Vasconcelos ¿nazi?


fuente http://www.filosofia.mx
El otro Vasconcelos
Autor: Alejandro Rosas / historiador

Publicado: April 04, 2009
La campaña electoral de 1929 fue el último destello revolucionario de José Vasconcelos, su última posibilidad de realizar transformaciones de alcance nacional.
A lo largo de su vida no había sido ajeno a ninguna de las categorías del poder, las había intentado todas, pero fracasó tratando de alcanzar la más importante de ellas: la Presidencia de la República.
Durante su exilio (1929-1938), Vasconcelos sufrió una transformación radical. Sus principios políticos se trastocaron de tal forma que su identificación con regímenes totalitarios ultraconservadores—como el nazismo—emergió de entre los restos de su maderismo. Hacia mediados de la década de los 30, el ideal democrático en Vasconcelos había desaparecido casi por completo y comenzaba el retorno paulatino hacia el catolicismo de sus primeros años, aquél que su madre le había inculcado durante su infancia en Piedras Negras.
¿Nazi yo?
En agosto de 1938, el Departamento del Trabajo de Estados Unidos negó a Vasconcelos la prórroga de su permiso de residencia en territorio norteamericano. Así terminaba un exilio de casi nueve años. “Expulsado de los Estados Unidos regreso a mi país gustosamente—declaró Vasconcelos—. No vengo a dar excusas ni a sonreír a mis enemigos. Sigo y seguiré a las órdenes del pueblo mexicano por encima de toda consideración de conveniencia o de partido.
El México que había dejado Vasconcelos años atrás, había cambiado. La revolución institucionalizada a través del partido oficial iniciaba su consolidación. El gobierno se había fortalecido al sortear con inteligencia la tensión provocada por la expropiación petrolera y el presidente en turno, Manuel Ávila Camacho, llamaba a la reconciliación de los mexicanos en torno a su política de unidad nacional para hacer frente al conflicto internacional iniciado desde 1939.
La segunda guerra mundial descubrió a un Vasconcelos débil, desconcertante y contradictorio, a un Vasconcelos antítesis de aquél que en 1910 había confiado en la prédica democrática de Madero. Su actitud frente al conflicto bélico y su abierto apoyo al nazismo resulta difícil de explicar.
El 22 de febrero de 1940 comenzó a circular Timón, revista patrocinada por la legación alemana, bajo la dirección de José Vasconcelos. Por una coincidencia, la revista salió a la luz pública en un aniversario más de la muerte de Madero. Seguramente Vasconcelos no pensó en ello, 27 años eran muchos; tal vez para ese momento ya ni siquiera creía en la democracia como una alternativa viable para México. En la página editorial del primer número de aquella revista, sin la firma de su autor, se advierte claramente la pluma de don José al definir la línea de Timón:
“Una nueva era surgirá en la historia, a consecuencia de la guerra que se está librando hoy. Y en esa nueva era los pueblos de América hallarán renovada oportunidad para organizarse conforme a su tradición y su sangre, y según sus antecedentes cristianos… Un desenlace que otorgara la victoria a los aliados, sería la peor calamidad para los habitantes de este continente”.
Timón sólo circuló algunos meses y el 14 de junio de 1940 fue clausurada por órdenes del gobierno mexicano. De cualquier modo, Vasconcelos siguió con interés el desarrollo de la guerra. Temía que los aliados se alzaran con la victoria; el triunfo de la cultura anglosajona, por un lado, y del comunismo antirreligioso, por el otro, significaría la muerte de la civilización cristiana que concebía como la mezcla del “alma helénica y el milagro judío-cristiano, el derecho de la Roma pagana y la obra civilizadora y religiosa de la Roma católica”. Cuando comenzó la contraofensiva aliada, en 1943, su decepción fue grande
. Así lo recuerda Alfonso Taracena:
“Un día lo encontré en la Biblioteca Nacional preocupado porque Mussolini había dejado desembarcar yanquis en un islote del Mediterráneo para dar el asalto a la península. Le dije que no se preocupara, que sólo se trataba de un islote habitado por cabras, a lo que él contestó: ‘Y las cabras encantadas porque desembarcaron cabrones’”.
Vasconcelos siempre negó su apoyo por el nazismo. “¿Nazi, yo? me río de los que me hacen ese cargo porque soy de los pocos mexicanos que toda su vida han combatido contra las dictaduras. La causa de Alemania me simpatizó porque tenía mucho de liberación de un gran pueblo después de las injusticias de Versalles”. Sus artículos en Timón demostraban lo contrario.
El nazismo no fue ni el único ni el último desliz antidemocrático de Vasconcelos. En la década de los 50 fue recibido por Franco en España, Perón en Argentina y Batista en Cuba. Más significativo resultó el caso de Fidel Castro. Se dice que cuando el Comandante asumió el poder, Vasconcelos le envió una carta aconsejándolo: “No siga usted el ejemplo de debilidad de Madero, sea usted duro; porque si no; se lo traga la realidad de un pueblo que no le va a responder”.
De vuelta a la fe
Su fascinación por las dictaduras coincidió con su retorno a la religiosidad de los primeros años de su vida y a un enclaustramiento personal, espiritual, que cierra lentamente el círculo de su vida. Su reencuentro con el catolicismo materno se desarrolló a través de la cariñosa y tierna influencia de su hija Carmen. “Fue un retorno, no una conversión—solía comentar Vasconcelos—, yo empecé por el Padre Nuestro y después de los años, al revisar mis ideas, me encuentro de nuevo en el Padre Nuestro… fue como un ‘viaje perdido’ por el mundo de la razón”.
