Una propuesta de crítica al historiador y autor de best selles israelita, Yuval Noah Harari, propuesta por el profesor y escritor Ernesto Castro

David Alvargonzález, Biólogo y filósofo, profesor de la Universidad de Oviedo y autor de varios libros y artículos, nos ofrece este riquísimo artículo sobre un tema CLAVE del sistema del Materialismo Filosófico, aunque agrega algunas cuestiones , con el fin de delimitar con mayor precisión cualquier posible resquicio que algunos estudiosos del Materialismo Filosófico, o público interesado en la Teoría de la Ciencia(Teoría del Cierre Categoral) pudieran considerar de su interés y del interesara los estudios de las Ciencias y de la Filosofía Materialista


La idea de cierre categorial. Intervención en Santo Domingo de la Calzada el día 15 de marzo de 2019 con motivo de la presentación del número 175 de la revista 
Berceo dedicada a Gustavo Bueno

AUTOR: David Alvargonzález

Introducción

En esta exposición voy a intentar presentar la idea de cierre categorial del filósofo Gustavo Bueno (1924.2016). Para ello voy a explicar brevemente cuáles son los contenidos centrales de esa teoría y, a continuación, reivindicaré la importancia que puede tener para cualquier filosofía del presente. Gustavo Bueno es un filósofo español que tiene decenas de miles de seguidores en Internet y que, en Google Académico, tiene un valor treinta para el índice h. La teoría del cierre categorial es una de las partes más originales y nucleares de la filosofía de Bueno, y es de esperar que la importancia de esta teoría vaya en aumento, aunque solo sea a efectos polémicos, porque la idea de ciencia es relevante para cualquier sistema filosófico del presente y del futuro, como voy a tratar de mostrar. La teoría del cierre categorial es una rectificación de la teoría de las categorías de Aristóteles y supone establecer una conexión interna entre la ontología y la filosofía de la ciencia, entre las categorías ontológicas y los campos de las ciencias.

Es una idea temprana y nuclear de la filosofía de Bueno, pero también de cualquier filosofía del presente que se precie ya que es una idea que tiene que ver con la verdad científica: es un intento de determinar qué es la verdad científica, en qué se diferencia la verdad científica de las verdades del sentido común, y qué es una ciencia. Este es un asunto central desde el origen de la filosofía, pues ya Platón y Aristóteles estaban discutiendo, precisamente, qué era la geometría. En la época moderna también se discutió profusamente acerca de lo que es una ciencia, y se sigue discutiendo en la actualidad. Las verdades científicas son el tipo de verdades más sólidas que tenemos, y sobre las que hay que construir cualquier sistema filosófico del presente y del futuro, ya que es imposible hacer un sistema filosófico de espaldas a las verdades científicas. Por eso, hace falta tener un criterio muy sólido y muy discriminativo para saber qué son las verdades científicas porque los científicos, cuando hablan y escriben, lo hacen muchas veces en calidad de ciudadanos y es relevante poder distinguir cuándo están hablando como ciudadanos, o como literatos, o como filósofos espontáneos, y cuándo están hablando como científicos de cosas que son auténticas verdades científicas. La teoría del cierre categorial es la filosofía de la ciencia asociada a una ontología hiperrealista, materialista. Esto es una novedad dado que los filósofos materialistas del siglo XIX y XX no llegaron a desarrollar una filosofía de la ciencia específica, sino que se contentaron con seguir a grandes rasgos la filosofía de la ciencia del positivismo.

Gustavo Bueno expuso su teoría en un tratado en cinco volúmenes con más de mil cuatrocientas páginas, y siguiendo la teoría del cierre categorial se han realizado más de una docena de tesis doctorales monográficas (Lafuente 1973, Fernández, T.R. 1980, López 1983, Fuentes 1985, Alvargonzález 1989a, Hidalgo, 1990, Iglesias 1992, Fernández Treseguerres1993, Baños 1993, Fernández, S. 1995, Huerga 1997, Álvarez 2002, Madrid 2009, Barbado 2015).

La idea de cierre operatorio

La idea de cierre categorial tiene dos partes, la idea de cierre operatorio y la idea de categoría. Por lo que hace a la idea de cierre, todo el mundo tiene un conocimiento práctico de lo que es cerrar una puerta, todo el mundo conoce el concepto técnico de cerrar algo. Un concepto más específico es el concepto algebraico de cierre operatorio: en álgebra, una operación es cerrada cuando, dados dos términos de un conjunto, los operamos, y el término resultante pertenece al mismo conjunto. Por ejemplo, si tomamos los números naturales y aplicamos la suma, los resultados son siempre otros números naturales: esa es una operación cerrada. La operación no cerrada es cuando, dados dos números naturales, por ejemplo, el uno y el tres, los dividimos y obtenemos un tercio que ya no es un número natural. Esta es la idea de cierre operatorio, es decir, dos términos de un conjunto que operados dan elementos del mismo conjunto. Gustavo Bueno tomó está idea y la amplió, aplicándola no solamente a las ciencias formales, a las matemáticas, o al álgebra, sino a todas las ciencias. Si cogemos dos compuestos químicos y los operamos, nos resulta otro compuesto químico, no resulta una célula o un elefante, ya que esos son términos del campo de la biología. Si operamos con términos del campo de la química obtenemos términos del campo de la química y, sin embargo, si cogemos dos organismos biológicos y los cruzamos pues aparece otro organismo biológico, no nos da como resultado, digamos, ácido sulfúrico. Esa es la idea de cierre operatorio: cuando estamos en un campo y operamos dentro de ese campo, obtenemos nuevos términos de ese mismo campo. De este modo, a través del propio proceso de las operaciones, el campo se va ordenando y se va cerrando espontáneamente (cuando esto ocurre). 

Las categorías de Aristóteles

El adjetivo “categorial” viene del nombre “categoría”. “Categorial” es lo que tiene que ver con las categorías. Con antecedentes en Platón y Parménides, la idea de categoría es un invento de Aristóteles quien propuso una tabla famosa de categorías. “Categorein”, en griego, significa “predicar”, y las categorías son las cosas que se pueden decir del sujeto. Aristóteles supuso que de un sujeto se pueden predicar cosas acerca de su sustancia, de su cantidad, de su cualidad, de su relación, del lugar en donde está, del tiempo en el que está, de la posición, etcétera. Aristóteles hizo una lista y a esas cosas que se predican del sujeto las llamó categorías. Las categorías desde entonces, por la propia concepción de la filosofía aristotélica, se entendieron como una especie de géneros ontológicos máximos. Es un poco parecido, por poner un ejemplo proporcionado, a lo que ocurre en biología cuando se habla de los géneros máximos de los organismos biológicos. En ese caso, los géneros máximos son los reinos: vegetal, animal, los hongos, las moneras, las protoctistas (si nos referimos a la célebre clasificación, hoy ya superada, de Whitacker). Pues bien, si nos preguntamos ahora por los géneros máximos, no sólo de la biología, sino de todo lo existente, de toda la realidad, esos géneros máximos serían las categorías, y su determinación tiene mucha importancia porque se supone que esas categorías nos informan acerca de la manera cómo la realidad está estructurada. Decía Platón que el buen carnicero es el que corta al animal por las junturas naturales frente al mal carnicero que lo corta de cualquier manera (Fedro 265a-266c). Pues bien, lo que Aristóteles se estaba preguntando es cuáles son las junturas naturales, los géneros máximos, para dividir todo lo real, y esos géneros máximos son las categorías. El asunto de saber cuáles son las categorías, es decir, los círculos máximos, los géneros máximos de la realidad, es un asunto central de todo sistema filosófico: toda filosofía que aspire a cierta sistematicidad tiene que comprometerse con esta tarea pues necesita tener cierto mapa que establezca por dónde están las junturas naturales de la realidad.

