Quién era Zapata y qué es el zapatismo en la Historia de México. CAMeNA, emisiones radiofónicas de Surcos de Nuestra América

https://radioteca.net/audio/zapata-angel-gonzalez/

Serie radiofónica del Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA), de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), sobre diversas problemáticas que aquejan a nuestro continente.

Serie de emisiones titulada Surcos de Nuestra América presenta la entrevista realizada al historiador Ángel González en torno a la figura de Emiliano Zapata, su papel como Comandante en Jefe del Ejército Libertador del Sur y el vínculo que este último tenía con las comunidades indígenas y campesinas de la región.

MUY RECOMENDABLE Entrevista a David Harvey. El investigador, experto en Geografía social y económica, plantea una serie de puntos para el análisis de lo que es el neoliberalismo en la actualidad y su curso histórico en los últimos 50 años.

Una idea, más o menos difundida en tiempos de Globalización es precisamente, la aceptación de que vivimos en una etapa de la Historia, en la cual el modelo económico.político dominante es conocido como NEOLIBERALISMO.

En esta entrevista se ha buscado que David Harvey nos aporte las precisiones y definiciones de conceptos (categoriales) e ideas (filosóficas) El escritor de ensayos y libros sobre lo que es el modus operandi del neoliberalismo realmente existente, nos propone una definición dialéctica de lo que es y lo que implica social, económica, políticamente, el llamado NEOLIBERALISMO.

Para ello, en el diálogo con el investigador y periodista mexicano John M Ackerman, Harvey va analizando el curso de los acontecimientos políticos, históricos, de carácter tanto nacional como internacional, desde los años 70 del S XX hasta el momento actual.Para ello hace referencia a las crisis de los años 70, los 80, los 90, y la gran crisis del año 2007-2008.

La cuestión de la irrupción del endeudamiento de un Estado y sus conexiones con la política neoliberal inducida por el FMI, etc.

Se hace mención a la manera en que el neoliberalismo ha ido adaptando sus propias ideologías según las necesidades producidas por cambios o por respuestas no deseadas en diversas sociedades políticas.

Se analiza el importante papel de China en el mundo de la globalización neoliberal.

Y para terminar, Harvey responde a la pregunta del entrevistador, sobre el papel que Marx ha jugado en las investigaciones que sobre la Economía de corte neoliberal que ha venido publicando

David Harvey, análisis sobre el actual modus operandi y razón de ser de la ideología neoliberal. El papel de EEUU, de la UE, China, etc. y el referente de El Capital, para la crítica racional, no ideológica de lo que el neoliberalismo realmente existente es.

A continuación sugerimos el análisis sobre el neoliberalismo en las democracias neoliberales del presente, tal como lo expuso el filósofo Gustavo Bueno. Se trata de tres videos que están relacionados entre sí.

Planteamiento del filósofo español sobre lo que es la Globalización

Análisis de las relaciones entre las ideas de solidaridad y de globalización. Exposición del filósofo español Gustavo Bueno

Terrorismo globalizado y la IV Guerra Mundial

Recomendable, además de la entrevista a Harvey y de los videos de Gustavo Bueno, consideramos el capítulo (ver enlace siguiente, abajo) del libro colectivo titulado Globalización : crítica a un paradigma, del especialista mexicano John Saxe Fernández, investigador de la UNAM ( Universidad Nacional Autónoma de México) . http://www.economia.unam.mx/academia/inae/pdf/inae5/524.pdf

Reseña del libro citado , en la página de internet de John Sale:

Las vidas políticas de Mario Vargas Llosa. Una reseña de The Nation (en inglés), del libro , ensayo, del escritor peruano titulado en español: Sables y utopías.Visiones de América Latina. Agregamos el prólogo a una edición del libro en español

https://www.thenation.com/article/mario-vargas-llosa-sabres-and-utopias-book-review/

https://www.thenation.com/article/mario-vargas-llosa-sabres-and-utopias-book-review/

Ilustración por Joe Ciardiello

http://www.puntodelectura.comSables y utopías Visiones de América Latina             Abajo, el prologo al libro, de la edición en español

© 2009, Mario Vargas Llosa
© De esta edición:
2011, Santillana Ediciones Generales, S.L. Torrelaguna, 60. 28043 Madrid (España) Teléfono 91 744 90 60 http://www.puntodelectura.com

ISBN: 978-84-663-2474-8
Depósito legal: B-12.344-2011 Impreso en España – Printed in Spain

© Imagen de cubierta: Timothy Archibald. Getty Images Primera edición: abril 2011
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PRÓLOGO

La instintiva lucha por la libertad

Carlos Granés

No hace mucho, en un congreso de literatura peruana, oí a un escritor indigenista asegurar que si Mario Vargas Llosa hubiera ganado las elecciones a la presidencia del Perú, habría cambiado el escudo na- cional por la esvástica. En otras circunstancias he oído decir de él que es un antiperuano, un derechista, un «facha», un ingenuo en materia política. De Vargas Llosa se han dicho y se dicen muchas cosas, excepto que es un liberal, un liberal con el que algunos estarán de acuerdo y otros no, pero al fin y al cabo un liberal. Y tratándose del intelectual que más ha luchado por combatir los estereotipos y desfases que distor- sionan los análisis de la realidad latinoamericana, especialmente los que se hacen desde los países desarrollados, resulta paradójico que sobre él recaigan clichés y etiquetas empeñadas en distorsionar su pensamiento.

¿Cuáles son los postulados liberales de Vargas Llosa? ¿Cuál es su posición ante la realidad latinoamericana? ¿Cuáles son los pe- ligros y esperanzas que vislumbra para el continente? ¿Cómo han tomado forma sus ideas y compromisos? La selección de ensayos

que compone este volumen pretende aclarar estas cuestiones. En ellos, además de verse reflejado el recorrido intelectual del escritor, se analizan todos los grandes acontecimientos que han marcado la historia reciente de América Latina. No están ordenados cronológi- camente sino por temas, ilustrando las batallas que Vargas Llosa ha dado por la libertad, desde su oposición frontal a las dictaduras, su ilusión y posterior desencanto con las revoluciones, sus críticas al nacionalismo, al populismo, al indigenismo y a la corrupción —ma- yor amenaza para la credibilidad de las democracias—, hasta el des- cubrimiento de las ideas liberales, su defensa irrestricta del sistema democrático y su pasión por la literatura y el arte latinoamericano. Al igual que los personajes de sus novelas, encarnación de alguna de esas fuerzas ciegas de la naturaleza que llevan al ser humano a reali- zar grandes hazañas o a causar terribles cataclismos, Vargas Llosa ha sido un instintivo defensor de la libertad, atento siempre a las ideas, sistemas o reformas sociales que intentan reducir el contorno de la autonomía individual. Su criterio para medir el clima de libertad de una sociedad ha sido siempre el mismo: el espacio que se le da al es- critor para que exprese libremente sus ideas. En los sesenta, cuando revolucionaba la narrativa latinoamericana y se perfilaba como inte- lectual comprometido, sus primeras incursiones en debates públicos estuvieron guiadas menos por doctrinas políticas que por intuicio- nes literarias. Aunque muy influenciado por las posturas ideológicas de Sartre, sus ideas juveniles acerca de lo que debía ser una sociedad libre y justa partieron, en gran medida, de reflexiones en torno al oficio de la escritura y al rol social del escritor.

Vargas Llosa siempre tuvo claro que la libertad, aquel requi- sito sin el cual el novelista no podía desplegar sus intereses y obse- siones, era vital para que floreciera un mundo cultural rico, capaz de fomentar un debate de ideas que facilitara el tránsito de América Latina hacia la modernidad. Solo con plena libertad para criticar, amar u odiar al gobierno, nación o sistema político que lo acogiera, el escritor podía dar forma a ese producto personal, en gran medida irracional, y siempre fermentado por pasiones, deseos, filias y fobias

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individuales, que era la novela. Los resultados de plegarse mansamen- te a poderes externos o a causas políticas solo podían ser loas serviles al tirano de turno o el lastre artificioso del compromiso. En «El papel del intelectual en los movimientos de liberación nacional», artículo publicado en 1966, manifestaba las tensiones que debía soportar un novelista cuyo compromiso consciente lo ligaba a una causa política. Si los demonios personales y las causas públicas coincidían, feliz ca- sualidad para el creador. En caso contrario, el novelista debía asumir el desgarramiento interno y mantenerse fiel a su vocación literaria.

En los años cincuenta, década en la que el flirteo juvenil de Vargas Llosa con la literatura se convertía en un compromiso marital, el símbolo de la opresión del espíritu y del recorte de liber- tades fue el dictador. Solo en el Perú, a lo largo del siglo XX habían brotado cinco gobiernos dictatoriales, que sumados a los otros seis que ensangrentarían la vida política del país en las siguientes dé- cadas, hasta la fuga intempestiva de Alberto Fujimori, darían un total de casi sesenta años bajo regímenes autoritarios. Esta atmósfera viciada y sórdida, causante de frustraciones, escepticismo y abulia moral, tuvo una presencia desbordante en las tres primeras novelas de Vargas Llosa. La ciudad y los perrosLa casa verde Conversación en La Catedral, publicadas, respectivamente, en 1963, 1966 y 1969, fueron grandes construcciones ficticias en las que se hacía un minu- cioso análisis de las sociedades peruanas, revelando las consecuen- cias del militarismo, del machismo, del dogmatismo religioso o de cualquier otra forma de poder atrabiliario sobre las personas. Bien fuera en academias militares, prostíbulos, misiones, zonas selváti- cas o ambientes burgueses, los personajes de Vargas Llosa acababan siempre mal, minados espiritualmente, sumidos en la más abyecta mediocridad o convertidos en aquello que no querían ser.

