El Imperio neoliberal europeo, en vías de colapso. Análisis del autor del libro ¿Cómo terminará capitalismo?, Wolfgang Streeck, sociólogo alemán

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El “brexit” redistribuye las cartas

Un imperio europeo en vías de colapso

AUTOR Wolfgang Streeck

Por primera vez desde el Acta Única en 1986, fuerzas políticas conservadoras y nacionalistas poderosas no proponen abandonar Europa, sino someterla a su proyecto. Este desafío se añade al del brexit y agrava las tensiones en el seno de un conjunto dominado por una Alemania sin proyecto.por Wolfgang Streeck, mayo de 2019

¿Qué es la Unión Europea? El concepto más cercano que viene a la cabeza es el de imperio liberal, o mejor aún, neoliberal: un bloque estructurado jerárquicamente y compuesto por Estados nominalmente soberanos cuya estabilidad se conserva gracias a una distribución del poder de un centro hacia una periferia.

En el centro se encuentra una Alemania que intenta, con mayor o menor éxito, ocultarse dentro del núcleo duro de Europa (Kerneuropa) que forma con Francia. No quiere que se le considere como aquello que los británicos denominaban una “unificadora del continente”, a pesar de que, en realidad, es el caso. El hecho de que se esconda detrás de Francia constituye para esta última una fuente de poder.

Como los demás países imperiales, comenzando por Estados Unidos, Alemania se percibe –y quiere que los demás la perciban– como una potencia hegemónica benévola, que difunde entre sus vecinos una sensatez universal y virtudes morales cuyo coste asume: una carga que vale la pena por el bien de la humanidad (1).

En el caso de Alemania y de Europa, los valores que legitiman el imperio son los de la democracia liberal, del gobierno constitucional y de la libertad individual; en definitiva, los valores del liberalismo político. Envueltos en el mismo papel de regalo se encuentran la libertad de los mercados y la de la competencia, destacadas cuando es oportuno –en esencia, el liberalismo económico y, en el caso que nos ocupa, el neoliberalismo–.

Determinar la composición exacta y el significado profundo del ramillete de valores imperiales, así como la forma en la que se aplican a situaciones específicas, es una prerrogativa del centro hegemónico. Le permite imponer una especie de señorío a su periferia a cambio de su benevolencia.

Conservar las asimetrías imperiales en un conjunto de naciones nominalmente soberanas requiere acuerdos políticos e institucionales complicados. Los Estados periféricos deben estar dirigidos por elites para las cuales las estructuras y los valores particulares del centro hagan de modelo que hay que imitar. Deben mostrarse dispuestos a organizar su orden interno en materia económica y social de forma que sea compatible con los intereses del centro. El mantenimiento en el poder de esas elites resulta esencial para la supervivencia del imperio. Como nos enseña la experiencia estadounidense, esta configuración tiene un precio en términos de valores democráticos y de recursos económicos, incluso de vidas humanas.

A veces, las elites dirigentes de “países pequeños” o de “países rezagados” en materia de desarrollo buscan un estatus de miembros de segunda categoría del imperio. Esperan que la dirección imperial les ayude a imponer a sus sociedades unos proyectos de “modernización” que no siempre despiertan el entusiasmo popular. El imperio, orgulloso por su lealtad a su causa, les proporcionará los medios ideológicos, monetarios y militares para mantener a raya a los partidos de la oposición.

En un imperio liberal cuya cohesión se basa, en teoría, en valores morales y no en la violencia militar, entre el dicho y el hecho hay un trecho. Las clases dirigentes del centro, como las de la periferia, cometen errores. Por ejemplo, Alemania y Francia, con su actuación conjunta –y con la ayuda más o menos secreta del Banco Central Europeo (BCE)–, no consiguieron mantener en el poder en Italia al Gobierno “reformador” de Matteo Renzi, enfrentado a la resistencia popular. De la misma manera, ante nuestros ojos, Alemania se revela incapaz de proteger la presidencia de Emmanuel Macron ante la cólera de los “chalecos amarillos” y de otros detractores de su programa de germanización económica.

El propio país hegemónico no está a salvo de experimentar dificultades internas. Bajo el régimen del imperialismo liberal, su Gobierno debe procurar que la defensa de sus intereses nacionales –o de lo que considera como tales– dé la impresión de que hace avanzar la causa de los valores liberales en general, de la democracia a la prosperidad para todos. Para ello, puede necesitar la ayuda de sus países clientes. No se pudo beneficiar de ella en 2015, cuando el Gobierno de Angela Merkel intentó resolver la crisis demográfica y, al mismo tiempo, el problema de imagen de Alemania sustituyendo el incremento de la inmigración regulada –que los diputados democratacristianos rechazaban– por la implementación incondicional del derecho de asilo.