¿Por qué Bueno interpreta el cierre operatorio de las ciencias como un cierre “categorial”?

La teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno supone una “vuelta del revés” de la teoría de Aristóteles, en especial de la interpretación que la filosofía escolástica cristiana hizo de esa teoría aristotélica. Un fraile dominico, Nicolás Bonetti, sostuvo que, si las categorías eran géneros máximos, cada uno de esos géneros tendría que ser estudiado por una ciencia diferente: habría una ciencia de la cantidad, otra de la cualidad, otra del tiempo, del lugar, etcétera. Es decir, propuso la idea de que habría tantas ciencias como categorías. Gustavo Bueno dio la vuelta del revés a este planteamiento: no es que cada ciencia estudie una categoría determinada previamente por no se sabe qué procedimiento, sino que lo que ocurre es que cada ciencia realmente existente puede interpretarse como una categoría ontológica. Existe, pues, una categoría física, una categoría química, una categoría biológica, una categoría psicológica, histórica, lingüística, etcétera, y esas son las junturas naturales que dividen la realidad en partes. Ahora bien, la cuestión es justificar por qué se puede dar este paso. Para explicarlo voy a poner una analogía meteorológica que, manejada con el debido cuidado, puede resultar de utilidad. Imaginemos un ambiente atmosférico que está cargado de humedad y supongamos que, en un momento dado, baja la temperatura, se atraviesa el punto de rocío, y entonces la humedad se condensa y da lugar a una nube. Si no hay viento y está el ambiente en calma, la nube que se forma es un estrato, es una nube homogénea de estructura horizontal, pero, si hay movimientos de aire ascendentes y descendentes, por ejemplo, porque hay un calentamiento diferencial del suelo y una parte de ese suelo tiene un albedo más alto o más bajo que otra, ese calentamiento diferencial hace que se formen, por ejemplo, cumulus humilis, los llamados cúmulos de buen tiempo, que son la típica nube blanca de base plana y parte superior redondeada. Pues bien, nuestra especie lleva operando con las cosas del mundo más o menos desde el paleolítico medio, y lleva haciendo cosas, y transformando cosas, y mezclando, y separando, calentando, destilando, componiendo, descomponiendo, rompiendo y volviendo a unir, y cuando nosotros operamos con las cosas del mundo, lo que ocurre es que se forman “nubes” operatorias, que son los cierres operatorios. No se forma una estructura homogénea como la del estrato, o una estructura regular, como podría ser un diamante de carbono que tuviera todos sus átomos perfectamente alineados y a la misma distancia, con la misma disposición geométrica. Lo que se forman son torbellinos operatorios, y torbellinos que empiezan a tener una independencia unos de otros: el torbellino de la biología frente al de la física, o frente al de la química. En el ejemplo meteorológico, el sol tiene que estar calentando, pero no es el único responsable de que se formen las nubes porque éstas se forman por el calentamiento diferencial del suelo y por las diferencias de humedad y de energía cinética. En el caso de las ciencias, nosotros tenemos que estar operando, pero no tenemos control sobre los resultados de los torbellinos operatorios, sobre las ciencias que se forman, no sabemos por qué se forman esos y no otros. Esto es así porque nosotros no podemos estipular los resultados de las operaciones y esos resultados de esos torbellinos operatorios dan lugar a estructuras que no dependen de nosotros. Cuando nosotros mezclamos ácido sulfúrico con hidróxido de sodio para obtener el sulfato de sodio, el resultado no depende nosotros, ya que ese resultado depende de la estructura de la materia, de la estructura de la realidad. Cuando nosotros operamos, los resultados de las operaciones y el modo cómo se organizan los “cúmulos operatorios”, depende de la estructura de la realidad, es un resultado “anantrópico”. Nosotros no podemos decir “vamos a hacer una ciencia aquí” pues no podemos tener la seguridad de que vaya a resultar así. Tampoco podemos proponernos juntar dos ciencias existentes. Los físicos llevan dos siglos intentando unificar la física de partículas con la física de Einstein y muchos dudan incluso de que ello sea posible. Muchísimo menos podemos unificar la física con la biología, es decir, explicar todos los procesos biológicos desde los principios de la física. La realidad no funciona así: las leyes de la biología son otras, hay otros principios diferentes de los de la física, porque la biología es otra categoría, es otra región de la realidad distinta. Nosotros no podemos dictar la estructura de la realidad; nosotros operamos, vamos transformando cosas; en el propio proceso de las transformaciones se van organizando esos cúmulos operatorios; y esos cúmulos operatorios pueden ser interpretados como categorías ontológicas porque nos proporcionan las junturas naturales por las que se divide la realidad cuando se transforma. Este es el interés de la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno: las ciencias, esos cúmulos operatorios, son el único criterio para conocer las junturas naturales por donde se rompe la realidad al codeterminarse sus partes, ya que nosotros no controlamos los cierres de las ciencias puesto que esos cierres son resultados anantrópicos. Las ciencias cierran de acuerdo con la estructura operatoria y con la estructura de los resultados de lo que se está operando: por eso el cierre operatorio puede interpretarse como un cierre categorial, es decir, el cierre de las ciencias nos da la pista de cómo está estructurado el mundo en categorías. Esto que parece tan sencillo, supone la vuelta del revés de la teoría de Nicolás Bonetti y de Aristóteles, y tiene muchísima importancia porque las categorías son algo así como el “mapa” de la estructura del mundo: las relaciones entre las ciencias, entre sus fronteras y entre sus cierres operatorios son las que nos informan que la legalidad biológica es distinta de la legalidad física, de la química, de la histórica, de la psicológica, de modo que esas categorías no se reducen unas a otras. Por mucho que los físicos pretendan hacer teorías del todo y reducirlo todo a física, la terca realidad es que el mundo no tiene esa estructura unificada. Es necesario reconocer un pluralismo gnoseológico y ontológico lo que significa reconocer que unas áreas de la realidad son irreductibles a otras. Ahora bien, podríamos preguntarnos: ¿por qué la estructura de la realidad es así? ¿por qué hay física, y química, y biología, como ciencias distintas, inconmensurables entre sí? La respuesta es que no lo sabemos ya que el mapa de las ciencias es un resultado anantrópico, es un resultado que se nos impone. La historia de las ciencias hace que se decanten unas determinadas ciencias y, en la medida en que esos cierres se imponen al sujeto, no queda más remedio que interpretarlos como la estructura de la realidad, como categorías ontológicas.