Aunque estas novelas fueron grandes creaciones imagina- tivas, inspiradas más por ideales formales y literarios que por com- promisos ideológicos, en ellas se observa el universo mental y moral con el que Vargas Llosa interpretaba la realidad latinoamericana en los sesenta. Los ensayos que escribió en aquellos años fueron un eco

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consciente de los anhelos revolucionarios que bullían en sus obras narrativas. Si en «Toma de posición», manifiesto de 1965, expresaba su apoyo a los movimientos de liberación nacional, en sus novelas dejaba entrever que solo el derrumbe del sistema capitalista y de la burguesía corrupta podría romper los círculos viciosos que impe- dían el avance del Perú hacia la modernidad.

Eso explica la euforia con que recibió la Revolución Cu- bana, el primer intento por fundar una sociedad bajo el signo so- cialista. La ilusión, sin embargo, no duró mucho. Cuando el sueño empezó a convertirse en realidad, y Fidel Castro, el gigante incom- bustible que había impresionado a Vargas Llosa por su receptividad hacia las críticas de los intelectuales (véase «Crónica de Cuba»), adoptó el mismo tipo de censuras que habían sido frecuentes en las dictaduras, la ilusión empezó a resquebrajarse. El hecho crucial que sentenció su ruptura con la revolución ocurrió a principios de los setenta. En 1971, el poeta Heberto Padilla fue acusado de «actividades subversivas» tras la publicación de un poemario, Fuera del juego, en el que las autoridades cubanas entrevieron críticas con- trarrevolucionarias. Padilla fue obligado a retractarse y a hacer una autocrítica que revivió las prácticas más obtusas del estalinismo. Aquella farsa no pasó desapercibida. Vargas Llosa, que conocía a Padilla y advirtió que aquel espectáculo había sido orquestado des- de las altas esferas de la isla, movilizó a los más prestigiosos intelec- tuales de izquierda para manifestar, mediante la firma de una carta dirigida a Fidel Castro, su repudio por el trato infligido a Padilla y a otros escritores cubanos (véase «Carta a Fidel Castro» y «Carta a Haydée Santamaría»).

No era la primera vez que Vargas Llosa se manifestaba en contra de las censuras. En 1966, las autoridades de la Unión Sovié- tica habían condenado a dos escritores rusos, Yuli Daniel y Andrei Siniavski, por motivos similares, y el peruano había reaccionado ai- radamente publicando «Una insurrección permanente», ensayo en el que criticaba sin paliativos los recortes a la libertad de expresión en la Unión Soviética. La gran virtud que Vargas Llosa veía en la

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Revolución Cubana era, precisamente, la de haber armonizado la justicia con la libertad. Aunque Castro había justificado la invasión soviética de Checoslovaquia, su liderazgo en Cuba parecía «ejemplar en su respeto al ser humano y en su lucha por la liberación». Pero el Caso Padilla quitaba el velo al fantasma y dejaba a la vista el rostro oculto de aquel «modelo dentro del socialismo» que Vargas Llosa vio —o quiso ver— en los viajes previos que había hecho a la isla. La sociedad utópica que proponía Castro se había cobrado su primera víctima, la libertad de expresión, y con ella entraban en cuarentena la literatura, el periodismo y cualquier tipo de actividad intelectual. Después de una década de entusiasmo, las dos máximas con las que Vargas Llosa había organizado su vida, la literatura y el socialismo, se veían enfrentadas. Y ante el dilema de escoger entre su vocación y el compromiso político, Vargas Llosa finalmente optó por la primera.

La evidencia de que Cuba no era la concreción de una utopía, sino una gran trampa para escritores y opositores al régimen, obligó a Vargas Llosa a revisar sus ideas respecto de la revolución y la demo- cracia (véase «Ganar batallas, no la guerra»). Su mundo mental, sin embargo, permaneció igual: su escala de valores siguió inmutable y el diagnóstico de los males del Perú siguió siendo el mismo. No se dio esa transformación política de un Dr. Vargas a un Mr. Llosa con la que ha sido caricaturizado. El escritor siguió pensando que la prioridad para América Latina era transitar el camino de los países occidentales y modernizarse (lo sugirió por primera vez en 1958, luego del viaje a la selva peruana que le mostró un mundo de violencia y atropellos, ajeno a la civilidad occidental, y que inspiraría La casa verdePantaleón y las visitadoras El hablador), corregir sus desigualdades y reparar las injusticias sufridas por las poblaciones minoritarias del Perú. Lo que cambió fueron los métodos, no las metas, y eso se vio reflejado en los ensayos que empezó a publicar en la segunda mitad de los setenta.

En una conferencia ofrecida en Acción Popular, en 1978, afirmaba que el espectáculo de pobreza y explotación reinante en su país seguía horrorizándolo igual que antes, pero hacía hincapié en la desconfianza que ahora le producía el marxismo como méto-

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do para corregir las desigualdades e injusticias. Más eficaces habían demostrado ser las doctrinas liberales y democráticas, «es decir, aquellas que no sacrifican la libertad en nombre de la justicia», que en países como Suecia e Israel habían logrado equilibrar la libertad individual y los sistemas de justicia social. Este cambio de postura fue el resultado de nuevas exploraciones intelectuales. El desplome de la fe en el socialismo había forzado a Vargas Llosa a dejar a Sar- tre a un lado y a buscar nuevos referentes con los cuales juzgar los acontecimientos mundiales. Esa búsqueda lo había conducido a revisar las interpretaciones tempranas que había hecho de Camus, y a leer apasionadamente los libros de Jean-François Revel e Isaiah Berlin, dos autores muy distintos entre sí pero con un objetivo común: la defensa del sistema democrático y de la libertad como garantes del pluralismo y de la tolerancia.

Revel, filósofo de formación pero periodista por vocación, fue, junto con Raymond Aron, una de las pocas voces que en Francia se enfrentaron al marxismo y a la estela pro soviética sembrada por Sartre. Más que las teorías, a Revel le importaban los hechos, y por eso no dudó en criticar a los intelectuales que, con tal de defender la ideología, justificaban los desmanes del totalitarismo estalinista. Aquella ceguera ideológica impedía ver que no eran los países socialis- tas los que habían encabezado las grandes revoluciones sociales, sino las democracias capitalistas, donde la mujer, los jóvenes y las minorías sexuales y culturales se rebelaban para cuestionar la ortodoxia de las instituciones, exigir derechos e imprimir cambios en la vida de las so- ciedades. Las reformas democráticas demostraban ser el camino más corto y eficaz para mejorar las condiciones de vida, no las revoluciones totales que pretendían reinstaurar piedra por piedra la sociedad. La gran paradoja del siglo XX fue demostrar que, mientras las dictaduras socialistas se anquilosaban, el mecanismo interno del capitalismo de- mandaba la revolución constante de modas, costumbres, gustos, ten- dencias, deseos, modos de vida, etcétera, para sobrevivir.

El pensamiento de Isaiah Berlin también fue fundamental. Aunque como escritor e intelectual público Vargas Llosa se acercaba

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más al polémico Revel que al circunspecto Berlin, las ideas de este último le fueron vitales para entender por qué, mientras en el arte y la literatura la ambición absoluta y el sueño de la perfección humana eran loables, en la realidad solían conducir a hecatombes colectivas. La desgarradora lección de Berlin es que los mundos perfectos no existen. El sueño de la Ilustración, según el cual las sociedades re- correrían la ruta ascendente del progreso guiadas por la ciencia y la razón, partía de una premisa errónea. Ni la ciencia ni la razón ofrecen respuestas únicas y definitivas a las preguntas fundamentales del ser humano. Cómo vivir, cómo valorar o qué desear son interrogantes sin respuestas precisas, o al menos no cotejables con verdades cientí- ficas. Aquel que se alza por encima de sus pares y asegura tener un co- nocimiento superior, haber descubierto la naturaleza humana y, por ende, la verdadera forma de vivir y solucionar todos los problemas, acaba, por lo general, sometiendo a sus congéneres a la tiranía de su razón. Las soluciones integrales que entusiasmaron a los filósofos del siglo XVIII no existen, y todo aquel que diga poseerlas debe ser temi- do, pues lo que propone es una ficción, un modelo ideal que aviva las fantasías prístinas de un paraíso perdido, pero que en la realidad nie- ga la ambigüedad y las diferencias humanas. Las metas a la luz de las cuales los individuos y las culturas organizan sus existencias no son reducibles a un solo proyecto. La vida se nutre de diversos ideales y valores, y, lamentablemente, es imposible que todos ellos armonicen sin fricciones. Si se quiere evitar la opresión, no hay más remedio que fomentar el pluralismo, la tolerancia y la libertad, o más exactamente lo que Berlin llama «libertad negativa»: una esfera de la vida en la que ningún poder externo pueda bloquear la acción humana.

