HyperNormalization, Adam Curtis: viviendo en un mundo irreal

INFORMACION BASICA SBRE EL ASUNTO Y EL TRABAJO DE ADAM CURTIS:

El poder de las pesadillas

El poder de las pesadillas (del inglés The Power of Nightmares) es un documental de la BBC, escrito y producido por Adam Curtis, parte de la serie de documentales titulada El ascenso de la política del miedo (Inglés: The Rise of the Politics of Fear). El filme consta de tres partes, cada una tiene una hora de duración, y fue transmitido por primera vez a finales de 2004 en el Reino Unido y posteriormente en varios países y exhibido en varios festivales de cine.

El documental compara el ascenso del movimiento neoconservador en los Estados Unidos con el del movimiento radical islamista, sugiriendo que hay una fuerte conexión entre los dos. Mas aún, éste argumenta que la amenaza del islamismo radical como una siniestra masiva fuerza de destrucción, especialmente en la forma de Al-Qaeda, es en realidad un mito perpetrado por los políticos de varios países y en particular por los neoconservadores de Estados Unidos con el objetivo de unir e inspirar a la gente ante el fracaso de otras ideologías utópicas.

El poder de las pesadillas ha sido alabado por críticos en Gran Bretaña y los Estados Unidos. Su mensaje y contenido también han sido objeto de crítica por los sectores conservadores y progresistas.

Excelente material para el análisis y discusión críticos , no idealistas, de los modelos que se imponen desde las cúpulas oligárquicas neoliberales a los ex ciudadanos, hoy meros consumidores PARA otros materiales de Adam Curtis, entrar en este lugar: https://archive.org/details/ThePowerOfNightmares-AdamCurtis

DEMOCRACIAS POSMODERNAS (DEBILES), SEGURIDAD DEL ESTADO Y MILITARIZACION . Análisis del caso mexicano , por Carlos Fazio

Posted on octubre 27, 2016 Uncategorized

FUENTE: https://clasefazio.wordpress.com/2016/10/27/la-emboscada-el-desgaste-militar-y-los-derechos-humanos/?blogsub=confirming#blog_subscription-3
La emboscada, el desgaste militar y los derechos humanos
24 de octubre de 2016
A 23 días de los hechos de Culiacán, Sinaloa, en los que según la narrativa de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) un convoy militar fue emboscado por un grupo armado con saldo de cinco soldados muertos y 10 heridos, no existen datos periciales, de balística ni criminológicos de una autoridad competente que permitan saber qué ocurrió y cómo, ni quiénes fueron los atacantes y cuál fue el móvil.
Si bien el pasado 22 de octubre, en presencia del comandante de la novena Zona Militar, general Rogelio Terán, el titular de la Subprocuraduría Especializada en Investigación y Delincuencia Organizada (Seido), Gustavo Salas Chávez, aseveró que se tiene claramente establecido el móvil, la cadena de decisiones y acciones ilícitas que motivaron la emboscada, así como el número de delincuentes que participaron y a qué organización pertenecen, se reservó nombres y motivos. Asimismo, dijo que hay varias personas detenidas, pero no especificó cuántas ni quiénes son. Por lo que desde el punto de vista informativo no aportó ningún dato nuevo y todo queda sujeto a la especulación.

No obstante, a partir de un video filtrado a un medio televisivo por mandos castrenses, sobre un evento anterior en el poblado de Bacacoragua, municipio de Badiraguato, donde se observa a dos soldados que asisten a una persona herida (que en el relato de la Sedena y la PGR es identificada como Julio Óscar Ortiz Vega, presunto delincuente), se construyó y desencadenó toda una trama, que, con base en un encendido discurso del titular de la Defensa, general Salvador Cienfuegos −quien definió el ataque como alevoso y cobarde y a los ejecutores de la emboscada como enfermos, insanos, bestias criminales−, llevó a un grupo de columnistas de Estado a impulsar una campaña de intoxicación mediática con una matriz de opinión que puso el acento en el hartazgo y el fastidiocastrense, la sordera civil y el supuesto abandono en que se tiene al Ejército. Lo que sumado al desgaste del instituto armado, descrito en un discurso posterior del jefe de la Sedena, puso en la agenda político-parlamentaria la necesidad de regular ya la intervención militar en tareas de seguridad pública.

La sucesión de hechos en apariencia inconexos: la emboscada, el malestar castrense, el renovado patriotismo de los formadores de opinión pública y la consecuente necesidad de una nueva legislación sobre seguridad interior, el estado de excepción (o de emergencia) con suspensión de derechos humanos y garantías, y la prolongación de la intervención de las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública (o policiales) que lleva ya 10 años, tiene en su origen algunos puntos oscuros.

El evento de Badiraguato, la construcción narrativa sobre el enigmático y elusivo “alias Kevin” (Julio Óscar Ortiz Vega, supuestamente rescatado por las bestias criminales), quien vestía un uniforme similar al de los dos soldados que presuntamente le salvan la vida en el video y con quienes sostiene un diálogo inusual (por humanitario) entre un delincuente y elementos del Ejército tras un enfrentamiento −mismos que además después murieron en una emboscada de precisión militar que rompe la tendencia y el modus operandi−, con todo y su dramatismo real o ficticio, puede ser una cortina de humo (la fabricación de una noticia que cause el impacto esperado desplazando a la anterior) para pasar a una nueva fase de militarización del país, en momentos en que más de un centenar de organizaciones de la sociedad civil demandan al gobierno de Enrique Peña Nieto que cumpla con las 14 recomendaciones formuladas al Estado mexicano por el Alto Comisionado para Derechos Humanos de la ONU, Zeid Ra’ad Al Hussein, y se adopte un cronograma para el retiro de las fuerzas armadas de las funciones de seguridad pública.

La emboscada que profundizó el desgaste del Ejército (general Cienfuegos dixit) y reactivó en los círculos parlamentarios la discusión sobre la ley de seguridad interior, en particular sobre la ley reglamentaria del artículo 29 constitucional, podría resultar muy peligrosamente tentadora para la imposición de un régimen autoritario de nuevo tipo.

Cabe consignar que, en su origen, la intervención militar en el combate a las drogas, se dio en el contexto de una doctrina de seguridad hemisférica impulsada por Estados Unidos desde los años 90 del siglo pasado. Desde entonces, la tendencia hacia una militarización y trasnacionalización de la guerra a las drogas contribuyó al reforzamiento y a la relegitimación del papel doméstico de las fuerzas armadas y de cuerpos policiales militarizados, estrategia diseñada por Washington en detrimento de las tendencias regionales hacia la democratización de sus sociedades, la desmilitarización y una mayor protección de los derechos humanos.

Desde entonces, también, el estado de derecho en países como México se fue transformando en un cascarón vacío, donde las funciones y las instituciones garantes de un sistema democrático siguieron existiendo como estructura, pero en lugar de cumplir con sus mandatos constitucionales, se pusieron al servicio de los intereses de la plutocracia y sus administradores civiles, borrando cualquier garantía constitucional, erigiendo la impunidad a regla de convivencia civil, en un proceso de contaminación y resquebrajamiento que se ha venido profundizando hasta nuestros días.

A todas luces México no es un Estado democrático de derecho. Durante el sexenio de Peña Nieto la descomposición del principio de legalidad y la vulneración flagrante de los derechos humanos se han profundizado. Así lo revela el más reciente estudio del World Justice Project 2015, de Washington, DC, que ubica a México en el lugar 79 de 102 países estudiados, reprobado con una calificación de 0.47, debajo de Burkina Faso, Tanzania, China y Túnez.

En ese contexto, el actual dictamen de la Ley Reglamentaria del Artículo 29 constitucional, cuyo contenido forma parte de las garantías individuales, es una pieza jurídica propia de un Estado autoritario.

