Comala, Juan Rulfo:binomio Muerte y Vida uno de los ejes de la cultura mexicana

rulfo…los habitantes de Comala desconfían de Dios y de su poder de discernimiento…este es el dilema: si Dios es misericordioso, Dios es injusto…

Fuente http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/juanrulfo/pedro_paramo.pdf

Muerte y religiosidad en Pedro Páramo
Por Simone Andrea Carvalho da Silva
El binomio Muerte y Vida constituye uno de los ejes de la cultura mexicana, ese
espacio pendular de explosiones dicotómicas, expuesto y dispuesto en gestos
y palabras que habitan las insinuaciones de cada silencio y de cada punto
suspensivo. En ese texto y en ese contexto de mezcla, de subversiones y de
extrañamientos, de vacíos abismales y de voces que tantean el mundo, está
construida una de las más hermosas y desconcertantes narrativas del siglo
XX: Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Escuchar, leer y ver a Rulfo parece darnos la sensación de que su voz
retumba desde Comala, ciudad de su única novela, ciudad purgatorio donde los
muertos deshabitan un presente sin esperanzas, sin cambios, sin futuro.
Ciudad de ánimas en pena que tiene los ojos puestos en las nucas, rumiando
un pasado que tendrá siempre el mismo gusto y el mismo disgusto. Ciudad
para la cual los muertos vuelven en búsqueda de sus cobijas para calentar la
vida que la muerte armó en el infierno al que están condenados. Ciudad de
espectros que platican entre ellos y de monólogos que repiten y gastan las
pequeñas soledades de vidas en desamparo, desgarradas para siempre de sí
mismas.
Juan Rulfo, personaje de Juan Rulfo, parecía deleitarse con el efecto
que causaba en sus entrevistadores, protegiendo al otro Rulfo del contacto con
las personas y las cosas. En su entorno se creó un mito que él reforzaba y
dinamitaba a cada entrevista. Desde frases como “Mucho gusto, el señor está
hablando con un muerto” hasta la noción corriente de que elegía los nombres
de sus personajes en las tumbas de los cementerios, Juan Rulfo, narrador de sí
mismo, desentraña las palabras transformándolas en murmullos de resignación
y espanto delante de todo y de todos, ante el éxito de sus narrativas, ante la
vida y ante la muerte.
En una charla con estudiantes, Juan Rulfo dice que para el mexicano la
relación sagrado-profana ante la muerte intensifica y recrea su trato con la vida
y con los vivos. Pero que a los muertos, en la semana del día 2 de noviembre,
no queda más que la desesperación, pues perdieron la paz de sus pláticas
compartidas entre tumbas: “Debe ser muy interesante vivir dentro de un
cementerio y poder platicar con los muertos, deben tener cosas muy
importantes que decir (…) y me imagino que los muertos no están solos. Los
que los interrumpen son los que van a visitarlos el Día de Muertos,
precisamente, con música y mariachis y a llevarles flores y ofrendas y pulque y
comida. Entonces es cuando ellos se sienten más a disgusto. Pero en cambio,
cuando están solos, platican muy a gusto entre ellos…”.
Esa relación establecida entre Muerte y Vida / Voz y Silencio reviste a
Pedro Páramo de un cierto aire de inquietud que debe suscitar algunos
cuestionamientos, pues como dijo el escritor Carlos Fuentes: “Con Rulfo
siempre hay que estar alerta y preguntar…”. En una Comala católica hasta los
huesos —y también después de ellos—, donde todos morían en pecado y, por
eso, volvían todos para expiar sus faltas, las oraciones y el hecho de narrar
eran la única manera de dar a las ánimas un aliento de salvación. Y más: son
ellas las que definen la frontera entre vivos y muertos; son ellas las que hacen
recordar a los muertos su condición de muertos, pues una vez perdonados
encuentran la paz que les permite dejar de vagar por el mundo de los vivos
para habitar, de forma definitiva y tranquilizadora (para los vivos) la
espacialidad de la Muerte.
Pero el infierno de Comala reside sobre todo en el hecho de que ya no
hay vivos que recen por los muertos y la única persona investida de poderes
para perdonar a ese poblado, el padre Rentería, es uno de sus más aplicados
pecadores. Corrupto y ganancioso, entrega el perdón por dinero y por él
condena a las ánimas a quedarse eternamente sin salvación. No puede ayudar
a su comunidad con el perdón de la gracia divina, pues él es apenas uno más
destinado a deambular en ese purgatorio repleto de ánimas entregadas a
expiar sus pecados. Un purgatorio que, al revés de lo que pregona el
catolicismo, es definitivo. Y esa es la gran condena impuesta a esos habitantes:
tener la esperanza de salir de ese lugar después de que cumplieran sus
penas, vivir de esa esperanza, estando condenados a jamás verla realizarse.