Mantener la disciplina imperial

La apertura de las fronteras alemanas so pretexto de que ya no eran controlables, o porque se trataba de una exigencia del derecho internacional, implicaba, en efecto, que la Unión Europea en su conjunto siguiera los pasos de Berlín. Ahora bien, ninguno de los Estados miembros lo hizo. Algunos, como Francia, guardaron silencio; otros, como Hungría y Polonia, reivindicaron públicamente su soberanía nacional. Al romper, por cuestiones de política interior, la regla liberal-imperial no escrita de que no hay que poner nunca en apuros a otro Gobierno –y, sobre todo, no al de la potencia hegemónica–, crearon para Merkel una dificultad interna de la que nunca se ha recuperado. También instauraron una fractura duradera entre el centro y el este de Europa en las políticas exteriores e interiores del imperio. Este acontecimiento no hizo más que añadir nuevas divisiones a las ya existentes en Europa: en el oeste con el Reino Unido y en el sur a lo largo de la línea de fractura mediterránea, que aumentó con la introducción de la moneda única.

Más que otras formas de imperio, un imperio liberal padece un estado de desequilibrio constante y sufre en todo momento una presión procedente de abajo y de los flancos. A falta de capacidad de intervención militar en sus países miembros, no puede utilizar la fuerza para impedirles la secesión. Cuando el Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea, ni Alemania ni Francia contemplaron, ni por un instante, invadir las islas británicas para que permanecieran en ella. Hasta ahora, la Unión Europea ha sido, en efecto, una fuerza de paz. Sin embargo, desde un punto de vista alemán o franco-alemán, un divorcio británico amistoso habría socavado la disciplina imperial, pues otros países en rebelión contra esta disciplina también habrían podido plantearse la cuestión de su salida.

Peor aún, si se hubiera podido evitar una retirada británica con concesiones significativas, otros países habrían podido pedir la renegociación de un acervo comunitario redactado para que nunca deje de ser no negociable. Así pues, el Reino Unido debía elegir: permanecer en la Unión Europea sin beneficiarse de concesiones –una capitulación sin condiciones– o salir de ella a un precio muy elevado. Y esto a pesar de que Londres ha ayudado a menudo a Alemania a disminuir la presión de Francia compensando el estatismo francés con un sano apego (a ojos de Alemania) por la economía de mercado. Con el brexit, este equilibrio se rompe.

Francia, perfectamente consciente de ello, ha preconizado la adopción de una actitud muy firme en las negociaciones con Londres, disimulando apenas su objetivo: que los británicos se atengan a su decisión de partir. Aprovechando algunas preocupaciones alemanas sobre la disciplina imperial, aparentemente ha obtenido lo que deseaba pese a los temores de Berlín, que, por una parte, teme perder uno de sus mercados de exportación más importantes y, por la otra, debe contener actualmente las ambiciones francesas sin el respaldo británico. Al ceder a Francia, ¿ha tomado Alemania una decisión oportunista y sin perspectiva –al más puro estilo de Merkel– que podría costarle muy caro en los próximos años? El futuro lo dirá.

En cuanto al Reino Unido, como la decisión de abandonar la Unión Europea obedecía a consideraciones nacionalistas, y no anti-“socialistas”, podría haber cometido un error histórico. El brexit hace de Francia la única potencia nuclear en la Unión Europea, así como la única que es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Los sentimientos encontrados que inspira en Berlín la ambición de Francia de ser la “primera de la lista” de una Unión Europea integrada de forma más estrecha –lo que podría equivaler a poner a la potencia económica de Alemania al servicio de los intereses franceses– recibirán claramente menos apoyo por parte de los demás Estados miembros. Una vez que el Reino Unido salga del juego, Francia podría aspirar al estatus de unificadora de Europa, presionando a Alemania para que se involucre en un proyecto de Estado europeo al estilo francés, el de una Francia soberana en una Europa soberana. Para los británicos, bloquear esta evolución desde el exterior podría resultar más difícil que sabotearla desde dentro. Aún se recuerdan los esfuerzos realizados en los años 1960 por el general de Gaulle para impedir que el Reino Unido entrara en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea (CEE) debido a que este país no era lo suficiente “europeo”.

La gobernanza de un imperio obedece inevitablemente a consideraciones no solo económicas e ideológicas, sino también geoestratégicas, en particular en los márgenes de sus territorios. La estabilización de los Estados fronterizos situados en la ultraperiferia es necesaria para la expansión económica, sobre todo en el caso de un imperio capitalista. Ahí donde un imperio linda con otro imperio, ya sea expansionista o no, tiende a aceptar el pago de un precio más elevado para conservar entre sus filas a Gobiernos cooperativos o para expulsar a Gobiernos no cooperativos.