La importancia de la teoría del cierre categorial y el hiperrealismo

El desarrollo de las ciencias de los últimos cuatro siglos nos permite saber, con certeza absoluta, que lo que ven nuestros ojos, lo que oyen nuestros oídos, y lo que perciben los órganos de nuestros sentidos, es decir, nuestro mundo fenoménico entorno, no es ni la centésima parte de lo que existe. Más allá de las ondas de luz están las ondas ultravioletas, los infrarrojos, las ondas de radio, todo el espectro electromagnético. Todo está lleno de cosas y de transformaciones que no podemos ver porque son minúsculas, o porque tienen unos tamaños gigantescos o están a grandes distancias. Tampoco podemos ver los procesos evolutivos de la historia natural, aunque están ahí actuando, por sus resultados, en nuestros cuerpos. Y lo mismo ocurre con toda la historia política que está presente en nosotros, ejercitada en el idioma, en las tradiciones, en la cultura. Todo eso son cosas que no se pueden ver porque son muy pequeñas o muy grandes, porque están en otras longitudes de onda, en otras longitudes acústicas, o porque están en el pasado al que no se puede viajar. Sin embargo, están determinando nuestro presente. La mayor parte de lo que sabemos que existe es “hiperreal”, es decir, es una realidad que está ahí, que nos está determinando íntegramente, que determina nuestras enfermedades y nuestro nacimiento y nuestra muerte, y que no podemos percibir pues no está a la escala de nuestras sensaciones. La realidad es mucho más densa de lo que aparece ante nuestros sentidos: esa es la idea del hiperrealismo. A todo ese mundo hiperrealista sólo se accede por la ciencia, única y exclusivamente. Por eso el asunto sobre el que gira la teoría del cierre categorial es un tema central de cualquier sistema filosófico del presente y del futuro, porque ese mundo hiperrealista, hiperdenso, que no podemos ver, cada vez crece más, cada vez aumenta más, cada vez se amplía más, y cada vez es más importante desde un punto de vista práctico. Y sólo es accesible por las ciencias. 

Si admitimos la tesis de que las ciencias son el único modo de acceder a toda esa hiperrealidad, a toda esa realidad ampliada, tenemos que dejar de ver las ciencias como si fuesen un mapa de un terreno que pudiéramos recorrer directamente. En cartografía, nosotros hacemos unas operaciones sobre el terreno y unas operaciones con lápiz y papel sobre el mapa, de modo que se puede establecer una correspondencia entre las primeras y las segundas, y esa correspondencia es la que nos permite hablar de un mapa verdadero. En la mayoría de las ciencias que van referidas a esa hiperrealidad, no podemos proceder de ese modo precisamente porque los contenidos de sus teoremas (las partículas, las ondas, los procesos geológicos y evolutivos, las estructuras geométricas, etc.) no están dados a la escala de nuestros órganos sensoriales. No podemos comparar el “mapa” (las teorías científicas) con el terreno (la realidad de las cosas) porque no hay otra manera de acceder a esa realidad que no sea a través de esas mismas teorías. Por tanto, la verdad científica no puede entenderse ya nunca más como una adecuación entre las teorías y los hechos: es aquí donde la teoría del cierre categorial es capaz de ofrecer una alternativa que, cuando menos, es necesario discutir.

Referencias bibliográficas

Álvarez, Evaristo (2002): El cierre categorial de la geología, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Alvargonzález, David (1989a): Ciencia y materialismo cultural, Madrid, UNED.

Alvargonzález, David (2000): “Análisis gnoseológico del campo de la teoría de juegos.” El Basilisco 28: 17-36.

Baños, Carmen (1993): La antropología social de E.E. Evans-Pritchard: un enfoque gnoseológico, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Barbado, Pedro (2015): Ciencia, proceso, verdad. El estudio científico del delito desde el materialismo filosófico, tesis doctoral, Universidad de Oviedo

Bueno, Gustavo (1972): Ensayo sobre las categorías de la economía política. Barcelona, La Gaya Ciencia. http://fgbueno.es/gbm/gb72cep.htm

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Bueno, Gustavo (1993): Teoría del cierre categorial. Oviedo, Pentalfa.

Bueno, G. (1995): ¿Qué es la ciencia? Oviedo, Pentalfa. http://www.filosofia.org/aut/gbm/1995qc.htm

Fernández Tresguerres, Alfonso (1992): Naturaleza filosófica de las teorías sobre la agresión, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Fernández, Secundino (1995): Estatuto gnoseológico de la Scienza Nuova de Giambattista Vico, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Fernández, Tomás R. (1980): Gnoseología de las ciencias de la conducta, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Fuentes, Juan Bautista (1985): El problema de la construcción científica en psicología: análisis epistemológico del campo de la psicología científica, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid.

Hidalgo, Alberto (1990): Gnoseología de las ciencias de la organización administrativa (la organización de la ciencia y la ciencia de la organización), tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Huerga, Pablo (1997): Filosofía, ciencia y sociedad en el materialismo filosófico: análisis filosófico de Las raíces socioeconómicas de la Mecánica de Newton de Boris Hessen, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Iglesias, Carlos (1991): El nacimiento de las ciencias filológicas: análisis gnoseológico, tesis doctoral, Universidad de Oviedo. 

Lafuente, M. Isabel (1973): Causalidad y conocimiento según Piaget, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

López, José Antonio (1983): Gnoseología e historia de la prueba automática de teoremas lógicos, tesis doctoral, Universidad de Oviedo.

Madrid, Carlos (2009): La equivalencia matemática entre mecánicas cuánticas y la impredecibilidad en las teorías del caos: dos casos de estudio para el debate realismo-instrumentalismo, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid.

evolucionismo vs creacionismo. ¿ Quién alimenta la polémica ?


La ciencia ha ido desplazando en el mundo occidental a la religión como institución capaz de ofrecer explicaciones sobre asuntos que interesan a los seres humanos. Las preguntas kantianas: ¿ quién soy ? , ¿ qué debo hacer ? ¿ qué puedo conocer ? son respondidas con una más convincente y muchomás racional argumentación por las ciencias o por la filosofía materialista que por los dogmas de las religiones