Orígen y auge de las lumpenburguesías Lationoamericanas

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Estos hechos reflejan un modelo que opera no sólo en
 Latinoamérica, en España muy similar: la etapa más reciente, ocho años de 
gobierno de la
 Derecha (PP) y los anteriores ocho de un Partido Socialista Obrero Español,
 ex socialista y hoy y hace varias décadas,
 socialfascista, prueban la analoga manera de saquear 
lumpenburguesc38da-lumpendesarrollo-andrc3a9gunderfrank-portada-1971

+++"[...]unos pocos, entre los que me encuentro, llegamos a la conclusión 
de que buscar una coherencia estratégica general en esas decisiones no 
era una tarea fácil pero tampoco difícil sino sencillamente imposible. 
La llegada de la derecha al gobierno no significa el reemplazo del 
modelo anterior (desarrollista, neokeynesiano o como se lo quiera 
calificar) por un nuevo modelo (elitista) de desarrollo, sino 
simplemente el inicio de un gigantesco saqueo donde cada banda de 
saqueadores obtiene el botín que puede obtener en el menor tiempo 
posible y luego de conseguido pugna por más a costa de las víctimas pero 
también si es necesario de sus competidores. La anunciada libertad del 
mercado no significó la instalación de un nuevo orden sino el despliegue 
de fuerzas entrópicas, el país burgués no realizó una reconversión 
elitista-exportadora sino que se sumergió en un gigantesco proceso 
destructivo."ORIGEN Y AUGE DE LAS LUMPENBURGUESÍAS LATINOAMERICANAS

por Jorge Beinstein

A raíz de la llegada Mauricio Macri a la presidencia se desató en 
algunos círculos académicos argentinos la reflexión en torno del “modelo 
económico” que la derecha estaba intentando imponer. Se trató no solo de 
hurgar en los curriculum vitae de ministros, secretarios de estado y 
otros altos funcionarios sino sobre todo en la avalancha de decretos que 
desde el primer día de gobierno se precipitaron sobre el país. Buscarle 
coherencia estratégica a ese conjunto fue una tarea ardua que a cada 
paso chocaba con contradicciones que obligaban a desechar hipótesis sin 
que se pudiera llegar a un esquema mínimamente riguroso. La mayor de 
ellas fue probablemente la flagrante contradicción entre medidas que 
destruyen el mercado interno para favorecer a una supuesta ola 
exportadora evidentemente inviable ante el repliegue de la economía 
global, otra es la suba de las tasas de interés que comprime al consumo 
y a las inversiones a la espera de una ilusoria llegada de fondos 
provenientes de un sistema financiero internacional en crisis que lo 
único que puede brindar es el armado de bicicletas especulativas.



Algunos optaron por resolver el tema adoptando definiciones abstractas 
tan generales como poco operativas (“modelo favorable al gran capital”, 
“restauración neoliberal”, etc.), otros decidieron seguir el estudio 
pero cada vez que llegaban a una conclusión satisfactoria aparecía un 
nuevo hecho que les tiraba abajo el edificio intelectual construido y 
finalmente unos pocos, entre los que me encuentro, llegamos a la 
conclusión de que buscar una coherencia estratégica general en esas 
decisiones no era una tarea fácil pero tampoco difícil sino 
sencillamente imposible. La llegada de la derecha al gobierno no 
significa el reemplazo del modelo anterior (desarrollista, neokeynesiano 
o como se lo quiera calificar) por un nuevo modelo (elitista) de 
desarrollo, sino simplemente el inicio de un gigantesco saqueo donde 
cada banda de saqueadores obtiene el botín que puede obtener en el menor 
tiempo posible y luego de conseguido pugna por más a costa de las 
víctimas pero también si es necesario de sus competidores. La anunciada 
libertad del mercado no significó la instalación de un nuevo orden sino 
el despliegue de fuerzas entrópicas, el país burgués no realizó una 
reconversión elitista-exportadora sino que se sumergió en un gigantesco 
proceso destructivo.



Si estudiamos los objetivos económicos reales de otras derechas 
latinoamericanas como las de Venezuela, Ecuador o Brasil encontraremos 
similitudes sorprendentes con el caso argentino, incoherencias de todo 
tipo, autismos desenfrenados que ignoran el contexto global así como las 
consecuencias desestabilizadoras de sus acciones o “proyectos” 
generadores de destrucciones sociales desmesuradas y posibles efectos 
boomerang contra la propia derecha[1]. Es evidente que el cortoplacismo 
y la satisfacción de apetitos parciales dominan el escenario.



En la década de 1980 pero sobre todo en los años 1990 el discurso 
neoliberal desbordaba optimismo, el “fantasma comunista” había implotado 
y el planeta quedaba a disposición de la única superpotencia: los 
Estados Unidos, el libre mercado aparecía con su imagen triunfalista 
prometiendo prosperidad para todos. Como sabemos esa avalancha no era 
portadora de prosperidad sino de especulación financiera, mientras la 
tasas de crecimiento económico real global seguían descendiendo 
tendencialmente desde los años 1970 (y hasta la actualidad) la masa 
financiera comenzó a expandirse en progresión geométrica. Se estaban 
produciendo cambios de fondo en el sistema, mutaciones en sus 
principales protagonistas que obligaban a una reconceptualización. En el 
comando de la nave capitalista global comenzaban a ser desplazados los 
burgueses titulares de empresas productoras de objetos útiles, inútiles 
o abiertamente nocivos y su corte de ingenieros industriales, militares 
uniformados y políticos solemnes, y empezaban a asomar especuladores 
financieros, payasos y mercenarios despiadados, la criminalidad anterior 
medianamente estructurada comenzaba a ser remplazada por un sistema 
caótico mucho más letal. Se retiraba el productivismo keynesiano 
(heredero el viejo productivismo liberal) y comenzaba a instalarse el 
parasitismo neoliberal.



El concepto de lumpenburguesía



Existen antecedentes de ese concepto, por ejemplo en Marx cuando 
describía a la monarquía orleanista de Francia (1830-1848) como un 
sistema bajo la dominación de la aristocracia financiera señalando que 
“en las cumbres de la sociedad burguesa se propagó el desenfreno por la 
satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada 
paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía , desenfreno en el 
que, por la ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza 
procedente del juego, desenfreno por el que el placer se convierte en 
crápula y en que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La 
aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de adquisición, que en 
sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpenproletariado en 
las cumbres de la sociedad burguesa”[2]. La aristocracia financiera 
aparecía en ese enfoque claramente diferenciada de la burguesía 
industrial, clase explotadora insertada en el proceso productivo. Se 
trataba, según Marx, de un sector instalado en la cima de la sociedad 
que lograba enriquecerse “no mediante la producción sino mediante el 
escamoteo de la riqueza ajena ya creada”[3]. Ubiquemos dicha descripción 
en el contexto del siglo XIX europeo occidental marcado por el ascenso 
del capitalismo industrial donde esa aristocracia navegando entre la 
usura y el saqueo aparecía como una irrupción históricamente anómala 
destinada a ser desplazada tarde o temprano por el avance de la 
modernidad. Marx señalaba que hacia el final del ciclo orleanista “La 
burguesía industrial veía sus intereses en peligro, la pequeña burguesía 
estaba moralmente indignada, la imaginación popular se sublevaba. París 
estaba inundado de libelos. “La dinastía de los Rothschild”, “Los 
usureros, reyes de la época”, etc. en lo que se denunciaba y 
anatematizaba, con más o menos ingenio, la dominación de la aristocracia 
financiera” [4].



Resulta notable ver aparecer a los Rothschild como “usureros”, imagen 
claramente precapitalista, cuando en las décadas que siguieron y hasta 
la Primera Guerra Mundial simbolizaron al capitalismo más sofisticado y 
moderno. Karl Polanyi los idealizaba como pieza clave de la Haute 
Finance europea instrumento decisivo, según él, en el desarrollo 
equilibrado del capitalismo liberal, cumpliendo una función armonizadora 
poniéndose por encima de los nacionalismos, anudando compromisos y 
negocios que atravesaban las fronteras estatales calmando así la 
disputas interimperialistas. Describiendo a la Europa de las últimas 
décadas del siglo XIX Polanyi explicaba que: “los Rothschild no estaban 
sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio 
abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, 
cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional 
entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía 
mundial que crecía con rapidez”[5].



Lo que para Marx era una anomalía, un resto degenerado del pasado, para 
Polanyi era una pieza clave de la “Pax Europea”, del progreso liberal de 
Occidente quebrado en 1914.  La permanencia de los Rothschild y de sus 
colegas banqueros durante todo el largo ciclo del despegue y 
consolidación industrial de Europa demostró que no se trataba de una 
anomalía sino de una componente parasitaria indisociable (aunque no 
hegemónica en ese ciclo) de la reproducción capitalista. Por otra parte 
el estallido de 1914 y lo que siguió desmintió la imagen de cúpula 
armonizadora, estableciendo acuerdos, negocios que imponían equilibrios. 
Sus refinamientos y su aspecto “pacificador” formaban parte de un doble 
juego peligroso pero muy rentable, por un lado alentaban de manera 
discreta toda clase de aventuras coloniales y ambiciones nacionalistas 
como por ejemplo las carreras armamentistas (y de inmediato pasaban la 
cuenta) y por otro las calmaban cuando amenazaban producir desastres, 
pero esa sucesión de excitantes y calmantes aplicadas a monstruos que 
absorbían drogas cada vez más fuertes terminó como tenía que terminar: 
con un gigantesco estallido bajo la forma de Primera Guerra Mundial.



El concepto de “lumpenburguesía” aparece por primera vez hacia fines de 
los años 1950 a través de algunos textos de “Ernest Germain” seudónimo 
empleado por Ernest Mandel haciendo referencia a la burguesía de Brasil 
que el autor consideraba una clase semicolonial, “atrasada”, no 
completamente “burguesa” (en el sentido moderno-occidental del término). 
Fue retomado más adelante, en los años 1960-1970 por André Gunder Frank 
generalizándolo a las burguesías latinoamericanas[6]. Tanto Mandel como 
Gunder Frank establecían la diferencia entre las burguesías centrales: 
estructuradas, imperialistas, tecnológicamente sofisticadas y las 
burguesías periféricas, subdesarrolladas, semicoloniales, caóticas, en 
fin: lumpenburguesas (burguesías degradadas).



