El Imperio neoliberal europeo, en vías de colapso. Análisis del autor del libro ¿Cómo terminará capitalismo?, Wolfgang Streeck, sociólogo alemán

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El “brexit” redistribuye las cartas

Un imperio europeo en vías de colapso

AUTOR Wolfgang Streeck

Por primera vez desde el Acta Única en 1986, fuerzas políticas conservadoras y nacionalistas poderosas no proponen abandonar Europa, sino someterla a su proyecto. Este desafío se añade al del brexit y agrava las tensiones en el seno de un conjunto dominado por una Alemania sin proyecto.por Wolfgang Streeck, mayo de 2019

¿Qué es la Unión Europea? El concepto más cercano que viene a la cabeza es el de imperio liberal, o mejor aún, neoliberal: un bloque estructurado jerárquicamente y compuesto por Estados nominalmente soberanos cuya estabilidad se conserva gracias a una distribución del poder de un centro hacia una periferia.

En el centro se encuentra una Alemania que intenta, con mayor o menor éxito, ocultarse dentro del núcleo duro de Europa (Kerneuropa) que forma con Francia. No quiere que se le considere como aquello que los británicos denominaban una “unificadora del continente”, a pesar de que, en realidad, es el caso. El hecho de que se esconda detrás de Francia constituye para esta última una fuente de poder.

Como los demás países imperiales, comenzando por Estados Unidos, Alemania se percibe –y quiere que los demás la perciban– como una potencia hegemónica benévola, que difunde entre sus vecinos una sensatez universal y virtudes morales cuyo coste asume: una carga que vale la pena por el bien de la humanidad (1).

En el caso de Alemania y de Europa, los valores que legitiman el imperio son los de la democracia liberal, del gobierno constitucional y de la libertad individual; en definitiva, los valores del liberalismo político. Envueltos en el mismo papel de regalo se encuentran la libertad de los mercados y la de la competencia, destacadas cuando es oportuno –en esencia, el liberalismo económico y, en el caso que nos ocupa, el neoliberalismo–.

Determinar la composición exacta y el significado profundo del ramillete de valores imperiales, así como la forma en la que se aplican a situaciones específicas, es una prerrogativa del centro hegemónico. Le permite imponer una especie de señorío a su periferia a cambio de su benevolencia.

Conservar las asimetrías imperiales en un conjunto de naciones nominalmente soberanas requiere acuerdos políticos e institucionales complicados. Los Estados periféricos deben estar dirigidos por elites para las cuales las estructuras y los valores particulares del centro hagan de modelo que hay que imitar. Deben mostrarse dispuestos a organizar su orden interno en materia económica y social de forma que sea compatible con los intereses del centro. El mantenimiento en el poder de esas elites resulta esencial para la supervivencia del imperio. Como nos enseña la experiencia estadounidense, esta configuración tiene un precio en términos de valores democráticos y de recursos económicos, incluso de vidas humanas.

A veces, las elites dirigentes de “países pequeños” o de “países rezagados” en materia de desarrollo buscan un estatus de miembros de segunda categoría del imperio. Esperan que la dirección imperial les ayude a imponer a sus sociedades unos proyectos de “modernización” que no siempre despiertan el entusiasmo popular. El imperio, orgulloso por su lealtad a su causa, les proporcionará los medios ideológicos, monetarios y militares para mantener a raya a los partidos de la oposición.

En un imperio liberal cuya cohesión se basa, en teoría, en valores morales y no en la violencia militar, entre el dicho y el hecho hay un trecho. Las clases dirigentes del centro, como las de la periferia, cometen errores. Por ejemplo, Alemania y Francia, con su actuación conjunta –y con la ayuda más o menos secreta del Banco Central Europeo (BCE)–, no consiguieron mantener en el poder en Italia al Gobierno “reformador” de Matteo Renzi, enfrentado a la resistencia popular. De la misma manera, ante nuestros ojos, Alemania se revela incapaz de proteger la presidencia de Emmanuel Macron ante la cólera de los “chalecos amarillos” y de otros detractores de su programa de germanización económica.

