El vecino francés, o de cómo la ¿izquierda? francesa, “sigue desgarrando”, o mejor dicho, intentando desgarrar a España, alimentando , una vez más la leyenda negra anti española usando el mito de la sublime “grandeza de Francia “,esa mítica República, hoy bastante venida a menos, del no menos mistificado Napoleón.

En esta entrada ponemos a consideración de quien leyere, unas referencias para el análisis y la crítica, en torno a lo que está jugándose en este mes de elecciones generales en España ( el domingo 10 de noviembre de 2019 ) tras el fracaso para lograr “formar gobierno”, tras las elecciones de hace unos pocos meses, y en un momento complejo , al menos si tenemos presente el radicalizado movimiento secesionista promovido desde partidos antiespañoles varios en la provincias catalanas de España. Partidos pro secesión de España, en esta ocasión más o menos descaradamente apoyados por un conocido medio de noticias francés, como es en el caso que referimos ahora, del Le Monde Diplomatique. A mi juicio ( INTROFILOSOFIA), en esta ocasión el Le Monde Diplomaqtique se ha decidido por hacer periodismo tipo panfletario.

https://www.publico.es/politica/joan-garces-encontramos-solucion-catalunya-decidira-potencia-extranjera.html

Camiseta promocionada por el diario Público, como regalo a sus suscriptores . Aprovechando al máximo los “beneficios” de la exhumación de Franco Del Valle de los Caídos .

El artículo -en modo entrevista- del periodista Alejandro Torrús (Diario Público) a Joan E Garcés, se publicaba el día 18 de octubre de 2019, en Madrid. ( Ver enlace arriba de la anterior imagen )

Y “casualmente”, el mensual Le Monde Diplomatique en español ( versión adaptada, en parte, a los lectores en España, basada en el matriz francés Le Monde Diplomatique ) , publica en el número del mes de noviembre de 2019, ( al quiosco donde lo compro, en Santander, España, les había llegado justo hoy miércoles 6 de noviembre, a cuatro días , casualmente, de las próximas elecciones, y dos días después del “debate” emitido la noche del lunes 4 de noviembre por la cadena de televisión del Estado, TVE, Televisión Española.

En la página de contraportada , la más importante , por su visibilidad, tras la portada, está íntegramente dedicada a un artículo firmado por el entrevistado de la edición de Público mencionada arriba, pero ahora, el entrevistado es del mismo autor de una artículo de “tipo periodismo de investigación y análisis político “

El Le Monde Diplomatique edición española, pone el título a toda página: La revuelta republicana en Cataluña. Firmado por: Joan Garcés, ” Premio Nobel alternativo 1999(Fundación Rightly livelyhood,, Suecia) -copia textual del Le Mode Diplomatique-

Es evidente, para cualquier lector crítico y atento, que este mensual francés, apoya a los partidos pro secesionistas no sólo catalanes, sino de otras autonomías españolas,, aunque lo dice sólo de modo muy sutil ( o más bien muy hipócritamente ), como a la francesa, para que no se vea claramente que en estos tres largos artículos dedicados a fustigar a España, en plan negrolegendario y qué grande es la grandeur de La Republique Française, etc. . Los tres artículos son muy sesgados políticamente, cosa que pareciera casi lógica dado que tenemos ya un político metido a la francesa en España, que fuera nada menos que Ministro de Interior de Francia , nos referimos, claro es, al actual concejal y aspirante a alcalde de Barcelona en las últimas municipales, el señor Valls, hoy en el partido de “centro” ( no tengo muy claro si centro-derecha o centro-izquierda), es decir, de Ciudadanos.

Los artículos que hemos mencionado , que publica Le Monde Diplomatique de este mes, justo unos pocos días antes de las elecciones del 10 de noviembre son los siguientes:

Parte superior de la primera página, donde se destacan dos de los tres artículos sobre España y el secesionismo catalán, aunque no se lo llama así en la publicación, sino que para el mensual afrancesado se trata de algo tan sublime, como un derecho republicano a decidir, gracias a la Liberté, Egalité y Fraternité de la grandiosa Francia tan y tantas veces mitificada. – Y , podemos agregar, falseada por la propaganda , según qué circunstancias y momentos históricos e intereses políticos o económicos de Francia.


Obsérvese el mensaje de la foto, perfectamente ad hoc elegido por los editores del diario.
Y de igual manera, llama la atención, el enorme y amarillista gran título, propagandista título, en grandes letras en rojo “republicano” de la IIª República.

Este artículo, que ocupa una página completa, a cuatro columnas, la 14, y media, la 15, las dos centrales del periódico especializado en “análisis y crítica” política, fue redactado por dos “enviados especiales” ( suponemos que enviados por la central en Francia; París ): Pauline Perrenot y Vladimir Slonska-Malvaud. Podemos calcular que una página y media equivalen, más o menos a unos siete folios a máquina, que no está mal en cuanto a cantidad de “información y datos para el “análisis ” “. Este es el primero en aparecer.


Parte del primer artículo
Parte del primer artículo, mostrando una imaginad hoc que muestra el foro odio al dictador y “asesino” que ha sido el mantra en la campaña electoral por parte del presidente en funciones, del PSOE, Pedro Sánchez, y al que se ha apuntado toda la izquierda más radical, como Unidas Podemos y sus variantes locales, los secesionistas y los independentistas , aun siendo de “derechas” varios de entre ellos, han hecho causa común y aprovechado todos este icono del Franco asesino y”padre político ” de los partidos de la o las derechas . El mito está navegando a toda vela, otra cosa es que el viento les sea favorable , porque , acaso, el pueblo español no sople esas velas de los barcos piratas y corsarios apoyados por enemigos, como la Francia, entre otros.
Barco español, protegiendo la costa del Norte de España,de los ataques franceses. Siglo XIX. Se ve el Fuerte de la Villa de Santoña, actual autonomía de Cantabria. España. Nunca pudieron tomar Santoña las naves invasoras.

El segundo artículo, del historiador inglés Paul Preston, lleva como título una frase que, según “explica” el historiador británico, la dijo el señor Enrique Suñer, elegido por Franco para presidir el Tribunal de Responsabilidades Políticas. El título hace referencia a la forma en que veía a los políticos republicanos Suñer, según han adaptado los editores al poner este TÍTULO DEL ARTÍCULO DE P PRESTON:

Los republicanos, jabalíes y ungulados.

Segundo artículo. Media página, a cinco columnas ( pág. 15). Firmado por el historiador e “hispanista” británico Paul Preston

El artículo del historiador Preston, desde luego , no es un texto académico, sino claramente un tipo de publicación que deja ver un clarísimo sesgo anti español y pro secesionista. Poco serio, silo analizamos desde una perspectiva Histórica mínimamente rigurosa. Creemos, que si el Le Monde Diplomatique hubiera tratado de publicar información crítica y para un análisis lo más objetivo posible, de lo que pasa en la España del presente , y de las conexiones que puede haber con los sucesos de la Guerra Civil del 36-39, tienen a su disposición excelentes historiadores españoles, que realmente hubieran aportado, a mi juicio, más “luz” para ver con mayor claridad de ideas estas cuestiones. Me permito mencionar un historiador, excelente conocedor de la Guerra Civil y de los intereses de otras potencias en la misma, como es Enrique Moradiellos.

No hace falta cantidad, sino que es muy importante sobre todo la CALIDAD, cuando consultamos asuntos relacionados con la Historia. Sugiero la lectura de este libro de Moradiellos, para aclarar ideas oscuras y sobre todo para deshacer entuertos y tanta “basura histórica fabricada”, por los enemigos de España, internos y externos.
El tercer artículo , de Joan Garcés, ocupa completa la contraportada, una de las páginas más visibles. Todo un panfleto contra la España realmente existente, y todo un inmenso cúmulo de basura histórica fabricada, para mostrar la faz que los enemigos de España pretenden ser la verdadera, aun a sabiendas de que están fabricando un monstruo, tan conocido ya como esa vieja y rabiosamente anti hispana leyenda negra. Tratan de fabricar y reproducir en tiempos de la posverdad (Orwell, la neolengua y el Misterio de la Verdad) y del pensamiento débil, un nuevo mito preñado de oscurantismo y políticamente corrosivo y muy dañino para la convivencia de todo un pueblo y nación política como es el español: el mito de la Cataluña de la grandeur republicana, que es sólo eso , un mito oscurantismo donde los haya. Y que además, trabaja para el inglés ( y claro es, también y acaso sobre todo, para el francés por supuesto, para el alemán)
La Pax estalinista

Ensayo sobre el curso de la ultraderecha en España

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Hispania, LXI/1, num. 207 (2001)

LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESP AÑOLA

RESUMEN:

por
PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

U.N.E.D.

El concepto de «extrema derecha» abarca, tanto a nivel de pensamiento como de práctica política, un conjunto de «tradiciones» coincidentes en su rechazo del pluralismo político,

en la defensa de sistemas de carácter autoritario o totalitario, en una perspectiva antro- pológica pesimista y en una acción social antirrevolucionaria y, a la vez, reformista.

Pero separadas entre sí en no pocos aspectos. Podemos distinguir, así, entre diversas «tradiciones» de extrema derecha: la «teológico política» o tradicionalista, basa- da en la preeminencia del factor religioso; la «radical», que asume los supuestos secu- lares de la modernidad e intenta fundamentar su discurso en factores no religiosos: raza, nación, etc., y la «revolucionaria» o fascista, cuyo proyecto político tiene

por base una síntesis de elementos socialistas, nacionalistas y populistas, elaborada desde una perspectiva antiliberal y antimarxista. Estas «tradiciones» pueden ser cla- sificadas, según su vigencia social, en «hegemónicas», «residuales» y «emergentes». A

juicio del autor, lo característico de la situación española es el mantenimiento de la «tradición» teológico-política como hegemónica hasta bien entrado el siglo XX; y la situación subordinada de la radical y de la revolucionaria.

PALABRASCLAVE: España. Historia Contemporánea. Extrema Derecha.

The term «extreme right» encompasses a range of «traditions» which have in common a rejection ofpolitical pluralism, a defence of authoritarian or totalitarian systems, a pessimistic view of man and an anti-revolutionary social policy. But these traditions are distinguished from each other in several aspects. We can separate several traditions on the extreme right: «political theology», based on the religious factor; the «radical» tradition, which emphasises secular factors such as race and nation, and the «revolutionary» or fascist tradition, based on a synthesis of socialistic, nationalistic and populist elements and an anti-liberal and anti- Marxist perspective. These traditions can be classified, according to their prevalence in society, as «hegemonic», «residual» or «emerging». In the authors view, the characteristic feature of the Spanish situation is the maintenance of «political

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ABSTRACT:

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IQQ PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

theology» as a hegemonic tradition well into the twentieth century, and the subordinate importance of the radical and revolutionary positions.

KEY WORDS: Spain. Modern History. Extreme Right.

INTRODUCCIÓN

El concepto de «extrema derecha» designa, tanto a nivel de praxis como de pensamiento político, una pluralidad de «tradiciones» unidas por temas, obje- tivos y, sobre todo, por enemigos comunes; pero igualmente hostiles entre sí en no pocos aspectos. Entendemos por «tradición» un «razonamiento extendido a lo largo del tiempo en el que ciertos acuerdos se definen y redefinen en térmi- nos de dos tipos de conflictos: los que tienen lugar con críticos y enemigos ex- ternos a la tradición, que rechazan todos o casi todos los elementos claves de los acuerdos fiíndamentales y aquellos otros debates internos e interpelativos por medio de los cuales se llegan a expresar el sentido y el motivo de esos acuerdos fiíndamentales y en el progreso de los cuales se constituye la tradi- ción». Cada una de estas tradiciones posee sus propias pautas internas para calibrar y dar respuesta a la problemática de su época. Pero, en un momento dado, pueden entrar en un período de crisis que las lleve a desaparecer, al serle imposible renovarse y reducir el número de problemas que tienen planteados. Cuando una «tradición» se inclina en este sentido —cuando está afectada por conflictos estériles y se limita a repetir las viejas fórmulas— se halla en una «crisis epistemológica», y solo podrá superarla elaborando una serie de concep- tos o una nueva síntesis de doctrinas e ideas, un marco de referencia que reúna estos tres requisitos: que permita a la «tradición» resolver sus problemas pen- dientes, que explique como se plantearon y por qué no se habían resuelto hasta ahora, y que haga ambas cosas destacando la continuidad básica existente entre la síntesis anterior y la nueva. Nunca está garantizado que pueda llevarse a cabo esa innovación conceptual dentro de la «tradición». Por ello, una «tradi- ción» no sólo puede entrar en un período de decadencia, sino incluso desapare- cer como consecuencia de esa crisis^

Cada crisis corresponde al impacto de los acontecimientos políticos, socia- les, económicos, culturales e ideológicos que, por su repercusión, obligan a las distintas «tradiciones» a una redefínición. Y en ese sentido, resulta útil distin- guir, por emplear la terminología de Raymond Williams, entre tradiciones «dominantes», «emergentes» y «residuales»^.

Por «dominantes» entendemos aquellas tradiciones que, durante largo tiempo, son capaces de configurar el pensamiento y el proyecto político de los sectores ubicados en la «extrema derecha»; y de adaptar sus contenidos a las

1 MaclNTYRE, K\2>s.áü\v. Justicia y racionalidad. Barcelona, 1994, páginas 394 y ss. 2 WILLIAMS, Raymond: Marxismo y literatura, Barcelona, 1980, páginas 143 y ss.

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nuevas formas económicas, sectores sociales e incluso a los nuevos valores, sin perder por ello sus características esenciales. «Emergente» sirve aquí para de- signar la génesis y configuración de nuevos estilos de pensamiento que llevan consigo proyectos, significaciones, valores y prácticas políticas de «extrema derecha», que entran en conflicto con la tradición hasta entonces dominante, consiguiendo convertirla en «residual», es decir, en anacrónica y disfuncional, incapaz de superar los nuevos retos sociales, sumiéndose en una irreversible crisis epistemológica. En ese sentido, podemos distinguir, tanto a nivel europeo como específicamente español, tres «tradiciones» de extrema derecha. La «teo- lógico política» —o tradicionalista, a secas—, cuyo proyecto ideológico intenta la sistematización del hecho religioso como legitimador de la práctica política. La «radical», que, frente a la anterior, asume los supuestos seculares de la mo- dernidad e intenta legitimar su discurso en valores no religiosos como la nación o la raza, y en nociones científicas extraídas de la biología, la etnología, la so- ciología o la jurisprudencia. Y, por último, la «revolucionaria» —o fascista—, cuyo proyecto político, producto de una época caracterizada por la moviliza- ción de las masas, se presenta como una síntesis de elementos nacionalistas, populistas y socialistas, elaborada en un sentido abiertamente antiliberal y an- timarxista. Por supuesto, la vigencia y el carácter de estas «tradiciones» se en- cuentra determinado por las características culturales de sus sociedades nacio- nales. No existe «extrema derecha» en sí; sólo existen sociedades nacionales, cada una de las cuales potencia determinadas tradiciones y otras no. En el caso español, la «tradición» dominante ha sido la «teológico-política», a lo largo de todo el siglo XIX y buena parte del XX. La perspectiva católica dotó a la ex- trema derecha española de unos esquemas de interpretación cargados de sím- bolos, mitos, imágenes, de todo un repertorio de significados sobre causalida- des y acontecimientos del mundo: el providencialismo, la lucha del Bien contra el Mal como motor de la Historia, la «causalidad diabólica» o la Edad de Oro perdida, etc. Además, la Iglesia católica consiguió presentarse como portadora de una «ideología nacional», es decir, de una orientación hegemónica, que du- rante mucho tiempo apenas fue conmovida por tendencias contrarias e hizo pasar por herético, por no-nacional cualquier otro pensamiento que le fuera inasimilable. Ello fue causa y, al mismo tiempo, efecto de la debilidad del na- cionalismo español. El Estado liberal español fue, dado el atraso social y eco- nómico del país, un Estado muy débil, incapaz de lograr una efectiva «naciona- lización de las masas» y de crear un ritual, una serie de símbolos capaces de estimular un sentimiento nacional fuerte al margen de la identidad religiosa. A ello se unió el papel secundario de la nación española en la sociedad inter- nacional contemporánea; y la consiguiente ausencia de un enemigo exterior.

Por todo ello, la tradición «radical», nacionalista y laica, fue no sólo más tardía que en la mayoría de los países europeos, sino mucho más débil. En rea- lidad, sus primeras manifestaciones de envergadura fueron los nacionalismos periféricos catalán y vasco, nacidos al socaire de la crisis finisecular. En el resto

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de España, sólo comenzó sus primeros balbuceos a lo largo de la crisis del sis- tema de la Restauración, para luego adquirir una mayor, aunque muy peque- ña, difusión, en sus perfiles menos extremos durante la II República. Y lo mis- mo ocurrió, en consecuencia, con la «revolucionaria», cuya principal caracterís- tica fiíe su marginalidad social y política hasta el estallido de la guerra civil. Fueron, pues, dos tradiciones «emergentes» incapaces de desplazar a la «domi- nante», que sólo a partir de los años sesenta entró en una irreversible crisis epistemológica, al socaire de las transformaciones sociales y las consecuencias del Concilio Vaticano II.

En ese sentido, el pensamiento político de la extrema derecha española se caracteriza por una continuidad que no se da en el resto de los países europeos. Ajena a planteamientos de carácter racista o imperialista, su originalidad histó- rica radica en su inquebrantable y permanente voluntad restauradora de los valores católicos y en su oposición a los principios configuradores del proyecto de la modernidad.

1. LA REACCIÓN «A LO DIVINO»

Como ha señalado François Furet, el momento clave de lo que podemos llamar «revolución liberal-democrática» ha de ubicarse en la Revolución france- sa, ya que fue a nivel del imaginario social que surgió algo verdaderamente nuevo con la afirmación del poder popular. Es allí, según él, donde se sitúa la verdadera discontinuidad: en el establecimiento de una nueva legitimidad, en la invención de una cultura democrática^. Esta mutación significa el cuestio- namiento de un tipo de sociedad jerárquica y desigualitaria, regida por una lógica teológico-política, en la que el orden social se encontraba fundamentado en la voluntad divina y en la que el cuerpo social era concebido como un todo en el que los individuos aparecían fijados en posiciones diferenciadas.

Sin este reto político-ideológico resulta imposible comprender la emergen- cia del conservadurismo o del tradicionalismo como estilos de pensamiento, nacidos de la experiencia de discontinuidad entre el presenta y el pasado. Bási- camente, se trata, como señaló Mannheim, de «la expresión de una tradición feudal que se ha vuelto consciente»”.

En el caso español, la discontinuidad en el imaginario social tiene su más directo origen en la agresión napoleónica de 1808, que produjo la reacción nacional conocida como Guerra de la Independencia; y cuya primera conse- cuencia fue el hundimiento, a nivel político e institucional, del Antiguo Régi- men, que de inmediato sustituido, a veces mediante las mismas personas, por

5 FURET, François: Pensarla Revolución francesa, Barcelona, 1980, páginas, 109 y ss.

” MANNHEIM, Karl: Ideología y utopía, México, 1987, páginas, 107 y ss. «El pensamiento con- servador», en Ensayos sohre sociología y psicología social, México, 1963, páginas 70 y 84.

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nuevas instituciones de soberanía popular —las Juntas—, que posteriormente darían lugar a las Cortes de Cádiz, las primeras Cortes constituyentes de la historia de España. En las Cortes constituyentes, se configuraron los grupos políticos que, en cierta forma, estaban ya prefigurados desde la época de la Ilustración: «realistas» y liberales. El sector realista no fue un sector homogé- neo; en él convivieron los defensores radicales del Antiguo Régimen y los sec- tores conservadores reformistas de inspiración jovellanista. El primero de estos sectores se caracterizó por la defensa de los privilegios estamentales de la no- bleza, del clero y de la Monarquía; y por la crítica del despotismo ilustrado, con vistas a la restauración de la España de los Austrías. Mientras que el se- gundo se mostraba partidario de llevar a cabo ciertas reformas liberalizadoras en la economía y en la sociedad, así como de reforzar las prerrogativas del rey^. A efectos de nuestro trabajo, nos interesa, ante todo, el primer grupo; el se- gundo es un claro precedente del liberalismo conservador posterior, cuyas tesis políticas llegarían a ser hegemónicas a lo largo de todo el siglo XIX^.

Entre los diputados «realistas» destaca Pedro de Inguanzo y Rivero, dipu- tado por Asturias y luego obispo de Zamora. Frente a la soberanía del pueblo, defendió la tesis tomista del origen divino del poder. Negó, además, la eficacia histórica de aquel principio, «germen fecundo de males y desgracias para el pueblo, únicamente ha servido de pretexto en las naciones para encender la tea de la discordia». Se opuso igualmente a la autodeterminación institucional, es decir, a la posibilidad de que los electores mudaran la forma de gobierno, «sis- tema que desquicia los fiíndamentos de la sociedad y está en contradicción con los verdaderos y esenciales principios del Derecho Público». Entendía la Monar- quía como una institución permanente e inmutable. Combatió el unicameralis- mo democrático e hizo una defensa a ultranza de las Cortes estamentales con sus brazos nobiliario y eclesiástico. Defendió la aristocracia de sangre y al clero de los ataques igualitarios y laicistas. Votó contra la abolición del Santo Oficio, contra las medidas desamortizadoras; y, en general, contra la filosofía liberal y las co- rrientes ilustradas^.

