¿Qué es el Estado? Notas sobre la Transición a la democracia , tras la muerte de Franco en España. Un estudio, desde el Materialismo Filosófico, por Pablo Huerga .

FUENTE: http://www.theoria.eu/nomadas/54.2018.1/pablohuerga_notassobrelaTransicion.pdf Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 04 (54.2018.1)

NOTAS SOBRE LA TRANSICIÓN DESDE LA IDEA MATERIALISTA DEL ESTADO AUTOR: Pablo HuergaMelcón

Universidad de Oviedo

Resumen.- Se analiza el papel de la filosofía marxista en el proceso de transformación del Estado español desde el inicio de la transición. Tomando como referencia la interpretación de la idea de Estado que ofrecen autores como Manuel Sacristán, o Jaime Pastor. Concretamente, cómo la idea de la eliminación del estado ha ido configurando un proceso de privatizaciones que ha resultado determinante en el debilitamiento objetivo del estado.

Palabras clave: Teoría del estado, Marxismo, filosofía política, Materialismo filosófico, Transición, España.

Notes on the transition from the state materialist idea

Abstract.- The role of Marxist philosophy in the process of transformation of the Spanish State since the beginning of the transition is analyzed. Taking as reference the interpretation of the idea of State offered by authors such as Manuel Sacristán, or Jaime Pastor. Specifically, how the idea of the elimination of the state has been configuring a privatization process that has been decisive in the objective weakening of the state.

Keywords: State theory, Marxism, political philosophy, philosophical materialism, transition, Spain.

El Materialismo filosófico como filosofía de la Transición

La Transición española a la democracia es, desde luego, un tópico en la literatura politológica actual. Por su cercanía, sigue siendo motivo de discusión, aunque el consenso alcanza a su propia interpretación. Según este consenso España vivió un tránsito modélico a la Democracia con mayúsculas. Hubo resistencias de los extremos radicales, pero se han superado con una moderación ejemplar. Delimitar el período comprendido como la Transición también resulta muy complicado, tal parece que estamos aún en ella, y seguramente es así, al menos por la inestabilidad que se respira en la política nacional, sin embargo, creo que no sería inapropiado concebir la transición como el período que se abre y se cierra con la monarquía de Juan Carlos I. Seguramente su reinado se superpone con el mismo proceso de transición española, salvo que el nuevo período del reinado de Felipe VI desemboque en un cambio de régimen, en una República por ejemplo, en cuyo caso cabría entender como Transición todo el período abierto desde la herencia monárquica de Franco, hasta la instauración de una III República. Pero, de momento, podríamos delimitarlo con el fin del reino de Juan Carlos I.

Mi perspectiva es la de un español que vivió estos años de transición “en sus propias carnes”. La muerte de Franco me cogió con 9 años. Fue mi madre quien me sentó ante el televisor para ver a Arias Navarro transmitir la noticia del___________________________________________________________________________________________________________________

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fallecimiento de Francisco Franco, el Gran Dictador. En el pueblo, los vecinos se pasaron los días viendo por la televisión la interminable cola de españoles que iban a despedir a Franco. Una cosa que siempre me sorprendió y nunca he olvidado es que este político muriera atendido en un hospital público, el de La Paz. En eso, las cosas sí han cambiado. Al rey lo hemos visto siempre ir a las clínicas más pijas y privadas de Madrid. Por lo demás, yo estudié en Universidades Laborales, de modo que para mí España era un país muy bien organizado y con una capacidad impresionante para gestionar recursos. No obstante, el hecho de haber vivido en ese momento histórico no da seguramente ningún privilegio para comprenderlo. De hecho, la impresión que hemos tenido de la Transición a través de los medios de comunicación no puede haber sido más confusa, más acomodaticia, ni más mediatizada. Revisando alguna literatura de la época, se observa cómo las categorías históricas de análisis dirigen machaconamente los acontecimientos por sendas interpretativas estériles que no hacen más que oscurecer el fenómeno.

Se hace necesario, pues, tomar como referencia algún sistema de ideas que permita organizar este fenómeno histórico y comprenderlo desde una perspectiva crítica, capaz, entre otras cosas, de organizar y comprender en su dimensión histórica, política y geoestratégica, los acontecimientos que conforman lo que históricamente se ha dado en llamar la Transición española. Nosotros tomamos como referencia el Materialismo filosófico de Gustavo Bueno, un sistema filosófico surgido a su vez en el mismo trasiego de la transición española, siendo posible pues afirmar que Gustavo Bueno es el filósofo español de la Transición. De hecho, aunque este sistema filosófico trasciende el marco histórico concreto en el que surge no puede dejar de tomarse en consideración el hecho de que efectivamente este sistema de ideas ha surgido y se ha alimentado de las propias contradicciones y de los numerosos acontecimientos y conflictos que han tenido lugar en España en el proceso de despliegue de la democracia constitucional monárquica que nace en 1975. Todas las obras de Gustavo Bueno, además de proyectarse como un sistema de ideas filosóficas, han nacido en el contexto de los conflictos presentes y actuales que, sin duda, iban planteándole a Bueno nuevos retos filosóficos. Las obras de Bueno han nacido en medio de la batalla por las ideas, porque la Transición ha sido, también, una batalla permanente por las ideas, y en ella ha demostrado que el trabajo filosófico riguroso puede dar frutos magníficos.

Bueno ha escrito desde las trincheras, siempre contra las tendencias y las modas, contra la pereza intelectual, contra la impostura y contra la traición; ha trabajado tomando como referencia a España, y su pensamiento ha sido siempre un pensamiento político rigurosamente marcado por la problemática que la Transición española ha puesto ante la disciplina filosófica. Así pues, es un privilegio disponer de este arsenal magnífico de ideas y, desde luego, un reto inabarcable para cualquiera, tratar de comprender y articular cómo ese arsenal filosófico ha ido jalonándose en la lucha diaria y en el compromiso permanente con España y su situación histórica y política en el mundo tal y como se define en este presente histórico. Sin duda, por otro lado, creo que se puede decir que el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno no sería como es de no haber mediado en su despliegue ideológico, la insistente premura de la acción política, del compromiso y la responsabilidad que ha suscitado la llamada “Transición española a la

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democracia”. Y a su vez, no creo que sea posible alcanzar una comprensión completa y seria de la Transición sin haber estudiado a fondo la obra de Gustavo Bueno, pero no como un fenómeno más de la transición, sino como quizá el único sistema de referencia capaz de permitir comprender y articular el panorama filosófico e ideológico español como efectivamente un entramado de fenómenos todos ellos determinados y terminados en su propio papel como actores de la Transición.

El marxismo entiende el Estado desde una perspectiva metafísica

Las categorías que suelen usarse para comprender la transición se nutren, a nuestro parecer, de una importante confusión ideológica, procedente principalmente de la ideología marxista, más concretamente de una interpretación de la idea de Estado que podemos considerar, desde la perspectiva del materialismo filosófico, como una interpretación metafísica. Consideramos metafísica esta interpretación marxista del Estado porque se entiende el Estado como una coyuntura histórica que está necesariamente al servicio de las clases poseedoras y cuyo origen y sentido radica solamente en esa condición de instrumento de represión de las “clases populares”, o del proletariado. Un instrumento al servicio de la lucha de clases que, necesariamente, debe ser derribado en el final de la historia de la humanidad. Así lo decía, por ejemplo, Jaime Pastor, en 1977, en plena transición española, en un texto titulado precisamente así, El estado1: “El Estado surgió en el momento de la aparición de las clases y no tiene por lo tanto ningún carácter “natural” sino que deberá “extinguirse” cuando desaparezcan las clases”2.

Según Pastor el Estado tiene siempre por definición un “carácter conservador” y represivo y el fin último de la revolución socialista debe ser la extinción del Estado como tal: “Como señalan Marx y Engels, la diferencia con los anarquistas no sehalla en el deseo de que el Estado desaparezca sino en la consideración de la necesidad de una época de transición que permita esa desaparición. Así, frente a la “abolición” por decreto del Estado propugnada por los anarquistas, Marx yEngels defendieron la creación de un nuevo Estado que, sobre las ruinas del viejo aparato estatal burgués, la transición a una sociedad sin clases en la cual el Estado no sería “abolido”, o suprimido, sino que se “extinguiría” como tal.”3

Como se ve, estamos ante una idea metafísica y, por tanto, confusa de la idea de Estado, pues se considera que es un instrumento de algún modo “creado” en el proceso de represión de una clase por otra, tal que sólo su abolición puede dar lugar a la desaparición de la lucha de clases, pero al mismo tiempo se considera que su estructura es esencialmente la misma en todo tiempo y lugar, y no cabe reforma alguna. “Porque la particularidad de la revolución proletaria es la de que, por ser la clase obrera una clase destinada a desaparecer, no puede heredar el viejo aparato de Estado, reflejo de una sociedad de clases y por tanto incapaz de

1 Jaime Pastor, El estado, editorial Mañana, Madrid 1977. He visto en Wikipedia que Jaime Pastor está actualmente en el Consejo Ciudadano de Podemos, partido del que es también uno de los fundadores.
2 Jaime Pastor, Op. Cit., pág. 29.

3 Jaime Pastor, Op. Cit., pág. 31.___________________________________________________________________________________________________________________

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abrir la vía hacia una nueva sociedad. El momento de la crisis revolucionaria ha de servir a los trabajadores, no para someterse a la “soberanía” de las instituciones del Estado burgués sino, al contrario, para crear otras nuevas basadas en larepresentación directa de la población.”4

No es posible una representación directa de “la población” en el Estado

Según este enfoque, lo esencial del Estado (que siempre habrá de ser burgués, puesto que está al servicio de la lucha de clases) es el hecho de que no hay representación directa de la población, sino el ejercicio del poder por una minoría. Aunque estos análisis resultan ser demasiado simples, recogen también la idea básica de la ideología marxista que lleva incluso a Marx a denunciar en el Programa de Gotha la escuela pública como instrumento de represión de las clases dominantes5. Aquí está una clave importante para comprender todo el confusionismo ideológico marxista acerca del Estado. El mismo Manuel Sacristán, en su famoso panfleto por la eliminación de la enseñanza de la filosofía, defendía efectivamente que la eliminación de la filosofía en la enseñanza universitaria es un factor necesario para la eliminación del propio estado, porque, según él, la enseñanza de la filosofía está al servicio de los intereses del estado burgués6. Es curioso, sin embargo, notar que una vez criticado por reduccionista Sacristán en su alegato contra la filosofía, cuando el Gobierno de Zapatero se inventa aquella asignatura de Educación para la ciudadanía, el propio Bueno sale a la palestra criticando dicha propuesta por ser una herramienta de domesticación por parte de las instituciones del Estado, y por tanto, al servicio de sus intereses ideológicos, como si la asignatura de Educación para la ciudadanía condujera necesariamente a la formación de individuos en lo que Bueno llamaba el “Pensamiento Alicia”7, algo tan absurdo, como absurdo era por parte de Manuel Sacristán alegar contra la Filosofía porque según él sólo servía para transmitir el espíritu nacional franquista y la filosofía escolástica y tomista que lo sustentaba. Absurdo sobre absurdo. Pero si el fin de la filosofía era necesario para el fin del Estado, según Sacristán, la eliminación de la enseñanza de la filosofía no traería mayores consecuencias políticas, lo que obviamente es más sensato, aunque no sé por qué necesariamente debe ser mejor que no se enseñe filosofía, como también ahora desea el –dicho con todos los respetos- desorientado Gabriel Albiac.

Atengámonos por el momento al asunto de la representación del “pueblo” en el Estado. Es lógico que el Estado surja como instrumento para el ejercicio del poder de unos grupos sobre otros, pero no porque ello sea efectivamente una alternativa

4 Jaime Pastor, Op. Cit., pág. 30.

5 Jaime Pastor lo simplifica muy bien: “Un ejemplo claro –dice- de lo que significan estos cambios se

halla en la crisis de la escuela y de la Universidad: obligadas a transmitir un saber cada vez más

desvirtuado por los valores burgueses dominantes y por la necesaria formación de una fuerza de

trabajo adecuada a las necesidades de producción, se encuentran cada vez más sometidas a los

imperativos de rentabilización capitalista y del control estricto del Estado.” (pág. 17).

6 Véase nuestro ensayo, “Notas para un análisis materialista de la noción de Filosofía de Manuel

Sacristán”, en El Catoblepas, no 48 (febrero de 2006). http://www.nodulo.org/ec/2006/n048p13.htm.

7 Gustavo Bueno, Zapatero y el Pensamiento Alicia. Un presidente en el País de las Maravillas, Temas

de Hoy, Madrid 2006

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posible desde el punto de vista no solo político sino incluso antropológico. Efectivamente los estados se caracterizan por eso no por azar, ni por razones estrictamente sociológicas, ni por la prevalencia de los intereses de clase, sino que todo ello es posible precisamente porque las condiciones materiales de las sociedades en las que va fraguando esta nueva forma de organización social que llamamos Estado son tales que es materialmente imposible eso que Jaime Pastor llama la “representación directa de la población”, o la llamada “democracia directa”. Y ello no solamente porque estamos ante un aumento particular de la población, elemento sin duda fundamental, sino porque la propia sociedad aparece organizada de un modo más complejo y diverso desde el punto de vista de la producción social de la vida. De modo que es precisamente esta forma nueva de organización de las sociedades que llamamos los estados, la que ha permitido la conformación de sociedades cada vez más complejas, capaces de albergar un número creciente de población que puede sobrevivir en dichas condiciones precisamente porque existe algún tipo de mecanismo de redistribución de la riqueza, mecanismo que, materialmente, define precisamente al estado, frente a modelos sociales anteriores. Y ello nos obliga, necesariamente, a hacer referencia a esa supina tontería que es lo que en los términos marxistas clásicos se llama el “comunismo primitivo”.

El comunismo primitivo como nota resultante de la idea metafísica de Estado

El comunismo primitivo no sería más que una forma de organización social previa al estado “basado en un escaso desarrollo de las fuerzas productivas”, se dice. Pero si el comunismo primitivo se entiende como un tipo de organización social en el que no hay prácticamente desarrollo de las fuerzas productivas, no sé qué añade a ello el llamarlas comunismo, y menos aun si lo que las caracteriza como comunismo es esto: “En la sociedad primitiva no existía el Estado. Ese tipo de sociedad, basada en la caza y la agricultura rudimentaria –con relaciones de producción que partían de la organización cooperativa del trabajo-, se regía sobre la base de una democracia “gentilicia” (de la “gens”), es decir, de un funcionamiento democrático del conjunto de la comunidad. Las funciones administrativas eran realizadas por todos los ciudadanos: todos ellos llevaban armas, todos participaban en las asambleas, las cuales decidían sobre todo lo concerniente a la vida colectiva y a las relaciones de la comunidad con el exterior. Del mismo modo los conflictos internos eran resueltos por el conjunto de los miembros.”8

Ese comunismo por ser primitivo es irrecuperable, y precisamente han sido las sociedades complejas, por su propia estructura, las que lo hacen absolutamente imposible. Pero tampoco eso merece consideraciones positivas acerca de las sociedades pre-estatales. Ya Marvin Harris estudió con atención “los asesinatos en el paraíso” 9 , aludiendo al hecho de que las sociedades pre-estatales se caracterizan por procesos de control de la población muy eficaces pero intratables desde el punto de vista ético. No obstante, el hecho es que sólo cuando determinadas sociedades primitivas comienzan a desarrollar

8 Jaime Pastor, Op. Cit., pág. 9.
9 Marvin Harris, Caníbales y Reyes, Alianza editorial, Madrid 2011.

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procedimientos de supervivencia del grupo ajenos a los controles de población basados en el infanticidio selectivo o en el gerontocido sistemático, comienzan a crecer y en su acumulación material se van conformando las condiciones materiales para la organización de formas de vida más complejas desde el punto de vista material.

Y es ahí donde debe situarse el Estado, no solamente visto como instrumento al servicio de las clases dominantes, sino al contrario. Surgen clases dominantes porque existe ya una organización social suficientemente compleja como para ser articulada mediante el ejercicio del poder por parte de unos grupos frente a otros. Precisamente porque los grupos son divergentes. Aunque el Estado efectivamente ha sido un instrumento de dominación entre grupos, no por ello podemos reducir el Estado a esa función. Más allá de ese enfoque reduccionista, debe entenderse como una estructura organizativa capaz de permitir el aumento de población y por tanto el desarrollo de la diversificación de los procesos productivos y de las fuerzas productivas de la sociedad, así como el aumento y complejización de las contradicciones. De hecho, el carácter fundamental de una sociedad política según la teoría de Gustavo Bueno10, radica en el hecho de que está constituida por grupos divergentes, siendo la política el arte de hacer posible la articulación del orden social en medio de esta complejidad de intereses contrapuestos. Y, aunque efectivamente los estados proceden de un modo esencialmente amoral en lo que se refiere a la consecución de sus propios fines, particularmente su conservación en el tiempo (su eutaxía, en palabras de Bueno), también puede decirse que el conflicto entre el individuo y la sociedad, entre los fines personales y los planes generales de la sociedad sólo en el Estado comienza a resolverse sin la conculcación de aquellos fines y, por tanto, podemos decir que sólo en el ámbito de esta nueva figura antropológica y ontológica que es el Estado, como modo de organización de las sociedades humanas (de algunas, no de todas), cabe el surgimiento de lo que llamamos la Ética, frente a la Moral. Puesto que es a través del Estado con todas sus contradicciones, como surge la reflexión sobre el conflicto entre los fines personales y los planes generales de la sociedad, y la propia posibilidad de establecer trayectorias divergentes dentro de la sociedad.

Hablamos de Ética y Moral en un sentido materialista también11. Ética se refiere al conjunto de disposiciones orientadas a la supervivencia del individuo, mientras que la Moral se refiere a los grupos, de manera que las virtudes éticas pueden entrar, y entran necesariamente, en conflicto con las virtudes morales. La virtud ética por excelencia es la Fortaleza, que se manifiesta como “Firmeza” cuando se refiere a la virtud que dirige la vida de un individuo para conservarse en el tiempo, y como “Generosidad”, que se refiere a la virtud que dirige la vida de un individuo cuando busca la conservación de la vida de sus semejantes. La profesión ética por excelencia sería la Medicina. Sin embargo, en la Moral la virtud de la Fortaleza se refiere a la conservación del grupo, lo que en muchos casos puede suponer el sacrificio de los individuos, contradiciendo los principios de la Ética. El conflicto entre Ética y Moral surge en el ámbito de las Ciudades, de los Estados, donde los

10 Véase, Gustavo Bueno, Primer ensayo de las categorías de las “ciencias políticas”, Biblioteca

Riojana, Logroño 1991. http://www.fgbueno.es/gbm/gb91ccp.htm

11 Para estas cuestiones, consultar la obra de Gustavo Bueno, El sentido de la vida. Seis lecturas de

filosofía moral, Ed. Pentalfa, Oviedo 1996. http://fgbueno.es/gbm/gb96sv.htm___________________________________________________________________________________________________________________

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fines personales pueden entrar en conflicto con los planes generales de la sociedad y desarrollarse dentro de ella. En las sociedades naturales, por así decir, los fines personales siempre aparecen subordinados a los planes generales de la sociedad, a la supervivencia del grupo, de ahí que prácticas como el infanticidio o el gerontocidio sistemático son síntoma de que estamos todavía en el seno de sociedades pre-estatales, dirigidas por los principios de la Moral. Y cuando estas prácticas, por ejemplo, comienzan a ponerse en entredicho es precisamente porque el conflicto entre el individuo y el grupo comienza a tener cabida, y es posible la modificación de las costumbres mediante las leyes escritas, etc.

De modo que el Estado aparece como una forma de organización social más compleja que surge de la propia canalización de los conflictos, de manera que no solamente es una estructura que reprime y explota, favorece a las clases poseedoras, etc., sino que a su vez, es el marco necesario para la conformación de los ideales políticos, para la lucha de clases, y para el surgimiento y defensa de los ideales políticos más diversos. Es una plataforma objetiva que permite canalizar las fuerzas transformadoras y el nacimiento y despliegue de los ideales políticos más elevados. Una plataforma que marca precisamente los límites ideológicos posibles de la política: el límite de la disolución del Estado, que ahora podemos ver como la disolución de la plataforma en la que es posible la configuración de los ideales políticos que regulan el conflicto permanente entre individuos y sociedad, y el límite de un estado “totalitario” que regularía la vida de los individuos conforme a los principios de la moral. Ambos límites son, en rigor, humanamente imposibles, son ideales de la razón, ideas reguladoras de imposible ejecución por el carácter conflictivo y anómalo de la vida de los pueblos. Porque no hay posibilidad objetiva de que un Estado pueda someter a la población sistemáticamente a la neutralización de sus fines personales, en una sociedad compleja, por más sistemática y expeditiva que sea la eliminación física de todo disidente posible (hoy en Turquía se aspira a una limpieza de estas características), y porque en una sociedad compleja es imposible el anarquismo sistemático.

