sobre la relación Economía / Justicia. Amartya Sen


El tema de la Filosofía Política más complejo es sin duda, el que implica las relaciones entre las categorías de la Economía Política, las Ideas filosóficas, en este caso la Idea de Justicia, y la Moral, la Etica y el Derecho

El libro del premio Nobel de Economía Amartya Sen, titulado La Idea de Justicia es una muestra muy interesante de cómo ha llegado a ser la Economía parte esencial de un modelo político como es la democracia de mercado en el presente.
En la revista mexicana Nexos he localizado un interesante comentario sobre el libro mencionado, en la que como veremos, su autor hace una crítica muy esclarecedora de las tesis de Sen

La aplanadora y el trampolín
Jesús Silva-Herzog Márquez ( Ver todos sus artículos )
FUENTE http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=265406
“La barba cana, el pelo blanco y el ropón indio” hicieron de la figura de Rabindranath Tagore la quintaesencia del sabio exótico, el poeta místico. Ése es el escritor que admiraron tanto Yeats como Pound. Yeats veía en él a un santo proveniente del misterio. Su poesía era inocente y sabia: espontaneidad incubada en los siglos de una civilización. Ezra Pound, por su parte, notaba en su literatura la quietud del mundo natural. A sus poemas no los prendía la tormenta ni el rayo, sino el uso tranquilo de la mente tocando la tierra. Era la naturaleza misma.

Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga inútilmente por el cielo. ¡Sol mío, glorioso eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! Y paso mis meses y mis años alejado de ti.

Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas.

Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizá, en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

Pero Tagore no es sólo el poeta del viento y la lluvia, de la luz y los silencios. Detrás del místico se escondía un racionalista que no reconocen quienes quieren envolverlo de incienso oriental. En su defensa de la razón radicaba su desacuerdo con Gandhi: “Nosotros que frecuentemente glorificamos nuestra tendencia de ignorar la razón, instalando en su sitio la fe ciega, glorificándola como espiritualidad, pagaremos eternamente con el oscurecimiento de la mente”. Lo dice de otra manera en un momento de su extensa ofrenda lírica Gitanjali:

Donde la mente nada teme y la cabeza se lleva por lo alto
donde el saber es libre
donde el mundo no ha sido fracturado aún por los miserables
[muros de la casa.
donde la palabra surge de las honduras de la verdad
donde la clara fuente de la razón no se ha extraviado en las
[desérticas arenas del hábito muerto
Ahí: en ese cielo de libertad, Padre mío, permite que mi patria
[despierte.

La utopia de la razón. Tanta esclavitud había bajo el imperialismo del miedo como tras los muros cerrados del nacionalismo o en los hábitos muertos de la tradición. Tagore fue la figura tutelar de Amartya Sen, el filósofo que ha cultivado la “deprimente ciencia” de la Economía. Se dice que su nombre de pila, Amartya, fue elegido precisamente por el poeta, quien tenía una relación cercana con sus padres. Sen estudió en la escuela regida bajo su filosofía pedagógica que premiaba la curiosidad y el razonamiento por encima de los concursos de memorización. Uno de sus maestros le llegó a decir de una compañera: “Es realmente muy inteligente —a pesar de sus buenas calificaciones”. De Tagore viene la sensibilidad literaria del economista y su ánimo por conectar civilizaciones; su preocupación por la libertad y su voluntad de razonar.

Sen coqueteó con dedicarse al estudio del sánscrito, las matemáticas y la física antes de inclinarse por los “excéntricos encantos de la economía”. Su genio ha sido conectar sus pasiones y sus destrezas en una dilatada reflexión sobre la organización de la casa común. En la ciencia económica encontraría una moral práctica. Ha reconstruido su disciplina para convertirla en un sitio donde confluyen la meditación sobre la igualdad y la paz, un examen de las cargas de la desigualdad, un afán por encontrar las pistas del desarrollo y los territorios de la justicia, un espacio para asegurar las libertades efectivas de cada quien. En 1943 fue testigo de la hambruna que mató a más de dos millones de personas en Bengala. Tenía diez años y eran los últimos años del dominio británico. Al niño no lo marcó solamente la severidad de la tragedia sino su arbitrariedad. Mientras barrios enteros eran borrados por el hambre, los ricos y las clases medias sobrevolaban tranquilas por encima de la desgracia. Más tarde llegaría a la conclusión de que la voz y el pan están conectados estrechamente. La democracia no era una arquitectura flotante: era instrumento para la satisfacción de las necesidades.