Las elites nacionales que, en esas condiciones, pueden amenazar con marcharse o con cambiar de bando se muestran capaces de arrancar concesiones más costosas, incluso aunque sus políticas internas resulten poco apetecibles: es el caso de países como Croacia y Rumanía. Aquí, a fin de cuentas, entra en escena el poder militar –que hay que distinguir del soft power, el poder de influencia, el de los valores–. Aunque a un imperio liberal le costaría utilizar la fuerza contra una población indisciplinada, puede proteger a Gobiernos amigos proporcionándoles los medios necesarios para adoptar una postura nacionalista hostil contra un país vecino que se sienta amenazado por un imperio que avanza sus peones. En contrapartida, un poder hegemónico puede pedir concesiones, por ejemplo, en forma de respaldo en cuestiones que generan debate entre los Estados miembros de la Unión Europea. De esta manera, los países Bálticos guardaron silencio sobre la admisión y el reparto de refugiados a cambio de un aumento de la potencia del Ejército alemán y de su despliegue hasta el punto de llegar a amenazar a Rusia.

La amenaza del sufragio universal

En el centro de un imperio liberal, los Estados y sus ciudadanos pueden esperar que se imponga su voluntad sin recurrir al poder militar. Pero, en última instancia, se trata de una ilusión: no puede haber hegemonía sin cañones. Es en este contexto en el que hay que comprender la decisión del Gobierno de Merkel de ceder a las exigencias de Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) prometiendo casi duplicar el presupuesto militar del país para que ascienda al 2% del producto interior bruto (PIB). Si se alcanzara este objetivo realmente, el gasto militar de Alemania superaría en más del 40% al de Rusia, todo ello en compra y desarrollo de armamento convencional, con lo que se contribuiría a fijar con firmeza en la Unión Europea a Estados como los países Bálticos o Polonia, para los cuales la oferta alternativa estadounidense sería menos atractiva. Semejante escenario seguramente permitiría que Alemania consiguiera que los Estados miembros del este de la Unión Europea abandonaran o moderaran su oposición en cuestiones relativas a valores –como la de los refugiados o la del “matrimonio igualitario”–, pero también daría a Rusia razones para modernizar su arsenal nuclear, lo que, además, ha comenzado a hacer. También alentaría a países como Ucrania a adoptar una actitud más provocadora hacia Moscú.

Francia, cuyo presupuesto de Defensa roza ya la mágica cifra del 2% del PIB, podría esperar que la duplicación del gasto militar de Alemania perjudique su rendimiento económico (aunque parece favorable a una cooperación franco-alemana en materia de producción y de exportación de armamento). Más importante aún: en un ejército europeo tal y como lo concibe Macron, con el apoyo de los europeístas alemanes, un aumento significativo de las capacidades convencionales de Alemania compensaría la debilidad francesa en materia de tropas terrestres, la cual se explica por el desproporcionado porcentaje del presupuesto militar dedicado a la fuerza de disuasión nuclear, un instrumento que difícilmente puede utilizarse contra militantes islamistas de África Occidental que intentan impedir que Francia tenga acceso al uranio y a las tierras raras.

Como hemos visto, el imperio europeo –alemán o franco-alemán– no solo es liberal: es neoliberal. Los imperios imponen a sus Estados miembros un orden social uniforme, calcado del que reina en su centro. En el caso de la Unión Europea, las economías nacionales se rigen por las “cuatro libertades” del mercado interior (las de los bienes, los capitales, los servicios y las personas), así como por una moneda única al estilo alemán, el euro, cuyo objetivo, según el Tratado de Maastricht, es ser la de todos los Estados miembros. A este respecto, la Unión Europea se ajusta estrictamente a la receta del internacionalismo neoliberal tal y como Friedrich von Hayek lo concibió y lo actualizó históricamente. Su idea central es la isonomía: sistemas legales idénticos para Estados nación aún formalmente soberanos, instaurados partiendo del principio de que son indispensables para el funcionamiento armonioso de los mercados internacionales (2).

Limitación de la intervención democrática

El talón de Aquiles del neoliberalismo se llama “democracia”, como nos lo muestran tanto Hayek como Karl Polanyi. La isonomía y su régimen monetario implican limitar estrictamente la intervención de una democracia con una base popular y fundada en la voluntad mayoritaria en la economía política. Los Gobiernos nacionales cuyos Estados forman parte de un imperio neoliberal no deben temer sanciones electorales cuando exponen a sus ciudadanos a la presión de mercados internacionales integrados. Por el bien de estos ciudadanos, es algo evidente –aunque no lo vean así–, y ciertamente, en cualquier caso, por el bien de la acumulación del capital. Por ello, el imperio debe dotarlos de instituciones nacionales e internacionales que los ayuden a situarse fuera del alcance del sufragio universal. En otras palabras: un Estado neoliberal, si quiere mostrarse débil en su relación con el mercado, debe mostrarse duro en sus relaciones con las fuerzas sociales que exigen una rectificación política del libre juego de los mercados. El término adecuado para caracterizar esta situación es “liberalismo autoritario”, una doctrina política cuyos orígenes se remontan a la República de Weimar y al encuentro amistoso entre los economistas neoliberales y el “jurista de la Corona” (Kronjurist) del III Reich, Carl Schmitt (3).