Tal vez otros modelos híbridos, que recojan apariencias de los dos límites aquí señalados están en la mente de los poderosos: en la película Wall-E de Andrew Stanton (EEUU, 2008), por ejemplo, se habla de un mundo así organizado, también en Un mundo feliz de Huxley, no así en 1984 de George Orwell, aunque el ideal con el que culmina la novela parece obedecer a ese mismo proyecto: un modelo en el que la población entienda su existencia como totalmente libre, pero cuya realidad es estar sometidos a un poder omnímodo y basado en el abastecimiento sistemático de un soma que puede ser sexual, tecnológico, o una mezcla que contribuya a la idiotización de la sociedad. Algo parecido a los rebaños de animales bípedos implumes de El Político de Platón. Pero, es evidente que ese tipo de sociedad no sería ya una sociedad humana en el sentido político, y nuevamente, consideramos que se trata de un exabrupto de la imaginación. No obstante, las tecnologías de los big data que investigan con pasión en el MIT están abriendo horizontes muy interesantes, como por ejemplo, la posibilidad de regular la vida de los individuos más allá de la voluntad consciente ejercida en las urnas, a partir de los datos estadísticos resultantes de las decisiones cotidianas que los individuos toman, a pesar o contra su propia voluntad o ideario político. Pero esto

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Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 04 (54.2018.1) es otro asunto que requiere un estudio particular y que convendría que se

convirtiera en objeto de investigación sistemática por algún doctorando español.

Sobre el origen del Estado

De hecho, como hemos analizado ya en otro lugar12, el origen del Estado puede identificarse como aquella situación social en la que ya es posible la acumulación de trayectorias personales divergentes en la sociedad sin que ello “te cueste la vida” –por así decirlo. Y por tanto, el estado, las ciudades, constituyen un entramado institucional suficientemente complejo como para albergar dentro de sus límites trayectorias personales divergentes, conflictos sociales que no pueden resolverse absolutamente mediante los procesos represivos, aunque sin duda se utilicen sistemáticamente, pero teniendo en cuenta que estos procesos represivos dejan de ser completamente eficaces, si se quiere decir así. Frente a las sociedades pre-estatales, cuya nota particular consiste en delimitar de modo irrevocable las trayectorias personales de cada individuo en su función social, de manera tal que resulta imposible para cualquier individuo contravenir las costumbres establecidas. El conflicto entre el campo y la ciudad estudiado por muchos marxistas, recoge algunos aspectos de esta división esencial entre la vida pre-estatal y la vida estatal o en ciudades.

El estado no es natural, pero tampoco, por ser cultural, es menos necesario, de la misma manera que lo es la rueda, o la palanca. Es un artefacto resultante de la propia complejidad de determinadas sociedades. De manera que invocar hoy por hoy el fin del Estado sólo puede hacerse por una aspiración a recuperar utópicamente el comunismo primitivo -cosa absurda-, o bien dando por hecho que el estado se desvanecerá de por sí en una especie de sopa germinal de seres humanos interconectados. Si además a eso añadimos que el proceso de desaparición del estado debe ser mundial, según la tesis procedimental del marxismo, pero surgiendo a partir de un estado que comience él mismo por auto- inmolarse, resulta de todo punto absurdo concebir así la cuestión, habida cuenta de que la prudencia política nunca llevará a una nación a auto-disolverse esperando que las demás hagan lo mismo. Lo que harán las demás naciones será absorber a la nación que se disuelve, y sin problemas. Es lo que ocurre con España y sus independentismos periféricos. El hecho de que existan grupos divergentes en el Estado es sin duda síntoma del vigor de nuestro estado, pero también un peligro, porque requiere precisamente de un arte de la política muy afinado. Cuando Cataluña pretendió independizarse en la Segunda República lo hizo entregándose a Gran Bretaña, y lo mismo hizo el País Vasco (esto lo estudia muy bien, por ejemplo, Enrique Moradiellos en su impresionante biografía de Juan Negrín13). De la misma manera que ahora el nuevo independentismo catalán pretende entregar la defensa de su territorio al ejército francés, a cambio de dinero. La URSS, perfectamente consciente de estas contradicciones no solamente no se inmoló en aras de la revolución mundial, sino que practicó un patriotismo magnífico que le dio la victoria en la Segunda Guerra Mundial, denominada en la URSS, con toda lapage8image1231154144page8image1231154432

Nota para una fundamentación antropológica de la Globalización” en 13 Enrique Moradiellos, Don Juan Negrín, Ed. Península, Barcelona 2006page8image1231166832

12
Eikasia: revista de filosofía, No. 52, 2013, págs. 133-142. http://www.revistadefilosofia.org/52-09.pdf

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razón, la Gran Guerra Patriótica. El éxito del socialismo cubano y de la ideología política de Fidel Castro está en su patriotismo sin fisuras. Los Estados no es que sean naturales, es que son la forma natural de organización de una sociedad compleja, compuesta de grupos divergentes que hay que integrar y dirigir por medio del arte de la política. De hecho, es en el seno del estado en el que ha surgido todo el conjunto de ideas (justicia, igualdad, libertad, autonomía, soberanía, patria, internacionalismo, humanidad) que han contribuido a transformar y reorganizar la vida de los hombres conforme a normas, como forma de regulación del conflicto sistemático que lo caracteriza entre los fines personales y los planes generales de la sociedad, que es lo que constituye, más allá de la lucha de clases, el verdadero motor de la historia14.

Sobre la metafísica separación entre Estado y Sociedad

Otro de los argumentos que sitúa esta idea de Estado en el terreno de la metafísica monista, es el hecho de que se interpreta como una entidad, una institución “separada” formalmente de la “sociedad”. De hecho, así comienza el propio Jaime Pastor su libro: “El Estado, en tanto que institución separada respecto al resto de la sociedad que asume unas funciones propias, es producto de la división social del trabajo, de la aparición de las distintas clases sociales.”15 La cuestión es qué puede significar Estado como institución separada de la sociedad, o cómo es concebible una sociedad “dividida en clases”, al margen del Estado. Es un absurdo, porque el Estado es la forma en que una sociedad compleja, dividida en clases, se organiza para dar cabida a esa misma complejidad. No hay un Estado al margen de la sociedad política en la que surge, sino que el Estado es una forma de organización de las propias sociedades cuando alcanzan un grado de complejidad creciente, esto es, cuando comienzan a surgir grupos divergentes en conflicto. Entenderlo como algo separado es concebir el Estado como un aparato represor, o entender la sociedad como compuesta de lo que ahora sellama “la ciudadanía”, o “el pueblo”, como si el pueblo no estuviera conformado por distintos relieves y capas, articuladas entre sí y conformando un Estado. Qué puede significar una sociedad sin estado: sería solamente una masa informe de sujetos, y ahí está precisamente un error fundamental del análisis no del marxismo, sino de estudios como este de Pastor. ¿O tal vez se refiere al hecho de que por naturaleza los hombres tienden a organizarse conforme al patrón del comunismo primitivo y que precisamente cuando unos malvados se hacen con el poder imponen a esa sociedad que naturalmente tiende al comunismo, un orden extraño, artificial, ajeno y totalmente injusto? De ahí que luego se entienda como una posibilidad real la eliminación del Estado. Sin embargo, este planteamiento tan ingenuo es el que se desprende de la ideología del buen salvaje de Rousseau, que no tiene, por supuesto, mayor recorrido, a día de hoy, por lo que no vamos a discutirlo más.

Sólo si entendemos el Estado como una entidad independiente de la Sociedad, es posible concebir la idea marxista y anarquista en función de la cual se entiende que el fin último de la revolución socialista es la eliminación del estado, o como

14 Véase nuestro ensayo, El fin de la educación, ed. Eikasía, Oviedo 2009. 15 Op. Cit., pág. 9.

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dice Pastor citando el Anti-Dühring de Engels: “la vía de solución de las nuevas contradicciones que surgen será la de la aceleración de las condiciones de desaparición de las clases con el fin de que el Estado se “extinga” progresivamente y “en lugar del gobierno sobre las personas aparezca la administración de las cosas y la dirección de los procesos de producción (Engels, “Anti-Dühring”)”16. Pero esto significa que estaríamos ante un tipo de relaciones entre Estado y Sociedad que llamamos, desde la perspectiva del materialismo filosófico, como yuxtaposición metamérica, según la teoría de los conceptos conjugados que ha desarrollado Gustavo Bueno17. En ella, la sociedad “civil” se enfrenta a otra estructura institucional, el Estado, que reprime, somete, explota y asfixia la libertad de los pueblos. Pero esta concepción adolece precisamente de una concepción metafísica monista del Estado y de una concepción también monista y metafísica de la sociedad. Sin embargo, eso no significa que no se pueda hablar del Estado como idea filosófica, o de la Sociedad. Diríamos que entre Estado y Sociedad habría que ensayar distintas formas de comprensión de sus relaciones, lo que permitiría organizar distintas teorías acerca del Estado.

Si el Estado es la forma que adquieren distintas sociedades a lo largo de la historia en función de su propio crecimiento demográfico que requiere y supone no solamente la división del trabajo sino la aparición de todo tipo de estructuras jerárquicas y organizativas y la división de la sociedad en clases, estamentos, grupos, etc., entonces sería posible tratar de analizar las relaciones entre Estado y Sociedad en términos de su composición diamérica, teniendo en cuenta que la Sociedad no es solamente una masa de individuos atómicos, sino una estructura compleja compuesta de partes, familias, grupos de presión, gremios, partidos, fratrías, etc., y teniendo en cuenta también que los Estados están compuestos de partes, instituciones, funcionarios, etc. La articulación diamérica de las partes componentes de la sociedad y las partes componentes del estado permite comprender que los estados son esencialmente la forma en la que se articula una sociedad compleja. Y a su vez, que esa forma de organización ha podido pasar por diferentes fases en función de diferentes factores, como son la población, el propio desarrollo técnico y las transformaciones internas que tienen que ver con la regulación de los conflictos entre los grupos y de los individuos con los grupos y con el Estado, así como los conflictos que unos estados mantienen con otros a lo largo del tiempo.

Más allá de los Estados impera la ley del más fuerte

De hecho, no ha sido el estado la única forma de organización social que los hombres han alcanzado una vez que han superado, para decirlo con Morgan, el estado de barbarie, sino que los estados, a su vez han dado lugar a nuevas figuras, particularmente, a los imperios, que surgen cuando un estado se comienza a organizar como la forma del todo que integra nuevos territorios o incluso estados. Y desde el punto de vista histórico tal vez con el siglo XX y más aún en el siglo XXI se están efectivamente ensayando nuevas ideas acerca de formas de vida post-

16 Pastor, Op. Cit., pág. 45.
17 Gustavo Bueno, “Conceptos conjugados”, El Basilisco, no 1, 1978; págs. 88-92.

http://www.filosofia.org/rev/bas/bas10109.htm

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estatales, con más o menos acierto. Existen organismos internacionales como el tribunal internacional de la Haya, o la ONU, etc., pero todas estas instituciones están hoy por hoy sometidas de hecho al poder de los estados más fuertes, dando por buena para los estados la tesis que Trasímaco defendía en La República de Platón. Entre los estados, desde luego, la ley del más fuerte es lo único que rige. ¿Es posible un poner supranacional? A esta cuestión, hoy por hoy, sólo podemos contestar con un sí condicional, esto es, cuando un estado o un grupo de estados se impone al resto de los estados “del mundo”, por las armas. Sólo cuando una organización, como por ejemplo, la OTAN, sea capaz militarmente de someter a todas las naciones según sus planes políticos, podremos contestar afirmativamente a esta cuestión, porque un gobierno supranacional efectivo de otro modo sólo podría alcanzarse como lo pretendían cándidamente los marxistas trostkistas, esto es, cuando cada estado haya alcanzado el socialismo y se encuentre en la antesala de la superación de la transición desde la política a “la administración de las cosas”, como se solía decir.

La cuestión que se discute actualmente mucho entre los ideólogos de la izquierda, sobre todo, es la que se refiere al asunto de la existencia de poderes supranacionales, que no son exactamente políticos, pero que son capaces de dirigir a las naciones, como es el caso del llamado capitalismo financiero. Un tópico muy propio del pensamiento de izquierdas que llamamos divagante, siguiendo las enseñanzas de Gustavo Bueno en su libro El Mito de la izquierda18, es que las multinacionales financieras son ajenas a los intereses de los estados en los que surgen, y las naciones y pueblos no tienen nada que ver con ellos. Consideramos ingenua esta apreciación, habida cuenta de que la articulación de intereses entre multinacionales y estados es tal que no se entienden separados. No todos los estados hacen la pascua a los demás, ni tienen el poder suficiente para promocionar a sus empresas más allá de sus fronteras, defenderlas, o incluso convertirlas en verdaderos poderes financieros a base de derrocar gobiernos y usurpar recursos naturales, como se viene haciendo por parte de EEUU desde 1991 con la Guerra del Golfo contra Irak hasta la actual guerra civil de Siria. Otra cosa es que la “gente normal de la calle”, en un país cualquiera, esté en contra de esas malvadas prácticas de sus estados, pero esto no permite concluir que los estados y las multinacionales no están involucradas sobre todo por la coincidencia de planes políticos y económicos. Así pues, por más impoluto, moderno, sofisticado, y atractivo que sea, por más elegante, moderado y canoso que sea un presidente de una institución supranacional como la ONU o del FMI, no dejará de estar al servicio de intereses nacionales, o imperiales, y ello aunque un presidente de la nación que pretende ejercer mayor poder sobre el resto reciba con todos los honores el Premio Nobel de la Paz.

Estado como forma de organización universal de la vida en el presente

Actualmente, todo hombre pertenece a algún estado, es ciudadano de alguna nación política, independientemente de que quiera o no pertenecer a ella. Los pueblos indígenas, las sociedades bárbaras que perviven hasta el presente,

18 Gustavo Bueno, El mito de la izquierda, ediciones B, Barcelona 2003. http://fgbueno.es/gbm/gb2003mi.htm

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pueden poblar grandes territorios y reservas, pero al fin y al cabo, son ciudadanos de alguna nación política, más allá de su “nación étnica”19. No hay hombre sin estado, ni existe territorio habitado que no forme parte de algún estado. Los estados incluso se hacen cargo de su espacio aéreo, y de sus zonas marítimas. Los más poderosos se reparten territorios deshabitados del continente antártico, para llevar a cabo diferentes experimentos, pero sobre todo para ampliar su propia soberanía frente a otras naciones. Y es que los estados están en conflicto mutuo permanente. Los orígenes de estos conflictos, por supuesto, tienen que ver con cuestiones fundamentales que pocas veces se tienen en cuenta en los análisis políticos que se hacen, por ejemplo, sobre la transición española: me refiero obviamente a la cuestión de la escasez y las carencias que todos los estados deben afrontar. No son autosuficientes. Y esta situación de desigualdad entre los estados, es una fuente constante de conflictos. Los estados nacen, de hecho, del conflicto. La conformación de las fronteras de las naciones suelen surgir de conflictos bélicos, de guerras y escaramuzas varias, que poco a poco han ido afianzando y reafirmando las diferentes fronteras. La guerra no solo es la continuación de la política por otras vías, sino también el origen mismo de la política, de las polis, de los estados. Por esta particular debilidad constitutiva de los estados, están en conflicto permanente. Ahora bien, los conflictos no siempre son susceptibles de ser soportados por los estados, por lo que parece obvio que la propia debilidad de diversos estados hace que muchos alcancen pactos y uniones que les fortalecen frente a terceros. Pero también suele ocurrir que los estados débiles se ven sometidos a la presión de otros estados más fuertes, viéndose obligados a asumir pactos e integrarse en programas que tal vez no les beneficien objetivamente, aunque al menos esto pueda garantizar un estado de equilibrio o de paz más o menos estable. Decía Rousseau que el fin de todo estado es su conservación en el tiempo todo lo posible. Y esto supone, sin duda, el sostenimiento de planes y programas capaces de hacerlos perdurar, teniendo en cuenta su particular estado de debilidad relativa frente a otros estados y su tendencia inevitable hacia la corrupción.

La Historia como fundamento de la capa basal de todo Estado

De modo que en todo estado tenemos unas fronteras que delimitan un territorio en el que vive una población organizada conforme a leyes escritas. El hecho de tener fronteras requiere por parte de los estados una capacidad de defensa del territorio, que la da el ejército, sin duda. Territorio, fronteras, y población conforman los elementos básicos de cualquier estado, por grande o pequeño que sea. Ahora bien, a estos elementos es necesario añadirles al menos otro: la historia. Cuando se afronta la historia de los pueblos se insiste en el conjunto de acontecimientos políticos que han tenido lugar, las guerras, conflictos internos y detalles de diversos tipos, pero cuando hablamos de historia de las naciones no nos referimos al conjunto de acontecimientos que jalonan su paso por el tiempo, sino a otro asunto mucho más profundo: a la conformación de su propio entramado territorial, material. Una de las propiedades objetivas de la Materia es precisamente la

19 Para estos conceptos puede consultarse el libro de Gustavo Bueno, España frente a Europa, Alba editorial, Barcelona 1999. http://www.fgbueno.es/gbm/gb1999es.htm

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Memoria. De todo queda rastro. Y eso mismo ocurre con el territorio. Un estado se conforma en el tiempo a través de los procesos de transformación material que los habitantes van realizando, de modo que ese territorio adquiere el aspecto de una estructura, un entramado tecnológico y productivo articulado, un entramado que acaba regulando la vida y las acciones de los individuos en ese territorio. La regulación de la vida es la que confiere un patrón diferencial que constituye lo que podemos llamar la nación política. Una nación no es un invento y no se puede establecer constitucionalmente, si no hay una intervención constante en el territorio y una transformación del mismo de modo cerrado. Porque el entramado tecnológico que llamamos “basal” está organizado de modo cerrado dentro de sus fronteras. Cuando las constituciones definen naciones y pueblos, mucho tiempo atrás ya esos pueblos y naciones han ido conformándose, y si ello no es así la situación es inestable y puede que explosiva. Es lo que ocurre por ejemplo con la instauración del estado de Israel en Palestina. Una masa de población impone un nuevo orden estatal sobre otro ya organizado y necesariamente tiene que intervenir no solamente a escala conjuntiva, a la escala de las relaciones de producción, tiene que intervenir en la transformación del territorio, poblamiento, destrucción de poblaciones anteriores, eliminación de pobladores del anterior estado, destrucción de sus infraestructuras y recomposición de otras nuevas orientadas al sostenimiento de la población hegemónica. Muros, fronteras, colonias, y destrucción del entramado basal previo, todo es poco para reconfigurar el territorio en una nueva nación.

La profundidad de la huella que se deja en el territorio define gran parte de la

propia estabilidad y fortaleza de una nación política. Así, por ejemplo, diríamos

que la URSS era un estado fuerte en muchos tramos de su estructura, pero su

intervención en la capa basal se hizo de un modo tan apresurado que no alcanzó

a la consolidación de una capa basal capaz de sobreponerse a las herencias

previas de los territorios que después se alzaron como naciones a poco más de los

70 años de su existencia histórica. El entramado de la capa basal alcanzó a Rusia,

quizá a Bielorusia, Kazajstan, y a la parte oriental de la actual Ucrania, pero no a

su parte occidental y central, o no de manera suficiente. Por supuesto que esto no

explica el fin de la URSS, pero es importante. No obstante, su intervención si dio

para que de ese inmenso territorio surgieran nuevas naciones políticas más o

menos capacitadas para autosostenerse. Desgraciadamente, estas naciones no

son lo suficientemente fuertes para sobreponerse a la presión que puede ejercer

sobre ellas Rusia, pero también son los suficientemente débiles como para

convertirse en un verdadero problema para Rusia, había cuenta de que otras

naciones, particularmente EEUU, están tratando de socavar el estado ruso,

atacando a través de los “eslabones débiles” que la protegen, así Georgia,

Armenia, Azerbaiyán, Ucrania, o Bielorrusia, y poco a poco el Imperio americano,

consciente de su necesidad de expandirse por ese vasto territorio cargado de

recursos y estratégicamente esencial para el dominio final del mundo, irá

horadando, como un rompehielos esas plataformas estatales y rompiéndolas para

abrirse paso hacia Rusia. Es cuestión de tiempo y oportunidad, porque sólo así

puede atribuirse alguna finalidad al disparatado imperio del caos que ha

sembrado la administración estadounidense en todo el territorio que rodea a la

antigua Unión Soviética. El caos en Yugoslavia, Grecia, Ucrania, Siria, Libia,

Afganistán, Irak, Palestina, Líbano, Turquía, Azerbaiyán, Georgia, todo contribuye

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poco a poco a abrir brechas que permitirán posteriormente avanzar hacia Rusia. Y en la resolución de ese conflicto está la consecución de los objetivos imperiales de EEUU.