Es precisamente en ese punto donde reside una de las innúmeras maestrías
rulfianas: los personajes sólo ganan la posibilidad de salir de sus purgatorios
individuales y colectivos por medio del discurso narrativo, pues contar una
historia es, en esencia, una manera de oración.
Los muertos se encuentran incapacitados de abogar en causa propia y
se convierten en dependientes eternos de las oraciones y misas
encomendadas a los vivos, con la finalidad de que Dios revea y minimice sus
purgatorios. En palabras de Fabienne Bradu, “… para los ‘habitantes’ de
Comala Dios está lejos o está sordo, pero es inalcanzable (…) en el supuesto
caso de que la existencia de Dios no sea engaño” (1989: 39).
En espera de la justicia divina, las ánimas siguen vagando por la ciudad,
dividiendo y compartiendo el mismo espacio y la misma temporalidad de los
vivos. Sin embargo, si pensamos en la justicia divina como algo ecuánime,
percibimos una realidad mucho más difícil de soportar, una verdadera paradoja
teológica trabajada en las entrelíneas de esta novela: la justicia de la religión
católica es esencialmente injusta, precisamente porque contempla a todos de
igual manera. Independiente de cuáles y cuántos fuesen los pecados
cometidos, Dios perdona a todos indistintamente. Ese es el dilema: si Dios es
misericordioso, Dios es injusto. Por eso los habitantes de Comala desconfían
de Dios y de su poder de discernimiento.
En el complejo culto del mexicano a la muerte, las oraciones (y las
ofrendas) ocupan un papel central. Volver para visitar a los vivos es un hecho
esperado por todos: los preparativos que involucran toda la comunidad (de lo
público a lo privado) en la expectativa del retorno de sus muertos en la primera
semana de noviembre son grandiosos y dan cuenta de esa importancia. Sin
embargo, al fin de las festividades, los muertos deben retornar a su mundo:
muchos de los habitantes los acompañan al cementerio para tener la seguridad
de que real y definitivamente se van. Quedarse con los vivos representa
compartir un mundo y de un lenguaje que ya no les pertenecen, y concretiza la
locura de lo indiscernible.
La oración tiene, en esos casos, el poder de procurar al muerto el
perdón, que no es más que permitir la capacidad de percepción entre lo real y
lo imaginario, entre la razón y la locura, entre la vida y la muerte, entre el
sentido único y la pluralidad de sentidos. Y la salvación no está tejida en el
discurso litúrgico de la palabra/oración (incapaz de liberar), sino en la
palabra/literatura, que libera por la narrativa de un vivo/muerto que parece flotar
entre las dos realidades: la de los muertos y la de los vivos. Juan Rulfo narra a
los lectores los mundos posibles de un poblado de muertos y presenta caminos
y lecturas, preguntas y respuestas soslayadas que dinamizan y revuelven el
presente estancado de los habitantes de Comala.
No se puede desvincular la oración del perdón y de su herramienta más
directa, la confesión. Como bien dijo Jean Delumeau, “…ninguna otra Iglesia
cristiana ni ninguna otra religión dieron tanta importancia como el catolicismo a
la confesión detallada y repetida de los pecados” (1991:07). Una de las
grandes ambiciones de la Iglesia católica fue justamente esa: la de hacer
confesar al pecador para que él reciba del padre el perdón divino y pueda salir
confortado, pero no si antes haber pasado por una profunda inquietud moral.
Las confesiones en Pedro Páramo están destinadas al fracaso porque
sufrieron la intermediación de un padre pecador. No consigue escuchar la
confesión de Susana San Juan, que subvierte y explota los nudos del discurso
coercitivo de las autoridades paterna y eclesiástica; no oye la confesión de
Dorotea por su enorme cantidad de pecados; y por medio de una confesión sin
la sinceridad del arrepentimiento, no consigue el indulto ni para sí mismo.
Estar muerto en Comala es estar condenado a repetir lo que ya se
conoce. Aunque los personajes de la novela parezcan continuar viviendo
después de muertas, lo cierto es que sólo imitan las actitudes y los
comportamientos que tenían cuando vivos. De ahí la confusión entre muertos y
vivos. Estar muerto es, sobre todo, no poder vivir experiencias nuevas. Se vive
en cada muerte la representación de una historia acabada, sin la posibilidad de
cambios dentro del espacio cerrado de un signo físico llamado libro.
