Ramiro Fonte, poeta español, que escribe en gallego y español, al que podemos relacionar con el peruano César Vallejo cuando se dirige a los niños del mundo, en el poema España, aparta de mí este cáliz.

Os nenos de Europa – Los niños de Europa

Os nenos de Europa                                                 Ramiro Fonte

Estes nenos que xogan ó balón                       Xunto ás mortas ruínas dunha casaBombardeada;Alleos á convulsa paisaxe que os circunda,Ignorantes do que pasou na guerra,                                 5Son os nenos de Europa.
Estes nenos que xulgan, con ledicia,A perfección do branco trasatlánticoQue aparece no porto,Porque non saben o que significan                                 10Certas palabrasComo lonxe, decenios ou periplos,Son os nenos de Europa.
Estes nenos que amosanAs cifras tatuadas nos seus brazos;                               15Viúvos para sempre da tristuraPorque eles xa cruzaron a fronteiraDas terras habitadas soamentePolos desesperados, e volveronNos lentos trens,                                                           20Son os nenos de Europa.
Estes nenos que xoganÁs escondidas,Entre as tumbas sen nomesDun frío camposanto suburbial                                        25E, cando cae a noite,Regresan fatigados ás súas casasE despois se acubillan nun cuarto de madeiraE non queren mancharA almofada de lágrimas, tamén                                       30Son os nenos de Europa.
Ningún outro país puideron darnos.Ningún máis verdadeiroNin menos doloroso recibimos:                       
Durmimos e soñamos                                                     35Sobre a mesma almofada que eles foron tecendoCon ese fío escuro dos seus soños.
Tódalas noitesConciliamos o sono                                                                           Sobre o tremor do mundo,                                               40Sobre vellos temores aceptados.
Somos os fillos raros deses nenos[1].                                               


[1]      Citamos el texto según la siguiente edición, revisada por el autor: “Os nenos de Europa”,  Mínima moralidade, Deputación Provincial da Coruña, A Coruña, 1997, págs. 51-52.


Sugerimos , para analizar y criticar este poema, el estudio atento de este importante artículo escrito desde el Materialismo Filosófico, como sistema aplicado a la Crítica Literaria y la Literatura comparada. Su autor, el profesor Jesús González Maestro, es el autor de la obra en tres tomos, titulada Crítica de la Razón Literaria. Consultar el siguiente enlace: https://www.ersilias.com/wp-content/uploads/ramiro-fonte.pdf


Los niños de Europa                                                Ramiro Fonte

Estos niños que juegan al balón                      Al pie de las ruinas de una casaBombardeada,Ajenos al convulso paisaje que los cerca,No sabiendo lo que pasó en la guerra,                               5Son los niños de Europa.                                                        Estos niños que juzgan, divertidos,La perfección del blanco trasatlánticoQue aparece en el puerto,Porque no saben lo que significan                                    10Ciertas palabrasComo lejos, decenios o periplos,Son los niños de Europa.
Estos niños que muestranunas cifras tatuadas en sus brazos,                                  15De la tristeza viudos para siempre,Pues ellos ya cruzaron la fronteraDe las tierras pobladas solamentePor los desesperados, y volvieronEn lentos trenes,                                                             20Son los niños de Europa.
Estos niños que jueganA escondidasEntre tumbas sin nombresDe un frío cementerio suburbial                                         25Y, cuando cae la noche,Regresan fatigados a sus casasY se acogen después a un cuarto de maderaY no quieren mancharLa almohada de lágrimas, también                                    30Son los niños de Europa.
Ningún otro país pudieron darnos.Ninguno más auténticoNi menos doloroso recibimos:                          
Dormimos y soñamos                                                      35En la misma almohada que ellos fueron tejiendoCon el oscuro hilo de sus sueños.
Todas las nochesConciliamos el sueño                                                                        Sobre el temblor del mundo,                                             40Sobre viejos temores aceptados.
Somos los hijos raros de esos niños[1].


[1]      Traducción española de Xavier R. Baixeras, en “Los niños de Europa”, Capitán Invierno, Valencia, Pre-Textos, 2002, págs. 50-51.

Cuatro estampas de niños: jugando entre ruinas, admirando los barcos en un puerto, niños supervivientes de un genocidio, niños jugando entre tumbas anónimas. Niños de otra época, marcados por la tragedia, conscientes unos, inconscientes otros.
Que los niños de la primera estampa ignoren la guerra es cierto sólo en parte, porque las consecuencias del bombardeo están aún en el escenario; intentan más bien jugar a que no lo recuerdan, enajenándose del paisaje desolado. Sí parece que los de la segunda ignoran del todo la amargura de la emigración; para ellos el barco sólo les puede ofrece un viaje maravilloso de aventura.
El horror de la tercera estampa ya no se puede ocultar. Estos niños han vuelto de la muerte. Sus mentes están tan marcadas como sus cuerpos. Desde su futuro, nosotros sabemos que sobrevivirán.
De los niños de la última estampa se nos muestra algo más. Vemos que sufren de noche, en sus cuartos miserables; y que resisten.  Son diferentes formas de seguir viviendo. Algunos no saben nada del pasado cruel, otros lo saben todo. Pero sobre todos pesa y condiciona lo que llegarán a ser.
El poeta, desde un tiempo menos duro, compara presente y pasado, y los sueños de aquellos niños con nuestros sueños, en apariencia menos angustiosos. La Europa de aquellos niños es la nuestra. Nosotros lo sabemos, y nuestro ser de hoy es inexplicable sin la historia de ayer. Somos herencia, síntesis de conflictos y dificultades, hijos raros.
Somos capaces de dormirnos sobre un mundo convulso; los viejos temores están aceptados, pero no amortizados. Cuidado.
¿Explica nuestra historia, tan diferente de la norteamericana, algunas actitudes diferentes ante la guerra?
                                                           Juan José GuiradoMayo de 2003
Publicado por Juan José Guirado en 21:07Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir con TwitterCompartir con FacebookCompartir en PinterestEtiquetas: Daños colateralesMis escritos revisitadosTeoría de la literatura

1 comentario:

  1. jorge iván Grisales8 de enero de 2018, 1:35Muchas gracias, fui remitido a buscar este poema de Ramiro Fonte al escuchar un poema de Cesar Vallejo el 15 de España aparta de mi este caliz

Crítica literaria del poema de César Vallejo: España. aparta de mí este cáliz.

César Vallejo País: Perú Nacimiento: Santiago de Chuco, 16 de marzo de 1892 Defunción: París, 15 de abril de 1938 Biografía de César Vallejo Estudió Literatura en la Universidad de la Libertad de Trujillo, a donde se había trasladado a vivir, abandonando los estudios por razones económicas. Trabajó en una plantación de caña de azúcar, con el fin de sufragarse los estudios, licenciándose más tarde en Literatura Española en la Universidad Nacional mayor de San Marcos. Marchó a lima trabajando allí como profesor, publicando por entonces sus primeros poemas. En 1923, emigró a Europa, viviendo en París, viajando tres veces a la URSS, y viviendo otros dos años en España, ganándose escasamente la vida con colaboraciones en las revistas Variedades y Mundial de su país, y en otras de Francia, España e Italia. Nunca regresó a Perú.


En este enlace se puede acceder a una edición en línea del poema , completo, de Vallejo https://es.wikisource.org/wiki/España,aparta_de_m%C3%AD_este_cáliz(1939)


Un ejemplo del modo ( uno de los muchos posibles usos) en que puede ser utilizada como instrumento político , la poesía, la Historia. O del uso ideológico y sofisticado, aun diríamos, inclusive que sofista, de la cosa pública y de la Literatura y la Historia. https://www.pscp.tv/Gob_CDMX/1vAGRqzdYqRKl?t=8s

España y sus enemigos , internos, y externos. O luchamos por una defensa sin miedo y con inteligencia por España , para vencer a sus actuales y ya viejos enemigos, o cada día perderemos más libertad y fortaleza para segur siendo libres.

Jesús G Maestro, grito por la libertad de España contra sus enemigos de siempre

Imprescindibles: dos conferencias políticamente muy importantes de Gustavo Bueno sobre España, la Idea de Imperio, y la relación de España con Europa y con Iberoamérica , el Islamismo, el protestantismo anglosajón.Los secesionistas anti españoles, etc.

www.youtube.com/watch

En la primera conferencia que corresponde al primer vídeo, que data de abril de 1998, Bueno plantea varios de los problemas y tesis que expondría con mayor amplitud, en el libro España frente a Europa.

Esta primera conferencia,España, puede estudiarse , desde el libro que mencionamos a continuación:

Sobre este libro y esta edición

Gustavo Bueno pronuncia en Oviedo, el 14 de abril de 1998, en el Club de Prensa Asturiana, abarrotado de público, y en el contexto de la reunión Hispanismo en 1998, la conferencia «España», disponible hoy en internet por televisión material (según un texto que ya tenía elaborado y que inmediatamente publica El Basilisco,nº 24, páginas 27-50). Presenta al conferenciante José Manuel Vaquero Tresguerres, director general del periódico La Nueva España, quien allí mismo anima a Bueno a preparar este libro. Culminado el original en septiembre de 1999, Alba Editorial (también del grupo Prensa Ibérica) publica la primera edición de España frente a Europa en octubre de 1999, libro que, corregidas algunas erratas, conoce una segunda (marzo de 2000) y una tercera edición (mayo de 2000).

Esta edición reproduce el texto íntegro de la obra, libre de las erratas advertidas, e incorpora {entre llaves} algunas, no todas, de las notas manuscritas por el autor sobre los márgenes del ejemplar impreso de la primera edición que tenía rotulado Anotaciones. Al final se ofrece también un primer «Apunte para las solapas», de Bueno, que no se utilizó, y su «Texto para la contracubierta» (incorporado por Alba en sus tres ediciones).

España como nación. Es el segundo video, de abril de 2005, siete años después de la conferencia titulada España.

En cuanto a los contenidos de la segunda conferencia, España como nación, sugerimos la lectura del libro de Gustavo Bueno titulado España no es un mito;

Del libro España no es un mito
Del libro España no es un mito

España no es un mito

Asunto de plena actualidad en los Parlamentos y en la calle, la cuestión de la identidad de España carece todavía hoy de documento nacional irrefutable. ¿Existe España? ¿O es, acaso, un ensueño, una ilusión, un mito? El presente ensayo ofrece una defensa razonada de la esencia y de la existencia de España a través de siete preguntas fundamentales. Su autor, el profesor Bueno, rebate una a una las posiciones y proposiciones de quienes niegan, desprecian o ponen en duda la realidad de España. Con su contundencia habitual no exenta de polémica, Gustavo Bueno desmenuza lapidarias fórmulas que sostienen la irrealidad de España para dar cabida y consistencia a fantásticos bucles melancólicos. Una contribución oportuna, interesante y valiosa, tanto en el fondo como en la forma, para esclarecer la confusión reinante a este respecto.

«Este libro es uno más de los libros españoles de contraataque, escritos frente a los enemigos de España, los que desprecian su esencia (o consistencia) y los que llegan a poner en duda, y aun a negar, su propia existencia.»

Influencia de la lectura de El Quijote en el poeta León Felipe . España y la poesía de León Felipe. L. Felipe en México y América

León Felipe, estatua en el Parque de Chapultepec, Ciudad de México

“He dormido sobre el estiércol de las cuadras,
en los bancos municipales,
he recostado mi cabeza en la soga de los mendigos, y me ha dado limosna Dios se lo pague
una prostituta callejera.”

CITA de un poema de León Felipe, tomado de este artículo que expone muy aceptablemente y con precisión lo esencial en la trayectoria del poeta

http://www.museo-etnografico.com/pdf/puntodefuga/160518leonfelipe.pdf

http://www.museo-etnografico.com/pdf/puntodefuga/160518leonfelipe.pdf

LEÓN FELIPE

Edición de Benito del Pliego

EDICIONES ENEIDA Colección Semblanzas

ÍNDICE

I. EL ESCRITOR Y SU OBRA… … … … … … … … …

Introducción … … … … … … … … … … …
1. El poeta y el hombre … … … … … … … … …
2. Infancia y juventud (1884-1919) … … … … … … 3. Versos y oraciones de caminante … … … … … … 4. De Guinea a Nueva York … … … … … … … …

4.1. Nuevos Versos y oraciones de caminante… … …

4.2. Drop a star y la «Fórmula de Prometeo» … … … 5. La Guerra Civil española (1936-1939) … … … … … 6. Españoles del éxodo … … … … … … … … …

6.1. España Peregrina Cuadernos Americanos … … …

6.2. Ganarás la luz … … … … … … … … …
7. Los tramos finales: hacia el desengaño … … … … … … … … …

7.1. Llamadme publicano La manzana … … … … … 7.2. El ciervo … … … … … … … … … …
7.3. Últimas obras … … … … … … … … …

II. SELECCIÓN DE TEXTOS … … … … … … … … … De Versos y oraciones de caminante

1. “Prologuillos” (Selección)… … … … … … 2. “¡Qué lástima!” … … … … … … … …
3. “Oh, estas jornadas siniestras” … … … … 4. “Voy con las riendas tensas” … … … … … 5. “Poeta” … … … … … … … … … …

6. “Sistema, poeta, sistema” … … … … … …

7. “Pie para El niño de Vallecas de Velázquez” … De Drop a Star

8. “Drop a Star” … … … … … … … … …

9. “Segundo nacimiento (Heroísmo)” … … … … 10. “Poética”
11. “Good bye, Panamá!” (Fragmento) … … … … … De El payaso de las bofetadas y el pescador de caña

12. “Oferta” … … … … … … … … … … De Español del éxodo y del llanto

13. “Reparto” … … … … … … … … … …

14. “Español” … … … … … … … … … … De Ganarás la luz

15. “Biografía, poesía y destino” … … … … … 16. “¿Y si me llamase Prometeo?” … … … … … 17. “El sueño, la locura, el borracho”… … … … 18. “Al fin hay que taladrar” … … … … … …

De Llamadme publicano

19. “¿Nacemos o morimos?” … … … … … … … De El ciervo

20. “Envido” … … … … … … … … … …

21. “La palabra” … … … … … … … … … De Cuatro poemas con epílogo y colofón22. “El infierno” … … … … … … … … …

23. “Palabras” a Belleza Cruel de Ángela Figuera Aymerich … … … … … … … … … … … De ¡Oh, este viejo y roto violín!

24. “Escuela” … … … … … … … … … … 25. “¡Oh, el barro, el barro” … … … … … .

III. CRONOLOGÍA … … … … … … … … … … …
IV. BIBLIOGRAFÍA… … … … … … … … … … …

I. EL ESCRITOR Y SU OBRA

INTRODUCCIÓN

La singularidad poética de León Felipe le ha hecho aparecer, muy a menudo, como una figura solitaria en el panorama de la literatura española del siglo XX. No faltan motivos para ello, pues parece que su vida y su obra se hubiesen saltado todas las convenciones clasificatorias: comienza a publicar cuando los autores de su edad ya eran escritores reconocidos; se declara tradicional en tiempo de revoluciones artísticas; en España su poesía suena con acento americano y en México, donde vivió la mayor parte de su madurez poética, terminó por convertirse en el representante de lo español; los creyentes recelaron de sus ideas heréticas, y los revolucionarios sospecharon de sus poemas, cargados de religiosidad. Precisamente esta compleja gama de matices y riesgos es la que garantiza el interés general de la obra de León Felipe y un puesto perdurable en el panorama de las letras en español.

Su singularidad, sin embargo, se haya arraigada en las corrientes literarias de su época, pudiéndose afirmar que León Felipe es una de las intersecciones que las pone a todas ellas en contacto. Su posición poética inicial parece no hallarse lejos de la de quienes eran entonces figuras tutelares de la poesía española: Miguel de Unamuno y Antonio Machado. Con ambos comparte un gusto por los motivos poéticos de fondo, ligados a las situaciones intemporales del ser humano, como la esperanza y la muerte. Estas preocupaciones le acercan no sólo al paisaje castellano y a la tradición del Siglo de Oro, sino también al sentir popular y a la dicción sencilla. Se observa, como en Unamuno, una visión trascendente de la vida, que es también desasosiego y lucha constante. Ahora bien, en nada casa con esta línea poética el tono abrupto de sus versos que puede observarse a partir de Drop a star, en donde el poema se crea desde la contemplación unitaria de lo cósmico y lo humano, con un ritmo espoleado por la prisa de las grandes ciudades: es el tono de las vanguardias. En este sentido, resuena en León Felipe la poesía de Vicente Huidobro, donde el ser humano aparece sumergido en una batalla heroica con los elementos de la creación. También se hallan presentes las corrientes poéticas “irracionalistas”, tópicamente ejemplificadas por el surrealismo, con su soltura de redacción y sus sorprendentes imágenes.

La reivindicación que las vanguardias hicieron de los valores poéticos es parte sustancial de la obra de León Felipe, sobre todo desde el inicio de la Guerra Civil española: se siente entonces cargado de un poder de predicción y guía semejante al de los profetas del Antiguo Testamento. León Felipe, como un Daniel o un Jonás, recoge una voz que le trasciende y que le autoriza a amonestar con acritud y a señalar con decisión el camino: la voz de la poesía es la voz de la Verdad, una verdad intuida o, mejor aún, revelada. ¿Cómo pudo compaginar la arrogancia de esta postura con la humildad y la sencillez que le hizo maestro de la “poesía social” de los años cincuenta? Ésta es otra de las paradojas sorteadas por León Felipe, seguir siendo uno entre los iguales sin dejar de afirmar el carácter trascendental de su propio mensaje. La reivindicación de

un cambio, de una mejora personal, social y política, adopta otras veces tonos patéticos, impúdicamente humanos, que insertan su escritura en la comunidad a través del dolor. Este reconocimiento de la propia fragilidad –e incluso de su propia miseria– y de la fragilidad del ser humano le sitúa en la línea de obras como las de Blas de Otero o Gabriel Celaya, cuya poesía se entiende mejor conociendo las inquietudes de León Felipe.

No puede tampoco dejar de señalarse la notable aportación de León Felipe a la construcción de un espacio hispanoamericano, donde el espíritu de lo español, transmitido a través del idioma común, hizo de América mucho más que una colonia: América se reivindica y defiende frente al pillaje de los imperialismos y el egoísmo mercenario de los propios españoles; América es el destino natural de lo español, su legítima heredera, y, para quien padeció desde 1939 el exilio, su verdadera casa y un mundo nuevo en el sentido literal del término. En un tiempo de obligada peregrinación para los españoles, León Felipe fue uno de los referentes de mayor importancia. Él mismo lo entendió así y profundizó en ese vínculo con una vocación de universalidad, en la que incluyó también el acercamiento a los Estados Unidos a través de sus frecuentes traducciones y recreaciones de obras de algunos de sus autores más prominentes.

1. EL POETA Y EL HOMBRE

Como en otros muchos autores, las noticias de la vida de León Felipe aparecen teñidas de un carácter tan literario como sus propias invenciones. Es más, el mismo autor se encargó de unir de forma indisoluble vida y obra a través de su concepción de la literatura; quiso que la originalidad de su vida estuviera presente en todos los ámbitos de su poesía y para ello no dudó en rechazar toda adscripción a escuelas estéticas y partidos políticos que podrían haber supuesto un menoscabo de su individualidad. Luego, cuando la Guerra Civil le sitúa ante la necesidad de ensalzar el esfuerzo colectivo, León Felipe pone obra y vida al servicio de la España republicana y siente que su voz surge de la asociación con la tierra y con sus hombres. Su existencia queda vinculada a las esferas más generales de la historia y la humanidad y su poesía se encamina consecuentemente hacia las estructuras que tradicionalmente han encarnado otro ámbito, el delmito. Renuncia entonces, metafóricamente, a lo circunstancial de su biografía para favorecer lo sustancial de cada ser humano. Sólo en la vejez vuelve León Felipe a recuperar el tono de intimidad que muestra en sus primeros años de escritor, si bien teñido de patetismo y desesperanza; su vida, en estos últimos años, se revisa desde los tramos finales del camino y se hace literaria desde el arrepentimiento y la despedida.

La misma unión indisociable se produce en sus escritos estrictamente autobiográficos y en las declaraciones hechas a sus biógrafos. León Felipe es un personaje salido de su propia imaginación, de ahí que parte de los rasgos de su personalidad que nos ha transmitido sean más parecidos a los de un personaje de novela que a los de un hombre de carne y hueso.

El primero que llama la atención es el de su tendencia itinerante; desde los poemas de su primer libro, Versos y oraciones de caminante, subraya nuestro autor el distanciamiento de lo nacional: no le interesan las patrias, chicas o grandes. Se subraya en León Felipe el hecho de haber viajado a lo largo de su vida por tierras aún exóticas para sus contemporáneos: Guinea en

África y después América, de Norte a Sur, por casi la totalidad de sus países; se forja así el mito de un poeta desprendido y sin raíces, más próximo al viento que a la tierra.

Se ha configurado y repetido también la imagen de León Felipe como un poeta humilde, desinteresado por los mecanismo eruditos de la poesía. Este aspecto compone otro de los rasgos tópicamente destacados de su figura literaria y, ciertamente, uno de los más queridos por él mismo. Dejó dicho que nunca fue buen estudiante, ni siquiera en su infancia, y que llegó a la universidad por un acuerdo tácito con su padre según el cual el diploma se conseguiría a cambio de largos períodos de bohemia y pereza; en sus versos, además, añade que es dormilón y dejado. León Felipe se esfuerza por parecer un hombre cargado de faltas y pecados, hasta de crímenes, que busca constantemente el perdón. Esta imagen choca, sin embargo, con la que se obtiene de un repaso incondicional de su biografía y de la ofrecida por algunos de sus amigos, la del hombre educado y trabajador que se ganó la vida con la enseñanza, la traducción y el periodismo. Tampoco resulta difícil ver al ciudadano comprometido que lucha por la justicia más allá de sus intereses inmediatos.

El último de los tópicos que articula el retrato que el poeta nos ha cedido de su persona parece complementar precisamente esa imagen de humildad, al presentarse como un hombre sincero hasta la temeridad. Ésta es la faceta destacada cuando asume la voz de España durante su Guerra Civil y clama contra las divisiones partidistas con la autoridad de un profeta; ésta es la vertiente quijotesca que le distinguió en la primera década del exilio. Por ella aceptó y proclamó que la defensa del ideal no se haya exenta de peligro y que no hay victoria sin entrega y dolor. El poema mismo es un riesgo, una palabra dicha en el círculo de la muerte; esta situación hace del poema, quizá, la única palabra sincera.

2. INFANCIA Y JUVENTUD (1884-1919)

Gerardo Diego recuerda a León Felipe, en el primer acto público del poeta, como «un hombre más bien maduro que joven» y añade a su descripción el dato plástico de su «extensa calva». En efecto, cuando presentó su primer libro de poemas nuestro autor tenía treinta y cinco años, de ahí posiblemente que sus versos, tan maduros como él, encontraran aceptación inmediata en los foros literarios de Madrid. Hasta entonces su vida había trascurrido por cauces no del todo tradicionales, lo que hace de ella, más allá de una explicación de su obra, un episodio en sí mismo fascinante.

El 11 de abril de 1884 nació en Tábara (Zamora) Felipe Camino García, quien, con los años, vendría a ser conocido con el seudónimo de León Felipe, tal vez por haber nacido el día que el calendario católico consagra a San León Magno. Siendo la profesión del padre la de notario, pronto se traslada la familia al pueblo castellano de Sequeros, lugar al que irán ligados sus primeros recuerdos. En 1893 se encuentra establecido en Salamanca, donde el padre ha abierto una notaría. Este hecho debe estimarse como un índice del entorno acomodado en el que la familia se moverá, en un tiempo y en una ciudad que seguían siendo conservadores y provincianos. Cuando llega la hora de escoger carrera, no habiendo sido un estudiante entusiasta, se inclina por la que requería menos esfuerzos que, en aquellos días, era la de Farmacia. Además

esta licenciatura suponía la oportunidad de establecerse en Madrid, ciudad donde podría continuar con su vocación teatral, la única que parecía motivarle. Ésa fue, en efecto, una de sus ocupaciones preferentes durante su estancia en la capital, donde descubrió, enterrado entre los dramones que solían representarse, a Shakespeare, por quien quedó para siempre sorprendido. Además de otros encuentros con la cultura clásica, tuvo la oportunidad de frecuentar las salas del Prado y disfrutar de los Velázquez, Goya y Murillo que encontrarán, con el tiempo, reflejo en su poesía. Presionado por la familia termina la carrera y después, con la excusa del Doctorado,

permanece unos años más en la ciudad.

En 1908 esta cómoda situación cambia repentinamente con la muerte de su padre, lo que le obliga a hacerse cargo de su madre y sus dos hermanas. Abre a tal fin una botica en Santander que nunca logró gestionar con acierto. Los negocios no eran campo de su interés, pera además parece que dedicaba más atención a la tertulia que se reunía en la trastienda de su farmacia que a la farmacia misma. En ella, en el casino y en el teatro, siguió codeándose con los que en Santander tenían alguna inclinación por las letras. Las dificultades en el negocio le amargaban la vida de señorito. Cuando en 1912 la situación se agrava sale a escondidas de Santander dejando pendientes el pago de cuantiosas deudas. En Barcelona se enrola en las compañías de teatro itinerantes con las que recorrerá, durante tres años, los pueblos de España y Portugal actuando con papeles secundarios. Al cabo tampoco esta vida le satisface y regresa a Madrid, donde se le pide cuentas por de las deudas de antaño. Conducido hasta Santander, se le juzga y recibe una sentencia de tres años de cárcel, lo que supuso, claro está, un tremendo revés: las puertas de la sociedad santanderina se cerraban de golpe ante el hijo pródigo.

Hasta entonces no había dado León Felipe señal de vocación literaria, pero la experiencia de la cárcel despertó esta inclinación. Estando recluido leyó El Quijote y tras la lectura escribió 14 sonetos con este tema. Aunque los poemas fueran luego destruidos, el motivo permanecerá como uno de los núcleos figurativos de su obra: don Quijote como imagen idealista y caricaturesca de una rebelión insoslayable y de la derrota anunciada. Sin duda alguna, este encuentro inicial con la obra cervantina fue la primera muestra coherente de su orientación.

En 1917 vuelve temporalmente a ejercer su oficio de boticario, esta vez en Valmaseda, hasta que enamorado de la hija de un rico peruano –la primera encarnación de su fascinación por América– viaja tras ella a Barcelona y, luego, de nuevo solo, a Madrid. Recupera entonces la vida bohemia, pero ahora agravada por un sentimiento de crisis existencial. La falta de dinero le lleva hasta el extremo de adoptar vida de vagabundo y de mendigo, tal y como en la vejez recordará en «Escuela» (Texto 24):

He dormido sobre el estiércol de las cuadras,
en los bancos municipales,
he recostado mi cabeza en la soga de los mendigos, y me ha dado limosna Dios se lo pague
una prostituta callejera.

Esta experiencia, junto a la de sus años de actor y la del presidio, puso en contacto a León Felipe con los desposeídos; ellos se convierten desde entonces en sus hermanos, sus iguales, su obra les reivindica y denuncia sus padecimientos. Prostitutas, enfermos y vagabundos surgen como metáfora central del ser humano y del propio poeta.

A las circunstancias mencionadas se añaden dos hechos que recrudecen la situación y conducen de forma indirecta a la redacción de Versos y oraciones de caminante: el primero es la muerte de su madre en 1918, que aumentó su sentido de culpa; el segundo es la primera entrevista con Juan Ramón Jiménez, poeta ya reconocido y celebrado por la crítica. Los poemas que le presenta le son devueltos sin comentario alguno y León Felipe, consciente del sentido adverso del gesto, los destruye. Se halla en el punto más bajo de su trayectoria vital, pero la primera oportunidad de remontar se encontraba ya a la vuelta del camino.

3. VERSOS Y ORACIONES DE CAMINANTE

A finales de la primavera de 1919, León Felipe acepta un trabajo temporal como regente de botica en un pueblo de Guadalajara, Almoacid de Zorita. El empleo y la distancia de Madrid le proporcionaron por unos meses la calma necesaria para escribir –siendo ya ese hombre «más bien maduro que joven» del que hablábamos– su primer libro, Versos y oraciones de caminante.

El poema titulado «¡Qué lástima!» (Texto 2) deja constancia de lo que significó para el poeta este período. El poema constituye un descubrimiento de lo elemental, del paso de los seres humanos por la vida. León Felipe se afirma en esta etapa en la práctica poética, aunque lo hace renunciando a los valores ornamentales de la literatura, así como a los ecos de la poesía decimonónica que todavía cantaba tópicos heroicos y nacionalistas. Por el contrario, él se concentra en los aspectos más humildes de la existencia, proyectando sobre ellos una visión que los dignifica y revela su intemporalidad. Esto debió resultar llamativo en un panorama poético entonces dividido entre los que defendían los valores más tradicionales y quienes, recién despertados por la visita de Vicente Huidobro, querían una renovación absoluta. Sin embargo, tanto el bando de los académicos como el de los ultraístas recibieron bien el primer libro que apareció firmado con el nombre que su autor usará desde entonces a todos los efectos, el de León Felipe.

Versos y oraciones de caminante encierra un fuerte sentido de individualidad que, más allá de consideraciones temáticas y teóricas, se manifiesta en su estilo. El hecho de que los poemas aparezcan compuestos en versos cortos de apariencia irregular y que se opte insistentemente por la rima asonante hace pensar en una obra surgida de la espontaneidad. El poeta reitera esta idea en los poemas introductorios, «Prologuillos», al afirmar su desinterés por la forma y su ignorancia de los metros (Texto 1). Nada, sin embargo, más alejado de la verdad. La aparente irregularidad métrica revela una personal elaboración de las estructuras poéticas tradicionales basadas en los esquemas del heptasílabo, octosílabo y eneasílabo. Con ellos se componen estrofas y poemas sólidamente estructurados, cuya unidad rítmica encuentra respuesta en la compleja red de reiteraciones y paralelismos sintácticos y semánticos que los recorren. El mero hecho de que el libro aparezca precedido por esa serie de trece poemas en los que se reflexiona sobre la propia creación, debería alertarnos de su reposada intención artística.

La eliminación teórica de los valores formales debe entenderse, más bien, como una forma de subrayar aquellos otros de alcance trascendental. León Felipe hace de la poesía un vehículo de comprensión y de diálogo –un modo de oración personal – con las fuerzas creadoras y espirituales que se desdoblan en el propio poeta, a veces de forma mundana y otras religiosa.

Semejante actitud se desarrollará, con distintos matices, en sus siguientes obras. Así, se mezcla un deseo de individualidad con la convicción de que la tarea poética se haya vinculada con lo divino. Su originalidad, el misterio de su mensaje, su origen y su destino, son para León Felipe parte de un ansia de elevación cargada de agonía y duda. Los poemas del primer libro revelan, a través del tema del camino, el deseo de alcanzar algo que está más allá de la historia y que sólo se ofrece como un deseo doloroso y solitario, encerrado en el círculo de lo circunstancial, para el que el poeta no encuentra salida y que resulta en ocasiones desesperante, como en el poema «¡Oh, estas jornadas siniestras…!» (Texto 3).

Esta doble tendencia de su escritura queda apuntada en el mismo título del libro: versos yoraciones; canciones y plegarias del romero que, en su recorrido religioso, va reconociendo su propia humanidad. También esos tintes sombríos, que se entrelazan con la esperanza general del libro, identifican una dualidad que en las obras posteriores se inclinará, según la situación del poeta, unas veces hacia el extremo más pesimista y otros hacia su opuesto. No es exagerado decir, en este sentido, que buena parte de los rasgos temáticos y estilísticos de la obra posterior de León Felipe se hayan ya esbozados en esta obra inaugural, y que, pese a los cambios circunstanciales, la lectura atenta de Versos y oraciones de caminante puede servir como guía para el resto de su creación.

4. DE GUINEA A NUEVA YORK

No parece que el éxito relativo que cosechó su primer libro fuese para León Felipe respuesta suficiente a sus inquietudes personales, ya que persistió en solicitar una plaza como administrador de hospitales en Guinea, aunque el puesto no suponía ninguna solución definitiva, ni conllevaba prestigio alguno; como el mismo poeta tendría la oportunidad de comprobar, el puesto solía ser utilizado temporalmente para el enriquecimiento ilícito de funcionarios sin escrúpulos. No era pues el mejor sitio para un poeta. Así, entre 1920 y 1923 fue testigo de la brutalidad y la falta de gobierno de la colonia española. La estancia en África supuso un nuevo encontronazo con la institucionalización de la injusticia. Si no fue útil en otros terrenos, la experiencia le hizo sensible ante una situación que volvería a encontrar en América y sirvió de antecedente a la denuncia social emprendida durante la Guerra Civil.

Vuelve a España de vacaciones. En Madrid descubre que su nombre sigue sonando en los círculos literarios y en ellos tiene la oportunidad de conocer al poeta Alfonso Reyes, el primer intelectual americano de la larga lista con los que, a lo largo de su vida, colaborará. Una carta de recomendación del poeta mexicano debió ratificarle en la decisión de dirigir sus pasos hacia México, país en el que pretendía hacer escala en un viaje a Estados Unidos, proyectado súbitamente. Invierte sus últimos ahorros en un pasaje de tercera, justo en la fecha en que debía regresar a su puesto en Guinea, y se mezcla en las bodegas con quienes perseguían el sueño americano. México le acogió admirablemente y supone para el poeta una importantísima afirmación vital. Allí inicia su labor como profesor y allí conoce a Berta Gamboa, mexicana que enseñaba español en la ciudad a la que León Felipe se dirigía: Nueva York. Con documentos falsificados se establece junto a Berta en la ciudad en 1923; contraen matrimonio, comienza sus

clases de literatura española en Columbia University y un año después alterna esta actividad con la enseñanza de español en Cornell University.

Con dificultad podría exagerarse la importancia que para la vida y la obra de León Felipe tienen América y, en lo que respecta al período al que nos referimos, Estados Unidos. Este país se produce el asentamiento de su experiencia poética y también la apertura a perspectivas intelectuales insospechadas. El impulso del crítico y profesor Federico de Onís le hace repasar metódicamente los clásicos en español, en los que descubre nuevos autores, como el Arcipreste de Hita. Por otro lado, se amplían y renuevan sus apoyos filosóficos con las teorías nietzscheanas del superhombre, cuyo Zaratustra parece reavivar ese deseo de perfeccionar lo humano, manifiesto en su escritura a partir de entonces. La lectura de Walt Whitman se produce también durante esta etapa neoyorquina; el poeta americano casaba con Nietzsche en el tono profético y vitalista, pero se amoldaba mejor a León Felipe en su ideal igualitario y humanístico.

Una década después de la I Guerra Mundial, América parecía ignorar el ambiente prebélico europeo; la confianza en los valores materiales y tecnológicos permaneció inalterada, al menos, hasta la crisis económica del 1929. Precisamente en ese año se encuentran en los Estados Unidos León Felipe y Federico García Lorca; en Poeta en Nueva York de Lorca queda la memoria de un Walt Whitman compartido y de una preocupación paralela ante la exaltación ciega de la economía. No obstante, será León Felipe el primero en dar cuenta de esta perspectiva en el volumen que en ese mismo año aparece publicado con el título de Versos y oraciones de caminante. Libro II, donde se recogen precisamente los poemas escritos en el período del que acabamos de hablar.

