Tramas del narco en Galicia (España)

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En este libro de Nacho Carretero podemos conocer los entresijos sociales, económicos, políticos de todo lo que implica en España, desde el caso de Galicia, cómo operan las redes globales-locales del narcotráfico , y conocer uno de los eslabones de este sector de la llamada ECONOMIA CRIMINAL, uno de los tres pilares maestros del sistema económico del neoliberalismo en estos tiempos posmodernos y globalizadores , en marcha y a toda vela,  viento en popa…

Fariña, Nacho Carretero by Libros del K.O. on Scribd

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HyperNormalization, Adam Curtis: viviendo en un mundo irreal

INFORMACION BASICA SBRE EL ASUNTO Y EL TRABAJO DE ADAM CURTIS:

El poder de las pesadillas

El poder de las pesadillas (del inglés The Power of Nightmares) es un documental de la BBC, escrito y producido por Adam Curtis, parte de la serie de documentales titulada El ascenso de la política del miedo (Inglés: The Rise of the Politics of Fear). El filme consta de tres partes, cada una tiene una hora de duración, y fue transmitido por primera vez a finales de 2004 en el Reino Unido y posteriormente en varios países y exhibido en varios festivales de cine.

El documental compara el ascenso del movimiento neoconservador en los Estados Unidos con el del movimiento radical islamista, sugiriendo que hay una fuerte conexión entre los dos. Mas aún, éste argumenta que la amenaza del islamismo radical como una siniestra masiva fuerza de destrucción, especialmente en la forma de Al-Qaeda, es en realidad un mito perpetrado por los políticos de varios países y en particular por los neoconservadores de Estados Unidos con el objetivo de unir e inspirar a la gente ante el fracaso de otras ideologías utópicas.

El poder de las pesadillas ha sido alabado por críticos en Gran Bretaña y los Estados Unidos. Su mensaje y contenido también han sido objeto de crítica por los sectores conservadores y progresistas.

Excelente material para el análisis y discusión críticos , no idealistas, de los modelos que se imponen desde las cúpulas oligárquicas neoliberales a los ex ciudadanos, hoy meros consumidores PARA otros materiales de Adam Curtis, entrar en este lugar: https://archive.org/details/ThePowerOfNightmares-AdamCurtis

DEMOCRACIAS POSMODERNAS (DEBILES), SEGURIDAD DEL ESTADO Y MILITARIZACION . Análisis del caso mexicano , por Carlos Fazio

Posted on octubre 27, 2016 Uncategorized

FUENTE: https://clasefazio.wordpress.com/2016/10/27/la-emboscada-el-desgaste-militar-y-los-derechos-humanos/?blogsub=confirming#blog_subscription-3
La emboscada, el desgaste militar y los derechos humanos
24 de octubre de 2016
A 23 días de los hechos de Culiacán, Sinaloa, en los que según la narrativa de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) un convoy militar fue emboscado por un grupo armado con saldo de cinco soldados muertos y 10 heridos, no existen datos periciales, de balística ni criminológicos de una autoridad competente que permitan saber qué ocurrió y cómo, ni quiénes fueron los atacantes y cuál fue el móvil.
Si bien el pasado 22 de octubre, en presencia del comandante de la novena Zona Militar, general Rogelio Terán, el titular de la Subprocuraduría Especializada en Investigación y Delincuencia Organizada (Seido), Gustavo Salas Chávez, aseveró que se tiene claramente establecido el móvil, la cadena de decisiones y acciones ilícitas que motivaron la emboscada, así como el número de delincuentes que participaron y a qué organización pertenecen, se reservó nombres y motivos. Asimismo, dijo que hay varias personas detenidas, pero no especificó cuántas ni quiénes son. Por lo que desde el punto de vista informativo no aportó ningún dato nuevo y todo queda sujeto a la especulación.

No obstante, a partir de un video filtrado a un medio televisivo por mandos castrenses, sobre un evento anterior en el poblado de Bacacoragua, municipio de Badiraguato, donde se observa a dos soldados que asisten a una persona herida (que en el relato de la Sedena y la PGR es identificada como Julio Óscar Ortiz Vega, presunto delincuente), se construyó y desencadenó toda una trama, que, con base en un encendido discurso del titular de la Defensa, general Salvador Cienfuegos −quien definió el ataque como alevoso y cobarde y a los ejecutores de la emboscada como enfermos, insanos, bestias criminales−, llevó a un grupo de columnistas de Estado a impulsar una campaña de intoxicación mediática con una matriz de opinión que puso el acento en el hartazgo y el fastidiocastrense, la sordera civil y el supuesto abandono en que se tiene al Ejército. Lo que sumado al desgaste del instituto armado, descrito en un discurso posterior del jefe de la Sedena, puso en la agenda político-parlamentaria la necesidad de regular ya la intervención militar en tareas de seguridad pública.

La sucesión de hechos en apariencia inconexos: la emboscada, el malestar castrense, el renovado patriotismo de los formadores de opinión pública y la consecuente necesidad de una nueva legislación sobre seguridad interior, el estado de excepción (o de emergencia) con suspensión de derechos humanos y garantías, y la prolongación de la intervención de las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública (o policiales) que lleva ya 10 años, tiene en su origen algunos puntos oscuros.

El evento de Badiraguato, la construcción narrativa sobre el enigmático y elusivo “alias Kevin” (Julio Óscar Ortiz Vega, supuestamente rescatado por las bestias criminales), quien vestía un uniforme similar al de los dos soldados que presuntamente le salvan la vida en el video y con quienes sostiene un diálogo inusual (por humanitario) entre un delincuente y elementos del Ejército tras un enfrentamiento −mismos que además después murieron en una emboscada de precisión militar que rompe la tendencia y el modus operandi−, con todo y su dramatismo real o ficticio, puede ser una cortina de humo (la fabricación de una noticia que cause el impacto esperado desplazando a la anterior) para pasar a una nueva fase de militarización del país, en momentos en que más de un centenar de organizaciones de la sociedad civil demandan al gobierno de Enrique Peña Nieto que cumpla con las 14 recomendaciones formuladas al Estado mexicano por el Alto Comisionado para Derechos Humanos de la ONU, Zeid Ra’ad Al Hussein, y se adopte un cronograma para el retiro de las fuerzas armadas de las funciones de seguridad pública.

La emboscada que profundizó el desgaste del Ejército (general Cienfuegos dixit) y reactivó en los círculos parlamentarios la discusión sobre la ley de seguridad interior, en particular sobre la ley reglamentaria del artículo 29 constitucional, podría resultar muy peligrosamente tentadora para la imposición de un régimen autoritario de nuevo tipo.

Cabe consignar que, en su origen, la intervención militar en el combate a las drogas, se dio en el contexto de una doctrina de seguridad hemisférica impulsada por Estados Unidos desde los años 90 del siglo pasado. Desde entonces, la tendencia hacia una militarización y trasnacionalización de la guerra a las drogas contribuyó al reforzamiento y a la relegitimación del papel doméstico de las fuerzas armadas y de cuerpos policiales militarizados, estrategia diseñada por Washington en detrimento de las tendencias regionales hacia la democratización de sus sociedades, la desmilitarización y una mayor protección de los derechos humanos.

Desde entonces, también, el estado de derecho en países como México se fue transformando en un cascarón vacío, donde las funciones y las instituciones garantes de un sistema democrático siguieron existiendo como estructura, pero en lugar de cumplir con sus mandatos constitucionales, se pusieron al servicio de los intereses de la plutocracia y sus administradores civiles, borrando cualquier garantía constitucional, erigiendo la impunidad a regla de convivencia civil, en un proceso de contaminación y resquebrajamiento que se ha venido profundizando hasta nuestros días.

A todas luces México no es un Estado democrático de derecho. Durante el sexenio de Peña Nieto la descomposición del principio de legalidad y la vulneración flagrante de los derechos humanos se han profundizado. Así lo revela el más reciente estudio del World Justice Project 2015, de Washington, DC, que ubica a México en el lugar 79 de 102 países estudiados, reprobado con una calificación de 0.47, debajo de Burkina Faso, Tanzania, China y Túnez.

En ese contexto, el actual dictamen de la Ley Reglamentaria del Artículo 29 constitucional, cuyo contenido forma parte de las garantías individuales, es una pieza jurídica propia de un Estado autoritario.

Orígen y auge de las lumpenburguesías Lationoamericanas

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Estos hechos reflejan un modelo que opera no sólo en
 Latinoamérica, en España muy similar: la etapa más reciente, ocho años de 
gobierno de la
 Derecha (PP) y los anteriores ocho de un Partido Socialista Obrero Español,
 ex socialista y hoy y hace varias décadas,
 socialfascista, prueban la analoga manera de saquear 
lumpenburguesc38da-lumpendesarrollo-andrc3a9gunderfrank-portada-1971

+++"[...]unos pocos, entre los que me encuentro, llegamos a la conclusión 
de que buscar una coherencia estratégica general en esas decisiones no 
era una tarea fácil pero tampoco difícil sino sencillamente imposible. 
La llegada de la derecha al gobierno no significa el reemplazo del 
modelo anterior (desarrollista, neokeynesiano o como se lo quiera 
calificar) por un nuevo modelo (elitista) de desarrollo, sino 
simplemente el inicio de un gigantesco saqueo donde cada banda de 
saqueadores obtiene el botín que puede obtener en el menor tiempo 
posible y luego de conseguido pugna por más a costa de las víctimas pero 
también si es necesario de sus competidores. La anunciada libertad del 
mercado no significó la instalación de un nuevo orden sino el despliegue 
de fuerzas entrópicas, el país burgués no realizó una reconversión 
elitista-exportadora sino que se sumergió en un gigantesco proceso 
destructivo."ORIGEN Y AUGE DE LAS LUMPENBURGUESÍAS LATINOAMERICANAS

por Jorge Beinstein

A raíz de la llegada Mauricio Macri a la presidencia se desató en 
algunos círculos académicos argentinos la reflexión en torno del “modelo 
económico” que la derecha estaba intentando imponer. Se trató no solo de 
hurgar en los curriculum vitae de ministros, secretarios de estado y 
otros altos funcionarios sino sobre todo en la avalancha de decretos que 
desde el primer día de gobierno se precipitaron sobre el país. Buscarle 
coherencia estratégica a ese conjunto fue una tarea ardua que a cada 
paso chocaba con contradicciones que obligaban a desechar hipótesis sin 
que se pudiera llegar a un esquema mínimamente riguroso. La mayor de 
ellas fue probablemente la flagrante contradicción entre medidas que 
destruyen el mercado interno para favorecer a una supuesta ola 
exportadora evidentemente inviable ante el repliegue de la economía 
global, otra es la suba de las tasas de interés que comprime al consumo 
y a las inversiones a la espera de una ilusoria llegada de fondos 
provenientes de un sistema financiero internacional en crisis que lo 
único que puede brindar es el armado de bicicletas especulativas.



Algunos optaron por resolver el tema adoptando definiciones abstractas 
tan generales como poco operativas (“modelo favorable al gran capital”, 
“restauración neoliberal”, etc.), otros decidieron seguir el estudio 
pero cada vez que llegaban a una conclusión satisfactoria aparecía un 
nuevo hecho que les tiraba abajo el edificio intelectual construido y 
finalmente unos pocos, entre los que me encuentro, llegamos a la 
conclusión de que buscar una coherencia estratégica general en esas 
decisiones no era una tarea fácil pero tampoco difícil sino 
sencillamente imposible. La llegada de la derecha al gobierno no 
significa el reemplazo del modelo anterior (desarrollista, neokeynesiano 
o como se lo quiera calificar) por un nuevo modelo (elitista) de 
desarrollo, sino simplemente el inicio de un gigantesco saqueo donde 
cada banda de saqueadores obtiene el botín que puede obtener en el menor 
tiempo posible y luego de conseguido pugna por más a costa de las 
víctimas pero también si es necesario de sus competidores. La anunciada 
libertad del mercado no significó la instalación de un nuevo orden sino 
el despliegue de fuerzas entrópicas, el país burgués no realizó una 
reconversión elitista-exportadora sino que se sumergió en un gigantesco 
proceso destructivo.



Si estudiamos los objetivos económicos reales de otras derechas 
latinoamericanas como las de Venezuela, Ecuador o Brasil encontraremos 
similitudes sorprendentes con el caso argentino, incoherencias de todo 
tipo, autismos desenfrenados que ignoran el contexto global así como las 
consecuencias desestabilizadoras de sus acciones o “proyectos” 
generadores de destrucciones sociales desmesuradas y posibles efectos 
boomerang contra la propia derecha[1]. Es evidente que el cortoplacismo 
y la satisfacción de apetitos parciales dominan el escenario.



En la década de 1980 pero sobre todo en los años 1990 el discurso 
neoliberal desbordaba optimismo, el “fantasma comunista” había implotado 
y el planeta quedaba a disposición de la única superpotencia: los 
Estados Unidos, el libre mercado aparecía con su imagen triunfalista 
prometiendo prosperidad para todos. Como sabemos esa avalancha no era 
portadora de prosperidad sino de especulación financiera, mientras la 
tasas de crecimiento económico real global seguían descendiendo 
tendencialmente desde los años 1970 (y hasta la actualidad) la masa 
financiera comenzó a expandirse en progresión geométrica. Se estaban 
produciendo cambios de fondo en el sistema, mutaciones en sus 
principales protagonistas que obligaban a una reconceptualización. En el 
comando de la nave capitalista global comenzaban a ser desplazados los 
burgueses titulares de empresas productoras de objetos útiles, inútiles 
o abiertamente nocivos y su corte de ingenieros industriales, militares 
uniformados y políticos solemnes, y empezaban a asomar especuladores 
financieros, payasos y mercenarios despiadados, la criminalidad anterior 
medianamente estructurada comenzaba a ser remplazada por un sistema 
caótico mucho más letal. Se retiraba el productivismo keynesiano 
(heredero el viejo productivismo liberal) y comenzaba a instalarse el 
parasitismo neoliberal.



El concepto de lumpenburguesía



Existen antecedentes de ese concepto, por ejemplo en Marx cuando 
describía a la monarquía orleanista de Francia (1830-1848) como un 
sistema bajo la dominación de la aristocracia financiera señalando que 
“en las cumbres de la sociedad burguesa se propagó el desenfreno por la 
satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada 
paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía , desenfreno en el 
que, por la ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza 
procedente del juego, desenfreno por el que el placer se convierte en 
crápula y en que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La 
aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de adquisición, que en 
sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpenproletariado en 
las cumbres de la sociedad burguesa”[2]. La aristocracia financiera 
aparecía en ese enfoque claramente diferenciada de la burguesía 
industrial, clase explotadora insertada en el proceso productivo. Se 
trataba, según Marx, de un sector instalado en la cima de la sociedad 
que lograba enriquecerse “no mediante la producción sino mediante el 
escamoteo de la riqueza ajena ya creada”[3]. Ubiquemos dicha descripción 
en el contexto del siglo XIX europeo occidental marcado por el ascenso 
del capitalismo industrial donde esa aristocracia navegando entre la 
usura y el saqueo aparecía como una irrupción históricamente anómala 
destinada a ser desplazada tarde o temprano por el avance de la 
modernidad. Marx señalaba que hacia el final del ciclo orleanista “La 
burguesía industrial veía sus intereses en peligro, la pequeña burguesía 
estaba moralmente indignada, la imaginación popular se sublevaba. París 
estaba inundado de libelos. “La dinastía de los Rothschild”, “Los 
usureros, reyes de la época”, etc. en lo que se denunciaba y 
anatematizaba, con más o menos ingenio, la dominación de la aristocracia 
financiera” [4].



Resulta notable ver aparecer a los Rothschild como “usureros”, imagen 
claramente precapitalista, cuando en las décadas que siguieron y hasta 
la Primera Guerra Mundial simbolizaron al capitalismo más sofisticado y 
moderno. Karl Polanyi los idealizaba como pieza clave de la Haute 
Finance europea instrumento decisivo, según él, en el desarrollo 
equilibrado del capitalismo liberal, cumpliendo una función armonizadora 
poniéndose por encima de los nacionalismos, anudando compromisos y 
negocios que atravesaban las fronteras estatales calmando así la 
disputas interimperialistas. Describiendo a la Europa de las últimas 
décadas del siglo XIX Polanyi explicaba que: “los Rothschild no estaban 
sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio 
abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, 
cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional 
entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía 
mundial que crecía con rapidez”[5].



Lo que para Marx era una anomalía, un resto degenerado del pasado, para 
Polanyi era una pieza clave de la “Pax Europea”, del progreso liberal de 
Occidente quebrado en 1914.  La permanencia de los Rothschild y de sus 
colegas banqueros durante todo el largo ciclo del despegue y 
consolidación industrial de Europa demostró que no se trataba de una 
anomalía sino de una componente parasitaria indisociable (aunque no 
hegemónica en ese ciclo) de la reproducción capitalista. Por otra parte 
el estallido de 1914 y lo que siguió desmintió la imagen de cúpula 
armonizadora, estableciendo acuerdos, negocios que imponían equilibrios. 
Sus refinamientos y su aspecto “pacificador” formaban parte de un doble 
juego peligroso pero muy rentable, por un lado alentaban de manera 
discreta toda clase de aventuras coloniales y ambiciones nacionalistas 
como por ejemplo las carreras armamentistas (y de inmediato pasaban la 
cuenta) y por otro las calmaban cuando amenazaban producir desastres, 
pero esa sucesión de excitantes y calmantes aplicadas a monstruos que 
absorbían drogas cada vez más fuertes terminó como tenía que terminar: 
con un gigantesco estallido bajo la forma de Primera Guerra Mundial.



El concepto de “lumpenburguesía” aparece por primera vez hacia fines de 
los años 1950 a través de algunos textos de “Ernest Germain” seudónimo 
empleado por Ernest Mandel haciendo referencia a la burguesía de Brasil 
que el autor consideraba una clase semicolonial, “atrasada”, no 
completamente “burguesa” (en el sentido moderno-occidental del término). 
Fue retomado más adelante, en los años 1960-1970 por André Gunder Frank 
generalizándolo a las burguesías latinoamericanas[6]. Tanto Mandel como 
Gunder Frank establecían la diferencia entre las burguesías centrales: 
estructuradas, imperialistas, tecnológicamente sofisticadas y las 
burguesías periféricas, subdesarrolladas, semicoloniales, caóticas, en 
fin: lumpenburguesas (burguesías degradadas).



Pero ese esquema empezó a ser desmentido por la realidad desde los años 
1970 con la declinación del keynesianismo productivista y sus 
acompañantes reguladores e integradores.  Se desató el proceso de 
transnacionalización y financierización del capitalismo global que desde 
comienzos de los años 1990 (con la implosión de la URSS y la aceleración 
del ingreso de China en la economía de mercado) adquirió un ritmo 
desenfrenado y una extensión planetaria. Mientras se desaceleraba la 
economía productiva crecía exponencialmente la especulación financiera, 
una de sus componentes principales, los productos financieros derivados 
equivalían a unas dos veces el Producto Bruto Mundial en el 2000 y 
representaban en 2008 unas 12 veces el Producto Bruto Mundial, por su 
parte la masa financiera global (derivados y otros papeles) equivalía en 
ese momento a una 20 veces el Producto Bruto Mundial. Hegemonía 
financiera apabullante que transformó completamente la naturaleza de la 
elites económicas del planeta, la desregulación (es decir la violación 
creciente de todas las normas), el cortoplacismo, las dinámicas 
depredadoras, fueron los comportamientos dominantes produciendo veloces 
concentraciones de ingresos tanto en los países centrales como en los 
periféricos, marginaciones sociales, deterioros institucionales 
(incluidas las crisis de representatividad).



Todo ello se ha agravado desde la crisis financiera de 2008 confirmando 
la existencia de una lumpenburguesía global dominante (resultado de la 
decadencia sistémica general) cuyos hábitos de especulación y saqueo 
enlazan con ascensos militaristas que potencian su irracionalidad, los 
Estados Unidos se encuentran en el centro de esa peligrosa fuga hacia 
adelante. Escalada militar en el Este de Europa, Medio Oriente y Asia 
del Este acompañada por claros síntomas de descontrol financiero donde 
por ejemplo el Deustche Bank acumula actualmente unos 75 billones de 
dólares en productos financieros derivados[7], papeles altamente 
volátiles que representaban en 2015 unas 22 veces el Producto Bruto 
Interno de Alemania y unas 4,6 veces el Producto Bruto Interno de toda 
la Unión Europea, del otro lado del Atlántico solo cinco grandes bancos 
norteamericanos (Citigroup, JP Morgan, Goldman Sachs, Bank of America y 
Morgan Stanley) acumulaban derivados por cerca de 250 billones de 
dólares[8], equivalentes a 3,4 veces veces el Producto Bruto Mundial o 
bien unas 14 veces el Producto Bruto Interno de los Estados Unidos. 
Imaginemos las consecuencias económicas globales del muy probable 
desplome de esa masa de papeles, mientras tanto los grandes lobos de 
Wall Street juegan alegremente al poker admirados por pequeñas aves 
carroñeras de la periferia deseosas de “abrirse al mundo” y participar 
del festín.



América Latina



América Latina no ha quedado fuera de esa mutación de carácter global. 
Existe un consenso bastante amplio en cuanto a la configuración de las 
elites económicas latinoamericanas durante las dos primeras etapas de la 
“modernización” regional (es decir su integración plena al capitalismo) 
entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX: la 
agro-minera-exportadora con sus correspondientes “oligarquías” seguida 
por el llamado período (industrializante) de sustitución de 
importaciones con la emergencia de burguesías industriales locales. 
Especificidades nacionales de distinto tipo muestran casos que van desde 
la inexistencia de  “segunda etapa” en pequeños países casi sin 
industrias hasta desarrollos industriales significativos como en Brasil, 
Argentina o México con burguesías y empresas estatales poderosas. Desde 
prolongaciones industriales de las viejas oligarquías hasta irrupciones 
de clases nuevas , advenedizos no completamente admitidos por las viejas 
elites hasta integraciones de negocios donde los viejos apellidos se 
mezclaban con los de los recién llegados.