El liberalismo autoritario utiliza un Estado fuerte para proteger una economía de libre mercado de los peligros de la democracia política (4). En la Unión Europea, es sobre todo el resultado de la internacionalización: la construcción de un dispositivo institucional que permite a los Gobiernos remitir las economías nacionales a instancias internacionales productoras de normas como los consejos ministeriales, las jurisdicciones supranacionales o los bancos centrales. De esta manera, pueden liberarse de las responsabilidades relativas a una soberanía nacional que no quieren o que ya no pueden asumir.

La internacionalización les ofrece un instrumento que la ciencia política ortodoxa ha bautizado como “diplomacia multinivel” (5): la negociación de mandatos internacionales que los Ejecutivos nacionales pueden importar a sus políticas internas por estar grabadas en piedra debido a su origen multilateral. Ese es uno de los atractivos del imperio (neo)liberal para las elites nacionales, que pueden basarse en este tipo de instrumentos, en especial en un momento en el que, debido a su estancamiento, el capitalismo financierizado ya no cuenta con la capacidad de responder a las esperanzas de las que depende su legitimidad. “En lugar de mirar hacia las profundidades de la nación, estas elites han recurrido a acuerdos supranacionales o intergubernamentales para consolidar su autoridad”, observa el jurista Peter Ramsay para explicar el intenso combate llevado a cabo por los detractores del brexit procedentes de la clase dirigente británica. “La Unión Europea es un imperio voluntario compuesto por Estados que niegan su carácter nacional, que niegan que la autoridad del Estado proceda de la nación política” (6).

Ocupar la posición de potencia hegemónica en un imperio liberal no es fácil. Parece cada vez más evidente que Alemania –con o sin Francia– no podrá seguir desempeñando este papel durante mucho más tiempo. La expansión territorial siempre ha sido una tentación mortal para los imperios, tal y como lo demostraron la Unión Soviética y, al mismo tiempo, Estados Unidos. En materia de defensa, la opinión pública alemana sigue siendo fundamentalmente pacifista, y no se abandonará la prerrogativa constitucional de la que dispone el Parlamento para regular hasta el más mínimo detalle del despliegue de tropas. Ni siquiera en beneficio de Macron, el yerno ideal de la clase política del otro lado del Rin.

Imperialistas liberales alemanes

Igualmente se puede esperar que haya necesidades crecientes de financiación imperiosa complementaria en el caso de los países mediterráneos víctimas de la política alemana de moneda fuerte, al igual que en el caso de los fondos estructurales que respaldan a los Estados de Europa Central y a sus dirigentes proeuropeos. Como Francia experimenta un crecimiento débil y déficits elevados, se recurrirá a Alemania solamente, aunque el nivel de las transferencias necesarias supere en gran medida sus capacidades.

También cabe precisar que, desde el episodio de los refugiados en 2015, Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) representa el partido de oposición más importante. Es nacionalista, pero, sobre todo, debido a su postura aislacionista y antiimperialista. Los imperialistas liberales alemanes, curiosamente, catalogan este partido como “antieuropeo”. Si por un momento dejamos a un lado sus innobles accesos de racismo y de revisionismo histórico, el nacionalismo de AfD se traduce en un rechazo a pagar por el imperio, entendiéndose que los demás países también tienen libertad para actuar como les plazca. Como prueba: la posición del partido a favor del apaciguamiento con Rusia en lugar del enfrentamiento, posición que comparte con el ala izquierda de la formación Die Linke. Existen similitudes no desdeñables con el sentimiento trumpista de “América primero”, que, en su origen, era más aislacionista que imperialista, rompiendo con el imperialismo liberal preconizado por Hillary Clinton y Barack Obama.

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(1) Sobre la cuestión de la hegemonía, cf. Perry Anderson, La palabra H: peripecias de la hegemonía, Akal, Madrid, 2018.

(2) Cf. Quinn Slobodian, Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism, Harvard University Press, Cambridge (Massachussetts), 2018.

(3) Cf. “Heller, Schmitt and the Euro”, European Law Journal, vol. 21, n.° 3, Hoboken (Nueva Jersey), mayo de 2015.

(4) Andrew Gamble, The Free Economy and the Strong State: The Politics of Thatcherism, Palgrave Macmillan, Londres, 1988.

(5) Robert D. Putnam, “Diplomacy and domestic politics: The logic of two-level games”, International Organization, vol. 42, n.° 3, Cambridge, verano de 1988.

(6) Cf. Peter Ramsay, “The EU is a default empire of nations in denial”, blog de la London School of Economics, 14 de marzo de 2019.

