Situando la maldad nazi ( Arendt, Scholem,Klemperer)

desfilenazicolor

autor: Prof. Steven
A. Aschheim
Profesor del
Departamento de
Historia, Universidad
Hebrea de Jerusalem

 

Situando la maldad nazi
Las contrastantes miradas de
Gershom Scholem, Hannah Arendt y
Victor Klemperer*
Uno bien podría preguntar por qué privilegio a Gershom Scholem (1897-1982),
Hannah Arendt (1906-1975) y Victor Klemperer (1881-1960) y sus confrontaciones
particulares con el nazismo y la experiencia judía. ¿No es ésta una opción bastante
arbitraria? No lo pienso así. En primer lugar, todos ellos fueron pensadores
judeogermanos que –de una forma u otra– lograron tener fama en el mundo postnazi.
Todos llegaron a su madurez intelectual durante los fatales pero creativos
años de la República de Weimar y fueron testigos, desde el surgimiento del nazismo
hasta su derrota y desaparición, en 1945. Todos, de maneras muy diferentes,
reflexionaron profundamente sobre la catástrofe y sus implicancias para alemanes
y judíos. Todos llevaron apuntes, no sólo en sus publicaciones académicas,
sino en sus crónicas íntimas de aquel tiempo, sus cartas y diarios personales.
La gran ventaja de estos documentos es que no se ven influidos por la percepción
retrospectiva. Más bien, habitan el preciso momento en que se desarrollaron
los acontecimientos y capturan y exponen en movimiento las reacciones
originales de estos pensadores. No sólo nos ilustran acerca de los tiempos turbulentos
en que estas fascinantes –aunque testarudas, obstinadas y, a menudo,
enfurecidas– personas vivieron, sino también acerca de las distintas maneras en
que cada uno concibió, y enfrentó, los cambios y desafíos a su alrededor. Nos
proporcionan mapas ideológicos distintivos, puntos de vista en el momento de
su concepción, instantáneas de las alternativas definidas y escogidas.1
Durante las décadas de 1930 y 1940, las diferencias entre estos pensadores ya
eran claras: Scholem –uno podría argumentar– era un sionista “primordial”, insistía
firmemente en el renacimiento personal y colectivo judíos en Palestina;
Arendt, aunque idiosincrásicamente era una judía dedicada y una antigua sio98
/ Nuestra Memoria
2 Steiner, George. Errata. An examined life. London, Phoenix Books, 1988, pág. 10.
3 Existe una extraordinaria colección de estas cartas en tres volúmenes: Scholem, Gershom.
Briefe I. 1914-1947. Münich, C. H. Beck, 1994. Edición: Itta Shedletzky; Scholem, Gershom.
Briefe II. 1948-1970. Münich, C. H. Beck, 1995. Edición: Thomas Sparr; Scholem, Gershom.
Briefe III. 1971-1982. Münich, C. H. Beck, 1999. Edición: Itta Shedletzky. También hay una
colección de alguna de estas cartas en inglés: Scholem, Gershom. A life in letters. Cambridge,
Harvard University Press, 2002. Edición: Antony Skinner.
4 Scholem, Gershom. Tagebuecher 1. Halbband 1. 1913-1917. Frankfurt am Main, Juedischer
nista, sospechaba de todos los etiquetados colectivos e ideológicos y era mucho
más provisional que Scholem en sus compromisos de grupo; y Klemperer era
nada menos que un converso al protestantismo (dos veces), ferviente defensor
del Deutschtum y la asimilación judeoalemana. Sus últimas localizaciones geográficas
(Israel, Estados Unidos y Alemania, respectivamente) reflejaron fielmente
sus diversas identidades ideológicas.
Claramente, también las respuestas a sus perspectivas sobre el fenómeno nazi
están teñidas por sus situaciones personales durante los años críticos. Scholem
había emigrado a Palestina en 1923 y había visto los eventos a distancia y casi
completamente a través de su peculiar enfoque sionista. Después de un breve
encuentro con las autoridades nazis, Arendt emigró apresuradamente de Alemania
en 1933 (primero, a Francia y luego, a Estados Unidos). Klemperer, por
su parte, permanecería en el Tercer Reich hasta su final (de hecho, vivió toda su
vida en Alemania, y murió en 1960, en la República Democrática Alemana). A
diferencia de Scholem y Arendt, sus observaciones sobre el nazismo se derivaron
casi exclusivamente de la realidad de su experiencia personal cotidiana.
Comencemos con Scholem. ¿Cómo, contemporáneamente y con posterioridad,
pudo ubicar al nazismo y el Holocausto? Debido a la falta de tiempo, forzosamente
debemos sacrificar algunos matices y proceder a los problemas centrales:
la magistral erudición de Scholem, su muy temprano rechazo –aún siendo
estudiante– de la posibilidad de un diálogo judeo-alemán franco y su aliá en
1923 (un acto que muy probablemente haya sido juzgado como extraño por la
mayoría de sus compañeros judeoalemanes) le han dado cierta estatura moral,
incluso algo de reputación de clarividente.
Acerca del eventual destino de alemanes y judíos europeos en manos de los
nazis, George Steiner ha escrito recientemente que Scholem poseyó una “clarividencia”
única y fue de los pocos que emitió una “advertencia”.2
La narrativa sionista de Scholem –recordemos– tuvo una aguda sensibilidad
ante las corrientes hostiles a los judíos, a pesar de que no hay registro alguno
que hiciera –ni siquiera en forma aproximada– una predicción o advertencia de
lo que estaba por venir.
Si bien tempranas cartas3 y diarios4 contenían algunas referencias aisladas a
los antisemitas, en ninguna parte –ni en su período juvenil ni en el más maduSituando
la maldad nazi / 99
Verlag, 1995. Edición: Karlfried Gruender y Friedrich Niewoehner, con Herbert Kopp-
Obsterbrink.