El propio país hegemónico no está a salvo de experimentar dificultades internas. Bajo el régimen del imperialismo liberal, su Gobierno debe procurar que la defensa de sus intereses nacionales –o de lo que considera como tales– dé la impresión de que hace avanzar la causa de los valores liberales en general, de la democracia a la prosperidad para todos. Para ello, puede necesitar la ayuda de sus países clientes. No se pudo beneficiar de ella en 2015, cuando el Gobierno de Angela Merkel intentó resolver la crisis demográfica y, al mismo tiempo, el problema de imagen de Alemania sustituyendo el incremento de la inmigración regulada –que los diputados democratacristianos rechazaban– por la implementación incondicional del derecho de asilo.

Mantener la disciplina imperial

La apertura de las fronteras alemanas so pretexto de que ya no eran controlables, o porque se trataba de una exigencia del derecho internacional, implicaba, en efecto, que la Unión Europea en su conjunto siguiera los pasos de Berlín. Ahora bien, ninguno de los Estados miembros lo hizo. Algunos, como Francia, guardaron silencio; otros, como Hungría y Polonia, reivindicaron públicamente su soberanía nacional. Al romper, por cuestiones de política interior, la regla liberal-imperial no escrita de que no hay que poner nunca en apuros a otro Gobierno –y, sobre todo, no al de la potencia hegemónica–, crearon para Merkel una dificultad interna de la que nunca se ha recuperado. También instauraron una fractura duradera entre el centro y el este de Europa en las políticas exteriores e interiores del imperio. Este acontecimiento no hizo más que añadir nuevas divisiones a las ya existentes en Europa: en el oeste con el Reino Unido y en el sur a lo largo de la línea de fractura mediterránea, que aumentó con la introducción de la moneda única.

Más que otras formas de imperio, un imperio liberal padece un estado de desequilibrio constante y sufre en todo momento una presión procedente de abajo y de los flancos. A falta de capacidad de intervención militar en sus países miembros, no puede utilizar la fuerza para impedirles la secesión. Cuando el Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea, ni Alemania ni Francia contemplaron, ni por un instante, invadir las islas británicas para que permanecieran en ella. Hasta ahora, la Unión Europea ha sido, en efecto, una fuerza de paz. Sin embargo, desde un punto de vista alemán o franco-alemán, un divorcio británico amistoso habría socavado la disciplina imperial, pues otros países en rebelión contra esta disciplina también habrían podido plantearse la cuestión de su salida.

Peor aún, si se hubiera podido evitar una retirada británica con concesiones significativas, otros países habrían podido pedir la renegociación de un acervo comunitario redactado para que nunca deje de ser no negociable. Así pues, el Reino Unido debía elegir: permanecer en la Unión Europea sin beneficiarse de concesiones –una capitulación sin condiciones– o salir de ella a un precio muy elevado. Y esto a pesar de que Londres ha ayudado a menudo a Alemania a disminuir la presión de Francia compensando el estatismo francés con un sano apego (a ojos de Alemania) por la economía de mercado. Con el brexit, este equilibrio se rompe.

Francia, perfectamente consciente de ello, ha preconizado la adopción de una actitud muy firme en las negociaciones con Londres, disimulando apenas su objetivo: que los británicos se atengan a su decisión de partir. Aprovechando algunas preocupaciones alemanas sobre la disciplina imperial, aparentemente ha obtenido lo que deseaba pese a los temores de Berlín, que, por una parte, teme perder uno de sus mercados de exportación más importantes y, por la otra, debe contener actualmente las ambiciones francesas sin el respaldo británico. Al ceder a Francia, ¿ha tomado Alemania una decisión oportunista y sin perspectiva –al más puro estilo de Merkel– que podría costarle muy caro en los próximos años? El futuro lo dirá.

