entre totalidad y totalización (cf. CI, h.161 sq).

Totalización de envolvimiento: Seria temerario querer fijar aquí la significación de esta noción: permanece inconclusa a lo largo del T. II, como la intuición que lo anima y que el autor intenta cerner y profundizar; su intención es la inteligibilidad y el sentido de la His toria. Más aún, su acepción varia según la realidad considerada. Así, la totalización de envolvimiento es simplemente la integración de to­dos los individuos concretos por la praxis, si se trata de un grupo organizado; en el capitulo sobre las sociedades dictatoriales, es definida como la praxis autónoma y afirmándose como tal, en tanto que produce, sigue, recela y disimula su propia heteronomía como la unidad pa siva y reactualizada de sus propios subproductos, o incluso la exterioridad interior de una empresa común. Pero estas formulaciones no valen para una sociedad “desunida” en la cual no hay una empresa común, sino simple unidad de inmanencia; ¿y qué seria de ello para un proceso histórico más vasto (diacrónico)?. Estas cuestiones son abordadas, pero sin duda no resueltas, en las notas anexas.

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NOTAS

(1) Cfr. ARONSON, R.; Sartre’s Second Critique; 1987. Este investigador fue el primero que tuvo acceso a los manuscritos de Sartre, y su libro es el primero que desarrolla un análisis minucioso del Tomo 2 de la Critica. A partir de ahora, en las citas al mismo, nos referiremos como ARONSON.

Ciertamente estamos de acuerdo con Aronson, cuando afirma que “gran parte de la historia del período entre Febrero y Junio de 1848 puede ser escrita en torno de la lucha por, y la deformación de, los Talle res Nacionales”. Ver, sobre este problema, nota 7, de pag. 45. Para lo referente al problema central, ver pag. 76, ambas en ARONSON.

(2) Cfr. SARTRE, J.P.; Critique de la Raison Dialectique; Tome II (inachevé) . Intelligibilité de l’Histoire; 1983. Las referencias que se hagan a esta obra, se citarán, a partir de este momento, mediante las siglas CRD, II.

Para comprender mejor este concepto, quisiera mencionar la cuestión que preocupaba obsesivamente a Sartre, a cerca de si es posible entender la Historia, cuando sabemos que es una “totalidad destotalizada”, es decir, cuando la Historia misma es ambigua, y cuando los hechos históricos, son, as! mismo, ambivalentes. El desarrollo de este problema lo encontramos, precisamente, en los Cahiers pour une Morale (1.983), obra que el mismo Sartre, en entrevista con Michel Sicard, en la revista “Obliques”, (1978), considera excesivamente idealista. Sí tenemos en cuenta que, precisamente en el mismo número de la revista, es decir, dos años antes de la muerte de Sartre, aparece publicado un fragmento de lo que era La Gran Moral de 1947,17, en el cual se plantea el proble ma de la ambigüedad de la Historia. La acción histórica será equívoca, la Historia es posible solamente por la mediación de agentes históri cos no abstractos, sino concretos, los cuales por el hecho mismo de estar a un tiempo “fuera” y “dentro” de la Historia, tienen un carácter de ambigüedad insoslayable. Están fuera en tanto tienen la posibilidad de planificar sus conductas. Están dentro, en tanto lo exterior a su pensamiento los aliena. Así por ejemplo, en el caso del hegelianismo como mito, desde el momento en que hay posthegelianos. El fin d e la Historia se presenta, de esta manera, como algo inalcanzable, al menos, en tanto no se suprima la opresión de unos hombres por otros. La ac ción histórica, por otra parte, es ambivalente, en tanto que el azar interviene en las acciones históricas.

Ver para esta cuestión, Cahiers pour une Morale, pp. 26‑71.

(3) Cfr. SARTRE; CRD, II; pp. 21. Para un desarrollo de esta cues tión, ver el planteamiento que desarrollo en la parte I de mi ensayo.

(4) Cfr. SARTRE; op. cit.; p. 24. Para comprender este planteamiento, Sartre vuelve a plantear el papel que juega en la dialéctica dela Historia la “rareté”,la escasez. Este concepto será desarrollado en un apéndice, anexo a esta investigación, ya que es de crucial importancia analizar su alcance, dentro del pensamiento sartreano.

