Ponencias sobre Literatura y Materialismo Filosófico. El viejo y el mar, Gógol y Edmundo de los Ríos.

Escuela Hispánica de Ciencia y Filosofía de la LiteraturaESCUELA HISPÁNICA DE CIENCIA Y FILOSOFÍA DE LA LITERATURA·SÁBADO, 4 DE MAYO DE 2019

Historiador de la Universidad de Oviedo reivindica la obra del filósofo español Gustavo Bueno.

Recuerdo y reivindicación de Gustavo Bueno

Santiago Álvarez, José María Laso, Adolfo Sánchez Vázquez, Francisco Erice, , Azuela y Gustavo Bueno en el homenaje en Oviedo a Wenceslao Roces | Febrero 1993

FRANCISCO ERICE 14/08/2016

FUENTE: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=6061&fbclid=IwAR3ZaEzk3wcw03XdkOV6qtMvNyYXbKh1ZgiVZPmwdEwMZKaSNrzd_EcQkIk

Conocí a Gustavo Bueno en mi primer año de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad de Oviedo. Por entonces, junto con lamentables ejemplos de mediocridad académica e intelectual, tuve ocasión de tratar a algunos profesores estimables, preferentemente jóvenes. Pero lo de Bueno formaba parte, sin duda, de otra dimensión. Escucharlo en sus clases o asistir a sus seminarios era como presenciar el infrecuente espectáculo de la inteligencia en estado puro. Porque a Bueno se le escuchaba, no se le discutía. El desnivel entre el maestro y los oyentes era tan evidente y la pasión expositiva de don Gustavo tan afilada, que solamente quedaban dos opciones: asentir embelesado a sus discursos, subyugado por la fuerza de un pensamiento expresado en un estilo entrecortado y lleno de paréntesis y digresiones, que acentuaban la impresión de reproducir el esquema vivo e improvisado de su propio proceso interior; o bien aceptar resignado que no estabas a la altura ni siquiera para plantear tímidas objeciones, cuando lo que oías te generaba incomodidad o podías intuir que había en ello algo que no coincidía con tus expectativas. Esa incomodidad la he vuelto a sentir muchas veces, superada ya la admiración beata e incondicional de mi juventud.

No puedo decir que mi pobre marxismo de entonces, débil envoltura del deseo de racionalizar una incipiente rebeldía juvenil, se gestara en las clases o las charlas de Gustavo Bueno, puesto que se alimentaba de otras lecturas y procedencias. Lo que sucedió es que pronto me vi forzado a confrontar mis primeros balbuceos críticos con lo que el maestro me ofrecía o yo me imaginaba ver en él. Y con el tiempo creí entender, desde mi posición de lego en materias filosóficas, que Bueno suministraba un soporte materialista más potente que el vejo y enroñecido Diamat de los manuales al uso, para una concepción de la historia más compleja y razonablemente marxista. No era la mía la posición de un “saber mundano” que precisara de un “saber académico” y crítico para depurarse, por utilizar la distinción reelaborada en ese sentido por Bueno; más bien mi conciencia rebelde se alimentaba de materiales académicos y mundanos de aluvión, que necesitaban ser reevaluados y reconstruidos con cierta sistematicidad. Leí entonces al filósofo con pasión en cierto modo militante. Devoraba con fruición algunas de las que todavía forman parte de mis lecturas favoritas de Bueno: los Ensayos materialistas, El papel de la filosofía en el conjunto del saber, Etnología y Utopía, el Ensayo sobre las categorías de la Economía Política; y, por supuesto, sus artículos sobre el papel de los Grundrisse en la interpretación del marxismo, sobre las “fuerzas de la cultura”, etc.

Yo sabía, por supuesto, que Bueno había sido, casi desde su llegada a Oviedo, admirador de las luchas mineras, compañero de viaje del PCE –muy moderado para mis convicciones de entonces de infantil izquierdismo-, colaborador en sociedades y proyectos culturales de la izquierda antifranquista y formador –se quiera o no- de sucesivas generaciones de intelectuales críticos, muchos de ellos militantes en el PCE o cercanos al mismo.

Con el paso de los años, los malhadados derroteros de nuestra triste historia reciente nos fueron cambiando a todos, y Gustavo Bueno moduló y luego invirtió sus preferencias políticas, pero no –o así lo creo- sus sólidas convicciones filosóficas. Así se fue creando la imagen, en parte verdadera, pero falsa en algunos puntos sustanciales, de Bueno como una especie de gurú neoconservador o ideólogo de la derecha, algunos de cuyos sectores lo jaleaban impúdicamente como azote de una izquierda a la que el filósofo flageló una y otra vez, tal vez por considerar que no estaba a la altura de las circunstancias. Probablemente esta deriva de su etapa reciente tenga que ver con la crisis y la caída de la Unión Soviética, a la que Bueno (para mi incomodidad de entonces) siempre vinculó con el destino del marxismo; acaso por eso ya no volvió a hablar –que yo sepa- del socialismo como realización de la filosofía. Pero es cierto que Bueno nunca renegó de partes importantes del legado marxiano, aunque quisiera –como Marx con Hegel- volver del revés algunos de sus fundamentos, pero sin considerar en absoluto a Marx “perro muerto”, como se llegó a hacer en su día con el viejo maestro idealista.

En esta nueva etapa confieso no haber seguido tan de cerca al creador del “materialismo filosófico”, lo cual no significa que dejara de leerlo. Tal vez me repugnaban los aplausos de quieren lo coronaron como pensador conservador o anti-izquierdista, disculpándole incluso su materialismo y ateísmo impenitente. Me interesaron menos sus trabajos sobre la telebasura, sus diatribas contra el zapaterismo y la “memoria histórica” o algunos textos sobre la religión; leí con placer sus ensayos sobre la ciencia política o el sentido de la vida y marqué algunas distancias y subrayé mis cautelas con sus escritos acerca de España o sus teorías sobre los tipos de imperialismo… En cambio me aproveché de algunas de sus pequeñas joyas divulgativas (Que es filosofía, Qué es una ciencia) o disfruté críticamente y de manera cómplice con su ensayo sobre El mito de la cultura. Me sitúe, en definitiva, en un “buenismo” crítico y abierto que me permitía –o así lo creo- separar el grano de la paja y valorar su filosofía materialista como una aportación más que relevante a la reconstrucción de un marxismo renovado. Me encantaba detectar los guiños “leninianos” –no siempre compartidos- de sus escritos sobre El mito de la izquierda, El fundamentalismo democrático o el más lejano Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas. Los escritos de Bueno han seguido siendo para mí un antídoto contra el utopismo vacuo o la autocomplacencia; además de un recurso contra las concesiones al pensamiento débil y el avasallador irracionalismo postmoderno. Aun en los textos más incómodos –por su complejidad o por sus contenidos- he creído encontrar perlas que, además, me vuelven a suscitar el deseo de releer al primer Bueno, al que me deslumbró en mis años juveniles.

Sospecho que, con el paso de los años, el pensamiento materialista que germinó con Bueno y que se alimentó de los mejores cambios históricos del pasado siglo, producirá mayores frutos. Y, como con Hegel, los “buenistas de izquierda” harán su necesario trabajo, contribuyendo con su lectura crítica a la reconstrucción de un patrimonio intelectual políticamente implantado que vuelva a situar en el socialismo (genéricamente entendido, como en los Ensayos materialistas) la realización de la filosofía y el pensamiento racional. Para ello, claro está, es necesario que sepamos separar el grano de la paja y no nos empeñemos en la autocomplacencia de las viejas certezas cerrando los ojos, mientras –como en el viejo tango- el mundo sigue andando.

Sobre la cuestión de la eutanasia.Una exposición desde el Materialismo Filosófico. Video de Gustavo Bueno

Un análisis del concepto de eutanasia, desde el Materialismo Filosófico.

IMPRESCINDIBLE, para analizar y criticar tanto los referentes del idealismo alemán como de los lazos de esta corriente, dominante por años, con los estudios críticos de la Literatura. Un aporte de gran relevancia, desde el Materialismo Filosófico y desde la Crítica de la Razón Literaria. Clase del profesor Ramón Rubinat.

CLASE Y DEBATE POSTERIOR DEL PROFESOR RAMON RUBINAT

Un asunto de gran interés, planteado por el profesor Rubinat, es el relativo al concepto de filosofía oracular, que Gustavo Bueno había a su vez desarrollado . Citaremos un artículo de G Bueno, que incluye un video extenso, en el formato de las teselas que ha ido publicando la Fundación Gustavo Bueno.

FRAGMENTO ( del artículo de Bueno sobre la filosofía oracular): ” Sin embargo, la historia de los oráculos filosóficos está por hacer. Hay que entrar más a fondo en el análisis de los oráculos que hablaron en el cisma de Occidente, a través de Lutero, de Calvino, de Servet o de Newton; y, si se quiere, de Kant o de Nietzsche.”

Gustavo Bueno Sobre la filosofía oracular y la historia oracular de la filosofía http://nodulo.org/ec/2016/n167p02.htm

Texto de Franz Brentano : Propuesta de una reforma de la teoría de las categorías

fuente: http://dadun.unav.edu/bitstream/10171/36851/1/Documento%20Brentano%2047-2.pdf

DOCUMENTO

Este dictado de Brentano, de fecha desconocida, lle- vaba como título original “Teoría de las categorías, última versión” (Kategorienlehre, letzte Fassung) y fue publicado por vez primera con el título que ahora lleva (Versuch zur Reform der Aristotelischen Katego- rienlehre) por Alfred Kastil en su recopilación de los escritos y dictados brentanianos sobre las categorías: Franz Brentano, Kategorienlehre. Mit Einleitung und Anmerkungen herausgeben von Alfred Kastil (Felix Meiner Verlag, Hamburg, 1933) 113-129. A pesar del título original, ciertas tesis que en este escrito se defienden fueron luego abandonadas o puestas en tela de juicio por su autor, por lo que el editor alemán, confrontándolo con otros escritos posteriores, piensa que tuvo que ser dictado antes del mes de septiembre de 1914. El ensayo constituye una muestra excelente del ingente esfuerzo que llevó a cabo Brentano por repensar la doctrina aristotélica de las categorías, tra- tando de purificarla y corregirla de cuantos errores creyó advertir en ella.

J.J. G. N. y R. R.

PROPUESTA DE UNA REFORMA DE LA TEORÍA DE LAS CATEGORÍAS

Propuesta de una reforma de la teoría aristotélica de las categorías

Traducción de Juan José García Norro y Rogelio Rovira

FRANZ BRENTANO

Universidad de Münster

C omo le ocurre a otros términos científicos, a lo largo de la his- toria el término categoría ha experimentado múltiples trans- formaciones de su significado. Por lo común, estas transfor-

maciones están relacionadas con cambios en la teoría, como, por ejemplo, la polarización de la luz. Pero algunas veces el desconoci- miento del sentido usual previo conduce a un nuevo uso arbitrario en el que apenas hay parecido o relación entre lo que ahora se llama así y lo que antes recibía ese nombre. Precisamente es patente que esto es lo que ha ocurrido con el nombre de categoría.

Especialmente Kant trastocó completamente su sentido. Que se daba en él un desconocimiento del sentido originario se muestra en que Kant mismo se engañó al creer que la lista aristotélica de las categorías servía al mismo proyecto que la suya. Según él, Aristóteles estaba tratando de reunir los conceptos primitivos (Stammbegriffe) del entendimiento puro, cuando la verdad era que Aristóteles nada sabía de tales conceptos y, por el contrario, atribuía a las categorías, como al resto de los conceptos, un origen empírico.

Los filósofos anteriores se habían desviado poco en el uso de la palabra categoría de su significado originario, aunque la lista de los diez miembros mencionados por Aristóteles (si bien es verdad que

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solo ofrece la enumeración completa una o dos veces) había apare- cido ya en una forma más abreviada en la Ética a Eudemo. Posterior- mente se halla una enumeración más resumida en los estoicos1 y en Plotino, que dirige numerosas observaciones críticas contra algunos de los miembros de la serie aristotélica2.

Con todo, no es aconsejable tener exclusivamente presente a Aristóteles si se pretende hacer comprensible la división completa.

2. Es cierto que Aristóteles creía que en cada categoría se presentaba un ente en un determinado sentido, de manera que, al hacer la divi- sión, pretendía distinguir otros tantos sentidos del ente.

También es cierto que no aspiraba a agotar, en su enumera- ción, todos los sentidos del ente.

Así cree conveniente hablar de la división de las categorías solo después de haber tratado de los múltiples sentidos del ente y tras haber puesto de relieve los otros equívocos del nombre.

Que el ente se diga de muchas maneras, en cierto sentido ya había sido enseñado por Platón, que había separado el ente (o)/n) del no ente (mh\ o)/n) y también de este había dicho que era. De esta manera, según Platón, el no ente aparece también como un o)/n, pero naturalmente en otro sentido.

Aristóteles lleva en este punto la investigación mucho más allá hasta reconocer una multiplicidad de sentidos inapropiados del término.

Sostiene que a veces una cosa es nombrada no con relación a su propio ser, sino con relación a un ser distinto casualmente asociado con ella. Como cuando se dice que un cuerpo está aquí, cerca de mí. Pero este “estar cerca de mí” no es un ser por virtud del cual él es en tanto que cuerpo. Aristóteles denomina a este caso de un ente impropio el caso de un o)/n kata\ sumbebhko/j. Este sentido queda excluido cuando pasa a la división de las categorías.

  1. Su designación de las categorías como ta\ geniw/tata dista de ser inadecuada. Sin embargo, cuando convierten a la materia en la primera categoría y a la materia informada en la segunda, muestran ya con ello una comprensión imperfecta de la finalidad de Aristóteles. Cf. Trendelenburg, Zur Geschichte der Kategorienlehre.
  2. Cf., sobre su desafortunado intento de mezclar la teoría aristotélica con el pensa- miento platónico, Trendelenburg, op. cit.

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Asimismo afirmó que a veces ocurre que nos servimos de la ex- presión “es” cuando queremos decir que un juicio es verdadero. En vez de decir que es verdadero que un cuadrado redondo no puede existir, decimos que hay o existe la imposibilidad de un cuadrado redondo. Aristóteles denomina a este ente en sentido impropio uno)/n w(j a)lhqe/j. También este sentido queda excluido cuando se pone a dividir las categorías.

Igualmente Aristóteles encuentra que, de la misma manera que a veces decimos de una persona que ve, aunque en este momento tenga los ojos cerrados, en oposición a una persona ciega, a la que le falta también la capacidad de ver además del ver actualmente exis- tente, así, generalizando, podemos denominar ente a algo a causa de su mera capacidad de ser. A esto lo denomina un duna/mei o)/n. También los duna/mei o)/nta quedan excluidos de lo que debe ser considerado como una de las categorías, si bien cada duna/mei o)/n, por su relación al ente para el que es capaz, se sitúa en el lugar que a este le corresponde en la división categorial.

Algo similar se puede decir de lo que designamos con un nombre abstracto a diferencia de lo que designamos con un nombre concreto. Tiene una relación con él. Si lo designado con el nombre concreto es el ente actualmente efectivo, entonces el acto (Wirklichkeit), como el duna/mei o)/n, también es, por así decir, en él, y son ambos entes en sentido impropio. Y será clasificado, cuando el ente en acto sea clasificado, y quedarán situados en relación a cada uno de los miembros de la división bajo el que se encuentra el correspon- diente ente en acto.

3. Después de haber dejado a un lado todos estos entes en sentido impropio, Aristóteles prosigue realizando una nueva distinción de los múltiples sentidos del ser, que es precisamente la distinción de las categorías. Enumera diez clases: quididad (Wesen), cualidad (bajo la que incluye cualidad sensible, figura, hábito y disposición, y fuerza [du/namij]), cantidad, dónde, cuándo, hacer, padecer, relación, po- sición y llevar puesto (e//(cij o e)/xein). La posición es ejemplificada mediante: está de pie, está sentado; el llevar puesto, mediante: está calzado, está armado.