En torno de los años 1960-1970 el proceso de industrialización fue 
siendo acorralado por la debilidad de los mercados internos y su 
dependencia tecnológica y de las divisas proporcionadas por las 
exportaciones primarias tradicionales, apabullado por un capitalismo 
global que impuso ajustes y destruyó o se apoderó de tejidos productivos 
locales. La transnacionalización y financierización globales se 
expresaron en la región como desarrollo del subdesarrollo, firmas 
occidentales que pasaron a dominar áreas industriales decisivas mientras 
bancos europeos y norteamericanos hacía lo propio con el sector 
financiero, al mismo tiempo se agudizaba la exclusión social urbana y 
rural. La llamada etapa de industrialización por sustitución de 
importaciones había significado el fortalecimiento del Estado y en 
varios casos importantes la “nacionalización” de una porción 
significativa de las elites dominantes con la emergencia de burguesías 
industriales nacionales inestables, pero eso comenzó a ser revertido 
desde los años 1960-1970 y el proceso de colonización se aceleró en los 
años 1990.



Lo que ahora constatamos son combinaciones entre asentamientos de 
empresas transnacionales dominantes en la banca, el comercio, los medios 
de comunicación, la industria, etc. rodeados por círculos multiformes de 
burgueses locales completamente transnacionalizados en sus niveles más 
altos rodeados a su vez por sectores intermedios de distinto peso. Los 
grupos locales se caracterizan por una dinámica de tipo “financiero” 
combinando a gran velocidad toda clase de negocios legales, semilegales 
o abiertamente ilegales, desde la industria o el agrobusiness hasta el 
narcotráfico pasando por operaciones especulativas o comerciales más o 
menos opacas. Es posible investigar a una gran empresa industrial 
mexicana, brasileña o argentina y descubrir lazos con negocios turbios, 
colocaciones en paraísos fiscales, etc. o a una importante cerealera 
realizando inversiones inmobiliarias en convergencia con blanqueos de 
fondos provenientes de una red-narco a su vez asociada a un gran grupo 
mediático. Las elites económicas latinoamericanas aparecen como una 
parte integrante de la lumpenburguesía global, son su sombra periférica, 
ni más ni menos degradada que sus paradigmas internacionales. Muy por 
debajo de todo ese universo sobreviven pequeños y medianos empresarios 
industriales, agrícolas o ganaderos que no forman parte de las elites 
pero que si consiguen ingresar al ascensor de la prosperidad 
inevitablemente son capturados por la cultura de los negocios confusos, 
si no lo hacen se estancan en el mejor de los casos o emprenden el 
camino del descenso.



Aunque cuando estudiamos a esas elites rápidamente descubrimos que su 
dinámica puramente “económica” solo existe en nuestra imaginación, un 
negocio inmobiliario de gran envergadura seguramente requiere conexiones 
judiciales, políticas, mediáticas, etc., por su parte para llegar a los 
niveles más altos de la mafia judicial es necesario disponer de buenas 
conexiones con círculos de negocios, políticos, mediáticos, etc. y ser 
exitoso en la carrera política requiere fondos y coberturas mediáticas y 
judiciales. En suma, se trata en la práctica de un complejo conjunto de 
articulaciones mafiosas, grupos de poder transectoriales vinculados a, 
más o menos subordinados a (o formando parte de) tramas extra-regionales 
a través de canales de diverso tipo: el aparato de inteligencia de los 
Estados Unidos, un mega banco occidental, una red clandestina de 
negocios, alguna empresa industrial transnacional, etc.



A comienzos del siglo XX la elites latinoamericanas formaban parte de 
una división internacional del trabajo donde la periferia 
agropecuaria-minera exportadora se integraba de manera colonial a los 
capitalismos centrales industrializados, en aquellos tiempos Inglaterra 
era el polo dominante[9]. Luego llegó el siglo XX y su recorrido de 
crisis, guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, keynesianismos, 
fascismos, socialismos… pero al final de ese siglo todo ese mundo 
quedaba enterrado, triunfaba el neoliberalismo y el capitalismo 
globalizado y cuando este entró en crisis en América Latina emergieron y 
se instalaron las experiencias progresistas que intentaron resolver las 
crisis de gobernabilidad con políticas de inclusión social a sistemas 
que eran más o menos reformados buscando hacerlos más productivos, menos 
sometidos a los Estados Unidos, más igualitarios y democráticos. Las 
elites dominantes se pusieron histéricas, aunque no habían sido 
seriamente desplazadas perdían posiciones de poder, se les escapaban de 
las manos negocios suculentos y su agresividad fue en aumento a medida 
que la crisis global dificultaba sus operaciones. Por su parte los 
Estados Unidos en retroceso geopolítico global acentuó sus presiones 
sobre la región intentando su recolonización. Al comenzar el año 2016 
los progresismos han  sido acorralados como en Brasil o Venezuela o 
derrocados como en Paraguay o Argentina, Obama se frota las manos y sus 
buitres se lanzan al ataque, los capriles y macris cantan victoria 
convencidos de que estamos retornando a la “normalidad” (colonial), pero 
no es así; en realidad estamos ingresando en una nueva etapa histórica 
de duración incierta marcada por una crisis deflacionaria global que se 
va agravando acompañada por señales alarmantes de guerra.



Las éĺites dominantes locales no son el sujeto de una nueva 
gobernabilidad sino el objeto de un proceso de decadencia que las 
desborda, peor aún esas lumpenburguesías aportan crisis a la crisis más 
allá de sus manipulaciones mediáticas que tratan de demostrar lo 
contrario, creen tener mucho poder pero no son más que instrumentos 
ciegos de un futuro sombrío. Aunque la declinación real del sistema abre 
la posibilidad de un renacimiento popular, seguramente difícil, 
doloroso, no escrito en manuales, ni siguiendo rutas bien pavimentadas y 
previsibles.



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Este texto ha sido publicado en el número 6 de la revista Maíz, Facultad 
de Periodismo y Ciencias de la Comunicación – Universidad Nacional de La 
Plata, Argentina, mayo de 2016.

- Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de 
Buenos Aires.

jorgebeinstein@gmail.com


[1]   Jorge Beinstein, "Serra contra o Mercosul: o auge das direitas 
loucas na América Latina" 
http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Internacional/Serra-contra-o-Mercosul-o-auge-das-direitas-loucas-na-America-Latina
/6/15507

[2]   Carlos Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, en 
Carlos Marx-Federico Engels, Obras Escogidas, Tomo I, páginas 128-129, 
Editorial Progreso, Moscú 1966.
[3]   Ibid.
[4]   Ibid.
[5]   Karl Polanyi, “The Great Transformation.The Political and Economic 
Origins of Our Time”, Bacon Press, Boston, Massachusetts, 2001.
[6]   Andre Gunder Frank, “Lumpenburguesía: lumpendesarrollo”, Colección 
Cuadernos de América, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1970.
[7]   Tyler Durden, "Is Deutsche Bank The Next Lehman?", Zero Hedge, 
http://www.zerohedge.com/news/2015-06-12/deutsche-bank-next-lehman

[8]   Michael Snyder, "Financial Armageddon Approaches", INFOWARS, 
http://www.infowars.com/financial-armageddon-approaches-u-s-banks-have-247-trillion-dollars-of-exposure-to-derivatives/

[9]   "La inversión de las naciones industriales, en especial de 
Inglaterra, fluyó hacia América Latina. Entre 1870 y 1913, el valor de 
las inversiones británicas aumentó de 85 millones de libras esterlinas a 
757 millones, una multiplicación casi por nueve en cuatro décadas. Hacia 
1913, los inversores británicos poseían aproximadamente dos tercios del 
total de la inversión extranjera". Skidmore, Thomas E. y Smith, Peter 
H., "Historia contemporánea de América Latina. América Latina en el 
siglo XX", Ed. Grijalbo. 4a. edición, España, 1996.

URL de origen: http://www.alainet.org/es/articulo/177207


			

agonía del capitalismo según Wolfgang Streecker

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El artículo , publicado en New Left Review, expone con detalle las tesis con que el argumento expuesto por Wolfgang Streeck argumenta sobre el modo en que está muriendo el capitalismo .

Este artículo resulta interesante si complementamos su fondo crítico con datos para el análisis que encontramos en estos sitios:

I – Le Monde Diplomatique:

http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=2dea492b-db8d-4d34-a23c-844915d6e6ab 

http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=869ae474-8dda-4277-bf86-cf11bc19ae11 

II- Davos 2016 Reporte situación mundial :

https://webcasts.weforum.org/widget/1/risksreport2016?p=1&pi=1&th=2&hl=english&id=risksreport-2016&auto=0

http://reports.weforum.org/global-risks-2016/

so30

 

III- William I Robinson:

http://www.soc.ucsb.edu/faculty/robinson/Assets/pdf/Una%20teoria%20sobre%20cap%20global.pdf


Global Capitalism and the Crisis of Humanity Paperback – October 9, 2014

Global Capitalism and the Crisis of Humanity

This exciting new study provides an original and provocative exposé of the crisis of global capitalism in its multiple dimensions – economic, political, social, ecological, military, and cultural. Building on his earlier works on globalization, William I. Robinson discusses the nature of the new global capitalism, the rise of a globalized production and financial system, a transnational capitalist class, and a transnational state and warns of the rise of a global police state to contain the explosive contradictions of a global capitalist system that is crisis-ridden and out of control. Robinson concludes with an exploration of how diverse social and political forces are responding to the crisis and alternative scenarios for the future.
WILLIAM I. ROBINSON is a professor of sociology at the University of California, Santa Barbara, where he is also affiliated with the Latin American and Iberian Studies Program and with the Global and International Studies Program. He has previously published seven books, including the award-winning Promoting Polyarchy (Cambridge University Press, 1996), A Theory of Global Capitalism (2004), and the award-winning Latin America and Global Capitalism (2008). He has published some fifty articles in academic journals such as Sociological Forum, Theory and Society, International Studies Review, International Sociology, Cambridge Review of International Affairs, International Relations, Global Society, Globalizations, Race and Class, New Political Economy, Third World Quarterly, and Radical Philosophy and hundreds of essays, book chapters, and articles in the popular press. He is a member of the editorial board of fifteen academic journals. In 2013 Robinson was elected chair of the Political Economy of the World-System section of the American Sociological Association (ASA). He is a member of the ASA, the Latin American Studies Association, the Global Studies Association, and the International Studies Association. He was a founding writer for and editor of Pensamiento Propio, a monthly journal of the Coordinadora Regional de Investigaciones Economicas y Sociales.

Global Capitalism and the Crisis of Humanity

William I. Robinson

University of California, Santa Barbara
CAMBRIDGE UNIVERSITY PRESS
32 Avenue of the Americas, New York, NY 10013-2473, USA
Cambridge University Press is part of the University of Cambridge.
It furthers the University’s mission by disseminating knowledge in the pursuit of education, learning, and research at the highest international levels of excellence.
© William I. Robinson 2014
This publication is in copyright. Subject to statutory exception and to the provisions of relevant collective licensing agreements, no reproduction of any part may take place without the written permission of Cambridge University Press.
First published 2014
Printed in the United States of America
A catalog record for this publication is available from the British Library.
Library of Congress Cataloging in Publication Data
Robinson, William I.
Global capitalism and the crisis of humanity / William I. Robinson.
pages cm
Includes bibliographical references and index.
ISBN 978-1-107-06747-9 (hardback) – ISBN 978-1-69111-7 (paperback)
1. Capitalism – History – 21st century. 2. Power (Social sciences) 3. Social
classes. 4. Globalization. I. Title.
HB501R624 2014
330.12′2–dc23 2014019656
ISBN 978-1-107-06747-9 Hardback
ISBN 978-1-107-69111-7 Paperback
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Acknowledgments

All intellectual labor is collective, part of the social labor process. The collective labor behind this study includes literally thousands of people who have contributed to my own intellectual and political development, many of whom I do not know personally. The best I can do to acknowledge my debt is to mention here those people who more immediately provided invaluable assistance in the research and preparation of this study and those who were the most proximate sources of inspiration. To start, I cannot thank enough Mario Barrera and Kent Norsworthy, both of whom carefully read and commented on every chapter. My former undergraduate student Anaiya Mussolini, a bright and multitalented young woman, read the entire manuscript, suggested where I could improve it, and helped me format the notes. Xuan Santos provided important comments on a draft of Chapter 5.
I do not think my graduate students in the doctoral program at the University of California – some of whom have defended their dissertations and are now colleagues – realize just what an inspiration they have been. Among them, I want to extend special thanks (in alphabetical order) to Yousef Baker, Veronica Montes (now Dr. Montes, Research Fellow at the University of Southern California), Steven Osuna, Cesar “Che” Rodiguez, Amandeep Sandhu (now Dr. Sandhu), Xuan Santos (now Dr. Santos, assistant professor of sociology at California State University–San Marcos), Jeb Sprague, and James Walsh (now Dr. Walsh). There are many more, both graduate and undergraduate, whom I cannot mention here.
I would also like to thank friends and colleagues in several professional associations to which I belong. These include the Political Economy of the World-System section of the American Sociological Association; the Global Studies Association (North American chapter); and the Network for Critical Studies of Global Capitalism (this network has a website, http://netglobalcapitalism.wordpress.com/). Among the many colleagues active in these three and other professional associations who have supported my own career over the years, generously extended to me invitations, and stimulated the development of my ideas (even when they are in disagreement), I want to pay special thanks to Christopher Chase-Dunn, who now directs the Institute for Research on World-Systems at the University of California at Riverside; Jerry Harris, organizational secretary of the Global Studies Association (North America); Leslie Sklair, professor emeritus of the London School of Economics; Mark Hrubec, the director of the Center for Global Studies of the Czech Academy of Sciences; Immanuel Wallerstein at Yale University; and the late Giovanni Arrighi. A special thanks to Juan Manual Sandoval and my friends and comrades from the Red Mexicana de Accíon Frente al Libre Comercio (REMALC) and the Seminario Permanente de Estudios Chicanos y de Fronteras (SPECHF) of the National Insitute of Anthropology and History (INAH) of Mexico.
Thanks also, in alphabetical order, to Berch Bergeroglu, Jesse Diaz, Linda Elder of the Foundation for Critical Thinking, FLACSO (Latin American Social Science Faculty) offices in Costa Rica and Guatemala, Sam Gindin, Asafa Jalata, Adam David Morton, Georgina Murray, Radmila Nakarada of Belgrade University, Dawn Paley, Leo Panitch, Marielle Robinson-Mayorga, Manuel Rozental, Saskia Sassen, Jason Struna, Lilian Vega and friends and colleagues at the Central American University in El Salvador, and Deniz Yukseker. My apologies to anyone I have inadvertently failed to include here. Thanks to three anonymous reviewers for Cambridge University Press; to my editor at the Press, Lewis Bateman; to assistant to the editor Shaun Vigil; and to copy editor Russell Hahn. I gratefully acknowledge the Academic Senate Committee on Research of the University of California at Santa Barbara for its generosity in funding, through two grants, important portions of the research involved in this study.

Acronyms

ALEC American Legislative Exchange Council
APEC Asia Pacific Economic Cooperation forum
BRICS Brazil, Russia, India, China, and South Africa
CAFTA Central American Free Trade Agreement
CCA Corrections Corporation of America
CIT computer and information technology
DHS Department of Homeland Security
EU European Union
G-7 Group of Seven, referring to the United States, Canada, England, Germany, Italy, France, and Japan (Russia is sometimes included in an expanded “Group of Eight” or G-8)
G-20 Group of Twenty, referring to Argentina, Australia, Brazil, Canada, China, the European Union, France, Germany, India, Indonesia, Italy, Japan, Mexico, Russia, Saudi Arabia, South Africa, South Korea, Turkey, the United Kingdom, and the United States
GATS General Agreement on Trade in Services
ICC International Chamber of Commerce
IMF International Monetary Fund
IT information technology
MENA Middle East and North Africa
MNC multinational corporation
NAFTA North American Free Trade Agreement
OECD Organization of Economic Cooperation and Development
OWS Occupy Wall Street
R&D research and development
SB1070 Senate Bill 1070 (Arizona anti-immigrant law)
TCC transnational capitalist class
TNC transnational corporation
TNS transnational state
TRIPS Trade Related Intellectual Property Rights
UN United Nations
UNCTAD United Nations Conference on Trade and Development
WB World Bank
WEF World Economic Forum
WSF World Social Forum
WTO World Trade Organization

Introduction

A Crisis of Humanity
All men will see what you seem to be; only a few will know what you are.
Machiavelli1
Our world is burning. We face a global crisis that is unprecedented in terms of its magnitude, its global reach, the extent of ecological degradation and social deterioration, and the scale of the means of violence. This is a time of great upheavals, momentous changes, and uncertain outcomes; fraught with dangers, including the very real possibility of collapse as well as the growing threat of repressive social control systems that serve to contain the explosive contradictions of a global capitalism in crisis. Certainly the stakes bound up in the raging conflicts of our day are too high for the usual academic complacency. I believe that the most urgent task of any intellectual who considers him or herself organic or politically engaged is to address this crisis. If nothing else, we will all agree that global capitalism is a highly unstable and crisis-ridden system. If we are to avert disastrous outcomes we must understand both the nature of the new global capitalism and the nature of its crisis. This book is an attempt to contribute to such an understanding.
In this book I aspire to analyze and theorize the global crisis from the perspective of global capitalism theory. Wide-ranging debate continues on the nature of the twenty-first-century global order and its contemporary crises. I have been centrally concerned with these matters for over two decades, seeking above all to construct a theoretical framework for situating them – specifically, a theory of global capitalism.2 The world in which Karl Marx analyzed capital has radically changed. The global capitalism perspective offers a powerful explanatory framework for making sense of the crisis. Analysis of capitalist globalization not only says something about the nature of the crisis but is also a template for probing a wide range of social, political, cultural, and ideological processes in this twenty-first century. Following Marx, we want to focus on the internal dynamics of capitalism in order to understand the crisis. And following the global capitalism perspective, we want to see how capitalism has qualitatively evolved in recent decades. The systemwide crisis we face is not a repeat of earlier such episodes such as that of the the 1930s or the 1970s precisely because world capitalism is fundamentally different in the twenty-first century.
How, specifically, is world capitalism different now than during previous episodes of crisis? In my view globalization constitutes a qualitatively new epoch in the ongoing and open-ended evolution of world capitalism, marked by a number of qualitative shifts in the capitalist system and by novel articulations of social power. I have highlighted four aspects unique to this epoch. First is the rise of truly transnational capital and a new global production and financial system into which all nations and much of humanity have been integrated, either directly or indirectly. We have gone from a world economy, in which countries and regions were linked to each other via trade and financial flows in an integrated international market, to a global economy, in which nations are linked to each other more organically through the transnationalization of the production process, of finance, and of the circuits of capital accumulation. No single nation-state can remain insulated from the global economy or prevent the penetration of the social, political, and cultural superstructure of global capitalism.
Second is the rise of a Transnational Capitalist Class (TCC), a class group that has drawn in contingents from most countries around the world, North and South, and has attempted to position itself as a global ruling class. This TCC is the hegemonic fraction of capital on a world scale. I will have more to say about the TCC in Chapter 1. Third is the rise of Transnational State (TNS) apparatuses. The TNS is constituted as a loose network made up of trans- and supranational organizations together with national states that functions to organize the conditions for transnational accumulation and through which the TCC attempts to organize and institutionally exercise its class power. I will have more to say about the TNS in Chapters 2 and 3. Fourth are novel relations of inequality, domination, and exploitation in global society, including an increasing importance of transnational social and class inequalities relative to North-South inequalities that are geographically or territorially conceived. I discuss these novel relations in several chapters.
Capitalist globalization is an ongoing, unfinished, and open-ended process, one that is contradictory and conflict-ridden, driven by social forces in struggle; it is structure in motion, emergent, with no consummated end state. In the dialectic, emergent means there is never a finished state, only open-ended process driven by contradictions, in this case by ongoing struggles among contradictory social forces worldwide. If we are to understand global capitalism and its crisis we must in the first instance train our focus on configurations of these contradictory social forces; such a focus must be analytically prior to focusing on the ways in which they become institutionalized and expressed in political, cultural, and ideological processes.
I began writing about globalization in the early 1990s. My ideas have developed through a series of concrete, historical investigations involving much induction rather than more abstract, formalized methods of derivation. Informing my theory of global capitalism is the idea that we cannot understand this new epoch through extant nation-state-centric paradigms that purport to explain world political and economic dynamics as interactions among nation-states and competition among national classes in an interstate system. I have continued to debate with many colleagues and companions the merits of my theoretical claims, demonstrating their explanatory utility through two major empirical-historical studies, both on Latin America, and in diverse journal articles and commentaries focusing on the crisis-ridden nature of the global system.3
In 2008, when world capitalism lurched into its most severe recession since the 1930s depression – what some refer to as the Great Recession – I turned my attention more fully to the topic of global crisis, specifically, to the occurrence and significance of accumulation and legitimation crises in the global system – both of which will be explained in what follows. While the present study discusses my theory of global capitalism including the specific thesis of the TCC and the TNS, I would direct readers to my earlier works for a fuller exposition of this theory. My central objective in this book is to elaborate on and apply this theory in relation to the global crisis. The idea for this book grew out of three essays on the topic of global crisis. The first, published in 2007, Beyond the Theory of Imperialism, challenged the notion that resurgent U.S. interventionism in the wake of the September 11, 2001, attacks on the World Trade Center and the Pentagon could be explained as a “new U.S. imperialism” aimed at competing with rivals for Middle Eastern resources and restoring U.S. hegemony in the international system. Instead, I saw this interventionism as a response to the crisis of global capitalism – in particular, a drive to violently integrate new regions into the global capitalist system and to militarize accumulation in the face of stagnation tendencies. The second, The Crisis of Global Capitalism: Cyclical, Structural, Systemic?, published in 2010, argued that underneath the 2008 collapse was a structural crisis of overaccumulation that threatens to become systemic and that the TCC had turned to three mechanisms – militarized accumulation, the raiding and sacking of public finance, and frenzied financial speculation – as outlets to unload surplus as productive outlets dried up. The third, Global Crisis and Twenty-First Century Fascism: A U.S. Case Study, written together with Mario Barrera, was published in 2012. We identified three responses to the global crisis in the midst of rising political conflict and polarization worldwide: resurgent leftist, popular, and radical response from below; a reformist impulse from global elites; and a neo-fascist response.4 These are, stated in broad strokes, the themes I develop at greater length in this book.
The crisis is much talked about these days. Most commentators refer to the economic crisis that they date to the U.S. subprime loan debacle that began in mid-2007 and was followed by the global financial collapse of September 2008 and the Great Recession. The crisis that exploded in 2008 with the collapse of the global financial system springs from contradictions in global capitalism that are expressed in immanent crisis tendencies and in a series of displacements over the past three decades that had served to postpone a “day of reckoning.”
A key focus in this book is on what I see as the underlying and causal social-economic (or material) elements in the crisis, or what in Marxist lexicon we call the internal contradictions of the capitalist system. Moreover, because the system is now global, crisis in any one place tends to represent crisis for the system as a whole. I attempt in this work to analyze the causal origins of the global crisis in overaccumulation and also in contradictions of state power. The system cannot expand because the marginalization of a significant portion of humanity from direct productive participation, the downward pressure on wages and popular consumption worldwide, and the polarization of income have reduced the ability of the world market to absorb world output. At the same time, given the particular configuration of social and class forces and the correlation of these forces worldwide, national states are hard-pressed to regulate transnational circuits of accumulation and offset the explosive contradictions built into the system.
Yet I want to evoke here the concept of global crisis in a broader sense. There are multiple and mutually constitutive dimensions of global crisis – economic, social, political, cultural, ideological, and ecological, not to mention the existential crisis of our consciousness, our values, and even our very being. There is a crisis of social polarization, that is, of social reproduction. The system cannot meet the needs or assure the survival of millions of people, perhaps a majority of humanity. There are crises of state legitimacy and political authority, or of hegemony and domination. National states face spiraling crises of legitimacy as they fail to meet the social grievances of local working and popular classes experiencing downward mobility, unemployment, heightened insecurity, and greater hardships. The legitimacy of the system has increasingly been called into question by millions, perhaps even billions, of people around the world and is facing expanded counter-hegemonic challenges. Global elites have been unable to counter this erosion of the system’s authority in the face of worldwide pressures for a global moral economy. And as a canopy that envelops all these dimensions, there is a crisis of sustainability rooted in an ecological holocaust that has already begun, expressed in climate change, peak oil, and the impending collapse of centralized agricultural systems in several regions of the world, among other indicators. Beyond the economic situation we want to explore these different dimensions and to identify how they are interconnected. My notion of global crisis is best captured in the notion of a crisis of humanity, by which I mean a crisis that is approaching systemic proportions, threatens the ability of billions of people to survive, and raises the specter of a collapse of world civilization and degeneration into a new “Dark Ages.”