El desarrollo económico es expansión de libertades reales, es decir, de capacidades individuales. El desarrollo no se mide por el aumento de producto, ni por los escalones de la industrialización o los adelantos de la tecnología. En Desarrollo y libertad apunta que “El desarrollo exige la eliminación de las principales fuentes de privación de libertad: la pobreza y la tiranía, la escasez de oportunidades económicas y las privaciones sociales sistemáticas, el abandono en que pueden encontrarse los servicios públicos y la intolerancia o el exceso de intervención de los Estados represivos”. Para el economista, la libertad no es mera contención de un poder amenazante. Si esta garantía de no ser molestados por el poder no se nutre de capacidades efectivas, de seguridades frente al hambre, de salud, de tranquilidad personal, la libertad queda anulada. El liberalismo de Amartya Sen se aleja así del culto a la no interferencia. Pensar seriamente en la libertad implica trascender la obsesión con las murallas contra el Estado y adentrarse en el paquete de capacidades que permiten a alguien tomar decisiones por sí mismo. La pobreza extrema aniquila la libertad.

El horizonte filosófico de sus interrogantes no anula el carácter técnico de sus respuestas. El empaque de su argumento se integra con conceptos, mediciones, pruebas, relatos, fórmulas y argumentos. De pronto se asoma también la parábola. Todos esos elementos se despliegan magistralmente en La idea de la justicia (Taurus 2010), el nuevo libro de Amartya Sen que bien puede ser leído como la recapitulación de argumentos que ha ido tejiendo durante décadas. Como lo anuncia el título, Sen moldea una idea de justicia; una aproximación, no de una teoría. Sen, que conoció el manuscrito del libro clásico de John Rawls, no pretende construir un modelo de justicia perfecta sino ofrecer claves para evaluar realizaciones sociales. Si no llegáremos a coincidir en el trazo de la justicia absoluta, podemos coincidir en que la remoción de la esclavitud es un logro de justicia. El punto de partida es un contraste con la filosofía jurídica india. La palabra niti designa las instituciones ideales; la palabra nyaya nombra las realizaciones de justicia. Tal parece que la filosofía política occidental ha quedado encantada con la posibilidad de descubrir el armazón de la justicia perfecta, oscureciendo el camino para hacer más justa la vida. Lo que importa, argumenta Sen, no es el magnífico equilibrio de las instituciones, sino la experiencia concreta. La gimnasia de lo que llama “institucionalismo trascendental” es, en última instancia, evasiva: ignora a las comunidades reales y paraliza la acción pública. Frente a la entelequia de la Justicia, Sen propone un enfoque comparativo: evaluar una situación concreta para advertir las mejoras necesarias; advertir también el inevitable choque de perspectivas de justicia que existen en el mundo. Lo que nos motiva, escribe en el primer párrafo del libro, “no es la percepción de que el mundo no es perfectamente justo. Pocos esperamos eso. Lo que nos impulsa es reconocer injusticias remediables en nuestro entorno que quisiéramos suprimir”.

Frente a la arquitectura del contrato, Amartya Sen reivindica la aproximación matemática de la elección racional que permite medir y comparar y el proceso deliberativo de la democracia. El combate a la injusticia no proviene, pues, del ánimo de acoplar a la sociedad a un diseño, sino de ir suprimiendo progresivamente los obstáculos a la libertad. Es el diálogo, no el decreto la palanca de la justicia. La justicia de Sen se afinca en las capacidades efectivas. No es un campo aplanado: es un trampolín de conquistas personales. Una sociedad justa asegura opciones a sus miembros, discute en público las diversas ideas del bien y otorga poder, no solamente derechos, a sus ciudadanos. El corazón de la justicia no está en la neutralidad del Estado sino en el poder de los individuos.

Jesús Silva-Herzog Márquez. Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver. http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/

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