5 “Carta Nº 106, 25 de marzo de 1938”, en The correspondence of Walter Benjamin and Gershom
Scholem, 1932-1940. New York, Schocken Books, 1989, pp. 214-215. Traducción: Gary
Smith y Andre Lefevere.
6 “Carta 185, 26 de abril de 1933”, en Scholem, Betty; Scholem, Gershom. Mutter und Sohn
im Briefwechsel 1917-1946. Münich, C. H. Beck, 1989, pág. 297.
7 “Carta 250, 7 de marzo 1936”, en Scholem, B.; Scholem, G., op. cit., pág. 411.
ro– Scholem nos proporciona un considerado análisis histórico del desarrollo y
las particularidades del antisemitismo alemán, ni tampoco –a pesar de su obvio
e intenso interés por esos eventos– hizo alguna vez el intento de tratar concreta
y sistemáticamente las especificidades de la naturaleza, el origen y la caída del
nacionalsocialismo, o de sus atrocidades y su lugar global dentro de la historia
alemana.
Tal vez –en principio– la distancia geográfica explique esto de alguna forma.
Refiriéndose a la persecución de los judíos austríacos después del Anschluss,
Scholem escribió a Walter Benjamín, desde Palestina, que tales eventos asumieron
un carácter “abstracto”: “Están demasiado lejos, y nadie tiene noción alguna
de cómo podrían llegar a ser”.5
El comportamiento extremadamente no profético de Scholem es más vívidamente
claro en el continuo intercambio de correspondencia con su madre, Betty.
En abril de 1933, la tranquilizó diciéndole que incluso la peor de las circunstancias
puede cambiar, y poco después le aconsejó “tomarlo filosóficamente.
Quizá vendrán de nuevo tiempos en que los alemanes volk sabrán y comprenderán
que los judíos no eran tan peligrosos”.6
El detalle de la lujosa lista de compras (bienes de consumo escasos) que
Scholem proporcionó a su madre ante su inminente viaje a Palestina, en 1936,
traicionó demasiado su mesura y fue como un pequeño presentimiento acerca
de los futuros desarrollos alemanes: “Si quiere traerme algo especial, aparte del
mazapán de chocolate, tiene muchas alternativas: por ejemplo, seis muy buenas
camisas con cuellos suaves, talle 41, pero que sean realmente de calidad
muy buena, de colores gris azulado y crema. O muy buena tela para un traje
azul. O en caso que usted piense que esto no es económico: 2 buenos lazos color
rojo oscuro y de cualquier modelo”.7
Virtualmente no hay discusión alguna acerca de la necesidad de dejar Alemania
hasta 1939 (!), y –en el futuro se toca el tema– no es iniciativa de Scholem,
sino de su madre.
Obviamente, esto no significa que Scholem no estuviese interesado o alarmado
por estos eventos. Tempranamente hizo notar la magnitud histórica de esos
acontecimientos, pero de una manera tan sumamente general que no alertó más
que a los sionistas más sensibilizados.
100 / Nuestra Memoria
8 Berlin in lights. The diaries of count Harry Kessler (1918-1937). New York, Grove Press,
1999, pág. 117. Traducción y edición: Charles Kessler, con Introducción de Ian Buruma.
9 Ver el registro del 7 de diciembre de 1930 en Scholem, Gershom. Leben sammeln, nicht fragen
wozu und warum, Vol. 1: “Tagebuecher 1925-1932”. Berlin, Aufbau-Verlag, 1996, pág. 672.
Edición: Walter Nowojski y Christian Loeser.
10 “Carta 137 del 31 de agosto de 1968”, en Scholem, G., Briefe II…, op. cit., pp. 213-214. El pasaje
citado aparece en la página 214.
11 Gay, Peter. “In Deutschland zu hause”, en Die Juden im nationalsozialistichen Deutschland/
The Jews in Nazi Germany, 1933-1943. Tuebingen, J. C. Mohr, 1986, pág. 33. Edición: Arnold
Paucker.
No hay en Scholem, por ejemplo, algo que se compare a la predicción –temprana
y misteriosamente exacta– del conde Harry Kessler, quien en su diario, el
10 de enero de 1920, escribió: “Hoy, en París fue ratificado el tratado de paz; la
guerra ha terminado. Una era terrible empieza para Europa, como las nubes que
crecen antes de una tormenta, y probablemente todavía acabará en una explosión
más terrible que la de la Guerra Mundial. En Alemania hay señales continuas
de un crecimiento constante del nacionalismo”.8
Y fue el muy asimilado Victor Klemperer quien escribió, en diciembre de 1930:
“Nadie sabe lo que pasará, pero todos presentimos la llegada de una catástrofe”.9
Lo que se necesita, entonces, acentuar son las escasas declaraciones de
Scholem que giran en torno de un análisis predictivo y diferenciado de la sociedad
alemana y la política o la naturaleza del propio régimen. Antes, durante
y después del período nazi, éstas casi siempre estuvieron motivadas y se centraron
en su crítica al pensamiento y la conducta de los judíos de clase media
dentro de la sociedad alemana, la cual fue formulada mucho tiempo antes del
ataque del nazismo.
Siempre era el autoengaño y la naturaleza poco digna de la simbiosis “alemán-
judío” a lo que retornaba Scholem. La suya siempre era una crítica moral
del comportamiento judío, una acusación sionista a una asimilación acobardada
–de carácter ético, no político– y ciertamente inespecífica, un análisis desligado
de los perpetradores y la catástrofe. Pero el punto es que él había llegado
a esa convicción años antes, y no se relacionaba específicamente con el ascenso
nazi al poder.