Fuera de las Cortes gaditanas, el más célebre crítico tradicional de las refor- mas liberales fue el Padre Francisco de Alvarado, más conocido por el sobre- nombre de «El Filósofo Rancio», maestro en el convento dominicano de San Pablo de Sevilla y autor de unas célebres Cartas críticas, en las que expone su sistema de gobierno y su oposición a los planteamientos liberales. Frente a la Constitución política, Alvarado reafirma la constitución tradicional, que consi- dera recogida en las Partidas, consistente en una Monarquía templada por Cor- tes estamentales, que voten las leyes y consientan los impuestos. En ese régi-

5 VÁRELA, Joaquín; La teoría del Estado en los orígenes del constitucionalismo hispánico (Las Cortes de Cádiz), Madrid, 1983, páginas, 19-20 y ss.

Ibidem, páginas 425-426.

7 Vid. CUENCA TORIBIO, Juan Manuel: Don Pedro de Inguanzo y Rivero (1764-1836). Último primado del Antiguo Régimen, Pamplona, 1965, páginas 77-78, 80-81 y ss.

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men, la facultad de dictar leyes descansa en el monarca; pero con las limitacio- nes de la representación estamental, de los fueros y de la religión católica. Al- varado hizo igualmente una defensa sin fisuras de la Inquisición, atacando to- dos los argumentos en su contra defendidos por los liberales e ilustrados, con especial referencia a los planteamientos de Arguelles ^. Muerto en 1814, Alva- rado disfrutó de una longeva fama postuma entre los defensores del tradiciona- lismo ideológico: Francisco Javier Caminero, Menéndez Pelayo, los padres Ge- tino y Gafo, e incluso conservadores liberales como Silvela le consideraron un gran filósofo y doctrinario político. La redacción de El Siglo Futuro, órgano del Partido Integrista de Nocedal, estaba presidida por el retrato del dominico. En

1934, José María Pemán le hizo protagonista de su obra teatral Cuando las Cor- tes de Cádiz^ y en 1941 se hizo una antología de sus escritos^ .

Tan importante o más que esta labor crítica fue la tarea propagandística y socializadora llevada a cabo por el clero a lo largo de la guerra de la Indepen- dencia. El hecho no era nuevo. El clero había participado decisivamente en la legitimación de la guerra contra la Convención. Ejemplo arquetípico de esta posición fue el opúsculo de Fray Diego de Cádiz, El soldado católico en guerras de religión (1794). Esta tendencia se agudizó a lo largo de la guerra contra Napo- león. Son innumerables los textos de sacerdotes que incitan a la lucha contra el francés «por la Religión». Se actualizó el santiaguismo y la apelación a las ad- vocaciones españolas a la Virgen, como la del Pilar. Son constantes los paralelos veterotestamentarios: los españoles eran los macabeos, mientras que los franceses están representados por las figuras más aborrecidas de la historia de Israel. La reacción de los clérigos ante las doctrinas liberales fije tan virulenta como inequí- voca. El liberalismo era «espíritu de libertinaje y disolución». Se ataca a las «sec-

tas francmasonas, ateísta y materialista». E igualmente a la prensa liberalizante, «peste de la sociedad, polilla del Estado y escándalo de nuestra Santa Religión» 1°. No es extraño, pues, que la inmensa mayoría de los clérigos recibiera con inusitado alborozo la restauración del régimen absoluto por Fernando VIL Pa- ra algunos sacerdotes, significó nada menos que el retorno de la «Monarquía hebrea»^^ En la legitimación del absolutismo fernandino tuvo singular impor-

tancia el célebre Manifiesto de los Persas, de 1814, suscrito por sesenta y nueve diputados realistas, encabezados por el Marqués de Mataflorida; y en el que se criticaba la obra de las Cortes de Cádiz, su convocatoria y la Constitución de

1812, cuya declaración de soberanía nacional era calificada como «despojo de

Las Cartas inéditas del Filósofo Rancio, Madrid, 1915, páginas 82, 120-121, 425-426 y ss.

9 Vid. DiZ-LoiS, María Cristina: «Fray Francisco de Alvarado y sus Cartas Críticas», en Estu- dios sobre las Cortes de Cádiz, Pamplona, 1967, páginas 123-199- HERRERO, Javier: Los orígenes del

pensamiento reaccionario español, Madrid, 1971, páginas, 267 y ss.
10 Vid. MARTÍNEZ ALBIACH, Alfredo: Religiosidad hispana y sociedad borbónica, Burgos, 1969,

páginas 81-98, 112-129 y ss. PORTERO, José Antonio: Pulpito e ideología en la España del siglo XIX,Zaragoza, 1978, páginas, 62-73 y ss.

Ibidem, páginas 465 y ss.

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la autoridad real sobre que la Monarquía española está fimdada, y cuyos reli- giosos vasallos habían jurado»; y lo mismo cabía decir de la libertad de prensa, «perjudicial para una nación pundorosa, y, además, subversiva en las Ameri- cas». Para los firmantes, la Constitución de 1812 era revolucionaria; una mera copia de la firancesa, sin tener en cuenta la «constitución tradicional», suscepti- ble de reforma. En el fondo, lo que se pedía era la restauración del Antiguo Régimen, con algunas reformas en los ámbitos de la administración, la justicia y las rentas del Estado^^.

No hay que olvidar que a todo ello contestó Fernando VII con el famoso decreto del 4 de mayo, aceptando sus proposiciones.

A nivel ideológico, la reacción fernandina tuvo sus representantes en figuras como Atilano Dehaxo Solórzano, José Clemente Carnicero, Francisco Puigserver
y, sobre todo, en Rafael Vélez, autor, entre otras obras, de Preservativo contra la irreligión Apología del Trono y del Altar. Ambas obras suponen una crítica radical de la Ilustración y del liberalismo, unidos en su lucha contra el catolicismo. Vélez atribuye al filosofismo remotos orígenes que van desde Simón el Mago hasta Napoleón. En ese sentido, la obra de las Cortes de Cádiz supuso una trai- ción a la lucha del pueblo español contra el francés; pues llevaba consigo «sus ideas de ilustración y sus planes de reforma». Vélez defiende la soberanía real y consideraba como germen de discordia la de los pueblos. El único derecho de éstos es representar, pedir y suplicar, a través de las Cortes. Los reyes ejercen
un poder paterno, como los sucesores de los primeros padres^^.

Con todo, la empresa doctrinal más importante de la época fernandina fue la publicación, entre 1826 y 1829, de La Biblioteca de Religión, en cuya organi- zación intervino el Cardenal Inguanzo, ahora arzobispo de Toledo. Su objetivo era, ante todo, «cooperar del modo posible al desempeño del cargo pastoral con el desengaño de los seducidos por los impíos y la lectura de los malos li- bros, como un preservativo para los débiles y como una obra que comunicando nuevas luces a los sabios las emplearan en beneficio de sus semejantes». La reli- gión católica era, en fin, «el norte fijo de las sociedades morigeradas, y el verda- dero barómetro de su grandeza y elevación» ^’^. A lo largo de sus tres años de exis- tencia, la Biblioteca tradujo obras de Lamennais, Feller, Bonald, Maistre, etc.

No obstante, la reacción fernandina y su posterior desarrollo, en particular los continuos equilibrios que el monarca hubo de establecer a lo largo de su

12 DiZ-LoiS, María Cristina: El Manifiesto de 1814, Pamplona, 1967, páginas 66 y ss. MURILLO FERROL, Francisco: «El Manifiesto de los Persas y los orígenes del liberalismo español», en Ensayos sobre sociedad y política. I, Barcelona, 1987, páginas 195 y ss.

‘5 DE VELEZ, Rafael: Preservativo contra la irreligión o los planes de la filosofía contra la Religión y el Estado realizadas por la Francia para subyugar la Europa seguido por Napoleón en la conquista de España y dado a la luz por algunos de nuestros sabios en perjuicio de nuestra Patria, Cádiz, 1812, páginas, 10 y ss.Apología del Trono y del Altar, Madrid, 1818, tomo I, páginas 48, 328-330 y 475.

‘”* «Discurso Preliminar», en Biblioteca de Religión, o sea colección de obras contra la incredulidad y errores de estos últimos tiempos, Madrid, 1826, tomo I, páginas VI y IX.

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reinado, no dejaron satisfechos a todos los sectores antiliberales. Durante el llamado «Trienio Liberal» las conspiraciones absolutistas proliferaron. Y sus éxitos más notables se produjeron en Cataluña, donde en el verano de 1822 los absolutistas controlaron la zona norte, e instalaron una Regencia en Seo de Ur- gel, integrada por el Marqués de Mataflorida, Jaime Creus y el barón de Eróles. La Regencia publicó tres manifiestos, en los que se criticaba la labor de los libera- les y se propugnaba el régimen tradicional, católico, monárquico y foral^^ No muy diferente fiíe el pensamiento de los llamados «Agraviados», cuya sublevación cuatro años después tuvo tanta amplitud que el propio Fernando VII hubo de trasladarse a Cataluña para dominarla: «Viva la Religión, viva el Rey absoluto, viva la Inquisición, muera la Policía, muera el Masonismo y toda secta oculta» ^’^.

El fracaso de estas insurrecciones llevó a los sectores absolutistas a la estra- tegia de intimidación a Fernando, mediante la conspiración en la Corte. Pero la nueva reina, María Cristina, tuvo una heredera; y el gobierno hizo publicar la Pragmática Sanción de 1789, que restableció los viejos usos sucesorios y desva- neció las esperanzas de que el hermano de Fernando, Carlos, ídolo de los abso- lutistas, subiera al trono. Poco a poco, se fue preparando lo que vino en llamar- se «carlismo», y que llegaría a convertirse en uno de los ejes de la vida política española de la época.

2. L A ESP AÑA ISABELINA: TRADICIONALISMO CARLISTA Y CONSERV ADURISMO AUTORITARIO

Con frecuencia, tiende a identificarse al carlismo con el conjunto del pen- samiento antiliberal de la época isabelina. No obstante, la realidad histórica resulta distinta. El carlismo no fue, en ese sentido, más que uno de los antilibe- ralismos posibles, cuya concreción ideológica posterior estuvo, de hecho, muy influida por pensadores afines al partido moderado o próximos a éste. No en vano, puede hablarse de un «tradicionalismo isabelino» —igualmente denomi- nado «conservadurismo autoritario» o «neocatolicismo»—, en el que estarían agrupadas figuras como Donoso Cortés, Jaime Balmes, Juan Bravo Murillo, etc.; y que unían su profundo antiliberalismo al reconocimiento de la legitimi- dad dinástica encarnada en Isabel IP^.

15 Vid. MARRERO, Vicente: El Tradiáonalismo Español del siglo XIX, Madrid, 1955 , páginas 69 y ss. ‘6 V id. TORRAS, Jaime: La guerra de los Agraviados, Barcelona, 1967, páginas 15 y 199-
>7 Vid. CÁNOVAS SÁNCHEZ, Francisco: El Partido Moderado, Madrid, 1982, páginas 125 y ss.

Marqués de ROZALEJO: Cheste o todo un siglo. El Isabelino Tradicionalista, Madrid, 1935. ALSINA RO- CA, José María: El tradicionalismofilosóficoen España, Barcelona, 1985. URIGÜEN, Begoña: Orígenes y evolución de la derecha española: el neocatolicismo, Madrid, 1988. MARCUELLO, Juan Ignacio: «Sistema constitucional, práctica parlamentaria y alternativas conservadoras en el liberalismo isabelino», enH’upania, n° 183, 1993, páginas 237 y ss.

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El carlismo careció de toda relevancia intelectual. En un principio, los par- tidarios de Don Carlos, en cuyas bases sociales existía un claro predominio de los sectores agrarios, campesinos y comunales, pudieron sostenerse a través de tradiciones consuetudinarias, en cierto modo preconscientes; y en su seno, por lo tanto, la reflexión ideológica y teórica tuvo una importancia muy secunda- ria^^. En ese sentido, el carlismo puede ser encarnado en un estilo de pensa- miento tradicionalista que se aproxima a lo que Mannheim llama «natural», es decir, adherido a «normas vegetativas y a viejos modos de vida ligados a ele- mentos mágicos de conciencia»^9. De 1833 a 1845, el carlismo, bajo la direc- ción de Carlos V, se movió, por ello, dentro de unos principios sumamente vagos, genéricos y abstractos, herederos, al menos en parte, de los plantea- mientos «realistas» gaditanos y de los apostólicos y «agraviados» del reinado de Fernando Vipo.

Carlos V no contó, en ese sentido, con ningún intelectual de talla. Dentro de esta común mediocridad, destacan Fray Magín Ferrer y Vicente Pou, cuyo modelo político-institucional seguía siendo el del «Antiguo Régimen»: Monar- quía absoluta y hereditaria. Consejo Real, Cortes estamentales, sistema foral, confesionalidad católica, etc^^

Sin embargo, el carlismo, como fuerza social y política de envergadura, tendió lógicamente a contrarrestar las realizaciones del liberalismo, suponien- do, de hecho, un importante freno a la consolidación de sus reformas; lo que, en gran medida, determinó la asunción por parte de un Estado liberal dirigido por los conservadores de ciertos postulados insertos en los supuestos con que se identificaba su antagonista. Ello se tradujo, durante la década moderada, en una política de ennoblecimiento de las élites, el aumento y el fortalecimiento de las prerrogativas regias y de la influencia del estamento eclesiástico a través del Concordato de 185 P^. Y es que la guerra civil finalizó, de hecho, con un pacto, el de Vergara, que fue algo más que un pacto militar entre las fuerzas contendientes. Tras ese pacto —agracias al cual el partido moderado se incre- mentó con muchos de los carlistas de la facción transigente de Maroto—, y

‘8 WiLHELMSEN, Alexandra: La formación del pensamiento político del carlismo (1810-1873), M a- drid, 1995, páginas 184 y ss.

‘9 MANNHEIM, Karl: Ideología y utopía, página 107.

20 Vid. MADARIAGA ORBEA, Juan y TAMAYO ERRAZQUIN, José: «Una lectura de la primeraguerra carlista: Los editoriales de la Gaceta Oficial y el Boletín de Navarra y Provincias Vascongadas»,en Híspanla, n° 190, 1981, paginas 149 y ss.

21 WiLHELMSEN, Alexandra: «Magín Ferrer, pensador carlista renovador olvidado», en Estudios
de Historia Moderna y Contemporánea. Homenaje a Federico Suárez Verdeguer, 
Madrid, 1991, páginas 401-490. «Pou, carlista temprano», en Razón Española, n° 55, septiembre-octubre 1992, páginas

101 y ss.
22 ARÓSTEGUI, Julio: «El carlismo en la dinámica de los movimientos liberales españoles. For-

mación de un modelo», en Actas de las PrimerasJomadas de Metodología Aplicadas a las Ciencias Socia- les, Santiago de Compostela, 1975, tomo IV, páginas 225 y ss. CANAL, Jordi: El Carlismo. Madrid, 2000.

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después de la fallida experiencia esparterista, el moderantismo se aprestó a construir el Estado y la sociedad a su medida, cuidándose de conciliar los nue- vos y los viejos intereses.

A la altura de los años cuarenta, la defensa cerrada e incondicional del «An- tiguo Régimen» había sido superada por la consolidación del Estado liberal en su versión conservadora. Y los tradicionalistas más conscientes iban a dar un nuevo carácter a su programa político, aceptando las nuevas realidades sociales y suministrando argumentos restauradores a los sectores sociales hegemónicos, frente a los contenidos del liberalismo democrático. Se trataba, en el fondo, de recurrir a amasijos de elementos nuevos y viejos. No podía restablecerse ya in toto el pasado: su proyecto iba a implicar más bien un nuevo equilibrio entre las nuevas y viejas fuerzas sociales. No era tanto una involución como una restau- ración. Así, la tradición teológico-politica fue capaz de renovar sus contenidos y adaptarse a las nuevas situaciones.

En ese sentido, resulta esencial la figura de Juan Donoso Cortés, en quien podemos ver al representante más radical del conservadurismo autoritario es- pañol. Pocas figuras de nuestra historia intelectual contemporánea han suscita- do el interés de historiadores y pensadores políticos extranjeros como Donoso. Es uno de los pensadores políticos a los que la historia actualiza periódicamen- te. Sus discursos de 1848 llegaron, en palabras de Cari Schmitt, «a fascinar al Continente europeo»^^.

Suele dividirse la vida y la obra de Donoso en dos grandes etapas: la prime- ra racionalista y liberal; fideísta y autoritaria la segunda. Sin embargo, en Do- noso las rupturas nunca son totales; y bajo la aparente discontinuidad fluyen profundas continuidades, tanto en los temas como en los planteamientos. Su espíritu elitista y antidemocrático, la búsqueda de elementos de cohesión para una sociedad en crisis permanente, el recurso a la dictadura, el diálogo conti- nuo con los pensadores tradicionalistas son constantes de su pensamiento. El permanente conservadurismo donosiano fue agudizándose tras el efecto que produjeren en su mente los sucesos de 1848, en los que vio, como Tocqueviíle, el primer intento de revolución socialista. A su modo de ver, la nueva situación exigía medidas excepcionales. No era solo la dictadura del «hombre fuerte e inteligente», sino la «disolución de todos los partidos antiguos y la formación de un nuevo», capaz de aglutinar en su seno los intereses de la Monarquía, la Iglesia, el Ejército y la propiedad. En aquellos momentos, el orden social des- cansaba sobre la acción conjunta de sacerdotes y militares, figuras tan necesa- rias como complementarias. La crisis contemporánea no podía solventarse, a su juicio, más que con el retorno a las viejas certezas católicas. Sólo la autoridad emanada de la religión podía esclarecer la dominación establecida en el orden social y, por ello, hacerla inmune a la crítica. Las posiciones políticas derivaban, en el fondo, de las actitudes ante la figura de Dios, en las que se perfilaban las

23 SCHMITT, Cari: Interpretación europea de Donoso Cortés, Madrid, 1952, páginas 122 y ss.

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dos fases sucesivas de la civilización: la positiva y la negativa. En la fase positi- va, gobierna un Dios providente; en la negativa, se producen tres negaciones sucesivas: el deísmo, que equivale a liberalismo, al negar la providencia divina; el panteísmo, que supone la democracia, que niega la existencia de un Dios trans- cendente al mundo; y el ateísmo, que equivale a socialismo y anarquismo, al negar la existencia de Dios. En el fondo, era la razón crítica la causa del caos so- cial. De la autonomía de la razón surgía el liberalismo, cuyas doctrinas prepara- ban el camino al socialismo. El liberalismo carecía de una estructura de carácter teológico, lo que le hacia vulnerable al socialismo, que era una «teología satáni- ca»; y, en ese sentido, su influencia sólo podía ser contrarrestada por el catolicis- mo^”^ . A pesar de sus exageraciones fideístas. Donoso resultó ser, en la práctica, un agudo analista político y, en ocasiones, un sagaz crítico del proyecto de la modernidad, cuyos principios iban a marcar durante mucho tiempo, no sólo la perspectiva ideológica de los sectores políticos antiliberáles, sino incluso los de la derecha conservadora: su influencia en Cánovas, por ejemplo, pese a las apari- encias, resulta evidente. No en vano, Cari Schmitt le consideró más actual que Joseph de Maistre, al romper, de hecho, con la legitimidad monárquica y conver- tirse en heraldo de la dictadura y el decisionismo^^. Planteamiento éste, por cier- to, muy criticado por los donosianos españoles, que siempre vieron en él a un monárquico y a un iusnaturalista ^6.

Más sereno y menos radical, Jaime Balmes fue el otro gigante intelectual del conservadurismo autoritario español del ochocientos. Pero, en realidad, Balmes tiene una sola cosa en común con Donoso: la causa católica y antiliberal que de- fienden. Miembro del estamento más castigado por la revolución liberal, su pro- yecto político yfilosóficotuvo como objetivo la restauración del papel hegemóni- co de la Iglesia católica en la sociedad española. En ese sentido, sus fórmulas po- líticas se caracterizan por un intento de transacción entre el tradicionalismo y el liberalismo moderado; es decir, «armonizar la sociedad nueva con la sociedad vieja». Inspirador ideológico de la facción más conservadora del partido mode- rado, la de los «tradicionalistas isabelinos», capitaneada por el Marqués de Vi- luma, Balmes, que nunca fue carlista, pretendió atraerse a los partidarios del Pretendiente, auspiciando la unión dinástica, a través del matrimonio del here- dero de Don Carlos con Isabel II. En ese sentido, podemos considerar a Balmes un pensador político ecléctico. Su punto de partida era el fracaso de la revolu- ción liberal española, mera copia de la francesa y, por lo tanto, incapaz de cons- tituirse en algo sólido y duradero. Su victoria había sido consecuencia de los trastornos provocados por la agresión francesa, aprovechados por una minoría audaz que supo hacerse con los resortes del poder. La labor de las Cortes gadi-

2′ DONOSO CORTÉS, Juan: «Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo», enObras Completas, Madrid, 1970, tomo II, páginas 643 y ss.

