Crisis y recomposición social en Nueva España, siglos XVI al XVII. Marialba Pastor

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Crisis y recomposición social. Nueva España en el tránsito del siglo XVI al XVII

Crisis y recomposición social. Nueva España en el tránsito del siglo XVI al XVII, Fondo de Cultura Económica, México, 1999.
INTRODUCCIÓN
En las tres últimas décadas del siglo XVI y los primeros años del siglo XVII en Nueva España se produjeron cambios estructurales tan drásticos y manifestaciones sociales y culturales tan nuevas que parecen indicar una ruptura con respecto a la primera etapa de la vida colonial. Esto es lo que puede desprenderse del análisis de fuentes de primera mano como crónicas, relaciones, informes, cartas y textos literarios, y de diversas interpretaciones y estudios sobre temas específicos, principalmente los de Francois Chevalier, Charles Gibson, Serge Gruzinski, Louisa Schell Hoberman, Enrique Florescano, Andrés Lira, Jorge Alberto Manrique, Edmundo O’Gorman, José F. de la Peña, John F. Schwaller y C.M. Stafford Poole.
Según se plantea en este trabajo, estos cambios drásticos y nuevas manifestaciones abrieron una fase de crisis integral del sistema en la cual se generaron conductas sociales, relaciones económicas y conflictos por el poder que trajeron consigo el inicio de un proceso de recomposición o, si se quiere calificar con mayor atrevimiento, de refundación de la sociedad novohispana. En concreto, el punto de partida de tal crisis obedeció a la confluencia de un conjunto de fenómenos que anunciaron la fase final del proceso de desestructuración de las antiguas comunidades indígenas y sus tradiciones que – hasta donde puede advertirse – estuvo relacionado con altos índices de mortandad indígena, con modificaciones en la tributación, la producción agrícola y la tenencia de la tierra, y con el fin legal de las encomiendas. Por otro lado, empezaron a ponerse en práctica los acuerdos del Concilio de Trento, se impulsaron los valores culturales de la Contrarreforma y la Corona española le concedió un mayor apoyo al clero secular. Con ello, los proyectos utópicos y misionales de las órdenes mendicantes cayeron en la obsolescencia. Además, concluyó la fase más violenta de las guerras de sometimiento; los centros de autoridad y legalidad entraron en problemas de legitimación y a Nueva España arribó la mayor cantidad – hasta entonces cuantificada – de inmigrantes europeos y africanos.
En este trabajo se argumenta que el impacto de esta crisis integral del sistema colocó a la sociedad novohispana ante una situación de pérdida de valores y cohesión y, por lo tanto, ante el desafío de configurar un nuevo modelo de estructuración social capaz de incorporar las formas culturales de la población inmigrante y reconfigurar las indígenas e hispánicas ya existentes. Este proceso caracterizó el periodo de tránsito del siglo XVI
al XVII (1570-1630). En él surgieron y se aplicaron una serie de estrategias provenientes básicamente de dos propuestas: la monárquica y contrarreformista y la criolla. Ambas se atrajeron y repelieron, se entrecruzaron y combinaron para, finalmente, superar la crisis a través de la recomposición.
