Filosofía política: propuestas para el problema de la “democracia”. Por el filósofo mexicano Enrique González Rojo

FUENTE http://enriquegonzalezrojo.com

I.- Vicisitudes de una etimología.

Radiografía de la democracia

La democracia fue instaurada en Grecia tras las reformas de Solón, Pisístrato y Clístenes y llegó a su mayor florecimiento en la época de Pericles. Como se sabe, su significado etimológico es el de gobierno del pueblo. La institución fundamental del régimen era la Asamblea Popular ateniense, formada por los adultos de la ciudad-estado o sea por el demos(palabra que se suele traducir por pueblo), que resolvía sus asuntos, tras de un intercambio de ideas, por mayoría de votos. En realidad estaban excluidos de la asamblea los esclavos, las mujeres, los jóvenes. El término demos –de origen campesino-, abarcaba sólo al “pueblo” libre, espe- cialmente a los esclavistas, ya sea aristócratas o comerciantes. No sólo los esclavos estaban excluidos del demos –¡la mitad de la población del Ática, en tiempos de Clístenes eran esclavos!- sino que los pobres libres o libertos en general no podían acudir a las reuniones periódicas de la Asamblea porque su trabajo se los impedía. Esta fue la razón por la cual Pericles decidió que se les proporcionara un estipendio determinado a los representantes del órgano legislativo que les permitiera abandonar su trabajo durante las sesiones de la Asamblea.

Desde una perspectiva moderna, que no helénica, el concepto griego de democracia, y la definición nominal que supone, conlleva una contradicción entre lo ideal –gobierno del pueblo en general- y lo real – gobierno de una parte del pueblo sobre la otra. Aún más: dice ser una cosa y es otra o, lo que tanto vale, parece aludir a todos –cuando alude sólo a algunos- para poder fácilmente o con menores dificultades ejercer su poder de clase sobre los dominados. Esta contradicción que, recordando a los griegos y a sus instituciones más avanzadas, hace acto de presencia cuando se habla de democracia y se pugna por encarnarla en la realidad, no es un error o un simple engaño, sino que es una ideología.

Enrique González Rojo Arthur

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Los dos términos de la definición etimológica –el demos (pueblo) y el cratos (gobierno)- se presentan como un enlace armonioso natural, deseable; pero son, cada uno, ambiguos e históricos, esto es, no son ni pueden ser lo que dicen ser, ni tienen el mismo significado ni el mismo contenido en diferentes lugares y en distintos tiempos. El concepto de pueblo se opone, sí, a los enemigos del pueblo –poderosos, mandatarios, etc.-, pero oculta las clases a él inherentes, y aunque silencie sus diferencias clasistas frente a un enemigo común –como las contradicciones internas al Tercer Estado en su lucha contra la aristocracia absolutista de Francia- no deja de ser un complejo de clases sociales con un antagonismo que tarde o temprano se develará. La noción de cratos o de gobierno, por su parte, divide al pueblo, en su sentido más amplio, en gobernantes y gobernados. El verdadero concepto de democracia o de gobierno del pueblo, adelantaré, sería el autogobierno porque en él ya no se daría la diferencia, de carácter antagónico, entre quienes ejercen el poder y quienes lo padecen. Pero la idea de autogobierno disuelve la oposición entre gobernados y gobernantes –que, quiérase o no, impera en toda democracia- y termina por negar a ésta última mostrando el hecho de que donde se implanta la autogestión –que es el más profundo sentido que puede recibir el término- se liquida el concepto habitual de democracia y su desdoblamiento en gobernantes y gobernados.

La historia determina el carácter de ambas nociones, del cratos y del demos. Habría que hacer una reseña histórica –cosa que me es imposible llevar a cabo en este sitio- de qué era el pueblo, quién lo constituía y cómo participaba en las decisiones civiles, si es que lo hacía, a lo largo de las diferentes formaciones sociales que se registra el devenir histórico, y también cómo, en diferentes circunstancias, concebía su acceso al poder y, en caso de ver realizados sus propósitos, cuál era en esencia su modo de ejercer el dominio.

Pongo un ejemplo. Como se sabe, durante la República Romana, después de la caída de Tarquino el Soberbio y, con él, de la dinastía de los reyes etruscos, en el año de 510 A.C., existieron en Roma tres tipos de asambleas o comicios en que los magistrados elegidos sometían a

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3votación las leyes que regían la vida de los ciudadanos: las curiales, las

centuriales y las tribales.

Las asambleas curiales estaban basadas en la antigua división socio- religiosa en curias, las cuales comprendían a su vez un cierto número degens. Conjunto de familias unidas por un culto común, las curias se hallaban integradas sólo por patricios. Cada una de las curias tenía derecho a un voto y las decisiones se tomaban por mayoría. Pero los plebeyos –y ya nos se diga los esclavos- estaban excluidos de estas asambleas y la “democracia” ejercida en ellas –el mecanismo de la votación- estaba puesto sólo al servicio de la clase dominante. Aunque siguieron existiendo, estas asambleas fueron perdiendo su importancia tras la revolución de 509 A.C. y el predominio pasó a las otras dos: las centuriales y las tribales.

Las asambleas centuriales, eran de carácter militar y se fundaban, no en el domicilio, sino en la clasificación de las fortunas en cinco categorías. La primera clase, la de los más acaudalados comprendía, por entonces, 98 centurias; las otras cuatro clases se hallaban integradas por 95 centurias. Las asambleas centuriales ya no excluían a los plebeyos; pero como cada centuria tenía derecho a un voto, el predominio de los más ricos estaba asegurado en cada una de las sesiones legislativas.

Las asambleas tribales, que eran comicios no militares sino civiles, son vistas por algunos historiadores como las asambleas democráticas por excelencia, pues todos los ciudadanos –con exclusión, sin embargo y como siempre, de los esclavos- formaban, o podían formar, parte de ellas y votaban sin distinciones de fortuna, repartidos en 35 tribus asentadas en circunscripciones administrativas, pero cuando los plebeyos pobres emigraron del campo a Roma, en aquél no quedaron sino ciudadanos acaudalados, y dado que las tribus campesinas eran más numerosas que las de la urbe, y se contaban los votos por tribus y no por electores individuales, los ricos, el patriciado, volvieron a tener mayoría.

Algo semejante a lo sucedido en Grecia y Roma, y en ocasiones peor, apareció en la alta y baja Edad Media (verbigracia en la Cámara de los Lores o de los Comunes en Inglaterra), en el inicio del capitalismo (en

Venecia y Florencia) o en EE.UU. La democracia se manifiesta inalterablemente como el gobierno de una élite, un grupo, una clase. En ocasiones se hace esto de una manera tan burada que sólo se permite votar a los propietarios. Pero aunque así no sea –y poco a poco la democracia fue “purificada” hasta hacer que todos los representantes ante las cámaras legislativas participen en ella aparentemente en términos de igualdad- la democracia ha sido siempre el dominio de los pocos sobre los muchos, por más que, supuestamente, los primeros representen los intereses de los segundos.

2. Importancia y limitaciones de la dicotomía: democracia formal y democracia real.

Toda organización, para no ser víctima de la fuerza y la tiranía, tiene que ceñirse a determinadas disposiciones o reglas (sujeción de la minoría a las decisiones de la mayoría, libertad de pensamiento y de palabra, etc.). Esto da lugar a lo que puede llamarse democracia de funcionamiento: en el régimen capitalista (y neoliberal) ésta impera no sólo en un Congreso (cámara legislativa), sino en diferentes agrupaciones partidarias, sindicales, agrarias, ONG’s, clubes y en los más variados tipos de asociación humana, sino también en federaciones y confederaciones de capitalistas industriales, bancarios, comerciantes, que se llevan a cabo con el objeto de asegurar o ampliar su obtención de lucro y que se basan, por ende, en la explotación de los trabajadores.

La democracia de funcionamiento aparece por lo menos en tres partes; a) entre los capitalistas asociados –a nivel nacional o transnacional-, en su necesidad de evitar lo más posible contradicciones inter-burguesas a la hora de explotar a los trabajadores asalariados,

b) entre los trabajadores asalariados (por ejemplo en los sindicatos) en su necesidad de evitar lo más posible contradicciones inter-proletarias a la hora de negociar con la clase enemiga el precio de venta de su fuerza laboral y

c) en los individuos que se agrupan por alguna razón (por ejemplo ONG’s) y que no caen directamente en la órbita del capital y el salariado.

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La democracia de funcionamiento es una democracia formal porque es indiferente al contenido; por eso puede adjetivarse indistintamente como industrial, sindical, campesina, ciudadana, esto es, de diversa manera y en ocasiones contrapuesta. En este sentido, puede afirmarse que, si respetan las reglas de este ejercicio organizativo elemental, son tan “democráticos” los poseedores como los desposeídos. Todavía más. Si los grandes “capos” de un cártel de drogas o de una banda traficante de armas, se sometieran a la democracia de funcionamiento para que no hubiera dictaduras y privilegios entre los hampones, también se podría decir que son, entre ellos mismos, “democráticos”. La finalidad perseguida por la democracia de funcionamiento es montar guardia, cuidar la unidad o cohesión de los asociados, convencerlos de que las decisiones que toman, se hacen de manera colectiva, no respondiendo a intereses de tal o cual magnate, cacique o personalidad fuerte. Su propósito es dejar de lado otras formas, añejas ya, de funcionamiento organizativo como el despótico, arbitrario, “discrecional” que acarrean, o pueden acarrear, molestias y rechazos entre algunos miembros de la agrupación que se pueden sentir ignorados, dejados de lado o de plano subestimados o pisoteados.

A esta democracia funcional múltiple puede y debe llamarse democracia (formal) burguesa que acepta, promueve y se siente orgullosa de que el mecanismo de las votaciones impere arriba y abajo, en la periferia y el centro, en una palabra, a lo largo y a lo ancho de la sociedad capitalista, pero que lejos de subvertir el orden y los puntales en que se basa la formación social, los reafirman y consolidan.

Ciertamente que no debe desdeñarse la importancia y progreso que implica la democracia de funcionamiento frente al despotismo en cuestiones de organización con el cual se contrapone. Mas importante es subrayar el hecho de que la democracia de funcionamiento hace que la sociedad capitalista (y neoliberal) dividida en clases, en gobernantes y gobernados y en un sinfín de polaridades más, halle en ella la regla ubicua y contrastante para que los diferentes protagonistas económicos, políticos y sociales del régimen, entren a la lisa, la convivencia, las negociaciones o la colaboración, del mejor modo posible, dada la unidad y armonía que se logra en cada polo o parte. La democracia de funcionamiento, puesta a

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funcionar en todos los rincones y vericuetos del sistema, engendra, en su generalización organizativa, la esencia de la democracia burguesa que (a pesar de su empeño de silenciar u omitir su adjetivación) se hace patente desde el momento en que opera siempre en el régimen capitalista, pero nunca contra él o como elemento des-estructurador de un modo productivo que conlleva la explotación, las guerras, la pobreza de las mayorías, la corrupción como palanca ineludible de acumulación capitalista, etc. Esta democracia es formal porque, como dije, funciona con indiferencia respecto al contenido y es burguesa porque, encarnando tal forma de operar, actúa como una herramienta que, pese a ciertas interpretaciones, no hace otra cosa que convalidar la sociedad desigual que nos ha tocado vivir.

Como es en la sociedad capitalista donde la democracia de funcionamiento se universaliza –y en este sentido presumen de “democráticas” tanto las asociaciones patronales como las laborales-, los socialistas del viejo cuño contraponían a la democracia formal (burguesa) la democracia real (socialista). Algunos, los más avispados y sensibles, sugerían que la democracia formal y su mecanismo de votaciones y representatividad, tendría que ser reasumida, en el momento en que fuera posible -¡aunque éste se postergaba sistemáticamente debido a diversas razones “importantísimas”!- por la democracia real, socialista, en proceso de construcción. Otros, que no podían ocultar su vocación despótica, simplemente decían que la democracia real negaba la formal, porque ésta se identificaba sin más ni más con una forma de funcionamiento propia del capitalismo.

¿Qué era la democracia real? Ya no era una regla de funcionamiento, unmodus operandi de diversas agrupaciones o el procedimiento electoral para designar representantes en todos los niveles, sino una políticatransformadora, revolucionaria que iba desde el hecho de propiciar en los obreros la emergencia de la conciencia de clase y la necesidad de la toma de decisiones, hasta la lucha por modificar las condiciones socio- económicas que servían de base, raíz o núcleo generador a la desigualdad social y la explotación del trabajo.

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Si la democracia formal (burguesa) consistía, en el nivel electoral, en elegir por mayoría de votos –directamente o no- a los representantes del gobierno (de los tres poderes en todos los niveles), la democracia real (socialista) era concebida como una palanca para subvertir la existencia de las clases sociales y todo lo implicado en ello. Como el fundamento de estas últimas residía, como reside, en la propiedad privada sobre los medios de producción, la democracia aparecía como teniendo su esencia definitoria en la socialización de tales medios.

Aún más. Casi todos los socialistas convenían en que en la primera fase -la de la dictadura del proletariado- la democracia real (y la política transformadora que suponía) tendría que oponerse, limitar o de plano excluir la democracia formal. La democracia de funcionamiento generalizada debería posponerse para Dios sabe cuándo…

Algunos teóricos pretendieron sintetizar o entrelazar la democracia real (y su vocación transformadora) y la democracia formal (y sus reglas de funcionamiento y representación). Para esta posición, el socialismo tenía que ser la articulación, entre otras, de dos prácticas: la socialización de los medios de producción (y la lucha por desencadenar una superestructura acorde al nuevo basamento socioeconómico) y la democracia de funcionamiento y representación. La llamada democracia real no debía servir de parapeto o pretexto para excluir la democracia de funcionamiento. Este tipo de socialismo se quedó en formulación teórica, búsqueda infructuosa, deseo. En la realidad -en las primeras décadas del pasado siglo- se contrapusieron dos posiciones “socialistas” extremas y antitéticas: una, que hacía énfasis en una democracia formal sin democracia real (socialdemocracia, II internacional) y otra, que ponía el acento en una democracia “real” sin democracia formal (bolchevismo, III Internacional y, más que nada, estalinismo). La primera, cantó loas a la democracia de funcionamiento y al mecanismo de la representación y nunca pudo ni quiso reemplazar la formación capitalista –de un capitalismo ya monopólico y financiero- por un régimen en que la democracia real pusiera las bases para una sociedad igualitaria. El segundo, justificando su posición con la teoría de la dictadura del

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proletariado, cayó en un totalitarismo que excluyó en lo fundamental la democracia formal, conceptuada de burguesa.

No se realizó ni en un caso ni en otro la síntesis entre las dos concepciones de democracia. Pero estoy convencido de que si, de ser posible, se hubiera llevado a cabo tal amalgama y hubieran salido triunfantes los partidarios de un socialismo que no fuera despótico sino democrático, no se hubiera tratado de un socialismo auténtico porque para dar a luz este socialismo no basta unir a la democracia “real” anticapitalista la democracia formal, sino que hay que superar ambas nociones en la idea, la práctica, la asunción de una democracia autogestiva.

Es importante subrayar que no sólo la democracia de funcionamiento y representación conlleva históricamente un avance sobre el despotismo organizativo -como el capitalismo sobre la feudalidad-, sino que la democracia real supera en un sentido y dentro de ciertos límites a la democracia formal. La razón de ello es clara: la democracia real no se limita a brindar una regla de funcionamiento o una práctica de representación a todos los integrantes de la sociedad desigual –y en especial explotadores y explotados-, sino reconoce la desigualdad, busca y halla, por lo menos en parte, su origen y pugna por modificar las cosas.

Pero la democracia “real” estaba lejos de serlo. La “democracia” de la URSS y las demás “democracias” populares, fue desde un principio claramente falaz, engañosa, irreal: es cierto que excluyó del poder al capital privado y en este sentido puede afirmarse que no restringió su actividad al formalismo operativo de la democracia burguesa, sino que produjo una radical transformación de los fundamentos de la sociedad capitalista. Pero esta democracia “real” estaba lejos de serlo, insistiré, porque la sociedad capitalista, desigual, que pretendía transformar, y que de hecho transformó, no era binaria, como suponían los socialistas de entonces, esto es, no se hallaba conformada sólo o fundamentalmente por dos clases sociales –capitalistas y asalariados- y otras contradicciones subordinadas a éstas, sino ternaria y polivalente, lo que equivale a decir, primero, que a las dos clases en el sentido apropiativo-material de la expresión –clase dueña de los medios productivos y clase desposeída de ellos- hay que añadir la existencia de una tercera clase –ahora en un

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sentido apropiativo-intelectual- que ocupa un lugar intermedio entre el capital y el trabajo físico: la clase intelectual1 y, segundo, que las otras antítesis que integran la sociedad (hombre/mujer, gobernados /gobernantes, jóvenes/viejos, mayorías/minorías sexuales, ciudad/campo, etc.), poseen una relativa autonomía respecto a las clases sociales y su basamento económico e implican, si se busca su armonización y coexistencia a niveles de tolerancia y respeto, prácticas específicas que no se reducen a ser el famoso “vendrá por añadidura” de que hablaba el optimismo de los marxistas-leninistas de entonces. Si la sociedad capitalista no es binaria sino ternaria, si sus contradicciones no se someten a la monovalencia de la concepción clasista vulgar, sino que constituyen una verdadera polivalencia, entonces al régimen creado a partir de estas premisas, independientemente de lo que se creyese y dijera, no era socialismo ni encarnaba una democracia real. La concepción binaria lleva a pensar, por ejemplo, que basta un trueque de contrarios para crear las bases del socialismo: si en el capitalismo domina el capital (ejerce, veladamente o no, su dictadura), en el socialismo (vía la dictadura del proletariado), al convertir el elemento dominado en dominador, se inicia o arranca –pensaban los marxistas-leninistas- el proceso de des-enajenación. Pero lo que no les fue dable tomar en cuenta es que si en el capitalismo no hay dos clases fundamentales (capital/trabajo) sino tres (capital/trabajo intelectual-trabajo manual), el trueque de contrarios hace que, mientras el capital es desplazado –o dominado hasta su aniquilamiento-, queda dueño de la situación, no el trabajo manual, sino la clase intelectual, de donde surgen la burocracia y la tecnocracia que constituyen el funcionariado del nuevo régimen, socialista de nombre y totalitario de hecho. La democracia “real” de este régimen -el impulso transformador que la llevó a expropiar a los expropiadores- es en realidad una “democracia” no socialista, sino tecno- burocrática, una democracia que sacó del poder una clase dominante (burguesía) para poner a otra (clase intelectual).

La socialización –más bien estatización- de las condiciones materiales de la producción, arrojó, sí, de la escena al capital privado -y en esta medida

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1 Consúltese: Enrique González Rojo, La revolución proletario-intelectual, Ed. Diógenes, México, 1981.

subvirtió el orden capitalista tradicional- pero permitió que una nueva clase social agazapada en el entramado capitalista –la clase intelectual- y el Estado que la representa, ocupara el poder y mostrara la falacia de la adopción militante de una democracia real (sin comillas).

3. La ideología burguesa inherente a la filosofía de la democracia.

Antes de proseguir, conviene hacer notar que el concepto de democracia (formal) a veces no se presenta tan precaria y elementalmente como lo hemos hecho hasta aquí, porque, habiendo sido elaborado y profundizado con el tiempo hasta formar una filosofía de la democracia, se trata de un sistema de pensamiento ideológico que trasciende la formulación primitiva de la democracia formal, para sustituirla por una más compleja, sofisticada y, en cierto modo, más taimada y embaucadora.

La filosofía burguesa de la democracia (que nunca, aunque diga lo contrario, deja de ser formal) reúne, entre otros, los siguientes elementos en una articulación compleja:

a) la democracia de funcionamiento o el mecanismo de las decisiones, b) los problemas de la representación, c) la vinculación y la independencia republicanas de los tres poderes y la polémica en torno a si la democracia debe ser directa o indirecta, d) la relación federalista entre el centro y la periferia, e) la asunción de los derechos humanos y las garantías individuales, etc.

a) De acuerdo con esta filosofía, la democracia de funcionamiento no se reduce a las bondades del sufragio como instrumento fundamental del mecanismo de las decisiones, sino que implica los siguientes componentes:

* tendencia al consenso
* votación y decisión mayoritarias
* respeto a los derechos de las minorías

*acatamiento por parte de las instancias inferiores de la sociedad o de una agrupación determinada, de los acuerdos tomados por las instancias superiores (elegidas mediante una votación transparente)

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*pugna contra el rechazo de la manipulación

*denuncia contra el “seguidismo” y el “complejo de rebelión y desconfianza” y su sustitución por las actitudes correctas: coincidencia y discrepancia.

Los ideólogos de la democracia dicen, en efecto, que antes de una decisión colectiva, debe discutirse suficientemente y debe tenderse al consenso (unanimidad) y que sólo cuando no se pueda acceder a ello, hay que someter a votación lo tratado. La votación ha de tener lugar cuando la tendencia fundamental a la unanimidad o al consenso sea perturbada por el disenso y obligue a los individuos a poner en práctica, como un mal menor, el mecanismo de la votación. Condición fundamental para que sean eliminados, en la discusión y la toma de decisiones, los elementos irracionales que se suelen presentar en las deliberaciones, es que todos los otros componentes enlistados arriba se cumplan o, por lo menos, se haga sistemáticamente el intento de llevarlos a cabo.

b) En lo que se refiere a la representación -parte esencial de la filosofía de la democracia desde Locke y Rousseau- conviene adelantar críticamente que, en general, en ella hay una sustitución: habitualmente el representante reemplaza al representado o, dicho de otro modo, la voluntad individual del “servidor público” impera sobre la voluntad general de sus electores. Es el caso, para poner un ejemplo, de los diputados o representantes con un cargo público en todos los niveles.

Los ideólogos de la representación argumentan a favor de tal práctica haciendo notar que una colectividad tiene forzosamente que constreñirse o limitarse a la delegación del poder o a operar a través de unos cuantos para entrar al mecanismo de las decisiones, al que aludí con anterioridad.