25 SCHMlTT, op. cit., página 132.

26 Vid. GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: «Cari Schmitt en España», en Dalmacio NEGRO PAVÓN (dir.), Estudios sobre Cari Schmitt, Madrid, 1995, páginas 231 y ss.

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tanas fue una traición a los principios por los que había luchado el grueso de la población española a lo largo de la Guerra de la Independencia, es decir, «el Rey y la Religión». Así pues, la sociedad española se encontraba en un claro período de «transición». El carlismo seguía siendo «el depositario del antiguo espíritu nacional»; mientras que el liberalismo contaba con la fuerza de la propiedad y la del Ejército. El militarismo era, a ese respecto, un producto de la incapacidad de las instituciones liberales para consolidar un poder civil efectivo^-‘.

La unión dinástica implicaba una transformación del sistema político en un sentido tradicional. Debía ser la expresión del auténtico «pensamiento de la Nación», arraigado en lo profundo de la comunidad y configurado en «su cato- licismo, en su monarquía y demás leyes fundamentales». La fórmula balmesia- na era un sistema bicameral, con una cámara alta en la que estuvieran repre- sentados los poderes estamentales: arzobispos y obispos natos, nombrados por el rey; Grandes de España, propietarios agrarios, alta burguesía. En la cámara baja, no debía entrar nadie que no disfrutara de un renta en bienes raíces de cuando menos doscientos mil reales. No obstante, la clave de su proyecto se encontraba en la Monarquía y la Iglesia. La Monarquía balmesiana era una auténtica autocracia, en la que el rey ejerce todos los poderes. A la Iglesia, por su parte, le correspondía la función legitimadora del sistema social y político; era la única institución española cuya voz podía oírse en el conjunto de la na- ción; y, por ello, como contrapartida a los daños de la desamortización, debía reconocérsele el derecho a disponer de bienes, la subvención a sus organizacio- nes y a la enseñanza confesional^^.

Mediante la constitución de este sistema político, Balmes pretendía crear un régimen político «puramente español», que desembocaría necesariamente en la fusión en un solo partido de los auténticos defensores del catolicismo y la monarquía; lo cual tendría como consecuencia el aniquilamiento de los parti- dos liberales: el progresismo sería declarado fuera de la ley, al igual que «una pequeña fracción del moderado»^^. Como es sabido, los planes de Balmes fraca- saron. La unión dinástica fue rechazada tanto por liberales como por la mayoría de los carlistas. Pero ello no significa que su proyecto político, lo mismo que el conjunto de su obra, careciese de influencia. En gran medida, la práctica políti- ca cotidiana del sector más influyente de los moderados, el capitaneado por Narváez, estuvo más conforme con las pautas del conservadurismo autoritario balmesiano y donosiano que con los cánones del constitucionalismo liberaP^.

Y no faltaron en el seno del moderantismo intentos de reforma en sentido autoritario de la ya de por sí escasamente liberal Constitución de 1845. El más célebre fue el auspiciado por Juan Bravo Murillo, representante del conserva-

27 BALMES, Jaime: Obras Completas, Madrid, 1950, tomo VI, páginas 33, 39, 224 y 71-72 y tomo VII, páginas 568 y ss.

28 BALMES: Obras Completas, tomo VI, páginas 638 y ss. 29 Ibidem, páginas 735 y ss. .

.30 Vid. MARCUELLO, Juan Ignacio: «Sistema constitucional, práctica parlamentaria y alternati- vas conservadoras en el liberalismo isabelino», en Hispania, n° 183, 1993, páginas 237 y ss.

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durismo autoritario, amigo de Donoso Cortés; y que llevó a término una de las reivindicaciones más transcedentales de los sectores católicos y tradicionalistas, como fue el Concordato de 1851, en el que se reconocía el catolicismo como única religión de la nación española. No obstante, Bravo Murillo es conocido, aparte de por su sobresaliente obra hacendística, por su proyecto constitucional nacido al calor del golpe de Estado francés de 1851. La justificación doctrinal más explícita de éste parece encontrarse en su opúsculo De la soberanía, donde defiende la soberanía popular, pero entiende que por sus actos positivos no es realizable. El mismo sufragio universal no pasa de ficción. En realidad, el único origen de la soberanía de derecho es el asentimiento tácito de los pueblos^^ El proyecto constitucional era muy breve y no contemplaba los derechos ciudada- nos, que pasaban a una ley orgánica. Su objetivo era «dejar más libre y expedi- tiva la autoridad real». Concedía al Rey y a las Cortes, conjunta o separada- mente, la iniciativa de proposición de leyes, y a ambos elementos en conjunto la posibilidad de hacerlas; pero en casos de urgencia el monarca, y en concreto el gobierno, podría gobernar por decreto. Mayor importancia tenía, sin embar- go, el carácter que se pretendió dar al Senado, pieza esencial del proyecto. Sus miembros lo serían por derecho propio; unos por nobleza hereditaria, con vincu- lación inalienable de los bienes raíces —lo que suponía la restauración de los mayorazgos—; otros por méritos en el ejercicio de la función pública, como ecle- siásticos, militares o magistrados, cuyo nombramiento correspondía al monarca. El Congreso estaría formado por diputados representantes de los distritos de la nación; su número sería de 171. Y las discusiones se harían a puerta cerrada^^.

Bravo Murillo buscó apoyos para su proyecto en la reina, la Corte y la Igle- sia; pero contó con la oposición de la mayoría del partido moderado, de los progresistas y de los militares, e incluso de su sector de la aristocracia. Lo cual significó el final de su carrera política.

Al mismo tiempo, el tradicionalismo ideológico tuvo, a lo largo del período isabelino, un amplio desarrollo, sobre todo en Cataluña y Mallorca, donde desta- có un grupo perfectamente definido de apologistas católicos reunidos por Joa- quín Roca y Cornet, a partir de 1837, en la revista barcelonesa La Religión. Roca y Cornet tradujo los Anales de la Filosofía Cristiana, de Bonnety; y en sus artículos es muy patente la influencia de Bonald. Y José Ferrer y Subirana, antiguo con- discípulo de Balmes, traduce y prologa a Bonald^^. Con Roca y Cornet colaboran Manuel de Cabanyes y los mallorquines Tomás Aguiló, y, sobre todo, José María Quadrado, el más interesante, sin duda, de todos ellos; competente historiador y

5′ BRAVO MURILLO, Juan;‘Políticay Administración en la España isabelina, Madrid, 1972, pági- nas 84 y ss.

32 PÉREZ SERRANO, Nicolas: «Bravo Murillo, hombre político», en Primer Centenario de Don Juan Bravo Murillo, Madrid, 1952, páginas 25 y ss.

” ALSINA ROCA José María: El tradicionalismofilosóficoen España. Su génesis en la generación ro- mántica catalana, Barcelona, 1985, páginas 149 y ss.

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apologista, colaboró con Balmes en sus campañas de El Conciliador y El Pensa- miento de la Nación, favorables al proyecto de unión dinástica^^.

Herederos de los planteamientos políticos de Donoso y Balmes fueron igualmente los llamados «neocatólicos» de Madrid. Pero se trata de pensadores de menor talla intelectual que sus maestros. La obra de estos escritores católi- cos se reduce a organizar un influyente frente polémico contra los krausistas; y tienen órganos de expresión propios, como El Pensamiento Español, fundado en

1860. Apologética y política se reúnen en ellos estrechamente. Su acción se extiende, sobre todo, al Parlamento y a la prensa; menos en la Universidad. En
el Parlamento están representados por Cándido Nocedal y Antonio Aparisi y Guijarro; en la prensa por Gabino Tejado —amigo personal y discípulo de Donoso—, Eduardo González Pedroso —director del célebre periódico El Pa- dre Cobos— y Francisco Navarro Ledesma; y en la Universidad por Ortí y Lara. Objeto preferido de sus campañas fueron los krausistas, a los que acusaron de panteístas y anticatólicos. Especialmente significativa fue, en ese sentido, su campaña de los «textos vivos» desde las columnas de El Pensamiento Español.Los «textos vivos» eran los profesores universitarios no católicos, preferente- mente krausistas, así como sus obras los «textos muertos». La campaña tuvo su resultado apetecido; pues por decreto del gobierno moderado el profesorado se vio obligado a prestar un doble juramento de fidelidad al catolicismo y a la monarquía^^

En el campo carlista, durante el período de Carlos VI cambiaron algunos principios ideológicos y la orientación política, todo ello a nivel de élite dirigen- te; pero en modo alguno se consiguió articular una doctrina precisa y coheren- te. Los documentos del Pretendiente, bajo la inspiración balmesiana, intenta- ron una aproximación a las bases sociales del Estado isabelino^*^. La pronta muerte del Conde de Montemolín frustró aquellas pretensiones. Y la extraña proclividad liberal de Don Juan, su heredero, erigió en guardiana de las esen- cias carlistas a la viuda de Carlos V, la Princesa de Beira, cuya Carta a los espa- ñoles, publicada en 1864, bajo la influencia del obispo Caixal y de Pedro de la Hoz^^, insistió en la tajante oposición al liberalismo, la defensa del catolicismo y de una Monarquía de derecho divino limitada por las leyes fundamentales del reino. La Carta definía como elemento axial de la Monarquía el principio de las dos legitimidades, la de origen y la de ejercicio. Era la respuesta a la actitud proliberal de Don Juan. La legitimidad de origen no quería decir legitimidad sin más. Legalidad y legitimidad debían coincidir; pero a veces lo legal por ser

5^ ISERN, Damián: Quadrado y sus obras, Madrid, 1896. SABATER, G^S^ZX: José María Quadrado,Palma de Mallorca, 1967.

35 URIGÜEN, Begoña: Orígenes y evolución de la derecha española: el neocatolicismo, Madrid, 1988, páginas 291 y ss.

36 WiLHELMSEN, Alexandra: La formación…, páginas 353 y ss.

3^ WiLHELMSEN, Alexandra: «Pedro de la Hoz, crítico del parlamentarismo», en Razonalismo. Homenaje a Fernández de la Mora, Madrid, 1995, páginas 301 y ss.

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injusto no era legítimo. La legitimidad de ejercicio suponía la fidelidad a las exigencias institucionales, la lealtad a todo lo que esencialmente supone la legi- timidad de origen, de tal forma que si la legitimidad de ejercicio fallaba, se borra la de origen^^.

3. DEL SEXENIO A LA RESTAURACIÓN

El estallido de la «Gloriosa» en septiembre de 1868 supuso, de facto, un re- fuerzo para las tendencias políticas de extrema derecha, sobre todo a las agru- padas en torno al tradicionalismo carlista. La caída de Isabel II tuvo importan- tes consecuencias a nivel político y a nivel simbólico. No fue solamente la ins- tauración del sufragio universal, adelantándose a la mayoría de los países euro- peos, o la aparición de la I Internacional, o la renovada influencia de los krausistas en la Universidad; fueron, sobre todo, las innovaciones de carácter religioso, como la promulgación de la libertad de cultos, o la expulsión de los jesuítas, las que más transcendencia tuvieron en el conjunto de la opinión pú- blica de la época. La ofensiva anticlerical coincidió, además, con un endureci- miento de las posiciones políticas y doctrinales de la Iglesia católica, que tuvo su máximo exponente en el célebre Syllabus y luego en el Concilio Vaticano I.

Todo lo cual hizo renacer al carlismo como movimiento político de enver- gadura, bajo la dirección de Carlos VII, Duque de Madrid. A raíz de la caída de Isabel II, el Pretendiente recibió nuevas e importantes adhesiones prove- nientes no sólo del campesinado, sino de sectores burgueses urbanos, del clero y, sobre todo, de los «neocatólicos», cuyos líderes más significativos. Nocedal, Aparisi, Navarro Villoslada, Tejado, etc., se pasaron, con armas y bagajes, a las filas carlistas.

Este nuevo auge del carlismo tuvo su manifestación más elocuente en la proliferación de la publicística contrarrevolucionaria, de la que fueron testimo-
nio El hombre que se necesita, de Navarro Villoslada; Don Carlos o el petróleo, de Vicente Manterola; o El Rey de España, de Aparisi y Guijarro. Igualmente, la prensa carlista conoció un apreciable incremento: unos ciento sesenta periódi-
cos y revistas; y el número de folletos rebasaba los sesenta^^ .

No obstante, la innovación ideológica fue mínima. La crisis española no generó, a diferencia de lo ocurrido en Francia, una renovación del tradiciona- lismo y del conservadurismo en un sentido positivista y secularizado. España no tuvo, ni, por otra parte, pudo tener su Renan, su Taine o su Fustel de Cou- langes. La razones de ello fueron, sobre todo, religiosas. Renan, por ejemplo, fue leído por los sectores liberales e izquierdistas de la época. Pero a los ojos de

38 Inserta en MARRERO, Vicente: El Tradicionalismo…, páginas 240 y ss.

59 EXTRAMIANA, José: Historia de las guerras carlistas,. San Sebastián, 1979, tomo I, páginas 200 y ss.

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tradicionalistas y católicos era, ante todo, un apóstata, cuya Vida de Jesús no podía ser vista más que como una blasfemia’^^. En ese sentido, no existió poste- riormente mención alguna a La reforma intelectual y moral, que tanto influyó en Charles Maurras y L’Action Française. Por otra parte, el positivismo se contem- pló por parte de católicos, conservadores y tradicionalistas como una filosofía inmanentista, atea e incluso revolucionaria; y no se tuvo en cuenta para nada sus indudables posibilidades contrarrevolucionarias”^

El pensador político afín al carlismo más reseñable fue el neocatólico Anto- nio Aparisi y Guijarro, quien durante el período isabelino se distinguió como un consumado orador y un sagaz e implacable crítico de las contradicciones del régimen liberal. En ese sentido, criticó el caciquismo, la ley de quintas, los pro- yectos desamortizadores de Madoz, etc. Previendo el estallido revolucionario, Aparisi calificó a Isabel II, en frase que llegó a hacerse célebre, «reina de los tristes destinos»’^^. Ya en el carlismo, a él se deben casi íntegramente los distin- tos manifiestos publicados por Carlos VIL De su producción ideológica, lo más reseñable es el proyecto de Constitución elaborado en julio de 1871 para que sirviera a la fusión entre alfonsinos y carlistas. En el proyecto, se establecían dos leyes fundamentales: la confesionalidad católica del Estado y la soberanía real. Y contemplaba la existencia de unas cortes corporativas y de un Consejo real que asesorara al monarca’^^.

Por su parte, Carlos VII prometió una «Ley Fundamental», en la que se ga- rantizaba «la unidad católica, símbolo de nuestras glorias, espíritu de nuestras leyes, bendito lazo de unión entre españoles»; concordato con la Santa Sede, cortes corporativas, descentralización, foralismo, protección de la industria na- cional. E intentó dejar claro que no se restaurarían «antiguas instituciones», como la Inquisición’^”.

No obstante, el carlismo estuvo dividido en tendencias radicalmente dis- conformes a lo largo del Sexenio: legalistas e insurreccionalistas. Los primeros estaban representados, sobre todo, por los neocatólicos; los segundos por los viejos carlistas. Los neocatólicos pudieron mostrar lo acertado de su posición en las elecciones de 1869 y de 1871; pero tras la muerte de Aparisi al año siguien- te y el fracaso electoral, la insurrección militar pareció a Don Carlos la única solución viable. La insurrección triunfó en Beramendi y Alpens, lo que permi- tió al Pretendiente retornar a España en julio de 1873, tomar Estella y hacer de

‘O Vid. PÉREZ GUTIÉRREZ, Francisco: Renan en España (Religión, ética y política), Madrid, 1988, páginas 113 y ss.

^^ NuÑEZ Ruiz, Diego: La mentalidadpositiva en España: desarrollo y crisis, Madrid, 1975, pági- nas 59 y ss.

^’^ APARISI Y GUIJARRO, Antonio: «El Rey de España», en En defensa de la libertad, Madrid, 1957, páginas 268 y 338.

^^ APARISI YGUIJARRO, Antonio: Obras Completas, Madrid, 1874, tomo III, páginas 373 y ss.^^ Inserto en MARRERO, Vicente: El Tradicionalismo…, páginas 391 y ss

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA H^

ella su capital. Ello le permitió forjar un embrión de Estado y poner en práctica sus proyectos políticos’^^ .

Los moderados autoritarios que, como Bravo Murillo, permanecieron fíeles a Isabel II, fundaron en 1872, con el apoyo de importantes miembros de la aristocracia tradicional y de la alta burguesía de negocios. La Defensa de la So- ciedad, revista que intentó aglutinar al conjunto de la derecha y de la extrema derecha frente a la amenaza encarnada en los proyectos del liberalismo radical, de la democracia y de la I Internacional. Entre sus colaboradores, hubo carlis- tas, como Aparisi y Nocedal; moderados, como Barzanallana y Pidal; conser- vadores liberales, como Cánovas del Castillo o el Marqués de Molins; y tam- bién fue significativa la presencia del clero: Zeferino González, Antolín Mones- cillo, Francisco Javier Caminero o el Padre Coloma. Los principios ideológicos de la revista fueron los de «Religión, Familia, Trabajo, Patria y Propiedad». En ese sentido, Joaquín Sánchez de Toca defendió, en una línea muy próxima a Bonald, la propiedad agraria como fuente de estabilidad política y sociaP^. Ze- ferino González y Caminero criticaron el positivismo y el krausismo como filo- sofías ateas, revolucionarias y antinacionales”^^. Ignacio María de Ferrán se mos- tró partidario de una Monarquía tradicional basada en el catolicismo y en el principio del «honor», e incompatible, por tanto, con la libertad de cultos, el sufragio universal y el liberalismo”^^. Carlos María Perier criticó el principio electivo y el sufragio universal, proponiendo en su lugar el familiar”^

Con respecto a la cuestión social, la revista defendió desde posturas abierta- mente paternalistas, como las de Padre Coloma, hasta proyectos corporativos y reformistas, como los de algunos empresarios como Sallares Pía y Muñoz Ceri- sola, afínes a la perspectiva de Balmes^o.

4. EL LARGO VERANO LIBERAL … Y TRADICIONAL

La Restauración de 1874, aunque no fue propiamente hablando una con- trarrevolución, sí fue una reacción conservadora que, en sus primeros momen-

“5 Vid. MONTERO DÍAZ, Julio: El Estado carlista (1872-1876), Madrid, 1992.
*'<‘ «De la propiedad», en La Defensa de la Sociedad, n° 174, 16-XII-1877, páginas 329 y ss.
^•^ GONZÁLEZ, Zeferino.’ El positivismo materialista. Artículos insertos en la revista «La Defensa de la

Sociedad», Madrid, 1872, páginas 7 y 38-40. «Estudios krausistas». La Defensa de la Sociedad, n° 142, 15-VIII-1876, páginas 195 y ss.

”s «Del honor de las Monarquías», en La Defensa de la Sociedad, n° 134, 16-IV-1875, páginas 100-101.

”9 «De la soberanía y el sufragio universal», en La Defensa de la Sociedad , n° 121, l-X-1875, páginas 30-31.

50 «Pobres y ricos (Artículo para ricos)», en La Defensa de la Sociedad, n° 6, l-IV-1872, páginas 11 y ss. «Huelgas», en La Defensa de la Sociedad, n° 169, l-X-1877, páginas 43 y ss. «Los barrios obreros», en La Defensa de la Sociedad, n° 118, 16-VIII-1875, páginas 581 y ss.

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1 1 5 PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

tos, anuló muchos de los logros sociales y políticos obtenidos durante el Sexe- nio. Su máximo artífice, Antonio Cánovas del Castillo, no perteneció a ninguna de las tradiciones de extrema derecha; era un conservador liberal, pero tampo- co fue inmune a la influencia del tradicionalismo ideológico y de la neoescolás- tica. El conservadurismo liberal de Cánovas admitía de modo pragmático aque- llas transformaciones políticas y sociales que parecían irreversibles; pero intentó conservar, al mismo tiempo, determinadas concepciones políticas y sociales tradicionales. Cánovas trató de conciliar historia y razón, pasado y presente, sociedad estamental y sociedad burguesa, Antiguo Régimen y liberalismo; y, en ese sentido, en la ideología de la Restauración «hay algo que —dirá Jesús Pabón— doctrinal e históricamente pertenece al Tradicionalismo»^^

Cánovas tuvo graves problemas con los sectores de extrema derecha, a cau- sa de su proyecto de unión liberal y su iniciativa de tolerancia de cultos, plas- mada, aunque de forma muy restringida, en el articulo 11 de la Constitución de 1876. Sin embargo, logró la integración de la Iglesia católica en el régimen, e hizo muchas concesiones a los católicos en materia social y de enseñanza. Gracias a ello, logró neutralizar durante algún tiempo a los sectores más agre- sivos de la extrema derecha. Pero estas concesiones contribuyeron a configurar un Estado dual. El Estado de la Restauración fue una mezcla de Estado consti- tucional, con amplias libertades de expresión y de asociación; y de Estado tra- dicional, donde la soberanía era compartida por el Rey y las Cortes, y en el que la influencia del Ejército, la Iglesia y la Corona resultaba determinante.