La judería alemana –escribió a Karl Loewith, en 1968– había vivido una mentira,
que en el futuro tenía que resolverse de una manera u otra (ésta –en sí
misma– es una fascinante, pero muy refutable respuesta). Pero enfatizaba explícitamente
que tal mentira de ninguna manera tenía necesariamente que llevar al
exterminio: “ninguno de nosotros pensaba eso”.10
En ese sentido, Peter Gay le reprochó –implícitamente– a Scholem, ya que de
su postura se puede concluir que, dado su autoengaño y su postura asimilacionista,
los judíos “merecieron” su destino final.11
Pero la “mentira” que la judería alemana vivía no se conectaba con la “SoluSituando
la maldad nazi / 101
12 Suchoff, David. “Gershom Scholem, Hannah Arendt and the scandal of Jewish particularity”,
Germanic Review 72, Nº 1. Winter 1997, pp. 57-76.
13 “Carta N° 119 a Shalom Spiegel, 17 de julio de 1941”, en Scholem, G., Briefe I…, op. cit., pág.
285.
14 Ver el ahora famoso Klemperer, Victor. I shall bear witness. The diaries of Victor Klemperer,
1933-1941. London, Weidenfeld & Nicolson, 1999, pág. 21, registros del 30 de junio de 1933.
Compilación y traducción: Martin Chalmers.
ción Final”. Scholem nunca nos dice realmente cuáles eran las conexiones pertinentes.
No sólo Scholem no fue más clarividente que otros cuando enfrentó la
realidad del infierno por venir. Incluso post-facto, en ninguna parte suministró
un análisis del fenómeno histórico del nazismo, su llegada al poder, la horrenda
marca que dejó; ni siquiera de la dinámica asesina de la Shoá. Sí, posteriormente,
acusó a Hannah Arendt de realizar una crítica excesiva de las élites judías.
Debemos recordar la enorme cantidad de energía gastada en amonestar el autosacrificado
comportamiento de sus compañeros judeoalemanes, pero –a excepción
de Arendt– casi ninguno analizó las visiones y acciones de sus verdugos.
Debido a su posterior alejamiento intelectual y personal –fundamentalmente
relacionado, pero no limitado, al “caso Eichmann”–, algunas coincidencias
entre Scholem y Arendt tienden a ser olvidadas. Ambos, debemos recordarlo,
fueron la quintaescencia de los judíos de Weimar, fascinados por la ruptura y las
paradojas de los quiebres y la transmisión entre las tradiciones judía y general.12
Es verdad que, a diferencia de Scholem, el despertar político judío de Arendt
llegó más bien tarde y se enfocó fuertemente en el antisemitismo (en lugar de
centrarse en el renacimiento espiritual judío), pero no por eso era menos real.
Su primer trabajo, Rahel Varnhagen; los artículos de los años treinta y cuarenta;
parte del famoso Los orígenes del totalitarismo (e incluso su crítica a las élites
judías en su libro sobre Eichmann) fueron –en parte– escritos desde una
perspectiva nacional judía y fueron tan radicales como el fulminante enjuiciamiento
a la asimilación que hacía Scholem.
También fácilmente se olvida que, en 1941, Scholem la describió como “una
mujer maravillosa y una extraordinaria sionista”.13
Frente el nazismo, para Scholem y Arendt –comparados con el liberal asimilacionista
Klemperer–, la narrativa sionista –con sus dudas acerca del éxito y la
dignidad del proyecto de emancipación y su ineludible expectativa de antisemitismo–
actuó como un amortiguador ideológico parcial que –al menos– proporcionaba
una pizca de inmunización intelectual y psicológica. (Cuando los
nazis llegaron al poder, Klemperer –por ejemplo– notó intensamente que a
mayor ligazón con Alemania y el germanismo –que él encarnaba en un altísimo
grado–, mayor vulnerabilidad y desorientación.)14
Estos puntos en común no deben ser pasados por alto, pero tampoco las diferencias.
Si Scholem localizó al nazismo como el mal absoluto, lo hizo a través
102 / Nuestra Memoria
15 Friedländer, Saul. “From Anti-Semitism to extermination. A historiographical study of Nazi
policies toward the Jews and an essay in interpretation”, en Yad Vashem Studies. Nº 16.
1984, pág. 16.
16 Arendt, Hannah. “What remains? The language remains. A conversation with Guenter
Gaus”, en Arendt, Hannah. Essays in understanding, 1930-1954. New York, Harcourt &
Brace, 1994, pág. 14. Edición: Jerome Kohn.
17 Ver la carta de Hannah Arendt del 19 de julio de 1947, en Arendt, Hannah; Blumenfeld,
de la comparación tangencial de sus implicaciones (esto es, el caso español) o
simplemente profundizando en la Sonderweg (forma particular) del antisemitismo
alemán y el autoengaño de los judíos alemanes. Y si bien ocasionalmente
admitió que su modelo sionista no pudo predecir la Shoá, éste continuó a lo
largo de su narrativa de las relaciones judeo-gentiles.
Arendt, por otro lado, puso su objetivo explícito en proporcionar una explicación
acerca de la naturaleza y las especificidades del nazismo, una que fuera
coherente con la inaudita magnitud de mal (y así, el modelo sionista que inicialmente
la guió, pronto llegó a su límite y se tornó problemático).
Ya en los años treinta y cuarenta comenzó el proceso de elaboración de su
pensamiento. El resultado de estos esfuerzos fue su clásico Los orígenes del totalitarismo,
de 1951, un libro extraordinariamente idiosincrásico, tan evidentemente
equivocado en algunas partes, tan tercamente peculiar en su método histórico
(o en la falta del mismo), pero tan naturalmente salpicado por destellos
de brillo y originalidad.
Debemos recordar que –hasta entonces y, por lo menos, una década después
de ese trabajo– virtualmente no hubo esfuerzo serio alguno por forjar las herramientas
teóricas, históricas y conceptuales necesarias para explicar las grandes
calamidades del siglo XX. (Hasta el momento, los historiadores encuentran difícil
integrar, de forma persuasiva y coherente, estos eventos en el flujo de la historia
de este siglo.)