libro recomendado http://www.franceculture.fr/oeuvre-les-mondes-darwiniens-l-evolution-de-l-evolution-de-sous-la-direction-de-thomas-heams-philipp
L’année Darwin
La théorie darwinienne de l’évolution dérange toujours les créationnismes
Par Guillaume Lecointre – SPS n° 288, octobre 2009
L’évolution biologique, phénomène qui échappe à nos sens
Le monde d’hier, bien qu’animé des mêmes lois physiques et chimiques que celles d’aujourd’hui, était différent dans ses formes, qu’il s’agisse des continents ou des espèces. Ce n’est pas parce que nos sens nous montrent un monde stable que celui-ci ne change pas. Sa vitesse de changement peut tout simplement nous être imperceptible. « De mémoire de rose, il n’y a qu’un jardinier au monde », nous écrivit un jour malicieusement Fontenelle (1657-1757). De mémoire de rose on n’a jamais vu mourir un jardinier, nous rappelait Diderot (1713-1784). L’évolution biologique est contre-intuitive d’abord parce qu’elle constitue un fait d’une ampleur et d’une portée hors de nos sens, et sur des durées pour nous inconcevables. À quelques exceptions près, la règle générale est qu’à petit changement, petite durée ; grand changement, grande durée. Soit le changement d’une espèce dans un temps qui nous est concevable est imperceptible à nos sens, soit des changements peuvent paraître spectaculaires à nos yeux entre une forme ancienne et une forme descendante récente mais alors ces formes sont séparées par des durées inconcevables. Et malheureusement, ceux des êtres vivants qui évoluent vite, produisant de grands changements dans de petites durées, échappent à nos capacités visuelles… Lorsqu’un virus, une bactérie ou un insecte ravageur s’adapte en quelques années aux contraintes que nous leur imposons, il s’agit d’êtres que nous ne pouvons voir de nos yeux ou bien d’êtres que nous ne croisons pas dans la vie courante. Et même si nous pouvions les voir… il faudrait avoir de la constance dans l’observation. Car l’évolution biologique est un phénomène populationnel. Il ne faut pas s’attendre à voir de ses yeux un individu muter spontanément à un moment donné de sa vie. Son constat est une affaire de fréquences dans des populations.