El sustituismo implicado en la práctica habitual de la representación es la causa esencial, en los llamados regímenes democráticos, del desdoblamiento y contraposición de la sociedad en gobernados y gobernantes, en individuos enajenados en el mandato e individuos enajenados en la obediencia.

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Conscientes de esto, los ideólogos de la democracia, y algunos diputados y senadores, hablan a veces de la necesidad de la comunicación permanente (o al menos de vez en cuando) entre representantes y representados. A estos ideólogos les perturba el hecho, evidenciado hasta la saciedad por la experiencia, de que esta consulta, o no tiene lugar, o de tenerla, no recoge por lo general las aspiraciones del electorado. Como sólo excepcionalmente ocurre esta re-vinculación del representante con sus electores –rindiéndoles cuentas, informándoles sobre su gestión, tomando en cuenta sus aspiraciones, etc.- la necesidad de realizarlo queda como ideal, invitación a perfeccionar el método, consejo del politólogo “ansioso” de una democracia plena. Se supone que los votantes eligen a, o votar a favor de, un representante parlamentario porque éste pertenece al partido político de sus preferencias, y que lo llevan a cabo con la esperanza de que tratará de hacer prevalecer los anhelos de los electores en y por las acciones parlamentarias. Pero ni siempre los diputados y senadores son fieles al programa partidario que dicen defender, ni, lo que es aún pero, este programa –de común ideológico, falsario, embaucador- expresa los intereses que dice defender.

c) Al hablar Montesquieu de los tres poderes, de su necesaria vinculación e independencia, dio con la regla de oro de la democracia formal, republicana y burguesa. Repárese, sin embargo, en que una de las formas más primitivas y autoritarias en que, diciendo asumir esta modalidad de gobierno, se le negó en la práctica fue ese presidencialismo–como el de nuestro país durante la época del priísmo- en que el poder ejecutivo designa al judicial y controla –mediante la simbiosis del Estado y el partido oficial- al legislativo, creándose algo así como un despotismo de la presidencia. Los filósofos de la democracia, preocupados en perfeccionar el sistema, no se cansan, por consiguiente, de sostener que entre los poderes no debe existir la sujeción o dependencia de unos a otros ni, sobre todo, de los poderes legislativo y judicial al ejecutivo. Para lograr tal cosa, arguyen, primero deben ser electos mediante sufragio no sólo los diputados y senadores del poder legislativo y el representante del poder ejecutivo, sino los jueces, magistrados, etc., del poder judicial, y segundo, se precisa la desaparición de la simbiosis entre un partido mayoritario y el Estado, y, al mismo tiempo el surgimiento de un

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verdadero juego de partidos políticos, par que, además de posibilitar la alternancia, el congreso federal se reconforme de tal manera que logre su independencia frente al ejecutivo. La democracia plena implicaría, entonces, el someter a los tres poderes al mecanismo electoral de la representación.

Bueno es recordar aquí la vieja polémica de si es más conveniente, o más democrática, la representación directa o indirecta. En relación con el poder ejecutivo, los norteamericanos -y los mexicanos con ellos- optaron por la directa: se elige al presidente de la República mediante el sufragio universal y secreto. Los ingleses, en cambio, eligen al parlamento y éste a su vez a su primer ministro, en una elección indirecta. Los partidarios de la representación directa arguyen que si el desdoblamiento en representantes y representados en una delegación directa de poderes, trae consigo o puede traer problemas de separación, distanciamiento y hasta contraposición entre gobernantes y gobernados, la indirecta agrava la situación porque los representantes elegidos indirectamente (o electos por los delegados o ministros) se hallan más lejos aún de las urnas iniciales y se encuentran en mayor peligro de sustantivación y desligamiento de la voluntad popular. Hasta muchos teóricos de la izquierda y del anarquismo argumentan de modo análogo cuando preconizan la necesidad de lo que llaman una democracia directa. Pero los partidarios de la representación directa –cuando se trata del poder ejecutivo o de una autoridad alejada de los individuos o las bases en una organización- no toman en cuenta el problema y los riesgos de laimagología. Cuando los ciudadanos de un país o los miembros de base de una agrupación partidaria, etc., votan por alguno de los varios candidatos que aspiran a ocupar la silla presidencial o el más alto puesto de un partido, lo hacen, en general, por la imagen y no por su verdadero carácter, desconocido y disfrazado. Votan por una apariencia, una impresión, un sueño. Cuando millones de mexicanos votaron el 2 de julio del 2000 por Vicente Fox, dieron su anuencia a una imagen creada deliberadamente por los especialistas de la mercadotecnia imagológica. Si se piensa con profundidad en este hecho, difícilmente podrá concluirse que es democrático un procedimiento en que la ciudadanía, engañada, vota por un producto prefabricado por los técnicos de la manipulación, del

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que sólo saben y ven lo que la imagología de los medios masivos de comunicación quiere que sepan y vean. Los más perspicaces ideólogos de la democracia -y yo suscribo tal cosa- hacen notar, en contra de la instrumentación imagológica que acompaña al sufragio universal y secreto o a la democracia directa, que la democracia debe ir ligada al conocimiento real que los electores deben poseer del que eligen; pero como esto no es posible en realidad de verdad más que en un tipo de organizaciones escalonadas o de democracia indirecta, y ésta tiende a alejar o sustantivar a los gobernantes respecto a los gobernados, la polémica se estanca y continúa permanentemente en la mesa de las discusiones.

d) La democracia formal civilizada debe basarse en una justa y armoniosa relación entre el centro y la periferia, dicen los ideólogos de la democracia. Ni centralismo, ni federalismo anarquizante. Ni el centro debe controlar a la periferia (las entidades federativas), ni la periferia debe poner en peligro su unidad con el centro.

Como se sabe, en un país como el nuestro, no sólo existen los tres poderes a nivel federal, sino también a nivel estatal. Cuestión importante en esta situación, es preguntarse ¿hasta dónde debe llegar la autonomía de cada entidad federativa? La relación entre los estados y el centro es el producto, se nos dice, de un pacto federal por el cual cada entidad cede algo con tal de recibir los beneficios de la unidad nacional. En función de este pacto, conviene hacer una diferencia entre soberanía y autonomía, deslinde indispensable que a veces se deja de lado. La nación, el Estado y el gobierno federal debidamente electo son soberanos (su independencia es, o debe ser, absoluta), los estados, los municipios, las universidades, los sindicatos son autónomos (su independencia es, o debe ser, relativa). Cuando los estados de la federación dicen ser no sólo autónomos sino soberanos -como en nuestro país y en EE.UU.- están empleando, por razones históricas, la palabra soberanía en un sentido relativo ya que, de alguna manera es una “soberanía” subsumida a la soberanía sin restricciones del Estado y el gobierno emanados del pacto federal. El pacto federal consiste, precisamente, en vincular lo absoluto con lo relativo. Si la balcanización –exaltación de lo autónomo a lo soberano o de

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lo relativo a lo absoluto- es un peligro disgregador y debilitante, la amenaza que trae consigo la globalización capitalista -disminución de lo soberano a lo meramente autónomo o de lo absoluto a lo relativo- es un peligro que atenta contra los fundamentos de la nación y del pacto federal.

No sólo en los tres niveles de gobierno que presenta la República –federal, estatal y municipal-, sino a lo largo y a lo ancho del país, debe existir una recta aplicación de las categorías lógicas de la cantidad: lo universal (que abarca a todos y cada uno de los mexicanos), lo particular (que comprende a algunos de nuestros compatriotas, por ejemplo, pueblos indígenas) y lo singular (que atañe a un individuo). Las normas constitucionales y los derechos humanos competen, por ejemplo, a todas las entidades federativas, a todos los municipios, a todos los pueblos y a todos los individuos. Las disposiciones jurídicas regionales (estatales y municipales) y los usos y costumbres que imperan con exclusividad en ciertos pueblos y comarcas del país –que no contradigan a lo universal- deben ser acatadas. Cada individuo, finalmente, no sólo debe ser respetado en sus garantías individuales fijadas por la constitución general, las normas estatales, los derechos humanos y las costumbres regionales, sino también en sus actividades y en sus formas de ser y pensar estrictamente personales. Es importante subrayar –y así lo hacen, por ejemplo, los nuevos zapatistas en el país- que hay ciertas etnias, ciertos pueblos cuya circunscripción no coincide ni con los municipios ni con los estados, es decir, que abarca diversos municipios y diferentes estados: se trata, pues, de una particularidad supraestatal y supramunicipal que tiene que hacerse presente en la Constitución del país. La lucha por su autonomía -en un país pluriétnico en esencia-, el respeto a sus formas de propiedad del suelo, cultura y costumbres (que no contradigan los derechos humanos) es no sólo justa sino impostergable. La autonomía, en este como en otros casos, es relativa y nada tiene que ver con la balcanización o con la búsqueda de una autonomía absoluta que ponga en entredicho la soberanía nacional implícita en el pacto de la Federación.

e) Desde el punto de vista de una filosofía de la democracia o, lo que tanto vale, de los más sofisticados ideólogos de la misma, no puede existir

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un país democrático en que no se respeten los derechos humanos. Para estos pensadores, los principios electorales, los tres poderes y el sistema republicano en general no son sino la forma en que, como su contenido expreso fundamental, deben florecer los derechos humanos.

Pero adelantaré una apreciación crítica que nos aclarará mucho sobre el carácter de estos derechos esenciales del ser humano por el solo hecho de serlo. Creo que -lo cual no es nada fácil- el concepto de derechos humanos debería ser expresamente enriquecido con el derecho no sólo a la asociación, sino a la autogestión: derecho no sólo a autoorganizarse –en función de ciertas tareas o motivaciones-, autogobernarse, autoconocerse y autovigilarse, sino a poseer colectivamente los medios de producción que su práctica específica lo requiera.

El aspecto organizativo de la autogestión es no sólo la conditio sine qua non para una concepción más profunda de la autogestión (como formación social y forma de vida), sino el umbral de la democracia auténtica o sea la democracia real sin la perturbación que trajo consigo el autoritarismo tecno-burocrático del marxismo-leninismo. Es el umbral, pero sólo eso.

El concepto de los derechos humanos es de clase: protege a los individuos, los grupos y las asociaciones de todo, o de mucho, menos de la explotación. Los derechos humanos son el lado “humanitario” del capitalismo mundializado. El concepto de marras es atravesado por la noción de democracia; pero de democracia formal -primitiva o sofisticada: se ve la democracia de funcionamiento, la representación, la libertad de palabra, etc.- no de democracia real, auténtica, subvertidora.

Los derechos humanos ven la propiedad privada como un derecho inalienable de la persona. No es un accidente que una de sus fuentes ideológicas sea el jusnaturalismo. Ciertamente, cuando se trata de propiedad privada de medios de consumo -que no conlleva la explotación- ello es pertinente; pero cuando tal “derecho”, como propiedad privada de medios de producción, intercambio o servicios, se vuelve la condición para la exacción de valor y plusvalor –o, lo que es igual, para la explotación del trabajo- nos revela que la noción habitual de los derechos humanos

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conlleva un dispositivo de clase propagada a los cuatro vientos en y por la globalización del capital.

Es necesario, entonces, luchar porque se democratice (o subvierta) la noción de los derechos humanos, posición que excede a la de los más radicales de los ideólogos de la democracia burguesa, porque tal democratización significa no sólo que tal concepto se halle atravesado por la democracia formal, sino por la democracia real, auténtica, que busca la desaparición de las condiciones que imperan en la sociedad desigual y enajenada.

4. Democracia y autogestión

La asunción de formas más elementales de la democracia no siempre es fácil. En países de tradición autoritaria -como el nuestro- la erradicación del fraude electoral, por ejemplo, ha sido especialmente difícil y no estoy seguro de que se haya logrado del todo y definitivamente2. Pero si el tránsito de una sociedad autoritaria a un régimen democrático-electoral es arduo e inserto en un camino sinuoso, el paso de una democracia formal simple -con su mecanismo de votaciones y representatividad- a la democracia compleja y más sustantiva con que sueña el filósofo del sistema -y que comprende aspectos morales, educativos, etc.- tiene más bemoles y dificultades. Cuando este ideólogo nos dice que “la democracia es perfectible”, que es una “democracia inquieta”, que no es el mejor de los mundos posibles e incluso identifica su modelo de democracia con la democracia real, etc., nos quiere llevar no a rebasar la democracia formal para entrar a la real, sino a corregir los defectos y limitaciones que a su entender tiene la primera.

La diferencia entre la democracia formal civilizada y la democracia real (autogestionaria) reside, insistiré, en que la primera es sólo un mecanismo de votación, representación, gobierno y muchas cosas más. Pero no subvierte ni busca subvertir la sociedad. Sus reformas no son las premisas de la revolución, sino las prácticas afianzadoras del status quo, llevadas a cabo expresamente para impedir la transformación radical. La democracia

2 Este optimismo electoral es producto del momento en que se escribió este ensayo. Ahora (2015) soy mucho más escéptico que entonces.

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formal, en todas sus expresiones, es conservadora -y cuando prospera en la sociedad capitalista asume inexorablemente el adjetivo de burguesa-; la real es transformadora, revolucionaria, pugna por una sociedad en donde la explotación del hombre por el hombre sea erradicada para siempre.

Pero no hay que confundir la democracia “real” con comillas con la democracia real sin ellas. Para que la democracia real no se desvirtúe –y adquiera el carácter de tecnoburocrática o intelectual- es indispensable que guarde distancia frente a las prácticas, pretendidamente socialistas, que, mediante la estatización de los medios de producción, arrojan del poder a la clase burguesa para poner en su lugar a otra clase: la dueña de las condiciones intelectuales de la producción. Al luchar contra la democracia formal, la democracia real no pugnará por un cambio de amo, no sustituirá al capitalista por el burócrata, al banquero por el técnico, al comerciante por el administrador. Se inspirará en la revolución articuladay coincidirá con la idea de la autogestión.

La democracia auténtica, autogestionaria, no sólo hará suyos los principios instrumentales de la democracia formal primitiva, sino, en la medida en que pueda hacerse, los enunciados de la democracia civilizada que preconiza el filósofo del sistema democrático.

¿Hay diferencias entre la autogestión, la democracia (real) y el socialismo? En el sentido profundo de los términos, cada uno de ellos se relaciona con y nos remite a los demás: no hay autogestión sin democracia, democracia sin socialismo, socialismo sin autogestión. Pero aunque cada uno implique de alguna manera a los demás, podemos hacer, por método, esta dife- rencia: la autogestión es la anatomía de la organización, la democracia (real) su fisiología y el socialismo el cuerpo con vida donde aparecen, articuladas, la anatomía y la fisiología.

La autogestión sin democracia es como un esquema rígido, como una anatomía sin fisiología y metabolismo. La democracia es funcionamiento y la democracia real es inquietud, transformación, subversión. El auténtico socialismo tendrá que ser autogestivo y democrático. La democracia real (sin comillas) es el instrumento para movilizar y transformar estructuras, para asediar y acorralar al poder, para transformar y transformarnos.

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La perspectiva socialista nos muestra que no se puede separar la forma de la autogestión del contenido de la democracia –o, lo que es igual, la formade la democracia del contenido de la autogestión- porque la autogestión no es tal si no es democrática y porque la democracia no lo es si no es autogestiva.

5. La palabra democracia en la sociedad actual.
La palabra democracia tiene el don de ubicuidad. Se la usa como comodín,

varita de virtud, expectativa, esperanza, secreto y hasta magia.

Antes la usaban sobre todo el capital y los gobiernos occidentales, en tanto que los trabajadores y gobernados disidentes empleaban el término socialismo. Ahora la usan todos: los de arriba y los de abajo, correspondiendo ello al descrédito en muchísima gente del término socialismo. Es importante, sin embargo, mostrar que no es lo mismo la democracia para el capital y el poder –para quienes no es otra cosa que el ámbito propicio donde se realiza la explotación y el dominio- que la democracia de la que hablan, con más o menos conciencia de ello, o por lo menos tendencialmente, el trabajo o los gobernados. La primera es formal, la segunda real; no es real sólo frente a la formal (como ocurre con la “democracia” tecno-burocrática del “socialismo”), sino que va en pos de una sociedad igualitaria y autogestiva. Repito: al menos de manera instintiva y emocional.

En México todos hablan de democracia: el gobierno, los partidos, las organizaciones patronales, los sindicatos, las organizaciones campesinas e indígenas, el EZLN, la iglesia, las ONG’s, el CGH, etc., etc. Aún más: cuando hay conflictos entre algunos de estos protagonistas sociales, cada uno levanta la bandera de la democracia contra el otro.

Creo que cuando la burguesía y el poder hablan de democracia saben lo que quieren: que nada cambie o, mejor, que los cambios o reformas les beneficien en sus acciones explotadora y dominante. Cuando, en cambio, los trabajadores y dominados emplean la misma palabra, quieren algo, lo apuntan, van tras él, pero les resulta confuso. Desarmados, como se hallan, de una terminología de clase, arrojan en el término de democracia todos sus anhelos inmediatos y mediatos. Esta es la razón por la que se

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precisa aclarar, deshomologizar, limpiar el vocablo de marras de la contaminación ideológico-burguesa que suele embargarlo.

La democracia formal -aun en sus formas más “civilizadas” es, hoy por hoy, el ángel custodio de la burguesía. La democracia formal, con- servadora, enemiga de la transformación revolucionaria, impugnadora de la socialización de los medios materiales y espirituales de la producción, es ahora una ideología burguesa transnacionalizada.

Dada la presencia de esta palabra entre los trabajadores, los dominados, los ofendidos, y dado el desarme doctrinario de que han sido víctimas,conviene dar la lucha también en este vocablo: mostrar que la cara visible de la democracia formal (el mecanismo de las votaciones, la lucha electoral, etc.) esconde y disfraza su cara oculta: servir de ámbito ideal donde el capital y el poder satisfacen su bulimia de lucro y dominación.

6. Riqueza del concepto de democracia real-autogestiva.

Hay que hacer notar que entre la democracia formal (burguesa) y la democracia auténtica (autogestiva) hay una suerte de asimetría que ubica a la segunda como más rica y plena que la primera. En efecto, la democracia real-autogestiva puede asumir y asume, dentro de ciertos marcos, los aspectos positivos de la democracia formal: mecanismo de las votaciones, representatividad, libertad de pensamiento, de palabra, etc.; pero la democracia formal burguesa no puede asumir los aspectos positivos, revolucionarios, de la democracia auténtica: revolución económica, cultural, sexual, en una palabra, el conjunto de revoluciones articuladas que requiere la sociedad para su auto-emancipación.

7. Los partidos y los conceptos de democracia formal y democracia real.

De modo pertinaz e insoslayable, abierta o emboscadamente, en los partidos políticos siempre está presente el autoritarismo. También, en apariencia, se halla en ellos la democracia en pie de guerra, luchando contra él. Pero ¿de qué democracia se trata? Es claro: de la democracia formal.

Así como en la sociedad capitalista, la inquietud de la democracia formal – que niega a adjetivarse para ocultar sus vergüenzas- no sólo no cambia la

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esencia del modo de producción, sino que la apuntala y le brinda su modo más adecuado y económico de funcionar -lo que nos evidencia lo que ya sabemos: que la democracia formal es conservadora-, en los partidos políticos esta misma democracia formal -mecanismo de votaciones, etc.- no cambia la esencia centralista y heterogestionaria de la organización.

Aunque se vote en todos los niveles –asambleas, consejos, comité eje- cutivo, estatales, comités de base o células, etc.- la estructura esencial del partido, permanece inalterable.

¿Cuál es ésta? Es una doble heterogestión (concepto antípoda a la autogestión) que comprende, entre otras cosas, un sustituismo externo y un sustituismo interno: la organización domina y desplaza a su “clientela” y la dirección -o las direcciones intermedias escalonadas- sustituyen a su base. La sustitución interna se realiza cuando la o las cúpulas reemplazan en sus decisiones a la base y se expresa en el ir, de hecho, de arriba abajo y del centro a la periferia. Si hay un partido hegemónico en la sociedad – como el PCUS o el PRI- el sustituismo interno genera o apuntala un sustituismo externo institucional en que el gobierno ejerce su dominio sobre los gobernados (ir de arriba abajo) y el centro pisotea la autonomía de las entidades federativas (ir del centro a la periferia).

Un partido que intentara asumir la democracia real (o auténtica) -que no puede ser, ya lo sabemos, sino transformadora, autogestiva, revo- lucionaria- trastocaría de tal manera su estructura que, tarde o temprano, dejaría de ser partido político -en la concepción tradicional del mismo: como vanguardia o (dicho eufemísticamente) como organización que encabeza las luchas sociales- para ser otra cosa.

Los beneficiarios de la existencia y el modo de ser y operar de los partidos políticos de todos los sabores y colores –esto es, la clase política, que es un segmento bien definido de la clase intelectual- no pueden permitir que suceda lo anterior, por eso combaten a muerte todo intento de introducir elementos de democracia real en la organización y por eso asimismo alientan únicamente, ante los problemas de funcionamiento, la presencia engañosa de la democracia formal y su función objetivamente conservadora.

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8. La “sociedad civil” y los conceptos de democracia formal y democracia real.

El concepto de “sociedad civil” –desarraigado de sus antecedentes hege- lianos o gramscianos- es una pieza cara en el ideario neoliberal. Si el concepto de pueblo se utilizaba con frecuencia en el pasado para ocultar la presencia y los intereses del proletariado, el concepto de “sociedad civil” se emplea ahora para escamotear la presencia y los intereses del pueblo. La característica fundamental de esta “sociedad civil” es el amorfismo: se trata de un conglomerado sin límites -físicos e ideológicos- definidos. Este amorfismo es el caldo de cultivo ideal para la manipulación mediática. La “sociedad civil” acaba por pensar y actuar como los medios masivos de comunicación -y los poderes nacionales y transnacionales que los rigen- lo determinan. Es claro que la inmensa mayoría de estos ciudadanos forma parte de un proletariado –que trabaja para una economía empresarial de nuevo tipo y que es sometido a inéditas formas, abiertas o no, de explotación-; pero en términos generales carece de conciencia del puesto que ocupa en la sociedad y hasta ve a los obreros y campesinos como clases subalternas de las que pretende diferenciarse. En estas circunstancias, el amorfismo de la “sociedad civil”, bombardeado por la imagología y la propaganda de la TV, etc., acaba por convertir en términos generales a esa gente en un sector conservador, individualista y adorador del culto cosificante de la economía de mercado y pilar incuestionable de la “transición democrática” foxista.