Arendt buscó proporcionar una consideración adecuada a la enormidad de
materiales y problemas a los que se enfrentaba. Claro que el término “Holocausto”
no había cristalizado todavía, ni aparece en el libro. De hecho, incluso
puede ser que el concepto general que guía su trabajo –el totalitarismo– excluya
cualquier análisis particular y completo de la “Solución Final”.15 Más aún, está
claro que el trabajo está animado por la convicción que el nazismo y Auschwitz
–mucho más que la experiencia soviética– fueron el gran momento transgresor
en la historia europea.
Al saber de Auschwitz en 1943, luego relató: “Realmente fue como si se hubiera
abierto un abismo (…). Algo pasó allí que no nos permite reconciliarnos
con nosotros mismos. Ninguno de nosotros podrá hacerlo jamás”.16 Mientras
escribía el libro, en 1947 le escribió a su mentor sionista, Kurt Blumenfeld: “Es
que no puedo superar las fábricas de exterminio”.17
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Kurt. “…. in keinem Besitz verwurzelt”. Die Korrespondenz. Hamburg, Rotbuch Verlag, 1995,
pág. 43. Edición: Ingeborg Nordmann e Iris Pilling.
18 Friedländer, Saul. “A conflict of memories? The new German debates about the ‘Final
Solution’”, en The Leo Baeck Memorial Lecture. Nº 31. New York, Leo Baeck Institute, 1987,
especialmente pp. 7-10.
19 Para una discusión más completa ver Aschheim, Steven. “Nazism, culture and The origins
of totalitarianism. Hannah Arendt and the discourse of Evil”, en Aschheim, Steven. In times
of crisis. Essays on European culture, Germans and Jews. Madison, University of Wisconsin
Press, 2001.
20 Arendt, Hannah. “Social science techniques and the study of concentration camps”, en
Arendt, H., op. cit., pág. 235.
A diferencia del posterior Historikerstreit (el debate, durante los ’80, en el
cual algunos historiadores alemanes insistían no sólo en la moral –o inmoral–
equiparación de la Rusia estalinista y la Alemania nazi, sino que firmemente
buscaban colocar el “pecado original” causante de estos sucesos dentro del
campo comunista), Arendt –aun cuando su acercamiento al estudio del “totalitarismo”
fue, en esencia, metodológicamente comparativo– no buscó relativizar
el nacionalsocialismo: implícitamente, el “caso nazi” fue –en realidad– el único
que necesitaba ser explicado, él último con el cual otros crímenes fueron comparados.
18
La primera parte del libro situaba a los judíos en el “centro de la tormenta”.19
Tal enfoque carecía de otras explicaciones, las cuales –simplemente– no tenían
idea de cómo tratar esta aparente anomalía. Este énfasis surgió de una sensibilidad
indudablemente sionista (aunque los lectores ingenuos pueden haberse
confundido por su insistencia en la centralidad absoluta de los judíos en el Estado
y la economía modernos, su alianza instintiva con las élites gobernantes y
su concomitante alienación de la “sociedad”, implicando esto –de alguna manera–
que los judíos tuvieron algo de responsabilidad por su problema, pues
–de hecho– sus acciones y funciones no estaban desconectadas de la emergencia
del antisemitismo moderno).
Para Arendt, los judíos siempre fueron –o al menos, debieron haber sido– un
agente activo de la historia, y no objetos pasivos. Aun más, desde el principio
insistió en que el nazismo y la Shoá debían ser considerados como algo inédito
y radical. El odio a los judíos era requisito, pero no condición suficiente, para
el genocidio. “Ni el destino de la judería europea, ni el establecimiento de fábricas
de muerte –escribió en otra parte– pueden ser totalmente explicados y
comprendidos en relación con el antisemitismo.”20
Contra el sentido común sionista, ella afirmó repetidamente que el antisemitismo
no era eterno, ni intrínsecamente dado. De hecho, se apartó de su camino
para indicar que su crítica sionista a la asimilación de los judíos no implicaba
una conexión, causal o de otro tipo, con la novedad absoluta del totalitarismo y
los exterminios. “Temo –escribió a su amigo Karl Jaspers, en 1952– que las per104
/ Nuestra Memoria
21 Ver la destacable carta 135 de Arendt, del 7 de septiembre de 1952, en Hannah Arendt,
Karl Jaspers Correspondence, 1926-1969. New York, Harcourt & Brace Jovanovich, 1992, pp.
196-201. Edición: Lotte Koehler y Hans Saner. Traducción del alemán: Robert y Rita Kimber.
22 Arendt, Hannah. “Approaches to the ‘German problem’”, en Arendt, H., op. cit., pág. 111.
23 Gellner, Ernst. “From Koenigsberg to Manhattan (or Hannah, Rahel, Martin and Elfriede or
Thy Neighbours Gemeinschaft)”, en Gellner, Ernst. Culture, Identity and Politics. Cambridge,
Cambridge University Press, 1987; Wolin, Richard. “Hannah and the magician. An affair to
remember”, en New Republic, 9/10/95, pp. 27-37.
24 Kazin, Alfred. New York Jew. New York, Knopf, 1978, pág. 307.
sonas buenas vean una conexión que –de hecho– no existe entre (el intento de
asimilación) y la erradicación de los judíos. Todo esto fue capaz de crear un odio
social hacia los judíos y lo desarrolló, así como creó –por otro lado– una generación
de alemanes específicamente sionistas. El verdadero fenómeno totalitario
–y antes. el genuino antisemitismo político– apenas tenía algo que ver con
todo esto.”21
Por supuesto, su insistencia acerca de la novedad radical del nazismo implicó
omisiones que fueron tan significativas –y para algunos observadores, inquietantes–
como sus explicaciones “positivas”. Ella llamativamente eliminó todos los
factores de la historia y la continuidad alemanas de su consideración. No hay indicio
alguno de un Sonderweg (modo particular), ningún análisis del peso de los
desarrollos políticos y sociales particulares de Alemania. De hecho, toda conexión
con el rol de la tradición –la cultura misma– es absolutamente descartado.