L’évolution biologique reste donc, le plus souvent, imperceptible à nos pauvres sens humains et c’est peut-être ce qui permet si facilement à tant de forces sociales extra-scientifiques de la nier. Cependant, cette explication est loin d’épuiser tous les déterminants de ces négations, nous y reviendrons. La dimension populationnelle du phénomène évolutif, son imperceptibilité, les efforts d’abstraction qu’il requiert, la place prépondérante du hasard, son incompatibilité avec notre essentialisme (nous serions par essence différents des autres espèces), notre anthropocentrisme, notre notion de destinée, si spontanés, sont autant d’obstacles à sa compréhension. Plus il y a d’obstacles culturels et plus il est nécessaire de traiter d’épistémologie, c’est-à-dire de mécanique de la démarche scientifique, lorsque l’on combat les récupérations idéologiques et religieuses des sciences.
Mais qu’y a-t-il de si terrible dans la théorie darwinienne de l’évolution ?
L’évolution biologique telle qu’elle continue d’être validée par les scientifiques aujourd’hui repose sur un enchaînement extrêmement simple de constats et de déductions logiques, qui furent déjà ceux de Charles Darwin (1809-1882), méticuleusement documentés par celui-ci dès 1859. Nous les exposerons brièvement ici sans terme technique en respectant le raisonnement de Darwin lui-même, en suivant la présentation qu’en fait Patrick Tort (Darwin et la science de l’évolution, Gallimard, 2000). Ces déductions ont été validées un nombre incalculable de fois par des chercheurs de terrain, mais aussi en laboratoire, puis dans des « expériences grandeur nature » en permanence réalisées par l’industrie agronomique lorsque celle-ci lutte contre les capacités évolutives de ravageurs, l’industrie biotechnologique lorsqu’on utilise les capacités évolutives d’êtres vivants pour leur faire fabriquer des molécules (bio-ingénierie), la recherche biomédicale lorsque celle-ci lutte contre les capacités évolutives des agents pathogènes pour l’Homme.
Constat n° 1 : Parmi les individus qui se reconnaissent comme partenaires sexuels potentiels, il existe des variations (physiques, génétiques, d’aptitude…). Quelle que soit la source de cette variation, il existe donc au sein de ce que nous reconnaissons comme des espèces une capacité naturelle à varier, la variabilité.
Constat n° 2 : Dès les débuts de la domestication, les hommes ont toujours modelé les êtres vivants à leurs besoins par des croisements sélectifs : il existe, depuis plus de dix mille ans, une sélection artificielle en horticulture et en élevage au sein même de ce que nous appelons une espèce. Il existe donc chez celle-ci une capacité naturelle à être sélectionné, la sélectionnabilité.
La question qui se pose dès lors est de savoir si la variabilité naturelle est sujette à sélection dans la nature. Cette question revient à se demander quel pourrait être l’agent qui produirait cette sélection.
Constat n° 3 : Les espèces se reproduisent tant qu’elles trouvent des ressources (ressources alimentaires, conditions optimales d’habitat). Leur taux de reproduction est alors tel qu’elles parviennent toujours aux limites de ces ressources, ou trouvent d’autres limites telles que la prédation qu’elles subissent par d’autres espèces. Il existe donc une capacité naturelle de surpeuplement. Cette capacité est observable de manière manifeste lorsque les milieux sont perturbés, par exemple lorsque des espèces allogènes envahissent subitement un milieu fermé, comme une île. L’histoire des hommes fournit de multiples exemples de transferts d’espèces suivis de pullulations, comme ce fut le cas de l’importation du lapin en Australie.
Constat n° 4 : Pourtant, il existe des équilibres naturels. En effet, le monde naturel tel que nous le voyons – non perturbé par l’homme – n’est pas constitué d’une seule espèce hégémonique, mais au contraire de multiples espèces en coexistence, et ceci malgré la capacité naturelle de surpeuplement de chacune.
Inférence : chaque espèce constitue une limite pour les autres, quelle que soit la nature de cette limite : soit en occupant leur espace, soit en les exploitant (prédation, parasitisme), soit en exploitant les mêmes ressources… Les autres espèces constituent donc autant de contraintes qui jouent précisément ce rôle d’agent sélectif.
Constat n° 5 : les espèces dépendent également, pour le succès de leur croissance et de leur reproduction, d’optima physiques (température, humidité, rayonnement solaire, etc.) et chimiques (pH, molécules odorantes, toxines…). En fait, ces facteurs physiques et chimiques de l’environnement constituent eux aussi des facteurs contraignants. S’ils changent, les variants avantagés ne seront plus les mêmes.
Conclusion : Variabilité, sélectionnabilité, capacité au surpeuplement sont des propriétés observables des espèces. L’environnement physique, chimique et biologique est constitué de multiples facteurs qui opèrent une sélection naturelle à chaque génération. Cela signifie qu’au sein d’une espèce, les individus porteurs d’une variation momentanément avantagée par les conditions du milieu laisseront davantage d’individus à la génération suivante que ceux porteurs d’un autre variant. Si ces conditions se maintiennent assez longtemps, le variant avantagé finira par avoir une fréquence de 100 % dans la population. L’espèce aura donc quelque peu changé : elle n’est pas stable dans le temps. Si ces conditions changent, d’autres variants que le variant majoritaire du moment peuvent devenir à leur tour avantagés. C’est pourquoi on dit que la variabilité maintenue dans une espèce constitue en quelque sorte son assurance pour l’avenir, donnée bien connue des agronomes. La promesse d’avenir d’une espèce n’est pas dans l’hégémonie du « variant le plus adapté » (la fameuse « survie du plus apte ») mais dans le maintien dans les populations de variants alternatifs par une source continue de variations. Pour forcer le trait, on pourrait dire que le succès d’aujourd’hui est assuré par le plus apte, celui de demain par une « réserve » d’individus aujourd’hui moins aptes.
Le monde vivant tel que nous le voyons est donc un équilibre de contraintes interagissant en permanence, et il est le fruit d’une sélection naturelle de variations qui, au cours du temps, se sont avérées avantageuses. L’optimalité fonctionnelle des variations sélectionnées fut une condition de leur survie. D’où cette impression que nous avons, parfois, que « la nature est bien faite », longtemps utilisée dans un autre contexte par les théologiens pour glorifier sagesse et puissance divines. En fait, les solutions trop désavantageuses ne sont pas parvenues jusqu’à nous.
Le phénomène d’évolution biologique, même présenté ci-dessus comme Darwin lui-même a pu le concevoir et l’argumenter amplement, n’est ni une spéculation ni une conjecture : ce phénomène est observé, expérimenté en laboratoire sur des espèces à temps de génération courts, en agronomie, en médecine, en bio-ingénierie. La sélection naturelle n’est pas une vieille idée, elle n’est pas une affaire de fossiles, elle est la dynamique même du vivant. Elle s’applique à l’explication naturelle des origines de l’espèce humaine.