Vasconcelos transitaba hacia el plano espiritual, retomando una religiosidad que por momentos serviría también como paliativo ante una difícil situación personal. Sería franciscano, pero al final se reconocería jesuita. Iría del Padre Nuestro al Credo y a los Evangelios. En 1943 dio un paso más sobre esta tendencia: tomó el hábito de novicio de la Venerable Orden Tercera de San Francisco. “Este país fue creado—decía Vasconcelos—en lo que tenga de valioso para la cultura, por los monjes de la Orden Franciscana… Sin San Francisco no hubiera sido posible la civilización, la integración de Hispanoamérica… tales fueron los factores que se combinaron para construir esto que fue la Nueva España y hoy es nuestra Patria Mexicana”. Hacia los últimos años de su vida, Vasconcelos concluyó que el gran secreto de la vida se encontraba sencillamente en dos oraciones: el Credo y el Padre Nuestro.
“Todo está contenido en el Credo, en cuanto a la convicción intelectual, y en el Padre Nuestro por lo que hace a la conducta. El Padre Nuestro nos lleva a una filosofía que coincide con Sócrates al reconocer, no sólo que no sabemos nada, sino que además, esto no debe ser motivo de escepticismo sino apoyo de la convicción de que no nos queda otro camino que repetir, con toda sinceridad, el ‘hágase tu voluntad así en los cielos como en la tierra’”.
El crítico
Junto a las reflexiones religiosas, Vasconcelos continuó su actividad intelectual y por ella obtuvo el reconocimiento de varias universidades de América Latina, incluyendo, desde luego, la Universidad Nacional de México. Nunca dejó de escribir. De regreso a México su mayor y más prolífica actividad fue la producción periodística, no obstante la desazón que esto le provocaba. “Mi día es muy ocupado y rutinario—repetía Vasconcelos—, porque tengo que trabajar para la prensa diaria y esto arruina cualquier vocación filosófica”. Pero ni los reconocimientos intelectuales, ni sus artículos y mucho menos sus libros le llenaban del todo. Hasta el día en que murió, Vasconcelos esperó que la nación pagara la deuda moral que había contraído en 1929 cuando no respondió a su llamado.
“…nunca he querido aceptar honores de carácter un poco ruidoso, porque considero que la ciudadanía de nuestro país no tiene derecho a honrarme como escritor mientras no me reconozca como político… porque está pendiente un acto de justicia con los que murieron en la campaña electoral del 29. La conciencia nacional sabe que ganamos las elecciones de 1929, y mientras esto no se reconozca públicamente no podría yo aceptar ningún honor sin sentir que traicionaba la verdad y la justicia… En consecuencia, si mi país no se decide a honrarme debidamente como político, por temor a reconocer la verdad, prefiero que no se ocupe de mí en ninguna otra forma…”
Conforme don José fue envejeciendo, el recuerdo de aquel doloroso revés de 1929 se reflejó en su carácter: “Llevo 30 años de predicar en vano—decía Vasconcelos—, México es, por ahora, un país envilecido e irredimible. La gente está sorda y muda. Ya no predico. Estoy viejo y enfermo”.
Ya no predicaba pero se hacía escuchar a través de las entrevistas que daba y en las que, obligadamente surgía la pregunta que ponía de nuevo el dedo en la llaga: ¿y las mujeres? “De las cuestiones del sexo—decía Vasconcelos—he vivido huyéndolas, pero la gente se fija en las caídas que son siempre profundas y amargas. Como todo el que amó en exceso, he conocido la angustia del deseo, la dicha falsa y la pesadumbre de la desilusión… Nunca me he sentido culpable de aventuras mujeriles que no presidiera el amor. Eso no es vicio. Nací para ser célibe, y traicioné mi vocación… Las mujeres sólo me han deparado infortunios. Hablé con insistencia del amor porque fui en él desafortunado… El amor, por otra parte, cuando se prolonga desemboca en el tedio o en los hijos”.
Pasiones dionisíacas
Hacia la última década de su vida, las mujeres habían quedado en el olvido. Esos años transcurrirían, en mayor o menor medida, en el jardín de la vieja casona de la avenida de Las Águilas, alternando la lectura y el dictado de artículos literarios con la plática de su pequeño hijo y sus nietos, cuyas risas y juegos infantiles le daban horas de alegría. Se avenía muy bien con su viejo platonismo, con encontrar al fin un camino sencillo, claro y único para los últimos años de su vida. Pero nunca renunció a ciertas “contradicciones” dionisíacas como el vino y la comida, placeres sensuales finalmente.
Su afición por una buena botella de oporto -lo consideraba un gran regalo-, jerez, o el degustar algunos trozos de queso, pan y salchicha con vinos generosos, españoles y franceses o un “buen tinto”, contrastaba con su desprecio por bebidas como el whisky y el tequila, a las que consideraba “violentas”, o el café—“bebida lujuriosa”—, de la cual solía decir: “menjurje maldito inventado por los turcos para estarse imaginando, despiertos, a las huríes del profeta, así que el Sultán les ha robado a todas las mujeres bonitas”.
Fue un hombre bien administrado y nada despilfarrado, eso le permitió vivir con holgura y tranquilidad. Vestía de manera sencilla, era un gran gourmet y le gustaba ayunar una vez a la semana.
La muerte se apareció un 30 de junio de 1959. Tenía 77 años y padecía de reumatismo y del corazón. Seguía pensando que lo único que valía la pena era releer a los clásicos, volver a Grecia, a Roma, a las fuentes de la cultura occidental. Apasionado, abierto, hombre de acción en su juventud y madurez; descreído y receloso en su vejez. Alguien lo definió como un individualista feroz, un participante de la existencia como heroicidad. “Sólo y único, de los llamados a guiar”, había escrito en sus memorias refiriéndose a su misión en la tierra y tal había sido su existencia.
Notas:
http://www.puentelibre.com.mx/not_detalle.php?id_n=15758

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