Las ideas de Isaiah Berlin tuvieron un poderoso efecto en el pensamiento de Vargas Llosa. Si en 1975 aún guardaba esperanzas de que la dictadura socialista de Velasco combatiera el horror y la barbarie del subdesarrollo, en 1976, con el golpe palaciego del gene- ral Francisco Morales Bermúdez, sus ilusiones se habían evaporado por completo. De las revoluciones solo había quedado un «ruido de sables», y una vez más, en lugar de igualdad y justicia, el pueblo

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peruano había recibido nuevos recortes en la libertad de expresión (véase «Carta abierta al general Juan Velasco Alvarado»).

Ni la revolución de izquierdas ni el cuartelazo de derechas; ni la utopía ni la sociedad perfecta: desde 1976, Vargas Llosa va a defender la vía de las urnas como único medio legítimo de acceder al poder. Solo el sistema democrático tolera las verdades contradic- torias; por eso es el que menos riesgos entraña para la convivencia, el que tolera la elección entre distintos modos de vida, y el que no solo permite sino que demanda el debate y la libre circulación de ideas (véase «Las metas y los métodos»). Desde este nuevo ángulo, la revolución ya no se observa como remedio para los problemas sino como síntoma de los mismos. Hay un mal más profundo, enquista- do en las entrañas de América Latina, que nada tiene que ver con la injusticia o la desigualdad. Revolucionarios de izquierda, militares de derecha, visionarios religiosos, nacionalistas fogosos y racistas de todo pelaje tienen cierta base común: el desprecio por las reglas de juego democráticas, el particularismo y el sectarismo. Las ideas de cada grupo se han plegado sobre sí mismas hasta degenerar en fana- tismos fratricidas. Esa también es la historia del continente. Todas las ideologías colectivistas, desde la fe católica al socialismo, pasando por las distintas formas de indigenismo, populismo y nacionalismo, han echado raíces robustas y se han defendido con un arma en la mano y una venda en los ojos.

Vargas Llosa vio con claridad esta problemática no solo gra- cias a Isaiah Berlin y a Karl Popper, el otro filósofo liberal, crítico de las sociedades cerradas y del determinismo histórico, que leyó juiciosamente a finales de los ochenta, sino a Euclides da Cunha, periodista y sociólogo brasileño que presenció una de las carnicerías latinoamericanas más absurdas y trágicas, la guerra de Canudos. Os Sertões, el libro en el que da Cunha explica cómo la ceguera ideoló- gica distorsionó la realidad y condujo al Ejército brasileño a liquidar un levantamiento de campesinos —detrás del cual se empeñaron en ver al Imperio Británico—, no solo inspiró la obra más ambiciosa de Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo; también le mostró que

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las grandes tragedias latinoamericanas han nacido de la incomunica- ción, del desconocimiento mutuo y de las distintas temporalidades que separan y generan desconfianza entre sectores de la población.

Vargas Llosa empezó a escribir La guerra del fin del mundoa finales de los setenta, sin sospechar que a la vuelta de la esquina, el 17 de mayo de 1980, Sendero Luminoso quemaría las urnas de votación en el pueblo ayacuchano de Chuschi y declararía una de las guerras revolucionarias más sangrientas y fundamentalistas de la historia moderna de América Latina. La realidad pareció confundir- se con la ficción. Mientras el escritor recreaba episodios de fanáticos religiosos que veían en la naciente república brasileña la obra de Sa- tán, revolucionarios maoístas colgaban perros de los postes de Lima para denunciar la traición del «perro» Den Xiaoping a la Revolución Cultural China.

Eran los ochenta, el Muro de Berlín se tambaleaba, se urdía esa gran alianza democrática que es la Unión Europea y América Latina aún se debatía entre el fanatismo, el autoritarismo y la revo- lución. En Chile se mantenía enhiesto el puño opresor de Augus- to Pinochet; Argentina había cedido el poder a la Junta Militar de Videla, Massera y Agosti; Brasil seguía bajo gobiernos militares; la misma suerte había sufrido Bolivia entre 1964 y 1982; Paraguay era el feudo de Alfredo Stroessner; Ecuador, después de dos dictadu- ras militares, se involucraba en 1981 en una disputa territorial con el Perú; Colombia, aunque sin escaramuzas dictatoriales, sostenía una lucha interna con varios movimientos guerrilleros, entre ellos el m-19, el epl, el eln y las farc; Venezuela disfrutaba de las bases democráticas sentadas por Rómulo Betancourt, pero en 1989 se en- frentaba al Caracazo y, en 1992, al golpe militar —frustrado— de Hugo Chávez; en Panamá estaba Noriega; en Nicaragua, la revolu- ción sandinista derrocaba a Somoza; Honduras salía de la dictadura de Paz García; en El Salvador comenzaba una guerra civil entre mi- litares y guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional; Guatemala seguía en medio de un atroz conflicto armado; México permanecía bajo la «dictadura perfecta» del pri; en Haití

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estaba Baby Doc; y en Cuba se mantenía inexorable Fidel Castro. El panorama estaba lejos de ser alentador. Entre golpes de Estado y revoluciones, la democracia fue una especie rara que difícilmen- te pudo adaptarse a un hábitat dominado por caudillos populistas, hombres fuertes, políticos corruptos, revolucionarios fanáticos y ti- ranos de galones y charreteras estrelladas.

En el Perú, sin embargo, y a pesar de la amenaza que repre- sentaban Sendero Luminoso y el mrta, el sistema democrático pare- cía volver a consolidarse con el gobierno de Belaunde Terry y el pos- terior relevo de Alan García. Siete años de estabilidad constitucional devolvían la fe en las instituciones, hasta que el 28 de julio de 1987, en un discurso ante el Congreso, García amenazó con estatizar los bancos, las compañías de seguros y las financieras. Aquella medida pretendía otorgarle al gobierno el control sobre los créditos, dejan- do al sector industrial, incluyendo a los medios de comunicación, a merced del presidente y del apra. El poder legítimo que las urnas le habían dado a García se hubiera visto desbordado, y la sombra del autoritarismo hubiera vuelto a rondar la frágil democracia peruana (véase «Hacia el Perú totalitario»).

Si García no logró apoderarse de la banca, fue porque Vargas Llosa y un grupo de empresarios encabezaron protestas y una mul- titudinaria manifestación en la Plaza San Martín, que, apoyadas por miles de ciudadanos, finalmente hicieron derogar la ley. A raíz de esta movilización surgió el Movimiento Libertad, una organización de ciudadanos que seguiría políticamente activa, y que aliada con Acción Popular y el Partido Popular Cristiano llevaría a Vargas Llosa a disputar las elecciones presidenciales de 1990. Aquello supuso un gran cambio —también una gran aventura— para el escritor. Ya no solo iba a escribir columnas de opinión, debatir ideas y enfrentarse con abstracciones; ahora tendría que medirse ante la tribuna públi- ca, hacer propuestas electorales y lidiar con problemas cotidianos.

Debido a que su salto a la política había estado motivado por la política económica de García, era evidente que su plan de gobierno tendría que diferenciarse del de aquel en los mismos términos. Una

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postura sólida en materia económica suponía consultar a expertos en el tema, intelectuales cuyas ideas sintonizaran con la noción de sociedad abierta que tanto lo había persuadido, pero cuya argumen- tación estuviera cifrada en términos especializados. El liberalismo de Berlin y Popper podía dar ideas generales sobre cómo organizar la vida productiva de un país, pero difícilmente se podía traducir en propuestas concretas para aliviar la tasa inflacionaria o reactivar el sector empresarial. En cambio, las ideas del economista Friedrich Au- gust von Hayek, el más férreo crítico de las economías centralizadas, resultaban de gran utilidad para contrarrestar los estragos de décadas de estatismo, mercantilismo y adormecimiento burocrático.

Si en los sesenta habían sido Sartre, Camus y Bataille los referentes a la luz de los cuales Vargas Llosa contrastaba sus ideas, para finales de los ochenta y principios de los noventa eran Berlin, Popper y Hayek. Mientras los dos primeros daban serios argumentos para combatir el nacionalismo, el fascismo, el marxismo, el populis- mo, el indigenismo y todas las ideologías que pretendían encerrar al individuo en un ente mayor, bien fuera la nación, el partido, la raza, la Historia o cualquier forma de redil auspiciado por caudillos, visio- narios o revolucionarios, Hayek afirmaba que la planificación estatal de la economía, en auge durante los años en que publicó Camino de servidumbre (1944), concentraba el poder económico en el Estado, reducía los ámbitos de participación ciudadana y, en consecuencia, establecía una relación de dependencia que socavaba la libertad indi- vidual. Si en algo se parecían el fascismo y el comunismo era en este punto: ambos sistemas aglutinaban las fuerzas productivas en manos del Estado. Con ello no solo minaban la iniciativa individual y las libertades económicas, sino que expandían los tentáculos del poder estatal hasta llegar al ámbito privado.