Remarque n° 1 : Il reste toujours des variants non optimaux. Par ailleurs des variants désavantagés continuent d’apparaître en permanence, mais selon la lourdeur du handicap héritable, leur maintien dans les générations suivantes est plus ou moins compromis. D’autre part, certaines structures qui paraissent handicapantes (par exemple l’accouchement par le clitoris chez les hyènes tachetées femelles provoquant le décès d’une partie des nouveaux-nés) sont en fait biologiquement liées à d’autres structures fournissant un avantage déterminant (l’agressivité des femelles et la masculinisation partielle des organes génitaux externes qui l’accompagne), d’où leur maintien. Ces considérations nous forcent à relativiser cette impression que nous avons d’une « nature bien faite ». Bien des espèces paient de lourds fardeaux (mesurés en termes de décès des descendants) dans le maintien de dispositifs qui nous semblent absurdes.
Remarque n° 2 : Il existe des variants sélectivement neutres. Ce socle de base de la proposition darwinienne du mécanisme évolutif a été complété au vingtième siècle par le modèle dit « neutraliste ». Des variants sélectivement neutres à l’égard des facteurs de l’environnement peuvent avoir des fréquences qui varient aléatoirement dans les populations, au gré des croisements. Cette fréquence peut même atteindre 100 % de manière tout à fait aléatoire dans une population, et ceci d’autant plus facilement que la population sera d’effectif réduit.
Remarque n° 3 : L’espèce n’est pas inscrite dans le marbre. Le vivant n’est pas stable. Il peut être conçu comme un fleuve de générations, lequel se divise en bras, affluents, rivières. Les individus d’une généalogie changent, et les formes d’une population à une génération t diffèrent des formes de la génération t+n. Des portions d’arbre généalogique peuvent diverger, séparées par des obstacles physiques, chimiques, biologiques, etc., et les individus qui les constituent de part et d’autre du point de divergence peuvent ne plus jamais se rencontrer, de même pour leurs descendances. Ou leurs descendances se rencontrer à nouveau mais ne plus se reconnaître comme partenaires sexuels. Ou encore se croiser à nouveau mais produire une descendance stérile. On dira alors qu’elles ne font plus désormais partie de la même espèce. L’espèce n’est pas écrite sur les être vivants, ni inscrite dans une essence dont ils seraient porteurs, ni dans le ciel ; elle n’est pas éternelle ; elle n’est pas stable. Elle est d’abord ce que nous voulons qu’elle soit ; c’est-à-dire qu’il existe une définition théorique. L’espèce n’est rigoureusement définie que dans la durée du temps : c’est l’ensemble des individus qui donnent ensemble de la descendance fertile, depuis le précédent point de rupture du flux généalogique théorique jusqu’au prochain point de rupture. Après ce point de rupture, les individus qui ne sont plus interféconds avec leurs formes parentales ou latérales constitueront, par convention, une nouvelle espèce.
Un constat immédiat est à faire : l’espèce n’est pas stable, l’environnement non plus, à plus ou moins long terme. Si rien n’est stable, pourquoi ne voyons-nous pas une continuité de formes organiquement désordonnées ? Pourquoi, malgré la variation, les individus se ressemblent-ils ? En fait, le vivant est la résultante de forces de maintien organique et de forces de changement. Parmi les forces du maintien organique, la sélection naturelle par le moyen des facteurs d’un milieu stable élimine pour un temps de la postérité généalogique les individus peu optimaux. Elle participe donc au maintien des « discontinuités » que nous percevons. En d’autres termes, nous n’observons pas dans la nature d’animal mi-lézard vert mi-lézard des murailles car il n’y a pas eu de « niche » d’optimalité correspondant à une telle forme. Ensuite, le croisement entre partenaires sexuels pour la reproduction limite les effets des mutations aléatoires subies par tout individu et participe donc aussi à la stabilité organique. D’autre part, les contraintes architecturales internes héritées des ancêtres constituent également des limites au changement. De même, des contraintes fonctionnelles internes évidentes limitent forcément le champ des changements possibles. Par exemple, bien des embryons « malformés » meurent avant même d’avoir été confrontés directement au milieu.
Parmi les forces du changement, il y a les sources de la variation, par exemple les erreurs des polymérases (ensemble d’enzymes qui assure une réplication de l’ADN, avant une division cellulaire) qui, bien que très fidèles, laissent tout de même passer dans l’ADN des « coquilles » parmi les milliards de paires de bases recopiées. Lorsque le milieu change, les conditions sélectives changent aussi. La sélection naturelle devient aussi, dans ces conditions, la courroie de transmission du changement sur les êtres vivants, des changements qui ne traduisent aucun « but », mais seulement les aléas du milieu.
Mais qu’est-ce qui dérange tant ?
Quelle que soit l’ampleur des changements et quelle que soit l’intensité des contraintes architecturales et fonctionnelles internes, la multitude de facteurs intriqués en jeu est telle qu’il est impossible, sur le plan théorique, de donner une priorité absolue aux forces stabilisatrices. En d’autres termes, le milieu, lui-même imprévisible sur le long terme, rend, via la sélection naturelle, le devenir d’une espèce imprévisible et rend du même coup caduque toute notion de « destinée ». Rien n’est écrit dans le marbre et l’on a coutume de dire, après S.J. Gould (1941-2002), que si nous revenions à un point antérieur quelconque du film de la vie, la probabilité pour que la série d’événements se déroulant sous nos yeux à partir de ce point soit exactement la même est infiniment faible. La notion même de destinée est incompatible avec tout processus historique, processus évolutif compris. C’est l’une des difficultés psychologiques les plus difficiles à surmonter lorsque l’on tente de faire comprendre le processus évolutif à un public qui confond encore le discours sur les faits naturels et le discours sur les valeurs. En effet, tandis que l’absence de « but » et de « destinée » dans l’explication scientifique d’un phénomène naturel ne relève que de l’amoralité de la démarche scientifique et de sa neutralité métaphysique, le discours scientifique injustement transposé comme discours moral et/ou métaphysique rend pour nos semblables ces absences de but et de destinée désespérantes, intolérables, immorales. Bien entendu, ce n’est pas la théorie de l’évolution qu’il faut récuser dans ce cas mais la confusion entre le discours scientifique sur les faits, méthodologiquement défini et limité, et le discours sur les valeurs qui relève de processus d’élaboration très différents. Il faut expliquer alors qu’il ne faut pas projeter nos réflexes psychologiques (buts, actions intentionnées) et nos espoirs (destinée) dans une explication scientifique de l’origine des espèces. La théorie de l’évolution n’incorpore ni transcendance, ni but, ni destinée, n’a pas à donner de « sens » à notre vie, ne défend ni ne préconise aucune valeur, aucune morale : ce n’est simplement pas le rôle d’une théorie scientifique.