El éxito de la propuesta monárquica y contrarreformista dependió de la flexibilidad con la que se adaptó a la sociedad novohispana. El éxito de la criolla radicó en su capacidad para absorber el sistema de valores contrarreformista y amoldarlo a sus problemas de sobrevivencia, a sus juegos de poder e intereses de dominación. Entonces, lo cortesano y lo popular se contaminaron, la legalidad y la transgresión corrieron paralelas y las conductas ambivalentes se proyectaron en los deseos criollos: ser moderno sin dejar de ser medieval, ser español y al mismo tiempo novohispano, ser libre y simultáneamente autoritario, virtuoso y también rico… Entonces, entre los novohispanos se empezó a formar una conciencia de arraigo y apropiación del medio físico y cultural que se reflejó en el elogio a la Real y Pontificia Universidad, en la alabanza de la ciudad de México, en la exaltación de la naturaleza física y humana, en la reinvención de la historia prehispánica y de la Conquista y en la creencia acerca del destino providencial de sus tierras; pero también en su liberalidad para permitir y compartir usos y costumbres indígenas, africanas, castellanas, andaluzas…
La propuesta monárquica y contrarreformista respondió a un plan concebido y diseñado por Madrid y Roma, dos centros hegemónicos de poder ubicados fuera del ámbito novohispano. Como el sentido final de esta propuesta básicamente se dirigió a recuperar la posición de dominio, dados los embates luteranos y noreuropeos, lo americano les significó serios problemas de interpretación. Con el fin de disciplinar y unificar las múltiples y dispersas culturas llegadas con la inmigración y de combatir “el relajamiento de la moral” de las ya existentes, este plan intensificó el proceso de hispanización y catolización de la población novohispana, a través de diversas acciones: la organización de campañas antiidolátricas y antipaganas, la congregación de pueblos indígenas dispersos, la enseñanza del castellano, el impulso a la educación – especialmente entre grupos selectos de la población -, la difusión del arte manierista en su vertiente religiosa, el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, la atención al cobro de los diezmos, la administración de los sacramentos y la ampliación del clero secular, entre muchas otras cosas.
El código moral propio de la Contrarreforma descansó en la interdepedencia de valores de inspiración medieval: la pureza, la virginidad, la castidad, el honor, la fama, la sabiduría y el afán de nobleza. Estos fueron adaptados a la sociedad novohispana
mediante una política de organización social de tipo corporativa. A través del desarrollo y la promoción de formas ya existentes, las corporaciones permitieron establecer principios ordenadores y reguladores comunes. Así, en correspondencia con la división de los sexos, las jerarquías sociales, el origen étnico, los oficios, los cultos y las actividades religiosas, en esta época, las órdenes de caballería y las cofradías eclesiásticas y gremiales fueron nuevamente promovidas. Estas microinstituciones se constituyeron en los núcleos de propagación de la fe, la cohesión y reintegración de la sociedad novohispana y tuvieron como complemento una política de regeneración de la familia, que además de controlar la reproducción, reestructuró las relaciones de parentesco sobre la base del matrimonio monogámico, la virginidad femenina y la castidad. Para todo ello, se reactivaron la magia y los cultos marianos. El fervor guadalupano tuvo sus orígenes durante esta fase.
En estrecha correspondencia con las organizaciones de tipo corporativo y con la imposibilidad de que se configurara una conciencia individual autónoma, los novohispanos aceptaron el autoritarismo inserto en el ideal cortesano y noble. Cronistas e informantes de ambos lados del Atlántico reiteradamente transfirieron los usos y valores de la monarquía y nobleza hispanas a la indiana y alabaron este modo de distribuir los poderes y los saberes. Sin embargo, las aspiraciones de nobleza, reflejadas en el arte manierista, en los deseos por obtener títulos y blasones y en la adquisición de objetos suntuarios, no entraron en contradicción sino que fueron el complemento de las conductas propias de una incipiente burguesía y, sobre todo, de la consolidación, en estos tiempos, de una poderosa oligarquía criolla.
De la Península Ibérica provinieron disposiciones tendientes a modernizar las formas de circulación de las mercancías, el trabajo y la propiedad. Además de favorecer los intereses económicos imperiales y establecer formas dinerarias de tributación e intercambio – como formas económicas generales – con estas disposiciones se pretendió detener la sobreexplotación indígena y las aspiraciones señoriales. En consecuencia, se fueron suprimiendo las encomiendas. Las circunstancias internas propiciaron la multiplicación de las estancias y las haciendas y la introducción del repartimiento, el peonaje y el trabajo libre y asalariado. La reorganización, la centralización y el aumento de los mecanismos de vigilancia y control por parte de los poderes real y virreinal chocaron contra los intereses del proyecto criollo. La voluntad de dirección y ejecución puesta en práctica por los criollos, esto es, por todos aquellos que siendo viejos o jóvenes pobladores tenían el interés de echar raíces en las tierras, los negocios civiles, eclesiásticos y mercantiles novohispanos, fue fundamental en esta época. Para imponer su voluntad, los criollos formaron sus propios poderes locales o sus micropoderes
citadinos, en alianza o componenda con sus congéneres, con la burocracia virreinal y con las familias de buena posición; buscaron alianzas matrimoniales convenientes; ingresaron a los centros educativos, se dejaron orientar – sobre todo por los jesuitas – y se pusieron al frente de empresas que, a partir de esta época, junto con la minería, empezaron a formar parte del circuito mundial del comercio: obrajes, casas comerciales y de finanzas, contrabando, exportación de productos agrícolas y ganaderos.
