información fundamental sobre elHolocausto y otros aspectos de la violación de Derechos Humanos


http://www.museuexili.cat/index.php/es/espacios-de-memoria/otros-espacios-estatales-e-internacionales.html

http://www.ghwk.de/span/holocausto.htm

El Holocausto

La dictadura en Alemania
Los judíos resisten y defienden su dignidad
La época de la preguerra
La guerra contra Polonia
Los ghettos
Las ejecuciones masivas
Las deportaciones
Los campos de tránsito
Los campos de la muerte
Auschwitz
La vida en un campo de concentración
El levantamiento del ghetto de Varsovia
El fin de la guerra
La liberación

La dictadura en Alemania

El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler y sus seguidores asumen el poder con la ayuda de la derecha conservadora, firmemente decididos a abusar de ese poder y a no renunciar a él nunca más. La entrega de la República a las manos de sus destructores marca el final de un proceso que se inició mucho antes.
El movimiento ultranacionalista y racista que se había dado el nombre de “Partido Obrero Nacional Socialista Alemán” (NSDAP) no poseía un programa originario. Se presentaba como anticapitalista, pero en su ideología se concentraban todas las tendencias reaccionarias de la época.
Lo nuevo del NSDAP, y que lo convertía en la fuerza dominante del movimiento opositor antiparlamen-tario, era, ante todo, su estilo agresivo de propaganda, que se servía de todos los medios de la publicidad moderna; su organización militar de partido militante, y la pretensión totalitaria de reclamar para sí todo el poder en el Estado.
En todos los ámbitos el partido continuaba la línea de las doctrinas tradicionalmente hostiles a ideas progresivas y emancipadoras. Su antisemitismo radical se basaba en la teoría de la “superioridad de la raza blanca”, destinada a gobernar, que había sido desarrollada como justificación del colonialismo europeo.
El mito de la “sangre aria” como fundamento de una “comunidad nacional” alemana, más allá de todo antagonismo de clase; la pretensión de asumir un papel de liderazgo en la política mundial; la reclamación de un “espacio vital” en el Este, y la eliminación de los judíos, eran todas ideas que se remontaban a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Numerosas asociaciones tenían ya por entonces en sus estatutos un párrafo que estipulaba que para hacerse socio era requisito indispensable ser de “sangre aria”, excluyendo, por tanto, a los judíos. Tanto bajo el Imperio como durante la República de Weimar, los precursores del racismo proclamaban las tesis que llegarían a ser doctrina y ley del Estado después de 1933.
Los temores al capitalismo moderno y al movimiento obrero, la decepción causada por la derrota de la Primera Guerra Mundial y el sueño de alcanzar nuevo poder militar y grandeza nacional estaban muy difundidos, y la propa-ganda nazi supo manipularlos. Para muchos alemanes, sometidos a una educación tradicional, basada en la concepción del respeto a las órdenes y a la jerarquía, la exigencia de crear un estado soberano autoritario (Führerstaat), guiado por un jefe (Führer), parecía ser el retorno a la normalidad.
Con sus eslóganes, Hitler captó el espíritu de la época y encontró el oído de las masas. También recibió el apoyo de grandes sectores de las élites políticas y del sector privado, que no habían aceptado nunca la República de Weimar y creían que el régimen hitleriano sería el mejor garante de sus intereses. Hitler pudo liquidar a la democracia porque había muy pocos dispuestos a defenderla