No toda la “sociedad civil”, sin embargo, está cortada por las mismas tijeras. Algunos de sus sectores, si no tienen plena conciencia de quiénes son y qué significan, sí intuyen, o advierten de manera instintiva, que forman parte del conglomerado humano cada vez más grande sometido a la explotación. Esta es la razón por la que tienden a agruparse y a dar la lucha contra el sistema capitalista en su versión neoliberal.

En estas organizaciones de la “sociedad civil”, como células-sin-partido que son, hay menos trabas, menos resistencia, menos impedimentos para asumir la democracia auténtica. Pero aún se hallan en un estado extra- ordinariamente larvario de su generación y carece de la autognosis indispensable para su consolidación, fortalecimiento, ampliación. Por eso

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nacen, se desarrollan y mueren: reproducen la división del trabajo propia de la sociedad y asumen por lo común la democracia formal más primitiva. Pero la autogestión -a la que estas organizaciones tienden y tenderán cada vez más de modo espontáneo- es el ámbito donde puede tener lugar, con la adopción consciente de varias revoluciones articuladas, la democracia real, auténtica, autogestionaria.

9. La noción de “revolución democrática”.

Decían los clásicos –por ejemplo Rosa Luxemburgo- que la reforma está bien cuando se asume como medio, no como fin, o sea, cuando se la considera como uno de los pasos previos para la revolución y no como finalidad perseguida. La noción de “revolución democrática” –con el que se autonombra el PRD-, aparentemente resulta un acierto porque parece agrupar una idea radical de democracia. Pero en torno a ello, quiero hacer tres comentarios:

1) tal designación da como máximo un programa mínimo.

2) dice pugnar por la democratización del país -sufragio transparente, separación de poderes, no al presidencialismo, soberanía política y nacionalismo económico, respeto al federalismo y el municipio libre, para no mencionar sino algunos de los aspectos más visibles de su programa-: se trata, pues, de la democracia formal, y

3) se define, en relación con lo anterior, no como un partido de la revolución democrática, en el sentido profundo de ambos términos, sino como un partido de la reforma democrático-formal.

Afirmo lo anterior porque creo que los conceptos de izquierda y derecha deben ser “refundados” -para usar esta palabreja tan de moda en la actualidad-, ubicándolos, no en la horizontalidad de una burguesía buena y otra mala, sino en la verticalidad de una burguesía y un poder que son de derecha (PAN, PRI, PRD) y unos trabajadores y su autogestión que son de izquierda.

La democracia formal absolutizada es, pues, de derecha. La democracia real tendiente a la autogestión es de izquierda.

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Las diferencias entre los distintos grupos de la burguesía y sus partidos (PAN, PRI, PRD) no son de izquierda o de derecha, con inclusión del centro; son diferencias políticas, económicas e ideológicas de ejercer dominio y explotación.

10. Autogestión: red social y organizaciones promotoras.

Los trabajadores y ciudadanos de nuestro país tienen que agruparse. Llegó el momento de “organización y más organización”, como decíamos en el pasado. Es verdad que sectores reducidos de la “sociedad civil” tienden a organizarse; pero -desgraciadamente por ahora sólo se trata de una tendencia. ¿El pueblo jamás será vencido? Si y sólo si se organiza. Es importante, es impostergable, es esencial que surjan comités, consejos, comunidades, en una palabra, esas “células-sin-partido” que constituyen el soporte último de una posible autogestión social. ¿Qué está motivando que los individuos se asocien? ¿Cuál será la razón, el propósito, la finalidad que lleva a un número cada vez mayor de personas a reunirse en “islotes” autodeterminados? El combustible de una asociación -de un grupo que decide autoorganizarse y autogobernarse- es la deliberada asunción de una tarea. La tarea -conjunto de tareas- es el móvil, el acicate, la razón de ser de un colectivo de trabajo que se autogestiona. Un comité sin tarea, o sin un empeño claro y conscientemente asumido, pierde el paso e inicia su proceso de desintegración. La célula sin partido (cesinpa) se autoorganiza y autogobierna para realizar la o las tareas que han conducido a los ciudadanos a agruparse. Pero un islote autogestivo, por dinámico y entusiasta que sea, es difícil que sobreviva ante el embate del capitalismo (y la heterogestión a él aparejada) que, rugiente y amenazador, lo rodea por doquier. Por eso, entre otras razones, es importante, decisivo, que el islote sea reemplazado por el archipiélago (Vaneigem) o que la cesinpadevenga una red federada de algún modo. Mi supuesto es claro: la autogestión -tanto individual: cesinpa, como social: tejido, red o archipiélago- es uno de los ámbitos más señalados, yo diría que el fundamental, donde puede llevarse a cabo la democracia auténtica o, dicho de esta manera: la autogestión es el laboratorio de la democracia real, sustantiva, revolucionaria. Para saber cómo es esto posible, conviene reflexionar sobre la forma y el contenido tanto del comité aislado

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autogestivo como de la red –síntesis de comunidades- que conforma la autogestión social. Una cesinpa para que sea autogestionaria requiere, a más de una tarea-motivo aglutinadora, y a más de la autoorganización y autogobierno que evidencian su autodeterminación, del dominio colectivo de las condiciones físicas y psicológicas para realizar su o sus empeños. Lo ideal sería, además, que fuera dueña de los medios de producción, intercambio o de servicios en que se halla imbricada su gestión. Esto, es obvio, no siempre es posible en las condiciones capitalistas actuales. Pero esta tendencia a la socialización tiene que hallarse inscrita en sus propósitos, su programa de acción, su estrategia que habrá de realizarse en el momento adecuado.

La red o el archipiélago, por su parte, tiene que definir el tipo de vinculación federada que asuma la interrelación de los comités. Cada comité tiene su o sus tareas. Cooperativas de producción y/o de consumo pueden transformarse en francamente autogestivas mediante una autognosis, rectificación de paso y transformación de contenido. Puede haber comités económicos, políticos, sociales, culturales (científicos, artísticos, ecologistas, de género, etc.) Los puede haber dedicados a grandes tareas o a pequeñas tareas. Pueden ser defensivos u ofensivos.

Pero también hay (o puede haber) un tipo de cesinpa que se diferencia de las demás en un punto: en que su tarea central consiste en promover la autogestión. Se trata (o se trataría) de cesinpas, de carácter autogestivo, que se autorganizan para coadyuvar a que la idea y la práctica de la autogestión social -diferenciada y hasta contrapuesta a las agrupaciones heterogestionarias comunes- encarne en la imaginación y las necesidades de los trabajadores y ciudadanos. Es importante insistir en que todo comité autogestivo debería ser promotor de la autogestión ya que el aislamiento lleva inexorablemente, más tarde o más temprano, a la crisis, la decadencia y la desaparición; pero este carácter promotor las más de las veces se halla opacado, en los comités comunes y corrientes (por ejemplo en las ONG’s) por la o las tareas cohesionadoras que dan razón y cuenta de la cesinpa o de plano no forman parte de la actividad cotidiana de ésta. La o las organizaciones promotoras adoptan como su tarea central difundir la concepción y la práctica de la autogestión. Facilitarla,

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impulsarla. Las cesinpa promotoras de la autogestión tienen o asumen un carácter mayéutico: su función principal, como la del partero o la comadrona, es auxiliar a la sociedad civil -formada esencialmente por trabajadores explotados por las grandes empresas industriales, comerciales y de servicios que encabezan el capitalismo contemporáneo- a autoorganizarse, primero, para crear un ámbito que ayude a los hombres y mujeres a subvertir su modo de ser y de pensar; segundo, para crear un lugar en que el proceso de maduración psicológica individual influya en la lucha por la autonomía social del colectivo y esta última reinfluya a su vez en tal proceso; y para generar, en fin, un sitio en que se desenvuelva la democracia no sólo en su sentido instrumental (o formal sofisticado) sino en el sentido de la perpetua pugna por transformar las condiciones sociales y personales de la humanidad, propia de la democracia real, auténtica. Conditio sine qua non para que un cesinpa pueda promover la teoría y la práctica de la autogestión es que sea autogestionario o, para ser más exactos, se halle en permanente lucha por serlo (pugnando, por ejemplo, no sólo por la socialización de los medios materiales de producción, sino por la socialización permanente de conocimientos y experiencias). Un partido político, por razones obvias, no puede promover la autogestión: hacerlo lo arrojaría a tales confusiones y ambigüedades que terminarían poniendo en peligro su carácter de organización política “que orienta y encabeza a las masas populares”.

La labor de promoción no puede ser obra de una sola cesinpadeliberadamente promotora. Como lo que se pretende facilitar no es sólo la autogestión individual, o la célula aislada, sino la autogestión social, o el tejido; o también como de lo que se trata es de conquistar, a la larga, lo que puede llamarse modo de producción autogestionario -para dife- renciarlo tanto del capitalismo como de la formación “socialista”, intelectual (tecno burocrática)- parece ser indispensable, necesaria, la aparición de un cierto número de cesinpas promotoras: una red de comités políticos de carácter autogestionario. ¿Qué tipo de organización le convendría asumir a esta red de comités? ¿Sería la misma forma para la red civil y para la red política?

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11. La democracia centralizada.

Desde hace tiempo he hablado de que la forma de organización que, a mi entender –pero tomando esta concepción de una serie de experiencias del pasado- debería asumir la red política -el conjunto de comités que tienen como su tarea esencial promover la autogestión- es la democracia centralizada.

La red tiene que autoorganizarse de alguna manera. La forma primera y más espontánea en que se conectan las cesinpa agrupados en una red, es la relación horizontal. Pero la democracia centralizada nos dice que a esta última debe ser añadido un doble y combinado movimiento de concentración: el que va de abajo arriba (las bases eligen a sus representantes) y el que va de la periferia al centro (las secciones se centralizan). Pondré este ejemplo:

estos cuatro comités del D.F.:

designan, de acuerdo con ciertas disposiciones reglamentarias convenidas previamente, representes ante un centro:

Por otro lado, estos cuatro comités de Monterrey:

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también eligen representantes ante un centro:

Los dos centros regionales (D.F. y Monterrey) escogen sus representantes nacionales:

la organización, tomada en su conjunto, quedaría, entonces, de esta forma:

y así sucesivamente.

Varias aclaraciones:

A) El centro tiene que ser obligatoriamente un centro sometido a controlde diversas maneras. Mencionaré la más obvia y natural: cada comité debe supervisar de modo permanente las acciones de su o sus representantes, de modo tal que al colectivo le asista el derecho de removerlos (o no) en el momento que sea si lo juzga conveniente. Este principio del centro controlado –base del mandar obedeciendo y del obedecer mandando- se sustenta, pues, en el derecho y la obligación de toda cesinpa integrado en una red, de destituir o no a sus delegados de acuerdo con la fidelidad o infidelidad de la representación.

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B) La organización de que estoy hablando implica, como base del proceso de representación, lo que podemos llamar la democracia cognoscitiva, esto es, el hecho de que en lo colectivo, se elige a quien se conoce para ser representante en otra instancia. No se elige una imagen, sino a un individuo, a un compañero o compañera que ha demostrado en la práctica hallarse capacitado para llevar a buen fin las tareas de la representación.

C) El procedimiento representativo del que hablo, implica, sí, una democracia directa, pero sólo de una instancia a otra. A diferencia de ello, la llamada democracia directa -en que la base elige a los máximos dirigentes- no se funda en la democracia cognoscitiva, sino en esa “democracia” imagológica, cara a los burócratas que han advertido las posibilidades de la mercadotecnia política y de la creación mediática de imágenes que responden a sus intereses. La democracia centralizada implica, como se ve en el ejemplo, una estructuración escalonada de instancias; pero que resulta verdaderamente participativa porque todo centro -el formado por la primera, la segunda o la tercera instancias- es un centro vigilado, supervisado, controlado. El arma esencial del control -la posibilidad de remoción de los delegados en todo momento- es un principio –un derecho y una obligación- fundamentalmente irrenunciable de esta forma de organización.

D) Las formas concretas de representación serán poco a poco entrevistas, analizadas y asumidas por la red. Es posible que, en su inicio, cuando el tejido de cesinpas se inicia y no es demasiado complejo, haya una representación igualitaria, esto es, que cada célula -independientemente del número de integrantes- envíe el mismo número de representantes ante el centro regional, etc. Pero después, cuando el archipiélago crezca y se complique, habrá que llevarse a cabo una representación proporcional, etc.

Es preciso aclarar -porque ello se ha prestado a confusiones- que, aunque formal y semánticamente, la democracia centralizada aparece como la inversión del centralismo democrático, es o ha terminado por ser muchísimo más que eso. La razón fundamental de por qué esta inversión acarreó, desde un principio, aunque de manera todavía embrionaria, una ruptura epistemológica y una reelaboración teórico-práctica, estriba en el

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hecho de que la transmutación de los términos no se hizo conservando el status conceptual de cada uno. En mi documento ¿Centralismo democrático o democracia centralizada? (1979) se lleva a cabo la inversión desde un nuevo enfoque: el de la existencia de la clase intelectual, de sus intereses específicos y de su participación en las organizaciones partidarias.

El concepto de democracia centralizada lo he ido trabajando y enriqueciendo durante lustros. No sólo lo definí, lo que resulta de su formulación más esquemática, como ir de abajo arriba y de la periferia al centro (a diferencia de los centralismos), sino que fui incorporando a su cuerpo doctrinario elementos que provienen tanto del concepto de la clase intelectual, como dije, cuanto de las afirmaciones y desarrollos en torno a mis planteamientos de la revolución cultural, la autogestión y larevolución articulada.

Ahora se precisa avanzar más en la construcción de esta idea -de la democracia y su término correlativo: la centralización- a la luz de los enfoques que estoy llevando a cabo ahora.

Antes que nada, es importante hacer notar que, en este caso, la mera inversión se convierte en indicadora o demandante de una ruptura y reconstrucción, porque el trueque de contrarios apunta a una modificación esencial del carácter global organizativo (de ahí que esta inversión no sea meramente una transmutación sino una inversión- ruptura): no es ya una democracia que depende, se supedita y enajena – abiertamente o no- al centralismo, sino una democracia que toma conciencia de sus limitaciones (en la lucha de clases) y se centraliza. La centralización es aquí, entonces, obra, y también tarea, proceso, decisión de la democracia. La prioridad en el centralismo democrático la tiene el centro. La prioridad en la democracia centralizada la posee la democracia.Pero no basta con lo anterior ya que la inversión puede degenerar en simple transmutación y el centro surgido de la democracia puede exaltarse, contraponerse, sustantivarse frente a su condición generadora (la democracia) y restablecer el centralismo sin democracia, aunque con el agravante demagógico de ser creado por el “deseo” de la base.

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La inversión -tras de superar la simple transmutación- se convierte enpunto de apoyo para la ruptura con el centralismo democrático y la reelaboración teórico práctica de una nueva propuesta organizativa, cuando rompe con el status de los dos términos de la relación y reestructura su articulación. Es preciso, entonces, entender por democracia algo distinto a lo habitual: la auténtica democracia sabe desde un principio que no debe permitir que, al centralizarse, la instancia directora que surja de ello se sustantive y se le contraponga. Por eso tiene que elaborar la forma concreta de controlarlo. De ahí, por ejemplo, la necesidad de remoción de los representantes en cualquier momento, la rotación de cuadros, el derecho de destitución, etc.

Pero la noción de centro también tiene que cambiar. Se trata de un centro dependiente. No sólo porque ha sido elegido sino porque está per- petuamente supervisado. No es un centro organizador, sino organizado o, si se prefiere, un centro organizado para organizar; pero no organizado para convertirse en poder sustantivado. Es un centro por medio del cual la democracia se da coherencia y unidad a sí misma. La centralización, esta centralización, no es lo contrario de la democracia, sino una de las formas fundamentales que asume ésta en lucha para conservar su esencia.

En la organización política no basta que se introduzca y funcione la democracia formal -la primitiva y aun la sofisticada- sino que debe encarnar en ella la democracia real subvertidora: la democracia como laboratorio de autogestión. No sólo en las mejores versiones del centralismo democrático aparece la democracia -un número importante de decisiones son sometidas al mecanismo de la votación, etc.-; pero es inalterablemente una democracia formal conservadora, que vela, protege, auspicia, entre otras cosas, la dominación centralista y la práctica heterogestionaria.

La democracia que se centraliza no es una democracia formal y el centro (controlado) que surge de ello no es un centro contrapuesto a la base y sustantivado. La democracia centralizada tiende a y busca perma- nentemente disolver la contradicción centro/democracia o de- mocracia/centro a favor del todo continuo democracia-centro. Se trata, desde luego, de un proceso, no de un acto. Es un proceso que implica la

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simultánea lucha por la transformación de la conciencia. Los individuos que tienden a mandar -que se ven constreñidos por su problemática psicológico-personal a ejercer el mando- tienen que aprender a obedecer; los que tienden a obedecer –porque sus condiciones anímicas los empujan a la sumisión- tienen que aprender a mandar. La base debe pugnar por ser dirección y la dirección debe luchar en contra de la renuencia a convertirse en base. ¿Qué esto es un ideal? Desde luego. Es el ideal o la idea reguladora, que debe normar a la democracia en su proceso de centralización.

Creo que, aunque la conformación organizativa de la red civil y de la red política debería ser la misma -esto es, la democracia centralizada-, es factible, y a lo mejor necesario, mostrar una posible diferencia al respecto entre las dos modalidades de “archipiélago”. La diferencia reside en el carácter del centro. El centro para la red civil puede ser meramente uncentro-coordinación, en tanto que el de la red política tiene que ser uncentro-dirección. El centro-coordinación no tiene entre sus funciones la de mandar, ni obedeciendo ni no obedeciendo. Su obligación es armonizar, conjuntar y llevar a cabo las decisiones de las cesinpa que están centralizadas en él. El centro-dirección en cambio, tiene la obligación no sólo de coordinar sino de tomar decisiones que obliguen a los representados. Este centro tiene la obligación de mandar, pero manda obedeciendo, como dice el EZLN. Si el centro mandara sin obedecer se recaería en la organización verticalista y heterogestionaria. Si obedeciese sin mandar, como en una mera coordinación, no cumpliría el papel de pugnar adecuadamente, en el tráfago de la lucha de clases, por la autogestión, o séase, por un proyecto político que cuestiona no sólo el modelo de organización habitual, sino la conformación capitalista y autoritaria de la sociedad en su conjunto.

La red política de cesinpa tiene que reemplazar a los partidos políticos. Estos últimos -todos ellos, sin excepción- son organizaciones heterogestionarias en que predomina, como dije, el sustituismo (interno y externo) y la heterogestión. También el carrerismo y otras deformaciones estructurales. Me detendré un momento en el llamado carrerismo. Mientras existan cargos de representación popular -senadores, diputados,

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asambleístas, etc.-, los partidos políticos aparecen como los lugares o trampolines privilegiados para dar un salto y ocupar estos puestos magníficamente remunerados y donadores de poder, privilegios y prestigio. Independientemente de lo que se diga, y las cantinelas ideológicas justificantes, la “república democrática” y los “poderes elegidos” son el origen más claro de la corrupción permanente de los partidos políticos. Los partidos se presentan a sí mismos como agrupaciones que, mediante sus principios, su programa de acción y sus estatutos, expresan los intereses de grandes conglomerados sociales; pero, más que eso, son oficinas, apenas encubiertas, de colocación. Cuántos individuos, en vez de hacer una carrera, se inscriben en un partido, militan pacientemente, adquiriendo experiencia, práctica, recorriendo todos los trámites y vericuetos de la instrucción política o politiquera y obteniendo con frecuencia un doctorado en “grilla y marrullerías”, para resolver, así, sus problemas económicos, sociales y hasta emocionales. La atracción que ejercen los cargos de representación popular, amén de los puestos partidarios remunerados, coadyuvan a la formación, extensión y consolidación de lo que podríamos llamar el sector carrerista de la clase política y de la lucha sin cuartel entre las diversas facciones o corrientes que, en ocasiones, lleva a los partidos a guerras tribales desgastantes e insidiosas.

Los partidos políticos fueron convenientes y hasta indispensables en una etapa histórica. Ahora empiezan a resultar obsoletos. Existe, pero son irreales. La tesis de José Revueltas de la “irrealidad histórica” del PCM debe ampliarse. Esta irrealidad abarca no sólo a todos los partidos comunistas y obreros de izquierda, sino a todos los partidos políticos, a la noción de partido en cuanto tal. Los trabajadores que viven a nivel mundial bajo las condiciones de un capitalismo no sólo globalizado sino mundializado, no sólo extendido sino concentrado, empiezan a caer en cuenta de que la hora de los partidos empieza a tocar su fin.

Revueltas asentaba que, ante la irrealidad histórica del PCM, la tarea fundamental era reconocer tal situación y tratar de enmendarla, esto es, luchar por darle realidad al partido. Algo semejante, pero con una diferencia, se precisa decir ahora. Hay que reconocer que los partidos

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políticos no son hoy por hoy el instrumento adecuado para las luchas populares. En esto se debe ser muy claro. Pero, a partir de este reconocimiento, no se trata de darles realidad en cuanto partidos deformados, sino darle realidad a la organización política y social que los sustituya y responda de mejor manera a los intereses a corto, mediano y largo plazo de los trabajadores y ciudadanos que luchan por un mundo mejor.

Las tesis del EZLN de promover la conformación de una red ciudadana que no se dedique al quehacer político, entiéndase, a la lucha electoral y al asedio de los cargos de representación popular en todos los niveles, me parece extraordinariamente sabia y perspicaz. La “república democrática” (y sus poderes) se halla perfectamente organizada para garantizar la explotación del trabajo, la corrupción generalizada y la heterogestión como regla. Los partidos políticos son irreales, pero están ahí. Existen y tienen una existencia irrecusable y enajenante. Ambos elementos -el poder público y los partidos políticos- representan dos aspectos esenciales del poder. Ahora se trata, ante esto, de crear un antipoder. Frente al gobierno, el autogobierno. Frente a la heterogestión, la autogestión. Darle realidad a la red autogestiva es pugnar porque aparezcan lo que los socialistas llamaban “los dos poderes”; pero aquí el poder popular es, más que un poder, un antipoder, un antipoder que pugna por la autogestión social, por el modo de producción autogestionario, por la más profunda y sustantiva noción de la democracia.