Pero ese esquema empezó a ser desmentido por la realidad desde los años 
1970 con la declinación del keynesianismo productivista y sus 
acompañantes reguladores e integradores.  Se desató el proceso de 
transnacionalización y financierización del capitalismo global que desde 
comienzos de los años 1990 (con la implosión de la URSS y la aceleración 
del ingreso de China en la economía de mercado) adquirió un ritmo 
desenfrenado y una extensión planetaria. Mientras se desaceleraba la 
economía productiva crecía exponencialmente la especulación financiera, 
una de sus componentes principales, los productos financieros derivados 
equivalían a unas dos veces el Producto Bruto Mundial en el 2000 y 
representaban en 2008 unas 12 veces el Producto Bruto Mundial, por su 
parte la masa financiera global (derivados y otros papeles) equivalía en 
ese momento a una 20 veces el Producto Bruto Mundial. Hegemonía 
financiera apabullante que transformó completamente la naturaleza de la 
elites económicas del planeta, la desregulación (es decir la violación 
creciente de todas las normas), el cortoplacismo, las dinámicas 
depredadoras, fueron los comportamientos dominantes produciendo veloces 
concentraciones de ingresos tanto en los países centrales como en los 
periféricos, marginaciones sociales, deterioros institucionales 
(incluidas las crisis de representatividad).



Todo ello se ha agravado desde la crisis financiera de 2008 confirmando 
la existencia de una lumpenburguesía global dominante (resultado de la 
decadencia sistémica general) cuyos hábitos de especulación y saqueo 
enlazan con ascensos militaristas que potencian su irracionalidad, los 
Estados Unidos se encuentran en el centro de esa peligrosa fuga hacia 
adelante. Escalada militar en el Este de Europa, Medio Oriente y Asia 
del Este acompañada por claros síntomas de descontrol financiero donde 
por ejemplo el Deustche Bank acumula actualmente unos 75 billones de 
dólares en productos financieros derivados[7], papeles altamente 
volátiles que representaban en 2015 unas 22 veces el Producto Bruto 
Interno de Alemania y unas 4,6 veces el Producto Bruto Interno de toda 
la Unión Europea, del otro lado del Atlántico solo cinco grandes bancos 
norteamericanos (Citigroup, JP Morgan, Goldman Sachs, Bank of America y 
Morgan Stanley) acumulaban derivados por cerca de 250 billones de 
dólares[8], equivalentes a 3,4 veces veces el Producto Bruto Mundial o 
bien unas 14 veces el Producto Bruto Interno de los Estados Unidos. 
Imaginemos las consecuencias económicas globales del muy probable 
desplome de esa masa de papeles, mientras tanto los grandes lobos de 
Wall Street juegan alegremente al poker admirados por pequeñas aves 
carroñeras de la periferia deseosas de “abrirse al mundo” y participar 
del festín.



América Latina



América Latina no ha quedado fuera de esa mutación de carácter global. 
Existe un consenso bastante amplio en cuanto a la configuración de las 
elites económicas latinoamericanas durante las dos primeras etapas de la 
“modernización” regional (es decir su integración plena al capitalismo) 
entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX: la 
agro-minera-exportadora con sus correspondientes “oligarquías” seguida 
por el llamado período (industrializante) de sustitución de 
importaciones con la emergencia de burguesías industriales locales. 
Especificidades nacionales de distinto tipo muestran casos que van desde 
la inexistencia de  “segunda etapa” en pequeños países casi sin 
industrias hasta desarrollos industriales significativos como en Brasil, 
Argentina o México con burguesías y empresas estatales poderosas. Desde 
prolongaciones industriales de las viejas oligarquías hasta irrupciones 
de clases nuevas , advenedizos no completamente admitidos por las viejas 
elites hasta integraciones de negocios donde los viejos apellidos se 
mezclaban con los de los recién llegados.



En torno de los años 1960-1970 el proceso de industrialización fue 
siendo acorralado por la debilidad de los mercados internos y su 
dependencia tecnológica y de las divisas proporcionadas por las 
exportaciones primarias tradicionales, apabullado por un capitalismo 
global que impuso ajustes y destruyó o se apoderó de tejidos productivos 
locales. La transnacionalización y financierización globales se 
expresaron en la región como desarrollo del subdesarrollo, firmas 
occidentales que pasaron a dominar áreas industriales decisivas mientras 
bancos europeos y norteamericanos hacía lo propio con el sector 
financiero, al mismo tiempo se agudizaba la exclusión social urbana y 
rural. La llamada etapa de industrialización por sustitución de 
importaciones había significado el fortalecimiento del Estado y en 
varios casos importantes la “nacionalización” de una porción 
significativa de las elites dominantes con la emergencia de burguesías 
industriales nacionales inestables, pero eso comenzó a ser revertido 
desde los años 1960-1970 y el proceso de colonización se aceleró en los 
años 1990.



Lo que ahora constatamos son combinaciones entre asentamientos de 
empresas transnacionales dominantes en la banca, el comercio, los medios 
de comunicación, la industria, etc. rodeados por círculos multiformes de 
burgueses locales completamente transnacionalizados en sus niveles más 
altos rodeados a su vez por sectores intermedios de distinto peso. Los 
grupos locales se caracterizan por una dinámica de tipo “financiero” 
combinando a gran velocidad toda clase de negocios legales, semilegales 
o abiertamente ilegales, desde la industria o el agrobusiness hasta el 
narcotráfico pasando por operaciones especulativas o comerciales más o 
menos opacas. Es posible investigar a una gran empresa industrial 
mexicana, brasileña o argentina y descubrir lazos con negocios turbios, 
colocaciones en paraísos fiscales, etc. o a una importante cerealera 
realizando inversiones inmobiliarias en convergencia con blanqueos de 
fondos provenientes de una red-narco a su vez asociada a un gran grupo 
mediático. Las elites económicas latinoamericanas aparecen como una 
parte integrante de la lumpenburguesía global, son su sombra periférica, 
ni más ni menos degradada que sus paradigmas internacionales. Muy por 
debajo de todo ese universo sobreviven pequeños y medianos empresarios 
industriales, agrícolas o ganaderos que no forman parte de las elites 
pero que si consiguen ingresar al ascensor de la prosperidad 
inevitablemente son capturados por la cultura de los negocios confusos, 
si no lo hacen se estancan en el mejor de los casos o emprenden el 
camino del descenso.



Aunque cuando estudiamos a esas elites rápidamente descubrimos que su 
dinámica puramente “económica” solo existe en nuestra imaginación, un 
negocio inmobiliario de gran envergadura seguramente requiere conexiones 
judiciales, políticas, mediáticas, etc., por su parte para llegar a los 
niveles más altos de la mafia judicial es necesario disponer de buenas 
conexiones con círculos de negocios, políticos, mediáticos, etc. y ser 
exitoso en la carrera política requiere fondos y coberturas mediáticas y 
judiciales. En suma, se trata en la práctica de un complejo conjunto de 
articulaciones mafiosas, grupos de poder transectoriales vinculados a, 
más o menos subordinados a (o formando parte de) tramas extra-regionales 
a través de canales de diverso tipo: el aparato de inteligencia de los 
Estados Unidos, un mega banco occidental, una red clandestina de 
negocios, alguna empresa industrial transnacional, etc.



A comienzos del siglo XX la elites latinoamericanas formaban parte de 
una división internacional del trabajo donde la periferia 
agropecuaria-minera exportadora se integraba de manera colonial a los 
capitalismos centrales industrializados, en aquellos tiempos Inglaterra 
era el polo dominante[9]. Luego llegó el siglo XX y su recorrido de 
crisis, guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, keynesianismos, 
fascismos, socialismos… pero al final de ese siglo todo ese mundo 
quedaba enterrado, triunfaba el neoliberalismo y el capitalismo 
globalizado y cuando este entró en crisis en América Latina emergieron y 
se instalaron las experiencias progresistas que intentaron resolver las 
crisis de gobernabilidad con políticas de inclusión social a sistemas 
que eran más o menos reformados buscando hacerlos más productivos, menos 
sometidos a los Estados Unidos, más igualitarios y democráticos. Las 
elites dominantes se pusieron histéricas, aunque no habían sido 
seriamente desplazadas perdían posiciones de poder, se les escapaban de 
las manos negocios suculentos y su agresividad fue en aumento a medida 
que la crisis global dificultaba sus operaciones. Por su parte los 
Estados Unidos en retroceso geopolítico global acentuó sus presiones 
sobre la región intentando su recolonización. Al comenzar el año 2016 
los progresismos han  sido acorralados como en Brasil o Venezuela o 
derrocados como en Paraguay o Argentina, Obama se frota las manos y sus 
buitres se lanzan al ataque, los capriles y macris cantan victoria 
convencidos de que estamos retornando a la “normalidad” (colonial), pero 
no es así; en realidad estamos ingresando en una nueva etapa histórica 
de duración incierta marcada por una crisis deflacionaria global que se 
va agravando acompañada por señales alarmantes de guerra.



