Adios Nicaragua.Atentado contra periodistas en Nicaragua

En relación con este comentario, ver película que se refiere a estas cuestiones Último capitulo. Adios Nicaragua
Last Chapter: Goodbye Nicaragua
País: Suecia, España. Año: 2010. Duración: 90 min. Formato: DIGIBETA COLOR. V.O.: Sueco, español, inglés.

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Director: Peter Torbiörnsson
Guión: Peter Torbiörnsson
Producción: Eden Film, Estudi Playtime
Productor: Staffan Julén, Marta Andreu
Montaje: Göran Gester
Director de fotografía: Ivan Blanco

Sinopsis:

Una película acerca de la culpa y de ideologías manchadas de sangre. Explota una bomba durante una rueda de prensa en la selva entre Nicaragua y Costa Rica, matando e hiriendo a más de veinte periodistas. Ha pasado el tiempo; el periodista sueco Peter Torbiörnsson intenta descubrir la mano detrás de este atentado terrorista y acaba descubriendo que sus antiguos amigos son los que segaron la vida de sus colegas. Un viaje por un paisaje de revoluciones perdidas y sueños desvanecidos.

Proyecciones: 12 nov 16h00 CNP 17 / 13 nov 21h50 CNP 17
La trayectoria de las revoluciones ha sido muy similar en cuanto a su proceso. Sartre lo estudió con bastante acierto, en su libro Crítica de la Razón Dialéctica. En la literatura hispanoamericana tenemos algunas muestras de estas derivas, y para ver mejor a qué nos estamos refiriendo hay un artículo de Jorge Edwards en que se reseñan tres novelas de testigos directos de revoluciones falliudas en Hispanoamérica
Podríamos aplicar el modelo de crítica dialéctica a la revolución sandinista y la deriva en que se ha ido metiendo Daniel Ortega en los últimos tiempos

fuente www.cepchile.cl/dms/archivo_980_388/rev76_edwards.pdf
Estudios Públicos, 76 (primavera 1999).
ENSAYO
CUBA: CUARENTA AÑOS DESPUÉS*
Jorge Edwards
JORGE EDWARDS. Escritor y ensayista. Autor de varios libros de cuentos y de las
novelas El peso de la noche, Persona non grata, El museo de cera y Convidados de piedra,
entre otras. Su novela más reciente es El origen del mundo (Barcelona: Tusquets Editores). En
1994 recibió el Premio Nacional de Literatura. Recientemente ha sido distinguido por el
gobierno de Francia con el grado de Caballero de la Legión de Honor.
* Jorge Edwards se refiere en este artículo a los libros de Daniel Alarcón Ramírez,
Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la Revolución (edición e introducción de
Elizabeth Burgos; Barcelona: Tusquets Editores, 1977); de Jorge Masetti, El furor y el delirio.
Itinerario de un hijo de la Revolución cubana (edición a cargo de Elizabeth Burgos; Barcelona:
Tusquets Editores, 1999), y de Norberto Fuentes, Dulces guerreros cubanos (Barcelona:
Seix Barral, 1999).
Jorge Edwards reseña en este artículo tres testimonios aparecidos en
los últimos tres años sobre la Revolución cubana. Sin habérselo
propuesto, señala Edwards, las memorias de un ex lugarteniente del
Che Guevara en Bolivia (Daniel Alarcón Ramírez), de un ex miembro
de la nomenclatura cubana (Jorge Masetti) y de un escritor y ex
cronista oficial de la Revolución (Norberto Fuentes) coinciden en un
punto: la revolución ha sido un ejercicio descarnado de la más pura
‘política de poder’, al servicio del Número 1, y suicidio para los
demás. Acorralada y atemorizada, la dictadura cubana aplica una
mano cada día más dura, en una especie de huida hacia adelante… Y
todo ocurre en la más completa indiferencia internacional. Si el
desenlace del régimen soviético ha sido patético, afirma Edwards, el
del régimen castrista podría llegar a ser una de las grandes tragedias
latinoamericanas.
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uarenta años es mucho para una revolución. Si la restauración
no llega a tiempo, la revolución envejece mal, demasiado mal. Se pone
conservadora en el peor sentido de la palabra, y al parecer sin vuelta posible.