Después de leer a Hayek, Vargas Llosa quedó persuadido de que la defensa de la libertad individual pasaba por la defensa de la libre empresa y del mercado. La libertad era una e indivisible. No podían diferenciarse las libertades políticas y las libertades económi- cas, pues las unas dependían de las otras. El estatismo predicado por

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Perón en los cuarenta, por Castro y el general Velasco en los sesenta, por Alan García en los ochenta, por Hugo Chávez y Evo Morales en los 2000 y por el pri mexicano a lo largo de toda su historia, re- producía el sistema mercantilista que otorgaba al gobierno un poder desmedido, ponía sobre la cuerda floja las libertades, abría las puer- tas al clientelismo y la corrupción, moldeaba una mentalidad rentis- ta, adormilaba la iniciativa y el dinamismo económico, y fomentaba el centralismo, mal endémico de la vida pública latinoamericana.

Durante su campaña presidencial, Vargas Llosa promovió las privatizaciones, el orden fiscal, la inversión extranjera, y logró convencer a gran parte del electorado peruano de que el camino para superar la pobreza a corto plazo pasaba por seguir el ejemplo de países que, como Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur o España, se habían insertado en los mercados mundiales y habían sacado pro- vecho de la globalización. Pero en la recta final, cuando todo hacía prever su triunfo en las urnas, resurgieron los demonios que Vargas Llosa había tratado de exorcizar de la vida política, y el ingeniero Al- berto Fujimori, haciendo suyas las armas del populismo y la dema- gogia —y luego del racismo—, forzó una segunda vuelta electoral que sentenciaba de antemano la derrota del escritor.

El triunfo de Fujimori no solo significó un tropezón en el empeño personal y colectivo por transformar la realidad del Perú a través de las ideas liberales. Dos años después, en 1992, Fujimori cerraría el Congreso, la Corte Suprema y el Tribunal de Garantías Constitucionales, suspendería la Constitución y empezaría a gober- nar mediante decretos leyes, dando un autogolpe de Estado que le otorgaba el control de la justicia, la legislación, la economía y las fuerzas militares (véase «¿Regreso a la barbarie?»). La peste del auto- ritarismo, en apariencia purgada de la vida pública desde hacía doce años, volvía a corromper el sistema democrático peruano. Además, dejaba un precedente que se impondría en los años siguientes como moda nociva en América Latina: la de copar las ramas del poder desde la legalidad, accediendo al Ejecutivo por medios democráti- cos para luego traicionar las reglas de juego, reformar Constitucio-

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nes, infiltrar poderes judiciales, asegurar mayorías parlamentarias e intimidar a opositores y medios de comunicación. Rompiendo la promesa de no volver a opinar sobre el Perú, Vargas Llosa protestó airadamente y reclamó una condena por parte de la comunidad in- ternacional. Los esfuerzos fueron en vano. A los atentados de Sende- ro Luminoso y del mrta se sumaba ahora el autoritarismo, y el Perú, una vez más, volvía a debatirse entre la dictadura y la revolución.

A pesar de que el régimen de Fujimori se encargó de ensu- ciar su imagen y de enemistarlo con las bases populares del país, Var- gas Llosa a la larga ganó esta batalla. Los escándalos de corrupción que provocaron los «vladivideos», cintas en las que se veía al hombre fuerte del régimen, el ex capitán Vladimiro Montesinos, repartiendo sobornos a diestra y siniestra, causó gran malestar entre la ciudada- nía. En noviembre de 2000, aprovechando un viaje a Japón, Fuji- mori preparó la madriguera donde hibernaría su resaca dictatorial, y envió una carta al Congreso comunicando su renuncia.

Volvía la democracia al Perú, mas no por ello la estabilidad po- lítica. Una nueva ola de populismo revolucionario llevaba varios años, desde el triunfo electoral del ex golpista Hugo Chávez en Venezuela, arrastrando a miles de personas hacia nuevas formas de autoritarismo (véase «¡Fuera el loco!»). Reviviendo el mito de Simón Bolívar y de Fidel Castro, de la lucha antiimperialista y de la unidad bolivariana, Chávez había iniciado un proceso de toma y derribo de las institucio- nes democráticas venezolanas, haciendo suyas las tácticas de Fujimori para controlar el Tribunal Supremo de Justicia, gobernar mediante decretos, apoderarse de las empresas más rentables (el petróleo, sobre todo), formar la Milicia Bolivariana, cerrar medios de comunicación y crear un clima de confrontación social. Esta réplica del guevarismo al interior del sistema democrático no tardó en convertirse en un pro- yecto de exportación. Chávez intentó arraigar su revolución bolivaria- na en varios países de América Latina, y entre ellos el Perú, apoyando la candidatura presidencial del ex militar Ollanta Humala.

La dinastía de los Humala, encabezada por el patriarca Isaac Humala, maneja un discurso nacionalista y xenófobo, cuyas

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propuestas van desde la jerarquización de la sociedad en función de la raza (solo los peruanos de «piel cobriza» tendrían plenos de- rechos; los blancos serían ciudadanos de segunda) hasta la persecu- ción de los homosexuales y el linchamiento público de los «neoli- berales vende patrias». El 1° de enero de 2005, demostrando que no bromeaban, Antauro, hermano de Ollanta y líder del movimiento etnocacerista, tomó por las armas una comisaría de la ciudad andi- na de Andahuaylas para exigir la renuncia del presidente Alejandro Toledo (véase «Payasada con sangre»). Aunque semejante despro- pósito debió haberle negado cualquier opción política, Humala ganó la primera vuelta de las elecciones de 2006. Antes de saber quién sería su contendiente en la siguiente ronda —si Alan García o Lourdes Flores—, Vargas Llosa promovió una alianza de demócratas para evitar el triunfo del etnocacerista. Los antecedentes de García no dejaban mucho margen al optimismo, pero permitir el triunfo de Humala hubiera supuesto, además de la injerencia directa de Chávez en el Perú, la consolidación de un régimen de estirpe fascis- ta, animado por las más rancias causas nacionalistas, demagógicas, xenófobas, homófobas y beligerantes. Ante tal posibilidad, Vargas Llosa no lo dudó: dio su voto a García y celebró su triunfo como el mal menor que podía sufrir el Perú.

Aunque el clima actual en América Latina es menos tur- bulento que en décadas anteriores, los países de la región aún están lejos de alcanzar los consensos sociales y políticos que garantizan la estabilidad de los gobiernos. Aún hay encarnizadas polémicas sobre si América Latina debe seguir el rumbo de Chile y Brasil, países donde una izquierda pragmática y desideologizada ha dado pasos de gigante hacia el desarrollo, o el de Cuba y Venezuela, donde caudi- llos omnipotentes con ropajes revolucionarios repiten las fórmulas económicas y la retórica demagógica que desde los años cuarenta han demostrado ineficacia. Las cifras económicas y los datos reales hacen evidente la respuesta, pero la tentación utópica sigue siendo un vicio irreprimible de la mentalidad latinoamericana. Los paraísos perdidos —el bíblico, el bolivariano, el indigenista, el peronista, el

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guevarista, el castrista, el pinochetista— siguen alimentando espe- ranzas a lo largo y ancho del continente. En política, esa tendencia a vivir en la irrealidad y a construir mundos ficticios donde todo es perfecto ha sido nefasta. En las artes, en cambio, ha inspirado grandes obras literarias y artísticas cuyos excesos imaginativos han deslumbrado por su exuberancia. Esa es la otra cara de América Lati- na, la de García Márquez, la de Botero, la de Borges, la de Cortázar, la de Frida Khalo, la de Cabrera Infante, la de Szyszlo, la del propio Vargas Llosa. Los mundos ficticios que han salido de sus manos se han favorecido de ese empeño por negar la realidad. En el arte, el creador puede imponer su criterio a los hechos y hacer que todo encaje, que lo lógico y lo ilógico convivan, como en Macondo, que la realidad se redimensione arbitrariamente, como en los cuadros de Botero, que la ficción se cuele en el mundo y lo transfigure, como en los relatos de Borges. En la realidad, en cambio, aquellos intentos por forzar los hechos a un modelo prefabricado suelen acabar en tragedia. Las batallas por la libertad de Vargas Llosa han buscado que los creadores puedan dar rienda suelta a su fantasía e inventar mundos utópicos, tan imposibles, nefastos, sangrientos o perfectos como su imaginación se los permita, y para que ningún ideólogo meta gato por liebre y encarcele al individuo en un proyecto similar. Mientras los artistas pueden ensayar formas míticas e irracionales, ser deicidas y fantasear con un mundo a su medida, los políticos de- ben bajar de las nubes, tomar el pulso a la realidad y sentar las bases de ese sistema imperfecto y mundano, tan modesto como eficaz, que es la democracia.

Madrid, noviembre de 2008

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El libro El Poder y la Gloria, del inglés Graham Greene, sobre la llamada Guerra de los Cristeros, o Guerra Cristera, de 1926 a 1929, en México. Un análisis crítico, desde transductores, o intérpretes mexicanos.