Ya en 1945 declaró que “Lutero o Kant o Hegel o Nietzsche (…) no tienen la
menor responsabilidad por lo que está pasando en los campos de exterminio”.22
El nazismo fue el quiebre, no la realización, de la tradición y la cultura; sus
fuentes pueden hallarse en la ruptura nihilista, no en la continuidad.
Algunos críticos consideran que esta extraña renuencia a examinar las influencias
alemanas directas y a señalar las predisposiciones culturales y las actitudes
populares en esa sociedad tiene su fundamento en el hecho que la propia
Arendt surgió de –y siguió relacionada con– esas mismas sospechosas tradiciones
intelectuales que también fueron apropiadas por el nazismo (y en su
lealtad a su ex amante, Martin Heidegger).23
Ese tipo de argumento ad hominem es mejor dejarlo de lado, aun si aceptamos
que la negativa de Arendt a tomar en consideración –específicamente– aspectos
alemanes de la historia fue demasiado extrema, tal vez incluso equivocada.
Lo que debemos enfatizar aquí es la insistencia de Arendt en que las explicaciones
históricas convencionales podrían no dar cuenta de nuevos acontecimientos.
Estos eventos radicalmente transgresores requieren nuevas alternativas
de pensamiento.
Arendt, como alguna vez comentó Alfred Kazin, vio al totalitarismo “como
una catástrofe de proporciones bíblicas”,24 y esta ruptura trajo consigo nuevas
Situando la maldad nazi / 105
25 Arendt, Hannah. “Nightmare and flight”, en Arendt, H., op. cit., pág. 134.
leyes, que sistemas interpretativos y modelos cognoscitivos más viejos no podían
comprender. Claro que muchos de los esquemas de Arendt eran marcadamente
inadecuados e imperfectos. Así, su noción de totalitarismo como causa y
resultado de la dinámica política del desarraigo y la atomización se basa claramente
en un imperfecto –y hasta ahora, casi universalmente rechazado– modelo
sociopsicológico de la sociedad de masas derivado de la conservadora teoría
social europea.
Pese a todo, creyó que este impulso desintegrador para desafiar tabúes era el
mejor para dar cuenta de toda la mentalidad genocida. Más allá de los procesos
de atomización, Arendt argumentó que la nueva barbarie fue la “punta de lanza”
de una política y una economía burguesa, imperialista de expansión en su beneficio
que volvieron superflua no sólo a la Nación–Estado, sino a la propia cultura
y tradición. De hecho, Arendt vio la esencia del totalitarismo como ligada
a una pérdida de límites burguesa, donde “todo se vuelve posible”. El capital
excedente y la ambición política generaron la condición previa para el genocidio:
las personas excedentes. (Quizá no ha sido suficientemente destacado que
Los orígenes… fundió la idiosincrasia de la teoría conservadora de la sociedad
de masas con un análisis marxista del imperialismo, que probablemente provenía
de su marido, Heinrich Bluecher.)
No hay necesidad de entrar aquí en su análisis más común y aleccionador
acerca de la privación general de derechos civiles a las minorías y sus implicancias
potencialmente genocidas de acuerdo a lo que llamó una forzada
“desestatización, el fenómeno de masa más novedoso de la historia”; o su exposición
fenomenológica del impulso trasgresor detrás de los campos, donde la
creencia de que “todo es posible” se verificaba; o las concluyentes páginas poéticas
acerca de la pluralidad humana y los poderes recuperativos de la natalidad
y los orígenes.
El punto no es si sus juicios eran correctos o equilibrados (muchos –quizás,
incluso, la mayoría– no lo eran), sino que siguió con determinación el problema
que tempranamente identificó en 1945: “El problema del Mal será la pregunta
fundamental de la vida intelectual en Europa, así como la muerte se volvió un
problema fundamental después de la última guerra”.25
Fue ella –ciertamente más que Scholem– quien abrió el camino al “discurso del
Mal” de la post-Segunda Guerra Mundial, en el cual “nazismo” y “Auschwitz” se
volvieron palabras de un código simbólico, emblemáticas de nuestra concepción
cultural de la inhumanidad absoluta. Es más, lo hizo de modo tal que no
sólo irritó a Scholem, sino que continúa fastidiando a muchos de nuestros contemporáneos.
Pero a pesar del énfasis puesto en la radical novedad de los exterminios,
no estaba preparada para aislar o conceder el privilegio absoluto a la
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26 Arendt, Hannah. The origins of totalitarianism. Cleveland, Meridian Books, 1958, pág. 290.
1ª edición: 1951.
27 Klemperer, Victor. The language of the Third Reich. LTI-Lingua Tertiii Imperii. A philologist’s
notebook. London, New York, 2002. 1ª edición: 1946. Traducción: Martin Brady.
28 Klemperer, V., I shall…, op. cit.; Klemperer, Victor. Ich will Zeugnis ablegen zum letzten.
Tagebuecher 1933-1945. Berlin, Aufbau-Verlag, 1995. Edición: Walter Nojowski, con la asistencia
de Hadwig Klemperer.
29 Klemperer, Victor. Curriculum Vitae. Errinerungen 1881-1918. Berlin, Aufbau-Verlag, 1996.
30 Ver los dos enormes volúmenes cubriendo los turbulentos años de la República de Weimar
(1918-1924 y 1925-1932). Klemperer, Victor. Leben sammeln, nicht fragen wozu und warum.