Wolfgang StreeckSociólogo, director emérito del Instituto Max-Planck para el Estudio de Sociedades. Se publicó una versión anterior de este artículo en el blog de la London School of Economics con el título “The European Union is a liberal empire, and it is about to fall”, 6 de marzo de 2019..Unión EuropeaRelaciones internacionalesDemocraciaIdeologíaLiberalismoIntegración regionalEuropaAlemania

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ECONOMÍA  
Wolfgang Streeck: “Los españoles nunca han dado problemas en la UE porque sus políticos no saben dónde están metidos” 

El sociólogo Wolfgang Streeck habla de la “prisión” en la que están metidos los pueblos europeos y los muros que la conforman: los tratados de funcionamiento de la Unión Europea.

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El sociólogo y analista político aleman, Wolfgang Streeck.  DAVID F. SABADELL

PABLO ELORDUY 

@PELORDUY
22 MAR 2019 07:18

Ufano, campechano, la personalidad de Wolfgang Streeck (Lengerich, Alemania, 1946) no se corresponde con la del mordaz azote del capitalismo y de la izquierda altermundista que se denota de sus colaboraciones en prensa.Proveniente de las filas del neokeynesianismo, su posición acerca de las fronteras es polémica y, como la de otros referentes como Vicenç Navarro, parten de un diagnóstico que rechaza o minusvalora la potencia política de las clases trabajadoras de los países del sur en migración hacia Europa. A pesar de esas discrepancias con la izquierda marxista, los análisis de Streeck apuntan al corazón de las contradicciones de la Unión Europea. La preponderancia de Alemania —más débil de lo que aparenta—, la fragilidad del sistema monetario, el colapso del sistema de partidos o la amenaza perpetua de la deuda, se acumulan encima de una crisis que brotó en 2008 y que se ha superado con medidas “para los siguientes seis meses”. 

En el libro dices que estamos en un punto de indeterminación, de interregno, en la historia del capitalismo. ¿Qué es lo que define este punto?
La ausencia de previsibilidad. Hemos visto hechos que nadie hubiera pensado que fueran posibles en los últimos tres o cuatros años. El colapso del sistema de partidos en Francia, en Italia… Donald Trump siendo elegido. Comparo estos hechos a los fenómenos climáticos extremos respecto al calentamiento global. ¿Cuál es la explicación? Creo que en el interior del capitalismo, antes de 2008, había un consenso básico de que lo que se llama neoliberalismo podía revitalizar el capitalismo. Abriendo las fronteras, mediante el ilimitado libre comercio, etcétera. En 2008, ese consenso finalmente falló. Y todo el mundo fue consciente de que las promesas del neoliberalismo no iban a traer lo que habían prometido. Al contrario, lo que se vio fue la deuda crecer, el aumento de la desigualdad, el crecimiento estancado.

A estas alturas de la historia, no ha quedado una izquierda a la que regresar, porque la izquierda ha quedado contaminada por su cooperación con el capitalismo

Visto eso, el sistema de partidos —de centro-izquierda y centro-derecha— que había copado todas las esperanzas durante las políticas económicas del neoliberalismo, se rompe. Porque ahora se puede ver, emergiendo desde el fondo de las sociedades, una oposición a la apertura de fronteras, contra la privatización. Todos estos problemas han sido percibidos por la sociedad como algo que ha quedado demostrado. A estas alturas de la historia, no ha quedado una izquierda a la que regresar, porque la izquierda ha quedado contaminada por su cooperación con el capitalismo. 

Así que, ¿qué hacen las sociedades? Vuelven a los partidos nacionalistas porque quieren una restauración de las funciones proteccionistas de los Estados-nación. Ahora hay una situación de extrema inestabilidad, en una situación no conocida hasta ahora. Es un periodo de incertidumbre, en el que no podemos hacer predicciones. Esto no se ciñe solo al sistema político, se produce también en el mercado de trabajo. Hace 20 años tenías capacidad de saber que, si tenías un puesto de trabajo determinado, podrías conservarlo el resto de tu vida. Ahora se está diciendo en todo el mundo: “no, no, ya no funciona así”. Ya no hay vidas estables. Piensa en Japón, por ejemplo. Nadie se casa ya en Japón. Porque esa idea de estabilidad para toda la vida ha desaparecido. 

Tenemos que aprender —desde la sociología— que la gente no responde necesariamente sobre las condiciones del presente, si no que actúan en cuanto a sus expectativas. En este momento, básicamente, sigue funcionando el sistema de salud, el sistema de pensiones, pero la gente está pensando en el futuro y la confianza de que el futuro se puede prever ha desaparecido repentinamente. Si esto se combina con el hecho de que la gente parece creer —cree firmemente— que, para mantener lo que son, tienen que trabajar cada vez más duro, esa competición —cada vez más intensa— en el trabajo, funciona como una promesa de que tú y tu prole lo tendrá mucho mejor a diez años vista. Sólo desde la promesa de que si trabajas duro y tienes suerte, te mantendrás exactamente donde estás en este momento. Si no, te hundirás.  