Cristianos católicos mexicanos en la Guerra de los Cristeros, o La Cristiada

Fragmento del artículo sobre Graham Greene y su versión literaria de México:

“Greene, quien, todavía en su último volumen de memorias (Ways of Scape) sigue insistiendo en la veracidad de su irreal visión de México”

Adaptación teatral por Televisión Española, de la novela de Graham Greene

FUENTE : https://www.proceso.com.mx/145355/caminos-sin-ley-de-graham-greene-nunca-circulo-en-mexico

“Caminos sin ley”, de Graham Greene, nunca circuló en México

Reportaje sobre la Cristiada o Guerra de los Cristeros. Hecho por el canal de TV mexicano Televisa
Segunda parte del documental sobre la Guerra Cristera en México. Hecho por el canal mexicano de TV Televisa. Segunda parte.
Tercera parte del reportaje documental sobre la Guerra de los Cristeros ( 1926-1929) en México. Hecho por Televisa, TV mexicana.
Cuarta parte del documental sobre la Guerra de los Cristeros, México, 1926-1929

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“Caminos sin ley”, de Graham Greene, nunca circuló en México
Se filmó “Los caminos de Greene”, producida por el gobierno de Tabasco
Federico Campbell
Graham Greene llegó a México en “la primavera de 1938” El escritor inglés tenía entonces 34 años Cruzó el río Bravo por Nuevo Laredo, se detuvo en San Luis Potosí para entrevistar al general Saturnino Cedillo que se había rebelado contra el gobierno de Lázaro Cárdenas, conoció la ciudad de México y de aquí pasó a Veracruz a fin de trasladarse por barco a Frontera, Tabasco, el “estado sin Dios” que habría de ser escenario crucial del tema que sus editores le habían encomendado: la persecución religiosa, elaborado primero como reportaje en Caminos sin ley y recreado más tarde, en 1940, en la dimensión novelesca de El poder y la gloria
—Pero Greene llegó un poco tarde; ése es el dato esencial Ya había pasado la guerra de los cristeros y Tomás Garrido Canabal, luego de haber formado parte del gabinete de Cárdenas, se había exiliado en Costa Rica —dice Hugo Hiriart, guionista de Los caminos de Greene, la película de 1 hora 26 minutos que Guita Schyfter acaba de filmar para la televisión en la selva tabasqueña
Producida por el gobierno de Tabasco, la 30 Zona Militar (que prestó caballos mientras varios soldados contribuían con su trabajo), la Unión Ganadera (que facilitó camiones de carga), Lorente Torruco (el capturador de camarón que generosamente permitió el uso de su barco), la Comisión Federal de Electricidad y la Secretaría de Agricultura, Los caminos de Greene aspira a “recrear El poder y la Gloria, contrastarla con la experiencia de Greene en Tabasco y, de esta manera, intentar dilucidar cómo es posible que Greene haya podido, a partir de la incomprensión, el aborrecimiento y el anticlímax, escribir una indiscutible obra maestra”
¿Aborrecimiento y Anticlímax?
Sí Uno de los relatos más escépticos, malhumorados, despectivos que se han escrito sobre los mexicanos es sin duda alguna Caminos sin ley: “Creo que ese día empecé a odiar a los mexicanos”, dice Greene luego de una pelea de gallos en San Luis Potosí, “¿Por qué ponerse sombreros enormes y pantalones ajustados y hacer tocar a una banda?”
Si la depresión es un vocablo usurpado a la climatología, al estudio de los ciclones, en Greene tiene un sentido inequívoco de melancolía o de lo que Robert Burton llamaba la bilis negra: “Quizá sea la atmósfera de violencia, quizá sólo sea la altura, dos mil cien metros sobre el mar; pero después de unos días muy pocas personas se salvan de la depresión de la ciudad de México”
Con ser uno de los testimonios más sinceros que se han escrito sobre México, y que en su momento, 1938, vino a paliar un poco al excesivo sentimentalismo que se prodigaba respecto al país en el extranjero, Caminos sin ley (Ed Criterio; Buenos Aires, 1953) nunca se ha encontrado en las librerías mexicanas, a pesar de la curiosidad y la demanda de los lectores Una versión insinúa que su venta fue prohibida durante los regímenes de Manuel Avila Camacho y Miguel Alemán, puesto que los demás volúmenes de la colección Criterio circularon en México sin problemas
The Lawless Roads, en la edición inglesa, o Another México, en la edición neoyorkina, Caminos sin ley fue traducido por J R Wilcock y es un libro de viajes una —”novela de trayecto” en el sentido clásico— expuesto en una narración extraordinaria, sobre todo en los capítulos que llevan al personaje narrador de Frontera a Villahermosa, y de allí (en un aeroplano rojo, un Waspt de los años 30) a Salto, para pasar después en mula a Palenque, y otra vez en avión de Santo de Agua a Yajalón, hasta San Cristóbal de las Casas, donde el novelista inglés —tras haber perdido sus lentes y padecido una diarrea espantosa, entre guías que no hablaban una palabra de inglés— fue recibido con la animadversión o la franca hostilidad que en esos días de la expropiación petrolera se le dirigía a los ingleses o a los norteamericanos
“No me parecía un país donde se pudiera vivir, con ese calor y esa desolación; era un país donde sólo se podía morir, y dejar tras ruinas tras de sí”

De haberlo escrito en 1986, Graham Greene hubiera sido considerado como agente de la “campaña de desprestigio” en contra de México Al serle presentados tabasqueños de apellidos ingleses como Bartlett o incluso Greene, escribió:
“Y luego pasaron por el desfile las señoritas Greene: cabello azabache, dientes de oro, y ojos negros y estúpidos de mexicana”
Graham Greene también incurre en la estrechez de criterio, la mala fe y la arrogancia británica de Evelyn Waugh, que pergeñó en Robo bajo la ley, la mejor diatriba contra México, resentido asimismo por la expropiación de las compañías inglesas El que también Caminos sin ley haya aparecido en 1939 hizo correr la idea, nunca comprobada, de que tanto Greene como Waugh en realidad habían venido a México como agentes del Servicio Secreto de su Majestad (de hecho, durante la Segunda Guerra Mundial Greene trabajó para el M16 en Sierra Leona, en la misma oficina de Kim Philby, dicho sea entre paréntesis)
A Greene no le caían bien los mexicanos:
“Ninguna esperanza en ninguna parte; nunca estuve en un país donde uno tenga más conciencia, en todo momento, del odio Aquí la amistad es a flor de piel, un gesto de protección Ese ademán de saludo que uno ve en todas partes en la calle, las manos tendidas para tomar los brazos del otro, el medio-abrazo, ¿qué es si no el ademán de abrazar al otro para impedirle que saque la pistola? Siempre imperó el odio en México, supongo, pero ahora es la eseñanza oficial; ha desplazado al amor en los programas en las escuelas”
En la sinopsis de Los Caminos de Greene Hugo Hiriart y Guita Schyfter escriben que aparte de los dos libros, Greene escribió una serie de reportajes para revistas inglesas y dos cuentos “Al otro lado del puente” y “El billete de lotería”, recogidos en El espía o Nineteen Stories “Sin embargo, Greene entendió poco, y con frecuencia equivocadamente, la historia, la sociedad y los problemas políticos de nuestro país (hacia el que sentía, según sus propias palabras, un “odio patológico”)”
Tres objetivos se plantean el guionista y la directora:
1 Dar una versión televisiva, con actores y en los escenarios tabasqueños, de El poder y la gloria (adaptada, naturalmente, y reducida a sus líneas más significativas)
2 Mostrar algunos de los hechos de la visita del escritor a Tabasco (tomados de Caminos sin ley) y vincularlos con escenas de la novela para entender cómo tradujo Greene su experiencia a literatura
3 Precisar algunos de los errores de Greene en su interpretación de la realidad mexicana
Según Hiriart y Schyfter, estos errores se manifiestan así:
Greene confunde anticlericalismo con ateísmo e irreligiosidad porque ignora el papel negativo y retrogradante desempeñado a menudo por la jerarquía eclesiástica en nuestra historia
Extrapola los hechos de la guerra cristera a Tabasco porque desconoce o minimiza las enormes diferencias culturales, geográficas e históricas que separan al sureste de, por ejemplo, Jalisco o el Bajío
Y circunscribe la Revolución mexicana al conflicto religioso; no entiende, por tanto, ni los hechos políticos ni a los revolucionarios Su incomprensión de Garrido Canabal, por ejemplo, es total; la expropiación petrolera le pareció un hecho repugnante
“Sin embargo, El poder y la gloria es una gran novela Estos hechos aparentemente incompatibles plantean de manera clara, precisa y profunda, los problemas de la creación artística Por otra parte, es necesario hacer precisiones a Greene, quien, todavía en su último volumen de memorias (Ways of Scape) sigue insistiendo en la veracidad de su irreal visión de México”