En cuanto al Reino Unido, como la decisión de abandonar la Unión Europea obedecía a consideraciones nacionalistas, y no anti-“socialistas”, podría haber cometido un error histórico. El brexit hace de Francia la única potencia nuclear en la Unión Europea, así como la única que es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Los sentimientos encontrados que inspira en Berlín la ambición de Francia de ser la “primera de la lista” de una Unión Europea integrada de forma más estrecha –lo que podría equivaler a poner a la potencia económica de Alemania al servicio de los intereses franceses– recibirán claramente menos apoyo por parte de los demás Estados miembros. Una vez que el Reino Unido salga del juego, Francia podría aspirar al estatus de unificadora de Europa, presionando a Alemania para que se involucre en un proyecto de Estado europeo al estilo francés, el de una Francia soberana en una Europa soberana. Para los británicos, bloquear esta evolución desde el exterior podría resultar más difícil que sabotearla desde dentro. Aún se recuerdan los esfuerzos realizados en los años 1960 por el general de Gaulle para impedir que el Reino Unido entrara en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea (CEE) debido a que este país no era lo suficiente “europeo”.

La gobernanza de un imperio obedece inevitablemente a consideraciones no solo económicas e ideológicas, sino también geoestratégicas, en particular en los márgenes de sus territorios. La estabilización de los Estados fronterizos situados en la ultraperiferia es necesaria para la expansión económica, sobre todo en el caso de un imperio capitalista. Ahí donde un imperio linda con otro imperio, ya sea expansionista o no, tiende a aceptar el pago de un precio más elevado para conservar entre sus filas a Gobiernos cooperativos o para expulsar a Gobiernos no cooperativos.

Las elites nacionales que, en esas condiciones, pueden amenazar con marcharse o con cambiar de bando se muestran capaces de arrancar concesiones más costosas, incluso aunque sus políticas internas resulten poco apetecibles: es el caso de países como Croacia y Rumanía. Aquí, a fin de cuentas, entra en escena el poder militar –que hay que distinguir del soft power, el poder de influencia, el de los valores–. Aunque a un imperio liberal le costaría utilizar la fuerza contra una población indisciplinada, puede proteger a Gobiernos amigos proporcionándoles los medios necesarios para adoptar una postura nacionalista hostil contra un país vecino que se sienta amenazado por un imperio que avanza sus peones. En contrapartida, un poder hegemónico puede pedir concesiones, por ejemplo, en forma de respaldo en cuestiones que generan debate entre los Estados miembros de la Unión Europea. De esta manera, los países Bálticos guardaron silencio sobre la admisión y el reparto de refugiados a cambio de un aumento de la potencia del Ejército alemán y de su despliegue hasta el punto de llegar a amenazar a Rusia.

La amenaza del sufragio universal

En el centro de un imperio liberal, los Estados y sus ciudadanos pueden esperar que se imponga su voluntad sin recurrir al poder militar. Pero, en última instancia, se trata de una ilusión: no puede haber hegemonía sin cañones. Es en este contexto en el que hay que comprender la decisión del Gobierno de Merkel de ceder a las exigencias de Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) prometiendo casi duplicar el presupuesto militar del país para que ascienda al 2% del producto interior bruto (PIB). Si se alcanzara este objetivo realmente, el gasto militar de Alemania superaría en más del 40% al de Rusia, todo ello en compra y desarrollo de armamento convencional, con lo que se contribuiría a fijar con firmeza en la Unión Europea a Estados como los países Bálticos o Polonia, para los cuales la oferta alternativa estadounidense sería menos atractiva. Semejante escenario seguramente permitiría que Alemania consiguiera que los Estados miembros del este de la Unión Europea abandonaran o moderaran su oposición en cuestiones relativas a valores –como la de los refugiados o la del “matrimonio igualitario”–, pero también daría a Rusia razones para modernizar su arsenal nuclear, lo que, además, ha comenzado a hacer. También alentaría a países como Ucrania a adoptar una actitud más provocadora hacia Moscú.