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¿ Qué son las ZAD y los movimientos anti capitalistas de la izquierda radical, que toman la kaleborroka del secesionismo vasco anti español como modelo ?

el lema podría ser: NO AL Ecocidio. Cuando más bien es: NO al Capitalismo.

Buscando información sobre qué es el ZAD (Zona a defender) , o mejor dicho, qué son las ZAD, llegué a este mensaje, sobre la interpretación de lo que es la kaleborroka como instrumento político del secesionismo vasco anti español y que se pone como un ejemplo, digno de admiración, desde los movimientos anti capitalistas , de corte aparentemente anarquista, (un nuevo anarquismo aggiornato, puesto al día, al que , acaso, podemos agregar los ideales y acciones políticas de los movimientos en torno a lo que en España es Unidas Podemos y sus diferentes “marcas blancas” ) Analizando este tipo de organizaciones, podemos entender mejor el alcance de las conexiones políticas entre IU POdemos y los partidos más radicales de la izquierda secesionista , tanto de Cataluña como de las Vascongadas ( aparte de Francia, entre otros países de Europa) También podemos entender el doble juego del socialfascismo representado por un PSOE que no vacila en aliarse , política y estratégicamente, con estos grupos formados por este nuevo anarquismo de los orgullosamente llamados como okupas y kaleborrokas :

La ZAD de Notre Dame des Landes ante el desalojo

Y este enlace nos permite ver cómo se trata de forjar el vínculo entre ePraxis y Teoría, entre acción directa y un sostén ideológico ad hoc, para forjar las nuevas formas del anarquismo , desde los movimientos anti capitalistas y algunos de los cuales son , además , parte de los secesionistas nacionalistas en Europa ( por ejemplo en Cataluña y País Vaco con partidos y movimientos secesionistas anti españoles)

LA ZAD: ¿UNA ANTROPOLOGÍA DEL FUTURO?

PENSAR MAS ALLA DE LA NATURALEZA Y DE LA CULTURA https://reporterre.net/Dans-les-Zad-on-apprend-a-penser-par-dela-nature-et-culture

Zone A Défendre
Tritons crété-e-s contre béton armé
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Borroka ! Abécédaire du Pays basque insoumis.

mercredi 24 avril 2019
Le collectif mauvaise troupe va sortir le 8 mai prochain un nouveau livre : Borroka ! Abécédaire du Pays basque insoumis.

Cet ouvrage a été rédigé en vue du prochain G7 qui se tiendra fin août à Biarritz. Vous en trouverez une présentation synthétique ci-dessous. Comme à chaque parution, nous organisons une tournée de présentation. Celle-ci se déroulera à partir du 9 mai. Certaines dates la balisent déjà : à Mellionec le 18, à Paris le 21, à Dijon le 22, à Lyon le 25… Si vous avez l’envie d’organiser une présentation du livre et une discussion à propos de cet événement estival, merci de nous contacter par retour de mail.

Présentation :

Cet abécédaire a été pensé comme une première rencontre avec un territoire et ses habitants. Trop souvent les contre-sommet furent des feux de paille qui laissèrent les territoires les accueillant plus affaiblis que renforcés. Nous pensons que celui-ci, de par sa particularité historique et géographique, pourrait emprunter d’autres chemins, situé qu’il est au carrefour de l’agitation tous azimuts qui secoue la France ces dernières années (cortège de tête, zad, gilets jaunes…) et de l’histoire exaltée d’Euskadi.

Car le Pays basque n’est ni la France au nord, ni l’Espagne au sud, ou du moins il n’est pas que l’Espagne ou la France. On s’aperçoit en l’arpentant qu’y palpite un monde autre, déroutant : le monde en interstices d’un peuple qui se bat pour l’indépendance de son territoire. Borroka, c’est la lutte, le combat, qui fait d’Euskadi une terre en partie étrangère à nos grilles d’analyse françaises. C’est de ce peuple insoumis et de sa culture dont il sera question dans cet ouvrage.

Bien à vous

La Mauvaise troupe

https://mauvaisetroupe.org

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Quién era Zapata y qué es el zapatismo en la Historia de México. CAMeNA, emisiones radiofónicas de Surcos de Nuestra América

https://radioteca.net/audio/zapata-angel-gonzalez/

Serie radiofónica del Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA), de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), sobre diversas problemáticas que aquejan a nuestro continente.

Serie de emisiones titulada Surcos de Nuestra América presenta la entrevista realizada al historiador Ángel González en torno a la figura de Emiliano Zapata, su papel como Comandante en Jefe del Ejército Libertador del Sur y el vínculo que este último tenía con las comunidades indígenas y campesinas de la región.

Las contradicciones de la Unión Europea. Entrevista al sociólogo alemán Wolfgang Streeck. Se añade un video con conferencia de Streeck, en inglés ( subtitulado en esa lengua)+ Enlace al libro en español

https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/PC_13_streeck_web_2.pdfhttps://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/PC_13_streeck_web_2.pdf

Libro de Streeck ¿Cómo terminará el capitalismo?

Ufano, campechano, la personalidad de Wolfgang Streeck (Lengerich, Alemania, 1946) no se corresponde con la del mordaz azote del capitalismo y de la izquierda altermundista que se denota de sus colaboraciones en prensa. Proveniente de las filas del neokeynesianismo, su posición acerca de las fronteras es polémica y, como la de otros referentes como Vicenç Navarro, parten de un diagnóstico que rechaza o minusvalora la potencia política de las clases trabajadoras de los países del sur en migración hacia Europa. A pesar de esas discrepancias con la izquierda marxista, los análisis de Streeck apuntan al corazón de las contradicciones de la Unión Europea. La preponderancia de Alemania —más débil de lo que aparenta—, la fragilidad del sistema monetario, el colapso del sistema de partidos o la amenaza perpetua de la deuda, se acumulan encima de una crisis que brotó en 2008 y que se ha superado con medidas “para los siguientes seis meses”.

En el libro dices que estamos en un punto de indeterminación, de interregno, en la historia del capitalismo. ¿Qué es lo que define este punto?
La ausencia de previsibilidad. Hemos visto hechos que nadie hubiera pensado que fueran posibles en los últimos tres o cuatros años. El colapso del sistema de partidos en Francia, en Italia… Donald Trump siendo elegido. Comparo estos hechos a los fenómenos climáticos extremos respecto al calentamiento global. ¿Cuál es la explicación? Creo que en el interior del capitalismo, antes de 2008, había un consenso básico de que lo que se llama neoliberalismo podía revitalizar el capitalismo. Abriendo las fronteras, mediante el ilimitado libre comercio, etcétera. En 2008, ese consenso finalmente falló. Y todo el mundo fue consciente de que las promesas del neoliberalismo no iban a traer lo que habían prometido. Al contrario, lo que se vio fue la deuda crecer, el aumento de la desigualdad, el crecimiento estancado.

Visto eso, el sistema de partidos —de centro-izquierda y centro-derecha— que había copado todas las esperanzas durante las políticas económicas del neoliberalismo, se rompe. Porque ahora se puede ver, emergiendo desde el fondo de las sociedades, una oposición a la apertura de fronteras, contra la privatización. Todos estos problemas han sido percibidos por la sociedad como algo que ha quedado demostrado. A estas alturas de la historia, no ha quedado una izquierda a la que regresar, porque la izquierda ha quedado contaminada por su cooperación con el capitalismo.

Así que, ¿qué hacen las sociedades? Vuelven a los partidos nacionalistas porque quieren una restauración de las funciones proteccionistas de los Estados-nación. Ahora hay una situación de extrema inestabilidad, en una situación no conocida hasta ahora. Es un periodo de incertidumbre, en el que no podemos hacer predicciones. Esto no se ciñe solo al sistema político, se produce también en el mercado de trabajo. Hace 20 años tenías capacidad de saber que, si tenías un puesto de trabajo determinado, podrías conservarlo el resto de tu vida. Ahora se está diciendo en todo el mundo: “no, no, ya no funciona así”. Ya no hay vidas estables. Piensa en Japón, por ejemplo. Nadie se casa ya en Japón. Porque esa idea de estabilidad para toda la vida ha desaparecido.

Tenemos que aprender —desde la sociología— que la gente no responde necesariamente sobre las condiciones del presente, si no que actúan en cuanto a sus expectativas. En este momento, básicamente, sigue funcionando el sistema de salud, el sistema de pensiones, pero la gente está pensando en el futuro y la confianza de que el futuro se puede prever ha desaparecido repentinamente. Si esto se combina con el hecho de que la gente parece creer —cree firmemente— que, para mantener lo que son, tienen que trabajar cada vez más duro, esa competición —cada vez más intensa— en el trabajo, funciona como una promesa de que tú y tu prole lo tendrá mucho mejor a diez años vista. Sólo desde la promesa de que si trabajas duro y tienes suerte, te mantendrás exactamente donde estás en este momento. Si no, te hundirás.

Sí parece que Trump y la corriente política de la derecha que representa, tiene un plan trazado. En los últimos dos años hemos visto el aumento de la tensión con China —también a través de Corea del Norte y Venezuela—. ¿Puede ese plan funcionar para revitalizar la hegemonía de Estados Unidos?
No lo sé, no soy un profeta y cuando digo que estamos en un momento de extrema incertidumbre lo digo en serio. Me contradiría si te digo que en los próximos 20 años esto será así. Pero creo que lo que puede decirse es que las instituciones que hemos heredado ya no aportan las certezas de que tenemos algún tipo de control sobre nuestros aliados. El denominador común es esa pérdida de control. No fue un accidente que, en el referéndum del Brexit, el eslogan fuera “recuperemos el control”.

Has hablado de la derecha y de la Alt-Right. Este es un mundo en el que los emprendedores políticos —si quieres llamarlos así— como Steve Bannon dan vueltas, tratando de ver cuáles son los lemas que impactan mejor en las experiencias vitales de la gente. La experiencia es de impredecibilidad, de pérdida de control, “todo tipo de fuerzas están obstaculizándome y el Gobierno no me ayuda”. Así, un tipo como Bannon, se pregunta, “qué es lo que tenemos que decir para absorber ese sentimiento”. Y la izquierda le da campo abierto, porque lo que hace la izquierda, la mayoría del centro izquierda es decir “las cosas no van tan mal, vamos a tener más internacionalismo” —y no menos—, “Confíemos en la Unión Europea, Europa es la respuesta”, etcétera. Pero la gente no se lo cree, cada vez menos gente se lo cree, y presta oídos a gente como Bannon.

Las personas normales no son politólogas, quieren oír algo que tenga resonancias en su experiencia del día a día. Y si alguien viene y dice: “La gente ha sido dejada de lado, tu vida se ha ido a la mierda,ellos te hacen la vida más y más difícil…” entonces hay personas que dicen “sí, tiene que haber algo así, porque eso es lo que yo vivo”. Ellos, entonces, dicen que la razón es la retirada de las fronteras, que las fronteras protegen a esa gente. Y la izquierda ha tenido una respuesta dificultosa porque sí creo que las fronteras juegan un papel importante en el sentimiento de seguridad de la gente. La izquierda ha hablado de un mundo sin fronteras, cosmopolita, pero el tipo que vive en el sur de Francia, no sabe qué significa el cosmopolitismo, no sabe a lo que se refieren. Piensa que es una cosa de una serie de idiotas que viven en París. Esa idea de cómo la gente vive y piensa ha sido perdida por parte de la izquierda, porque se ha extendido en el imperio del cosmopolitismo: derechos humanos por todas partes pero el empleo, desafortunadamente, “ya vendrá después”.

Merkel va a estar fuera de la cancillería este año. ¿Qué balance hace de su mandato?
No atribuyas demasiado pensamiento a los políticos. Ella heredó una una estructura. Cuando Merkel llegó al poder, la Unión monetaria ya estaba allí. La Unión monetaria es un dispositivo para que Alemania obtenga riqueza y otros países no. Eso es lo que heredó, ella no ha aportado ninguna idea nueva. Así que, durante su periodo en la oficina, ha hecho todo lo que ha podido para mantener esa estructura funcionando. Eso no es tan difícil si estás en el centro de un país rico, y no es tan complicado porque la manera en que funciona esa unión es muy difícil de cambiar. Tienes 18 Estados alrededor del Banco Central, tienes un Parlamento sin poder político, básicamente todas las cosas que tienes que hacer, o lo que debes hacer, para cambiar eso, es cambiar los tratados. Cambiar el Tratado significa que necesitas que 28 países de acuerdo para ese cambio, y además necesitas referéndums en cuatro o cinco de esos países. Es imposible. Así que ella se sentó en una estructura blindada, en la que lo único que debía hacer era comprar tiempo para los siguientes seis o siete meses. Y eso es lo que hizo.

Y en eso tuvo éxito.
Sí, ella es muy buena en eso. Todo lo que tiene es instinto para saber lo que tiene que hacer en los siguientes seis meses. Tiene un círculo de asesores, gente que ni siquiera pertenece a la CDU. Especialistas en los media.Ella es la primera política que se ha hecho extremadamente dependiente del social media. A lo que realmente responde es a su imagen: fotografías, imágenes. Sabemos muy poco acerca de lo que hace nuestra canciller, porque nuestro sistema político coloca un escudo contra el escrutinio público. Nunca ha acudido al Bundestag a responder preguntas, como hace la primer ministra británica, que todas las semanas confronta con la oposición. 

Ella solo trabaja con lenguaje guionizado, y lo hace bajo un guión que hace casi ininteligible lo que dice incluso para los alemanes. Pero eso es intencionado. Merkel dice cosas y posteriormente uno piensa “qué demonios acaba de decir”. Nunca ha dado un gran discurso, por ejemplo. Nunca. Lo que hace es que tiene “amigos” en los medios, en la televisión, que le hacen entrevistas para adorarla.

Un periodista de investigación escribió sobre su política sobre refugiados, en el verano de 2015. Merkel solo dijo a su oficina de prensa y a su equipo que nunca quería aparecer en una foto con nada detrás suyo que recordase a los refugiados. Después de que machacase a los griegos, aparecieron todas esas imágenes de ella con esvásticas y entonces cambió inmediatamente de idea. De repente, a partir de la cumbre de Budapest, le dijo a todo el mundo que los sirios eran bienvenidos en Alemania. Eso abrió las puertas a los refugiados sirios que venían con fotos de Merkel, ella vio esas fotos en el periódico y dijo a su ministro de Interior, “si los detenemos ahora, no vamos a sobrevivir a esas fotos”. Entonces, sin consultar a nadie en la UE —nadie fue informado— abrió la frontera alemana y vino un millón de personas en los siguientes seis meses. Ella impuso a todos los países la misma política y lo hizo sin consulta alguna. Solo lo habló con Hollande, a quien le dijo que, si se mantenía callado, Francia podría mantener las fronteras cerradas a los refugiados.

Aunque Merkel es la imagen de las políticas de la austeridad, Alemania está en una situación económica compleja. Al borde de la recesión.
Déjame decirte algo sobre la austeridad. La austeridad es algo que está escrito en los Tratados de la UE. Merkel solo ejecuta los tratados. No es algo que se haya inventado. Tienes la Unión monetaria y, al mismo tiempo, tienes Estados soberanos que comparten la misma economía, y no puedes permitir que los Estados hagan lo que quieran en política fiscal. Es una combinación imposible. Porque eso no permite ser competitivo en el sistema monetario común. Así escribieron los tratados, y todo el mundo los firmó, los italianos, los españoles, etc. Solo el 3% del déficit cada año y el 60% de su deuda general. ¡Y lo firmaron!

Sí pero, incluso pese a “trucos” como la flexibilización cuantitativa, Alemania, está en medio de la tormenta. Merkel se va a ir y la situación sigue pareciendo insostenible.
Es una política. Ella tiene el sistema determinado por los tratados, que es beneficioso para Alemania, en el sentido de que si todo explota, la deuda, etcétera, la gente tiene que pagarle a Alemania. Otra cosa es cuando eso llegue a los bancos alemanes.

El tipo del Deutsche Bank la llamó y le dijo “tienes que hacer algo, si no nos vamos al hoyo” y entonces ella hizo algo por el Deutsche Bank. Draghi llamó y dijo “qué debo hacer” y ella dijo —no estaba allí pero se sabe que lo dijo— “inventa algo, algo que nadie entienda. Y haz algo por mí, porque queremos que sobreviva la unión monetaria”. Y Draghi dijo: “pues el QE: nosotros compramos deuda tóxica de los bancos italianos y se la endosamos de vuelta al Estado italiano, o algo parecido”.

Pero estas son medidas que toman para los siguientes seis meses y durante ese tiempo, por ejemplo, España ha disparado su deuda pública. Los españoles nunca han dado ningún problema en la Unión Europea porque —según mi punto de vista— los políticos españoles no comprenden dónde están metidos. Los italianos lo comprendieron en un momento dado, se dieron cuenta del gran hedor, Renzi es parte de ese hedor, y entonces Merkel dijo “hay que hacer algo que ayude a este muchacho Renzi”. Si vuestro hombre, Pedro Sánchez, no dijese que todo en Europa es maravilloso, si no que dijera “Europa nos pone en una posición difícil por el objetivo de déficit, obligándonos al aumento de la deuda pública, etcétera, etcétera…” Sánchez se convertiría en un problema.

Pero los españoles fueron muy bien entrenados desde “su infancia” acerca de la Unión Europea. Siguen tratando de ser la criatura favorita de Juncker. Y creo que ustedes sufren por este motivo, ya que, como vengo repitiendo, el imperio —Alemania— no es lo suficientemente fuerte para ayudarles. No hay suficiente dinero alrededor.

Entiendo que es por la posición del PSOE como único partido de la socialdemocracia que ha sobrevivido a la crisis en Europa.
Los españoles, en mi opinión, después de 1976 —cuando Franco desapareció definitivamente— cayeron enamorados de Europa. Y ese amor todavía perdura. El público español no comprende que dejar de ser un país fascista es una gran cosa pero que el entorno en el que entraron es un entorno en el que los Estados juegan duro. Bruselas no es el Festival del Amor.

¿Hay algún tipo de solución dentro de la moneda común, el euro? o la izquierda europea debe plantearse la reconstrucción fuera del euro?
Creo que la unión monetaria europea, si me pides mi valoración honesta, es un niño nacido bajo el espíritu del neoliberalismo de los años 90. Para eso fue diseñado. Para abrir los mercados liberales, para las privatizaciones, para la competición entre Estados para bajar la regulación. La corte europea de Justicia dictó, básicamente, una constitución económica. Los tratados han cambiado todo en esa misma dirección, etc. Si pones todos esos elementos juntos, tienes una prisión. No puedes organizar a tus sociedades en torno a bases neoliberales, eso lo sabemos ahora.

¿Qué puede hacer la izquierda en este momento? Tenemos que salir de la prisión. Liberarnos. Esto no es fácil, porque las prisiones tiene muros robustos. ¿Cómo consigues salir fuera? Creo que tiene que haber una alternativa entre el dinero europeo y el dinero de un país. Un espacio intermedio que se debe introducir en el sistema monetario, en las divisas. Los italianos han pensado muy seriamente en eso: en volver a acuñar la lira en conexión con el euro. Eso puede tener sentido, y de hecho recrearía algo que existió después de 1944, a partir del sistema de Bretton Woods. Estados Unidos quería una moneda supranacional atada al dólar, Keynes quería una moneda artificial, sintética, y entonces todas las monedas nacionales, ligadas a esa supermoneda en una relación flexible. Algo así, desde mi punto de vista, podría ser posible en el sistema europeo.

Hay que ver si los italianos tienen la fuerza suficiente para ir a Bruselas, o a Berlín, o a París y les dan dos opciones: “o toleras que introduzcamos de una segunda moneda nacional o nos vamos al fondo del hoyo y nos llevamos al euro con nosotros”. Es el equivalente a un suicida con un cinturón con explosivos, “si no me ayudas, psshhh…”. Entonces, alguien como Schauble te dirá “tú morirás”, y sí, pero tú morirás también.

Las clases altas y las clases medias-altas han prosperado mucho con el euro, se benefician del crecimiento de la desigualdad. Y también de la posibilidad de mover su dinero desde Italia a Suiza, o Alemania, o a Inglaterra. De coger un puñado de cash e ir a Berlín para comprar un piso. Para las clases altas del capitalismo, el euro es precioso. Y, muy a menudo, nuestros políticos pertenecen a esa clase, o tienen intereses similares, porque viven una vida cómoda. Así que el euro divide a las sociedades nacionales.

¿Cuánto tiempo tenemos para evitar ese choque del que hablábamos al comienzo de la entrevista?
Es una pregunta acertada en el sentido en que puedes hacer la misma pregunta en referencia al cambio climático. La respuesta es siempre: no puedo decirte cuánto tiempo hay, pero lo que te puedo decir es “empieza hoy, empieza hoy”. Debes empezar a hacer cosas hoy. Puede que ya sea demasiado tarde pero puede que no. Comenzar puede significar poner en marcha nuevas formas de producción.

El socialismo hoy es, de alguna manera, muy similar al anarcosindicalismo: comenzar desde abajo. En forma de cooperativas, organizaciones locales. Comenzar a desarrollar formas alternativas de propiedad, etc. La lección fundamental es que, si la gente no se ayuda a sí misma, nadie le va a ayudar. Y ayudarse a uno mismo significa hacerlo como una colectividad, como una comunidad. El capitalismo ha conseguido un efecto devastador, que es hacer que la gente espere algo o alguien que venga y haga algo por ella, que se invente una nueva forma de crédito, en lugar de empezar a desarrollar sus propias cooperativas de crédito, por ejemplo, para prestarse entre ellos.