Los judíos resisten y defienden su dignidad

La toma de poder de un gobierno ultraderechista, la instauración de la dictadura y la promulgación de leyes anti-judías colocan al judaísmo alemán en una situación histórica sin precedencia. Ante esta presión externa, grupos políticos y religiosos muy diversos deciden unirse en una sola organización. Conservadores y liberales, judíos asimilados y sionistas fundan la “Representación Nacional de los Judíos Alemanes” (Reichsvertretung der deutschen Juden). La organización se ve confrontada con muchas tareas nuevas, que se van haciendo rápidamente más numerosas y cada vez más difíciles de solucionar.
En los cinco años que transcurren entre la subida de Hitler al poder hasta el pogromo de noviembre de 1938, los ministerios y las administraciones, las asociaciones profesionales y las instituciones públicas implantan en todo el Reich, los departamentos y las comunas, más de 1.200 leyes, órdenes y edictos, instrucciones, directivas y reglamentos ejecutivos que limitan progresivamente los derechos civiles y el derecho de existencia de los judíos.
La expulsión de la vida económica, al principio por medio de la inhabilitación profesional y luego mediante la “arianización”, es decir, la venta forzada de sus bienes, priva gradualmente a los judíos de los medios fundamentales de existencia. De 1933 a 1939, dos tercios de los empleados judíos pierden su trabajo. Ya en 1935 uno de cada tres depende de ayuda externa.
Se funda el “Comité Central de Asistencia y Desarrollo” (Zentralausschuss für Hilfe und Aufbau) para organizar la autoayuda económica y social. Se establecen delegaciones en todo el país, que tratan de apoyar a los desempleados mediante consejos y créditos, además de ofrecer servicios de colocación y de readaptación profesional. Se hace necesario ampliar la esfera de actividad de las instituciones sociales y culturales existentes y crear nuevas entidades para prestar asistencia a los perseguidos en sus esfuerzos por reorganizar sus vidas. Se crea la “Asociación Cultural Judía” (Jüdischer Kulturbund). La prensa judía, con un círculo reducido de lectores antes de 1933, llega a un nuevo público. Nace una gran obra común para ofrecer apoyo a los perseguidos, disminuir sus penurias y devolverles la autoestima y el coraje de vivir.
Se organiza la emigración de la generación joven. Al mismo tiempo, se espera que, a cambio de la exclusión de la vida del país y del aislamiento del resto de la población, los judíos que no estén en condiciones de emigrar puedan seguir llevando una vida acorde con sus costumbres. Más adelante se hablará de la “reconstrucción en el ocaso”, un esfuerzo heroico que al final fue inevitable que fracasara. No obstante, continúa siendo un testimonio contundente de la fuerte voluntad de vivir y de la responsabilidad social del judaísmo alemán.

La época de la preguerra

Cuando los nacionalsocialistas asumen el poder, comienzan por destruir el Estado de derecho, prohibir todas las organizaciones democráticas y perseguir físicamente a sus partidarios, quienes son asesinados, encarcelados o empujados al exilio. En el curso de un año se lleva a cabo la “coordinación central” (Gleichschaltung), con el relevo de los titulares de todos los cargos clave. En el verano de 1934, después de la muerte de Hindenburg, Hitler pasa a ser jefe del Estado y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. A partir de ese momento, su poder es absoluto.
Cegados y desinformados por una propaganda dirigida centralmente, muchos creen en las promesas de los nazis y adoptan sus eslóganes. Pero también aquellos que no aclaman a la nueva autoridad cumplen casi sin excepción las órdenes, aun sin que se ejerza coerción. De ese modo, ayudan a consolidar la dictadura. La mentalidad de sumisión es más fuerte que el espíritu democrático, que apenas había conseguido echar raíces en el país vencido, después de 1918.
El antisemitismo proporciona la fórmula demagógica que supuestamente explica todos los problemas de la sociedad. Una vez impuesta la idea absurda de que los judíos son culpables de todo mal, basta con estigmatizar como judías ideas, personas e instituciones no deseadas para poder justificar cualquier medida represiva.
En este sentido el marxismo, la democracia parlamentaria, la Sociedad de Naciones y la socialdemocracia resultan ser una invención judía. Desde la proscripción de las artes y la literatura modernas hasta la criminalización de los partidos democráticos y los sindicatos, los eslóganes antisemitas sirven siempre como argumento.
Cuando ya nadie puede oponérsele abiertamente, Hitler aborda los dos objetivos que ha perseguido desde un principio: la lucha contra los judíos y la preparación de una guerra de conquista. Las leyes raciales de Nuremberg, que contradicen el principio de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, un legado de la ilustración europea, no son más que un preludio.
En noviembre de 1938, esta evolución llega a su punto culminante por el momento, con la “noche de los cristales rotos” (Reichskristallnacht), un pogromo organizado por el Estado, al que le sigue una nueva ola de leyes anti-judías aún más severas. Personas cuyas familias viven en Alemania desde hace siglos abandonan su país natal. Pero solamente estará fuera de peligro quien logre huir a ultramar. El 30 de enero de 1939, en una intervención en el Reichstag, Hitler amenaza con el “exterminio de la raza judía en Europa” en el supuesto de una guerra, que él provocará ese mismo año.