El caso de la restauración en Rusia, por ejemplo, con su mafia, con el
descalabro de su economía, con su gobierno errático y que no ha perdido
ninguno de los peores tics dictatoriales, con el genocidio de Chechenia,
tolerado por Occidente con vergonzosa hipocresía, es patético. El caso de
Cuba, el de una revolución en estado de decrepitud y sin salida visible, sin
alternativa, es todavía peor. Cuba se sumerge en la desesperanza, en la idea
colectiva de ganar tiempo, y de hacerlo para nada, esto es, para seguir
ganando tiempo. Y esto sucede en medio de la más completa indiferencia
internacional. Los entusiastas del castrismo de hace diez o más años, los
turistas políticos, los intelectuales de izquierda de Occidente que hacían su
peregrinaje anual o de dos o tres veces al año a las fuentes isleñas, miran
para otros lados con el mayor cinismo, como si ellos no tuvieran la culpa
de nada, como si no tuvieran el deber de darle explicaciones a nadie. Otra
revolución que fracasó, y a otro asunto. ¡Cada día tiene su cuidado! Ahí
está Chiapas, o ahí está el proceso a Pinochet. Son útiles para doblar la
página e iniciar otras campañas.
En los últimos dos o tres años han salido testimonios importantes,
en algún sentido espeluznantes, sobre la revolución cubana y su deterioro.
Son testimonios de personas que vivieron la experiencia revolucionaria a
fondo, desde puestos de observación privilegiados, y que se decepcionaron
tarde, en cierto modo a la fuerza, a pesar de ellos mismos, y con evidente
peligro para ellos. Daniel Alarcón Ramírez, cuyo nombre de guerra ha sido
Benigno, era un joven campesino analfabeto de las cercanías de la Sierra
Maestra en los años de la guerrilla contra Batista. Fue reclutado por azar,
después de sufrir en su familia la crueldad del régimen batistiano, y se
transformó al cabo de pocos años en uno de los lugartenientes del Che
Guevara. Estuvo con él en el Congo y nunca llegó a entender las razones
que habían tenido para meterse en esa parte del mundo. La aventura congoleña
fue un perfecto ejemplo de ineficiencia, de caos administrativo y militar,
de acción sin objetivos y que produjo evidentes retrocesos para la causa
revolucionaria. El Che Guevara y su grupo ya tenía desde antes, pero
confirmó a partir de entonces, una decidida antipatía por la Unión Soviética.
El comunismo soviético, por su lado, perfeccionó un diagnóstico que ya
se había pronunciado: el Che Guevara representaba una forma peculiar,
latinoamericana, de la desviación trotskista. En otras palabras, era, en la
práctica, el enemigo principal. El más peligroso de todos. Entendemos muy
C
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bien, a partir de aquí, que haya sido empujado a Bolivia, y que a partir de
su ingreso con un pequeño grupo de guerrilleros a territorio boliviano estuviera
condenado. Fidel movió los hilos con audacia, con la mayor frialdad,
con el más perfecto disimulo. Alinearse en forma seria en la línea soviética
implicaba sacrificar al Che. Pero Fidel Castro, en este aspecto, habría podido
darle lecciones a José Stalin. En lugar de mandar asesinar a Guevara,
permitió que lo asesinaran sus enemigos y le preparó un pedestal de héroe.
Benigno, sin duda, no es ni pretende ser un escritor, y uno puede
preguntarse por el alcance que ha tenido la intervención de Elizabeth Burgos
en su texto, la ex pareja de Regis Débray y ex colaboradora con los
servicios cubanos. Da la impresión de que Elizabeth Burgos prefirió ayudar
a publicar el testimonio de otros y mantener el suyo en silencio. El libro de
Benigno, Memorias de un soldado cubano (1977), interesante en todos sus
capítulos, es esencial para conocer uno de los episodios más sombríos de la
historia revolucionaria contemporánea: el de la expedición de Ernesto Che
Guevara a Bolivia y su rotundo fracaso. Es la crónica de una muerte no
anunciada, postergada, pero en definitiva inevitable. La historia de las traiciones
al grupo, la de los errores garrafales de seguridad cometidos por
ellos mismos, provocan verdadero asombro. Según el retrato de su lugarteniente,
el Che en Bolivia era un hombre deprimido, enfermo, en el límite de
las fuerzas, enteramente abandonado por el gobierno de Cuba. Sin duda, se
daba cuenta de la situación. No podía no darse cuenta. Pero necesitaba
hacerse ilusiones, tanto para poder continuar él mismo como para mantener
la moral de sus seguidores. El objetivo era poder pasar de Bolivia al norte
de Argentina e iniciar desde ahí la revolución continental. ¡Nada menos!