De la misma manera, los independentismos periféricos en España que pretenden desgajar parte de su territorio tienen en la capa basal su principal dificultad, porque la capa basal de esos territorios está articulada en el contexto de la organización general de España, de manera que resulta prácticamente imposible ejercer la soberanía sobre la capa basal de territorios como Galicia el País Vasco, Cataluña o Andalucía. Y por ello mismo, se insiste en estas regiones en la capa conjuntiva, esto es, en la dimensión política y social del independentismo como ideología, como símbolo, como emoción; haciendo a lo sumo instituciones regulativas como por ejemplo “embajadas”, medios de comunicación, etc., instituciones conjuntivas que no tienen suficiente fuerza para la ruptura efectiva del Estado.

Sobre el carácter anómalo de la población

El aspecto de la organización política, lo que Bueno llama la capa conjuntiva, aquella que tiene que ver con las relaciones de producción, es decir, la regulación de las relaciones que organizan la vida de las poblaciones dentro del estado sin duda afecta también a la fortaleza del estado. Pero su carácter generacional y anómalo hace mucho más difícil la sostenibilidad de los estados a escala conjuntiva si no hay una suficientemente convincente masa ideológica que sostenga la unidad política. El idioma es fundamental, eso bien lo sabemos, por eso las regiones separatistas españolas se preocupan mucho de renegar del Español y promocionar de modo oligofrénico sus idiomas locales. Pero también, los símbolos y el contexto de la interpretación histórica, la ideología envolvente en la que se forja la cosmovisión de los ciudadanos. Es más difuso y débil porque las poblaciones tienen un existir anómalo e indeterminado por las generaciones, y por el ritmo biológico de la vida. Es así como ha sido posible transformar la mentalidad de los habitantes de Cataluña desde la implantación de la LOGSE, y convertir a una importante cantidad de población en nacionalistas xenófobos, pero a esta escala conjuntiva estas situaciones son reversibles.

No obstante, es en la capa conjuntiva donde se establecen la mayor parte de los debates acerca del Estado y en donde se sitúa, seguramente, la discusión marxista del Estado, porque en ella se perfilan los gobiernos, y las instituciones regulativas de las relaciones entre los individuos, códigos, leyes, sistemas de gobierno y representación, etc. La discusión política centrada en la capa conjuntiva, sin hacer alusión a la capa basal y cortical suele dar lugar a reflexiones ideológicas y políticas formalistas que pierden por ello todo fundamento político materialista, de manera que resulta de todo punto imposible una discusión filosófica seria sobre las formas de gobierno que no tenga en cuenta la intervención y la necesidad de la presencia de la capa basal y cortical.

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Sobre la fortaleza de los estados

Si el fin de todo estado es su permanencia en el tiempo, esta permanencia sólo depende de la fortaleza de cada estado, y la fortaleza de los estados depende, sin duda, de las relaciones de producción, pero particularmente, de la consolidación de estas relaciones a través del entramado basal productivo tecnológico que conforma, canaliza y articula la vida de la población. Eso es lo fundamental. Una mayor cantidad de población, incluso juvenil y productiva, no da la fortaleza a un estado si no tiene un entramado productivo capaz de canalizar esta población: el ejemplo es China, o Bangladesh. Igualmente, si ese entramado basal deja de estar sostenido por una población decreciente, estamos igualmente ante una crisis del estado.

No obstante, la fortaleza de los estados es siempre relativa a la fortaleza de sus vecinos, y con ellos se tiene que medir y se mide necesariamente. Los estados están en permanente conflicto. Cuando su fortaleza relativa es equiparable, estamos ante equilibrios inestables, esto es lo que favorece estados de tolerancia mutua. Los estados son tolerantes entre sí en función de su fortaleza. Si son demasiado fuertes con respecto a sus vecinos pueden ser perfectamente intolerantes. Históricamente los estados más fuertes se han impuesto sobre otros, conformando situaciones de transformación histórica objetiva, en lo que suelen llamarse los imperios. No todos los imperios actúan del mismo modo y proceden con los mismos criterios de organización política, aunque en sus componentes basales coincidan. La explotación de los recursos puede hacerse de muchas maneras, y requiere una organización social que puede tener distintas perspectivas, pero en la medida en que nos referimos al trato de unas naciones con otras, unas poblaciones con otras, habría dos modos de tratar, al menos, este conflicto: cuando la población imperial entiende como inferior y explotable a la población imperiada, o cuando la población imperial se articula con la imperiada identificándose mutuamente. Esto es lo que Bueno ha definido con la distinción entre imperios generadores e imperios depredadores. El imperio de Alejandro Magno, el Imperio Romano, el Imperio español, fueron imperios generadores, el Imperio de la Unión soviética. El imperio británico ha sido un imperio depredador, el imperio belga, el imperio francés, el imperio alemán (en todas sus vertientes), y el imperio anglosajón norteamericano. También la Liga de Delos hegemonizada por los atenienses. De hecho, creo que la liga de Delos se parece peligrosamente a la OTAN, siendo la Atenas moderna EEUU, y Pericles el ideal de todo presidente norteamericano. La diferencia fundamental es que los imperios depredadores por esencia tienden a perpetuarse y crecer exponencialmente, por ello es más propio de los imperios depredadores la destrucción de naciones. El imperio del caos que actualmente siempre EEUU por países como Afganistán, Irak, Siria, o Libia ha tenido un claro interés depredador, aunque se adorne con el discurso acerca de la democracia, pero eso no es creíble. Irak, Afganistán, Siria o Libia hubieran podido recorrer, igual que España un proceso de transición política si las políticas intervencionistas de sus respectivos gobiernos hubieran podido seguir adelante, y el propio islamismo radical hubiera sido una mera anécdota dentro de estos territorios, pero EEUU ha abandonado sus proyectos originales para entregarse a su estrategia depredadora tal vez inspirada por megaproyectos multinacionales de alcance impreciso. Mientras que los imperios generadores responderían a un

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proceso cíclico generacional en virtud del cual, en un determinado momento de su desarrollo los nuevos territorios comienzan antes o después a organizarse de manera circular interna, y segregarse del resto, aunque ello suponga crisis y conflictos irremediables, porque nadie puede anteponerse a los procesos históricos.

II El caso de España

Si analizamos el fenómeno de la transición española desde la perspectiva de la teoría del estado que ofrece Gustavo Bueno en su importante obra, Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas”, creo que podemos extraer algunas interesantes precisiones que no se suelen tener en cuenta en los estudios tradicionales. Al fin y al cabo, el tema de la transición sólo se enfoca desde un punto de vista político, y ello, en efecto, contribuye a ocultar importantes aspectos de España, que simplifican y convierten en leyenda la transición como una especie de estado de gracia de España.

España es un país resultante de ese proceso de desmembramiento de un imperio generador, el imperio español. De su matriz surgieron diferentes naciones políticas, entre ellas España; que es el país que se instituyó como forma del todo durante el proceso de su despliegue como imperio. Nadie responda a la pregunta de por qué fue imperio, si no contesta simplemente, “porque pudo hacerlo”, pues otra razón no hay más profundamente histórica. Es muy difícil hablar de voluntad de Estado, de Imperio, pero el ortograma del catolicismo es el que canaliza esa pujanza histórica que adquiere el reino de Castilla. Está claro que el siglo XIX y todos sus conflictos están en relación con la destrucción de esa idea que guiaba a la nación desde tiempos de los Católicos. El fin del imperio supone una reorganización sangrienta de la nación, plagada de intentos y proyectos en conflicto que desembocaron en un período histórico magnífico, la llamada Edad de plata, en la que se alcanzó de algún modo el renacimiento de la nación española ya como nación canónica, replegada a sus fronteras “naturales”, una vez que la guerra con EEUU desmembró los últimos territorios nacionales ultramarinos. Ese período sin embargo no consiguió estabilizar los conflictos que se realimentaron con las nuevas ideologías fascistas y marxistas, dando lugar a la Guerra civil española. El triunfo de Franco significó la reorganización objetiva de la nación española conforme a una idea de unidad de estilo francés, basada en el desarrollo del entramado productivo basal, un desarrollo inusitado y eficaz. Durante ese período se alcanzó una reorganización efectiva de toda la trama basal del estado, una actualización sistemática de los factores productivos y una modernización productiva generalizada de la nación.

El resultado de la guerra permitió el fortalecimiento del estado, con empresas públicas muy poderosas para la distribución de la energía, transportes y comunicaciones, la industria extractiva y de transformación. De esta manera España llegó a 1975 como un estado fortalecido por la propiedad pública de los factores productivos fundamentales, y con unos índices de desarrollo extraordinarios. El cambio de régimen es, como dice Bueno, una metamorfosis de esa propia crisálida. Pero el sistema político español se orientó de un modo perverso. En gran medida el fin del período de Franco está marcado por una cada ___________________________________________________________________________________________________________________

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vez más ostensible debilidad, a consecuencia de una clara definición del relevo político y una enorme presión exterior de países como EEUU, y los países europeos como Francia o Alemania, que ven con recelo la fortaleza de este estado. Todos ellos intervienen, pero particularmente EEUU. Antes de nada arrebata Marruecos a España la provincia del Sáhara, con aprobación norteamericana. El rey necesita consolidar su poder, y ello será a costa de la nación. Los partidos políticos nacientes necesitan consolidar su poner, y ello también será a costa de la nación. Demasiadas fuerzas actúan sobre España con intereses contrapuestos, lo que contribuye a su debilitamiento ostensible.

Dice Eslava Galán en su libro Historia de España contada para escépticos20 que a partir de los años setenta comienza a actuar en nuestra historia un nuevo factor que él prefiere llamar simplemente “el gran hermano”. Y así es. Desde la muerte de Carrero Blanco, hasta el Golpe de estado de Tejero, así como otros luctuosos acontecimientos que han jalonado la historia reciente de España, encontramos siempre la sombra de una duda, que resulta preocupante. Pero sin echar culpas a nadie, lo acontecido responde claramente a un programa bastante preciso que consiste, fundamentalmente, en el debilitamiento sistemático del estado. Un debilitamiento que permite en primer lugar la entrada en la OTAN y en la Unión europea, hasta la entrega irreversible que supone la renuncia a la soberanía monetaria con la entrada en el marco-euro. El debilitamiento se ha producido, sin duda, en la capa basal mediante un desmantelamiento sistemático. La reconversión industrial permitió la privatización y el cierre de gran parte de la industria nacional; la entrada en la Unión europea, y el tratado de Maastricke supuso la renuncia por parte de España a su propia cabaña ganadera, la reconversión del sector agrario y pesquero. Se privatizaron las empresas nacionales de energía eléctrica (con la consabida puerta giratoria), y las de telecomunicaciones, las empresas energéticas, transportes como Iberia, industrias tan solventes y poderosas como la fábrica Pegaso, o Seat, vendidas a empresas extranjeras, y particularmente la industria siderúrgica. En aquellas primeras y salvajes oleadas se argumentaba siempre sobre la base de que la privatización mejoraría los servicios y haría más rentables las empresas, y por tanto, resultarían más baratos los servicios prestados, pero nada de eso era cierto y, aunque lo fuera a corto plazo, a la larga los españoles nos veríamos privados de la fortaleza necesaria para afrontar nuestro destino político.

La entrada en la Unión europea trajo consigo una inflamación del cuerpo del estado con dinero rápido y fácil, que enriqueció a los españoles disolviendo poco a poco su capacidad de resistencia. Es el mecanismo de las arañas que tienen que tragarse una presa demasiado voluminosa. Le insuflan los jugos gástricos primero, antes de comerse a la víctima, y cuando el cuerpo está licuado, simplemente se lo beben poco a poco. Así ocurrió con España en Europa. Se nos inundó de dinero a golpe de financiación y subvenciones para paliar el cierre sistemático de empresas nacionales, de industria extractiva, y de industria pesada y media. Todo iba bien. Parecía que la reconversión no nos afectaba, cada vez vivíamos mejor, y trabajábamos menos. Programas de prejubilación, y bancos cada vez más agresivos facilitaban el dinero líquido y vivíamos, como dicen los

20 Juan Eslava Galán, Historia de España contada para escépticos, Planeta, Barcelona 2004.___________________________________________________________________________________________________________________

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políticos, por encima de nuestra posibilidades. El sistema de banca pública que en España era muy poderoso y había jugado un papel esencial en la organización productiva del país durante el franquismo, comenzó a privatizarse poco a poco a favor de bancos privados. El banco de Bilbao se hizo con la Caja Postal, el banco público que repartía el salario de todos los funcionarios del estado durante muchos años, y que por supuesto no facilitaba la posibilidad de que algún banco privado pudiera lucrarse en los mercados financieros con la gestión de estos sueldos. Argentaria fue el instrumento de transición hacia la privatización. Hoy por hoy, todos los funcionarios reciben su dinero en su banco desde el banco de Bilbao, y en los mercados financieros cada segundo cuenta. Las cajas se entregaron a los políticos regionales que hicieron de ellas su propio negocio hasta que la gestión politizada hizo que todos deseáramos que se privatizaran.

Muchas de las grandes empresas estatales que todavía perduran han eliminado a sus funcionarios, reconvertidos en personal laboral, evitando con ello que por su naturaleza pública se evite cualquier tipo de presión contra los trabajadores. Ahora tampoco la naturaleza pública de una empresa garantiza la estabilidad laboral, y menos aún la independencia del criterio del funcionario. Volvemos poco a poco hacia el viejo sistema clientelar, hoy reconvertido y purificado por los mass media. Y todos nos alegramos de que los funcionarios públicos sean reducidos en sus condiciones laborales, “porque es una injusticia”.

La reconversión en la capa basal ha sido tremenda, ha permitido la entrada masiva de multinacionales que se han hecho con los despojos del estado y que han reducido las condiciones laborales, endurecido la explotación y la inestabilidad, la desigualdad, y el abuso de poder. Han debilitado al estado. Las multinacionales ahora apelan a la deslocalización y en el mercado mundial el trabajo de los españoles vale menos que nada, por lo tanto, se puede explotar y reducir sus garantías laborales hasta límites insospechados hace algunos años. Como el estado no tiene fuerza para bloquear esta presión de las multinacionales, y no tiene capacidad para afrontar la renacionalización de sectores estratégicos o simplemente no tiene programa político alguno que se atenga a estos sanos preceptos consistentes en el fortalecimiento del estado, los españoles no tenemos capacidad ni individualmente ni en sindicatos o partidos para afrontar las oleadas de explotación laboral y precariedad en el empleo que caen sobre nosotros como el maná del cielo de las finanzas internacionales. En el proceso de privatización de las empresas públicas se ha llegado incluso a declarar el estado de alarma (2010), por parte de Rubalcaba y Zapatero, para hacer frente a la huelga de controladores aéreos que protestaban contra la privatización de AENA. Tales fueron los intereses en conflicto en esta operación financiera el gobierno no dudó en intervenir a escala militar para facilitar la privatización hoy ya realizada, mientras que los trabajadores de AENA, y los controladores aéreos en particular, se convirtieron poco menos que en monstruos dispuestos a destruir la felicidad de nuestros compatriotas que necesitaban a toda costa viajar a sus lugares de vacaciones para seguir siendo felices mientras que estos aguafiestas paraban a capricho el tráfico aéreo en el “puente de la Constitución” precisamente. Una vergüenza.

En el proceso de transición, faltaba atacar a la capa cortical y conjuntiva. Faltaba reconvertir a la sociedad, eso era en principio cuestión de tiempo, de cambio___________________________________________________________________________________________________________________

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generacional. Y se hizo muy bien. Se aprovechó la circunstancia de la adustez, respetabilidad, sacrificio y capacidad de trabajo, responsabilidad de nuestros mayores, la generación de nuestros padres y abuelos, para ir abriendo el camino a la democracia con la ilusión de la libertad sin ira. Y fue bueno, pero nadie entendía entonces que la libertad sin ira era sobre todo, la libertad sin fuerza, sin tejido productivo, la libertad neoliberal. De momento era solo la libertad sin ira, y los españoles obviamente votaron sí. Pero ahora había que ir abriendo nuevas brechas y sobre todo evitar que nos diéramos cuenta de que bajo nuestros pies alguien segaba nuestra libertad esquilmando nuestro tejido productivo nacional. Era necesario que fuéramos mirando hacia otra parte: y así nació la movida madrileña, el gran escaparate de escapismo y buen rollo que nos despistó mucho a todos los jóvenes que no habíamos caído en el abismo de la heroína que pululaba a raudales por ahí, desahuciando vidas a mansalva. Por si fuera poco con estas salvas cargadas de rock and rollo, del buen rollo british que nos mostraba el Mike Jagger de turno, pagado por sus enormes servicios a la City de Londres con el nombramiento como caballero británico. A mí siempre me gustó el Rock, sin embargo, reconozco que no pude por menos de sonrojarme cuando vi en la ceremonia de relevo de las Olimpiadas de Pekín al guitarrista de Led Zeppelin, Jimmy Page tocar con su guitarra aquel tema de Whole Lotta Love, comprendiendo casi de golpe la importancia que el Rock ha tenido como disolvente de la soberanía nacional. Claro que en China resultaba tan ridículo que daba vergüenza ajena, y al mismo tiempo uno se sentía en cierto modo estafado, ahora nos dábamos cuenta de qué iba todo aquello del Sex, and Drugs and Rock and Roll, el gran ortograma anarco-neoliberal anglosajón. También producía cierta sensación de ridículo: qué podían pensar los chinos viendo semejante escena. Pensarían acaso: ¿es así como el imperio anglosajón se ha comido todas las tostadas? Pues casi sí. Bien fácil ha sido.

Y cuando esto ya no era suficiente, vino la gran revolución cultural que supuso la

LOGSE a primeros de los años noventa. La LOGSE eliminó sistemáticamente lo

poco que quedaba en la capa conjuntiva de un modelo de estado basado en la

necesidad de la fortaleza productiva. Algunos simplemente lo llamaban una

reforma educativa para evitar el modelo desarrollista franquista que quería formar

trabajadores al servicio de Franco. Tonterías: lo importante era eliminar la

formación profesional y se hizo bien. Se adujo que era una vergüenza que se

discriminara a los jóvenes por su capacidad, que todos eran iguales y todos

debían tener el mismo sistema educativo, la temible ESO. “Y si te va mal estar

sentado en un pupitre seis horas al día durante cuatro años, pues estás cinco, o

seis, y si tienes dificultades te ponemos un psicólogo, o dos, o tres, uno para cada

uno si hace falta, con el fin de mantenerte en el sistema. Si luego a los 16 años, o

17, ya bien cargado de frustración y abatimiento quieres hacer un módulo de

grado medio, ya puedes, pero antes, la ESO. Y no contestos con eso, para evitar

que la discriminación fuera mayor, si luego querías pasar a un módulo de grado

superior, debes pasar por el bachillerato. Esta última barbaridad se ha atenuado

últimamente, pero el sistema es igual. La ESO son cuatro años para todos. Se

eliminaron todos los centros de formación profesional, se les obligó a integrarse en

la ESO, se eliminó el cuerpo de profesores de Formación Profesional, se

equipararon todos los cuerpos, porque todo aquello era discriminatorio. Siempre

sobre el prejuicio ideológico absurdo según el cual la formación profesional en un

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oficio era algo peyorativo, frustrante y denigrante, que generaba una sociedad desigual e injusta. ¿Qué queda de esa palabrería hoy, cuando la desigualdad ha aumentado a límites intolerables, la precariedad laboral campea, y los trabajadores además reciben una formación nefasta?

En la LOGSE primaban otros criterios. No formamos a trabajadores que sostengan el entramado productivo de un estado fuerte, sino a ciudadanos que buscan la felicidad, y cuyo fin último es ser felices, como dice el intragable Marina una y otra vez. La felicidad personal, la satisfacción, el sentirse bien, estar a gusto, disfrutar de la vida, olvidarse de los problemas, gozar. Lo otro era condenar a los españoles a una vida austera dedicada al trabajo al servicio del gran Leviatán. Ahora lo cambiamos por sentirse bien, aunque tu libertad quede reducida a tu libertad personal individual. Vale. (En uno de los últimos capítulos de El Ministerio del Tiempo, se especula sobre la posibilidad de que Felipe II se hubiera convertido en emperador no solamente del espacio y su tiempo, sino también del futuro, y cómo sería la vida de los españoles entonces. Resulta interesante ver qué modelo de vida se habría establecido, según los guionistas.)