El tipo del Deutsche Bank la llamó y le dijo “tienes que hacer algo, si no nos vamos al hoyo” y entonces ella hizo algo por el Deutsche Bank. Draghi llamó y dijo “qué debo hacer” y ella dijo —no estaba allí pero se sabe que lo dijo— “inventa algo, algo que nadie entienda. Y haz algo por mí, porque queremos que sobreviva la unión monetaria”. Y Draghi dijo: “pues el QE: nosotros compramos deuda tóxica de los bancos italianos y se la endosamos de vuelta al Estado italiano, o algo parecido”.

Pero estas son medidas que toman para los siguientes seis meses y durante ese tiempo, por ejemplo, España ha disparado su deuda pública. Los españoles nunca han dado ningún problema en la Unión Europea porque —según mi punto de vista— los políticos españoles no comprenden dónde están metidos. Los italianos lo comprendieron en un momento dado, se dieron cuenta del gran hedor, Renzi es parte de ese hedor, y entonces Merkel dijo “hay que hacer algo que ayude a este muchacho Renzi”. Si vuestro hombre, Pedro Sánchez, no dijese que todo en Europa es maravilloso, si no que dijera “Europa nos pone en una posición difícil por el objetivo de déficit, obligándonos al aumento de la deuda pública, etcétera, etcétera…” Sánchez se convertiría en un problema.

Pero los españoles fueron muy bien entrenados desde “su infancia” acerca de la Unión Europea. Siguen tratando de ser la criatura favorita de Juncker. Y creo que ustedes sufren por este motivo, ya que, como vengo repitiendo, el imperio —Alemania— no es lo suficientemente fuerte para ayudarles. No hay suficiente dinero alrededor.

Entiendo que es por la posición del PSOE como único partido de la socialdemocracia que ha sobrevivido a la crisis en Europa.
Los españoles, en mi opinión, después de 1976 —cuando Franco desapareció definitivamente— cayeron enamorados de Europa. Y ese amor todavía perdura. El público español no comprende que dejar de ser un país fascista es una gran cosa pero que el entorno en el que entraron es un entorno en el que los Estados juegan duro. Bruselas no es el Festival del Amor.

¿Hay algún tipo de solución dentro de la moneda común, el euro? o la izquierda europea debe plantearse la reconstrucción fuera del euro?
Creo que la unión monetaria europea, si me pides mi valoración honesta, es un niño nacido bajo el espíritu del neoliberalismo de los años 90. Para eso fue diseñado. Para abrir los mercados liberales, para las privatizaciones, para la competición entre Estados para bajar la regulación. La corte europea de Justicia dictó, básicamente, una constitución económica. Los tratados han cambiado todo en esa misma dirección, etc. Si pones todos esos elementos juntos, tienes una prisión. No puedes organizar a tus sociedades en torno a bases neoliberales, eso lo sabemos ahora.

¿Qué puede hacer la izquierda en este momento? Tenemos que salir de la prisión. Liberarnos. Esto no es fácil, porque las prisiones tiene muros robustos. ¿Cómo consigues salir fuera? Creo que tiene que haber una alternativa entre el dinero europeo y el dinero de un país. Un espacio intermedio que se debe introducir en el sistema monetario, en las divisas. Los italianos han pensado muy seriamente en eso: en volver a acuñar la lira en conexión con el euro. Eso puede tener sentido, y de hecho recrearía algo que existió después de 1944, a partir del sistema de Bretton Woods. Estados Unidos quería una moneda supranacional atada al dólar, Keynes quería una moneda artificial, sintética, y entonces todas las monedas nacionales, ligadas a esa supermoneda en una relación flexible. Algo así, desde mi punto de vista, podría ser posible en el sistema europeo.

Hay que ver si los italianos tienen la fuerza suficiente para ir a Bruselas, o a Berlín, o a París y les dan dos opciones: “o toleras que introduzcamos de una segunda moneda nacional o nos vamos al fondo del hoyo y nos llevamos al euro con nosotros”. Es el equivalente a un suicida con un cinturón con explosivos, “si no me ayudas, psshhh…”. Entonces, alguien como Schauble te dirá “tú morirás”, y sí, pero tú morirás también.

Las clases altas y las clases medias-altas han prosperado mucho con el euro, se benefician del crecimiento de la desigualdad. Y también de la posibilidad de mover su dinero desde Italia a Suiza, o Alemania, o a Inglaterra. De coger un puñado de cash e ir a Berlín para comprar un piso. Para las clases altas del capitalismo, el euro es precioso. Y, muy a menudo, nuestros políticos pertenecen a esa clase, o tienen intereses similares, porque viven una vida cómoda. Así que el euro divide a las sociedades nacionales.

¿Cuánto tiempo tenemos para evitar ese choque del que hablábamos al comienzo de la entrevista?
Es una pregunta acertada en el sentido en que puedes hacer la misma pregunta en referencia al cambio climático. La respuesta es siempre: no puedo decirte cuánto tiempo hay, pero lo que te puedo decir es “empieza hoy, empieza hoy”. Debes empezar a hacer cosas hoy. Puede que ya sea demasiado tarde pero puede que no. Comenzar puede significar poner en marcha nuevas formas de producción.

El socialismo hoy es, de alguna manera, muy similar al anarcosindicalismo: comenzar desde abajo. En forma de cooperativas, organizaciones locales. Comenzar a desarrollar formas alternativas de propiedad, etc. La lección fundamental es que, si la gente no se ayuda a sí misma, nadie le va a ayudar. Y ayudarse a uno mismo significa hacerlo como una colectividad, como una comunidad. El capitalismo ha conseguido un efecto devastador, que es hacer que la gente espere algo o alguien que venga y haga algo por ella, que se invente una nueva forma de crédito, en lugar de empezar a desarrollar sus propias cooperativas de crédito, por ejemplo, para prestarse entre ellos.

FUENTE https://www.elsaltodiario.com/economia/entrevista-wolfgang-streeck-politicos-espana-no-comprenden-union-europea?fbclid=IwAR2i6uczc3IoroxLVGfqrydFaKBYLNXpB8x2LExk0t-fEn6vAN6HIhLU_PE#

Artículo reseña de un libro muy importante de Gustavo Bueno: El mito de la izquierda

la-ley-de-herodesDomingo, 10 de marzo de 2019 ■ LA NUEVA ESPAÑA 12345678910111213141516

Ante las próximas elecciones

¿Qué significa ser de izquierdas?

La guía útil que dejó Gustavo Bueno

✒ Felicísimo

VALBUENA

En 2003, Ediciones B publicó “El mito de la izquierda”, de Gustavo Bueno. En 2006, lo reeditó Zeta. En 2008, Temas de Hoy publi- có “El mito de la derecha”, también del mis- mo filósofo. Son libros de más de trescientas páginas. Estas obras plantean dos necesida- des que a mí me parecen ineludibles y a las que ya me he referido en varias ocasiones: 1) publicar las Obras Completas de Gustavo Bueno, que andan dispersas por varias edi- toriales, y 2) conseguir que alguien realice lo que el norteamericano Harold Raley consi- guió con la filosofía de Julián Marías: hacer comprensible para un gran público el siste- ma de Bueno. Sí, ya sé que la obra de Bueno es mucho más amplia e importante que la de Marías, pero hay que realizar una tarea parecida a la de Raley.

Me hubiera agradado mucho satisfacer esa segunda necesidad, pero no dispongo de tiempo para llevarla a cabo. Estoy con- vencido de que, por el ancho mundo en el que andan tantos seguidores de Bueno, se encuentran personas competentes, fiables y dinámicas que pueden acometer esa empresa.

Mientras tanto, y aprovechando las pró- ximas elecciones y la importancia que LA NUEVA ESPAÑA seguro que va a dedicarle, creo útil sintetizar qué significa votar a las izquierdas; en una próxima, y si me lo per- miten los responsables de LNE, haré lo mis- mo con las derechas. Pienso que en los dos libros citados, Bueno ofrece una guía que resulta tan sólida, o más, que cuando apare- cieron sus dos estudios. He procurado, siempre que he podido, respetar las expre- siones del filósofo, porque he comprobado que en sus obras siempre encontramos pa- sajes que resumen su pensamiento en un estilo ajustado, breve y claro.

¿Qué son las izquierdas definidas y cuáles

las indefinidas?

Bueno tomó al Estado como criterio po- lítico para estudiar a la izquierda. Y se en- contró con que no había solo una sino va- rias. Llamó izquierdas definidas política- mente, o izquierdas en sentido fuerte, a las que otorgaban un puesto fundamental al Estado. Distinguió seis géneros o genera- ciones de izquierdas definidas. Y llamó in- definidas a las tres que no se guiaban por el criterio del Estado: las izquierdas extrava- gantes, divagantes y fundamentalistas.

Cuando acometió el estudio de las iz- quierdas, Bueno hizo lo mismo que han he- cho quienes se han ocupado de los estilos musicales, pictóricos, arquitectónicos o lite- rarios: contar su historia. “Las izquierdas” son también conceptos históricos. Solo

quien dispone de una preparación suficiente para alcanzar una com- prensión histórica de un cuadro o

de una sinfonía puede llegar a en- tender algo de arte pictórico o de arte musical. Y que un género o ge- neración de la izquierda haya suce- dido a otro/a no significa que cada generación haya eliminado a las pre- cedentes. Como ocurre con la evolu- ción, lineal o ramificada, de los géne- ros, órdenes o clases zoológicas, tam- poco los géneros, órdenes o clases polí- ticas quedan necesariamente aniquila- das por sus sucesoras.

1) La izquierda (jacobina) de la Gran Revolución

La izquierda política que constituye la primera generación (y el primer género) de las izquierdas es la izquierda revolucionaria, la que tomó el nombre de la situación que ocupaba en la Asamblea francesa de 1789. Y la Revolución que esta izquierda impulsó en el terreno político fue transformar la so- ciedad política francesa, organizada según las líneas del Antiguo Régimen, mediante su transformación en una Nación política re- publicana constituida por ciudadanos li- bres e iguales. Las “partes anatómicas” del Reino de Francia –nobleza, clero, estado lla- no– desaparecieron como tales, resolvién- dose en sus elementos (los ciudadanos). La izquierda radical revolucionaria vendrá, pues, definida como tal izquierda a través precisamente del Estado, de un Estado or- ganizado según el Antiguo Régimen, que trata de transformarse en un Estado nacio- nal nuevo.

La primera generación de la izquierda, una vez consumada la metamorfosis del Reino del Antiguo Régimen en la Nación francesa, en cuanto Nación política, evolu- cionó, siguiendo dos líneas políticas princi- pales: la línea bonapartista, ocupada en re- forzar al Estado nacional centralista como plataforma para poder defenderse de los ataques de otros reinos y para poder confor- marlos a su vez como estados nacionales, y la línea radical, ocupada más bien en pro- fundizar, hacia dentro, a la República, en el antimonarquismo y el laicismo, lindante con el anticlericalismo.

2) La izquierda liberal que surgió en la Guerra de la Independencia

La segunda generación de la izquierda surgió en la Revolución española que tuvo lugar simultáneamente con la Guerra de la Independencia contra la invasión francesa, pero que tenía raíces y motivaciones inde- pendientes y muy distintas de las que mo- vieron a los jacobinos, la generación de la iz- quierda liberal. Fue un proceso muy com-

ple-

jo, por-

que quie-

nes mante-

nían, en cual-

quier caso, la necesi-

dad de la guerra contra el

invasor no sólo eran los reac-

cionarios (que se oponían frontal- mente a la revolución, y a veces luchaban contra Napoleón como encarnación del An- ticristo) sino también los transformadores (revolucionarios) más o menos radicales (desde Jovellanos o Inguanzo hasta Argüe- lles o Muñoz Torrero). Revolucionarios que, inmersos en la evolución interna de las nue- vas clases emergentes (empresarios, comer- ciantes de Cádiz, entre otros), veían como inseparables la guerra y la transformación de España. Mantenían posiciones clara- mente definidas de izquierda, de una iz- quierda patriótica, y definidas también con el parámetro de la Nación política.

La izquierda política genuina de España hay que buscarla no tanto en los afrancesa- dos (por cuanto de hecho sometían a la Na- ción a una Potencia extranjera) cuanto en los liberales.

Los liberales lograron formular una Constitución que en modo alguno fue un calco mimético de la francesa originaria. Por de pronto, no derrocaba ni el trono ni el altar, y en esto se parecía más a la Constitu- ción de Bayona. Pero retiraba la soberanía al monarca y la ponía en la Nación.

En el siglo XX, “liberal” fue un adjetivo que algunos grupos de derecha utilizaron para distinguirse.

3) La izquierda de tercera generación (o tercer género de izquierdas):

la izquierda libertaria

En el ámbito de cada recinto nacional los individuos o átomos racionales han adqui-

rido una libertad y una igualdad (política y jurídica), pero subsisten, y aún con mayor visibilidad, las desigualdades y servidum- bres económico sociales, “culturales”, por- que fue precisamente a partir de la libera- ción de los ciudadanos, la que permitió convertir a los trabajadores en propietarios de su fuerza de trabajo. Los elementos del “todo nacional” eran iguales políticamente y con los mismos derechos, al menos en teoría. Sin embargo, esa igualdad resultaba estar establecida en medio de una hetero- geneidad de esos elementos en tanto se- guían siendo miembros de clases sociales tradicionales o nuevas, y en conflicto per- manente.

En el ámbito de las relaciones entre las naciones, las desigualdades y servidumbres subsistían, y aún aparecían otras nuevas. La racionalización de las naciones políticas implicaba, antes que la igualación de estas naciones, la conformación de desigualda- des entre ellas: la condición francesa, la condición española, los ciudadanos alema- nes, etc., son iguales y libres en sus estados respectivos, pero son distintos entre sí, por- que estas naciones no forman una única Nación sino naciones distintas, y en conflic- tos tan agudos como los que mantienen con los estados del Antiguo Régimen.

Los anarquistas sospecharon que el Esta- do nacional era el principal obstáculo, y no la plataforma intermedia o provisional, aunque necesaria, para desencadenar el progreso revolucionario victorioso. Creye- ron necesario destruir el Estado en cual- quiera de sus formas, incluidas, por supues- to, las formas del Estado nacional. Es decir,

por tanto, se propusieron destruir la “Repú- blica una e indivisible” que los revoluciona- rios jacobinos dieron a luz, y continuaron los liberales de la segunda generación de iz- quierdas.

Los anarquistas se definen tam- bién como de izquierdas en la medida en que se define en función del Esta- do, aunque sea negativamente. Co- mo la negación de todas las de-

más izquierdas.

Las plataformas de ac-

ción de las corrientes del anarquismo, en cuanto iz- quierda definida son el anarquismo comunalista, que tiene una tradición muy antigua, anterior a la formulación moder- na de las doctrinas anarquistas; el anar- quismo municipalista o cantonalista, federa- lista en el fondo, tiene ya un significado polí- tico de mayor alcance (precisamente por el federalismo); y el anar- cosindicalismo es la forma del anarquismo más próxima (sin perjui- cio de su apoliticismo in- tencional) a lo que llama-

mos izquierda definida.

4) La izquierda socialdemócrata

Una cuarta generación de iz- quierdas surgió en la Segunda Interna- cional, a raíz de los conflictos que mar- xistas y bakuninistas habían mantenido en la Primera Internacional, y que dio lugar a

los partidos socialdemócratas.

El criterio político que diferencia al socia-

lismo democrático, no solamente de las co- rrientes praetermarxistas o antimarxistas, sino también de las corrientes de inspira- ción marxista, pero no socialdemócratas (leninistas o maoístas), tiene que ver con su posición diferencial respecto del parámetro que venimos considerando como caracte- rístico para una definición de la izquierda, a saber, el Estado (nacional o plurinacional); por tanto por la relación de cada Estado con los demás estados.

El socialismo se asienta, en resumidas cuentas, en el Estado como plataforma im- prescindible para llevar adelante el proceso revolucionario de la transformación social. Por ello, todo movimiento tendente a debi- litar al Estado, o a extinguirlo, tendrá que verse como irracional.

El socialismo escoge una metodología de vía pacífica (democrática, por ejemplo), re- chazando la vía violenta o incluso el “golpe incruento” de Estado.

Por otra parte, la acción política revolu- cionaria, centrada en el ámbito de cada Es- tado, no excluirá la “fraternal cooperación” con los estados hermanos, cuyos partidos estarán integrados en la Internacional So- cialista; pero esta cooperación habrá que entenderla sin perjuicio del principio de no injerencia de cada Estado en el ámbito de las competencias de los demás estados; lo que equivale a asumir la metodología del pacifismo en todo cuanto concierne a las re- laciones internacionales.

En caso de un conflicto entre estados na- cionales (como ocurrió en la Primera Gue- rra Mundial, y aún en la Segunda) la políti- ca de los partidos socialistas se inclinará a prestar apoyo preferencial a su patria, antes que a su partido; de suerte que los obreros franceses irán a la guerra contra Alemania, y los obreros alemanes irán a la guerra con- tra Francia, a pesar de que, en cuanto socia-

listas, los obreros franceses y los obreros ale- manes habrían de estar teóricamente más cerca de lo que estaban respectivamente con los burgueses franceses o con los bur- gueses alemanes.

La socialdemocracia, partiendo de las so- ciedades burguesas desarrolladas, se repre- senta el término de la transformación revo- lucionaria como una sociedad en la cual ha- brán de estar conservados todos los bienes o “adelantos” industriales, jurídicos, etc., al- canzados a lo largo de su evolución históri- ca. También habrán de ser distribuidos equitativamente, y por vía pacífica, entre los ciudadanos,

5) La izquierda de quinta generación (o quinto género de izquierda):

la izquierda comunista

Es la del marxismo-leninismo que logró demoler el Imperio de los zares y conquis- tar el poder durante setenta años en la Unión Soviética. Lenin y, en gran medida, sus sucesores no consideraron primaria la tradicional oposición izquierda/derecha, si- no la oposición entre el imperialismo, “fase final del capitalismo”, y el comunismo bol- chevique. Dentro de este, cabría hablar, es cierto, de las desviaciones de izquierda y de las desviaciones de derecha.

El movimiento comunista se enfrentaba inmediatamente, por tanto, no solo con la transformación revolucionaria interna de un Estado, el eslabón más débil del sistema capitalista, sino también con la transfor- mación revolucionaria de todos los demás estados. Las contradicciones que este doble planteamiento, que ya se había presentado, aunque a otra escala, en la Revolución Francesa, como contradicción entre los hombres y los ciudadanos, se hicieron pa- tentes. Lenin entendió la Revolución de Oc- tubre como el primer acto de la Revolución europea y universal. Tendría que incorpo- rar lo más valioso de la “cultura burguesa”. Los tres periodos de la izquierda comunis- ta fueron: el leninista, el estalinista y la coe- xistencia pacífica del Comunismo y del Ca- pitalismo. Después, vino la caída del co- munismo realmente existente.

La trayectoria del comunismo real a lo largo del siglo XX define plenamente el cur- so de una trayectoria de la izquierda, here- dera de las primeras izquierdas revolucio- narias, llevando sus principios a una esca- la tal que fueron esos mismos principios los que resultaron desbordados.

6) La generación asiática de izquierdas

El proyecto de Mao-Tse-Tung actúa so- bre la plataforma estatal de una República gigantesca pero muy reciente (el Imperio chino estuvo, más o menos vivo, hasta 1912, cuando Sun Yan Sen declaró la República china) sobre la cual estaban gravitando tra- diciones muy diferentes de las cristiano ro- manas, ortodoxas o protestantes.

La inicial inspiración marxista de la quinta generación de la izquierda (del co- munismo soviético) también creyó nece- sario incorporar a las sociedades comunis- tas los bienes materiales más preciosos de la civilización industrial, desde la “electrifi- cación de Rusia” hasta el lanzamiento de los Sputniks.

Pero la igualdad entre los hombres fun- dada en Occidente, ante todo, en la pro- ducción progresiva y en la justa distribu- ción igualitaria del disfrute epicúreo de los bienes materiales, de los bienes creados por la civilización industrial, ahora se reformu- lará, “desde el confucianismo”, como igual-

dad de los desiguales en la cooperación en la gran familia comunista. El sumo bien consistirá en esa cooperación comunitaria de todos los individuos, y no en la codicia por el disfrute, aunque sea igualitario, de los bienes instrumentales.

El golpe de timón de la política china se hizo visible en 1977, en el XI Congreso de PCch, cuando Den Xiao Pin pasó a ser vice- primer ministro del Gobierno. El pragma- tismo (de otro modo: la valoración de la ne- cesidad política y social de impulsar el de- sarrollo de una sociedad de más de mil mi- llones de habitantes utilizando los recursos de las sociedades capitalistas de mercado) será en lo sucesivo la norma de la política de la República Popular China.

Tres corrientes de izquierda indefinida: extravagante, divagante y fundamentalista

Bajo el rótulo “Izquierda indefinida”, Bueno engloba tres corrientes sociales (que discurren a través de clubes, asocia- ciones, escuelas, audiencias, círculos in- formales de opinión, departamentos uni- versitarios, canalizados por prensa deter- minada o medios de comunicación). Sue- len ser consideradas “de izquierda”, por ellos mismos o por la derecha, sin que conste explícitamente en su “ideario”, en su “argumentario”, en su “imaginario” o en su “calendario” una definición de posiciones en función de “variables políticas”, en el sentido dicho. Dos de estas corrientes ten- drían un carácter más bien “abierto” (las denominaremos izquierda extravagante e izquierda divagante); una tercera de carác- ter híbrido, y de naturaleza más bien cerra- da, tendría su expresión más interesante en una izquierda fundamentalista.

Las corrientes de la izquierda extrava- gante podrían clasificarse teniendo en cuenta la naturaleza del campo en el que se desenvuelven tales corrientes: ciencias ma- temáticas, ciencias físicas, ciencias biológi- cas; también, las artes plásticas, música, la religión o la “filosofía universitaria”.

Y aquí despliega Bueno su sentido del humor, uno de los aspectos a los que hay que dedicar una tesis doctoral o más. No se dedica a ironizar. Más bien, sorprende con ángulos inesperados. Ridiculiza que se to- me como normal la aplicación del adjetivo “de izquierdas” o “derechas” a la Física, al Arte o a la Religión. Falta el Estado como criterio político para clasificar. ¿Va a ser más difícil entrar en el Reino de los Cielos que a un camello pasar por el ojo de la aguja?