4.1. NUEVOS VERSOS Y ORACIONES DE CAMINANTE

El título Versos y oraciones de caminante. Libro II alude a una labor continuadora respecto al primer libro. Al menos desde el punto de vista formal nos hallamos ante fórmulas ya empleadas en los poemas de 1920, como la misma tendencia a los versos cortos y las rimas asonantes, que interpretan de forma personal los metros tradicionales. Se encontramos también ante idéntica inclinación al uso de paralelismos y repeticiones y una búsqueda similar de la sobriedad poética. Se nota, sin embargo, una relajación mayor de la estructura, y una predisposición a organizar el texto sobre valores semánticos que disminuye la monotonía estructural, en muchas ocasiones cíclica, de los poemas del primer libro. Siguen cultivándose, no obstante, poemas de marcado carácter aforístico, como los titulados «Voy con las riendas tensas…» o «Sistema, poeta, sistema…» (Textos 4 y 6). También temáticamente el Libro II es más abierto: a la casi exclusividad del tema del caminante del Libro I, sucede ahora una gama más amplia de motivos, entre la que se incluyen reflexiones surgidas a partir de obras artísticas y literarias, como ocurre en el «Pie para El niño de Vallecas de Velázquez» (Texto 7). Las perspectivas ideológicas y poéticas se han ensanchado y de ello da cuenta la variedad de citas que introducen los poemas, no sólo las de clásicos españoles como el Arcipreste de Hita o Fray Luis, sino también otras en inglés, como las de Whitman, que testimonian el contacto con la tradición literaria anglosajona.

Sin embargo, como la crítica ha repetido unánimemente, el aspecto más novedoso del

Libro II es la aparición en los poemas de una clara conciencia de comunidad. Véase, por ejemplo, el ya mencionado «voy con las riendas tensas…» o el titulado «Poeta» (Textos 4 y 5): la imagen del caminante solitario que busca su destino rehuyendo a los demás se ha transformado en la del conductor que refrena su paso para viajar acompañado. El “yo” se identifica con el “nosotros”, y éste con un “todos” que representa la humanidad en busca de la culminación de su camino. El poeta sigue ejerciendo el papel de quien transforma el dolor en canto, pero no ya a título personal; este remontarse sobre el dolor no puede realizarse sin el concurso de los otros, de todos los otros. Antes era Dios quien con su hierro incandescente hacía hablar al poeta (Texto 1), ahora dicha facultad proviene del sufrimiento producido por sus iguales: las plumas de sus alas han sido hincadas por las manos más humildes.

Este sentirse acompañado aclara el camino y el método. León Felipe ya no pierde de vista su meta ni titubea sobre el modo de alcanzarla (Texto 6); de manera que la duda y la verdad individual del primer libro se convierten en doctrina en el segundo. El mensaje difundido por el poeta fundamenta las aspiraciones de superación del ser humano. León Felipe da en «Pie para El niño de Vallecas de Velázquez» (texto 7) con el lema que habrá de presidir el concepto de la historia implícito en su poesía: «Bacía, Yelmo, Halo. Éste es el orden, Sancho». Esta frase, puesta por nuestro autor en boca de Don Quijote, transmite una visión de mundo completa: la fe en la evolución humana a través de un proceso que se extiende desde lo cotidiano y material (bacía), a través del ideal y el esfuerzo heroico (yelmo), hacia un “superhombre” donde se conjugan las cualidades humanas y las tradicionalmente atribuidas a Dios (halo). Solo con el trabajo común puede el ser humano romper ese círculo interminable de la historia y alcanzar ese otro estadio de superación liberadora. Este plan no es, como pudiera parecer a primera vista, una apuesta ingenua y acrítica: el camino es largo y difícil, tal vez imposible, pero cabe el optimismo más allá de la desesperanza que fatigaba al individuo solitario del libro primero; las cosas pueden ser cambiadas, aunque ello requiere una postura unánime, un compromiso universal. Tampoco afirma León Felipe un asalto a la divinidad al modo del “Dios ha muerto” de Nietzsche, sino que entiende la tarea poética como una conversación de la humanidad con Dios, y el proceso histórico como un paulatino intercambio de planes que finalmente confluyen. El hombre y Dios trabajan mano a mano y están llamados a compartir su destino.

4.2. DROP A STAR Y LA “FÓRMULA DE PROMETEO”

En 1930 León Felipe regresa a México para impartir un curso sobre El Quijote. Si la experiencia neoyorquina le defraudó como modelo social, fortaleció al menos su postura poética y, a partir de este momento, su actividad literaria aumenta en regularidad respecto a sus primeros años.

En 1931 una corta estancia en España le permitió constatar el ambiente de euforia que la recién proclamada II República había desatado en el país. Por una parte, debió sentir que los ideales de comunión social de su poesía estaban aplicándose a la historia de España; pero por otra, sin duda, también pudo entrever las dificultades para la continuación del proyecto republicano en un panorama con graves divergencias políticas y sociales.

Desde 1931 a 1934 se dedica en México a traducir del inglés y desempeña el cargo de

subdirector de la Radio de la Secretaría de Educación y Cultura. En estos años se gesta un cambio de rumbo decisivo del que Drop a star es la primera consecuencia. Drop a star es un extenso «poema en tres cantos, un prólogo y un epílogo» del que existen varias versiones, la primera de las cuales se redactó en 1933. Se han señalado diversas influencias en la configuración de esta obra: desde la poesía del poeta norteamericano T. S. Elliot hasta el influjo del surrealismo, pasando por Altazor de Vicente Huidobro. Con todos ellos el texto comparte rasgos estilísticos y núcleos ideológicos, pero sin duda el resultado es un poema característico de su autor. León Felipe se había resistido hasta este momento a los usos de las vanguardias que, no obstante, aquí se manifiestan de forma inequívoca tanto en la fluidez del texto como en la encadenación libre de imágenes oníricas. Mediante ellas se articula una denuncia del presente y una previsión del desarrollo de la humanidad, un vaticinio de la transformaciones por las que ésta debe pasar en una metafórica ascensión hacia los cielos según las etapas del esquema bacía-yelmo-halo (Texto 9).

En cuanto al tema, León Felipe profundiza en el proceso iniciado en el Libro II de Versos y oraciones de caminanteDrop a Star entronca con algunos de sus poemas («Pie para El niño de Vallecas de Velázquez», por ejemplo) en el talante crispado que comienza a sobresalir y que, en el trascurso de la Guerra Civil española llegará a dominar en el poema. El poeta sube el tono de su voz, grita para difundir una verdad que le inviste con el derecho a hacerse oír. Se acentúa su papel de guía de la comunidad o, como la crítica ha dicho a veces, asume el papel de “profeta”. León Felipe se iguala a los personajes del Antiguo Testamento; como Daniel o Elías, siente que no habla para sí, ni desde sí mismo, sino que otro ser (Dios) se pone en contacto con los hombres sin contar siquiera con su voluntad; el poeta es sólo un mensajero. En tanto profeta siente el deber de mediar ante los hombres y convencerlos de una doctrina “revelada”, que incluye la promesa de su liberación, o sea, la posibilidad de ser como Dios. De ahí que el poema sea ahora un aviso a sus semejantes para que echen a andar y dejen a sus espaldas su conducta insolidaria. La mejora necesita de la intervención de todos y cada uno de los individuos, ellos son quienes pueden echar a andar esta maquinaria de salvación al dejar caer una estrella de esperanza (Texto 8).

De ahí el título Drop a Star, que resulta de un juego de palabras en inglés tomado del eslogan de las máquinas tragaperras: Drop a coin (‘Inserte monedas’). En este caso se ha sustituido la moneda, símbolo de las transacciones comerciales, por la estrella (Star), que significa la porción de esperanza invertida en el destino celeste de la humanidad.

También los recursos formales reflejan la profundización de un método sólo esbozado en el libro anterior: el uso más libre del verso y la tendencia a metros de mayor amplitud (aunque permanezca como referente métrico el heptasílabo). De igual manera, las reiteraciones, los paralelismos y las antítesis; la aproximación a los parámetros de la comunicación oral; exclamaciones, interrogaciones y todo tipo de llamadas de atención al lector se multiplican en coherencia con el trasfondo significativo del poema.

En 1934 León Felipe regresa a España donde permanece hasta principios de 1936. Su estancia coincide con la aparición de tres antologías: una de su obra poética publicada por la Editorial Austral, las otras colectivas elaboradas por Federico de Onís y Gerardo Diego respectivamente. En esta última (Poesía española contemporánea) aparece una poética en la que León Felipe ordena sus convicciones acerca de la poesía y que será después reproducida enGanarás la luz con el título de «Fórmula de Prometeo» (Texto 10). Esta breve reflexión ratifica

la índole del cambio que se produjo en su poesía: por un lado señala la importancia de la escritura en la evolución de la humanidad en tanto que ilumina el camino a seguir; por otro, pone en contacto al hombre con los planos superiores. La importancia de la poesía no radica en sus valores formales, sino en el hecho de aunar la esperanza de ser vistos por Dios con la de verle. El concepto de lo literario se ha ensanchado de tal forma que en él cabe desde las escrituras bíblicas hasta «el último slang de las alcantarillas»; cualquier tipo de jerga vale, por muy degradada que pueda parecer, porque lo importante es la contribución sincera al esfuerzo común. Prometeo roba el fuego para ayudar a los humanos y es castigado por los dioses: este es el modelo poético de entrega en nombre de lo colectivo.

5. LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1939)

En 1936 León Felipe vuelve a América e instalado en Panamá, donde ejercía como profesor universitario y agregado cultural de la embajada española, le sorprende el alzamiento militar que hizo estallar la Guerra Civil Española. Pese al ambiente favorable al bando nacionalista que reinaba entre los españoles residentes en Panamá y en buena parte de los mismos panameños, se pone de forma incondicional al servicio de la República. Inmediatamente se le impide publicar en los periódicos nacionales y a finales de agosto, justo antes de abandonar el país, se le prohíbe también retransmitir por radio el mensaje que con el título de «Good bye, Panamá!» había redactado (Texto 11). Este texto, pese a su evidente carácter circunstancial, establece algunas de las líneas temáticas mantenidas sobre el significado y las repercusiones de la contienda. Pero, cuando se comparan su opiniones anteriores y posteriores al inicio de la guerra, no se descubre un cambio notable de ideas, sino una aplicación de las viejas lecciones a las nuevas circunstancias; la llamada a la transformación de la humanidad que ya desde Versos y oraciones de caminante se encuentra presente, encuentra unos valores históricos definidos y se reformula en función de ellos. De esta manera, «Good bye, Panama!» afirma que los españoles republicanos están librando una lucha contra las fuerzas antiguas que atenazan a la humanidad, las que evitan su transformación, cuyo ejemplo más evidente lo encarna el egoísmo mercantilista. Los españoles que se enriquecen sin escrúpulos en América se oponen a quienes se juegan la vida en nombre del porvenir peleando en España. En estas circunstancias la función del poeta se define con mayor precisión al vincularse a dos aspectos trascendentales: su capacidad de ver lo que se les oculta a los demás y su facultad de encarnar la voz del pueblo y el destino. La fe en la naturaleza de su mensaje inviste a León Felipe de un tono reivindicativo cada vez más intenso; del enfrentamiento entre la confianza en el futuro y el pesimismo derivado del presente surge el desgarro y la necesidad de hacerse oír por todos, de manera que el tono de voz sigue subiendo.

Con este núcleo de ideas poéticas llega León Felipe a Madrid en noviembre de 1936. Se establece en la Casa de la Alianza de los Intelectuales donde se encontraban refugiados otros escritores como Rafael Alberti, Emilio Prados o María Teresa León. El drama de la Guerra Civil le causa una profunda impresión y, como buena parte de los poetas españoles, a él dedica su producción literaria de estos años. Muchos poetas contribuyeron a la creación de un romancero de la guerra, o sea, un cuerpo destinado a cantar las valores del bando republicano y las vicisitudes bélicas; León Felipe, escribió poco durante el conflicto, tendió más bien a evaluar y construir un cuerpo de ideas que ahondan en el sentido histórico y metafísico de la lucha. Se centró en aquellas cuestiones que ponían en peligro la integridad de la tarea moral que descubría el esfuerzo

republicano. En este sentido, uno de los motivos que levantó más preocupaciones en él fue la falta de cohesión de dicho bando, derivada de la difícil convergencia entre los diversos partidos representados. «La insignia», una extensa alocución poética leída en Barcelona en Marzo de 1937, constituye un llamamiento a la superación de todas esas divergencias en nombre de una esperanza común. Representa, nuevamente, una denuncia de los valores pragmáticos de quienes no quisieron contemplar ni defender la meta colectiva de la República Española. En el poema se articula una crítica descarnada a Inglaterra, que en el plano internacional, fue la principal promotora del “Comité de No Intervención”, organismo internacional que impuso la neutralidad de las democracias occidentales en el conflicto bélico español, pese al apoyo decisivo que el fascismo alemán e italiano prestó al franquismo. «La insignia» es, sin duda, un poema exaltado, y hasta panfletario, que, no obstante, profundiza con lucidez en alguno de los motivos centrales de la obra de nuestro autor. Se consolida en él el aliento profético y la identificación de la voz del poeta con la de una comunidad, al mismo tiempo histórica e ideal, que en esta ocasión es la voz de la propia España.

La evolución de la contienda determinó el traslado de León Felipe a Valencia y entre esta ciudad y la de Barcelona pasa 1937 y parte de 1938. Las esperanzas republicanas iban menguando a medida que el franquismo ganaba terreno. Esta situación parece reflejarse en el último de los poemas compuesto y publicado por León Felipe en España, el que lleva por título «Oferta» (Texto 12), luego recogido junto a los primeros del exilio. España se dirige en primera persona a los mercaderes, no con el transfondo desafiante y prometedor de «Good bye, Panamá!» o «La insignia», sino dando por consumada su aniquilación material y la derrota inmediata de sus aspiraciones históricas. La Guerra Civil no se menciona, aparece representada en la metáfora de un mercado en el que el pragmatismo comercial se enfrenta de nuevo al idealismo y a la entrega desinteresada.

Dos temas de gran importancia en el desarrollo de su obra del exilio aparecen ahora: el de la lucha por la luz y el de la asociación de España con la figura de Cristo. León Felipe había venido desarrollando el primero de estos temas al menos desde Drop a Star; pero su precedente inmediato está en el tema de Prometeo, héroe que, como España, acepta el padecimiento a cambio de la luz. El resultado de su idealismo quijotesco es catastrófico, pero representa una victoria moral, que aproxima al hombre hacia lo divino. España, como Prometeo, es la contrafigura del mercader, interesado sólo en lo material e inmediato; España, como Prometeo, establece una inversión heroica de las reglas del comercio, pues gana para todos una cualidad inmaterial (la luz) adquirida al precio de su propio ser.

El segundo de los temas, la identificación de España con Cristo, prolonga el anterior, dramatizándolo y dándole un sentido sagrado. España, como Cristo, es la víctima de un sacrificio redentor que abre las puertas a la transformación de la humanidad; literalmente, la figura de España-Cristo diviniza al pueblo español e implica una esperanza de resurrección, de la que León Felipe se hace portavoz.

6. ESPAÑOLES DEL ÉXODO

Si el apoyo internacional a la causa republicana fue durante la guerra muy limitado, en el

momento del exilio un enorme contingente de españoles (se manejan cifras de hasta doscientas mil personas) encontró la solidaridad de los países hispanoamericanos. Desde Francia se organizó el traslado y pronto en algunas ciudades de Chile, Cuba o México la presencia de los exiliados fue numerosa. También León Felipe cruzó de vuelta el Atlántico a finales de 1938 y pudo comprobar personalmente el desenlace de la tragedia.

En el transcurso de este viaje de regreso escribe El payaso de las bofetadas y el pescador de caña. Esta obra compone, junto a Español del éxodo y del llanto, un momento de transición entre la poesía de combate producida durante la guerra y una nueva fase donde el mito asume un papel de mayor importancia (este último período culminará en el año 43 con la publicación deGanarás la luz). Un procedimiento formal gana terreno en esta etapa de transición, hasta el punto de convertirse casi en un factor distintivo: la mezcla de prosa y verso (Texto 13). Confirma este aspecto la búsqueda continua en la obra de León Felipe de un molde personal en el que verter sus ideas, distinto de las formas poéticas comúnmente aceptadas. Ya en «La insignia» el versículo se había desbordado dejando lugar a párrafos de verdadera prosa; por otro lado, escritos como «Good bye, Panamá!» atestiguan la capacidad para crear una prosa de talante poético, donde las ideas se hayan fuertemente estructuradas mediante reiteraciones, anáforas, paralelismos y antítesis. A partir de ahora al ritmo del cómputo silábico propio de la poesía se le añade una prosa prosódicamente elaborada y un particular ritmo de ideas que va enlazando los distintos poemas en un conjunto complejamente coherente. Los recursos que daban a los poemas ese característico tono hablado —entre la confesión y la arenga— tales como las exclamaciones, los puntos suspensivos o las preguntas retóricas, siguen aprovechándose y se llega a alcanzar un equilibrio entre lo coloquial y lo lírico.

Tal mezcla es, además, totalmente adecuada a la síntesis que León Felipe pretende llevar a cabo a partir de El payaso de las bofetadas. Aquí los elementos temáticos siguen ampliándose en distintas direcciones: perdura la denuncia y la reflexión sobre las causas directas del enfrentamiento español, a las que ahora se añade la denuncia de la alianza entre la iglesia católica y el ejército franquista; se acentúa la necesidad de dar sentido a la guerra y explicar la subsiguiente derrota; surgen elementos de esperanza vinculados a América; y junto a todos estos, el tema mitológico se enriquece y diversifica. El tono general de El payaso de las bofetadasmezcla el desgarro de los poemas de la guerra con una aguda desesperación, que induce por primera vez a León Felipe al uso del cinismo: los héroes toman ahora el papel de bufones, son payasos que caen defendiendo sus ideales y se levantan una y otra vez ante la risa general. Toda moral parece haber perdido su sentido en los textos de 1938 y 1939. El mundo ha enloquecido y León Felipe sólo encuentra un punto de salvación y de esperanza, la locura, porque ante el encarnizamiento de la II Guerra Mundial parecía una locura seguir defendiendo la justicia y la fe en la humanidad.

En 1939 ofrece, nuevamente instalado en México, la primera lectura de los poemas deEspañol del éxodo y del llanto. En este nuevo libro la guerra se observa desde una perspectiva doble: por un lado siguen presentes los aspectos más dolorosos de la contienda, pero por otro se extrae una lección útil con la que afirmar el destino del hombre y los poderes de la poesía. La guerra ha determinado la muerte de España a manos precisamente de todos aquellos que vivían a sus expensas, de tal modo que su muerte, de la que el mismo poeta se siente responsable, pone en peligro incluso a los asesinos. España es un vacío, la negación de los sueños que su figura

encarnaba y particularmente de la unidad; ya que, frente a la imagen ideal de la patria como lugar de todos, el símbolo que representa a España es el del hacha que corta lo unido y deja a su paso una estela de dispersión y de polvo. Pese a todo, León Felipe es capaz de articular una esperanza final: si la patria ha sido destruida, queda una comunidad más general y más básica, la del ser humano, un ser humano libre de las ataduras de la tierra y de la tradición (Texto 14). Antes de la Guerra Civil, León Felipe sentía la necesidad de una transformación progresiva del ser humano, ahora la destrucción de todos los valores hace el cambio irremediable. Se anuncia un hombre universal en continua mutación que debe hundir sus raíces en la luz, no en la tierra. Ya no es el esfuerzo, ni siquiera la entrega de la propia vida, que simbolizaba la sangre vertida, lo que hace a la historia avanzar; es el dolor y el llanto continuos e involuntarios los que convertirán el polvo de la dispersión en barro de unidad, y al barro mismo en materia prima para un nuevo ser humano.

A partir de 1939 el llanto es la metáfora elegida por León Felipe para hablar de la poesía, pues entiende que tanto la poesía como el llanto son fruto de un sufrimiento que incita a la evolución. La poesía es una aspiración de plenitud en un mundo imperfecto; tanto en ella como en el llanto se haya el poder de articular el futuro y el verdadero canto. Tal afirmación será la base de su reivindicación de la poesía: quienes la excluyen de sus vidas están llamados al estancamiento o al retroceso. Frente a la victoria material del bando nacionalista, para León Felipe éste es el poder de los exiliados; ya que conservan algo que ni la iglesia ni el ejército pueden cultivar: la palabra (Texto 13). El franquismo ha condenado a España, pero sus esfuerzos, vacíos del espíritu de transformación y de unidad que sólo los poetas poseen, están abocados al fracaso.

6.1. ESPAÑA PEREGRINA CUADERNOS AMERICANOS

Los primeros años de exilio fueron difíciles pero muy productivos. Especialmente en México, donde la comunidad española no dejó pasar la oportunidad de continuar, en la medida de lo posible, la tradición cultural republicana. Intelectuales de campos que no habían entrado en contacto hasta su llegada a América colaboran y traducen a las distintas disciplinas el esfuerzo común de mantener la esperanza y la denuncia del franquismo. En 1940 y 1941 se editó la revistaEspaña Peregrina, en la que colaboraron entre otros Eugenio Ímaz, José Bergamín y Juan Larrea. España Peregrina fue el órgano portavoz de la Junta de Cultura Española, organismo que agrupó inicialmente a los intelectuales exiliados y favoreció la continuación de la brillante trayectoria que la cultura republicana. En sus páginas aparecieron por primera vez y de forma póstuma algunos de los poemas de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca o de España, aparta de mi este cáliz de César Vallejo; se tradujeron textos alusivos a España escritos por reconocidos autores internacionales, se denunció el papel de la Iglesia Católica en el conflicto y se postularon esperanzadas teorías sobre el futuro.

Particularmente interesante fue el entendimiento que se produjo en este contexto entre León Felipe y Juan Larrea. Ambos fueron los principales promotores de una indagación en las causas y resultados de la Guerra Civil española desde una perspectiva mítica o, como ellos prefirieron llamarla, poética. Efectivamente, Larrea venía trabajando desde principios de los años 30 en una compleja teoría de talante vanguardista que ligaba los acontecimientos históricos con las proyecciones míticas de las diversas culturas; tal y como hemos visto venía sucediendo con la

imbricación de las figuras de Don Quijote o Cristo y el destino de España en los escritos de León Felipe. Esperaba Larrea, como su amigo, una inminente reestructuración de la cultura occidental y con ella una renovación del propio ser humano. Tras la derrota, ambos coincidieron en estas convicciones y compartieron el interés por los textos bíblicos, en cuyas metáforas encontraron sentido y esperanza para su exilio. Cuando las diferencias ideológicas fueron fragmentando la Junta de Cultura Española y la escasez de dinero hizo inviable la publicación de España Peregrina, León Felipe y Juan Larrea continuaron juntos, promoviendo una ambiciosa colaboración entre intelectuales españoles y mexicanos de donde surgió en 1940 la revistaCuadernos Americanos. La cita de Rubén Darío que habría el primer número («América es el porvenir del mundo») dejaba bien a las claras la fe que el Nuevo Mundo les inspiraba. La revista difundió esta confianza a través de Hispanoamérica y sirvió, de nuevo, como vanguardia del pensamiento y de la creación en todos los campos, desde la arqueología precolombina a la filosofía, en una tarea que sigue hoy vigente. Cuadernos Americanos publicó en paralelo a los números de la revista una colección de libros en los que, significativamente, León Felipe y Juan Larrea estuvieron entre los primeros editados. Allí aparecieron sus respectivas obras cumbre de este periodo: Ganarás la Luz Rendición de espíritu, respectivamente.

6.2. GANARÁS LA LUZ

Entre Español del éxodo y del llanto (1939) y Ganarás la luz (1943) transcurren cuatro años decisivos, no sólo para la vida del poeta y de los exiliados españoles, sino para gran parte de la humanidad. Pese a la tranquilidad que pudiera vivirse en los países de América, la II Guerra Mundial proyectaba una sombra de amenaza y de duda sobre los logros de Occidente, que parecían haber encaminado al ser humano a una tragedia sin paralelo en la historia. La lucha contra el nazismo era vista como una representación del eterno tema del bien contra el mal y, como en los mitos, el temor a la derrota se veía compensado por la enorme esperanza de un éxito definitivo sobre el elemento maligno. Se soñaba con la renovación de la vida a escala planetaria y, para muchos, esa revolución tomaba el nombre de comunismo.

Éstos son los años en los que León Felipe va elaborando el material para la que podría ser considerada su obra cimera, Ganarás la luz. El complejo panorama histórico que circunda este poema se manifiesta ya en el prólogo a la traducción hecha por León Felipe de Canto a mí mismode Walt Whitman. Esta traducción es una clara apuesta poética por la libertad, la igualdad y la confianza en el amor, entendido éste en un sentido amplísimo, casi cósmico; es también la afirmación de los poderes de la poesía frente a los de una razón materialista y a la asfixiante ubicuidad de la política. Walt Whitman se convierte en el ideal del hombre americano, forjado por sí mismo y volcado hacia el futuro. León Felipe ofrece esta traducción en 1941 como señal de esperanza en la humanidad, precisamente cuando la guerra generalizada y el exterminio sistematizado ponían en cuestión todos los valores a los que el ser humano había aspirado. Dos años después y con el mismo espíritu ofrece Ganarás la luz. Pero más allá del sentido que pueda tener en relación con el contexto histórico, esta obra significa la culminación de un proceso poético de gran coherencia.

Uno de los rasgos que sobresale en Ganarás la luz es el carácter de compilación que la obra adquiere. Por un lado, el libro recoge en forma fragmentaria una considerable cantidad de

poemas tomados de sus libros anteriores; este hecho le dota de un tono antológico e incluso de cierto aire de obras completas: algunos de los poemas aparecen en un nuevo contexto o con nuevos títulos que aportan un enfoque diferente al original, otros se reproducen con tantas añadiduras y correcciones que su apariencia es completamente original. Por otro lado, la obra no es sólo una compilación de los textos de nuestro autor, sino que también aparecen recogidas, citadas o aludidas numerosas obras ajenas que se integran con la misma propiedad que sus poemas (Texto 16). Las tradiciones literarias más apreciadas por León Felipe son asumidas como parte de su propia escritura e incluidas de forma indiferenciada, como si fuesen fruto de un autor común e intemporal que se manifestase a través de los distintos autores particulares: La Biblia(sobre todo los libros de Job y Jonás), Walt Whitman, Sófocles o Calderón de la Barca confunden sus palabras con las de León Felipe. El texto funciona así de manera polifónica, a la vez múltiple y unitaria, creando un complejo entramado de voces, más rico en matices y detalles que el resto de sus obras, pero también estructurado de forma más nítida. Se aplica al poemario el mismo procedimiento de reiteraciones y paralelismos que ya hemos comentado respecto a sus obras anteriores, de forma que los temas centrales aparecen enmarcados en distintos contextos, haciendo de esta reiteración un elemento cohesivo fundamental en el libro.

Retomando y poniendo en práctica la teoría prometeica, Ganarás la luz despliega una intención doble, como el fuego que ilumina y da calor al mismo tiempo. No sólo se propone conmover, sino que este propósito se combina y alterna con la reflexión. De tal manera que la poesía se convierte en un elemento mixto que empapa la historia, la filosofía, la política y la religión, conservando, pese a todo, sus particularidades. La poesía se define por ocupar un campo impreciso y ambiguo donde las realidades y los sueños, la historia y el mito, la sensatez y la locura están entrelazados sin fronteras predecibles (Texto 17).

La poesía, según nuestro autor, constituye un espacio donde todo es posible, una patria utópica que se enfrenta a la historia en los momentos más dolorosos: la guerra y el exilio. La confusión que caracteriza a lo poético es también el requisito para alcanzar la unidad en cualquier nivel, comenzando por la que puede establecerse entre el poeta y su obra. E incluso más allá; la poesía logra unir al poeta con el resto de los hombres, no sólo con los de su misma creencia y nación, sino con todos los hombres de todos los tiempos y espacios. Sólo la palabra dicha con esta ambición universal se salva del natural proceso de desaparición, pues ésa es la palabra que vincula al ser humano con las últimas verdades, la de su destino y la de su naturaleza (Texto 15). El yo que habla a través de los poemas de Ganarás la luz no es, en efecto, resultado de la experiencia personal, sino una voz que habla por el hombre del pasado y del futuro; en ella se reconocen sus remotos orígenes, y lo que es más importante, por ella se sabe cuál es su porvenir. De ahí que el personaje que aparece tras los poemas sea un personaje cambiante que tan pronto es Job como Edipo, y que, finalmente, todos ellos resulten ser ecos de una voz única, la de ese “Viento” que habla por sus bocas.

La tarea a la que se enfrenta León Felipe es una tarea múltiple, pero el punto decisivo se encuentra en la comprensión de ese impulso que guía los pasos del ser humano. Predecirlo o crearlo —ambas acciones son simultáneas— es una tarea que no le corresponde al poeta como individuo, pues sólo puede ser emprendida por la colectividad. Éste es precisamente el papel del mito y el de la profecía, articular una voz común, la humana, la voz del Viento:

Pero hay mitos. Hay mitos sin comienzo ni fin. En la carne del hombre se sembraron los mitos y en esa misma carne han de florecer. Porque nada

se ha cumplido todavía. Y lo que se cumpla, será por la voluntad del Viento y por el ofrecimiento sumiso y doloroso de la carne del hombre. Dios pondrá la luz y nosotros las lágrimas. (“Prometeo”. I).

Así, la pregunta «¿Quién soy yo?», que aparece reiterada a lo largo del libro, se convierte en una cuestión de mayor calado, es la cuestión de la identidad del propio ser humano y ésta, a su vez, la pregunta sobre su destino. Sólo la palabra más abierta y general, la poesía más ambiciosa, puede dar respuesta a estas preguntas, y León Felipe encuentra identificada con el mito.

El mito es un mensaje anónimo, casi impersonal, que pervive en las generaciones porque habla de lo esencial con las palabras esenciales. Es a la humanidad lo mismo que los sueños son a los individuos, imágenes en que su personalidad se pone de manifiesto. El mito, como la profecía, no expresa la voluntad de nadie, concreta un mensaje válido para cada circunstancia, que existía antes del individuo y que seguirá siendo después de él; más aún, el mito, al igual que la profecía, articula el porvenir al dar un sentido y una finalidad al presente:

Los sueños, los mitos y los pasos del hombre sobre la Tierra se llaman y se buscan en la sangre y en el cielo hasta encontrarse en una correspondencia poética, como el tintineo luminoso y musical de los versos antiguos que se besaron y fundieron para siempre en los poemas ilustres. (“Prometeo”. II).

Contra cualquier poesía de salón, León Felipe entiende que la única forma válida para hacer actual el mensaje intemporal del mito es la propia vida. La poesía así entendida es el origen de la religión y, finalmente, la única actividad adecuada a las aspiraciones de lo sagrado. Pero la religión a la que se refiere no entiende de sacerdotes ni iglesias, sino de la experiencia del ser humano que se comprende vinculado a un Todo. El ser humano se realiza de forma progresiva, como la historia, de ahí que sólo al entender a dónde se dirige dicho proceso pueda obtenerse la respuesta a ese “¿Quién soy yo?”. Es una meta por la que hay que luchar, que hay que comprar con lágrimas, pero ésa es la única salida, su destino, la única plenitud imaginable (Texto 18).

La realización de un cuerpo poético para ideas tan complejas como las aquí presentadas resulta considerablemente meritorio, más aún cuando León Felipe consigue mantener en todo el poemario ese tono de aparente sencillez. Los poemas de Ganarás la luz encubren, sin embargo, un extraordinario control de la palabra: la integración de prosa y verso o su uso alternativo encuentra en esta obra su mejor resultado; es, además, del todo coherente con la doble vertiente, emotiva y reflexiva, de su contenido. La prosa funciona como una argamasa flexible que sujeta al verso, introduciéndolo y explicándolo, sin perder por ello altura poética. El poeta alcanza el mayor grado de sofisticación en la prosa al movilizar sin estridencias los recursos practicados en sus obras anteriores, pero con mayor eficacia. A este logro contribuye indudablemente la preocupación por la estructura y, sobre todo, el cuidadoso trabajo del ritmo y la prosodia, que hace que la prosa alcance, por momentos, la musicalidad del verso.

7. LOS TRAMOS FINALES: HACIA EL DESENGAÑO

Los años posteriores a la II Guerra Mundial no fueron, a grandes rasgos, tiempos de optimismo. A la liberación de Europa siguió el recuento de cadáveres y la difusión de imágenes de los campos de exterminio alemanes. La paz en Asia se hizo a costa de dos bombas atómicas. En América, el renovado poder de los Estados Unidos proyectaba una sombra imperialista sobre el resto del continente. Los españoles exiliados tampoco tenían grandes motivos para la alegría;

para ellos continuaba la derrota y se terminaba la esperanza: la fraternidad inicial se había esfumado junto con la expectativa de que la victoria aliada devolviera la democracia a España. La condena internacional que en 1945 hizo la ONU del franquismo no fue duradera; al contrario, derrotado el fascismo en Europa, Franco se convertía en un aliado útil para Estados Unidos, que se embarcaba ahora en la “guerra fría” contra el comunismo. Este mismo sistema, superados ya los fervores que despertó su puesta en práctica inicial, comenzaba a despertar en muchos motivos de sospecha.

En este marco León Felipe, vital y creativamente, parece iniciar un descenso paulatino hacia la desilusión, hacia los últimos desengaños. La intensa actividad mantenida desde principios de los años treinta disminuye después de la publicación de Ganarás la luz. Quizás el último despunte vital indiscutible sea la gira que de 1946 a 1948 realizó por las repúblicas hispanoamericanas (con excepción de Honduras y Paraguay donde no se le permitió la entrada). Pese al reconocimiento que la gira supone, en el transcurso escribe un poema sintomático de los nuevos tiempos, «De Antofagasta a la paz (en tren)»; sintomático no sólo porque hable del viaje por Hispanoamérica, sino también porque aparecen en él ese avidez de descanso –confundida con el deseo de muerte- y los tonos sombríos que se apoderan de su obra de aquí en adelante. Pareciera que si en su marcha Juan Larrea, establecido en Nueva York desde 1949, hubiera arrastrado consigo el optimismo compartido en México. Todo invita a adoptar el tono de la nueva corriente de pensamiento, el existencialismo, que induce de forma general al descrédito de la utopía. El viajero desciende paulatinamente la pendiente hacia la soledad y el desengaño.

7.1. LLAMADME PUBLICANO LA MANZANA

En Llamadme publicano, aparecido en 1950, donde los frutos de esta nueva actitud ya se dejan notar. Es cierto que aún se mantiene ese impulso esperanzador hacia lo futuro y ese deber de superar las limitaciones, pero ahora no se ofrece como recompensa la meta glorificada que presidía la obra de León Felipe desde Libro II de Versos y oraciones de caminante. Se pierde el empeño heroico por alcanzar la verdad a toda costa y la idea de un renacimiento de la humanidad se confunde muy a menudo con el deseo de descansar en la muerte (Texto 19). La poesía deja de ser el lugar de convergencia entre mito y biografía y se vuelca hacia metas de salvación individual. Si Ganarás la luz hacía pública una fuerza impersonal que pretendía guiar a los hombres, Llamadme publicano es la confesión de una culpa de la que León Felipe busca redimirse, ser perdonado. El título del libro, tomado de la cita de San Lucas con la que se abre el libro, alude directamente a este sentimiento:

… Dos hombres subieron al templo para orar. Uno era fariseo y otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de este modo: ”Señor, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: rapaces, injustos, adúlteros…, ni siquiera como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy diezmo de todo cuanto tengo…”
Mas el publicano, de pie también y un poco más lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se daba golpes en el pecho diciendo: ”Señor, ten misericordia de mí, pecador…” (XVIII, 10-14)

El publicano, un gentil, cobrador de impuestos, sin retóricas se arrepiente de sus pecados y su dolor espontáneo le hace digno; al contrario que el judío fariseo, que cumple por rutina con la ley sagrada, se vanagloria del cumplimiento vacuo de sus ritos pero es incapaz amar en su pobreza de espíritu. León Felipe se ve en la imagen del publicano a quien le salva sólo el sincero reconocimiento de su miseria.