Berlin, Aufbau-Verlag, 1996. Edición: Walter Nowojski.
31 Ver los dos volúmenes (1945-1949 y 1950-1959) de Klemperer, Victor. So sitze ich denn
zwischen allen Stuehlen. Berlin, Aufbau-Verlag, 1999. Edición: Walter Nowojski, en cooperación
con Christian Loeser.
historia y el sufrimiento judíos. Incluso, al analizar los asesinatos, insistió en localizar
al sionismo dentro de un contexto más amplio de victimización. “Virtualmente
como todos los otros eventos de nuestro siglo –escribió en Los orígenes…–,
la solución de la cuestión judía produjo otra categoría de refugiados, los
árabes, lo cual hizo aumentar –por esta razón– el número de los que no tienen
Estado ni derechos en unas 700.000 a 800.000 personas.”26
Victor Klemperer, profesor de literatura del romanticismo, nos proporciona
un caso que –al menos en lo superficial– está “a años luz” de Arendt o Scholem.
Mucho menos venerado como especialista –el único trabajo por el cual recibió
algún reconocimiento importante fue LTI, un estudio pionero acerca de la naturaleza
y las distorsiones del lenguaje nazi (y que –en forma bastante inverosímil–
ha sido traducido al inglés)27–, Klemperer se volvió célebre recién en la década
de 1990, con la publicación póstuma de sus diarios escritos bajo el Tercer
Reich.
Fue un inveterado diarista y cronista: además de los dos monumentales volúmenes
de sus diarios nazis28 tenemos sus igualmente locuaces memorias que
abarcan los años 1881-1918,29 los diarios de la República de Weimar30 y sus
apuntes cotidianos que cubren sus años de posguerra en la RDA hasta 1959.31
Todo esto suma miles de páginas impresas. Puede haber –de hecho– algo obsesivo
y profundamente egocéntrico en este reflejo grafomaníaco, pero debemos
agradecer este impulso.
Hacia 1933, tal escritura de crónicas se había vuelto una rutina cotidiana, un
hábito fuertemente establecido. Lo que lo estimuló no fue puro egoísmo, sino
también la disciplina y la pulida habilidad de un especialista preclaro, combinadas
con una creciente comprensión de que su testimonio y experiencia tendrían
una crucial importancia histórica.
Esta es la historia del despliegue del Tercer Reich –escrita no a la distancia,
sino desde la vívida experiencia cotidiana– de un sutil y todavía desconcertado
Situando la maldad nazi / 107
32 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pág. 152, registro del 5 de abril de 1936.
33 Ibíd., pág. 223, registro del 6 de agosto de 1937.
34 Ibíd., pág. 334, registro del 24 de julio de 1940.
35 Ibíd., pág. 47, registro del 16 de marzo de 1942.
observador y víctima, un judío converso que sobrevivía precariamente en –y debido
a– su matrimonio “mixto”.
Muestra gráficamente la vida en el miedo cotidiano, las incertidumbres, las
confusiones, el creciente aislamiento, las humillaciones, el empobrecimiento y
la expectativa de muerte que caracterizó a esos Mischehen (matrimonios “mixtos”),
que –de algún modo– aguantaron y sobrevivieron a la pesadilla.
Quiero aquí concentrarme en los conceptos de “identidad” e “ideología” de
Klemperer y contrastarlos con los de Scholem y Arendt. Pero primero debo
hacer notar en qué grado estos diarios iluminan la vida pública, los acontecimientos
de la época y la cambiante atmósfera de esos días, y lo hacen en tiempo
real y “desde adentro”. Entre otras cosas, ilustran sobre la molesta cuestión
de la opinión pública alemana entre 1933 y 1945.
Klemperer constantemente estaba probando estas cosas. Después de todo, la
naturaleza y extensión del apoyo a los nazis y sus políticas y el grado de antisemitismo
popular no eran –para él– temas académicos, sino índices de su perspectiva
de supervivencia. No surge una respuesta bien definida; la inhumanidad
coexiste con chistes críticos del régimen y conmovedoras expresiones de
decencia.
Klemperer es particularmente perspicaz en notar las ambivalencias encubiertas,
las dificultades de juicio. Así, relata la vacilación de un policía “entre la
brusquedad que le habían pedido que mostrara y el respeto y la simpatía”.32 Señala
cosas que conoce: “No son nazis y nos tienen cariño, pero el retrato del
Führer está colgado en la farmacia”.33 De la siguiente manera resumió la incertidumbre
analítica, en 1940: “Cada uno de nosotros quiere comprender el
humor de la gente, y éste depende del último comentario del barbero o el carnicero”.
34
Estas notas “desde el interior” también ayudan a clarificar la eterna cuestión
acerca de cuán conocidas eran las atrocidades nazis. A pesar de su persecución,
aislamiento y encierro en el Judenhaus (área de residencia judía), el conocimiento
de Klemperer –adquirido a través de rumores, sondeos de su esposa,
transmisiones extranjeras– es notable y lanza considerables dudas acerca de las
posteriores afirmaciones en el sentido que los alemanes eran bastante ignorantes
de lo que estaba ocurriendo. Siempre supo de los campos, de Buchenwald a
Theresienstadt. Informa de las deportaciones a Polonia y da detalles del programa
de eutanasia. Ya a mediados de marzo de 1942 conocía la existencia de
Auschwitz, “el más horrible de los campos”.35
108 / Nuestra Memoria
36 Ibíd., pág. 68, registro del 19 de abril de 1942.
37 Ibíd., pág. 385, registro del 29 de mayo de 1943. El artículo apareció en el diario Freiheitskampf.
38 Ibíd., pág. 606, registro del 24 de octubre de 1944.
39 Klemperer, V., Curriculum…, op. cit., pág. 248.
40 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pág. 305, registro del 12 de noviembre de 1939.