Las éĺites dominantes locales no son el sujeto de una nueva 
gobernabilidad sino el objeto de un proceso de decadencia que las 
desborda, peor aún esas lumpenburguesías aportan crisis a la crisis más 
allá de sus manipulaciones mediáticas que tratan de demostrar lo 
contrario, creen tener mucho poder pero no son más que instrumentos 
ciegos de un futuro sombrío. Aunque la declinación real del sistema abre 
la posibilidad de un renacimiento popular, seguramente difícil, 
doloroso, no escrito en manuales, ni siguiendo rutas bien pavimentadas y 
previsibles.



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Este texto ha sido publicado en el número 6 de la revista Maíz, Facultad 
de Periodismo y Ciencias de la Comunicación – Universidad Nacional de La 
Plata, Argentina, mayo de 2016.

- Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de 
Buenos Aires.

jorgebeinstein@gmail.com


[1]   Jorge Beinstein, "Serra contra o Mercosul: o auge das direitas 
loucas na América Latina" 
http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Internacional/Serra-contra-o-Mercosul-o-auge-das-direitas-loucas-na-America-Latina
/6/15507

[2]   Carlos Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, en 
Carlos Marx-Federico Engels, Obras Escogidas, Tomo I, páginas 128-129, 
Editorial Progreso, Moscú 1966.
[3]   Ibid.
[4]   Ibid.
[5]   Karl Polanyi, “The Great Transformation.The Political and Economic 
Origins of Our Time”, Bacon Press, Boston, Massachusetts, 2001.
[6]   Andre Gunder Frank, “Lumpenburguesía: lumpendesarrollo”, Colección 
Cuadernos de América, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1970.
[7]   Tyler Durden, "Is Deutsche Bank The Next Lehman?", Zero Hedge, 
http://www.zerohedge.com/news/2015-06-12/deutsche-bank-next-lehman

[8]   Michael Snyder, "Financial Armageddon Approaches", INFOWARS, 
http://www.infowars.com/financial-armageddon-approaches-u-s-banks-have-247-trillion-dollars-of-exposure-to-derivatives/

[9]   "La inversión de las naciones industriales, en especial de 
Inglaterra, fluyó hacia América Latina. Entre 1870 y 1913, el valor de 
las inversiones británicas aumentó de 85 millones de libras esterlinas a 
757 millones, una multiplicación casi por nueve en cuatro décadas. Hacia 
1913, los inversores británicos poseían aproximadamente dos tercios del 
total de la inversión extranjera". Skidmore, Thomas E. y Smith, Peter 
H., "Historia contemporánea de América Latina. América Latina en el 
siglo XX", Ed. Grijalbo. 4a. edición, España, 1996.

URL de origen: http://www.alainet.org/es/articulo/177207


			

RTVE video reportaje sobre España y las nuevas gentes tras la Conquista de México-Tenotchtitlan

revisiones…y revisiones…acerca del DIAMAT soviético

Reproducimos este texto, íntegro, en el que se comenta , pensamos, con fineza dialéctica acerca de la revisión que se planea hacer desde la Fundación Gustavo Bueno ( es decir, desde el denominado materialismo filosófico) de lo que siginificó el DIAMAT soviético

Estas cuestiones resultan más importantes de lo que pudiera parecer , y desde luego no son meras cosas de filósofos: en tiempos de crisis , seria, muy profunda, del capitalismo en la fase de globalización presente, es interesante hacer un balance pero CRÍTICO Y DIALECTICO acerca de lo que está sucediendo con el neoliberalismo y posibles alternativas concretas.

Quisera mencionar, como sugerencias para el análisis y la crítica, además del texto que sugiero más abajo, autores como :

Wolfgang Streeck   http://newleftreview.es/authors/wolfgang-streeck 

William Robinson   http://www.soc.ucsb.edu/faculty/robinson/Assets/pdf/Una%20teoria%20sobre%20cap%20global.pdf

ortada :: Opini
03-06-2015
Gustavo Bueno y el rigor filosófico
Sobre “el estalinismo radical” de Manuel Sacristán
“El filósofo y su Fundación revisan el materialismo dialéctico a los 25 años del hundimiento de los soviets”. Es un titular de La Nueva España, de 2 junio de 2015. La información es de Rubén Ibáñez. En ella se da cuenta de un encuentro, de una conferencia de prensa en la que Gustavo Bueno Martínez, padre, confesó que “no me atreví a hablar en público contra la URSS nunca”. La revelación “no pretendía ser una disculpa, ni una concesión al psicologismo, ni mucho menos un reniego, sino una descripción del inmenso peso del Diamat, el Materialismo Dialéctico, o sistema filosófico impulsada por el “imperio de la URSS durante 80 años”. La apostilla: “Un impulso que, además, fue particularmente “difundido en España e Hispanoamérica por voluntad expresa del PC soviético”, anotó por su parte Gustavo Bueno Sánchez”.

Los dos Gustavo Bueno, Martínez y Sánchez, prosigue Ibáñez, “cerraron ayer el curso 2014-2015 de la Escuela de Filosofía de Oviedo y pusieron las bases para el trabajo del próximo periodo, el Seminario Diamat-Materialismo filosófico, o confrontación de ambos sistemas”, algo que el propio Gustavo Bueno padre había trazado ya en 1970, cuando publicó en Ciencia Nueva El papel de la filosofía en el conjunto del saber, libro que polemizó con otro anterior de Manuel Sacristán en Nova Terra, Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores.

Las razones esgrimidas para el nuevo seminario: “Se cumplen 25 años del derrumbamiento de la Unión Soviética, con lo que hay una distancia para reflexionar, pero, además, hay jóvenes profesores y sovietólogos con importantes trabajos en los últimos años”. Respecto al pasado del Diamat y a su crítica, Bueno aclaró que “en aquellos años había una especie de censura ambiental, “una realidad que te envolvía”. Puso el ejemplo, positivo, de José María Laso. Sin embargo, y pese al ambiente, Bueno polemizó en el libro con Manuel Sacristán, “representante del estalinismo radical” (el periodista está citando al autor de Ensayos materialistas).

Dejo la restante información de lado (y hago mal) porque uno puede encontrarse con “perlas” como la siguiente: “En cuanto a la degradación de la política, da testimonio el tramo actual postelectoral, “de puestos, pactos, concejales…, de gallinitas picoteadoras”, sentenció Bueno. “Es algo que carece de interés, salvo por cuestiones sociológicas o psicológicas”, agregó. Y en términos semejantes, en los partidos de izquierda “no saben ni lo que dicen”, ya que “tras el derrumbamiento de la URSS les quedan unas pocas ideas retenidas como dogmas”. ¡Pocas ideas retenidas como dogmas! ¿De qué izquierda estarán hablando? O esta otra perla también: “el Diamat cumplía con los requisitos de los grandes sistemas filosóficos. A saber, contenía “un sistema de conceptos claros y distintos y un conjunto de ideas basados en unas disciplinas”. Además, y fundamental, “detrás tenía una organización totalizadora, un imperio”. Al calor de imperios como los de “Alejandro Magno, Roma, España o los soviets”, se han acrisolado las grandes filosofías”. ¿Una gran filosofía necesita siempre un Imperio detrás? ¡Vaya por Dios y la filosofía!

Vuelvo al punto anterior. Unas observaciones sobre la afirmación-acusación y la justificación del silencio.

Gustavo Bueno padre confesó, como se ha indicado, que “no me atreví a hablar en público contra la URSS nunca”. Vale, no se atrevió. No pasa nada pero otros sí. Por ejemplo, en esta carta de Manuel Sacristán, “el estalinista radical”, de 1968, cinco días después de la invasión de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia, se afirma:

“Tengo que bajar a Barcelona el jueves día 29. Pasaré por tu casa antes de que esté cerrado el portal. Tal vez porque yo, a diferencia de lo que dices de ti, no esperaba los acontecimientos, la palabra “indignación” me dice poco. El asunto me parece lo más grave ocurrido en muchos años, tanto por su significación hacia el futuro cuanto por la que tiene respecto de cosas pasadas. Por lo que hace al futuro, me parece síntoma de incapacidad de aprender. Por lo que hace al pasado, me parece confirmación de las peores hipótesis acerca de esa gentuza, confirmación de las hipótesis que siempre me resistí a considerar. La cosa, en suma, me parece final de acto, si no ya final de tragedia. Hasta el jueves. Manolo.