Nacido en 1904, el autor de El revés de la trampa y El tercer hombre, se convirtió al catolicismo en 1926 Ahora tiene 82 años
De México le llaman la atención los dentistas, los aviadores y los sacerdotes El proceso creador que va de Caminos sin ley a El poder y la gloria ilustra el antiguo dilema entre el periodista que quiere escribir una novela pero, por la inercia de su oficio, se siente paralizado ante la falta de información, y el novelista a quien unas cuantas imágenes, unos olores, dos o tres rostros, unas frases oídas aquí o allá, le bastan para desencadenar su impulso imaginativo “Como Greene demostró, una estancia breve puede revelar a un escritor profundas intuiciones acerca de una cultura, que pueden no ser experimentadas por quienes se familiarizan demasiado con ella”, dice D Wyane Gunn en Escritores norteamericanos y británicos en México, editado por el FCE (Otro buen estudio sobre México y la novela inglesa, también publicado por el Fondo, es Paraíso infernal, de Ronald G Walker) Y Greene estuvo apenas ocho semanas en México, de finales de febrero al 31 de abril de 1938
“Todos los curas eran perseguidos y matados, excepto uno que subsistió durante diez años en las selvas y los pantanos, aventurándose sólo de noche Ahora Garrido está en Costa Rica, pero su política continúa”, anota Greene en su libro de viajes, prefigurando al sacerdote de su novela Y añade otro párrafo que podría leerse como el apunte de un escritor para una obra aún no concebida: “En Tabasco no quedaba un solo cura, dijo, ninguna iglesia en pie, excepto una a ocho leguas de allí, utilizada ahora como escuela Antes había un cura del otro lado de la frontera de Tabasco, en Chiapas, pero los pobladores le habían dicho que se fuera, porque ya no podían seguir protegiéndolo”
Hugo Hiriart recuerda los años que precedieron a la visita de Greene, la época de los socialistas del sureste: Adalberto Tejeda, Salvador Alvarado, Tomás Garrido Canabal, Felipe Carrillo Puerto
—La Revolución llegó al sureste, no se hizo allí La Revolución se hizo en el norte, pero alcanzó su punto de radicalización en el sureste En el norte nunca alcanzó esa radicalidad —dice Hiriart—
Si Greene hubiera llegado antes habría sido espectador de la guerra cristera en que había desembocado el conflicto entre la Iglesia y el Estado revolucionario
Entre otros estados del sureste, el Tabasco de Garrido Canabal fue El laboratorio de la Revolución (ED Siglo XXI), según lo estudia en su libro Carlos Martínez Assad
En Ways of scape, de 1980, Graham Greene refrenda la visión que tenía de México: “Me dicen que las cosas han cambiado, pero me di una vuelta por la casa del jefe de la policía”
—Su visión es equivocada —añade Hiriart— Pensar que el conflicto religioso fue por razones teológicas y no políticas El Estado mexicano no tenía tesis teológicas opuestas a las de la Iglesia, sino que le disputaba ciertos territorios políticos, como el de la educación
Guita Schyfter cuenta, por su parte, que Greene alcanzó a percibir la inercia, la escuela de Garrido Canabal y vio cosas que no entendía
—Pierde los anteojos, recorre varios tramos en mula, se enferma del estómago, lo tratan mal en San Cristóbal El misterio es que con esos elementos haya hecho una obra maestra —dice Guita Schyfter
En Los caminos de Greene el actor Martin Aylett hace los papeles de Tench y del doctor Winters Alejandro Parodi es el cura, y Eduardo Caña, el teniente, la contraparte del sacerdote, en cierto modo el idealista Garrido Canabal María Rojo interpreta a la mujer del cura
Filmada en Tiapa, Frontera, Macuspana, Guatacalca, Redención de Campesinos y Tenocique, Los caminos de Greene contiene, pues, elementos del viaje de Greene por Tabasco, las “fuentes de su creatividad”, que le sirvieron para la realización de El poder y la gloria, y el hilo argumental de la novela se va entrelazando con algunas escenas de Caminos sin ley
Ya había habido una versión fílmica de El poder y la gloria: la de John Ford en 1947, El fugitivo, fotografiada por Gabriel Figueroa y actuada por Henry Fonda, Dolores del Río y Pedro Armendáriz
—Para Ford, católico irlandés, el cura es un santo y el teniente un salvaje —dice Hiriart

Los caminos de Greene se filmó a finales del año pasado en 19 días
Fotografía: Mario Luna
Sonido: Carlos Aguilar
Producción: Leonor Alvarez y Josefina Caparroso (hija de Amado Caparroso, secretario privado de Garrido Canabal)
Ambientación: Brigitte Broch
Vestuario: Angela Dodson
Musicalización: Joaquín Gutiérrez Heras
Años después de la publicación de El poder y la gloria, Graham Greene recordó que durante su estancia en México “nada estaba más lejos de mis pensamientos que una novela” Pero en Caminos sin ley había anotado: “Era como si México fuese algo que no pudiese sacudirme de encima, un estado mental

Gustavo Bueno, filósofo español. Fragmento de su conferencia,ESPAÑA. Se plantea el tema de España y el catolicismo, frente a los protestantes y frente al islamismo.
Corrido cantado para la presentación del libro de Manuel Garibay : Cuando se acabaron las misas.

Corrido del padre Pedroza, cristero mexicano fusilado por los federales.

Otra película sobre la Guerra Cristera en México, que no se basa en la novela el Poder y la Gloria , de Greene. (Trailer)

Indigenismo, populismo, conquista española de América, desde el punto de vista del Nobel de Literatura , el escritor Vargas Llosa. Entrevista de marzo de 2019

El escritor peruano, nacionalizado español, Vargas Llosa, hace referencia a la polémica carta del presidente de México, López Obrador, en la que solicitaba al rey de España, Felipe VI, que pidiera perdón por la agresiva conquista y colonización de lo que hoy conocemos como México…y por derivada, toda la Hispanoamérica en el presente.

La ideología del llamado indigenismo, entendida como populismo o construcción metafísica, falsaria y demagógica, es criticada por el célebre escritor, quien en un momento de su vida fue candidato a la presidencia del Perú, sin lograr el objetivo, derrotado por el peruano , semi japonés, Fujimori

C&H Magazine entrevista a Federico Jiménez Losantos.

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Sobre los asuntos sociales, políticos e ideológicos que le hicieron luchar contra el franquismo, para luego ir pasando a buscar una salida , desde el liberalismo, a las alternativas de unas izquierdas que fueron paulatinamente perdiendo por completo el rumbo hacia una política realmente al servicio de los individuos , libremente asociados en un sistema democrático y eutáxico ( término éste, que tomamos de la teoría política de Gustavo Bueno)Recomendamos , a modo de complemento de este video, un artículo reseña escrito por el fundador del Materialismo Filosófico ( Gustavo Bueno ), sobre el libro de Losantos titulado Lo que queda de España

Artículo reseña de un libro muy importante de Gustavo Bueno: El mito de la izquierda

la-ley-de-herodesDomingo, 10 de marzo de 2019 ■ LA NUEVA ESPAÑA 12345678910111213141516

Ante las próximas elecciones

¿Qué significa ser de izquierdas?

La guía útil que dejó Gustavo Bueno

✒ Felicísimo

VALBUENA

En 2003, Ediciones B publicó “El mito de la izquierda”, de Gustavo Bueno. En 2006, lo reeditó Zeta. En 2008, Temas de Hoy publi- có “El mito de la derecha”, también del mis- mo filósofo. Son libros de más de trescientas páginas. Estas obras plantean dos necesida- des que a mí me parecen ineludibles y a las que ya me he referido en varias ocasiones: 1) publicar las Obras Completas de Gustavo Bueno, que andan dispersas por varias edi- toriales, y 2) conseguir que alguien realice lo que el norteamericano Harold Raley consi- guió con la filosofía de Julián Marías: hacer comprensible para un gran público el siste- ma de Bueno. Sí, ya sé que la obra de Bueno es mucho más amplia e importante que la de Marías, pero hay que realizar una tarea parecida a la de Raley.

Me hubiera agradado mucho satisfacer esa segunda necesidad, pero no dispongo de tiempo para llevarla a cabo. Estoy con- vencido de que, por el ancho mundo en el que andan tantos seguidores de Bueno, se encuentran personas competentes, fiables y dinámicas que pueden acometer esa empresa.

Mientras tanto, y aprovechando las pró- ximas elecciones y la importancia que LA NUEVA ESPAÑA seguro que va a dedicarle, creo útil sintetizar qué significa votar a las izquierdas; en una próxima, y si me lo per- miten los responsables de LNE, haré lo mis- mo con las derechas. Pienso que en los dos libros citados, Bueno ofrece una guía que resulta tan sólida, o más, que cuando apare- cieron sus dos estudios. He procurado, siempre que he podido, respetar las expre- siones del filósofo, porque he comprobado que en sus obras siempre encontramos pa- sajes que resumen su pensamiento en un estilo ajustado, breve y claro.

¿Qué son las izquierdas definidas y cuáles

las indefinidas?

Bueno tomó al Estado como criterio po- lítico para estudiar a la izquierda. Y se en- contró con que no había solo una sino va- rias. Llamó izquierdas definidas política- mente, o izquierdas en sentido fuerte, a las que otorgaban un puesto fundamental al Estado. Distinguió seis géneros o genera- ciones de izquierdas definidas. Y llamó in- definidas a las tres que no se guiaban por el criterio del Estado: las izquierdas extrava- gantes, divagantes y fundamentalistas.

Cuando acometió el estudio de las iz- quierdas, Bueno hizo lo mismo que han he- cho quienes se han ocupado de los estilos musicales, pictóricos, arquitectónicos o lite- rarios: contar su historia. “Las izquierdas” son también conceptos históricos. Solo

quien dispone de una preparación suficiente para alcanzar una com- prensión histórica de un cuadro o

de una sinfonía puede llegar a en- tender algo de arte pictórico o de arte musical. Y que un género o ge- neración de la izquierda haya suce- dido a otro/a no significa que cada generación haya eliminado a las pre- cedentes. Como ocurre con la evolu- ción, lineal o ramificada, de los géne- ros, órdenes o clases zoológicas, tam- poco los géneros, órdenes o clases polí- ticas quedan necesariamente aniquila- das por sus sucesoras.