Francia, cuyo presupuesto de Defensa roza ya la mágica cifra del 2% del PIB, podría esperar que la duplicación del gasto militar de Alemania perjudique su rendimiento económico (aunque parece favorable a una cooperación franco-alemana en materia de producción y de exportación de armamento). Más importante aún: en un ejército europeo tal y como lo concibe Macron, con el apoyo de los europeístas alemanes, un aumento significativo de las capacidades convencionales de Alemania compensaría la debilidad francesa en materia de tropas terrestres, la cual se explica por el desproporcionado porcentaje del presupuesto militar dedicado a la fuerza de disuasión nuclear, un instrumento que difícilmente puede utilizarse contra militantes islamistas de África Occidental que intentan impedir que Francia tenga acceso al uranio y a las tierras raras.

Como hemos visto, el imperio europeo –alemán o franco-alemán– no solo es liberal: es neoliberal. Los imperios imponen a sus Estados miembros un orden social uniforme, calcado del que reina en su centro. En el caso de la Unión Europea, las economías nacionales se rigen por las “cuatro libertades” del mercado interior (las de los bienes, los capitales, los servicios y las personas), así como por una moneda única al estilo alemán, el euro, cuyo objetivo, según el Tratado de Maastricht, es ser la de todos los Estados miembros. A este respecto, la Unión Europea se ajusta estrictamente a la receta del internacionalismo neoliberal tal y como Friedrich von Hayek lo concibió y lo actualizó históricamente. Su idea central es la isonomía: sistemas legales idénticos para Estados nación aún formalmente soberanos, instaurados partiendo del principio de que son indispensables para el funcionamiento armonioso de los mercados internacionales (2).

Limitación de la intervención democrática

El talón de Aquiles del neoliberalismo se llama “democracia”, como nos lo muestran tanto Hayek como Karl Polanyi. La isonomía y su régimen monetario implican limitar estrictamente la intervención de una democracia con una base popular y fundada en la voluntad mayoritaria en la economía política. Los Gobiernos nacionales cuyos Estados forman parte de un imperio neoliberal no deben temer sanciones electorales cuando exponen a sus ciudadanos a la presión de mercados internacionales integrados. Por el bien de estos ciudadanos, es algo evidente –aunque no lo vean así–, y ciertamente, en cualquier caso, por el bien de la acumulación del capital. Por ello, el imperio debe dotarlos de instituciones nacionales e internacionales que los ayuden a situarse fuera del alcance del sufragio universal. En otras palabras: un Estado neoliberal, si quiere mostrarse débil en su relación con el mercado, debe mostrarse duro en sus relaciones con las fuerzas sociales que exigen una rectificación política del libre juego de los mercados. El término adecuado para caracterizar esta situación es “liberalismo autoritario”, una doctrina política cuyos orígenes se remontan a la República de Weimar y al encuentro amistoso entre los economistas neoliberales y el “jurista de la Corona” (Kronjurist) del III Reich, Carl Schmitt (3).

El liberalismo autoritario utiliza un Estado fuerte para proteger una economía de libre mercado de los peligros de la democracia política (4). En la Unión Europea, es sobre todo el resultado de la internacionalización: la construcción de un dispositivo institucional que permite a los Gobiernos remitir las economías nacionales a instancias internacionales productoras de normas como los consejos ministeriales, las jurisdicciones supranacionales o los bancos centrales. De esta manera, pueden liberarse de las responsabilidades relativas a una soberanía nacional que no quieren o que ya no pueden asumir.