No olvidemos que el trotskismo era la doctrina de la revolución permanente,
el reverso de la idea stalinista de proteger la revolución en un solo país.
Al darle la espalda al Che y aliarse en forma incondicional con la Unión
Soviética, Fidel, para todos los efectos prácticos, había escogido la alternativa
stalinista. La cosa parece evidente, pero pocos, en ese momento y
ahora, han sido lúcidos a este respecto.
Las memorias de Daniel Alarcón, Benigno, no incurren, desde luego,
en mayores teorizaciones políticas. Sin embargo, la descripción de los
detalles y el retrato del Che visto de cerca son convincentes. En algunas
páginas, apasionantes. Guevara queda como un hombre solitario, irascible,
protector de sus incondicionales, pero capaz de gran dureza y crueldad. Lo
redime hasta cierto punto el hecho de que las terribles exigencias que hace
a los demás se las impone también a sí mismo. Al final de la empresa, el
personaje es un animal acosado, en medio de la indiferencia de los campesinos
de la región, que debieron constituir, de acuerdo con la teoría, su base
60 ESTUDIOS PÚBLICOS
de apoyo revolucionario, y que no constituyeron dicha base en ningún
momento. En definitiva, el Che actuaba cegado por el voluntarismo y con
escasa noción de la realidad. Era un Quijote político enloquecido, destemplado,
incapaz de escuchar a los Sancho Panzas que lo rodeaban, pero que,
además, para desgracia suya, le tenían demasiado miedo y no le decían las
cosas.
Los seis o siete sobrevivientes de la disparatada empresa, Benigno
entre ellos, lograron salir por tierra a Chile y obtuvieron ayuda para regresar
a Cuba del gobierno chileno de Eduardo Frei Montalva, de la dictadura
griega y del gobierno francés del general De Gaulle. El gobierno soviético,
en cambio, se negó tercamente a darles una visa y sólo permitió, al fin, un
rápido cambio de aviones en el aeropuerto de Moscú. En La Moneda, en
las oficinas del Ministerio del Interior, el presidente Frei les preguntó:
“¿Cómo se explica que, siendo ustedes comunistas, Grecia, que es un país
con un gobierno de derecha, les dé visa de tránsito, y que, sin embargo, sus
amigos los rusos les nieguen hasta una visa de tránsito?” Lo único que
atinó Benigno a contestar fue que Frei no lo entendía “porque no es comunista”,
lo cual equivalía, como se ve, a no contestar nada. Salvador Allende,
entonces presidente del Senado, acompañó al grupo en su viaje a Tahiti,
territorio francés, con escala en la Isla de Pascua. Eran tiempos de grandes
entusiasmos y de grandes confusiones. En Atenas, a pesar de la dictadura,
miles de simpatizantes del Che fueron a vitorear al grupo. En París fueron
invitados a tomar desayuno por el general De Gaulle. En el aeropuerto de
Moscú, en cambio, fueron recibidos con la mayor frialdad por funcionarios
de la KGB y embarcados en diez minutos en un avión que los esperaba con
los motores en marcha. Parece, para hacer una paráfrasis de Jorge Luis
Borges, que la historia política de nuestro siglo también fuera, a veces, una
rama de la literatura fantástica.
Las conclusiones de Daniel Alarcón Ramírez, Benigno, hoy exiliado
en Francia, son lapidarias. “Lo que sí verdaderamente me duele”, escribe
en la última página de su libro, “es haber sido parte del atropello al que se
ha sometido al pueblo cubano, y por eso hoy me siento totalmente arrepentido
de haber seguido a un hombre de las ideas de Fidel”.
El caso de Jorge Masetti es muy diferente al de Benigno, a pesar de
que las conclusiones de ambos, amargas, desencantadas, tienden a confluir.