Para completar la aproximación pueden leerse por ejemplo, hay más, los siguientes textos, todos ellos publicados en el volumen III de sus “Panfletos y Materiales”, Intervenciones políticas: “Cuatro notas sobre los documentos del abril del P.C. de Checoslovaquia” (1969), “Checoslovaquia y la construcción del socialismo” (1969) y “Entrevista con las Juventudes Comunistas de Cataluña sobre Checoslovaquia” (1978). Un ejemplo, es del primer texto:

Los países socialistas (pre-socialistas, propiamente) se lanzaron, nada más expropiados los expropiadores, a un trabajo social basado en el entusiasmo imputado a toda la población…; intentaron, pues, construir un “hombre nuevo” (una nueva sensibilidad moral colectiva) por vía idealista, en vez de por vía materialista. Lo pagaron con el precio clásico del idealismo: con una falsedad “trascendental” que diría el filósofo, construyendo una “sociedad escindida” que habría dicho Marx (por intentar entender con conceptos de éste lo que ha pasado hasta ahora en la construcción del socialismo). En efecto, aunque tal vez Stajanov sea un héroe, los stajanovistas fueron pronto una pandilla de esquiroles hablando en plata obrera, ayudantes de la naciente política social, encubridores de la contradicción entre la retórica del “hombre nuevo” (del “citoyen” decía Marx) y el continuado imperio de la economía política (del “homme”, decía Marx). Así se reprodujo “la sofística del estado” (Marx). No hay humanidad nueva en serio mientras haya mercancía. Hay sólo, mientras tanto, la relativa nueva pobreza de la vanguardia revolucionaria, novedad voluntarista, no básica.

Hay más ilustraciones. En los compases iniciales de uno de sus grandes artículos políticos (“A propósito del ‘eurocomunismo”, Intervenciones políticas, ed cit, p. 197), señalaba Sacristán con acierto (e ironía):

[…] Los rusos pecan de incautos cuando contraponen el carácter “real” de su “socialismo” al movimiento animado por el Partido Comunista Italiano, o el francés, o el de España, porque alguien les replicará que es más realidad social el 30% (no menos del 50% del proletariado) de un electorado como el italiano que la policía política checa y las tropas blindadas de ocupación. Fuera del bloque de hegemonía rusa y del Extremo Oriente, los tres principales partidos “eurocomunistas”, si no ya también el japonés, integran la mayor realidad político-social precedente del movimiento que se originó por reacción al abandono del internacionalismo proletario por la socialdemocracia, al voto nacionalista de los créditos de guerra de 1914.

En Observaciones 72, un documento para la discusión interna del PSUC, se pueden encontrar varias reflexiones de Sacristán sobre algunos de los procesos revolucionarios de orientación socialista del pasado siglo. Sacristán señala que la construcción del socialismo en la URSS y en todos los otros países donde la burguesía había sido derrotada por el ejército Rojo, así como en China y en Cuba, la planificación económica seguía el camino que en las sociedades capitalistas desarrolladas había conducido a un callejón sin salida, no sólo en el plano económico sino también en los terrenos del propio modo de vida y en el del asentamiento de la especie humana en la tierra. Y añadía:

Esto no se refiere sólo al pesadismo soviético tradicional, sino también a la elección de los multiplicadores económicos ya utilizados por las economías imperialistas, con la consiguiente decisión implícita acerca de los modos de vida. Por ejemplo, el 15-III-1972, Tele/Express reproducía una entrevista concedida al New York Times por el Dr. Agnelli, presidente de la FIAT, en la que este enemigo principal de la clase obrera en el estado italiano valoraba la intervención de su sociedad en la economía soviética. Entre otras cosas, decía. “No hemos tenido ningún interés económico en este negocio [la instalación del monstruoso centro de producción de automóviles para propiedad personal (¿o no se la puede llamar ya privada?) de Togliattigrad], pero hemos obtenido beneficios de otras muchas clases”.

En efecto, comentaba MSL, el principal beneficio obtenido por lo que Agnelli representa es el haber remachado la coincidencia de la dinámica económica soviética con la capitalista-imperialista. La dificultad ilustrada por este ejemplo tenía incluso alcance teórico, porque probablemente obligaba a reinterpretar, revisar o negar la opinión de Marx (expresada en su defensa de Ricardo contra la crítica romántica del capitalismo) sobre la función de “la producción por la producción”. En segundo lugar, MSL apuntaba por la vía de reinterpretación del papel de los partidos comunistas, vía que debía incluir los nuevos problemas post-leninianos, y que si bien debía partir de lo pensado por los clásicos de la tradición respecto de la objetividad comunista, tenía también que reconocer el fracaso de la revolución cultural en la URSS, “al no pasar de ser un fenómeno, aunque de gran amplitud, sólo cuantitativo, no productor de una cultura nueva… y por la inseguridad o los muchos puntos dudosos de los hechos conocidos de lo que en China se ha llamado, tal vez con demasiado ambición, ’primera revolución cultural’”. Concluía Sacristán con el interrogante de si los problemas que para la teoría marxista representaban algunos de los nuevos fenómenos sociales no obligaba a preguntarse sobre si el denominado extremismo de izquierda comunista de los años veinte y treinta (Korsch, Pannekoek) no llevaba algo de razón, sugiriendo por ello el replanteamiento de las cuestiones que esta tendencia marxista había suscitado. También, en Apuntes 74, otro documento para la discusión del programa del PSUC, Sacristán comentaba críticamente la concepción defendida en el “avant-projecte [anteproyecto] de programa del PSUC” sobre la época histórica que se estaba viviendo en aquellos años. En el documento se sigue pensando en clave de la fase de “esperanza democrática antifascista” del final de la II Guerra Mundial. En su opinión, esta fase había pasado hacía ya tiempo y fue sustituida, primero, por la guerra fría, y luego por el “entendimiento entre los gobiernos de Washington y Moscú (¿Y Pekín?), o sea, entre la gran burguesía capitalista norteamericana, la casta dominante rusa (¿y la casta dominante china?)” Además, la identidad del modo de desarrollo civilizatorio entre la sociedad capitalista norteamericana y la soviética no excluía pugnas entre unos y otros. Pero “sí excluye todo optimismo acerca de un desarrollo histórico espontáneo -en la política internacional- en el sentido de la democratización de la vida política”.

En cuanto al estalinismo hay una conferencia del “estalinista radical” sobre el tema recogida en Manuel Sacristán, Seis conferencias, Barcelona, El Viejo Topo, 2005, con un prólogo que no hay que perderse de Francisco Fernández Buey. Pocas críticas como ésta. La intervención está fechada en 1978. Un fragmento:

(…) de todas maneras hay que añadir en seguida que no faltan diferencias muy visibles entre el leninismo histórico y el stalinismo histórico, entre el leninismo real, digamos, que existió y el stalinismo real. Por limitar este breve repaso a cosas que todos tenemos obviamente más o menos presentes, concentraría las diferencias más visibles en torno a éstas. Por una parte, la cantidad de poder acumulado en el sistema stalinista… Este sería el primer rasgo diferenciador de los muy visibles, de los que se aprecian ya a primera vista: la diferente concentración de poder. (…) Diría que otro rasgo diferencial es que aunque sin duda la Cheka se haya fundado bajo Lenin, aunque sin duda haya habido ya bajo Lenin, en el leninismo clásico, fenómenos tan dolorosos como el de Kronstadt, por ejemplo, y muchos otros, sin embargo el terror bajo la época de Stalin se diferencia en que tiene como principal orientación el ser un terror contra la vieja guardia bolchevique, contra el mismo partido (…) El tercer rasgo sería, en mi opinión, el apoyo del stalinismo en el nacionalismo ruso. (…) Todo ello está relacionado con un último rasgo que yo diría muy diferenciador de cualesquiera que hayan podido ser las durezas y violencias de la época del poder soviético en vida de Lenin. Ese cuarto rasgo se desprende un poco de los anteriores. Es el cinismo ideológico… Para él, la ideología y la teoría es una pura cobertura de cada momento de las necesidades prácticas, con un desprecio por la teoría que el equipo leninista jamás había sentido (más bien el equipo leninista si en algo había pecado en eso era de todo lo contrario. De una costumbre, muy de intelectuales por lo demás, de estar siempre fijándose en todos los detalles de la teoría) (…) Incluso la noción de socialismo ha quedado falseada desde entonces. En la tradición socialista se llamaba “socialismo” a una determinada forma de vida. A partir del stalinismo y durante muchos años -yo recuerdo cuando lo hacía- hemos usado “socialismo” para significar sólo la obtención de algunos instrumentos de lo que creíamos que era el socialismo; por ejemplo, estatalización económica, etc. La misma palabra “socialismo” ha quedado prácticamente afectada en ese período.