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Es evidente que aquí se está tratando con determinaciones que están dadas en acto y que se atribuyen a un sujeto. Pero el sujeto al que se atribuyen es un individuo de la primera categoría, una qui- didad. Pertenecen a la primera categoría, además de las quididades individuales, las determinaciones generales que pertenecen a sus de- finiciones. Todas ellas son entes en sentido propio. Los entes que pertenecen a las restantes categorías, por el contrario, solo pueden llevar el nombre de entes en sentido impropio, en tanto en cuanto que son algo que corresponde al ente en sentido propio. En su indi- vidualidad, están condicionados por este, pero no a la inversa.

De las nueve clases que contienen al ente en el sentido impro- pio, dice Aristóteles que unas son entes en sentido más impropio que otras. Esto es porque en algunas la referencia (Beziehung) es más lábil que en otras, por ejemplo, la relación con otra cosa puede dejar de ser si cambia algo, no en la sustancia, sino solo en aquella otra cosa.

Vemos también que a veces Aristóteles reúne varias categorías en un concepto clasificatorio más amplio. A veces, une las nueve bajo el nombre de sumbebhkoj/ ; otras veces, el dónde y el cuándo comota\ en/) tini. En otras ocasiones, la cantidad y la cualidad como acci- dentes inherentes, hacer y padecer, como movimiento. También parece que reúne distintas clases como metacu\ o)/nta, y especialmente el hacer y el padecer, y también el hábito, los cuenta aquí. También pensó quizá que la relación y la posición pertenecían a este tipo.

A la vista de todo esto, parece innegable que considera las nueve clases accidentales como determinaciones concretas actual- mente existentes que corresponden a la sustancia sin pertenecer a su quididad, de manera que pueden desaparecer sin que esta quididad individual aparezca como otra.

4. Si contemplamos ahora la amplitud de todo lo que aquí está en cuestión, vemos fácilmente que Aristóteles no podía culminar su tarea porque su concepción de lo que es una sustancia actualmente existente estaba lastrada por varios errores. Se equivocaba al afir- mar que la cualidad sensible de un cuerpo, al igual que su lugar, tiempo, cantidad y figura no constituyen distinciones sustanciales. Se equivocó además cuando pensó que ninguna parte de una reali-

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dad actualmente existente podía ser llamada tampoco una realidad actualmente existente. Como es natural, todo esto tuvo su influjo en la división.

5. Teniendo presentes estos errores, a los que pertenece también el que no pueda haber un accidente que sea sujeto de otro accidente, y sin perder de vista, por lo demás, el ámbito completo que Aristóteles tenía ante sí, renovemos su intento divisivo.

Como hizo Aristóteles, dejamos a un lado los casos en los que el sujeto último no es una sustancia, sino una carencia de sustancias3. No obstante, no debemos pasar por alto aquellos casos en los que el sujeto es una sustancia unitaria que puede dividirse en una multi- plicidad de sustancias actualmente existentes, como hizo Aristóteles cuando no las tuvo en cuenta simplemente porque no creía que las hubiera. Como descubriremos, estas dan lugar a clases especiales de predicados actualmente existentes.

6. La primera categoría está constituida evidentemente también, según nosotros, por la sustancia. A las determinaciones sustanciales pertenecen, como ya se ha dicho, mucho de lo que Aristóteles consi- dera como un accidente. Así, la cualidad sensible, el lugar4, el tiempo continuamente cambiante.

Pero, si el lugar es una diferencia sustancial, también la canti- dad espacial, la figura y la posición han de ser consideradas, en cierto modo, como determinaciones sustanciales. Y es que tan pronto como el lugar de un cuerpo queda determinado exactamente, parte por parte, entonces quedan nombradas todas las demás determina-

  1. Parece, sin embargo, que no fue consecuente, pues consideró el número como un tipo de cantidad.
  2. Tenemos que distinguir entre la determinación local como tal y la determinación relativa de tal lugar en referencia a otros lugares, ya conocidos, de ciertos cuerpos distintos del sujeto, como, por ejemplo, si digo que alguien está en cierta ciudad, en una determinada casa. Si se eliminase la casa, permanecería su lugar todavía exactamente el mismo. El lugar solo desaparecería cuando la persona se moviese, y cambiaría también cada vez que la persona se detiene o se mueve en una deter- minada dirección con una velocidad dada. Algo similar acontece respecto de la determinación temporal.

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ciones sustanciales, tales como la cualidad mediante su unidad con el lugar parte por parte, y se dan ya todas a la vez implícitamente. Se podría hablar, sin embargo, igualmente de las relaciones que se dan entre las partes reales de un todo real y que dan lugar a una cierta denominación intrínseca de dicho todo. Volveremos a este punto más adelante.

Naturalmente nunca se debe olvidar que las determinaciones sustanciales corpóreas que aquí he citado como presentes en nuestra percepción, solo se nos dan fenoménicamente5 y está en cuestión su existencia actual como realidades. Pero esto no debe impedirnos considerarlas como determinaciones de la primera categoría.

7. Después de la primera categoría, la de la sustancia, vienen los accidentes en sentido estricto, que son los que expresan algo de la sustancia absolutamente (no de forma meramente relativa a otra cosa) e intrínsecamente (no meramente designándola desde el exterior).

A tales accidentes parece pertenecer, por ejemplo, el hábito de un saber o de una virtud, que nunca es aprehendido intuitivamente, sino, más bien, deducido cuando experimentamos el ejercicio de los actos correspondientes. Pues nosotros no tenemos una intuición de los hábitos, de modo que solo disponemos de sus determinaciones subrogativas como, por ejemplo, cuando decimos que este hábito hace posible el ejercicio perfecto, frecuente y no entorpecido por ninguna dificultad, de los actos correspondientes. Aristóteles los in- cluye en su categoría de la cualidad.

8. Distinguimos esta clase de accidentes absolutos de una segunda clase de accidentes que, en cierto modo, competen imperfectamente

5. Igual que hay modos de juicios y modos de sentir emocional, hay asimismo modos de la representación. A estos pertenecen los modos temporales (presente, pasado, fu- turo con múltiples distinciones) y la diferencia entre el modus rectus y los modi obliqui.Cuando nos representamos a un sintiente en el modus rectus, nos representamos lo sentido por él en el modus obliquus. Cuando conocemos a un sintiente in modo recto,conocemos lo sentido in modo obliquo. Esto también se puede expresar diciendo que se le adscribe un ser fenoménico, como aquello que se conoce en un modus praeteritifuturi, un ser pasado o futuro. Como a estos, tampoco al ser fenoménico hay que denominarlo “ser” en el sentido propio de la palabra.

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al sujeto. Mientras que los que hemos mencionado antes son sus- tentados exclusivamente por el sujeto y, por así decir, inhieren en él hasta el punto de que, para ser eliminados, deben ser destruidos mediante alguna causa, en otros accidentes, en cambio, se pone de manifiesto que solo se dan en el sujeto mientras una causa actual- mente existente los mantenga en él. En el mismo momento en que aquella cesa de actuar, cesan también los accidentes en el sujeto. Encontramos estos accidentes, por ejemplo, en el sentir y también en todo tipo de pensamiento superior. Queremos designar a estos accidentes, siguiendo a Aristóteles, como un pa/sxein (padecer). Si bien el hábito no pertenece a este tipo de accidente, sí pertenece a él el surgimiento del hábito, pues también para este surgimiento es necesaria una causa actualmente existente fuera del sujeto.

En la medida en que tal pa/sxein es sustentado por el sujeto de modo menos perfecto, la sustancia que actúa aparece siempre como un apoyo y, en cierto sentido, como un sustentador, de aquel pade- cer y, por tanto, en cierto modo, le corresponde ese padecer también a ella y, en alguna forma, está también en ella. Aparece también como un accidente de la sustancia actuante, aunque en un sentido esencialmente distinto. Lo que hemos llamado un padecer respecto de la sustancia receptora, lo denominamos un hacer (poiei=n) res- pecto de la sustancia que actúa.

A partir de las explicaciones dadas, se comprende por qué Aris- tóteles con buenas razones no quiso considerar el pa/sxein ni elpoiei=n como relaciones. Se tienen en este caso en la sustancia un sustentador absoluto, aunque por sí solo no sea suficiente y se re- quiera otro sustentador para que se dé el accidente.

9. Tras las determinaciones absolutas actualmente existentes, las in- herentes y las que son sustentadas con la ayuda de otro sujeto, vienen las determinaciones relativas de una sustancia en relación a otra. Estas no expresan nada que no esté totalmente incluido en la reu- nión de ciertas determinaciones absolutas que corresponden a una u otra sustancia. Ofrecen la determinación que en una puede ser considerada un correlato in recto, mientras que en la otra lo es in obliquo. Esto es por lo único por lo que no cabe decir que el sujeto

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de la predicación no es ya una sustancia, sino un colectivo de sustan- cias. Y, como un colectivo de sustancias puede cesar de ser sin que una sustancia de ellas cese de ser o sea alterada de algún modo, así también una determinación relativa puede perderse sin que cambie algo en la cosa que la tenía. Como Aristóteles dice, estas determina- ciones actualmente existentes pertenecen todavía mucho menos a la realidad de una sustancia.

10. Con estas determinaciones relativas están estrechamente rela- cionadas otra clase de determinaciones. Esta es la clase de las de- nominaciones que vienen de fuera (denominationes extrinsecae). Es fácil hacer intuitiva la división mediante ejemplos. Si digo que una sustancia es similar a otra, el ser similar de la primera sustancia co- rresponde al ser similar de la segunda. Pero si digo que una sustancia es similar a otra sustancia que piensa o que quiere algo, en este caso se nombran determinaciones accidentales de aquello que es similar a lo llamado similar, que, como tales, no caracterizan ni absoluta ni relativamente algo que se encuentre en él. Y así también, cuando digo que un cuerpo está junto a un abeto o a un perro caniche. Si hubiera dicho que está junto a algo que se encuentra junto a él, entonces habría afirmado una relación. Pero en este caso pretendo, de algún modo, ofrecer distintas determinaciones absolutas, no del sujeto del que trato, sino de aquel que yo pongo en relación con él.

Si digo: “A es menor que B”, entonces al ser menor de A co- rresponde el ser mayor de B. Pero si digo que una persona está en el mercado, entonces se fijan una serie de determinaciones de aquello con lo que pongo a la persona en relación local que, como tales, no tienen nada que ver con el lugar, sino que ofrecen propiedades absolutas de otra cosa y que no tienen ni siquiera un significado rela- tivo atribuidas a esa persona. Si considerase solo el correlato propio, entonces desaparecería mucho de lo que he expresado, pero lo que puramente yo le atribuyo a esa persona le es totalmente extrínseco. Asimismo si digo que A se parece a cierta persona que estuvo con- migo ayer, que tiene una fortuna de 100.000 táleros, una familia de cinco hijos y que está a punto de ser nombrado ministro, esto no es una simple relación de semejanza, sino que se trata de una serie de

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determinaciones que nada tienen que ver con la semejanza, y que pertenecen más a aquel con el que comparo el sujeto que al sujeto mismo del que hago una afirmación. Para este son meras denomina- tiones extrinsecae.

Ya he observado anteriormente que, gracias a una cierta analo- gía con estas denominationes extrinsecae, cabe hablar asimismo de unadenominatio intrinseca, cuando se trata de una sustancia real que está compuesta de varias sustancias actualmente existentes. Por ejemplo, si digo que alguien está cabeza abajo, o sentado, o tumbado. Se trata, en este caso, de determinaciones relativas de unas sustancias par- ciales con otras que son expresadas mediante un atributo predicado del todo.

11. Para completar lo dicho, hay que tener también en cuenta el hecho de que no solo la sustancia puede ser sujeto de un accidente absoluto, sino también un accidente absoluto puede ser sujeto de otro accidente absoluto.

Este hecho guarda relación, además, con diversas consecuen- cias respecto de las determinaciones relativas, que son fáciles de deducir6.

12. Adviértase también que Aristóteles asignó, en cierto modo no sin razón, ciertos tipos de pa/sxein a otra categoría. Una cualidad que se genera es, en su generarse, una pasión, pero, no obstante, pertenece también en cierto modo a la categoría de la cualidad.

Si es correcto que Dios conserva en su ser a todas las sustancias creadas mientras subsisten, entonces ello muestra que estas sustan- cias, al igual que el pensar en nosotros, están sostenidas en cierto

6. También las determinaciones relativas se dan en la sustancia, en parte, inmedia- tamente y, en parte, por medio de uno o incluso varios accidentes absolutos. Es más, también las determinaciones relativas pueden fundarse en determinaciones relativas. Si digo que un león es idéntico por esencia a otro león, entonces el fun- damento inmediato es la sustancia del león; si digo que se asemeja en fiereza a otro león, entonces el fundamento es la actividad de la fiereza. Si digo que un león se asemeja por completo al otro león respecto de la fiereza del mismo modo en que uno de los dos ciervos que persiguen se asemeja al otro en el miedo, entonces una relación constituye el fundamento de la otra.Ω

FRANZ BRENTANO

modo por una causa y, por ello, en alguna medida habría que llamar a toda sustancia creada un pa/sxein. Esto puede mostrar qué hay de verdad en la observación de Descartes según la cual solo Dios es sustancia en el pleno sentido de la palabra.

13. Hasta donde alcanza nuestra experiencia, en el ámbito de los fe- nómenos físicos no encontramos ni un accidente absoluto inherente ni un accidente absoluto sustentado con ayuda y por influjo de otro sujeto. En cambio, hallamos por doquier, naturalmente, accidentes relativos, con la única diferencia de que lo físico, debido a la falta de evidencia de la percepción externa, se nos da inmediatamente solo de modo fenoménico. Pero tenemos toda la razón en admitir que en la realidad existen, se generan y perecen cosas espaciales, cualitativamente análogas también a nuestros fenómenos físicos cualitativamente determinados, que estas cosas están en reposo y se mueven, y que en ambos casos padecen un cambio temporal real, y que por ello no falta tampoco un pa/sxein, aun cuando este haya quizá que asignarlo igualmente a la categoría de la sustancia. También serían pensables análogos a los accidentes psíquicos en el ámbito corpóreo, mientras que nuestros accidentes psíquicos son inequívocamente espirituales.

14. De accidentes absolutos que están en otros accidentes absolutos ofrece muchos ejemplos nuestro ámbito psíquico. Así, cuando yo primero solo me represento un objeto y luego también lo acepto o lo rechazo, o lo amo o lo odio. Asimismo, cuando solo nos está realmente presente en el espíritu el resultado de una prueba mate- mática, pero no el argumento, el juicio antes hecho con evidencia permanece, con la pérdida de esta evidencia, como convicción. Pa- rece individualmente la misma convicción, que solo ha perdido un accidente, a saber, su evidencia. Cuando se infiere una conclusión, el término de la inferencia está determinado, para el conocimiento de la conclusión, por el conocimiento de las premisas, y de ahí que en el conocimiento de la conclusión tengamos una pasión, y el co- nocimiento de las premisas aparezca como sujeto de una acción. Si el conocimiento de la conclusión permanece, mientras que ya no

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se piensan las premisas, entonces este conocimiento no puede ser ya, como es claro, un pa/sxein en virtud de las premisas, y queda por investigar si no hay que llamarlo en absoluto un pa/sxein, sino un accidente inherente al espíritu o un pa/sxein en virtud de otra causa. En general, toda la investigación sobre los accidentes de ac- cidentes se ha de llevar a cabo con gran cuidado. Pues hay múltiples peligros de errar, como lo muestra claramente el que no en todos los casos en que algo es a la vez representado, juzgado y objeto de una emoción, puede ser la representación correspondiente el sujeto del juicio y de la emoción. Así ocurre en el afecto de sensación, donde la representación interna, la percepción y las emociones se interpenetran.