Desde luego, Masetti pertenece a la segunda generación revolucionaria. Es,
además, hijo de un intelectual y de un héroe de la revolución, lo cual le
hizo convivir desde su infancia con la nomenclatura cubana en sus escalones
más altos y recibir la formación del revolucionario perfecto. Su padre
fue Ricardo Masetti, fundador de la agencia de noticias cubana, Prensa
JORGE EDWARDS 61
Latina, y que después intentó formar un foco guerrillero en la región de
Salta, Argentina, lugar donde murió en circunstancias desconocidas en
1964. Jorge está casado, por otra parte, con Ileana de la Guardia, hija de
Tony de la Guardia, uno de los principales implicados en el célebre proceso
de narcotráfico de 1989 y que culminó con el fusilamiento del general
Arnaldo Ochoa, héroe de la guerra de Angola, y con el del mismo Tony,
aparte de la condena a treinta años de cárcel de su hermano gemelo Patricio
de la Guardia. Después de aquel simulacro de proceso y del fusilamiento
por órdenes directas de Fidel Castro, Jorge e Ileana intentaron durante más
de un año salir de Cuba. Al fin fueron autorizados para residir en México,
pero con la condición bastante extraña de no salir de ahí. La pareja sostiene
ahora que la seguridad mexicana, o por lo menos algunos de sus miembros,
los sometían a un seguimiento muy estrecho y les impedían salir de México,
en connivencia con la seguridad del Estado de Cuba. Es sorprendente,
para decir lo menos, pero cuando conozcamos más a fondo, a lo largo de
los años, el accionar de Cuba en el exterior, iremos, sin duda, de sorpresa
en sorpresa. Los Masetti consiguieron por fin, con la ayuda de Elizabeth
Burgos, obtener una visa española, salir de México y de los tentáculos de la
policía política del castrismo e instalarse a vivir en Madrid.
Las memorias de Jorge Masetti (El furor y el delirio, 1999) están
mejor escritas que las de Benigno. Incluso tienen páginas notablemente
concisas y ágiles. No revelan tanto conocimiento de la realidad cubana
interna, pero completan el cuadro. Demuestran, desde luego, un fenómeno
que nosotros, fuera de Cuba, todavía no terminamos de asimilar. Cuba ha
intervenido en la política de toda América Latina, con audacia ilimitada,
poniendo a disposición de la causa ‘internacionalista’, como les gusta mucho
decir, todo el aparato del Estado isleño. Las dimensiones de la ambición
continental de Fidel Castro fueron asombrosas, no menores, dentro de
la diferencia del momento histórico, de las que trajeron al Nuevo Mundo
los conquistadores del siglo XVI español. No me extrañaría que uno de los
grandes momentos de esta intervención castrista en el sur se haya producido
en el Chile de Allende. El MIR fue uno de los instrumentos, en forma
consciente o inconsciente. Jorge Masetti, nacido en 1955, era demasiado
joven en aquellos años y no conoció demasiados detalles. Lo que sí se sabe
es que Tony de la Guardia se ocupó del adiestramiento militar del GAP y
que se encontraba en La Moneda, al parecer en compañía de su hermano
gemelo Patricio, el día 11 de septiembre de 1973. Su técnica de guerrillero
y de hombre de los servicios especiales le permitió escapar ileso y salir en
pocas horas de Chile.
62 ESTUDIOS PÚBLICOS
Las páginas mejores de Jorge Masetti son las que describen la formación
de un revolucionario en un lugar misterioso, cercano a La Habana,
que se llama Punto Cero. Vemos en acción la exaltación de la fuerza física,
de la acrobacia, de la buena puntería, del uso de pistolas, ametralladoras,
granadas, ‘fierros’ de todo orden. Un jefe, para que el joven recluta no se
aburra, le lleva tres libros: Obras militares, de Lenin; el Anti-Dürhing, de
Engels, y Sobre la guerra, de Clausewitz. ¡Qué programa! No había dónde
perderse acerca de la verdadera naturaleza de la revolución, a pesar de que
tanta gente se perdía y, en algunos casos, sigue perdida. Como dijo ya en
1970 el agrónomo francés René Dumont, acusado de inmediato de agente
de la CIA por este motivo, era una “dictadura militar socializante”. Pero,
además, a diferencia de otras, era una dictadura con grandes propósitos
expansivos y que la llevaron a meterse en el África y en América Central y
del Sur.