Aquel abril, bebiendo un vaso de cerveza en un bar local, en Dresde, alguien
que había servido en un batallón de la Policía en Rusia le contó a su aria esposa,
Eva, de los “repugnantes asesinatos en masa de judíos en Kiev. Niños pequeños
cuyas cabezas eran estrelladas contra la pared; hombres, mujeres y
niños amontonados de a miles (…) y las masas de cadáveres enterrados bajo la
tierra explotada”.36
En mayo de 1943 cita un folleto (un artículo de Johann von Leers) que abiertamente
llamaba al exterminio de judíos.37
Mucho antes del fin de la guerra, Klemperer reconoció –sagazmente– la especial
naturaleza total y metódicamente organizada del crimen, y en octubre de
1944 aventuró una afirmación valoración global del acontecimiento: “De seis a
siete millones de judíos (…) han sido masacrados (más precisamente: fusilados
y gaseados)”.38
Pero volvamos a nuestro enfoque central. Dadas las predilecciones personales
e ideológicas de Klemperer –“No me sentía judío, ni siquiera judeoalemán,
sino pura y simplemente alemán”,39 su protestantismo, Deutschtum (germanismo)
extático y antisionismo obsesivo– no es sorprendente el hecho que hubiese
ubicado al mal nazi en un marco bastante diferente al de Scholem o Arendt. De
hecho, éstos bien podrían haber visto a Klemperer con un desdén que bordea el
desprecio.
Hay una duda pequeña sobre lo que habrían pensado de su proclama de mediados
de la década de 1930: “Soy alemán por siempre”. Cuando estuvo seguro de
que los nazis nunca le concederían esto, disparó: “Los nazis son no alemanes”.40
Seguramente, la permanencia de su perdurable asimilacionismo y su apasionado
germanismo bajo el propio nazismo fue un clásico caso de lo que Scholem
y Arendt habrían considerado una ideología desvariada, una extravagante alucinación
gravemente desconectada de la realidad.
Pero los historiadores deben ser cautos ante los juicios rápidos, y en el muy
breve tiempo del que dispongo quiero poner a Klemperer en su propio contexto
histórico y así –por lo menos– hacer a su postura más comprensible y –quizá–
aun más defendible.
En el primer lugar, no es cierto que el nazismo no haya dejado mella alguna
en su cosmovisión. Al contrario, penetró hasta el centro de su identidad, afectando
–de hecho– su autodefinición misma. Sus diarios registran, con densos y
fascinantes detalles, su continuo esfuerzo por analizar y comprender las impliSituando
la maldad nazi / 109
41 Klemperer, V., Leben…, op. cit., Vol. 2, pág. 61, registro del 26 de mayo de 1925.
42 Ibíd., Vol. 1, pp. 480-481, registro del 12 de agosto de 1921.
43 Ibíd., Vol. 2, pág. 361, registro del 6 de agosto de 1927.
44 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pp. 260-261, registro del 9 de octubre de 1938.
cancias de los ataques contra su mundo ideológico e inventar nuevas defensas
y soluciones para ellos. Es más, sería equivocado retratar al Klemperer pre-1933
como un judío totalmente germanizado y exitosamente asimilado a una sociedad
alemana prenazi relativamente libre de tensiones. Una inquietud permanente
caracteriza la obra y las transformaciones de las identidades múltiples de
Klemperer: es en sus complejidades y ambivalencias, y no en su carácter en
blanco y negro, donde reside la fascinación.
Así, a pesar del obstinado “germanismo” de Klemperer –como claramente se
expresa en sus diarios de Weimar–, aun entonces su judaísmo residual “era” un
factor. A pesar de todo, él se sentía más en casa, más a gusto, con sus amigos judíos
(¡si bien de los suyos, en lugar del tipo ortodoxo, sionista u ostjuedisch
–judío polaco–!). ¡Este gran despreciador de todo separatismo judío notó una
vez que se sentía más cómodo cuando los “cuerpos extranjeros no judíos”
(nichtjuedische Fremdkoerper) no estaban presentes!41 Incluso compartía el
prejuicio de que los judíos eran inevitablemente inteligentes (como lo evidencia
su conmoción al encontrarse con uno particularmente estúpido).42
De igual modo, todas sus memorias y diarios muestran una aguda conciencia
de la omnipresencia del antisemitismo y de su creciente peligro. Representarlo
como autonegador y desilusionado sería, así, absurdo. De hecho, ya antes del
surgimiento del nazismo estuvo acosado por una especie de crisis de identidad.
En 1927 escribió: “Y ahora, todo en Alemania me empuja hacia los judíos. Pero
si me volviese sionista, sería más risible que si me hubiese vuelto católico. Siempre
estoy planeando, como un aeroplano, sobre estas cosas y sobre mí. Secundariamente,
ésa es la cosa más judía que hay en mí. Y quizá la más alemana.
Pero no obstante, el alemán en alguna parte encuentra una unidad de sentimiento.
El judío perdura también por encima de sus sentimientos”.43
En cierto nivel, también, el nazismo –que a veces fue considerado por él
como ajeno al espíritu alemán, y en otras oportunidades, su misma encarnación–
lo despojó de todos los sentimientos nacionales alemanes y le generó un
compromiso más profundo con la Ilustración. De allí su famosa declaración de
1938: “Definitivamente he cambiado (…). Mi nacionalismo y patriotismo se han
ido para siempre. Cada circunspección nacional me parece bárbara. Mi pensamiento
es ahora un completo cosmopolitismo voltaireano”.44 Sin embargo y significativamente,
Klemperer prologó estas palabras proclamando que “nadie
puede quitarme mi germanismo”.
¿Cómo podían coexistir ambos pensamientos? Klemperer se representó su
110 / Nuestra Memoria
45 Klemperer, V., Leben…, op. cit., Vol. 2, pág. 643, registro del 6 de agosto de 1930. El destacado
es original.