La guerra contra Polonia

La decisión es tomada a principios del otoño de 1939. El terreno para ello había sido preparado tiempo antes, en los Acuerdos de Múnich del año anterior. Aunque entretanto Hitler había violado los acuerdos y el ejército alemán (Wehrmacht) había invadido Checoslovaquia, las negociaciones entre la Unión Soviética y las potencias occidentales sobre una garantía común para Polonia fracasan. Poco después, para gran sorpresa general, los enemigos irreconciliables de Moscú y Berlín firman un pacto de no agresión. En un acta adicional secreta se reparten sus “zonas de influencia” en Europa del Este. Stalin cree haber evitado por el momento una agresión alemana; Alemania queda con las manos libres para invadir Polonia sin correr el riesgo de un conflicto con la Unión Soviética.
El 1 de septiembre Hitler comienza la guerra que ha venido preparando con el rearme sistemático y la militarización de toda la sociedad desde 1934. La ofensiva contra Polonia es el primer paso en el camino hacia la conquista de un “espacio vital” en Europa del Este; apenas dos años después le habrá de seguir otro, decisivo: la invasión de la Unión Soviética. Polonia queda vencida en menos de cuatro semanas. La Unión Soviética ocupa los territorios occidentales de Bielorussia y de Ucrania, que había tenido que ceder a Polonia en 1920, y los somete a su régimen político. Alemania anexiona las provincias polacas occidentales; la parte central de Polonia queda bajo control alemán y se pasa a llamar Gobierno General (Generalgouvernement). Dos millones de los tres millones y medio de judíos polacos caen en manos alemanas; más de 250.000 huyen a los territorios ocupados por la Unión Soviética.
El régimen alemán en Polonia es de una extrema brutalidad. La nación polaca sufre duramente de todo tipo de represalias: ejecuciones de rehenes, persecución de los intelectuales, detenciones preventivas masivas de todos los opositores potenciales y su internamiento en los campos de concentración, deportación de centenares de miles de personas a Alemania para someterlos a trabajos forzados, saqueo económico del país para la economía de guerra alemana.
La población judía padece un destino aún peor. Al terror salvaje, la tortura, los saqueos y los pogromos de las primeras semanas, le sigue la guerra administrativa. La mayoría de las leyes y decretos ya son conocidos de Alemania: “marcación” de todos los judíos y sus tiendas, declaración de posesiones y bienes, introducción del trabajo forzado, prohibición de permanecer en ciertos barrios y de usar los medios de transporte público. Las cuentas bancarias de los judíos son congeladas; sus pertenencias, “arianizadas” o puestas bajo administración judicial. Un año después de la invasión alemana comienza el “reasentamiento” en los ghettos.

Los ghettos

Por orden de la administración alemana, en 1940 se establecen ghettos en todo el territorio de la Polonia ocupada. Los barrios pobres donde ya viven muchos judíos son declarados “barrios judíos”. Estos barrios se transforman en residencia obligada de todos los judíos; los no judíos deben abandonarlos. Una vez concluido el “reasentamiento”, los ghettos son acordonados por la policía y aislados con una cerca o un muro. Todo aquel que intente salir correrá el riesgo de ser condenado a muerte o acribillado a tiros en el acto por los guardias.
Los dos ghettos más grandes son los de Lodz (Litzmannstadt) en el “Warthegau” anexionado (160.000 habitantes) y el de Varsovia en el Gobierno General (450.000 habitantes). Los Consejos Judíos (Judenräte) tratan en vano de organizar una vida social y de garantizar el abastecimiento. Están sometidos a la autoridad de la administración civil alemana, la cual, por su parte, está bajo el control de la Gestapo. Los ghettos no están en condiciones de asegurar su propia subsistencia. En algunos sitios, por ejemplo en Varsovia, se instalan empresas alemanas para aprovechar la mano de obra barata, pero éstas sólo dan trabajo a una minoría. La práctica del contrabando, penado con la muerte, llega a ser una necesidad existencial. En Lodz, donde todos están obligados a trabajar y donde el contrabando es imposible, reina también el hambre. La pobreza aumenta y los antagonismos sociales se exacerban. Hombres y mujeres valientes tratan de preservar su dignidad humana comprometiéndose en trabajos sociales y culturales, pero la decadencia general es imposible de detener. El aislamiento del mundo exterior y el desabastecimiento llevan a una indigencia cada vez mayor de la población del ghetto. El hacinamiento, la desnutrición permanente y las condiciones higiénicas catastróficas provocan grandes mortandades. Solamente en el ghetto de Varsovia mueren 96.000 personas.
En enero de 1942, las SS inician las deportaciones hacia los campos de exterminio. La “evacuación” (Aussiedlung, palabra código nazi para exterminio) comienza en el Warthegau y continua a mediados de marzo en el Gobierno General. Primero son desalojados los asilos nocturnos y las cárceles, los hospitales, los asilos para ancianos y los orfanatos. El 22 de julio comienzan las deportaciones en Varsovia. Al principio se trata de tentar a los hambrientos con pan y mermelada. Muy pronto se tiene que recurrir a la brutalidad más extrema para reunir a los aterrorizados habitantes y cumplir con el contingente exigido de 5.000 personas diarias. Al cabo de una semana, el Servicio de Orden Judío (Jüdischer Ordnungsdienst) es reemplazado por miembros voluntarios de las SS. Comienza una cruenta cacería humana: se procede sistemáticamente, evacuando calle por calle, edificio por edificio. Hasta septiembre de 1942, 310.000 personas son deportadas de Varsovia. Los únicos que quedan a salvo provisionalmente son los trabajadores de las empresas importantes para la industria bélica, y sus familias. El ghetto es liquidado definitivamente en abril de 1943. Un ghetto pequeño subsiste en Lodz hasta agosto de 1944.