El otro gran factor de reconversión de la capa conjuntiva vino del sector audiovisual. Aquí se produjo, como en el resto de los sectores productivos una transformación brutal y muy definida. Es lo que relata Sidney Lumet en Network: un mundo implacable. Una película de 1976 que aborda el asunto de la transformación de la televisión en EEUU, cuando la audiencia y el éxito económico se imponen sobre el ideal de servicio público que todavía perduraba en las cadenas de televisión. William Holden y Faye Dunawey caracterizan respectivamente dos modos de entender la televisión en conflicto. El respetable periodista, maestro de periodistas, que defiende la responsabilidad del medio televisivo como un servicio público, y la empresaria agresiva capaz de inventarse un nuevo modelo televisivo (que por cierto es el que está establecido en la Sexta, en España, sin ninguna duda) basado en el espectáculo, en la búsqueda de audiencia y en la persecución de las ganancias, sobre la consigna que Charles Foster Kane dejó establecida en Ciudadano Kane: cuando el viejo director del Inquirer se quejaba porque se estaban publicando noticias de “comadres”, que no tenían importancia, Kane le responde, si la noticia va en portada se hace importante. La Sexta hace lo mismo. Utiliza el descontento, lo azuza, lo amplifica, se regodea en él desde todos los puntos de vista, con el único fin de aumentar la audiencia y mantener a los televidentes pendientes de rasgarse las vestiduras unas cuantas veces a diario, a la hora de comer, de cenar, y después de comer, y después de cenar, y a cualquier hora, con sátiras “guayóminas”, o con debates teatrales, da lo mismo.

El último gran hito en el proceso de desarticulación del estado en su entramado productivo, era ya la capa cortical, y esta tuvo dos grandes etapas. La primera, cuando el Golpe de estado de Tejero reforzó el poder del rey que para sostenerse en su trono necesitaba el apoyo sistemático de EEUU, y por ello o por gusto, no se sabe, o por prudencia “monárquica”, quería entrar en la OTAN a toda costa, incluso haciendo dimitir a Suárez, que nunca quiso que España entrara en la OTAN, cuando aun España era suficientemente fuerte para decir que no, pero Suárez

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dimitió (esto lo dice Pilar Urbano21), y el golpe de estado dio permiso al rey para entrar en la OTAN. Con ello, de entrada, ya la capa cortical quedaba mediatizada por poderes militares internacionales y la debilidad del estado era más que notoria. Pero aun teníamos la milicia nacional, todos los jóvenes españoles iban a la “mili”, y allí se hacían cargo de que algo de la defensa de la patria tenía que ver con las escopetas y la marcialidad militar. Pero el movimiento de objeción de conciencia, alimentado por la ideología de la felicidad personal, y el individualismo liberal, junto con el ideal del buen salvaje roussoniano y la doctrina marxista y anarquista del fin del estado represor, de fuerza arrolladora, llevó a una situación que aunque hubiera podido resolverse de otro modo, se resolvió del modo más inesperado y solvente: Aznar eliminó la “mili”, profesionalizó el ejército y ahora mismo su estructura nacional está totalmente entretejida por el entramado militar de la OTAN como fuerza bélica defensiva de los intereses occidentales en general, europeos en particular, y verdaderamente correspondientes con los planes generales del imperio de EEUU y sus diversas estrategias internacionales: Irak, Afganistán, Libia, Siria, Yugoslavia, Rusia… La eliminación de la milicia nacional fue recibida con júbilo por todos los españoles que ya no tenían el más mínimo interés por pasar un año haciendo el tonto en un cuartel, mientras que podían dedicar ese año a disfrutar de la felicidad en cualquiera de sus modos magníficos de ser consumida con un poquillo de la pasta que venía de Europa a raudales.

Lo último ya es ver cómo funciona todo este mecanismo. Ahora que hemos convertido a la nación española en una marioneta anclada por los temibles hilos de acero de las multinacionales, la moneda única marco-euro, los bancos privados y el sistema financiero internacional, y la OTAN; ahora que la tenemos amarrada por los cuatro costados, vamos a ver cómo se comporta. Montamos una crisis financiera y procedemos a extraer a manos llenas de ese país toda su riqueza, porque a todo van a contribuir los diferentes gobiernos de turno, entregados ya a la lógica de no hacer nada que atente contra los intereses del capital. La debilidad del estado es también la debilidad moral de nuestra sociedad.

La privatización va alcanzando paradójicamente los ideales a los que aspiraba el marxismo y el anarquismo en su doctrina del fin del estado. Efectivamente, la disolución del entramado productivo nacional favorece el debilitamiento del estado, que cada vez, como en un círculo vicioso, irá perdiendo más fuerza. Incluso, las nuevas ideologías de la izquierda neoliberal pedirán la desaparición del aparato represor del estado, esto es: la policía, la guardia civil y el ejército, con el fin de contribuir a la disolución del estado represor, dando cabida así a la universalización de las iniciativas privadas de seguridad que ya se llevan ensayando muchos años. La privatización sistemática, de hecho, favorecerá la posibilidad del desmembramiento de la capa basal del estado, precisamente aquello que por ahora sostiene la efectiva y material unidad territorial del Estado, por lo que los intereses de los partidos independentistas, más si son de izquierdas divagantes, pero también si son de derechas, por razones obvias, coincidirán con los intereses de las multinacionales, y aun de otras naciones, a costa de la libertad

21 Pilar Urbano, La gran desmemoria, Planeta, Barcelona 2014.___________________________________________________________________________________________________________________

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y la soberanía de España. Esos intereses pueden coincidir o pueden actuar conjuntamente, mientras que el Estado pierde poco a poco capacidad de intervención para sostener la soberanía nacional.

Cuando todo esté preparado, el acuerdo TTIP traerá consigo el fin de eso a lo que se aferran los socialdemócratas “más radicales”: los servicios públicos, la educación y la sanidad. Como si eso fuera lo único para lo que debe servir el Estado. Pero bien, incluso esos servicios quedarán disueltos en el proceso de privatización y disolución del Estado, y esto, obviamente, también interesa al secesionismo. La debilidad del Estado es también la debilidad de la sociedad que acaba convirtiéndose a su vez en eso a lo que aspiran las ideologías divagantes de la izquierda: una sociedad civil, disuelta, sin fuerza, sin dominio propio, sin soberanía sobre su territorio y su destino. Que ya no tendrá nada sobre lo que decidir y cuyas decisiones no tendrán trascendencia alguna en el destino de la sociedad. Es el credo que Jeremy Rifkin, el asesor de Clinton, puso de moda para los ideólogos de la socialdemocracia europea, en su libro El fin del Trabajo22: los Estados deben desaparecer en aras de la sociedad civil, el tercer sector, la voluntad de servicio de las personas que por voluntad anarquista quieren ayudar, pero todo ello, articulado por el implacable dominio de la única verdad recogida en las bombas que tiran los aviones de la OTAN allí donde haya la más mínima resistencia.

En definitiva, la privatización del entramado productivo trae consigo la debilidad manifiesta del estado, y con ella, su dependencia del exterior. De hecho, en la visita que Obama ha hecho a España este verano ya se puede observar que su papel no es el de representante de un estado amigo, sino el de emperador visitando sus colonias. EEUU garantiza, en palabras de su presidente, la unidad de España, si y sólo si, seguimos proporcionándole territorio y cobertura para el despliegue de su estrategia imperial en Occidente. Desde sus bases militares recibe, pues, a los representantes políticos españoles, conscientes hoy más que nunca de su secundario papel en cualquier proceso político en España.

Y este es el resultado más vistoso de la transición española: un estado debilitado y dependiente, entregado a la soberanía europea y norteamericana, cuyo destino y unidad sólo están garantizados por el interés que nuestro país hegemónico tenga en conservarlo como tal. Ciertamente, el contexto geopolítico tal vez excluyera cualquier otra posibilidad, porque los países que se han resistido a la presión imperial no han tenido precisamente buena suerte, y tal vez la prudencia política ha dirigido de modo menos traumático nuestro destino presente teniendo en cuenta cómo se comportan los ejércitos de la OTAN y las cosas que han ocurrido por aquí. Pero dentro de los márgenes que la prudencia política nos permite, creo que los partidos políticos españoles no han tenido en cuenta las más mínimas y discretas razones prudenciales que permitieran, dentro de los márgenes que se nos ofrecen, mantener una mínima dignidad nacional, tal vez por eso definirse como españoles resulte ser hoy prácticamente clandestino y disidente.

Benavides de Órbigo, 4 de agosto de 2016
22 Jeremy Rifkin, El fin del trabajo, Paidós ibérica, Barcelona 2010.

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“Cuando un actor engaña hace su trabajo, cuando un político engaña, lo que hace es traicionar a su país”. (Un análisis de la situación actual de España frente a los secesionistas , por Pablo Huerga Melcón)

PABLO HUERGA MELCÓN 
04/09/2017 05:00 H

FUENTE https://www.lavozdeasturias.es/noticia/opinion/2017/09/04/tomo-partido/00031504476200501607692.htm?fbclid=IwAR3ssADrOJMbw-HdZJsuPFnBDL0ppFPv-M_GYGKNlN1LhBtNsaSiBulsZak

Retórica en la Política: es una actividad llena de riesgos, muchas veces graves y de nefastas consecuencias. Especialmente si va unida a la ruindad política, y a la vileza ético-política.

YO TOMO PARTIDO

Quiero referir aquí algunas ideas que han surgido en una conversación entre amigos, preocupados abiertamente por el problema de España, en relación con el asunto de Cataluña, por su pudiera resultar de interés. Aunque han surgido espontáneamente, creo que son cuestiones que merece la pena tener en cuenta.

¿Por qué la defensa del Estado ha pasado a ser materia política sólo de los partidos de derechas en España? Los partidos tradicionalmente definidos como pertenecientes a las corrientes ideológicas consideradas de izquierda han renunciado a España. Es cierto que, como advierte Bueno en su libro El mito de la izquierda, no todas las ideologías de izquierda son iguales. Admitamos que en la izquierda cabe distinguir al menos dos grandes corrientes con respecto a la propia idea de Estado: las que llama Bueno definidas, y las que llama indefinidas. Indefinidas son aquellas corrientes ideológicas de izquierda que gestionan sus ideales al margen del estado, e incluso contra el estado, como el Anarquismo. Podemos e Izquierda Unida practican ideales que les mantienen siempre en una posición ética que les induce a considerar al estado como algo accesorio, o incluso necesariamente represivo. El PCE, desde luego, al alimentarse de la ideología marxista podría situarse en esta línea, toda vez que el marxismo aspira a la abolición de todo estado. Pero la práctica comunista está matizada por el ejemplo soviético del llamado «socialismo en un solo país», tal y como quedó definido por el estalinismo. Precisamente por eso las izquierdas marxistas trotskistas siguen siendo izquierdas indefinidas, y por lo tanto, resulta de todo punto imposible en ese ambiente encontrar una clara posición patriótica. En estas corrientes de izquierda indefinida, incluso marxista, la concepción de la historia como lucha de clases ha hecho muy difícil contemplar la evidencia de que la lucha de clases sólo puede tener lugar en el entorno del estado, y sólo en él es posible el ejercicio de la emancipación de la clase trabajadora. Sin embargo, el día 12 de mayo de 1941 escribía Dimitrov: «Entre el nacionalismo correctamente entendido y el internacionalismo proletario no existe y no puede existir contradicción alguna. El cosmopolitismo sin patria, que niega el sentimiento nacional y la idea de patria, no tiene nada en común con el internacionalismo proletario». Claro que citar a Stalin es un anatema. No obstante, es necesario reconocer que entre los partidos de izquierda españoles ha sido el PSOE el que ha mantenido una posición definida, lo que explicaría, quizás, más allá del oportunismo estratégico, su renuncia al marxismo como doctrina ideológica nuclear.

El estado moderno es el instrumento que permite la redistribución de la riqueza, la justicia social y la igualdad de oportunidades. Pero todo estado está en dialéctica con otros, y en ese conflicto entre estados se configuran los verdaderos problemas de la libertad, la justicia, la igualdad, etc., porque no todos los estados tienen la misma fortaleza. La fortaleza de cada estado depende fundamentalmente de la organización de lo que llama Bueno la capa basal, es decir, el entramado técnico y productivo que conforma la vida de una sociedad. La capa basal de cada estado es diferente y está definida por el territorio y su organización productiva, también por el idioma, y todos aquellos elementos culturales objetivos e intersubjetivos que conforman la conciencia, etc. (Por supuesto, la capa cortical que conforma las fronteras y los ejércitos determina también la fortaleza de cada estado, así como la organización social, lo que Bueno llama la capa conjuntiva.) La fortaleza de un estado garantiza la libertad de los individuos que lo conforman, con respecto a la fortaleza de otros estados con los que está en permanente conflicto. El territorio y su conformación productiva es fundamental para el ejercicio de la justicia social y la redistribución de la riqueza.

Pero la capa basal no se desarrolla de modo uniforme, porque está determinada por el estado de desarrollo de las técnicas y las ciencias de cada época, por el desarrollo de los medios de producción. Por ello, en cada territorio se producen por así decir, focos de desarrollo que son fundamentales para el conjunto y cuya riqueza, por la solidaridad que los mantiene unidos frente a otros estados, se redistribuye y acrecienta. Ocurre que, en España, Cataluña ha sido uno de esos territorios, no el único afortunadamente, que ha recibido toda la fuerza del estado para acrecentar su capacidad productiva: medios de producción y fuerzas productivas, porque ha sido enriquecida con el trabajo de miles de hijos de España que dejaron allí su vida, sus capacidades, sus esfuerzos, su trabajo durante décadas, como ha ocurrido también en otras regiones.

Pero ocurre siempre y eso no es nuevo, que algunos políticos e ideólogos, bajo determinadas condiciones, haciendo ejercicio de un idealismo simplista, pueden comenzar a considerar que el mayor despliegue económico y productivo de algunas de estas regiones es fruto de su propio ser, de su idiosincrasia particular, -incluso de sus genes, ha dicho algún político nefasto. No cabe duda de que este idealismo es expresión de una posición de estirpe fascista que niega la evidencia de que su éxito procede de la contribución del conjunto de la sociedad y debe ser precisamente aprovechado para el conjunto de la sociedad. Se trata de una ideología típica procedente de la clase dominante, en este caso, de esta región determinada. El estado, un estado social, debe ejercer la fortaleza que le otorga su carácter solidario y redistributivo, su función como instrumento de la justicia distributiva, para socavar, y aplacar lo antes posible estas actitudes insolidaridas con el resto de la nación, después de haberse beneficiado del esfuerzo común.

Tradicionalmente habrían de ser los partidos políticos de izquierda quienes se encargasen de defender y sostener el estado como instrumento de la justicia social, para mitigar y afrontar la inevitable lucha de clases dada en su seno. Sin embargo, no entienden que la dialéctica entre la ideología nacionalista esgrimida por el gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña y España es precisamente expresión de esa misma lucha de clases, en la cual una élite política, amparada por el abuso sistemático de sus propias atribuciones de autogobierno, pretende adueñarse y apropiarse de una parte sustantiva del entramado productivo de la capa basal de España, ¡pero también de parte de su territorio y, lo que es peor, de parte de su población!, contraviniendo el principio de redistribución de la riqueza y la justicia social.

Aparentemente es un conflicto de tipo político e ideológico basado en la idea espuria del sentimiento nacional alimentado por criterios racistas y xenófobos, que ha sido promocionado por los medios a su disposición, entre ellos la escuela pública estatal «nacionalizada» al servicio de sus intereses, y los medios de comunicación. Pero en realidad se trata de una expresión particular de la lucha de clases que se lidia en el seno de España, entre una élite económica y política que pretende adueñarse de parte de la riqueza nacional ubicada por razones históricas y productivas en esa parte del territorio español y el resto de la nación española que ha contribuido a esa riqueza y desarrollo con el fin de promocionar y mejorar la vida de todos los españoles. Esa lucha de clases tiene consecuencias nefastas tanto para la región de Cataluña como para el resto de España, porque en caso de dar lugar a la separación en dos países, habríamos perdido en fortaleza ambos, y por tanto también en libertad, y en justicia social.

La pregunta siguiente es a quién podría beneficiar semejante secesión. Sin duda, a esas mismas élites económicas y políticas que lo han promocionado en Cataluña, a nadie más. Ningún otro español se beneficiará de esa secesión. Sin embargo, fuera del territorio español, claramente, y teniendo en cuenta que España es una nación en conflicto con otras, y que esa dialéctica de estados es la que regula las relaciones internacionales, sólo podría beneficiar a aquellos países con respecto a los cuales España puede ser un difícil contrincante, o un contrincante con el que hay que andarse con ciertas prevenciones y respeto. ¿Qué países podrían estar detrás del secesionismo catalán? -no lo sabemos, y por supuesto no lo sabrán todos aquellos que verdaderamente, y de modo incauto, dan su apoyo sin reservas a esta traición, por las calles y las plazas, pero desde luego sí lo sabrán aquellos que gobiernan actualmente en Cataluña. Por tanto, no cabe duda: el Gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña está traicionando a la patria, como ya lo denunció el presidente de la II República, Don Juan Negrín, cuando en medio de la Guerra Civil se encontraron con el mismo problema. No hay otro modo de definirlo.

Pero también pueden ser cómplices aquellos que lo apoyan o lo animan, aunque sea por razones humanitarias, por un cosmopolitismo indefinido, mientras que los valores básicos de la clase obrera: un trabajo digno y asegurado, adecuado a la profesión de cada cual, la vivienda, la asistencia médica, la educación y la instrucción de los hijos, la seguridad personal, las pensiones de vejez e invalidez, los ideales básicos que alimentaron los proyectos socialistas, que requieren de un estado fuerte y solvente, se dejan en un segundo plano.

¿Qué deberían hacer los partidos políticos de izquierda en España en este momento, ante el problema generado ideológicamente por el nacionalismo, pero materialmente por la lucha de clases? Utilizar toda la fuerza del estado para reducir esa traición. Unirse contra el enemigo de clase, por la justicia social. Reducirlos y desarmarlos y eliminar los instrumentos políticos que han estado utilizando para la traición, entre ellos, eliminar las competencias educativas, reconduciendo la enseñanza hacia un modelo emancipador, socialista y universal. Si los partidos de izquierda no lo hacen, y la secesión y la traición se consuma, en esa dialéctica de clases habrá vuelto a perder la clase trabajadora. El partido hegemónico de la izquierda en España actualmente, el PSOE, es sin duda quien más responsabilidad tiene en este asunto y en su conciencia política deberá recaer toda la responsabilidad que le corresponde por no haber asumido de un modo claro y distinto su papel histórico en este momento, enfangado como está en luchas intestinas absurdas.

Decía Platón en el Gorgias que la retórica es solamente una forma de adulación. Los políticos españoles han practicado la adulación en todos los ámbitos de la acción política, siempre con nefastos resultados. Cuando el discurso es verdadero no tiene por qué adular, puede incluso doler, molestar, incordiar. Cuando un actor engaña hace su trabajo, cuando un político engaña, lo que hace es traicionar a su país. El PSOE ha intentado salirse por la tangente del problema aduciendo la absurda fórmula de «nación de naciones», una majadería que no sirve para nada, que nadie entiende y a nadie le importa. Sólo muestra inmadurez, y falta de responsabilidad. Saben perfectamente que el problema de Cataluña no se resuelve con circunloquios. Saben que deben pactar con el PP y con Ciudadanos y ser firmes, aunque resulte ser una paradoja. En gran medida, podemos decir que la clave para resolver el problema de Cataluña está hoy en manos del PSOE. Sólo este partido tiene por un lado la perspectiva histórica referida a España, y por otro lado, la capacidad de determinar cambios políticos serios en España, no en la dirección de atender las pasiones emocionales alimentadas por los medios, sino los principios básicos de una vida digna y sin complejos.

Orígenes teológicos de los filósofos que gestaron el liberalismo europeo en tiempos de Locke, Hobbes y demás conocidos anglosajones en base a doctrinas luteranas sus derivados. Exposición del analista y filósofo chileno Gastón Soublette.(video en español).Desarrollos históricos hacia el Neoliberalismo presente.

Una crítica , desde la Filosofía, a la actual deriva que marca el rumbo de la Globalización curso: el neoliberalismo y las sociedades de la democracia dude consumidores satisfechos. Nos parece un video de enorme interés para el análisis y crítica del momento actual, tanto en Chile como en prácticamente todo el mundo. Cuestiones como el modelo laboral dominante, en el sistema actual llamado neoliberalismo. Inmersos en la Globalización , se muestra cómo grandes masas de jóvenes viven bajo formas pos modernas , reales, constatables, de esclavitud.

Por estas razones, el filósofo chileno, ya nonagenario, nos aporta unos sabios y radicalmente críticos análisis y sugerencias, para nuevos modelos que han de luchar contra esta situación de creciente oligarquización del Poder político-económico, bajo la amable faz de la globalización en busca de La Paz y la felicidad perpetua, que en realidad acaba siendo una felicidad canalla.

No en vano en el video, Gastón Soublette, hace una especial referencia a los nazis y sus prácticas genocidas. Y el papel que tuvo en todo ese actuar hiperactivo agresivo, de una importante parte del propio pueblo alemán.