Global Capitalism Theory and Its Critics: A Response

There has been a great deal written from a critical and an historical materialist perspective about the crisis of world capitalism.5 What demarcates my arguments in this book is that they are advanced from the perspective of global capitalism theory as just summarized. Part of my aim here is to take issue with works on crisis that come from extant critical approaches. My propositions on global capitalism have met with debate and criticism from a range of theoretical and political quarters, among them traditional Marxists, world-system theorists, international relations scholars, and colleagues coming from my own critical globalization perspective. Critics have charged, among other things, that: I do away with the nation-state; I do not acknowledge uneven accumulation; I dismiss imperialism and its practice by the U.S. state; I ignore local, national, and regional variation by attributing everything causally to global capitalism and overstate the extent to which globalization has equalized the conditions for the production and exchange of value across space in the global system. These critiques and my responses have been published as exchanges in several journal symposia.6
Some critiques cannot be taken seriously, given their misrepresentation and even ignorance of my work, the ideological nature of the criticism, or the zeal to defend paradigms into which critics are deeply invested irrespective of historical and empirical evidence.7 Some critics, moreover, base their objections on the very conceptual categories and frameworks whose assumptions I challenge, so that the critique remains tautological. Nonetheless, others have put forward important concerns that I attempt to address in the present study. In Chapter 1, I revisit some general themes with regard to global capitalism and transnational capitalists. In Chapter 2 I revisit the topic of TNS apparatuses. These first two chapters are not meant to reiterate the theory of the TCC and the TNS but to serve as complements to what I have previously written on these themes. Chapter 3 takes up the matter of imperialism and the U.S. state as well as that of uneven accumulation. Chapter 4 analyzes the 2008 collapse and its aftermath from a global capitalism perspective. Chapter 5 explores evolving twenty-first-century modalities of domination and social control in the face of challenges to global capitalism from below. Chapter 6 draws some general conclusions and prospects for the future. Readers will find that there are several themes that at the risk of redundancy I have interwoven throughout the book: the transnationalization of capital; the importance of the concept of the TNS; the uneven accumulation of capital; imperialism and the U.S. state; the pitfalls of a nation-state-centric framework of analysis; and the historical nature of the world capitalist system. While the reader who wants the full story must read the book from beginning to end, I have designed each chapter so that profit may be gained by reading any one of them on its own.
In what remains of this introduction I will dispense with several of the more common criticisms of my work and address some methodological and epistemological issues. Those readers wanting to jump right to the topic of crisis with may wish to proceed at this point directly to Chapter 1.

End of the Nation-State?

Perhaps the most most frequently raised criticism of my work is that I view the nation-state as fading away or as irrelevant to global capitalism. Typical of this charge is the position of British political scientist Paul Cammack, who in one diatribe says that my theory posits “the end of the state,” “the end of the national state altogether,” “the demise of national states,” and that the nation-state is “fated to depart the historic stage at this particular point in time.”8 He advises that I “accept that national states have a changing but continuing role in the global capitalist system” and abandon the idea that capital has become “extra-terrestrial rather than spread across numerous territories” (emphasis in original). I have never used the term “extra-terrestrial.” In fact, my argument is precisely that as capital has transnationalized it has become spread across numerous national territories through globalized circuits of production. The phrase “supranational space” that I have often evoked refers not to the supersession of space but to supranational space as accumulation across many national territories. Hence, the relation between transnationalizing capital and particular national territories needs to be reconceived. More generally, we need to rethink the spatiality of capital. In previous epochs capitalists were largely based in particular national territories and turned to “their own” national states in pursing their class interests. These interests were as much in organizing the conditions for accumulation within their respective national territories and disciplining labor within these territories as in competition with national capitalists from other countries for markets and resources around the world. As capital has gone global the leading groups among national capitalist classes have interpenetrated across national borders through an array of mechanisms and arrangements. This emergent TCC operates across borders in numerous countries and has attempted to convert the whole world into a single unified field for global accumulation.
Another charge frequently raised by my critics is that I believe that transnational capitalists “have no interest in the local state in any territory in which they are active.”9 What I have argued is that as transnational capitalists operate in numerous countries they turn to local (national) states of the countries in which they operate. Just as in previous epochs, they require that these local (national) states provide the conditions for accumulation within their respective territories, including disciplining labor. Reciprocally, local managers of the national capitalist state are compelled, just as they were in the past, by the structural power of the capitalist system. The legitimacy of these states and the reproduction of the status of state elites as privileged strata depend on their ability to attract and retain now-globalized accumulation to the territories over which they exercise political authority. Competition among national states to attract transnationally mobile capital becomes functional to global capital and to its ability to exercise a structural power over the direct power of states – that is, over the policymaking process of national states, in the same way that national capital previously exercised what some referred to as the “veto power” of capital over the state. In this way, the continued existence of the nation-state and the interstate system appear to be a central condition for the class power of transnational capital and for the reproduction of global capitalism. Transnational corporations during the early 1990s, for example, were able to utilize the institutions of different nation-states in order to continuously dismantle regulatory structures and other state restrictions on the operation of transnational capital in a process of “mutual deregulation.” These are topics that I take up later on; they are central to an understanding of the global crisis, which in part involves the disjuncture between a globalizing economy and a nation-state-based system of political authority.
William Carroll, a sociologist who studies the transnational interlocking of corporate boards of directors, echoes another frequent criticism of my theory. He charges that in my theory locality is transcended and that I do away with place. I advance, he says, an “abstract dualism” between the global and the national/local; I see the global and the national/local as “mutually exclusive.”10 Yet I have harshly criticized global–national/local dualisms and insisted that the global emerges out of contradictions arising within the local/national and the system of nation-states, that it is nested in the national. “Far from the ‘global’ and ‘national’ as mutually-exclusive fields,” I have asserted, “the global becomes incarnated in local social structures and processes.”11 I have shown how the global and the local/national are interpenetrated and mutually constitutive, how trajectories of integration into global capitalism are conditioned by and emerge from particular local, national, and regional histories and by contingency, and how local agents and processes shape the trajectory of global processes in dialectic interplay as much as the global affects the local or the national. Regarding local variation in the global system, I stated in my 2003 study of Central America, among other places:
The transition from the nation-state to the transnational phase of capitalism involves changes that take place in each individual country and region reciprocal [emphasis in original] to, and in dialectical interplay with, changes of systemic importance at the level of the global system. A critical focus of a renewed transnational studies should be exploration into the dynamic of change at the local, national, and regional levels in tandem with movement at the level of the global whole. The concern should be about how movement and change in the global whole are manifest in particular countries or regions, but with the focus on the dialectical reciprocity between the two levels. . . . [G]lobalization is characterized by related, contingent and unequal transformations. To evoke globalization as an explanation for historic changes and contemporary dynamics does not mean that the particular [emphasis in original] events or changes identified with the process are happening all over the world, much less in the same way. . . . It does mean that events or changes are understood as a consequence of globalized power relations and social structures. [I]n the study of development and social change in Central America . . . the locus of analysis is the mediation of distinct social forces in the dialectic of transformations taking place at the level of the global system and transformations in particular nations and regions. It is not possible to understand anything about global society without studying a concrete region and its particular circumstances; a part of a totality, in its relation to that totality. All knowledge is historically situated and . . . requires a synthesis of nomothetic and ideographic. The general is always (and only) manifested in the specific; the universal in the particular.12
The charge that I dismiss the nation-state is usually reactive – a response to my critique of nation-state centrism or a nation-state framework of analysis. Nation-state centrism refers to both a mode of analysis and a conceptual ontology of world capitalism. In this ontology, which dominates the disciplines of international relations and political science, world-systems theory, and most Marxist approaches to world dynamics, world capitalism is made up of national classes and national states existing in a flux of competition and cooperation in shifting alliances. These nation-state paradigms see nations as discrete units within a larger system – the world-system or the international system – characterized by external exchanges among these units. The key units of analysis are the nation(al) state and the international or interstate system. Nation-state/interstate paradigms place a particular template over complex reality. Everything has to fall into place within the template – its logic, the picture it portrays. Explanations cannot be outside the template. In this sense, nation-state-centric paradigms are blinders. Facts, we know, don’t “speak for themselves.” These blinders prevent us from interpreting facts in new ways that provide greater explanatory power with regard to novel developments in the late twentieth- and early twenty-first-century world.
The template also organizes how we collect and interpret data. Most data on the global economy, for instance, comes from national data collection agencies and has been disaggregated from a larger totality (the global economy) and then reaggregated into nation-state boxes. This is precisely the mistake made by Hirst and Thompson in their oft-cited study, Globalization in Question (they also make the mistake of defining globalization in terms of trade rather than production relations).13 As Dicken observes:
The conventional unit of analysis of the global economy is the country. Virtually all the statistical data on production, trade, investment and the like are aggregated into national ‘boxes.’ Indeed, the word ‘statistics’ originally denoted facts collected about the ‘state.’ However, such a level of statistical aggregation is less and less useful in light of the changes occurring in the organization of economic activity. . . . [B]ecause national boundaries no longer ‘contain’ production processes in the way they once did, we need to find ways of getting both below and above the national scale – to break out of the constraints of the ‘national boxes’ – in order to understand what is really going on in the world. One way is to think in terms of production circuits and networks. These cut through, and across, all geographic scales, including the bounded territory of the state.14
The critique of nation-state-centrism does not refer to evocation of the evident political organization of world capitalism into discrete nation-states that engage with each other in the interstate system. What is the nature or meaning of these discrete units and of their engagement, and has the meaning of that engagement changed? To say that globalization involves the supersession of the nation-state as the organizing principle of capitalist development does not mean the end of the nation-state or that the state is now irrelevant. What it does mean is that we need to return to an understanding of the nation-state as an historical rather than an immanent category, an institution that came about as a result of the particular form in which capitalism as an historical system developed. The kind of categorical thinking that plagues nation-state paradigms ends up reifying the nation-state, so that, for instance, the categories of core and periphery, as the opposite ends of polarized accumulation, must necessarily correspond to territorially defined nation-states. Nation-state paradigms are unable to grasp the transnational character of many contemporary processes and events such as world trade, international conflicts, and uneven development – processes that I analyze in this volume from a global capitalist perspective – because they box transnational phenomena into the nation-state/interstate framework.
These paradigms face the pitfall of theoreticism. What I mean by theoreticism is developing analyses and propositions to fit theoretical assumptions. Since received nation-state paradigms establish as their frame an interstate system made up of competing national states, economies, and capitals, twenty-first-century reality must then be interpreted so that it fits into this frame one way or another. As I will discuss in Chapter 3, such theoreticism in the study of globalization has forced many, at best, to follow Harvey’s schizophrenic dualism of economic and political logics: capital is economic and globalizes, while states are political and pursue territorially based political-state logic.15 Theory needs to illuminate reality, not make reality conform to it. Theories shape researchers’ thinking processes, lay the foundations for their analytical frameworks, guide their research propositions and hypotheses. They lead researchers to adopt certain methodologies, to focus on certain data sets and empirical facts and to bypass others, or to interpret these data sets in particular ways. Critical inquiry involves the ability to step out of or beyond established paradigms that may be taken for granted even as the social and historical conditions that gave rise to them undergo transformation.
Nation-state-centric approaches reify institutions by substituting them for social forces and then giving them a fixed character in causal explanations, so that, for instance, national states are bestowed with agency in explaining global political and economic dynamics. Institutions such as states, however, are not actors with an independent life of their own; they are the products of social forces that reproduce as well as modify them and that are causal in historical explanations. Social forces operate through multiple institutions in complex and shifting webs of conflict and cooperation. We need to focus not on states as fictitious macro-agents but on historically changing constellations of social forces operating through multiple institutions, including state apparatuses that are themselves in a process of transformation as a consequence of collective agencies.
Deductive reasoning and the logical exposition and critique of theoretical concepts and propositions is only half of the process of scientific theory production. The other half is inductive empirical research. When empirical data and historical events do not correspond to the predictions of theories, we need to question the validity of our theories. For instance, according to the predictive logic of world-system, Marxist, and other critical theories of world political dynamics, we should have witnessed in recent years inter-imperialist rivalry and growing protectionism, yet we have seen neither. Similarly, these theories are at a loss to explain why the United States in the aftermath of its occupation of Iraq opened up that country to investors from all over the world rather than sealing it off under the canopy of occupation to investors from the United States. My main point of contention with these theories and other radical interpretations of the world historic moment is that they take historically contingent and specific categories such as nation-state, national capital, and imperialism and make of them a fixed, immutable structure, in the process reifying them.
To get beyond nation-state-centric ways of thinking we need to keep in mind that a study of globalization is fundamentally historical analysis. When we forget that the nation-state is a historically bound phenomenon, we reify the nation-state and by extension the interstate system or the world system founded on nation-states. To reify something is to attribute a thinglike status to what should more properly be seen as a complex and changing set of social relations that our practice has created, one that has no ontological status independent of human agency. When we forget that the reality to which these concepts refer is our own sets of social relations that are themselves in an ongoing process of transformation and instead attribute some independent existence to them, then we are reifying. States are sets of institutionalized practices and power relations; “congealments” of class/social relations, to evoke Poulantzas’s terminology. The question is, how do we understand the social and class relations embedded in the states? How may these social and class relations become embedded in institutions or networks beyond national states, in institutions and networks that are trans- or supranational? How do social and class groups that operate transnationally or globally pursue their interests through institutions?
As global capitalism now sinks into its most serious crisis in decades, an accurate understanding of the nature of the system has become a burning political matter if we are to respond effectively to the depredations that the crisis has unleashed on broad swaths of humanity. Such an understanding requires a paradigmatic break with nation-state-centric modes of conception, and warrants brief comments here on the matter of methodology and conception or ontology.

The Need for a Holistic Approach and Novel Concepts: Structural and Conjunctural Analysis

Reality is multidimensional; our study of it must involve many different levels of analysis. The goal of our study should be to simplify complex reality in a way that helps explain patterns and outcomes, so long as we take into account the problems of inference that may result from our simplifications. As Chase-Dunn puts it, “there is no point in making a map which is as complicated as the territory.”16 Global capitalism, like social reality in general, is always a complex synthesis of multiple determinations and of historical conjunctures. By “conjunctures” I mean historical moments, all of which are unique, that bring together particular and contingent circumstances, including human agency and consciousness, in an infinite variety of mixtures with underlying structural processes. The world capitalist system is structure in motion, constantly evolving in an open-ended way that involves as much the pulse of cycles, patterns, and regularities as contingency and agency. Structure and agency is not an antagonistic binary but a unity that must be brought together in our methodologies and ontologies of inquiry into the world through historical and conjunctural analysis. The conjunctural specificity of much of what goes on in the world does not negate but is informed by the deeper structures that stamp and circumscribe conjunctures. We want to distinguish between structural and conjunctural dimensions in a given situation within the internal unity of that situation. The structural is that which cannot be altered by a given agent or set of agents during a given time period – ceteris paribus – while the conjunctural is that which can be altered by a given agent or set of agents during that period.17
Social outcomes (the concrete) are the complex synthesis of multiple determinations, and the “laws” of capitalism are abstract principles subject to complex mediations. This is to say, as I have insisted throughout my work, the general is manifest only in the particular, or the real historical, so that causal tendencies (the spread of capitalist relations, dynamics of accumulation, etc.) located beneath surface appearance are manifested through complex mediations and contingencies that are not predetermined and are driven by agency interacting with structure. There is reciprocal movement between the general and the particular – for example, we can find similar transformations wrought by globalized capitalism in various countries and regions, such as the rise of transnationally oriented fractions of the elite, the transnationalization of the state, novel economic activities tied to the global economy, social polarization, and so on. But such movement does not obey laws as much as historical conjunctures through which laws are manifested in limitless possible and unpredictable ways. For instance, striving to maximize profit is a law of accumulation, but what this striving actually means in a particular historical context can take on an infinite number of forms. In our analysis of such historical situations we want to avoid the conflation of conjunctural and structural elements.
Contingency, agency, and conjunctures involving the coming together in unique ways in each historical circumstance of multiple causal chains make historical outcomes open-ended and not as predictable as positivists assume. However, at the level of deep structure there is an underlying determination, that is, the process of social production and reproduction that is our “species being” and the material foundation of our existence. More generally, historical materialism as method attempts to understand the dialectical relationship between the particularities of our existence (as a species, as a collective inhabiting the planet) and the underlying structural conditions and processes that link these to the general and the universal. We want to understand how concrete particulars are constituted by more general and abstract social forces. The global economy – that is, globalized processes of social production and reproduction – does exercise an underlying structural determination at this level of deep structure. To study deep structure means to study capitalism, its underlying laws and dynamics, which at the abstract level of analysis have not changed in this epoch of globalization. The task of good macro–social science is to uncover the kaleidoscope of articulations between deep structure, structure, and conjuncture as distinct levels of analysis that are causal to open-ended social change.
It is not an easy task to identify the dialectic of structure and agency. It is important to avoid treating political and ideological processes as the outcome of relations among subjects endowed with consciousness and free will to the neglect of the social (structural) relations that drive these political and ideological practices and that constitute subjects engaged in them. To focus only on the conjunctural is to mistake surface appearance for essence; to focus only on the structural is reductionism.18 My own approach has emphasized multiple determinations and distinct levels of analysis – in particular, the articulation of structural and conjunctural (that is behavioral/agency) levels via a mediating structural-conjunctural level of analysis that mediates “forward” to agency and “backward” to structure.19 The agency of individuals and groups is shaped and enabled by social structures. In the present study, as elsewhere, I strive to center the analysis at the structural-conjunctural level and to move “backward” and “forward” from that center.
This must be an historical undertaking, in the sense not that there are no underlying structural regularities but that they are always and only manifest in real historical circumstances in which contingency and agency come into play. World capitalism is a singular process. A holistic approach starts with the global system and sees subparts or smaller units, such as the nation-state, as part of the larger whole. We also need to distinguish between the existence of a unit (in an historical and empirical sense as well as in an analytical sense) and the varied ways which that unit fits into the larger whole over time. As I have pointed out previously, a biological analogy is useful to illustrate how a particular attribute or feature of a system may continue to exist as it changes its functions, for example, nation-states and the interstate system. The task is to analyze not only the social and class forces and agencies that operate through these subunits, without reifying the state, but also changes in the larger system at the level of world capitalism or the global whole that frame (and limit) the possible constellations of social and class forces.
It is during moments not of equilibrium but of crisis that the intervention of agency can be most effective in bringing about structural change. Crises are key conjunctures when significant structural – and in rare historic moments, systemic – change becomes possible, that is, when all things are not equal as the fault lines of structure are revealed. Exploration of the global crisis involves conjunctural analysis nested in an historical approach and informed by structural analysis. Our undertaking requires the new conceptual tools of the TCC, the TNS, and global (as distinct from world) capitalism in order to grasp the evolution of capitalism in recent years, comprehend the twenty-first-century global system and the transnational processes at work, and intervene as effectively as possible to avert catastrophe.
Finally, one caveat: this is not intended to be an exhaustive study of the global crisis. That would involve much more than can be accomplished in this brief work; indeed, it would require many volumes and many years. I am forced as a result into inevitable simplifications. There is as well much literature that I am unable to engage with. My hope is to make a modest contribution to our understanding of, and to advance a very broad collective research agenda on, the contemporary crisis.