Según Bueno, y sigue tratando el asunto con humor, habrá que investigar empírica- mente cuáles son los «atractores» que, des- de las diversas capas de la sociedad política, ejercen mayor influencia sobre las corrien- tes extravagantes de izquierda, de las que venimos hablando. No tengo espacio para exponer cuáles son esas tres capas –conjun- tiva, basal y cortical–, por lo que me limita- ré a enunciar estos “atractores” más proba- bles: los que tengan que ver con los movi- mientos asociativos (tipo ONG) que pla- nean su acción al margen del Estado (un margen teórico puesto que en la práctica, como es notorio, las ONG suelen estar fi- nanciadas por los gobiernos: en cualquier caso sigue siendo el Estado el que sirve de parámetro). También, la “autogestión em- presarial”, es decir, en cuanto sea indepen- diente del Estado, y aún de las grandes so- ciedades nacionales o multinacionales, que también presuponen conexiones muy fuer- tes con los estados. Y los movimientos que desbordan los límites de un Estado dado, y que han dado lugar a un género de profesio- nes verdaderamente extravagantes por rela-

ción al Estado: médicos sin fronteras, bom- beros sin fronteras, músicos sin fronteras… y hasta aduaneros sin fronteras. En el extre- mo, los movimientos antiglobalización (también dados en función de los estados).

Es posible distinguir a quienes navegan por las corrientes de la izquierda divagante, gracias a unas notas distintivas. Han co- menzado por estar implantados en algunas de las seis corrientes definidas de la izquier- da definida, pero al mismo tiempo se ha- brían encontrado como excesivamente confinados por los marcos políticos que las definen. Tenderán a desbordar esos mar- cos, es decir, tenderán a divagar, a través de ideas filosóficas, artísticas, trascendentales, ecológicas, éticas, cosmológicas o morales.

Su divagación recorrerá campos no es- trictamente políticos, incluso políticamen- te neutros. De este modo se elevarán hacia un estilo de izquierda indefinida que, sin perjuicio de sus compromisos políticos de- finidos de origen, quiere ser, sobre todo, “cultural” o “ética”.

En el límite, se elevarán hacia una iz- quierda profunda, eterna, sublime, la “iz- quierda filosófica”, la “izquierda como con- ciencia de la Humanidad”, que dice com- portar nada menos que una “visión del Mundo” (generalmente las divagaciones de estos intelectuales de la izquierda filosófica se hacen sin necesidad de haber leído dos lí- neas seguidas de Platón o de Aristóteles, de Suárez o de Soto). Estas visiones del Mundo de los intelectuales de izquierda divagantes también son variables, y si se consideran de izquierdas es acaso por su oposición a de- terminadas concepciones del Mundo tra- dicionalmente asociadas a la derecha.

Unas veces los políticos, intelectuales y artistas de izquierda divagarán por los ex- tremos del materialismo monista (“todo es Química”), del evolucionismo (“el hombre desciende del mono y en el Neolítico se hi- zo agricultor”) y del progresismo optimista (“el desarrollo de la tecnología permitirá que los bienes fluyan a chorro lleno en la sociedad del futuro”).

Otras veces la izquierda profunda, para evitar divagaciones metapolíticas y metafí- sicas, se acogerá al agnosticismo. Solo que entonces la izquierda, al precio de no diva- gar, se confunde con algunas de las múlti- ples variantes de la derecha liberal, tole- rante o escéptica.

La izquierda fundamentalista o cómo Bueno prefiguró con precisión, trece años antes, lo que después sería Unidos Podemos.

También habrá que tener en cuenta la gran probabilidad de la formación, en cír- culos determinados, de corrientes de iz- quierda indefinida resultantes de la con- fluencia de corrientes de izquierda extrava- gantes y de corrientes de izquierda diva- gantes. De esta confluencia puede resultar, inter alia, una suerte de izquierda funda- mentalista.

La izquierda fundamentalista ya no se definirá por criterios inmediatamente polí- ticos, que incluso serán desdeñados, sin perjuicio de que de vez en cuando expresen sus simpatías o sus repulsas por alguna co- rriente definida de izquierdas, pero sin ex- cluir jamás del todo a las otras: “La izquier- da es siempre la misma”.

Se caracterizará por criterios preferencia- les o valores muy dispares, pero que se man- tienen tenazmente asociados; por ello esta izquierda promoverá, con carácter priorita- rio, la necesidad de “educar en valores” (es decir, en sus valores) a la juventud y al pueblo en general. Y aquí es donde, por límite de es- pacio, tengo que detenerme. Invito, a quien desee comprobarlo, cómo Bueno identificó veinte notas, al menos, de lo que luego sería Unidos Podemos (Págs. 242-243). Nada hay nuevo bajo el sol. Es la gran ventaja de tener un sistema filosófico para identificar y orde- nar los movimientos de la vida política.

Domingo, 10 de marzo de 2019 ■ LA NUEVA ESPAÑA 12345678910111213141516

Artículo sobre la relación entre la Etica y la Política, que explica y analiza las tesis del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno sobre asuntos clave para entender los procesos socio políticos del presente de la Globalización en curso

FUENTE © PENSAMIENTO, ISSN 0031-4749 PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280, pp. 509-519

pen.v74.i280.y2018.010

El peso de la ética en la política

David Alvargonzález

Universidad de Oviedo

Resumen: Las relaciones entre los principios de la ética y los requerimientos de la política no siempre

son armónicas. En este artículo, en primer lugar, se propone una definición de los ámbitos propios

de la ética y de la política. A continuación, se analizan dos ámbitos en los que se aprecia un conflicto

inevitable, estructural, entre ética y política de modo que el bien político requiere el mal ético: los

conflictos armados y las políticas de inmigración. A continuación, se hace referencia a conflictos que

pretenden estar justificados en la idiosincrasia histórica o cultural de ciertas naciones. Por último,

se citan contextos donde la ética y la política persiguen fines comunes o, simplemente, se ignoran

mutuamente.

Palabras clave: ética; política; Estado; guerra; inmigración.

The influence of ethics on politics

Abstract: The relationships between ethical principles and political requirements have proven

to be controversial. In this paper, firstly I will propose a definition of ethics and politics. Then, I will

analyze two illustrations of the unavoidable structural conflict between ethics and politics: wars and

immigration policies. In those cases political goods require ethical evils. Then, I will refer to conflicts

which claim to be rooted on the cultural and historical idiosyncrasies of certain nations. Finally, I will

refer to several situations in which ethics and politics share common objectives and other ones in

which they just follow independent courses.

Key words: ethics; politics; State; war; immigration.

Introducción

El tema de este artículo, el análisis de las relaciones entre los principios o normas

éticas y los requerimientos de la política, es un asunto muy controvertido y sujeto

a muchas valoraciones. Ahora bien, con el fin de poder tratar este problema con la

serenidad que merece, mi propósito aquí va a ser el de evitar, en todo momento,

las referencias más próximas para poder tratar el asunto de un modo abstracto,

filosófico y, en la medida de lo posible, presentar lo que sería la estructura de un

problema objetivo. La tradición en la que yo quisiera inscribir mi análisis en esta

lección es la que reivindica Spinoza cuando, en su Tratado político,dice:

Y, a fin de investigar todo lo relativo a esta ciencia [se refiere Spinoza a la

política] con la misma libertad de espíritu con que solemos tratar los temas matemáticos,

me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones

humanas, sino en entenderlas. Yo por eso he contemplado los afectos humanos

como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás

afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades

que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas

por el estilo le pertenecen a la naturaleza de aire. […]1

1Spinoza, B., Tratado político, I, §4.

510d. alvarg onzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

Atendiendo estas indicaciones, en lo que sigue tan solo haré una propuesta

de lo que se puede entender por ética y por política para poder analizar algunas

situaciones prácticas existentes que ilustran su relación mutua, tanto cuando ésta

es armónica como, sobre todo, cuando resulta conflictiva.

1. Presentación de las definiciones de ética y política que se van a utilizar

Como es común cuando tratamos de ideas filosóficas, hay muchas maneras

posibles y diferentes de definir la ética y la política. Yo voy a pedir al lector que, a lo

largo de este artículo, me acompañe en un determinado modo de entenderlas que

se inscribe en una tradición ampliamente ejercitada en la historia de la filosofía.

Esta tradición arranca de la Ética a Nicómaco, la Ética a Eudemo y la Política de

Aristóteles y es seguida por Spinoza en su famosa Ética, en su Tratado político y

en su Tratado teológico-político. Entre nosotros, Gustavo Bueno ha formulado con

especial claridad los diferentes usos de estos términos y ha propuesto unas ideas y

unas definiciones que tomaré aquí como referencia2.

Hay muchas maneras de entender la Ética. En los países de habla hispana, la

manera usual viene siendo la de considerar la Ética como el «tratado de la moral»: así

como se distingue el terreno frente a la Geografía, que sería la disciplina que estudia

el terreno, así también se distinguiría entre las normas morales dadas de un modo

empírico (social, histórico) y la Ética, que sería la disciplina académica encargada

de estudiar esas normas. Yo voy a separarme aquí de esa tradición, por otra parte

tan justificada y tan consolidada académicamente entre nosotros. Siguiendo en esto

también a Spinoza, entenderé la ética como el conjunto de normas que tienen que

ver directamente con la «perseverancia en el ser» del individuo corpóreo humano

que es también, en la situación canónica, una persona. Todo aquello que contribuye

a la fortaleza y la firmeza del sujeto humano individual corpóreo será considerado

ético: así, por ejemplo, todos los comportamientos dirigidos a conservar su salud,

y a lograr su correcto desarrollo serán considerados «éticos». Por consiguiente,

la fortaleza y la firmeza serían las virtudes éticas cardinales. Todas las personas

integradas en una cultura tienen un conocimiento práctico mundano de las normas

que contribuyen a su firmeza y a la generosidad con los demás, con independencia de

que desconozcan la Ética académica, del mismo modo que son capaces de hablar su

lengua materna sin tener una representación explícita de las reglas de su gramática.

Según este modo de entender la ética ligada a la preservación y la buena marcha

del sujeto, la medicina será, estructuralmente, una disciplina ética pues trata de

hacer que el individuo corpóreo enfermo se transforme en sano, devolviéndole la

firmeza que la enfermedad socaba; la educación también sería en muchos casos

una actividad ética pues trataría de ayudar a crecer de un modo recto al individuo y

2Bueno, G., «Lectura primera: Ética y moral y derecho», en: Bueno, G., El sentido

de la vida, seis lecturas de filosofía moral. Oviedo: Pentalfa, 1996. http://fgbueno.es/med/dig/

gb96sv1.pdf

Bueno, G., «En nombre de la ética», El Catoblepas. Revista crítica del presente, 16 (jun

2003): 2. http://nodulo.org/ec/2003/n016p02.htm

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

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de constituirlo como persona permitiendo que desarrolle sus aptitudes, ayudándole

a constituir su propia firmeza y fortaleza. Al contrario, todo lo que atenta contra

el sujeto corpóreo individual y contra la persona será anti-ético: el asesinato, el

homicidio, la esclavitud, la mutilación, la violación, el abuso, la tortura, los daños

físicos, la difamación, la denigración, el escarnio, la extorsión, el acoso, etc. Del

mismo modo, toda acción que el individuo realice en su propio perjuicio, como

pueda ser, en el límite, el suicidio, pero también el abuso de drogas o de alcohol, o

los hábitos alimenticios perniciosos, será también una acción antiética de acuerdo

con el criterio que estoy defendiendo aquí.

La ética, vista desde esta perspectiva toma en consideración un sujeto humano

abstracto con independencia de su raza, su lengua, su religión, su sexo, y su edad.

Todos los individuos están sujetos a esas normas éticas (contra el homicidio, la

violación, la mutilación, etc.) con independencia de su etnia, sexo, religión, edad,

o lengua. Las razas, las lenguas, y todo lo demás se consideran ecualizadas en un

sujeto humano individual genérico, abstracto, distributivo. Ese sujeto sin religión

ni raza, ni sexo, ni edad no existe como sujeto empírico, como individuo de carne

y hueso, sino que sólo existe como sujeto abstracto porque la perspectiva ética

pasa por encima de esas determinaciones concretas del individuo. Podríamos decir

que ese individuo abstracto se parece al dado equi-probable de los matemáticos

que, aunque no existe como dado empírico, sí existe como construcción abstracta

matemática resultado de lanzar un mismo dado un gran número de veces.

Por lo que se refiere a la política, voy a distinguir dos usos de la palabra política:

uno amplio y otro más restringido. En un sentido amplio, se habla de política en

contextos muy diversos como cuando se hace referencia a la política de un equipo

de futbol o de una empresa. Frans de Waal llegó a hablar incluso de la política

de los chimpancés, refiriéndose a las relaciones de poder dentro de un grupo de

chimpancés del zoo de Harnhem en Holanda3. Este es el uso amplio, laxo, reconocido

en muchos idiomas modernos de nuestro entorno. En su uso restringido o estricto,

el término “política” se refiere a todo aquello que tiene que ver con el Estado. El

Estado es una institución histórica que tiene sus orígenes allí donde los pone en

cada momento la investigación arqueológica. Según esto las sociedades tribales o

pre-estatales no son sociedades políticas sino pre-políticas. Gustavo Bueno, en una

de sus obras, comparó los Estados con las biocenosis que estudian los biólogos:

en los Estados habría un conjunto de grupos muy heterogéneos enfrentados unos

con otros, lo mismo que en las biocenosis se enfrentan entre sí diversos grupos

de organismos4. La virtud política fundamental, aquella que debe tener el buen

mandatario, es la de conservar el Estado: lograr que sea más seguro, que esté más

unido, mejor estructurado, y que sea más fuerte y con más capacidad de actuar

en el ámbito internacional. El buen mandatario político recibe el Estado en una

situación dada y tiene que lograr que, a lo largo de su gobierno, el Estado se conserve

y mejore en su seguridad interior y exterior, en su unión y cohesión interna, en su

riqueza económica y su poder geoestratégico, y consiga estar más preparado para

hacer frente a las amenazas que vienen de dentro y de fuera. El mal mandatario,

3Waal, F., La política de los chimpancés. Madrid: Alianza, 1982.

4Bueno, G., Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, Logroño, Cultural

Rioja, 1991. http://www.fgbueno.es/gbm/gb91ccp.htm

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PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

aquel que traiciona sus funciones, por el contrario, es aquel que devuelve el Estado

roto, hecho jirones, inestable, débil, hipotecado, sin presencia ni importancia en

el ámbito internacional, exhausto, dependiente, con su soberanía amenazada,

expuesto a la voluntad de sus enemigos internos y externos. El gobernante de un

Estado no ocupa ese puesto para lograr la paz mundial ni la concordia universal,

ni para lograr la mejoría de los Estados vecinos, sino para que mejore su Estado

y gane en potencia de obrar, en soberanía, en fortaleza y en seguridad. Spinoza

caracteriza del siguiente modo el Estado bien constituido:

Cuál sea la mejor constitución de un Estado cualquiera se deduce fácilmente

del fin del Estado político que no es otro que la paz y la seguridad de la vida. Aquel

Estado es, por tanto, el mejor, en el que los hombres viven en concordia y en el

que los derechos comunes se mantienen ilesos. Ya que no cabe duda que las sediciones,

las guerras y el desprecio o infracción de las leyes no deben ser imputados

tanto a la malicia de los súbditos cuanto a la mala constitución del Estado […]

Efectivamente, un Estado político que no ha eliminado los motivos de sedición y

en el que la guerra es una amenaza continua y las leyes, en fin, son con frecuencia

violadas, no difiere mucho del mismo estado natural, en el que cada uno vive según

su propio sentir y con gran peligro de su vida. 5

Y, en otro lugar del Tratado político, dice Spinoza “En efecto, la libertad de

espíritu o fortaleza es una virtud privada [diríamos nosotros, individual, “ética”],

mientras que la virtud del Estado es la seguridad”6. Por tanto, según lo propuesto,

de un lado están las normas éticas que regulan la marcha del sujeto individual,

y, por otra parte, están las normas políticas que son aquellas a las que tiene que

atenerse el gobernante (con independencia del procedimiento que se haya utilizado

para su elección) para velar por la buena marcha del Estado, por su seguridad, por

su unidad, por su cohesión interna, y por su crecimiento pues esa es la tarea en la

el mandatario tiene que poner su empeño.

2. Sobre la incompatibilidad estructural entre ética y política en general

Una vez aclarado lo que voy a entender por ética y por política en el contexto

de este artículo, pasaré a analizar dos ejemplos de incompatibilidad estructural

entre estos dos ámbitos. Desde cierto fundamentalismo ético, existe una tendencia

a considerar que el asunto de las relaciones entre ética y política es muy sencillo

porque se postula que la política tiene que estar siempre subordinada a la ética.

De este modo, las leyes éticas tendrían que respetarse siempre pues el Estado

tendría que estar al servicio de la ética, al servicio de los sujetos individuales y de

sus necesidades. Yo voy a defender aquí que esta idea no se corresponde con lo

que sabemos acerca de los Estados realmente existentes (tanto históricos como

actuales), y que existen razones estructurales para que esto sea sí.

En el ámbito del derecho, y hablando en general, se suele entender que los delitos

contra la propiedad son más leves que los delitos contra la integridad física de las

5Spinoza, B., op.cit., V, §2.

6Spinoza, B., op.cit., I, §6.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 513

personas, y así lo contemplan la mayor parte de los ordenamientos jurídicos de los

países de nuestro entorno: por ejemplo, se considera más grave matar, mutilar, o

violar que robar. Efectivamente, hay razones serias para considerar que los delitos

contra la propiedad, en la medida en que ésta es separable del sujeto corpóreo

individual, son menos graves que aquellos otros cometidos contra la integridad

del sujeto corpóreo mismo. Por esta razón, los problemas más graves cuando se

considera la colisión entre política y ética se dan cuando, por razones políticas, se

atenta contra la integridad física de los individuos corpóreos humanos o contra su

integridad personal: contra su vida, contra su salud, contra su seguridad, o contra

su honor.

Un caso límite, pero frecuente, es el caso de la guerra: cuando el Estado se

ve involucrado en una guerra defensiva, sabe que sus nacionales morirán en el

combate, pero ese mal ético (la muerte y la mutilación de personas inocentes) se

considera necesario para lograr un bien político (la defensa del Estado), y esto

por no hablar de los muertos infligidos en el bando contrario que también son

individuos humanos. Quisiera hacer notar que, a estos efectos, da lo mismo que el

Estado que lanza las bombas sea un Estado democrático o no lo sea: democrático

fue el Estado que lanzó dos bombas atómicas contra la población civil indefensa en

Hiroshima y Nagasaki. En este caso, los requerimientos políticos pasan por encima

de los éticos, y se considera un honor (moral y político) el sacrificio que los soldados

hacen por el bien de su Estado cuando reciben el tratamiento de héroes. Sería puro

idealismo histórico pensar que ya hemos alcanzado la situación de la Paz Perpetua

de Kant y suponer que las guerras fueran una cosa del pasado pues los conflictos

armados han ocurrido en el pasado desde los orígenes de los estados prístinos,

ocurren en el presente y, con el permiso de Kant, no hay ningún indicio racional

para suponer que vayan a dejar de ocurrir en el futuro. Aunque Kant parecía saber

de buena tinta que esto no sería así en el futuro, no llegó a hacernos partícipes

de las fuentes de su evidencia7. La guerra, como “continuación de la política por

otros medios” (usando la acertada fórmula de Clausewitz8), es siempre el modo

último de resolver los conflictos entre los Estados políticos y conlleva de un modo

estructural la muerte de individuos humanos. Los ejércitos han sido siempre partes

constitutivas irrenunciables de los Estados desde sus inicios, ya que un Estado

que carezca de ejército tendrá siempre su independencia y su soberanía nacional

subrogadas.

Otro ejemplo de actualidad que muestra la colisión entre la ética y la política

lo tenemos a propósito del control de las fronteras que todos los Estados tienen

que realizar si no quieren que su propia viabilidad se vea puesta en peligro. Si

nos instaláramos en una perspectiva puramente ética, todas las personas por igual

deberían tener los mismos derechos para circular libremente por el planeta y para

establecerse donde mejor les pareciera, pero, de hecho, la libertad de circulación

y de residencia es muy diferente según se sea ciudadano de uno u otro Estado: las

alambradas, las patrulleras, la policía, y las deportaciones condenan a millones de

personas a vivir en situaciones inhumanas en sus países de origen, y a esclavizarse

7Kant, I., Sobre la paz perpetua, 1795.

8Clausewitz, C. von, De la guerra, OP escrito en el periodo 1818-1830.

514d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

y prostituirse, o directamente a morir, intentando entrar en un Estado que les

permita vivir con cierta dignidad. En la agenda política de los Estados asediados

por esta inmigración está ya, de un modo explícito, la estrategia de ayudar a los

países de donde procede esa marea humana a cambio de que sean ellos mismos los

que cierren sus propias fronteras e impidan la salida de los desposeídos, de modo

que el problema quede alejado de las sociedades del bienestar que no desean ver

niños ahogados yaciendo en sus playas. Este enfrentamiento entre ética y política,

en este caso, como en el caso de la guerra, es estructural: si uno de esos Estados del

bienestar abriera de par en par sus fronteras en virtud de un tratamiento igualitario

hacia todas las personas y de una generosidad ética universal, se pondría en riesgo

ese Estado y el bienestar de sus nacionales. El Estado quedaría invadido por

pueblos con otras culturas, otras lenguas y otras religiones, colapsaría el sistema de

seguridad social, de pensiones, de cobertura sanitaria y de educación, y se destruiría

su estabilidad interna. Se pueden discutir muchos asuntos relativos al mejor modo

de gestionar las fronteras pero, en último término, toda nación tiene que tener

unas fronteras puesto que el Estado implica, desde sus inicios, la apropiación de un

determinado territorio por parte de una población dada. También en este ejemplo se

aprecia que es una cuestión de hecho que las naciones priman su viabilidad política

frente a lo que serían los requerimientos de la generosidad ética universal, y están

dispuestos a sacrificar la vida y los intereses más básicos de millones de personas

con tal de conservar su buena marcha. Los argumentos expuestos sugieren que este

proceder anti-ético puede considerarse estructural ya que, de no llevarse a cabo

esa política restrictiva, la viabilidad del Estado anfitrión quedaría comprometida,

y también sugieren que esta contradicción entre requerimientos éticos y viabilidad

política afecta a todos los estados con independencia del procedimiento por el que

se elijan sus dirigentes.