Desde Chile en crisis política, social y económica, y en relación con la actual protesta global contra el modelo impuesto por los gestores del modelo ultra neoliberal.

Se sugiere otro análisis (creemos que complementario del anterior video de G Soublette), por parte del investigador chileno Luis Razeto, que busca propuestas de solución a la crisis ,envase a lo que él entiende como “el principio de subsdiaridad”

El Principio de la subsidiaridad del Estado, en su actual interpretación neoliberal, es criticado y reformado por Luis Razeto, cuyo modelo de la subsiriadidad como principio político y social es el desarrollado desde el catolicismo y la doctrina social católica, y que habría de ser un pilar de las políticas de los llamados gobiernos de partidos demócrata-cristianos.

Complemento a las dos anteriores (arriba) exposiciones, en torno a propuestas para el cambio y superación la crisis provocada por los excesos y contradicciones , producto de un neoliberalismo fuera de control.

El vecino francés, o de cómo la ¿izquierda? francesa, “sigue desgarrando”, o mejor dicho, intentando desgarrar a España, alimentando , una vez más la leyenda negra anti española usando el mito de la sublime “grandeza de Francia “,esa mítica República, hoy bastante venida a menos, del no menos mistificado Napoleón.

En esta entrada ponemos a consideración de quien leyere, unas referencias para el análisis y la crítica, en torno a lo que está jugándose en este mes de elecciones generales en España ( el domingo 10 de noviembre de 2019 ) tras el fracaso para lograr “formar gobierno”, tras las elecciones de hace unos pocos meses, y en un momento complejo , al menos si tenemos presente el radicalizado movimiento secesionista promovido desde partidos antiespañoles varios en la provincias catalanas de España. Partidos pro secesión de España, en esta ocasión más o menos descaradamente apoyados por un conocido medio de noticias francés, como es en el caso que referimos ahora, del Le Monde Diplomatique. A mi juicio ( INTROFILOSOFIA), en esta ocasión el Le Monde Diplomaqtique se ha decidido por hacer periodismo tipo panfletario.

https://www.publico.es/politica/joan-garces-encontramos-solucion-catalunya-decidira-potencia-extranjera.html

Camiseta promocionada por el diario Público, como regalo a sus suscriptores . Aprovechando al máximo los “beneficios” de la exhumación de Franco Del Valle de los Caídos .

El artículo -en modo entrevista- del periodista Alejandro Torrús (Diario Público) a Joan E Garcés, se publicaba el día 18 de octubre de 2019, en Madrid. ( Ver enlace arriba de la anterior imagen )

Y “casualmente”, el mensual Le Monde Diplomatique en español ( versión adaptada, en parte, a los lectores en España, basada en el matriz francés Le Monde Diplomatique ) , publica en el número del mes de noviembre de 2019, ( al quiosco donde lo compro, en Santander, España, les había llegado justo hoy miércoles 6 de noviembre, a cuatro días , casualmente, de las próximas elecciones, y dos días después del “debate” emitido la noche del lunes 4 de noviembre por la cadena de televisión del Estado, TVE, Televisión Española.

En la página de contraportada , la más importante , por su visibilidad, tras la portada, está íntegramente dedicada a un artículo firmado por el entrevistado de la edición de Público mencionada arriba, pero ahora, el entrevistado es del mismo autor de una artículo de “tipo periodismo de investigación y análisis político “

El Le Monde Diplomatique edición española, pone el título a toda página: La revuelta republicana en Cataluña. Firmado por: Joan Garcés, ” Premio Nobel alternativo 1999(Fundación Rightly livelyhood,, Suecia) -copia textual del Le Mode Diplomatique-

Es evidente, para cualquier lector crítico y atento, que este mensual francés, apoya a los partidos pro secesionistas no sólo catalanes, sino de otras autonomías españolas,, aunque lo dice sólo de modo muy sutil ( o más bien muy hipócritamente ), como a la francesa, para que no se vea claramente que en estos tres largos artículos dedicados a fustigar a España, en plan negrolegendario y qué grande es la grandeur de La Republique Française, etc. . Los tres artículos son muy sesgados políticamente, cosa que pareciera casi lógica dado que tenemos ya un político metido a la francesa en España, que fuera nada menos que Ministro de Interior de Francia , nos referimos, claro es, al actual concejal y aspirante a alcalde de Barcelona en las últimas municipales, el señor Valls, hoy en el partido de “centro” ( no tengo muy claro si centro-derecha o centro-izquierda), es decir, de Ciudadanos.

Los artículos que hemos mencionado , que publica Le Monde Diplomatique de este mes, justo unos pocos días antes de las elecciones del 10 de noviembre son los siguientes:

Parte superior de la primera página, donde se destacan dos de los tres artículos sobre España y el secesionismo catalán, aunque no se lo llama así en la publicación, sino que para el mensual afrancesado se trata de algo tan sublime, como un derecho republicano a decidir, gracias a la Liberté, Egalité y Fraternité de la grandiosa Francia tan y tantas veces mitificada. – Y , podemos agregar, falseada por la propaganda , según qué circunstancias y momentos históricos e intereses políticos o económicos de Francia.


Obsérvese el mensaje de la foto, perfectamente ad hoc elegido por los editores del diario.
Y de igual manera, llama la atención, el enorme y amarillista gran título, propagandista título, en grandes letras en rojo “republicano” de la IIª República.

Este artículo, que ocupa una página completa, a cuatro columnas, la 14, y media, la 15, las dos centrales del periódico especializado en “análisis y crítica” política, fue redactado por dos “enviados especiales” ( suponemos que enviados por la central en Francia; París ): Pauline Perrenot y Vladimir Slonska-Malvaud. Podemos calcular que una página y media equivalen, más o menos a unos siete folios a máquina, que no está mal en cuanto a cantidad de “información y datos para el “análisis ” “. Este es el primero en aparecer.


Parte del primer artículo
Parte del primer artículo, mostrando una imaginad hoc que muestra el foro odio al dictador y “asesino” que ha sido el mantra en la campaña electoral por parte del presidente en funciones, del PSOE, Pedro Sánchez, y al que se ha apuntado toda la izquierda más radical, como Unidas Podemos y sus variantes locales, los secesionistas y los independentistas , aun siendo de “derechas” varios de entre ellos, han hecho causa común y aprovechado todos este icono del Franco asesino y”padre político ” de los partidos de la o las derechas . El mito está navegando a toda vela, otra cosa es que el viento les sea favorable , porque , acaso, el pueblo español no sople esas velas de los barcos piratas y corsarios apoyados por enemigos, como la Francia, entre otros.
Barco español, protegiendo la costa del Norte de España,de los ataques franceses. Siglo XIX. Se ve el Fuerte de la Villa de Santoña, actual autonomía de Cantabria. España. Nunca pudieron tomar Santoña las naves invasoras.

El segundo artículo, del historiador inglés Paul Preston, lleva como título una frase que, según “explica” el historiador británico, la dijo el señor Enrique Suñer, elegido por Franco para presidir el Tribunal de Responsabilidades Políticas. El título hace referencia a la forma en que veía a los políticos republicanos Suñer, según han adaptado los editores al poner este TÍTULO DEL ARTÍCULO DE P PRESTON:

Los republicanos, jabalíes y ungulados.

Segundo artículo. Media página, a cinco columnas ( pág. 15). Firmado por el historiador e “hispanista” británico Paul Preston

El artículo del historiador Preston, desde luego , no es un texto académico, sino claramente un tipo de publicación que deja ver un clarísimo sesgo anti español y pro secesionista. Poco serio, silo analizamos desde una perspectiva Histórica mínimamente rigurosa. Creemos, que si el Le Monde Diplomatique hubiera tratado de publicar información crítica y para un análisis lo más objetivo posible, de lo que pasa en la España del presente , y de las conexiones que puede haber con los sucesos de la Guerra Civil del 36-39, tienen a su disposición excelentes historiadores españoles, que realmente hubieran aportado, a mi juicio, más “luz” para ver con mayor claridad de ideas estas cuestiones. Me permito mencionar un historiador, excelente conocedor de la Guerra Civil y de los intereses de otras potencias en la misma, como es Enrique Moradiellos.

No hace falta cantidad, sino que es muy importante sobre todo la CALIDAD, cuando consultamos asuntos relacionados con la Historia. Sugiero la lectura de este libro de Moradiellos, para aclarar ideas oscuras y sobre todo para deshacer entuertos y tanta “basura histórica fabricada”, por los enemigos de España, internos y externos.
El tercer artículo , de Joan Garcés, ocupa completa la contraportada, una de las páginas más visibles. Todo un panfleto contra la España realmente existente, y todo un inmenso cúmulo de basura histórica fabricada, para mostrar la faz que los enemigos de España pretenden ser la verdadera, aun a sabiendas de que están fabricando un monstruo, tan conocido ya como esa vieja y rabiosamente anti hispana leyenda negra. Tratan de fabricar y reproducir en tiempos de la posverdad (Orwell, la neolengua y el Misterio de la Verdad) y del pensamiento débil, un nuevo mito preñado de oscurantismo y políticamente corrosivo y muy dañino para la convivencia de todo un pueblo y nación política como es el español: el mito de la Cataluña de la grandeur republicana, que es sólo eso , un mito oscurantismo donde los haya. Y que además, trabaja para el inglés ( y claro es, también y acaso sobre todo, para el francés por supuesto, para el alemán)
La Pax estalinista

Historia y Política: una propuesta para la crítica y el análisis de España y la situación actual (fines de 2019)

Franco no derrotó en 1939  a una democracia, sino a un frente popular disgregador y totalitario, salido de unas elecciones fraudulentas. Por Pío Moa 

Escrito por Pío Moa • 2018-09-05 05:16:00 •  3: 35 minutos

FUENTE https://www.elcorreodemadrid.com/opinion/681099576/Franco-no-derroto-en-1%20-a-una-democracia-sino-a-un-frente-popular-disgregador-y-totalitario-salido-de-unas-elecciones-fraudulentas.-Por-Pio-Moa.html

La izquierda y los separatistas  tienen una coherente versión histórica de la historia reciente: en 1936 Franco y los suyos dieron un golpe de estado contra un régimen democrático, que llaman la república, la cual amenazaba los privilegios de los “enemigos del pueblo y de la libertad”. Luego instituyeron una dictadura feroz, durante cuarenta años. Y tras la muerte del dictador, sus seguidores y beneficiarios impusieron una transición democrática a medias, desde el franquismo y no contra él, reteniendo gran parte de su poder. Y hoy ha llegado el momento democratizar plenamente a España, integrarla en Europa, etc. Este esquema histórico es el que subyace a todas sus políticas y argumentario. 

   La derecha resolvió aceptar en gran parte el discurso anterior, oponiéndole solo la consigna de la “reconciliación” y una actitud de echadora de cartas “mirando al futuro”. Con ello demostraban una pobreza política, intelectual  y moral extrema, se veían despojados de la calidad de demócratas, obligados a “demostrar”  que no eran franquistas  a sus oponentes, “demócratas” por naturaleza,  los cuales podían exigirles más y más “pruebas” y concesiones. Así se privaban de una política consecuente y clara,  se refugiaron pronto en la cuestión económica, y sobre todo escupían sobre las tumbas de sus padres y abuelos.  Esta increíble miseria de la derecha tiene sus raíces en el Concilio Vaticano II, que rompió con el franquismo, dejándolo sin ideología, y respaldó moral y físicamente a los vencidos en la guerra civil.

    El discurso histórico del antifranquismo es perfectamente coherente, aunque falso en todos sus aspectos, y el de la derecha ni siquiera puede llamarse discurso político o intelectual. Es la nada.  El Frente Popular no fue la república, sino la destrucción de ella mediante el golpe de estado de unas elecciones fraudulentas seguidas de un verdadero régimen de terror. Se compuso de partidos separatistas y totalitarios acompañados de los mariachis republicanos de izquierda, a su vez golpistas desde 1933. Carecía, por tanto, de toda legitimación democrática Y por ello mismo, los partidos que después se identificaban moral y políticamente con el Frente Popular estaban en la misma posición.  (Diré de pasada que esta evidencia decisiva he sido el primero o de los primerísimos en señalarla e insistir en ella).

   Si VOX quiere significar en política algo diferente de la congregación de partidos-mafias, y no diferir solo en cuestiones menores o de matiz que pueden llevarle a ser uno más o a ser absorbido por el PP,  debe dotarse de un discurso no menos coherente que el de la izquierda y separatistas, pero verídico. Y que en líneas generales podría ser el siguiente.

 a) Franco no derrotó en 1939  a una democracia, sino a un frente popular disgregador y totalitario, salido de unas elecciones fraudulentas. Y no tuvo oposición democrática, sino comunista y/o terrorista, porque era preciso asegurar un país próspero y sin odios antes de replantearse una democracia, y  todo el mundo lo entendía más o menos conscientemente. Y eso fue lo que hizo el franquismo.

b) Franco volvió a derrotar después de muerto a un nuevo frente popular en ciernes. Fue en el referéndum de 1976, cuando la inmensa mayoría del pueblo votó por una democratización desde el franquismo y contra una amalgama de partidos izquierdistas y separatistas (“rupturistas”) que se identificaban con los derrotados del 76. Con la novedad de incluir a grupos cristianos y similares salidos del confusionismo sembrado por el Vaticano II.

c) Los frentistas no renunciaron a las tesis que les daban la citada coherencia, sino que aprovecharon las ventajas que les proporcionaba la democracia para socavarla, bien conscientes de la utilidad que representaba una visión de la historia, aunque fuera falsaria. Con Zapatero lograron fuerza suficiente para anular la transición, deslegitimar por fin al franquismo, y con él a la monarquía y a la democracia, agravando los problemas de separatismos y el impulso totalitario, bien manifiesto en un tipo de propaganda, en leyes como la de la memoria histórica o la de género, o en la recompensa política a los asesinatos de la ETA.

d) Cumplida esta primera parte, quedaba aún ultrajar al hombre que los había vencido por dos veces y destruir de alguna manera, física o simbólicamente, el Valle de los Caídos, que con su mera presencia denunciaba la falsedad del discurso frentista y de sus políticas derivadas.

   Exponer y explicar incansablemente este esquema puede dar a VOX la fuerza política y moral de la que carece el resto de la derecha, y limpiar de basura y telarañas el esperpéntico panorama político actual. Podrá decirse que es una tarea difícil y a largo plazo, como la que debieron afrontar los frentistas en 1976. Creo que es difícil, pero no tan a largo plazo. Porque es lógico, comprensible, revela el embuste contrario, explica la situación cada vez más dramática a la que están arrastrando al país, y gran cantidad de personas pueden entenderlo.

   Algunos aconsejan a VOX aliarse con otras fuerzas como Ciudadanos y el PP frente a las amenazas inminentes hoy en marcha. Creo que esa alianza o acuerdo es hoy  imposible, porque esos partidos siguen girando en torno al discurso de los frentistas, haciéndolos cómplices de estos. Y porque desdeñan abiertamente a VOX.  Solo desde un claro deslindamiento de posiciones serían posibles acuerdos parciales. De otro modo la ceremonia de la  confusión estaría servida una vez más, y probablemente VOX desaparecería, absorbida por el “nuevo” PP y por Ciudadanos.

Pío Moa

Pío Moa

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moa

Nació en 1948, en Vigo. Participó en la oposición antifranquista dentro del PCE y el PCE(r)-Grapo. En 1977 fue expulsado de este último partido e inició un proceso de reflexión y crítica del marxismo. Ha escrito De un tiempo y de un país, sobre su experiencia como “revolucionario profesional” comunista.

En 1999 publicó Los orígenes de la guerra civil,que junto con Los personajes de la República vistos por ellos mismos El derrumbe de la República y la guerra civil conforman una trilogía que ha cambiado radicalmente las perspectivas sobre el primer tercio del siglo XX español. Continuó su labor con Los mitos de la guerra civil, Una historia chocante (sobre los nacionalismos periféricos), Años de hierro (sobre la época de 1939 a 1945), Viaje por la Vía de la Plata, Franco para antifranquistasLa quiebra de la historia progresistay otros títulos. En la actualidad colabora en Libertad DigitalEl Economista, El Cooreo de Madrid, El Muro del Pueblo Español, Radio Ya y Época

España y sus enemigos , internos, y externos. O luchamos por una defensa sin miedo y con inteligencia por España , para vencer a sus actuales y ya viejos enemigos, o cada día perderemos más libertad y fortaleza para segur siendo libres.

Jesús G Maestro, grito por la libertad de España contra sus enemigos de siempre

Filosofía política: propuestas para el problema de la “democracia”. Por el filósofo mexicano Enrique González Rojo

FUENTE http://enriquegonzalezrojo.com

I.- Vicisitudes de una etimología.

Radiografía de la democracia

La democracia fue instaurada en Grecia tras las reformas de Solón, Pisístrato y Clístenes y llegó a su mayor florecimiento en la época de Pericles. Como se sabe, su significado etimológico es el de gobierno del pueblo. La institución fundamental del régimen era la Asamblea Popular ateniense, formada por los adultos de la ciudad-estado o sea por el demos(palabra que se suele traducir por pueblo), que resolvía sus asuntos, tras de un intercambio de ideas, por mayoría de votos. En realidad estaban excluidos de la asamblea los esclavos, las mujeres, los jóvenes. El término demos –de origen campesino-, abarcaba sólo al “pueblo” libre, espe- cialmente a los esclavistas, ya sea aristócratas o comerciantes. No sólo los esclavos estaban excluidos del demos –¡la mitad de la población del Ática, en tiempos de Clístenes eran esclavos!- sino que los pobres libres o libertos en general no podían acudir a las reuniones periódicas de la Asamblea porque su trabajo se los impedía. Esta fue la razón por la cual Pericles decidió que se les proporcionara un estipendio determinado a los representantes del órgano legislativo que les permitiera abandonar su trabajo durante las sesiones de la Asamblea.

Desde una perspectiva moderna, que no helénica, el concepto griego de democracia, y la definición nominal que supone, conlleva una contradicción entre lo ideal –gobierno del pueblo en general- y lo real – gobierno de una parte del pueblo sobre la otra. Aún más: dice ser una cosa y es otra o, lo que tanto vale, parece aludir a todos –cuando alude sólo a algunos- para poder fácilmente o con menores dificultades ejercer su poder de clase sobre los dominados. Esta contradicción que, recordando a los griegos y a sus instituciones más avanzadas, hace acto de presencia cuando se habla de democracia y se pugna por encarnarla en la realidad, no es un error o un simple engaño, sino que es una ideología.

Enrique González Rojo Arthur

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Los dos términos de la definición etimológica –el demos (pueblo) y el cratos (gobierno)- se presentan como un enlace armonioso natural, deseable; pero son, cada uno, ambiguos e históricos, esto es, no son ni pueden ser lo que dicen ser, ni tienen el mismo significado ni el mismo contenido en diferentes lugares y en distintos tiempos. El concepto de pueblo se opone, sí, a los enemigos del pueblo –poderosos, mandatarios, etc.-, pero oculta las clases a él inherentes, y aunque silencie sus diferencias clasistas frente a un enemigo común –como las contradicciones internas al Tercer Estado en su lucha contra la aristocracia absolutista de Francia- no deja de ser un complejo de clases sociales con un antagonismo que tarde o temprano se develará. La noción de cratos o de gobierno, por su parte, divide al pueblo, en su sentido más amplio, en gobernantes y gobernados. El verdadero concepto de democracia o de gobierno del pueblo, adelantaré, sería el autogobierno porque en él ya no se daría la diferencia, de carácter antagónico, entre quienes ejercen el poder y quienes lo padecen. Pero la idea de autogobierno disuelve la oposición entre gobernados y gobernantes –que, quiérase o no, impera en toda democracia- y termina por negar a ésta última mostrando el hecho de que donde se implanta la autogestión –que es el más profundo sentido que puede recibir el término- se liquida el concepto habitual de democracia y su desdoblamiento en gobernantes y gobernados.

La historia determina el carácter de ambas nociones, del cratos y del demos. Habría que hacer una reseña histórica –cosa que me es imposible llevar a cabo en este sitio- de qué era el pueblo, quién lo constituía y cómo participaba en las decisiones civiles, si es que lo hacía, a lo largo de las diferentes formaciones sociales que se registra el devenir histórico, y también cómo, en diferentes circunstancias, concebía su acceso al poder y, en caso de ver realizados sus propósitos, cuál era en esencia su modo de ejercer el dominio.

Pongo un ejemplo. Como se sabe, durante la República Romana, después de la caída de Tarquino el Soberbio y, con él, de la dinastía de los reyes etruscos, en el año de 510 A.C., existieron en Roma tres tipos de asambleas o comicios en que los magistrados elegidos sometían a

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3votación las leyes que regían la vida de los ciudadanos: las curiales, las

centuriales y las tribales.