En íntima conexión con los valores contrarreformistas, con el modelo monárquico, cortesano y noble, y con el despunte económico que a partir de 1590 se operó en la explotación minera, en la producción agrícola y manufacturera de exportación y en la dinamización del mercado interno y de los mercados locales, la estructura autoritaria de la personalidad del novohispano le permitió insistir en la sobreexplotación de la población negra, indígena y mezclada, a través del impulso de estrategias tanto de origen prehispánico como de filiación mediterránea: el compadrazgo, el caciquismo, el paternalismo, el peonaje… Asimismo, durante este periodo, la codicia por ciertos “botines” como la mano de obra, las tierras, los tributos, el dinero, los títulos nobiliarios, los cargos públicos y eclesiásticos, el prestigio y el linaje desató enconados conflictos y competencias entre colonos y advenedizos, peninsulares y americanos, frailes y seculares. Todos estos pleitos constituyeron el campo de prueba y formación de conductas criollas típicamente ambivalentes, rebuscadas, simuladoras…
Este trabajo está motivado por varias tentaciones básicas. Primero, presentar los elementos internos o novohispanos y externos o españoles que, al articularse, dieron por resultado una situación de crisis social integral (Capítulo I). Segundo, establecer los fundamentos de la recomposición y cohesión sociales atendiendo a tres niveles: la configuración de la estructura emocional de los novohispanos, marcada por los valores monárquicos y contrarreformistas (Capítulo II); las nuevas formas de organización social basadas en fórmulas autoritarias de tipo corporativo, afán nobiliario, expansión urbana y transformación económica (Capítulo III); y la nueva estructuración de los poderes a partir del uso de la superstición, la imposición del orden y las jerarquías, las pugnas entre el clero, la burocratización, los abusos, las transgresiones, los cacicazgos y compadrazgos (Capítulo IV). Tercero, subrayar los orígenes de las conductas que en este periodo (1570-1630) se perfilaron como particularmente novohispanas (criollas) y que caracterizarán la mentalidad de los grupos dominantes en etapas posteriores (Capítulo V).
EPÍLOGO
Durante el periodo de crisis y recomposición se manifestaron diversos comportamientos que se correspondieron con la ocurrencia de profundas transformaciones sociales y económicas y los variados intercambios culturales. Entre estos comportamientos sobresalieron los criollos, orientados a continuar el sacrificio del mundo indígena y a adoptar el sistema de valores monárquico y contrarreformista que justificó y legitimó relaciones de carácter autoritario y servil. Estos comportamientos serían imitados por todos aquellos aspirantes a ocupar puestos de control y organización y se caracterizarían por defender las corporaciones y los núcleos cerrados y por asumir conductas ambivalentes. En esta dirección, procedimientos de inspiración medieval y jesuita para adquirir y mantener posiciones privilegiadas fueron – y hasta cierto grado siguen siendo – utilizados por los grupos de poder: los pactos de “hermandad”, las alianzas matrimoniales, las ideas de lealtad y traición; los juegos con la mentira, la simulación, el disimulo…
Como se planteó en este trabajo, lo ocurrido en la sociedad novohispana a fines del siglo XVI y principios del XVII mantuvo una estrecha relación con los problemas mundiales. La ampliación del circuito del comercio mundial, motivada por necesidades del consumo europeo, colocó a Nueva España en una posición central como abastecedora de materias primas – sobre todo de metales preciosos – y como eslabón de primer orden en el tráfico marítimo internacional. Esta situación, aunada al arribo de población africana y europea, a la desaparición de un alto porcentaje de indígenas, a los cambios en la tributación, al paso de la encomienda a la hacienda y a la ampliación del trabajo remunerado y el peonaje, fueron detonantes en la emergencia de una oligarquía y una incipiente burguesía que promovieron la formación de un mercado interno y la concentración de capitales provenientes de distintas fuentes: el auge de las minas, el comercio y el crédito; la diversificación agrícola y ganadera y la expansión de los obrajes. Sin embargo, los valores contrarreformistas se convertirían en obstáculos esenciales para el desarrollo de las conductas plenamente empresariales, el consumo productivo de los capitales, el individualismo y la libertad de acción.