1 Niccolo Machiavelli, The Prince (New York: Bantam Books, 1981 [1513]), 63–64. To understand this quote is to understand the distinction between the inner sanctum of power and the outward appearance of power.

2 See, in particular, William I. Robinson, A Theory of Global Capitalism (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2004), William I. Robinson, Latin America and Global Capitalism (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2008), Chapter 1.

3 See, inter alia, William I. Robinson: Transnational Conflicts: Central America, Social Change, and Globalization (London: Verso, 2003); William I. Robinson, Latin America and Global Capitalism, Chapter 1; William I. Robinson, “The Crisis of Global Capitalism: Cyclical? Structural? Systemic?,” in Martinj Konings, ed., The Great Credit Crash (London: Verso, 2010); William I. Robinson, “Beyond the Theory of Imperialism: Global Capitalism and the Transnational State,” Societies without Borders (2007), 2: 5–26; William I. Robinson, “Aqui Estamos y No Nos Vamos!: Global Capitalism and the Struggle for Immigrant Rights, Race and Class (2006), 48(2): 4–29; William I. Robinson and Mario Barrera, “Global Capitalism and Twenty-First Century Fascism: A U.S. Case Study,” Race and Class (2012), 53(3): 4–29; William I. Robinson, “Global Capital Leviathan,” Radical Philosophy (2011), no. 165: 2–6; William I. Robinson, “Globalizacion, Crisis, y Escenarios de Futuro,” Estudios Centroamericanos (2009), 63(715–716): 331–344; William I. Robinson, “What to Expect from U.S. ‘Democracy Promotion’ in Iraq,” New Political Science (2004), 26(3): 441–447.

4 See the previous note for full references to these articles.

5 These works are too numerous to list here. Among those that I have found useful (despite my disagreement with their interpretations) are Konings, ed., The Great Credit Crash; Chris Harman, Zombie Capitalism: Global Crisis and the Relevance of Marx (Chicago: Haymarket Books, 2010); Michel Chossudovsky and Andrew Gavin Marshall, eds., The Global Economic Crisis: The Great Depression of the XXI Century (Quebec: Global Research Publishers, 2010); Christian Marazzi, The Violence of Financial Capitalism (Los Angeles: Semiotext(e), 2011); Istvan Meszaros and John Bellamy Foster, The Structural Crisis of Capital (New York: Monthly Review Press, 2010); David McNally, Global Slump: The Economics and Politics of Crisis and Resistance (Oakland, CA: PM Press, 2010); William K. Tabb, The Restructuring of Capitalism in Our Time (New York: Columbia University Press, 2012).

6 See symposia in the following journals: Theory and Society, (2001), 30(2); Science and Society (2001–02), 65(4); Critical Sociology (2012), 38(3); Historical Materialism (2007), 15; Cambridge Review of International Affairs (2006), 19(3).

7 See, e.g., my exchange with the international relations scholar Paul Cammack in Geopolitics, History and International Relations (2009), 1(2) (more on this exchange below); my exchange with the political scientist Ellen M. Wood in Historical Materialism (2007), 15 (William I. Robinson, “The Pitfall of Realist Analysis of Global Capitalism,” 71–93, and Ellen M. Wood, “A Reply to Critics,” 143–170); or the sociologist Juan Corradi’s ideologically driven discussion of my work, “Review of Latin America and Global Capitalism,” Contemporary Sociology (2009), 28(5): 396–398. Diane Barahona observes in her review-essay of my oeuvre that many of my critics may have read some of my theoretical essays but not my empirical works. “His methodology,” she writes, “is to study historical facts, filtering them for their significance through the lens of Marx and Gramsci, and formulate inductive theory from them. Once the theory has been universalized, he goes back and does more research to test how well the theory works, ‘unpacking’ the theory to see if it ‘fits’ new sets of facts. In the process of reading these books the reader is confronted with much information to support Robinson’s theoretical arguments. The main problem with critics of Robinson’s theory is that they have failed to address his supporting case studies.” Diane Barahona “The Capitalist Globalization of Latin America,” Critical Sociology (2011), 37(6): 889–895, quote from p. 892.

8 Paul Cammack, “Forget the Transnational State,” Geopolitics, History and International Relations (2009), 1(2): 85–98.

9 See, e.g., Cammack, “Forget the Transnational State.”

10 William Carrol, “Global, Transnational, Regional, National: The Need for Nuance in Theorizing Global Capitalism,” Critical Sociology (2012), 38(3): 365–373.

11 Robinson, A Theory of Global Capitalism, 110.

12 William I. Robinson, Transnational Conflicts: Central America and Global Change (London: Verso, 2003), 55–56.

13 Paul Hirst and Graheme Thompson, Globalization in Question, 3rd ed. (Cambridge: Polity, 2009).

14 Peter Dicken, Global Shift, 5th ed. (New York: Guilford, 2007), 13.

15 See David Harvey, The New Imperialism 2nd ed. (New York: Oxford University Press, 2005).

16 Christopher Chase-Dunn, Global Formation: Structures of the World-Economy (Lanham, MD: Rowman and Littlefield, 1998), 215.

17 On this point, see the discussion by Jessop in The Capitalist State (Oxford: Martin Robertson, 1982), 253.

18 We cannot conflate the determinacy of the real world with determinacy as a property of a given theoretical system, as Jessop observes, lest we explain the former in terms of the latter. This error forms the basis, in Jessop’s view, for three methodological miscarriages: reductionism, or invoking one axis of theoretical determination to explain everything about the state and politics; empiricism, or mistaking a synchronic description or historiographic account of an actual event for an explanation of that event; and subsumption, or subsuming a particular description or history of this kind under a general principle of explanation as one of its many instantiations (see Jessop’s excellent discussion in The Capitalist State, 211–220).

19 See my discussion on methodology in the introduction to William I. Robinson, Promoting Polyarchy: Globalization, U.S. Intervention, and Hegemony (Cambridge: Cambridge University Press, 1996).

1 Global Capital and Global Labor

[Foxconn] has a workforce of over one million worldwide and as human beings are also animals, to manage one million animals gives me a headache.
Terry Gou, chairman of Foxconn, talking to Chin Shih-Chien, director of the Taipei Zoo, regarding how animals should be managed, and prior to announcing plans to replace one million workers with robots1
The solution to the sanitation crisis – at least as conceived by certain economics professors sitting in comfortable armchairs in Chicago and Boston – has been to make urban defecation a global business. Indeed, one of the great achievements of Washington-sponsored neoliberalism has been to turn public toilets into cash points for paying off foreign debts – pay toilets are a growth industry throughout the Third World slums.
Mike Davis, in Planet of Slums2
Capitalism goes through regular crises about once a decade, what we call cyclical crises. But the crisis that exploded in 2008 with the global financial collapse and the Great Recession points to a deeper structural crisis, such as we faced in the 1970s, and before that in the 1930s, meaning that the system can no longer continue to function in the way that it is structured. These types of crises are therefore restructuring crises. They must result in a restructuring of the system if there is to be any resolution to the crisis. Yet in such a conjucture the structural crisis has the potential to become systemic, depending on how social agents respond to the crisis and on the unpredictable element of contingency that always plays some role in historical outcomes. A systemic crisis is one in which only a change in the system itself will resolve the crisis.
The twenty-first-century global crisis shares a number of aspects with earlier structural crises of the world economy of the 1970s and the 1930s, but there are also several features unique to the current situation:
1. The system is fast reaching the ecological limits of its reproduction. We may have already reached a point of no return – what environmental scientists refer to as a “tipping point” beyond which the planet becomes destabilized. The ecological holocaust under way cannot be underestimated – peak oil, climate change, the extinction of species, the collapse of centralized agricultural systems in several regions of the world, and so on.3
2. The magnitude of the means of violence and social control is unprecedented, as is the concentration of the means of global communication and symbolic production and circulation in the hands of a very few powerful groups. Computerized wars, drones, bunker-buster bombs, Star Wars defense systems, and so forth, have changed the face of warfare. Warfare has become normalized and sanitized for those not directly at the receiving end of armed aggression. At the same time we have arrived at the panoptical surveillance society and the age of thought control by those who manage global flows of communication, images, and symbolic production.
3. Capitalism is reaching apparent limits to its extensive expansion. There are no longer any new territories of significance that can be integrated into world capitalism, de-ruralization is now well advanced, and the commodification of the countryside and of pre- and noncapitalist spaces has intensified; that is, they are being, converted in hothouse fashion into spaces of capital, so that intensive expansion is reaching depths never before seen. Capitalism must continually expand or collapse. How or where will it now expand?
4. There is the rise of a vast surplus population inhabiting a “planet of slums,”4 alienated from the productive economy, thrown onto the margins, and subject to sophisticated systems of social control and to destruction – to a mortal cycle of dispossession–exploitation–exclusion.
5. There is a disjuncture between a globalizing economy and a nation-state-based system of political authority. The incipient transnational state (TNS) apparatuses have not been able to play the role of what social scientists refer to as a “hegemon,” or a leading nation-state that has enough power and authority to organize and stabilize the system.


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ARTICULO DE W. STREECK

 

FUENTE : http://newleftreview.es/article/download_pdf?language=es&id=3072

Wolfgang Streeck cbb140ec-8bb1-4d65-8a5b-c7733ba58efc

¿CÓMO TERMINARÁ EL CAPITALISMO?

Existe actualmente la sensación generalizada de que el capita­lismo pasa por una situación más crítica que nunca desde el final de la Segunda Guerra Mundial1. En retrospectiva, el derrumbe de 2008 fue solo el último de una larga serie de problemas políticos y económicos que tienen su origen en el final de la prosperidad de la pos­guerra a mediados de la década de 1970. Las sucesivas crisis han sido cada vez más graves, extendiéndose más amplia y rápidamente por una econo­mía global cada vez más interrelacionada. La inflación global en la década de 1970 fue seguida de un aumento de la deuda pública en la década de 1980, y la consolidación fiscal en la década de 1990 llegó acompañada de un aumento elevado de la deuda del sector privado2. Hace ya cuatro décadas que la falta de equilibrio ha sido más o menos la situación normal del mundo industrial «avanzado», tanto a nivel nacional como global. De hecho, con el tiempo, las crisis del capitalismo de posguerra de los países de la ocde se han generalizado de tal modo que se perciben cada vez más como algo cuya naturaleza está por encima de la economía, lo que tiene como consecuencia el redescubrimiento de la antigua noción de sociedad capitalista: el capita­lismo como orden social y forma de vida, que depende de manera vital del progreso ininterrumpido de la acumulación de capital privado. video (English)

Los síntomas de la crisis son muchos, pero entre ellos destacan tres ten­dencias a largo plazo en las trayectorias de los países capitalistas ricos y altamente industrializados, o mejor dicho, crecientemente desindus­trializados. La primera es el declive persistente de la tasa de crecimiento económico, agravado recientemente por los acontecimientos de 2008 (Figura 1). La segunda, asociada a la primera, es un crecimiento igualmente persistente de la deuda global en los principales Estados capitalistas, donde

1 Una versión de este texto constituyó el discurso de la Anglo-German Foundation, pronunciado en la British Academy el 23 de enero de 2014.

2 He analizado este tema en profundidad en Buying Time: The Delayed Crisis of Democratic Capitalism, Londres y Nueva York, 2014.

Streeck: Capitalismo 39

los Gobiernos, los hogares y las empresas financieras y no financieras lle­van más de cuarenta años apilando obligaciones financieras (para el caso de Estados Unidos, véase la Figura 2). La tercera, la desigualdad econó­mica, tanto de ingresos como de riqueza, lleva varias décadas aumentando (Figura 3), junto con el aumento de la deuda y el declive del crecimiento.

Figura 1: Tasas de crecimiento medio anual de 20 países de la ocde, 1972-2010*.

* media móvil de 5 años. Fuente: Perspectivas Económicas de la ocde: Estadísticas y Proyecciones.

Figura 2: Deuda como porcentaje del pib de Estados Unidos por sectores, 1970-2011

Fuente: Cuentas nacionales, ocde. 1972 1976 1980 1984 1988 1992 1996 2000 2004 2008 %543210 -1 Empresas nancieras Hogares Empresas no nancieras Gobierno 1970 1975 1980 1985 1990 1995 2000 2005 2010 1.000 900 700 600 800 500 400 300 200 1000

40 nlr 87

Figura 3: Aumento del coeficiente de Gini, media de la ocde.

Fuente: Base de datos de la distribución de las rentas de la ocde.

El crecimiento constante, la moneda sólida y un mínimo de equidad social, que extienda algunos de los beneficios del capitalismo a los que no tienen capital, se han considerado desde hace mucho tiempo los prerrequisitos para que una economía política capitalista obtenga la legitimación que necesita. Lo que resulta más alarmante es que las tres tendencias críticas que he mencionado pueden reforzarse mutuamente. Cada vez hay más evidencia de que la desigualdad creciente puede ser una de las causas del declive del crecimiento, ya que la desigualdad obstaculiza las mejoras de productividad y debilita la demanda. El bajo crecimiento, a su vez, fortalece la desigualdad al intensificar el problema de la distribución, ofreciendo concesiones a los pobres que son más costosas para los ricos y obligando a estos a insistir más que antes en el respeto estricto del «principio de Mateo», que gobierna el libre mer­cado: «Porque a todo el que tiene, más se le dará, y tendrán abundancia; pero al que no tiene aun lo que tiene se le quitará»3. Es más, la deuda creciente, además de no detener el declive del crecimiento económico, agrava la desigualdad por medio de los cambios estructurales asociados a la financiarización, que a su vez tenía por objetivo compensar a los asalariados y a los consumidores por la creciente desigualdad de ingre­sos provocada por el estancamiento de los salarios y los recortes de los servicios públicos.

3 Mateo 25:29. Fue descrito por primera vez como mecanismo social por Robert Merton en «El efecto Mateo en la ciencia», Science, vol. 159, núm. 3810, pp. 56-63. El término técnico es ventaja acumulativa. 1985 1990 1995 2000 2005 2010 110 105 100 2007Streeck: Capitalismo 41

¿Puede continuar indefinidamente lo que parece ser un círculo vicioso de tendencias dañinas? ¿Existen fuerzas contrarias que puedan romperlo y qué ocurrirá si estas no se materializan, tal como ha sucedido durante casi cuatro décadas? Los historiadores señalan que las crisis en el capitalismo no son nada nuevo y de hecho pueden ser necesarias para su salud a largo plazo. Pero se refieren a movimientos cíclicos o sucesos puntuales, tras los cuales las economías capitalistas entran en un nuevo equilibrio, por lo menos, temporalmente. Lo que observamos actualmente, sin embargo, parece representar, si lo miramos en retrospectiva, un proceso continuo de declive gradual, aplazado, pero a pesar de ello aparentemente inexorable. La recuperación de una Reinigungskrise [crisis de purgamiento] ocasional es una cosa, interrumpir la concatenación de tendencias a largo plazo interrelacionadas es algo bien distinto. Asumiendo que la perpetuación de un crecimiento cada vez menor, una desigualdad cada vez mayor y una deuda paulatinamente creciente no es un escenario sostenible de modo indefinido, que puede desembocar además en una crisis de natura­leza sistémica cuyas características son difíciles de imaginar, ¿se pueden atisbar señales de una marcha atrás inminente?

Otro parche

Las noticias no son buenas. Han pasado seis años desde 2008, el punto álgido hasta ahora de la secuencia de crisis de la posguerra. Mientras el recuerdo del abismo estaba todavía fresco, abundaron las peticiones y los planes de acción para una «reforma» que protegiera al mundo de una repetición. Los congresos internacionales y las cumbres de todo tipo se sucedieron, pero media década más tarde no ha salido prácticamente nada de ellas. Mientras tanto, la industria financiera, de donde partió el desastre, ha escenificado una recuperación completa: los beneficios, los dividendos, los sueldos y los bonos han vuelto donde estaban, mientras que la nueva regulación se enfangaba en negociaciones internacionales y grupos de presión nacionales. Los Gobiernos, el primero y principal, el de Estados Unidos, han seguido estando manejados con firmeza por las industrias de hacer dinero. Estas a su vez reciben generosamente dinero en efectivo barato, que sus amigos de los bancos centrales (entre los que destaca el antiguo hombre de Goldman Sachs, Mario Draghi, al timón del bce) crean de la nada para ellos, un dinero que inmovilizan o invierten en deuda de los Gobiernos. El crecimiento sigue siendo ané­mico, como los mercados de trabajo; una enorme liquidez carente de precedentes no ha podido relanzar la economía; y la desigualdad está 42 nlr 87

alcanzando cotas cada vez más sorprendentes, mientras que el 1 por 100 de los rentistas se ha apropiado del poco crecimiento que existe: la parte del león para la fracción más pequeña4.

Parecería que, desde luego, hay pocas razones para ser optimista. Durante bastante tiempo el capitalismo de los países de la ocde ha seguido ade­lante gracias a generosas inyecciones de dinero fiduciario, siguiendo una política de expansión monetaria cuyos diseñadores saben mejor que nadie que no puede continuar indefinidamente. De hecho, en 2013 se hicie­ron varios intentos de romper con esa costumbre en Japón y en Estados Unidos, pero cuando, como consecuencia de ellos, las cotizaciones bur­sátiles se derrumbaron, las «reducciones» (tapering), como se las vino a llamar, se pospusieron. A mediados de junio el Bank for International Settlements (bis) de Basilea (la madre de todos los bancos centrales) declaró que la quantitive easing [flexibilización cuantitativa] debía termi­narse. En su informe anual, el Banco señalaba que los bancos centrales, como reacción a la crisis y a la lenta recuperación, habían expandido sus balances, «que se encuentran ahora colectivamente a un nivel aproxima­damente tres veces superior al que tenían antes de la crisis: y subiendo»5. Aunque esto había sido necesario para «evitar el colapso financiero», ahora el objetivo tenía que ser «reconducir a unas economías muy debili­tadas a un crecimiento fuerte y sostenible». Sin embargo, esto estaba por encima de la capacidad de los bancos centrales, que:

no pueden aprobar las reformas estructurales económicas y financieras necesarias para que las economías recuperen la senda del crecimiento auténtico que tanto las autoridades como los ciudadanos quieren y espe­ran. Lo que los acuerdos de los bancos centrales han conseguido durante la recuperación es ganar tiempo […]. Pero ese tiempo no se ha aprovechado bien, ya que los tipos bajos de interés persistentes y las políticas poco convencionales aplicadas han facilitado que el sector privado posponga la reducción de su endeudamiento, que los Gobiernos financien los déficits y las autoridades retrasen las reformas necesarias en la economía real y en el sistema financiero. Al fin y al cabo, el dinero barato hace que sea más fácil beneficiarse de un préstamo que ahorrar, gastar que introducir impuestos, permanecer igual que cambiar.

4 Véase Emmanuel Saez, «Striking It Richer; The Evolution of Top Incomes in the United States», 2 de marzo de 2012, disponible por medio de la página web personal de Saez en uc Berkeley; y Facundo Alvaredo, Anthony Atkinson, Thomas Piketty y Emmanuel Saez, «The Top 1 per cent in International and Historical Perspective», Journal of Economic Perspectives, vol. 27, núm. 3, 2013, pp. 3-20.

5 bis, 83rd Annual Report, 1 April 2012-31 March 2013, Basilea, 2013, p. 5.Streeck: Capitalismo 43

Aparentemente este punto de vista era compartido incluso por la Reserva Federal con Bernanke al mando. A finales de verano de 2013, parecía intuirse una vez más que la época del dinero fácil se estaba acabando. Sin embargo, en septiembre, la esperada vuelta a tipos de interés más altos fue de nuevo pospuesta. El motivo aducido fue que «la economía» parecía menos «fuerte» de lo que se esperaba. Las cotizaciones bursá­tiles globales subieron inmediatamente. Por supuesto, una institución internacional como el bis tiene más libertad que un banco central nacio­nal, que (por ahora) está más expuesto políticamente, para desvelar la verdadera razón por la que una vuelta a políticas monetarias más con­vencionales es tan difícil: tal como están las cosas, la única alternativa al mantenimiento del capitalismo mediante el incremento ilimitado de la oferta monetaria es intentar reanimarlo por medio de reformas econó­micas neoliberales, como se desprende con toda precisión del segundo subtítulo del informe anual del bis de 2012-2013: «Mejorar la flexibili­dad: la clave para el crecimiento». En otras palabras, remedios amargos para la mayoría, combinados con mayores incentivos para unos pocos6.

Un problema con la democracia

Al llegar a este punto, el análisis de la crisis y del futuro del capitalismo moderno debe recurrir a la política democrática. El capitalismo y la demo­cracia se han considerado adversarios durante mucho tiempo, hasta que el acuerdo de la posguerra pareció lograr su reconciliación. Bien entrado el siglo xx, los propietarios capitalistas habían temido que las mayorías democráticas abolieran la propiedad privada, mientras que los trabajadores y sus organizaciones temían que los capitalistas financiaran la vuelta a un régimen autoritario que defendiera sus privilegios. Solo durante la Guerra Fría parecieron alinearse juntos el capitalismo y la democracia, cuando el progreso económico hizo posible que la mayoría de la clase trabajadora aceptara un régimen de libre mercado y propiedad privada, resaltando a su vez que la libertad democrática era inseparable, y de hecho dependiente, de la libertad de los mercados y la búsqueda de beneficios. Sin embargo, hoy en día, han vuelto con fuerza las dudas sobre la compatibilidad de una economía capitalista con un sistema de gobierno democrático. Entre la gente corriente existe ahora una sensación omnipresente de que la polí­tica no puede ya cambiar sus vidas, tal como se refleja en las percepciones comunes de estancamiento, incompetencia y corrupción entre una clase

6 Puede ser aún menos prometedor en países como Estados Unidos y el Reino Unido, donde es difícil señalar qué «reformas» neoliberales pueden quedar todavía por aplicarse.44 nlr 87

política que parece crecientemente egoísta y autosuficiente, unida en su proclama de que «no hay alternativa» para ellos y sus políticas. El resultado es el descenso en la participación electoral combinado con una volatilidad mayor del voto, que tiene como consecuencia una fragmentación electoral mayor, debido a la subida de partidos de protesta «populistas», y una ines­tabilidad general del gobierno7.