La internacionalización les ofrece un instrumento que la ciencia política ortodoxa ha bautizado como “diplomacia multinivel” (5): la negociación de mandatos internacionales que los Ejecutivos nacionales pueden importar a sus políticas internas por estar grabadas en piedra debido a su origen multilateral. Ese es uno de los atractivos del imperio (neo)liberal para las elites nacionales, que pueden basarse en este tipo de instrumentos, en especial en un momento en el que, debido a su estancamiento, el capitalismo financierizado ya no cuenta con la capacidad de responder a las esperanzas de las que depende su legitimidad. “En lugar de mirar hacia las profundidades de la nación, estas elites han recurrido a acuerdos supranacionales o intergubernamentales para consolidar su autoridad”, observa el jurista Peter Ramsay para explicar el intenso combate llevado a cabo por los detractores del brexit procedentes de la clase dirigente británica. “La Unión Europea es un imperio voluntario compuesto por Estados que niegan su carácter nacional, que niegan que la autoridad del Estado proceda de la nación política” (6).

Ocupar la posición de potencia hegemónica en un imperio liberal no es fácil. Parece cada vez más evidente que Alemania –con o sin Francia– no podrá seguir desempeñando este papel durante mucho más tiempo. La expansión territorial siempre ha sido una tentación mortal para los imperios, tal y como lo demostraron la Unión Soviética y, al mismo tiempo, Estados Unidos. En materia de defensa, la opinión pública alemana sigue siendo fundamentalmente pacifista, y no se abandonará la prerrogativa constitucional de la que dispone el Parlamento para regular hasta el más mínimo detalle del despliegue de tropas. Ni siquiera en beneficio de Macron, el yerno ideal de la clase política del otro lado del Rin.

Imperialistas liberales alemanes

Igualmente se puede esperar que haya necesidades crecientes de financiación imperiosa complementaria en el caso de los países mediterráneos víctimas de la política alemana de moneda fuerte, al igual que en el caso de los fondos estructurales que respaldan a los Estados de Europa Central y a sus dirigentes proeuropeos. Como Francia experimenta un crecimiento débil y déficits elevados, se recurrirá a Alemania solamente, aunque el nivel de las transferencias necesarias supere en gran medida sus capacidades.

También cabe precisar que, desde el episodio de los refugiados en 2015, Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) representa el partido de oposición más importante. Es nacionalista, pero, sobre todo, debido a su postura aislacionista y antiimperialista. Los imperialistas liberales alemanes, curiosamente, catalogan este partido como “antieuropeo”. Si por un momento dejamos a un lado sus innobles accesos de racismo y de revisionismo histórico, el nacionalismo de AfD se traduce en un rechazo a pagar por el imperio, entendiéndose que los demás países también tienen libertad para actuar como les plazca. Como prueba: la posición del partido a favor del apaciguamiento con Rusia en lugar del enfrentamiento, posición que comparte con el ala izquierda de la formación Die Linke. Existen similitudes no desdeñables con el sentimiento trumpista de “América primero”, que, en su origen, era más aislacionista que imperialista, rompiendo con el imperialismo liberal preconizado por Hillary Clinton y Barack Obama.

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(1) Sobre la cuestión de la hegemonía, cf. Perry Anderson, La palabra H: peripecias de la hegemonía, Akal, Madrid, 2018.

(2) Cf. Quinn Slobodian, Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism, Harvard University Press, Cambridge (Massachussetts), 2018.

(3) Cf. “Heller, Schmitt and the Euro”, European Law Journal, vol. 21, n.° 3, Hoboken (Nueva Jersey), mayo de 2015.

(4) Andrew Gamble, The Free Economy and the Strong State: The Politics of Thatcherism, Palgrave Macmillan, Londres, 1988.

(5) Robert D. Putnam, “Diplomacy and domestic politics: The logic of two-level games”, International Organization, vol. 42, n.° 3, Cambridge, verano de 1988.

(6) Cf. Peter Ramsay, “The EU is a default empire of nations in denial”, blog de la London School of Economics, 14 de marzo de 2019.

Wolfgang StreeckSociólogo, director emérito del Instituto Max-Planck para el Estudio de Sociedades. Se publicó una versión anterior de este artículo en el blog de la London School of Economics con el título “The European Union is a liberal empire, and it is about to fall”, 6 de marzo de 2019..Unión EuropeaRelaciones internacionalesDemocraciaIdeologíaLiberalismoIntegración regionalEuropaAlemania

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