Sí parece que Trump y la corriente política de la derecha que representa, tiene un plan trazado. En los últimos dos años hemos visto el aumento de la tensión con China —también a través de Corea del Norte y Venezuela—. ¿Puede ese plan funcionar para revitalizar la hegemonía de Estados Unidos? 
No lo sé, no soy un profeta y cuando digo que estamos en un momento de extrema incertidumbre lo digo en serio. Me contradiría si te digo que en los próximos 20 años esto será así. Pero creo que lo que puede decirse es que las instituciones que hemos heredado ya no aportan las certezas de que tenemos algún tipo de control sobre nuestros aliados. El denominador común es esa pérdida de control. No fue un accidente que, en el referéndum del Brexit, el eslogan fuera “recuperemos el control”.

La Unión monetaria es un dispositivo para que Alemania obtenga riqueza y otros países no. Eso es lo que heredó Merkel, ella no ha aportado ninguna idea nueva

Has hablado de la derecha y de la Alt-Right. Este es un mundo en el que los emprendedores políticos —si quieres llamarlos así— como Steve Bannon dan vueltas, tratando de ver cuáles son los lemas que impactan mejor en las experiencias vitales de la gente. La experiencia es de impredecibilidad, de pérdida de control, “todo tipo de fuerzas están obstaculizándome y el Gobierno no me ayuda”. Así, un tipo como Bannon, se pregunta, “qué es lo que tenemos que decir para absorber ese sentimiento”. Y la izquierda le da campo abierto, porque lo que hace la izquierda, la mayoría del centro izquierda es decir “las cosas no van tan mal, vamos a tener más internacionalismo” —y no menos—, “Confíemos en la Unión Europea, Europa es la respuesta”, etcétera. Pero la gente no se lo cree, cada vez menos gente se lo cree, y presta oídos a gente como Bannon. 

Las personas normales no son politólogas, quieren oír algo que tenga resonancias en su experiencia del día a día. Y si alguien viene y dice: “La gente ha sido dejada de lado, tu vida se ha ido a la mierda, ellos te hacen la vida más y más difícil…” entonces hay personas que dicen “sí, tiene que haber algo así, porque eso es lo que yo vivo”. Ellos, entonces, dicen que la razón es la retirada de las fronteras, que las fronteras protegen a esa gente. Y la izquierda ha tenido una respuesta dificultosa porque sí creo que las fronteras juegan un papel importante en el sentimiento de seguridad de la gente. La izquierda ha hablado de un mundo sin fronteras, cosmopolita, pero el tipo que vive en el sur de Francia, no sabe qué significa el cosmopolitismo, no sabe a lo que se refieren. Piensa que es una cosa de una serie de idiotas que viven en París. Esa idea de cómo la gente vive y piensa ha sido perdida por parte de la izquierda, porque se ha extendido en el imperio del cosmopolitismo: derechos humanos por todas partes pero el empleo, desafortunadamente, “ya vendrá después”. 

Merkel va a estar fuera de la cancillería este año. ¿Qué balance hace de su mandato?
No atribuyas demasiado pensamiento a los políticos. Ella heredó una una estructura. Cuando Merkel llegó al poder, la Unión monetaria ya estaba allí. La Unión monetaria es un dispositivo para que Alemania obtenga riqueza y otros países no. Eso es lo que heredó, ella no ha aportado ninguna idea nueva. Así que, durante su periodo en la oficina, ha hecho todo lo que ha podido para mantener esa estructura funcionando. Eso no es tan difícil si estás en el centro de un país rico, y no es tan complicado porque la manera en que funciona esa unión es muy difícil de cambiar. Tienes 18 Estados alrededor del Banco Central, tienes un Parlamento sin poder político, básicamente todas las cosas que tienes que hacer, o lo que debes hacer, para cambiar eso, es cambiar los tratados. Cambiar el Tratado significa que necesitas que 28 países de acuerdo para ese cambio, y además necesitas referéndums en cuatro o cinco de esos países. Es imposible. Así que ella se sentó en una estructura blindada, en la que lo único que debía hacer era comprar tiempo para los siguientes seis o siete meses. Y eso es lo que hizo. 

Y en eso tuvo éxito. 
Sí, ella es muy buena en eso. Todo lo que tiene es instinto para saber lo que tiene que hacer en los siguientes seis meses. Tiene un círculo de asesores, gente que ni siquiera pertenece a la CDU. Especialistas en los media. Ella es la primera política que se ha hecho extremadamente dependiente del social media. A lo que realmente responde es a su imagen: fotografías, imágenes. Sabemos muy poco acerca de lo que hace nuestra canciller, porque nuestro sistema político coloca un escudo contra el escrutinio público. Nunca ha acudido al Bundestag a responder preguntas, como hace la primer ministra británica, que todas las semanas confronta con la oposición. 