15. Todo lo que en algo real se realiza conjuntamente de modo in- terno pertenece a su realidad, y, por tanto, la sustancia pertenece a la realidad de su accidente, con todas sus determinaciones, así como con su determinación general como sustancia. Pero no sería correcto si alguien dijera que el accidente es algo real en el sentido de la sus- tancia. Contiene el concepto general de la sustancia en su realidad no de otro modo a como contiene las determinaciones sustanciales últimas individualizadoras de la sustancia en su realidad. No es una sustancia, sino algo que, cuando la sustancia se enriquece con nuevas determinaciones, al abarcarla, se da con ella. Puede muy bien com- pararse con el todo de un continuo real unitario, que en sus mitadescontiene algo real, pero que él mismo no es este algo real. La única diferencia es que, en el continuo, también la segunda mitad que hay que añadir a la primera mitad es algo real que constituye conjun- tamente la realidad del todo, mientras que en este caso a las deter- minaciones reales de la sustancia solo se le añaden determinaciones tales que incluyen las determinaciones sustanciales, pero no añaden un segundo algo real completamente nuevo y propio. El concepto supremo bajo el que cae el accidente como tal no es, por tanto, la sustancia, sino un concepto más complejo que incluye el concepto de la sustancia. Así, por ejemplo, el concepto supremo de alguien que rechaza apodícticamente con evidencia, como algo absurdo, un cuadrado redondo es el concepto de un espíritu que juzga, no

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el concepto de un espíritu. De este modo, Aristóteles parece tener razón cuando dice que un accidente no es un ente en el mismo sen- tido en el que una sustancia es un ente. Y también se muestra que, dentro de los accidentes, el concepto del ente es diverso de muchas maneras. Todo accidente que es sujeto de otro accidente no puede ser tampoco, y por la misma razón, con su accidente, un ente en el mismo sentido en que la sustancia puede ser un ente, en el mismo sentido, con el accidente. Por tanto, en este caso los significados y, con ello, las categorías son todavía considerablemente más que lo que ha creído el propio Aristóteles.

16. Aristóteles concibió toda definición de una sustancia de manera uniseriada o monostoijética (monostoichetisch) y vio en la unicidad de la serie descendente el fundamento de la unidad de la definición y de la esencia. Pero esta concepción fracasa debido a la imposibilidad de llegar de este modo a la individuación, y los fenómenos físicos nos hacen intuitiva la individuación recíproca de las últimas diferencias específicas. En Aristóteles, a consecuencia de la homogeneidad de la última diferencia específica, solo había un género de corrupción sustancial (aunque en este caso no se pudo proseguir la doctrina de manera satisfactoria). Una vez que hemos reconocido que las sustan- cias se pueden definir de manera pluriseriada o pleiostoijética (pleios- toichetisch), encontramos que hay muchos y muy diferentes modos de transformación sustancial, y que de ellos forma parte la transforma- ción local tanto como la cualitativa, e incluso propiamente también la temporal. De manera correspondiente, también para el accidente puede haber un múltiple modo de generación y corrupción, de los cuales uno es heteroseriado o heterostoijético (heterostoichetisch) res- pecto del otro. Y en este caso Aristóteles ya había reconocido la verdad. Pues enseñó que un accidente no solo puede ser producido y destruido en el modo accidental que le es propio, sino también por la producción y la destrucción de la sustancia que le subyace.

Que también de determinaciones relativas puede ser propio una generación y una corrupción múltiples, la una por corrupción del término, la otra por corrupción del fundamento, es cosa manifiesta.

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OBSERVACIONES ULTERIORES

17. Lo que he dicho en el número 15 parece requerir una múlti- ple corrección. Si bien es cierto que la relación de la sustancia y el accidente es la de una parte con su todo y que, por tanto, tiene semejanza con la de una parte real del continuo con su todo, existe, sin embargo, una profunda diferencia. Esta diferencia se ha reco- nocido en ese lugar, pero no se ha hecho valer suficientemente. Las determinaciones accidentales que se añaden a las sustanciales tienen semejanza, en cierto aspecto, no tanto con ulteriores partes de un continuo, que se agregan a una parte, cuanto con determinaciones lógicas heteroseriadas o heterostoijéticas, que se encuentran en la definición junto con las de otra serie de diferencias. Lo distintivo es solo que, en las series de diferencias pertenecientes a la defini- ción sustancial, ninguna de ellas puede proporcionar de suyo un individuo, sino que, más bien, solo dan lugar a uno en su unión, mientras que el accidente, que incluye todas las series sustanciales de diferencias y aun une a ellas otras, puede distinguir dos grupos dentro de las series lógicas que le pertenecen. El grupo sustancial, que representa de suyo un individuo, y un grupo accidental, que no lo hace, sino que solo puede llegar a la individualización mediante la unión con las series sustanciales. El individuo al que se llega con ello no es, naturalmente, el mismo que al que ya se había llegado mediante la totalidad de las series sustanciales. Y puede suceder in- cluso sin contradicción que se de un universal por la adición de una serie accidental a la totalidad de las series sustanciales, mientras que las series sustanciales en su totalidad ya habían llegado a una indi- viduación completa. No resulta esto más sorprendente que cuando mediante la adición, no de una serie accidental entera, sino de la diferencia suprema de ella, se da algo universal. Es un universal, con la restricción de que pertenece a una cierta sustancia individual. La individualización del universal dado mediante una serie accidental, que se añade a la totalidad de la serie de las diferencias sustanciales, se produce mediante nuevas series de diferencias accidentales, y esta individualización se muestra heteroseriada o heterostoijética tanto respecto de todas las series de diferencias sustanciales como de esta serie de diferencias accidentales. Si se llega de este modo a un nuevo

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individuo que incluye al individuo sustancial como sujeto, entonces puede ocurrir que él mismo esté unido todavía con nuevas deter- minaciones universales, de modo semejante a como están unidas en él las determinaciones sustanciales con las accidentales, y que estas luego se individualicen mediante nuevas diferencias en tanto que accidentes de un accidente, y así sucesivamente.

Así como de las series sustanciales heteroseriadas o heterostoi- jéticas puede pensarse cada especie hasta la última sin pensar una de las otras según todas sus diferencias, así también pueden pensarse series accidentales hasta su última diferencia específica sin pensar a la vez las series sustanciales de otro modo que según su concepto máximamente universal, o quizás incluso según sus diferencias es- pecíficas superiores. Cuando esto sucede, del accidente no se ob- tiene nunca una individuación, incluso si incluye en el concepto todas sus diferencias accidentales bajando hasta la última especie. En caso contrario, aun a las diferencias accidentales habría que lla- marlas más bien determinaciones sustanciales de una segunda sus- tancia, que se uniría en un todo con la primera de modo semejante a como se componen las distintas partes de un continuo real con una sustancia mayor.

18. Tras lo dicho es claro
a) que el concepto del ente es uno y el mismo para la sustancia,

para todos los accidentes e incluso también para los accidentes de accidentes,

b) que sustancia no dice tanto como “ente en general”, sino un ente tal al que no le corresponden ningunas otras diferencias que las que son imprescindibles para que él mismo, o siquiera solo una parte suya, siga existiendo como individuo.

c) Para el concepto del accidente vale lo contrario: las diferen- cias que contiene son tales que, con su eliminación, el todo, pero no cada parte del todo, quedaría privado de la determinación individual.

d) Lo que de ello resulta para el concepto de un accidente del accidente, no requiere mayores explicaciones.

e) Aunque el accidente es un ente en el mismo sentido en que lo es la sustancia, de la comunidad del concepto supremo no se sigue que

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Un texto muy importante, fundamental; tanto para el análisis como para la crítica, sobre la Teoría del Cierre Categorial y la Crítica de la Razón Literaria. MetodologíaS alfa y beta operatorias y cierre categorial, como asuntos problemáticos en las Ciencias “sociales o humanas”.

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Nos hemos permitido copiar un texto del profesor Jesús G Maestro, sobre una serie de problemas relativos a cuestiones de gnoseología y teoría de las Ciencias, y de las metodologías alfa y beta operatorias, y otro de los puntos clave del Materialismo Filosófico como Teoría de las Ciencias: el cierre categorial.

Situaciones alfa y beta operatorias . Ideas y Categorías. La symploké y las Ciencias

AUTOR : JESÚS G. MAESTRO

FUENTE : https://jesusgmaestro.weebly.com/critica-razon-literaria-recepcion/mas-alla-de-la-teoria-del-cierre-categorial#

Recepción e influencia
de la 
Crítica de la razón literaria​

Más allá de la Teoría del Cierre Categorial
4/22/2019 
Una interpretación no dogmática de la Filosofía de la Ciencia
del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno
Jesús G. Maestro
Apostilla núm. 8 a la Crítica de la razón literariaI
Ignorar la Literatura es tan grave como ignorar un asesinato, del mismo modo que ignorar la Teoría de la Literatura es tan grave como ignorar una enfermedad.

Hablo en estos términos porque es imprescindible dejar claras cuestiones absolutamente fundamentales respecto al futuro de la Teoría del Cierre Categorial construida por Gustavo Bueno, y que, sin duda alguna, constituye un antes y un después en la Historia de la Filosofía de la Ciencia, si bien este después está pendiente, decisivamente pendiente, de hechura y elaboración, es decir, está por hacer. Pero hay que hacerlo.

Y hay que hacerlo porque la Teoría del Cierre Categorial, que Bueno deja incompleta ―por inacabada o inconclusa―, es objeto de importantes discusiones entre los propios discípulos de Bueno, que no se ponen de acuerdo respecto a muchas cuestiones fundamentales. Esto supondrá que serán otros, otros intérpretes, no necesariamente discípulos directos de Gustavo Bueno, los que, con el paso del tiempo, reinterpretarán la Teoría del Cierre Categorial, esto es, la Teoría de la Ciencia, del Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento, desde criterios más uniformes.

​En este contexto, la Teoría del Cierre Categorial no puede reducirse a una hermenéutica gremial o endogámica, la de sus discípulos directos ―por dialéctica que ésta pueda resultar entre ellos―, ni tampoco a una hermenéutica exogámica, protagonizada por intérpretes posteriores, o venideros. No es una cuestión de hermenéutica. Ni de especulación. Es un trabajo de aplicación práctica, de proyección y ejercicio de la Teoría del Cierre Categorial en el curso operatorio y ejecutivo de las diferentes ciencias, y de todo cuanto estas ciencias utilizan y movilizan.

Las ciencias son científicas si las metodologías son científicas…No hay ciencias, sino metodologías.Las ciencias no pueden reducirse solamente a las metodologías alfa.IITodo aquel que se vea obligado a meter las manos en la masa de la Historia, de la Medicina, de la Teoría de la Literatura, de la Ginecología, de la Lingüística, de la Termodinámica, del Derecho, de la Astrofísica, de la Economía o de la Oncología, es decir, toda aquella persona que trabaje con los materiales de estos campos ―sistematizados en los terrenos de tales nomenclaturas―, que hoy día resultan organizados desde instituciones políticas o estatales y desde proyectos empresariales o industriales, sabe que lo que hace está contenido en las realidades materiales de sus posibilidades empresariales e institucionales, es decir, en los límites de sus condiciones industriales y políticas.

Las ciencias, hoy, son construcciones empresariales e institucionales. Son resultado de configuraciones políticas e industriales, sistematizadas por las metodologías que tales ciencias ejecutan de hecho, es decir, ontológicamente. Esto no es incurrir en sociología de la ciencia: esto es reconocer la realidad y la verdad del contenido de las ciencias. ¿Qué importa el cierre categorial de la Criminología, del Derecho o de la Jurisprudencia, si se tiene delante a un juez con una investigación que usa metodologías (alfa y beta operatorias) que van desde las pruebas de adn o el carbono-14 hasta el informe pericial de un psiquiatra, un guardia civil de tráfico o un lingüista forense, por ejemplo?

Más de una persona ha metido las manos en la masa de la Historia y se ha dado cuenta de que la Teoría del Cierre Categorial, tal como está, acaso no basta, porque puede dejar a merced de las ideologías posmodernas la interpretación de hechos históricos indiscutibles. Desde luego, la Historia como ciencia, ante la Teoría del Cierre Categorial, requiere una interpretación de la Teoría del Cierre Categorial mucho más amplia y menos dogmática de la que algunas personas han hecho pública.

La Teoría del Cierre Categorial no es una cosa especulativa. No es un formalismo. No es una tabla de verificación. No es un preceptiva gnoseológica. No es una retórica de las ciencias. No es una filosofía dogmática, desde la que determinar qué actividades humanas son científicas y qué otras no lo son. Esas determinaciones, a los científicos, les traen absolutamente sin cuidado, y sólo interesan, por el momento, a algunos filósofos materialistas. Los médicos que ejercen la Medicina, los matemáticos que ejercen la Matemática, los lingüistas que trabajan en Lingüística, ignoran hoy que hay una Teoría del Cierre Categorial. Y no necesitan conocerla para ejercer sus respectivas ciencias. La Teoría del Cierre Categorial es, hoy, más una necesidad del filósofo materialista que de nadie más. Y esa limitación es lo que hay que superar. El debate real es exogámico, no endogámico. Hay que exteriorizar las ideas.
IIIAhora bien, lo difícil no es justificar el cierre categorial de las Matemáticas o de la Geometría. Algo así es hablar entre vencedores y para vencedores. Algo así es gobernar para los ricos. Lo difícil, lo verdaderamente desafiante, es enfrentar a la Teoría del Cierre Categorial las ciencias que se basan casi exclusivamente en las denominadas metodologías beta, es decir, aquellas en las que las operaciones de los seres humanos están presentes y no se pueden neutralizar o segregar como ocurre en las metodologías alfa. Lo difícil, pues, es meter las manos en la masa de las ciencias cuyos materiales no son inertes, porque son ―como los denominaron los seductores idealistas alemanes, con quienes nada tenemos que ver― humanos.

Lo difícil es, en suma, justificar lo científico desde las metodologías beta. A esto hay que enfrentarse, porque lo que no podemos asumir es que algo deje de ser científico (béticamente) porque no es categorialmente cerrable en los mismos términos en que sí lo es algo cerrable alfabéticamente. Dicho de otro modo: la Teoría del Cierre Categorial exige distinguir y reconocer grados o franjas de verdad y, también, umbrales de cientificidad. Y para reconocer estos grados o umbrales hay que estar dispuesto a asumir algo terrible (para algunos): que la idea de categoría es una idea insuficiente, aunque sea fundamental. La idea de categoría no basta. 

​Repito: la idea de categoría científica no basta. Decir que las ciencias son categorías no es suficiente. Y no basta, y no es suficiente, porque no todas las ciencias se explican desde una idea única y cerrada, uniforme y ortodoxa, preceptiva o intacta, de cierre categorial. Directamente: hay ciencias que no se explican, sin más, desde un cierre categorial.

El propio Bueno distinguió inmediatamente entre cierre y clausura. Nosotros tendremos que hacer muchas más distinciones. Nosotros tendremos que enfrentar la Teoría del Cierre Categorial a muchas más cosas de las que pudo enfrentarse Bueno. Si pensamos en la Matemática, o en la Geometría, todo casa fácilmente, en comparación con lo que ocurre con la Historia o con la Teoría de la Literatura. Es cierto que Bueno pensó en la Historia. Pero no es menos cierto que Bueno nunca pensó en la Teoría de la Literatura cuando redactó su Teoría del Cierre Categorial. Nosotros sí estamos obligados a hacerlo.

La Teoría del Cierre Categorial es fundamental, y marca un antes y después sobre el modo de hacer filosofía de la ciencia, pero este después está por hacer. Y este después no puede ser ―desde luego― ni una reiteración del antes, ni ―por supuesto― una dogmática del ahora. La Teoría del Cierre Categorial no es el final, sino el principio, la premisa, el fundamento, de toda una Filosofía de la Ciencia, la del Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento construido por Gustavo Bueno, que dispone de un muy fértil futuro por delante. 