Como podemos ver, no han desaparecido las lecciones históricas en que Ganarás la luz se inscribía; siguen presentes, pero se usan para iluminar metas personales. O sea, sobrevive la vinculación individuo-sociedad pero ahora el término de interés es el del individuo. Incluso Dios, que había constituido la garantía de que el sufrimiento tenía algún sentido, se presenta ahora como un ser caprichoso y sombrío que se divierte a costa del poeta. Hacia ese Dios se vuelve de nuevo, no hacia sus semejantes, y lo hace en un tono de escepticismo desesperanzado, falto del desafío que caracterizaba algunos de los poemas anteriores. En lo formal, regresa León Felipe al verso libre o polirrítmico; consiguiendo que el poema sea más fluido, menos trabado, como renunciando a la solidez constructiva de otros libros en favor del desamparo formal que domina en la presente obra.

Como una profundización en esta línea puede verse la obra teatral en verso La manzana. Redactada en 1951 con intención de servir de base para un guión cinematográfico, fue adaptada para el teatro en 1953. Ésta es la última obra en la que los mitos desempeñan un papel central en la escritura de León Felipe. Sus páginas cuentan los pormenores de la relación entre Abilio Santibáñez y Elena de Santa Eléusis, quienes desde el momento de su matrimonio caen bajo el control de la figura mítica de Paris. El personaje se apodera de Elena, como en el episodio del Juicio de Paris, poniendo de manifiesto una temible habilidad para interferir en la vida de los individuos. La manzana con la que Paris premia por su belleza a la Helena en el juicio mitológico, se tiñe en la obra de León Felipe de alusiones simbólicas heredadas del Génesis, de tal forma que la idea de pecado original flota continuamente en los diálogos. Los trágicos sucesos a los que las apariciones fantasmales del personaje mitológico conducen demuestran el cambio de perspectiva que se ha operado en León Felipe: el mito sigue moviendo la historia, pero en esta obra sólo se percibe el impacto negativo que ejerce sobre los individuos. El mito ya no aparece retratado como el ámbito en que la biografía particular entronca con un destino colectivo, sino como una red de alucinaciones que impide a los protagonistas dejar atrás sus egoísmos y mezquindades: el pecado y la culpa son los rectores de la historia.

7.2. EL CIERVO

Hasta la publicación en 1958 de El ciervo, algunos de cuyos poemas había ya dado a conocer en actos públicos desde 1956, León Felipe se ocupa en la traducción y libre adaptación de obras teatrales. Entre ellas sobresalen las que fueron incluidas en sus obras completas, basadas en piezas originales de William Shakespeare: No es cordero que es corderaMacbeth o el asesino del sueño Otelo o el pañuelo encantado. Sin embargo, poética y vitalmente son años de silencio y angustia, donde las esperanzas y las creencias siguen desmoronándose. A ello contribuyó de forma decisiva la muerte de su compañera Berta Gamboa en 1957. La crisis en que tal acontecimiento le sumió aparece testimoniada en Cuatro poemas con epígrafe y colofón, publicado también en 1958. Estos poemas y los de El ciervo tienen en común el escepticismo y la contemplación de la muerte como el único descanso posible. Los ideales de la humanidad se convierten en fantasmas que la historia repite cíclicamente. El «Vanidad de vanidades» y «Aquello que ha sido es lo que será», lemas del Eclesiastés, se convierten en estribillos que

recalcan el estado de postración anímica:Porque aquello que ha sido es lo que será, y siglo

tras siglo
siempre, siempre, siempre… bajo la girándula del

Tiempo

Señor Arcipreste, usted lo ha dicho… ¡Oh, dedstino del Hombre!

Volveremos a hacer lo que hemos hecho.

(“El ciervo”)

El esquema de evolución trascendental que había presidido la obra de León Felipe hastaGanarás la luz, se explica ahora como un simple juego de azar en el que el poeta ya no está interesado. El llanto, aquella moneda con la que un día quiso ganar la luz, es solo material para una apuesta mediante la que se pretende alcanzar, de una vez por todas, el descanso definitivo (Texto 20). También la fe depositada en la poesía y en sus poderes de transformación cambian radicalmente de signo respecto a los postulados de los años 30 y 40: el poema se convierte en un diálogo consigo mismo y una ronca conversación con una entidad divina cuya existencia se pone en cuestión. El romero de sus primeros libros parece descender de sus cumbres. La palabra poética se convierte en el material de construcción de una torre que no se utiliza ya para alcanzar esa meta celestial a la que se aspiraba en obras anteriores, sino como mera atalaya desde la que disolver, desesperadamente, la duda sobre la existencia y el sentido de Dios (Texto 21).

En Cuatro poemas con Epígrafe y colofón, la poética de León Felipe está definitivamente instalada en lo infernal. Pero el fuego al que quisiera entregarlo todo desempeña un papel distinto al que desempeñaba en la poesía prometeica: no es un medio para la consecución de una meta colectiva, sino el punto y final de todo lo humano, el instrumento imprescindible para pagar sus culpas. León Felipe se condena a la purificación por la llama mortal, único consuelo y premio único (Texto 22). Formalmente, el autor se desentiende por completo de cualquier artificio compositivo y el poema adquiere una soltura que raya en la dejadez propia de la oralidad; la estructura se diluye y refleja el cansancio, la falta de vigor. Puede observarse cómo desdeLlamadme publicano se impone la tendencia a reducir también el número de versos, a una escritura más elemental que recuerda en este sentido a los libros de Versos y oraciones del caminante.

En el contexto descrito deben encuadrarse las ideas expresadas en el prólogo «Palabras… al libro de Ángela Figuera Aymerich» (Texto 23), que precedió al libro de 1958 Belleza cruel de esta autora española. El reconocimiento de la labor de los jóvenes poetas españoles de la posguerra está asociado en León Felipe con un profundo sentido de culpa y arrepentimiento, que le lleva incluso a negar la importancia histórica de uno de los capítulos decisivos de su carrera y de la cultura española contemporánea, el del exilio. Usando precisamente un texto que sigue en la forma la línea de Ganarás la luz, León Felipe se retracta de lo dicho entonces: los intelectuales exiliados no se apoderaron de la voz poética de España ni del sentido sagrado de su literatura. Vuelve el autor a identificar su labor con sus compañeros exiliados, pero no ya en la exaltación de la comunidad, sino en el sentimiento de un rotundo fracaso.

Aunque sin duda se puede encontrar en este prólogo la continuación de una actitud generosa y desprendida con respecto al fenómeno literario, no es menos cierto que León Felipe está totalmente sumido en el desencanto, hasta el punto de querer arrastrar en su propia desesperación a sus compañeros. Existe un deseo de remediar la durísima situación en que vivían los intelectuales que en España vivían lo que ha venido denominándose “el exilio interior”; en ese sentido sus palabras continúan su generosa dedicación a los olvidados y los oprimidos; pero no dejan de ser elocuentes las palabras de condena de sí mismo y de su propia poesía, que podrían entenderse como la alteración completa del espíritu de Ganarás la luz. Su postura parece

explicarse por el deseo de encontrar la paz mediante la redención de una culpa subjetiva, o sea, por la necesidad de encontrar la paz arrojándose a las llamas infernales: “Con estas palabras quiero arrepentirme y desdecirme (…) de cosas que uno ha dicho, de versos que uno ha escrito…”.

7.3. ÚLTIMAS OBRAS

En 1964 aparece en el suplemento dominical de un periódico mexicano un nuevo poema de León Felipe con el título de «Ángeles». La sorpresa que causó se debía a que con él rompió siete años de silencio poético. Durante este tiempo, sin embargo, su fama había crecido de manera notable: sus antiguos inéditos se cotizan y editan (así ocurrió, por ejemplo, con ocho obritas escritas años antes para la televisión mexicana que se recogieron, en 1961, bajo el título de El juglarón); se compilan incluso sus obras completas, hecho que termina de colocar a León Felipe entre los referentes imprescindibles de la poesía de su momento. Su nombre se había convertido, también en España, en cita inevitable para las nuevas generaciones; como testimonio de esta situación y de su continuado interés por la literatura escrita en la Península aparecen poemas y cartas intercambiadas en los años sesenta con autores como Camilo José Cela o Gabriel Celaya. Pero ni siquiera esta bonanza incentivó la redacción de nuevos poemas entre 1958 y 1964.

«Ángeles» surge de forma inesperada ante la noticia de la muerte de un amigo y León Felipe intenta convertir nuevamente el dolor en esperanza. Cargado de patetismo, pero también apoyándose en una imaginación con repuntes optimistas, este poema forma parte del núcleo original de un nuevo libro, ¡Oh, este viejo y roto violín!, publicado en 1965. El título de su novena sección, «El zurrón de piedras», podría muy bien servir para definir el contenido de todo el libro, pues en él se mezclan, sin mucho orden, motivos y tonos ya practicados en el transcurso de su carrera poética: el dolor ante la muerte de los inocentes, la conflictiva reivindicación de su españolidad, el tema quijotesco, la desesperanza ante la maldad congénita del ser humano, el deseo de terminar el camino fatigoso de la vida, el sarcasmo ante la injusticia dominante…

León Felipe carga de nuevo el pesado fardo de sus viejos temas, matizados en esta ocasión por un acento que oscila entre la ingenuidad y la desesperanza. En el poema «Escuela» (Texto 24), nuestro autor, ya anciano, hace recuento de las andanzas de su vida, insistiendo en los aspectos trágicos y la debilidad propia de su condición de hombre. Es otro intento de alcanzar el perdón, que culmina con un gesto de piedad hacia sí mismo: la reconciliación con su destino, el reconocimiento de que su bronca religiosidad ha de conducirle, al fin, a la contemplación de la divinidad. Como en los demás escritos de sus últimos años, su monólogo y el diálogo con Dios se confunden plenamente y se pasa de uno a otro de forma imperceptible. León Felipe habla desde la frontera de la muerte, viendo con la misma facilidad el campo de la historia y el de su anhelado Más Allá. Su fe, puesta sin contemplación a prueba desde la Guerra Civil, parece reponerse en alguno de los poemas de ¡Oh, este viejo y roto violín! Y no sólo por la una conciencia atribuible a la vejez, sino también como intento renovado de alcanzar un equilibrio entre su compromiso con la historia y el consuelo que la religión le otorga.

Sin embargo, pese al intento, los juicios sobre la historia emitidos en este último libro se inscriben en la veta más oscura de su inspiración: la historia es un cíclico atropello de las esperanzas, un proceso controlado por un Dios impasible, una digestión tortuosa en la que el ser humano se halla irremediablemente atrapado. La antigua escala que elevaba por etapas las

experiencias históricas desde el ámbito terrestre al celestial (bacia-yelmo-halo) se recompone en una pirueta sarcástica que quiere huir del problema mediante la risa: el halo es sustituye por ungorro de payaso, máxima recompensa a la que puede aspirar quien luche por un mundo más justo.

Los poemas escritos entre 1964 y 1968 están próximos a estos planteamientos. Un pequeño volumen surgido como prolongación de ¡Oh, este viejo y roto violín! apareció con el título de Rocinante. De nuevo la temática quijotesca lleva a nuestro autor a la meditación sobre España, punto de partida para visiones de la vida que oscilan entre el dolor existencial y el escapismo; cada una de estas dos facetas se halla vinculada con dos imágenes del caballo de don Quijote. Rocinante es, por un lado, el caballo que en las corridas utiliza el picador, una víctima grotesca ofrecida al deseo sangriento de los espectadores; por otro, Rocinante se empareja con Pegaso, un caballo idealizado, capaz de remontar el vuelo por encima de lo envilecido o lo trivial.

Este debate, que puede ser entendido también como la lucha entre la corporalidad y los impulsos de trascendencia, se reitera en el poema «¡Oh, el barro, el barro!» (texto 25), escrito a poco más de un año de su muerte. En el dos voces anónimas discuten sobre la condición del hombre, como si León Felipe quisiera poner en balanza la lucha interior de sus últimos años. Pero el pesimismo arrastra la composición. En ella resuena una condena sólo mitigada por una lejana y casi inaudible esperanza en Dios: el que fue en su día símbolo del destino modificable del hombre, el barro, sólo puede ser ahora comprendido como elemento sobre el que el poeta se desespera por realizar, una y otra vez, una obra fallida. De la unión del hombre y de Dios, del barro y del Viento, no resulta la criatura maravillosa que soñó en su juventud León Felipe, sino un feto desamparado y sin esperanza.

El 18 de septiembre de 1968, Felipe Camino García, León Felipe, murió en la Ciudad de México, dejando una decena de poemas para un libro que proyectó llamar Puesto ya el pie en el estribo. La metáfora del viaje con la que se iniciaba su poesía, y que pareció conducir su propia vida, pone de esta forma el punto y final a su obra; que termina, pues, del modo que comenzó, dispuesta para emprender el trecho que venía ansiando recorrer desde años atrás.

La noticia de su muerte se difundió por la Hispanidad entera; en México los gobernantes le rindieron honores, y años después le levantaron una estatua de homenaje en el parque de Chapultepec, donde el peregrino parece reposar de su larga caminata y se dispone a escribir. España también propagó la noticia y convocó homenajes. Los poetas y los profesores pudieron desde entonces citarle e interpretar su obra sin el pudor que impone la posibilidad de que les corrija un autor de tanto genio como León Felipe. Hoy, la voz esperanzada y ronca que le definió sigue resonando por los caminos de la lengua.

II. SELECCIÓN DE TEXTOS

Las antologías son siempre una suerte de prestidigitación… Escamoteos y preferencias… Un juego cortesano y temporal… Juglaría selecta… TRAMPAS. Podemos elegir los mejores naipes, descartarnos de peones y servidumbre… y quedarnos con la gran baza en la mano…, con la baza brillante donde no haya más que triunfos.
Provisional todo…

(Fragmento de “Provisional todo”. En Antología rota)

1
Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol… y un camino virgen
Dios.

4
Y quiero que mi traje,
el traje de mis versos,
sea cortado
del mismo paño recio,
del mismo
paño eterno,
que el manto de Manrique —como en de Hamlet, negro— amoldado
a la usanza de este tiempo
y, además,
con un gesto mío
nuevo.

5
Que hay un verso que es mío, sólo mío, como es mía, sólo mía,
mi voz. Un verso que está en mí
y en mí siempre encuentra su medida; un verso que en mí mismo
acuerda su armonía
al ritmo de mi sangre,
al compás de mi vida,
y al vuelo de mi alma

Texto 1

Versos y oraciones de caminante

«Prologuillos» (Selección)

en las horas santas de ambiciones místicas. Quiero ganar mi verso, este verso,
lejos de todo ruido y granjería.

8 Y

quiero
que sea superior a mí mismo y extraño a mi cerebro…
que no sepa yo nunca
cómo y por qué le he hecho; que ignore siempre
eso
que llaman manera
o procedimiento.
No quiero
estar
en el secreto
del arte nunca;
quiero
que el arte siempre
me guarde su secreto;
no quiero
domar a la belleza
con mi hierro…
que venga a mí,
quiero,
como una gracia
del cielo.

10
Yo te veo, Señor, con un hierro encendido, quemándome la carne hasta los huesos… Sigue, Señor,
que de ese hierro
han salido
mis alas y mi verso.

¡QUÉ LÁSTIMA!

Al poeta Alberto López Argüello, tan amigo, tan buen amigo siempre, baje o suba la rueda.

Texto 2

Versos y oraciones de caminante

“¡Qué lástima!”

¡Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas de hoy cantan! ¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde ésta a aquella comarca. ¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada.
Pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña. Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra mano en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque… ¿qué voy a cantar si no tengo ni una patria,

ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla,

ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada? ¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España

y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro también. Y todo mi ajuar se halla en una sala

muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por la ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente al través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de La Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga

de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana, y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara, por esa calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban

en una caja muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa. Por aquel cristal se la veía la cara lo mismo que cuando estaba pegadita al cristal de mi ventana… Al cristal de esta ventana

que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por este cristal de mi ventana…

¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas, porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,

ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada, y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

¡Oh, estas jornadas siniestras, Señor… estas jornadas siniestras en que mis ojos empiezan
a verlo todo en la tierra

igual y al fin no hallan diferencia entre la luz de una venta
y el resplandor de una estrella! ¡Oh estas jornadas siniestras Señor… estas jornadas siniestras en que nada me consuela,

ni me alienta,
ni me eleva!…
Nada, Señor: nada, nada… ni Tú… ni la Belleza… Si en estas horas siniestras
me da igual ser o no ser poeta…
y ya no hallo diferencia
entre un verso y una blasfemia.

Voy con las riendas tensas
y refrenando el vuelo,
porque no es lo que importa llegar solo ni pronto sino llegar con todos y a tiempo.

Texto 3

Versos y oraciones de caminante

“Oh, estas jornadas siniestras”

Texto 4

Versos y oraciones del caminante. Libro II

«Voy con las riendas tensas…»

Texto 5

POETA
Ni de tu corazón,
ni de tu pensamiento,
ni del horno divino de Vulcano
han salido tus alas.
Entre todos los hombres las labraron
y entre todos los hombres en los huesos de tus costillas las hincaron.
La mano más humilde
te ha clavado
un ensueño…
una pluma de amor en el costado.

Sistema, poeta, sistema. Empieza por contar las piedras… luego contarás las estrellas

Texto 6

Versos y canciones del caminante. Libro II

«Sistema, poeta sistema…»

PIE PARA EL NIÑO DE VALLECASDE VELÁZQUEZ

De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota
del niño de Vallecas exista, de aquí no se va nadie. Nadie.

Bacía, Yelmo, Halo.
Éste es el orden, Sancho…

Versos y oraciones del caminante. Libro II

“Poeta”

Texto 7

Versos y canciones del caminante. Libro II

“Pie para El niño de Vallecas de Velázquez”

Ni el místico ni el suicida.

Antes hay que deshacer este entuerto, antes hay que resolver este enigma. Y hay que resolverlo entre todos,
y hay que resolverlo sin cobardías, sin huir

con unas alas de percalina
o haciendo un agujero
en la tarima.
De aquí no se va nadie. Nadie. Ni el místico, ni el suicida.

Y es inútil,
inútil toda huida
(ni por abajo
ni por arriba).
Se vuelve siempre. Siempre.
Hasta que un día (¡un buen día!)
el yelmo de Mambrino
—halo ya, no yelmo ni bacía—
se acomode a las sienes de Sancho
y a las tuyas y a las mías
como pintiparado,
como hecho a la medida.
Entonces nos iremos Todos
por las bambalinas:
Tú y yo y Sancho y el niño de Vallecas y el místico y el suicida.

DROP A STAR
¿Dónde está la estrella de los Nacimientos?
La tierra, encabritada, se ha parado en el viento. Y no ven los ojos de los marineros.
Aquel pez —¡seguidle!—
se lleva, danzando,
la estrella polar.

El mundo es una slot-machine,
con una ranura en la frente del cielo, sobre la cabecera del mar.

Texto 8

Drop a star, II

“Drop a star”

(Se ha parado la máquina,
se ha acabado la cuerda.)
Es algo que funciona
como el piano mecánico de un bar. (Se ha acabado la cuerda,

se ha parado la máquina…)
Marinero,

tú tienes una estrella en el bolsillo… ¡Drop a star!

Enciende con tu mano la nueva música del mundo, la canción marinera de mañana,
el himno venidero de los hombres…

¡Drop a star!
Echa a andar otra vez este barco varado, marinero. Tú tienes una estrella en el bolsillo…
Una estrella nueva de paladio, de fósforo y de imán.

SEGUNDO NACIMIENTO (HEROÍSMO)

¡Drop a star!
pero no se acabará entonces (refrenad la alegría) se irá haciendo más grande la tragedia del mundo. ¡Y más heroica también!

Marinero,
zancos de mástiles
serán nuestros coturnos algún día.
Y de sierras más altas
bajará nuestro llanto.
No lloraremos de los ojos.
Secas ya nuestras cuencas,
acequias no tendrán los cementerios.
Se agostarán las tumbas,
legislará la vida…
Y habrá esta acotación en la tragedia:
Tú (Yo), pobre hombre, sin músculos ni fe, que no alcanzas
a ponerle una rosa en el pecho a la vida, sal por la puerta de la izquierda.
Se vuelve siempre, no te asustes.
Es la puerta del fundidor y del alfarero.

Texto 9

Drop a star, III

“Segundo nacimiento (Heroísmo)”

Haz un mutis diciendo: Un momento, señores, en seguida regreso,
voy a buscar una escalera.
Es la puerta del horno. Grita: «¡Eh!»

Toda la noche el panadero duerme, y yo soy ya una torta requemada,
a la que no se ha dado vuelta.
Y también es la puerta del molinero. Sólo por esta curva

humana de mis labios
¡qué miríadas de veces
no ha pasado mi carne
por la tolva del mundo!
Sobre los muertos, ni una lágrima.
Ni una yerba en la tumba del mejor.
El muchacho que se fue tras los antílopes regresará también.

Que les quiten los pañuelos a las madres.

Nuestras lágrimas tendrán un origen más ilustre. Será más alta nuestra pena
y más noble nuestro lamento.
El oro de nuestra angustia

hará de cobre sucio
todo el caudal de Lear y de Job.

No habrá dolor de hambre.
Aquel mendigo chino
ya no estará a la puerta del hotel golpeando allí por una rebanada de pan. Estará en la pirámide,
en la giba más alta de la Sierra Madre golpeando en el cielo,
en la puerta del cielo,
en el pecho de Dios
por una rebanada de luz.

Tú ya no te llamarás Juan, ni te dolerá el hígado. Te llamarás Edipo. Y dirás:
«Ese grito,
ese grito de huelga,

ese grito de estopa,
ese grito de ¡abajo! y ¡muera!, ¿contra quién? ¿Contra quién ese grito?
¿quién es el príncipe bastardo?…»
Estrellas,

sólo estrellas,
estrellas dictadoras nos gobiernan.

No habrá gritos de estopa.
Todas las lenguas en un salmo único:
abridme las puertas de justicia. ¿Quién soy yo? Todas las lenguas en un salmo único,
y todas las manos en un ariete solo
para derribar la noche
y echar de nosotros la sombra.

Se cambiarán de sitio nuestras llagas,
nos dolerá otra carne…
y de sierras más frías brotará nuestro llanto.

Habrá dolor de entrañas fecundadas por llamadas invisibles.
Habrá dolor de ojos azotados
por látigo de luces

escondidos ahora
en los negros rincones del espectro. De tímpanos heridos
por los cascos remotos del viento.
De cerebros encinta,
de cabezas horadadas
por el pico de la vigilia…
Y alguien dirá:
El alma necesita un buen albergue, talaremos los cubiles y las chozas,
y que no edifiquen el pus y la lascivia.

Habrá gritos de partos insólitos,
de membranas ocultas desgarradas, de piel que se abre para dar salida
a una quilla,
a una pluma,
a un poema sin verruga.
Y se dirá del hombre:
está empezando a echar las alas, como ahora se dice del niño:
está empezando a echar los dientes. No habrá dolor de encías,
habrá dolor de omóplatos laminados.

No lloraremos hacia abajo. Los quejidos del hombre

irán más altos
en el cielo de la noche
que el taladro de las sirenas.
Los oirá la luna
(zancos de mástiles
serán nuestros coturnos aquel día) que correrá despavorida,
más pálida que nunca,
a despertar a las estrellas gritando: el Hombre,
el Hombre,
ya viene el Hombre.

Entonces me iré.
Será el tiempo del vuelo y de la huida,
de abrir con la quilla, con la almendra de la razón desesperada, ciega, rota,
el malecón de la frente;
de limar los grillos,
de matar al dragón,
de romper este cántaro,
de salir de la rueda,
de tomar la tangente,
de escapar,
de escaparse de estas aguas roturadas, estancadas,
espejos embusteros de las estrellas,
y entrar de lleno en el mar abierto de la locura. ¡La locura es la Gracia!
De llegar al filo de todos los caminos,
y en la última ruta de la carne
que se quiebra en la arista de los abismos
tirar por la borda,
por encima del hombro, como cáscaras de nuez, las viejas herramientas inútiles
—la piqueta y el metro—.
Y desnudo,
completamente desnudo,
dejándome la camisa y la piel
en el último árbol de los acantilados
(sin miedo
esperé cien mil siglos a que hablara la esfinge), sin gritos y sin lágrimas
(me he olvidado la voz en el viento
y el llanto en el mar),
sin ojos y sin tímpanos,

para no sentir
el negro silbo del norte
y el vuelo negro de la luz…, saltar.
Y caer, caer, caer…
(¿Hacia arriba?… ¿Hacia abajo?… ¿Cuál es la mano derecha del sol? ¿De qué partido es el abismo?
¿A qué lado cae el infinito?)

¡Señor, Señor!
Estás ahí, lo sé,
en los repliegues de la locura.
Te busqué en la otra playa y no te vi. Recíbeme, Señor,
en tus brazos abiertos
para que no me deje los sesos de la sinrazón, mi última esperanza,
en la última losa de la nada.

Entonces
podrás mandar cortar mi cabeza, Señor. Tendrás, al fin, una cosecha espléndida de manzanas sin gusano,
oro encendido
para nuevas constelaciones…

Entonces, entonces
podrás hacer que nazcan las estrellas bajo el signo de los hombres, Señor…

“Poética” (México, 1932) En Antología de la poesía española contemporánea de Gerardo Diego

Por hoy, y para mí, la poesía no es más que un sistema luminoso de señales. Hogueras que encendemos aquí abajo, entre tinieblas encontradas, para que alguien nos vea, para que no nos olviden. ¡Aquí estamos, señor!

Y todo lo que hay en el mundo es mío y valedero para entrar en un poema, para alimentar una fogata; todo, hasta lo literario, como arda y se queme.

Y no vale menos un proverbio rodado que una imagen virginal, un versículo de la Revelación que el último slang de las alcantarillas. Todo buen combustible es material poético excelente.

«Sé que en mi palomar hay palomas forasteras —decía Nietzsche—, pero se estremecen cuando les pongo la mano encima.»

Texto 10

Lo importante es esta fuerza que lo conmueve todo por igual —lo que viene en el viento y lo que está en mis entrañas—, este fuego que lo enciende, que lo funde, que lo organiza todo en una arquitectura luminosa, en un guiño flamígero, bajo las estrellas impasibles.

Y que no diga ya nadie: esta fórmula es vieja y vernácula, y aquella otra es nueva y extranjera. Porque no ha habido nunca más que una sola fórmula para componer un poema: la fórmula de Prometeo.

Texto 11

“Good bye, Panamá!” (Fragmento)

GOOD BYE, PANAMÁ!
Contra estos comerciantes y por estos comerciantes se ha levantado la lucha de hoy, y

contra ellos y por ellos esta lucha se saldrá de la tierra ibérica mañana mismo y se tornará en conflicto humano y universal. Contra vosotros y por vosotros ha surgido esta guerra. Contra vosotros. Os conozco. A los que vivís en Panamá podría citaros a todos. Conozco vuestros nombres, los tengo aquí todos en la punta de la lengua. ¡Gachupines, gallegos, mercaderes, filisteos, traidores, villanos!: los españoles de mañana no tendrán saliva suficiente para escupiros. […]

Sé vuestros nombres. Un día os echarán de Panamá y de América si no os devora antes el cocodrilo argentófago, que es lo más probable, y querréis volver a vuestro pueblo natal a ver si está la misma iglesia en cuyo ábside jugabais a la pelota de chicos y la misma fuente donde se despertó vuestro sexo viendo a las mociñas que iban a llenar el cántaro. Ya no habrá iglesias, ni ábsides, ni fuentes. Todo lo habrá devorado la guerra. Los hombres nuevos levantarán otros frontones y otras fuentes mejores, pero vosotros no jugaréis ni beberéis allí. Ni vuestros hijos tampoco. Y el sol de España no alumbrará para vosotros mañana, porque el sol de España —oídlo otra vez— o se alza ahora para alumbrar una tierra de justicia y de dignidad humanas, donde no cabéis vosotros, o no se alza para nadie.

¿Lo entendéis bien? Yo sé de esto más que vosotros. Vosotros sabéis mejor que yo cómo se vende una camisa, cómo se engaña a un turista y cómo se explota a una operaria, pero el pulso de España lo sé yo escuchar mejor que nadie. Mi oficio es éste: escuchar latidos y temblores de hombres, de pueblos y de estrellas.

Pero no. Esto no es un oficio. Esto es una gracia. Yo no tengo oficio. Yo no tengo oficio ni títulos. Ese del doctor y del profesor se acabó ya. Son bromas de Panamá que yo acepté sólo de una manera temporal. Yo no tengo oficio, «yo no tengo silla» tampoco. «Ningún amigo mío se sentará en mi silla. Yo no tengo silla, ni iglesia, ni cátedra, ni filosofía». Yo no tengo nada. Yo no soy nadie. Yo no soy más que una voz que va por los caminos y se para en el viento; y unos ojos que contemplan el universo sin miedos. El granizo no destruirá el tejado de mi casa y puedo predecir serenamente la tormenta. Y vuelvo a repetir: o el mundo se organiza sobre unos pilares de justicia donde el hombre se mueva hacia la luz o no se organiza de ninguna manera.

La conciencia del hombre nuevo exige ya otro mundo distinto que el de la rata y la raposa.

¿Lo han oído todos? ¿Lo ha oído usted, señor Arenzana? ¿Lo ha oído usted, señor Tabanera? ¿Lo ha oído el Loro? ¿Lo ha oído Bocanegra? ¿Lo han oído los sacristanes? ¿Lo ha oído el señor Arzobispo? ¿Lo han oído los caimanes de las plazas? ¿Lo ha oído el señor Leo- Pardo? ¿Lo ha oído el mastín de la baba negra y amarilla? ¿Lo han oído las casacas diplomáticas? ¿Lo han oído los fenicios de las factorías? ¿Lo ha oído el Señor Presidente? ¿Lo han oído todos? Pues lo repetiré otra vez por si alguien no ha oído bien: La conciencia nueva del hombre exige ya

otro mundo distinto que el de la rata y la raposa.

OFERTA Mercaderes:

Yo, España, ya no soy nadie aquí. Aquí,
en este mundo vuestro
yo no soy nadie. Ya lo sé.

Entre vosotros,
aquí, en vuestro mercado,
yo no soy nadie ya.
Un día me robasteis el airón
y ahora me habéis escondido la espada. Entre vosotros,
aquí,
en esta asamblea,
yo no soy nadie ya.
Yo no soy la virtud. Es verdad.
Mis manos están rojas de sangre fratricida
y en mi historia hay pasajes tenebrosos. Pero el mundo es un túnel sin estrella
y vosotros sois sólo vendedores de sombras. El mundo era sencillo y transparente;
ahora no es más que sombras,
sombras,
sombras…
Un mercado de sombras,
una bolsa de sombras.
Aquí,
en esta gran feria de tinieblas,
yo no soy la mañana…
Pero sé
—y esto es mi esencia y mi orgullo,
mi eterno cascabel y mi penacho—,

que el firmamento está llenó de luz,
de luz,
de luz,
que es un mercado de luz,
que es una feria de luz,
que la luz se cotiza con sangre…

Texto 12

El payaso de las bofetadas y el pescador de caña

“Oferta”

y lanzo esta oferta a las estrellas: «Por una gota de luz,
toda la sangre de España:
la del niño,

la del hermano,
la del padre,
la de la virgen,
la de los héroes,
la del criminal y la del juez, la del poeta,

la del pueblo y la del Presidente…
¿De qué os asustáis?
¿Por qué hacéis esas muecas, vendedores de sombras? ¿Quién grita?
¿Quién protesta?
¿Quién ha dicho: Oh no, eso es un mal negocio? Mercaderes…
¡sólo existe un negocio!
Aquí,
en este otro mercado,
en esta otra gran Bolsa
de signos y designios estelares,
por torrentes históricos de sangre,
¡sólo existe un negocio!,
sólo una transacción.
Y una moneda.
A mí no me asusta la sangre que se vierte.
Hay una flor en el mundo
que sólo puede crecer si se la riega con sangre.
La sangre del hombre está no sólo
hecha para mover su corazón,
sino para llenar los ríos de la Tierra,
las venas de la Tierra
y mover el corazón del mundo.
Mercaderes…
Oíd ese pregón:

«El destino del hombre está en subasta. Miradle ahí, colgado de los cielos aguardando una oferta…» ¿Cuánto? ¿Cuánto? ¿Cuánto, mercaderes?… (Silencio)

Y aquí estoy yo otra vez;
aquí, sola. Sola, sí.
Sola y en cruz. España-Cristo
—con la lanza cainita clavada en el costado.

Sola y desnuda —jugándose mi túnica dos soldados vesánicos. Sola y desamparada —mirad cómo se lava las manos el Pretor Y sola, sí, sola,
sola

sobre esta tierra española y planetaria; sola
sobre mi estepa
y bajo mi agonía;

sola
sobre mi calvero
y bajo mi calvario;
sola
sobre mi Historia
de viento,
de arena
y de locura,
y bajo los dioses y los astros
levanto hasta los cielos esta oferta: estrellas:
vosotras sois la luz.
La Tierra, una cueva tenebrosa sin linterna y yo tan sólo sangre,
sangre,
sangre,
sangre…
España no tiene otra moneda…
¡Toda la sangre de España
por una gota de luz!»

REPARTO
La España de las harcas no tuvo nunca poetas. De Franco han sido y siguen siendo los

arzobispos, pero no los poetas. En este reparto injusto, desigual y forzoso, del lado de las harcas cayeron los arzobispos y del lado del éxodo, los poetas. Lo cual no es poca cosa. La vida de los pueblos, aun en los menesteres más humildes, funciona porque hay unos hombres allá en la Colina, que observan los signos estelares, sostienen vivo el fuego prometeico y cantan unas canciones que hacen crecer las espigas.

Sin el hombre de la Colina, no se puede organizar una patria. Porque este hombre es tan necesario como el hombre del Capitolio y no vale menos que el hombre de la Bolsa. Sin esta vieja casta prometeica que arrastra una larga cauda herética y sagrada y lleva sobre la frente una cresta luminosa y maldita, no podrá existir ningún pueblo

Sin el poeta no podrá existir España. Que lo oigan las harcas victoriosas, que lo oiga Franco:

Texto 13

Español del éxodo y del llanto

“Reparto”

Tuya es la hacienda, la casa,
el caballo
y la pistola.

Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo… más yo te dejo mudo… ¡Mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

ESPAÑOL
Español del éxodo de ayer
y español del éxodo de hoy:
te salvarás como hombre,
pero no como español.
No tienes patria ni tribu. Si puedes, hunde tus raíces y tus sueños
en la lluvia ecuménica del sol.
Y yérguete… ¡Yérguete!
Que tal vez el hombre de este tiempo… es el hombre movible de la luz,
del éxodo y del viento.

BIOGRAFÍA, POESÍA Y DESTINO

Texto 14

Español del éxodo y del llanto

“Español”

La poesía se apoya en la biografía. Es biografía hasta que se hace destino y entra a formar0 parte de la gran canción del destino del hombre.

El poeta le cuenta su vida primero a los hombres;
después, cuando los hombres se duermen, a los pájaros;
más tarde, cuando los pájaros se van, se la cuenta a los árboles… Luego pasa el viento y hay un murmullo de frondas.
Y esto me ha dicho el Viento:

Texto 15

Ganarás la luz

“Biografía, poesía y destino”

que el pavo real levante la cola y extienda su abanico, el poeta debe mover sólo las plumas de sus alas.

Todo lo cual se puede traducir también de esta manera: lo que cuento a los hombres está lleno de orgullo;
lo que cuento a los pájaros, de música;
lo que cuanto a los árboles, de llanto.

Y todo es una canción compuesta para el Viento,
de la cual, después, este desmemoriado y único espectador
apenas podrá recordar unas palabras.
Pero estas palabras que recuerde son las que no olvidan nunca las piedras.

Lo que cuenta el poeta a las piedras está lleno de eternidad.
Y ésta es la canción del Destino, que tampoco olvidan las estrellas.

“¿Y si me llamase Prometeo?”