Ella solo trabaja con lenguaje guionizado, y lo hace bajo un guión que hace casi ininteligible lo que dice incluso para los alemanes. Pero eso es intencionado. Merkel dice cosas y posteriormente uno piensa “qué demonios acaba de decir”. Nunca ha dado un gran discurso, por ejemplo. Nunca. Lo que hace es que tiene “amigos” en los medios, en la televisión, que le hacen entrevistas para adorarla. 

Un periodista de investigación escribió sobre su política sobre refugiados, en el verano de 2015. Merkel solo dijo a su oficina de prensa y a su equipo que nunca quería aparecer en una foto con nada detrás suyo que recordase a los refugiados. Después de que machacase a los griegos, aparecieron todas esas imágenes de ella con esvásticas y entonces cambió inmediatamente de idea. De repente, a partir de la cumbre de Budapest, le dijo a todo el mundo que los sirios eran bienvenidos en Alemania. Eso abrió las puertas a los refugiados sirios que venían con fotos de Merkel, ella vio esas fotos en el periódico y dijo a su ministro de Interior, “si los detenemos ahora, no vamos a sobrevivir a esas fotos”. Entonces, sin consultar a nadie en la UE —nadie fue informado— abrió la frontera alemana y vino un millón de personas en los siguientes seis meses. Ella impuso a todos los países la misma política y lo hizo sin consulta alguna. Solo lo habló con Hollande, a quien le dijo que, si se mantenía callado, Francia podría mantener las fronteras cerradas a los refugiados. 

Aunque Merkel es la imagen de las políticas de la austeridad, Alemania está en una situación económica compleja. Al borde de la recesión.
Déjame decirte algo sobre la austeridad. La austeridad es algo que está escrito en los Tratados de la UE. Merkel solo ejecuta los tratados. No es algo que se haya inventado. Tienes la Unión monetaria y, al mismo tiempo, tienes Estados soberanos que comparten la misma economía, y no puedes permitir que los Estados hagan lo que quieran en política fiscal. Es una combinación imposible. Porque eso no permite ser competitivo en el sistema monetario común. Así escribieron los tratados, y todo el mundo los firmó, los italianos, los españoles, etc. Solo el 3% del déficit cada año y el 60% de su deuda general. ¡Y lo firmaron! 

Sí pero, incluso pese a “trucos” como la flexibilización cuantitativa, Alemania, está en medio de la tormenta. Merkel se va a ir y la situación sigue pareciendo insostenible.
Es una política. Ella tiene el sistema determinado por los tratados, que es beneficioso para Alemania, en el sentido de que si todo explota, la deuda, etcétera, la gente tiene que pagarle a Alemania. Otra cosa es cuando eso llegue a los bancos alemanes.

El público español no comprende que dejar de ser un país fascista es una gran cosa pero que el entorno en el que entraron es un entorno en el que los Estados juegan duro. Bruselas no es el Festival del Amor

El tipo del Deutsche Bank la llamó y le dijo “tienes que hacer algo, si no nos vamos al hoyo” y entonces ella hizo algo por el Deutsche Bank. Draghi llamó y dijo “qué debo hacer” y ella dijo —no estaba allí pero se sabe que lo dijo— “inventa algo, algo que nadie entienda. Y haz algo por mí, porque queremos que sobreviva la unión monetaria”. Y Draghi dijo: “pues el QE: nosotros compramos deuda tóxica de los bancos italianos y se la endosamos de vuelta al Estado italiano, o algo parecido”. 

Pero estas son medidas que toman para los siguientes seis meses y durante ese tiempo, por ejemplo, España ha disparado su deuda pública. Los españoles nunca han dado ningún problema en la Unión Europea porque —según mi punto de vista— los políticos españoles no comprenden dónde están metidos. Los italianos lo comprendieron en un momento dado, se dieron cuenta del gran hedor, Renzi es parte de ese hedor, y entonces Merkel dijo “hay que hacer algo que ayude a este muchacho Renzi”. Si vuestro hombre, Pedro Sánchez, no dijese que todo en Europa es maravilloso, si no que dijera “Europa nos pone en una posición difícil por el objetivo de déficit, obligándonos al aumento de la deuda pública, etcétera, etcétera…” Sánchez se convertiría en un problema. 

Pero los españoles fueron muy bien entrenados desde “su infancia” acerca de la Unión Europea. Siguen tratando de ser la criatura favorita de Juncker. Y creo que ustedes sufren por este motivo, ya que, como vengo repitiendo, el imperio —Alemania— no es lo suficientemente fuerte para ayudarles. No hay suficiente dinero alrededor.  

Entiendo que es por la posición del PSOE como único partido de la socialdemocracia que ha sobrevivido a la crisis en Europa.
Los españoles, en mi opinión, después de 1976 —cuando Franco desapareció definitivamente— cayeron enamorados de Europa. Y ese amor todavía perdura. El público español no comprende que dejar de ser un país fascista es una gran cosa pero que el entorno en el que entraron es un entorno en el que los Estados juegan duro. Bruselas no es el Festival del Amor. 