Las asambleas curiales estaban basadas en la antigua división socio- religiosa en curias, las cuales comprendían a su vez un cierto número degens. Conjunto de familias unidas por un culto común, las curias se hallaban integradas sólo por patricios. Cada una de las curias tenía derecho a un voto y las decisiones se tomaban por mayoría. Pero los plebeyos –y ya nos se diga los esclavos- estaban excluidos de estas asambleas y la “democracia” ejercida en ellas –el mecanismo de la votación- estaba puesto sólo al servicio de la clase dominante. Aunque siguieron existiendo, estas asambleas fueron perdiendo su importancia tras la revolución de 509 A.C. y el predominio pasó a las otras dos: las centuriales y las tribales.

Las asambleas centuriales, eran de carácter militar y se fundaban, no en el domicilio, sino en la clasificación de las fortunas en cinco categorías. La primera clase, la de los más acaudalados comprendía, por entonces, 98 centurias; las otras cuatro clases se hallaban integradas por 95 centurias. Las asambleas centuriales ya no excluían a los plebeyos; pero como cada centuria tenía derecho a un voto, el predominio de los más ricos estaba asegurado en cada una de las sesiones legislativas.

Las asambleas tribales, que eran comicios no militares sino civiles, son vistas por algunos historiadores como las asambleas democráticas por excelencia, pues todos los ciudadanos –con exclusión, sin embargo y como siempre, de los esclavos- formaban, o podían formar, parte de ellas y votaban sin distinciones de fortuna, repartidos en 35 tribus asentadas en circunscripciones administrativas, pero cuando los plebeyos pobres emigraron del campo a Roma, en aquél no quedaron sino ciudadanos acaudalados, y dado que las tribus campesinas eran más numerosas que las de la urbe, y se contaban los votos por tribus y no por electores individuales, los ricos, el patriciado, volvieron a tener mayoría.

Algo semejante a lo sucedido en Grecia y Roma, y en ocasiones peor, apareció en la alta y baja Edad Media (verbigracia en la Cámara de los Lores o de los Comunes en Inglaterra), en el inicio del capitalismo (en

Venecia y Florencia) o en EE.UU. La democracia se manifiesta inalterablemente como el gobierno de una élite, un grupo, una clase. En ocasiones se hace esto de una manera tan burada que sólo se permite votar a los propietarios. Pero aunque así no sea –y poco a poco la democracia fue “purificada” hasta hacer que todos los representantes ante las cámaras legislativas participen en ella aparentemente en términos de igualdad- la democracia ha sido siempre el dominio de los pocos sobre los muchos, por más que, supuestamente, los primeros representen los intereses de los segundos.

2. Importancia y limitaciones de la dicotomía: democracia formal y democracia real.

Toda organización, para no ser víctima de la fuerza y la tiranía, tiene que ceñirse a determinadas disposiciones o reglas (sujeción de la minoría a las decisiones de la mayoría, libertad de pensamiento y de palabra, etc.). Esto da lugar a lo que puede llamarse democracia de funcionamiento: en el régimen capitalista (y neoliberal) ésta impera no sólo en un Congreso (cámara legislativa), sino en diferentes agrupaciones partidarias, sindicales, agrarias, ONG’s, clubes y en los más variados tipos de asociación humana, sino también en federaciones y confederaciones de capitalistas industriales, bancarios, comerciantes, que se llevan a cabo con el objeto de asegurar o ampliar su obtención de lucro y que se basan, por ende, en la explotación de los trabajadores.

La democracia de funcionamiento aparece por lo menos en tres partes; a) entre los capitalistas asociados –a nivel nacional o transnacional-, en su necesidad de evitar lo más posible contradicciones inter-burguesas a la hora de explotar a los trabajadores asalariados,

b) entre los trabajadores asalariados (por ejemplo en los sindicatos) en su necesidad de evitar lo más posible contradicciones inter-proletarias a la hora de negociar con la clase enemiga el precio de venta de su fuerza laboral y

c) en los individuos que se agrupan por alguna razón (por ejemplo ONG’s) y que no caen directamente en la órbita del capital y el salariado.

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La democracia de funcionamiento es una democracia formal porque es indiferente al contenido; por eso puede adjetivarse indistintamente como industrial, sindical, campesina, ciudadana, esto es, de diversa manera y en ocasiones contrapuesta. En este sentido, puede afirmarse que, si respetan las reglas de este ejercicio organizativo elemental, son tan “democráticos” los poseedores como los desposeídos. Todavía más. Si los grandes “capos” de un cártel de drogas o de una banda traficante de armas, se sometieran a la democracia de funcionamiento para que no hubiera dictaduras y privilegios entre los hampones, también se podría decir que son, entre ellos mismos, “democráticos”. La finalidad perseguida por la democracia de funcionamiento es montar guardia, cuidar la unidad o cohesión de los asociados, convencerlos de que las decisiones que toman, se hacen de manera colectiva, no respondiendo a intereses de tal o cual magnate, cacique o personalidad fuerte. Su propósito es dejar de lado otras formas, añejas ya, de funcionamiento organizativo como el despótico, arbitrario, “discrecional” que acarrean, o pueden acarrear, molestias y rechazos entre algunos miembros de la agrupación que se pueden sentir ignorados, dejados de lado o de plano subestimados o pisoteados.

A esta democracia funcional múltiple puede y debe llamarse democracia (formal) burguesa que acepta, promueve y se siente orgullosa de que el mecanismo de las votaciones impere arriba y abajo, en la periferia y el centro, en una palabra, a lo largo y a lo ancho de la sociedad capitalista, pero que lejos de subvertir el orden y los puntales en que se basa la formación social, los reafirman y consolidan.

Ciertamente que no debe desdeñarse la importancia y progreso que implica la democracia de funcionamiento frente al despotismo en cuestiones de organización con el cual se contrapone. Mas importante es subrayar el hecho de que la democracia de funcionamiento hace que la sociedad capitalista (y neoliberal) dividida en clases, en gobernantes y gobernados y en un sinfín de polaridades más, halle en ella la regla ubicua y contrastante para que los diferentes protagonistas económicos, políticos y sociales del régimen, entren a la lisa, la convivencia, las negociaciones o la colaboración, del mejor modo posible, dada la unidad y armonía que se logra en cada polo o parte. La democracia de funcionamiento, puesta a

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funcionar en todos los rincones y vericuetos del sistema, engendra, en su generalización organizativa, la esencia de la democracia burguesa que (a pesar de su empeño de silenciar u omitir su adjetivación) se hace patente desde el momento en que opera siempre en el régimen capitalista, pero nunca contra él o como elemento des-estructurador de un modo productivo que conlleva la explotación, las guerras, la pobreza de las mayorías, la corrupción como palanca ineludible de acumulación capitalista, etc. Esta democracia es formal porque, como dije, funciona con indiferencia respecto al contenido y es burguesa porque, encarnando tal forma de operar, actúa como una herramienta que, pese a ciertas interpretaciones, no hace otra cosa que convalidar la sociedad desigual que nos ha tocado vivir.

Como es en la sociedad capitalista donde la democracia de funcionamiento se universaliza –y en este sentido presumen de “democráticas” tanto las asociaciones patronales como las laborales-, los socialistas del viejo cuño contraponían a la democracia formal (burguesa) la democracia real (socialista). Algunos, los más avispados y sensibles, sugerían que la democracia formal y su mecanismo de votaciones y representatividad, tendría que ser reasumida, en el momento en que fuera posible -¡aunque éste se postergaba sistemáticamente debido a diversas razones “importantísimas”!- por la democracia real, socialista, en proceso de construcción. Otros, que no podían ocultar su vocación despótica, simplemente decían que la democracia real negaba la formal, porque ésta se identificaba sin más ni más con una forma de funcionamiento propia del capitalismo.

¿Qué era la democracia real? Ya no era una regla de funcionamiento, unmodus operandi de diversas agrupaciones o el procedimiento electoral para designar representantes en todos los niveles, sino una políticatransformadora, revolucionaria que iba desde el hecho de propiciar en los obreros la emergencia de la conciencia de clase y la necesidad de la toma de decisiones, hasta la lucha por modificar las condiciones socio- económicas que servían de base, raíz o núcleo generador a la desigualdad social y la explotación del trabajo.

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Si la democracia formal (burguesa) consistía, en el nivel electoral, en elegir por mayoría de votos –directamente o no- a los representantes del gobierno (de los tres poderes en todos los niveles), la democracia real (socialista) era concebida como una palanca para subvertir la existencia de las clases sociales y todo lo implicado en ello. Como el fundamento de estas últimas residía, como reside, en la propiedad privada sobre los medios de producción, la democracia aparecía como teniendo su esencia definitoria en la socialización de tales medios.

Aún más. Casi todos los socialistas convenían en que en la primera fase -la de la dictadura del proletariado- la democracia real (y la política transformadora que suponía) tendría que oponerse, limitar o de plano excluir la democracia formal. La democracia de funcionamiento generalizada debería posponerse para Dios sabe cuándo…

Algunos teóricos pretendieron sintetizar o entrelazar la democracia real (y su vocación transformadora) y la democracia formal (y sus reglas de funcionamiento y representación). Para esta posición, el socialismo tenía que ser la articulación, entre otras, de dos prácticas: la socialización de los medios de producción (y la lucha por desencadenar una superestructura acorde al nuevo basamento socioeconómico) y la democracia de funcionamiento y representación. La llamada democracia real no debía servir de parapeto o pretexto para excluir la democracia de funcionamiento. Este tipo de socialismo se quedó en formulación teórica, búsqueda infructuosa, deseo. En la realidad -en las primeras décadas del pasado siglo- se contrapusieron dos posiciones “socialistas” extremas y antitéticas: una, que hacía énfasis en una democracia formal sin democracia real (socialdemocracia, II internacional) y otra, que ponía el acento en una democracia “real” sin democracia formal (bolchevismo, III Internacional y, más que nada, estalinismo). La primera, cantó loas a la democracia de funcionamiento y al mecanismo de la representación y nunca pudo ni quiso reemplazar la formación capitalista –de un capitalismo ya monopólico y financiero- por un régimen en que la democracia real pusiera las bases para una sociedad igualitaria. El segundo, justificando su posición con la teoría de la dictadura del

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proletariado, cayó en un totalitarismo que excluyó en lo fundamental la democracia formal, conceptuada de burguesa.

No se realizó ni en un caso ni en otro la síntesis entre las dos concepciones de democracia. Pero estoy convencido de que si, de ser posible, se hubiera llevado a cabo tal amalgama y hubieran salido triunfantes los partidarios de un socialismo que no fuera despótico sino democrático, no se hubiera tratado de un socialismo auténtico porque para dar a luz este socialismo no basta unir a la democracia “real” anticapitalista la democracia formal, sino que hay que superar ambas nociones en la idea, la práctica, la asunción de una democracia autogestiva.

Es importante subrayar que no sólo la democracia de funcionamiento y representación conlleva históricamente un avance sobre el despotismo organizativo -como el capitalismo sobre la feudalidad-, sino que la democracia real supera en un sentido y dentro de ciertos límites a la democracia formal. La razón de ello es clara: la democracia real no se limita a brindar una regla de funcionamiento o una práctica de representación a todos los integrantes de la sociedad desigual –y en especial explotadores y explotados-, sino reconoce la desigualdad, busca y halla, por lo menos en parte, su origen y pugna por modificar las cosas.

Pero la democracia “real” estaba lejos de serlo. La “democracia” de la URSS y las demás “democracias” populares, fue desde un principio claramente falaz, engañosa, irreal: es cierto que excluyó del poder al capital privado y en este sentido puede afirmarse que no restringió su actividad al formalismo operativo de la democracia burguesa, sino que produjo una radical transformación de los fundamentos de la sociedad capitalista. Pero esta democracia “real” estaba lejos de serlo, insistiré, porque la sociedad capitalista, desigual, que pretendía transformar, y que de hecho transformó, no era binaria, como suponían los socialistas de entonces, esto es, no se hallaba conformada sólo o fundamentalmente por dos clases sociales –capitalistas y asalariados- y otras contradicciones subordinadas a éstas, sino ternaria y polivalente, lo que equivale a decir, primero, que a las dos clases en el sentido apropiativo-material de la expresión –clase dueña de los medios productivos y clase desposeída de ellos- hay que añadir la existencia de una tercera clase –ahora en un

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sentido apropiativo-intelectual- que ocupa un lugar intermedio entre el capital y el trabajo físico: la clase intelectual1 y, segundo, que las otras antítesis que integran la sociedad (hombre/mujer, gobernados /gobernantes, jóvenes/viejos, mayorías/minorías sexuales, ciudad/campo, etc.), poseen una relativa autonomía respecto a las clases sociales y su basamento económico e implican, si se busca su armonización y coexistencia a niveles de tolerancia y respeto, prácticas específicas que no se reducen a ser el famoso “vendrá por añadidura” de que hablaba el optimismo de los marxistas-leninistas de entonces. Si la sociedad capitalista no es binaria sino ternaria, si sus contradicciones no se someten a la monovalencia de la concepción clasista vulgar, sino que constituyen una verdadera polivalencia, entonces al régimen creado a partir de estas premisas, independientemente de lo que se creyese y dijera, no era socialismo ni encarnaba una democracia real. La concepción binaria lleva a pensar, por ejemplo, que basta un trueque de contrarios para crear las bases del socialismo: si en el capitalismo domina el capital (ejerce, veladamente o no, su dictadura), en el socialismo (vía la dictadura del proletariado), al convertir el elemento dominado en dominador, se inicia o arranca –pensaban los marxistas-leninistas- el proceso de des-enajenación. Pero lo que no les fue dable tomar en cuenta es que si en el capitalismo no hay dos clases fundamentales (capital/trabajo) sino tres (capital/trabajo intelectual-trabajo manual), el trueque de contrarios hace que, mientras el capital es desplazado –o dominado hasta su aniquilamiento-, queda dueño de la situación, no el trabajo manual, sino la clase intelectual, de donde surgen la burocracia y la tecnocracia que constituyen el funcionariado del nuevo régimen, socialista de nombre y totalitario de hecho. La democracia “real” de este régimen -el impulso transformador que la llevó a expropiar a los expropiadores- es en realidad una “democracia” no socialista, sino tecno- burocrática, una democracia que sacó del poder una clase dominante (burguesía) para poner a otra (clase intelectual).

La socialización –más bien estatización- de las condiciones materiales de la producción, arrojó, sí, de la escena al capital privado -y en esta medida

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1 Consúltese: Enrique González Rojo, La revolución proletario-intelectual, Ed. Diógenes, México, 1981.

subvirtió el orden capitalista tradicional- pero permitió que una nueva clase social agazapada en el entramado capitalista –la clase intelectual- y el Estado que la representa, ocupara el poder y mostrara la falacia de la adopción militante de una democracia real (sin comillas).

3. La ideología burguesa inherente a la filosofía de la democracia.

Antes de proseguir, conviene hacer notar que el concepto de democracia (formal) a veces no se presenta tan precaria y elementalmente como lo hemos hecho hasta aquí, porque, habiendo sido elaborado y profundizado con el tiempo hasta formar una filosofía de la democracia, se trata de un sistema de pensamiento ideológico que trasciende la formulación primitiva de la democracia formal, para sustituirla por una más compleja, sofisticada y, en cierto modo, más taimada y embaucadora.

La filosofía burguesa de la democracia (que nunca, aunque diga lo contrario, deja de ser formal) reúne, entre otros, los siguientes elementos en una articulación compleja:

a) la democracia de funcionamiento o el mecanismo de las decisiones, b) los problemas de la representación, c) la vinculación y la independencia republicanas de los tres poderes y la polémica en torno a si la democracia debe ser directa o indirecta, d) la relación federalista entre el centro y la periferia, e) la asunción de los derechos humanos y las garantías individuales, etc.

a) De acuerdo con esta filosofía, la democracia de funcionamiento no se reduce a las bondades del sufragio como instrumento fundamental del mecanismo de las decisiones, sino que implica los siguientes componentes:

* tendencia al consenso
* votación y decisión mayoritarias
* respeto a los derechos de las minorías

*acatamiento por parte de las instancias inferiores de la sociedad o de una agrupación determinada, de los acuerdos tomados por las instancias superiores (elegidas mediante una votación transparente)

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*pugna contra el rechazo de la manipulación

*denuncia contra el “seguidismo” y el “complejo de rebelión y desconfianza” y su sustitución por las actitudes correctas: coincidencia y discrepancia.

Los ideólogos de la democracia dicen, en efecto, que antes de una decisión colectiva, debe discutirse suficientemente y debe tenderse al consenso (unanimidad) y que sólo cuando no se pueda acceder a ello, hay que someter a votación lo tratado. La votación ha de tener lugar cuando la tendencia fundamental a la unanimidad o al consenso sea perturbada por el disenso y obligue a los individuos a poner en práctica, como un mal menor, el mecanismo de la votación. Condición fundamental para que sean eliminados, en la discusión y la toma de decisiones, los elementos irracionales que se suelen presentar en las deliberaciones, es que todos los otros componentes enlistados arriba se cumplan o, por lo menos, se haga sistemáticamente el intento de llevarlos a cabo.

b) En lo que se refiere a la representación -parte esencial de la filosofía de la democracia desde Locke y Rousseau- conviene adelantar críticamente que, en general, en ella hay una sustitución: habitualmente el representante reemplaza al representado o, dicho de otro modo, la voluntad individual del “servidor público” impera sobre la voluntad general de sus electores. Es el caso, para poner un ejemplo, de los diputados o representantes con un cargo público en todos los niveles.

Los ideólogos de la representación argumentan a favor de tal práctica haciendo notar que una colectividad tiene forzosamente que constreñirse o limitarse a la delegación del poder o a operar a través de unos cuantos para entrar al mecanismo de las decisiones, al que aludí con anterioridad.

El sustituismo implicado en la práctica habitual de la representación es la causa esencial, en los llamados regímenes democráticos, del desdoblamiento y contraposición de la sociedad en gobernados y gobernantes, en individuos enajenados en el mandato e individuos enajenados en la obediencia.

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Conscientes de esto, los ideólogos de la democracia, y algunos diputados y senadores, hablan a veces de la necesidad de la comunicación permanente (o al menos de vez en cuando) entre representantes y representados. A estos ideólogos les perturba el hecho, evidenciado hasta la saciedad por la experiencia, de que esta consulta, o no tiene lugar, o de tenerla, no recoge por lo general las aspiraciones del electorado. Como sólo excepcionalmente ocurre esta re-vinculación del representante con sus electores –rindiéndoles cuentas, informándoles sobre su gestión, tomando en cuenta sus aspiraciones, etc.- la necesidad de realizarlo queda como ideal, invitación a perfeccionar el método, consejo del politólogo “ansioso” de una democracia plena. Se supone que los votantes eligen a, o votar a favor de, un representante parlamentario porque éste pertenece al partido político de sus preferencias, y que lo llevan a cabo con la esperanza de que tratará de hacer prevalecer los anhelos de los electores en y por las acciones parlamentarias. Pero ni siempre los diputados y senadores son fieles al programa partidario que dicen defender, ni, lo que es aún pero, este programa –de común ideológico, falsario, embaucador- expresa los intereses que dice defender.

c) Al hablar Montesquieu de los tres poderes, de su necesaria vinculación e independencia, dio con la regla de oro de la democracia formal, republicana y burguesa. Repárese, sin embargo, en que una de las formas más primitivas y autoritarias en que, diciendo asumir esta modalidad de gobierno, se le negó en la práctica fue ese presidencialismo–como el de nuestro país durante la época del priísmo- en que el poder ejecutivo designa al judicial y controla –mediante la simbiosis del Estado y el partido oficial- al legislativo, creándose algo así como un despotismo de la presidencia. Los filósofos de la democracia, preocupados en perfeccionar el sistema, no se cansan, por consiguiente, de sostener que entre los poderes no debe existir la sujeción o dependencia de unos a otros ni, sobre todo, de los poderes legislativo y judicial al ejecutivo. Para lograr tal cosa, arguyen, primero deben ser electos mediante sufragio no sólo los diputados y senadores del poder legislativo y el representante del poder ejecutivo, sino los jueces, magistrados, etc., del poder judicial, y segundo, se precisa la desaparición de la simbiosis entre un partido mayoritario y el Estado, y, al mismo tiempo el surgimiento de un

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verdadero juego de partidos políticos, par que, además de posibilitar la alternancia, el congreso federal se reconforme de tal manera que logre su independencia frente al ejecutivo. La democracia plena implicaría, entonces, el someter a los tres poderes al mecanismo electoral de la representación.