Un futuro que excluye interpretaciones dogmáticas y preceptivas ortodoxas. Diré más: el futuro de la Teoría del Cierre Categorial depende, de forma decisiva, de las ciencias que se sirven sobre todo de las denominadas metodologías beta. Y depende de ellas porque las ciencias basadas en metodologías alfa no tienen nada que demostrar (por el momento). 

Y porque tampoco respecto a ellas la Teoría del Cierre Categorial ha sido extraordinariamente original. Ya he dicho que afirmar que la Matemática o que la Geometría son ciencias es hablar entre vencedores. Es predicar, o gobernar, para los ricos. El desafío lo constituyen materias como la Historia o la Teoría de la Literatura. 

No es la Teoría del Cierre Categorial la que desafía a la Teoría de la Literatura, o a la Historia, sino que son estas últimas, las realidades de la Historia o de la Teoría de la Literatura las que desafían a quienes puedan reducir la Teoría del Cierre Categorial a una Filosofía de la Ciencia destinada a interpretar solamente las ciencias de cuyo estatuto científico nadie duda desde la escritura y publicación de la Crítica de la razón pura, en 1781. Y Bueno no escribió, evidentemente ni de lejos, la Teoría del cierre categorial (1992) para publicar confirmaciones kantianas. 

En la Teoría del Cierre Categorial de Bueno hay mucho más de lo que se ha dicho ―y mucho más de lo que se ha interpretado― hasta el momento. Y en esas interpretaciones, las ciencias béticas (las basadas en metodologías β) tienen más futuro, y tienen más que decir ―porque sus exigencias son mayores―, que las ciencias alfabéticas (las capaces de articularse en metodologías α, las cuales, partiendo fenomenológicamente de las metodologías β, neutralizan, segregan o superan a estas últimas).
IVHay aspectos que requieren una revisión importante en la Teoría del Cierre Categorial, no para cuestionarla, sino para desarrollar sus competencias y posibilidades. La Teoría del Cierre Categorial no es un punto de llegada, sino de partida. No es una meta, ni una preceptiva, sino una premisa, un sistema abierto.

En primer lugar, hay que advertir algo muy revelador: desde 1992, en que se publican los 5 tomos de la Teoría del cierre categorial, hasta 2016, en que por desgracia se produce la muerte de Bueno, transcurren 24 años. 24 años es tiempo suficiente para ultimar la Teoría del Cierre Categorial. Pero Bueno no lo hace. Bueno no concluye la Teoría del Cierre Categorial. Dice que no interesa. Escribe libros sobre política, la felicidad, España, el pensamiento Alicia, etc… Pero algo tan decisivo como la Teoría del Cierre Categorial no se concluye. ¿Por qué? 

​No me convence la razón según la cual Bueno considera que no interesa. Basta que le interese a Bueno. No se escribe en función de los intereses de los demás. Mi interpretación: Bueno no concluye la Teoría del Cierre Categorial porque no ve claro el final. Porque constata demasiadas cosas. No lo ve claro. Y por eso no ultima la Teoría del Cierre Categorial. El desarrollo de la Teoría del Cierre Categorial ―a él debida― rebasa las posibilidades humanas de un único ser humano. La Teoría del Cierre Categorial es algo mucho más grande y poderoso de lo que inicialmente él pudo prever.

En segundo lugar, no podemos negar que la Teoría del Cierre Categorial está concebida inicialmente desde la placenta de las ciencias exactas, de las ciencias alfabéticas o alfaoperatorias, concretamente desde el conocimiento del patrón de determinadas ciencias exactas: Matemáticas y Geometría, esencialmente. Las basadas en las metodologías alfa. A partir de ahí, todo se despliega como una suerte de degeneración de las ciencias, objetivada esta degeneración en el uso de metodologías béticas (β operatorias), fundamentadas en una genealogía de las técnicas en las que es imposible disociar al ser humano. Por este camino desembocamos en las llamadas metodologías beta.

En tercer lugar, hay que tener en cuenta que la idea de cierre, que funciona muy bien en las metodologías alfa, no se logra a medida que nos aproximamos hacia los terrenos en los que operan las metodologías beta, y perdemos la capacidad de remontarnos hacia momentos o procesos alfa. De este modo, se tiende, en primer lugar, a identificar, con idealismo imperceptible, con formalismo próximo a un teoreticismo incompatible con el Materialismo Filosófico, las categorías y los cierres, y, en segundo lugar, a considerar que las ciencias de verdad, o son alfa, o son usos imperfectos de alfa. De ahí las «ciencias» béticas (β operatorias), que serían usos imperfectos de la idea de ciencia, procedimientos miméticos, degenerados o incluso paródicos de las ciencias alfabéticas (α operatorias).

Pero ocurre, en cuarto lugar, que una vez construida toda la Teoría del Cierre Categorial ―toda tal como la conocemos hoy―, resulta que el peso, el centro de gravedad de todo, no recae en las ciencias, sino en las metodologías. Y eso es algo imprevisto. Algo que, incluso, aún no se ha examinado con la debida atención. Algo sobre lo que no se ha pensado desde el punto de vista de sus consecuencias… que son muy graves. Porque resulta que la Teoría del Cierre Categorial de Bueno plantea, en última instancia, que no hay ciencias, sino metodologías (alfa y beta), usadas por diferentes ciencias, y no de forma exclusiva ni excluyente por cada una de ellas. 

El transporte de metodologías (alfa y beta) entre ciencias es innegable. Y en esta translatio methodologicae están muchas claves. La Jurisprudencia, la Ecdótica y la Historia pueden usar metodologías alfa en pruebas de adn para identificar a un criminal, para disponer un gráfico de estemas o para datar la antigüedad de un manuscrito. Y si la Jurisprudencia, la Ecdótica o la Historia se consideran ciencias es porque institucionalmente, o incluso industrialmente, utilizan metodologías alfaoperatorias, de las que resultan neutralizadas operaciones y sujetos humanos, que han intervenido en operaciones y fenómenos de partida, donde han coexistido con metodologías betaoperatorias. 

El cierre categorial viene dado por el uso alfabético de las metodologías, y no por el uso bético de las ciencias, porque en Jurisprudencia, Ecdótica e Historia, como en otras muchas ciencias, el cierre y la categoría no son determinantes de casi nada. En las ciencias béticas (β), el cierre y la categoría no están en sincretismo, como sí ocurre con las ciencias alfabéticas (α), sino que en ellas su cierre y su categoría dependen de las exigencias institucionales y de las posibilidades industriales.

En quinto lugar, hay que asumir que, de aceptar lo expuesto en el punto 4, no hay ciencias, sino metodologías. Y algo más grave: que la idea misma de categoría entra en crisis, y que por ello mismo exige inmediatamente una reconsideración o reinterpretación. Y a continuación la idea misma de cierrepuede resultar más irrelevante de lo que se piensa, porque deja de ser un imperativo de exigencia científica para convertirse en un indicativo de umbrales de cientificidad o de franjas de verdad. Y porque si cuanto se acaba de exponer es como es, entonces:

El cierre es metodológico, no científico, porque no es categorial, salvo cuando ciencia y metodología coinciden o están en sincretismo: es el caso de la Geometría. También es el caso de la Matemática. Cuando no hay ese sincretismo entre ciencia y metodología, el cierre no funciona bien… hay que hacer enmiendas, excepciones, introducir los desenlaces beta, y de nuevo hay que hacer más enmiendas, más correcciones, y moverse una y otra vez en la interinidad de las soluciones béticas. Las categorías, o ciencias, son construcciones que responden a exigencias no científicas (alfa o beta operatorias, así funcionan las metodologías, no las ciencias, que ya serían resultado de metodologías), sino a exigencias políticas, hedonistas, bélicas, informáticas, económicas, desde el confort hasta la guerra, pasando por la ordenación de datos o territorios hasta la navegación interestelar, por ejemplo. 
Hay razones para suponer que la Teoría del Cierre Categorial está in medias res. Creo que Bueno no la concluyó porque no supo cómo hacerlo de forma satisfactoria. Las insatisfacciones de la Teoría del Cierre Categorial vienen de la mano de las artes, de las Letras… y, sobre todo, de la Literatura, acaso la más cínica de todas las artes. Hoy, al enfrentarnos a la Teoría del Cierre Categorial no podemos ignorar el desafío que suponen las artes. La solución más fácil es negar el estatuto de ciencia a estas materias, y asunto resuelto. Pero eso es como curar el dolor de cabeza mediante la decapitación del personal: una persona sin cabeza es una persona sin dolores de cabeza.

Hoy no podemos negarnos a resolver problemas esenciales propios del funcionamiento de aquellas actividades humanas que no son exactas, como es el caso de la Geometría y la Matemática. Un intérprete del Materialismo Filosófico que no supere estas limitaciones es un intérprete que está negando al Materialismo Filosófico posibilidades esenciales de estructuración y desarrollo en un «presente en marcha». 

Dicho de otro modo: la Literatura no puede ser un muro de contención para el Materialismo Filosófico. O de otra manera, si se prefiere: la Literatura no puede ser el terreno donde el irracionalismo posmoderno campee por sus respetos. Algo que, desde Platón, ha ocurrido en cierto modo con los irracionalismos de todos los tiempos, que prostituyeron la literatura como a los ignorantes de cada época y lugar les ha dado la gana. La Literatura no puede ser el estercolero de las ideologías, de los irracionalismos y de las necedades. Ni la Teoría de la Literatura puede ni debe ser la sala vip de los idealistas más insipientes. 
VUn problema importante al que hoy ha de enfrentarse el intérprete de cualquier cosa, y el intérprete del Materialismo Filosófico no es una excepción, es la inflación de interpretaciones: todo son interpretaciones. Debates, artículos, vídeos, entrevistas, declaraciones, páginas de internet, blogs, redes sociales, réplicas y contrarréplicas, etc. Se habla más que se escucha, se escribe más que se lee, se discute más que se piensa, se debate más de lo que se vale. Y a veces se olvida que cuantas más personas hablen contigo acerca de lo que escribes, menos vale lo que dices, lo que haces y lo que escribes.

Si Bueno dice que la literatura es una materia que puede y debe analizarse mediante conceptos, unos entendemos que «mediante conceptos científicos», y otros entienden que «mediante conceptos técnicos». Si unos en Bueno entendemos esto, otros, en el mismo texto del mismo Bueno, entienden lo contrario. Y compruebo que esta hermenéutica se generaliza a casi todo lo escrito por Bueno, especialmente en relación con la Teoría del Cierre Categorial. 

No significa esto que Bueno no sea claro y distinto cuando escribe, sino que una Filosofía de la Ciencia como es la Teoría del Cierre Categorial es algo que da lugar a interpretaciones conflictivas, incluso entre sus propios discípulos directos. Lejos de lograrse un consenso, la complejidad de las interpretaciones crece. Sus consecuencias son aún imprevisibles, pero, sin duda, no serán estériles. Ahora bien, que las consecuencias sean fértiles no significa que todos los debates que tiene lugar sean, también, fértiles. 

Las discusiones excesivas, inadecuadas o simplemente reiterativas, son signos de impotencia e incluso de ignorancia. Cuanta mayor es la frecuencia de una misma discusión más se aproximan sus contenidos al kitsch, al incurrir una y otra vez en recurrencia de temas y en recursividad de procedimientos. En más de una ocasión he tenido la impresión de que ante la Teoría del Cierre Categorial no hay hechos, sino debates, y que las interpretaciones de la Teoría del Cierre Categorial no dejan ver la Teoría del Cierre Categorial.

De cualquier modo, quiero insistir actualmente en algo que me parece muy importante, y es lo siguiente.

En primer lugar, observo que la Teoría del Cierre Categorial está sin rematar, sin concluir, y que lo está en varios puntos esenciales. Su planteamiento esencial está hecho, pero no se puede pretender que un solo hombre, aunque este hombre haya sido un gigante como lo fue Gustavo Bueno, pueda concluirla, y pueda prever todos los enfrentamientos dialécticos a los que ha de sujetarse, confrontarse y concurrir una Filosofía de la Ciencia como la Teoría del Cierre Categorial. 

Esta Teoría de la Ciencia requiere la intervención de más de una persona. Y requiere la intervención de profesionales ―de varios profesionales, no de uno sólo― de ámbitos científicos no previstos inicialmente por Bueno en la redacción inicial de la Teoría del Cierre Categorial. Porque sólo desde las ciencias alfabéticas o alfaoperatorias (α) no se puede dar cuenta de lo que es la Teoría del Cierre Categorial. Porque la Teoría del Cierre Categorial es superior e irreductible a las metodologías α operatorias. Sorprende cómo esta obviedad se ignora de forma tan frecuente como portentosa. Si alguien cree que la Teoría del Cierre Categorial se puede presentar en sociedad, es decir, exponer académicamente en cualquier foro nacional o internacional, de espaldas a las artes en general, y muy en particular de espaldas a la literatura, que se retire ahora mismo del panorama académico. Y que abra una página en internet para contar en ella sus cuitas (no le faltarán fracasados que le acompañen). Porque la realidad es otra cosa. Y la realidad de la literatura es otra cosa pero que muy diferente. 

Dicho de forma directa: sin Literatura y sin Teoría de la Literatura la Teoría del Cierre Categorial no pasa su prueba de fuego. Para decir que la Matemática, o que la Geometría, es una ciencia, no necesitamos la Teoría del Cierre Categorial. Eso ya lo sabíamos antes de Bueno. Y antes de Kant. Y antes de Platón también. Si lo que hacemos no sirve para ganar terreno al irracionalismo, entonces lo que hacemos no sirve para nada (salvo para entretenerse como niños o adolescentes en debates de internet, sucedáneo de videojuegos). Si la Teoría del Cierre Categorial no sirve para delimitar y definir, así como para explicar y defender, el estatuto gnoseológico de las denominadas por los idealistas «ciencias humanas», entonces no habrá servido para nada.

En segundo lugar, no podemos usar la Teoría del Cierre Categorial para explicar obviedades que todos sabemos y que nadie discute a estas alturas de la Historia (por el momento…): que las ciencias basadas en metodologías alfa son ciencias, y que las otras «ciencias» ―las basadas en las metodologías beta― no son ciencias. Eso ya se decía y ya se sabía antes de 1992, y mucho antes de que Bueno concibiera y redactara la Teoría del cierre categorial. Y porque por ese camino, al distinguir solamente entre ciencias béticas (β) y ciencias alfabéticas (α), volvemos al dualismo de partida, del que precisamente siempre quisimos huir, para superarlo y evitarlo, por idealista, simplista y retórico: ciencias humanas / ciencias naturales.

En tercer lugar, es innegable que la Teoría del Cierre Categorial ignora la ontología de la literatura. No tiene por qué incluirla inicialmente. Pero que Bueno no la haya tenido en cuenta ―por muchas razones― no nos exime a nosotros de ello: no se justifica hoy esta ignorancia. La Teoría del Cierre Categorial, originariamente, no hace ninguna referencia a la literatura. Ni a la Teoría de la Literatura. Hay menciones a la Lingüística. Hay interpretaciones sobre la Historia. Pero el examen de la Literatura es inexistente. Y de la Teoría de la Literatura se ignora absolutamente todo. 

En consecuencia, Bueno nos deja una Filosofía de la Ciencia desde la que, en principio, no se sabe cómo afrontar gnoseológicamente lo que la Literatura es y exige. Y reitero: que Bueno no se haya referido a la Literatura en su Teoría del Cierre Categorial no significa que nosotros debamos ignorarla, ni que tengamos que defender una Filosofía de la Ciencia de espaldas a la Literatura, una Teoría de la Ciencia nihilista respecto a la Teoría de la Literatura, o simplemente ignorante respecto a los materiales literarios. Insisto: que nadie espere que la Teoría del Cierre Categorial triunfe de espaldas al arte y a la literatura.