– Cette double hélice biologique est une preuve évidente de la spiritualité du Cosmos
Une bonne partie des négations de la théorie darwinienne de l’évolution viennent de là : des membres de l’UIP à ceux du mouvement de l’« Intelligent Design », on veut faire dire à une théorie scientifique ce qu’elle n’a pas à dire. On lui reproche de ne pas donner du « sens ». On se désespère d’un devenir sans but ni destinée. On juge la sélection naturelle immorale. Bref, pour le scientifique c’est comme si on jugeait l’attraction des corps célestes comme immorale et une réaction chimique in vitro comme désespérante parce que intrinsèquement non intentionnée. On peut mettre également sous ce chapitre ce que l’on a de façon erronée appelé le « Darwinisme social », et qui n’est que l’évolutionnisme philosophique élaboré par Herbert Spencer, du vivant de Darwin. L’évolutionnisme philosophique de Spencer est effectivement récusable d’abord et entre autres motifs parce qu’il transpose directement un modèle explicatif du changement des espèces dans les champs moraux et politiques, transfert qui n’est ni requis ni opéré par la théorie de l’évolution de Darwin elle-même. L’évolutionnisme de Spencer fait dire à une démarche scientifique ce qu’elle n’a pas à dire. Ce n’est d’ailleurs pas une science mais un système philosophique. L’évolutionnisme, pris dans ce sens-là, a contribué et contribue encore à éloigner les intellectuels d’une véritable lecture de Darwin, mais aussi à susciter une méfiance aussi injustifiée que répandue à l’encontre d’une théorie scientifique. La théorie darwinienne ou néo-darwinienne de l’évolution ne véhicule, en elle-même, pas plus de valeurs que la théorie de la gravité universelle ou celle de la dérive des continents.
En fait, les créationnismes, qu’ils soient seulement « philosophiques » ou qu’ils se parent de scientificité, tentent de projeter des valeurs à la théorie de l’évolution pour pouvoir ensuite plus facilement la nier à travers elles. Pour tuer votre chien, inoculez-lui la rage, puis accusez-le d’être enragé, enfin tuez-le. Car le besoin de nier la théorie de l’évolution provient d’un autre champ. Celui-ci est politique : de tout temps, il a fallu brider la science lorsque celle-ci élaborait des résultats non conformes au dogme.
Tous les créationnismes contre la théorie darwinienne de l’évolution
La théorie scientifique de l’évolution en vigueur aujourd’hui explique l’origine des espèces, l’origine de l’homme, de ses langues, de ses sociétés sans recours à une transcendance. Non pas que cette théorie particulière se soit fixé comme but spécifique de nier toute transcendance : l’athéisme affirmatif ne fait pas partie des objectifs de la science. Plus simplement, les sciences, quelles qu’elles soient, depuis 250 ans environ, n’incorporent pas la transcendance comme outil d’explication. Le créationnisme philosophique adoptera alors diverses postures face à ce qui lui apparaît comme une insupportable lacune, afin de brider la science : nous allons les décliner ci-dessous.
Commençons par distinguer le créationnisme « philosophique » du créationnisme « scientifique ». Le créationnisme philosophique stipule que la matière et/ou l’esprit ont été créés par une action qui leur est extérieure. L’affirmation opposée est celle d’un matérialisme immanentiste. Il s’agit d’affirmer que le monde réel est constitué de matière, y compris les manifestations très intégrées de celle-ci (« esprit », sociétés, etc.), que la matière, quelle que soit la description que l’on peut en faire, est incréée et porte en elle-même les ressources de son propre changement. Aucune de ces deux postures philosophiques n’est accessible empiriquement ; c’est-à-dire qu’elles ne peuvent être testées scientifiquement. Il s’agit bien là du terrain de la philosophie.
Examinons à présent les différentes versions du créationnisme philosophique. Les trois monothéismes ont adopté au cours de leur histoire diverses postures face à l’inadéquation logique entre le sens littéral des Écritures et les résultats de la science. Déclinons ces postures dans un gradient de plus en plus néfaste à l’indépendance d’une démarche scientifique. Premièrement, on a adapté le sens des Écritures aux résultats de la science. Cette attitude, généralement qualifiée de « concordiste », ne sera pas analysée ici. Deuxièmement, on a adapté le sens des résultats de la science à la lumière du dogme. Troisièmement, on a sollicité la société des scientifiques de l’intérieur afin qu’elle réponde à des préoccupations théologiques (fondation John Templeton, Université Interdisciplinaire de Paris notamment dans leur appel du 22 février 2006 dans le journal Le Monde). Quatrièmement, on a prétendu prouver scientifiquement la validité littérale des Écritures par ce qui a été présenté comme de véritables démarches et expériences scientifiques (créationnisme « scientifique » de H. Morris et D. Guish). Cinquièmement, on a nié purement et simplement les résultats de la science, soit en cherchant à démontrer leur fausseté au moyen de discours ré-interprétatifs mais sans expériences scientifiques (Harun Yahya, témoins de Jéhovah), soit au moyen de ré-interprétations et de contre-expériences qui se voulaient scientifiques (sédimentologie de Guy Berthault, mouvement du « dessein intelligent »). Enfin, on a intimidé les scientifiques en les sommant de récuser les résultats de leur travail (Galilée en astronomie, Buffon concernant l’âge de la terre, même Darwin dut faire des concessions entre la première et la seconde édition de L’origine des Espèces…) ou en les pourchassant. Voici donc une typologie résumée de tous les créationnismes philosophiques, avec des exemples, non pas de personnes, mais se manifestant sous forme d’organisations :
A. Les créationnismes intrusifs :
A.a. Nier la science : le créationnisme négateur d’Harun Yahya.
A.b. Mimer la science : le créationnisme mimétique de H. Morris et D. Guish.
A.c. Plier-dénaturer la science : le « Dessein Intelligent » ou la théologie de William Paley présentée comme théorie scientifique.
B. Le spiritualisme englobant :
B.a. Science et théologie vues comme les pièces d’un même puzzle : l’Université Interdisciplinaire de Paris.
B.b. La fondation John Templeton : lorsque la théologie finance la science.
Tous ces créationnismes philosophiques ne sont pas des créationnismes « scientifiques ». Lesquels d’entre eux méritent l’appellation de « créationnisme scientifique », c’est-à-dire mettent la science au service d’une preuve de la création ? Il s’agit assurément des catégories A.b. et A.c. puisque dans la première la « science » prouve la Vérité des Écritures et dans la seconde le créateur est incorporé comme explication « scientifique ». Pour ce qui concerne les catégories B.a. et B.b., il ne s’agit pas d’un créationnisme scientifique au sens précédent ; cependant la science est mobilisée par ces spiritualistes afin de servir d’autres desseins que l’élaboration de connaissances objectives, y compris d’accréditer une idée de création beaucoup plus sophistiquée. Ainsi, contrairement à une idée reçue, le créationnisme philosophique ne s’oppose pas nécessairement à l’idée d’évolution biologique. L’évolutionnisme théiste de Teilhard de Chardin en est un exemple dont on trouve des descendants au sein des providentialismes modernes (catégorie B). La catégorie A est anti-évolutionniste, sauf peut-être pour certains adeptes du « Dessein Intelligent » pour qui les moyens par lesquels le Grand Concepteur réalise ses desseins pourraient incorporer la transformation (non darwinienne) des espèces. La catégorie B est évolutionniste. Mais tous sont anti-darwiniens, les premiers parce qu’ils refusent le fait de l’évolution biologique, les seconds parce que le modèle darwinien faisant intervenir hasard, variation, contingence, sélection naturelle ne les satisfait pas, pour des raisons morales et idéologiques.
Mention spéciale concernant l’Intelligent Design
La volonté politique la plus manifeste est représentée par le mouvement américain de l’Intelligent Design. Suite aux revers juridiques des créationnistes « scientifiques » de la seconde moitié des années 1980, ceux-ci doivent à nouveau changer de stratégie. Dès le début des années 1990, P. Johnson, juriste, élabore la notion d’« Intelligent Design » (ID) à partir de la vieille analogie du théologien anglican William Paley et la présente comme théorie scientifique. La stratégie consiste à utiliser l’étiquette « science » pour atteindre des objectifs politiques et spirituels, objectifs clairement énoncés dans leur « Wedge Document » (voir le Nouvel Observateur Hors Série n° 61 « La bible contre Darwin » dirigé par Laurent Mayet, décembre 2005). L’un de ces objectifs principaux est de faire passer une conception théologique pour de la science afin que celle-ci soit enseignée dans les écoles. Selon le « Discovery Institute » qui structure le mouvement, « la théorie du dessein intelligent affirme que certaines caractéristiques de l’univers et des êtres vivants sont expliquées au mieux par une cause intelligente, et non par un processus non dirigé telle la sélection naturelle ». Le mouvement du « dessein intelligent » s’emploie donc à critiquer tout ce qui peut l’être dans la théorie darwinienne de l’évolution, et surtout ses ennemis de toujours : le matérialisme méthodologique inhérent à une approche seulement scientifique des origines du monde naturel, et le rôle de la contingence des facteurs de transformation des espèces au cours du temps. Pour tout schéma argumentatif, il ne s’agit que de la répétition, sous une forme retravaillée, de l’analogie finaliste du théologien anglican William Paley (1743-1805). Arguant que tout objet/artefact est intentionnellement façonné pour remplir une fonction, Paley et ses imitateurs d’aujourd’hui transposent ce principe dans la nature pour faire intervenir une intelligence conceptrice à l’origine de l’adéquation entre formes et fonctions naturelles et donc une intelligence à l’origine des êtres vivants. C’est la vieille analogie de la montre. Dans une montre, l’adéquation « parfaite » de la forme de chacune des pièces à la fonction qu’elle remplit et son agencement harmonieux avec les autres pièces remportent l’admiration et appellent à supposer que l’ensemble provient de la volonté d’un horloger présumé. Dans la nature, le rayon de courbure du cristallin est tel que les rayons lumineux se focalisent précisément en un point de la rétine ; et la merveilleuse adéquation entre forme et fonction ne peut être, dans ce raisonnement analogique, plus efficacement expliquée que par l’hypothèse d’une intelligence conceptrice dès son origine. Les promoteurs modernes du dessein intelligent pensent que la science rénovée, incorporant les causes surnaturelles, doit chercher et dicter ce qui constituera une « éthique naturelle », une « morale naturelle », et que cette science-là sera en mesure de découvrir quels comportements transgressent les buts sous-jacents au dessein intelligent à l’origine de l’espèce humaine. Ce serait donc à cette science de découvrir lesquels de nos comportements, nos mœurs, notre morale, sont voulus par Dieu. La fonction de Think Tank conservateur prend alors toute sa signification : l’avortement et l’homosexualité transgressent l’Intelligent Design de Dieu, notamment par dévoiement des fonctions pour lesquelles nos formes avaient été initialement créées. En donnant une assise prétendument scientifique au « Bien » et au « Mal », le courant du « dessein intelligent » débouche donc sur une sorte de scientisme religieux et théocratique incompatible avec la laïcité. En décembre 2005, l’ID est clairement identifié au « procès de Dover » comme religion déguisée et non comme science, et son enseignement est déclaré anti-constitutionnel.
S’il arrive à des scientifiques d’écrire contre les créationnismes, c’est que ces derniers tentent de s’introduire dans la démarche scientifique, miment les sciences, ou encore font dire aux sciences ce qu’elles n’ont pas à dire. Ces scientifiques ne font alors que leur devoir de citoyens.
La controverse se développe sur Internet largement sous forme de dessins humoristiques, tel celui-ci traduit dans de nombreuses langues.