En el coloquio, por si hubiera alguna duda, señaló “el estalinista radical”, es decir, el antiestalinista radical:
¿Cuáles eran las otras preguntas? ¿Si el estalinismo ha sido una forma de dictadura del proletariado? Aquí discrepo a pesar de que has hecho el sutil inciso salvador, para que yo pudiera agarrarme, de que ha habido muchas formas de dictadura burguesa y así yo podía decir que también ésta había sido una forma de dictadura del proletariado. Digo que no: el estalinismo ha sido una tiranía sobre la población soviética, una tiranía asesina sobre el proletariado soviético y conservar la nostalgia de eso es estúpido y criminal…

Un paso complementario que demuestra sensibilidad, conocimiento y ausencia de ceguera política:
Lo que yo sí consideraría poco inteligente, y también criminal, sería intentar alimentar una nostalgia estaliniana que no fuera la nostalgia por los combatientes del estalinismo. Cuando antes he hecho la alusión a los militantes a los que yo he visto llorar, está claro que no estaba riéndome de ellos. Sé la cantidad de autenticidad de lucha comunista que hay debajo del estalinismo. Debajo de aquella época, pero debajo. Los que estaban debajo no sólo merecen todos los respetos sino admiración y a muchos los quiero profundamente. Pero a los que estaban debajo. Es decir, el sistema mismo no puede ser objeto de nostalgia. De ninguna de las maneras, ni puedo admitir que eso fuera dictadura del proletariado. En absoluto.

La apostilla final, para rematar la posición de nuestro “estalinista radical”:

Eso fue un sistema de acumulación de capital, con crueldades incluso innecesarias. Pero en ningún caso una acumulación de capital para empezar una industrialización es dictadura del proletariado. Si eso hay que llamarlo “dictadura del proletariado”, la revisión del marxismo que hay que hacer entonces es muchísimo más enérgica, incluso ya prescindiendo de los rasgos tiránicos, limitándome sólo a los contenidos sociales de aquello. Una acumulación de capital no se ha llamado nunca dictadura del proletariado en nuestra tradición, en nuestro vocabulario.

Así, pues, a la manera euclidiana, como si fuera el compás final de una demostración de un libro de los Elementos: como está demostrado, todo un estalinista radical. Excelente ejemplo de rigor, la filosofía en estado puro de Gustavo Bueno.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

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informe del Foro Económico Mundial 2016