¿Y SI ME LLAMASE PROMETEO?
Si Jonás no vive ahora, ahora mismo en mis humores, en mi sangre y en el barro de mis

huesos, que es el mismo barro primero de la Creación, ese librito poético y sagrado de las Profecías, no es más que otro cuento milesio;

Si las llagas de Job no son las mías y no siguen encendidas en mi carne, ese libro dramático de las Escrituras donde grita la lepra del mundo hasta despertar a Jehová, no es más que otra patraña patética y dialéctica.

Si yo no puedo ser la justificación, la prolongación y la corrección de Whitman (he aquí una corrección: ¡Oh, Walt Whitman! Tu palabra happiness la ha borrado mi llanto), la Poesía, toda la Poesía del mundo, no es más que una canción paralítica.

Y si el gran buitre no está devorando aún mis entrañas y las de todos los poetas condenados del mundo, Prometeo fue sólo un motivo griego decorativo en un frontón, en una metopa… y no hubo nunca mitos.

Pero hay mitos. Hay mitos sin comienzo ni fin. En la carne del mundo se sembraron los mitos y en esa misma carne han de florecer. Porque nada se ha cumplido todavía. Y lo que se cumpla, será por la voluntad del Viento y por el ofrecimiento sumiso y doloroso de la carne del hombre. Dios pondrá la luz y nosotros las lágrimas.

En el primer destello místico del mundo estaba yo; y en el milagro de la luz redentora de mañana me estoy quemando ya.

Y si puedo decir sin orgullo, yo soy el que recibe la canción, el que la sostiene y la transmite, es porque tú puedes decirlo también.

Y esto ¿quién lo ha dicho?
«Cambio de agonía como de vestidos, no le pregunto al herido cómo se siente, me convierto en el herido.
Sus llagas se hacen lívidas en mi carne mientras le observo, apoyado en mi bastón.
Ese hombre que se sienta en el banquillo y es acusado por hurto, soy yo; y ese mendigo soy yo también.

Texto 16

Ganarás la luz

Miradme, alargo el sombrero y pido vergonzosamente una limosna…»

Sí, sí. ¿Quién ha dicho esto? Esto lo ha dicho el poeta, cualquier poeta. El-embudo-y-el- Viento. Ahora lo repito yo. Y lo repito con mi carne y con mi conciencia, no con mis palabras nada más. Y si yo soy ese ladrón que es condenado por hurto, y ese mendigo que alarga el sombrero y pide vergonzosamente una limosna, también soy Jonás y Job y Whitman y Prometeo y un lagarto y una iguana… y muchas cosas más. Y mientras los poetas no puedan decir esto sin orgullo ni humildad y sin que nadie se escandalice, porque no es más que un signo de presencia y simpatía con la angustia y la esperanza de toda la Creación, la Poesía quedará paralítica en las manos y al arbitrio de todos los que afirman orgullosamente que su yo, con los atributos personales y perecederos del hombre temporal, es el generador y transformador de la Poesía del mundo.

El poeta es carne encendida nada más. Y la poesía una llama sin tregua.

El verso anterior al mío es un antorcha que traía en la mano el poeta delantero que me buscaba, y el verso que me sigue es una luz que está encendiendo otro en las sombras espesas de la noche, viendo mis señales.

Vuelvo a decir:
No canto la destrucción,
apoyo mi lira sobre la cresta más alta de los símbolos.
Vuelvo a gritar:
El versículo blasfemo de mis huesos leprosos hará hablar de nuevo a Jehová desde el torbellino.
Afirmo también que vengo de la sombra y de los sueños.
Y si digo:
Mi canto florece en la convergencia de los mitos, puedo añadir:
Aquí estoy: ¡Miradme! Clavado en esta roca, con un buitre en el pecho.
Y ese ruido que oís no es mi lamento, son las oceánidas que me lamen los pies y humedecen mis párpados. Sobre las aguas amargas se inclinan para salvarme las estrellas;
bajo su luz, el mar trabaja, muerde la roca, lima las cadenas…
y cuando Prometeo se levante, nuevos timoneles conducirán la quilla del Parnaso.

EL SUEÑO, LA LOCURA, EL BORRACHO Porque si el pájaro

no se escondió en la biblioteca ni en el follaje barroco del retablo, si huyó del pan, del vino… y del binomio, de las manos
de los arzobispos y los sabios,
si no está en la retorta ni en el vaso sagrado…

tendremos que buscarlo
en el ritmo pendular de la locura, del sueño, del borracho…

El sueño es un animal fronterizo como los lagartos… El sueño es un lagarto.

Texto 17

Ganarás la luz

“El sueño, la locura, el borracho”

Vive en la frontera de dos grandes peñascos,
no tiene raíces, va de un lado a otro lado,
de la luz a la sombra, de la sombra a la luz… de un peñasco a otro peñasco.
Se agarra del péndulo que oscila entre los mundos que separan la rendija entreabierta de mis párpados, y se mete en el cubo del pozo que tan pronto está arriba como abajo.
En el crepúsculo del sueño nada está firme ni clavado…
y el lagarto
vive fuera del tiempo y del espacio.

Y el sueño no es enemigo del hombre, como el zorro… Es enemigo de la tachuela y del cálculo,
de las dudas heladas y del puñal del amoníaco. Existen la razón y la aritmética dominando…

y el sueño y la locura, aherrojados.
La locura también es un lagarto.
Porque el lagarto va y viene también del yelmo a la bacía y de la bacía al yelmo. Y el juez, el cura, Don Fernando, el burlón, el prestidigitador y el catedrático
ya no sabe ninguno qué es lo que tiene en la cabeza aquel hidalgo.
¿Quién ha gritado baciyelmo, Sancho?

¿Y si estuviésemos ya locos? todos locos… ¿O si siguiésemos soñando?
Si no hubiésemos dejado
de soñar, Segismundo, y el destierro ahora aquí y España allá, en el otro lado, fuesen el juego viejo y nuevo de un dios, no de un rey bárbaro,
el sueño eterno y español, de «la caverna y el palacio».

«Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado…»

Si no hubiésemos dejado
de soñar, Segismundo, y alguien después de ti hubiese definitivamente dado el grito subversivo de ¡Arriba! ¡Arriba los lagartos!
Si tú y yo, el místico, el biólogo, el psicólogo y el matemático
ya hubiésemos sacado nuestra espada para defender a los lagartos…

¿Y si estuviésemos borrachos?
Porque tal vez el hombre no sea un animal domesticado
que cuenta, que gobierna y que razona, sino algo que sueña, que enloquece y que vacila; algo…

«¿No pusiste allí un candil? ¿Cómo me parecen dos?»

¿Aquello es un peñasco o dos peñascos?
¿Y si la luz fuese la sombra, la gracia el pecado,
la oración la blasfemia, el cielo el infierno y el oro el guijarro? ¿Si el verso, poetas cortesanos,

si el verso como el hombre no fuese de cristal sino de barro?
¿Si hacia la derecha y hacia la izquierda fuesen sólo una vana y estéril disputa de las manos?
¿Si no hubiesen boca arriba y boca abajo
y no supiésemos tampoco quién es el que duerme al revés, la lechuza o el murciélago?
¿Si de tanto dar vueltas, de tanto columpiarnos,
de tanto ir y venir del caño al coro y del coro al caño,
nos trabucásemos diciendo ¡coño! pero si no sabemos dónde estamos?
Y ésta es la hora blasfematoria y negra en el reino crepuscular de los lagartos,
la hora en que se apagan las antorchas, las linternas, los faroles urbanos y los faros;
la hora en que se escapan las estrellas por el turbio pantano de los sapos;
la hora en que los letreros de las callejuelas y de las grandes avenidas se desploman, y se desploman los borrachos: la hora en que nos llevan a la iglesia como a una casa de socorro…
la hora de la camilla, del hisopo y del puñal del amoníaco…
la hora en que nos vuelven a la vida, a la vida otra vez: a la razón y al llanto.

Texto 18

Ganarás la luz

“Al fin hay que taladrar”

AL FIN HAY QUE TALADRAR
He observado que en este libro hay una línea inquebrantable y monótona por la

que marchan todos mis versos y que puede tomarse por una cualidad de rango o como un signo de terquedad y de pobreza. Es una línea —la resultante de mi voluntad y del Viento— que no se dobla ni se tuerce y que tiene que pasar fatalmente por el centro mismo del infierno como el eje de la Tierra. Si se vuelve un momento, si recula una vez es para embestir con fuerza y dejar al fin mis sesos, como la moharra rota de una lanza, en el muro negro y espeso. Porque al fin hay que taladrar. De frente, por arriba o por abajo, a la derecha o a la izquierda… hay que taladrar. El muro negro y espeso es ecuménico, geológico y metafísico. Se puede volver, se puede escapar, se puede huir, por ejemplo, a la Edad Media. Se puede, claro que se puede. Hay soldados traidores en todos los ejércitos, y ejércitos enteros y cobardes que reculan. Pero la luz no es algo que hayamos dejado caer atrás en la carretera y tengamos que volver a recogerlo.

Me gusta oír de los antiguos como el ruido lejano del mar. Del mar vengo. Pero nada se ha quedado a mis espaldas y todo cuanto ha sido, navega ya en mi sangre.

De frente, por arriba o por abajo, a la derecha o a la izquierda… hay que taladrar. Que no son las sombras de la retaguardia las que pueden contestarme a esta pregunta:

¿Quién soy yo?

¿NACEMOS O MORIMOS? Soy un huevecillo o una larva.

No soy más que un huevecillo o una larva.
¿Por qué he de ser más que un huevecillo o una larva?

Texto 19

Llamadme publicano

“¿Nacemos o morimos?”

Podría decir… pensar… soñar… ¡soñar!
Podría soñar que era Sirio o la estrella de los Argonautas…
Sería lo mismo… Por ahora sería lo mismo.
No tengo memoria ni itinerario…
Y siempre tendría que empezar con las viejas preguntas rutinarias: ¿Por qué estoy aquí?
y ¿para qué estoy aquí?
¿Por dónde entré?
y ¿por dónde voy a salir?

Puede ser que no venga de ninguna parte
y que no tenga que ir a ninguna parte tampoco.
De cualquier manera… tendré que averiguarlo yo mismo.
Y no es preguntar lo más urgente por ahora.
¡No quiero preguntar!
Hoy no he venido a preguntar.
Ya he preguntado bastante… y nadie ha respondido.
Y si respondiesen… ¿qué?,
si aún no tengo oídos para oír
ni ojos para ver.
¿Qué me importa que en el viento griten todos los clarines y se desplieguen todas las banderas?… No veo ni oigo.
Estoy en el mundo, ciego y sordo del tacto:
puedo tocar las cosas…
agarrarlas,
moverlas,
derribarlas…
Puedo enarcar el espinazo y distender los hombros para empujar una pared…
Puedo golpear con los tentáculos —los pies y los brazos—…
Puedo hincharme como un feto día tras día, en el ataúd de una matriz…
Puedo crispar los dedos y hundirlos como dagas en las sombras para romper el huevo…
¿El huevo?… ¿o la losa del sepulcro?
¿Qué más da?… el capullo…
Digamos, el capullo…
o la camisa de fuerza…
la primera camisa de fuerza…
la camisa de fuerza de las sombras…
la camisa de sombra de la matriz…
La sombra… ¿no es una matriz?
¿La gran matriz negra de donde sale la vida
—sin razón ni propósito—
como un ejército de infusorios,
como una legión o plaga de gusanos?
No quiero preguntar…
He dicho que no he venido a preguntar.
Porque no es lo urgente preguntar…

sino romper, taladrar, romper el Huevo, romper sepulcros, capullos,

mortajas,
placentas…
placentas de piedra blanca y dura como el mármol de los panteones insolentes. Creo que lo urgente es desgarrar…
reventar,
explotar…
¡Que exploten los muertos y rompan la losa del sepulcro, como el pollo el cascarón! Porque un huevo es un catafalco…
un ataúd una matriz…
una placenta una mortaja…
¿No es así?
¿Morimos o nacemos?
¡Otra vez la pregunta!
¡Otra vez la vieja pregunta inexorable!
No hay más que preguntas.
Preguntas escupidas con rabia en el círculo de un pozo,
en el oráculo de un pozo profundo y oscuro
que no responde más que con el eco de la última palabra.
—¿Nacemos o morimos?
—¡Morimos!
—¿Morimos o nacemos?
—¡Nacemos!

Texto 20

El ciervo

“Envido”

ENVIDO
Ya has llorado bastante… vamos a dormir.
Ya has dormido bastante… vamos a llorar.
—Y así… del llanto al sueño…
acunado, movido eternamente, de abajo hacia arriba,
en un angustioso balanceo…
Y de arriba hacia abajo en el columpio
de la ascensión y del vértigo…
Y la ruleta sin cesar… ¿Quién está allá arriba, Señor Arcipreste? —El Sol…
con sus estrellas concubinas, moviendo los dados del Destino, en su gran cubilete de fuego… jugándose tu vida…
a ver si es llanto o sueño.
—¿Y allá abajo? ¿Quién está allá abajo? —El mar…
apostando, enfurecido, al «Salitre y al soplo» con el Viento.
—¿Al salitre y al soplo?
—A ver si tu llanto es rojo o negro…

amargo, amargo, amargo
o hueco, hueco, hueco.
—¡Que se callen ya todos y me dejen dormir!
Los que apuestan ahí abajo, en el sótano,
y los que juegan, allá arriba, a los dados, en el piso tercero. Pero los jugadores no se callan…
los jugadores están siempre despiertos.
Y yo, desesperado,
acabo por tomar parte en el juego…
Y ahora digo gritando enfurecido: Envido:
Todas mis lágrimas, amargas o vacías… todas por un pedazo largo, largo, largo… profundo e interminable de sueño.

LA PALABRA
Pero ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?

Texto 21

El ciervo

“La palabra”

Siempre en discusiones de modisto:
que si desceñida o apretada…
que si la túnica o que si la casaca…
La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis?… ¿Me ha oído usted, Señor
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre… y la Torre tiene que ser alta… alta, alta, alta… Hasta que no pueda ser más alta.

Hasta que llegue a la última cornisa de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.

Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo, el último ladrillo… la última palabra,
para tirársela a Dios,
con la fuerza de la blasfemia o la plegaria…

y romperle la frente… A ver si dentro de su cráneo está la Luz… o está la Nada.

EL INFIERNO
Algo hay malhecho aquí… en mi carne y en mis versos.

Texto 22

Cuatro poemas con epílogo y colofón

“El infierno”

Arcipreste?

¡Me abrasaría!… ¡Lo quemaría todo!…
Pienso en el fuego siempre como el triunfo final.
¡Gran triunfo es el arder!… ¡Oh, la esperanza del infierno! ¡Oh, el infierno del que sale el perdón!…
¡Oh, el fuego último del que sale la luz!
¿Y si al final no hubiese más que Luz
y uno fuera la Luz y la pupila a la vez…
no el llanto y los ojos, como ahora nos sucede?

«Palabras….» a Belleza Cruel (1958), de Ángela Figuera Aymerich Al libro de Ángela Figuera Aymerich

Con estas palabras quiero arrepentirme y desdecirme, Ángela Figuera Aymerich… de cosas que uno ha dicho, de versos que uno ha escrito…

Porque yo fui el que dijo al hermano voraz y vengativo, cuando, aquel día, nosotros, los españoles del éxodo y del llanto, salimos al viento y al mar, arrojados de la casa paterna por el último postigo del huerto… yo fui el que dijo:

«Hermano… tuya es la hacienda… la casa, el caballo y la pistola… Mía es la voz antigua de la tierra. Tú te quedas con todo

y me dejas desnudo y errante por el mundo… mas yo te dejo mudo… ¡mudo!…
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego

si yo me llevo la canción?»

Fue éste un triste reparto caprichoso que yo hice, entonces, dolorido, para consolarme. Ahora estoy avergonzado. Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción. Tal vez era lo único que no nos podíamos llevar: la canción, la canción de la tierra, la canción que nace de la tierra, la canción inalienable de la tierra. Y nosotros, los españoles del éxodo y del viento… ¡ya no teníamos tierra!

Vosotros os quedasteis con todo: con la tierra y la canción.

Nuestro debió haber sido el salmo, el salmo del desierto, que vive sin tierra, bajo el llanto, y que sin garfios ni raíces se prende, se agarra, anhelante, de la luz y del viento.

Yo hablé también un día del salmo. «El salmo es mío», dije, «el salmo es un joya que les dimos en prenda los poetas a los sacerdotes… y ahora lo rescato, me lo llevo, me lo llevo del templo, me lo llevo en mi garganta rota y desesperada…». Y dije también: «El salmo fugitivo y vagabundo es el lenguaje justo del español del éxodo y del llanto»… Palabras, palabras nada más. Yo no me llevé el salmo tampoco. Nosotros no nos llevamos el salmo.

Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado, blasfemia sin sentido, palabras de un idiota llenas de estrépito y de furia que se perdieron como burbujas de hiel en el vacío… Y nos quedamos luego todos mudos… Los mudos fuimos nosotros… ¡Los desterrados y los mudos!

De este lado nadie dijo la palabra justa y vibrante. Hay que confesarlo: de tanta sangre a cuestas,

Texto 23

de tanto caminar, de tanto llanto y de tanta injusticia… no brotó el poeta.
Y ahora estamos aquí, del otro lado del mar, nosotros, los españoles del éxodo y del viento,

asombrados y atónitos oyéndoos a vosotros cantar: con esperanza, con ira, sin miedos…
Esta voz… esas voces… Dámaso, Otero, Celaya, Hierro, Crémer, Nora, de Luis, Ángela Figuera Aymerich… los que os quedasteis en la casa paterna, en la vieja heredad acorralada… Vuestros son el

salmo y la canción.

A mi querido amigo el doctor Carlos Parés, sin el cual este libro no existiría.

ESCUELA
Oí tocar a los grandes violinistas del mundo,
a los grandes “virtuosos”.
Y me quedé maravillado.
¡Si yo tocase así!… ¡Como un “Virtuoso”!
Pero yo no tenía
escuela
ni disciplina
ni método…
Y sin estas tres virtudes
no se puede ser “Virtuoso”.
Me entristecí.
Y me fui por el mundo a llorar mi desdicha.
Una vez oí… en un lugar… no sé cuál…
«Sólo el Virtuoso puede ver un día la cara de Dios».
Yo sé que la palabra “Virtuoso” tiene un significado equívoco, anfibológico, pero, de una o de otra manera, pensé,
yo no seré nunca un “Virtuoso”…
y me fui por el mundo a llorar mi desdicha.

Anduve… anduve… anduve descalzo muchas veces,
bajo la lluvia y sin albergue… solitario.

Y también en el carro itinerante
más humilde de la farándula española.
Así recorrí España.
Vi entonces muchos cementerios,
estuve en humildes velorios aldeanos
y aprendí cómo se llora en los distintos pueblos españoles. Blasfemé.
Viví tres años en la cárcel…

México, D. F., junio, 1958

Texto 24

¡Oh, este viejo y roto violín!

“Escuela”

no como prisionero político,
sino como delincuente vulgar…
Comí el rancho de castigo con ladrones y grandes asesinos… Viajé en la bodega de los barcos;
les oí contar sus aventuras a los marineros
y su historia de hambre a los miserables emigrantes.
He dormido muchas noches, años, en el África Central,
allá, en el golfo de Guinea, en la desembocadura del Muni, acordando el latido de mi sangre
con el golpe seco, monótono y tenaz
del tambor prehistórico africano
de tribus indomables…
He visto a un negro desnudo
recibir cien azotes con correas de plomo
por haber robado un viejo sombrero de copa
en la factoría del Holandés.
Vi parir a un mujer
y vi parir a una gata…
y parió mejor la gata;
vi morir a un asno
y vi morir a un capitán…
y el asno murió mejor que el capitán.
Y ese niño, ¿por qué ha llorado toda la noche ese niño?
No es un niño, es un mono —me dijeron.
Y todos se rieron de mí.
Yo fui a comprobarlo
y era un mono pequeño, en efecto,
pero lloraba igual que un niño,
más desgarrada y dolorosamente que todos los niños
que yo había oído llorar en el mundo.
El Sargento me explicó:
—Anoche en el bosque matamos al padre y a la madre,
y nos trajimos al monito.
¡¡Cómo lloraba el monito!!

Estuve en una guerra sangrienta,
tal vez la más sangrienta de todas.
Viví en muchas ciudades bombardeadas,
caminé bajo las bombas enemigas que me perseguían, vi palacios derruidos, sepultando
entre sus escombros niños y mujeres inocentes.
Una noche conté cientos de cadáveres
buscando a un amigo muerto.
Viví en manicomios y hospitales.
Estuve en un leprosorio
(junto al lago petrolífero y sofocante de Maracaibo),

me senté a la misma mesa con los leprosos. Y un día, al despedirme,
les di la mano a todos,
sin guantelete, como el Cid…

no tenía otra cosa que darles.
He dormido sobre el estiércol de las cuadras,
en los bancos municipales,
he recostado mi cabeza en la soga de los mendigos,
y me ha dado limosna —Dios se lo pague—
una prostituta callejera.
Si recordase su nombre lo dejaría escrito aquí orgullosamenteen este mismo verso endecasílabo.
¡Oh, qué alegría!, poder pagar una letra,
una deuda, una limosna de amor
a los cincuenta años de vencida.

Y esta llaga que llevo aquí escondida —desde mozo, hace sesenta años—, que sangra, que supura, no se cierra y no puedo enseñarla por pudor.

No es herida gloriosa de la guerra… ¡Pero hay llagas redentoras!

Una vez… alguien me llevó ciego
a un lugar de pesadilla… de bicéfalos monstruos.
¿Alguien?… ¿o fue el veneno antiguo y poderoso de mi sangre que está ahí, agazapado como un tigre;
se levanta a veces, deforma el Amor
y me deja sin defensa
en un mundo subyugante, satánico y angélico a la vez,
donde se pierde al fin la voluntad
y uno ya no puede decir quién quiere que venza,
si la luz o la sombra?
Sin embargo,
aquella vez vencieron y me salvaron los ángeles…
Pero yo no fui un soldado valiente.
¡Oh el amor, el amor…! ¡Qué formas toma a veces!
¿Por qué ha de ser así?
¿Por qué este veneno de la sangre está ahí siempre,
agazapado como un tigre, y no se va,
y a veces se levanta, y lucha… y, ¡ay!, puede más que los ángeles?

Volví a blasfemar. Quiero contarlo todo. Que vengan el pregonero, el cura,

el psiquiatra,
el albañil…
Quiero que sepa todo el mundo
cómo
y de qué
está construida mi casa.
Otra vez,
desesperado,
quise escaparme por la puerta maldita y condenada y mi ángel de la guarda me tomó de los hombros
y me dijo severo: no es hora todavía…
hay que esperar.
Y esperé.
Y sufrí,
y lloré otra vez.
He visto llorar a mucha gente en el mundo
y he aprendido a llorar por mi cuenta.
El traje de las lágrimas
lo he encontrado siempre cortado a mi medida.

Viví en Norteamérica seis años, buscando a Whitman, y no lo encontré. Nadie le conocía.
Hoy tampoco le conocen.
¡Pobre Walt!, tu palabra «Democracy»

la ha pisoteado el Ku-Klux-Klan…
y «aquella guerra», ¡ay!, «aquella guerra» la perdisteis los dos: Lincoln y tú.

Llegué a México montado en la cola de la Revolución. Corría el año 23…
y aquí planté mi choza,
aquí he vivido muchos años,

he llorado,
he gritado,
he protestado
y me he llenado de asombro.
He presenciado monstruosidades y milagros: aquí estaba cuando mataron a Trotsky, cuando asesinaron a Villa,

cuando fusilaron a cuarenta generales juntos… y aquí he visto a un indito,
a todo México
arrodillado llorando ante una flor.

He acompañado a la muerte muchas veces: la vi a la cabecera de mi madre,

de mi compañera,
de amigos innumerables…
He sufrido y sufro el destierro…
Y soy hermano de todos los desterrados del mundo.

Tengo un amigo judío que estuvo en Auschwitz
y me ha enseñado las cicatrices del látigo alemán.
He estado en el infierno.
En un infierno que Dante y Virgilio no soñaron siquiera. Salí del infierno… y he rezado mucho después.
Me sepultaron vivo
y me escapé de la tumba.

He vivido largos años y he llegado a la vejez con un saco inmenso, lleno de recuerdos,

de aventuras,
de cicatrices,
de úlceras incurables,

de dolores,
de lágrimas,
de cobardía y tragedias…
y ahora… de repente,
a los ochenta años
me doy cuenta de que sé tocar muy bien el violín… que soy un “Virtuoso”,
que puedo tocar en los grandes conciertos del mundo

(El hombre y el poeta
son un mismo y único instrumento.)
Me gusta haber dado con mi almendra
antes de morirme.
Me gusta haber llegado a la vejez
siendo un gran violinista…
un Virtuoso.
Pero… con esta definición
que oí cierta vez en un lugar… no sé cuál:
«Sólo el Virtuoso puede ver un día la cara de Dios».

A Don Gustabo Díaz Ordaz, Presidente de México en el año de 1967.

Texto 25

«¡Oh, el barro el barro!»

Bien se me alcanza, Señor Presidente, que con estos versos no se puede legislar. Pero el poeta es un ciudadano, súbdito y tributario de la luz, que no ha venido al mundo a legislar. Si embargo, el poema vale tanto como la ley.

¡OH, EL BARRO, EL BARRO! (POEMA) ¡Oh, el barro, el barro!

—¿Y si le llamásemos arcilla? —¿Cómo?

—Arcilla.
—¿No es lo mismo arcilla que barro?

—Sí… pero suena mejor arcilla.
Y así, en femenino, parece otra cosa. ¡Arcilla…! Se piensa en la mujer…
en una doncella mancillada…
en la novia del Viento…
¡Oh pobre novia violada por el viento!
De aquí nació el hombre…
(así lo cuenta el Génesis)
de la cópula oscura de la Arcilla y el Viento

*

¡Y qué horrible fue aquello!…
¡¡El Gran aborto!!
—Cállate. No hables así.
—Pero… si lo sabe todo el mundo… —¿Qué es lo que sabe todo el mundo? —Que el hombre está mal hecho… que es una catástrofe,

un fracaso… un aborto… ¡¡El Gran aborto!! —¿Por qué se sabe? ¿Cómo se sabe?

¿Quién lo ha dicho?
¿Lo ha dicho el gran partero de la creación?… ¿Lo ha dicho la comadrona principal?
—¡No¡
Lo han dicho los pájaros y el ciervo. Escucha…
escucha ese ruido de alas rotas…
¿de dónde viene ese rüido?…
¡Oh, el hombre, el hombre!
Y esa mirada de candor y de súplica…
¿de dónde viene esa mirada?…
Y ¿Quién ha roto esas alas?…
¿Quién ha cegado esa mirada?…
¡Oh, el hombre, el hombre!
Y ¿ese grito?

¿no es el grito de la inocencia asesinada? Y ¿Quién es el asesino?
¡Oh, el hombre, el hombre!

*

Luego el amor… ese ángel blanco y candoroso
escondido, prisionero de pronto, y al apuntar el alba
en el oscuro calabozo del sexo…
¿Por qué ha ocurrido esto?
¿Cómo ha podido suceder este hecho monstruoso y criminal? El ángel del amor con sus sueños infantiles
y sus alas en glorioso vuelo hacia la luz…
hacia el origen…
de repente, aherrojado, impotente y sin defensa,
hundido en esta poza blanda, viscosa y sucia del sexo
llena de sabandijas y yerbajos.
¿Por qué ha de ser así?
¿No habrá otra manera?

*

Pobre amor enloquecido y sin salida en esta celda tenebrosa
sin llaves para abrirse la puerta,
sin herramientas,

sin ganzúa —las gubias embotadas…
Pobre amor, atrapado aquí, como una rata,
sin poder escaparse,
sin nadie que le ayude.
¿Cómo se abre este cepo?
¿Cuál es su mecanismo?
¡Trampas… trampas… trampas!
Y el carcelero y el juez
Hablando de la libertad.
Pero… ¿quién es el carcelero,
cómo se llama el juez
y que es la Libertad?
¡Oh, el hombre, el hombre! ¡animal de Libertad!… Mírale ahí, prisionero, en el arranque,
en la raíz misma de su amor.

*

Y allí junto, junto al oscuro calabozo el socavón excremental

por donde dicen que puede entrar también el arcoiris… Sí, sí… Yo lo dije una vez…
¿Cuándo lo dije?
¿Cómo lo dije?… Dije:

«¡Se ha vuelto loco el espectro!»
¡Oh, el hombre, el hombre… tan elegante el hombre!… con su rosa de estiércol en el ojal de la solapa.

*

Y las canciones infantiles… el sueño de las vírgenes… la voz del adolescente… ¿por qué las estrangulan?… Y ¿quién las estrangula? ¿Así tiene que ser?

Y ¿Por qué ha de ser así? ¿No había otra manera?… Esa voz,
la voz del adolescente, esa voz…

¿Por qué no es la voz del hombre?
¿Por qué no puede hablar el hombre como un ángel? Yo no entiendo…
¿Tú entiendes?
Yo quería decir que el hombre está mal hecho…
Tú, ¿qué dices?
Y a veces le veo muy sucio…
hundido en una poza muy negra.
Y otras veces se me pierde en una nube muy blanca y no le puedo seguir…
¿Tú qué dices?…

—Pero… ¿todo en el hombre está mal hecho? ¿Y el cerebro matemático?…
Existe el hombre matemático.
— ¡Oh, sí… el hombre matemático!

Quiero hablar del pedante y sabihondo matemático. Mírale ahí, en su aséptico trono de aluminio y de cristal… —¡Quieto… no le interrumpas!—
está inventando números,
átomos,
kilómetros para llegar a la luna,
distancias infinitas
velocidades enloquecidas…
años de luz… siglos de luz…

Luz… luz… luz
Pero… ¿de qué luz habla usted, Señor Profesor? ¿No sabe usted que no hay luz?
¡No hay luz…
no hay luz…
no hay luz…!
La tierra es un planeta tenebroso,
el sol sale más bizco y más torcido cada día,
yo estoy completamente ciego
y el espectro… es homosexual…
¡Siete veces homosexual!

*

¡No hay luz!
¡Oh, el divorcio lascivo de la arcilla y el viento!

*

¿Cuál es la fórmula de la luz?
A ver: haga usted cálculos, Señor Profesor…
Le espero… El Profesor calcula… El Poeta espera.
Al fin: el Profesor concluye. Y el Poeta dice:
Muy mal, muy mal, Señor Profesor.
Esto no es la fórmula de la luz.
Se ha olvidado usted de estos factores:
de la inocencia,
de la libertad,
del amor,
del sueño de las vírgenes,
del vuelo de los pájaros,
de la mirada de los ciervos,
de la voz del adolescente…
Y sin estos factores, sin estos datos, sin estos milagros
que ha olvidado usted
y que a veces ocurren en el mundo… —rauda, rápidamente, en un temblor misterioso de relámpago… nada más que para que sepamos que existen…—
Sin estos milagros, que no están en su fórmula,
no llegará usted nunca
a la justa definición de la luz.
«La luz…
—fíjese usted bien, Señor Profesor—
la luz es la mirada de Dios —mística y poética—
donde viven (eternamente, siempre, siempre)
la aurora, el ángel y los sueños».

*

Lo que usted enseña es la fórmula de la catástrofe, del fracaso,
del aborto…
¡Oh, el hombre, el hombre!…

¡esa cosa mal hecha
nacida de la cópula oscura de la arcilla y el Viento…!

—Y… ¿quién tuvo la culpa?…
¿La arcilla o el viento?
—Oh, no. La arcilla, no…
La arcilla es dúctil, humilde, paciente… Míralá ahí cómo se ofrece, llena de esperanza, a las manos del alfarero,

del escultor,
del soplo genésico de Dios,
a la bárbara caricia del Viento…
Ella tiene fe… ¡Sueña!
Sueña: «Tal vez un día, tal vez un buen día salga de mí algo
que pueda caminar orgulloso bajo el sol. Hasta ahora… todo ha habido que romperlo. ¡Cuántas veces me han hecho,
deshecho…
rehecho…
y cuántas tendrán que hacerme todavía… deshacerme
rehacerme de nuevo…
una y otra vez,
una y otra vez,
una y otra vez…
¡¡Hasta cuando, Señor!!…
Hasta ahora… todo han sido abortos,
¡bien lo sé!
¡Lo sabe todo el Mundo!, ¡qué vergüenza!» Y la arcilla —¡pobre Arcilla!
Se ablanda,
se humedece…
llora…
Y mientras el Viento
huye como un ladrón
Ella sueña,
sueña como la Esposa Abandonada…
Y la tierra… es un tálamo maldito.

México, 30-V-1969

III. CRONOLOGÍA

1884: Felipe Camino García (León Felipe) nace en Tábara (Zamora), el 11 de abril. 1886: La familia Camino se traslada a Sequeros (Salamanca).

1893: La familia se establece en Santander. 1900: Estudios de Farmacia en Madrid. 1905: Termina su carrera de Farmacia. Comienza el Doctorado.

1908: Muere su padre. Abre una botica en Santander.
1912: Se marcha a Barcelona. Comienza a trabajar como actor en compañías itinerantes.

1915: Es detenido en Madrid. Juzgado en Santander es condenado a tres años de cárcel. Lectura de El Quijote. Primeros poemas.

1917: Sale de prisión y vuelve a trabajar como farmacéutico.
1918: Se marcha a Barcelona con la peruana Irene de Lambarri. Regresa a Madrid. Muere su madre. Difícil situación vital y económica.

1919: Muestra sus poemas a Juan Ramón Jiménez. Trabaja como regente de botica en Almoacid de la Sierra (Guadalajara). Lee en el Ateneo de Madrid sus Versos y oraciones de caminante.

1920: Edición del libro. Trabaja en Guinea como administrador de hospitales.
1922: Vacaciones en Madrid. Conoce al escritor mexicano Alfonso Reyes.

1923: Se embarca para México. Conoce a la mexicana Berta Gamboa. Se establece en Nueva York. Contrae matrimonio. Comienza su formación universitaria en literatura.

1924. Trabaja como profesor en la universidad de Cornell.
1929: Publica Versos y oraciones de caminante. Libro II. Encuentro en Nueva York con Federico García Lorca.

1930: Regresa a México. Imparte un curso sobre El Quijote.
1931: Estancia de unos meses en España.

1886: Nace el rey Alfonso XIII. Regencia de María Cristina.
1898: Pérdida de las últimas colonias en América.

1900: Freud, La interpretación de los sueños.
1905: Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza.

1907: Picasso, Las señoritas de Avignon. 1909: Guerra de Marruecos. “Semana Trágica” de Barcelona.
1912: Antonio Machado, Campos de Castilla. Galdós publica el último de susEpisodios Nacionales.

1914: Comienza la I Guerra Mundial. 1917: Ramón Gómez de la Serna,Greguerías. Triunfo de la revolución rusa. Fin de la revolución mexicana.

1918: Primera visita a España de Vicente Huidobro. Primer manifiesto del “Ultraísmo”. Final de la I Guerra Mundial. 1919: Creación de la Tercera Internacional. 1921: Nace el Partido Socialista Obrero Español.

1922: Mussolini llega a la jefatura del gobierno italiano. César Vallejo, Trilce. 1923: Golpe de estado de Primo de Rivera. Aparece la Revista de Occidente.

1924. Primer manifiesto surrealista. 1925: Pablo Neruda, Residencia en la tierra. Ortega y Gasset, La deshumanización del arte.

1927: Celebración del centenario de la muerte de Góngora. Luis Buñuel y Salvador Dalí ruedan Un perro andaluz. 1928: Jorge Guillén, primera edición deCántico.

1929: Rafael Alberti, Sobre los ángeles. Gran depresión económica mundial. 1930: Unamuno, San Manuel Bueno Mártir.

1931: Proclamación de la II República Española. Primeros poemas de Poeta en Nueva York de García Lorca.

1933: Primera versión de Drop a Star. 1934: Regresa a España. Su obra es recogida en las antologías de Federico de Onís y Gerardo Diego. Primera antología individual.