Las ejecuciones masivas

El 22 de junio de 1941 la Wehrmacht (el ejército alemán) invade la Unión Soviética por orden de Hitler. Es el comienzo de una guerra de conquista y de exterminio sin precedentes, que cobrará la vida de más de 27 millones de ciudadanos soviéticos. Es también el comienzo del genocidio de los judíos europeos: el programa de exterminio se ejecuta de inmediato y sobre el terreno.
La SIPO (Policía de Seguridad) y el SD (Servicio de Seguridad) organizan pogromos sangrientos en cada ciudad conquistada por las tropas alemanas. Acto seguido, la administración militar da la orden de registrar y “marcar” a los judíos. En la mayoría de los casos las ejecuciones en masa comienzan apenas algunos días o semanas después de la invasión.
Requeridos por medio de avisos a presentarse para su “reasentamiento”, los judíos son reunidos y llevados, a pie o en camiones, a las afueras de la ciudad. Comunistas y partisanos, gitanos y enfermos mentales toman el mismo camino.
Los pelotones de ejecución esperan junto a una quebrada o una trinchera antitanque excavada como defensa contra la invasión alemana. Los relojes, alianzas matrimoniales y dinero en efectivo son recogidos en baldes. A veces las víctimas tienen que cavar sus propias tumbas. Se les obliga a quitarse la ropa y a pararse al borde de la fosa, o a bajar a la fosa y tenderse sobre los ya fusilados, en espera de la próxima salva. Cuatro “Einsatzgruppen” (grupos de intervención móviles), creados por el Jefe de la Policía de Seguridad (SIPO) y del Servicio de Seguridad (SD), siguen de cerca a las tropas del ejército y efectúan un rastrillaje de los territorios conquistados de la Unión Soviética, desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro. El Einsatzgruppe A opera en las Repúblicas Bálticas y el distrito de Leningrado; el grupo B, en Bielorrusia y la región de Moscú; el grupo C, en Ucrania; y el grupo D, en el sur de Ucrania, la región de Crimea y el Cáucaso. Sus 18 comandos especiales y de intervención son reforzados por tropas auxiliares locales. Algunos miembros aislados y en ocasiones unidades enteras del ejército y de la policía participan en las masacres.
Después del establecimiento del “Comisariato del Reich para el Ostland” (Estonia, Lituania, Letonia y Bielorrusia) y del “Comisariato del Reich para Ucrania”, los comandantes de las SS y los jefes de policía locales continúan el sangriento trabajo de los Einsatzgruppen. A partir de noviembre de 1941 se comienzan a utilizar también camiones de gas.
Allí donde la Wehrmacht necesita mano de obra, las personas aptas para el trabajo quedan a salvo provisionalmente. En Vilna, Kovno, Riga, Minsk y otras ciudades soviéticas existen ghettos hasta el verano de 1943. Después de esa fecha, sus habitantes son fusilados también o deportados al campo de exterminio de Sobibor.