El testimonio de Masetti es interesante, además, en todo lo que se
refiere al esfuerzo de la revolución en decadencia, en los comienzos del
llamado ‘período especial’, para obtener medios de subsistencia mínimos.
Los servicios especiales se orientan al narcotráfico, al contrabando de todo
orden, al comercio de marfiles en operaciones triangulares con África y
Europa, a operaciones financieras capaces de dar un poco de oxígeno a una
economía agotada. Cuando la red de narcotráfico y de contrabandos varios
está a punto de ser sorprendida por los norteamericanos, Fidel Castro, el
Número Uno, hace una de sus jugadas maestras. Mata varios pájaros de un
solo tiro. El único héroe militar capaz de hacerle algo de sombra es su
amigo Arnaldo Ochoa, quien ha tenido dificultades con Raúl Castro, Ministro
de las Fuerzas Armadas, y ha hablado con excesiva libertad de temas
tan escabrosos como Gorbachev y como la perestroika en círculos influyentes.
Inicia el proceso contra Ochoa, los hermanos De la Guardia y algunos
otros, los visita en la cárcel, da la impresión de que está dispuesto a ser
clemente a condición de que no hablen demasiado durante el juicio, y al
final fusila a los principales acusados entre gallos y medianoche. La lectura
de este libro me da la impresión de que todos terminan por entender. Tuve
la misma impresión en años recientes, cuando volví a la diplomacia por un
breve período y volví a tratar con diplomáticos cubanos. Parece que todos
entienden y que todos saben. Pero ya es demasiado tarde. Y el régimen,
acorralado, atemorizado, sin márgenes para negociar nada, aplica una mano
cada día más dura, en una especie de huida hacia adelante. Todavía falta el
episodio final, y podría ser una de las grandes tragedias latinoamericanas.
No sabemos si alguien, en algún sector, reflexiona en serio sobre este
desenlace que se acerca a pasos agigantados.
JORGE EDWARDS 63
Las conclusiones del libro de Masetti no son más luminosas que las
de Benigno. “Me percaté entonces, escribe en la página 268, de que, desde
el origen, desde 1959, y quizás desde la Sierra Maestra, más que una
traición a la revolución, la revolución había sido una gran estafa. Fidel
Castro empezó decapitando su propio movimiento para apoderarse del poder,
hasta convertirlo en un poder absoluto”. No hay restauración a la vista,
en consecuencia, y no hay cambio posible. Fidel Castro sabe que el cambio
tendría que comenzar con él mismo, y se empeña con todas las fuerzas que
todavía le quedan en detener este proceso, en congelar la historia.
Norberto Fuentes, autor del recién aparecido Dulces guerreros cubanos
(1999), es una figura muy diferente, a su vez, de las dos anteriores.
Desde luego, es un verdadero escritor, en buena medida un escritor profesional.
Escribe con decididas pretensiones literarias, cosa que a menudo
oscurece su escritura o la vuelve algo lenta y preciosista. Consigue, por
otro lado, en sus mejores páginas, efectos notables de ambientación. En
este libro uno ‘entra’ en la casa secreta de Fidel Castro, con sus jardines de
lujo, con su sistema complicadísimo de seguridad, o en los gestos y los
mecanismos mentales del Número Uno. En este aspecto, Dulces guerreros
cubanos es un testimonio irremplazable. Es el equivalente sin ficción, y en
alguna medida superior a la ficción, de El otoño del patriarca, de García
Márquez. En algunas páginas cuesta creer en lo que dice, pero ya se sabe
que la ficción casi siempre queda por debajo de la realidad.
Antes de seguir con el comentario del libro, creo interesante relatar
mi primer encuentro con la literatura de Norberto Fuentes y después con él
mismo. En el mes de enero de 1968 fui miembro de un jurado que debía
decidir sobre el Premio de Casa de las Américas, organismo cultural del
régimen cubano, en el género de cuento. Había dos manuscritos que me
interesaron. Uno de ellos era un testimonio personal, escrito desde el interior,
sobre las UMAP, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción,
campos de concentración mal disimulados y donde se encerraba a los homosexuales
y a otros sujetos considerados por la revolución como “lacras
sociales”. Era un conjunto de relatos impresionante, pero carecía de mayor
sutileza literaria. El segundo libro era una colección de cuentos, Condenados
de Condado, obra de un autor entonces muy joven y corresponsal en la
lucha contra las guerrillas insurgentes del Escambray, José Norberto Fuentes.