Aunque se podrían poner otros ejemplos, sirvan estos dos para ilustrar el

modo cómo los mandatos éticos colisionan con los políticos, y para mostrar, con

hechos y con argumentos generales más abstractos, las razones por las que hemos

afirmado hace un momento que la política no está siempre, ni pueda llegar a estar,

subordinada a la ética. Si la política estuviese siempre regida por la ética los Estados

serían inviables: ni habrían aparecido los estados prístinos ni existirían los estados

actuales. Quiero reiterar una vez más que mi intención en este artículo no es hacer

una condena ética en nombre de Dios, del pueblo o de la Historia de un determinado

estado de cosas, ni mucho menos hacer una apología de la violencia inherente a las

guerras y a los procedimientos policiales de control de las fronteras, sino analizar

la estructura de un problema objetivo de modo que esas políticas antiéticas no sean

vistas tanto como vicios de un gobernante malvado que se regocija con el dolor

ajeno, sino como contenidos inherentes a la propia naturaleza del Estado, como

políticas que son necesarias para que el Estado mismo exista.

El planteamiento explícito de este conflicto entre ética y política conduce al

reconocimiento de situaciones tan duras y tan desalmadas que los propios Estados

movilizan todos los recursos lenitivos a su alcance para disimular ese conflicto y

tranquilizar a la opinión pública, procedimientos entre los que están todo tipo de

mitos irenistas y de quiliasmos soteriológicos.

A la vista de estos ejemplos, la idea de que la política debe estar siempre

subordinada a la ética o bien es un desideratum o, de otra forma, habría que

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 515

considerarla como una idea propia de una concepción idealista del Estado político

que es incapaz de entender que la custodia de un territorio previamente apropiado

es condición sine qua non de cualquier Estado realmente existente.

Quisiera añadir una consideración más acerca de las relaciones entre la ética

(o, en este caso, la moral) y la política en otro momento histórico ya que estas

relaciones no siempre tuvieron la morfología que presentan en la actualidad: en la

Edad Media europea, y en los inicios de la Edad Moderna, se consideraba que el

poder de los reyes de los Estados católicos venía de Dios y, por tanto, el rey católico,

en ciertos asuntos de Estado, estaba obligado por la moral teológica católica: por

ejemplo, tenía prohibido pactar con los protestantes o con los musulmanes para ir

en contra de otro reino católico porque se entendía que esa política iba contra el

propio Dios. En el límite, algunos de los proyectos políticos del rey católico estaban

guiados por el mandato religioso de hacer llegar el Evangelio a todos los rincones

del mundo: este fue el proyecto del imperio español cuando cristianizó y convirtió

a los nativos americanos en ciudadanos españoles católicos. La moral católica era

concebida como universal y, por tanto, desde un punto de vista emic, era entendida

como algo parecido a lo que nosotros conocemos hoy como “ética”. Fernando

II de Habsburgo, por ejemplo, en coherencia con su moral católica, suprimió el

protestantismo en los territorios que estaban bajo su mandato lo que precipitó la

llamada “Guerra de los Treinta Años” (1616-1646). En 1629, en vez de detener la

guerra y buscar un pacto, promulgó el Edicto de Restitución para devolver a los

católicos las propiedades eclesiásticas secularizadas desde la paz de Passau. El

Príncipe de Maquiavelo, publicado en 1513, pasa por ser la primera obra moderna

en la que el fin político se pone por delante del bien ético (o moral) de un modo muy

explícito. Eso le valió a Maquiavelo la circunstancia de que su propio apellido diera

lugar al sustantivo “maquiavelismo” que suele ir acompañado de connotaciones

peyorativas. Dice Maquiavelo:

Y hay que tener bien en cuenta que el príncipe, y máxime uno nuevo, no puede

observar todo lo que hace que los hombres sean tenidos por buenos, ya que a

menudo se ve forzado, para conservar el Estado, a obrar contra la fe, contra la

caridad, contra la humanidad, contra la religión. Por eso tiene que contar con

ánimo dispuesto a moverse según los vientos de la fortuna y la variación de las

circunstancias se lo exijan, y como ya dije antes, no alejarse del bien, si es posible,

pero sabiendo entrar en el mal si es necesario. […]9

Y aquí se debe señalar que el odio se gana tanto con las buenas como con las

malas obras; así que, como ya dije antes, un príncipe que quiera mantener su Estado

se ve a menudo forzado a no ser bueno porque, cuando aquella colectividad,

ya sean pueblos soldados o grandes señores, que tú juzgues necesaria para mantenerte,

esté corrompida, te conviene seguir su humor para satisfacerla, con lo que,

entonces, las buenas obras son tus enemigas10.

Así pues, el político que no sabe hacer el mal ético “si es necesario” no puede ser

un buen político porque, a veces, el Estado requiere el mal ético. El cardenal católico

francés Richelieu, enfrentado a Fernando II en la citada Guerra de los Treinta

Años, pasa por ser el primero que, de un modo explícito, justificó la separación

9Maquiavelo, N, El príncipe, XVIII.

10Maquiavelo, N, op.cit., XIX.

516d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

de la moral católica frente a la praxis política del Estado francés, llevando a la

práctica la idea expuesta por Maquiavelo en El príncipe, resumida en la famosa

fórmula de la “raison d’état” (que los ingleses tradujeron por “national interest”).

Para Richelieu, la razón de Estado, los intereses del Estado francés, estaban por

encima de cualquier otra consideración, estaban por encima incluso de cualquier

norma moral o religiosa, lo que le permitió aliarse con otomanos y protestantes

en contra del rey católico Fernando II, incluso siendo Richelieu, como era, un

príncipe de la iglesia católica. A partir de ese momento, en la política internacional

europea, la moral religiosa asociada a la teoría del origen divino del poder pasó a

un segundo plano eclipsada por el interés del propio Estado, de esos Estados que

luego se convertirían progresivamente en naciones en sentido moderno. La teoría

política según la cual los Estados son los actores políticos más importantes sobre

los que no existe ningún poder ni norma superior que regule sus relaciones (al

margen de los tratados que ellos mismos, en el ejercicio de su soberanía, decidan

asumir) es lo que se conoce como “realismo político”; la práctica política asociada

a esa teoría es la llamada “Realpolitik”, término alemán acuñado por Ludwig von

Rochau en su conocido libro Principios de Realpolitik11. Por supuesto, con esto no

estoy intentando decir que en la Edad Media no hubiera conflictos o tensiones

entre lo que ahora llamamos requerimientos éticos y la realidad política pero,

como digo, algunos de estos conflictos tenían una morfología diferente en la que

la moral religiosa jugaba un papel importante pues el papa estaba ungido por Dios

y, por tanto, tenía un estatus especial. La Edad Moderna y la ulterior caída del

Antiguo Régimen se suele caracterizar por la pérdida relativa del poder moderador

político por parte de la iglesia católica, un poder político que, en la escolástica

medieval y moderna, forma parte de un sistema teológico y antropológico en el que

los principios morales católicos tienen una papel cardinal (como lo tuvieron en el

derecho de gentes).

En el mundo sin Dios posterior a la Revolución Francesa, la moral y la política

religiosa dejan paso a la Realpolitik: ya no es posible apelar a una ética o una moral

dadas por Dios que estén por encima del Estado y de la política. Muchos juzgarán

esta situación como aberrante, pero deberían recordar que, desde una antropología

no teológica, el sujeto individual personal, su libertad, su seguridad, la igualdad,

su educación y, en general, su constitución como ciudadano y como persona,

sería imposible fuera del Estado. Los derechos que un ciudadano europeo tiene

y que salvaguardan su integridad personal no los tiene en cuanto que ciudadano

del mundo sino en cuanto inglés, francés, o español. Tiene que haber un Estado

que haga valer esos derechos pues hay muchos lugares del mundo en los que esos

mismos derechos no significan nada, donde no existen. Si en ciertos lugares se

respetan es gracias a un determinado Estado y si ese Estado deja de existir entonces

inmediatamente dejan de existir esos derechos y la ética que está detrás de esos

derechos. Esa ética es ella misma también una construcción histórica dentro de

un Estado realmente existente. Una vez que el poder supraterrenal moderador ha

dejado de existir, es la propia confrontación entre los Estados la que determina el

poder relativo de cada uno con respecto a los demás, y el poder y la soberanía de

11Rochau, L. von, Grundsätze der Realpolitik, Stuttgart, Göpel, 1853.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 517

algunos Estados para hacer valer ciertos principios éticos dentro de sus fronteras y

en el trato recibido por sus nacionales en el exterior.

3. L a identidad cultural e histórica de ciertos Estados como justificación

de la violación de los principios éticos

Los principios éticos que salvaguardan la integridad del individuo humano y que

presuponen la igualdad distributiva entre las personas, a pesar de estar construidos

como principios universales en cuanto a su esencia, sin embargo no son universales

en cuanto a su implantación práctica política, en cuanto a su existencia. No me

refiero ahora a la incompatibilidad inevitable entre ética y política exigida por la

misma viabilidad de todo Estado y que he considerado en el epígrafe anterior, ni se

trata tampoco de considerar la eventualidad de que alguna persona particular actúe

de un modo antiético pues esto podrá ocurrir en cualquier Estado ya que es imposible

erradicar por completo los asesinatos, los asaltos violentos, las violaciones y tantas

otras conductas delictivas que atentan contra la individualidad física y moral de

las personas. Lo que quiero tratar en este epígrafe es la existencia de Estados que,

amparándose en su identidad histórica o cultural, permiten o incluso promueven

conductas antiéticas institucionalizadas que, en principio, podrían evitarse.

Este es el caso de aquellos Estados en los que está tolerada la mutilación genital

pues toda mutilación es una violación grave de la integridad física individual.

Nuestros conocimientos médicos confirman sin ningún género de dudas el carácter

dañino y perjudicial de esas prácticas y su absoluta falta de justificación. Otro caso

frecuente de violación institucionalizada de las normas éticas más básicas es el

de las restricciones graves y gratuitas que sufren las mujeres en muchos Estados:

limitaciones en la libertad de movimientos, y en el acceso al estudio, al trabajo y a

multitud de actividades públicas y privadas. Todas estas restricciones atentan contra

el desarrollo personal de esas mujeres y, por tanto, socavan su firmeza y su fortaleza

pues las convierten en personas de segunda categoría sin posibilidad alguna de

redención. Ciertas restricciones severas en los hábitos del vestir de las mujeres

también cumplen esta función de sometimiento a los hombres y de afirmación de

lo que los antropólogos llaman un “complejo de supremacía masculina”.

Por supuesto, hay que citar también aquí los Estados que tienen institucionalizada

la tortura o la toleran de un modo sistemático. Por otra parte, es universalmente

admitido en todos los Estados que ciertos delitos graves deben llevar asociada una

pena de privación de libertad. Esa pena tiene muchas funciones no siendo la menor

la de permitir al reo redimir su falta ante la sociedad, y redirigirle hacia la conducta

correcta para integrarle en la sociedad como un ciudadano más. Suele entenderse

que esa restricción temporal de la libertad tiene una clara intención ética pues

cumple esa función correctora y rehabilitadora. Sin embargo, la función redentora,

“elevante”, de las condenas desaparece cuando nos referimos a la mal llamada “pena

de muerte”. La expresión “pena de muerte” es casi un oxímoron ya que el penado no

puede sufrir pena alguna si es que se le mata. Por esta razón, Gustavo Bueno propone

que se designe como “eutanasia procesal”, es decir, una muerte producida adrede

de un modo piadoso como consecuencia de un proceso judicial justo, y que estaría

reservada para los convictos y confesos de crímenes horrendos en los que resultaría

518d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

repugnante pensar siquiera en la posibilidad de una redención y rehabilitación del

criminal12. Lo mismo que los médicos pueden desahuciar a un enfermo terminal y

evitar el ensañamiento terapéutico, se diría que un Estado podría desahuciar a ciertos

autores de crímenes horrendos, al considerarlos como una especie de “enfermos

éticos incurables”, promoviendo su eliminación eutanásica. Gustavo Bueno mantiene

que el Estado no cometería crimen ético alguno puesto que el reo habría dejado de

ser persona y resultaría irrecuperable. Esa supuesta despersonalización total es, sin

embargo, muy controvertida, lo que lleva a pensar que la eutanasia procesal en tiempo

de paz implica atentar directamente contra la vida de una persona (por patológica que

sea o desintegrada que esté), y que entonces supone un acto antiético institucionalizado

y no necesario. La pena de muerte en tiempo de guerra tiene un significado distinto

pues, como ha quedado expuesto en el epígrafe anterior, el crimen ético se reconoce

de modo explícito aunque se le da una justificación política.

4. Ética y política en situaciones en las que no hay contradicción

Me he referido a dos situaciones (las guerras y las políticas de fronteras) en las

que cualquier Estado, si quiere conservarse en el ser, tiene que sacrificar el bien

ético para lograr su supervivencia como Estado político. He mencionado después

la existencia de estados particulares que, en virtud de su estructura idiosincrática

conculcan sistemáticamente principios éticos apelando a su identidad histórica

o cultural. Sin embargo, la buena marcha de un Estado realmente existente, en

muchas circunstancias, no colisiona con los principios de la ética, e incluso, en

ocasiones, el Estado persigue, también por motivos estructurales, los mismos

objetivos que la ética: al Estado le interesa que sus ciudadanos estén sanos y tengan

una formación cualificada pues eso, en general, contribuye a la buena marcha de la

nación, a su fortaleza y a su seguridad; en todo caso, ese mismo Estado debe velar

por los contenidos de esa educación pues sería suicida que se dedicase a promover

la formación de terroristas o de traidores y sediciosos que atentaran luego contra

su propia seguridad.

Hay otros asuntos en los que la política se desentiende de las normas éticas

que velan por la firmeza de las personas: así, por ejemplo, las prácticas de fumar,

abusar de la bebida y de las drogas o tener una conducta excesivamente promiscua

pueden ser perjudiciales para la salud del individuo si es que ponen en riesgo su

firmeza y, sin embargo, muchos Estados evitan censurarlas. Unas veces la pasividad

del Estado se justifica por la imposibilidad de controlar efectivamente ciertas

conductas, otras por el carácter contraproducente de su persecución (como ocurrió

con la ley seca), y otras, en fin, apelando a la doctrina según la cual el Estado no

debe entrometerse en cuestiones que se consideran íntimas o propias de la vida

privada. Desde la concepción de la ética bosquejada en el epígrafe primero de

este artículo, el aborto provocado de embriones humanos sanos implantados es

censurable ya que significa matar a un individuo humano en sus fases tempranas

12Bueno, G., Panfleto contra la democracia realmente existente, Madrid, La esfera de los

libros, 2004.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 519

de formación. Sin embargo, la oportunidad política de las leyes restrictivas en

materia de aborto es un asunto que se discute con otros argumentos: por una parte,

con las tecnologías médicas actuales, y en el contexto de un tráfico internacional

generalizado de personas, el aborto temprano resulta casi imposible de perseguir

y, por otra parte, hay estudios que sugieren que las legislaciones restrictivas en esta

materia no hacen disminuir las tasas de aborto.13No obstante, la circunstancia de

que, desde las administraciones, se trate de reducir algunas de las prácticas referidas

en este párrafo, utilizando, por ejemplo campañas de información y propaganda,

probablemente se justifica porque el Estado las considera dañinas para el individuo

y, por tanto, desde nuestras coordenadas, antiéticas.

También se dan situaciones en las que una conducta punible es neutral desde

el punto de vista ético y, sin embargo, es censurable desde un punto de vista

político: la conculcación de las leyes que regulan la imposición tributaria suele ser,

en principio, éticamente neutra (pues no atenta de un modo inmediato contra la

firmeza o fortaleza de otra persona) pero tiene un significado político muy claro ya

que, puesto que los tributos contribuyen directamente al sostenimiento del Estado,

el que defrauda al Estado está cometiendo un crimen político. A los efectos de

las situaciones consideradas hasta el momento en este epígrafe la cuestión de las

formas de gobierno de cada Estado puede considerarse accidental.

Un caso sujeto a muchas contingencias y con una estructura más compleja es el

de la llamada corrupción política. Si el lector sigue acompañándome en el uso de

los modos de caracterizar la ética y la política que he introducido en el apartado

primero de este trabajo, entonces se debería admitir que la corrupción política es

un mal que puede ir acompañado de valores negativos, éticos y políticos a la vez.

Desde luego, es un mal eminentemente político si se están robando directamente

los bienes del Estado, y es también un mal político en la medida en que desprestigia

las instituciones de gobierno y socava su credibilidad induciendo inestabilidad

política. Pero también puede ser un mal ético cuando utiliza la extorsión y la

mentira pues éstas afectan directamente a la firmeza de las personas particulares

implicadas, sin importar a estos efectos si esas otras personas aceptan la extorsión

de un modo voluntario ya que, aunque así fuera, su firmeza no dejaría por ello de

quedar igualmente comprometida.

Universidad de Oviedo DavidAlvargonzález

Departamento de Filosofía

dalvar@uniovi.es

[Artículo aprobado para publicación en diciembre de 2016]

13Alvargonzález, D.,«The constitution of the human embryo as substantial change»,

Journal of Medicine and Philosophy, 2016. doi:10.1093/jmp/jhv062

Alvargonzález, D., «Towards a non-ethics-based consensual public policy on abortion»,

International Journal of Health Planning and Management, 2015.

doi: 10.1002/hpm.2320

DE0B88C708F3ACA2DE21.f03t01?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMes

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Entrevista sobre el problema de la nación y la geopolítica en el contexto español y europeo

Barbara Loyer: “El desafío separatista catalán es un problema europeo y no sólo español”

CATEDRÁTICA DE GEOPOLÍTICA EN LA UNIVERSIDAD DE PARÍS 8. DIRECTORA DEL INSTITUTO FRANCÉS DE GEOPOLÍTICA (IFG)

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Barbara Loyer es una reputada catedrática francesa nacida en 1961, que ejerce su labor docente e investigadora en el Instituto Francés de Geopolítica de la Universidad Paris 8. Está especializada en geopolítica de España y, particularmente, en todo lo concerniente a los nacionalismos vasco y catalán. Conoce profundamente nuestro país y utiliza nuestro idioma con una pericia que ya quisiéramos tener muchos españoles.

Sus reflexiones también abarcan todo lo referente a la Unión Europea, cuestión sobre la que recientemente ha publicado L’Union européenne, un territoire en construction y Réflexions sur la crise des réfugiés de 2015 en la revista francesa Hérodote.

Ya en el año 2000 publicó Géopolitique du Pays Basque, un fino análisis de los fundamentos históricos y culturales del País Vasco, y unos años más tarde, en 2006, Géopolitique de L’Espagne, obra en la que analizó los complejos fundamentos de la nación española, así como las tensiones provocadas por la presión contante de los nacionalistas vascos y catalanes, al mismo tiempo que repasaba los factores de unidad y solidaridad que unen a los ciudadanos de nuestro país.

Barbara Loyer 2 - Juan Luis Fabo

Portada de L´Espagne en crise (s): Une géopolitique au XXIe siècle (ARMAND COLIN, 2015)

Más recientemente, junto con la profesora Nacime Baron, ha publicado L’Espagne en crise(s), obra en la que, desde una visión global de los problemas europeos, se analiza la situación actual de España a partir de 2008, momento de inicio de la crisis económica y en el que se ponen claramente de manifiesto las debilidades de nuestro sistema político establecido en la Transición. Es a partir de este último gran trabajo de análisis y reflexión sobre el que hemos realizado esta entrevista.

En tu libro España en crisis, prologado por Fernando Aramburu, éste comenta que en los años duros de la postguerra y a la largo de la dictadura franquista, en la clase obrera del país se gestó una fuerza impulsora de progreso basada en la voluntad colectiva de que sus hijos accediesen a una vida mejor, lo cual facilitó una transición modélica a la democracia y, a la postre, convirtió a España en un país que nuestros antepasados no hubieran imaginado ni siquiera en sus sueños más audaces. Sin embargo, también considera que hoy en día aquel espíritu se ha perdido y que de nuevo apuntan “nubes negras” en el horizonte político y social de España. ¿Compartes esta opinión y, en su caso, cómo crees que los españoles podríamos recuperar un impulso positivo hacia el futuro? Sí, pero la crisis de confianza no es exclusiva de España. Las consecuencias de la mundialización contemporánea desestabilizan nuestras sociedades europeas de la abundancia. El capitalismo financiero exacerba la competición por el trabajo, las migraciones nos transforman. Hoy, en la mayor parte de los países de Europa, muchos padres temen que sus hijos no puedan tener una vida mejor que la suya. Estas nubes negras de la incertidumbre y de la frustración son una amenaza colectiva. Nuestro porvenir común debe, sin embargo, construirse sobre los cimientos particulares de la historia de cada una de las naciones que componen la Unión Europea.

Negociar, situando un territorio en el centro del diálogo, es muy complicado. La izquierda se niega a tomarlo en cuenta, se sitúa en la utopía

España es un Estado que muestra signos evidentes de fragilidad. En francés, el título del libro, L’Espagne en crises, tiene la palabra crisis en plural. La conjunción de dificultades económicas y políticas es más preocupante porque las rivalidades en España son territoriales. Negociar, situando un territorio en el centro del diálogo, es muy complicado. La izquierda se niega a tomarlo en cuenta, se sitúa en la utopía. Me sorprende a menudo la violencia verbal expresada entre españoles de ideas opuestas. La retórica política se funda muchas veces en la evocación de las culpabilidades ajenas en el pasado. Los discursos de Pablo Iglesias son un ejemplo de que esto funciona en el electorado de izquierda. Quieren unir a los suyos dando la sensación de que combaten enemigos y no adversarios políticos. Y recurren a la Historia para reclamar la razón. El futuro tendría que construirse sobre la consolidación de la figura del adversario indispensable. Y también sobre un debilitamiento filosófico de los nacionalismos de trincheras.