De esta forma, la Restauración supuso el comienzo, por emplear la expre- sión de George Steiner, de «un largo verano liberal», pero también tradicional, «un largo periodo de reacción y calma»^^. La estrategia canovista contribuyó a dividir a los sectores políticos de extrema derecha, entre un sector posibilista, favorable al reconocimiento de la legitimidad del régimen y de colaborar en sus instituciones, cuya genealogía era fundamentalmente balmesiana; y un sector radical, irreductible, de ascendencia carlista, que posteriormente se fragmenta- ria aún más con la escisión integrista.

El sector posibilista estuvo políticamente capitaneado por Alejandro Pidal y Mon, líder de la llamada Unión Católica, que intentó renovar el proyecto bal- mesiano de unión dinástica y alianza con el carlismo, cuya ejecución se saldó finalmente en un rotundo fracaso^^ Finalmente, Pidal y sus partidarios, al cho- car con la absoluta enemistad de los carlistas, terminaron integrándose en el partido liberal-conservador de Cánovas. Este fracaso a nivel político no debe ocultar la importancia de este sector, donde se encuentran las figuras mas señe-

51 PABÓN, Jesús: Cambó, 1876-1918, Barcelona, 1952, página 128.

52 STEINER, George: En el castillo de Barbazul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura, Barce- lona, 1992, páginas 22 y ss.

53 Vid. MAGAZ, José María: La Unión Católica (1881-1883), Roma,’ 1990.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA J ]^ y

ras de la cultura católica del momento. Pidal fue discípulo de Fray Zeferino González y Díaz Tuñón, principal representante español de la neoescolastica^’^.

El cardenal González no fiíe un reaccionario integral; y de acuerdo con los supuestos de la neoescolástica triunfante en el Concilio Vaticano 1 sometió a ñierte crítica los puntos más radicales del tradicionalismo filosófico, en particu- lar el fideísmo, el pesimismo o la enemiga de la «razón natural». Aunque muy critico con los contenidos del proyecto de la modernidad, consideraba imposi- ble un retorno a la etapa pre-moderna; como en el caso de Balmes, su posición fiíe ecléctica. Su programa político consistía en la restauración de la «Monar- quía templada», «muy lejos de nuestras monarquías constitucionales, en que el rey reina y no gobierna», y en la crítica de la economía política liberal, centrada exclusivamente en el individuo, a la que contraponía la «economía política cris- tiana», basada en el «bienestar moral» de la comunidad^^

Pidal tuvo ocasión de asistir a las lecciones de filosofía del dominico en el ma- drileño convento de la Pasión, junto a Eduardo Hinojosa y a Ortí y Lara. Pidal vio en Zeferino González al sucesor de Balmes y Donoso Cortés en el campo de la filosofía católica española^^ . Para el logro de su planes políticos, Pidal consiguió el apoyo de numerosos intelectuales católicos, como el Marqués de Vadillo, Damián Isern, Francisco Javier Caminero, Joaquín Sánchez de Toca, Eduardo Hinojosa, la condesa de Pardo Bazán, Marcelino Menéndez Pelayo, etc. Y ofreció a la Restau- ración alfonsina la neoescolástica como filosofía legitimadora. El neotomismo es- tablecía la razón soberana de Dios y los límites de la razón humana, mediante la restauración de la metafísica. De esta forma, se superaba, a nivel especulativo, la crisis inaugurada por el racionalismo, cuyo principal efecto había sido la seculari- zación de la filosofía y, por ende, de las sociedades. La metafísica tomista ofrecía, en ese sentido, la imagen de un mundo acabado y perfecto, sin contradicciones, como fruto y consecuencia de la voluntad suprema de Dios^^.

No obstante, la principal figura intelectual de la Unión Católica fue el his- toriador Marcelino Menéndez Pelayo, en cuya voluminosa obra el conjunto de la derecha y de la extrema derecha española encontró la crítica más sistemática a los lugares comunes de la historiografía liberal. Lo que Taine y Fustel de Coulanges supuso para el nacionalismo integral maurrasiano lo fue Menéndez Pelayo para el conjunto de la derecha española. Formado en el tradicionalismo balmesiano, Menéndez Pelayo interpretó la historia de España como la actuali- zación y autodespliegue del espíritu católico a lo largo de tiempo. La historia de España venía a ser una disputa permanente en favor del catolicismo frente a

5^* DÍAZDECERIO, Franco: U« Cardenalfilósofode la Historia, Roma, 1968.

” GONZÁLEZ, Zeferino: Historia de la Filosofía, Madrid, 1884, tomo IV, páginas 372 y ss. Estu- dios sobre la Filosofía de Santo Tomás, Madrid, 1887, tomo III, páginas 405 y ss. «La economía política y el cristianismo», en Estudios científicos,filosóficosy sociales, Madrid, 1873, tomo II, páginas 9-10 y ss.

56 PIDAL, Alejandro: «El Padre Zeferino», en Discursos y artículos literarios, Madrid, 1887, pági- nas 287-288.

” PlDAL, Alejandro: De la metafisica contra el naturalismo, Madrid, 1887, páginas 46 y ss.

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1 1 8 PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

la heterodoxia, que se iba repitiendo en ciclos de ascenso y decadencia, según fuese o no la Iglesia católica quien dirigiera ideológicamente a la sociedad es- pañola. Y es que, en el fondo, español era sinónimo de católico. Ello le llevó a privilegiar los momentos históricos de unidad católica, como el de los Austrias; y, en consecuencia, a rechazar tanto el de los Borbones como el liberal. En ese sentido, exaltó a la Inquisición, al Filosofo Rancio, a Balmes y Donoso y a to- dos los apologistas católicos, como auténticos representantes del espíritu nacio- nal, frente a los heterodoxos^^.

Frente a este sector posibilista, iba a surgir una tendencia mucho más radi- cal, que, con el tiempo, llegará a enemistarse con el propio Carlos VII, al que acusó de liberal. Fue lo que posteriormente vino en llamarse «integrismo»; y cuyo doctrinario más coherente fue el célebre presbítero Félix Sarda y Salvany, autor de El liberalismo es pecado, cuyo principal destinatario fue, en un principio, Alejandro Pidal. Desde la perspectiva teológico-política de este tradicionalista ra- dical, liberalismo era sinónimo, en la práctica, de «ladrón», «blasfemo», «adúlte- ro» y «criminal». Liberalismo era, en fin, racionalismo, capitalismo, espíritu bur- gués y anticatólico^^.

La aparición del Partido Integrista, tras la escisión carlista de 1888, dio un tinte aún más radical al tradicionalismo. El programa del Integrismo se apoya- ba, según la célebre Manifestación de Burgos de junio de 1889, obra de Ramón Nocedal, en los siguientes puntos: absoluto imperio de la fe católica «íntegra»; condena del liberalismo como «pecado»; negación de los «horrendos delirios que con el nombre de libertad de conciencia, de culto, de pensamiento y de im- prenta, abrieron las puertas a todas las herejías y a todos los absurdos extranje- ros»; descentralización regional y un cierto indiferentismo en materia de forma de gobierno*^°. El Integrismo no pudo competir intelectualmente con los miem- bros de la Unión Católica, ni políticamente con el carlismo; pero su espíritu im- pregnó durante mucho tiempo a un importante sector del clero y de la población católica española.

El conservadurismo autoritario y el tradicionalismo carlista recibieron un nuevo apoyo de la Iglesia católica, con la aparición de la encíclica Rerum No- varum, sobre todo por su condena del pensamiento político y social moderno —liberalismo, democracia y socialismo— y su rehabilitación de la concepción jerárquica de la sociedad y de los gremios*^^.

Al socaire de esta nueva coyuntura ideológica, el tradicionalismo carlista, li- bre de la rémora integrista, pudo renovar su proyecto político y su concepción

58 MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino: La Ciencia Española, Madrid, 1956 e Historia de los hetero- doxos españoles, Madrid, 1968.

59 SARDA Y SALVANY, Felix: El liberalismo es pecado, Madrid, s/f, páginas 8-9, 29-30 y ss.

^0 NOCEDAL, Ramón: «Manifestación de la Prensa Tradicionalista», en Obras. Discursos, Ma- drid, 1907, tomo II, páginas, 1-62.

6′ Vid. MONTERO GARCÍA, Feliciano: El primer catolicismo social y la Rerum Novarum en EspañaMadrid, 1983.

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I^S TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA

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de la sociedad, gracias a las aportaciones de Enrique Gil y Robles, traductor de Stahl y crítico del positivismo jurídico y del krausismo. Para Gil y Robles, la sociedad era un entidad orgánica, dividida en clases, a cada una de las cuales correspondía una función determinada en el conjunto social; y también lo esta- ba en una serie de cuerpos intermedios entre el Estado y el individuo: la fami- lia, la región, el gremio, el municipio, todos los cuales tienen derecho de «au- tarquía» —es decir, «derecho de propio e inmediato gobierno» frente al inter- vencionismo y el centralismo característico del Estado liberal—. Consecuencia de ello es la doctrina de la «democracia cristiana», es decir, la atribución y el reconocimiento al pueblo, jerárquicamente organizado en clases y cuerpos, de la posición que le corresponde en el conjunto social. A través de unas Cortes corporativas, el pueblo comparte la soberanía social con el Rey, a quien corres- ponde la soberanía específicamente política’^^ .

No obstante, el ideólogo por antonomasia del carlismo en aquella época fue Juan Vázquez de Mella y Fanjul, cuya pluma se dio a conocer en una serie de artículos donde criticaba a los integristas. A fines de 1896, participó en las con- ferencias de Loredán, convocadas por Carlos VII para actualizar el pensamiento tradicionalista, al socaire de los nuevos vientos social-católicos, reivindicando la restauración de los gremios y la extensión de las sociedades corporativas de producción y consumo^^ A partir de las premisas social-católicas. Mella es es- forzó en construir su propia variante de corporativismo, que llamó «sociedalis- mo jerárquico». Como en el caso de la construcción de Gil y Robles, el «socie- dalismo» mellista es radicalmente antiestatista y hacía radicar la soberanía so- cial en los cuerpos intermedios y en las ciases sociales, a las que corresponde la representación en las Cortes y en los ayuntamientos, a través de los cuales comparte la soberanía con el Rey. Esta concepción organicista llevaba a Mella a planteamientos regionalistas. España era una federación de regiones, con la que el Rey comparte la soberanía nacional. Y, por ello, la Monarquía debía ser fe-

derativa ^^.

5. EL DESASTRE DEL 98 Y LOS ORÍGENES DE LA DERECHA RADICAL: PERSISTEN- CLA.S Y CAMBIOS.

El «Desastre» español de 1898 no puede ser considerado como un hecho esencialmente castizo de la historia nacional. Como es sabido, existió igualmen- te un «98» francés, italiano y portugués, que puso de relieve la fragilidad del

62 GIL Y ROBLES, Enrique: Tratado de Derecho Político según los principios del Derecho y la Filosofía cristianos, Madrid, I960, tomo I, páginas 251 y ss.

6^ FERRER, Melchor: Historia del Tradicionalismo Español, Sevilla, 1957, tomo XXVII, vol. II, páginas 102 y ss.

^^ Vid. GAMBRA, Rafael: La Monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional, Ma- drid, 1973. GARCÍA Y GARCÍA DE CASTRO, Rafael: Vázquez de Mella, Granada, 1940.

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1 2 0 PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

sistema político y que tuvo como consecuencia el replanteamiento intelectual de la identidad nacional y de los valores sociales que hasta entonces habían configurado el imaginario colectivo. En estrecha coincidencia con ello, las so- ciedades europeas finiseculares experimentaron un período de profiíndos cam- bios psicológicos, de revuelta contra los principios del positivismo y la Ilustra- ción^5 Esta crisis tuvo como consecuencia el decaimiento de las ideologías tra- dicionales -—^liberalismo y conservadurismo—, y la emergencia de una gran va- riedad de reacciones, desde la extrema derecha a la extrema izquierda. En el campo de la derecha, la crisis trajo consigo la formulación ideológica de un con- servadurismo radical, muy distinto del antiguo, forjado en las premisas de una perspectiva a veces cientificista, a veces vitalista, o irracionalista, en cuya óptica el engrandecimiento de la nación, entendida como un organismo colectivo, ocu- paba un lugar prioritario, por encima del individuo y de los valores religiosos. Este nuevo conservadurismo radical tuvo sus adalides indiscutibles en Charles Maurras y L’Action Française, así como en Maurice Barres, en cuya producción ideológica, distinta, aunque convergente, pueden percibirse las características de este nuevo «nacionalismo integral»: la exaltación de la nación y de las comuni- dades regionales, la crítica al proyecto de la modernidad desde instancias secula- res, el odio al liberalismo y la democracia, el llamamiento al activismo, etc.*”^

Este nuevo conservadurismo tuvo una importante influencia en Italia, Por- tugal y Rumania, e incluso en Hispanoamérica. En Alemania tendría un desa- rrollo distinto, basado sobre todo en el factor racial, que apenas tuvo repercu- sión en España, salvo en el nacionalismo vasco.

La derrota ante Estados Unidos sumió a las fuerzas de extrema derecha es- pañola en una sensación de perplejidad, que dio paso posteriormente a una actitud de interrogación. En un principio, para los carlistas supuso la reafírma- ción de sus profundas convicciones antiliberales. Gil y Robles vio en el «Desas- tre» la lógica consecuencia de la «revolución burguesa» llevada a cabo por los liberales, y que había instaurado la hegemonía social de una mesocracia «irreli- giosa» e «hipócritamente pietista». La solución no era otra que una dictadura a cargo de Carlos VII, que llevara a cabo una auténtica labor de deseuropeiza- ción. Ortí y Lara se limitó a decir que todo ello era fruto del «concepto de libre examen»^^ Menéndez Pelayo, por su parte, se sumió en un profundo silencio, aunque siguió exaltando a Balmes en sus conferencias y escritos*”^.

65 STUART HUGHES, H. ; Conciencia y sociedad. La reorientación del pensamiento social europeo, 1 8 9 0 – 1930, Madrid, 1972. MOSSE, George L.: La cultura europea del siglo XX, Barcelona, 1997.

66 BOUTANG, Pierre: Maurras, París, 1994. NGUYEN, Victor, Aux origines de VAction Fran- çaise. Intelligence et politique á taube du XX’ siècle, Paris, 1991- WEBER, Eugen: L’Action Française,Paris, 1985. STEILNHELL, Zeev: Maurice Barrés et le nationalisme français, Paris, 1973.

67 COSTA, Joaquin: Oligarquía y caciquismo. Urgencia y modo de cambiarla, Madrid, 1975, tomo II, páginas 157 y ss y 209 y ss.

68 MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino: «Dos palabras en el Centenario de Balmes», en Escritos de críticafilosófica,Madrid, 1948, páginas 155 y ss.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA ]^ 2 1

Poco hubo de innovador en los manifiestos del general Camilo García Pola- vieja, quien, en un primer momento, recibió el apoyo de los integristas y otros sectores católicos. Polavieja no llegó a ser, desde luego, ni tampoco se lo plan- teó, el Boulanger español.

En realidad, las primeras manifestaciones del nacionalismo integral y/o de derecha radical es preciso buscarlas, en España, no en el conservadurismo tra- dicional, ni en el carlismo, ni en el integrismo, sino en los nacionalismos perifé- ricos catalán y vasco; y posteriormente en los planteamientos críticos de lo que podemos llamar «espíritu del 98».

5.1. Catalanismo bizkaitarrismo

Tanto el catalanismo como el bizkaitarrismo tuvieron, en sus orígenes, un rasgo en común: la afirmación de las diferencias culturales, lingüísticas y lega- les, frente a un Estado liberal débil, pero unitario, centralista y unificador en la medida de sus fuerzas. Sin embargo, estos movimientos no son equiparables, ya que se caracterizan por su heterogeneidad y su diversidad. Si bien el naciona- lismo conservador español, e incluso el fascista, recibió la influencia del catala- nismo, a través de la figura de Eugenio D’Ors, el bizkaitarrismo careció de transcendencia en el desarrollo ulterior de la extrema derecha española.

La iniciativa correspondió a los catalanistas, cuyo movimiento político sur- ge, ante todo, como crítica al Estado liberal, crítica puntual y transcendente, no circunscrita a sus deficiencias, y que tenía sus antecedentes, no solo en la Renaixença, sino en la escuela tradicionalista de los apologistas catalanes y pos- teriormente en la obra del obispo Torras y Bagès. De hecho, las primeras re- cepciones de Maurras y Barres en España estuvieron circunscritas al ámbito catalán y a los sectores catalanistas, que, durante el affaire Dreyfus, tuvieron una postura abiertamente pro-nacionalista y antidreyfusard^^.

Su principal teórico, Enric Prat de la Riba, tuvo una formación cultural e ideo- lógica muy semejante a la de Maurras: Joseph de Maistre, Auguste Comte, Fustel de Coulanges, Renan, Taine, etc. De acuerdo con su perspectiva organicista- positivista-tradicionalista, Prat, como Maurras, asimilaba sociedad a naturaleza; y, en consecuencia, concebía a la nación como una «comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres, que no pueden ni deshacerla ni mudarla». No deja de ser significativo que Prat denominara a su alternativa políti- ca «nacionalismo integral». Igualmente, Prat fiae contrario al sistema parlamen- tario, que, para él, era sinónimo de desorden, fragmentación e incoherencia. Su alternativa era la representación corporativa «por gremios y profesiones»^°.

69 Vid. COLL I AMARGOS, Joaquim: El catalanisme conservador davant tafer Dreyfus, Barcelona, 1994, páginas 69 y ss.

70 PRAT DE LA RIBA, Enric: La nació i testât. Escrits dejoventut, Barcelona, 1987, páginas 103 y ss. La nacionalitat catalana, Barcelona, 1906, páginas 81 y ss .

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1 2 2 PEDRO CARLOS GONZALEZ CUEVAS

La movilización catalanista tenía su fin último en la consecución de un Esta- do propio; pero Prat no era separatista. Su alternativa era un Estado federal en el interior; y el imperialismo —«desde Lisboa hasta el Ródano»— en el exterior”^ .

Prat encontró en Eugenio D’Ors a un lúcido y dotado colaborador intelec- tual. Admirador de Maurras, Sorel y Moréas, D’Ors fiíe uno de los primeros intelectuales españoles que entró en contacto con L’Action Française, y de esa experiencia salió a la luz el movimiento «Noucentista», definido como un «nuevo intelectualismo», basado en los valores clásicos de jerarquía, continui- dad y cultura fi:ente al individualismo romántico”2. Como en el caso de Prat, el «Noucentisme» culminaba en la idea de Imperio; y, sobre todo, en una crítica radical del liberalismo y de la democracia como representantes del «individua- lismo atomístico». Por contra, el Imperio representaba «la socialización, el Es- tatismo, el Estado educacional, la Ciudad, la idea de expansión de los pueblos, la Justicia Social, la lucha por la Ética y la Cultura»^^. Ideas todas ellas que después serían recogidas por el fascisríio español. A su marcha de Cataluña, D’Ors, que dejó allí un buen número de discípulos, llegó a convertirse, sin cambiar de perspectiva ideológica, en uno de los grandes teóricos de la derecha radical española.

Poco hay que decir, en cambio, del nacionalismo vasco, en cierta forma here- dero de la tradición carlista, pero cuya impronta en el resto de España fiíe, y no sin razones, prácticamente nula. Su única novedad, pues su programa guardaba numerosos puntos de contacto con el integrismo nocedaliano, fiíe su formulación racial del hecho nacional. Su fiíndador, Sabino Arana, elaboró una especie de nacionalismo vólkischvasco, que resaltaba la pureza racial con respecto al mestizaje del resto de España, al que consideraba tan antinatural como nefasto^^.

5.2. El nuevo nacionalismo español el espíritu del 98

La crisis del 98 generó igualmente una reacción de tipo intelectual, que de- terminó una actitud y una mentalidad crítica ante la sociedad, que acabó dilu- yéndose, pero que, al mismo tiempo, marcó de forma indeleble la trayectoria política e intelectual de no pocos pensadores españoles. Lo que se ha venido en llamar «espíritu del 98» no es sino una reacción inconformista ante la situación

^1 Vid. SOLÉ TURA, Jordi: Catalanismo y revoluáón burguesa, Madrid, 1974; páginas 219 y ss. Jardí Enric, Les doctrines juridiques, politiques i soáals dEnric Prat de la Riba, Barcelona, 1974, páginas 143 y ss.

” D’ORS Eugeni: Glosari, Barcelona, 1982, página 191

” Ibidem, páginas 121 y ss. Vid. GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos, «Charles Maurras en Cata- luña», en Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo CXCV, cuaderno II. Madrid, 1998; pp.309-362.Ver también el discutible libro de CACHO Viu, Vicente: Revisión de Eugenio D’hors.Madrid-Barcelona, 1997.

7^ ARANA, Sabino: Obras Escogidas. Antología política, Bilbao, 1977, páginas 152 y ss.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA ]^ 2 3

española y la búsqueda de una «tradición» sustentadora de un nuevo naciona- lismo españoP^

La élite intelectual noventayochista se encontraba, tanto a nivel ideológico como político, en las antípodas de todas las tradiciones de la extrema derecha española, católica y/o carlista. Pero sus ideas y planteamientos iban a influir de forma determinante, lo mismo que D’Ors, en el fascismo español. Y. además, algunos de sus representantes, como «Azorín» y Maeztu, militarían posterior- mente en el conservadurismo y en el primorriverismo.