Como se subrayó antes, una de las formas que más se impulsaron en el periodo estudiado y que tuvieron gran eficacia en el establecimiento del orden y el control sociales fueron las corporaciones (congregaciones, cofradías eclesiásticas y gremiales, órdenes religiosas y de caballería). Desde las indígenas, familiares y religiosas hasta las profesionales y laborales, la formación de las corporaciones como organismos de integración, fuga y nivelación de las
tensiones jugaron un papel de primera importancia para la recomposición y salida de la crisis social. Desde los tiempos coloniales, – en forma continua o discontinua – la organización corporativa de la sociedad se ha constituido en un elemento central de la configuración de la historia de México: órdenes, logias, mutualidades, partidos políticos, sindicatos, grandes confederaciones…
Las dificultades financieras de los Habsburgo, su nueva política de centralización y burocratización, la pérdida de su posición hegemónica en Europa y la puesta en práctica de los acuerdos del Concilio de Trento significaron emprender una nueva cruzada de reconquista de los pueblos americanos a la monarquía y el catolicismo españoles. Métodos contrarreformistas que recuperaron viejas creencias medievales fueron ajustados a las modernas necesidades. Los mecanismos de reintegración volvieron a echarse a andar en Nueva España y las formas propias de expresión fueron toleradas en tanto no afectaran la estructura básica de la Corona y la Iglesia católica; en tanto no lastimaran los cimientos y la fe en las grandes instituciones.
Ante la crisis interna, causada por modificaciones en la cantidad, la distribución y la composición de la población y el desgaste del sistema de valores de los tiempos de la Conquista y la primera evangelización, el proceso de recomposición penetró desde el nivel de la estructura psíquica y emocional hasta la nueva organización política novohispana. Junto con todo esto, lentamente, la codicia y los tratos y componendas ilegales de los criollos y advenedizos, las burlas y los desacatos de algunos sectores locales y urbanos o el desprecio y la indiferencia de los campesinos e indígenas mermaba esta estructura y configuraba estilos propios de vida.
De manera tendencial, la carta de presentación del novohispano ante el resto del mundo fue su reinvención del pasado prehispánico y conquistador y la desmesurada alabanza de la naturaleza y los pobladores de sus tierras. Aún hoy, el nacionalismo mexicano alimenta estas creencias. Algunos valores coloniales siguen teniendo peso en la conformación de las mentalidades: la búsqueda de la purificación por el blanqueamiento de la piel, el marianismo guadalupano como centro de la cohesión familiar y la represión femenina, el compadrazgo, el control caciquil de las comunidades indígenas… La búsqueda de la fama y el prestigio continúa siendo el eje de muchas formas de competencia social. Otros valores como el honor, el afán de nobleza y la sabiduría han perdido fuerza aunque la sociedad está marcadamente estratificada y el autoritarismo se muestra en las relaciones de parentesco, sociales y de trabajo y en instituciones cuya jerarquización y burocratización recuerdan la herencia monárquica y contrarreformista. Quizá, en parte, todo esto ayude a explicar porqué en el México actual la participación de los individuos en la toma de decisiones es limitada y el proceso de formación de una conciencia autónoma tiene grandes dificultades para romper el miedo a la autoridad y abandonar mitos, prejuicios y atavismos.

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