1936: Trabaja como profesor y agregado cultural en Panamá. Escribe «Good bye, Panamá!». En septiembre se embarca para España. Se establece en la Alianza de los Intelectuales en Madrid.

1937: Lee «La insignia» en Barcelona. Permanece en Francia durante varias semanas.
1938: Aparece el poema «La oferta». Parte hacia América. Lee en la Habana El payaso de las bofetadas o el pescador de caña. Vuelve a establecerse en México. 1939: Ofrece una lectura de Español del éxodo y del llanto. Colabora en la revistaEspaña Peregrina. Comienza una estrecha amistad con Juan Larrea.

1940: Publica el poema «El gran responsable», que sirve de base paraGanarás la luz.
1941: Termina la traducción de Canto a mí mismo de Walt Whitman.

1942: Interviene en la fundación de la revista Cuadernos Americanos.
1943. Publica Ganarás la luz
1946: Gira de dos años por los países de Centro y Sudamérica.

1950: Aparece Llamadme publicano. 1956: Lectura de poemas de El ciervo.1957: Muere Berta Gamboa, su mujer. 1958: Publica El ciervo Cuatro poemas con epígrafe y colofón.

1961: Publicación de El juglarón.
1964: Da a conocer los poemas de ¡Oh, este viejo y roto violín!
1968: Publicación de Rocinante, redacción de «¡Oh, el barro, el barro!». El 18 de septiembre muere en México, donde es enterrado.

1933: Hitler es proclamado canciller de Alemania. Lázaro Cárdenas presidente de México.
1936: Comienza la Guerra Civil en España. Asesinato de Federico García Lorca.

1937: Picasso, Guernica. El II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura se celebra en Valencia.
1939: Final de la Guerra Civil española. Se inicia la II Guerra Mundial.

1941: Comienza el exterminio sistemático de judíos. Ataque japonés a Pearl Harbor. 1942: Cela, La familia de Pascual Duarte. 1943: Juan Larrea, Rendición de espíritu. 1944: Dámaso Alonso, Hijos de la ira. 1945: Capitulación alemana. EE.UU. lanza las bombas atómicas sobre Japón. La ONU condena el régimen franquista.

1946: Juan Domingo Perón accede al poder en Argentina. Emilio Prados, Jardín cerrado.
1947: EE.UU. inicia el “Plan Marshall”. 1949: Buero Vallejo, Historia de una escalera.
1950: Fin del bloqueo internacional a España. Luis Buñuel, Los olvidados.
1956: Juan Ramón Jiménez recibe el Premio Nobel.
1959: Castro toma el poder tras la revolución cubana.
1962: EE.UU. manda tropas a Vietnam. Ramón J. Sender, La tesis de Nancy.
1968: En París se producen las revueltas de “Mayo del 68”.
1969: Retransmisión televisada del primer paseo por la luna. Juan Carlos I es designado sucesor de Franco

IV. BIBLIOGRAFÍA

Principales ediciones de las obras de León Felipe

Versos y oraciones de caminante. Drop a star (ed. de José Paulino Ayuso), Madrid, Alhambra.
———————————————-, Madrid, Visor, 1981.
El payaso de las bofetadas y el pescador de caña, Madrid, Visor, 1981.

Español del éxodo y del llanto, Madrid, Visor, 1981.¡Oh, este viejo y roto violín!, Madrid, Visor, 1981.La insignia y otros poemas, Madrid, Visor, 1982.Llamadme Publicano, Madrid, Visor, 1982.

El ciervo, Madrid, Visor, 1982.
Versos del Merolico o del sacamuelas, Madrid, Visor, 1982.
Rocinante, Madrid, Visor, 1982.
Puesto ya el pie en el estribo y otros poemas, Madrid, Visor, 1983.
El gran responsable, Madrid, Visor, 1984.
Ganarás la luz ( ed. de José Paulino Ayuso), Madrid, Cátedra, 1990.
«Prólogo», en Whitman, Walt: Canto a mí mismo (traducción de León Felipe), Madrid, Visor, 1981.

Antologías y recopilaciones

Antología, Madrid, Espasa-Calpe, 1935.
Antología rota (1920-1947), Buenos Aires, Pleamar, 1947. (Buenos Aires, Losada, 1957, 2a ed. aumentada).
Obras completas, Buenos Aires, Losada, 1963.
Antología y homenaje, México, Alejandro Finisterre, 1967. (Incluye colaboraciones de diversos autores).
Obra poética escogida (Selección y Prólogo de Gerardo Diego), Madrid, Espasa-Calpe, 1981
El poeta canta en el viento: antología poética (1920-1969) (Selección y prólogo de José Paulino Ayuso), Barcelona, Circulo de Lectores, 1998

Principales estudios sobre León Felipe y su obra

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TEXTO DE CONTRAPORTADA

La singularidad poética de León Felipe le ha hecho aparecer, muy a menudo, como una figura solitaria en el panorama de la literatura española del siglo XX. No faltan motivos para ello, pues parece que su vida y su obra se hubiesen saltado todas las convenciones clasificatorias: comienza a publicar cuando los autores de su edad ya eran escritores reconocidos; se declara tradicional en tiempo de revoluciones artísticas; en España su poesía suena con acento americano y en México, donde vivió la mayor parte de su madurez poética, terminó por convertirse en un representante de lo español; los creyentes recelaron de sus ideas heréticas, y los revolucionarios sospecharon de sus poemas, cargados de religiosidad. Pero al cabo nadie duda de la importancia de su obra y, quizá por esta compleja gama de matices y riesgos, resulta indiscutible otorgar a León Felipe un lugar prominente en la literatura escrita en castellano.

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C&H Magazine entrevista a Federico Jiménez Losantos.

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Sobre los asuntos sociales, políticos e ideológicos que le hicieron luchar contra el franquismo, para luego ir pasando a buscar una salida , desde el liberalismo, a las alternativas de unas izquierdas que fueron paulatinamente perdiendo por completo el rumbo hacia una política realmente al servicio de los individuos , libremente asociados en un sistema democrático y eutáxico ( término éste, que tomamos de la teoría política de Gustavo Bueno)Recomendamos , a modo de complemento de este video, un artículo reseña escrito por el fundador del Materialismo Filosófico ( Gustavo Bueno ), sobre el libro de Losantos titulado Lo que queda de España

Ensayo sobre el curso de la ultraderecha en España

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESP AÑOLA

RESUMEN:

por
PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

U.N.E.D.

El concepto de «extrema derecha» abarca, tanto a nivel de pensamiento como de práctica política, un conjunto de «tradiciones» coincidentes en su rechazo del pluralismo político,

en la defensa de sistemas de carácter autoritario o totalitario, en una perspectiva antro- pológica pesimista y en una acción social antirrevolucionaria y, a la vez, reformista.

Pero separadas entre sí en no pocos aspectos. Podemos distinguir, así, entre diversas «tradiciones» de extrema derecha: la «teológico política» o tradicionalista, basa- da en la preeminencia del factor religioso; la «radical», que asume los supuestos secu- lares de la modernidad e intenta fundamentar su discurso en factores no religiosos: raza, nación, etc., y la «revolucionaria» o fascista, cuyo proyecto político tiene

por base una síntesis de elementos socialistas, nacionalistas y populistas, elaborada desde una perspectiva antiliberal y antimarxista. Estas «tradiciones» pueden ser cla- sificadas, según su vigencia social, en «hegemónicas», «residuales» y «emergentes». A

juicio del autor, lo característico de la situación española es el mantenimiento de la «tradición» teológico-política como hegemónica hasta bien entrado el siglo XX; y la situación subordinada de la radical y de la revolucionaria.

PALABRASCLAVE: España. Historia Contemporánea. Extrema Derecha.

The term «extreme right» encompasses a range of «traditions» which have in common a rejection ofpolitical pluralism, a defence of authoritarian or totalitarian systems, a pessimistic view of man and an anti-revolutionary social policy. But these traditions are distinguished from each other in several aspects. We can separate several traditions on the extreme right: «political theology», based on the religious factor; the «radical» tradition, which emphasises secular factors such as race and nation, and the «revolutionary» or fascist tradition, based on a synthesis of socialistic, nationalistic and populist elements and an anti-liberal and anti- Marxist perspective. These traditions can be classified, according to their prevalence in society, as «hegemonic», «residual» or «emerging». In the authors view, the characteristic feature of the Spanish situation is the maintenance of «political

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ABSTRACT:

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IQQ PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

theology» as a hegemonic tradition well into the twentieth century, and the subordinate importance of the radical and revolutionary positions.

KEY WORDS: Spain. Modern History. Extreme Right.

INTRODUCCIÓN

El concepto de «extrema derecha» designa, tanto a nivel de praxis como de pensamiento político, una pluralidad de «tradiciones» unidas por temas, obje- tivos y, sobre todo, por enemigos comunes; pero igualmente hostiles entre sí en no pocos aspectos. Entendemos por «tradición» un «razonamiento extendido a lo largo del tiempo en el que ciertos acuerdos se definen y redefinen en térmi- nos de dos tipos de conflictos: los que tienen lugar con críticos y enemigos ex- ternos a la tradición, que rechazan todos o casi todos los elementos claves de los acuerdos fiíndamentales y aquellos otros debates internos e interpelativos por medio de los cuales se llegan a expresar el sentido y el motivo de esos acuerdos fiíndamentales y en el progreso de los cuales se constituye la tradi- ción». Cada una de estas tradiciones posee sus propias pautas internas para calibrar y dar respuesta a la problemática de su época. Pero, en un momento dado, pueden entrar en un período de crisis que las lleve a desaparecer, al serle imposible renovarse y reducir el número de problemas que tienen planteados. Cuando una «tradición» se inclina en este sentido —cuando está afectada por conflictos estériles y se limita a repetir las viejas fórmulas— se halla en una «crisis epistemológica», y solo podrá superarla elaborando una serie de concep- tos o una nueva síntesis de doctrinas e ideas, un marco de referencia que reúna estos tres requisitos: que permita a la «tradición» resolver sus problemas pen- dientes, que explique como se plantearon y por qué no se habían resuelto hasta ahora, y que haga ambas cosas destacando la continuidad básica existente entre la síntesis anterior y la nueva. Nunca está garantizado que pueda llevarse a cabo esa innovación conceptual dentro de la «tradición». Por ello, una «tradi- ción» no sólo puede entrar en un período de decadencia, sino incluso desapare- cer como consecuencia de esa crisis^

Cada crisis corresponde al impacto de los acontecimientos políticos, socia- les, económicos, culturales e ideológicos que, por su repercusión, obligan a las distintas «tradiciones» a una redefínición. Y en ese sentido, resulta útil distin- guir, por emplear la terminología de Raymond Williams, entre tradiciones «dominantes», «emergentes» y «residuales»^.

Por «dominantes» entendemos aquellas tradiciones que, durante largo tiempo, son capaces de configurar el pensamiento y el proyecto político de los sectores ubicados en la «extrema derecha»; y de adaptar sus contenidos a las

1 MaclNTYRE, K\2>s.áü\v. Justicia y racionalidad. Barcelona, 1994, páginas 394 y ss. 2 WILLIAMS, Raymond: Marxismo y literatura, Barcelona, 1980, páginas 143 y ss.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA ]^ Q1

nuevas formas económicas, sectores sociales e incluso a los nuevos valores, sin perder por ello sus características esenciales. «Emergente» sirve aquí para de- signar la génesis y configuración de nuevos estilos de pensamiento que llevan consigo proyectos, significaciones, valores y prácticas políticas de «extrema derecha», que entran en conflicto con la tradición hasta entonces dominante, consiguiendo convertirla en «residual», es decir, en anacrónica y disfuncional, incapaz de superar los nuevos retos sociales, sumiéndose en una irreversible crisis epistemológica. En ese sentido, podemos distinguir, tanto a nivel europeo como específicamente español, tres «tradiciones» de extrema derecha. La «teo- lógico política» —o tradicionalista, a secas—, cuyo proyecto ideológico intenta la sistematización del hecho religioso como legitimador de la práctica política. La «radical», que, frente a la anterior, asume los supuestos seculares de la mo- dernidad e intenta legitimar su discurso en valores no religiosos como la nación o la raza, y en nociones científicas extraídas de la biología, la etnología, la so- ciología o la jurisprudencia. Y, por último, la «revolucionaria» —o fascista—, cuyo proyecto político, producto de una época caracterizada por la moviliza- ción de las masas, se presenta como una síntesis de elementos nacionalistas, populistas y socialistas, elaborada en un sentido abiertamente antiliberal y an- timarxista. Por supuesto, la vigencia y el carácter de estas «tradiciones» se en- cuentra determinado por las características culturales de sus sociedades nacio- nales. No existe «extrema derecha» en sí; sólo existen sociedades nacionales, cada una de las cuales potencia determinadas tradiciones y otras no. En el caso español, la «tradición» dominante ha sido la «teológico-política», a lo largo de todo el siglo XIX y buena parte del XX. La perspectiva católica dotó a la ex- trema derecha española de unos esquemas de interpretación cargados de sím- bolos, mitos, imágenes, de todo un repertorio de significados sobre causalida- des y acontecimientos del mundo: el providencialismo, la lucha del Bien contra el Mal como motor de la Historia, la «causalidad diabólica» o la Edad de Oro perdida, etc. Además, la Iglesia católica consiguió presentarse como portadora de una «ideología nacional», es decir, de una orientación hegemónica, que du- rante mucho tiempo apenas fue conmovida por tendencias contrarias e hizo pasar por herético, por no-nacional cualquier otro pensamiento que le fuera inasimilable. Ello fue causa y, al mismo tiempo, efecto de la debilidad del na- cionalismo español. El Estado liberal español fue, dado el atraso social y eco- nómico del país, un Estado muy débil, incapaz de lograr una efectiva «naciona- lización de las masas» y de crear un ritual, una serie de símbolos capaces de estimular un sentimiento nacional fuerte al margen de la identidad religiosa. A ello se unió el papel secundario de la nación española en la sociedad inter- nacional contemporánea; y la consiguiente ausencia de un enemigo exterior.

Por todo ello, la tradición «radical», nacionalista y laica, fue no sólo más tardía que en la mayoría de los países europeos, sino mucho más débil. En rea- lidad, sus primeras manifestaciones de envergadura fueron los nacionalismos periféricos catalán y vasco, nacidos al socaire de la crisis finisecular. En el resto

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de España, sólo comenzó sus primeros balbuceos a lo largo de la crisis del sis- tema de la Restauración, para luego adquirir una mayor, aunque muy peque- ña, difusión, en sus perfiles menos extremos durante la II República. Y lo mis- mo ocurrió, en consecuencia, con la «revolucionaria», cuya principal caracterís- tica fiíe su marginalidad social y política hasta el estallido de la guerra civil. Fueron, pues, dos tradiciones «emergentes» incapaces de desplazar a la «domi- nante», que sólo a partir de los años sesenta entró en una irreversible crisis epistemológica, al socaire de las transformaciones sociales y las consecuencias del Concilio Vaticano II.

En ese sentido, el pensamiento político de la extrema derecha española se caracteriza por una continuidad que no se da en el resto de los países europeos. Ajena a planteamientos de carácter racista o imperialista, su originalidad histó- rica radica en su inquebrantable y permanente voluntad restauradora de los valores católicos y en su oposición a los principios configuradores del proyecto de la modernidad.

1. LA REACCIÓN «A LO DIVINO»

Como ha señalado François Furet, el momento clave de lo que podemos llamar «revolución liberal-democrática» ha de ubicarse en la Revolución france- sa, ya que fue a nivel del imaginario social que surgió algo verdaderamente nuevo con la afirmación del poder popular. Es allí, según él, donde se sitúa la verdadera discontinuidad: en el establecimiento de una nueva legitimidad, en la invención de una cultura democrática^. Esta mutación significa el cuestio- namiento de un tipo de sociedad jerárquica y desigualitaria, regida por una lógica teológico-política, en la que el orden social se encontraba fundamentado en la voluntad divina y en la que el cuerpo social era concebido como un todo en el que los individuos aparecían fijados en posiciones diferenciadas.

Sin este reto político-ideológico resulta imposible comprender la emergen- cia del conservadurismo o del tradicionalismo como estilos de pensamiento, nacidos de la experiencia de discontinuidad entre el presenta y el pasado. Bási- camente, se trata, como señaló Mannheim, de «la expresión de una tradición feudal que se ha vuelto consciente»”.

En el caso español, la discontinuidad en el imaginario social tiene su más directo origen en la agresión napoleónica de 1808, que produjo la reacción nacional conocida como Guerra de la Independencia; y cuya primera conse- cuencia fue el hundimiento, a nivel político e institucional, del Antiguo Régi- men, que de inmediato sustituido, a veces mediante las mismas personas, por

5 FURET, François: Pensarla Revolución francesa, Barcelona, 1980, páginas, 109 y ss.

” MANNHEIM, Karl: Ideología y utopía, México, 1987, páginas, 107 y ss. «El pensamiento con- servador», en Ensayos sohre sociología y psicología social, México, 1963, páginas 70 y 84.

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nuevas instituciones de soberanía popular —las Juntas—, que posteriormente darían lugar a las Cortes de Cádiz, las primeras Cortes constituyentes de la historia de España. En las Cortes constituyentes, se configuraron los grupos políticos que, en cierta forma, estaban ya prefigurados desde la época de la Ilustración: «realistas» y liberales. El sector realista no fue un sector homogé- neo; en él convivieron los defensores radicales del Antiguo Régimen y los sec- tores conservadores reformistas de inspiración jovellanista. El primero de estos sectores se caracterizó por la defensa de los privilegios estamentales de la no- bleza, del clero y de la Monarquía; y por la crítica del despotismo ilustrado, con vistas a la restauración de la España de los Austrías. Mientras que el se- gundo se mostraba partidario de llevar a cabo ciertas reformas liberalizadoras en la economía y en la sociedad, así como de reforzar las prerrogativas del rey^. A efectos de nuestro trabajo, nos interesa, ante todo, el primer grupo; el se- gundo es un claro precedente del liberalismo conservador posterior, cuyas tesis políticas llegarían a ser hegemónicas a lo largo de todo el siglo XIX^.

Entre los diputados «realistas» destaca Pedro de Inguanzo y Rivero, dipu- tado por Asturias y luego obispo de Zamora. Frente a la soberanía del pueblo, defendió la tesis tomista del origen divino del poder. Negó, además, la eficacia histórica de aquel principio, «germen fecundo de males y desgracias para el pueblo, únicamente ha servido de pretexto en las naciones para encender la tea de la discordia». Se opuso igualmente a la autodeterminación institucional, es decir, a la posibilidad de que los electores mudaran la forma de gobierno, «sis- tema que desquicia los fiíndamentos de la sociedad y está en contradicción con los verdaderos y esenciales principios del Derecho Público». Entendía la Monar- quía como una institución permanente e inmutable. Combatió el unicameralis- mo democrático e hizo una defensa a ultranza de las Cortes estamentales con sus brazos nobiliario y eclesiástico. Defendió la aristocracia de sangre y al clero de los ataques igualitarios y laicistas. Votó contra la abolición del Santo Oficio, contra las medidas desamortizadoras; y, en general, contra la filosofía liberal y las co- rrientes ilustradas^.

Fuera de las Cortes gaditanas, el más célebre crítico tradicional de las refor- mas liberales fue el Padre Francisco de Alvarado, más conocido por el sobre- nombre de «El Filósofo Rancio», maestro en el convento dominicano de San Pablo de Sevilla y autor de unas célebres Cartas críticas, en las que expone su sistema de gobierno y su oposición a los planteamientos liberales. Frente a la Constitución política, Alvarado reafirma la constitución tradicional, que consi- dera recogida en las Partidas, consistente en una Monarquía templada por Cor- tes estamentales, que voten las leyes y consientan los impuestos. En ese régi-

5 VÁRELA, Joaquín; La teoría del Estado en los orígenes del constitucionalismo hispánico (Las Cortes de Cádiz), Madrid, 1983, páginas, 19-20 y ss.

Ibidem, páginas 425-426.

7 Vid. CUENCA TORIBIO, Juan Manuel: Don Pedro de Inguanzo y Rivero (1764-1836). Último primado del Antiguo Régimen, Pamplona, 1965, páginas 77-78, 80-81 y ss.

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IQ/^ PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

men, la facultad de dictar leyes descansa en el monarca; pero con las limitacio- nes de la representación estamental, de los fueros y de la religión católica. Al- varado hizo igualmente una defensa sin fisuras de la Inquisición, atacando to- dos los argumentos en su contra defendidos por los liberales e ilustrados, con especial referencia a los planteamientos de Arguelles ^. Muerto en 1814, Alva- rado disfrutó de una longeva fama postuma entre los defensores del tradiciona- lismo ideológico: Francisco Javier Caminero, Menéndez Pelayo, los padres Ge- tino y Gafo, e incluso conservadores liberales como Silvela le consideraron un gran filósofo y doctrinario político. La redacción de El Siglo Futuro, órgano del Partido Integrista de Nocedal, estaba presidida por el retrato del dominico. En

1934, José María Pemán le hizo protagonista de su obra teatral Cuando las Cor- tes de Cádiz^ y en 1941 se hizo una antología de sus escritos^ .

Tan importante o más que esta labor crítica fue la tarea propagandística y socializadora llevada a cabo por el clero a lo largo de la guerra de la Indepen- dencia. El hecho no era nuevo. El clero había participado decisivamente en la legitimación de la guerra contra la Convención. Ejemplo arquetípico de esta posición fue el opúsculo de Fray Diego de Cádiz, El soldado católico en guerras de religión (1794). Esta tendencia se agudizó a lo largo de la guerra contra Napo- león. Son innumerables los textos de sacerdotes que incitan a la lucha contra el francés «por la Religión». Se actualizó el santiaguismo y la apelación a las ad- vocaciones españolas a la Virgen, como la del Pilar. Son constantes los paralelos veterotestamentarios: los españoles eran los macabeos, mientras que los franceses están representados por las figuras más aborrecidas de la historia de Israel. La reacción de los clérigos ante las doctrinas liberales fije tan virulenta como inequí- voca. El liberalismo era «espíritu de libertinaje y disolución». Se ataca a las «sec-

tas francmasonas, ateísta y materialista». E igualmente a la prensa liberalizante, «peste de la sociedad, polilla del Estado y escándalo de nuestra Santa Religión» 1°. No es extraño, pues, que la inmensa mayoría de los clérigos recibiera con inusitado alborozo la restauración del régimen absoluto por Fernando VIL Pa- ra algunos sacerdotes, significó nada menos que el retorno de la «Monarquía hebrea»^^ En la legitimación del absolutismo fernandino tuvo singular impor-

tancia el célebre Manifiesto de los Persas, de 1814, suscrito por sesenta y nueve diputados realistas, encabezados por el Marqués de Mataflorida; y en el que se criticaba la obra de las Cortes de Cádiz, su convocatoria y la Constitución de

1812, cuya declaración de soberanía nacional era calificada como «despojo de

Las Cartas inéditas del Filósofo Rancio, Madrid, 1915, páginas 82, 120-121, 425-426 y ss.

9 Vid. DiZ-LoiS, María Cristina: «Fray Francisco de Alvarado y sus Cartas Críticas», en Estu- dios sobre las Cortes de Cádiz, Pamplona, 1967, páginas 123-199- HERRERO, Javier: Los orígenes del

pensamiento reaccionario español, Madrid, 1971, páginas, 267 y ss.
10 Vid. MARTÍNEZ ALBIACH, Alfredo: Religiosidad hispana y sociedad borbónica, Burgos, 1969,

páginas 81-98, 112-129 y ss. PORTERO, José Antonio: Pulpito e ideología en la España del siglo XIX,Zaragoza, 1978, páginas, 62-73 y ss.

Ibidem, páginas 465 y ss.

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la autoridad real sobre que la Monarquía española está fimdada, y cuyos reli- giosos vasallos habían jurado»; y lo mismo cabía decir de la libertad de prensa, «perjudicial para una nación pundorosa, y, además, subversiva en las Ameri- cas». Para los firmantes, la Constitución de 1812 era revolucionaria; una mera copia de la firancesa, sin tener en cuenta la «constitución tradicional», suscepti- ble de reforma. En el fondo, lo que se pedía era la restauración del Antiguo Régimen, con algunas reformas en los ámbitos de la administración, la justicia y las rentas del Estado^^.

No hay que olvidar que a todo ello contestó Fernando VII con el famoso decreto del 4 de mayo, aceptando sus proposiciones.

A nivel ideológico, la reacción fernandina tuvo sus representantes en figuras como Atilano Dehaxo Solórzano, José Clemente Carnicero, Francisco Puigserver
y, sobre todo, en Rafael Vélez, autor, entre otras obras, de Preservativo contra la irreligión Apología del Trono y del Altar. Ambas obras suponen una crítica radical de la Ilustración y del liberalismo, unidos en su lucha contra el catolicismo. Vélez atribuye al filosofismo remotos orígenes que van desde Simón el Mago hasta Napoleón. En ese sentido, la obra de las Cortes de Cádiz supuso una trai- ción a la lucha del pueblo español contra el francés; pues llevaba consigo «sus ideas de ilustración y sus planes de reforma». Vélez defiende la soberanía real y consideraba como germen de discordia la de los pueblos. El único derecho de éstos es representar, pedir y suplicar, a través de las Cortes. Los reyes ejercen
un poder paterno, como los sucesores de los primeros padres^^.

Con todo, la empresa doctrinal más importante de la época fernandina fue la publicación, entre 1826 y 1829, de La Biblioteca de Religión, en cuya organi- zación intervino el Cardenal Inguanzo, ahora arzobispo de Toledo. Su objetivo era, ante todo, «cooperar del modo posible al desempeño del cargo pastoral con el desengaño de los seducidos por los impíos y la lectura de los malos li- bros, como un preservativo para los débiles y como una obra que comunicando nuevas luces a los sabios las emplearan en beneficio de sus semejantes». La reli- gión católica era, en fin, «el norte fijo de las sociedades morigeradas, y el verda- dero barómetro de su grandeza y elevación» ^’^. A lo largo de sus tres años de exis- tencia, la Biblioteca tradujo obras de Lamennais, Feller, Bonald, Maistre, etc.

No obstante, la reacción fernandina y su posterior desarrollo, en particular los continuos equilibrios que el monarca hubo de establecer a lo largo de su

12 DiZ-LoiS, María Cristina: El Manifiesto de 1814, Pamplona, 1967, páginas 66 y ss. MURILLO FERROL, Francisco: «El Manifiesto de los Persas y los orígenes del liberalismo español», en Ensayos sobre sociedad y política. I, Barcelona, 1987, páginas 195 y ss.

‘5 DE VELEZ, Rafael: Preservativo contra la irreligión o los planes de la filosofía contra la Religión y el Estado realizadas por la Francia para subyugar la Europa seguido por Napoleón en la conquista de España y dado a la luz por algunos de nuestros sabios en perjuicio de nuestra Patria, Cádiz, 1812, páginas, 10 y ss.Apología del Trono y del Altar, Madrid, 1818, tomo I, páginas 48, 328-330 y 475.

‘”* «Discurso Preliminar», en Biblioteca de Religión, o sea colección de obras contra la incredulidad y errores de estos últimos tiempos, Madrid, 1826, tomo I, páginas VI y IX.

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reinado, no dejaron satisfechos a todos los sectores antiliberales. Durante el llamado «Trienio Liberal» las conspiraciones absolutistas proliferaron. Y sus éxitos más notables se produjeron en Cataluña, donde en el verano de 1822 los absolutistas controlaron la zona norte, e instalaron una Regencia en Seo de Ur- gel, integrada por el Marqués de Mataflorida, Jaime Creus y el barón de Eróles. La Regencia publicó tres manifiestos, en los que se criticaba la labor de los libera- les y se propugnaba el régimen tradicional, católico, monárquico y foral^^ No muy diferente fiíe el pensamiento de los llamados «Agraviados», cuya sublevación cuatro años después tuvo tanta amplitud que el propio Fernando VII hubo de trasladarse a Cataluña para dominarla: «Viva la Religión, viva el Rey absoluto, viva la Inquisición, muera la Policía, muera el Masonismo y toda secta oculta» ^’^.

El fracaso de estas insurrecciones llevó a los sectores absolutistas a la estra- tegia de intimidación a Fernando, mediante la conspiración en la Corte. Pero la nueva reina, María Cristina, tuvo una heredera; y el gobierno hizo publicar la Pragmática Sanción de 1789, que restableció los viejos usos sucesorios y desva- neció las esperanzas de que el hermano de Fernando, Carlos, ídolo de los abso- lutistas, subiera al trono. Poco a poco, se fue preparando lo que vino en llamar- se «carlismo», y que llegaría a convertirse en uno de los ejes de la vida política española de la época.

2. L A ESP AÑA ISABELINA: TRADICIONALISMO CARLISTA Y CONSERV ADURISMO AUTORITARIO

Con frecuencia, tiende a identificarse al carlismo con el conjunto del pen- samiento antiliberal de la época isabelina. No obstante, la realidad histórica resulta distinta. El carlismo no fue, en ese sentido, más que uno de los antilibe- ralismos posibles, cuya concreción ideológica posterior estuvo, de hecho, muy influida por pensadores afines al partido moderado o próximos a éste. No en vano, puede hablarse de un «tradicionalismo isabelino» —igualmente denomi- nado «conservadurismo autoritario» o «neocatolicismo»—, en el que estarían agrupadas figuras como Donoso Cortés, Jaime Balmes, Juan Bravo Murillo, etc.; y que unían su profundo antiliberalismo al reconocimiento de la legitimi- dad dinástica encarnada en Isabel IP^.

15 Vid. MARRERO, Vicente: El Tradiáonalismo Español del siglo XIX, Madrid, 1955 , páginas 69 y ss. ‘6 V id. TORRAS, Jaime: La guerra de los Agraviados, Barcelona, 1967, páginas 15 y 199-
>7 Vid. CÁNOVAS SÁNCHEZ, Francisco: El Partido Moderado, Madrid, 1982, páginas 125 y ss.

Marqués de ROZALEJO: Cheste o todo un siglo. El Isabelino Tradicionalista, Madrid, 1935. ALSINA RO- CA, José María: El tradicionalismofilosóficoen España, Barcelona, 1985. URIGÜEN, Begoña: Orígenes y evolución de la derecha española: el neocatolicismo, Madrid, 1988. MARCUELLO, Juan Ignacio: «Sistema constitucional, práctica parlamentaria y alternativas conservadoras en el liberalismo isabelino», enH’upania, n° 183, 1993, páginas 237 y ss.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA

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El carlismo careció de toda relevancia intelectual. En un principio, los par- tidarios de Don Carlos, en cuyas bases sociales existía un claro predominio de los sectores agrarios, campesinos y comunales, pudieron sostenerse a través de tradiciones consuetudinarias, en cierto modo preconscientes; y en su seno, por lo tanto, la reflexión ideológica y teórica tuvo una importancia muy secunda- ria^^. En ese sentido, el carlismo puede ser encarnado en un estilo de pensa- miento tradicionalista que se aproxima a lo que Mannheim llama «natural», es decir, adherido a «normas vegetativas y a viejos modos de vida ligados a ele- mentos mágicos de conciencia»^9. De 1833 a 1845, el carlismo, bajo la direc- ción de Carlos V, se movió, por ello, dentro de unos principios sumamente vagos, genéricos y abstractos, herederos, al menos en parte, de los plantea- mientos «realistas» gaditanos y de los apostólicos y «agraviados» del reinado de Fernando Vipo.

Carlos V no contó, en ese sentido, con ningún intelectual de talla. Dentro de esta común mediocridad, destacan Fray Magín Ferrer y Vicente Pou, cuyo modelo político-institucional seguía siendo el del «Antiguo Régimen»: Monar- quía absoluta y hereditaria. Consejo Real, Cortes estamentales, sistema foral, confesionalidad católica, etc^^

Sin embargo, el carlismo, como fuerza social y política de envergadura, tendió lógicamente a contrarrestar las realizaciones del liberalismo, suponien- do, de hecho, un importante freno a la consolidación de sus reformas; lo que, en gran medida, determinó la asunción por parte de un Estado liberal dirigido por los conservadores de ciertos postulados insertos en los supuestos con que se identificaba su antagonista. Ello se tradujo, durante la década moderada, en una política de ennoblecimiento de las élites, el aumento y el fortalecimiento de las prerrogativas regias y de la influencia del estamento eclesiástico a través del Concordato de 185 P^. Y es que la guerra civil finalizó, de hecho, con un pacto, el de Vergara, que fue algo más que un pacto militar entre las fuerzas contendientes. Tras ese pacto —agracias al cual el partido moderado se incre- mentó con muchos de los carlistas de la facción transigente de Maroto—, y

‘8 WiLHELMSEN, Alexandra: La formación del pensamiento político del carlismo (1810-1873), M a- drid, 1995, páginas 184 y ss.

‘9 MANNHEIM, Karl: Ideología y utopía, página 107.

20 Vid. MADARIAGA ORBEA, Juan y TAMAYO ERRAZQUIN, José: «Una lectura de la primeraguerra carlista: Los editoriales de la Gaceta Oficial y el Boletín de Navarra y Provincias Vascongadas»,en Híspanla, n° 190, 1981, paginas 149 y ss.

21 WiLHELMSEN, Alexandra: «Magín Ferrer, pensador carlista renovador olvidado», en Estudios
de Historia Moderna y Contemporánea. Homenaje a Federico Suárez Verdeguer, 
Madrid, 1991, páginas 401-490. «Pou, carlista temprano», en Razón Española, n° 55, septiembre-octubre 1992, páginas

101 y ss.
22 ARÓSTEGUI, Julio: «El carlismo en la dinámica de los movimientos liberales españoles. For-

mación de un modelo», en Actas de las PrimerasJomadas de Metodología Aplicadas a las Ciencias Socia- les, Santiago de Compostela, 1975, tomo IV, páginas 225 y ss. CANAL, Jordi: El Carlismo. Madrid, 2000.

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IQg PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

después de la fallida experiencia esparterista, el moderantismo se aprestó a construir el Estado y la sociedad a su medida, cuidándose de conciliar los nue- vos y los viejos intereses.

A la altura de los años cuarenta, la defensa cerrada e incondicional del «An- tiguo Régimen» había sido superada por la consolidación del Estado liberal en su versión conservadora. Y los tradicionalistas más conscientes iban a dar un nuevo carácter a su programa político, aceptando las nuevas realidades sociales y suministrando argumentos restauradores a los sectores sociales hegemónicos, frente a los contenidos del liberalismo democrático. Se trataba, en el fondo, de recurrir a amasijos de elementos nuevos y viejos. No podía restablecerse ya in toto el pasado: su proyecto iba a implicar más bien un nuevo equilibrio entre las nuevas y viejas fuerzas sociales. No era tanto una involución como una restau- ración. Así, la tradición teológico-politica fue capaz de renovar sus contenidos y adaptarse a las nuevas situaciones.

En ese sentido, resulta esencial la figura de Juan Donoso Cortés, en quien podemos ver al representante más radical del conservadurismo autoritario es- pañol. Pocas figuras de nuestra historia intelectual contemporánea han suscita- do el interés de historiadores y pensadores políticos extranjeros como Donoso. Es uno de los pensadores políticos a los que la historia actualiza periódicamen- te. Sus discursos de 1848 llegaron, en palabras de Cari Schmitt, «a fascinar al Continente europeo»^^.