Bueno es recordar aquí la vieja polémica de si es más conveniente, o más democrática, la representación directa o indirecta. En relación con el poder ejecutivo, los norteamericanos -y los mexicanos con ellos- optaron por la directa: se elige al presidente de la República mediante el sufragio universal y secreto. Los ingleses, en cambio, eligen al parlamento y éste a su vez a su primer ministro, en una elección indirecta. Los partidarios de la representación directa arguyen que si el desdoblamiento en representantes y representados en una delegación directa de poderes, trae consigo o puede traer problemas de separación, distanciamiento y hasta contraposición entre gobernantes y gobernados, la indirecta agrava la situación porque los representantes elegidos indirectamente (o electos por los delegados o ministros) se hallan más lejos aún de las urnas iniciales y se encuentran en mayor peligro de sustantivación y desligamiento de la voluntad popular. Hasta muchos teóricos de la izquierda y del anarquismo argumentan de modo análogo cuando preconizan la necesidad de lo que llaman una democracia directa. Pero los partidarios de la representación directa –cuando se trata del poder ejecutivo o de una autoridad alejada de los individuos o las bases en una organización- no toman en cuenta el problema y los riesgos de laimagología. Cuando los ciudadanos de un país o los miembros de base de una agrupación partidaria, etc., votan por alguno de los varios candidatos que aspiran a ocupar la silla presidencial o el más alto puesto de un partido, lo hacen, en general, por la imagen y no por su verdadero carácter, desconocido y disfrazado. Votan por una apariencia, una impresión, un sueño. Cuando millones de mexicanos votaron el 2 de julio del 2000 por Vicente Fox, dieron su anuencia a una imagen creada deliberadamente por los especialistas de la mercadotecnia imagológica. Si se piensa con profundidad en este hecho, difícilmente podrá concluirse que es democrático un procedimiento en que la ciudadanía, engañada, vota por un producto prefabricado por los técnicos de la manipulación, del

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que sólo saben y ven lo que la imagología de los medios masivos de comunicación quiere que sepan y vean. Los más perspicaces ideólogos de la democracia -y yo suscribo tal cosa- hacen notar, en contra de la instrumentación imagológica que acompaña al sufragio universal y secreto o a la democracia directa, que la democracia debe ir ligada al conocimiento real que los electores deben poseer del que eligen; pero como esto no es posible en realidad de verdad más que en un tipo de organizaciones escalonadas o de democracia indirecta, y ésta tiende a alejar o sustantivar a los gobernantes respecto a los gobernados, la polémica se estanca y continúa permanentemente en la mesa de las discusiones.

d) La democracia formal civilizada debe basarse en una justa y armoniosa relación entre el centro y la periferia, dicen los ideólogos de la democracia. Ni centralismo, ni federalismo anarquizante. Ni el centro debe controlar a la periferia (las entidades federativas), ni la periferia debe poner en peligro su unidad con el centro.

Como se sabe, en un país como el nuestro, no sólo existen los tres poderes a nivel federal, sino también a nivel estatal. Cuestión importante en esta situación, es preguntarse ¿hasta dónde debe llegar la autonomía de cada entidad federativa? La relación entre los estados y el centro es el producto, se nos dice, de un pacto federal por el cual cada entidad cede algo con tal de recibir los beneficios de la unidad nacional. En función de este pacto, conviene hacer una diferencia entre soberanía y autonomía, deslinde indispensable que a veces se deja de lado. La nación, el Estado y el gobierno federal debidamente electo son soberanos (su independencia es, o debe ser, absoluta), los estados, los municipios, las universidades, los sindicatos son autónomos (su independencia es, o debe ser, relativa). Cuando los estados de la federación dicen ser no sólo autónomos sino soberanos -como en nuestro país y en EE.UU.- están empleando, por razones históricas, la palabra soberanía en un sentido relativo ya que, de alguna manera es una “soberanía” subsumida a la soberanía sin restricciones del Estado y el gobierno emanados del pacto federal. El pacto federal consiste, precisamente, en vincular lo absoluto con lo relativo. Si la balcanización –exaltación de lo autónomo a lo soberano o de

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lo relativo a lo absoluto- es un peligro disgregador y debilitante, la amenaza que trae consigo la globalización capitalista -disminución de lo soberano a lo meramente autónomo o de lo absoluto a lo relativo- es un peligro que atenta contra los fundamentos de la nación y del pacto federal.

No sólo en los tres niveles de gobierno que presenta la República –federal, estatal y municipal-, sino a lo largo y a lo ancho del país, debe existir una recta aplicación de las categorías lógicas de la cantidad: lo universal (que abarca a todos y cada uno de los mexicanos), lo particular (que comprende a algunos de nuestros compatriotas, por ejemplo, pueblos indígenas) y lo singular (que atañe a un individuo). Las normas constitucionales y los derechos humanos competen, por ejemplo, a todas las entidades federativas, a todos los municipios, a todos los pueblos y a todos los individuos. Las disposiciones jurídicas regionales (estatales y municipales) y los usos y costumbres que imperan con exclusividad en ciertos pueblos y comarcas del país –que no contradigan a lo universal- deben ser acatadas. Cada individuo, finalmente, no sólo debe ser respetado en sus garantías individuales fijadas por la constitución general, las normas estatales, los derechos humanos y las costumbres regionales, sino también en sus actividades y en sus formas de ser y pensar estrictamente personales. Es importante subrayar –y así lo hacen, por ejemplo, los nuevos zapatistas en el país- que hay ciertas etnias, ciertos pueblos cuya circunscripción no coincide ni con los municipios ni con los estados, es decir, que abarca diversos municipios y diferentes estados: se trata, pues, de una particularidad supraestatal y supramunicipal que tiene que hacerse presente en la Constitución del país. La lucha por su autonomía -en un país pluriétnico en esencia-, el respeto a sus formas de propiedad del suelo, cultura y costumbres (que no contradigan los derechos humanos) es no sólo justa sino impostergable. La autonomía, en este como en otros casos, es relativa y nada tiene que ver con la balcanización o con la búsqueda de una autonomía absoluta que ponga en entredicho la soberanía nacional implícita en el pacto de la Federación.

e) Desde el punto de vista de una filosofía de la democracia o, lo que tanto vale, de los más sofisticados ideólogos de la misma, no puede existir

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un país democrático en que no se respeten los derechos humanos. Para estos pensadores, los principios electorales, los tres poderes y el sistema republicano en general no son sino la forma en que, como su contenido expreso fundamental, deben florecer los derechos humanos.

Pero adelantaré una apreciación crítica que nos aclarará mucho sobre el carácter de estos derechos esenciales del ser humano por el solo hecho de serlo. Creo que -lo cual no es nada fácil- el concepto de derechos humanos debería ser expresamente enriquecido con el derecho no sólo a la asociación, sino a la autogestión: derecho no sólo a autoorganizarse –en función de ciertas tareas o motivaciones-, autogobernarse, autoconocerse y autovigilarse, sino a poseer colectivamente los medios de producción que su práctica específica lo requiera.

El aspecto organizativo de la autogestión es no sólo la conditio sine qua non para una concepción más profunda de la autogestión (como formación social y forma de vida), sino el umbral de la democracia auténtica o sea la democracia real sin la perturbación que trajo consigo el autoritarismo tecno-burocrático del marxismo-leninismo. Es el umbral, pero sólo eso.

El concepto de los derechos humanos es de clase: protege a los individuos, los grupos y las asociaciones de todo, o de mucho, menos de la explotación. Los derechos humanos son el lado “humanitario” del capitalismo mundializado. El concepto de marras es atravesado por la noción de democracia; pero de democracia formal -primitiva o sofisticada: se ve la democracia de funcionamiento, la representación, la libertad de palabra, etc.- no de democracia real, auténtica, subvertidora.

Los derechos humanos ven la propiedad privada como un derecho inalienable de la persona. No es un accidente que una de sus fuentes ideológicas sea el jusnaturalismo. Ciertamente, cuando se trata de propiedad privada de medios de consumo -que no conlleva la explotación- ello es pertinente; pero cuando tal “derecho”, como propiedad privada de medios de producción, intercambio o servicios, se vuelve la condición para la exacción de valor y plusvalor –o, lo que es igual, para la explotación del trabajo- nos revela que la noción habitual de los derechos humanos

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conlleva un dispositivo de clase propagada a los cuatro vientos en y por la globalización del capital.

Es necesario, entonces, luchar porque se democratice (o subvierta) la noción de los derechos humanos, posición que excede a la de los más radicales de los ideólogos de la democracia burguesa, porque tal democratización significa no sólo que tal concepto se halle atravesado por la democracia formal, sino por la democracia real, auténtica, que busca la desaparición de las condiciones que imperan en la sociedad desigual y enajenada.

4. Democracia y autogestión

La asunción de formas más elementales de la democracia no siempre es fácil. En países de tradición autoritaria -como el nuestro- la erradicación del fraude electoral, por ejemplo, ha sido especialmente difícil y no estoy seguro de que se haya logrado del todo y definitivamente2. Pero si el tránsito de una sociedad autoritaria a un régimen democrático-electoral es arduo e inserto en un camino sinuoso, el paso de una democracia formal simple -con su mecanismo de votaciones y representatividad- a la democracia compleja y más sustantiva con que sueña el filósofo del sistema -y que comprende aspectos morales, educativos, etc.- tiene más bemoles y dificultades. Cuando este ideólogo nos dice que “la democracia es perfectible”, que es una “democracia inquieta”, que no es el mejor de los mundos posibles e incluso identifica su modelo de democracia con la democracia real, etc., nos quiere llevar no a rebasar la democracia formal para entrar a la real, sino a corregir los defectos y limitaciones que a su entender tiene la primera.

La diferencia entre la democracia formal civilizada y la democracia real (autogestionaria) reside, insistiré, en que la primera es sólo un mecanismo de votación, representación, gobierno y muchas cosas más. Pero no subvierte ni busca subvertir la sociedad. Sus reformas no son las premisas de la revolución, sino las prácticas afianzadoras del status quo, llevadas a cabo expresamente para impedir la transformación radical. La democracia

2 Este optimismo electoral es producto del momento en que se escribió este ensayo. Ahora (2015) soy mucho más escéptico que entonces.

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formal, en todas sus expresiones, es conservadora -y cuando prospera en la sociedad capitalista asume inexorablemente el adjetivo de burguesa-; la real es transformadora, revolucionaria, pugna por una sociedad en donde la explotación del hombre por el hombre sea erradicada para siempre.

Pero no hay que confundir la democracia “real” con comillas con la democracia real sin ellas. Para que la democracia real no se desvirtúe –y adquiera el carácter de tecnoburocrática o intelectual- es indispensable que guarde distancia frente a las prácticas, pretendidamente socialistas, que, mediante la estatización de los medios de producción, arrojan del poder a la clase burguesa para poner en su lugar a otra clase: la dueña de las condiciones intelectuales de la producción. Al luchar contra la democracia formal, la democracia real no pugnará por un cambio de amo, no sustituirá al capitalista por el burócrata, al banquero por el técnico, al comerciante por el administrador. Se inspirará en la revolución articuladay coincidirá con la idea de la autogestión.

La democracia auténtica, autogestionaria, no sólo hará suyos los principios instrumentales de la democracia formal primitiva, sino, en la medida en que pueda hacerse, los enunciados de la democracia civilizada que preconiza el filósofo del sistema democrático.

¿Hay diferencias entre la autogestión, la democracia (real) y el socialismo? En el sentido profundo de los términos, cada uno de ellos se relaciona con y nos remite a los demás: no hay autogestión sin democracia, democracia sin socialismo, socialismo sin autogestión. Pero aunque cada uno implique de alguna manera a los demás, podemos hacer, por método, esta dife- rencia: la autogestión es la anatomía de la organización, la democracia (real) su fisiología y el socialismo el cuerpo con vida donde aparecen, articuladas, la anatomía y la fisiología.

La autogestión sin democracia es como un esquema rígido, como una anatomía sin fisiología y metabolismo. La democracia es funcionamiento y la democracia real es inquietud, transformación, subversión. El auténtico socialismo tendrá que ser autogestivo y democrático. La democracia real (sin comillas) es el instrumento para movilizar y transformar estructuras, para asediar y acorralar al poder, para transformar y transformarnos.

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La perspectiva socialista nos muestra que no se puede separar la forma de la autogestión del contenido de la democracia –o, lo que es igual, la formade la democracia del contenido de la autogestión- porque la autogestión no es tal si no es democrática y porque la democracia no lo es si no es autogestiva.

5. La palabra democracia en la sociedad actual.
La palabra democracia tiene el don de ubicuidad. Se la usa como comodín,

varita de virtud, expectativa, esperanza, secreto y hasta magia.

Antes la usaban sobre todo el capital y los gobiernos occidentales, en tanto que los trabajadores y gobernados disidentes empleaban el término socialismo. Ahora la usan todos: los de arriba y los de abajo, correspondiendo ello al descrédito en muchísima gente del término socialismo. Es importante, sin embargo, mostrar que no es lo mismo la democracia para el capital y el poder –para quienes no es otra cosa que el ámbito propicio donde se realiza la explotación y el dominio- que la democracia de la que hablan, con más o menos conciencia de ello, o por lo menos tendencialmente, el trabajo o los gobernados. La primera es formal, la segunda real; no es real sólo frente a la formal (como ocurre con la “democracia” tecno-burocrática del “socialismo”), sino que va en pos de una sociedad igualitaria y autogestiva. Repito: al menos de manera instintiva y emocional.

En México todos hablan de democracia: el gobierno, los partidos, las organizaciones patronales, los sindicatos, las organizaciones campesinas e indígenas, el EZLN, la iglesia, las ONG’s, el CGH, etc., etc. Aún más: cuando hay conflictos entre algunos de estos protagonistas sociales, cada uno levanta la bandera de la democracia contra el otro.

Creo que cuando la burguesía y el poder hablan de democracia saben lo que quieren: que nada cambie o, mejor, que los cambios o reformas les beneficien en sus acciones explotadora y dominante. Cuando, en cambio, los trabajadores y dominados emplean la misma palabra, quieren algo, lo apuntan, van tras él, pero les resulta confuso. Desarmados, como se hallan, de una terminología de clase, arrojan en el término de democracia todos sus anhelos inmediatos y mediatos. Esta es la razón por la que se

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precisa aclarar, deshomologizar, limpiar el vocablo de marras de la contaminación ideológico-burguesa que suele embargarlo.

La democracia formal -aun en sus formas más “civilizadas” es, hoy por hoy, el ángel custodio de la burguesía. La democracia formal, con- servadora, enemiga de la transformación revolucionaria, impugnadora de la socialización de los medios materiales y espirituales de la producción, es ahora una ideología burguesa transnacionalizada.

Dada la presencia de esta palabra entre los trabajadores, los dominados, los ofendidos, y dado el desarme doctrinario de que han sido víctimas,conviene dar la lucha también en este vocablo: mostrar que la cara visible de la democracia formal (el mecanismo de las votaciones, la lucha electoral, etc.) esconde y disfraza su cara oculta: servir de ámbito ideal donde el capital y el poder satisfacen su bulimia de lucro y dominación.

6. Riqueza del concepto de democracia real-autogestiva.

Hay que hacer notar que entre la democracia formal (burguesa) y la democracia auténtica (autogestiva) hay una suerte de asimetría que ubica a la segunda como más rica y plena que la primera. En efecto, la democracia real-autogestiva puede asumir y asume, dentro de ciertos marcos, los aspectos positivos de la democracia formal: mecanismo de las votaciones, representatividad, libertad de pensamiento, de palabra, etc.; pero la democracia formal burguesa no puede asumir los aspectos positivos, revolucionarios, de la democracia auténtica: revolución económica, cultural, sexual, en una palabra, el conjunto de revoluciones articuladas que requiere la sociedad para su auto-emancipación.

7. Los partidos y los conceptos de democracia formal y democracia real.

De modo pertinaz e insoslayable, abierta o emboscadamente, en los partidos políticos siempre está presente el autoritarismo. También, en apariencia, se halla en ellos la democracia en pie de guerra, luchando contra él. Pero ¿de qué democracia se trata? Es claro: de la democracia formal.

Así como en la sociedad capitalista, la inquietud de la democracia formal – que niega a adjetivarse para ocultar sus vergüenzas- no sólo no cambia la

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esencia del modo de producción, sino que la apuntala y le brinda su modo más adecuado y económico de funcionar -lo que nos evidencia lo que ya sabemos: que la democracia formal es conservadora-, en los partidos políticos esta misma democracia formal -mecanismo de votaciones, etc.- no cambia la esencia centralista y heterogestionaria de la organización.

Aunque se vote en todos los niveles –asambleas, consejos, comité eje- cutivo, estatales, comités de base o células, etc.- la estructura esencial del partido, permanece inalterable.

¿Cuál es ésta? Es una doble heterogestión (concepto antípoda a la autogestión) que comprende, entre otras cosas, un sustituismo externo y un sustituismo interno: la organización domina y desplaza a su “clientela” y la dirección -o las direcciones intermedias escalonadas- sustituyen a su base. La sustitución interna se realiza cuando la o las cúpulas reemplazan en sus decisiones a la base y se expresa en el ir, de hecho, de arriba abajo y del centro a la periferia. Si hay un partido hegemónico en la sociedad – como el PCUS o el PRI- el sustituismo interno genera o apuntala un sustituismo externo institucional en que el gobierno ejerce su dominio sobre los gobernados (ir de arriba abajo) y el centro pisotea la autonomía de las entidades federativas (ir del centro a la periferia).

Un partido que intentara asumir la democracia real (o auténtica) -que no puede ser, ya lo sabemos, sino transformadora, autogestiva, revo- lucionaria- trastocaría de tal manera su estructura que, tarde o temprano, dejaría de ser partido político -en la concepción tradicional del mismo: como vanguardia o (dicho eufemísticamente) como organización que encabeza las luchas sociales- para ser otra cosa.

Los beneficiarios de la existencia y el modo de ser y operar de los partidos políticos de todos los sabores y colores –esto es, la clase política, que es un segmento bien definido de la clase intelectual- no pueden permitir que suceda lo anterior, por eso combaten a muerte todo intento de introducir elementos de democracia real en la organización y por eso asimismo alientan únicamente, ante los problemas de funcionamiento, la presencia engañosa de la democracia formal y su función objetivamente conservadora.

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8. La “sociedad civil” y los conceptos de democracia formal y democracia real.

El concepto de “sociedad civil” –desarraigado de sus antecedentes hege- lianos o gramscianos- es una pieza cara en el ideario neoliberal. Si el concepto de pueblo se utilizaba con frecuencia en el pasado para ocultar la presencia y los intereses del proletariado, el concepto de “sociedad civil” se emplea ahora para escamotear la presencia y los intereses del pueblo. La característica fundamental de esta “sociedad civil” es el amorfismo: se trata de un conglomerado sin límites -físicos e ideológicos- definidos. Este amorfismo es el caldo de cultivo ideal para la manipulación mediática. La “sociedad civil” acaba por pensar y actuar como los medios masivos de comunicación -y los poderes nacionales y transnacionales que los rigen- lo determinan. Es claro que la inmensa mayoría de estos ciudadanos forma parte de un proletariado –que trabaja para una economía empresarial de nuevo tipo y que es sometido a inéditas formas, abiertas o no, de explotación-; pero en términos generales carece de conciencia del puesto que ocupa en la sociedad y hasta ve a los obreros y campesinos como clases subalternas de las que pretende diferenciarse. En estas circunstancias, el amorfismo de la “sociedad civil”, bombardeado por la imagología y la propaganda de la TV, etc., acaba por convertir en términos generales a esa gente en un sector conservador, individualista y adorador del culto cosificante de la economía de mercado y pilar incuestionable de la “transición democrática” foxista.

No toda la “sociedad civil”, sin embargo, está cortada por las mismas tijeras. Algunos de sus sectores, si no tienen plena conciencia de quiénes son y qué significan, sí intuyen, o advierten de manera instintiva, que forman parte del conglomerado humano cada vez más grande sometido a la explotación. Esta es la razón por la que tienden a agruparse y a dar la lucha contra el sistema capitalista en su versión neoliberal.

En estas organizaciones de la “sociedad civil”, como células-sin-partido que son, hay menos trabas, menos resistencia, menos impedimentos para asumir la democracia auténtica. Pero aún se hallan en un estado extra- ordinariamente larvario de su generación y carece de la autognosis indispensable para su consolidación, fortalecimiento, ampliación. Por eso

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nacen, se desarrollan y mueren: reproducen la división del trabajo propia de la sociedad y asumen por lo común la democracia formal más primitiva. Pero la autogestión -a la que estas organizaciones tienden y tenderán cada vez más de modo espontáneo- es el ámbito donde puede tener lugar, con la adopción consciente de varias revoluciones articuladas, la democracia real, auténtica, autogestionaria.

9. La noción de “revolución democrática”.

Decían los clásicos –por ejemplo Rosa Luxemburgo- que la reforma está bien cuando se asume como medio, no como fin, o sea, cuando se la considera como uno de los pasos previos para la revolución y no como finalidad perseguida. La noción de “revolución democrática” –con el que se autonombra el PRD-, aparentemente resulta un acierto porque parece agrupar una idea radical de democracia. Pero en torno a ello, quiero hacer tres comentarios:

1) tal designación da como máximo un programa mínimo.