(5) Si no prestamos atención a las otras dos obras póstumas hasta ahora publicadas, (Cahiers pour une morale, 1983; y Vérité et existen ce, 1989), es por considerar que, en el caso de la Moral, supone, en palabras de Aronson, con quien coincidimos, su “Etica abortada”. En el caso de Vérité et existence puede ser interesante para entender mejor la relación de Sartre con Heidegger, especialmente en lo referente a El Ser y la Nada.

Cfr. ARONSON, p. 9. A pesar de referirse al proyecto sartreano d e 1945‑47, de elaborar una ética, como un proyecto abortado, no por ello es rechazable de una manera tajante todo el libro de los Cahiers pour une Morale; como velamos, al menos lo referente al problema del sentido de la Historia, tiene un valor por si mismo, si tenemos en cuenta que fue el propio Sartre quien quiso verlo publicado antes de morir, en la revista “Obliques” como mencionábamos. Encontramos, además, mul titud de planteamientos muy sugerentes respecto de problemas éticos y morales, que, en todo caso, aclaran más de un malentendido surgido a raíz de la publicación de El existencialismo es un humanismo. Debemos tener en cuenta, a este respecto, que, como expresa Aronson, “.. La presencia del segundo volumen impone nuevas lentes, a través de las cuales ver los propósitos y análisis del primero, tanto como toda la carrera de Sartre”. (ARONSON, p. 2).

(6) Cfr. SIEGMANN, J.; 1848. Las revoluciones románticas y democrá ticas de Europa; Ed. Siglo XXI; pp. 44‑45.

(7) Quienes están interesados en profundizar sobre esta cuestión, pueden acudir al propio texto de Siegmann, el cual desarrolla detalladamente la composición de las “clases” obrera y campesina, as! como la burguesía, con sus diversos matices. Es muy interesante la afirmación, por parte de Siegmann, de que “el régimen parlamentario estaba, (antes de los hechos de 1848), al servicio del rey y de la burguesía de de los negocios”. Vid. op. cit.; pp. 68‑70.

(8) Es preciso hacer notar que la inclusión de ministros como Blanc, no es de buen grado aceptada por los “políticos” profesionales. E sto puede ser un factor importante en el momento de analizar la postura de Sartre. En el caso de Trotsky y Stalin, podría haber alguna semejanza, en tanto Blanc es un teórico y Blanque, por ejemplo, un político más pragmático. Este problema se desarrollará más detenidamente en el capítulo siguiente. Sugiero la lectura de La revolución desfigurada, de Trotsky, para preparar una aproximación al problema.

(9) Los Talleres nacionales eran vistos, sin embargo, por los cam pesinos, hasta los más pobres, como lugar donde deambulan “haraganes y perezosos”, a quienes debían mantener mediante el aumento de la contribución territorial, que desde la perspectiva campesina, amenazaba, des de la responsabilidad de los escritores socialistas, su pequeña frac ción de tierra. El aumento de un 45% en todos los impuestos directos, promulgado por Garnier, provocó “en el campo un descontento fa tal para la república”. Cfr. Siegmann; op. cit.; pp. 190‑195.

(10) Cfr. SARTRE; CRD; II; pp. 19‑20. También es conveniente consultar la sección A, del libro II del Tomo Primero de la Critica. (En la Ed. ‑1960‑ de Gallimard; pp. 381 ss.).

(11) CRD; II; p.20. Para el término totalización en curso , ver el apéndice de este ensayo.

(12) CRD; II; p. 22.

(13) CRD; II; p. 107.

(14) Cfr. ARONSON; pp. 77‑78.

(15) Cfr. ARONSON; p. 83. Sobre este problema, consultar el libro de RANCH SALES; El método dialéctico en Jean‑Paul Sartre; en especial la parte VII, que es, entre lo que hemos encontrado publicado en es­pañol, de lo más valioso y serio.

(16) ARONSON; p. 88.

(17) ARONSON; pp. 102‑103.

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