http://reports.weforum.org/global-risks-2016/

Previsiones para 2030, escenarios probables en el mundo que nos espera

so30

Global risk report 2016 Walled Cities,Strong regions, War & Peace scenarios

wef9f1-2-6eb0ee54ae3533e45b5e55d5ffc504cd

30 The Global Risks Report 2016
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
Natural Resources, Climate Change
and International Security
Climate change is expected to amplify
existing security problems and create
new ones. As explored in Part 1, the
world will increasingly feel its effects:
extreme weather events including
prolonged high temperatures and
droughts, freak storms and floods, and
rising sea levels threatening coastal
cities and island countries are expected
to occur more frequently and at greater
scale, touching many countries,
especially those already grappling
with poverty, fragility and ineffective
governance.
The likely impact of climate change
on food security, explored in depth in
Part 3, is another channel of impact on
the international security landscape.
As wells dry up, crops and fisheries
fail, and people lose their livelihoods,
simmering tensions between social
groups are more likely to boil over into
community violence. Armed non-state
actors, including insurgencies and
terrorist groups, will be able to leverage
this new source of insecurity as an
additional grievance on which to build
their narratives, finding new recruits
among those made destitute.
Stresses on water and food could
contribute to rising tensions among
states. Trade may be interrupted by
the hoarding of commodities, local
populations can object to foreign
control of arable land, and arguments
may erupt over rights to draw water
from rivers and aquifers that cross
borders.
Box 2.5: Scenarios Methodology
What are the most pressing issues leaders should address? What trends are driving transformations? To be as prepared as
possible for the future, leaders need to think broadly and consider the worst that could happen.
Strategic foresight enables assessments of what the future context might look like through carefully researched and validated
scenarios. Scenarios extrapolate existing trends to provide insights that can inform more robust decision-making. The three
scenarios presented here (Figure 2.5.1) describe how the seven driving forces of international security could interact and how
prominent actors might respond. The collaborative process of developing and using scenarios can generate the relationships
necessary to drive change.
During a year-long initiative, launched at the Annual Meeting in 2015,1 over 250 members of the World Economic Forum’s
network participated in consultations to build the scenarios. To ensure a broad perspective, our team conducted 10 workshops
in six regions, with participants from government, the security sector, academia, civil society, youth, and the business sector,
which together comprised 41% of the total number of participants (see Figure in the Acknowledgements section). A full list of
contributors is included in the Acknowledgements.
Note
1 Eide and Kaspersen 2015c.
Figure 2.5.1: Illustrations of the Scenarios
Walled cities Strong regions War and peace
The Global Risks Report 2016 31
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
Interstate tensions are also likely to be
stoked by an increase in migration into
countries less affected by the changing
climate. Environmental stresses will
accelerate migration across borders
and also to cities, putting additional
stress on urban infrastructure in many
countries. Cities will need to find new
tools and policies to manage security
risks.
Security Outlook 2030:
Three Alternative
Scenarios
The potential for rapid and radical
change, even though the form it
takes is unknown, raises fundamental
questions about planning and
preparedness. In this section, three
scenarios describe potential evolutions
of the international security landscape
to 2030 (see Box 2.5 for a description
of the methodology used). These are
not intended to be predictions, but
plausible trajectories that can usefully
challenge current thinking and serve as
a call to action for the development of
more adaptable and resilient response
systems.
Future 1: Walled Cities
As greater penetration of information
and communications technology
broadens the horizons of citizens in
many countries, raising expectations
in areas such as health, education,
infrastructure and quality of
governance. At the same time, fiscal
challenges are reducing governments’
ability to meet citizens’ expectations
– and citizens become disillusioned
by their exposure to public sector
corruption, poor service delivery and
ineffective institutions.
This scenario foresees widening
inequalities of wealth, income,
health, environment and opportunity
continuing to pull communities apart.
In wealthier nations, the middle classes
are hollowed out by declining wages
and dwindling public goods. Those
who can afford it are increasingly
retreating to gated communities and
turning to the private sector for what
were once public services, divorcing
their interests from the common
good.23 Fertile soil, fresh water and
even clean air become increasingly
commoditized and traded between
those who can afford them. With
economic and political elites feeling
ever more identical and distant from
citizens, states lose their ability to
bring people together around a shared
narrative or identity. Trust is eroded, as
is the social contract between citizens
and government.
The vitality of many states is challenged
by demographic trends. In some
regions, large youth populations come
of age with few opportunities for stable,
well-paid employment. In other regions,
the demographic bulge is of the elderly,
creating ever greater needs for finance
for pensions and healthcare; this puts
pressure on declining working-age
populations and limits the resources
available for states to address security
issues.
Social cohesion is further weakened
by mass migration, as youth seek
economic opportunities and
humanitarian or environmental
catastrophes displace people. In the
absence of narratives that foster a
shared identity and common cause,
mismanaged migration flows and poor
integration of migrant communities
create tensions. Anxiety over migration
fuels the rise of extremist, xenophobic
and ethno-nationalist political
parties that advocate for a return of
authoritarian government and national
identities based on culture, ethnicity or
religion, effectively exploiting narratives
of “us” vs. “them”.
As younger populations spend more
of their lives online, they fill the need
for shared narratives and a sense of
community with like-minded people,
sometimes in faraway geographies.
Meanwhile, millions of children are
coming of age in refugee camps,
often under duress, and with no
natural sense of belonging. Rootless
and disillusioned, often traumatized
by growing up amid civil wars or
community violence, more young
people become anti-system and
vulnerable to recruitment by violent
groups or gangs.
Insurgencies, terrorist groups, and
criminal organizations all exploit
the security deficit, leveraging new
technologies to strengthen their hands
against strained security forces.
Overwhelmed by internal threats,
states double down on internal
security issues and disengage from
multilateral collaboration, reducing the
effectiveness of global institutions and
mechanisms.
In some areas, lines between states
and violent non-state actors blur.
Terrorist or criminal groups, often in
opaque alliances, seize control of more
territories and run them like states,
threatening nations and even regions
with collapse. The corridor between
South America and Mexico, Iraq and
the Levant, and swathes of West and
Central Africa are among the areas now
under pressure from combinations of
civil wars, humanitarian crises, violent
extremist activity, crime and gangs.
More and more frequently, legitimate
non-state actors and organizations fill
some of the spaces left by weakened
national governments, often with
social support. Companies and private
charities fill the void and manage what
were once public services. With their
operations located near desperate
communities, many companies are
drawn into addressing the social
consequences of insecurity and
violence. Eroding state power also
increases city power, with cities coming
to be regarded as the most practical,
functional unit of governance.24
The world divides into islands of
order in a sea of disorder. As large
numbers of people are displaced
by environmental change and
social violence, still-functioning
states seek to protect themselves,
often deploying private military and
intelligence apparatus to minimize risks
of involvement in protracted conflict.
In this scenario, by 2030 the world
resembles medieval times, when the
citizens of thriving cities built walls
around them to protect themselves
from the lawless chaos outside.
Future 2: Strong Regions
An alternative scenario envisages the
volatile and competitive interregnum
paving the way for the emergence of a
stable world by 2030 with several seats
of power.
32 The Global Risks Report 2016
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
In this future, as wealth accumulates
in the South and East, more players
are able to make strategic economic
investments in diplomacy, critical
technologies and infrastructures. The
balance of power adjusts, creating a
new order of mostly regionally based
spheres of influence and interests
that are generally accepted, as are
newly evolved norms of engagement
over political disputes and shared
resources.
Far from their power being eroded,
states in this world are strong – at
times authoritarian. Strong leaders rise
to power on promises to refocus on
narrowly defined national interests, with
minimum diversity and high solidarity
for citizens. Narratives recalling
(imagined) past glories and comforting
homogeneity of ethnicity and creed
become a strategy to compensate
for the uncertainty of the future. As
in the 1930s, leaders persuade their
citizens to “escape from freedom”:
these leaders strictly control borders,
forcefully curb migration, invest more
in military and police, and persuade
people to accept mass surveillance
as the only way to be protected from
deadly threats.
Overwhelmed by mistrust among
states, governments invest their
political, financial and diplomatic capital
in bilateral and regional processes.
Effective regional powers emerge,
as do new alliances of convenience
where shared interests transcend
the regional perimeter. Global
governance mechanisms continue
to lose credibility. New forms of
cooperation initially run in parallel with
the established global architecture,
gradually taking over roles including
development, trade, finance, security
and the internet. Counterintuitively, this
proves to reduce competition between
states: with contentious issues taken
off the global table, states are able
to rebuild enough trust to maintain
stability at the international level.
For example, in this world cyberspace
is neither open nor global. States
establish further controls over the
internet, sometimes in collaboration
with allies, building their own
capabilities in data storage, search,
and infrastructure – and using security
threats and the promise of better
public services through big data to
win popular support.25 Climate change
is another example: as its effects
become clearer, states increasingly
shift attention from cumbersome global
efforts to more functional regional
ones. The goal of saving all humanity
from catastrophic climate change gives
way to states and regions working
together to adapt and protect “their
own” citizens.
With bad memories of recent foreign
interventions and increasing domestic
polarization over foreign affairs, the
United States refocuses its priorities
and abandons its ambition to be the
centre of the global stage, allowing
others to fill the void on major political
issues. China’s “peaceful rising” no
longer raises apprehensions among
other powers; its prominence in East
Asia becomes an accepted fact.
ASEAN goes into a comfortable orbit
around its giant neighbour, while
Japan focuses on maintaining good
trade relations. The United States and
China mutually accept their economic
relevance and shared roles and
responsibilities in a new world order.
Sweeping aside any last resistance,
Russia consolidates its sphere of
influence in Central Europe and
Eurasia. Europe – having rebuilt its
economic partnership with Russia
and consolidated links with the United
States – develops several levels of
integration and remains functional as
a coherent regional trade bloc. Latin
America and the Caribbean leverage
their abundant resources and strategic
location to consolidate into a regional
bloc. The push for African integration
continues apace, with two subregional
integration blocs emerging
as twin poles of influence. Following
years of fruitless proxy conflicts in the
Middle East and North Africa, two
carefully balanced security alliances of
functioning states restore some degree
of order to the region.
Fifteen years into the future, this
balance of regions and alliances is
only beginning to consolidate as a new
global order. Former rivals and enemies
are tempted to test the boundaries,
leading to strong pushbacks and
reconfirmations from regional powers
that the new order is here to stay.
Security issues are handled by regional
allies or relevant players, rather than at
the global level.
Inevitably, there are losses for the
global economy: geopolitical interests
take predominance over economic
ones, with corresponding inefficiencies
as globalization goes into reverse.
However, with the revolution in
manufacturing and automation making
it possible to produce goods closer to
the consumer, there is less need for
global trade in goods and less need
to outsource production to low-wage
countries. Companies must make
costly and complex arrangements to
be able to operate across regions; in
many cases, abandoning international
strategies, localizing or breaking up into
smaller regional entities, prove to be
more effective strategies.
Future 3: War and Peace
The final scenario envisages the world
drifting into a major conflict during the
next 15 years, which ultimately leads to
a reworking of the global system.
In this future, established powers
remain in denial about the major
shifts of economic, demographic and
political power that have taken place.
Growing strategic competition between
states erodes their trust in each
other, and therefore their capacity to
collaboratively resolve disagreements
about the role of certain countries in
certain regions: for example, the United
States in the Asia-Pacific; Russia in
Central Asia; and China in South-East
Asia.
Meaningful progress slows on issues
such as climate change, with global
solutions blocked by states that
calculate that taking action would
be too problematic domestically, or
that they could gain from new lands
becoming suitable for crop production
or resource exploitation. There is no
longer consensus over the normative
foundations or rules of the international
system, which is not able to manage
the rising tensions.
With stagnant growth and the rise of
isolationist movements in established
powers, space opens up for emerging
powers to test the status quo.
Meanwhile, internal pressures grow
The Global Risks Report 2016 33
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
in many countries: to varying extents,
social turmoil erupts as emerging
technologies put many people out
of work and extreme weather events
overwhelm the responsive capacity
of governments. In some countries,
upheavals feed into virulent nationalism,
drawing on historical grievances
against powerful neighbours.
Eventually, in this scenario, a major
conflict erupts between two leading
powers. One state experiences
a massive cyberattack on critical
infrastructure, causing loss of life. It
accuses another state of complicity,
and launches a conventional attack in
retaliation. Denying any involvement,