1) La izquierda (jacobina) de la Gran Revolución

La izquierda política que constituye la primera generación (y el primer género) de las izquierdas es la izquierda revolucionaria, la que tomó el nombre de la situación que ocupaba en la Asamblea francesa de 1789. Y la Revolución que esta izquierda impulsó en el terreno político fue transformar la so- ciedad política francesa, organizada según las líneas del Antiguo Régimen, mediante su transformación en una Nación política re- publicana constituida por ciudadanos li- bres e iguales. Las “partes anatómicas” del Reino de Francia –nobleza, clero, estado lla- no– desaparecieron como tales, resolvién- dose en sus elementos (los ciudadanos). La izquierda radical revolucionaria vendrá, pues, definida como tal izquierda a través precisamente del Estado, de un Estado or- ganizado según el Antiguo Régimen, que trata de transformarse en un Estado nacio- nal nuevo.

La primera generación de la izquierda, una vez consumada la metamorfosis del Reino del Antiguo Régimen en la Nación francesa, en cuanto Nación política, evolu- cionó, siguiendo dos líneas políticas princi- pales: la línea bonapartista, ocupada en re- forzar al Estado nacional centralista como plataforma para poder defenderse de los ataques de otros reinos y para poder confor- marlos a su vez como estados nacionales, y la línea radical, ocupada más bien en pro- fundizar, hacia dentro, a la República, en el antimonarquismo y el laicismo, lindante con el anticlericalismo.

2) La izquierda liberal que surgió en la Guerra de la Independencia

La segunda generación de la izquierda surgió en la Revolución española que tuvo lugar simultáneamente con la Guerra de la Independencia contra la invasión francesa, pero que tenía raíces y motivaciones inde- pendientes y muy distintas de las que mo- vieron a los jacobinos, la generación de la iz- quierda liberal. Fue un proceso muy com-

ple-

jo, por-

que quie-

nes mante-

nían, en cual-

quier caso, la necesi-

dad de la guerra contra el

invasor no sólo eran los reac-

cionarios (que se oponían frontal- mente a la revolución, y a veces luchaban contra Napoleón como encarnación del An- ticristo) sino también los transformadores (revolucionarios) más o menos radicales (desde Jovellanos o Inguanzo hasta Argüe- lles o Muñoz Torrero). Revolucionarios que, inmersos en la evolución interna de las nue- vas clases emergentes (empresarios, comer- ciantes de Cádiz, entre otros), veían como inseparables la guerra y la transformación de España. Mantenían posiciones clara- mente definidas de izquierda, de una iz- quierda patriótica, y definidas también con el parámetro de la Nación política.

La izquierda política genuina de España hay que buscarla no tanto en los afrancesa- dos (por cuanto de hecho sometían a la Na- ción a una Potencia extranjera) cuanto en los liberales.

Los liberales lograron formular una Constitución que en modo alguno fue un calco mimético de la francesa originaria. Por de pronto, no derrocaba ni el trono ni el altar, y en esto se parecía más a la Constitu- ción de Bayona. Pero retiraba la soberanía al monarca y la ponía en la Nación.

En el siglo XX, “liberal” fue un adjetivo que algunos grupos de derecha utilizaron para distinguirse.

3) La izquierda de tercera generación (o tercer género de izquierdas):

la izquierda libertaria

En el ámbito de cada recinto nacional los individuos o átomos racionales han adqui-

rido una libertad y una igualdad (política y jurídica), pero subsisten, y aún con mayor visibilidad, las desigualdades y servidum- bres económico sociales, “culturales”, por- que fue precisamente a partir de la libera- ción de los ciudadanos, la que permitió convertir a los trabajadores en propietarios de su fuerza de trabajo. Los elementos del “todo nacional” eran iguales políticamente y con los mismos derechos, al menos en teoría. Sin embargo, esa igualdad resultaba estar establecida en medio de una hetero- geneidad de esos elementos en tanto se- guían siendo miembros de clases sociales tradicionales o nuevas, y en conflicto per- manente.

En el ámbito de las relaciones entre las naciones, las desigualdades y servidumbres subsistían, y aún aparecían otras nuevas. La racionalización de las naciones políticas implicaba, antes que la igualación de estas naciones, la conformación de desigualda- des entre ellas: la condición francesa, la condición española, los ciudadanos alema- nes, etc., son iguales y libres en sus estados respectivos, pero son distintos entre sí, por- que estas naciones no forman una única Nación sino naciones distintas, y en conflic- tos tan agudos como los que mantienen con los estados del Antiguo Régimen.

Los anarquistas sospecharon que el Esta- do nacional era el principal obstáculo, y no la plataforma intermedia o provisional, aunque necesaria, para desencadenar el progreso revolucionario victorioso. Creye- ron necesario destruir el Estado en cual- quiera de sus formas, incluidas, por supues- to, las formas del Estado nacional. Es decir,

por tanto, se propusieron destruir la “Repú- blica una e indivisible” que los revoluciona- rios jacobinos dieron a luz, y continuaron los liberales de la segunda generación de iz- quierdas.

Los anarquistas se definen tam- bién como de izquierdas en la medida en que se define en función del Esta- do, aunque sea negativamente. Co- mo la negación de todas las de-

más izquierdas.

Las plataformas de ac-

ción de las corrientes del anarquismo, en cuanto iz- quierda definida son el anarquismo comunalista, que tiene una tradición muy antigua, anterior a la formulación moder- na de las doctrinas anarquistas; el anar- quismo municipalista o cantonalista, federa- lista en el fondo, tiene ya un significado polí- tico de mayor alcance (precisamente por el federalismo); y el anar- cosindicalismo es la forma del anarquismo más próxima (sin perjui- cio de su apoliticismo in- tencional) a lo que llama-

mos izquierda definida.

4) La izquierda socialdemócrata

Una cuarta generación de iz- quierdas surgió en la Segunda Interna- cional, a raíz de los conflictos que mar- xistas y bakuninistas habían mantenido en la Primera Internacional, y que dio lugar a

los partidos socialdemócratas.

El criterio político que diferencia al socia-

lismo democrático, no solamente de las co- rrientes praetermarxistas o antimarxistas, sino también de las corrientes de inspira- ción marxista, pero no socialdemócratas (leninistas o maoístas), tiene que ver con su posición diferencial respecto del parámetro que venimos considerando como caracte- rístico para una definición de la izquierda, a saber, el Estado (nacional o plurinacional); por tanto por la relación de cada Estado con los demás estados.

El socialismo se asienta, en resumidas cuentas, en el Estado como plataforma im- prescindible para llevar adelante el proceso revolucionario de la transformación social. Por ello, todo movimiento tendente a debi- litar al Estado, o a extinguirlo, tendrá que verse como irracional.

El socialismo escoge una metodología de vía pacífica (democrática, por ejemplo), re- chazando la vía violenta o incluso el “golpe incruento” de Estado.

Por otra parte, la acción política revolu- cionaria, centrada en el ámbito de cada Es- tado, no excluirá la “fraternal cooperación” con los estados hermanos, cuyos partidos estarán integrados en la Internacional So- cialista; pero esta cooperación habrá que entenderla sin perjuicio del principio de no injerencia de cada Estado en el ámbito de las competencias de los demás estados; lo que equivale a asumir la metodología del pacifismo en todo cuanto concierne a las re- laciones internacionales.

En caso de un conflicto entre estados na- cionales (como ocurrió en la Primera Gue- rra Mundial, y aún en la Segunda) la políti- ca de los partidos socialistas se inclinará a prestar apoyo preferencial a su patria, antes que a su partido; de suerte que los obreros franceses irán a la guerra contra Alemania, y los obreros alemanes irán a la guerra con- tra Francia, a pesar de que, en cuanto socia-

listas, los obreros franceses y los obreros ale- manes habrían de estar teóricamente más cerca de lo que estaban respectivamente con los burgueses franceses o con los bur- gueses alemanes.

La socialdemocracia, partiendo de las so- ciedades burguesas desarrolladas, se repre- senta el término de la transformación revo- lucionaria como una sociedad en la cual ha- brán de estar conservados todos los bienes o “adelantos” industriales, jurídicos, etc., al- canzados a lo largo de su evolución históri- ca. También habrán de ser distribuidos equitativamente, y por vía pacífica, entre los ciudadanos,

5) La izquierda de quinta generación (o quinto género de izquierda):

la izquierda comunista

Es la del marxismo-leninismo que logró demoler el Imperio de los zares y conquis- tar el poder durante setenta años en la Unión Soviética. Lenin y, en gran medida, sus sucesores no consideraron primaria la tradicional oposición izquierda/derecha, si- no la oposición entre el imperialismo, “fase final del capitalismo”, y el comunismo bol- chevique. Dentro de este, cabría hablar, es cierto, de las desviaciones de izquierda y de las desviaciones de derecha.