La nueva derecha antiliberal encontraría, por ejemplo, en la obra de Joaquín Costa —como ocurrió paralelamente en Italia con la figura de Alfredo Oriani-, devenido precursor del fascismo— munición aprovechable: el organicismo social de raíz krausista, el historicismo tradicionalista, los proyectos de modernización hidráulica; y, sobre todo, su ambigua denuncia del régimen de la Restauración —baluarte de caciques y oligarcas—, así como sus llamadas a la «revolución desde arriba» y al «cirujano de hierro» encargado de llevarla a cabo^*^.

Buena prueba de la ambivalencia de los intelectuales noventayochistas fue
la trayectoria política de José Martínez Ruíz, «Azorín», quien, tras su escarceos federalistas y anarquizantes, pasó a militar, sin solución de continuidad, en el conservadurismo de Maura y La Cierva. «Azorín» fue, junto a D’Ors, uno de los introductores en España de los temas del nacionalismo integral maurrasiano, cuya influencia resulta patente en su obra Un discurso de La Cierva, en la que pro- pugna una renovación del conservadurismo español a partir de Maurras y Barres: estética clasicista, sociologismo comteano, agrarismo y antiliberalismo^-‘.

Algo parecido podemos decir de Miguel de Unamuno, quien tampoco tuvo nunca una postura política coherente. Y cuya invocación a la «intrahistoria», a Castilla y sus críticas a los nacionalismos periféricos, así como su voluntarismo irracionalista, pasarían luego al acervo ideológico de nuestro fascismo^^.

Menos metafísico se mostraba Ramiro de Maeztu en sus comienzos. A su jui- cio, el problema español estaba planteado en relación al desarrollo económico y a la consolidación de la unidad nacional amenazada por los nacionalismos periféri- cos. La solución se encontraba en una profunda reforma intelectual y moral, con- sistente en la secularización de las conciencias, la creación de nuevos mitos na-

i> IMMAN FOX, Edward: La crisis intelectual del 98, Madrid, 1976. Abellán José Luis, Sociología del 98, Barcelona, 1973. CACHO Viu, Vicente: Repensar el noventa y ocho, Madrid, 1997.

76 ORTÍ, Alfonso: Estudio introductorio a Oligarquía y caciquismo de Joaquín Costa, Madrid, 1975. PÉREZ DE LA DEHESA, Rafael: El pensamiento de Costa y su influencia en el 98, Madrid, 1966. MAURICE, Jacques y SERRANO, Carlos: Joaquin Costa: crisis de la Restauración y populismo, Madrid, 1977. VÁRELA, Javier: «La literatura del Desastre y el desastre de la literatura», en La Novela de España, Madrid, 1999.

” «AZORÍN», Un discurso de La Cierva, Madrid, 1914, páginas 80 y ss. Con bandera de Francia,Madrid, 1950. p. 85 ss.

•^8 CEREZO GALÁN, Pedro: Las mascaras de lo trágico (Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno),Madrid, 1996.

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PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

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clónales, un nuevo sistema educativo basado en valores prácticos, no humanísti- cos, y en la colaboración del Ejército como baluarte de la unidad nacionaP^.

6. CRISIS DE LA RESTAURACIÓN Y DICTADURA

La quiebra del precario equilibrio canovista, a partir de 1898, pero, sobre to- do, de 1913; la subsiguiente atomización de los partidos políticos dinásticos; el surgimiento de nuevos grupos sociales, al socaire del crecimiento económico de principios de siglo; la crisis provocada por el estallido de la Gran Guerra y por la «corporativización» de la sociedad, que ponían en cuestión los supuestos del sis- tema liberal; el progresivo aumento de la movilización social y política, así como el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, iban a tener importantes conse- cuencias en el desarrollo de la extrema derecha española, que se vio obligada a modernizar su proyecto político; y en la mayor diversificación de sus tradiciones.

En ese sentido, uno de los hitos fiíndamentales en la historia de los sectores antiliberales españoles fue la aparición de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas en 1909. Su ideología y proyecto político eran una actualiza- ción de la tradición católica en su versión balmesiana, junto a las nuevas pers- pectivas abiertas por el catolicismo sociaP°. Su órgano de difusión fue El Debatey su principal directivo, Ángel Herrera Oria. Salvo en lo relativo a la difusión de los planteamientos social-católicos y la organización de élites de orientación, Herrera y sus propagandistas fueron incapaces de modernizar el contenido del discurso católico; carecieron de la audacia de la novedad. Siguiendo a Menéndez Pelayo, Herrera identificaba a la nación española con los valores católicos y mo- nárquicos. Al mismo tiempo que se mostraba contrario a la democracia liberal, que «no se había creado para España». En ese sentido, su alternativa era «una forma de democracia orgánica que empiece por vivificar con savia del pueblo las primeras instituciones de la vida pública y de las instituciones económicas»^^

De la misma forma, el movimiento católico-social español se mostró, salvo en casos muy aislados, afín a la perspectiva tradicionalista y contrarrevolucio- naria. Sus principales teorizantes y organizadores, como los Padres Gafo o Ge- rard, no digamos el célebre Marqués de Comillas, fueron profundamente anti- liberales y afines a posturas paternalistas y antisindicales^^

^9 GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: «Nacionalismo y modernización en la obra del primer Maeztu», en Hispania, n° 184, 1993, páginas 557 y ss.

8° Vid. ORDOVÁS, José Miguel: Historia de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas,Pamplona, 1993.

8′ HERRERA ORIA, Ángel: Obras selectas, Madrid, 1965, páginas 5-8, 75 y ss.

82 BENAVIDES, Domingo: El fracaso social del catolicismo español. Arboleya Martínez, Barcelona, 1974. CARRASCO CALVO, Salvador: Los sindicatos de dominicos Gerard y Gafo. De la innovación neotomis-

ta a la Dictadura, Barcelona, 1982. CASTILLO, Juan José: El sindicalismo amarillo en España. Aporta- ción al estudio del catolicismo social español, Madrid, 1977.

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Igualmente importante fue la aparición del maurismo como grupo político diferenciado, tras la escisión conservadora de 1913. Resulta significativo que su máximo teórico, Antonio Goicoechea, definiera al nuevo movimiento derechis- ta como la antítesis del canovismo. No el individualismo posesivo, sino el in- tervencionismo estatal; no el liberalismo doctrinario, sino la «democracia con- servadora»; y, sobre todo, no el resignado pesimismo canovista, sino la fe in- quebrantable en «el espíritu creador y en las inagotables energías de la raza». De esta manera hacía su aparición el primer grupo político español en el que podemos ver ciertos rasgos de derecha radical, si bien el elemento católico- tradicional tuvo un considerable paso en el conjunto de su ideología. Formado en las corrientes social-católicas, Antonio Goicoechea fue un crítico radical del régimen de la Restauración, al que opuso la «democracia conservadora y orgá- nica», un sistema político intervencionista, corporativo y nacionalista, que no sólo debía respetar la genuina espiritualidad española, sino restaurarla. Como Balmes y Menéndez Pelayo, Goicoechea identificaba la tradición española con la Monarquía y el catolicismo. Pero, al lado de todo esto, el líder maurista fue uno de los primeros políticos españoles que recogió algunas de las fórmulas maurrasianas en sus discursos, como la doctrina del «empirismo organizador», la crítica al romanticismo y la identificación de la Monarquía con el «naciona- lismo integral»^^ Igualmente, el tradicionalismo carlista teorizado por Vázquez de Mella tuvo su continuador en Víctor Pradera. Más sistemático que Mella, Pradera acentuó ideológicamente la evolución del tradicionalismo carlista des- de el regionalismo a la definición de un movimiento en el que el dinastismo fue cediendo paso a las idea corporativas, organicistas y a la apología directa del golpe de Estado militar, así como a la exaltación de la unidad nacional frente a los nacionalismos periféricos. Desde los comienzos de su carrera política, carac- terizó a Pradera una profunda enemistad con respecto a los nacionalismos, cu- yas reivindicaciones carecían, a su juicio, de todo fundamento histórico y de legitimidad doctrinal. Ni la diferenciación cultural, ni la raza podían servir para fiíndamentar la independencia de Cataluña o el País Vasco. Losfiaerosno podían ser interpretados como códigos de soberanía, según había hecho Sabino Arana; eran «el gran título de amor de Vasconia a España». Y, en ese sentido, la alterna- tiva al centralismo liberal no era otra que el foralismo carlista, consistente en la restauración de las autarquías regionales, siguiendo el ejemplo histórico de la España de los Reyes Católicos, mediante la instauración de la «Monarquía fede- rativa»^”*. Pradera acompañó a Vázquez de Mella en su disidencia frente al nuevo rey carlista, Don Jaime , tras el final de la Gran Guerra, en 1919-

85 GOICOECHEA, Antonio: Hacia la democracia conservadora, Madrid, 1914. La crisis del constitu- cionalismo moderno, Madrid, 1925. Horas de ocio (Discursos y artículos literarios), Madrid, 1925. El pro- blema de las limitaciones de soberanía en el derecho público contemporáneo, Madrid, 1923.

84 PRADERA, Víctor: Regionalismo y nacionalismo, Madrid, 1917. El misterio de los fueros vascos,Madrid, 1918. Femando El Católico y los falsarios de la Historia, Madrid, 1922.

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El emergente conservadurismo radical español contó, aparte de las ya men- cionadas contribuciones de «Azorín» y D’Ors con la de José María Salaverría, portaestandarte de un nuevo nacionalismo español, muy distinto del católico propugnado por los mauristas y por los propagandistas de Herrera. Influido desde muy temprano por Schopenhauer y Nietzsche, y posteriormente por Maurras, Salaverría atacó a la llamada «Generación del 98», a la que acusó de individualismo romántico, antipatriotismo y antimilitarismo. Frente al negati- vismo noventayochista, el escritor vasco propugnaba imbuir a las nuevas gene- raciones de un espíritu patriótico, heroico y optimista. En ese sentido, el ene- migo a batir no era solo el noventayochismo, sino, sobre todo, los nacionalis- mos periféricos, «grietas de donde se escapa la mejor fuerza de España»; y el movimiento obrero revolucionario, representante del «subpueblo»^^

A medio camino entre la teología política y la derecha radical, se encontra- ba en aquellos momentos Ramiro de Maeztu, quien, tras su antigua militancia noventayochista y liberal-socialista, había evolucionado, conmovido por el desa- rrollo de la Gran Guerra, hacia el catolicismo; de lo que fue testimonio su obraLa crisis del humanismo, donde sometía, bajo la influencia de Thomas E. Hulme y del «guildismo» británico, a una dura crítica los fundamentos del proyecto de la modernidad. Sólo mediante el retorno a los cánones del «clasicismo cristiano», superador del relativismo humanista y romántico, causantes de la hecatombe mundial, podían las sociedades europeas recuperar la estabilidad y la confianza en sí mismas. El «clasicismo cristiano» llevaba a una concepción comunitaria y corporativista de la sociedad basada en el principio de «función», que conducía a la restauración de los gremios como correctivo frente al atomismo liberal y al colectivismo socialista, productos ambos de la modernidad^^.

Como Renan a decir de Mussolini, José Ortega y Gasset tuvo igualmente «iluminaciones prefascistas»^^. Filosóficamente, Ortega lanzó un ataque frontal contra el racionalismo y el positivismo apoyado en el historicismo y en el vita- lismo; y, en consecuencia, su perspectiva filosófica supuso una revalorización del mundo de las pasiones, de las fuerzas vitales que mueven la historia. Políti- camente, fue un liberal-conservador, en cuyos escritos se expresaron la mayoría de los motivos del pensamiento elitista y conservador: el realismo histórico, el sentimiento del valor de la continuidad, una teoría de la nación como empresa integradora; y, finalmente, un sentimiento fuertemente aristocrático de la so- ciedad y de la vida, en el que los pocos están llamados a dirigir a los muchos^^. Pero la aportación orteguiana a la forja de una derecha radical y/o revoluciona- ria no se redujo a sus teorías filosóficas o sociales; influyó igualmente a través

85 SALAVERRÍA, José María: ha afirmación española, Barcelona, 1917. El muchacho español, Ma- drid, 1917- £« líi vorágine. El hervor multitudinario, Madrid, 1919.

86 MAEZTU, Ramiro de: La crisis del humanismo, Barcelona, 1919, páginas 55 y ss.
87 MUSSOLINI, Benito: Elfascismo, Barcelona, 1976, página 28.
88 Vid. FERNÁNDEZ DE LA MORA, Gonzalo: Ortega y el 98. Madrid, 1979. ELORZA, Antonio, La

razón y la sombra. Una lectura política de Ortega y Gasset, Barcelona, 1987.

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de su Revista de Occidente, en la que colaboraron los ñituros teóricos del fascismo español, Ramiro Ledesma Ramos y Ernesto Giménez Caballero; y en cuyas páginas y en cuya editorial se publicaron libros y artículos de intelectuales afi- nes a la llamada «revolución conservadora» alemana, como Werner Sombart, Cari Schmitt, Hermann Keyserling, Othmar Spann y Oswald Spengler^^.

Tras su famosa expulsión de los organismos culturales de la Mancomuni- dad catalana, Eugenio D’Ors marchó a Madrid, donde fue recibido cordialmen- te por el conjunto de la elite intelectual. El filósofo catalán fue profundizando en su teoría política, mostrándose partidario de un régimen corporativo^^. Y su influencia se extendió al País Vasco, donde fueron tributarios de su pensamien- to jóvenes escritores como Ramón de Basterra y los futuros falangistas Pedro Mourlane Michelena y Rafael Sánchez Mazas, grupo intelectual que se autode- nominó «Escuela Romana del Pirineo». Su pensador más influyente fue Baste- rra, representante de una nueva especie de despotismo ilustrado —el «carloter- cismo»— opuesto al sistema liberal. Como poeta creó el personaje de Virulo, héroe obsesionado por el ímpetu de la acción y fascinado por la creación de un nuevo Imperio español, la «Sobreespaña»^^

Admirador de Maurras, Rafael Sánchez Mazas se encargó, como correspon- sal de ABC en Italia, de describir elogiosamente la subida al poder de Mussoli- ni y sus fascistas92.

Igualmente, tuvo alguna importancia para la recepción de las fórmulas maurrasianas en España, la estancia en nuestro país de Antonio Sardinha, líder intelectual del Integralismo Lusitano, a raíz de su exilio tras la fracasada rebe- lión monárquica de Monsanto. Sardinha colaboró en El Debate, El Pensamiento Español y la revista Raza Española. Por su parte, el Conde de Santibáñez del Río, amigo de Sardinha y futuro fundador de Acción Española, contribuyó a di- vulgar la ideología integralista con su libro Portugal y el hispanismo^^.

De todas formas, no debemos exagerar la influencia de estas ideas en el con- junto de las derechas españolas, ya que, como afirmaba el maurrasiano Alvaro Alcalá Galiano en vísperas del golpe militar primorriverista, al conservador espa- ñol le bastaba «saber, sin leerlos, que las derechas católicas cuentan con campeo- nes literarios como Balmes y Menéndez Pelayo, y que las gentes bienpensantes pueden leer las novelas de Alarcón y Pereda sin caer en el pecado»^^.

89 Vid. LÓPEZ-CAMPILLO, Evelyne: La Revista de Occidente y la formación de minorías, Madrid,1972, páginas 82 y ss.

90 D’ORS, Eugenio: «Aprendizaje y heroísmo», en Diálogos, Madrid, 1981, páginas 62 y ss.

91 Vid. DÍAZ-PLAJA, Guillermo: La poesía y el pensamiento de Ramón de Basterra, Barcelona, 1941. AREAN, Carlos, Ramón de Basterra, Madrid, 1950.

92 «La victoria fascista y la marcha sobre Roma» en ABC, 15-XI-1922, «Retrato de Mussoli- ni», en ABC, 15-11-1923. «La crisis del fascismo», en ABC, 16 y 20-VI-1923, «El Imperio o lamuerte», ABC, 30-VI-1923.

93 Vid. GONZÁLEZ CUEVAS, Pedto Carlos: «El Integralismo Lusitano: su recepción en España», en Proserpina, n° 11, 1994, páginas 79 y ss.

9^* «Intelectuales reaccionarios», y4BÇ, 25-1-1923.

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En ese sentido, la Dictadura primorriverista, a la que el conjunto de la de- recha y de la extrema derecha española dio su apoyo, y en la que colaboraron Maeztu, D’Ors, Salaverría y Pradera, no supuso apenas innovaciones doctrina- les o ideológicas. Pese a que cuando se produjo existía ya el fascismo en Italia, la Dictadura no tuvo nada de fascista; es más: su advenimiento supuso, de hecho, un dique a la emergencia de un movimiento fascista español. En la me- dida que estuvo asistida por algún pensamiento, éste fue el conservador autori- tario tradicional, con ciertos aditamentos costistas y tecnocráticos. Su innova- ción más reseñable fue la edificación del sistema corporativo, según las premi- sas social-católicas, cuyo máximo teorizante fue Eduardo Aunós, ministro de Trabajo de Primo de Rivera, antiguo militante de la Lliga, admirador por en- tonces de Maurras, La Tour du Pin y Ketteler^^

El general Primo de Rivera no intentó en ningún momento convertirse en
un caudillo carismático; y su dictadura giró, a lo largo de toda su existencia, entre la variante comisoria y soberana. Sólo en sus últimos años se planteó la instauración de un Estado autoritario permanente, que rompiera con la tradi- ción liberal-conservadora. En ese sentido, es preciso destacar las obras de dos
de los ideólogos de la Unión Patriótica, el partido de Primo de Rivera, José María Pemán, El hecho y la idea de la Unión Patriótica; y de José Pemartín, Los valores históricos en la Dictadura española, insertos ambos en la tradición teológi- co-política. No en vano el lema de la Unión Patriótica recordaba al de los car- listas: «Patria, Religión y Monarquía». Tanto Pemán como su primo Pemartín planteaban la evolución de la Dictadura hacia la Monarquía tradicional y re- presentativa 9^. Este proyecto intentó plasmarse, al menos en parte, en la non- nata Constitución de 1929, cuyo articulado no llegó siquiera a discutirse por la caída de la Dictadura a comienzos de 1930^”.

7. FRENTE A LA REPÚBLICA: EL TRIUNFO DE LA TEOLOGÍA POLÍTICA

El advenimiento de la II República en abril de 1931 supuso la puesta en marcha de un serio intento de modernización de la sociedad y del Estado; lo cual suscitó la oposición y resistencia de los sectores sociales y políticos más representativos del anterior régimen monárquico y del conjunto de las menta- lidades conservadoras. Así ocurrió en las relaciones entre la Iglesia y el Estado, ya que los proyectos secularizadores republicanos suponían una serie de conte- nidos radicalmente anticlericales. Igualmente dura fue la resistencia de los grandes propietarios agrarios a los proyectos de reforma. Esta resistencia solo

95 AUNÓS, Eduardo: El discurso de la vida. Autobiografía, Madrid, 1951, páginas 75, 125 y ss.

96 GÓMEZ NAVARRO, José Luis: El régimen de Primo de Rivera, Madrid, 1991. ÁLVAREZ CHILLI- DA, GoazíW. José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1941), Cádiz, 1996.

97 GARCÍA CANALES, Mariano: El problema constitucional en la Dictadura de Primo de Rivera, Ma- drid, 1980.

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LAS TRADICIONES IDEOLÓGICAS DE LA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA 129

fue comparable a la que se opuso a los estatutos de autonomía. La formulación ideológica de la oposición conservadora y tradicionalista a la II República tuvo su máxima expresión en la revista y sociedad de pensamiento monárquica Ac- ción Española, fundada a finales de 1931 por el Conde de Santibáñez del Río, Ramiro de Maeztu y el antiguo integrista Eugenio Vegas Latapié. Acción Espa- ñola tuvo como objetivo lograr la síntesis de todas las tradiciones contrarrevo- lucionarias españolas; y en ella colaboraron antiguos mauristas, como Goicoe- chea y Calvo Sotelo; carlistas, como Víctor Pradera y el conde de Rodezno; primorriveristas, como Pemán, Pemartín y Aunós; menendezpelayistas, como Pedro Sáinz Rodríguez; integristas, propagandistas católicos, etc. Su título, traducción directa del órgano doctrinal de Charles Maurras, no debe llevarnos

a engaño, pues la tradición dominante en la revista fue, pese a que en ella cola- boraron algunos maurrasianos, la teológico-política. El secularismo positivista de Maurras fue muy criticado en sus páginas. El proyecto político de Acción Española fue una actualización del tradicionalismo católico, a través de la inter- pretación menendez-pelayana de la historia nacional, la teoría monárquico- tradicional del Estado y el coporativismo social-católico^^.