Eran cuentos muy bien logrados, que evitaban la visión maniquea, la
división en buenos y malos, y que tenían una semejanza buscada con un
gran libro de los comienzos de la época soviética, Caballería roja, de Isaac
Babel. Babel fue liquidado por Stalin con prontitud, pero Fuentes, que
comenzaba su carrera como un disidente, logró sobrevivir como escritor en
64 ESTUDIOS PÚBLICOS
el interior de Cuba durante alrededor de treinta años. Muchas veces pensé
que mi insistencia en darle el premio a los cuentos de Fuentes, a pesar de la
obstinada resistencia de los miembros oficialistas del jurado, fue el comienzo
de mis problemas con el castrismo. Un par de años después, cuando se
produjo la autocrítica pública de Heberto Padilla, José Norberto fue el
único de los escritores llamados al estrado y que se negó terminantemente a
declararse culpable. Él me había visitado en mi hotel en La Habana, en
compañía de Padilla y de un periodista italiano, pocas horas antes de que
Padilla fuera encarcelado. Eran signos ominosos, y yo no daba mucho, al
salir de La Habana en marzo de 1971, por la carrera e incluso por la
seguridad física del joven autor de cuentos. Años después supe que se
había integrado al sistema y que se había transformado en un colaborador
de los servicios especiales. Me pareció lamentable, pero la verdad es que
no me sorprendió demasiado. En Cuba se había convertido en costumbre
comprar la libertad por medio de la delación. Fuentes ingresó de inmediato
en los círculos más exclusivos del poder, en los de Fidel y Raúl Castro, y
trabó estrecha amistad con el general Arnaldo Ochoa y con los gemelos
Tony y Patricio de la Guardia. Desempeñó misiones en diversos lados
—Angola, los países del Este, México—, y pasó a ser algo así como el
cronista oficial de la revolución, un André Malraux cerca de su general De
Gaulle, con la salvedad de que Fidel Castro no es Charles de Gaulle, de que
él está muy lejos de ser Malraux y de que tampoco la isla de Cuba es
Francia. Cometió después la grave imprudencia de advertirles a sus amigos
Ochoa y Tony de la Guardia sobre la peligrosa acusación que se preparaba
contra ellos. Fuentes fue capturado a fines de 1993, al tratar de escapar en
una balsa de Cuba, y llevado a prisión. Poco tiempo después de salir de la
cárcel inició una huelga de hambre. Consiguió escapar de la isla en 1994,
con ayuda del gobierno mexicano y de Gabriel García Márquez.
Como decía, los malabarismos literarios, la confusión no muy bien
resuelta entre los géneros de la novela y de la crónica, perturban en algunos
párrafos la lectura de este libro. Norberto Fuentes tiene mucho mayor dominio
verbal que en sus primeros cuentos, pero su noción de la estructura
del relato me parece menos segura. En cualquier caso, el libro tiene momentos
sorprendentes. Fidel Castro, por ejemplo, está retratado con humor
agrio y lúcido. Entendemos bien su machismo, su visión de pistolero de las
luchas revolucionarias, su primitivismo ideológico y a la vez su enorme
astucia y olfato, tanto a nivel interno como internacional. De pronto le pide
a García Márquez, su gran amigo, que le diga a Felipe González, cuando
era Presidente del gobierno de España, que es “un maricón”. También le
pide que le diga a Omar Torrijos, de Panamá, que “es un maricón”. ¿Por
JORGE EDWARDS 65
qué? Porque Felipe González había pedido la libertad de unos presos políticos
españoles. Porque Torrijos no se atrevía a establecer las relaciones
diplomáticas entre Panamá y Cuba. García Márquez me dio una vez un
recado de Fidel Castro y me pareció una broma. Fidel Castro me mandaba
decir que la independencia de Cuba con respecto a la Unión Soviética sólo
se conocería cuando cesara el bloqueo cubano. El bloqueo, como se puede
notar, siempre sirvió para justificar todo: para un barrido y un fregado.