La legitimidad de la democracia de posguerra se basaba en la premisa de que los Estados tenían capacidad para intervenir en los mercados y corre­gir sus resultados en beneficio de los ciudadanos. Décadas de desigualdad creciente han sembrado dudas sobre esta capacidad, como también lo ha hecho la impotencia de los Gobiernos antes, durante y después de la cri­sis de 2008. Como respuesta a su creciente irrelevancia en una economía de mercado global, los Gobiernos y los partidos políticos en las democra­cias de los países de la ocde se dedicaron a observar con mayor o menor complacencia cómo la «lucha de clases democrática» se convertía en entre­tenimiento político posdemocrático8. Mientras tanto, la transformación de la economía política capitalista del keynesianismo de la posguerra al haye­kianismo neoliberal progresaba con fluidez: de una fórmula política para el crecimiento económico por medio de la redistribución desde arriba hacia abajo, a una que esperaba que se produjera crecimiento por medio de una redistribución desde abajo hacia arriba. La democracia igualitaria, conside­rada por el keynesianismo como productiva económicamente, se convierte en una carga para la eficacia según el hayekianismo contemporáneo, en el que el crecimiento proviene del aislamiento de los mercados (y de la ventaja acumulativa que supone) frente a las distorsiones políticas redistributivas.

Un tema fundamental de la retórica antidemocrática actual es la crisis fiscal del Estado contemporáneo, tal como queda reflejada en el extraordinario aumento de la deuda pública desde la década de 1970 (Figura 4). El creciente endeudamiento público se achaca a la mayoría del electorado que vive por encima de sus posibilidades a base de aprovecharse del «fondo común» de la sociedad, y a los políticos oportunistas que compran el apoyo de los votan­tes miopes con dinero que no tienen9. Sin embargo, puede constatarse que

7 Véase Armin Schäfer y Wolfgang Streeck (eds.), Politics in the Age of Austerity, Cambridge, 2013.

8 Walter Korpi, The Democratic Class Struggle, Londres, 1983; y Colin Crouch, Post- Democracy, Cambridge, 2004 [ed. cast.: Posdemocracia, Madrid, Taurus, 2004].

9 Esta es la teoría de public choice [elección pública] de la crisis fiscal, tal como la presentan con fuerza James Buchanan y su escuela; véase, por ejemplo, James Buchanan y Gordon Tullock, The Calculus of Consent. Logical Foundations of Constitutional Democracy, Ann Arbor, 1962 [ed. cast.: El cálculo del consenso. Fundamentos lógicos de la democracia constitucional, Madrid, Espasa, 1980]. Streeck: Capitalismo 45

es improbable que la crisis fiscal haya sido causada por un exceso de demo­cracia redistributiva, ya que la acumulación de la deuda pública coincidió con un descenso de la participación electoral, especialmente en los extre­mos inferiores de la escala de renta, y progresó al hilo del debilitamiento del sindicalismo, la desaparición de las huelgas, los recortes del Estado del bienestar y la explosión de la desigualdad de los ingresos. El deterioro de las finanzas públicas estaba relacionado con las bajadas generales de los niveles de tributación (Figura 5) y las características cada vez más regresivas de los sistemas tributarios, como resultado de las «reformas» de los tipos imposi­tivos aplicados a las rentas más altas y a las empresas (Figura 6). Además, al reemplazar los ingresos tributarios por la deuda, los Gobiernos contribu­yeron todavía más a la desigualdad, al ofrecer oportunidades de inversión seguras a aquellos cuyo dinero no querían o podían ya confiscar, a los que, en cambio, tenían que pedir prestado. Al contrario que los contribuyentes, los compradores de bonos públicos siguen siendo propietarios de lo que pagan al Estado, y de hecho reciben intereses sobre ello, generalmente pro­venientes de una imposición cada vez menos progresiva; también pueden legárselos a sus hijos. Además, el aumento de la deuda pública puede ser, y de hecho está siendo, utilizada políticamente para justificar los recortes en el gasto estatal y la privatización de los servicios públicos, constriñendo aún más la intervención democrática redistributiva en la economía capitalista.

Figura 4: Deuda de los Gobiernos como porcentaje del pib, 1970-2011*.

* Países incluidos con medias no ponderadas: Alemania, Austria, Bélgica, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Noruega, Países Bajos, Reino Unido, Suecia. Fuente: Perspectivas Económicas de la ocde: Estadísticas y Proyecciones. 1970 1980 1990 2000 2010 100 90 80 70 60 50 4046 nlr 87

Figura 5: Ingresos fiscales totales en porcentaje del pib, 1970-2011†.

Países con medias no ponderadas: Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Japón, Noruega, Países Bajos, Portugal, Reino Unido, Suecia, Suiza. Fuente: Cuadros comparativos. Base de datos de estadísticas fiscales de la ocde.

Figura 6: Tipos impositivos marginales máximos sobre la renta, 1900-2011.

Fuente: Facundo Alvaredo et al., «The Top 1 per cent in International and Historical Perspective». 39 37 35 33 31 29 27 % 1972 1976 1980 1984 1988 1992 1996 2000 2004 2008 1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010 100 90 70 60 80 50 40 30 20 100 % Alemania Francia USA GBStreeck: Capitalismo 47

La protección institucional de la economía de mercado frente a las inter­ferencias democráticas ha avanzado mucho en las últimas décadas. Los sindicatos están de capa caída en todas partes y en muchos países prácti­camente han desaparecido, especialmente en Estados Unidos. La política económica se ha entregado en muchos Estados a bancos centrales inde­pendientes (es decir, sin responsabilidad democrática) preocupados sobre todo por la buena salud y el fondo de comercio de los mercados financieros10. En Europa, las políticas económicas nacionales, incluso el establecimiento de los salarios y la elaboración del presupuesto, están cada vez más gobernadas por agencias supranacionales, como la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, que están por encima del alcance de la democracia popular. Esto supone la des-democratización del capitalismo europeo, sin, por supuesto, despolitizarlo.

Aun así, las clases que viven de la obtención de beneficios no están segu­ras de que la democracia (incluso en su versión castrada contemporánea) permita las «reformas estructurales» neoliberales necesarias para que su régimen se recupere. Como los ciudadanos corrientes, aunque por motivos opuestos, las elites están perdiendo la fe en los gobiernos demo­cráticos y su idoneidad para reestructurar la sociedad de acuerdo con los imperativos del mercado. La desdeñosa concepción de la public choice de la política democrática como una corrupción de la justicia del mercado, al servicio de políticos oportunistas y su clientela, ha sido completamente adoptada por las elites: igual que la creencia de que el capitalismo de mercado, liberado de políticas democráticas, no solo será más eficiente, sino que también será virtuoso y responsable11. Países como China reci­ben parabienes porque sus sistemas políticos autoritarios están mucho mejor equipados para lidiar con lo que se supone que son los desafíos de la «globalización» que la democracia mayoritaria, con su tendencia igualitaria: una retórica que comienza a parecerse manifiestamente a los elogios de las elites capitalistas, durante los años de entreguerras, a los

10 A menudo se olvida que la mayoría de los bancos centrales, incluyendo el bis, han pertenecido durante mucho tiempo o todavía pertenecen parcialmente al sector privado. Por ejemplo, el Banco de Inglaterra y el Banco de Francia fueron nacionalizados después de 1945. La «independencia» de los bancos centrales, tal como se formalizó en muchos países en la década de 1990, puede ser considerada como una forma de reprivatización.

11 Por supuesto, tal como Colin Crouch ha señalado, el neoliberalismo en su forma realmente existente es una oligarquía, muy afianzada políticamente, de empresas multinacionales gigantes; véase Colin Crouch, The Strange Non-Death of Neoliberalism, Cambridge, 2011.48 nlr 87

fascismos italiano y alemán (incluso al comunismo estalinista) por su gestión económica aparentemente superior12.

Hasta ahora, la utopía política predominante en el neoliberalismo es una «democracia adaptada al mercado», desprovista de poder de corrección del mismo y que apoye la redistribución «compatible con los incentivos» desde abajo hacia arriba13. Aunque ese proyecto está ya muy avanzado tanto en Europa Occidental como en Estados Unidos, sus promotores siguen preocupándose de que las instituciones políticas heredadas del compromiso de posguerra puedan en algún momento volver a ser domi­nadas por mayorías populares, en un intento de última hora de bloquear el avance hacia una solución neoliberal de la crisis. Por consiguiente, no han disminuido en lo más mínimo las presiones de las elites a favor de la neutralización económica de la democracia igualitaria; en Europa, esto se lleva a cabo por medio de una reubicación permanente de la toma de decisiones político-económicas en las instituciones supranacionales como el Banco Central Europeo y las cumbres de los líderes gubernamentales.

¿El capitalismo al borde del precipicio?

¿Ha llegado el final del capitalismo? En la década de 1980 se abandonó la idea de que el «capitalismo moderno» podía ser gestionado como una «eco­nomía mixta», dirigida tecnocráticamente y controlada democráticamente. Más tarde, con la revolución neoliberal, el orden económico y social fue

12 Véase Daniel A. Bell, Beyond Liberal Democracy. Political Thinking for an East Asian Context, Princeton, 2006; y Nicolas Berggruen y Nathan Gardels (eds.), Intelligent Governance for the 21st Century. A Middle Way between West and East, Londres, 2012 [ed. cast.: Gobernanza inteligente para el siglo xxi. Una vía intermedia entre Occidente y Oriente, Madrid, Taurus, 2012].

13 La expresión «democracia adaptada al mercado» es de Angela Merkel. La retórica pú­blica de la canciller parece diseñada deliberadamente para confundir y embaucar. Cito su declaración de septiembre de 2011 sobre el tema en la lengua materna de Merkel: «Wir leben ja in einer Demokratie und sind auch froh darüber. Dast is eine parla­mentarische Demokratie. Deshalb ist das Budgetrecht ein Kernrecht des Parlaments. Insofern werden wir Wege finden, die parlamentarische Mitbestimmung so zu ges­talten, daß sie trotzdem auch marktkonform ist, also das sich auf den Märkten die entsprechenden Signale ergeben». Una traducción aproximada sería: «Desde luego, vivimos en democracia y también estamos contentos de ello. Es una democracia par­lamentaria. Por consiguiente, el derecho al presupuesto es un derecho fundamental del Parlamento. En este sentido encontraremos formas de modular la co-decisión parlamentaria de tal manera que esté, sin embargo, también adaptada al mercado, para que las señales respectivas emerjan en el mercado».Streeck: Capitalismo 49

concebido de nuevo como algo que surge benevolentemente del «libre juego de las fuerzas del mercado». Pero con el crac de 2008 la promesa de que los mercados autorregulados alcanzaran el equilibrio por su cuenta quedó en evidencia también, sin que apareciera en el horizonte una fórmula nueva verosímil de gobierno político-económico. Puede considerarse como el síntoma de una crisis que se ha hecho sistémica, y más cuanto más dure.

En vista de las décadas de caída del crecimiento, de aumento de la desigual­dad y de endeudamiento creciente (así como de la agonía constante de la inflación, de la deuda pública y de la implosión financiera desde la década de 1970), considero que ya es hora de definir el capitalismo como un fenó­meno histórico, que no solo tiene un comienzo, sino también un final. Para ello, necesitamos apartarnos de modelos engañosos de cambio social e ins­titucional. Mientras sigamos imaginando que el final del capitalismo sea decretado, al estilo de Lenin, por un gobierno o comité central, no pode­mos más que considerarlo eterno. (El comunismo, por estar centralizado en Moscú, es el que de hecho podía ser y fue terminado por decreto). La cuestión es diferente si, en lugar de imaginar que el capitalismo es susti­tuido por medio de una decisión colectiva, por algún orden nuevo diseñado providencialmente al efecto, dejamos que el capitalismo se derrumbe solo.

Sugiero que nos acostumbremos a pensar en el final del capitalismo sin asumir la responsabilidad de contestar a la pregunta de qué proponemos poner en su lugar. Es un prejuicio marxista (o en realidad: moderno) que el capitalismo como época histórica solo terminará cuando una sociedad nueva y mejor esté lista, y un sujeto revolucionario preparado para ponerla en marcha en pro del progreso de la humanidad. Esta idea implica un grado de control político sobre nuestro destino común que no podemos ni siquiera soñar tras la destrucción, en la revolución neoliberal global, de la acción colectiva y, desde luego, de la esperanza de recuperarla. Para validar la tesis de que el capitalismo se enfrenta a su Götterdämmerung [crepúsculo de los dioses] no debería ser necesario ni una visión utópica de un futuro alternativo ni una previsión sobrehumana. Estoy dispuesto a plantear exactamente esa tesis, aunque soy consciente de la cantidad de veces que el capitalismo ha sido dado por muerto en el pasado. De hecho, todos los principales teóricos del capitalismo han pronosticado su defun­ción inminente desde que el concepto se comenzó a utilizar a mediados del siglo xix. No solo críticos radicales como Marx o Polanyi, sino también pensadores burgueses como Weber, Schumpeter, Sombart y Keynes14.

14 Así que, si la historia demuestra que me equivoqué, por lo menos estaré en buena compañía.50 nlr 87

Que algo no haya sucedido a pesar de previsiones razonables de que sucedería no quiere decir que no vaya a suceder nunca; no es una prueba inductiva. Creo que esta vez es diferente y síntoma de ello es que ni siquiera los tecnócratas máximos del capitalismo tienen la más remota idea hoy en día de cómo recomponer el sistema de nuevo: véase, por ejemplo, las actas recientemente publicadas de las deliberaciones de la junta de la Reserva Federal en 200815, o la búsqueda a la desesperada de los presidentes de los bancos centrales, mencionada anteriormente, para encontrar el momento adecuado de terminar con la quantitative easing. Sin embargo, esto solo representa la superficie del problema. Por debajo de ella está el tozudo hecho de que el avance capitalista ha des­truido ya prácticamente todas las agencias que pudieran estabilizarlo a base de limitarlo; la clave está en que la estabilidad del capitalismo como sistema socio-económico depende de que se contenga su Eigendynamik [dinámica interna] por medio de fuerzas compensatorias: por intere­ses e instituciones colectivas que sometan la acumulación de capital a controles y equilibrios sociales. La idea es que el capitalismo puede autodebilitarse por un exceso de éxito. Presentaré esta cuestión con más profundidad a continuación.

La imagen que tengo del final del capitalismo (un final que creo que ya está de camino) es la de un sistema social con un fallo crónico, por sus propias causas y al margen de la ausencia de una alternativa viable. Aunque no podamos saber con exactitud cuándo y cómo desaparecerá el capitalismo y qué vendrá después, lo que importa es que no existe ninguna fuerza disponible de la que pueda esperarse que cambie las tres tendencias en caída libre: el crecimiento económico, la igualdad social y la estabilidad financiera, y termine con su mutuo reforzamiento. Al contrario que en la década de 1930, no existe hoy en día ninguna fórmula político-económica a la vista, de izquierda o derecha, que pudiera proporcionar a las socieda­des capitalistas un régimen nuevo de regulación coherente, o régulation. La integración social así como la integración sistémica parecen dañadas sin remisión y propicias a deteriorarse aún más16. Con el paso del tiempo lo más probable es que se produzca una acumulación continua de

15 Comentadas por Gretchen Morgenson, «A New Light on Regulators in the Dark», The New York Times, 23 de abril de 2014. El artículo describe «una imagen alarmante de un banco central que estaba en la inopia de cada uno de los desastres que se avecinaban a lo largo de 2008».

16 Sobre estos términos, véase David Lockwood, «Social Integration and System Integration», en George Zollschan y Walter Hirsch (eds.), Explorations in Social Change, Londres, 1964, pp. 244-257.Streeck: Capitalismo 51

disfunciones pequeñas y no tan pequeñas; ninguna de ellas necesaria­mente mortal por sí sola, pero la mayoría sin solución, especialmente cuando lleguen a ser demasiadas para su consideración individual. En el proceso, las partes del todo se engarzarán cada vez peor; se multiplicarán todo tipo de fricciones; las consecuencias inesperadas se extenderán por causas cada vez más difíciles de explicar. Proliferará la incertidumbre; las crisis de todo tipo (de legitimidad, de productividad o ambas) se sucederán rápidamente a la vez que la previsibilidad y la gobernabilidad disminui­rán aún más (tal como llevan décadas haciendo). Al final, la miríada de parches provisionales diseñados para la gestión a corto plazo de la crisis reventarán bajo la presión de los desastres cotidianos producidos por un orden social en una situación de total desorganización anómica.

Concebir el final del capitalismo como proceso en lugar de como aconteci­miento plantea la cuestión de cómo definir el capitalismo. Las sociedades son entidades complejas que no mueren de la misma manera que los organismos: salvo las raras excepciones de extinción total, la discontinui­dad siempre arraiga en algún tipo de continuidad. Si decimos que una sociedad ha terminado, queremos decir que ciertas características de su organización que consideramos consustanciales a ella han desaparecido; otras pueden haber sobrevivido. Propongo que para determinar si el capi­talismo está vivo, moribundo o muerto, lo definamos como una sociedad moderna17 que asegura su reproducción colectiva como un efecto colateral no intencionado de la optimización racional individualizada de los bene­ficios competitivos en busca de la acumulación de capital, por medio de un «proceso de trabajo» que combina capital de propiedad privada con fuerza de trabajo mercantilizada, cumpliendo la promesa de Mandeville de convertir los vicios privados en beneficios públicos18. Sostengo que esta

17 O, tal como postula Adam Smith, una sociedad «progresiva», cuyo objetivo es en principio el crecimiento sin límites de la productividad y la prosperidad, según la medición del tamaño de su economía monetaria.

18 Otras definiciones del capitalismo destacan, por ejemplo, la naturaleza pacífica del intercambio mercantil y comercial capitalista: véase Albert Hirschman, «Rival Interpretations of Market Society: Civilizing, Destructive or Feble?», Journal of Economic Literature, vol. 20, núm. 4, 1982, pp. 1.463-1.484. Esta definición olvida el hecho de que el «libre mercado» no violento está generalmente limitado al núcleo del sistema capitalista, mientras que en su periferia histórica y espacial la violencia es rampante. Por ejemplo, mercados ilegales (drogas, prostitución, armas, etcétera) regidos por la violencia privada recolectan enormes cantidades de dinero para inver­siones legales: una versión de la acumulación primitiva. Además, la violencia pública legítima y la violencia privada ilegal a menudo se funden entre sí, no solo dentro de los límites del capitalismo, sino también en el apoyo proporcionado por los países del 52 nlr 87

es la promesa que el capitalismo contemporáneo ya no puede cumplir: la de terminar su existencia histórica como un orden social que se autorepro­duce, sostenible, previsible y legítimo.

Es poco probable que la desaparición del capitalismo así definido siga el camino marcado por alguien. Cuanto más avanza el declive, más provo­cará protestas políticas e intentos múltiples de intervención colectiva. Pero durante mucho tiempo es probable que sean de tipo ludita: locales, dispersas, descoordinadas, «primitivas», que incrementen el desorden sin ser capaces de crear un orden nuevo, ayudando en el mejor de los casos de manera no intencionada a que llegue. Se podría pensar que una crisis duradera de este tipo abriría no pocas puertas a la posibilidad de acciones reformistas o revolucionarias. Parece, sin embargo, que la desorganización del capitalismo no solo le está afectando a él mismo, sino también a sus opo­sitores, privándoles de la capacidad de derrotarlo o de rescatarlo. Entonces, para que el capitalismo termine debe procurar su propia destrucción: que es, diría yo, exactamente lo que estamos observando hoy en día.