the second state considers it has been
attacked without cause. Outraged
populations on both sides demand
further action; nervous leaders
seek to shore up their positions
and miscalculate the gravity of the
consequences.
Other states are dragged into the
escalating conflict and forced to
choose sides. Armed non-state actors
on both sides seek to leverage the
conflict for their own ends, forcing the
parties to the war not only to fight each
other, but also to engage in hybrid
conflicts against third parties.
Ultimately, the conflict stops short
of all-out mutual destruction, but
not before imposing high costs on
both sides – human, economic, and
infrastructure. The “nuclear taboo”
– that states abstain from using the
ultimate weapons, even if they possess
them, still proves to hold true – but
belligerents did begin to prepare for
their application. There is no clear
victor. In this scenario, the aftermath
of the conflict leads to a sense of
determination to prevent a repeat
interruption to business as usual. The
commonly accepted argument is
that the lesson to be learned from the
failure of previous global mechanisms
to mediate conflicts is that those
mechanisms were not only excessively
ambitious but also largely ineffective.
States set about identifying the
few basic practicalities that truly
demand global cooperation: norms,
for example, relating to the seas,
air corridors, and finance. Because
of their economic relevance, many
of these norms are looked after by
multistakeholder organizations, rather
than intergovernmental organizations.
Civil society and business leaders
take on management roles in global
arrangements. Other areas previously
of interest to global governance
institutions, from human rights and free
trade to international development and
control of the internet, are set aside
as non-essential to the basic aim of
preventing conflicts. The UN nominally
retains a peacekeeping function in
protracted conflicts, but is not able
to regulate relations between leading
states.
The result is a stripped-down global
system in which the liberal ideals of
freedom, democracy, justice and
equality are no longer put forward as
a paradigm to which all should aspire.
A new entente emerges on respect for
differences of political and economic
approach, though this means
accepting a degree of entrenched
global inequality and disintegration,
and a parcelling up of the global
commons. Where they can, people and
companies move to places that suit
their objectives best.
Implications and
Outcomes
Though none of the three scenarios
presented here will occur exactly as
described, the security landscape
of the future may manifest multiple
elements from one or more of the
scenarios, probably simultaneously.
Indeed, it can be argued that we have
already entered the period of “walled
cities”, as the refugee crisis seems to
lead some nations to the reflex reaction
of closing borders – both physical and
political – as described in Part 1.
The three scenarios may come across
as somewhat dystopian, because they
are extrapolations of existing, negative
trends. The world does not need to
arrive at these dystopias, however. Our
collective knowledge, connectedness,
technological advances and
social innovations present endless
opportunities to change the outcome
and shape a more secure world,
given strong leadership and the
right decisions being taken at the
international level. This last point brings
us back to the purpose of this Report:
to cast new light on decisions that need
to be taken today. The following set of
recommendations is intended to aid in
envisaging possible futures and to help
change control the trajectory we are on
and improve the outcome.
Overhauling the Social Contract
Above all, these three scenarios point
to the need to overhaul the social
contract between citizen and state.
Re-establishing trust in governance,
improving the accountability of
institutions and leaders, reducing
social and economic divergences and
delivering better services should be
top objectives for policy-makers. In
these areas,26 technology is not only
a potential disruptor but also a key
enabler.
More effective governance alone may
not suffice, however, without also
building greater social cohesion. The
fabric that binds citizens to the state
and to each other is fraying. A critical
task for the state is to reinforce notions
of citizenship and narratives of inclusion
within national discourse, which can
pave the way for reconciling political
and theological differences both
domestically and internationally.
Rewiring Global Governance
All three scenarios reflect uncertainty
around the future role and ability of
global governance institutions to
deliver on security. In an ideal world,
a strong global body would have the
tools and standing to mitigate conflicts
involving either terrorism or competition
between great powers, and to contain
and resolve peripheral conflicts. At
present, however, the multilateral
system appears overwhelmed by the
number and complexity of issues, and
international mechanisms are often
fragmented, co-opted or undermined
by the special interests of chosen
member states.
If states want to strengthen their ability
to take collective decisions on key
international security matters, they
need to improve the efficiency of the
multilateral apparatus. Progress on
meaningful reform of the United Nations
and the Bretton Woods Institutions to
reflect current political and economic
34 The Global Risks Report 2016
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
realities has been slow and unfocused.
Piecemeal reform of the system itself
will not suffice: the choice is between
implementing comprehensive reform
to create the right mechanisms and
responses for future global cooperation
on security, and allowing the “death
by a thousand cuts” of the global
governance system – an outcome that
would not favour international security.
Fostering Global Leadership
Today’s world is in clear need of
strong leadership, new compromises,
innovative ideas and a capacity for
long-term thinking. This is not limited
to government and international
organizations but also applies to
civil society and the business sector.
Because power is distributed among
many sectors, multistakeholder
cooperation is more important for
tomorrow’s security than ever before.
The digital revolution, at times a
source of disruption, can also be a
tool for enhanced transparency – and
transparency, if genuine, offers the
potential to rebuild trust.
As suggested by the “strong regions”
scenario, beginning that process at a
regional level, with new architectures
that are parallel to the existing
international system, could ultimately
strengthen rather than undermine
global stability.
Enhancing the Role of Cities
Refocusing some security efforts at
the level of the city could be another
contribution. As urbanization gathers
pace, cities will increasingly rival states
as the most natural level of government
for harnessing technology to deliver
public services and security. Cities
have also proven their advantages
as sites of innovation, employment
creation and higher productivity,
because they, at times, prove to be
more focused on practical problem
solving than on the “status and
prestige” issues that tend to obscure
interstate relations. Devolving resources
from national to municipal levels and
creating new ways for city leaders
to collaborate on security matters
may also be faster than reforming
established mechanisms for multilateral
collaboration among states.
Promoting Private Sector
Engagement
A strong argument could be made
for increasing the participation of the
private sector as a stakeholder in
international security.27 The implications
of security risks affect companies
assessing where to invest and do
business as much as they affect
governments engaged in trade,
diplomacy and maintaining the security
of their citizens. Yet the potential of
the private sector to contribute to
peace and security is not reflected in
global security mechanisms or at the
multilateral level.
Businesses often see global security
as a risk management and compliance
issue. Limited understanding of
one’s own global, regional and local
impact might sometimes even lead to
inadvertently reproducing or confirming
negative patterns in society and
governance. The traditional business
response to geopolitical skirmishes
has been to view them essentially as
intractable externalities: companies
seek to minimize downside risks
while waiting for a crisis to blow
over. However, in a hyperconnected
world, volatility in one place can have
immediate repercussions on the other
side of the globe. Avoiding investment
in known or potentially volatile places
does not insulate companies from the
impacts of volatility. In today’s world,
companies might be well advised
to understand their own potential to
influence international developments.
Many companies are already
dealing with the root causes of
insecurity, directly or indirectly. From
inefficient governance to corruption,
environmental degradation, social
disparity and unrest in surrounding
communities, many companies
have policies in place to protect their
interests while also addressing these
drivers of insecurity within their core
areas of operations. For example, a
mining company seeking to minimize
environmental impacts on local
communities, a telecommunications
company training local workers in
the skills they require and thereby
also empowering those workers, and
an infrastructure company working
with local government to improve
quality and transparency around
public tenders may all be contributing
towards addressing the drivers of
geopolitical instability. Another way
the private sector can contribute is
through company norms that forbid
involvement with corrupt practices; this
may, over time, spur better governance
and reduce social resentment.
Encouraging New Behaviour
Multistakeholder cooperation might
also be conducive to mitigating the
security implications of technological
innovation. Ethical frameworks and
norms guiding technological innovation
could be elaborated between those
actually involved rather than relying only
on regulators, which will struggle to
keep up with the pace of change in the
Fourth Industrial Revolution. Likewise,
common understandings about the
security dimension of an increasingly
connected world could involve key
private and public stakeholders from
both the emerging technology and
international security spheres.
Viewing climate change through
an international security lens also
suggests several policy options
where multistakeholder action is
critical. These include the search
for new mechanisms to reflect
externalities related to resource
scarcity or environmental effects, while
simultaneously safeguarding social
stability by guaranteeing affordable
access to the necessities for survival.
Public-private partnerships established
to identify technological solutions to
improve the efficiency and resilience
of food production and water use is
another example.
Conclusion: A Call for a
Resilience Imperative
If the “new status quo” implies such
a high presence of global geopolitical
risks and realignment around interests
rather than values, then a wider range
of stakeholders needs to be involved in
setting the direction of the new global
security paradigm and implementing
solutions.
A first step is for private sector leaders
to place international security firmly on
their radar screen. International security
and geopolitical trends are likely to have
The Global Risks Report 2016 35
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
more influence on the global economy
in the future, thus demanding greater
strategic attention from business
leaders. With a stronger understanding
of the issues and their own evolving role
in the geopolitical and global security
landscape, the private sector can be
a constructive partner in addressing
many global security challenges and
mitigating their driving forces.
A second step is to have the traditional
security actors – including international
organizations and governments –
adjust their own frameworks and
processes to build in more publicprivate
participation at the most
appropriate levels. The Extractive
Industries Transparency Initiative, action
taken by technological and social
media companies to block terrorist
and violent extremist activity, and
business alliances for action on climate
change are promising examples of
public-private arrangements that can
strengthen security.
Third, a renewed focus on prevention,
preparedness and resilience, rather
than reaction and compliance, would
likely improve security actors’ ability to
manage known and unknown security
risks. There exists important know-how
and resources in the private sector
that can improve preparedness and
mission-critical planning processes in
a global security context – using data
to track the progress of risk factors,
sharing information on where and
when crimes occur, and establishing
mechanisms for harnessing industry
supply chains during complex
emergencies – are a few examples of
how security arrangements could be
updated.
Rather than wait for crises to happen,
or sleepwalk into the dystopian
scenarios described above, it is
critical to identify potential inflection
points and focus on finding solutions
rather than just containing problems,
and adapt relevant structures
accordingly. Prompting greater pliability
through a genuine, forward-looking
multistakeholder process in order
to ensure against complacency and
improve the outcomes in a fast-paced
and interconnected world may be the
best way to prevent the described
dystopian futures from materializing.
Endnotes
1 “Non-state actors” is a term widely used to describe everything from non-for-profit
or commercial providers, non-governmental organizations across all thematics,
community-based organizations and faith-based organizations. Their characteristics
include sufficient power to shape and cause change, although they are not part
of the established institutions of a state and are thus not accountable to the same
standards as a state. In the global security context, however, the term is often used
to refer to violent, criminal, terrorist and militarized groups or individuals with no ties
to a state or state-like structures but who, through the use of asymmetric strategies
of warfare, declare war on states and state actors. Non-state actors can also be
a force of good in terms of their significant role and emphasis on a specific area of
focus, usually on common goods, for the advancement and promotion of issues.
2 Williams 2008.
3 IISS 2015.
4 UNHCR 2015.
5 Institute for Economics and Peace 2015.
6 Kaspersen and Shetler Jones 2015.
7 See UN Security Council Report S/2015/358, at http://www.un.org/en/sc/ctc/
docs/2015/N1508457_EN.pdf. Letter dated 19 May 2015 from the Chair of the
Security Council Committee pursuant to resolutions 1267 (1999) and 1989 (2011)
concerning Al-Qaida and associated individuals and entities addressed to the
President of the Security Council dated 19th May 2015.
8 Kaspersen 2015a.
9 See Davis, Dusek, and Kaspersen 2015.
10 Argueta de Barillas and Cassar 2015.
11 Vision of Humanity 2015.
12 Stoltenberg 2015.
13 Schwab 2015.
14 Blanke and Kaspersen 2015.
15 George 2013.
16 Kaspersen and Hagan 2015.
17 Kaspersen 2015c.
18 Eide and Kaspersen 2015b.
19 Eide and Kaspersen 2015a.
20 Hybrid threats and warfare refers to the blend of conventional, irregular means
of combat and asymmetric tools, often with a strong cyber element, in military
strategies facing indistinct adversaries and aggressors in a complex battle domain,
complicating matters such as attribution and retribution.
21 The term “cy-ops” refers to militarized cyber operations; “psy-ops” refers to
military operations usually aimed at influencing the adversary mindset through
noncombative means.
22 Kaspersen 2015b.
23 Nye 2014.
24 Sally 2014.
25 Beckstrom 2014.
26 See also the World Economic Forum 2015b.
27 De Sola and Kaspersen 2015.