¿Hay algún tipo de solución dentro de la moneda común, el euro? o la izquierda europea debe plantearse la reconstrucción fuera del euro?
Creo que la unión monetaria europea, si me pides mi valoración honesta, es un niño nacido bajo el espíritu del neoliberalismo de los años 90. Para eso fue diseñado. Para abrir los mercados liberales, para las privatizaciones, para la competición entre Estados para bajar la regulación. La corte europea de Justicia dictó, básicamente, una constitución económica. Los tratados han cambiado todo en esa misma dirección, etc. Si pones todos esos elementos juntos, tienes una prisión. No puedes organizar a tus sociedades en torno a bases neoliberales, eso lo sabemos ahora. 

¿Qué puede hacer la izquierda en este momento? Tenemos que salir de la prisión. Liberarnos. Esto no es fácil, porque las prisiones tiene muros robustos. ¿Cómo consigues salir fuera? Creo que tiene que haber una alternativa entre el dinero europeo y el dinero de un país. Un espacio intermedio que se debe introducir en el sistema monetario, en las divisas. Los italianos han pensado muy seriamente en eso: en volver a acuñar la lira en conexión con el euro. Eso puede tener sentido, y de hecho recrearía algo que existió después de 1944, a partir del sistema de Bretton Woods. Estados Unidos quería una moneda supranacional atada al dólar, Keynes quería una moneda artificial, sintética, y entonces todas las monedas nacionales, ligadas a esa supermoneda en una relación flexible. Algo así, desde mi punto de vista, podría ser posible en el sistema europeo. 

Hay que ver si los italianos tienen la fuerza suficiente para ir a Bruselas, o a Berlín, o a París y les dan dos opciones: “o toleras que introduzcamos de una segunda moneda nacional o nos vamos al fondo del hoyo y nos llevamos al euro con nosotros”. Es el equivalente a un suicida con un cinturón con explosivos, “si no me ayudas, psshhh…”. Entonces, alguien como Schauble te dirá “tú morirás”, y sí, pero tú morirás también. 

Las clases altas y las clases medias-altas han prosperado mucho con el euro, se benefician del crecimiento de la desigualdad. Y también de la posibilidad de mover su dinero desde Italia a Suiza, o Alemania, o a Inglaterra. De coger un puñado de cash e ir a Berlín para comprar un piso. Para las clases altas del capitalismo, el euro es precioso. Y, muy a menudo, nuestros políticos pertenecen a esa clase, o tienen intereses similares, porque viven una vida cómoda. Así que el euro divide a las sociedades nacionales. 

¿Cuánto tiempo tenemos para evitar ese choque del que hablábamos al comienzo de la entrevista?
Es una pregunta acertada en el sentido en que puedes hacer la misma pregunta en referencia al cambio climático. La respuesta es siempre: no puedo decirte cuánto tiempo hay, pero lo que te puedo decir es “empieza hoy, empieza hoy”. Debes empezar a hacer cosas hoy. Puede que ya sea demasiado tarde pero puede que no. Comenzar puede significar poner en marcha nuevas formas de producción.

El socialismo hoy es, de alguna manera, muy similar al anarcosindicalismo: comenzar desde abajo. En forma de cooperativas, organizaciones locales. Comenzar a desarrollar formas alternativas de propiedad, etc. La lección fundamental es que, si la gente no se ayuda a sí misma, nadie le va a ayudar. Y ayudarse a uno mismo significa hacerlo como una colectividad, como una comunidad. El capitalismo ha conseguido un efecto devastador, que es hacer que la gente espere algo o alguien que venga y haga algo por ella, que se invente una nueva forma de crédito, en lugar de empezar a desarrollar sus propias cooperativas de crédito, por ejemplo, para prestarse entre ellos.

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5 Comentarios

Comentar

#32244 16:07 26/3/2019 

la puta publicidad tapa todo

Responder0 0 

Rafael  25:11 23/3/2019 

Que la integración europea está puesta en duda es un hecho. Pero que la alternativa a una Europa como sujeto político (en una forma aún por determinarse) sólo sea la vuelta al “modelo Westfalia”, es de un derrotismo que no debemos admitir. 

Responder0 0 

Euro-peo  14:14 23/3/2019 

Reflexión de 4 minutos sobre la soberanía de un país: https://www.youtube.com/watch?v=rBiVx9mrOI8

Responder1 0 

#32032 22:24 22/3/2019 

Completamente de acuerdo todo ha sido proyectado para unos pocos. 
Ya ni la izquierda se identifica. Todo sr ha convertido en un giganteproletariado para y por unos pocos.
Pensar nuevas formas de gestionar.

Responder2 2 

#32014 14:47 22/3/2019 

Comparto plenamente la conclusión, o nos ponemos a construir junt@s o nos va a caer la de Cain

Responder2 1 

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