Una victoria pírrica

Pero, por muchas que sean sus deficiencias, ¿por qué tiene que estar en crisis el capitalismo si ya no tiene ninguna oposición digna de ese nombre? Cuando se produjo la implosión del comunismo en 1989, se consideró el triunfo final del capitalismo, el «fin de la historia». Incluso ahora, después de 2008, la Vieja Izquierda sigue al borde de la extin­ción en todas partes, y una nueva Nueva Izquierda sigue sin aparecer. Las masas, tanto las pobres y sin poder como las que son relativamente pudientes, parecen estar firmemente atrapadas por el consumismo; y los bienes colectivos, la acción colectiva y la organización colectiva, completamente pasadas de moda. Puesto que el capitalismo es el único superviviente, ¿por qué no va a continuar aunque solo sea por defecto? A primera vista existen muchas razones para no declarar muerto al capi­talismo, a pesar de todas las señales históricas de mal agüero. Respecto a la desigualdad, la gente puede acostumbrarse a ella, especialmente con la ayuda de diversiones públicas y represión política. Además, abun­dan los ejemplos de Gobiernos que son reelegidos tras recortar el gasto social y privatizar los servicios públicos con el objetivo de aplicar una

centro a sus colaboradores en la periferia. También es necesario incluir en un lugar primordial la violencia pública contra los disidentes y contra los sindicatos, cuando todavía existían y tenían relevancia. Streeck: Capitalismo 53

Respecto al deterioro medioambiental, tiene lugar con lentitud en compolítica monetaria ortodoxa beneficiosa para los propietarios del dinero. paración con la duración de la vida humana individual, así que se puede negar mientras se aprende a convivir con el mismo. Los avances tecnoló­gicos con los que se compra tiempo, como el fracking, nunca pueden ser descartados, y si la capacidad pacificadora del consumismo tiene lími­tes, está claro que estamos lejos de alcanzarlos. Además, la adaptación a regímenes de trabajo que ocupan más tiempo y consumen más vida puede ser interpretada como un desafío competitivo, una oportunidad para el desarrollo personal. Las definiciones culturales de la vida buena han sido siempre muy maleables y pueden perfectamente estirarse aún más para estar a la altura del progreso de la mercantilización, por lo menos mientras los desafíos radicales o religiosos a la reeducación pro­capitalista puedan ser suprimidos, ridiculizados o marginados de alguna forma. Para terminar, la mayoría de las teorías del estancamiento actual se aplican solo a Occidente, o solo a Estados Unidos, no a China, Rusia, India o Brasil: países a los que puede estar a punto de migrar la frontera del crecimiento económico, con extensas tierras vírgenes esperando a convertirse en los receptores del progreso capitalista­. 19

Mi respuesta es que para el capitalismo el hecho de no tener oposición puede constituir más un pasivo que un activo. Los sistemas sociales progresan gracias a la heterogeneidad interna, al pluralismo de los principios organizativos que los protegen de la dedicación exclusiva a un objetivo único, excluyendo otros que también deben ser perse­guidos para que el sistema sea sostenible. El capitalismo tal como lo conocemos se ha beneficiado enormemente del ascenso de los movi­mientos contrarios al dominio del beneficio y el mercado. El socialismo y el sindicalismo, al poner un freno a la mercantilización, evitaron que el capitalismo destruyera sus fundamentos no capitalistas: la confianza, la buena fe, el altruismo, la solidaridad dentro de las familias y las comu­nidades y otras cosas similares. Con el keynesianismo y el fordismo, la

19 Aunque las últimas evaluaciones de su funcionamiento y perspectivas económicas son mucho menos entusiastas que hace dos o tres años. Últimamente, el análisis eufórico de los «bric» ha sido sustituido por el cuestionamiento angustioso de las perspectivas económicas de los «cinco frágiles» (Turquía, Brasil, India, Sudáfrica e Indonesia; The New York Times, 28 de enero de 2014). También se han hecho más frecuentes los informes sobre los problemas que se acumulan en el capitalismo chino, que señalan, entre otras cosas, el endeudamiento generalizado de los Gobiernos locales y regionales. Desde la crisis de Crimea, también hemos empezado a enterarnos de la debilidad estructural de la economía rusa. 54 nlr 87

oposición más o menos leal al capitalismo aseguró y ayudó a estabilizar la demanda agregada, especialmente durante las recesiones. Cuando las circunstancias eran favorables, las organizaciones de la clase obrera servían incluso como un «acicate a la productividad» al forzar al capi­tal a embarcarse en conceptos de producción más avanzados. En esta misma línea, Geoffrey Hodgson ya ha defendido que el capitalismo solo puede sobrevivir mientras no sea completamente capitalista; ya que ni el capitalismo ni la sociedad que lo alberga se han desprendido de las «impurezas necesarias»20. Desde este punto de vista, la derrota de la oposición al capitalismo puede que haya sido una victoria pírrica, que le libra de fuerzas de contrapeso que, aunque sean molestas a veces, lo habían apoyado en la práctica. ¿Podría ser que el capitalismo triunfante se haya convertido en su propio peor enemigo?

Fronteras de la mercantilización

Al explorar esta posibilidad, podríamos desear volver a la idea de los límites sociales contra la expansión del mercado de Karl Polanyi, subya­cente a su concepto de las tres «mercancías ficticias»: el trabajo, la tierra (o la naturaleza) y el dinero21. Una mercancía ficticia se define como un recurso al que las leyes de la oferta y la demanda se le aplican solo de manera parcial y difícilmente, si es que se le aplican; por lo tanto solo, puede ser tratado como una mercancía de una manera regulada cuida­dosa y limitadamente, ya que una mercantilización total la destruiría o la haría inutilizable. Sin embargo, los mercados tienen una tendencia inherente a expandirse más allá de su dominio original –el comercio con bienes materiales– a todas las otras esferas de la vida sin tener en cuenta si son apropiadas para la mercantilización: o dicho en términos

20 «Cada sistema socioeconómico debe basarse en por lo menos un subsistema estructuralmente distinto para funcionar. Debe existir siempre una pluralidad coe­xistente de modos de producción para que la formación social en su conjunto tenga la variedad estructural necesaria para enfrentarse al cambio»: Geoffrey Hodgson, «The Evolution of Capitalism from the Perspective of Institutional and Evolutionary Economics», en Geoffrey Hodgson et al. (eds.), Capitalism in Evolution: Global Contentions, East and West, Cheltenham, 2001, pp. 71ss. Para una formulación menos funcionalista de la misma idea, véase mi concepto de «restricción benefi­ciosa»: «Beneficial Constraints on the Economic Limits of Rational Voluntarism», en Rogers Hollingsworth y Robert Boyer (eds.), Contemporary Capitalism: The Embeddedness of Institutions, Cambridge, 1997, pp. 197-219.

21 Karl Polanyi, The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time [1944], Boston, 1957, pp. 68-76 [ed. cast.: La gran transformación, Madrid, La Piqueta, 1989]. Streeck: Capitalismo 55

marxistas, la subsunción bajo la lógica de la acumulación de capital. La expansión del mercado, si no es retenida por las instituciones restricti­vas, está así en riesgo permanente de autodebilitarse, y poner en peligro la viabilidad del sistema capitalista económico y social.

De hecho, las señales indican que la expansión del mercado ha alcan­zado ya un umbral crítico respecto a las tres mercancías ficticias de Polanyi, al haber sido erosionadas en una variedad de frentes las salvaguardas institucionales que servían para protegerlas de la mercan­tilización total. Es la justificación de la búsqueda actual de un nuevo régimen en todas las sociedades capitalistas avanzadas con respecto al trabajo, especialmente una nueva distribución del tiempo entre las relaciones e intereses sociales y económicos; la búsqueda de un régi­men energético sostenible en relación con la naturaleza; y la búsqueda de un régimen financiero estable para la producción y distribución del dinero. En las tres áreas, las sociedades tantean hoy en día unas limi­taciones más eficaces a la lógica de la expansión22, institucionalizada como lógica del enriquecimiento privado, fundamental para el orden social capitalista. Estas limitaciones se centran en las exigencias cada vez más duras que el sistema de empleo impone al trabajo humano, que los sistemas de producción y consumo capitalista imponen sobre los recursos naturales finitos, y que el sistema financiero y bancario impone a la confianza de las personas en pirámides de dinero, crédito y deuda cada vez más complejas.

Analizando cada una de las tres áreas de crisis de Polanyi, podemos obser­var que fue la excesiva mercantilización del dinero lo que derrumbó la economía global en 2008: la transformación de una provisión ilimitada de crédito barato en «productos» financieros cada vez más sofisticados dio lugar a una burbuja inmobiliaria de un tamaño inimaginable en aquel momento. Desde la década de 1980, la desregulación de los mer­cados financieros de Estados Unidos había eliminado las restricciones a la producción y la comercialización privada de dinero diseñadas tras la Gran Depresión. La «financiarización», que es como se denominó el proceso, parecía la única forma disponible para que la economía de la desbordada potencia hegemónica del capitalismo global recuperase el crecimiento y la rentabilidad. Sin embargo, una vez desregulada, la industria de hacer dinero invirtió buena parte de sus enormes recursos

22 O incluso «transgresión», si nos atenemos al alemán: Steigerungslogik [lógica del incremento].56 nlr 87

en presionar para conseguir todavía una mayor desregulación, por no mencionar la inversión efectuada para burlar las pocas normas que que­daban. A posteriori, es fácil ver los enormes riesgos implícitos en el paso del antiguo régimen de D-M-D’ al nuevo de D-D’, así como la tendencia hacia una desigualdad siempre en aumento asociada con el crecimiento desproporcionado del sector bancario23.

Respecto a la naturaleza, hay un malestar creciente por la tensión, per­cibida ahora con claridad, entre el principio capitalista de expansión infinita y la provisión finita de recursos naturales. El neomaltusianismo de varios tipos se hizo popular en la década de 1970. Al margen de lo que se piense de ellos, y aunque algunos estén considerados ahora prema­turamente alarmistas, nadie puede negar que los modelos de consumo energético de las sociedades capitalistas ricas no pueden ampliarse al resto del mundo sin destruir condiciones esenciales de la vida humana. Lo que parece que se está produciendo es una carrera entre el agota­miento progresivo de la naturaleza, por una parte, y la innovación tecnológica, por otra: sustituyendo con materiales artificiales los natu­rales, previniendo o arreglando los daños medioambientales, diseñando refugios contra la inevitable degradación de la biosfera. Una pregunta que nadie parece ser capaz de responder es cómo se logran los enormes recursos colectivos teóricamente necesarios para todo esto, en socieda­des gobernadas por lo que C. B. Macpherson denominó «individualismo posesivo»24. ¿Qué agentes e instituciones van a asegurar el bien colectivo de un medio ambiente habitable en un mundo de producción y con­sumo competitivo?

En tercer lugar, la mercantilización del trabajo humano puede haber alcanzado un punto crítico. La desregulación de los mercados de trabajo por la competencia internacional ha anulado cualquier posi­bilidad que pudiera haber existido nunca de una limitación general de las horas de trabajo25. También ha precarizado el empleo de una

23 Donald Tomaskovic-Debey y Ken-Hou Lin, «Income Dynamics, Economic Rents and the Financialization of the us economy», American Sociological Review, vol. 76, núm. 4, 2011, pp. 538-559.

24 C. B. Macpherson, The Political Theory of Possessive Individualism: Hobbes to Locke, Oxford, 1962 [ed. cast.: La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke, Madrid, Trotta, 2005].

25 Considérese el ataque a lo que quedaba de la semana de 35 horas en Francia, bajo los auspicios de un presidente socialista y su partido.Streeck: Capitalismo 57

parte creciente de la población26. Con el aumento de la participación de las mujeres en el mercado laboral, debido en parte a la desapari­ción del «complemento familiar», las horas al mes vendidas por las familias a los empresarios han aumentado, mientras que los salarios han caído respecto a la productividad, y de manera más radical en el corazón del capitalismo, Estados Unidos (véase la Figura 7). Al mismo tiempo, a pesar de la desregulación y de la destrucción de los sindicatos, los mercados de trabajo no consiguieron mejorar y el desempleo residual del orden del 7 al 8 por 100 se ha convertido en la nueva normalidad, incluso en un país como Suecia. Los centros de trabajo esclavo se han extendido por muchos sectores industriales, incluyendo a los servicios, pero principalmente en la periferia global, lejos del alcance de las autoridades y de lo que queda de los sindicatos en el centro capitalista, y fuera de la vista de los consumidores. Como el trabajo esclavo compite con los trabajadores de países con protecciones laborales históricamente fuertes, las condiciones de trabajo para los primeros se deterioran mientras que para los segundos el desempleo se hace endémico. Al mismo tiempo, se multiplican las quejas sobre la invasión del trabajo en la vida familiar, en línea con las presiones de los mercados de trabajo para alinearse con una competición inter­minable para mejorar el «capital humano» de cada uno. Además, la movilidad global permite a los empresarios reemplazar trabajadores locales poco dispuestos a la flexibilidad por trabajadores migrantes dispuestos a todo. También compensa una tasa de natalidad nega­tiva para reemplazar trabajadores, debida en parte al cambio en el equilibrio entre trabajo retribuido y no retribuido y entre el consumo mercantil y no mercantil. El resultado es el debilitamiento secular de los movimientos de protesta social, provocado por la pérdida de la solidaridad de clase y social y acompañado de conflictos políticos catastróficos debidos a la diversidad étnica, incluso en países tradicio­nalmente liberales como los Países Bajos, Suecia o Noruega.

26 Desde la frontera capitalista se informa de que los principales bancos de inversio­nes han comenzado a sugerir a sus empleados de los niveles más bajos que «deben intentar pasar cuatro días laborables al mes fuera de la oficina, como parte de un proyecto más amplio de mejorar las condiciones de trabajo»: «Wall St Shock: Take a Day Off, Even A Sunday», The New York Times, 10 de enero de 2014.58 nlr 87

Figura 7: El contrato social roto, Estados Unidos, 1947-presente.

Fuente: Thomas Kochan, «The American Jobs Crisis and the Implications for the Future of Employment Policy», International Labor Relations Review, vol. 66, núm. 2, 2013.

La cuestión de cómo y dónde debe restringirse la acumulación de capital para proteger las tres mercancías ficticias de la mercantilización total ha sido debatida a lo largo de toda la historia del capitalismo. Pero el actual desorden mundial en las tres áreas al mismo tiempo es algo diferente: es la consecuencia de una arremetida de los mercados espectacularmente exitosa, expandiéndose más rápidamente que nunca, en una amplia variedad de instituciones y agentes que, bien heredados del pasado o establecidos por medio de prolongadas disputas políticas, habían mante­nido el avance del capitalismo socialmente arraigado hasta cierto punto. El trabajo, la tierra y el dinero se han convertido simultáneamente en áreas de crisis después de que la «globalización» haya dotado a las rela­ciones y a las cadenas de producción del mercado de una capacidad sin precedentes para traspasar los límites de las jurisdicciones políticas y jurídicas de las naciones. El resultado es una desorganización funda­mental de los agentes que, en la época moderna, han domesticado más o menos exitosamente los «espíritus animales» del capitalismo, en bene­ficio de la sociedad en general, así como del propio capitalismo.

La acumulación de capital podría estar llegando a su límite no solo con respecto a las mercancías ficticias. En apariencia, el consumo de bienes y servicios continúa creciendo y la premisa implícita de la eco­nomía moderna (que el deseo y la capacidad humana de consumo son Productividad Ingresos medios por hora Renta por hogar 1950 1960 1970 1980 1999 2000 2010 400 350 250 200 300 150 100 500Streeck: Capitalismo 59

ilimitadas) parecería confirmarse con facilidad con una simple visita a cualquier gran centro comercial. Sin embargo, los temores de que los mercados para los bienes de consumo lleguen a saturarse en algún momento (quizá en el curso de un desenganche posmaterialista de las aspiraciones humanas con respecto a la adquisición de mercancías) son endémicos entre los productores que dependen de los beneficios. Esto refleja por sí mismo el hecho de que el consumo en las sociedades capitalistas avanzadas hace mucho tiempo que se ha disociado de las necesidades materiales27. La mayor parte del gasto en consumo hoy en día, que sigue creciendo con rapidez, no se gasta en el valor de uso de los bienes, sino en su valor simbólico, su aura o halo. Es la causa de que los productores tengan que pagar más que nunca por el marketing, que incluye no solo la promoción, sino también el diseño del producto y la innovación. Sin embargo, a pesar de la sofisticación creciente de las cam­pañas de ventas, los aspectos intangibles de la cultura hacen que el éxito comercial sea difícil de pronosticar: desde luego, mucho más que en la época en la que se podía conseguir el crecimiento a base de proporcionar gradualmente una lavadora a todos los hogares de un país28.

Cinco problemas

El capitalismo, cuando no tiene oposición, campa a sus anchas, sin auto­rrestricciones. La búsqueda del beneficio capitalista no tiene límites, ni los puede tener. La idea de que menos pueda ser más no es un principio que pueda adoptar una sociedad capitalista; hay que imponérsela o, si no, no habrá límite para su progreso, aunque a la larga sea autodestructivo. Considero que actualmente ya hemos llegado a una situación en la que

27 Consideremos el gigantesco festín que montan cada año antes de Navidad las industrias de los bienes de consumo y al por menor; o el día después del día de Acción de Gracias, denominado de manera inquietante en Estados Unidos «viernes negro» por las rebajas de precios omnipresentes y la histeria colectiva de compras que promueve. ¡Imaginen la desesperación si no se presentara nadie!

28 No se puede subestimar la importancia vital de la cultura del consumismo para la reproducción del capitalismo contemporáneo. Los consumidores son los autén­ticos aliados del capital en su conflicto de distribución con los productores, incluso a pesar de que los productores y los consumidores suelen ser las mismas personas. En la caza de la mejor ganga, los consumidores se derrotan a sí mismos como productores, empujando al extranjero sus propios empleos; al apuntarse al crédito al consumo para aumentar su reducida capacidad de compra, complementan los incentivos consumistas con una obligación legal de trabajar, en la que entran como deudores, y que los prestamistas les hacen cumplir. Véase Lendol Calder, Financing the American Dream: A Cultural History of Consumer Credit, Princeton, 1999. 60 nlr 87

podemos observar al capitalismo a punto de fallecer por haber eliminado a su oposición: muriendo, como si dijéramos, de una sobredosis de sí mismo. Para ilustrar esta afirmación señalaré cinco problemas sistémi­cos del capitalismo avanzado de nuestros días; todos ellos consecuencia de la debilitación de las tradicionales restricciones institucionales y políticas al avance capitalista. Los llamo: estancamiento, redistribución oligárquica, saqueo del dominio público, corrupción y anarquía global.

Seis años después de Lehman, las predicciones de un estancamiento económico duradero están en vogue. Un ejemplo destacado es un ensayo muy discutido de Robert Gordon, que defiende que las innovaciones prin­cipales que han impulsado la productividad y el crecimiento económico desde el siglo xix solo podían tener lugar una vez, como el aumento de la velocidad del transporte o la instalación de agua corriente en las ciuda­des29. Comparado con ellas, el reciente desarrollo de la tecnología de la información solo ha producido efectos menores en la productividad, si es que ha producido alguno. Aunque el análisis de Gordon pueda parecer determinista desde el punto de vista tecnológico, es lógico pensar que el capitalismo solo puede aspirar a alcanzar el nivel de crecimiento necesario para compensar a una clase trabajadora no capitalista que ayuda a que otros acumulen capital si la tecnología descubre nuevas posibilidades de aumentar la productividad indefinidamente. En cualquier caso, en lo que parece una idea de última hora, Gordon apoya su predicción sobre el cre­cimiento reducido o nulo, enumerando seis factores no tecnológicos (los llama «vientos en contra») que producirían un estancamiento duradero «incluso si la innovación continuara […] al ritmo de las dos décadas ante­riores a 2007»30. Incluye dos factores que en mi opinión hace tiempo que se hallan relacionados con el bajo crecimiento: la desigualdad y «el exceso de la deuda del consumidor y del Gobierno»31.

29 Robert Gordon, «Is us Economic Growth Over? Faltering Innovation Confronts the Six Headwinds», nber Working Paper, núm. 18.315, agosto de 2012.

30 En opinión de Gordon, ese ritmo suponía el 1,8 por 100 anual. El impacto de las seis fuerzas adversas le haría caer hasta el 0,2 por 100 anual para el 99 por 100 inferior de la población estadounidense: Ibid., pp. 18ss. (El crecimiento para el 1 por 100 es una cuestión distinta, por supuesto). Obsérvese que Gordon cree que, en la práctica, la tasa de crecimiento básico será inferior al 1,8 por 100.

31 Las predicciones de Gordon han sido y siguen siendo ampliamente debatidas. En es­pecial se han puesto en duda en relación al progreso tecnológico futuro en inteligencia artificial y robótica. Aunque el progreso en este campo parece posible es, sin embargo, poco probable que sus frutos sean compartidos equitativamente. Sin protección social, los avances tecnológicos en estos campos destruirán empleo y aumentarán aún más la polarización social. Lo que el progreso tecnológico pueda aportar al crecimiento será probablemente anulado por lo que puede añadir a la desigualdad. Streeck: Capitalismo 61

Lo más sorprendente es lo cercanas que están las teorías actuales sobre el estancamiento de las teorías marxistas del bajo consumo de las décadas de 1970 y 198032. Recientemente, nada menos que Lawrence Larry Summers (amigo de Wall Street, principal diseñador de la desregulación finan­ciera con Clinton, y primer candidato de Obama para presidir la Reserva Federal, hasta que tuvo que ceder ante la oposición del Congreso)33 se ha sumado a los teóricos del estancamiento. El 8 de noviembre de 2013, en el Foro Económico del fmi, Summers confesó haber perdido la esperanza de que los tipos de interés cercanos a cero fueran a producir crecimiento económico significativo en el futuro inmediato, en un mundo que en su opinión padecía un exceso de capital34. La predicción de Summers de que el «estancamiento secular» será la «nueva normalidad» encontró una aprobación sorprendentemente amplia entre sus colegas economis­tas, incluyendo a Paul Krugman35. Lo que Summers mencionó solo de pasada fue que el evidente fracaso de los tipos de interés, que en reali­dad eran incluso negativos, para reavivar la inversión, coincidió con un aumento duradero de la desigualdad, en Estados Unidos y en otros luga­res. Como Keynes habría explicado, la concentración de los ingresos en lo más alto menoscaba la demanda efectiva y hace que los propietarios del capital busquen oportunidades de ganancias especulativas al margen de la «economía real». De hecho, esta puede haber sido una de las causas de la «financiarización» del capitalismo que comenzó en la década de 1980.

32 Véase, entre muchos otros, Harry Magdoff y Paul Sweezy, Stagnation and the Financial Explosion, Nueva York, 1987 [ed. cast.: Estancamiento y explosión financiera, Madrid, Siglo xxi, 1988]. Para una evaluación interesante de la aplicabilidad de la teoría del bajo consumo al capitalismo posterior a 2008, véase John Bellamy Foster y Fred Magdoff, The Great Financial Crisis. Causes and Consequences, Nueva York, 2009 [ed. cast.: La gran crisis financiera. Causas y consecuencias, Madrid, fce, 2009].

33 Presumiblemente también porque habría tenido que declarar los sustanciosos ingresos que recibió de empresas de Wall Street tras su dimisión del gobierno de Obama a finales de 2010. Véase «The Fed, Lawrence Summers and Money», The New York Times, 11 de agosto de 2013.