2) dice pugnar por la democratización del país -sufragio transparente, separación de poderes, no al presidencialismo, soberanía política y nacionalismo económico, respeto al federalismo y el municipio libre, para no mencionar sino algunos de los aspectos más visibles de su programa-: se trata, pues, de la democracia formal, y

3) se define, en relación con lo anterior, no como un partido de la revolución democrática, en el sentido profundo de ambos términos, sino como un partido de la reforma democrático-formal.

Afirmo lo anterior porque creo que los conceptos de izquierda y derecha deben ser “refundados” -para usar esta palabreja tan de moda en la actualidad-, ubicándolos, no en la horizontalidad de una burguesía buena y otra mala, sino en la verticalidad de una burguesía y un poder que son de derecha (PAN, PRI, PRD) y unos trabajadores y su autogestión que son de izquierda.

La democracia formal absolutizada es, pues, de derecha. La democracia real tendiente a la autogestión es de izquierda.

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Las diferencias entre los distintos grupos de la burguesía y sus partidos (PAN, PRI, PRD) no son de izquierda o de derecha, con inclusión del centro; son diferencias políticas, económicas e ideológicas de ejercer dominio y explotación.

10. Autogestión: red social y organizaciones promotoras.

Los trabajadores y ciudadanos de nuestro país tienen que agruparse. Llegó el momento de “organización y más organización”, como decíamos en el pasado. Es verdad que sectores reducidos de la “sociedad civil” tienden a organizarse; pero -desgraciadamente por ahora sólo se trata de una tendencia. ¿El pueblo jamás será vencido? Si y sólo si se organiza. Es importante, es impostergable, es esencial que surjan comités, consejos, comunidades, en una palabra, esas “células-sin-partido” que constituyen el soporte último de una posible autogestión social. ¿Qué está motivando que los individuos se asocien? ¿Cuál será la razón, el propósito, la finalidad que lleva a un número cada vez mayor de personas a reunirse en “islotes” autodeterminados? El combustible de una asociación -de un grupo que decide autoorganizarse y autogobernarse- es la deliberada asunción de una tarea. La tarea -conjunto de tareas- es el móvil, el acicate, la razón de ser de un colectivo de trabajo que se autogestiona. Un comité sin tarea, o sin un empeño claro y conscientemente asumido, pierde el paso e inicia su proceso de desintegración. La célula sin partido (cesinpa) se autoorganiza y autogobierna para realizar la o las tareas que han conducido a los ciudadanos a agruparse. Pero un islote autogestivo, por dinámico y entusiasta que sea, es difícil que sobreviva ante el embate del capitalismo (y la heterogestión a él aparejada) que, rugiente y amenazador, lo rodea por doquier. Por eso, entre otras razones, es importante, decisivo, que el islote sea reemplazado por el archipiélago (Vaneigem) o que la cesinpadevenga una red federada de algún modo. Mi supuesto es claro: la autogestión -tanto individual: cesinpa, como social: tejido, red o archipiélago- es uno de los ámbitos más señalados, yo diría que el fundamental, donde puede llevarse a cabo la democracia auténtica o, dicho de esta manera: la autogestión es el laboratorio de la democracia real, sustantiva, revolucionaria. Para saber cómo es esto posible, conviene reflexionar sobre la forma y el contenido tanto del comité aislado

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autogestivo como de la red –síntesis de comunidades- que conforma la autogestión social. Una cesinpa para que sea autogestionaria requiere, a más de una tarea-motivo aglutinadora, y a más de la autoorganización y autogobierno que evidencian su autodeterminación, del dominio colectivo de las condiciones físicas y psicológicas para realizar su o sus empeños. Lo ideal sería, además, que fuera dueña de los medios de producción, intercambio o de servicios en que se halla imbricada su gestión. Esto, es obvio, no siempre es posible en las condiciones capitalistas actuales. Pero esta tendencia a la socialización tiene que hallarse inscrita en sus propósitos, su programa de acción, su estrategia que habrá de realizarse en el momento adecuado.

La red o el archipiélago, por su parte, tiene que definir el tipo de vinculación federada que asuma la interrelación de los comités. Cada comité tiene su o sus tareas. Cooperativas de producción y/o de consumo pueden transformarse en francamente autogestivas mediante una autognosis, rectificación de paso y transformación de contenido. Puede haber comités económicos, políticos, sociales, culturales (científicos, artísticos, ecologistas, de género, etc.) Los puede haber dedicados a grandes tareas o a pequeñas tareas. Pueden ser defensivos u ofensivos.

Pero también hay (o puede haber) un tipo de cesinpa que se diferencia de las demás en un punto: en que su tarea central consiste en promover la autogestión. Se trata (o se trataría) de cesinpas, de carácter autogestivo, que se autorganizan para coadyuvar a que la idea y la práctica de la autogestión social -diferenciada y hasta contrapuesta a las agrupaciones heterogestionarias comunes- encarne en la imaginación y las necesidades de los trabajadores y ciudadanos. Es importante insistir en que todo comité autogestivo debería ser promotor de la autogestión ya que el aislamiento lleva inexorablemente, más tarde o más temprano, a la crisis, la decadencia y la desaparición; pero este carácter promotor las más de las veces se halla opacado, en los comités comunes y corrientes (por ejemplo en las ONG’s) por la o las tareas cohesionadoras que dan razón y cuenta de la cesinpa o de plano no forman parte de la actividad cotidiana de ésta. La o las organizaciones promotoras adoptan como su tarea central difundir la concepción y la práctica de la autogestión. Facilitarla,

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impulsarla. Las cesinpa promotoras de la autogestión tienen o asumen un carácter mayéutico: su función principal, como la del partero o la comadrona, es auxiliar a la sociedad civil -formada esencialmente por trabajadores explotados por las grandes empresas industriales, comerciales y de servicios que encabezan el capitalismo contemporáneo- a autoorganizarse, primero, para crear un ámbito que ayude a los hombres y mujeres a subvertir su modo de ser y de pensar; segundo, para crear un lugar en que el proceso de maduración psicológica individual influya en la lucha por la autonomía social del colectivo y esta última reinfluya a su vez en tal proceso; y para generar, en fin, un sitio en que se desenvuelva la democracia no sólo en su sentido instrumental (o formal sofisticado) sino en el sentido de la perpetua pugna por transformar las condiciones sociales y personales de la humanidad, propia de la democracia real, auténtica. Conditio sine qua non para que un cesinpa pueda promover la teoría y la práctica de la autogestión es que sea autogestionario o, para ser más exactos, se halle en permanente lucha por serlo (pugnando, por ejemplo, no sólo por la socialización de los medios materiales de producción, sino por la socialización permanente de conocimientos y experiencias). Un partido político, por razones obvias, no puede promover la autogestión: hacerlo lo arrojaría a tales confusiones y ambigüedades que terminarían poniendo en peligro su carácter de organización política “que orienta y encabeza a las masas populares”.

La labor de promoción no puede ser obra de una sola cesinpadeliberadamente promotora. Como lo que se pretende facilitar no es sólo la autogestión individual, o la célula aislada, sino la autogestión social, o el tejido; o también como de lo que se trata es de conquistar, a la larga, lo que puede llamarse modo de producción autogestionario -para dife- renciarlo tanto del capitalismo como de la formación “socialista”, intelectual (tecno burocrática)- parece ser indispensable, necesaria, la aparición de un cierto número de cesinpas promotoras: una red de comités políticos de carácter autogestionario. ¿Qué tipo de organización le convendría asumir a esta red de comités? ¿Sería la misma forma para la red civil y para la red política?

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11. La democracia centralizada.

Desde hace tiempo he hablado de que la forma de organización que, a mi entender –pero tomando esta concepción de una serie de experiencias del pasado- debería asumir la red política -el conjunto de comités que tienen como su tarea esencial promover la autogestión- es la democracia centralizada.

La red tiene que autoorganizarse de alguna manera. La forma primera y más espontánea en que se conectan las cesinpa agrupados en una red, es la relación horizontal. Pero la democracia centralizada nos dice que a esta última debe ser añadido un doble y combinado movimiento de concentración: el que va de abajo arriba (las bases eligen a sus representantes) y el que va de la periferia al centro (las secciones se centralizan). Pondré este ejemplo:

estos cuatro comités del D.F.:

designan, de acuerdo con ciertas disposiciones reglamentarias convenidas previamente, representes ante un centro:

Por otro lado, estos cuatro comités de Monterrey:

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también eligen representantes ante un centro:

Los dos centros regionales (D.F. y Monterrey) escogen sus representantes nacionales:

la organización, tomada en su conjunto, quedaría, entonces, de esta forma:

y así sucesivamente.

Varias aclaraciones:

A) El centro tiene que ser obligatoriamente un centro sometido a controlde diversas maneras. Mencionaré la más obvia y natural: cada comité debe supervisar de modo permanente las acciones de su o sus representantes, de modo tal que al colectivo le asista el derecho de removerlos (o no) en el momento que sea si lo juzga conveniente. Este principio del centro controlado –base del mandar obedeciendo y del obedecer mandando- se sustenta, pues, en el derecho y la obligación de toda cesinpa integrado en una red, de destituir o no a sus delegados de acuerdo con la fidelidad o infidelidad de la representación.

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B) La organización de que estoy hablando implica, como base del proceso de representación, lo que podemos llamar la democracia cognoscitiva, esto es, el hecho de que en lo colectivo, se elige a quien se conoce para ser representante en otra instancia. No se elige una imagen, sino a un individuo, a un compañero o compañera que ha demostrado en la práctica hallarse capacitado para llevar a buen fin las tareas de la representación.

C) El procedimiento representativo del que hablo, implica, sí, una democracia directa, pero sólo de una instancia a otra. A diferencia de ello, la llamada democracia directa -en que la base elige a los máximos dirigentes- no se funda en la democracia cognoscitiva, sino en esa “democracia” imagológica, cara a los burócratas que han advertido las posibilidades de la mercadotecnia política y de la creación mediática de imágenes que responden a sus intereses. La democracia centralizada implica, como se ve en el ejemplo, una estructuración escalonada de instancias; pero que resulta verdaderamente participativa porque todo centro -el formado por la primera, la segunda o la tercera instancias- es un centro vigilado, supervisado, controlado. El arma esencial del control -la posibilidad de remoción de los delegados en todo momento- es un principio –un derecho y una obligación- fundamentalmente irrenunciable de esta forma de organización.

D) Las formas concretas de representación serán poco a poco entrevistas, analizadas y asumidas por la red. Es posible que, en su inicio, cuando el tejido de cesinpas se inicia y no es demasiado complejo, haya una representación igualitaria, esto es, que cada célula -independientemente del número de integrantes- envíe el mismo número de representantes ante el centro regional, etc. Pero después, cuando el archipiélago crezca y se complique, habrá que llevarse a cabo una representación proporcional, etc.

Es preciso aclarar -porque ello se ha prestado a confusiones- que, aunque formal y semánticamente, la democracia centralizada aparece como la inversión del centralismo democrático, es o ha terminado por ser muchísimo más que eso. La razón fundamental de por qué esta inversión acarreó, desde un principio, aunque de manera todavía embrionaria, una ruptura epistemológica y una reelaboración teórico-práctica, estriba en el

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hecho de que la transmutación de los términos no se hizo conservando el status conceptual de cada uno. En mi documento ¿Centralismo democrático o democracia centralizada? (1979) se lleva a cabo la inversión desde un nuevo enfoque: el de la existencia de la clase intelectual, de sus intereses específicos y de su participación en las organizaciones partidarias.

El concepto de democracia centralizada lo he ido trabajando y enriqueciendo durante lustros. No sólo lo definí, lo que resulta de su formulación más esquemática, como ir de abajo arriba y de la periferia al centro (a diferencia de los centralismos), sino que fui incorporando a su cuerpo doctrinario elementos que provienen tanto del concepto de la clase intelectual, como dije, cuanto de las afirmaciones y desarrollos en torno a mis planteamientos de la revolución cultural, la autogestión y larevolución articulada.

Ahora se precisa avanzar más en la construcción de esta idea -de la democracia y su término correlativo: la centralización- a la luz de los enfoques que estoy llevando a cabo ahora.

Antes que nada, es importante hacer notar que, en este caso, la mera inversión se convierte en indicadora o demandante de una ruptura y reconstrucción, porque el trueque de contrarios apunta a una modificación esencial del carácter global organizativo (de ahí que esta inversión no sea meramente una transmutación sino una inversión- ruptura): no es ya una democracia que depende, se supedita y enajena – abiertamente o no- al centralismo, sino una democracia que toma conciencia de sus limitaciones (en la lucha de clases) y se centraliza. La centralización es aquí, entonces, obra, y también tarea, proceso, decisión de la democracia. La prioridad en el centralismo democrático la tiene el centro. La prioridad en la democracia centralizada la posee la democracia.Pero no basta con lo anterior ya que la inversión puede degenerar en simple transmutación y el centro surgido de la democracia puede exaltarse, contraponerse, sustantivarse frente a su condición generadora (la democracia) y restablecer el centralismo sin democracia, aunque con el agravante demagógico de ser creado por el “deseo” de la base.

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La inversión -tras de superar la simple transmutación- se convierte enpunto de apoyo para la ruptura con el centralismo democrático y la reelaboración teórico práctica de una nueva propuesta organizativa, cuando rompe con el status de los dos términos de la relación y reestructura su articulación. Es preciso, entonces, entender por democracia algo distinto a lo habitual: la auténtica democracia sabe desde un principio que no debe permitir que, al centralizarse, la instancia directora que surja de ello se sustantive y se le contraponga. Por eso tiene que elaborar la forma concreta de controlarlo. De ahí, por ejemplo, la necesidad de remoción de los representantes en cualquier momento, la rotación de cuadros, el derecho de destitución, etc.

Pero la noción de centro también tiene que cambiar. Se trata de un centro dependiente. No sólo porque ha sido elegido sino porque está per- petuamente supervisado. No es un centro organizador, sino organizado o, si se prefiere, un centro organizado para organizar; pero no organizado para convertirse en poder sustantivado. Es un centro por medio del cual la democracia se da coherencia y unidad a sí misma. La centralización, esta centralización, no es lo contrario de la democracia, sino una de las formas fundamentales que asume ésta en lucha para conservar su esencia.

En la organización política no basta que se introduzca y funcione la democracia formal -la primitiva y aun la sofisticada- sino que debe encarnar en ella la democracia real subvertidora: la democracia como laboratorio de autogestión. No sólo en las mejores versiones del centralismo democrático aparece la democracia -un número importante de decisiones son sometidas al mecanismo de la votación, etc.-; pero es inalterablemente una democracia formal conservadora, que vela, protege, auspicia, entre otras cosas, la dominación centralista y la práctica heterogestionaria.

La democracia que se centraliza no es una democracia formal y el centro (controlado) que surge de ello no es un centro contrapuesto a la base y sustantivado. La democracia centralizada tiende a y busca perma- nentemente disolver la contradicción centro/democracia o de- mocracia/centro a favor del todo continuo democracia-centro. Se trata, desde luego, de un proceso, no de un acto. Es un proceso que implica la

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simultánea lucha por la transformación de la conciencia. Los individuos que tienden a mandar -que se ven constreñidos por su problemática psicológico-personal a ejercer el mando- tienen que aprender a obedecer; los que tienden a obedecer –porque sus condiciones anímicas los empujan a la sumisión- tienen que aprender a mandar. La base debe pugnar por ser dirección y la dirección debe luchar en contra de la renuencia a convertirse en base. ¿Qué esto es un ideal? Desde luego. Es el ideal o la idea reguladora, que debe normar a la democracia en su proceso de centralización.

Creo que, aunque la conformación organizativa de la red civil y de la red política debería ser la misma -esto es, la democracia centralizada-, es factible, y a lo mejor necesario, mostrar una posible diferencia al respecto entre las dos modalidades de “archipiélago”. La diferencia reside en el carácter del centro. El centro para la red civil puede ser meramente uncentro-coordinación, en tanto que el de la red política tiene que ser uncentro-dirección. El centro-coordinación no tiene entre sus funciones la de mandar, ni obedeciendo ni no obedeciendo. Su obligación es armonizar, conjuntar y llevar a cabo las decisiones de las cesinpa que están centralizadas en él. El centro-dirección en cambio, tiene la obligación no sólo de coordinar sino de tomar decisiones que obliguen a los representados. Este centro tiene la obligación de mandar, pero manda obedeciendo, como dice el EZLN. Si el centro mandara sin obedecer se recaería en la organización verticalista y heterogestionaria. Si obedeciese sin mandar, como en una mera coordinación, no cumpliría el papel de pugnar adecuadamente, en el tráfago de la lucha de clases, por la autogestión, o séase, por un proyecto político que cuestiona no sólo el modelo de organización habitual, sino la conformación capitalista y autoritaria de la sociedad en su conjunto.

La red política de cesinpa tiene que reemplazar a los partidos políticos. Estos últimos -todos ellos, sin excepción- son organizaciones heterogestionarias en que predomina, como dije, el sustituismo (interno y externo) y la heterogestión. También el carrerismo y otras deformaciones estructurales. Me detendré un momento en el llamado carrerismo. Mientras existan cargos de representación popular -senadores, diputados,

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asambleístas, etc.-, los partidos políticos aparecen como los lugares o trampolines privilegiados para dar un salto y ocupar estos puestos magníficamente remunerados y donadores de poder, privilegios y prestigio. Independientemente de lo que se diga, y las cantinelas ideológicas justificantes, la “república democrática” y los “poderes elegidos” son el origen más claro de la corrupción permanente de los partidos políticos. Los partidos se presentan a sí mismos como agrupaciones que, mediante sus principios, su programa de acción y sus estatutos, expresan los intereses de grandes conglomerados sociales; pero, más que eso, son oficinas, apenas encubiertas, de colocación. Cuántos individuos, en vez de hacer una carrera, se inscriben en un partido, militan pacientemente, adquiriendo experiencia, práctica, recorriendo todos los trámites y vericuetos de la instrucción política o politiquera y obteniendo con frecuencia un doctorado en “grilla y marrullerías”, para resolver, así, sus problemas económicos, sociales y hasta emocionales. La atracción que ejercen los cargos de representación popular, amén de los puestos partidarios remunerados, coadyuvan a la formación, extensión y consolidación de lo que podríamos llamar el sector carrerista de la clase política y de la lucha sin cuartel entre las diversas facciones o corrientes que, en ocasiones, lleva a los partidos a guerras tribales desgastantes e insidiosas.

Los partidos políticos fueron convenientes y hasta indispensables en una etapa histórica. Ahora empiezan a resultar obsoletos. Existe, pero son irreales. La tesis de José Revueltas de la “irrealidad histórica” del PCM debe ampliarse. Esta irrealidad abarca no sólo a todos los partidos comunistas y obreros de izquierda, sino a todos los partidos políticos, a la noción de partido en cuanto tal. Los trabajadores que viven a nivel mundial bajo las condiciones de un capitalismo no sólo globalizado sino mundializado, no sólo extendido sino concentrado, empiezan a caer en cuenta de que la hora de los partidos empieza a tocar su fin.

Revueltas asentaba que, ante la irrealidad histórica del PCM, la tarea fundamental era reconocer tal situación y tratar de enmendarla, esto es, luchar por darle realidad al partido. Algo semejante, pero con una diferencia, se precisa decir ahora. Hay que reconocer que los partidos

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políticos no son hoy por hoy el instrumento adecuado para las luchas populares. En esto se debe ser muy claro. Pero, a partir de este reconocimiento, no se trata de darles realidad en cuanto partidos deformados, sino darle realidad a la organización política y social que los sustituya y responda de mejor manera a los intereses a corto, mediano y largo plazo de los trabajadores y ciudadanos que luchan por un mundo mejor.

Las tesis del EZLN de promover la conformación de una red ciudadana que no se dedique al quehacer político, entiéndase, a la lucha electoral y al asedio de los cargos de representación popular en todos los niveles, me parece extraordinariamente sabia y perspicaz. La “república democrática” (y sus poderes) se halla perfectamente organizada para garantizar la explotación del trabajo, la corrupción generalizada y la heterogestión como regla. Los partidos políticos son irreales, pero están ahí. Existen y tienen una existencia irrecusable y enajenante. Ambos elementos -el poder público y los partidos políticos- representan dos aspectos esenciales del poder. Ahora se trata, ante esto, de crear un antipoder. Frente al gobierno, el autogobierno. Frente a la heterogestión, la autogestión. Darle realidad a la red autogestiva es pugnar porque aparezcan lo que los socialistas llamaban “los dos poderes”; pero aquí el poder popular es, más que un poder, un antipoder, un antipoder que pugna por la autogestión social, por el modo de producción autogestionario, por la más profunda y sustantiva noción de la democracia.

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