Las deportaciones

La misma tragedia se repite en todos los países europeos ocupados por el Ejército alemán (Wehrmacht) y en los países aliados con Alemania. Comienza con el registro, la “marcación” de los judíos y la privación de sus derechos, y acaba con el transporte a los campos de exterminio. Las deportaciones empiezan a fines de 1941 en Alemania y Polonia, se extienden a Europa Occidental a principios del verano y llegan a su punto culminante dos años más tarde con la deportación y el asesinato de los judíos húngaros.
Todo está reglamentado y funciona según un plan preciso. Cada hogar recibe instrucciones por escrito en las cuales se indica qué y cuánto puede llevar cada persona: una mochila con provisiones para el viaje, un cuenco y una cuchara, ni cuchillos ni tijeras, dos mantas, ropa de cama, ropa de abrigo y zapatos gruesos, peso máximo 25 kg. Hay que entregar los objetos de valor; declarar los demás bienes y dejar las llaves de la casa. En la calle ya espera un camión, que lleva a los judíos a un campo de reunión o directamente a la estación de ferrocarril. En la rampa de carga los aguarda un tren: 20 vagones de mercancías con las ventanillas de ventilación cerradas con alambre de púa, y dos vagones de pasajeros para los guardias. Cada transporte tiene capacidad para mil personas. Los trenes salen varias veces por semana y parten de todas las estaciones europeas: de Berlín y Varsovia, de Amsterdam y París, de Praga y Budapest, de Oslo y Atenas. Con frecuencia, el viaje dura varios días y varias noches. Los deportados viajan trasnochados, sucios, sedientos y desesperados hacia lugares desconocidos, cuyos nombres hoy todo el mundo conoce.
Al principio las víctimas obedecen al requerimiento de presentarse con equipaje para su “reasentamiento”. Para engañarlos, se les dice que serán llevados a Polonia para trabajar. Cuando los primeros rumores comienzan a trascender de los campos, los jóvenes tratan de salvarse en la clandestinidad. El número de suicidios aumenta entre las personas mayores y enfermas. La policía pasa a buscar a todos aquellos que no se presentan voluntariamente en el lugar de reunión. Se llevan a cabo redadas en barrios enteros para llenar los trenes de transporte.
La organización de esta cacería humana está en manos de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA). El Ministerio de Transportes del Reich y la Compañía Ferroviaria del Reich (Deutsche Reichsbahn), subordinada a aquél, suministran los trenes y elaboran los horarios e itinerarios. Se encuentran personas dispuestas a colaborar con las autoridades alemanas, tanto en Alemania como en casi todos los países ocupados.
En los casos en que aún es necesario tener consideraciones diplomáticas y guardar las apariencias, el Ministerio de Asuntos Exteriores se encarga de las negociaciones para lograr un acuerdo. Algunos países que en un principio habían adoptado las leyes antisemitas de Alemania no responden a las presiones alemanas, o sólo lo hacen con gran reticencia. A menudo, sólo entregan a extranjeros y apátridas que llegaron al país huyendo de los ejércitos alemanes. Pero para la mayoría de los judíos de la Europa ocupada no existe salvación.

Los campos de tránsito

Al registro y marcación de los judíos le sigue la concentración, que precede a la deportación a la muerte. En Europa Occidental, donde no se establecen ghettos vigilados como en Polonia o en la Unión Soviética, las víctimas son internadas por cierto tiempo en campos de reunión, cuya mayoría había sido construida antes del comienzo de la guerra para acoger a refugiados de Alemania. En Holanda, Francia, Hungría y Rumania ya existían antes de la invasión alemana. En Bélgica, Italia y Yugoslavia fueron establecidos con posterioridad.

La mayor parte de estos campos se encuentra en Francia. Las primeras personas internadas son medio millón de refugiados de España, que buscan asilo en países vecinos después de la victoria de Franco: civiles españoles, soldados y numerosos miembros de las Brigadas Internacionales.

A fines de 1939, miles de antifascistas alemanes y austríacos, así como todos los refugiados judíos de Alemania son internados en estos campos como “extranjeros enemigos”. Después de la derrota de Francia, el gobierno francés utiliza las instalaciones como campos de reunión para judíos extranjeros, que más tarde serán deportados a los campos de exterminio en Polonia. Los campos de tránsito son “las salas de espera de la muerte”.

Al principio están bajo las órdenes del Ministerio de Defensa; después de la capitulación pasan a depender del Ministerio del Interior. La policía francesa asume entonces las funciones de vigilancia que anteriormente estaban a cargo de los militares. Las condiciones que imperan en casi todos los campos son pésimas. Mala alimentación, falta de agua potable, alojamientos precarios y condiciones sanitarias muy primitivas son lo común. En algunos sitios hay brotes de epidemias. Solamente en Gurs mueren unas 1.200 personas. En algunos países, las condiciones de vida en los campos son mejores, pero a todos los ahí recluidos les espera el mismo destino.
Los nombres de Westerbork y Hertogenbosch en los Países Bajos, Malines en Bélgica y Fossoli en Italia, Les Milles y Le Vernet, Rivesaltes y St. Cyprien, Compiègne, Pithiviers y Beaune-la-Rolande, Gurs y Drancy en Francia están ligados para siempre con la tragedia de los judíos europeos.

Los campos de la muerte

Los campos de la muerte son construidos en territorio polaco. Allí es asesinada la población judía de ese país y también muchos deportados de Europa Occidental. Chelmno, donde el asesinato sistemático ya comienza a fines de 1941 con tres camiones a gas móviles, llega a ser el cementerio de los judíos del “Warthegau” (provincias polacas occidentales anexionadas al Reich). Entre marzo y julio de 1942 se construyen campos de exterminio adicionales en Belzec, Sobibor y Treblinka, destinados para la “Operación Reinhard”, como es llamado el exterminio de los judíos del Gobierno General después de la muerte de Heydrich. Himmler encarga su instrumentación a Odilo Globocnik, jefe de las SS y de la policía en el distrito de Lublin, quien tiene a su disposición para ello una tropa de 450 hombres, entre ellos 92 “expertos”, que ya habían colaborado en la primera operación de “eutanasia”, el asesinato en masa de más de 70.000 enfermos y discapacitados en Alemania.