con o sin dioses:teo o ateo LOGOS Palabra verdadera sobre dios o no dios

La Idea de Dios se relaciona en todos los casos conocidos con el concepto de religión. A este hecho ha dedicado el filósofo español Gustavo Bueno parte de su vida, como profesor de Filosofía de la Religión en la Universidad de Oviedo (España). Sus tesis sobre el concepto de religión como religación entre el hombre y dioses analizado desde las coordenadas del sistema filosófico que se denomina Materialismo Filosófico. En este sentido es imprescindible la consulta de algunos de sus libros libros: El animal divino, Cuestiones cuodlibetales sobre dios y la religión y otros artículos sobre el tema publicados en la revista El Basilisco y en la revista El Catoblepas
El planteamiento que haremos ahora es el siguiente:
Si las religiones han ido surgiendo históricamente y se las observa como elementos con un fuerte componente social y político, es decir, como instituciones de Poder, en el presente, desde algunas partes del mundo , se puede observar el hecho de que no todos los ciudadanos , en especial de Europa, de Estados UNidos, China y la ex URSS o Cuba y Corea del Norte, se sostiene la tesis de que la idea de Dios es innecesaria para construir una sociedad política en la cual el orden social sea realmente un orden con una base social cuya moral se puede ejercitar sin necesidad de religiones, sea una u otra, monoteista o politeisa.
El agnosticismo es diferente del ateísmo, ya que implica una especie de desdén hacia el problema de si existe o no un o unos dioses, y de si el hombre está influido o no por esos supuestos dioses.
El ateísmo toma posiciones que no son sencillas, en cuanto implica una respuesta más o menos violenta , bajo diferentes formas, por parte de los grupos conformados por las distintas religiones a lo largo del mundo
La confrontación entre las Ciencias y las Religiones surge en especial a partir de la llamada Ilustración en Europa. Sin embargo, por intereses y presiones políticas,de gobernantes temerosos de la radicalización surgida de la Revolución Francesa. Es el caso de Kant, que tuvo que guardar silencio en cuestiones acerca del papel de la religión en asuntos de moral social. Es conocido el llamado tabú de Spinoza, cuyas tesis son evidentemente base de un ateísmo que se fundamenta en la Razón Geométrica, base de los avances de las Ciencias en contra de intereses de las religiones monoteístas, incluída por supuesto la judaica, lo cual le costó la expulsión de la comunidad hebrea de la Europa del siglo XVII al autor de la Etica demostrada según el orden geométrico.
En el siglo XIX , se abre una brecha importante y radical entre las creencias religiosas y las razones de la Ciencia positiva, la obra del inglés Charles Darwin es un paso más en el sentido de que se puede forjar una moral y un modelo de sociedad política que basa sus referencias no en un ser o seres trascendentes a los que el ser humano debe respeto y sumisión, por temores ancestrales aún no superados, sino en el estudio sistemático de los datos empíricos a través de un nuevo método que se retomaba ya en el Renacimiento de los modelos de razonar surgidos en la Grecia de Paltón y Aristóteles, pero mejorados con el auge de la matematización y nuevos descubrimietos en los ámbitos de la Astronomía, la Medicina, la Bilología, &
La Iglesia Católica será capaz aunque lentamente,de reconocer, bajo las tesis aportadas por el jesuita Theillard de Chardin, que Darwin está en lo cierto en cuanto a sus tesis sobre la evolución del hombre.
Serían sin embargo, Marx y Freud los que habrían de ser considerados como mucho más peligrosos para la religión católica, y distintos papas a lo largo de dos siglos habrán de luchar con todas las herramientas teológicas y humanas a su alcance contra estas nuevas herejías ajenas a la propia fe .
Veremos en los mapas a continuación un hecho muy curioso pero no por ello menos importante: se mencionan las religiones, pero rara vez se puede ver el número y regiones donde se compruebe la existencia de ateos, aunque sí en uno que otro mapa aparece la referencia a los agnósticos
En algunas presentaciones que hemos encontrado en internet, hay quienes dicen que se puede ser agnóstico pero que es imposible tener una moral o valores realmente serios para una convivencia social sin conflictos permanentes,es imposible, dicen , como Kant planteaba, que se puede tener una moral sin referencias a la trascendencia, a los dioses y los premios y castigos en un mundo extra terrenal.
Los avances de las ciencias en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial han dado lugar a algunas obras y propuestas que en el comienzo del siglo XXI parecen ser dejadas al olvido,a pesar de que son ejercitadas de alguna manera , por medio de las prácticas en laboratorios , universidades y hospitales del mundo y en especial en el llamado mundo occidental. El premio Nobel de Medicina,Jacques Monod, planteaba en su libro El azar y la necesidad, que era ya hora de que nos decidiéramos por uno de los dos caminos ante los que tenemos que elegir ( decía en 1968 ): el mundo de las Tinieblas( se refería a las creencias más o menos irracionales implícitas o explícitas en las distintas religiones) o el mundo de la Razón de las Ciencias , la bioquímica especialmente, que muestra que el único fin de los seres vivos es tratar de mantener el adecuado funcionamiento del ADN y ARN de sus componentes celulares en los diversos tipos de seres vivos.
Veamos, de cualquier modo, los diferentes tipos de referentes fenoménicos que nos podemos encontrar cuando se trata de estudiar las diversas maneras de expresar los contenidos materiales ( en el sentido del Materialismo Filosófico: M1-M2-M3 en relación con la Conciencia, política, religiosa,económica, &, sea desde una perspectiva idealista de la libertad , la conciencia , & O SEA DESDE UNA PERSPECTIVA MATERIALISTA DE DICHA CONCIENCIA E, &- ver Ensayos Materialistas, de Gustavo Bueno-) de las manifestaciones de la religiosidad en el presente y tratando de relacionar este presente con su génesis histórica.
Un asunto de gran interés lo encontramos en la cuestión – fundamental- de un enfrentamiento entre las tesis animistas y las materialistas sobre las religiones ( ver tesis de Gonzalo Puente-Ojea y las de Gustavo Bueno sobre la cuestión )
Me interesa un nuevo modelo de religión, conocido por su nombre en inglés, la Scientology, Cienciología, que se define como una religión pero que pretende compaginar sin ningún tipo de conflicto los avances de las Ciencias. Es al parecer una nueva religiónen auge en amplias regiones de los Estados Unidos y de Europa y hace proselitismo en forma de publicidad pagada en todos los sitios posibles de internet
SERIES DE PANORAMAS DE LAS RELIGIONES EN EL MUNDO A TRAVES DE MAPAS CON EL OBJETO DE HACER UN BALANCE CRITICO Y MATERIALISTA POSTERIOR
FUENTE http://theology101.org/world.htm 

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Aradia, Gospel of the Witches
The Golden Bough by Frazer
Margaret Murray
The Witch Cult in Western Europe
Gardnerian Book of Shadows
The Key of Solomon
Mysteries of the Druids
The Malleus Maleficarum
Zoroastrianism

A CONTINUACION HAREMOS UNA SERIE DE COMENTARIOS SOBRE EL PAPEL QUE LAS RELIGIONES HAN IDO TENIENDO A LO LARGO DE LAS HISTORIAS RESPECTIVAS DE CULTURAS ,TANTO DESDE EL CRITERIO DE LOS CONCEPTOS DE CULTURA COMO DE LOS CRITERIOS EMIC Y ETIC, Y DE LA IMPLANTACION POLITICA DE LAS DIVERSAS RELIGIONES, ENCUADRANDO ESTOS ANALISIS EN LAS COORDENADAS DE LA IDEA DE ESPACIO ANTROPOLOGICO

systematic opposition to the fact of evolution Richard Dawkins, el mayor show sobre la Tierra


Charles Darwin’s masterpiece, “On the Origin of Species”, shook society to its core on publication in 1859. Darwin was only too aware of the storm his theory of evolution would provoke but he would surely have raised an incredulous eyebrow at the controversy still raging a century and a half later. Evolution is accepted as scientific fact by all reputable scientists and indeed theologians, yet millions of people continue to question its veracity. In “The Greatest Show on Earth”, Richard Dawkins takes on creationists, including followers of ‘Intelligent Design’ and all those who question the fact of evolution through natural selection. Like a detective arriving on the scene of a crime, he sifts through fascinating layers of scientific facts and disciplines to build a cast-iron case: from the living examples of natural selection in birds and insects; the ‘time clocks’ of trees and radioactive dating that calibrate a timescale for evolution; the fossil record and the traces of our earliest ancestors; to confirmation from molecular biology and genetics. All of this, and much more, bears witness to the truth of evolution. “The Greatest Show on Earth” comes at a critical time: systematic opposition to the fact of evolution is now flourishing as never before, especially in America. In Britain and elsewhere in the world, teachers witness insidious attempts to undermine the status of science in their classrooms. Richard Dawkins provides unequivocal evidence that boldly and comprehensively rebuts such nonsense. At the same time he shares with us his palpable love of the natural world and the essential role that science plays in its interpretation. Written with elegance, wit and passion, it is hard-hitting, absorbing and totally convincing.