Con todo, la novedad política más trascendental del período republicano fue la aparición de Acción Popular y luego la Confederación Española de Dere- chas Autónomas como movimiento derechista de masas. La novedad del ce- dismo, obra de los propagandistas católicos de Herrera, no fue ideológica, sino organizativa. Como en el caso de los monárquicos de Acción Española, la ideolo- gía cedista fue expresión de las exigencias y de los intereses de una sociedad básicamente preindustrial. Por lo demás, si el nuevo partido tuvo un éxito elec- toral que fue más allá de las optimistas previsiones de sus promotores, ello de- pendió del hecho de que la sociedad española era todavía en grandísima parte, no sólo en los intereses y necesidades, sino en los valores transmitidos y acepta- dos, una sociedad agraria con profundas diacronías en su seno. La ideología de la CEDA fue una síntesis el tradicionalismo cultural, socialcatolicismo y con- servadurismo autoritario. Su líder, José María Gil Robles, hijo de Enrique Gil y Robles, fue un claro defensor del tradicionalismo corporativo, más influido por la perspectiva de su progenitor^^. Su órgano doctrinal, la Revista de Estudios Hispánicos, dirigida por el marqués de Lozoya, y colocada bajo el patrocinio intelectual de Menéndez Pelayo, Antonio Sardinha, Milá y Fontanals y Luis de Camoes, fue, salvo en el tema de las formas de gobierno, un plagio consciente de Acción Española, y en sus páginas se propugnó un Estado autoritario, corpo- rativo y confesional, cuyo modelo más próximo fue el Portugal salazarista^°°.

98 GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario enEspaña (1913-1936). Madrid, 1998.Delmismoautor,Historia delosderechosespañoles. Dela Ilus- tración a nuestros días. Madrid, 2000.

99 GI LROBLES José María; El Derecho y el Estado y el Estado de Derecho, Salamanca, 1922. Dis-cursos parlamentarios, Madrid, 1969.

’00 GONZÁLEZ CUEVAS.- op. cit., páginas 277 ss.

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Igualmente, existió en el tradicionalismo carlista una cierta preocupación intelectual, que se concretó en la revista Tradición, fundada en Santander en 1934 y que duró hasta el año siguiente. En sus páginas siguieron defendiéndo- se las fórmulas del sociedalismo mellista^o^ No obstante, el hito doctrinal del

carlismo fue la publicación por parte de Víctor Pradera de su obra El Estado nuevo, vademécum del pensamiento tradicionalista, cuyos capítulos habían apa- recido anteriormente en las páginas de Acción Española. La obra supuso la re- afírmación de los viejos tópicos carlistas: iusnaturalismo, organicismo, foralis- mo y Monarquía tradicional federativa^o^.

Otra de las novedades del período republicano fue la consolidación definiti- va del fascismo español como alternativa política, si bien en una forma muy marginal, al menos hasta el estallido de la guerra civil. Históricamente, el mo- vimiento fascista fue la expresión social de una clases medias «emergentes», deseosas de una mayor participación en el poder social y político; y su ideología fue una peculiar mezcla de elementos nacionalistas, populistas y socialistas. En ese sentido, tanto el movimiento como luego el régimen fascista se distinguió de los sistemas políticos conservadores en cuanto promocionó la movilización de las masas y por su pretensión de mostrar una nueva faz de civilidad, su idea de crear un «hombre nuevo» y una nueva sociedad^°^. El máximo teorizante del fascismo español fue, sin duda, Ramiro Ledesma Ramos, joven filósofo formado en la escuela de Ortega y Gasset y atento lector de Unamuno, Heidegger, Nietzsche, Gentile, Maurras y Sorel. Formado al margen de la Iglesia católica, en sus escritos políticos y filosóficos subyace un profundo anticatolicismo. En el fondo, Ledesma llegó a la conclusión de que el fascismo solo podría triunfar en España una vez que el catolicismo y la Iglesia, instrumentos de «debilidad y resquebrajamiento», hubieran perdido su hegemonía social e ideológica. Tanto el racionalismo como el catolicismo representaban pseudovalores que obstacu- lizaban la necesaria primacía de lo vital y dionisíaco. En el caso concreto del catolicismo, éste había mermado no sólo el desarrollo científico y filosófico es- pañol, sino la cristalización de un auténtico nacionalismo, que «alcanzase a todos los españoles por el solo hecho de serlo, no por otra cosa que además sean». El problema español radicaba en la consolidación de la unidad nacional y el logro de la independencia económica, para lo que se necesitaba un nuevo Estado, realmente nacional, que reformase a la sociedad mediante el interven- cionismo económico e integrara a las masas a través de sus instituciones^^”^.

Fundador del semanario La Conquista del Estado y luego del partido Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, Ledesma fue el auténtico creador de los sím-

’01 Ibidem, páginas 244 ss.
102 PRADERA Víctor: El Estado nuevo, Madrid, 1935.
’03 DE FELICE, Renzo: Elfascismo. Sus interpretaciones, Buenos Aires, 1976. STERNHELL, Zeev: El

nacimiento de la ideología fascista, Madrid, 1994.
lO’í LEDESMA RAMOS, Ramiro: El sello de la muerte, Madrid, 1924. El Quijote y nuestro tiempo, Ma-

drid, 1971. Discurso a las juventudes de España, Madrid, 1935.

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bolos del fascismo español: la bandera roja y negra; los lemas «Una, Grande y Libre», «Patria, Pan y Justicia», «Revolución Nacional», etc. En realidad, todo el mordiente doctrinal del falangismo procede de Ledesma, en particular su antiliberalismo, la apelación a las masas trabajadoras y la economía dirigista. La superación falangista del dilema entre izquierdas y derechas fue también herencia del jonsismo.

A su lado, José Antonio Primo de Rivera y Ernesto Giménez Caballero ocupan el lugar de epígonos. El primero careció de la coherencia de Ledesma. Sus vacilaciones al estudiar los problemas sociales y políticos son muestras ais- ladas, pero significativas de unos planteamientos en los que siempre dominó la inconcreción. El fracaso político de su padre le empujó a estudiar con celo el pensamiento y el estilo de Unamuno, Ortega y, D’Ors, desde un punto de vista fascista. Su máxima aportación fue, en ese sentido, el concepto de nación. Si- guiendo a D’Ors y a Ortega, Primo de Rivera rechazaba la visión romántica de nación, característica del catalanismo y el bizkaitarrismo, basada en sus rasgos físicos; por el contrario, la nación ha de ser considerada, ante todo, como un proyecto, un mandato, una norma que cumplir. Para ello, está el concepto de «unidad de destino», que se concreta en la expansión exterior, en la voluntad de Imperio y de liberación de los enemigos tanto exteriores como interiores^°5

Autodenominado «nieto del 98», Ernesto Giménez Caballero fue, ante to- do, un literato, en cuya obra se impone la invención fantasiosa a la dimensión práctica, la superficialidad sobre la radicalidad, la improvisación sobre el siste- matismo y la ocurrencia sobre la teoría. Para el vanguardista madrileño, el fas- cismo era la fórmula política más afín al «genio» sincrético característico de la nación española, mezcla del colectivista genio oriental y del individualista ge- nio occidental. En ese sentido, el fascismo era la «Nueva Catolicidad»; no por- que fuese un catolicismo en tanto teología política, sino como doctrina moder- na «universal» ^°^.

No sabemos lo que, por sí mismo, hubiera sido el fascismo español. Sabe- mos lo poco que fue a lo largo del período republicano. El conjunto de las fuer- zas políticas de la derecha y la extrema derecha, a pesar de sus coyunturales alabanzas como eficaz destructor de la democracia liberal y del movimiento obrero revolucionario, rechazó los contenidos del proyecto político fascista, ajeno a las características de su cultura política. Para los carlistas, el fascismo era un «sarampión», una moda repleta de peligros, carente de porvenir en una nación como España^°^. Expresión propia de la modernidad, mecanicista y ra-

105 PRIMO DE RIVERA, José Antonio: «Ensayo sobre el nacionalismo», en Obras Completas, Ma- drid, 1976, tomo I, páginas 347 y ss.

106 GIMÉNEZ CABALLERO, Ernesto: Genio de España, Madrid, 1932. La Nueva Catolicidad, Ma- drid, 1933. Ver también SELVA RoCA DE TOGORES, Enrique, Giménez Caballero. Entre la Vanguardia y elfascismo. Valencia, 1999-

10′ «Una moda política», en Tradición, n° 29, 1-III-1934, páginas 97-98.

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cionalista, dirá José Pemartín, en Acción Española^^^. Fruto del materialismo «que brota de las siembras de rebelión antirreligiosa efectuadas en el siglo XVI por la mano del Renacimiento que somete el espíritu al dominio de la sensuali- dad», sostuvo Osear Pérez Solís, en la Revista de Estudios Hispánicos^^^.

Puede haber pocas dudas de que la tradición triunfante fue, una vez más, la teológico-política. A ella la correspondió, en definitiva, legitimar el alzamiento de julio de 1936. No en vano, el derecho a la rebeldía fue teorizado en las pági- nas de Acción Española pot eclesiásticos como Aniceto de Castro Albarrán y Pablo León Murciego, así como por teólogos seglares como Marcial Solana^^°. Planeado, siguiendo la tradición militar, como un estricto pronunciamiento, el alzamiento fracasó, desencadenando una larga y cruenta guerra civil. La mera defensa del orden social, suficiente en principio para legitimar un golpe militar, no lo era propagandísticamente para una guerra civil. Una vez más, la religión sirvió para dotar de sentido transcendente al conflicto, presentándolo como una auténtica «Cruzada», cuyo máximo teorizante fiíe el cardenal Isidro Goma, cola- borador de Acción Española durante la Républicain^ El anticlericalismo republica- no-socialista-anarquista-comunista y los muchos asesinatos de sacerdotes y mon- jas en su retaguardia a lo largo de la contienda sirvieron para confirmar tal ima- gen de la guerra, que la jerarquía eclesiástica se apresuró a refrendar.

8. LAERADEFRANCO:DELAEDADDEOROALACRISIS

El sistema político nacido de la guerra civil fue, en realidad, el recipiente en el que llegaron a confluir todas las tradiciones de derecha y de extrema derecha opuestas a la significación de la II República. No sin cierta simplificación, pue- de decirse que el régimen de Franco consiguió aglutinar tanto a los contrarre- volucionarios a la antigua como a los sectores específicamente fascistas, cuyo número aumentó ostensiblemente durante la guerra civil, de modo que, duran- te algún tiempo, mas o menos hasta el final del conflicto mundial, pudo pre- sentar la doble faz antitética de un movimiento que deseaba un orden nuevo, siguiendo los ejemplos totalitarios de Italia y Alemania; y la de un movimiento restaurador que quería pura y simplemente el retorno del orden tradicional.

Finalmente, el régimen acaudillado por Franco no llegó a ser lo que hubiera querido un fascista español; fue el régimen querido y soñado por el conjunto de las derechas tradicionales. Supuso la edad dorada de las derechas españolas: la

108 «Cultura en exceso», en Acción Española, n° 55, 16-VI-1934, páginas 92-93.

109 «La situación social del mundo», en Revista de Estudios Hispánicos, n° 4, abril 1935, páginas 421 y ss.

lio CASTRO ALBARRÁN, Aniceto de: El derecho a la rebeldía, Madrid, 1934. «El derecho de resis- tencia», ^Vi Acción Española, n° 43, 16-VII-1933, páginas 241 y ss.

111 GOMA, Isidro: Pastorales de la guerra de España, Madrid, 1955.

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religióii, la Patria, la familia, el orden, la unidad nacional, la propiedad fueron, a un tiempo, los valores más protegidos y las columnas del régimen.

El sistema político fue, a lo largo de toda su existencia, mucho más perso- nal que institucionalizado. Durante la contienda, el general Franco, siempre pragmático y poco concernido por lo que sin duda le parecieron escolásticas sutilezas político-intelectuales, tuvo como primer objetivo ganar la guerra, y para ello necesitaba un frente y una retaguardia perfectamente unidas. Y así en abril de 1937 dictó el Decreto de Unificación de Falange y el Tradicionalismo, al que se adhirieron, sin demasiada dificultad, el resto de las fuerzas políticas confluyentes en el alzamiento de julio. Desde entonces, el régimen se convirtió en lo que básicamente siempre fue, un caudillaje personal, apoyado por el con- junto de las clases conservadoras del país. Franco acertó a colocarse por encima de las distintas fuerzas políticas y, gracias a su imagen de «Salvador de Espa- ña», le fue atribuida una personalidad carismática , de la que se aprovechó para afirmar su poder de «Caudillo», que resultó decisivo.

Lo cual no significa que el sector falangista careciese de importancia en la configuración del nuevo Estado. Mientras duró la guerra mundial, los falangis- tas consiguieron que se creasen organismos importantes, como el Instituto de Estudio Políticos, el partido único —FET de las JONS-—, el Frente de Juven- tudes y el Sindicato Español Universitario; y que se promulgasen leyes fascistas como el Fuero del Trabajo, muy aguadamente los puntos de Falange y se fun- daran revistas comoJerarquía y luego Escorial. En ese sentido, el sector falangis- ta contó con un selecto grupo de intelectuales, seguidores de Ortega y D’Ors, que, en un primer momento, contribuyeron eficazmente a legitimar el orden político nacido de la guerra civil. Entre ellos es preciso destacar a Luis Legaz Lacambra, quizá el principal teorizante del partido único español. Siguiendo en lo fundamental a Cari Schmitt, Legaz partía de la crisis del Estado liberal, «un Estado desintegrado en falsos antagonismos». Su contraste, el sistema de parti- do único, no estaba basado en la polémica, sino en el criterio opuestos, que^ «por ser único excluye la relación de alteridad, no puede dialogar, entrar en discusión con otro». En ese sentido, la relación capital era la existente entre Estado y partido. Para Legaz, el partido no es un órgano del Estado, ni un ente autárquico, ni una corporación de derecho público; es «una ecclesia, que guar- da con el Estado una relación ontológica y jerárquica a lo que en tesis católica mantiene el Estado católico con la Iglesia católica». De lo que se deducía una serie de consecuencias políticas. El credo y el dogma deben ser respetados por el Estado, que comprende a los hombres que constituyen el movimiento políti- co, y que adquieren el compromiso de protegerlo jurídicamente, persiguiendo la «herejía» política y exigiendo a los altos cargos lealtad a los ideales^^^

“2 LEGAZ LACAMBRA, Luis: Introducción a la teoría del Estado nacional-sindicalista, Barcelona, 1941, páginas 125 y ss.

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No menos importante fue la labor ideológica de Francisco Javier Conde, el discípulo español más importante de Cari Schmitt. Su aportación más reseña- ble a la legitimación del régimen fue su teoría del caudillaje , a la que tampoco era ajena la influencia de Max Weber y la del propio Schmitt, sobre todo la crítica de éste último al intento kelseniano de sustituir el mando y el poder de los hombre concretos, capaces de «acaudillar carismáticamente», por el imperio de las normas abstractas^^^.

A su lado, hay que destacar la labor de jóvenes intelectuales como Pedro Lain Entralgo, obsesionado por perfilar una ética nacional falangista acorde con los valores religiosos del catolicismo^^’^, o Antonio Tovar y José Antonio Mara- vall, cuyos estudios de la época estaban encaminados a exaltar el Imperio y el pensamiento español del Siglo de Oro^^^ . No obstante, tanto Lain como Tovar y Maravall se esforzaron en preservar el legado noventayochista y orteguiano, que formaba parte de la genealogía del pensamiento falangista, de las críticas del catolicismo integrista.

La arrolladora expansión de la Alemania hitleriana pudo haber hecho creí- ble por algún tiempo el despliegue de los planteamientos totalitarios en Espa- ña. Pero el sueño de un totalitarismo pleno se disolvió pronto en retórica inútil, dada la realidad de una España en ruinas, dividida y tutelada por un clero su- mamente conservador; y que, además, veía deshacerse en humo las empresas políticas de Alemania e Italia. No obstante. Falange seguiría ejerciendo in- fluencia en el régimen nacido de la guerra civil. Por de pronto, éste tomó y utilizó, a lo largo de toda su existencia, sus símbolos políticos; y aprovechó la retórica y el contenido de algunas de sus propuestas para garantizarse la ad- hesión de ciertos sectores de las clases medias y populares. Fue el representan- te, en fin, del populismo franquista y su rol fue operativo durante mucho tiempo. En aquellos momentos, una Monarquía tradicional como la propugna- da por Acción Española hubiera sido una fórmula política incapaz de disimular siquiera su carácter de «Antiguo Régimen», un poder autoritario que no dispo- nía de más argumento a su favor que la legitimidad dinástica y, en consecuen- cia, se encontraba desprovisto de sentido carismático secularizado, y que tenía que renunciar, por principio, a palabras, aunque fuesen únicamente retóricas, como «revolución», de toda apelación popular. De haber seguido esa vía, es previsible que el régimen hubiera durado mucho menos.

No obstante, el pensamiento falangista, tras la derrota del Eje, entró en un serio e irreversible declive, del cual fue incapaz de salir, limitándose a repetir las viejas fórmulas, sin posibilidad de renovación. Dentro de esa corriente, tan sólo son reseñables los intentos del filósofo Adolfo Muñoz Alonso, cuya peculiar

115 CONDE, Francisco Javier: «Espejo de caudillaje», en Escritos y fragmentos políticos, Madrid, 1974, tomo I, páginas 30 y ss.

11^ LAÍNENTRALGO, Pedro: Valores morales del nacional-sindicalismo, Madrid, 1941.

15 TovAR, Antonio: El Imperio de España, Madrid, 1941. MARAVALL, José Antonio: Teoría del Estado en España en el siglo XVII. Madrid, 1943

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dialéctica, plagadas de inconcreciones y paradojas, fue un reflejo más de la pro- fundidad de la crisis. Fundamentalmente, Muñoz Alonso intentó enfatizar el carácter católico del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera —ignorando por completo a Ledesma Ramos—, en la línea de las corrientes «personalistas» que arrancan de Mounier ^^^. Otros intentos, como los de José Luis de Arrese, mostraron, no solo mayor inconcreción, sino una irreprimible nostalgia. Su proyecto de leyes fundamentales, que pretendía resaltar las atribuciones del Movimiento y el poder del Consejo Nacional en la estructura del Estado, y que chocó con la oposición cerrada de las restantes familias del régimen e incluso de la Iglesia, resultó ser, en el fondo, el canto del cisne del fascismo español^^”. Y es que el proyecto autárquico, proteccionista y totalitario que seguían defen- diendo los falangistas chocó con las necesidades de la economía española y con las líneas generales de la economía diseñadas por los organismos internaciona- les en que España se había ido integrando. A la altura de los años setenta, de- clararse falangista —diría el economista Juan Velarde— «ya no es una defini- ción (…) Si algún falangista sostiene alguna idea debe decir que lo hace a título particular, porque como miembro de una organización nada puede decir (…) La falange se encuentra en un estado de pulverización, pues ni siquiera algunos grupos activistas y minoritarios que uno se encuentra en la Universidad, se entienden entre sí»”^.

Finalizada la guerra mundial, Franco recurrió a los sectores de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. A diferencia de los falangistas y de los herederos de Acción Española, los hombres de Herrera nunca se distinguieron por la densidad conceptual de su pensamiento político; fueron más que nada hom- bres de acción. Su proyecto político tuvo por norte las encíclicas papales. Sus principales representantes fueron, aparte de Herrera, Fernando Martín Sánchez-

Julia, José Larraz, Alberto Martín Artajo y José María García Escudero^ ^^. Mayor importancia tuvo, a nivel ideológico, la aparición en 1948 de lo que vino en llamarse, un tanto impropiamente, la «Tercera Fuerza», representada

por los herederos ideológicos de Acción Española, entre los que destacaban algu- nos miembros de la sociedad religiosa Opus Dei, fundada en 1928 por el sa- cerdote José María Escrivá de Balaguer^^o^ como Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez-Embid, Ángel López-Amo, Vicente Matrero, Antonio Fontán, Antonio Millán Puelles, etc.; y al margen de ésta, Gonzalo Fernández de la Mora. Calvo

‘”5 MUÑOZ ALONSO, Adolfo: Persona humana y sociedad, Madrid, 1955. Un pensador para un pue- blo, Madrid, 1969-

“^ ARRESE, José Luis de: Obras seleccionadas, Madrid, 1966. Una etapa constituyente, Barcelona, 1982.

’18 SERRATSOLLÉ, Jaime: «El doctrinario Juan Velarde Fuertes», en Mundo, octubre 1972.

19 Vid. MARTÍN SÁNCHEZ-JULIA, Fernando: Ideas claras. Reflexiones de un español actual, Madrid, 1959. GARCÍA ESCUDERO, José María: Conversaciones sobre Ángel Herrera, Madrid, 1986.

120 Vid. ARTIGUES, Daniel: El Opus Dei en España, París, 1970 ESTRUCH, Joan: Santos y pillos. El Opus Dei y sus paradojas, Barcelona, 1994.