Para mantener el engaño del “reasentamiento en el Este” se elige un territorio próximo a la frontera oriental del Gobierno General. Los campos se construyen a una distancia prudente del pueblo más cercano, pero siempre en un lugar con acceso directo a una línea ferroviaria importante. Todos disponen de cámaras de gas estacionarias, pero no de crematorios.

En cada uno de ellos hay un pequeño comando especial alemán (“Sonderkommando”) de 20 a 30 personas, reforzado por 90 a 120 guardias ucranianos, letones o lituanos y un grupo de trabajo de varios centenares de prisioneros judíos, encargados de limpiar las cámaras de gas, enterrar a los muertos y recolectar el equipaje y la ropa. Como testigos, también son asesinados al cabo de algunas semanas y reemplazados por recién llegados.

La evacuación de los ghettos es llevada adelante con una brutalidad sin precedentes. Los ancianos y enfermos son fusilados in situ. Las operaciones se realizan sin anuncio previo y duran en general de uno a dos días; en los ghettos de mayor tamaño pueden llevar varias semanas. Los transportes de los distritos de Cracovia y Lemberg van a Belzec; los de Lublin a Sobibor; los de Varsovia y Radom a Treblinka. En muchos casos, los viajes duran varios días. Los vagones van repletos y muchos ya mueren durante el viaje. Los demás lo hacen ni bien llegados.

Después de finalizar la “Operación Reinhard”, Globocnik presenta un balance final al Reichsführer SS Heinrich Himmler, dando cuenta de los ingresos provenientes del programa de asesinato.

Auschwitz

A finales del verano de 1941 Himmler decide hacer de Auschwitz el principal campo de exterminio y de concentración del Tercer Reich. Allí son asesinados sistemáticamente judíos, “gitanos” y prisioneros de guerra soviéticos. Se amplía el campo original, establecido en 1940 para presos políticos de Polonia. Adicionalmente, se construyen otros dos campamentos en Birkenau y Monowitz. Sólo las obras cobran la vida de 8.000 presos. Las selecciones para las cámaras de gas de Birkenau comienzan en la primavera de 1942. A la vez se prepara la construcción de nuevas instalaciones de muerte de mayor tamaño. Esas obras quedan concluidas en el primer semestre de 1943. El asesinato en masa se convierte en una industria.

Auschwitz-Birkenau se transforma en una gigantesca fábrica de muerte, con cuatro instalaciones de gran tamaño equipadas con las técnicas más modernas, cámaras de gas y crematorios de dimensiones nunca vistas hasta ese momento, montacargas eléctricos para el transporte de los cadáveres y el empleo del gas Ciclón B.

En 1944 se construye un acceso ferroviario al campo, como para una instalación industrial. Los trenes de carga traen millares de personas y transportan a Alemania todas sus pertenencias, para cuya clasificación se emplea una cuadrilla de 700 presos. El dinero en efectivo es remitido al Reichsbank (Banco del Reich); la vestimenta y el calzado se envían al Winterhilfswerk (organización de socorro en invierno) alemán. Incluso se recupera el cabello, el oro dental y la ceniza de los huesos.

Los ancianos, los discapacitados, los portadores de gafas y las mujeres con niños son llevados a las cámaras de gas inmediatamente después de su llegada. Los hombres y mujeres jóvenes y robustos, que el médico de las SS designa para el trabajo forzado, son llevados al campo. En agosto de 1944 hay 185.000 presos recluidos en los tres campos principales y los 40 subcampos. Se proyecta construir instalaciones de muerte adicionales y ampliar el campo de Birkenau a más del doble, pero ese plan no llega a realizarse.

La selección en la rampa no sólo depende del estado físico de los deportados, sino también de la capacidad del campo y de la necesidad de mano de obra en el momento de llegada de un transporte. En los meses de verano, cuando se realizan trabajos al aire libre, el porcentaje de los que se dejan con vida es un poco mayor, mientras que en los meses de invierno es menor. En cualquier caso, la gran mayoría de los recién llegados son asesinados inmediatamente. De los 400.000 presos registrados en el fichero del campo, sólo 60.000 estarán con vida al final de la guerra. El número total de víctimas de este campo se estima en 1,5 millones de personas.