34 La misma idea había sido expuesta en 2005 cuando Ben Bernanke, que iba a suceder muy pronto a Alan Greenspan en la Reserva Federal, invocó un «exceso de ahorro» para justificar el fracaso de la estrategia de la Reserva Federal de «inundar los merca­dos de liquidez» para estimular la inversión. Casualmente, Summers suscribe ahora el punto de vista de los teóricos del estancamiento de izquierdas de que el «boom» de la década de 1990 y primeros años de la de 2000 era una quimera: «Demasiado dinero fácil, demasiados créditos, demasiada riqueza. ¿Hubo un gran boom? La utilización de la capacidad no sufría una gran presión, el desempleo no estaba destacadamente por debajo de ningún nivel. La inflación estaba absolutamente inactiva. Así que ni siquiera una gran burbuja era suficiente para producir algún exceso en la demanda agregada». Un video del discurso de Summers está disponible en la página web del fmi.

35 Paul Krugman, «A Permanent Slump?», The New York Times, 18 de noviembre de 2013.62 nlr 87

Las elites de poder del capitalismo global parecerían resignarse al cre­cimiento bajo o nulo total en el futuro inmediato, lo que no excluye ganancias altas en el sector financiero, básicamente por medio del comer­cio especulativo con dinero barato proporcionado por los bancos centrales. Pocos parecen temer que el dinero generado para prevenir que el estan­camiento se convierta en deflación llegue a causar inflación, ya que los sindicatos que podrían reivindicar que se compartiese ya no existen36. De hecho, ahora la preocupación se centra en que la inflación sea demasiado baja en lugar de demasiado alta, ya que la supuesta sabiduría emergente es que una economía sana necesita una tasa de inflación anual de, por lo menos, el 2 por 100, o quizá más. La única inflación en el horizonte, sin embargo, es la de las burbujas del precio de los activos, y Summers se esforzó en preparar a su público para unas cuantas de ellas.

Para los capitalistas y sus lacayos, el futuro parece deparar un itinerario con muchos baches. El crecimiento bajo les denegará recursos adicionales con los que solucionar los conflictos de distribución y apaciguar el descontento. Las burbujas están esperando a explotar, sin previo aviso, y no está claro que los Estados recuperen la capacidad de ocuparse de las víctimas a tiempo. La economía estancada que se está formando estará lejos de ser una economía estacionaria o estable; al descender el crecimiento y aumentar los riesgos, la lucha por la supervivencia será más intensa. En lugar de restaurar los lími­tes protectores de la mercantilización que la globalización dejó obsoletos, se buscarán nuevas maneras de explotar la naturaleza, se ampliará e intensifi­cará el horario laboral, y se apoyará lo que la jerga llama finanzas creativas, en un intento desesperado de mantener altos los beneficios y que continúe la acumulación de capital. El pronóstico de «estancamiento con posibilidad de burbujas» puede ser recreado muy probablemente como una batalla de todos contra todos, aderezado con situaciones de pánico ocasionales y con la interpretación de finales de partida convertida en un pasatiempo popular.

Plutócratas y saqueo

Pasando al segundo problema, no hay ninguna señal de que la tenden­cia duradera hacia una mayor desigualdad económica sea modificada en el futuro cercano, o, en realidad, nunca. La desigualdad deprime el crecimiento, por causas keynesianas y otras. Pero el dinero fácil que pro­porcionan actualmente los bancos centrales para recuperar el crecimiento

36 Por supuesto, su ausencia fue una de las causas de que, en primer lugar, se diera el exceso de beneficios que deprimió la demanda. Streeck: Capitalismo 63

(fácil para el capital, pero no, por supuesto, para los trabajadores) aumenta aún más la desigualdad, al inflar el sector financiero e invitar a la inversión especulativa en lugar de a la productiva. Así, la redistribución hacia arriba se hace oligárquica: en lugar de servir a un interés colectivo de progreso económico, como prometía la economía neoclásica, se centra en la extrac­ción de los recursos de unas sociedades cada vez más empobrecidas y en declive. Los países que vienen a la mente en este caso son Rusia y Ucrania, pero también Grecia y España, y cada vez más Estados Unidos. Bajo la redistribución oligárquica, se rompe el lazo keynesiano que unía los bene­ficios de los ricos con los salarios de los pobres, separando el destino de las elites económicas del destino de las masas37. Esto ya se anticipó en los infames memorándums de la «plutonomía» distribuidos por Citibank en 2005 y 2006 a un selecto círculo de sus clientes más ricos, para asegurar­les que su prosperidad ya no dependía de la de los asalariados38.

La redistribución oligárquica y la tendencia hacia la plutonomía, incluso en países que todavía se consideran democracias, invocan la pesadilla de las elites convencidas de que sobrevivirán al sistema social que les está haciendo ricos. Los capitalistas plutonómicos puede que ya no ten­gan que preocuparse por el crecimiento económico nacional, porque sus fortunas transnacionales crecen sin el mismo; de ahí la salida de los mul­timillonarios de países como Rusia o Grecia, que cogen su dinero (o el de sus conciudadanos) y corren, preferiblemente a Suiza, Gran Bretaña o Estados Unidos. La posibilidad de rescatarte a ti mismo y a tu familia escapando junto con tus posesiones, proporcionada por el mercado glo­bal de capital, ofrece la tentación más fuerte para el rico de apuntarse al estilo de vida de final de partida: sacar el dinero, quemar los puentes y no dejar nada detrás salvo la tierra quemada.

37 En Estados Unidos y en otros lugares, los ricos se movilizan contra los sindicatos y las normas del salario mínimo, aunque los salarios bajos debilitan la demanda agregada. Aparentemente, pueden hacerlo porque la provisión abundante de dinero fresco sustituye a la capacidad de compra de las masas, al permitir a los que tienen acceso al mismo obtener su ganancia en el sector financiero. La demanda desde abajo haría atractiva para los «ahorros» de los ricos la inversión en servicios y productos manufacturados. Véase, en este contexto, la petición a finales del año pasado del director general de la Confederación de la Industria Británica, que representa a las empresas de productos manufacturados, para que sus socios pagaran mejor a sus trabajadores, puesto que demasiada gente está atascada en el empleo mal pagado. Véase «Companies urged to spread benefits widely», Financial Times, 30 de diciembre de 2013.

38 Citigroup Research, «Plutonomy: Buying Luxury, Explaining Global Imbalances», 16 de octubre de 2005; «Revisiting Plutonomy: The Rich Getting Richer», 5 de mar­zo de 2006. 64 nlr 87

El saqueo del dominio público por medio de la infrafinanciación y la priva­tización, es decir, el tercer problema, está muy relacionado con lo anterior. En otro lugar he rastreado su origen en la transición en dos fases desde la década de 1970: del Estado fiscal al Estado endeudado y de este finalmente al Estado de consolidación o de austeridad. Entre las causas de este cambio, se encuentra en primer lugar la nueva posibilidad ofrecida por los mercados globales de capital desde la década de 1980 para la evasión fiscal, la huida fiscal, los impuestos diseñados a medida y la extorsión de recortes fiscales a los Gobiernos realizada por las empresas y los individuos que reciben gran­des ingresos. Los intentos de disminuir los déficits públicos se basaron casi exclusivamente en recortes del gasto gubernamental: tanto en la seguridad social como en la inversión en infraestructuras físicas y en capital humano. Al mismo tiempo que los aumentos de los ingresos se acumulan cada vez más en el 1 por 100 de la población, el dominio público de las economías capitalistas se encoge, a menudo de forma radical, brutalmente reducido en beneficio de la riqueza oligárquica internacionalmente móvil. Parte del proceso ha sido la privatización, llevada a cabo sin tener en cuenta la contri­bución que la inversión pública en productividad y cohesión social podría haber supuesto para el crecimiento económico y la equidad social.

Incluso antes de 2008 se asumía de manera general que la crisis fiscal del Estado de posguerra tenía que ser solucionada a base de disminuir el gasto en lugar de subir los impuestos, especialmente a los ricos. La con­solidación de las finanzas públicas por medio de la austeridad ha sido y sigue siendo impuesta a las sociedades incluso aunque sea probable que vaya a deprimir el crecimiento. Esto parecería ser otra indicación de que la economía de los oligarcas ha sido desligada de la economía de la gente corriente, ya que los ricos ya no piensan pagar un precio por maxi­mizar sus ingresos a costa de los no ricos o por perseguir sus intereses a costa de la economía en general. Lo que podría estar saliendo aquí a la luz es la tensión fundamental descrita por Marx entre, por una parte, la naturaleza cada vez más social de la producción en una sociedad y una economía avanzadas y, por otra parte, la propiedad privada de los medios de producción. Puesto que el crecimiento de la productividad precisa más provisión pública, tiende a hacerse incompatible con la acumula­ción privada de beneficios, forzando a las elites capitalistas a elegir entre las dos. La consecuencia es lo que ya observamos hoy en día: estanca­miento económico combinado con redistribución oligárquica39.

39 Nota bene que el capitalismo se basa en el beneficio, no en la productividad. Aunque ambos puedan ir juntos a veces, es probable que se separen cuando el Streeck: Capitalismo 65

La corrosión de la jaula de hierro

Junto con el declive del crecimiento económico, la desigualdad creciente y la transferencia del dominio público a la propiedad privada, la corrup­ción es el cuarto problema del capitalismo contemporáneo. En su intento de rehabilitarlo recordando sus fundamentos éticos, Max Weber trazó una línea nítida entre capitalismo y codicia, señalando lo que pensaba que eran sus orígenes en la tradición religiosa del protestantismo. En opinión de Weber, la codicia había existido en todas partes siempre; no solo no era distintiva del capitalismo, sino que era capaz de pervertirlo. El capitalismo no se basaba en un deseo de hacerse rico, sino en la auto­disciplina, el trabajo metódico, la dirección responsable, la dedicación serena a una tarea y una organización racional de la vida. Weber preveía que los valores culturales del capitalismo se difuminarían a medida que este madurase y se convirtiera en una «jaula de hierro» en la que la regu­lación burocrática y las restricciones de la competencia ocuparan el lugar de las ideas culturales que habían servido originalmente para desligar la acumulación de capital tanto del consumo materialista-hedonista como de los instintos primitivos de acaparamiento. Lo que no pudo prever, sin embargo, fue la revolución neoliberal del último tercio del siglo xx y las oportunidades sin precedentes que proporcionó para hacerse muy rico.

Pace Weber, el fraude y la corrupción han acompañado siempre al capita­lismo. Pero hay buenas razones para creer que con el ascenso del sector financiero a los puestos de mando se han vuelto tan dominantes que la reivindicación ética del capitalismo de Weber parece ahora referirse a un mundo totalmente distinto. La finanzas son una «industria» donde la inno­vación es difícil de distinguir del retorcimiento o el infringimiento de las normas; donde los beneficios por actividades semilegales e ilegales son especialmente altos; donde el gradiente en conocimiento experto y pago entre las empresas y las autoridades reguladoras es extremo; donde las puertas giratorias entre ambos ofrecen oportunidades sin fin para la corrup­ción sutil y no tan sutil40; donde las empresas más grandes no solo son

crecimiento económico comienza a necesitar una expansión desproporcionada del dominio público, tal como se anticipó con gran antelación en la «Ley de Wagner»: Adolph Wagner, Grundlegung der politischen Oekonomie, 3ª ed., Leipzig, 1892. Las preferencias capitalistas por el beneficio en vez de por la productividad, y con ellas el régimen de la propiedad privada capitalista en su conjunto, pueden entonces obstaculizar el progreso económico y social.

40 Incluso al más alto nivel: tanto Blair como Sarkozy trabajan actualmente para fondos de inversión, y su periodo de líderes nacionales elegidos es considerado apa­rentemente por ellos y por sus nuevos patronos como una especie de aprendizaje hacia un puesto mucho mejor retribuido en el sector financiero.66 nlr 87

demasiado grandes para caer, sino también demasiado grandes para ser encarceladas, dada su importancia para la política económica nacional y la recaudación tributaria; y donde la línea roja entre las compañías privadas y el Estado está más borrosa que en ningún otro sector, tal como lo demuestra el rescate de 2008 o el gran número de empleados antiguos y futuros de las empresas financieras en el Gobierno estadounidense. Después de Enron y de WorldCom, se señaló que el fraude y la corrupción habían alcanzado los niveles más altos de la historia de la economía de Estados Unidos. Pero lo que salió a la luz después de 2008 lo superó todo: agencias de evaluación que recibían pagos de los productores de bonos tóxicos para que les conce­dieran las notas más altas; operaciones bancarias opacas en el extranjero, blanqueo de dinero y asesoría para la evasión de impuestos a gran escala como actividades normales de los bancos más grandes emplazados en los mejores lugares; la venta a clientes incautos de valores elaborados de tal forma que otros clientes podrían apostar contra ellos; los bancos más impor­tantes del mundo entero fijando de manera fraudulenta los tipos de interés y el precio del oro, y así sucesivamente. En los últimos años, varios grandes bancos han tenido que pagar miles de millones de dólares de multa por actividades de este tipo, y otros procesos similares parecen estar a punto de aparecer. Sin embargo, lo que a primera vista pueden parecer sancio­nes bastante significativas, son minúsculas cuando se las compara con los balances de los bancos: para no mencionar el hecho de que todas ellas han sido acuerdos al margen de los tribunales sobre casos que los Gobiernos no querían o no se atrevían a encausar41.

El deterioro moral del capitalismo puede tener relación con su declive económico y así la lucha por las últimas oportunidades de beneficios que quedan está haciéndose más sucia cada día y convirtiéndose en un pillaje de activos realizado a una escala verdaderamente gigantesca. Sea como sea, la percepción pública del capitalismo es ahora profundamente cínica, ya que todo el sistema se percibe generalmente como un mundo de trucos sucios para asegurar el enriquecimiento extraordinario de los que ya son ricos. Ya nadie cree en un renacimiento moral del capita­lismo. El intento de Weber de evitar que se confundiera con la codicia ha fracasado finalmente, puesto que más que nunca se ha convertido en sinónimo de corrupción.

41 Informes sobre las multas que tienen que pagar los bancos por malas prácticas de diversos tipos aparecen casi a diario en la prensa de calidad. El 23 de marzo de 2014, el Frankfurter Allgemeine Zeitung señaló que, desde el comienzo de la crisis financiera, los bancos estadounidenses por sí solos han sido multados con aproximadamente cien mil millones de dólares. Streeck: Capitalismo 67

Un mundo fuera de quicio

Para terminar, llegamos al quinto problema. El capitalismo global necesita un centro para asegurar su periferia y proporcionarle un régimen mone­tario creíble. Hasta la década de 1920, este papel lo asumía Gran Bretaña y desde 1945 hasta la década de 1970, Estados Unidos; los años interme­dios, cuando no existió un centro y diferentes potencias aspiraban a jugar ese papel, fueron una época de caos, tanto económica como políticamente. Las relaciones estables entre las divisas de los países que participan en la economía del mundo capitalista son esenciales para el comercio y para los trasvases de capital entre las fronteras nacionales, que a su vez son esen­ciales para la acumulación de capital; tienen que ser respaldadas por un banquero global de último recurso. Un centro eficaz se necesita también para apoyar regímenes en la periferia dispuestos a aprobar el bajo precio de extracción de las materias primas. Además, se necesita la colaboración local para someter a la oposición tradicionalista al Landnahme [acapara­miento de tierras] capitalista fuera del mundo desarrollado.

El capitalismo contemporáneo padece cada vez más la anarquía global, al no ser ya capaz Estados Unidos de cumplir con su papel de posguerra, y no aparecer en el horizonte un orden mundial multipolar. Aunque (¿todavía?) no hay enfrentamientos entre las grandes potencias, la fun­ción del dólar como divisa de referencia internacional se cuestiona: y no puede ser de otro modo, dados los resultados declinantes de la economía estadounidense, sus crecientes niveles de deuda pública y privada y la reciente experiencia de varias crisis financieras altamente destructivas. La búsqueda de una alternativa internacional, quizá bajo la fórmula de una cesta de monedas, no está dando resultado, ya que Estados Unidos no puede renunciar al privilegio de endeudarse en su propia moneda. Además, las medidas estabilizadoras tomadas por las organizaciones internacionales a instancias de Washington han tendido cada vez más a tener efectos desestabilizadores en la periferia del sistema, como en el caso de las burbujas inflacionistas provocadas en países como Brasil y Turquía por la quantitative easing en el centro.

Desde el punto de vista militar, Estados Unidos ha sido ya derrotado o neutralizado en tres importantes guerras en tierra desde la década de 1970, y en el futuro será probablemente más reacio a intervenir en conflictos locales con «las botas sobre el terreno». Nuevos y sofis­ticados medios de violencia se están desplegando para reasegurar a los 68 nlr 87

Gobiernos colaboradores e inspirar confianza en Estados Unidos como protector global de los derechos de propiedad de la oligarquía y como un refugio seguro para las familias oligárquicas y sus tesoros. Incluyen el uso de «fuerzas especiales» altamente secretas que descubran a ene­migos potenciales para su destrucción individualizada; los aviones no tripulados capaces de matar a cualquiera en casi cualquier lugar del globo; el encarcelamiento y la tortura de un número desconocido de per­sonas en un sistema mundial de campos de confinamiento secretos; y la vigilancia completa de la oposición potencial en todas partes con la ayuda de la tecnología de big data. Sin embargo, cabe dudar si todo esto será suficiente para restaurar el orden global, especialmente en vista del ascenso de China como rival económico real y, en menor grado, como rival militar de Estados Unidos.

En resumen, el capitalismo, como orden social sostenido por la pro­mesa del progreso colectivo sin límite, está en una situación crítica. El crecimiento está dando paso al estancamiento secular; el progreso eco­nómico que pueda quedar es menor y menos compartido; y la confianza en la economía monetaria capitalista se apoya en una montaña creciente de promesas que cada vez es menos probable que se cumplan. Desde la década de 1970, el centro capitalista ha sufrido tres crisis sucesivas, una inflacionaria, otra de sus finanzas públicas y otra más del endeu­damiento privado. Actualmente, en una complicada fase de transición, su supervivencia depende de que los bancos centrales le proporcionen liquidez sintética ilimitada. Paso a paso, el matrimonio a la fuerza del capitalismo con la democracia vigente desde 1945 se está rompiendo. En las tres fronteras de la mercantilización (el trabajo, la naturaleza y el dinero) las instituciones reguladoras que restringen el avance del capi­talismo para su propio bien se han derrumbado, y tras la victoria final del capitalismo sobre sus enemigos no se vislumbra ninguna agencia política capaz de reconstruirlas. El sistema capitalista está actualmente afectado, por lo menos, por cinco problemas que empeoran y de los que no existe una cura inmediata: descenso del crecimiento, oligarquía, liqui­dación de la esfera pública, corrupción y anarquía internacional. Lo que se puede esperar, si nos atenemos al historial reciente del capitalismo, es un periodo largo y doloroso de decadencia acumulativa: de fricciones cada vez más intensas, de fragilidad e incertidumbre y de una sucesión regular de «accidentes normales», no necesariamente, pero con bastante probabilidad, a escala del desmoronamiento global de la década de 1930.