Suele dividirse la vida y la obra de Donoso en dos grandes etapas: la prime- ra racionalista y liberal; fideísta y autoritaria la segunda. Sin embargo, en Do- noso las rupturas nunca son totales; y bajo la aparente discontinuidad fluyen profundas continuidades, tanto en los temas como en los planteamientos. Su espíritu elitista y antidemocrático, la búsqueda de elementos de cohesión para una sociedad en crisis permanente, el recurso a la dictadura, el diálogo conti- nuo con los pensadores tradicionalistas son constantes de su pensamiento. El permanente conservadurismo donosiano fue agudizándose tras el efecto que produjeren en su mente los sucesos de 1848, en los que vio, como Tocqueviíle, el primer intento de revolución socialista. A su modo de ver, la nueva situación exigía medidas excepcionales. No era solo la dictadura del «hombre fuerte e inteligente», sino la «disolución de todos los partidos antiguos y la formación de un nuevo», capaz de aglutinar en su seno los intereses de la Monarquía, la Iglesia, el Ejército y la propiedad. En aquellos momentos, el orden social des- cansaba sobre la acción conjunta de sacerdotes y militares, figuras tan necesa- rias como complementarias. La crisis contemporánea no podía solventarse, a su juicio, más que con el retorno a las viejas certezas católicas. Sólo la autoridad emanada de la religión podía esclarecer la dominación establecida en el orden social y, por ello, hacerla inmune a la crítica. Las posiciones políticas derivaban, en el fondo, de las actitudes ante la figura de Dios, en las que se perfilaban las

23 SCHMITT, Cari: Interpretación europea de Donoso Cortés, Madrid, 1952, páginas 122 y ss.

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dos fases sucesivas de la civilización: la positiva y la negativa. En la fase positi- va, gobierna un Dios providente; en la negativa, se producen tres negaciones sucesivas: el deísmo, que equivale a liberalismo, al negar la providencia divina; el panteísmo, que supone la democracia, que niega la existencia de un Dios trans- cendente al mundo; y el ateísmo, que equivale a socialismo y anarquismo, al negar la existencia de Dios. En el fondo, era la razón crítica la causa del caos so- cial. De la autonomía de la razón surgía el liberalismo, cuyas doctrinas prepara- ban el camino al socialismo. El liberalismo carecía de una estructura de carácter teológico, lo que le hacia vulnerable al socialismo, que era una «teología satáni- ca»; y, en ese sentido, su influencia sólo podía ser contrarrestada por el catolicis- mo^”^ . A pesar de sus exageraciones fideístas. Donoso resultó ser, en la práctica, un agudo analista político y, en ocasiones, un sagaz crítico del proyecto de la modernidad, cuyos principios iban a marcar durante mucho tiempo, no sólo la perspectiva ideológica de los sectores políticos antiliberáles, sino incluso los de la derecha conservadora: su influencia en Cánovas, por ejemplo, pese a las apari- encias, resulta evidente. No en vano, Cari Schmitt le consideró más actual que Joseph de Maistre, al romper, de hecho, con la legitimidad monárquica y conver- tirse en heraldo de la dictadura y el decisionismo^^. Planteamiento éste, por cier- to, muy criticado por los donosianos españoles, que siempre vieron en él a un monárquico y a un iusnaturalista ^6.

Más sereno y menos radical, Jaime Balmes fue el otro gigante intelectual del conservadurismo autoritario español del ochocientos. Pero, en realidad, Balmes tiene una sola cosa en común con Donoso: la causa católica y antiliberal que de- fienden. Miembro del estamento más castigado por la revolución liberal, su pro- yecto político yfilosóficotuvo como objetivo la restauración del papel hegemóni- co de la Iglesia católica en la sociedad española. En ese sentido, sus fórmulas po- líticas se caracterizan por un intento de transacción entre el tradicionalismo y el liberalismo moderado; es decir, «armonizar la sociedad nueva con la sociedad vieja». Inspirador ideológico de la facción más conservadora del partido mode- rado, la de los «tradicionalistas isabelinos», capitaneada por el Marqués de Vi- luma, Balmes, que nunca fue carlista, pretendió atraerse a los partidarios del Pretendiente, auspiciando la unión dinástica, a través del matrimonio del here- dero de Don Carlos con Isabel II. En ese sentido, podemos considerar a Balmes un pensador político ecléctico. Su punto de partida era el fracaso de la revolu- ción liberal española, mera copia de la francesa y, por lo tanto, incapaz de cons- tituirse en algo sólido y duradero. Su victoria había sido consecuencia de los trastornos provocados por la agresión francesa, aprovechados por una minoría audaz que supo hacerse con los resortes del poder. La labor de las Cortes gadi-

2′ DONOSO CORTÉS, Juan: «Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo», enObras Completas, Madrid, 1970, tomo II, páginas 643 y ss.

25 SCHMlTT, op. cit., página 132.

26 Vid. GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: «Cari Schmitt en España», en Dalmacio NEGRO PAVÓN (dir.), Estudios sobre Cari Schmitt, Madrid, 1995, páginas 231 y ss.

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tanas fue una traición a los principios por los que había luchado el grueso de la población española a lo largo de la Guerra de la Independencia, es decir, «el Rey y la Religión». Así pues, la sociedad española se encontraba en un claro período de «transición». El carlismo seguía siendo «el depositario del antiguo espíritu nacional»; mientras que el liberalismo contaba con la fuerza de la propiedad y la del Ejército. El militarismo era, a ese respecto, un producto de la incapacidad de las instituciones liberales para consolidar un poder civil efectivo^-‘.

La unión dinástica implicaba una transformación del sistema político en un sentido tradicional. Debía ser la expresión del auténtico «pensamiento de la Nación», arraigado en lo profundo de la comunidad y configurado en «su cato- licismo, en su monarquía y demás leyes fundamentales». La fórmula balmesia- na era un sistema bicameral, con una cámara alta en la que estuvieran repre- sentados los poderes estamentales: arzobispos y obispos natos, nombrados por el rey; Grandes de España, propietarios agrarios, alta burguesía. En la cámara baja, no debía entrar nadie que no disfrutara de un renta en bienes raíces de cuando menos doscientos mil reales. No obstante, la clave de su proyecto se encontraba en la Monarquía y la Iglesia. La Monarquía balmesiana era una auténtica autocracia, en la que el rey ejerce todos los poderes. A la Iglesia, por su parte, le correspondía la función legitimadora del sistema social y político; era la única institución española cuya voz podía oírse en el conjunto de la na- ción; y, por ello, como contrapartida a los daños de la desamortización, debía reconocérsele el derecho a disponer de bienes, la subvención a sus organizacio- nes y a la enseñanza confesional^^.

Mediante la constitución de este sistema político, Balmes pretendía crear un régimen político «puramente español», que desembocaría necesariamente en la fusión en un solo partido de los auténticos defensores del catolicismo y la monarquía; lo cual tendría como consecuencia el aniquilamiento de los parti- dos liberales: el progresismo sería declarado fuera de la ley, al igual que «una pequeña fracción del moderado»^^. Como es sabido, los planes de Balmes fraca- saron. La unión dinástica fue rechazada tanto por liberales como por la mayoría de los carlistas. Pero ello no significa que su proyecto político, lo mismo que el conjunto de su obra, careciese de influencia. En gran medida, la práctica políti- ca cotidiana del sector más influyente de los moderados, el capitaneado por Narváez, estuvo más conforme con las pautas del conservadurismo autoritario balmesiano y donosiano que con los cánones del constitucionalismo liberaP^.

Y no faltaron en el seno del moderantismo intentos de reforma en sentido autoritario de la ya de por sí escasamente liberal Constitución de 1845. El más célebre fue el auspiciado por Juan Bravo Murillo, representante del conserva-

27 BALMES, Jaime: Obras Completas, Madrid, 1950, tomo VI, páginas 33, 39, 224 y 71-72 y tomo VII, páginas 568 y ss.

28 BALMES: Obras Completas, tomo VI, páginas 638 y ss. 29 Ibidem, páginas 735 y ss. .

.30 Vid. MARCUELLO, Juan Ignacio: «Sistema constitucional, práctica parlamentaria y alternati- vas conservadoras en el liberalismo isabelino», en Hispania, n° 183, 1993, páginas 237 y ss.

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durismo autoritario, amigo de Donoso Cortés; y que llevó a término una de las reivindicaciones más transcedentales de los sectores católicos y tradicionalistas, como fue el Concordato de 1851, en el que se reconocía el catolicismo como única religión de la nación española. No obstante, Bravo Murillo es conocido, aparte de por su sobresaliente obra hacendística, por su proyecto constitucional nacido al calor del golpe de Estado francés de 1851. La justificación doctrinal más explícita de éste parece encontrarse en su opúsculo De la soberanía, donde defiende la soberanía popular, pero entiende que por sus actos positivos no es realizable. El mismo sufragio universal no pasa de ficción. En realidad, el único origen de la soberanía de derecho es el asentimiento tácito de los pueblos^^ El proyecto constitucional era muy breve y no contemplaba los derechos ciudada- nos, que pasaban a una ley orgánica. Su objetivo era «dejar más libre y expedi- tiva la autoridad real». Concedía al Rey y a las Cortes, conjunta o separada- mente, la iniciativa de proposición de leyes, y a ambos elementos en conjunto la posibilidad de hacerlas; pero en casos de urgencia el monarca, y en concreto el gobierno, podría gobernar por decreto. Mayor importancia tenía, sin embar- go, el carácter que se pretendió dar al Senado, pieza esencial del proyecto. Sus miembros lo serían por derecho propio; unos por nobleza hereditaria, con vincu- lación inalienable de los bienes raíces —lo que suponía la restauración de los mayorazgos—; otros por méritos en el ejercicio de la función pública, como ecle- siásticos, militares o magistrados, cuyo nombramiento correspondía al monarca. El Congreso estaría formado por diputados representantes de los distritos de la nación; su número sería de 171. Y las discusiones se harían a puerta cerrada^^.

Bravo Murillo buscó apoyos para su proyecto en la reina, la Corte y la Igle- sia; pero contó con la oposición de la mayoría del partido moderado, de los progresistas y de los militares, e incluso de su sector de la aristocracia. Lo cual significó el final de su carrera política.

Al mismo tiempo, el tradicionalismo ideológico tuvo, a lo largo del período isabelino, un amplio desarrollo, sobre todo en Cataluña y Mallorca, donde desta- có un grupo perfectamente definido de apologistas católicos reunidos por Joa- quín Roca y Cornet, a partir de 1837, en la revista barcelonesa La Religión. Roca y Cornet tradujo los Anales de la Filosofía Cristiana, de Bonnety; y en sus artículos es muy patente la influencia de Bonald. Y José Ferrer y Subirana, antiguo con- discípulo de Balmes, traduce y prologa a Bonald^^. Con Roca y Cornet colaboran Manuel de Cabanyes y los mallorquines Tomás Aguiló, y, sobre todo, José María Quadrado, el más interesante, sin duda, de todos ellos; competente historiador y

5′ BRAVO MURILLO, Juan;‘Políticay Administración en la España isabelina, Madrid, 1972, pági- nas 84 y ss.

32 PÉREZ SERRANO, Nicolas: «Bravo Murillo, hombre político», en Primer Centenario de Don Juan Bravo Murillo, Madrid, 1952, páginas 25 y ss.

” ALSINA ROCA José María: El tradicionalismofilosóficoen España. Su génesis en la generación ro- mántica catalana, Barcelona, 1985, páginas 149 y ss.

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apologista, colaboró con Balmes en sus campañas de El Conciliador y El Pensa- miento de la Nación, favorables al proyecto de unión dinástica^^.

Herederos de los planteamientos políticos de Donoso y Balmes fueron igualmente los llamados «neocatólicos» de Madrid. Pero se trata de pensadores de menor talla intelectual que sus maestros. La obra de estos escritores católi- cos se reduce a organizar un influyente frente polémico contra los krausistas; y tienen órganos de expresión propios, como El Pensamiento Español, fundado en

1860. Apologética y política se reúnen en ellos estrechamente. Su acción se extiende, sobre todo, al Parlamento y a la prensa; menos en la Universidad. En
el Parlamento están representados por Cándido Nocedal y Antonio Aparisi y Guijarro; en la prensa por Gabino Tejado —amigo personal y discípulo de Donoso—, Eduardo González Pedroso —director del célebre periódico El Pa- dre Cobos— y Francisco Navarro Ledesma; y en la Universidad por Ortí y Lara. Objeto preferido de sus campañas fueron los krausistas, a los que acusaron de panteístas y anticatólicos. Especialmente significativa fue, en ese sentido, su campaña de los «textos vivos» desde las columnas de El Pensamiento Español.Los «textos vivos» eran los profesores universitarios no católicos, preferente- mente krausistas, así como sus obras los «textos muertos». La campaña tuvo su resultado apetecido; pues por decreto del gobierno moderado el profesorado se vio obligado a prestar un doble juramento de fidelidad al catolicismo y a la monarquía^^

En el campo carlista, durante el período de Carlos VI cambiaron algunos principios ideológicos y la orientación política, todo ello a nivel de élite dirigen- te; pero en modo alguno se consiguió articular una doctrina precisa y coheren- te. Los documentos del Pretendiente, bajo la inspiración balmesiana, intenta- ron una aproximación a las bases sociales del Estado isabelino^*^. La pronta muerte del Conde de Montemolín frustró aquellas pretensiones. Y la extraña proclividad liberal de Don Juan, su heredero, erigió en guardiana de las esen- cias carlistas a la viuda de Carlos V, la Princesa de Beira, cuya Carta a los espa- ñoles, publicada en 1864, bajo la influencia del obispo Caixal y de Pedro de la Hoz^^, insistió en la tajante oposición al liberalismo, la defensa del catolicismo y de una Monarquía de derecho divino limitada por las leyes fundamentales del reino. La Carta definía como elemento axial de la Monarquía el principio de las dos legitimidades, la de origen y la de ejercicio. Era la respuesta a la actitud proliberal de Don Juan. La legitimidad de origen no quería decir legitimidad sin más. Legalidad y legitimidad debían coincidir; pero a veces lo legal por ser

5^ ISERN, Damián: Quadrado y sus obras, Madrid, 1896. SABATER, G^S^ZX: José María Quadrado,Palma de Mallorca, 1967.

35 URIGÜEN, Begoña: Orígenes y evolución de la derecha española: el neocatolicismo, Madrid, 1988, páginas 291 y ss.

36 WiLHELMSEN, Alexandra: La formación…, páginas 353 y ss.

3^ WiLHELMSEN, Alexandra: «Pedro de la Hoz, crítico del parlamentarismo», en Razonalismo. Homenaje a Fernández de la Mora, Madrid, 1995, páginas 301 y ss.

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injusto no era legítimo. La legitimidad de ejercicio suponía la fidelidad a las exigencias institucionales, la lealtad a todo lo que esencialmente supone la legi- timidad de origen, de tal forma que si la legitimidad de ejercicio fallaba, se borra la de origen^^.

3. DEL SEXENIO A LA RESTAURACIÓN

El estallido de la «Gloriosa» en septiembre de 1868 supuso, de facto, un re- fuerzo para las tendencias políticas de extrema derecha, sobre todo a las agru- padas en torno al tradicionalismo carlista. La caída de Isabel II tuvo importan- tes consecuencias a nivel político y a nivel simbólico. No fue solamente la ins- tauración del sufragio universal, adelantándose a la mayoría de los países euro- peos, o la aparición de la I Internacional, o la renovada influencia de los krausistas en la Universidad; fueron, sobre todo, las innovaciones de carácter religioso, como la promulgación de la libertad de cultos, o la expulsión de los jesuítas, las que más transcendencia tuvieron en el conjunto de la opinión pú- blica de la época. La ofensiva anticlerical coincidió, además, con un endureci- miento de las posiciones políticas y doctrinales de la Iglesia católica, que tuvo su máximo exponente en el célebre Syllabus y luego en el Concilio Vaticano I.

Todo lo cual hizo renacer al carlismo como movimiento político de enver- gadura, bajo la dirección de Carlos VII, Duque de Madrid. A raíz de la caída de Isabel II, el Pretendiente recibió nuevas e importantes adhesiones prove- nientes no sólo del campesinado, sino de sectores burgueses urbanos, del clero y, sobre todo, de los «neocatólicos», cuyos líderes más significativos. Nocedal, Aparisi, Navarro Villoslada, Tejado, etc., se pasaron, con armas y bagajes, a las filas carlistas.

Este nuevo auge del carlismo tuvo su manifestación más elocuente en la proliferación de la publicística contrarrevolucionaria, de la que fueron testimo-
nio El hombre que se necesita, de Navarro Villoslada; Don Carlos o el petróleo, de Vicente Manterola; o El Rey de España, de Aparisi y Guijarro. Igualmente, la prensa carlista conoció un apreciable incremento: unos ciento sesenta periódi-
cos y revistas; y el número de folletos rebasaba los sesenta^^ .

No obstante, la innovación ideológica fue mínima. La crisis española no generó, a diferencia de lo ocurrido en Francia, una renovación del tradiciona- lismo y del conservadurismo en un sentido positivista y secularizado. España no tuvo, ni, por otra parte, pudo tener su Renan, su Taine o su Fustel de Cou- langes. La razones de ello fueron, sobre todo, religiosas. Renan, por ejemplo, fue leído por los sectores liberales e izquierdistas de la época. Pero a los ojos de

38 Inserta en MARRERO, Vicente: El Tradicionalismo…, páginas 240 y ss.

59 EXTRAMIANA, José: Historia de las guerras carlistas,. San Sebastián, 1979, tomo I, páginas 200 y ss.

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tradicionalistas y católicos era, ante todo, un apóstata, cuya Vida de Jesús no podía ser vista más que como una blasfemia’^^. En ese sentido, no existió poste- riormente mención alguna a La reforma intelectual y moral, que tanto influyó en Charles Maurras y L’Action Française. Por otra parte, el positivismo se contem- pló por parte de católicos, conservadores y tradicionalistas como una filosofía inmanentista, atea e incluso revolucionaria; y no se tuvo en cuenta para nada sus indudables posibilidades contrarrevolucionarias”^

El pensador político afín al carlismo más reseñable fue el neocatólico Anto- nio Aparisi y Guijarro, quien durante el período isabelino se distinguió como un consumado orador y un sagaz e implacable crítico de las contradicciones del régimen liberal. En ese sentido, criticó el caciquismo, la ley de quintas, los pro- yectos desamortizadores de Madoz, etc. Previendo el estallido revolucionario, Aparisi calificó a Isabel II, en frase que llegó a hacerse célebre, «reina de los tristes destinos»’^^. Ya en el carlismo, a él se deben casi íntegramente los distin- tos manifiestos publicados por Carlos VIL De su producción ideológica, lo más reseñable es el proyecto de Constitución elaborado en julio de 1871 para que sirviera a la fusión entre alfonsinos y carlistas. En el proyecto, se establecían dos leyes fundamentales: la confesionalidad católica del Estado y la soberanía real. Y contemplaba la existencia de unas cortes corporativas y de un Consejo real que asesorara al monarca’^^.

Por su parte, Carlos VII prometió una «Ley Fundamental», en la que se ga- rantizaba «la unidad católica, símbolo de nuestras glorias, espíritu de nuestras leyes, bendito lazo de unión entre españoles»; concordato con la Santa Sede, cortes corporativas, descentralización, foralismo, protección de la industria na- cional. E intentó dejar claro que no se restaurarían «antiguas instituciones», como la Inquisición’^”.

No obstante, el carlismo estuvo dividido en tendencias radicalmente dis- conformes a lo largo del Sexenio: legalistas e insurreccionalistas. Los primeros estaban representados, sobre todo, por los neocatólicos; los segundos por los viejos carlistas. Los neocatólicos pudieron mostrar lo acertado de su posición en las elecciones de 1869 y de 1871; pero tras la muerte de Aparisi al año siguien- te y el fracaso electoral, la insurrección militar pareció a Don Carlos la única solución viable. La insurrección triunfó en Beramendi y Alpens, lo que permi- tió al Pretendiente retornar a España en julio de 1873, tomar Estella y hacer de

‘O Vid. PÉREZ GUTIÉRREZ, Francisco: Renan en España (Religión, ética y política), Madrid, 1988, páginas 113 y ss.

^^ NuÑEZ Ruiz, Diego: La mentalidadpositiva en España: desarrollo y crisis, Madrid, 1975, pági- nas 59 y ss.

^’^ APARISI Y GUIJARRO, Antonio: «El Rey de España», en En defensa de la libertad, Madrid, 1957, páginas 268 y 338.

^^ APARISI YGUIJARRO, Antonio: Obras Completas, Madrid, 1874, tomo III, páginas 373 y ss.^^ Inserto en MARRERO, Vicente: El Tradicionalismo…, páginas 391 y ss

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA H^

ella su capital. Ello le permitió forjar un embrión de Estado y poner en práctica sus proyectos políticos’^^ .

Los moderados autoritarios que, como Bravo Murillo, permanecieron fíeles a Isabel II, fundaron en 1872, con el apoyo de importantes miembros de la aristocracia tradicional y de la alta burguesía de negocios. La Defensa de la So- ciedad, revista que intentó aglutinar al conjunto de la derecha y de la extrema derecha frente a la amenaza encarnada en los proyectos del liberalismo radical, de la democracia y de la I Internacional. Entre sus colaboradores, hubo carlis- tas, como Aparisi y Nocedal; moderados, como Barzanallana y Pidal; conser- vadores liberales, como Cánovas del Castillo o el Marqués de Molins; y tam- bién fue significativa la presencia del clero: Zeferino González, Antolín Mones- cillo, Francisco Javier Caminero o el Padre Coloma. Los principios ideológicos de la revista fueron los de «Religión, Familia, Trabajo, Patria y Propiedad». En ese sentido, Joaquín Sánchez de Toca defendió, en una línea muy próxima a Bonald, la propiedad agraria como fuente de estabilidad política y sociaP^. Ze- ferino González y Caminero criticaron el positivismo y el krausismo como filo- sofías ateas, revolucionarias y antinacionales”^^. Ignacio María de Ferrán se mos- tró partidario de una Monarquía tradicional basada en el catolicismo y en el principio del «honor», e incompatible, por tanto, con la libertad de cultos, el sufragio universal y el liberalismo”^^. Carlos María Perier criticó el principio electivo y el sufragio universal, proponiendo en su lugar el familiar”^

Con respecto a la cuestión social, la revista defendió desde posturas abierta- mente paternalistas, como las de Padre Coloma, hasta proyectos corporativos y reformistas, como los de algunos empresarios como Sallares Pía y Muñoz Ceri- sola, afínes a la perspectiva de Balmes^o.

4. EL LARGO VERANO LIBERAL … Y TRADICIONAL

La Restauración de 1874, aunque no fue propiamente hablando una con- trarrevolución, sí fue una reacción conservadora que, en sus primeros momen-

“5 Vid. MONTERO DÍAZ, Julio: El Estado carlista (1872-1876), Madrid, 1992.
*'<‘ «De la propiedad», en La Defensa de la Sociedad, n° 174, 16-XII-1877, páginas 329 y ss.
^•^ GONZÁLEZ, Zeferino.’ El positivismo materialista. Artículos insertos en la revista «La Defensa de la

Sociedad», Madrid, 1872, páginas 7 y 38-40. «Estudios krausistas». La Defensa de la Sociedad, n° 142, 15-VIII-1876, páginas 195 y ss.

”s «Del honor de las Monarquías», en La Defensa de la Sociedad, n° 134, 16-IV-1875, páginas 100-101.

”9 «De la soberanía y el sufragio universal», en La Defensa de la Sociedad , n° 121, l-X-1875, páginas 30-31.

50 «Pobres y ricos (Artículo para ricos)», en La Defensa de la Sociedad, n° 6, l-IV-1872, páginas 11 y ss. «Huelgas», en La Defensa de la Sociedad, n° 169, l-X-1877, páginas 43 y ss. «Los barrios obreros», en La Defensa de la Sociedad, n° 118, 16-VIII-1875, páginas 581 y ss.

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1 1 5 PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

tos, anuló muchos de los logros sociales y políticos obtenidos durante el Sexe- nio. Su máximo artífice, Antonio Cánovas del Castillo, no perteneció a ninguna de las tradiciones de extrema derecha; era un conservador liberal, pero tampo- co fue inmune a la influencia del tradicionalismo ideológico y de la neoescolás- tica. El conservadurismo liberal de Cánovas admitía de modo pragmático aque- llas transformaciones políticas y sociales que parecían irreversibles; pero intentó conservar, al mismo tiempo, determinadas concepciones políticas y sociales tradicionales. Cánovas trató de conciliar historia y razón, pasado y presente, sociedad estamental y sociedad burguesa, Antiguo Régimen y liberalismo; y, en ese sentido, en la ideología de la Restauración «hay algo que —dirá Jesús Pabón— doctrinal e históricamente pertenece al Tradicionalismo»^^

Cánovas tuvo graves problemas con los sectores de extrema derecha, a cau- sa de su proyecto de unión liberal y su iniciativa de tolerancia de cultos, plas- mada, aunque de forma muy restringida, en el articulo 11 de la Constitución de 1876. Sin embargo, logró la integración de la Iglesia católica en el régimen, e hizo muchas concesiones a los católicos en materia social y de enseñanza. Gracias a ello, logró neutralizar durante algún tiempo a los sectores más agre- sivos de la extrema derecha. Pero estas concesiones contribuyeron a configurar un Estado dual. El Estado de la Restauración fue una mezcla de Estado consti- tucional, con amplias libertades de expresión y de asociación; y de Estado tra- dicional, donde la soberanía era compartida por el Rey y las Cortes, y en el que la influencia del Ejército, la Iglesia y la Corona resultaba determinante.

De esta forma, la Restauración supuso el comienzo, por emplear la expre- sión de George Steiner, de «un largo verano liberal», pero también tradicional, «un largo periodo de reacción y calma»^^. La estrategia canovista contribuyó a dividir a los sectores políticos de extrema derecha, entre un sector posibilista, favorable al reconocimiento de la legitimidad del régimen y de colaborar en sus instituciones, cuya genealogía era fundamentalmente balmesiana; y un sector radical, irreductible, de ascendencia carlista, que posteriormente se fragmenta- ria aún más con la escisión integrista.

El sector posibilista estuvo políticamente capitaneado por Alejandro Pidal y Mon, líder de la llamada Unión Católica, que intentó renovar el proyecto bal- mesiano de unión dinástica y alianza con el carlismo, cuya ejecución se saldó finalmente en un rotundo fracaso^^ Finalmente, Pidal y sus partidarios, al cho- car con la absoluta enemistad de los carlistas, terminaron integrándose en el partido liberal-conservador de Cánovas. Este fracaso a nivel político no debe ocultar la importancia de este sector, donde se encuentran las figuras mas señe-

51 PABÓN, Jesús: Cambó, 1876-1918, Barcelona, 1952, página 128.

52 STEINER, George: En el castillo de Barbazul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura, Barce- lona, 1992, páginas 22 y ss.

53 Vid. MAGAZ, José María: La Unión Católica (1881-1883), Roma,’ 1990.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA J ]^ y

ras de la cultura católica del momento. Pidal fue discípulo de Fray Zeferino González y Díaz Tuñón, principal representante español de la neoescolastica^’^.

El cardenal González no fiíe un reaccionario integral; y de acuerdo con los supuestos de la neoescolástica triunfante en el Concilio Vaticano 1 sometió a ñierte crítica los puntos más radicales del tradicionalismo filosófico, en particu- lar el fideísmo, el pesimismo o la enemiga de la «razón natural». Aunque muy critico con los contenidos del proyecto de la modernidad, consideraba imposi- ble un retorno a la etapa pre-moderna; como en el caso de Balmes, su posición fiíe ecléctica. Su programa político consistía en la restauración de la «Monar- quía templada», «muy lejos de nuestras monarquías constitucionales, en que el rey reina y no gobierna», y en la crítica de la economía política liberal, centrada exclusivamente en el individuo, a la que contraponía la «economía política cris- tiana», basada en el «bienestar moral» de la comunidad^^

Pidal tuvo ocasión de asistir a las lecciones de filosofía del dominico en el ma- drileño convento de la Pasión, junto a Eduardo Hinojosa y a Ortí y Lara. Pidal vio en Zeferino González al sucesor de Balmes y Donoso Cortés en el campo de la filosofía católica española^^ . Para el logro de su planes políticos, Pidal consiguió el apoyo de numerosos intelectuales católicos, como el Marqués de Vadillo, Damián Isern, Francisco Javier Caminero, Joaquín Sánchez de Toca, Eduardo Hinojosa, la condesa de Pardo Bazán, Marcelino Menéndez Pelayo, etc. Y ofreció a la Restau- ración alfonsina la neoescolástica como filosofía legitimadora. El neotomismo es- tablecía la razón soberana de Dios y los límites de la razón humana, mediante la restauración de la metafísica. De esta forma, se superaba, a nivel especulativo, la crisis inaugurada por el racionalismo, cuyo principal efecto había sido la seculari- zación de la filosofía y, por ende, de las sociedades. La metafísica tomista ofrecía, en ese sentido, la imagen de un mundo acabado y perfecto, sin contradicciones, como fruto y consecuencia de la voluntad suprema de Dios^^.

No obstante, la principal figura intelectual de la Unión Católica fue el his- toriador Marcelino Menéndez Pelayo, en cuya voluminosa obra el conjunto de la derecha y de la extrema derecha española encontró la crítica más sistemática a los lugares comunes de la historiografía liberal. Lo que Taine y Fustel de Coulanges supuso para el nacionalismo integral maurrasiano lo fue Menéndez Pelayo para el conjunto de la derecha española. Formado en el tradicionalismo balmesiano, Menéndez Pelayo interpretó la historia de España como la actuali- zación y autodespliegue del espíritu católico a lo largo de tiempo. La historia de España venía a ser una disputa permanente en favor del catolicismo frente a

5^* DÍAZDECERIO, Franco: U« Cardenalfilósofode la Historia, Roma, 1968.

” GONZÁLEZ, Zeferino: Historia de la Filosofía, Madrid, 1884, tomo IV, páginas 372 y ss. Estu- dios sobre la Filosofía de Santo Tomás, Madrid, 1887, tomo III, páginas 405 y ss. «La economía política y el cristianismo», en Estudios científicos,filosóficosy sociales, Madrid, 1873, tomo II, páginas 9-10 y ss.

56 PIDAL, Alejandro: «El Padre Zeferino», en Discursos y artículos literarios, Madrid, 1887, pági- nas 287-288.

” PlDAL, Alejandro: De la metafisica contra el naturalismo, Madrid, 1887, páginas 46 y ss.

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1 1 8 PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

la heterodoxia, que se iba repitiendo en ciclos de ascenso y decadencia, según fuese o no la Iglesia católica quien dirigiera ideológicamente a la sociedad es- pañola. Y es que, en el fondo, español era sinónimo de católico. Ello le llevó a privilegiar los momentos históricos de unidad católica, como el de los Austrias; y, en consecuencia, a rechazar tanto el de los Borbones como el liberal. En ese sentido, exaltó a la Inquisición, al Filosofo Rancio, a Balmes y Donoso y a to- dos los apologistas católicos, como auténticos representantes del espíritu nacio- nal, frente a los heterodoxos^^.

Frente a este sector posibilista, iba a surgir una tendencia mucho más radi- cal, que, con el tiempo, llegará a enemistarse con el propio Carlos VII, al que acusó de liberal. Fue lo que posteriormente vino en llamarse «integrismo»; y cuyo doctrinario más coherente fue el célebre presbítero Félix Sarda y Salvany, autor de El liberalismo es pecado, cuyo principal destinatario fue, en un principio, Alejandro Pidal. Desde la perspectiva teológico-política de este tradicionalista ra- dical, liberalismo era sinónimo, en la práctica, de «ladrón», «blasfemo», «adúlte- ro» y «criminal». Liberalismo era, en fin, racionalismo, capitalismo, espíritu bur- gués y anticatólico^^.

La aparición del Partido Integrista, tras la escisión carlista de 1888, dio un tinte aún más radical al tradicionalismo. El programa del Integrismo se apoya- ba, según la célebre Manifestación de Burgos de junio de 1889, obra de Ramón Nocedal, en los siguientes puntos: absoluto imperio de la fe católica «íntegra»; condena del liberalismo como «pecado»; negación de los «horrendos delirios que con el nombre de libertad de conciencia, de culto, de pensamiento y de im- prenta, abrieron las puertas a todas las herejías y a todos los absurdos extranje- ros»; descentralización regional y un cierto indiferentismo en materia de forma de gobierno*^°. El Integrismo no pudo competir intelectualmente con los miem- bros de la Unión Católica, ni políticamente con el carlismo; pero su espíritu im- pregnó durante mucho tiempo a un importante sector del clero y de la población católica española.

El conservadurismo autoritario y el tradicionalismo carlista recibieron un nuevo apoyo de la Iglesia católica, con la aparición de la encíclica Rerum No- varum, sobre todo por su condena del pensamiento político y social moderno —liberalismo, democracia y socialismo— y su rehabilitación de la concepción jerárquica de la sociedad y de los gremios*^^.

Al socaire de esta nueva coyuntura ideológica, el tradicionalismo carlista, li- bre de la rémora integrista, pudo renovar su proyecto político y su concepción

58 MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino: La Ciencia Española, Madrid, 1956 e Historia de los hetero- doxos españoles, Madrid, 1968.

59 SARDA Y SALVANY, Felix: El liberalismo es pecado, Madrid, s/f, páginas 8-9, 29-30 y ss.

^0 NOCEDAL, Ramón: «Manifestación de la Prensa Tradicionalista», en Obras. Discursos, Ma- drid, 1907, tomo II, páginas, 1-62.

6′ Vid. MONTERO GARCÍA, Feliciano: El primer catolicismo social y la Rerum Novarum en EspañaMadrid, 1983.

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I^S TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA

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de la sociedad, gracias a las aportaciones de Enrique Gil y Robles, traductor de Stahl y crítico del positivismo jurídico y del krausismo. Para Gil y Robles, la sociedad era un entidad orgánica, dividida en clases, a cada una de las cuales correspondía una función determinada en el conjunto social; y también lo esta- ba en una serie de cuerpos intermedios entre el Estado y el individuo: la fami- lia, la región, el gremio, el municipio, todos los cuales tienen derecho de «au- tarquía» —es decir, «derecho de propio e inmediato gobierno» frente al inter- vencionismo y el centralismo característico del Estado liberal—. Consecuencia de ello es la doctrina de la «democracia cristiana», es decir, la atribución y el reconocimiento al pueblo, jerárquicamente organizado en clases y cuerpos, de la posición que le corresponde en el conjunto social. A través de unas Cortes corporativas, el pueblo comparte la soberanía social con el Rey, a quien corres- ponde la soberanía específicamente política’^^ .

No obstante, el ideólogo por antonomasia del carlismo en aquella época fue Juan Vázquez de Mella y Fanjul, cuya pluma se dio a conocer en una serie de artículos donde criticaba a los integristas. A fines de 1896, participó en las con- ferencias de Loredán, convocadas por Carlos VII para actualizar el pensamiento tradicionalista, al socaire de los nuevos vientos social-católicos, reivindicando la restauración de los gremios y la extensión de las sociedades corporativas de producción y consumo^^ A partir de las premisas social-católicas. Mella es es- forzó en construir su propia variante de corporativismo, que llamó «sociedalis- mo jerárquico». Como en el caso de la construcción de Gil y Robles, el «socie- dalismo» mellista es radicalmente antiestatista y hacía radicar la soberanía so- cial en los cuerpos intermedios y en las ciases sociales, a las que corresponde la representación en las Cortes y en los ayuntamientos, a través de los cuales comparte la soberanía con el Rey. Esta concepción organicista llevaba a Mella a planteamientos regionalistas. España era una federación de regiones, con la que el Rey comparte la soberanía nacional. Y, por ello, la Monarquía debía ser fe-

derativa ^^.

5. EL DESASTRE DEL 98 Y LOS ORÍGENES DE LA DERECHA RADICAL: PERSISTEN- CLA.S Y CAMBIOS.

El «Desastre» español de 1898 no puede ser considerado como un hecho esencialmente castizo de la historia nacional. Como es sabido, existió igualmen- te un «98» francés, italiano y portugués, que puso de relieve la fragilidad del

62 GIL Y ROBLES, Enrique: Tratado de Derecho Político según los principios del Derecho y la Filosofía cristianos, Madrid, I960, tomo I, páginas 251 y ss.