En cuarto lugar, se ha constatado, sobre todo tras la elaboración y publicación de la Crítica de la razón literaria (2017), que si aplicamos a la Ontología de la Literatura los criterios gnoseológicos de cierre y de categoría, según la Teoría del Cierre Categorial, el resultado, en unos casos, se acepta como un acierto y, en otros casos, se rechaza como un error[1]. Pero ocurre que quien tilda de error esta aplicación responsabiliza a la literatura del fracaso de este resultado, pero no a la Teoría del Cierre Categorial, tal como esta Teoría del Cierre Categorial está planteada por estos mismos intérpretes. Y algo así es incurrir en teoreticismo puro: si la teoría no puede funcionar ―en este caso la Teoría del Cierre Categorial―, es porque la realidad ―la Literatura― está mal. 

Utilizar la Teoría del Cierre Categorial como una preceptiva gnoseológica es privarla de roturar terrenos que, al negarlos, se ceden impunemente a los irracionalismos más contemporáneamente posmodernos: desamparamos la Historia, que resulta engullida por la mitología nacionalista; abandonamos la Lingüística y la Filología, que quedan en manos de culturalistas nostálgicos de toda barbarie, donde las lenguas inútiles e inventadas reemplazan una realidad verbal construida durante siglos históricos y decisivos; ignoramos la Literatura, y desautorizamos ―con Jacques Derrida y Terry Eagleton― la Teoría de la Literatura, junto con la interpretación científica de la Literatura, a la par que entregamos la Literatura Española a la disolución histórica, literaria e ideológica del mundo académico anglosajón, el cual, sin duda, estará encantado de aceptar que el Quijote de Cervantes no vale más que el código de barras de un envase de mantequilla, porque todo es texto: el código, la mantequilla y el Quijote. Con el beneplácito, incluso, de un Materialismo Filosófico que, de este modo, nace muerto. No es mi caso: queda advertido.

Sabemos, en quinto lugar, que la Teoría del Cierre Categorial organiza las ciencias en función de las metodologías alfa y beta. De este modo, la ontología de las ciencias resulta articulada y reorganizada desde la gnoseología de las metodologías alfa y beta. La operatoriedad de las ciencias es, en suma, la operatoriedad de las metodologías alfa y beta. En consecuencia, las ciencias resultan ser sistemas o conjuntos sistemáticos de metodologías, las cuales metodologías se organizan según intenciones diversas, pero siempre determinadas estas intenciones ―industrial o institucionalmente― por una ontología que las coordina, es decir, por unos materiales que constituyen el campo ontológico y gnoseológico desde el que opera esa ciencia, y sobre el que el sujeto gnoseológico pone a trabajar, pone a operar, a las metodologías alfa y beta. 

De este modo, la ontología es la base de gnoseología, y no la dejamos fuera en ningún momento. Ahora bien, más allá del formalismo y del teoreticismo desde el que a veces se tiende a concebir la Teoría del Cierre Categorial, como una configuración inmanente de las propias ciencias, ajenas a todo lo demás, y cerradas en sí mismas por sus campos categoriales ―campos que en realidad se cierran y se abren con la llave de las metodologías alfa y beta operatorias―, hay que tener en cuenta que tanto el concepto de cierre como el de categoría dependen operatoriamente de actividades empresariales o industriales ―que hacen posible la operatoriedad científica― y de realidades políticas o institucionales ―que las promueven o proscriben―. 

El Derecho no existe porque sus contenidos sean científicos, sino porque se juzga políticamente en nombre de un Estado, y para ello se concitan múltiples metodologías, alfa y beta operatorias, desde las pruebas de adn hasta informes periciales del más variado pelaje científico. En consecuencia, el «cierre categorial» del Derecho tiene más que ver con cualquier cosa antes que con la «ciencia» que presuntamente pueda o no llegar a ser. Sin una Academia, la Geometría no sería algo más que una técnica de demarcación agrícola. 

El cierre categorial de la Geometría no se produce en los labradíos, sino en la Academia platónica. El cierre categorial de la Química tiene más que ver con la Universidad que con los laboratorios de alquimia. Sin instituciones políticas y sin empresas o industrias, ni las ciencias, ni sus cierres categoriales, serían posibles. Las ciencias, por sí mismas, no cierran nada: son las metodologías alfa y beta las que, formalmente, y siempre de modo provisional, demarcan los posibles cierres de cada campo categorial, que sólo desde la actividad industrial, previa o simultáneamente desarrollada, la realidad política o institucional del momento tiene poder para sancionar o silenciar, promover o condenar. Esto no es sociología de la ciencia: esto es la realidad de las ciencias.

En sexto lugar, se constata que el peso de la Teoría del Cierre Categorial está en las metodologías alfa y beta operatorias, en sus distintos grados, franjas y umbrales de cientificidad, y en sus recorridos de progreso y de regreso por los terrenos de la ontología delimitadora de cada campo categorial. Pero, si bien quienes ponen los límites y los cierres a estas categorías son, desde un punto de vista inmanente, las metodologías alfa y beta, ocurre, sin embargo, que, por lo que se refiere al ejercicio científico de hecho, son las empresas y las instituciones políticas humanas las que agrupan y organizan ontológicamente, según funciones industriales y políticas, los usos de estas metodologías alfa y beta operatorias, funciones que, en última instancia, hacen que las ciencias funcionenoperen de hecho y de derecho

De ahí la importancia no de la sociología de la ciencia, sino de la industria y de la política de las ciencias. Dicho de otro modo: la literatura puede usar metodologías alfa y beta (desde el carbono-14 o el adn hasta los estemas y la métrica), pero también la criminología puede usar el adn y el carbono-14, cuando la ontología literaria nada tiene que ver con la ontología jurídica. Luego las categorías literarias y las categorías jurídicas no se ordenan ni delimitan en función de sus presuntos cierres categoriales, sino en función de las metodologías alfa y beta operatorias en ellas concurrentes, metodologías que se usan y se trasladan de unas categorías a otras, no como si nada, no gratuitamente, sino en función de una realidad ontológica determinada por razones muy diferentes entre sí y muy poderosas ante otras alternativas que quedarán relegadas, como pueden ser conflictos civiles, bélicos, económicos, hedonistas, etc., pero sobre todo por razones de tipo empresarial e industrial y político o institucional. 

​La mayor parte de las ciencias deben su nomenclatura y denominación, y su razón misma de ser, a razones empresariales y políticas, y no metodológicas ni realmente científicas.

En consecuencia, y en séptimo lugar, la Teoría del Cierre Categorial requiere una revisión y acaso una atenuación del criterio de categoría, no por razones ontológicas, que no se discuten, ni por razones gnoseológicas, que tampoco se discuten, sino simplemente por razones funcionales, de orden institucional y político, estatal, es decir, por razones de Estado, porque un mismo material (ontológico) puede ser intervenido (gnoseológicamente) por varias metodologías alfa y beta operatorias, con total independencia, y con total indiferencia, de que tales materiales ontológicos sean literarios, zoológicos, humanos, jurídicos, carboníferos o marinos, es decir, con total independencia de su posible cierre categorial

Los cierres no son categoriales, sino metodológicos. Las ciencias son construcciones políticas, estatales, institucionales, industriales, empresariales. Y las metodologías (alfa y beta), aunque delimiten los cierres y campos categoriales, están en función de las actividades empresariales e industriales, y bajo la jurisdicción de las instituciones políticas y estatales. Las ciencias sólo son modos basales, conjuntivos y corticales de organizar estas metodologías (alfa y beta operatorias).VI​Podríamos afirmar que no hay ciencias, sino metodologías (alfa y beta). También podemos afirmar que hay umbrales de verdad o franjas de verdad, y no ciencias exactas (en realidad no hay ninguna ciencia exacta, la idea de ciencia exacta es resultado formalista de una hipermiopía gnoseológica). Las ciencias mismas son construcciones diaméricas, no metaméricas: no son todos enterizos, completamente identificables con metodologías alfa o beta, sin más. 

En realidad, ocurre justo lo contrario: en todas las ciencias hay metodologías alfa operatorias y metodologías beta operatorias, porque tales metodologías operan en un auténtico traslado categorial, de unas ciencias a otras. La Historia usa el carbono-14 con el auxilio de la Química, del mismo modo que para el mismo fin puede servirse de la Filología o de la Lingüística forense con objeto de determinar que un documento como la donación de Constantino es apócrifo. La Química, por sí sola, no puede datar la fecha de un manuscrito. Eso sólo puede hacerse desde la Historia, convocando desde la propia Historia metodologías alfa procedentes de la Química.

Además, cuando hablamos de cierre categorial usamos una metáfora ―concretamente una metáfora de genitivo (cierre de categorías)―, porque la categoría no cierra, pues lo que se cierra en realidad son operaciones metodológicas alfa, ya que se ha decidido que las beta no cierran nada, ¿no es cierto? Además, sólo hay cierre cuando las categorías son puras operaciones metodológicas: las ciencias son científicas cuando las metodologías son científicas. 

Lo que llamamos ciencia es una propiedad de las metodologías. Algunos limitan esta propiedad científica exclusivamente a las metodologías alfa (α), como si las ciencias basadas en metodologías beta (β) no fueran ciencias en absoluto. Sólo cuando el sincretismo entre categoría (en tanto que ciencia) y metodologías sistemáticas (en tanto que metodologías alfa) es prácticamente absoluto (como ocurre con la Matemática y la Geometría) entonces el cierre metodológico es también categorial o científico. 

​Pero ocurre que la gestión de las ciencias no es científica, en realidad, sino empresarial o política, institucional o estatal, porque sólo las empresas y los Estados tienen poder y / o dinero para gestionar y ejecutar una operación científica relevante. ¿Puede un materialista filosófico soslayar este hecho? Si hablamos de Literatura, es porque hay literaturas nacionales. Al margen del Estado, no hay Literatura. Si hablamos de ciencias, es porque hay empresas y Estados que hacen posible las ciencias, y que gestionan sus operaciones, sus ejecuciones y sus construcciones.VII​A mi juicio, Bueno trabaja, entre otras, con al menos cuatro variantes esenciales en su Teoría del Cierre Categorial:
 Impugnación de las clasificaciones dicotómicas o binarias de las Ciencias (Culturales / Naturales).Metodologías α-operatorias y Metodologías β-operatorias.Procesos de Progresión (progressus) y Regresión (regressus) de las Ciencias.Principio de Neutralización o segregación de las Operaciones. 
A mi entender, la interpretación que en varios casos se ha hecho de la Teoría del Cierre Categorial incurre en confundir ciencias y metodologías, y en subordinar casi todo a la supresión total o metamérica del sujeto, es decir, a neutralizar las operaciones en términos absolutos, sin reconocer umbrales de cientificidad o franjas de verdad, es decir, sin considerar la realidad diamérica de las ciencias. Por otro lado, la Teoría del Cierre Categorial se ha aplicado con éxito y convicción a la Matemática y la Geometría, con ejemplos recurrentes, pero más propios de una clase de bachillerato o de Universidad que de una Filosofía de la Ciencia que se proponga competir con Kuhn o Lakatos, por ejemplo. 

​Y esos límites hay que superarlos. Los ejemplos de identidades sintéticas fuera de la Matemática o de la Geometría escasean, y, cuando se proponen, de inmediato se niegan y discuten, inhabilitando de este modo el uso de la Teoría del Cierre Categorial en las categorías y actividades humanas que, como la Historia o la Teoría de la Literatura, usan metodologías alfa operatorias importadas de otras ciencias, como la Química o la Estadística.

​Se observa, además, que cuando se trata de huir del punto 1 (impugnación de las clasificaciones dicotómicas o binarias de las Ciencias), es para caer en la reducción del punto 2: dicotomía Metodologías α-operatorias y Metodologías β-operatorias. ¿Qué sentido tiene negar un dualismo (idealista) para incurrir en otro (materialista)? Y finalmente se niega, de forma dogmática incluso, que las metodologías beta sean ciencias, con lo cual, ¿en dónde está la coherencia respecto a la discriminación de Bueno entre Metodologías α-operatorias y Metodologías β-operatorias? ¿En dónde queda, llegados a este nihilismo gnoseológico, el título y la obra de Bueno sobre el estatuto gnoseológico de las denominadas ciencias humanas?[2]

Y aún hay más: Bueno habla siempre de umbrales de verdad o de franjas de verdad, como si se tratara de un espectro que va desde las metodologías alfa 1 a las beta 2, es decir, de una gradación de cientificidad articulada en su clasificación hexagonal de las ciencias, a las que yo he dado en la Crítica de la razón literaria, simplemente para hacerlas más comprensibles a los filólogos, la siguiente nomenclatura, respetando siempre la formulación y el contenido de Bueno:
 Ciencias Naturales o ciencias de regresión extrema (Metodologías α-1).Ciencias Computacionales o ciencias de progresión media-genérica (Metodologías α-2-I).Ciencias Estructurales o ciencias de progresión media-específica (Metodologías α-2-II).Ciencias Reconstructivas o ciencias de regresión media-genérica (Metodologías β-1-I).Ciencias Demostrativas o ciencias de regresión media-específica (Metodologías β-1-II).Ciencias Políticas o ciencias de progresión extrema (Metodologías β-2). 
Ciencias son las 6, pero los umbrales de cientificidad más intensos están en el 1 y los menos intensos en el 6, es decir, desde las alfa 1 hasta las beta 2. Éste es el planteamiento de la Crítica de la razón literaria aplicado a los materiales literarios, y que, como se ve, es, literalmente, el planteamiento de Bueno, tal cual. Interpretación que hoy ratifico y suscribo por completo. He dicho con anterioridad que con el Materialismo Filosófico de Bueno, sin más, no se puede interpretar la Literatura. Bueno no hizo, ni lo pretendió nunca, una Teoría de la Literatura. Nunca fue su objetivo. Su obra contiene páginas muy importantes sobre literatura y sobre filosofía de la literatura, pero su obra no es, ni quiso serlo jamás, una obra de Teoría de la Literatura. Con la Crítica de la razón literaria sí se puede usar el Materialismo Filosófico de Bueno para interpretar la Literatura.VIIIEn conclusión, me atrevo a proponer:

Que las ciencias no pueden reducirse sólo a las metodologías alfa.Que hay umbrales o franjas de verdad, es decir, gradaciones o grados de cientificidad. 
Y me atrevo a ir acaso más allá de la Teoría del Cierre Categorial, y postular:

Que el núcleo de la Teoría del Cierre Categorial no está tanto en la idea de ciencia cuanto en la idea de metodología.Que gnoseológicamente no hay ciencias ―porque las ciencias son productos institucionales e industriales, políticos y empresariales―, sino metodologías alfa y beta operatorias.Que la idea de categoría queda rebasada de hecho en el ejercicio científico, es decir, en la práctica de las ciencias, porque resulta reorganizada empresarial e institucionalmente desde realidades más amplias que engloban, articulan y gestionan todas estas categorías, como son las empresas y las instituciones políticas, es decir, la Industria y el Estado. 
Esto no es una puesta del revés o una eversión de la Teoría del Cierre Categorial, sino sólo una interpretación que pretende abrir nuevas aplicaciones de esta Filosofía de la Ciencia, absolutamente fundamental para el racionalismo crítico, y cuyo artífice, desde el Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento, ha sido Gustavo Bueno.
 
 
 
Bibliografía

Bueno, Gustavo (1992), Teoría del cierre categorial, Oviedo, Pentalfa (5 vols.)Maestro, Jesús G. (2017), Crítica de la Razón Literaria. El Materialismo Filosófico como Teoría, Crítica y Dialéctica de la Literatura, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo (3 vols.)Notas

[1] No entro aquí a valorar ni una ni otra postura, pues la mayor parte de quienes hasta el momento se han pronunciado sobre este aspecto ―tanto a favor como en contra― no han leído la Crítica de la razón literaria, sino que juzgan por lecturas parciales de algunos de mis trabajos publicados en internet, de vídeos docentes que he grabado, o simplemente por celos, envidia ―la forma más siniestra de admiración― o amistad. Por lo demás, tengo que reconocer que me importa un pito lo que la gente haga respecto a lo que yo hago. Lo que yo pienso y escribo no depende de lo que los demás piensen o escriban. Hace muchísimos años que ―con mi trabajo― he comprado mi libertad.