Es curioso que yo haya vacilado en 1968 entre premiar los cuentos
de Condenados de Condado y una colección de relatos de una víctima de
las UMAP. En Dulces guerreros cubanos, Norberto Fuentes nos habla de
las atroces torturas y de los asesinatos que se cometían en las UMAP, en
los primeros años de la revolución, con unos pobres jóvenes homosexuales.
Llega en esos días de visita Graham Greene, el novelista inglés, y le habla
del asunto a Fidel Castro. Fidel invita a su amigo ‘Graham’ a visitar dos de
esos campos. Poco antes ordena que los limpien, que los desmantelen, que
devuelvan los perros a los criaderos del Ministerio del Interior. “De todas
maneras”, declara, en presencia del bien impresionado ‘Graham’, “me cierran
esto y mandan a estos niños para sus casas. Se acabaron las UMAP”.
Así se procede en las dictaduras de verdad, en las duras: se cierran prisiones
por un lado, para impresionar a la opinión internacional, y se abren por
otro.
Lo que se desprende de este libro, más allá de los detalles y las
atmósferas, es la crueldad absoluta de un sistema en el que siempre el fin,
la revolución, el poder revolucionario, ha justificado todos los medios.
Parecía, en los tiempos mejores de la alianza con el bloque soviético, que la
Unión Soviética tenía que preocuparse de la economía, de la logística, por
así decirlo, y de que el poder cubano tenía que actuar como vanguardia
revolucionaria en todos los lugares donde fuera necesario. Era una situación
delirante y que no podía dejar de provocar el deterioro y el derrumbe
del bloque. Lo extraordinario es que la isla y Fidel hayan conseguido
resistir, aun cuando no sabemos por cuánto tiempo.
En todo caso, a diferencia de lo que sostuvo en su célebre alegato
después del asalto histórico al Cuartel Moncada, ahora comenzamos a vislumbrar
que la historia no absolverá a Fidel Castro, que no podrá absolverlo.
En el mundo de la pobreza y de la injusticia de América Latina, sobre
todo en los años cincuenta, la revolución tenía un sentido. Era quizás inevitable,
además, que estallara por algún lado. El episodio de Sandino en la
Nicaragua de los años treinta y los de Guatemala a comienzos de los
cincuenta fueron precursores. A mí me tocó ver la Revolución cubana por
dentro en un momento negro, después del fracaso de la zafra de los 10
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millones de toneladas de azúcar a fines de 1970, pero entonces no creí que
estuviera irremisiblemente condenada. Me pareció que su influencia en el
Chile de Allende era desastrosa, destructiva, pero no llegué a pensar que el
fenómeno en sí mismo fuera puramente negativo. Ahora entendemos, en
cambio, a través de testimonios concordantes y contundentes, que la revolución
partió mal desde sus comienzos, con arrogancia, con locura, con
enorme fragilidad intelectual, con ambiciones desproporcionadas y con
franco desprecio de los hechos. “Seremos malos para producir, pero para
pelear sí que somos buenos”, me dijo Fidel Castro en mi primera noche en
La Habana como representante chileno, en los primeros días de diciembre
de 1970. Lo decía como una gracia, casi con coquetería, pero la verdad, la
inapelable verdad, es que era una tontería perfecta. Un gobernante, revolucionario
o no, debe conseguir que su país produzca y que se vea envuelto
en peleas y guerras lo menos posible. Los tres libros que he comentado
coinciden, sin habérselo propuesto, en un punto: el mejor revolucionario,
según los cánones castristas, es el que maneja mejor los ‘fierros’, el de
mejor puntería, el que más se parece a James Bond o al viejo John Wayne.
Pues bien, esto no es política marxista ni revolucionaria en ninguna tierra:
es política de poder puro para el Número Uno y de suicidio para los demás.
Estar cerca del poder en Cuba, como se desprende de todos estos testimonios,
ha sido desde los primeros momentos, desde hace ya cuarenta años,
un peligro mortal. Cuba, para su desgracia, ha sido el país de los fusilados,
de los exiliados de mala manera, de los suicidas ‘suicidados’. La lista, a
estas alturas, es impresionante, aterradora. Graham Greene, “Graham”,
como le decía Fidel, fue un perfecto ingenuo, y todos nosotros fuimos
demasiado ‘Grahams’ en alguna etapa. Algunos todavía parecen serlo, pero
cuesta demasiado creer hoy día en su buena fe.

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