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Serer se sirvió para aglutinar a los intelectuales conservadores y tradicionalistas de la revista Arbor, órgano del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Su objetivo más inmediato era ofrecer una alternativa a los equipos políticos que hasta entonces habían monopolizado la dirección del Estado: una alterna- tiva consistente en la institucionalización monárquica del régimen nacido de la guerra civil, favoreciendo un entendimiento entre Franco y Don Juan de Bor- bón; la restauración de la «conciencia nacional unitaria», basada en el catolicis- mo, frente a los intentos de apertura intelectual favorecidos por el ministro de Educación Nacional Joaquín Ruíz Jiménez y los falangistas; y en la asunción de las premisas del neocapitalismo y del desarrollo económico. Como diría Florenti- no Pérez-Embid: «españolización de los fines y europeización de los medios» ^^^

Dentro de la homogeneidad católica y monárquica de este sector intelec- tual, existía, sin embargo, una cierta heterogeneidad de perspectivas, cuyo polo máximo lo encarnaban Vicente Matrero —luego director de la revista neointe- grista Punta Europa— y Fernández de la Mora. El pensamiento de Matrero pretendió asentarse sobre una perspectiva radicalmente católica, considerando irrenunciable el carácter de «Cruzada» dado a la guerra civil y la denuncia de la heterodoxia religiosa representada por Unamuno y, sobre todo, por Ortegai22 Características muy distintas ofrecía el pensamiento de Fernández de la Mora, admirador de Ortega y partidario de eliminar el «patetismo» y de llegar a la «asepsia» técnica mediante la «desideologización», despojando de ingrediente religioso a la política y rehuyendo, de manera expresa, la denominación de «Cruzada» para la guerra civil^^^. Junto a Fernández de la Mora, los miembros más interesantes del grupo eran Leopoldo-Eulogio Palacios, antiguo colabora- dor de Acción Española y critico de Maritain, y Ángel López-Amo, profesor del entonces Príncipe de España, e introductor de las teorías monárquicas de Lo- renz von Steini24

Calvo Serer dio igualmente audiencia a los últimos representantes del tra- dicionalismo carlista, como Francisco Elias de Tejada y Rafael Gambra. lusfiló- sofo, historiador y doctrinario político, Elias de Tejada teorizó sobre la Monar- quía tradicional, limitada mediante leyes fundamentales y los particularismos de los diferentes reinos de «las Españas»^^^ Mientras que Gambra intentó ac-

121 CALVO SERER, Rafael: España, sin problema, Madrid, 1949. Teoría de la Restauración, Madrid, 1952. PÉREZ EMBID, Florentino, Ambiciones españolas, Madrid, 1953, páginas 46 y ss.

122 MARRERO, Vicente: La guerra civil española y el trust de cerebros, Madrid, 1965. Ortega, filósofo mondain, Madrid, I960.

123 FERNÁNDEZ DE LA MORA, Gonzalo: Ortega y el 98, Madrid, 1961. El crepúsculo de las ideologí- as, Madrid, 1965.

12′! LÓPEZ-AMO, Ángel: Poder político y libertad. La Monarquía de la reforma social, Madrid, 1952. PALACIOS, Leopoldo-Eulogio, El mito de la Nueva Cristiandad, Madrid, 1952.

125 REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS: Francisco Elias de Tejada y Spínola. Elhombre y la obra, Madrid, 1989. AYUSO, Miguel: Lafilosofíajurídica y política de Francisco Elias de Tejada, Madrid, 1994.

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tualizar las teorías de Vázquez de Mella, para más tarde criticar el «derrotismo católico» incapaz de mantener la unidad religiosa nacional frente a las tenden- cias secularizadoras^^^.

Con el tiempo, la llamada «Tercera Fuerza» acabó disolviéndose; y algunos de sus miembros, como Calvo Serer, evolucionaron hacia posturas liberal- conservadoras; mientras que otros, como Pérez-Embid y Fernández de la Mora, se integraron en el régimen. Fernández de la Mora fue el autor, junto a Lau- reano López Rodó, de las Leyes Fundamentales, convirtiéndose en el pensador por excelencia del último período del régimen de Franco^^^.

Y es que, para entonces, el conjunto de la derecha española iba a tener que enfrentarse a una serie de retos de singular transcendencia. Por de pronto, du- rante la década de los años sesenta la sociedad española iba a experimentar unas transformaciones sociales decisivas. Como consecuencia de un desarrollo económico sin precedentes, se agudizó la desintegración de la sociedad agraria tradicional, que provocó la concentración urbana de la mano de obra liberada de la agricultura; lo cual incidió en la secularización y «americanización» de las costumbres, que hizo entrar en profunda crisis los fundamentos de la cultura política tradicional de las derechas españolas. Unido a ello, se produjo un cam- bio verdaderamente cualitativo en la doctrina de la Iglesia católica, con el Con- cilio Vaticano II. Para la sociedad española, y en concreto para el régimen polí- tico, la situación inaugurada por las transformaciones sociales y, sobre todo, por el Concilio fue enormemente problemática. Porque el catolicismo no era sólo en España una religión; era todo un sistema de creencias y mores que había marcado a todo el país, sus ideas, su política; que había sido objeto de guerras internas y externas. Por eso, la crisis del catolicismo tradicional fue una crisis auténticamente nacional; y, sobre todo, política. Significó el final de toda una época de la historia de España. No es extraño que un viejo colaborador de

Acción Española como Aniceto de Castro Albarrán, exclamara, al conocer el con- tenido del Concilio, «iPobre Iglesia! ¡Pobre España!»^^^.

Frente a aquella situación, a la derecha tradicional le quedaron tan sólo dos opciones: permanecer aferrada a una institución, como la Iglesia católica, que ya no quería saber nada de ella, o buscar nuevas vías. Fernández de la Mora optó por el segundo de los caminos. A ese respecto, su obra se inscribe en el intento de dotar a la derecha tradicional española de nuevos horizontes intelectuales e ideológicos, adecuándola a las nuevas condiciones de desarrollo económico y se- cularización. Por ello, su producción no se limita a repetir los viejos tópicos; no es una mera refundición de tradiciones anteriores; integra unos elementos —el

126 GAMBRA, Rafael: La Monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional, Madrid, 1954. La unidad religiosa y el derrotismo católico, Sevilla, 1965.

‘ ” GONZÁLEZ CUEVAS, Pedro Carlos: «Gonzalo Fernández de la Mora y la legitimación del franquismo», en Sistema, n° 91, septiembre 1989- Razonalismo. Homenaje a Fernández de la Mora,Madrid, 1995.

128 CASTRO ALBARRÁN, Aniceto de; Lo nuevo conciliar y lo eclesialperenne, Madrid, 1967, página 101.

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elitismo, la critica a la democracia liberal, etc.— y otros no —el pasadismo, el antimodernismo, el fideísmo, el integrismo religioso-—, los eleva de nivel y los proyecta en una realidad social distinta, donde cumplen una función diferente. Frente al integrismo tradicional, Fernández de la Mora asume un concepto racio- nalista —o «razonalista», como él lo denomina— de la historia, que es presentada como marcha progresiva del espíritu humano del «mithos al logos». Progreso es sinónimo de «racionalización» de los distintos aspectos de la vida humana; lo que tiene como consecuencia la asunción de la necesidad de modernización social, económica y política. De ahí que el ideal contemporáneo por antonomasia sea el desarrollo, cuyas consecuencias sociales y políticas —^homogeneización de las cla- ses sociales y de las naciones— llevan consigo la exigencia de nuevas fórmulas de legitimación y de representación política. Suponía el paso de la política «ideoló- gica» a la política «científica»; lo que ponía en crisis a las ideologías tradicionales: nacionalismo, liberalismo, socialismo y democracia cristiana. Las ideologías eran «derivaciones», en el sentido de Pareto, es decir, filosofías políticas popu- larizadas, patetizadas, simplificadas. A partir de ahí, Fernández de la Mora cri- tica al marxismo como anticientífico; al nacionalismo, como irracional; al con- fesionalismo religioso, como anacrónico en un periodo de «interiorización de creencias»; y al liberalismo, cuyo sistema económico era ya inviable y cuya sis- tema político degeneraba progresivamente en «partitocracia». En definitiva, la legitimidad del Estado no podía ya descansar en esas ideologías, sino en la «efi- cacia», es decir, en su capacidad para garantizar el orden, la justicia y el desa- rrollo económico. El Estado «ideológico» era sustituido por el «Estado de ra- zón». Y, en ese sentido, el Estado nacido de la guerra civil adquiría legitimidad por el formidable cambio de infraestructuras ocurrido bajo su égida, por su política de orden y de justicia social; era un auténtico «Estado de obras». De la misma forma, el sistema de «democracia orgánica» era más eficaz que el liberal a la.hora de representar los distintos intereses sociales y de frenar los avances de la partitocracia^^^.

Las tesis de Fernández de la Mora fueron muy discutidas; y no sólo por la izquierda, lo que era natural, sino igualmente, e incluso con más virulencia por algunos sectores de la derecha y la extrema derecha, que no podían aceptar ni su valoración positiva de la secularización, ni su renuncia a la confesionalidad del Estado, ni su apuesta por el cosmopolitismo frente al nacionalismo^^°. Para algunos intelectuales afines al régimen, su asunción de las tesis de Fernández de la Mora presagiaban su próximo fin^^^ Y, de hecho, no dejaba de ser cierto que la «eficacia» como criterio de legitimidad colocaba el régimen de Franco sobre un basamento, muy inestable y peligroso, pues ya no tenía justificación

129 FERNÁNDEZ DELAMORA, Gonzalo: El crepúsculo de las ideologías, Madrid, 1965. Del Estado ideal al Estado de razón, Madrid, 1972. El Estado de obras, Madrid, 1976. La partitocracia, Madrid, 1977.

130 Vid. GAMBRA, Rafael: Tradición o mimetismo, Madrid, 1976, páginas 80 y ss. MuÑOZ ALON- SO, Adolfo: Un pensador para un pueblo, Madrid, 1969, páginas 145 y ss.

131 GONZÁLEZ CUEVAS, «Gonzalo Fernández de la Mora y…», en op. cit., páginas 95 y ss.

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en sí mismo, sino que se le entregaba a consideraciones relativas de utilidad que podían ser llevadas a cabo igualmente por otro tipo de sistema político.

9. OCASO Y RENOVACIÓN

De esta forma, el cambio político ocurrido tras la muerte de Franco sor- prendió al conjunto de la extrema derecha española en una profunda crisis de identidad. Crisis que se ha prolongado hasta estos mismos momentos. Sin tra- ducciones extranjeras respetables, sin el apoyo de las nuevas fuerzas económicas
y financieras y, sobre todo, de la Iglesia católica, en una sociedad en permanen- te transformación, la extrema derecha tradicional, tanto en su versión falangis- ta como en la tradicionalista-integrista, era ya, y desde hacía tiempo, una al- ternativa política inviable. Prueba de ello fue el fracaso experimentado por Fuerza Nueva, único grupo de extrema derecha que ofreció la imagen de fun- cionar como partido político a lo largo de la «transición»^^^ Frecuentemente se ha hablado de Fuerza Nueva como un conato de fascismo a la española; pero, en rigor, seria más próximo a la realidad considerarle como el último estertor de la tradición teológico-política española. Su líder, Blas Pinar López era —y es— un integrista, cuya ideología bebe sus fuentes en Acción Española, el tradi- cionalismo y ciertos aspectos del falangismo. «Soy joseantoniano y tradiciona- lista de una sola pieza (…) El tradicionalismo era algo así como la reserva no contaminada de nuestro pueblo, y la Falange el indignado movimiento surgido de la contaminación (…) desde el punto de vista religioso (…) somos integristas en lo dogmático y progresistas en lo pastoral»^^^. Un proyecto, como se vio, sin capacidad alguna de futuro, que acabó disolviéndose, sin llegar a arrancar co- mo expresión de una extrema derecha moderna, semejante a la representada en Francia por Jean Marie Le Pen.

Y lo mismo ocurrió con el falangismo, dividido en múltiples facciones (FE- JONS, Falange Española (Auténtica), Falange Española Independiente, etc.), e incapaz de articularse como partido político; y que, en realidad, desapareció co- mo fuerza autónoma, hegemonizado por el grupo de Blas Pinar. A mediados de los años setenta, surgió en Barcelona el llamado Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE), como expresión tardía y marginal de un nacional-socialismo a la española, que acabó disolviéndose, tras un periodo de relativo auge, por sus

propias contradicciones internas y por su escasa incidencia social^^^.

132 RODRÍGUEZJIMÉNEZ, José Luis: Reaccionarios y golpistas. La extrema derecha en España: deltar- dofranquismo a la consolidación de la democracia (1967-1982), Madrid, 1995. CASALS, Xavier: La Ten- tación neofascista en España, Barcelona, 1998.

’53 «Blas Pinar López», Dossier Mundo, mayo-junio 1971. PiÑAR, Blas: Combate por España, Ma- drid, Hacia un Estado nacional, Madrid, 1979. ¿Hacia la Tercera República?, Madrid, 1978

i”’ Vid. CASÁIS, Xavier: Neonazis en España. De las audiciones wagnerianas a los skinheads (1966- 1993), Barcelona, 1995.

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1 4 o PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS

Mayor interés tuvieron los intentos de recepción española de la llamada «Nueva Derecha», movimiento ideológico surgido en Francia, que intenta re- novar los viejos temas de la derecha radical europea. Su líder intelectual, Alain de Benoist, director de la Nouvelle École, afirma que las ideas centrales de la dere- cha radical, entre ellas las genética, la raza y la desigualdad, han sido desacredi- tadas por su vinculación al nacional-socialismo; y trata de insuflarlas nueva vida mediante el injerto en ellas de elementos de la sociobiología, la etnología y la etología. Como Maurras, Benoist adora el politeísmo pagano, porque consagra las diversidades naturales; y deplora el cristianismo, al que califica de «bolchevis- mo de la Antigüedad», porque ha preparado la homogeneización del mundo, luego recogida por el comunismo y el liberalismo norteamericano^^^

Este nuevo paradigma no fiae asumido por Fuerza Nueva, ni podía serlo; pero sí por algunos sectores de Alianza Popular, capitaneados por Jorge Vers- trynge y, al menos en parte, por el propio Manuel Fraga, quienes invitaron a Benoist a dar una serie de conferencias en el Club del Sable^^^. No obstante, su contenido anticristiano fue muy criticado por diarios españoles, como ABC El Alcázar, si bien éste último publicó algunos artículos de Benoist. El paradigma neoderechista intentó popularizarse a través de una serie de revistas, como Fu- turo-Presente, dirigida por el escritor rumano Vintila Horia, y que publicó artí- culos de Benoist, Evola y otros representantes de la «Nueva Derecha»; y luego por El Martillo, Disidencias, Punto y Coma, etc., sin lograr, en aquellos momen- tos, excesiva audiencia^^y

Hoy, las cosas están comenzando a cambiar. De un lado, subsiste el viejo in- tegrismo católico representado en la revista Verbo, de los «Amigos de la Ciudad Católica», donde han colaborado, entre otros, Blas Pinar, Eugenio Vegas, Gam- bra, Elias de Tejada, Alvaro D’Ors, Vallet de Goytisolo, etc. Su punto de refe- rencia continua siendo el integrismo francés, representado, en su día, por Mon- señor Marcel Lefebvre. Por su parte, el falangismo ha intentado actualizar su proyecto político. Y algunos de sus miembros intentan revalorizar la perspectiva laica y fáustica de Ledesma Ramos, mientras que otros dan una interpretación tradicionalista y católica del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera^^^.

Distinta y mucho más interesante es la perspectiva dominante en Razón Es- pañola, revista fundada en 1983, y que dirige Gonzalo Fernández de la Mora,

135 BENOIST, Alain de: La Nueva Derecha, Barcelona, 1982. BENOIST, Alain de y FAYE, Gui- llaume, Las ideas de la Nueva Derecha, Barcelona, 1986.

136CASÁIS, op. cit.,páginas 145yss.

1″ Ibidem, páginas, 165 y ss. Del mismo autor, «La ultraderecha española, ¿una modernización imposible?», en PÉREZ LEDESMA, Manuel (comp.): Los riesgos de la democracia, fascismo y Neofascismo,Madrid, 1997, páginas 171 y ss.

138 Vid. MORALES, Gustavo: De la protesta a la propuesta, Madrid, 1996. CUADRADO CoSTA, Jo-
sé: Ramiro Ledesma Ramos, un romanticismo de acero, Madrid, 1990. QuiNTANlLLA, R.S. y LLOPART, Juan Antonio: Ramiro Ledesma Ramos, ¿un nacional-bolchevique?, Barcelona, 1996. ARGAYA ROCA, Miguel.’ Entre lo espontáneo y lo difícil, Oviedo, 1996.

Hispania, LXI/1, núm. 207 (2001) 99-142

(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas http://hispania.revistas.csic.es Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)

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LASTRADICIONESIDEOLÓGICASDELAEXTREMADERECHAESPAÑOLA ¡4 j

logrando aglutinar en sus páginas tanto a los intelectuales fieles al régimen de Franco como a jóvenes representantes de las nuevas tendencias derechistas. Fiel
a su paradigma «razonalista», Fernández de la Mora considera que «el raciona- lismo es un método conservador». Y la revista que dirige ha asumido, al lado de los temas tradicionales de la derecha española, la perspectiva racionalista crítica de Karl Popper, el conservadurismo de Michael Novak, las aportaciones de Hayek

en el campo de la economía y de la política, al igual que las de la «public choi- ce» de Buchanan, etc. Fernández de la Mora se ha mostrado, no obstante, muy crítico con algunos aspectos de la ideología de la «Nueva Derecha», sobre todo en lo relacionado con la reivindicación del paganismo y del politeísmo, que considera de dudosa racionalidad^^^.

Más vinculada al paradigma neoderechista, aunque sin tocar sus temas an- ticristianos y racistas, se encuentra la revista Hespérides, órgano intelectual del Proyecto Aurora, cuyo director es el joven pensador y periodista José Javier Es- parza. Su proyecto bebe en fuentes diversas: Jünger, Schmitt, Benoist, Gehlen, Spengler, Gramsci, la Escuela de Frankfurt, Heidegger, los comunitaristas nor- teamericanos (Taylor, Etzioni, etc.), Konrad Lorenz, la teoría de sistemas de Von Bertalanffy, Ortega y Gasset, etc. La ofensiva de Hespérides se vuelve co- ntra los valores de la modernidad, aunque desde una perspectiva laica. El indi- vidualismo, el igualitarismo, progresismo y cosmopolitismo son sólo «una sim- ple máscara para justificar la expansión universal de la técnica y del mercado». Se trata de una defensa de las identidades nacionales frente a la progresiva homogeneización mundialista, que el proyecto de la modernidad lleva en sí. Frente al cual, se propugna una sociedad construida sobre «solidaridades orgá- nicas», la «resurrección del sentido de lo sagrado», políticas ecológicas, un nue- vo sistema económico y una nueva concepción de la nacionalidad española^’^o. Son estos, sin duda, unos discursos que rompen definitivamente con algunas de las tradiciones más arraigadas de la derecha y de extrema derecha españolas; que miran más al futuro que al pasado; y que tienen, a nuestro juicio, la sufi- ciente capacidad persuasiva para fascinar, en un momento de crisis como el que vivimos, a un creciente número de personas. Por otra parte, algunos de los pe- ligros que denuncian son reales, aunque no nos gusten sus soluciones. Y, en ese sentido, sus palabras, sus escritos pueden inquietar. Pero estos planteamientos no pueden ser criticados en la cejijunta, cómoda y embobada beatería tan al uso de un supuesto «mal absoluto», sino con la ayuda de ese soberano principio vital de la inteligencia: el espíritu crítico.

159 Razón Española, n° 61, septiembre-octubre 1993, páginas 246-248. FERNÁNDEZ DE LA MU- RA, Gonzalo: La envidia igualitaria, Barcelona, 1986. Los errores del cambio, Barcelona, 1992. El hom- bre en desazón. Oviedo, 1998.

’40 «Defensa contra la vieja y la nueva Inquisición», Hespérides, n° 14, verano 1997, páginas 334 y
ss. ESPARZA, José Javier Ejercicios de vértigo, Madrid, 1994. Curso General de Disidencia, Madrid, 1997.

Hispania, LXI/1, núm. 207 (2001) 99-142

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Artículo sobre la relación entre la Etica y la Política, que explica y analiza las tesis del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno sobre asuntos clave para entender los procesos socio políticos del presente de la Globalización en curso

FUENTE © PENSAMIENTO, ISSN 0031-4749 PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280, pp. 509-519

pen.v74.i280.y2018.010

El peso de la ética en la política

David Alvargonzález

Universidad de Oviedo

Resumen: Las relaciones entre los principios de la ética y los requerimientos de la política no siempre

son armónicas. En este artículo, en primer lugar, se propone una definición de los ámbitos propios

de la ética y de la política. A continuación, se analizan dos ámbitos en los que se aprecia un conflicto

inevitable, estructural, entre ética y política de modo que el bien político requiere el mal ético: los

conflictos armados y las políticas de inmigración. A continuación, se hace referencia a conflictos que

pretenden estar justificados en la idiosincrasia histórica o cultural de ciertas naciones. Por último,

se citan contextos donde la ética y la política persiguen fines comunes o, simplemente, se ignoran

mutuamente.

Palabras clave: ética; política; Estado; guerra; inmigración.

The influence of ethics on politics

Abstract: The relationships between ethical principles and political requirements have proven

to be controversial. In this paper, firstly I will propose a definition of ethics and politics. Then, I will

analyze two illustrations of the unavoidable structural conflict between ethics and politics: wars and

immigration policies. In those cases political goods require ethical evils. Then, I will refer to conflicts

which claim to be rooted on the cultural and historical idiosyncrasies of certain nations. Finally, I will

refer to several situations in which ethics and politics share common objectives and other ones in

which they just follow independent courses.