6^ FERRER, Melchor: Historia del Tradicionalismo Español, Sevilla, 1957, tomo XXVII, vol. II, páginas 102 y ss.

^^ Vid. GAMBRA, Rafael: La Monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional, Ma- drid, 1973. GARCÍA Y GARCÍA DE CASTRO, Rafael: Vázquez de Mella, Granada, 1940.

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1 2 0 PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

sistema político y que tuvo como consecuencia el replanteamiento intelectual de la identidad nacional y de los valores sociales que hasta entonces habían configurado el imaginario colectivo. En estrecha coincidencia con ello, las so- ciedades europeas finiseculares experimentaron un período de profiíndos cam- bios psicológicos, de revuelta contra los principios del positivismo y la Ilustra- ción^5 Esta crisis tuvo como consecuencia el decaimiento de las ideologías tra- dicionales -—^liberalismo y conservadurismo—, y la emergencia de una gran va- riedad de reacciones, desde la extrema derecha a la extrema izquierda. En el campo de la derecha, la crisis trajo consigo la formulación ideológica de un con- servadurismo radical, muy distinto del antiguo, forjado en las premisas de una perspectiva a veces cientificista, a veces vitalista, o irracionalista, en cuya óptica el engrandecimiento de la nación, entendida como un organismo colectivo, ocu- paba un lugar prioritario, por encima del individuo y de los valores religiosos. Este nuevo conservadurismo radical tuvo sus adalides indiscutibles en Charles Maurras y L’Action Française, así como en Maurice Barres, en cuya producción ideológica, distinta, aunque convergente, pueden percibirse las características de este nuevo «nacionalismo integral»: la exaltación de la nación y de las comuni- dades regionales, la crítica al proyecto de la modernidad desde instancias secula- res, el odio al liberalismo y la democracia, el llamamiento al activismo, etc.*”^

Este nuevo conservadurismo tuvo una importante influencia en Italia, Por- tugal y Rumania, e incluso en Hispanoamérica. En Alemania tendría un desa- rrollo distinto, basado sobre todo en el factor racial, que apenas tuvo repercu- sión en España, salvo en el nacionalismo vasco.

La derrota ante Estados Unidos sumió a las fuerzas de extrema derecha es- pañola en una sensación de perplejidad, que dio paso posteriormente a una actitud de interrogación. En un principio, para los carlistas supuso la reafírma- ción de sus profundas convicciones antiliberales. Gil y Robles vio en el «Desas- tre» la lógica consecuencia de la «revolución burguesa» llevada a cabo por los liberales, y que había instaurado la hegemonía social de una mesocracia «irreli- giosa» e «hipócritamente pietista». La solución no era otra que una dictadura a cargo de Carlos VII, que llevara a cabo una auténtica labor de deseuropeiza- ción. Ortí y Lara se limitó a decir que todo ello era fruto del «concepto de libre examen»^^ Menéndez Pelayo, por su parte, se sumió en un profundo silencio, aunque siguió exaltando a Balmes en sus conferencias y escritos*”^.

65 STUART HUGHES, H. ; Conciencia y sociedad. La reorientación del pensamiento social europeo, 1 8 9 0 – 1930, Madrid, 1972. MOSSE, George L.: La cultura europea del siglo XX, Barcelona, 1997.

66 BOUTANG, Pierre: Maurras, París, 1994. NGUYEN, Victor, Aux origines de VAction Fran- çaise. Intelligence et politique á taube du XX’ siècle, Paris, 1991- WEBER, Eugen: L’Action Française,Paris, 1985. STEILNHELL, Zeev: Maurice Barrés et le nationalisme français, Paris, 1973.

67 COSTA, Joaquin: Oligarquía y caciquismo. Urgencia y modo de cambiarla, Madrid, 1975, tomo II, páginas 157 y ss y 209 y ss.

68 MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino: «Dos palabras en el Centenario de Balmes», en Escritos de críticafilosófica,Madrid, 1948, páginas 155 y ss.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA ]^ 2 1

Poco hubo de innovador en los manifiestos del general Camilo García Pola- vieja, quien, en un primer momento, recibió el apoyo de los integristas y otros sectores católicos. Polavieja no llegó a ser, desde luego, ni tampoco se lo plan- teó, el Boulanger español.

En realidad, las primeras manifestaciones del nacionalismo integral y/o de derecha radical es preciso buscarlas, en España, no en el conservadurismo tra- dicional, ni en el carlismo, ni en el integrismo, sino en los nacionalismos perifé- ricos catalán y vasco; y posteriormente en los planteamientos críticos de lo que podemos llamar «espíritu del 98».

5.1. Catalanismo bizkaitarrismo

Tanto el catalanismo como el bizkaitarrismo tuvieron, en sus orígenes, un rasgo en común: la afirmación de las diferencias culturales, lingüísticas y lega- les, frente a un Estado liberal débil, pero unitario, centralista y unificador en la medida de sus fuerzas. Sin embargo, estos movimientos no son equiparables, ya que se caracterizan por su heterogeneidad y su diversidad. Si bien el naciona- lismo conservador español, e incluso el fascista, recibió la influencia del catala- nismo, a través de la figura de Eugenio D’Ors, el bizkaitarrismo careció de transcendencia en el desarrollo ulterior de la extrema derecha española.

La iniciativa correspondió a los catalanistas, cuyo movimiento político sur- ge, ante todo, como crítica al Estado liberal, crítica puntual y transcendente, no circunscrita a sus deficiencias, y que tenía sus antecedentes, no solo en la Renaixença, sino en la escuela tradicionalista de los apologistas catalanes y pos- teriormente en la obra del obispo Torras y Bagès. De hecho, las primeras re- cepciones de Maurras y Barres en España estuvieron circunscritas al ámbito catalán y a los sectores catalanistas, que, durante el affaire Dreyfus, tuvieron una postura abiertamente pro-nacionalista y antidreyfusard^^.

Su principal teórico, Enric Prat de la Riba, tuvo una formación cultural e ideo- lógica muy semejante a la de Maurras: Joseph de Maistre, Auguste Comte, Fustel de Coulanges, Renan, Taine, etc. De acuerdo con su perspectiva organicista- positivista-tradicionalista, Prat, como Maurras, asimilaba sociedad a naturaleza; y, en consecuencia, concebía a la nación como una «comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres, que no pueden ni deshacerla ni mudarla». No deja de ser significativo que Prat denominara a su alternativa políti- ca «nacionalismo integral». Igualmente, Prat fiae contrario al sistema parlamen- tario, que, para él, era sinónimo de desorden, fragmentación e incoherencia. Su alternativa era la representación corporativa «por gremios y profesiones»^°.

69 Vid. COLL I AMARGOS, Joaquim: El catalanisme conservador davant tafer Dreyfus, Barcelona, 1994, páginas 69 y ss.

70 PRAT DE LA RIBA, Enric: La nació i testât. Escrits dejoventut, Barcelona, 1987, páginas 103 y ss. La nacionalitat catalana, Barcelona, 1906, páginas 81 y ss .

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1 2 2 PEDRO CARLOS GONZALEZ CUEVAS

La movilización catalanista tenía su fin último en la consecución de un Esta- do propio; pero Prat no era separatista. Su alternativa era un Estado federal en el interior; y el imperialismo —«desde Lisboa hasta el Ródano»— en el exterior”^ .

Prat encontró en Eugenio D’Ors a un lúcido y dotado colaborador intelec- tual. Admirador de Maurras, Sorel y Moréas, D’Ors fiíe uno de los primeros intelectuales españoles que entró en contacto con L’Action Française, y de esa experiencia salió a la luz el movimiento «Noucentista», definido como un «nuevo intelectualismo», basado en los valores clásicos de jerarquía, continui- dad y cultura fi:ente al individualismo romántico”2. Como en el caso de Prat, el «Noucentisme» culminaba en la idea de Imperio; y, sobre todo, en una crítica radical del liberalismo y de la democracia como representantes del «individua- lismo atomístico». Por contra, el Imperio representaba «la socialización, el Es- tatismo, el Estado educacional, la Ciudad, la idea de expansión de los pueblos, la Justicia Social, la lucha por la Ética y la Cultura»^^. Ideas todas ellas que después serían recogidas por el fascisríio español. A su marcha de Cataluña, D’Ors, que dejó allí un buen número de discípulos, llegó a convertirse, sin cambiar de perspectiva ideológica, en uno de los grandes teóricos de la derecha radical española.

Poco hay que decir, en cambio, del nacionalismo vasco, en cierta forma here- dero de la tradición carlista, pero cuya impronta en el resto de España fiíe, y no sin razones, prácticamente nula. Su única novedad, pues su programa guardaba numerosos puntos de contacto con el integrismo nocedaliano, fiíe su formulación racial del hecho nacional. Su fiíndador, Sabino Arana, elaboró una especie de nacionalismo vólkischvasco, que resaltaba la pureza racial con respecto al mestizaje del resto de España, al que consideraba tan antinatural como nefasto^^.

5.2. El nuevo nacionalismo español el espíritu del 98

La crisis del 98 generó igualmente una reacción de tipo intelectual, que de- terminó una actitud y una mentalidad crítica ante la sociedad, que acabó dilu- yéndose, pero que, al mismo tiempo, marcó de forma indeleble la trayectoria política e intelectual de no pocos pensadores españoles. Lo que se ha venido en llamar «espíritu del 98» no es sino una reacción inconformista ante la situación

^1 Vid. SOLÉ TURA, Jordi: Catalanismo y revoluáón burguesa, Madrid, 1974; páginas 219 y ss. Jardí Enric, Les doctrines juridiques, politiques i soáals dEnric Prat de la Riba, Barcelona, 1974, páginas 143 y ss.

” D’ORS Eugeni: Glosari, Barcelona, 1982, página 191

” Ibidem, páginas 121 y ss. Vid. GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos, «Charles Maurras en Cata- luña», en Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo CXCV, cuaderno II. Madrid, 1998; pp.309-362.Ver también el discutible libro de CACHO Viu, Vicente: Revisión de Eugenio D’hors.Madrid-Barcelona, 1997.

7^ ARANA, Sabino: Obras Escogidas. Antología política, Bilbao, 1977, páginas 152 y ss.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA ]^ 2 3

española y la búsqueda de una «tradición» sustentadora de un nuevo naciona- lismo españoP^

La élite intelectual noventayochista se encontraba, tanto a nivel ideológico como político, en las antípodas de todas las tradiciones de la extrema derecha española, católica y/o carlista. Pero sus ideas y planteamientos iban a influir de forma determinante, lo mismo que D’Ors, en el fascismo español. Y. además, algunos de sus representantes, como «Azorín» y Maeztu, militarían posterior- mente en el conservadurismo y en el primorriverismo.

La nueva derecha antiliberal encontraría, por ejemplo, en la obra de Joaquín Costa —como ocurrió paralelamente en Italia con la figura de Alfredo Oriani-, devenido precursor del fascismo— munición aprovechable: el organicismo social de raíz krausista, el historicismo tradicionalista, los proyectos de modernización hidráulica; y, sobre todo, su ambigua denuncia del régimen de la Restauración —baluarte de caciques y oligarcas—, así como sus llamadas a la «revolución desde arriba» y al «cirujano de hierro» encargado de llevarla a cabo^*^.

Buena prueba de la ambivalencia de los intelectuales noventayochistas fue
la trayectoria política de José Martínez Ruíz, «Azorín», quien, tras su escarceos federalistas y anarquizantes, pasó a militar, sin solución de continuidad, en el conservadurismo de Maura y La Cierva. «Azorín» fue, junto a D’Ors, uno de los introductores en España de los temas del nacionalismo integral maurrasiano, cuya influencia resulta patente en su obra Un discurso de La Cierva, en la que pro- pugna una renovación del conservadurismo español a partir de Maurras y Barres: estética clasicista, sociologismo comteano, agrarismo y antiliberalismo^-‘.

Algo parecido podemos decir de Miguel de Unamuno, quien tampoco tuvo nunca una postura política coherente. Y cuya invocación a la «intrahistoria», a Castilla y sus críticas a los nacionalismos periféricos, así como su voluntarismo irracionalista, pasarían luego al acervo ideológico de nuestro fascismo^^.

Menos metafísico se mostraba Ramiro de Maeztu en sus comienzos. A su jui- cio, el problema español estaba planteado en relación al desarrollo económico y a la consolidación de la unidad nacional amenazada por los nacionalismos periféri- cos. La solución se encontraba en una profunda reforma intelectual y moral, con- sistente en la secularización de las conciencias, la creación de nuevos mitos na-

i> IMMAN FOX, Edward: La crisis intelectual del 98, Madrid, 1976. Abellán José Luis, Sociología del 98, Barcelona, 1973. CACHO Viu, Vicente: Repensar el noventa y ocho, Madrid, 1997.

76 ORTÍ, Alfonso: Estudio introductorio a Oligarquía y caciquismo de Joaquín Costa, Madrid, 1975. PÉREZ DE LA DEHESA, Rafael: El pensamiento de Costa y su influencia en el 98, Madrid, 1966. MAURICE, Jacques y SERRANO, Carlos: Joaquin Costa: crisis de la Restauración y populismo, Madrid, 1977. VÁRELA, Javier: «La literatura del Desastre y el desastre de la literatura», en La Novela de España, Madrid, 1999.

” «AZORÍN», Un discurso de La Cierva, Madrid, 1914, páginas 80 y ss. Con bandera de Francia,Madrid, 1950. p. 85 ss.

•^8 CEREZO GALÁN, Pedro: Las mascaras de lo trágico (Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno),Madrid, 1996.

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PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

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clónales, un nuevo sistema educativo basado en valores prácticos, no humanísti- cos, y en la colaboración del Ejército como baluarte de la unidad nacionaP^.

6. CRISIS DE LA RESTAURACIÓN Y DICTADURA

La quiebra del precario equilibrio canovista, a partir de 1898, pero, sobre to- do, de 1913; la subsiguiente atomización de los partidos políticos dinásticos; el surgimiento de nuevos grupos sociales, al socaire del crecimiento económico de principios de siglo; la crisis provocada por el estallido de la Gran Guerra y por la «corporativización» de la sociedad, que ponían en cuestión los supuestos del sis- tema liberal; el progresivo aumento de la movilización social y política, así como el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, iban a tener importantes conse- cuencias en el desarrollo de la extrema derecha española, que se vio obligada a modernizar su proyecto político; y en la mayor diversificación de sus tradiciones.

En ese sentido, uno de los hitos fiíndamentales en la historia de los sectores antiliberales españoles fue la aparición de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas en 1909. Su ideología y proyecto político eran una actualiza- ción de la tradición católica en su versión balmesiana, junto a las nuevas pers- pectivas abiertas por el catolicismo sociaP°. Su órgano de difusión fue El Debatey su principal directivo, Ángel Herrera Oria. Salvo en lo relativo a la difusión de los planteamientos social-católicos y la organización de élites de orientación, Herrera y sus propagandistas fueron incapaces de modernizar el contenido del discurso católico; carecieron de la audacia de la novedad. Siguiendo a Menéndez Pelayo, Herrera identificaba a la nación española con los valores católicos y mo- nárquicos. Al mismo tiempo que se mostraba contrario a la democracia liberal, que «no se había creado para España». En ese sentido, su alternativa era «una forma de democracia orgánica que empiece por vivificar con savia del pueblo las primeras instituciones de la vida pública y de las instituciones económicas»^^

De la misma forma, el movimiento católico-social español se mostró, salvo en casos muy aislados, afín a la perspectiva tradicionalista y contrarrevolucio- naria. Sus principales teorizantes y organizadores, como los Padres Gafo o Ge- rard, no digamos el célebre Marqués de Comillas, fueron profundamente anti- liberales y afines a posturas paternalistas y antisindicales^^

^9 GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: «Nacionalismo y modernización en la obra del primer Maeztu», en Hispania, n° 184, 1993, páginas 557 y ss.

8° Vid. ORDOVÁS, José Miguel: Historia de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas,Pamplona, 1993.

8′ HERRERA ORIA, Ángel: Obras selectas, Madrid, 1965, páginas 5-8, 75 y ss.

82 BENAVIDES, Domingo: El fracaso social del catolicismo español. Arboleya Martínez, Barcelona, 1974. CARRASCO CALVO, Salvador: Los sindicatos de dominicos Gerard y Gafo. De la innovación neotomis-

ta a la Dictadura, Barcelona, 1982. CASTILLO, Juan José: El sindicalismo amarillo en España. Aporta- ción al estudio del catolicismo social español, Madrid, 1977.

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Igualmente importante fue la aparición del maurismo como grupo político diferenciado, tras la escisión conservadora de 1913. Resulta significativo que su máximo teórico, Antonio Goicoechea, definiera al nuevo movimiento derechis- ta como la antítesis del canovismo. No el individualismo posesivo, sino el in- tervencionismo estatal; no el liberalismo doctrinario, sino la «democracia con- servadora»; y, sobre todo, no el resignado pesimismo canovista, sino la fe in- quebrantable en «el espíritu creador y en las inagotables energías de la raza». De esta manera hacía su aparición el primer grupo político español en el que podemos ver ciertos rasgos de derecha radical, si bien el elemento católico- tradicional tuvo un considerable paso en el conjunto de su ideología. Formado en las corrientes social-católicas, Antonio Goicoechea fue un crítico radical del régimen de la Restauración, al que opuso la «democracia conservadora y orgá- nica», un sistema político intervencionista, corporativo y nacionalista, que no sólo debía respetar la genuina espiritualidad española, sino restaurarla. Como Balmes y Menéndez Pelayo, Goicoechea identificaba la tradición española con la Monarquía y el catolicismo. Pero, al lado de todo esto, el líder maurista fue uno de los primeros políticos españoles que recogió algunas de las fórmulas maurrasianas en sus discursos, como la doctrina del «empirismo organizador», la crítica al romanticismo y la identificación de la Monarquía con el «naciona- lismo integral»^^ Igualmente, el tradicionalismo carlista teorizado por Vázquez de Mella tuvo su continuador en Víctor Pradera. Más sistemático que Mella, Pradera acentuó ideológicamente la evolución del tradicionalismo carlista des- de el regionalismo a la definición de un movimiento en el que el dinastismo fue cediendo paso a las idea corporativas, organicistas y a la apología directa del golpe de Estado militar, así como a la exaltación de la unidad nacional frente a los nacionalismos periféricos. Desde los comienzos de su carrera política, carac- terizó a Pradera una profunda enemistad con respecto a los nacionalismos, cu- yas reivindicaciones carecían, a su juicio, de todo fundamento histórico y de legitimidad doctrinal. Ni la diferenciación cultural, ni la raza podían servir para fiíndamentar la independencia de Cataluña o el País Vasco. Losfiaerosno podían ser interpretados como códigos de soberanía, según había hecho Sabino Arana; eran «el gran título de amor de Vasconia a España». Y, en ese sentido, la alterna- tiva al centralismo liberal no era otra que el foralismo carlista, consistente en la restauración de las autarquías regionales, siguiendo el ejemplo histórico de la España de los Reyes Católicos, mediante la instauración de la «Monarquía fede- rativa»^”*. Pradera acompañó a Vázquez de Mella en su disidencia frente al nuevo rey carlista, Don Jaime , tras el final de la Gran Guerra, en 1919-

85 GOICOECHEA, Antonio: Hacia la democracia conservadora, Madrid, 1914. La crisis del constitu- cionalismo moderno, Madrid, 1925. Horas de ocio (Discursos y artículos literarios), Madrid, 1925. El pro- blema de las limitaciones de soberanía en el derecho público contemporáneo, Madrid, 1923.

84 PRADERA, Víctor: Regionalismo y nacionalismo, Madrid, 1917. El misterio de los fueros vascos,Madrid, 1918. Femando El Católico y los falsarios de la Historia, Madrid, 1922.

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El emergente conservadurismo radical español contó, aparte de las ya men- cionadas contribuciones de «Azorín» y D’Ors con la de José María Salaverría, portaestandarte de un nuevo nacionalismo español, muy distinto del católico propugnado por los mauristas y por los propagandistas de Herrera. Influido desde muy temprano por Schopenhauer y Nietzsche, y posteriormente por Maurras, Salaverría atacó a la llamada «Generación del 98», a la que acusó de individualismo romántico, antipatriotismo y antimilitarismo. Frente al negati- vismo noventayochista, el escritor vasco propugnaba imbuir a las nuevas gene- raciones de un espíritu patriótico, heroico y optimista. En ese sentido, el ene- migo a batir no era solo el noventayochismo, sino, sobre todo, los nacionalis- mos periféricos, «grietas de donde se escapa la mejor fuerza de España»; y el movimiento obrero revolucionario, representante del «subpueblo»^^

A medio camino entre la teología política y la derecha radical, se encontra- ba en aquellos momentos Ramiro de Maeztu, quien, tras su antigua militancia noventayochista y liberal-socialista, había evolucionado, conmovido por el desa- rrollo de la Gran Guerra, hacia el catolicismo; de lo que fue testimonio su obraLa crisis del humanismo, donde sometía, bajo la influencia de Thomas E. Hulme y del «guildismo» británico, a una dura crítica los fundamentos del proyecto de la modernidad. Sólo mediante el retorno a los cánones del «clasicismo cristiano», superador del relativismo humanista y romántico, causantes de la hecatombe mundial, podían las sociedades europeas recuperar la estabilidad y la confianza en sí mismas. El «clasicismo cristiano» llevaba a una concepción comunitaria y corporativista de la sociedad basada en el principio de «función», que conducía a la restauración de los gremios como correctivo frente al atomismo liberal y al colectivismo socialista, productos ambos de la modernidad^^.

Como Renan a decir de Mussolini, José Ortega y Gasset tuvo igualmente «iluminaciones prefascistas»^^. Filosóficamente, Ortega lanzó un ataque frontal contra el racionalismo y el positivismo apoyado en el historicismo y en el vita- lismo; y, en consecuencia, su perspectiva filosófica supuso una revalorización del mundo de las pasiones, de las fuerzas vitales que mueven la historia. Políti- camente, fue un liberal-conservador, en cuyos escritos se expresaron la mayoría de los motivos del pensamiento elitista y conservador: el realismo histórico, el sentimiento del valor de la continuidad, una teoría de la nación como empresa integradora; y, finalmente, un sentimiento fuertemente aristocrático de la so- ciedad y de la vida, en el que los pocos están llamados a dirigir a los muchos^^. Pero la aportación orteguiana a la forja de una derecha radical y/o revoluciona- ria no se redujo a sus teorías filosóficas o sociales; influyó igualmente a través

85 SALAVERRÍA, José María: ha afirmación española, Barcelona, 1917. El muchacho español, Ma- drid, 1917- £« líi vorágine. El hervor multitudinario, Madrid, 1919.

86 MAEZTU, Ramiro de: La crisis del humanismo, Barcelona, 1919, páginas 55 y ss.
87 MUSSOLINI, Benito: Elfascismo, Barcelona, 1976, página 28.
88 Vid. FERNÁNDEZ DE LA MORA, Gonzalo: Ortega y el 98. Madrid, 1979. ELORZA, Antonio, La

razón y la sombra. Una lectura política de Ortega y Gasset, Barcelona, 1987.

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de su Revista de Occidente, en la que colaboraron los ñituros teóricos del fascismo español, Ramiro Ledesma Ramos y Ernesto Giménez Caballero; y en cuyas páginas y en cuya editorial se publicaron libros y artículos de intelectuales afi- nes a la llamada «revolución conservadora» alemana, como Werner Sombart, Cari Schmitt, Hermann Keyserling, Othmar Spann y Oswald Spengler^^.

Tras su famosa expulsión de los organismos culturales de la Mancomuni- dad catalana, Eugenio D’Ors marchó a Madrid, donde fue recibido cordialmen- te por el conjunto de la elite intelectual. El filósofo catalán fue profundizando en su teoría política, mostrándose partidario de un régimen corporativo^^. Y su influencia se extendió al País Vasco, donde fueron tributarios de su pensamien- to jóvenes escritores como Ramón de Basterra y los futuros falangistas Pedro Mourlane Michelena y Rafael Sánchez Mazas, grupo intelectual que se autode- nominó «Escuela Romana del Pirineo». Su pensador más influyente fue Baste- rra, representante de una nueva especie de despotismo ilustrado —el «carloter- cismo»— opuesto al sistema liberal. Como poeta creó el personaje de Virulo, héroe obsesionado por el ímpetu de la acción y fascinado por la creación de un nuevo Imperio español, la «Sobreespaña»^^

Admirador de Maurras, Rafael Sánchez Mazas se encargó, como correspon- sal de ABC en Italia, de describir elogiosamente la subida al poder de Mussoli- ni y sus fascistas92.

Igualmente, tuvo alguna importancia para la recepción de las fórmulas maurrasianas en España, la estancia en nuestro país de Antonio Sardinha, líder intelectual del Integralismo Lusitano, a raíz de su exilio tras la fracasada rebe- lión monárquica de Monsanto. Sardinha colaboró en El Debate, El Pensamiento Español y la revista Raza Española. Por su parte, el Conde de Santibáñez del Río, amigo de Sardinha y futuro fundador de Acción Española, contribuyó a di- vulgar la ideología integralista con su libro Portugal y el hispanismo^^.

De todas formas, no debemos exagerar la influencia de estas ideas en el con- junto de las derechas españolas, ya que, como afirmaba el maurrasiano Alvaro Alcalá Galiano en vísperas del golpe militar primorriverista, al conservador espa- ñol le bastaba «saber, sin leerlos, que las derechas católicas cuentan con campeo- nes literarios como Balmes y Menéndez Pelayo, y que las gentes bienpensantes pueden leer las novelas de Alarcón y Pereda sin caer en el pecado»^^.

89 Vid. LÓPEZ-CAMPILLO, Evelyne: La Revista de Occidente y la formación de minorías, Madrid,1972, páginas 82 y ss.

90 D’ORS, Eugenio: «Aprendizaje y heroísmo», en Diálogos, Madrid, 1981, páginas 62 y ss.

91 Vid. DÍAZ-PLAJA, Guillermo: La poesía y el pensamiento de Ramón de Basterra, Barcelona, 1941. AREAN, Carlos, Ramón de Basterra, Madrid, 1950.

92 «La victoria fascista y la marcha sobre Roma» en ABC, 15-XI-1922, «Retrato de Mussoli- ni», en ABC, 15-11-1923. «La crisis del fascismo», en ABC, 16 y 20-VI-1923, «El Imperio o lamuerte», ABC, 30-VI-1923.

93 Vid. GONZÁLEZ CUEVAS, Pedto Carlos: «El Integralismo Lusitano: su recepción en España», en Proserpina, n° 11, 1994, páginas 79 y ss.

9^* «Intelectuales reaccionarios», y4BÇ, 25-1-1923.

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En ese sentido, la Dictadura primorriverista, a la que el conjunto de la de- recha y de la extrema derecha española dio su apoyo, y en la que colaboraron Maeztu, D’Ors, Salaverría y Pradera, no supuso apenas innovaciones doctrina- les o ideológicas. Pese a que cuando se produjo existía ya el fascismo en Italia, la Dictadura no tuvo nada de fascista; es más: su advenimiento supuso, de hecho, un dique a la emergencia de un movimiento fascista español. En la me- dida que estuvo asistida por algún pensamiento, éste fue el conservador autori- tario tradicional, con ciertos aditamentos costistas y tecnocráticos. Su innova- ción más reseñable fue la edificación del sistema corporativo, según las premi- sas social-católicas, cuyo máximo teorizante fue Eduardo Aunós, ministro de Trabajo de Primo de Rivera, antiguo militante de la Lliga, admirador por en- tonces de Maurras, La Tour du Pin y Ketteler^^

El general Primo de Rivera no intentó en ningún momento convertirse en
un caudillo carismático; y su dictadura giró, a lo largo de toda su existencia, entre la variante comisoria y soberana. Sólo en sus últimos años se planteó la instauración de un Estado autoritario permanente, que rompiera con la tradi- ción liberal-conservadora. En ese sentido, es preciso destacar las obras de dos
de los ideólogos de la Unión Patriótica, el partido de Primo de Rivera, José María Pemán, El hecho y la idea de la Unión Patriótica; y de José Pemartín, Los valores históricos en la Dictadura española, insertos ambos en la tradición teológi- co-política. No en vano el lema de la Unión Patriótica recordaba al de los car- listas: «Patria, Religión y Monarquía». Tanto Pemán como su primo Pemartín planteaban la evolución de la Dictadura hacia la Monarquía tradicional y re- presentativa 9^. Este proyecto intentó plasmarse, al menos en parte, en la non- nata Constitución de 1929, cuyo articulado no llegó siquiera a discutirse por la caída de la Dictadura a comienzos de 1930^”.

7. FRENTE A LA REPÚBLICA: EL TRIUNFO DE LA TEOLOGÍA POLÍTICA

El advenimiento de la II República en abril de 1931 supuso la puesta en marcha de un serio intento de modernización de la sociedad y del Estado; lo cual suscitó la oposición y resistencia de los sectores sociales y políticos más representativos del anterior régimen monárquico y del conjunto de las menta- lidades conservadoras. Así ocurrió en las relaciones entre la Iglesia y el Estado, ya que los proyectos secularizadores republicanos suponían una serie de conte- nidos radicalmente anticlericales. Igualmente dura fue la resistencia de los grandes propietarios agrarios a los proyectos de reforma. Esta resistencia solo

95 AUNÓS, Eduardo: El discurso de la vida. Autobiografía, Madrid, 1951, páginas 75, 125 y ss.

96 GÓMEZ NAVARRO, José Luis: El régimen de Primo de Rivera, Madrid, 1991. ÁLVAREZ CHILLI- DA, GoazíW. José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1941), Cádiz, 1996.

97 GARCÍA CANALES, Mariano: El problema constitucional en la Dictadura de Primo de Rivera, Ma- drid, 1980.

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fue comparable a la que se opuso a los estatutos de autonomía. La formulación ideológica de la oposición conservadora y tradicionalista a la II República tuvo su máxima expresión en la revista y sociedad de pensamiento monárquica Ac- ción Española, fundada a finales de 1931 por el Conde de Santibáñez del Río, Ramiro de Maeztu y el antiguo integrista Eugenio Vegas Latapié. Acción Espa- ñola tuvo como objetivo lograr la síntesis de todas las tradiciones contrarrevo- lucionarias españolas; y en ella colaboraron antiguos mauristas, como Goicoe- chea y Calvo Sotelo; carlistas, como Víctor Pradera y el conde de Rodezno; primorriveristas, como Pemán, Pemartín y Aunós; menendezpelayistas, como Pedro Sáinz Rodríguez; integristas, propagandistas católicos, etc. Su título, traducción directa del órgano doctrinal de Charles Maurras, no debe llevarnos

a engaño, pues la tradición dominante en la revista fue, pese a que en ella cola- boraron algunos maurrasianos, la teológico-política. El secularismo positivista de Maurras fue muy criticado en sus páginas. El proyecto político de Acción Española fue una actualización del tradicionalismo católico, a través de la inter- pretación menendez-pelayana de la historia nacional, la teoría monárquico- tradicional del Estado y el coporativismo social-católico^^.

Con todo, la novedad política más trascendental del período republicano fue la aparición de Acción Popular y luego la Confederación Española de Dere- chas Autónomas como movimiento derechista de masas. La novedad del ce- dismo, obra de los propagandistas católicos de Herrera, no fue ideológica, sino organizativa. Como en el caso de los monárquicos de Acción Española, la ideolo- gía cedista fue expresión de las exigencias y de los intereses de una sociedad básicamente preindustrial. Por lo demás, si el nuevo partido tuvo un éxito elec- toral que fue más allá de las optimistas previsiones de sus promotores, ello de- pendió del hecho de que la sociedad española era todavía en grandísima parte, no sólo en los intereses y necesidades, sino en los valores transmitidos y acepta- dos, una sociedad agraria con profundas diacronías en su seno. La ideología de la CEDA fue una síntesis el tradicionalismo cultural, socialcatolicismo y con- servadurismo autoritario. Su líder, José María Gil Robles, hijo de Enrique Gil y Robles, fue un claro defensor del tradicionalismo corporativo, más influido por la perspectiva de su progenitor^^. Su órgano doctrinal, la Revista de Estudios Hispánicos, dirigida por el marqués de Lozoya, y colocada bajo el patrocinio intelectual de Menéndez Pelayo, Antonio Sardinha, Milá y Fontanals y Luis de Camoes, fue, salvo en el tema de las formas de gobierno, un plagio consciente de Acción Española, y en sus páginas se propugnó un Estado autoritario, corpo- rativo y confesional, cuyo modelo más próximo fue el Portugal salazarista^°°.

98 GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario enEspaña (1913-1936). Madrid, 1998.Delmismoautor,Historia delosderechosespañoles. Dela Ilus- tración a nuestros días. Madrid, 2000.

99 GI LROBLES José María; El Derecho y el Estado y el Estado de Derecho, Salamanca, 1922. Dis-cursos parlamentarios, Madrid, 1969.

’00 GONZÁLEZ CUEVAS.- op. cit., páginas 277 ss.

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Igualmente, existió en el tradicionalismo carlista una cierta preocupación intelectual, que se concretó en la revista Tradición, fundada en Santander en 1934 y que duró hasta el año siguiente. En sus páginas siguieron defendiéndo- se las fórmulas del sociedalismo mellista^o^ No obstante, el hito doctrinal del

carlismo fue la publicación por parte de Víctor Pradera de su obra El Estado nuevo, vademécum del pensamiento tradicionalista, cuyos capítulos habían apa- recido anteriormente en las páginas de Acción Española. La obra supuso la re- afírmación de los viejos tópicos carlistas: iusnaturalismo, organicismo, foralis- mo y Monarquía tradicional federativa^o^.

Otra de las novedades del período republicano fue la consolidación definiti- va del fascismo español como alternativa política, si bien en una forma muy marginal, al menos hasta el estallido de la guerra civil. Históricamente, el mo- vimiento fascista fue la expresión social de una clases medias «emergentes», deseosas de una mayor participación en el poder social y político; y su ideología fue una peculiar mezcla de elementos nacionalistas, populistas y socialistas. En ese sentido, tanto el movimiento como luego el régimen fascista se distinguió de los sistemas políticos conservadores en cuanto promocionó la movilización de las masas y por su pretensión de mostrar una nueva faz de civilidad, su idea de crear un «hombre nuevo» y una nueva sociedad^°^. El máximo teorizante del fascismo español fue, sin duda, Ramiro Ledesma Ramos, joven filósofo formado en la escuela de Ortega y Gasset y atento lector de Unamuno, Heidegger, Nietzsche, Gentile, Maurras y Sorel. Formado al margen de la Iglesia católica, en sus escritos políticos y filosóficos subyace un profundo anticatolicismo. En el fondo, Ledesma llegó a la conclusión de que el fascismo solo podría triunfar en España una vez que el catolicismo y la Iglesia, instrumentos de «debilidad y resquebrajamiento», hubieran perdido su hegemonía social e ideológica. Tanto el racionalismo como el catolicismo representaban pseudovalores que obstacu- lizaban la necesaria primacía de lo vital y dionisíaco. En el caso concreto del catolicismo, éste había mermado no sólo el desarrollo científico y filosófico es- pañol, sino la cristalización de un auténtico nacionalismo, que «alcanzase a todos los españoles por el solo hecho de serlo, no por otra cosa que además sean». El problema español radicaba en la consolidación de la unidad nacional y el logro de la independencia económica, para lo que se necesitaba un nuevo Estado, realmente nacional, que reformase a la sociedad mediante el interven- cionismo económico e integrara a las masas a través de sus instituciones^^”^.

Fundador del semanario La Conquista del Estado y luego del partido Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, Ledesma fue el auténtico creador de los sím-

’01 Ibidem, páginas 244 ss.
102 PRADERA Víctor: El Estado nuevo, Madrid, 1935.
’03 DE FELICE, Renzo: Elfascismo. Sus interpretaciones, Buenos Aires, 1976. STERNHELL, Zeev: El

nacimiento de la ideología fascista, Madrid, 1994.
lO’í LEDESMA RAMOS, Ramiro: El sello de la muerte, Madrid, 1924. El Quijote y nuestro tiempo, Ma-

drid, 1971. Discurso a las juventudes de España, Madrid, 1935.