[2] Véase en este enlace la documentación correspondiente a las conferencias sobre el Estatuto Gnoseológico de las Ciencias Humanas, impartidas en la Fundación Juan March en 1973, y disponibles en 6 volúmenes mecanografiados y policopiados, desde 1976, hoy accesibles desde esta página web gracias a la Fundación Gustavo Bueno: http://fgbueno.es/gbm/egch.htm
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Vargas Llosa y la Literatura, y unas propuestas en contraste con el poema del peruano César Vallejo. Poesía e Hispanidad. Propuesta crítico materialista del profesor Jesús G Maestro

¿Por qué no puede esperarse una crítica desde la cual el Nobel Vargas Llosa pueda mencionar, con honestidad , al poeta César Vallejo? Para tratar de enfocar esta cuestión, proponemos, desde introfilosofia, hacer una comparación entre dos modos de referirse a esta cuestión. Uno es un breve artículo sobre Vargas Llosa a raíz de su discurso de recepción del Nobel en Suecia. El otro no menciona a Vargas Llosa, por estar centrado en el análisis crítico del poema de Vallejo España: aparta de mí ese cáliz. , desde el Materialismo Filosófico, como Crítica de la Razón Literaria

PROPUESTA PRIMERA

Crítica de la poesía de César Vallejo . Profesor Jesús G Maestro (Universidad de Vigo, España)

SEGUNDA PROPUESTA

los desmanes del nóbel

LUNES, 13 DE DICIEMBRE DE 2010

por Guillermo Rodríguez Rivera

Los tiempos cambian y a veces no es para progresar.  FUENTE https://segundacita.blogspot.com/2010/12/los-desmanes-del-nobel.html

Hay quien dice que Suecia, la única socialdemocracia que lo era de veras, -cuando todas las demás que usaban el nombre se escoraban a la derecha- es ya un encubierto miembro de la OTAN.

Han pasado los tiempos en que el partido de Olof Palme gobernaba conjuntamente con los comunistas y en el que Suecia era el único gobierno del occidente europeo que se permitía acoger a los jóvenes norteamericanos que quemaban su tarjeta de reclutamiento para no ser enviados a matar (o a morir) en las selvas de Vietnam, en la primera guerra que perdieron los Estados Unidos, porque nunca tuvieron ni siquiera una consigna con la que justificarla ante su pueblo.

Las cosas se han puesto peor desde que desapareció la Unión Soviética, ciertamente más hija de su padrastro Stalin que de su padre Lenin, pero que era una izquierda beligerante que permitía la existencia de otras, porque había izquierdas. Los Estados Unidos ahora muestran abiertamente que se sienten capaces de hacer lo que quieran, sin que nada ni nadie interfiera.

En Europa se está acabando todo: la izquierda ya no tiene casi partidarios (ni partidos) y como desapareció esa amenaza a la vieja burguesía y el fantasma de recorrido se ha mudado a otros sitios, va desapareciendo también la “sociedad de bienestar”, que era la vitrina para evitar que los desvariantes cayeran en manos de algún hijo de Marx. 

Los nuevos paquetes que la UE acuerda con los administradores yanquis del FMI se aplican a los más pobres dentro de los privilegiados países de Europa: a griegos e irlandeses, al menos por ahora. Pero aunque sea por partes, el paquetazo neoliberal se va extendiendo: empiezan a retrasar la edad de la jubilación, a bajar las cuantías de las pensiones, a liquidar la seguridad social, a aumentar el desempleo.

Porque eso que empieza a perderse, aunque los europeos no lo sepan, era también una consecuencia de la existencia del comunismo que ellos se permitían el lujo de mirar de arriba abajo, sin sospechar el bien que les hacía.

Ahora Suecia le da asilo a los disidentes cubanos y su fiscalía acuerda con la Interpol la persecución, con alerta roja –como si fuera Martin Bormann o Jack The Ripper– del australiano Julian Assange, por formicar con dos suecas amigas, dicen ellas que sin condón. 

Ahora no hay reclutamiento obligatorio y “patriótico” en las fuerzas armadas estadounidenses. Los hijos de los millonarios ya no tienen que ir –o hacer como que van– a cumplir ese deber. Algunos cumplían y otros no: John F. Kennedy fue un valiente teniente en la Segunda Guerra Mundial; George W. Bush se pasó la de Vietnam entre los soldados de su padre en el estado de Texas, bebiendo whisky y dejando correr los años de peligro para luego encaramarse en la silla presidencial y mandar a los jóvenes a la guerra, cuando el supo esconderse muy bien de la suya. Ahora los soldados son los pobres, que arriesgan la posibilidad de morir no por patriotismo, sino por el salario que les pagan.

Acabo de leer –lo tengo ante mí– el discurso con el que Mario Vargas Llosa aceptó el Nóbel de literatura que le fuera conferido por la obra de toda su vida.

Quisiera empezar diciendo que soy un declarado admirador del escritor Mario Vargas Llosa: lo sigo desde su temprana La ciudad y los perros y de aquella excelente noveleta titulada Los cachorros, que Casa de las Américas editó en los años sesenta. He accedido, como he podido, a sus novelas a pesar de que en Cuba no se editan.

Soy un decidido opositor de la idea de que los escritores que se han convertido en enemigos de la Revolución Cubana, no deben ser editados en nuestro país. Algunas personas entienden que esa exclusión es un castigo a nuestros enemigos ideológicos. Yo no lo veo así: creo que se castiga a los lectores cubanos cuando dejan de leer páginas excelentes: la medida, para nada afectará al escritor en cuestión. Tampoco sé si Vargas Llosa, como han hecho García Márquez o Julio Cortázar, amigos de la Revolución Cubana, cedería los derechos de sus novelas para ser editadas en Cuba, pero creo que el gran público lector que tenemos disfrutaría obras como La fiesta del chivo, apasionante crónica de la conspiración que puso fin a la vida del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Leer el discurso de aceptación del novelista lo obliga a uno, forzosamente, a tener que contrastarlo, compararlo con su obra, y nos da idea de la distancia que media entre el brillante narrador -capaz de hacernos ver el sentido y las trágicas, dramáticas o cómicas dimensiones de la realidad latinoamericana- y el acomodado pequeño burgués de Arequipa (elevado a burgués por su talento, su vanidad y sus temores) que abjuró no ya de la Revolución Cubana, sino de cualquier modalidad de marxismo o socialismo, para ser el escritor “admitido” al que celebra el mundo burgués de este tiempo, porque esa propia abjuración es el gran requisito para su admisión, mucho más que la excelencia de su prosa.

El marxista que fuera en su juventud nunca pretendió buscar otra lectura de Marx que se apartara del verticalismo soviético asumido por la Revolución Cubana: su desencanto lo llevó directamente a engrosar la momificada colección de demócratas liberales que han sido y que han sumido a la América Latina en esa subordinación a los intereses norteamericanos que pobló nuestros países de las dictaduras que el novelista dice despreciar, pero que eran la salida a la que los buenos demócratas liberales y sus jefes norteamericanos echaban mano cuando los pueblos se les ponían indóciles. 

Don Mario dice repudiar esas tiranías –gestada la de Pinochet por el demócrata liberal Kissinger– aunque reverencia a sus propulsores. Don Mario, en fin, no fue el revisionista que busca otra verdad en la revolución, sino el arrepentido que abandonó la plaza de la tía Julia para irse al salón de la prima Patricia; el claudicante que, aunque persistan la explotación y las injusticias sociales que vio en su juventud, regresa al conformista redil de los demócratas liberales: no hay nada que hacer sino mantener la alternancia de gobiernos que protegen los privilegios de los de arriba, que son el verdadero poder.

De dientes para afuera se indigna porque América Latina ha incumplido con la emancipación de sus indígenas pero, como una Malinche andina, considera una “seudodemocracia payasa” el gobierno de Evo Morales en Bolivia, uno de los pocos regímenes democráticos del país donde mayor número de golpes militares han ocurrido en el mundo, en el que existe una feroz oligarquía que no ha podido socavar el abierto apoyo popular a Evo. 

Que yo sepa, el presidente boliviano nunca se ha propuesto escribir una novela como La casa verde. Acaso intentar ese propósito que no conseguiría, sería una bufonada del dirigente sindical cocalero, pero esa bufonada es hipotética. La payasada de Mario Vargas Llosa sí tuvo lugar, cuando aspiró a la presidencia de Perú y fue vapuleado nada menos que por Alberto Fujimori. Acaso de esa desastrosa aventura presidencial provenga la herida no cicatrizada del novelista, y también la envidia que el político Evo Morales le provoca.

Don Mario irá a codearse en la historia política peruana –no rebasa ese localismo– con Prado Ugarteche, Belaúnde Terry, Alejandro Toledo y el diz que aprista Alan García. En su discurso sueco, menciona al nunca desmentido marxista que fue César Vallejo, quien seguramente se revolvería en su tumba de Montparnasse si lo escuchara. Sólo le faltaría invocar a José Carlos Mariátegui para que la comedia fuera perfecta.

Haydee Santamaría lo liberó de la farsa de mencionar al Che, y el ego de Don Mario nunca pudo perdonárselo. Ahí está el verdadero punto de quiebre del hispanoperuano: hasta ahí llegaron sus ínfulas de revolucionario. 

A ver quién logra liberarlo de citar al autor de España, aparta de mí este cáliz.

Recordaremos siempre al excelente narrador que es Mario Vargas Llosa. Se nos irá al basurero el adocenado político que se ha empeñado en ser. Quizás ahí le hubiera sido útil el consejo de su prima-esposa, que él mismo entiende como el mayor elogio que ha recibido: “Mario, para lo único, para lo que tú sirves es para escribir”.


 Entre los poetas míos… César Vallejo – 2 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

CON el título genérico “Entre los poetas míos” hemos iniciado la publicación, en el mundo virtual, de esta colección de cuadernos monográficos con los que deseamos contribuir a la divulgación de una poesía crítica que, denominada “poesía social”, “poesía compro-metida”, “poesía de la conciencia,… se caracteriza por centrar su temática en los seres humanos, bien sea para ensalzar sus valores genéricos, o bien para denunciar los atropellos, injusticias y abusos cometidos por quienes de-tentan el Poder en cualquiera de sus formas. 

Poesía ésta que no se evade de la realidad, sino que in-cide en ella con intención transformadora. Se entiende por ello que tal producción y sus autores hayan sido fre-cuentemente acallados, desprestigiados, censurados e in-cluso perseguidos por dichos poderes dominantes. Se tra-ta, en fin, de una poesía, rebelde, teñida por el com-promiso ético de sus autores. 

Los textos aquí incorporados proceden de muy diversas fuentes. Unos de nuestra biblioteca personal, otros de In-ternet. 

La edición digitalizada de estos cuadernos poéticos carece de toda finalidad económica. No obstante, si alguien se considera perjudicado en sus legítimos derechos de pro-piedad intelectual, rogamos nos lo haga saber para que retiremos los textos cuestionados. – 3 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Entre los poetas míos… 

César Vallejo 

(1892 – 1938) 

César Abraham Vallejo Mendoza es un poeta y escritor considerado en-tre los más grandes innovadores de la poesía del siglo XX. Nació en Santiago de Chuco, Perú, el 16 de marzo de 1892. De origen mestizo y provinciano, era el menor de once hermanos. Alumno brillante en los estudios primarios, la familia consideró que podía seguir la carrera ecle-siástica. Sin embargo, en 1910 parte para Trujillo y se inscribe en la Fa-cultad de Filosofía y Letras. Un año después la idea de hacerse médico lo lleva a Lima, pero pronto renuncia a la medicina y vuelve a Trujillo. Entra a trabajar en una hacienda azucarera donde es testigo de la exte-nuante explotación de los peones. Esa experiencia marcó para siempre su sensibilidad ante la injusticia social. 

En 1913 renuncia a su empleo en la hacienda y regresa a Trujillo, donde reanuda sus estudios (Letras y Derecho), consiguiendo paralelamente un puesto de profesor en un colegio. Por entonces publica sus primeros versos y se convierte en miembro destacado de un grupo de intelectua-les y artistas 

En 1917 marcha a Lima donde, ya conocido en el medio intelectual, publica algún que otro poema. Sus dificultades económicas se suavizan al conseguir un puesto de director de colegio. Continúa sus estudios en la Universidad. En 1918 lleva su primer poemario “Los heraldos negros” al impresor. Su publicación se demora hasta el año siguiente. La obra, desde su aparición, recibe entusiastas elogios y primeros dardos. 

En 1920, de camino para su pueblo natal, se detiene en una localidad a pronunciar una conferencia que produce escándalo. Se ve mezclado en un sangriento conflicto local, y sin motivo es acusado por incendiario y agitador social. Permanece cincuenta días encarcelado, hasta que, de-mostrada su inocencia, es absuelto y devuelto a la libertad. – 4 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

1922: Consigue imprimir su segundo poemario “Trilce”, muchos de cu-yos versos han sido escritos en prisión. 

1923: Aparecen “Fabla salvaje” y “Escalas melografiadas”. 

Vallejo venía proyectando su marcha a Europa desde tiempo atrás. Con 500 soles, sin recursos ni conocimiento del idioma, en julio llega a París, donde sufrirá una vida de duras penurias, que no le impiden establecer relaciones amistosas con numerosos artistas. 

Hasta su muerte residió mayormente en París, con algunas breves estan-cias en Madrid y en otras ciudades europeas en las que estuvo de paso. Vivió del periodismo, complementado con trabajos de traducción y do-cencia. En la última etapa de su vida no publicó libros de poesía, aun-que escribió una serie de poemas que aparecerían póstumamente. En el cultivo de la prosa, escribió la novela proletaria El tungsteno (Madrid, 1931) y el libro Crónicas Rusia (Madrid, 1931). Por entonces escribió también su más famoso cuento, Paco Yunque, que fue publicado años después de su muerte. Sus poemas póstumos fueron agrupados en dos poemarios: Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, publica-dos en 1939 gracias al empeño de su viuda, Georgette Vallejo. La poesía reunida en estos últimos poemarios es de corte social, con esporádicos temas de posición ideológica y profundamente humanos. Para muchos críticos, los “poemas humanos” constituyen lo mejor de su producción poética, que lo han hecho merecedor del calificativo de “poeta univer-sal”. 

Murió en París, 15 de abril de 1938), 

Para una información más amplia sobre la vida y obra de César Vallejo, véase: 

César y Georgette: un amor de leyenda 

La vida íntima en las obras de César Vallejo 

César Vallejo en Wikipedia 

Biografía de César Vallejo 

César Vallejo, por Mónica Saldías 

d – 5 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Ande desnudo, en pelo, el millonario! 

¡Ande desnudo, en pelo, el millonario! 

¡Desgracia al que edifica con tesoros su lecho de muerte! 

¡Un mundo al que saluda; 

un sillón al que siembra en el cielo; 

llanto al que da término a lo que hace, guardando los 

[comienzos; 

ande el de las espuelas; 

poco dure muralla en que no crezca otra muralla; 

dése al mísero toda su miseria, 

pan, al que ríe; 

hagan perder los triunfos y morir los médicos; 

haya leche en la sangre; 

añádase una vela al sol, 

ochocientos al veinte; 

pase la eternidad bajo los puentes! 

¡Desdén al que viste, 

corónense los pies de manos, quepan en su tamaño; 

siéntese mi persona junto a mí! 