La vida en un campo de concentración

En la Europa ocupada por Hitler hay innumerables campos de todo tipo, categoría y tamaño: los de trabajo, de tránsito, de prisioneros de guerra y los campos de concentración con sus incontables subcampos donde están recluidos presos políticos de todos los países europeos. Los nombres de Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg y Mauthausen, Ravensbrück, Nutzweiler, Neuen-gamme, Stutthof y Gross-Rosen se convierten en sinónimos del terror. A ellos se suman los de exterminio, donde no vive nadie aparte del personal de guardia alemán y una cuadrilla de trabajo judía. Existen sólo dos campos combinados de concentración y de exterminio: Majdanek cerca de Lublin y, sobre todo, Auschwitz-Birkenau.

La selección no decide entre la vida y la muerte, sino sólo el momento de morir. Unos son asesinados de inmediato, mientras que otros son explotados antes en el trabajo hasta su agotamiento físico total. En el lenguaje de las SS, ello se llama “exterminio por trabajo”. El Reich Alemán alquila sus esclavos por tres a cuatro reichsmarks por día a numerosas empresas de la gran industria. A finales de 1944, los ingresos por este concepto se cifran en más de 50 millones de reichsmarks mensuales.

La vida cotidiana en los campos se caracteriza por la total insuficiencia de la alimentación y la vestimenta, el alojamiento en barracas más que precarias, unas condiciones higiénicas catastróficas, la formación en filas durante horas y en cualquier tiempo, y el trato inhumano inflingido por los guardas. Los crueles castigos disciplinarios, que van desde la privación de comida hasta la horca, pasando por azotes y celdas que eran tan estrechas que sólo permitían estar de pie, crean un ambiente de terror permanente. Dentro de la jerarquía de los presos, los judíos ocupan el escalón más bajo.

Al cabo de tres a seis meses como máximo, el preso se halla al final de sus fuerzas. Si no perece o si no comete suicidio por desesperación, es clasificado como no apto para el trabajo en una de las temidas “post-selecciones”. Entonces muere por la aplicación de una inyección de fenol o es enviado a las cámaras de gas. Sólo quien es capaz de conseguir un puesto en la administración del campo, en la enfermería o en la cocina tiene una posibilidad de sobrevivir. Más de un millón de personas de todas las naciones mueren en los campos de concentración.

Los médicos de las SS en los campos no sólo seleccionan transportes enteros para las cámaras de gas y supervisan los castigos de azotes y las ejecuciones. También realizan series de ensayos médicos en seres humanos vivos, para fines militares, en el marco de la investigación sobre “higiene racial” y por encargo de la industria farmacéutica. Para muchos, estos experimentos también son un camino a la muerte.

El levantamiento del ghetto de Varsovia

Los judíos no son sólo víctimas pasivas. Inermes como están, se defienden donde, como y mientras pueden, aunque lo hacen bajo condiciones mucho más difíciles que los demás grupos de resistencia en la Europa ocupada. Dado que el objetivo manifiesto de la política nazi es su aniquilación física, toda acción en la lucha por la supervivencia, toda infracción de las leyes dirigidas contra ellos y su derecho a vivir se convierte en un acto de resistencia activa.

En Varsovia y Cracovia se crea una prensa clandestina que abastece de información a la población del ghetto. En viviendas particulares, clases enteras preparan en secreto el bachillerato. Se organiza el contrabando de alimentos, vestimenta y medicamentos, más tarde también de armas. En los ghettos, los militantes de distintos partidos se unen para formar organizaciones políticas clandestinas, de donde surgirán los primeros grupos de combate.

El levantamiento armado más importante se produce en abril de 1943 en el ghetto de Varsovia, cuando se decide llevarse de allí también a los sobrevivientes -con sus familias- de las grandes deportaciones de 1943, que hasta ese momento habían estado a salvo como trabajadores de las fábricas. Los combates, que en un principio las SS prevén que durarán tres días, se prolongan durante casi un mes. Tres meses después de la derrota de Stalingrado, se consigue la victoria sobre 56.000 civiles -hombres, mujeres y niños-, empleando ametralladoras, lanzallamas, lanzagranadas y piezas de campaña.

Hay también levantamientos armados en los ghettos de Bialystok, Wilna, Tschenstochau, Cracovia y en numerosos otros lugares. Se producen combates con las SS y tentativas de evasión incluso en los campos de muerte de Sobibor y de Treblinka. En Auschwitz-Birkenau, los presos hasta vuelan un crematorio.

La mayoría de los que consiguen huir de los ghettos y campos, escapar a las ejecuciones en masa o saltar de los trenes de deportados se unen a los partisanos en los bosques. En Europa meridional y oriental, donde las condiciones geográficas lo permiten, se lleva adelante la lucha armada. En Europa occidental, la resistencia se concentra en suministrar documentación falsa, encontrar refugios clandestinos y ayudar a refugiados judíos a escapar a países neutrales. Más de un millón de hombres judíos luchan como soldados en los ejércitos aliados. Sin embargo, el levantamiento del ghetto de Varsovia, que las SS documentaron en un informe gráfico para su propia glorificación, continúa siendo el símbolo de toda la resistencia.