En el libro, escrito junto a tu compañera Nacima Baron, decís que vuestro propósito es explicar la secuencia de acontecimientos que llevaron a la crisis actual de España, y también la espiral de desequilibrios y conflictos en las esferas política, social y económica. Todo ello lo hacéis con la intención de arrojar luz sobre el presente y encontrar las claves para comprender los problemas actuales de España. ¿Si tuvieras que priorizar, cuáles señalarías como las causas, los desequilibrios y los conflictos más graves? He sido formada por Yves Lacoste, geógrafo francés que ha contribuido, con la revista Hérodote, fundada por él, a la reintroducción de la palabra «geopolítica» en Francia. Lo ha hecho basándose en una reflexión sobre el concepto de nación. Lacoste defiende que la nación es «la idea fuerte de la geopolítica», porque en torno a este concepto se estructuran cada vez más conflictos contemporáneos. Perdóname el desvío que alumbra mi respuesta: pienso que hay pocos debates geopolíticos sobre la nación española, y que es una fragilidad.

Napoleón provocó en España un momento de unión nacional, pero ésta fue rota por Fernando VII cuando volvió del exilio, con la ayuda de las fuerzas europeas del absolutismo (los Cien Mil Hijos de San Luis). La democracia española ya era en el siglo XIX un problema de alcance europeo. El general Franco hizo lo mismo que Fernando VII: tomar todo el poder e imponer una concepción patrimonial de España. Paradójicamente, los dos grandes partidos que monopolizan, democráticamente, el gobierno desde los años ochenta tampoco han desarrollado un pensamiento sobre la nación española. Es bien sabido que el PP y el PSOE han pactado con los partidos nacionalistas vascos y catalanes para asegurarse el poder a corto plazo, pero sin fomentar reflexiones sobre el alcance a largo plazo de estos pactos. De hecho, existen dos naciones en los territorios del País Vasco y Cataluña. Los demócratas españoles lo han aceptado, reconociendo los derechos históricos e introduciendo el término «nacionalidad» en la Constitución, pero no han explicado a los ciudadanos los problemas que plantea esta superposición compleja. Han actuado como si la nación española fuese una evidencia que jamás sería cuestionada, como si fueran a ser eternamente los más fuertes, sin hacer nada, en nombre de la Historia. En consecuencia, sólo los nacionalistas catalanes y vascos han defendido «su» territorio.

Los partidarios de la unidad española han sido abandonados. El Estado se ha ausentado

Los partidarios de la unidad española han sido abandonados. El Estado se ha ausentado. Los dirigentes españoles han creído que el dinero de los años de bonanza haría desaparecer los problemas políticos. La economía es, sin embargo, cíclica y no se puede fundar una cohesión social duradera sobre una realidad tan volátil. La ligereza con que algunos dirigentes se han dejado sobornar revela el carácter superficial de la política española de los últimos treinta años. Veo en ello una suerte de ceguera que ha agravado los desequilibrios en Cataluña y en el País Vasco. La violencia de ETA también ha contribuido a esta ceguera. La defensa de la democracia frente al terrorismo ha ocupado todo el espacio político. El heroísmo de los cargos electos, profesores, periodistas, funcionarios asesinados o amenazados, la organización de la respuesta judicial, política, filosófica, el fallo ético del GAL, han silenciado los debates serenos sobre el pasado y el futuro de España. Me parece que es necesario distinguir entre el nacionalismo, que es un movimiento sentimental, y la nación. La nación es un cuadro conceptual ineludible. Debemos hablar de la nación para superar el nacionalismo.

Calificáis la crisis española de multiforme y señaláis que desafía los fundamentos del pacto político firmado en el momento de la Transición, de modo que se cuestiona la unidad del país, la representación democrática y el progreso de los últimos 30 años. ¿Crees que hemos tocado fondo y que, tras la intervención de la Generalitat de Cataluña por parte del Gobierno, cambiará el rumbo de los acontecimientos o lo peor está todavía por llegar? Cualquier cosa puede suceder, ya que una mitad de la población catalana no otorga ninguna legitimidad a los representantes del Estado español. Lo peor sería que una parte de los independentistas abandonase la estrategia no violenta adoptada desde el principio del famoso procés, o que los constitucionalistas de Cataluña perdiesen la paciencia y se enfrentasen violentamente a los separatistas. Cuando la violencia física sale del cajón, es difícil volver a encerrarla.

Albert Boadella dice que el empobrecimiento hará tocar el fondo y acabará con el separatismo. Por eso le parece positivo el resultado del 21 D. Opino que el sentimiento nacionalista es un pozo sin fondo, la expresión de solidaridades primarias que pueden llegar a ser racismo. Nuestros sistemas políticos deben regular este sentimiento, porque dudo que pueda desaparecer. Lo más complicado está aún por llegar: fomentar reformas en el contexto revolucionario de Cataluña es una aporía, una dificultad lógica irresoluble.

Una reforma de la Constitución debería abrir controversias -asequibles para un amplio público- acerca del poder, de su control, del concepto de lealtad, y no sólo sobre las libertades de unos y otros

También afirmáis que la virtud principal de la Constitución de 1978 es haber creado un espacio de negociación en un país que había conocido una espantosa guerra civil y 37 años de dictadura, pero que los compromisos que la hicieron posible son tales que el texto no puede evolucionar, mientras que el propio desarrollo de las autonomías en España ha provocado una transformación radical de la estructura del Estado. ¿Crees que será posible encontrar mediante el debate político y parlamentario bases renovadas que afiancen la unidad del país, o los españoles estamos abocados a nuevos enfrentamiento? Los acontecimientos de 2017 demuestran que la democracia española es sólida. En 1978, apenas había clase política local; sólo en Euskadi y Cataluña. Hoy las discusiones tendrán que comprometer a la clase política y mediática de las diecisiete comunidades autónomas y no únicamente al gobierno del Estado y a la Generalitat. Una reforma de la Constitución debería abrir controversias -asequibles para un amplio público- acerca del poder, de su control, del concepto de lealtad, y no sólo sobre las libertades de unos y otros. UPyD planteó la cuestión de la reforma de la ley electoral. En Francia, el sistema electoral mayoritario no es mejor, pero sigue siendo más o menos legítimo, tal vez porque nos ha protegido de la debilidad francesa: la extrema derecha. En España, la ley electoral amplifica los conflictos territoriales. Se sabe que su reforma dependerá del rumbo de las discusiones internas del PSOE, cuya política sobre los nacionalismos regionales me parece errática. La reforma constitucional es percibida como una amenaza por el PP y el PSOE. Es sin duda arriesgada en el contexto actual, pero no llevarla a cabo puede ser todavía más peligroso. Dejaría el monopolio de la palabra a los activistas de las causas simples.

La crisis económica de 2008 la situáis como un elemento desencadenante de la crisis política y social actual. Es como si la situación anterior caracterizada por la abundancia de dinero en casi todas las esferas económicas hubiese servido para mitigar y aplazar en el tiempo las tensiones políticas. ¿Una hipotética confirmación de la salida de la crisis económica sería la solución para superar en España los conflictos políticos actuales? La bonanza económica no ha impedido el afianzamiento del nacionalismo catalán. La crisis ha ensanchado la influencia del discurso independentista hasta llegar a los sectores que se sintieron traicionados por los grandes partidos. El choque de 2008 también amplía, con discursos victimistas, la audiencia de los separatistas en la pequeña y mediana empresa. Era muy difícil de concebir que, en pos de una quimera, una parte tan amplia de la población aceptase correr un riesgo económico considerable. La lección que todos debemos retener es que el nacionalismo puede dar paso a una mística irracional y llevar a la clase burguesa a actuar en contra de sus intereses. Esto podría ocurrir en cualquier país de Europa. La economía no se sobrepone a la ideología nacionalista. No somos Serbia ni Bosnia, pero tampoco tan diferentes como para creernos inmunes a la irracionalidad.

Me llama la atención que haya más extrema izquierda anti-todo por sistema que ecologistas enfrentándose a uno de los mayores retos de la humanidad. España es uno de los países directamente amenazados por el calentamiento global

Las tensiones separatistas y el reto catalán, las consecuencias del terrorismo nacionalista vasco, el desempleo masivo y el trabajo precario, la desigualdad económica territorial y entre los propios individuos, el recorte de las políticas sociales, el envejecimiento de la población y los jóvenes que abandonan el país, la corrupción política y la privatización de los servicios públicos, la fragilidad del sistema industrial y las características del modelo productivo son algunos de los elementos que analizáis en el libro para entender mejor la situación de España y sus problemas actuales. Todos ellos explicitados uno tras otro propician una percepción bastante pesimista. Sin embargo, el país tiene también sus puntos fuertes. En este sentido ¿cuáles son los que destacarías como especialmente favorables y capaces de aportar soluciones hacia el futuro? Hasta hoy, ni los crímenes de ETA, ni los atentados islamistas, ni la corrupción, ni la pobreza, ni el desafío separatista catalán han dado paso al fortalecimiento de un partido de extrema derecha al lado del PP. Esto revela una fuerza moral colectiva que muchos europeos pueden envidiar a los españoles. Considero que la democracia está muy anclada en la mayor parte de España, a pesar de la confusión que generan las identidades colectivas utilizadas políticamente. Pero me llama la atención que haya más extrema izquierda anti-todo por sistema que ecologistas enfrentándose a uno de los mayores retos de la humanidad. España es uno de los países directamente amenazados por el calentamiento global. La representación del franquismo como argumento falaz es un lastre para la izquierda española.

También explicáis cómo en España ha habido dos partidos políticos que se han alternado en el poder desde la Transición y han sido favorecidos por el sistema electoral, sistema que también favorece fuertemente la capacidad de influencia de los partidos nacionalistas periféricos para determinar de forma esencial la política española. Sin embargo, en 2015 se dio una fuerte agitación electoral, de la que ya había algún precedente en 2011. ¿Consideras que se confirmará definitivamente el cambio del mapa político a pesar de que no se haya modificado el sistema electoral? Para confirmarse tal cambio, que no me atrevería a pronosticar como definitivo, Ciudadanos debería reforzarse localmente. Se podría tal vez negociar solamente una nueva ley electoral para el Senado, cuya mayoría está fundada en una representación no proporcional de los territorios (cuatro senadores por provincia) y bloquea las reformas, incluso parciales, de la Constitución. La excepcionalidad de las nacionalidades debilita al conjunto español sin mejorar la democracia. Dicha excepcionalidad no ha impedido el desgaste mediático de España en el extranjero. A pesar de ser el Estado europeo más descentralizado, España sigue descrita como una prisión para sus pueblos.

En vuestras conclusiones afirmáis que en 2006 muy pocos observadores de la vida pública imaginaban todo lo que una conjunción de dificultades internas y externas sacudiría a España y a los españoles en los años siguientes hasta dibujar un futuro repleto de incertidumbres. ¿Crees que ahora los observadores de la vida pública serán capaces de imaginar con más acierto qué pasará en los siguientes 10 años? La incertidumbre es la normalidad. Los observadores no tienen otra opción que arriesgarse. Hay que darles esta libertad. Lo que acaba de suceder en España revela que los partidos políticos no concibieron que la burguesía catalana, con la que trataban desde hace décadas, no bajaría del tren antes del choque. Los nacionalistas catalanes tampoco concibieron que estarían peor considerados en Europa que los españoles que despreciaban, o que acabarían con sus huesos en la cárcel. Es difícil de contrarrestar la metonimia que transforma un espacio en actor político: Cataluña sufre, Madrid actúa…

El episodio de la sentencia del 2010 revela la imprudencia del PSOE. Llenó el barril de pólvora con unos artículos claramente proclives a la exclusión del Estado de Cataluña, sabiendo que el PP encendería la mecha

En 2005 escribí que Cataluña era el eslabón débil de España. Yo veía que la resistencia contra ETA había forjado en Euskadi una opinión pública española mucho más estructurada que en Cataluña. El catalanismo es, por el contrario, una ideología mal definida que legitima cualquier política en nombre de la cultura. Cataluña es, además, un territorio mucho más fácil de conquistar que las siete provincias de la Euskal Herria de los nacionalistas vascos. Antes del 2008, imaginaba que la chispa desencadenante de una crisis territorial en España podría llegar desde Bélgica, si los nacionalistas flamencos capitalizaban sus logros políticos con una Declaración Unilateral de Independencia. La chispa ha sido el hundimiento financiero en los Estados Unidos y sus consecuencias en cadena en España. Como causa interna, el episodio de la sentencia del 2010 revela la imprudencia del PSOE. Llenó el barril de pólvora con unos artículos claramente proclives a la exclusión del Estado de Cataluña, sabiendo que el PP encendería la mecha. El procés empieza cuando Jordi Pujol está en apuros judiciales, y permite borrar del mapa a su partido corrupto, CDC. Era imposible prever todo ello, pero los gobernantes españoles sí tenían mucha información. Hoy la complejidad del panorama tampoco permite pronósticos muy seguros, pero el despertar de una opinión pública más orgullosa del valor de España es un resultado calamitoso desde el punto de vista separatista. No sé con qué saña los dirigentes del PP y del PSOE van a intentar frenar el auge de Ciudadanos, y a qué precio, para protegerse entre ellos.

Fernando Savater ha insistido en la importancia que para cualquier país tiene la educación en todos los órdenes político, económico, social y cultural. Y la ha señalado como una de las claves que mejor explican la situación actual de España, al menos en lo referente a las tensiones nacionalistas. ¿En vuestro análisis qué consecuencias consideras que ha tenido para España su actual política educativa con la transferencia de las competencias a las comunidades autónomas, y qué consecuencias se pueden derivar de todo lo referente al trato que se ha dado a la lengua común, es decir, al uso o a la falta de uso del español en las escuelas de varias comunidades autónomas? La nación francesa se consolidó gracias a una derrota contra Alemania en 1871. Los políticos de la época consideraron que quienes habían ganado eran los profesores alemanes por haber formado soldados patriotas. El sistema escolar francés, tan centralizado y homogéneo, se creó después de aquel hito, en los años ochenta del siglo XIX. Se construyeron escuelas en más de 36.000 municipios (hay algo más de 8.000 municipios en España), donde los niños aprendían que íbamos a recuperar Alsacia y Lorena. Después de la Primera Guerra Mundial, cada municipio ha edificado su monumento con la lista de los muertos del pueblo, y el 14 de julio se celebra un desfile conmemorativo.

Donde hay nacionalismo, la escuela es nacionalista. Parece aberrante que en España se hayan delegado tantas competencias educativas en un contexto de potentes nacionalismos regionales

Donde hay nacionalismo, la escuela es nacionalista. Parece aberrante que en España se hayan delegado tantas competencias educativas en un contexto de potentes nacionalismos regionales. Escribí que España estaba llegando a una suerte de postnacionalismo del cual todos los europeos podríamos aprender, pero quizá hubiera que teorizarlo. Se ha dejado todo el espacio a los nacionalistas periféricos cuya ideología es muy estructurante para ellos. ETA sobrevivió a sus escisiones gracias al cemento nacionalista. El bilingüismo sólo se analiza como una cuestión sociológica o cultural, y no como un fenómeno geopolítico que provoca rivalidades de poderes dentro de los territorios. La revista Hérodotepublicó en 2002 un número titulado “Lenguas y territorios”. Vi que los sociolingüistas describían cada idioma, pero no encontraba a nadie que analizase las rivalidades que surgen en torno a sus usos. La cultura es otra cosa, debe estar libre de consideraciones políticas, por importantes que sean. Cuando escribí mi tesis doctoral de Geopolítica sobre el País vasco español, me gustó mucho estudiar euskera diariamente en el euskaltegide Hernani. Era una alegría íntima, muy alejada de consideraciones geopolíticas.

Concluís que el Estado de las autonomías ha contenido el problema del separatismo durante un tiempo, pero que, a largo plazo, es una solución costosa que ha generado una burocracia sobredimensionada, agravios comparativos entre regiones, duplicidades institucionales y una jungla normativa y competencial. ¿Cuáles serían los modelos teóricos y las claves principales para una salida satisfactoria hacia una nueva estructuración territorial del poder político? El modelo teórico tendría que ser jurídico. No soy jurista. Es importante comprender que la democracia es un ideal cuando uno vive en una dictadura, pero donde existen libertades es un sistema de poder. Cuanta más democracia, más rivalidades de poderes entre ciudadanos. Por eso, la clave es que los ciudadanos no se dejen guiar como en Cataluña por un misticismo del ideal democrático, como si España fuese una dictadura. Todo sistema futuro será el resultado de compromisos. ¿Cuáles son los compromisos aceptables por unos y otros? Esta pregunta ha sido la clave en 1977. Hoy, los compromisos son más complicados: los líderes nacionalistas no los quieren. También hay un sector importante de jóvenes electores politizados en 2011 que no otorga ningún valor al pacto constitucional posfranquista. El afán de Podemos en deslegitimar la Transición me parece muy problemático. Socavándolo, no se puede mejorar el sistema. Pretender conquistarlo a toda costa no dibuja un porvenir común. Se añaden nuevos defectos a las grandes limitaciones del PP y del PSOE.

Señaláis que la democracia no puede permitirse que España sea un país fracturado y, en todo caso, consideráis que, a pesar de la profundidad de las desigualdades, es una democracia política sólida. ¿Cómo valoras el papel que ha tenido España en Europa hasta ahora? Y, en el futuro, ¿crees que puede llegar a ser una fuente de inestabilidad para otros países en la medida de que no fuese capaz de superar los impulsos separatistas de sus nacionalismos internos? El desafío separatista catalán es un problema europeo y no sólo español. Los liberales de la Constitución de Cádiz inscribían sus acciones dentro de un movimiento europeo de liberalización que fue cortado de raíz. Hoy en día, la nación es una base simbólica muy importante, al mismo tiempo que se transforma por las cesiones de parte de esta soberanía nacional a la Unión Europea. Esto provoca zozobra y resistencia, sobre todo por los temas de la inmigración, fronteras, desigualdad. España participa de esta evolución y sus fragilidades internas deberían nutrir una didáctica europea sobre las futuras relaciones entre democracia y soberanía. Las reivindicaciones de los nacionalistas sin Estado se expresan al viejo estilo: un pueblo, un territorio, una soberanía. El que tengan tan poco poder sobre las realidades económicas no les ha hecho dudar.

Es difícil saber lo que hacen los españoles en la UE. Escribí, hace años, un artículo sobre el balance de la presidencia del Consejo por José Luis Rodríguez Zapatero y me costó mucho encontrar algo sustancioso. Aun así, la participación en los comicios europeos se sitúa siempre un poco por encima de la media. En un contexto de euroescepticismo creciente, no es algo baladí

Emmanuel Macron habla de soberanía europea y no reconoce el derecho a la soberanía de las naciones regionales. Yanis Varoufakis habla de soberanía global contra el capitalismo y apoyó al movimiento separatista catalán. Hay que ayudar al ciudadano a opinar basándose en una reflexión sobre los poderes concretos que derivan de estas proposiciones. A mi juicio, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán tendría que ser traducida al inglés y al francés para ser estudiada en los demás países de la UE. Es muy larga (470 páginas), contiene muchos votos particulares que demuestran el difícil equilibrio entre libertades y lealtad. Si el procés deslegitimase el modelo rupturista revolucionario de los separatistas a favor de la reforma, sería un avance interesante. Por eso, aunque no sea una solución mágica, me parece importante que la reforma constitucional no siga bloqueada por la connivencia del PP y del PSOE. España no parece tener una influencia particular en la UE. Salvo durante la presidencia de José María Aznar, que quería darle mayor rango (cuando las negociaciones del tratado de Niza, y, luego, participando en la segunda guerra del Golfo), es difícil saber lo que hacen los españoles en la UE. Escribí, hace años, un artículo sobre el balance de la presidencia del Consejo por José Luis Rodríguez Zapatero y me costó mucho encontrar algo sustancioso. Aun así, la participación en los comicios europeos se sitúa siempre un poco por encima de la media. En un contexto de euroescepticismo creciente, no es algo baladí.

El sistema de la Unión Europea es demasiado burocrático. No sé si podrá transformarse antes de que ganen partidos pro exit en otros países. La información se esconde detrás de una jerga técnica que me parece un atentado a la democracia

Desgraciadamente, no sólo en España se dan problemas graves, también en otros países europeos las cosas no van precisamente bien. ¿Cómo ves en estos momentos la situación de Europa y dinos si consideras que la Unión Europea tiene capacidad suficiente para superar los retos que tiene por delante? Chocan muchos acontecimientos de gran calado: crisis de la deuda griega, Brexit, éxitos electorales de la extrema derecha, atentados, guerra en Siria y Libia, DUI en Cataluña…. Apagar el fuego en cada lugar es contribuir a controlar un incendio europeo. El sistema de la Unión Europea es demasiado burocrático. No sé si podrá transformarse antes de que ganen partidos proexit en otros países. La información se esconde detrás de una jerga técnica que me parece un atentado a la democracia. Los partidos de extrema izquierda y de extrema derecha dicen lo mismo. Se les llama populistas porque proponen a los ciudadanos soluciones simples ante problemas complejos. Pienso que hay que tomarse en serio el deseo de los ciudadanos de tener más poder frente a la potencia de los grandes actores económicos. Dejando de lado el racismo, muchas ideas contienen una parte de verdad. El problema reside en las amalgamas tácticas de los políticos para ensanchar su audiencia. Por ejemplo, Yanis Varoufakis apoya a los separatistas catalanes. Su programa propone una Unión Europea más resistente ante el capitalismo, pero hace campaña por una Europa “pluralista de las regiones, etnias, confesiones, naciones, lenguas y culturas”. Igualmente, el economista Thomas Piketty ha dado su apoyo a Podemos, obviando la gravedad de la cuestión territorial española. Podría haber dicho que ciertas propuestas económicas le parecían relevantes y ser prudente en lo demás. Tal vez tanto el uno como el otro piensan que los Estados son un estorbo. En las próximas elecciones europeas habrá debates de mucho alcance. Los relatos contrapuestos sobre los conflictos españoles y las estrategias políticas de sus actores son, desde ahora mismo, parte de la capacidad europea para superar los retos que tiene por delante.

Fotografías: Francisco Javier Irazoki

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