46 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pág. 60, registro del 5 de abril de 1934.
47 Acerca de esta tendencia en general ver Mosse, George L. German Jews beyond Judaism.
Bloomington, Indiana University Press, 1985.
48 Klemperer, V., Ich will…, op. cit., Vol. 2, pág. 75, registro del 28 de abril de 1942.
germanismo de una forma muy selectivamente específica e históricamente condicionada:
simplemente la igualó con un tipo de protestantismo ilustrado que
no funcionó como una descripción empírica de la realidad, sino como un tipo
de ideal regulador. Así fue que el nazismo pudo ser considerado la antítesis del
Deutschtum (ideal germánico) y no su realización.
Esta estrategia de escindirse, de conferir al germanismo un ideal mental en
lugar de un asunto de etnicidad ya estaba presente en 1930, cuando pregonó:
“Aquí, judíos; allí, arios. ¿Y dónde estoy yo? ¿Dónde están los muchos que son
‘espiritual e intelectualmente’ alemanes?”45 La obvia solución scholemiana a
este dilema –profundizar el sentimiento propio y el compromiso personal con
el judaísmo– fue para él menos que una opción sin entusiasmo (aunque, entre
1933 y 1945, a menudo se permitió salvajes autocríticas, consignando muchos
de sus propios autoengaños asimilatorios). Pero en el fondo, en el pensamiento
de Klemperer, el judaísmo permanecía inseparablemente ligado a un indefendible
separatismo, a la estrechez, a “la horrible opresión del ghetto”.46
Al evaluar sus elecciones y actitudes es importante que evitemos juicios baratos,
post-facto e indulgentes (esto es especialmente innecesario dadas las propias
preguntas que Klemperer se hace.) Las transparencias, contradicciones y
vulnerabilidades son demasiado obvias como para exponerlas. Pero debemos
ser cuidadosos porque aun hoy no está claro cuáles debieron haber sido las posturas
ideológicas “correctas”.
En varios sentidos, Klemperer –aunque pudo haberlo negado– fue un típico
Bildungs judeoalemán, intelectualmente caracterizado (como tantos de ellos)
por sus tendencias liberales-humanistas, apolíticas e iluministas.47 Realista o
no, seguía siendo un individualista liberal e iluminista cuyos valores supremos
(demasiado a menudo asumió la reconocible apariencia del Deutschtum) eran
los universales de “cultura” y “humanidad”. Su ligazón con estos valores de
ningún modo puede ser viciada o anulada por el hecho que poderes brutales
buscaran destruirlos.
En abril de 1942 lo expresó sucintamente: “Hoy, un judío alemán nada puede
escribir sin poner en el centro la tensión germano-judía. ¿Pero debe, por consiguiente,
capitular ante las opiniones de los nacionalsocialistas y adoptar su
idioma?”48 El insistía con que uno resista adecuadamente el poder y las categorías
del inmoral vencedor. Para él, la inmoralidad la constituía no el camino a
la asimilación, sino la negativa irracional de adaptarse a ella. Abrazar el judaísSituando
la maldad nazi / 111
49 Aschheim, Steven. “Comrade Klemperer. Communism, liberalism and jewishness in the
DDR. The later diaries, 1945-1959”, en Journal of Contemporary History. April 2001.
mo, o sustituir un exclusivismo por otro, perpetuaba el problema subyacente, en
lugar de resolverlo.
Su persistente creencia en una concepción del Deutschtum insuficientemente
problematizada y demasiado espiritual, hoy da la impresión de ser extraña;
su voluntariosa convicción en el éxito de la asimilación, como casi patética; y
su negativa a conceder una digna autenticidad y autonomía a la vida y cultura
judías, como desagradable y equivocada. Pero por su negativa a capitular ante
la brutalidad y su combate por mantener los valores de “cultura” y “humanidad”
merecen nuestro respeto y consideración. Klemperer se aferró a la visión
clásica del Bildung alemán cuando todo a su alrededor estaba siendo desechado,
a su sentido de curiosidad y apertura, a sus ansias por humanizar la experiencia,
al deseo de extender los horizontes, más que restringirlos.
De muchas maneras y como una ironía, Klemperer formó parte profundamente
de la historia judeoalemana. Fue renuente a admitirlo, y recién lo hizo
hacia el final de su vida, en la comunista Alemania Oriental.49 El forma parte de
esa historia no sólo porque las horribles circunstancias lo condujeron a ello,
sino porque incluyó muy agudamente –y de hecho, se inclinó fuertemente
hacia– aquellos valores iluministas que llegaron a caracterizar cada rama de la
judería alemana y conformaron su identidad.
De hecho, como hemos mostrado, si bien existen importantes diferencias
entre Scholem, Arendt y Klemperer, con distancia histórica también podemos
descubrir algunas similitudes significativas (las cuales, sin ninguna duda, ellos
habrían negado). Quizá no fue sólo un inevitable destino común lo que los unió,
sino también una cierta sensibilidad espiritual subyacente.
Todos ellos eran intelectuales judeoalemanes sumamente integrados, criaturas
de la tradición Bildungs, con su característica inclinación por la cultura y su
pasión por las ideas. Todos eran observadores incisivos y analistas sagazmente
sensibles a las patologías y los contornos especiales de su tiempo. Ellos personifican
las variadas respuestas a ese destino común y los diversos caminos tomados
para enfrentarlo. Si bien ninguno fue una figura representativa u “ordinaria”,
todos fueron emblemáticos, confrontando los cataclismos públicos de su
tiempo y forjando creativas –aunque muy diferentes– respuestas a los dilemas
que ningún judío alemán del siglo XX se dio el lujo de evadir.

fuente Nuestra Memoria
Año XI · Nº 26 · Diciembre de 2005

 

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