¡Llorar al haber cabido en aquel vientre, 

bendición al que mira aire en el aire, 

muchos años de clavo al martillazo; 

desnúdese el desnudo, 

vístase de pantalón la capa, 

fulja el cobre a expensas de sus láminas, 

majestad al que cae de la arcilla al universo, 

lloren las bocas, giman las miradas, 

impídase al acero perdurar, 

hilo a los horizontes portátiles, 

doce ciudades al sendero de piedra, 

una esfera al que juega con su sombra; 

un día hecho de una hora, a los esposos; 

una madre al arado en loor al suelo, 

séllense con dos sellos a los líquidos, 

pase lista el bocado, 

sean los descendientes, – 6 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

sea la codorniz, 

sea la carrera del álamo y del árbol; 

venzan, al contrario del círculo, el mar a su hijo 

y a la cana el lloro; 

dejad los áspides, señores hombres, 

surcad la llama con los siete leños, 

vivid, 

elévese la altura, 

baje el hondor más hondo, 

conduzca la onda su impulsión andando, 

tenga éxito la tregua de la bóveda! 

¡Muramos; 

lavad vuestro esqueleto cada día; 

no me hagáis caso, 

una ave coja al déspota y a su alma; 

una mancha espantosa, al que va solo; 

gorriones al astrónomo, al gorrión, al aviador! 

¡Lloved, solead, 

vigilad a Júpiter, al ladrón de ídolos de oro, 

copiad vuestra letra en tres cuadernos, 

aprended de los cónyuges cuando hablan, y 

de los solitarios, cuando callan; 

dad de comer a los novios, 

dad de beber al diablo en vuestras manos, 

luchad por la justicia con la nuca, 

igualaos, 

cúmplase el roble, 

cúmplase el leopardo entre dos robles, 

seamos, 

estemos, 

sentid cómo navega el agua en los océanos, 

alimentaos, 

concíbase el error, puesto que lloro, 

acéptese, en tanto suban por el risco, las cabras y sus crías; 

desacostumbrad a Dios a ser un hombre, 

creced… ! 

Me llaman. Vuelvo. 

(De Poemas humanos, 1939) – 7 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Completamente 

Completamente. Además, ¡vida! 

Completamente. Además, ¡muerte! 

Completamente. Además, ¡todo! 

Completamente. Además, ¡nada! 

Completamente. Además, ¡mundo! 

Completamente. Además, ¡polvo! 

Completamente. Además, ¡Dios! 

Completamente. Además, ¡nadie! 

Completamente. Además, ¡nunca! 

Completamente. Además, ¡siempre! 

Completamente. Además, ¡oro! 

Completamente. Además, ¡humo! 

Completamente. Además, ¡lágrimas! 

Completamente. Además, ¡risas!… 

¡Completamente! 

De Poemas humanos (1939) – 8 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Confianza en el anteojo, no en el ojo 

Confianza en el anteojo, no en el ojo; 

en la escalera, nunca en el peldaño; 

en el ala, no en el ave 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

Confianza en la maldad, no en el malvado; 

en el vaso, mas nunca en el licor; 

en el cadáver, no en el hombre 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

Confianza en muchos, pero ya no en uno; 

en el cauce, jamás en la corriente; 

en los calzones, no en las piernas 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

Confianza en la ventana, no en la puerta; 

en la madre, mas no en los nueve meses; 

en el destino, no en el dado de oro, 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

De: Poemas humanos, (1939) – 9 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Considerado en frío, imparcialmente… 

Considerando en frío, imparcialmente, 

que el hombre es triste, tose y, sin embargo, 

se complace en su pecho colorado; 

que lo único que hace es componerse 

de días; 

que es lóbrego mamífero y se peina… 

Considerando 

que el hombre procede suavemente del trabajo 

y repercute jefe, suena subordinado; 

que el diagrama del tiempo 

es constante diorama en sus medallas 

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron, 

desde lejanos tiempos, 

su fórmula famélica de masa… 

Comprendiendo sin esfuerzo 

que el hombre se queda, a veces, pensando, 

como queriendo llorar, 

y, sujeto a tenderse como objeto, 

se hace buen carpintero, suda, mata 

y luego canta, almuerza, se abotona… 

Considerando también 

que el hombre es en verdad un animal 

y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza… 

Examinando, en fin, 

sus encontradas piezas, su retrete, 

su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo… 

Comprendiendo 

que él sabe que le quiero, 

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente… – 10 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Considerando sus documentos generales 

y mirando con lentes aquel certificado 

que prueba que nació muy pequeñito… 

le hago una seña, 

viene, 

y le doy un abrazo, emocionado. 

¡Qué más da! Emocionado… Emocionado… 

De: Poemas humanos, 1939) – 11 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Cuídate, España, de tu propia España! 

¡Cuídate de la hoz sin el martillo, 

cuídate del martillo sin la hoz! 

¡Cuídate de la víctima a pesar suyo, 

del verdugo a pesar suyo 

y del indiferente a pesar suyo! 

¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo, 

negárate tres veces, 

y del que te negó, después, tres veces! 

¡Cuídate de las calaveras sin las tibias, 

y de las tibias sin las calaveras! 

¡Cuídate de los nuevos poderosos! 

¡Cuídate del que come tus cadáveres, 

del que devora muertos a tus vivos! 

¡Cuídate del leal ciento por ciento! 

¡Cuídate del cielo más acá del aire 

y cuídate del aire más allá del cielo! 

¡Cuídate de los que te aman! 

¡Cuídate de tus héroes! 

¡Cuídate de tus muertos! 

¡Cuídate de la República! 

¡Cuídate del futuro! 

De; España, aparta de mí este cáliz, 1939) – 12 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

El momento más grave de mi vida 

Un hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne cuando fui herido en el pecho. 

Otro hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yo-kohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas. 

Y otro hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día. 

Y otro dijo: 

-El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad. 

Y otro dijo: 

-El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú. 

Y otro dijo: 

-El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre. 

Y el último hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía. 

(De: Poemas en prosa, 1923) – 13 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

El pan nuestro 

Para Alejandro Gamboa 

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra 

de cementerio huele a sangre amada. 

Ciudad de invierno… La mordaz cruzada 

de una carreta que arrastrar parece 

una emoción de ayuno encadenada! 

Se quisiera tocar todas las puertas, 

y preguntar por no sé quién; y luego 

ver a los pobres, y, llorando quedos, 

dar pedacitos de pan fresco a todos. 

Y saquear a los ricos sus viñedos 

con las dos manos santas 

que a un golpe de luz 

volaron desclavadas de la Cruz! 

Pestaña matinal, no os levantéis! 

¡El pan nuestro de cada día dánoslo, 

Señor…! 

Todos mis huesos son ajenos; 

yo tal vez los robé! 

Yo vine a darme lo que acaso estuvo 

asignado para otro; 

y pienso que, si no hubiera nacido, 

otro pobre tomara este café! 

Yo soy un mal ladrón… A dónde iré! 

Y en esta hora fría, en que la tierra 

trasciende a polvo humano y es tan triste, 

quisiera yo tocar todas las puertas, 

y suplicar a no sé quién, perdón, 

y hacerle pedacitos de pan fresco 

aquí, en el horno de mi corazón…! 

(De Los heraldos negros, 1918) – 14 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

España, aparta de mí este cáliz 

Niños del mundo, 

si cae España —digo, es un decir— 

si cae 

del cielo abajo su antebrazo que asen, 

en cabestro, dos láminas terrestres; 

niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas! 

¡qué temprano en el sol lo que os decía! 

¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! 

¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno! 

¡Niños del mundo, está 

la madre España con su vientre a cuestas; 

está nuestra madre con sus férulas, 

está madre y maestra, 

cruz y madera, porque os dio la altura, 

vértigo y división y suma, niños; 

está con ella, padres procesales! 

Si cae —digo, es un decir— si cae 

España, de la tierra para abajo, 

niños ¡cómo vais a cesar de crecer! 

¡cómo va a castigar el año al mes! 

¡cómo van a quedarse en diez los dientes, 

en palote el diptongo, la medalla en llanto! 

¡Cómo va el corderillo a continuar 

atado por la pata al gran tintero! 

¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto 

hasta la letra en que nació la pena! 

Niños, 

hijos de los guerreros, entre tanto, 

bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo 

la energía entre el reino animal, 

las florecillas, los cometas y los hombres. – 15 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Bajad la voz, que está 

en su rigor, que es grande, sin saber 

qué hacer, y está en su mano 

la calavera, aquella de la trenza; 

la calavera, aquella de la vida! 

¡Bajad la voz, os digo; 

bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto 

de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun 

el de las sienes que andan con dos piedras! 

¡Bajad el aliento, y si 

el antebrazo baja, 

si las férulas suenan, si es la noche, 

si el cielo cabe en dos limbos terrestres, 

si hay ruido en el sonido de las puertas, 

si tardo, 

si no veis a nadie, si os asustan 

los lápices sin punta, si la madre 

España cae —digo, es un decir—, 

salid, niños, del mundo; id a buscarla!… 

De España, aparta de mí este cáliz, 1939) – 16 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Gleba 

Con efecto mundial de vela que se enciende, 

el prepucio directo, hombres a golpes, 

funcionan los labriegos a tiro de neblina, 

con alabadas barbas, 

pie práctico y reginas sinceras de los valles. 

Hablan como les vienen las palabras, 

cambian ideas bebiendo 

orden sacerdotal de una botella; 

cambian también ideas tras de un árbol, parlando 

de escrituras privadas, de la luna menguante 

y de los ríos públicos! (Inmenso! Inmenso! Inmenso!) 

Función de fuerza 

sorda y de zarza ardiendo, 

paso de palo, 

gesto de palo, 

acápitcs de palo, 

la palabra colgando de otro palo. 

De sus hombros arranca, carne a carne, la herramienta 

[florecida, 

de sus rodillas bajan ellos mismos por etapas hasta el cielo, 

y, agitando 

agitando sus faltas en forma de antiguas calaveras, 

levantan sus defectos capitales con cintas, 

su mansedumbre y sus 

vasos sanguíneos, tristes, de jueces colorados. 

Tienen su cabeza, su tronco, sus extremidades, 

tienen su pantalón, sus dedos metacarpos y un palito; 

para comer vistiéronse de altura 

y se lavan la cara acariciándose con sólidas palomas. – 17 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Por cierto, aquestos hombres 

cumplen años en los peligros, 

echan toda la frente en sus salutaciones; 

carecen de reloj, no se jactan jamás de respirar 

y, en fin, suelen decirse: Allá, las putas, Luis Taboada, los 

[ingleses; 

allá ellos, allá ellos, allá ellos! 

(De: Poemas humanos, 1939) – 18 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Himno a los voluntarios de la República 

Voluntario de España, miliciano 

de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón, 

cuando marcha a matar con su agonía 

mundial, no sé verdaderamente 

qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo, 

lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo 

a mi pecho que acabe, al que bien, que venga, 

y quiero desgraciarme; 

descúbrome la frente impersonal hasta tocar 

el vaso de la sangre, me detengo, 

detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto 

con las que se honra el animal que me honra; 

refluyen mis instintos a sus sogas, 

humea ante mi tumba la alegría 

y, otra vez, sin saber qué hacer, sin nada, déjame, 

desde mi piedra en blanco, déjame, 

solo, 

cuadrumano, más acá, mucho más lejos, 

al no caber entre mis manos tu largo rato extático, 

quiebro con tu rapidez de doble filo 

mi pequeñez en traje de grandeza! 

Un día diurno, claro, atento, fértil 

¡oh bienio, el de los lóbregos semestres suplicantes, 

por el que iba la pólvora mordiéndose los codos! 

¡oh dura pena y más duros pedernales! 

!oh frenos los tascados por el pueblo! 

Un día prendió el pueblo su fósforo cautivo, oró de cólera 

y soberanamente pleno, circular, 

cerró su natalicio con manos electivas; 

arrastraban candado ya los déspotas 

y en el candado, sus bacterias muertas… 

¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas – 19 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

de dolores con rejas de esperanzas, 

de dolores de pueblos con esperanzas de hombres! 

¡Muerte y pasión de paz, las populares! 

¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendámonos! 

Tal en tu aliento cambian de agujas atmosféricas los vientos 

y de llave las tumbas en tu pecho, 

tu frontal elevándose a primera potencia de martirio. 

El mundo exclama: “¡Cosas de españoles!” Y es verdad. 

Consideremos, 

durante una balanza, a quemarropa, 

a Calderón, dormido sobre la cola de un anfibio muerto 

o a Cervantes, diciendo: “Mi reino es de este mundo, pero 

también del otro”: ¡punta y filo en dos papeles! 

Contemplemos a Goya, de hinojos y rezando ante un espejo, 

a Coll, el paladín en cuyo asalto cartesiano 

tuvo un sudor de nube el paso llano 

o a Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros 

o a Cajal, devorado por su pequeño infinito, o todavía 

a Teresa, mujer que muere porque no muere 

o a Lina Odena, en pugna en más de un punto con Teresa… 

(Todo acto o voz genial viene del pueblo 

y va hacia él, de frente o transmitidos 

por incesantes briznas, por el humo rosado 

de amargas contraseñas sin fortuna) 

Así tu criatura, miliciano, así tu exangüe criatura, 

agitada por una piedra inmóvil, 

se sacrifica, apártase, 

decae para arriba y por su llama incombustible sube, 

sube hasta los débiles, 

distribuyendo españas a los toros, 

toros a las palomas… 

Proletario que mueres de universo, ¡en qué frenética armonía 

acabará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine impelente, 

tu violencia metódica, tu caos teórico y práctico, tu gana – 20 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a traición, 

a tu enemigo! 

¡Liberador ceñido de grilletes, 

sin cuyo esfuerzo hasta hoy continuaría sin asas la extensión, 

vagarían acéfalos los clavos, 

antiguo, lento, colorado, el día, 

nuestros amados cascos, insepultos! 

¡Campesino caído con tu verde follaje por el hombre, 

con la inflexión social de tu meñique, 

con tu buey que se queda, con tu física, 

también con tu palabra atada a un palo 

y tu cielo arrendado 

y con la arcilla inserta en tu cansancio 

y la que estaba en tu uña, caminando! 

¡Constructores 

agrícolas, civiles y guerreros, 

de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito 

que vosotros haríais la luz, entornando 

con la muerte vuestros ojos; 

que, a la caída cruel de vuestras bocas, 

vendrá en siete bandejas la abundancia, todo 

en el mundo será de oro súbito 

y el oro, 

fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de sangre, 

y el oro mismo será entonces de oro! 

¡Se amarán todos los hombres 

y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos tristes 

y beberán en nombre 

de vuestras gargantas infaustas! 

Descansarán andando al pie de esta carrera, 

sollozarán pensando en vuestras órbitas, venturosos 

serán y al son 

de vuestro atroz retorno, florecido, innato, 

ajustarán mañana sus quehaceres, sus figuras soñadas 

[y cantadas! – 21 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Unos mismos zapatos irán bien al que asciende 

sin vías a su cuerpo 

y al que baja hasta la forma de su alma! 

¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán! 

¡Verán, ya de regreso, los ciegos 

y palpitando escucharán los sordos! 

¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios! 

¡Serán dados los besos que no pudisteis dar! 

¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga 

traerá pedacitos de pan al elefante encadenado 

a su brutal delicadeza; volverán 

los niños abortados a nacer perfectos, espaciales 

y trabajarán todos los hombres, 

engendrarán todos los hombres, 

comprenderán todos los hombres! 

¡Obrero, salvador, redentor nuestro, 

perdónanos, hermano, nuestras deudas! 

Como dice un tambor al redoblar, en sus adagios: 

qué jamás tan efímero, tu espalda! 

qué siempre tan cambiante, tu perfil! 

¡Voluntario italiano, entre cuyos animales de batalla 

un león abisinio va cojeando! 

¡Voluntario soviético, marchando a la cabeza de tu pecho 

[universal! 

¡Voluntarios del sur, del norte, del oriente 

y tú, el occidental, cerrando el canto fúnebre del alba! 

¡Soldado conocido, cuyo nombre 

desfila en el sonido de un abrazo! 