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bolos del fascismo español: la bandera roja y negra; los lemas «Una, Grande y Libre», «Patria, Pan y Justicia», «Revolución Nacional», etc. En realidad, todo el mordiente doctrinal del falangismo procede de Ledesma, en particular su antiliberalismo, la apelación a las masas trabajadoras y la economía dirigista. La superación falangista del dilema entre izquierdas y derechas fue también herencia del jonsismo.

A su lado, José Antonio Primo de Rivera y Ernesto Giménez Caballero ocupan el lugar de epígonos. El primero careció de la coherencia de Ledesma. Sus vacilaciones al estudiar los problemas sociales y políticos son muestras ais- ladas, pero significativas de unos planteamientos en los que siempre dominó la inconcreción. El fracaso político de su padre le empujó a estudiar con celo el pensamiento y el estilo de Unamuno, Ortega y, D’Ors, desde un punto de vista fascista. Su máxima aportación fue, en ese sentido, el concepto de nación. Si- guiendo a D’Ors y a Ortega, Primo de Rivera rechazaba la visión romántica de nación, característica del catalanismo y el bizkaitarrismo, basada en sus rasgos físicos; por el contrario, la nación ha de ser considerada, ante todo, como un proyecto, un mandato, una norma que cumplir. Para ello, está el concepto de «unidad de destino», que se concreta en la expansión exterior, en la voluntad de Imperio y de liberación de los enemigos tanto exteriores como interiores^°5

Autodenominado «nieto del 98», Ernesto Giménez Caballero fue, ante to- do, un literato, en cuya obra se impone la invención fantasiosa a la dimensión práctica, la superficialidad sobre la radicalidad, la improvisación sobre el siste- matismo y la ocurrencia sobre la teoría. Para el vanguardista madrileño, el fas- cismo era la fórmula política más afín al «genio» sincrético característico de la nación española, mezcla del colectivista genio oriental y del individualista ge- nio occidental. En ese sentido, el fascismo era la «Nueva Catolicidad»; no por- que fuese un catolicismo en tanto teología política, sino como doctrina moder- na «universal» ^°^.

No sabemos lo que, por sí mismo, hubiera sido el fascismo español. Sabe- mos lo poco que fue a lo largo del período republicano. El conjunto de las fuer- zas políticas de la derecha y la extrema derecha, a pesar de sus coyunturales alabanzas como eficaz destructor de la democracia liberal y del movimiento obrero revolucionario, rechazó los contenidos del proyecto político fascista, ajeno a las características de su cultura política. Para los carlistas, el fascismo era un «sarampión», una moda repleta de peligros, carente de porvenir en una nación como España^°^. Expresión propia de la modernidad, mecanicista y ra-

105 PRIMO DE RIVERA, José Antonio: «Ensayo sobre el nacionalismo», en Obras Completas, Ma- drid, 1976, tomo I, páginas 347 y ss.

106 GIMÉNEZ CABALLERO, Ernesto: Genio de España, Madrid, 1932. La Nueva Catolicidad, Ma- drid, 1933. Ver también SELVA RoCA DE TOGORES, Enrique, Giménez Caballero. Entre la Vanguardia y elfascismo. Valencia, 1999-

10′ «Una moda política», en Tradición, n° 29, 1-III-1934, páginas 97-98.

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cionalista, dirá José Pemartín, en Acción Española^^^. Fruto del materialismo «que brota de las siembras de rebelión antirreligiosa efectuadas en el siglo XVI por la mano del Renacimiento que somete el espíritu al dominio de la sensuali- dad», sostuvo Osear Pérez Solís, en la Revista de Estudios Hispánicos^^^.

Puede haber pocas dudas de que la tradición triunfante fue, una vez más, la teológico-política. A ella la correspondió, en definitiva, legitimar el alzamiento de julio de 1936. No en vano, el derecho a la rebeldía fue teorizado en las pági- nas de Acción Española pot eclesiásticos como Aniceto de Castro Albarrán y Pablo León Murciego, así como por teólogos seglares como Marcial Solana^^°. Planeado, siguiendo la tradición militar, como un estricto pronunciamiento, el alzamiento fracasó, desencadenando una larga y cruenta guerra civil. La mera defensa del orden social, suficiente en principio para legitimar un golpe militar, no lo era propagandísticamente para una guerra civil. Una vez más, la religión sirvió para dotar de sentido transcendente al conflicto, presentándolo como una auténtica «Cruzada», cuyo máximo teorizante fiíe el cardenal Isidro Goma, cola- borador de Acción Española durante la Républicain^ El anticlericalismo republica- no-socialista-anarquista-comunista y los muchos asesinatos de sacerdotes y mon- jas en su retaguardia a lo largo de la contienda sirvieron para confirmar tal ima- gen de la guerra, que la jerarquía eclesiástica se apresuró a refrendar.

8. LAERADEFRANCO:DELAEDADDEOROALACRISIS

El sistema político nacido de la guerra civil fue, en realidad, el recipiente en el que llegaron a confluir todas las tradiciones de derecha y de extrema derecha opuestas a la significación de la II República. No sin cierta simplificación, pue- de decirse que el régimen de Franco consiguió aglutinar tanto a los contrarre- volucionarios a la antigua como a los sectores específicamente fascistas, cuyo número aumentó ostensiblemente durante la guerra civil, de modo que, duran- te algún tiempo, mas o menos hasta el final del conflicto mundial, pudo pre- sentar la doble faz antitética de un movimiento que deseaba un orden nuevo, siguiendo los ejemplos totalitarios de Italia y Alemania; y la de un movimiento restaurador que quería pura y simplemente el retorno del orden tradicional.

Finalmente, el régimen acaudillado por Franco no llegó a ser lo que hubiera querido un fascista español; fue el régimen querido y soñado por el conjunto de las derechas tradicionales. Supuso la edad dorada de las derechas españolas: la

108 «Cultura en exceso», en Acción Española, n° 55, 16-VI-1934, páginas 92-93.

109 «La situación social del mundo», en Revista de Estudios Hispánicos, n° 4, abril 1935, páginas 421 y ss.

lio CASTRO ALBARRÁN, Aniceto de: El derecho a la rebeldía, Madrid, 1934. «El derecho de resis- tencia», ^Vi Acción Española, n° 43, 16-VII-1933, páginas 241 y ss.

111 GOMA, Isidro: Pastorales de la guerra de España, Madrid, 1955.

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religióii, la Patria, la familia, el orden, la unidad nacional, la propiedad fueron, a un tiempo, los valores más protegidos y las columnas del régimen.

El sistema político fue, a lo largo de toda su existencia, mucho más perso- nal que institucionalizado. Durante la contienda, el general Franco, siempre pragmático y poco concernido por lo que sin duda le parecieron escolásticas sutilezas político-intelectuales, tuvo como primer objetivo ganar la guerra, y para ello necesitaba un frente y una retaguardia perfectamente unidas. Y así en abril de 1937 dictó el Decreto de Unificación de Falange y el Tradicionalismo, al que se adhirieron, sin demasiada dificultad, el resto de las fuerzas políticas confluyentes en el alzamiento de julio. Desde entonces, el régimen se convirtió en lo que básicamente siempre fue, un caudillaje personal, apoyado por el con- junto de las clases conservadoras del país. Franco acertó a colocarse por encima de las distintas fuerzas políticas y, gracias a su imagen de «Salvador de Espa- ña», le fue atribuida una personalidad carismática , de la que se aprovechó para afirmar su poder de «Caudillo», que resultó decisivo.

Lo cual no significa que el sector falangista careciese de importancia en la configuración del nuevo Estado. Mientras duró la guerra mundial, los falangis- tas consiguieron que se creasen organismos importantes, como el Instituto de Estudio Políticos, el partido único —FET de las JONS-—, el Frente de Juven- tudes y el Sindicato Español Universitario; y que se promulgasen leyes fascistas como el Fuero del Trabajo, muy aguadamente los puntos de Falange y se fun- daran revistas comoJerarquía y luego Escorial. En ese sentido, el sector falangis- ta contó con un selecto grupo de intelectuales, seguidores de Ortega y D’Ors, que, en un primer momento, contribuyeron eficazmente a legitimar el orden político nacido de la guerra civil. Entre ellos es preciso destacar a Luis Legaz Lacambra, quizá el principal teorizante del partido único español. Siguiendo en lo fundamental a Cari Schmitt, Legaz partía de la crisis del Estado liberal, «un Estado desintegrado en falsos antagonismos». Su contraste, el sistema de parti- do único, no estaba basado en la polémica, sino en el criterio opuestos, que^ «por ser único excluye la relación de alteridad, no puede dialogar, entrar en discusión con otro». En ese sentido, la relación capital era la existente entre Estado y partido. Para Legaz, el partido no es un órgano del Estado, ni un ente autárquico, ni una corporación de derecho público; es «una ecclesia, que guar- da con el Estado una relación ontológica y jerárquica a lo que en tesis católica mantiene el Estado católico con la Iglesia católica». De lo que se deducía una serie de consecuencias políticas. El credo y el dogma deben ser respetados por el Estado, que comprende a los hombres que constituyen el movimiento políti- co, y que adquieren el compromiso de protegerlo jurídicamente, persiguiendo la «herejía» política y exigiendo a los altos cargos lealtad a los ideales^^^

“2 LEGAZ LACAMBRA, Luis: Introducción a la teoría del Estado nacional-sindicalista, Barcelona, 1941, páginas 125 y ss.

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No menos importante fue la labor ideológica de Francisco Javier Conde, el discípulo español más importante de Cari Schmitt. Su aportación más reseña- ble a la legitimación del régimen fue su teoría del caudillaje , a la que tampoco era ajena la influencia de Max Weber y la del propio Schmitt, sobre todo la crítica de éste último al intento kelseniano de sustituir el mando y el poder de los hombre concretos, capaces de «acaudillar carismáticamente», por el imperio de las normas abstractas^^^.

A su lado, hay que destacar la labor de jóvenes intelectuales como Pedro Lain Entralgo, obsesionado por perfilar una ética nacional falangista acorde con los valores religiosos del catolicismo^^’^, o Antonio Tovar y José Antonio Mara- vall, cuyos estudios de la época estaban encaminados a exaltar el Imperio y el pensamiento español del Siglo de Oro^^^ . No obstante, tanto Lain como Tovar y Maravall se esforzaron en preservar el legado noventayochista y orteguiano, que formaba parte de la genealogía del pensamiento falangista, de las críticas del catolicismo integrista.

La arrolladora expansión de la Alemania hitleriana pudo haber hecho creí- ble por algún tiempo el despliegue de los planteamientos totalitarios en Espa- ña. Pero el sueño de un totalitarismo pleno se disolvió pronto en retórica inútil, dada la realidad de una España en ruinas, dividida y tutelada por un clero su- mamente conservador; y que, además, veía deshacerse en humo las empresas políticas de Alemania e Italia. No obstante. Falange seguiría ejerciendo in- fluencia en el régimen nacido de la guerra civil. Por de pronto, éste tomó y utilizó, a lo largo de toda su existencia, sus símbolos políticos; y aprovechó la retórica y el contenido de algunas de sus propuestas para garantizarse la ad- hesión de ciertos sectores de las clases medias y populares. Fue el representan- te, en fin, del populismo franquista y su rol fue operativo durante mucho tiempo. En aquellos momentos, una Monarquía tradicional como la propugna- da por Acción Española hubiera sido una fórmula política incapaz de disimular siquiera su carácter de «Antiguo Régimen», un poder autoritario que no dispo- nía de más argumento a su favor que la legitimidad dinástica y, en consecuen- cia, se encontraba desprovisto de sentido carismático secularizado, y que tenía que renunciar, por principio, a palabras, aunque fuesen únicamente retóricas, como «revolución», de toda apelación popular. De haber seguido esa vía, es previsible que el régimen hubiera durado mucho menos.

No obstante, el pensamiento falangista, tras la derrota del Eje, entró en un serio e irreversible declive, del cual fue incapaz de salir, limitándose a repetir las viejas fórmulas, sin posibilidad de renovación. Dentro de esa corriente, tan sólo son reseñables los intentos del filósofo Adolfo Muñoz Alonso, cuya peculiar

115 CONDE, Francisco Javier: «Espejo de caudillaje», en Escritos y fragmentos políticos, Madrid, 1974, tomo I, páginas 30 y ss.

11^ LAÍNENTRALGO, Pedro: Valores morales del nacional-sindicalismo, Madrid, 1941.

15 TovAR, Antonio: El Imperio de España, Madrid, 1941. MARAVALL, José Antonio: Teoría del Estado en España en el siglo XVII. Madrid, 1943

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dialéctica, plagadas de inconcreciones y paradojas, fue un reflejo más de la pro- fundidad de la crisis. Fundamentalmente, Muñoz Alonso intentó enfatizar el carácter católico del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera —ignorando por completo a Ledesma Ramos—, en la línea de las corrientes «personalistas» que arrancan de Mounier ^^^. Otros intentos, como los de José Luis de Arrese, mostraron, no solo mayor inconcreción, sino una irreprimible nostalgia. Su proyecto de leyes fundamentales, que pretendía resaltar las atribuciones del Movimiento y el poder del Consejo Nacional en la estructura del Estado, y que chocó con la oposición cerrada de las restantes familias del régimen e incluso de la Iglesia, resultó ser, en el fondo, el canto del cisne del fascismo español^^”. Y es que el proyecto autárquico, proteccionista y totalitario que seguían defen- diendo los falangistas chocó con las necesidades de la economía española y con las líneas generales de la economía diseñadas por los organismos internaciona- les en que España se había ido integrando. A la altura de los años setenta, de- clararse falangista —diría el economista Juan Velarde— «ya no es una defini- ción (…) Si algún falangista sostiene alguna idea debe decir que lo hace a título particular, porque como miembro de una organización nada puede decir (…) La falange se encuentra en un estado de pulverización, pues ni siquiera algunos grupos activistas y minoritarios que uno se encuentra en la Universidad, se entienden entre sí»”^.

Finalizada la guerra mundial, Franco recurrió a los sectores de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. A diferencia de los falangistas y de los herederos de Acción Española, los hombres de Herrera nunca se distinguieron por la densidad conceptual de su pensamiento político; fueron más que nada hom- bres de acción. Su proyecto político tuvo por norte las encíclicas papales. Sus principales representantes fueron, aparte de Herrera, Fernando Martín Sánchez-

Julia, José Larraz, Alberto Martín Artajo y José María García Escudero^ ^^. Mayor importancia tuvo, a nivel ideológico, la aparición en 1948 de lo que vino en llamarse, un tanto impropiamente, la «Tercera Fuerza», representada

por los herederos ideológicos de Acción Española, entre los que destacaban algu- nos miembros de la sociedad religiosa Opus Dei, fundada en 1928 por el sa- cerdote José María Escrivá de Balaguer^^o^ como Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez-Embid, Ángel López-Amo, Vicente Matrero, Antonio Fontán, Antonio Millán Puelles, etc.; y al margen de ésta, Gonzalo Fernández de la Mora. Calvo

‘”5 MUÑOZ ALONSO, Adolfo: Persona humana y sociedad, Madrid, 1955. Un pensador para un pue- blo, Madrid, 1969-

“^ ARRESE, José Luis de: Obras seleccionadas, Madrid, 1966. Una etapa constituyente, Barcelona, 1982.

’18 SERRATSOLLÉ, Jaime: «El doctrinario Juan Velarde Fuertes», en Mundo, octubre 1972.

19 Vid. MARTÍN SÁNCHEZ-JULIA, Fernando: Ideas claras. Reflexiones de un español actual, Madrid, 1959. GARCÍA ESCUDERO, José María: Conversaciones sobre Ángel Herrera, Madrid, 1986.

120 Vid. ARTIGUES, Daniel: El Opus Dei en España, París, 1970 ESTRUCH, Joan: Santos y pillos. El Opus Dei y sus paradojas, Barcelona, 1994.

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Serer se sirvió para aglutinar a los intelectuales conservadores y tradicionalistas de la revista Arbor, órgano del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Su objetivo más inmediato era ofrecer una alternativa a los equipos políticos que hasta entonces habían monopolizado la dirección del Estado: una alterna- tiva consistente en la institucionalización monárquica del régimen nacido de la guerra civil, favoreciendo un entendimiento entre Franco y Don Juan de Bor- bón; la restauración de la «conciencia nacional unitaria», basada en el catolicis- mo, frente a los intentos de apertura intelectual favorecidos por el ministro de Educación Nacional Joaquín Ruíz Jiménez y los falangistas; y en la asunción de las premisas del neocapitalismo y del desarrollo económico. Como diría Florenti- no Pérez-Embid: «españolización de los fines y europeización de los medios» ^^^

Dentro de la homogeneidad católica y monárquica de este sector intelec- tual, existía, sin embargo, una cierta heterogeneidad de perspectivas, cuyo polo máximo lo encarnaban Vicente Matrero —luego director de la revista neointe- grista Punta Europa— y Fernández de la Mora. El pensamiento de Matrero pretendió asentarse sobre una perspectiva radicalmente católica, considerando irrenunciable el carácter de «Cruzada» dado a la guerra civil y la denuncia de la heterodoxia religiosa representada por Unamuno y, sobre todo, por Ortegai22 Características muy distintas ofrecía el pensamiento de Fernández de la Mora, admirador de Ortega y partidario de eliminar el «patetismo» y de llegar a la «asepsia» técnica mediante la «desideologización», despojando de ingrediente religioso a la política y rehuyendo, de manera expresa, la denominación de «Cruzada» para la guerra civil^^^. Junto a Fernández de la Mora, los miembros más interesantes del grupo eran Leopoldo-Eulogio Palacios, antiguo colabora- dor de Acción Española y critico de Maritain, y Ángel López-Amo, profesor del entonces Príncipe de España, e introductor de las teorías monárquicas de Lo- renz von Steini24

Calvo Serer dio igualmente audiencia a los últimos representantes del tra- dicionalismo carlista, como Francisco Elias de Tejada y Rafael Gambra. lusfiló- sofo, historiador y doctrinario político, Elias de Tejada teorizó sobre la Monar- quía tradicional, limitada mediante leyes fundamentales y los particularismos de los diferentes reinos de «las Españas»^^^ Mientras que Gambra intentó ac-

121 CALVO SERER, Rafael: España, sin problema, Madrid, 1949. Teoría de la Restauración, Madrid, 1952. PÉREZ EMBID, Florentino, Ambiciones españolas, Madrid, 1953, páginas 46 y ss.

122 MARRERO, Vicente: La guerra civil española y el trust de cerebros, Madrid, 1965. Ortega, filósofo mondain, Madrid, I960.

123 FERNÁNDEZ DE LA MORA, Gonzalo: Ortega y el 98, Madrid, 1961. El crepúsculo de las ideologí- as, Madrid, 1965.

12′! LÓPEZ-AMO, Ángel: Poder político y libertad. La Monarquía de la reforma social, Madrid, 1952. PALACIOS, Leopoldo-Eulogio, El mito de la Nueva Cristiandad, Madrid, 1952.

125 REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS: Francisco Elias de Tejada y Spínola. Elhombre y la obra, Madrid, 1989. AYUSO, Miguel: Lafilosofíajurídica y política de Francisco Elias de Tejada, Madrid, 1994.

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tualizar las teorías de Vázquez de Mella, para más tarde criticar el «derrotismo católico» incapaz de mantener la unidad religiosa nacional frente a las tenden- cias secularizadoras^^^.

Con el tiempo, la llamada «Tercera Fuerza» acabó disolviéndose; y algunos de sus miembros, como Calvo Serer, evolucionaron hacia posturas liberal- conservadoras; mientras que otros, como Pérez-Embid y Fernández de la Mora, se integraron en el régimen. Fernández de la Mora fue el autor, junto a Lau- reano López Rodó, de las Leyes Fundamentales, convirtiéndose en el pensador por excelencia del último período del régimen de Franco^^^.

Y es que, para entonces, el conjunto de la derecha española iba a tener que enfrentarse a una serie de retos de singular transcendencia. Por de pronto, du- rante la década de los años sesenta la sociedad española iba a experimentar unas transformaciones sociales decisivas. Como consecuencia de un desarrollo económico sin precedentes, se agudizó la desintegración de la sociedad agraria tradicional, que provocó la concentración urbana de la mano de obra liberada de la agricultura; lo cual incidió en la secularización y «americanización» de las costumbres, que hizo entrar en profunda crisis los fundamentos de la cultura política tradicional de las derechas españolas. Unido a ello, se produjo un cam- bio verdaderamente cualitativo en la doctrina de la Iglesia católica, con el Con- cilio Vaticano II. Para la sociedad española, y en concreto para el régimen polí- tico, la situación inaugurada por las transformaciones sociales y, sobre todo, por el Concilio fue enormemente problemática. Porque el catolicismo no era sólo en España una religión; era todo un sistema de creencias y mores que había marcado a todo el país, sus ideas, su política; que había sido objeto de guerras internas y externas. Por eso, la crisis del catolicismo tradicional fue una crisis auténticamente nacional; y, sobre todo, política. Significó el final de toda una época de la historia de España. No es extraño que un viejo colaborador de

Acción Española como Aniceto de Castro Albarrán, exclamara, al conocer el con- tenido del Concilio, «iPobre Iglesia! ¡Pobre España!»^^^.

Frente a aquella situación, a la derecha tradicional le quedaron tan sólo dos opciones: permanecer aferrada a una institución, como la Iglesia católica, que ya no quería saber nada de ella, o buscar nuevas vías. Fernández de la Mora optó por el segundo de los caminos. A ese respecto, su obra se inscribe en el intento de dotar a la derecha tradicional española de nuevos horizontes intelectuales e ideológicos, adecuándola a las nuevas condiciones de desarrollo económico y se- cularización. Por ello, su producción no se limita a repetir los viejos tópicos; no es una mera refundición de tradiciones anteriores; integra unos elementos —el

126 GAMBRA, Rafael: La Monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional, Madrid, 1954. La unidad religiosa y el derrotismo católico, Sevilla, 1965.

‘ ” GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: «Gonzalo Fernández de la Mora y la legitimación del franquismo», en Sistema, n° 91, septiembre 1989- Razonalismo. Homenaje a Fernández de la Mora,Madrid, 1995.

128 CASTRO ALBARRÁN, Aniceto de; Lo nuevo conciliar y lo eclesialperenne, Madrid, 1967, página 101.

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elitismo, la critica a la democracia liberal, etc.— y otros no —el pasadismo, el antimodernismo, el fideísmo, el integrismo religioso-—, los eleva de nivel y los proyecta en una realidad social distinta, donde cumplen una función diferente. Frente al integrismo tradicional, Fernández de la Mora asume un concepto racio- nalista —o «razonalista», como él lo denomina— de la historia, que es presentada como marcha progresiva del espíritu humano del «mithos al logos». Progreso es sinónimo de «racionalización» de los distintos aspectos de la vida humana; lo que tiene como consecuencia la asunción de la necesidad de modernización social, económica y política. De ahí que el ideal contemporáneo por antonomasia sea el desarrollo, cuyas consecuencias sociales y políticas —^homogeneización de las cla- ses sociales y de las naciones— llevan consigo la exigencia de nuevas fórmulas de legitimación y de representación política. Suponía el paso de la política «ideoló- gica» a la política «científica»; lo que ponía en crisis a las ideologías tradicionales: nacionalismo, liberalismo, socialismo y democracia cristiana. Las ideologías eran «derivaciones», en el sentido de Pareto, es decir, filosofías políticas popu- larizadas, patetizadas, simplificadas. A partir de ahí, Fernández de la Mora cri- tica al marxismo como anticientífico; al nacionalismo, como irracional; al con- fesionalismo religioso, como anacrónico en un periodo de «interiorización de creencias»; y al liberalismo, cuyo sistema económico era ya inviable y cuya sis- tema político degeneraba progresivamente en «partitocracia». En definitiva, la legitimidad del Estado no podía ya descansar en esas ideologías, sino en la «efi- cacia», es decir, en su capacidad para garantizar el orden, la justicia y el desa- rrollo económico. El Estado «ideológico» era sustituido por el «Estado de ra- zón». Y, en ese sentido, el Estado nacido de la guerra civil adquiría legitimidad por el formidable cambio de infraestructuras ocurrido bajo su égida, por su política de orden y de justicia social; era un auténtico «Estado de obras». De la misma forma, el sistema de «democracia orgánica» era más eficaz que el liberal a la.hora de representar los distintos intereses sociales y de frenar los avances de la partitocracia^^^.

Las tesis de Fernández de la Mora fueron muy discutidas; y no sólo por la izquierda, lo que era natural, sino igualmente, e incluso con más virulencia por algunos sectores de la derecha y la extrema derecha, que no podían aceptar ni su valoración positiva de la secularización, ni su renuncia a la confesionalidad del Estado, ni su apuesta por el cosmopolitismo frente al nacionalismo^^°. Para algunos intelectuales afines al régimen, su asunción de las tesis de Fernández de la Mora presagiaban su próximo fin^^^ Y, de hecho, no dejaba de ser cierto que la «eficacia» como criterio de legitimidad colocaba el régimen de Franco sobre un basamento, muy inestable y peligroso, pues ya no tenía justificación

129 FERNÁNDEZ DELAMORA, Gonzalo: El crepúsculo de las ideologías, Madrid, 1965. Del Estado ideal al Estado de razón, Madrid, 1972. El Estado de obras, Madrid, 1976. La partitocracia, Madrid, 1977.

130 Vid. GAMBRA, Rafael: Tradición o mimetismo, Madrid, 1976, páginas 80 y ss. MuÑOZ ALON- SO, Adolfo: Un pensador para un pueblo, Madrid, 1969, páginas 145 y ss.

131 GONZÁLEZ CUEVAS, «Gonzalo Fernández de la Mora y…», en op. cit., páginas 95 y ss.

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en sí mismo, sino que se le entregaba a consideraciones relativas de utilidad que podían ser llevadas a cabo igualmente por otro tipo de sistema político.

9. OCASO Y RENOVACIÓN

De esta forma, el cambio político ocurrido tras la muerte de Franco sor- prendió al conjunto de la extrema derecha española en una profunda crisis de identidad. Crisis que se ha prolongado hasta estos mismos momentos. Sin tra- ducciones extranjeras respetables, sin el apoyo de las nuevas fuerzas económicas
y financieras y, sobre todo, de la Iglesia católica, en una sociedad en permanen- te transformación, la extrema derecha tradicional, tanto en su versión falangis- ta como en la tradicionalista-integrista, era ya, y desde hacía tiempo, una al- ternativa política inviable. Prueba de ello fue el fracaso experimentado por Fuerza Nueva, único grupo de extrema derecha que ofreció la imagen de fun- cionar como partido político a lo largo de la «transición»^^^ Frecuentemente se ha hablado de Fuerza Nueva como un conato de fascismo a la española; pero, en rigor, seria más próximo a la realidad considerarle como el último estertor de la tradición teológico-política española. Su líder, Blas Pinar López era —y es— un integrista, cuya ideología bebe sus fuentes en Acción Española, el tradi- cionalismo y ciertos aspectos del falangismo. «Soy joseantoniano y tradiciona- lista de una sola pieza (…) El tradicionalismo era algo así como la reserva no contaminada de nuestro pueblo, y la Falange el indignado movimiento surgido de la contaminación (…) desde el punto de vista religioso (…) somos integristas en lo dogmático y progresistas en lo pastoral»^^^. Un proyecto, como se vio, sin capacidad alguna de futuro, que acabó disolviéndose, sin llegar a arrancar co- mo expresión de una extrema derecha moderna, semejante a la representada en Francia por Jean Marie Le Pen.

Y lo mismo ocurrió con el falangismo, dividido en múltiples facciones (FE- JONS, Falange Española (Auténtica), Falange Española Independiente, etc.), e incapaz de articularse como partido político; y que, en realidad, desapareció co- mo fuerza autónoma, hegemonizado por el grupo de Blas Pinar. A mediados de los años setenta, surgió en Barcelona el llamado Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE), como expresión tardía y marginal de un nacional-socialismo a la española, que acabó disolviéndose, tras un periodo de relativo auge, por sus

propias contradicciones internas y por su escasa incidencia social^^^.

132 RODRÍGUEZJIMÉNEZ, José Luis: Reaccionarios y golpistas. La extrema derecha en España: deltar- dofranquismo a la consolidación de la democracia (1967-1982), Madrid, 1995. CASALS, Xavier: La Ten- tación neofascista en España, Barcelona, 1998.

’53 «Blas Pinar López», Dossier Mundo, mayo-junio 1971. PiÑAR, Blas: Combate por España, Ma- drid, Hacia un Estado nacional, Madrid, 1979. ¿Hacia la Tercera República?, Madrid, 1978

i”’ Vid. CASÁIS, Xavier: Neonazis en España. De las audiciones wagnerianas a los skinheads (1966- 1993), Barcelona, 1995.

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1 4 o PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

Mayor interés tuvieron los intentos de recepción española de la llamada «Nueva Derecha», movimiento ideológico surgido en Francia, que intenta re- novar los viejos temas de la derecha radical europea. Su líder intelectual, Alain de Benoist, director de la Nouvelle École, afirma que las ideas centrales de la dere- cha radical, entre ellas las genética, la raza y la desigualdad, han sido desacredi- tadas por su vinculación al nacional-socialismo; y trata de insuflarlas nueva vida mediante el injerto en ellas de elementos de la sociobiología, la etnología y la etología. Como Maurras, Benoist adora el politeísmo pagano, porque consagra las diversidades naturales; y deplora el cristianismo, al que califica de «bolchevis- mo de la Antigüedad», porque ha preparado la homogeneización del mundo, luego recogida por el comunismo y el liberalismo norteamericano^^^

Este nuevo paradigma no fiae asumido por Fuerza Nueva, ni podía serlo; pero sí por algunos sectores de Alianza Popular, capitaneados por Jorge Vers- trynge y, al menos en parte, por el propio Manuel Fraga, quienes invitaron a Benoist a dar una serie de conferencias en el Club del Sable^^^. No obstante, su contenido anticristiano fue muy criticado por diarios españoles, como ABC El Alcázar, si bien éste último publicó algunos artículos de Benoist. El paradigma neoderechista intentó popularizarse a través de una serie de revistas, como Fu- turo-Presente, dirigida por el escritor rumano Vintila Horia, y que publicó artí- culos de Benoist, Evola y otros representantes de la «Nueva Derecha»; y luego por El Martillo, Disidencias, Punto y Coma, etc., sin lograr, en aquellos momen- tos, excesiva audiencia^^y

Hoy, las cosas están comenzando a cambiar. De un lado, subsiste el viejo in- tegrismo católico representado en la revista Verbo, de los «Amigos de la Ciudad Católica», donde han colaborado, entre otros, Blas Pinar, Eugenio Vegas, Gam- bra, Elias de Tejada, Alvaro D’Ors, Vallet de Goytisolo, etc. Su punto de refe- rencia continua siendo el integrismo francés, representado, en su día, por Mon- señor Marcel Lefebvre. Por su parte, el falangismo ha intentado actualizar su proyecto político. Y algunos de sus miembros intentan revalorizar la perspectiva laica y fáustica de Ledesma Ramos, mientras que otros dan una interpretación tradicionalista y católica del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera^^^.

Distinta y mucho más interesante es la perspectiva dominante en Razón Es- pañola, revista fundada en 1983, y que dirige Gonzalo Fernández de la Mora,

135 BENOIST, Alain de: La Nueva Derecha, Barcelona, 1982. BENOIST, Alain de y FAYE, Gui- llaume, Las ideas de la Nueva Derecha, Barcelona, 1986.

136CASÁIS, op. cit.,páginas 145yss.

1″ Ibidem, páginas, 165 y ss. Del mismo autor, «La ultraderecha española, ¿una modernización imposible?», en PÉREZ LEDESMA, Manuel (comp.): Los riesgos de la democracia, fascismo y Neofascismo,Madrid, 1997, páginas 171 y ss.

138 Vid. MORALES, Gustavo: De la protesta a la propuesta, Madrid, 1996. CUADRADO CoSTA, Jo-
sé: Ramiro Ledesma Ramos, un romanticismo de acero, Madrid, 1990. QuiNTANlLLA, R.S. y LLOPART, Juan Antonio: Ramiro Ledesma Ramos, ¿un nacional-bolchevique?, Barcelona, 1996. ARGAYA ROCA, Miguel.’ Entre lo espontáneo y lo difícil, Oviedo, 1996.

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LASTRADICIONESIDEOLÓGICASDELAEXTREMADERECHAESPAÑOLA ¡4 j

logrando aglutinar en sus páginas tanto a los intelectuales fieles al régimen de Franco como a jóvenes representantes de las nuevas tendencias derechistas. Fiel
a su paradigma «razonalista», Fernández de la Mora considera que «el raciona- lismo es un método conservador». Y la revista que dirige ha asumido, al lado de los temas tradicionales de la derecha española, la perspectiva racionalista crítica de Karl Popper, el conservadurismo de Michael Novak, las aportaciones de Hayek

en el campo de la economía y de la política, al igual que las de la «public choi- ce» de Buchanan, etc. Fernández de la Mora se ha mostrado, no obstante, muy crítico con algunos aspectos de la ideología de la «Nueva Derecha», sobre todo en lo relacionado con la reivindicación del paganismo y del politeísmo, que considera de dudosa racionalidad^^^.

Más vinculada al paradigma neoderechista, aunque sin tocar sus temas an- ticristianos y racistas, se encuentra la revista Hespérides, órgano intelectual del Proyecto Aurora, cuyo director es el joven pensador y periodista José Javier Es- parza. Su proyecto bebe en fuentes diversas: Jünger, Schmitt, Benoist, Gehlen, Spengler, Gramsci, la Escuela de Frankfurt, Heidegger, los comunitaristas nor- teamericanos (Taylor, Etzioni, etc.), Konrad Lorenz, la teoría de sistemas de Von Bertalanffy, Ortega y Gasset, etc. La ofensiva de Hespérides se vuelve co- ntra los valores de la modernidad, aunque desde una perspectiva laica. El indi- vidualismo, el igualitarismo, progresismo y cosmopolitismo son sólo «una sim- ple máscara para justificar la expansión universal de la técnica y del mercado». Se trata de una defensa de las identidades nacionales frente a la progresiva homogeneización mundialista, que el proyecto de la modernidad lleva en sí. Frente al cual, se propugna una sociedad construida sobre «solidaridades orgá- nicas», la «resurrección del sentido de lo sagrado», políticas ecológicas, un nue- vo sistema económico y una nueva concepción de la nacionalidad española^’^o. Son estos, sin duda, unos discursos que rompen definitivamente con algunas de las tradiciones más arraigadas de la derecha y de extrema derecha españolas; que miran más al futuro que al pasado; y que tienen, a nuestro juicio, la sufi- ciente capacidad persuasiva para fascinar, en un momento de crisis como el que vivimos, a un creciente número de personas. Por otra parte, algunos de los pe- ligros que denuncian son reales, aunque no nos gusten sus soluciones. Y, en ese sentido, sus palabras, sus escritos pueden inquietar. Pero estos planteamientos no pueden ser criticados en la cejijunta, cómoda y embobada beatería tan al uso de un supuesto «mal absoluto», sino con la ayuda de ese soberano principio vital de la inteligencia: el espíritu crítico.

159 Razón Española, n° 61, septiembre-octubre 1993, páginas 246-248. FERNÁNDEZ DE LA MU- RA, Gonzalo: La envidia igualitaria, Barcelona, 1986. Los errores del cambio, Barcelona, 1992. El hom- bre en desazón. Oviedo, 1998.

’40 «Defensa contra la vieja y la nueva Inquisición», Hespérides, n° 14, verano 1997, páginas 334 y
ss. ESPARZA, José Javier Ejercicios de vértigo, Madrid, 1994. Curso General de Disidencia, Madrid, 1997.

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