Aunque en un primer momento para algunos la muerte surja como una
liberación del fardo y del sufrimiento que es vivir, el muerto sigue dependiendo
de los vivos, de sus ofrendas, de sus oraciones, de sus rituales, de sus
recuerdos y de sus lecturas. Recordar es la esencia primordial de ese juego de
relaciones: porque lo que tiene de peor la muerte, aquello que la reviste de la
mayor tristeza y desamparo es el olvido, aquello que poéticamente llamó
Gabriel García Márquez la “otra muerte dentro de la muerte”. Y cada año,
cuando retornan para el Día de Muertos, los muertos deben ser informados de
los hechos y de los acontecimientos más recientes ocurridos en el año en que
estuvieron ausentes, porque en el lugar donde están cargan solamente en la
memoria lo que habían vivido y sentido hasta el momento de sus muertes. De
esa renovación de informaciones depende la movilidad de su presente eterno.
Y otra vez la salvación del “muerto/muerto”, así como del “muerto/personaje”
está calcada en la palabra, que recorre rituales teológicos y literarios, liberando
vivos y muertos. La dependencia es, en esos casos, si no lo es siempre, una
calle de doble sentido.
En vez de presentar un espacio disociado entre vivos y muertos, Comala
mezcla voces, lenguajes y silencios. Nuestro extrañamiento viene justamente
de esa confusión de signos y de significaciones. Muchos fueron los estudiosos
que llamaron la atención sobre el hecho de que en esa novela nadie se ve a sí
mismo como muerto. El Muerto es siempre el otro, el anterior.
Comala existe primeramente como una realidad sonora (y luego visual,
con incómodas miradas, amalgamadas en retinas pluralmente fotográficas y
poéticas), en la cual, sin embargo, las palabras no suenan. En esa ciudad no
existen las cosas, sino el sonido provocado por sus ausencias. Juan Preciado
escucha un ruido de chicos en la plaza cuando llega a la ciudad, pero no ve a
ninguno, escucha pasos y ruidos de carretas, pero no ve a nadie. Son sonidos
de presencias que ya no son y queda el rumor de la inexistencia y de ese
recordar renace la imagen de la vida. Es la materialización de presencias que
no son y no pueden ser más que ausencias.
En Comala les hacen falta a los muertos, “para que puedan descansar
en paz”, no solamente las oraciones, sino principalmente el silencio: “Todo el
mundo habla indebidamente: hasta los muertos. La sobreabundancia de
palabras impide el silencio, el reposo, el olvido y la progresión natural del
tiempo; impide que los muertos se queden donde deberían estar: en el
silencio”, nos dicen Bradu y Julio Estrada. Esa demasía de voces asfixia y mata
y, como nos dijo Rulfo en la entrevista que citamos al principio de esta plática,
causa disgusto a los muertos, que prefieren estar y conversar entre ellos, en su
propio mundo, su tiempo y su lenguaje. Por esto Rulfo, en su multiplicidad e
ironías interminables, puebla también él el mundo de los muertos de sonidos y
de voces, pero no lo hace por la sobreabundancia, sino por la insinuación de
palabras e imágenes. Nada sobra en las narrativas rulfianas: del dicho a lo
sugerido, del olvido al no me acuerdo (como el título de la película de Juan
Carlos Rulfo), todo parece ocupar con perfección el lugar establecido por un
narrador que no habla, apenas insinúa por medio de contornos y de neblinas.
Al revés de la realidad mexicana “en la cual los muertos están casi
siempre en mejores condiciones que los vivos” los muertos de Comala se
llevan para el otro mundo todas las angustias y soledades sentidas mientras
estaban vivos. Y se quedan refunfuñando en sus tumbas, sintiendo los huesos
crujir con la llegada de la humedad y de las lluvias, y esperando volverse
comida para los gusanos. Es la conciencia de la muerte en su sentido más
visceral y más doloroso. Los muertos actúan como vivos, pero no pueden
volver a la vida. No pueden alterar su condición.
Leer a Juan Rulfo es ver y recrear el mundo con los ojos de Juan Rulfo. Ojos
de espanto, de tristeza y de pasión por un mundo en constante movilidad. Es
llenar a sus personajes y a nosotros mismos, lectores, de posibilidades, de
dudas y de cambios. Su palabra está compuesta por una sinfonía de imágenes
tales que permiten al escritor, al hombre, al historiador y al fotógrafo Rulfo el
tránsito pendular entre lo gráfico y lo visual, entre lo inusitado y lo oculto. Y
permite, sobre todo a nosotros, lectores de los espejos y de la palabra rulfiana,
la fertilidad de la duda y el grato sobresalto frente a las pequeñas muertes
vividas en el mundo cotidiano de esos insólitos personajes que, según Eduardo
Rivero, “…al fin y al cabo, somos nosotros. Por eso, arregle sus provisiones y
llénese de coraje, amigo espectador, porque el viaje a Comala aún continúa

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