¡Combatiente que la tierra criara, armándote 

de polvo, 

calzándote de imanes positivos, 

vigentes tus creencias personales, 

distinto de carácter, íntima tu férula, 

el cutis inmediato, 

andándote tu idioma por los hombros – 22 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

y el alma coronada de guijarros! 

¡Voluntario fajado de tu zona fría, 

templada o tórrida, 

héroes a la redonda, 

víctima en columna de vencedores: 

en España, en Madrid, están llamando 

a matar, voluntarios de la vida! 

¡Porque en España matan, otros matan 

al niño, a su juguete que se para, 

a la madre Rosenda esplendorosa, 

al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo 

y al perro que dormía en la escalera. 

Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares, 

a su indefensa página primera! 

Matan el caso exacto de la estatua, 

al sabio, a su bastón, a su colega, 

al barbero de al lado -me cortó posiblemente, 

pero buen hombre y, luego, infortunado; 

al mendigo que ayer cantaba enfrente, 

a la enfermera que hoy pasó llorando, 

al sacerdote a cuestas con la altura tenaz de sus rodillas… 

¡Voluntarios, 

por la vida, por los buenos, matad 

a la muerte, matad a los malos! 

¡Hacedlo por la libertad de todos, 

del explotado, del explotador, 

por la paz indolora -la sospecho 

cuando duermo al pie de mi frente 

y más cuando circulo dando voces- 

y hacedlo, voy diciendo, 

por el analfabeto a quien escribo, 

por el genio descalzo y su cordero, 

por los camaradas caídos, 

sus cenizas abrazadas al cadáver de un camino! – 23 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Para que vosotros, 

voluntarios de España y del mundo, vinierais, 

soñé que era yo bueno, y era para ver 

vuestra sangre, voluntarios… 

De esto hace mucho pecho, muchas ansias, 

muchos camellos en edad de orar. 

Marcha hoy de vuestra parte el bien ardiendo, 

os siguen con cariño los reptiles de pestaña inmanente 

y, a dos pasos, a uno, 

la dirección del agua que corre a ver su límite antes que arda. 

(De: España, aparta de mí este cáliz, 1039) – 24 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Intensidad y altura 

Quiero escribir, pero me sale espuma 

Quiero escribir, pero me sale espuma, 

quiero decir muchísimo y me atollo; 

no hay cifra hablada que no sea suma, 

no hay pirámide escrita, sin cogollo. 

Quiero escribir, pero me siento puma; 

quiero laurearme, pero me encebollo. 

No hay toz hablada, que no llegue a bruma, 

no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo. 

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba, 

carne de llanto, fruta de gemido, 

nuestra alma melancólica en conserva. 

Vámonos! Vámonos! Estoy herido; 

Vámonos a beber lo ya bebido, 

vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva. 

(De: Poemas humanos, 1937) – 25 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

La rueda del hambriento 

Por entre mis propios dientes salgo humeando, 

dando voces, pujando, 

bajándome los pantalones… 

Váca mi estómago, váca mi yeyuno, 

la miseria me saca por entre mis propios dientes, 

cogido con un palito por el puño de la camisa. 

Una piedra en que sentarme 

¿no habrá ahora para mí? 

Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz, 

la madre del cordero, la causa, la raíz, 

¿ésa no habrá ahora para mí? 

¡Siquiera aquella otra, 

que ha pasado agachándose por mi alma! 

Siquiera 

la calcárida o la mala (humilde océano) 

o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre 

ésa dádmela ahora para mí! 

Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto, 

ésa dádmela ahora para mí! 

Siquiera la torcida y coronada, en que resuena 

solamente una vez el andar de las rectas conciencias, 

o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva, 

va a caer por sí misma, 

en profesión de entraña verdadera, 

¡ésa dádmela ahora para mí! 

Un pedazo de pan, tampoco habrá para mí? 

Ya no más he de ser lo que siempre he de ser, 

pero dadme 

una piedra en que sentarme, 

pero dadme, 

por favor, un pedazo de pan en que sentarme, – 26 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

pero dadme 

en español 

algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse 

y después me iré… 

Halló una extraña forma, está muy rota 

y sucia mi camisa 

y ya no tengo nada, esto es horrendo. 

(De: Poemas humanos, 1939) – 27 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Los heraldos negros 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! 

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, 

la resaca de todo lo sufrido 

se empozara en el alma… ¡Yo no sé! 

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras 

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. 

Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; 

o los heraldos negros que nos manda la Muerte. 

Son las caídas hondas de los Cristos del alma 

de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. 

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como 

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; 

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido 

se empoza, como charco de culpa, en la mirada. 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! 

De: Los heraldos negros, 1918) – 28 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Masa 

Al fin de la batalla, 

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre 

y le dijo: «No mueras, te amo tanto!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Se le acercaron dos y repitiéronle: 

«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, 

clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Le rodearon millones de individuos, 

con un ruego común: «¡Quédate hermano!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Entonces, todos los hombres de la tierra 

le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado; 

incorporóse lentamente, 

abrazó al primer hombre; echóse a andar… 

De: España, aparta de mí este cáliz (1939) – 29 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Los mineros salieron de la mina 

Los mineros salieron de la mina 

remontando sus ruinas venideras, 

fajaron su salud con estampidos 

y, elaborando su función mental 

cerraron con sus voces 

el socavón, en forma de síntoma profundo. 

¡Era de ver sus polvos corrosivos! 

¡Era de oír sus óxidos de altura! 

Cuñas de boca, yunques de boca, aparatos de boca 

(¡Es [formidable!) 

El orden de sus túmulos, 

sus inducciones plásticas, sus respuestas corales, 

agolpáronse al pie de ígneos percances 

y airente amarillura conocieron los trístidos y tristes, 

imbuidos 

del metal que se acaba, del metaloide pálido y pequeño. 

Craneados de labor, 

y calzados de cuero de vizcacha, 

calzados de senderos infinitos, 

y los ojos de físico llorar, 

creadores de la profundidad, 

saben, a cielo intermitente de escalera, 

bajar mirando para arriba, 

saben subir mirando para abajo. 

¡Loor al antiguo juego de su naturaleza, 

a sus insomnes órganos, a su saliva rústica! 

¡Temple, filo y punta, a sus pestañas! 

¡Crezcan la yerba, el liquen y la rana en sus adverbios! 

¡Felpa de hierro a sus nupciales sábanas! 

¡Mujeres hasta abajo, sus mujeres! 

¡Mucha felicidad para los suyos! – 30 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Son algo portentoso, los mineros 

remontando sus ruinas venideras, 

elaborando su función mental 

y abriendo con sus voces 

el socavón, en forma de síntoma profundo! 

¡Loor a su naturaleza amarillenta, 

a su linterna mágica, 

a sus cubos y rombos, a sus percances plásticos, 

a sus ojazos de seis nervios ópticos 

y a sus hijos que juegan en la iglesia 

y a sus tácitos padres infantiles! 

¡Salud, oh creadores de la profundidad…! (Es formidable.) 

(De: Poemas humanos, 1939) – 31 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Los nueve monstruos 

Y, desgraciadamente, 

el dolor crece en el mundo a cada rato, 

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, 

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces 

y la condición del martirio, carnívora, voraz, 

es el dolor dos veces 

y la función de la yerba purísima, el dolor 

dos veces 

y el bien de ser, dolernos doblemente. 

Jamás, hombres humanos, 

hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera, 

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética! 

Jamás tanto cariño doloroso, 

jamás tan cerca arremetió lo lejos, 

jamás el fuego nunca 

jugó mejor su rol de frío muerto! 

Jamás, señor ministro de salud, fue la salud 

más mortal 

y la migraña extrajo tanta frente de la frente! 

Y el mueble tuvo en su cajón, dolor, 

el corazón, en su cajón, dolor, 

la lagartija, en su cajón, dolor. 

Crece la desdicha, hermanos hombres, 

más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece 

con la res de Rousseau, con nuestras barbas; 

crece el mal por razones que ignoramos 

y es una inundación con propios líquidos, 

con propio barro y propia nube sólida! 

Invierte el sufrimiento posiciones, da función 

en que el humor acuoso es vertical 

al pavimento, – 32 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

el ojo es visto y esta oreja oída, 

y esta oreja da nueve campanadas a la hora 

del rayo, y nueve carcajadas 

a la hora del trigo, y nueve sones hembras 

a la hora del llanto, y nueve cánticos 

a la hora del hambre y nueve truenos 

y nueve látigos, menos un grito. 

El dolor nos agarra, hermanos hombres, 

por detrás, de perfil, 

y nos aloca en los cinemas, 

nos clava en los gramófonos, 

nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente 

a nuestros boletos, a nuestras cartas; 

y es muy grave sufrir, puede uno orar… 

Pues de resultas 

del dolor, hay algunos 

que nacen, otros crecen, otros mueren, 

y otros que nacen y no mueren, otros 

que sin haber nacido, mueren, y otros 

que no nacen ni mueren (son los más) 

Y también de resultas 

del sufrimiento, estoy triste 

hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo, 

de ver al pan, crucificado, al nabo, 

ensangrentado, 

llorando, a la cebolla, 

al cereal, en general, harina, 

a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo, 

al vino, un ecce-homo, 

tan pálida a la nieve, al sol tan ardio! 

¡Cómo, hermanos humanos, 

no deciros que ya no puedo y 

ya no puedo con tanto cajón, 

tanto minuto, tanta 

lagartija y tanta 

inversión, tánto lejos y tánta sed de sed! – 33 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer? 

¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos, 

hay, hermanos, muchísimo que hacer. 

(De: Poemas humanos, 1939) – 34 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Pequeño responso a un héroe de la República 

Un libro quedó al borde de su cintura muerta, 

un libro retoñaba de su cadáver muerto. 

Se llevaron al héroe, 

y corpórea y aciaga entró su boca en nuestro aliento; 

sudamos todos, el ombligo a cuestas; 

caminantes las lunas nos seguían; 

también sudaba de tristeza el muerto. 

Y un libro, en la batalla de Toledo, 

un libro, atrás un libro, arriba un libro, retoñaba del cadáver. 

Poesía del pómulo morado, entre el decirlo 

y el callarlo, 

poesía en la carta moral que acompañara 

a su corazón. 

Quedóse el libro y nada más, que no hay 

insectos en la tumba, 

y quedó al borde de su manga el aire remojándose 

y haciéndose gaseoso, infinito. 

Todos sudamos, el ombligo a cuestas, 

también sudaba de tristeza el muerto 

y un libro, yo lo vi sentidamente, 

un libro, atrás un libro, arriba un libro 

retoñó del cadáver ex abrupto. 

(De: España, aparta de mí ese cáliz, 1939) – 35 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Un hombre pasa con un pan al hombro 

Un hombre pasa con un pan al hombro 

¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? 

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo 

¿Con qué valor hablar del psicoanálisis? 

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano 

¿Hablar luego de Sócrates al médico? 

Un cojo pasa dando el brazo a un niño 

¿Voy, después, a leer a André Bretón? 

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre 

¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo? 

Otro busca en el fango huesos, cáscaras 

¿Cómo escribir, después del infinito? 

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza 

¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora? 

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente 

¿Hablar, después, de cuarta dimensión? 

Un banquero falsea su balance 

¿Con qué cara llorar en el teatro? 

Un paria duerme con el pie a la espalda 

¿Hablar, después, a nadie de Picasso? 

Alguien va en un entierro sollozando 

¿Cómo luego ingresar a la Academia? 

Alguien limpia un fusil en su cocina – 36 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¿Con qué valor hablar del más allá? 

Alguien pasa contando con sus dedos 

¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito? 

De Poemas humanos, 1939 – 37 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Va corriendo, andando, huyendo 

Va corriendo, andando, huyendo 

Va con dos nubes en su nube, 

sentado apócrifo, en la mano insertos 

sus tristes paras, sus entonces fúnebres. 

Corre de todo, andando 

entre protestas incoloras; huye 

subiendo, huye 

bajando, huye 

a paso de sotana, huye 

alzando al mal en brazos, 

huye 

directamente a sollozar a solas. 

Adonde vaya, 

lejos de sus fragosos, cáusticos talones, 

lejos del aire, lejos de su viaje, 

a fin de huir, huir y huir y huir 

de sus pies -hombre en dos pies, parado 

de tanto huir- habrá sed de correr. 

¡Y ni el árbol, si endosa hierro de oro! 

¡Y ni el hierro, si cubre su hojarasca! 

Nada, sino sus pies, 

nada sino su breve calofrío, 

sus paras vivos, sus entonces vivos… 

(De: Poemas humanos, 1939) – 38 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Y no me digan nada 

Y no me digan nada, 

que uno puede matar perfectamente, 

ya que, sudando tinta, 

uno hace cuanto puede, no me digan.. 

Volveremos, señores, a vernos con manzanas; 

tarde la criatura pasará, 

la expresión de Aristóteles armada 

de grandes corazones de madera, 

la de Heráclito injerta en la de Marx, 

la del suave sonando rudamente… 

Es lo que bien narraba mi garganta: 

uno puede matar perfectamente. 

Señores, 

caballeros, volveremos a vernos sin paquetes; 

hasta entonces exijo, exigiré de mi flaqueza 

el acento del día, que, 

según veo, estuvo ya esperándome en mi lecho. 

Y exijo del sombrero la infausta analogía del recuerdo, 

ya que, a veces, asumo con éxito mi inmensidad llorada, 

ya que, a veces, me ahogo en la voz de mi vecino 

y padezco 

contando en maíces los años, 

cepillando mi ropa al son de un muerto 

o sentado borracho en mi ataúd… 

(De: Poemas humanos, 1939) – 39 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Bibliografía 

En papel: 

Poesía 

Los heraldos negros 

Trilce 

Poemas completos 

Poesía completa (4 vol). 

Obras esenciales 

En Internet: 

Poemas escogidos. Editorial Ayacucho 

César Vallejo: Poemas totales 

d – 40 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Í N D I C E 

3 Reseña biográfica 

5 ¡Ande desnudo, en pelo, el millonario! 

7 Completamente 

8 Confianza en el anteojo, no en el ojo 

9 Considerando en frío, imparcialmente… 

11 ¡Cuídate, España, de tu propia España! 

12 El momento más grave de mi vida 

13 El pan nuestro de cada día 

14 España, aparta de mí este cáliz 

15 Gleba 

18 Himno a los voluntarios de la República 

24 Intensidad y altura 

25 La rueda del hambriento 

27 Los heraldos negros 

28 Masa 

29 Los mineros salieron de la mina 

31 Los nueve monstruos 

34 Pequeño responso a un héroe de la República 

35 Un hombre pasa con un pan al hombro 

37 Va corriendo, andando, huyendo 

38 y no me digan nada 

39 Bibliografía 

d – 41 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Colección de Poesía Social 

“Entre los Poetas míos…” 

1: Ángela Figuera Aymerich 

2: León Felipe 

3: Pablo Neruda 

4: Bertolt Brecht 

5: Gloria Fuertes 

6: Blas de Otero 

7: Mario Benedetti 

8: Erich Fried 

9: Gabriel Celaya 

10: Adrienne Rich 

11: Miguel Hernández 

12: Roque Dalton 

13: Allen Ginsberg 

14: Antonio Orihuela 

15: Isabel Pérez Montalbán 

16: Jorge Riechmann 

17: Ernesto Cardenal 

18: Eduardo Galeano 

19: Marcos Ana 

20: Nazim Hikmet 

21: Rafael Alberti 

22: Nicolás Guillén 

23: Jesús López Pacheco 

24: Hans Magnus Enzensberg 

25: Denise Levertov 

26: Salustiano Martín 

27: César Vallejo 

28: Óscar Alfaro 

29: Abdellatif Laabi 

30: Elena Cabrejas 

31: Enrique Falcón 

32: Raúl González Tuñón 

33: Heberto Padilla 

34: Wole Soyinka 

35: Fadwa Tuqan 

Continuará – 42 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Cuaderno 27 de Poesía Social 

“Entre los poetas míos” 

César Vallejo 

Omegalfa 

Junio2013