 

informe del Foro Económico Mundial 2016

http://reports.weforum.org/global-risks-2016/

Previsiones para 2030, escenarios probables en el mundo que nos espera

so30

Global risk report 2016 Walled Cities,Strong regions, War & Peace scenarios

wef9f1-2-6eb0ee54ae3533e45b5e55d5ffc504cd

30 The Global Risks Report 2016
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
Natural Resources, Climate Change
and International Security
Climate change is expected to amplify
existing security problems and create
new ones. As explored in Part 1, the
world will increasingly feel its effects:
extreme weather events including
prolonged high temperatures and
droughts, freak storms and floods, and
rising sea levels threatening coastal
cities and island countries are expected
to occur more frequently and at greater
scale, touching many countries,
especially those already grappling
with poverty, fragility and ineffective
governance.
The likely impact of climate change
on food security, explored in depth in
Part 3, is another channel of impact on
the international security landscape.
As wells dry up, crops and fisheries
fail, and people lose their livelihoods,
simmering tensions between social
groups are more likely to boil over into
community violence. Armed non-state
actors, including insurgencies and
terrorist groups, will be able to leverage
this new source of insecurity as an
additional grievance on which to build
their narratives, finding new recruits
among those made destitute.
Stresses on water and food could
contribute to rising tensions among
states. Trade may be interrupted by
the hoarding of commodities, local
populations can object to foreign
control of arable land, and arguments
may erupt over rights to draw water
from rivers and aquifers that cross
borders.
Box 2.5: Scenarios Methodology
What are the most pressing issues leaders should address? What trends are driving transformations? To be as prepared as
possible for the future, leaders need to think broadly and consider the worst that could happen.
Strategic foresight enables assessments of what the future context might look like through carefully researched and validated
scenarios. Scenarios extrapolate existing trends to provide insights that can inform more robust decision-making. The three
scenarios presented here (Figure 2.5.1) describe how the seven driving forces of international security could interact and how
prominent actors might respond. The collaborative process of developing and using scenarios can generate the relationships
necessary to drive change.
During a year-long initiative, launched at the Annual Meeting in 2015,1 over 250 members of the World Economic Forum’s
network participated in consultations to build the scenarios. To ensure a broad perspective, our team conducted 10 workshops
in six regions, with participants from government, the security sector, academia, civil society, youth, and the business sector,
which together comprised 41% of the total number of participants (see Figure in the Acknowledgements section). A full list of
contributors is included in the Acknowledgements.
Note
1 Eide and Kaspersen 2015c.
Figure 2.5.1: Illustrations of the Scenarios
Walled cities Strong regions War and peace
The Global Risks Report 2016 31
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
Interstate tensions are also likely to be
stoked by an increase in migration into
countries less affected by the changing
climate. Environmental stresses will
accelerate migration across borders
and also to cities, putting additional
stress on urban infrastructure in many
countries. Cities will need to find new
tools and policies to manage security
risks.
Security Outlook 2030:
Three Alternative
Scenarios
The potential for rapid and radical
change, even though the form it
takes is unknown, raises fundamental
questions about planning and
preparedness. In this section, three
scenarios describe potential evolutions
of the international security landscape
to 2030 (see Box 2.5 for a description
of the methodology used). These are
not intended to be predictions, but
plausible trajectories that can usefully
challenge current thinking and serve as
a call to action for the development of
more adaptable and resilient response
systems.
Future 1: Walled Cities
As greater penetration of information
and communications technology
broadens the horizons of citizens in
many countries, raising expectations
in areas such as health, education,
infrastructure and quality of
governance. At the same time, fiscal
challenges are reducing governments’
ability to meet citizens’ expectations
– and citizens become disillusioned
by their exposure to public sector
corruption, poor service delivery and
ineffective institutions.
This scenario foresees widening
inequalities of wealth, income,
health, environment and opportunity
continuing to pull communities apart.
In wealthier nations, the middle classes
are hollowed out by declining wages
and dwindling public goods. Those
who can afford it are increasingly
retreating to gated communities and
turning to the private sector for what
were once public services, divorcing
their interests from the common
good.23 Fertile soil, fresh water and
even clean air become increasingly
commoditized and traded between
those who can afford them. With
economic and political elites feeling
ever more identical and distant from
citizens, states lose their ability to
bring people together around a shared
narrative or identity. Trust is eroded, as
is the social contract between citizens
and government.
The vitality of many states is challenged
by demographic trends. In some
regions, large youth populations come
of age with few opportunities for stable,
well-paid employment. In other regions,
the demographic bulge is of the elderly,
creating ever greater needs for finance
for pensions and healthcare; this puts
pressure on declining working-age
populations and limits the resources
available for states to address security
issues.
Social cohesion is further weakened
by mass migration, as youth seek
economic opportunities and
humanitarian or environmental
catastrophes displace people. In the
absence of narratives that foster a
shared identity and common cause,
mismanaged migration flows and poor
integration of migrant communities
create tensions. Anxiety over migration
fuels the rise of extremist, xenophobic
and ethno-nationalist political
parties that advocate for a return of
authoritarian government and national
identities based on culture, ethnicity or
religion, effectively exploiting narratives
of “us” vs. “them”.
As younger populations spend more
of their lives online, they fill the need
for shared narratives and a sense of
community with like-minded people,
sometimes in faraway geographies.
Meanwhile, millions of children are
coming of age in refugee camps,
often under duress, and with no
natural sense of belonging. Rootless
and disillusioned, often traumatized
by growing up amid civil wars or
community violence, more young
people become anti-system and
vulnerable to recruitment by violent
groups or gangs.
Insurgencies, terrorist groups, and
criminal organizations all exploit
the security deficit, leveraging new
technologies to strengthen their hands
against strained security forces.
Overwhelmed by internal threats,
states double down on internal
security issues and disengage from
multilateral collaboration, reducing the
effectiveness of global institutions and
mechanisms.
In some areas, lines between states
and violent non-state actors blur.
Terrorist or criminal groups, often in
opaque alliances, seize control of more
territories and run them like states,
threatening nations and even regions
with collapse. The corridor between
South America and Mexico, Iraq and
the Levant, and swathes of West and
Central Africa are among the areas now
under pressure from combinations of
civil wars, humanitarian crises, violent
extremist activity, crime and gangs.
More and more frequently, legitimate
non-state actors and organizations fill
some of the spaces left by weakened
national governments, often with
social support. Companies and private
charities fill the void and manage what
were once public services. With their
operations located near desperate
communities, many companies are
drawn into addressing the social
consequences of insecurity and
violence. Eroding state power also
increases city power, with cities coming
to be regarded as the most practical,
functional unit of governance.24
The world divides into islands of
order in a sea of disorder. As large
numbers of people are displaced
by environmental change and
social violence, still-functioning
states seek to protect themselves,
often deploying private military and
intelligence apparatus to minimize risks
of involvement in protracted conflict.
In this scenario, by 2030 the world
resembles medieval times, when the
citizens of thriving cities built walls
around them to protect themselves
from the lawless chaos outside.
Future 2: Strong Regions
An alternative scenario envisages the
volatile and competitive interregnum
paving the way for the emergence of a
stable world by 2030 with several seats
of power.
32 The Global Risks Report 2016
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
In this future, as wealth accumulates
in the South and East, more players
are able to make strategic economic
investments in diplomacy, critical
technologies and infrastructures. The
balance of power adjusts, creating a
new order of mostly regionally based
spheres of influence and interests
that are generally accepted, as are
newly evolved norms of engagement
over political disputes and shared
resources.
Far from their power being eroded,
states in this world are strong – at
times authoritarian. Strong leaders rise
to power on promises to refocus on
narrowly defined national interests, with
minimum diversity and high solidarity
for citizens. Narratives recalling
(imagined) past glories and comforting
homogeneity of ethnicity and creed
become a strategy to compensate
for the uncertainty of the future. As
in the 1930s, leaders persuade their
citizens to “escape from freedom”:
these leaders strictly control borders,
forcefully curb migration, invest more
in military and police, and persuade
people to accept mass surveillance
as the only way to be protected from
deadly threats.
Overwhelmed by mistrust among
states, governments invest their
political, financial and diplomatic capital
in bilateral and regional processes.
Effective regional powers emerge,
as do new alliances of convenience
where shared interests transcend
the regional perimeter. Global
governance mechanisms continue
to lose credibility. New forms of
cooperation initially run in parallel with
the established global architecture,
gradually taking over roles including
development, trade, finance, security
and the internet. Counterintuitively, this
proves to reduce competition between
states: with contentious issues taken
off the global table, states are able
to rebuild enough trust to maintain
stability at the international level.
For example, in this world cyberspace
is neither open nor global. States
establish further controls over the
internet, sometimes in collaboration
with allies, building their own
capabilities in data storage, search,
and infrastructure – and using security
threats and the promise of better
public services through big data to
win popular support.25 Climate change
is another example: as its effects
become clearer, states increasingly
shift attention from cumbersome global
efforts to more functional regional
ones. The goal of saving all humanity
from catastrophic climate change gives
way to states and regions working
together to adapt and protect “their
own” citizens.
With bad memories of recent foreign
interventions and increasing domestic
polarization over foreign affairs, the
United States refocuses its priorities
and abandons its ambition to be the
centre of the global stage, allowing
others to fill the void on major political
issues. China’s “peaceful rising” no
longer raises apprehensions among
other powers; its prominence in East
Asia becomes an accepted fact.
ASEAN goes into a comfortable orbit
around its giant neighbour, while
Japan focuses on maintaining good
trade relations. The United States and
China mutually accept their economic
relevance and shared roles and
responsibilities in a new world order.
Sweeping aside any last resistance,
Russia consolidates its sphere of
influence in Central Europe and
Eurasia. Europe – having rebuilt its
economic partnership with Russia
and consolidated links with the United
States – develops several levels of
integration and remains functional as
a coherent regional trade bloc. Latin
America and the Caribbean leverage
their abundant resources and strategic
location to consolidate into a regional
bloc. The push for African integration
continues apace, with two subregional
integration blocs emerging
as twin poles of influence. Following
years of fruitless proxy conflicts in the
Middle East and North Africa, two
carefully balanced security alliances of
functioning states restore some degree
of order to the region.
Fifteen years into the future, this
balance of regions and alliances is
only beginning to consolidate as a new
global order. Former rivals and enemies
are tempted to test the boundaries,
leading to strong pushbacks and
reconfirmations from regional powers
that the new order is here to stay.
Security issues are handled by regional
allies or relevant players, rather than at
the global level.
Inevitably, there are losses for the
global economy: geopolitical interests
take predominance over economic
ones, with corresponding inefficiencies
as globalization goes into reverse.
However, with the revolution in
manufacturing and automation making
it possible to produce goods closer to
the consumer, there is less need for
global trade in goods and less need
to outsource production to low-wage
countries. Companies must make
costly and complex arrangements to
be able to operate across regions; in
many cases, abandoning international
strategies, localizing or breaking up into
smaller regional entities, prove to be
more effective strategies.
Future 3: War and Peace
The final scenario envisages the world
drifting into a major conflict during the
next 15 years, which ultimately leads to
a reworking of the global system.
In this future, established powers
remain in denial about the major
shifts of economic, demographic and
political power that have taken place.
Growing strategic competition between
states erodes their trust in each
other, and therefore their capacity to
collaboratively resolve disagreements
about the role of certain countries in
certain regions: for example, the United
States in the Asia-Pacific; Russia in
Central Asia; and China in South-East
Asia.
Meaningful progress slows on issues
such as climate change, with global
solutions blocked by states that
calculate that taking action would
be too problematic domestically, or
that they could gain from new lands
becoming suitable for crop production
or resource exploitation. There is no
longer consensus over the normative
foundations or rules of the international
system, which is not able to manage
the rising tensions.
With stagnant growth and the rise of
isolationist movements in established
powers, space opens up for emerging
powers to test the status quo.
Meanwhile, internal pressures grow
The Global Risks Report 2016 33
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
in many countries: to varying extents,
social turmoil erupts as emerging
technologies put many people out
of work and extreme weather events
overwhelm the responsive capacity
of governments. In some countries,
upheavals feed into virulent nationalism,
drawing on historical grievances
against powerful neighbours.
Eventually, in this scenario, a major
conflict erupts between two leading
powers. One state experiences
a massive cyberattack on critical
infrastructure, causing loss of life. It
accuses another state of complicity,
and launches a conventional attack in
retaliation. Denying any involvement,
the second state considers it has been
attacked without cause. Outraged
populations on both sides demand
further action; nervous leaders
seek to shore up their positions
and miscalculate the gravity of the
consequences.
Other states are dragged into the
escalating conflict and forced to
choose sides. Armed non-state actors
on both sides seek to leverage the
conflict for their own ends, forcing the
parties to the war not only to fight each
other, but also to engage in hybrid
conflicts against third parties.
Ultimately, the conflict stops short
of all-out mutual destruction, but
not before imposing high costs on
both sides – human, economic, and
infrastructure. The “nuclear taboo”
– that states abstain from using the
ultimate weapons, even if they possess
them, still proves to hold true – but
belligerents did begin to prepare for
their application. There is no clear
victor. In this scenario, the aftermath
of the conflict leads to a sense of
determination to prevent a repeat
interruption to business as usual. The
commonly accepted argument is
that the lesson to be learned from the
failure of previous global mechanisms
to mediate conflicts is that those
mechanisms were not only excessively
ambitious but also largely ineffective.
States set about identifying the
few basic practicalities that truly
demand global cooperation: norms,
for example, relating to the seas,
air corridors, and finance. Because
of their economic relevance, many
of these norms are looked after by
multistakeholder organizations, rather
than intergovernmental organizations.
Civil society and business leaders
take on management roles in global
arrangements. Other areas previously
of interest to global governance
institutions, from human rights and free
trade to international development and
control of the internet, are set aside
as non-essential to the basic aim of
preventing conflicts. The UN nominally
retains a peacekeeping function in
protracted conflicts, but is not able
to regulate relations between leading
states.
The result is a stripped-down global
system in which the liberal ideals of
freedom, democracy, justice and
equality are no longer put forward as
a paradigm to which all should aspire.
A new entente emerges on respect for
differences of political and economic
approach, though this means
accepting a degree of entrenched
global inequality and disintegration,
and a parcelling up of the global
commons. Where they can, people and
companies move to places that suit
their objectives best.
Implications and
Outcomes
Though none of the three scenarios
presented here will occur exactly as
described, the security landscape
of the future may manifest multiple
elements from one or more of the
scenarios, probably simultaneously.
Indeed, it can be argued that we have
already entered the period of “walled
cities”, as the refugee crisis seems to
lead some nations to the reflex reaction
of closing borders – both physical and
political – as described in Part 1.
The three scenarios may come across
as somewhat dystopian, because they
are extrapolations of existing, negative
trends. The world does not need to
arrive at these dystopias, however. Our
collective knowledge, connectedness,
technological advances and
social innovations present endless
opportunities to change the outcome
and shape a more secure world,
given strong leadership and the
right decisions being taken at the
international level. This last point brings
us back to the purpose of this Report:
to cast new light on decisions that need
to be taken today. The following set of
recommendations is intended to aid in
envisaging possible futures and to help
change control the trajectory we are on
and improve the outcome.
Overhauling the Social Contract
Above all, these three scenarios point
to the need to overhaul the social
contract between citizen and state.
Re-establishing trust in governance,
improving the accountability of
institutions and leaders, reducing
social and economic divergences and
delivering better services should be
top objectives for policy-makers. In
these areas,26 technology is not only
a potential disruptor but also a key
enabler.
More effective governance alone may
not suffice, however, without also
building greater social cohesion. The
fabric that binds citizens to the state
and to each other is fraying. A critical
task for the state is to reinforce notions
of citizenship and narratives of inclusion
within national discourse, which can
pave the way for reconciling political
and theological differences both
domestically and internationally.
Rewiring Global Governance
All three scenarios reflect uncertainty
around the future role and ability of
global governance institutions to
deliver on security. In an ideal world,
a strong global body would have the
tools and standing to mitigate conflicts
involving either terrorism or competition
between great powers, and to contain
and resolve peripheral conflicts. At
present, however, the multilateral
system appears overwhelmed by the
number and complexity of issues, and
international mechanisms are often
fragmented, co-opted or undermined
by the special interests of chosen
member states.
If states want to strengthen their ability
to take collective decisions on key
international security matters, they
need to improve the efficiency of the
multilateral apparatus. Progress on
meaningful reform of the United Nations
and the Bretton Woods Institutions to
reflect current political and economic
34 The Global Risks Report 2016
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
realities has been slow and unfocused.
Piecemeal reform of the system itself
will not suffice: the choice is between
implementing comprehensive reform
to create the right mechanisms and
responses for future global cooperation
on security, and allowing the “death
by a thousand cuts” of the global
governance system – an outcome that
would not favour international security.
Fostering Global Leadership
Today’s world is in clear need of
strong leadership, new compromises,
innovative ideas and a capacity for
long-term thinking. This is not limited
to government and international
organizations but also applies to
civil society and the business sector.
Because power is distributed among
many sectors, multistakeholder
cooperation is more important for
tomorrow’s security than ever before.
The digital revolution, at times a
source of disruption, can also be a
tool for enhanced transparency – and
transparency, if genuine, offers the
potential to rebuild trust.
As suggested by the “strong regions”
scenario, beginning that process at a
regional level, with new architectures
that are parallel to the existing
international system, could ultimately
strengthen rather than undermine
global stability.
Enhancing the Role of Cities
Refocusing some security efforts at
the level of the city could be another
contribution. As urbanization gathers
pace, cities will increasingly rival states
as the most natural level of government
for harnessing technology to deliver
public services and security. Cities
have also proven their advantages
as sites of innovation, employment
creation and higher productivity,
because they, at times, prove to be
more focused on practical problem
solving than on the “status and
prestige” issues that tend to obscure
interstate relations. Devolving resources
from national to municipal levels and
creating new ways for city leaders
to collaborate on security matters
may also be faster than reforming
established mechanisms for multilateral
collaboration among states.
Promoting Private Sector
Engagement
A strong argument could be made
for increasing the participation of the
private sector as a stakeholder in
international security.27 The implications
of security risks affect companies
assessing where to invest and do
business as much as they affect
governments engaged in trade,
diplomacy and maintaining the security
of their citizens. Yet the potential of
the private sector to contribute to
peace and security is not reflected in
global security mechanisms or at the
multilateral level.
Businesses often see global security
as a risk management and compliance
issue. Limited understanding of
one’s own global, regional and local
impact might sometimes even lead to
inadvertently reproducing or confirming
negative patterns in society and
governance. The traditional business
response to geopolitical skirmishes
has been to view them essentially as
intractable externalities: companies
seek to minimize downside risks
while waiting for a crisis to blow
over. However, in a hyperconnected
world, volatility in one place can have
immediate repercussions on the other
side of the globe. Avoiding investment
in known or potentially volatile places
does not insulate companies from the
impacts of volatility. In today’s world,
companies might be well advised
to understand their own potential to
influence international developments.
Many companies are already
dealing with the root causes of
insecurity, directly or indirectly. From
inefficient governance to corruption,
environmental degradation, social
disparity and unrest in surrounding
communities, many companies
have policies in place to protect their
interests while also addressing these
drivers of insecurity within their core
areas of operations. For example, a
mining company seeking to minimize
environmental impacts on local
communities, a telecommunications
company training local workers in
the skills they require and thereby
also empowering those workers, and
an infrastructure company working
with local government to improve
quality and transparency around
public tenders may all be contributing
towards addressing the drivers of
geopolitical instability. Another way
the private sector can contribute is
through company norms that forbid
involvement with corrupt practices; this
may, over time, spur better governance
and reduce social resentment.
Encouraging New Behaviour
Multistakeholder cooperation might
also be conducive to mitigating the
security implications of technological
innovation. Ethical frameworks and
norms guiding technological innovation
could be elaborated between those
actually involved rather than relying only
on regulators, which will struggle to
keep up with the pace of change in the
Fourth Industrial Revolution. Likewise,
common understandings about the
security dimension of an increasingly
connected world could involve key
private and public stakeholders from
both the emerging technology and
international security spheres.
Viewing climate change through
an international security lens also
suggests several policy options
where multistakeholder action is
critical. These include the search
for new mechanisms to reflect
externalities related to resource
scarcity or environmental effects, while
simultaneously safeguarding social
stability by guaranteeing affordable
access to the necessities for survival.
Public-private partnerships established
to identify technological solutions to
improve the efficiency and resilience
of food production and water use is
another example.
Conclusion: A Call for a
Resilience Imperative
If the “new status quo” implies such
a high presence of global geopolitical
risks and realignment around interests
rather than values, then a wider range
of stakeholders needs to be involved in
setting the direction of the new global
security paradigm and implementing
solutions.
A first step is for private sector leaders
to place international security firmly on
their radar screen. International security
and geopolitical trends are likely to have
The Global Risks Report 2016 35
Part 1 Part 2 Part 3 Part 4
more influence on the global economy
in the future, thus demanding greater
strategic attention from business
leaders. With a stronger understanding
of the issues and their own evolving role
in the geopolitical and global security
landscape, the private sector can be
a constructive partner in addressing
many global security challenges and
mitigating their driving forces.
A second step is to have the traditional
security actors – including international
organizations and governments –
adjust their own frameworks and
processes to build in more publicprivate
participation at the most
appropriate levels. The Extractive
Industries Transparency Initiative, action
taken by technological and social
media companies to block terrorist
and violent extremist activity, and
business alliances for action on climate
change are promising examples of
public-private arrangements that can
strengthen security.
Third, a renewed focus on prevention,
preparedness and resilience, rather
than reaction and compliance, would
likely improve security actors’ ability to
manage known and unknown security
risks. There exists important know-how
and resources in the private sector
that can improve preparedness and
mission-critical planning processes in
a global security context – using data
to track the progress of risk factors,
sharing information on where and
when crimes occur, and establishing
mechanisms for harnessing industry
supply chains during complex
emergencies – are a few examples of
how security arrangements could be
updated.
Rather than wait for crises to happen,
or sleepwalk into the dystopian
scenarios described above, it is
critical to identify potential inflection
points and focus on finding solutions
rather than just containing problems,
and adapt relevant structures
accordingly. Prompting greater pliability
through a genuine, forward-looking
multistakeholder process in order
to ensure against complacency and
improve the outcomes in a fast-paced
and interconnected world may be the
best way to prevent the described
dystopian futures from materializing.
Endnotes
1 “Non-state actors” is a term widely used to describe everything from non-for-profit
or commercial providers, non-governmental organizations across all thematics,
community-based organizations and faith-based organizations. Their characteristics
include sufficient power to shape and cause change, although they are not part
of the established institutions of a state and are thus not accountable to the same
standards as a state. In the global security context, however, the term is often used
to refer to violent, criminal, terrorist and militarized groups or individuals with no ties
to a state or state-like structures but who, through the use of asymmetric strategies
of warfare, declare war on states and state actors. Non-state actors can also be
a force of good in terms of their significant role and emphasis on a specific area of
focus, usually on common goods, for the advancement and promotion of issues.
2 Williams 2008.
3 IISS 2015.
4 UNHCR 2015.
5 Institute for Economics and Peace 2015.
6 Kaspersen and Shetler Jones 2015.
7 See UN Security Council Report S/2015/358, at http://www.un.org/en/sc/ctc/
docs/2015/N1508457_EN.pdf. Letter dated 19 May 2015 from the Chair of the
Security Council Committee pursuant to resolutions 1267 (1999) and 1989 (2011)
concerning Al-Qaida and associated individuals and entities addressed to the
President of the Security Council dated 19th May 2015.
8 Kaspersen 2015a.
9 See Davis, Dusek, and Kaspersen 2015.
10 Argueta de Barillas and Cassar 2015.
11 Vision of Humanity 2015.
12 Stoltenberg 2015.
13 Schwab 2015.
14 Blanke and Kaspersen 2015.
15 George 2013.
16 Kaspersen and Hagan 2015.
17 Kaspersen 2015c.
18 Eide and Kaspersen 2015b.
19 Eide and Kaspersen 2015a.
20 Hybrid threats and warfare refers to the blend of conventional, irregular means
of combat and asymmetric tools, often with a strong cyber element, in military
strategies facing indistinct adversaries and aggressors in a complex battle domain,
complicating matters such as attribution and retribution.
21 The term “cy-ops” refers to militarized cyber operations; “psy-ops” refers to
military operations usually aimed at influencing the adversary mindset through
noncombative means.
22 Kaspersen 2015b.
23 Nye 2014.
24 Sally 2014.
25 Beckstrom 2014.
26 See also the World Economic Forum 2015b.
27 De Sola and Kaspersen 2015.