El movimiento comunista se enfrentaba inmediatamente, por tanto, no solo con la transformación revolucionaria interna de un Estado, el eslabón más débil del sistema capitalista, sino también con la transfor- mación revolucionaria de todos los demás estados. Las contradicciones que este doble planteamiento, que ya se había presentado, aunque a otra escala, en la Revolución Francesa, como contradicción entre los hombres y los ciudadanos, se hicieron pa- tentes. Lenin entendió la Revolución de Oc- tubre como el primer acto de la Revolución europea y universal. Tendría que incorpo- rar lo más valioso de la “cultura burguesa”. Los tres periodos de la izquierda comunis- ta fueron: el leninista, el estalinista y la coe- xistencia pacífica del Comunismo y del Ca- pitalismo. Después, vino la caída del co- munismo realmente existente.

La trayectoria del comunismo real a lo largo del siglo XX define plenamente el cur- so de una trayectoria de la izquierda, here- dera de las primeras izquierdas revolucio- narias, llevando sus principios a una esca- la tal que fueron esos mismos principios los que resultaron desbordados.

6) La generación asiática de izquierdas

El proyecto de Mao-Tse-Tung actúa so- bre la plataforma estatal de una República gigantesca pero muy reciente (el Imperio chino estuvo, más o menos vivo, hasta 1912, cuando Sun Yan Sen declaró la República china) sobre la cual estaban gravitando tra- diciones muy diferentes de las cristiano ro- manas, ortodoxas o protestantes.

La inicial inspiración marxista de la quinta generación de la izquierda (del co- munismo soviético) también creyó nece- sario incorporar a las sociedades comunis- tas los bienes materiales más preciosos de la civilización industrial, desde la “electrifi- cación de Rusia” hasta el lanzamiento de los Sputniks.

Pero la igualdad entre los hombres fun- dada en Occidente, ante todo, en la pro- ducción progresiva y en la justa distribu- ción igualitaria del disfrute epicúreo de los bienes materiales, de los bienes creados por la civilización industrial, ahora se reformu- lará, “desde el confucianismo”, como igual-

dad de los desiguales en la cooperación en la gran familia comunista. El sumo bien consistirá en esa cooperación comunitaria de todos los individuos, y no en la codicia por el disfrute, aunque sea igualitario, de los bienes instrumentales.

El golpe de timón de la política china se hizo visible en 1977, en el XI Congreso de PCch, cuando Den Xiao Pin pasó a ser vice- primer ministro del Gobierno. El pragma- tismo (de otro modo: la valoración de la ne- cesidad política y social de impulsar el de- sarrollo de una sociedad de más de mil mi- llones de habitantes utilizando los recursos de las sociedades capitalistas de mercado) será en lo sucesivo la norma de la política de la República Popular China.

Tres corrientes de izquierda indefinida: extravagante, divagante y fundamentalista

Bajo el rótulo “Izquierda indefinida”, Bueno engloba tres corrientes sociales (que discurren a través de clubes, asocia- ciones, escuelas, audiencias, círculos in- formales de opinión, departamentos uni- versitarios, canalizados por prensa deter- minada o medios de comunicación). Sue- len ser consideradas “de izquierda”, por ellos mismos o por la derecha, sin que conste explícitamente en su “ideario”, en su “argumentario”, en su “imaginario” o en su “calendario” una definición de posiciones en función de “variables políticas”, en el sentido dicho. Dos de estas corrientes ten- drían un carácter más bien “abierto” (las denominaremos izquierda extravagante e izquierda divagante); una tercera de carác- ter híbrido, y de naturaleza más bien cerra- da, tendría su expresión más interesante en una izquierda fundamentalista.

Las corrientes de la izquierda extrava- gante podrían clasificarse teniendo en cuenta la naturaleza del campo en el que se desenvuelven tales corrientes: ciencias ma- temáticas, ciencias físicas, ciencias biológi- cas; también, las artes plásticas, música, la religión o la “filosofía universitaria”.

Y aquí despliega Bueno su sentido del humor, uno de los aspectos a los que hay que dedicar una tesis doctoral o más. No se dedica a ironizar. Más bien, sorprende con ángulos inesperados. Ridiculiza que se to- me como normal la aplicación del adjetivo “de izquierdas” o “derechas” a la Física, al Arte o a la Religión. Falta el Estado como criterio político para clasificar. ¿Va a ser más difícil entrar en el Reino de los Cielos que a un camello pasar por el ojo de la aguja?

Según Bueno, y sigue tratando el asunto con humor, habrá que investigar empírica- mente cuáles son los «atractores» que, des- de las diversas capas de la sociedad política, ejercen mayor influencia sobre las corrien- tes extravagantes de izquierda, de las que venimos hablando. No tengo espacio para exponer cuáles son esas tres capas –conjun- tiva, basal y cortical–, por lo que me limita- ré a enunciar estos “atractores” más proba- bles: los que tengan que ver con los movi- mientos asociativos (tipo ONG) que pla- nean su acción al margen del Estado (un margen teórico puesto que en la práctica, como es notorio, las ONG suelen estar fi- nanciadas por los gobiernos: en cualquier caso sigue siendo el Estado el que sirve de parámetro). También, la “autogestión em- presarial”, es decir, en cuanto sea indepen- diente del Estado, y aún de las grandes so- ciedades nacionales o multinacionales, que también presuponen conexiones muy fuer- tes con los estados. Y los movimientos que desbordan los límites de un Estado dado, y que han dado lugar a un género de profesio- nes verdaderamente extravagantes por rela-

ción al Estado: médicos sin fronteras, bom- beros sin fronteras, músicos sin fronteras… y hasta aduaneros sin fronteras. En el extre- mo, los movimientos antiglobalización (también dados en función de los estados).

Es posible distinguir a quienes navegan por las corrientes de la izquierda divagante, gracias a unas notas distintivas. Han co- menzado por estar implantados en algunas de las seis corrientes definidas de la izquier- da definida, pero al mismo tiempo se ha- brían encontrado como excesivamente confinados por los marcos políticos que las definen. Tenderán a desbordar esos mar- cos, es decir, tenderán a divagar, a través de ideas filosóficas, artísticas, trascendentales, ecológicas, éticas, cosmológicas o morales.

Su divagación recorrerá campos no es- trictamente políticos, incluso políticamen- te neutros. De este modo se elevarán hacia un estilo de izquierda indefinida que, sin perjuicio de sus compromisos políticos de- finidos de origen, quiere ser, sobre todo, “cultural” o “ética”.

En el límite, se elevarán hacia una iz- quierda profunda, eterna, sublime, la “iz- quierda filosófica”, la “izquierda como con- ciencia de la Humanidad”, que dice com- portar nada menos que una “visión del Mundo” (generalmente las divagaciones de estos intelectuales de la izquierda filosófica se hacen sin necesidad de haber leído dos lí- neas seguidas de Platón o de Aristóteles, de Suárez o de Soto). Estas visiones del Mundo de los intelectuales de izquierda divagantes también son variables, y si se consideran de izquierdas es acaso por su oposición a de- terminadas concepciones del Mundo tra- dicionalmente asociadas a la derecha.

Unas veces los políticos, intelectuales y artistas de izquierda divagarán por los ex- tremos del materialismo monista (“todo es Química”), del evolucionismo (“el hombre desciende del mono y en el Neolítico se hi- zo agricultor”) y del progresismo optimista (“el desarrollo de la tecnología permitirá que los bienes fluyan a chorro lleno en la sociedad del futuro”).

Otras veces la izquierda profunda, para evitar divagaciones metapolíticas y metafí- sicas, se acogerá al agnosticismo. Solo que entonces la izquierda, al precio de no diva- gar, se confunde con algunas de las múlti- ples variantes de la derecha liberal, tole- rante o escéptica.

La izquierda fundamentalista o cómo Bueno prefiguró con precisión, trece años antes, lo que después sería Unidos Podemos.

También habrá que tener en cuenta la gran probabilidad de la formación, en cír- culos determinados, de corrientes de iz- quierda indefinida resultantes de la con- fluencia de corrientes de izquierda extrava- gantes y de corrientes de izquierda diva- gantes. De esta confluencia puede resultar, inter alia, una suerte de izquierda funda- mentalista.

La izquierda fundamentalista ya no se definirá por criterios inmediatamente polí- ticos, que incluso serán desdeñados, sin perjuicio de que de vez en cuando expresen sus simpatías o sus repulsas por alguna co- rriente definida de izquierdas, pero sin ex- cluir jamás del todo a las otras: “La izquier- da es siempre la misma”.

Se caracterizará por criterios preferencia- les o valores muy dispares, pero que se man- tienen tenazmente asociados; por ello esta izquierda promoverá, con carácter priorita- rio, la necesidad de “educar en valores” (es decir, en sus valores) a la juventud y al pueblo en general. Y aquí es donde, por límite de es- pacio, tengo que detenerme. Invito, a quien desee comprobarlo, cómo Bueno identificó veinte notas, al menos, de lo que luego sería Unidos Podemos (Págs. 242-243). Nada hay nuevo bajo el sol. Es la gran ventaja de tener un sistema filosófico para identificar y orde- nar los movimientos de la vida política.

Domingo, 10 de marzo de 2019 ■ LA NUEVA ESPAÑA 12345678910111213141516