El fin de la guerra

A más tardar, en el momento de la derrota alemana en Stalingrado es evidente que la guerra está perdida para Hitler. Nada puede detener ya la contraofensiva soviética.

Después de la eliminación física de los judíos en el Gobierno General (Aktion Reinhard), los asesinos comienzan a borrar las huellas de sus crímenes. A lo largo del año 1943, se demuelen los campos de exterminio de Belzec, Treblinka y Sobibor: se destruyen las instalaciones de muerte, se ara el terreno de los campos, se construyen granjas y se plantan arbustos.

Por orden de Himmler, se crea el Comando Especial 1005 (Sonderkommando 1005) para eliminar las grandes fosas comunes junto a los campos de exterminio en Polonia y en los lugares de las ejecuciones en masa en la Unión Soviética. Bajo vigilancia de las SS, brigadas de presos judíos deben desenterrar los cadáveres semidescompuestos, apilarlos en grandes hogueras y quemarlos, cribar la tierra, triturar los restos de huesos y esparcir las cenizas. A continuación, son fusilados como testigos, al igual que sus compañeros de infortunio que trabajan en las cámaras de gas y los crematorios de los campos de la muerte. No se quiere que haya testigos, ni muertos ni vivos.

Pero el plan de las SS resulta ser irrealizable. Hay demasiadas fosas comunes y la retirada alemana es demasiado rápida. Así, en su avance hacia el oeste, el Ejército Rojo encuentra en todas partes enormes fosas llenas de cadáveres.

A pesar del dramático deterioro de la situación militar, el programa de exterminio es continuado con redoblada energía, como si se quisiera obtener la victoria al menos en este terreno. Comienza una carrera contra el reloj. En junio de 1944 se inicia la invasión aliada en la Normandía. Al mismo tiempo, se deporta todavía casi medio millón de personas de Hungría a Auschwitz.

El 24 de julio, cuatro días después de la tentativa infructuosa de eliminar a Hitler mediante un atentado y de derrocar su régimen en el último momento, las tropas soviéticas llegan al campo de Majdanek. A finales de octubre, las fuerzas estadounidenses están en París. Sin embargo, las cámaras de gas de Auschwitz continúan operando hasta finales de octubre. Habrán de pasar otros tres meses hasta la liberación del campo por soldados del Ejército Rojo.

La liberación

En los primeros cuatro meses del año 1945 los acontecimientos se precipitan. Mientras los ejércitos de los aliados avanzan contra Alemania desde todos los lados, la población alemana de provincias enteras huye ante la proximidad del frente de combate. Al mismo tiempo, los sobrevivientes de los campos, que esperan desesperadamente el momento de su liberación, son llevados a la fuerza por las SS al interior del país.

Los campos de concentración en la proximidad del frente de combate que se acerca, son abandonados uno tras otro. Los presos son evacuados; quienes no están en condiciones de marchar son ejecutados ahí mismo. Las SS obligan a las columnas de prisioneros a avanzar a marcha forzada por las carreteras; los que desfallecen son fusilados por los guardas. Otros son transportados en trenes de carga de un campo a otro. Al término de estos viajes erráticos de varios días, muchos han muerto por el frío o el hambre. En el campo de Bergen-Belsen, hacia donde se dirige la mayoría de los transportes de presos, el abastecimiento colapsa por completo. En ese lugar, decenas de miles de víctimas mueren poco antes de la liberación y en los primeros días subsiguientes.

El panorama que se les presenta a los soldados aliados que liberan los últimos campos de concentración en la primavera de 1945 es espantoso. Ya sea en Buchenwald, Mauthausen o Dachau, en todas partes se encuentran con las mismas escenas: miles de muertos y moribundos. Los médicos militares ingleses y estadounidenses descubren demasiado tarde y con horror, que muchos a quienes tal vez se podría haber salvado murieron por carecer de la más mínima fuerza para llamar o levantar el brazo, de modo que pasaron inadvertidos entre los muertos. Así acaba el “Tercer Reich” de Hitler.

La victoria de los aliados impide al régimen nazi llevar a término su programa de exterminio. De todos modos, el balance es ya lo suficientemente espantoso. Todas las investigaciones históricas, todos los cálculos coinciden en que fueron asesinados entre cinco y seis millones de judíos. Más de un millón pereció en los ghettos y los campos; por lo menos otros tantos murieron en las ejecuciones en masa; los demás hallaron la muerte en las cámaras de gas.

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