Key words: ethics; politics; State; war; immigration.

Introducción

El tema de este artículo, el análisis de las relaciones entre los principios o normas

éticas y los requerimientos de la política, es un asunto muy controvertido y sujeto

a muchas valoraciones. Ahora bien, con el fin de poder tratar este problema con la

serenidad que merece, mi propósito aquí va a ser el de evitar, en todo momento,

las referencias más próximas para poder tratar el asunto de un modo abstracto,

filosófico y, en la medida de lo posible, presentar lo que sería la estructura de un

problema objetivo. La tradición en la que yo quisiera inscribir mi análisis en esta

lección es la que reivindica Spinoza cuando, en su Tratado político,dice:

Y, a fin de investigar todo lo relativo a esta ciencia [se refiere Spinoza a la

política] con la misma libertad de espíritu con que solemos tratar los temas matemáticos,

me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones

humanas, sino en entenderlas. Yo por eso he contemplado los afectos humanos

como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás

afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades

que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas

por el estilo le pertenecen a la naturaleza de aire. […]1

1Spinoza, B., Tratado político, I, §4.

510d. alvarg onzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

Atendiendo estas indicaciones, en lo que sigue tan solo haré una propuesta

de lo que se puede entender por ética y por política para poder analizar algunas

situaciones prácticas existentes que ilustran su relación mutua, tanto cuando ésta

es armónica como, sobre todo, cuando resulta conflictiva.

1. Presentación de las definiciones de ética y política que se van a utilizar

Como es común cuando tratamos de ideas filosóficas, hay muchas maneras

posibles y diferentes de definir la ética y la política. Yo voy a pedir al lector que, a lo

largo de este artículo, me acompañe en un determinado modo de entenderlas que

se inscribe en una tradición ampliamente ejercitada en la historia de la filosofía.

Esta tradición arranca de la Ética a Nicómaco, la Ética a Eudemo y la Política de

Aristóteles y es seguida por Spinoza en su famosa Ética, en su Tratado político y

en su Tratado teológico-político. Entre nosotros, Gustavo Bueno ha formulado con

especial claridad los diferentes usos de estos términos y ha propuesto unas ideas y

unas definiciones que tomaré aquí como referencia2.

Hay muchas maneras de entender la Ética. En los países de habla hispana, la

manera usual viene siendo la de considerar la Ética como el «tratado de la moral»: así

como se distingue el terreno frente a la Geografía, que sería la disciplina que estudia

el terreno, así también se distinguiría entre las normas morales dadas de un modo

empírico (social, histórico) y la Ética, que sería la disciplina académica encargada

de estudiar esas normas. Yo voy a separarme aquí de esa tradición, por otra parte

tan justificada y tan consolidada académicamente entre nosotros. Siguiendo en esto

también a Spinoza, entenderé la ética como el conjunto de normas que tienen que

ver directamente con la «perseverancia en el ser» del individuo corpóreo humano

que es también, en la situación canónica, una persona. Todo aquello que contribuye

a la fortaleza y la firmeza del sujeto humano individual corpóreo será considerado

ético: así, por ejemplo, todos los comportamientos dirigidos a conservar su salud,

y a lograr su correcto desarrollo serán considerados «éticos». Por consiguiente,

la fortaleza y la firmeza serían las virtudes éticas cardinales. Todas las personas

integradas en una cultura tienen un conocimiento práctico mundano de las normas

que contribuyen a su firmeza y a la generosidad con los demás, con independencia de

que desconozcan la Ética académica, del mismo modo que son capaces de hablar su

lengua materna sin tener una representación explícita de las reglas de su gramática.

Según este modo de entender la ética ligada a la preservación y la buena marcha

del sujeto, la medicina será, estructuralmente, una disciplina ética pues trata de

hacer que el individuo corpóreo enfermo se transforme en sano, devolviéndole la

firmeza que la enfermedad socaba; la educación también sería en muchos casos

una actividad ética pues trataría de ayudar a crecer de un modo recto al individuo y

2Bueno, G., «Lectura primera: Ética y moral y derecho», en: Bueno, G., El sentido

de la vida, seis lecturas de filosofía moral. Oviedo: Pentalfa, 1996. http://fgbueno.es/med/dig/

gb96sv1.pdf

Bueno, G., «En nombre de la ética», El Catoblepas. Revista crítica del presente, 16 (jun

2003): 2. http://nodulo.org/ec/2003/n016p02.htm

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvarg onzález, El peso de la ética en la política 511

de constituirlo como persona permitiendo que desarrolle sus aptitudes, ayudándole

a constituir su propia firmeza y fortaleza. Al contrario, todo lo que atenta contra

el sujeto corpóreo individual y contra la persona será anti-ético: el asesinato, el

homicidio, la esclavitud, la mutilación, la violación, el abuso, la tortura, los daños

físicos, la difamación, la denigración, el escarnio, la extorsión, el acoso, etc. Del

mismo modo, toda acción que el individuo realice en su propio perjuicio, como

pueda ser, en el límite, el suicidio, pero también el abuso de drogas o de alcohol, o

los hábitos alimenticios perniciosos, será también una acción antiética de acuerdo

con el criterio que estoy defendiendo aquí.

La ética, vista desde esta perspectiva toma en consideración un sujeto humano

abstracto con independencia de su raza, su lengua, su religión, su sexo, y su edad.

Todos los individuos están sujetos a esas normas éticas (contra el homicidio, la

violación, la mutilación, etc.) con independencia de su etnia, sexo, religión, edad,

o lengua. Las razas, las lenguas, y todo lo demás se consideran ecualizadas en un

sujeto humano individual genérico, abstracto, distributivo. Ese sujeto sin religión

ni raza, ni sexo, ni edad no existe como sujeto empírico, como individuo de carne

y hueso, sino que sólo existe como sujeto abstracto porque la perspectiva ética

pasa por encima de esas determinaciones concretas del individuo. Podríamos decir

que ese individuo abstracto se parece al dado equi-probable de los matemáticos

que, aunque no existe como dado empírico, sí existe como construcción abstracta

matemática resultado de lanzar un mismo dado un gran número de veces.

Por lo que se refiere a la política, voy a distinguir dos usos de la palabra política:

uno amplio y otro más restringido. En un sentido amplio, se habla de política en

contextos muy diversos como cuando se hace referencia a la política de un equipo

de futbol o de una empresa. Frans de Waal llegó a hablar incluso de la política

de los chimpancés, refiriéndose a las relaciones de poder dentro de un grupo de

chimpancés del zoo de Harnhem en Holanda3. Este es el uso amplio, laxo, reconocido

en muchos idiomas modernos de nuestro entorno. En su uso restringido o estricto,

el término “política” se refiere a todo aquello que tiene que ver con el Estado. El

Estado es una institución histórica que tiene sus orígenes allí donde los pone en

cada momento la investigación arqueológica. Según esto las sociedades tribales o

pre-estatales no son sociedades políticas sino pre-políticas. Gustavo Bueno, en una

de sus obras, comparó los Estados con las biocenosis que estudian los biólogos:

en los Estados habría un conjunto de grupos muy heterogéneos enfrentados unos

con otros, lo mismo que en las biocenosis se enfrentan entre sí diversos grupos

de organismos4. La virtud política fundamental, aquella que debe tener el buen

mandatario, es la de conservar el Estado: lograr que sea más seguro, que esté más

unido, mejor estructurado, y que sea más fuerte y con más capacidad de actuar

en el ámbito internacional. El buen mandatario político recibe el Estado en una

situación dada y tiene que lograr que, a lo largo de su gobierno, el Estado se conserve

y mejore en su seguridad interior y exterior, en su unión y cohesión interna, en su

riqueza económica y su poder geoestratégico, y consiga estar más preparado para

hacer frente a las amenazas que vienen de dentro y de fuera. El mal mandatario,

3Waal, F., La política de los chimpancés. Madrid: Alianza, 1982.

4Bueno, G., Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, Logroño, Cultural

Rioja, 1991. http://www.fgbueno.es/gbm/gb91ccp.htm

512d. alvarg onzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

aquel que traiciona sus funciones, por el contrario, es aquel que devuelve el Estado

roto, hecho jirones, inestable, débil, hipotecado, sin presencia ni importancia en

el ámbito internacional, exhausto, dependiente, con su soberanía amenazada,

expuesto a la voluntad de sus enemigos internos y externos. El gobernante de un

Estado no ocupa ese puesto para lograr la paz mundial ni la concordia universal,

ni para lograr la mejoría de los Estados vecinos, sino para que mejore su Estado

y gane en potencia de obrar, en soberanía, en fortaleza y en seguridad. Spinoza

caracteriza del siguiente modo el Estado bien constituido:

Cuál sea la mejor constitución de un Estado cualquiera se deduce fácilmente

del fin del Estado político que no es otro que la paz y la seguridad de la vida. Aquel

Estado es, por tanto, el mejor, en el que los hombres viven en concordia y en el

que los derechos comunes se mantienen ilesos. Ya que no cabe duda que las sediciones,

las guerras y el desprecio o infracción de las leyes no deben ser imputados

tanto a la malicia de los súbditos cuanto a la mala constitución del Estado […]

Efectivamente, un Estado político que no ha eliminado los motivos de sedición y

en el que la guerra es una amenaza continua y las leyes, en fin, son con frecuencia

violadas, no difiere mucho del mismo estado natural, en el que cada uno vive según

su propio sentir y con gran peligro de su vida. 5

Y, en otro lugar del Tratado político, dice Spinoza “En efecto, la libertad de

espíritu o fortaleza es una virtud privada [diríamos nosotros, individual, “ética”],

mientras que la virtud del Estado es la seguridad”6. Por tanto, según lo propuesto,

de un lado están las normas éticas que regulan la marcha del sujeto individual,

y, por otra parte, están las normas políticas que son aquellas a las que tiene que

atenerse el gobernante (con independencia del procedimiento que se haya utilizado

para su elección) para velar por la buena marcha del Estado, por su seguridad, por

su unidad, por su cohesión interna, y por su crecimiento pues esa es la tarea en la

el mandatario tiene que poner su empeño.

2. Sobre la incompatibilidad estructural entre ética y política en general

Una vez aclarado lo que voy a entender por ética y por política en el contexto

de este artículo, pasaré a analizar dos ejemplos de incompatibilidad estructural

entre estos dos ámbitos. Desde cierto fundamentalismo ético, existe una tendencia

a considerar que el asunto de las relaciones entre ética y política es muy sencillo

porque se postula que la política tiene que estar siempre subordinada a la ética.

De este modo, las leyes éticas tendrían que respetarse siempre pues el Estado

tendría que estar al servicio de la ética, al servicio de los sujetos individuales y de

sus necesidades. Yo voy a defender aquí que esta idea no se corresponde con lo

que sabemos acerca de los Estados realmente existentes (tanto históricos como

actuales), y que existen razones estructurales para que esto sea sí.

En el ámbito del derecho, y hablando en general, se suele entender que los delitos

contra la propiedad son más leves que los delitos contra la integridad física de las

5Spinoza, B., op.cit., V, §2.

6Spinoza, B., op.cit., I, §6.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 513

personas, y así lo contemplan la mayor parte de los ordenamientos jurídicos de los

países de nuestro entorno: por ejemplo, se considera más grave matar, mutilar, o

violar que robar. Efectivamente, hay razones serias para considerar que los delitos

contra la propiedad, en la medida en que ésta es separable del sujeto corpóreo

individual, son menos graves que aquellos otros cometidos contra la integridad

del sujeto corpóreo mismo. Por esta razón, los problemas más graves cuando se

considera la colisión entre política y ética se dan cuando, por razones políticas, se

atenta contra la integridad física de los individuos corpóreos humanos o contra su

integridad personal: contra su vida, contra su salud, contra su seguridad, o contra

su honor.

Un caso límite, pero frecuente, es el caso de la guerra: cuando el Estado se

ve involucrado en una guerra defensiva, sabe que sus nacionales morirán en el

combate, pero ese mal ético (la muerte y la mutilación de personas inocentes) se

considera necesario para lograr un bien político (la defensa del Estado), y esto

por no hablar de los muertos infligidos en el bando contrario que también son

individuos humanos. Quisiera hacer notar que, a estos efectos, da lo mismo que el

Estado que lanza las bombas sea un Estado democrático o no lo sea: democrático

fue el Estado que lanzó dos bombas atómicas contra la población civil indefensa en

Hiroshima y Nagasaki. En este caso, los requerimientos políticos pasan por encima

de los éticos, y se considera un honor (moral y político) el sacrificio que los soldados

hacen por el bien de su Estado cuando reciben el tratamiento de héroes. Sería puro

idealismo histórico pensar que ya hemos alcanzado la situación de la Paz Perpetua

de Kant y suponer que las guerras fueran una cosa del pasado pues los conflictos

armados han ocurrido en el pasado desde los orígenes de los estados prístinos,

ocurren en el presente y, con el permiso de Kant, no hay ningún indicio racional

para suponer que vayan a dejar de ocurrir en el futuro. Aunque Kant parecía saber

de buena tinta que esto no sería así en el futuro, no llegó a hacernos partícipes

de las fuentes de su evidencia7. La guerra, como “continuación de la política por

otros medios” (usando la acertada fórmula de Clausewitz8), es siempre el modo

último de resolver los conflictos entre los Estados políticos y conlleva de un modo

estructural la muerte de individuos humanos. Los ejércitos han sido siempre partes

constitutivas irrenunciables de los Estados desde sus inicios, ya que un Estado

que carezca de ejército tendrá siempre su independencia y su soberanía nacional

subrogadas.

Otro ejemplo de actualidad que muestra la colisión entre la ética y la política

lo tenemos a propósito del control de las fronteras que todos los Estados tienen

que realizar si no quieren que su propia viabilidad se vea puesta en peligro. Si

nos instaláramos en una perspectiva puramente ética, todas las personas por igual

deberían tener los mismos derechos para circular libremente por el planeta y para

establecerse donde mejor les pareciera, pero, de hecho, la libertad de circulación

y de residencia es muy diferente según se sea ciudadano de uno u otro Estado: las

alambradas, las patrulleras, la policía, y las deportaciones condenan a millones de

personas a vivir en situaciones inhumanas en sus países de origen, y a esclavizarse

7Kant, I., Sobre la paz perpetua, 1795.

8Clausewitz, C. von, De la guerra, OP escrito en el periodo 1818-1830.

514d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

y prostituirse, o directamente a morir, intentando entrar en un Estado que les

permita vivir con cierta dignidad. En la agenda política de los Estados asediados

por esta inmigración está ya, de un modo explícito, la estrategia de ayudar a los

países de donde procede esa marea humana a cambio de que sean ellos mismos los

que cierren sus propias fronteras e impidan la salida de los desposeídos, de modo

que el problema quede alejado de las sociedades del bienestar que no desean ver

niños ahogados yaciendo en sus playas. Este enfrentamiento entre ética y política,

en este caso, como en el caso de la guerra, es estructural: si uno de esos Estados del

bienestar abriera de par en par sus fronteras en virtud de un tratamiento igualitario

hacia todas las personas y de una generosidad ética universal, se pondría en riesgo

ese Estado y el bienestar de sus nacionales. El Estado quedaría invadido por

pueblos con otras culturas, otras lenguas y otras religiones, colapsaría el sistema de

seguridad social, de pensiones, de cobertura sanitaria y de educación, y se destruiría

su estabilidad interna. Se pueden discutir muchos asuntos relativos al mejor modo

de gestionar las fronteras pero, en último término, toda nación tiene que tener

unas fronteras puesto que el Estado implica, desde sus inicios, la apropiación de un

determinado territorio por parte de una población dada. También en este ejemplo se

aprecia que es una cuestión de hecho que las naciones priman su viabilidad política

frente a lo que serían los requerimientos de la generosidad ética universal, y están

dispuestos a sacrificar la vida y los intereses más básicos de millones de personas

con tal de conservar su buena marcha. Los argumentos expuestos sugieren que este

proceder anti-ético puede considerarse estructural ya que, de no llevarse a cabo

esa política restrictiva, la viabilidad del Estado anfitrión quedaría comprometida,

y también sugieren que esta contradicción entre requerimientos éticos y viabilidad

política afecta a todos los estados con independencia del procedimiento por el que

se elijan sus dirigentes.

Aunque se podrían poner otros ejemplos, sirvan estos dos para ilustrar el

modo cómo los mandatos éticos colisionan con los políticos, y para mostrar, con

hechos y con argumentos generales más abstractos, las razones por las que hemos

afirmado hace un momento que la política no está siempre, ni pueda llegar a estar,

subordinada a la ética. Si la política estuviese siempre regida por la ética los Estados

serían inviables: ni habrían aparecido los estados prístinos ni existirían los estados

actuales. Quiero reiterar una vez más que mi intención en este artículo no es hacer

una condena ética en nombre de Dios, del pueblo o de la Historia de un determinado

estado de cosas, ni mucho menos hacer una apología de la violencia inherente a las

guerras y a los procedimientos policiales de control de las fronteras, sino analizar

la estructura de un problema objetivo de modo que esas políticas antiéticas no sean

vistas tanto como vicios de un gobernante malvado que se regocija con el dolor

ajeno, sino como contenidos inherentes a la propia naturaleza del Estado, como

políticas que son necesarias para que el Estado mismo exista.

El planteamiento explícito de este conflicto entre ética y política conduce al

reconocimiento de situaciones tan duras y tan desalmadas que los propios Estados

movilizan todos los recursos lenitivos a su alcance para disimular ese conflicto y

tranquilizar a la opinión pública, procedimientos entre los que están todo tipo de

mitos irenistas y de quiliasmos soteriológicos.

A la vista de estos ejemplos, la idea de que la política debe estar siempre

subordinada a la ética o bien es un desideratum o, de otra forma, habría que

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 515

considerarla como una idea propia de una concepción idealista del Estado político

que es incapaz de entender que la custodia de un territorio previamente apropiado

es condición sine qua non de cualquier Estado realmente existente.

Quisiera añadir una consideración más acerca de las relaciones entre la ética

(o, en este caso, la moral) y la política en otro momento histórico ya que estas

relaciones no siempre tuvieron la morfología que presentan en la actualidad: en la

Edad Media europea, y en los inicios de la Edad Moderna, se consideraba que el

poder de los reyes de los Estados católicos venía de Dios y, por tanto, el rey católico,

en ciertos asuntos de Estado, estaba obligado por la moral teológica católica: por

ejemplo, tenía prohibido pactar con los protestantes o con los musulmanes para ir

en contra de otro reino católico porque se entendía que esa política iba contra el

propio Dios. En el límite, algunos de los proyectos políticos del rey católico estaban

guiados por el mandato religioso de hacer llegar el Evangelio a todos los rincones

del mundo: este fue el proyecto del imperio español cuando cristianizó y convirtió

a los nativos americanos en ciudadanos españoles católicos. La moral católica era

concebida como universal y, por tanto, desde un punto de vista emic, era entendida

como algo parecido a lo que nosotros conocemos hoy como “ética”. Fernando

II de Habsburgo, por ejemplo, en coherencia con su moral católica, suprimió el

protestantismo en los territorios que estaban bajo su mandato lo que precipitó la

llamada “Guerra de los Treinta Años” (1616-1646). En 1629, en vez de detener la

guerra y buscar un pacto, promulgó el Edicto de Restitución para devolver a los

católicos las propiedades eclesiásticas secularizadas desde la paz de Passau. El

Príncipe de Maquiavelo, publicado en 1513, pasa por ser la primera obra moderna

en la que el fin político se pone por delante del bien ético (o moral) de un modo muy

explícito. Eso le valió a Maquiavelo la circunstancia de que su propio apellido diera

lugar al sustantivo “maquiavelismo” que suele ir acompañado de connotaciones

peyorativas. Dice Maquiavelo:

Y hay que tener bien en cuenta que el príncipe, y máxime uno nuevo, no puede

observar todo lo que hace que los hombres sean tenidos por buenos, ya que a

menudo se ve forzado, para conservar el Estado, a obrar contra la fe, contra la

caridad, contra la humanidad, contra la religión. Por eso tiene que contar con

ánimo dispuesto a moverse según los vientos de la fortuna y la variación de las

circunstancias se lo exijan, y como ya dije antes, no alejarse del bien, si es posible,

pero sabiendo entrar en el mal si es necesario. […]9

Y aquí se debe señalar que el odio se gana tanto con las buenas como con las

malas obras; así que, como ya dije antes, un príncipe que quiera mantener su Estado

se ve a menudo forzado a no ser bueno porque, cuando aquella colectividad,

ya sean pueblos soldados o grandes señores, que tú juzgues necesaria para mantenerte,

esté corrompida, te conviene seguir su humor para satisfacerla, con lo que,

entonces, las buenas obras son tus enemigas10.

Así pues, el político que no sabe hacer el mal ético “si es necesario” no puede ser

un buen político porque, a veces, el Estado requiere el mal ético. El cardenal católico

francés Richelieu, enfrentado a Fernando II en la citada Guerra de los Treinta

Años, pasa por ser el primero que, de un modo explícito, justificó la separación

9Maquiavelo, N, El príncipe, XVIII.

10Maquiavelo, N, op.cit., XIX.

516d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

de la moral católica frente a la praxis política del Estado francés, llevando a la

práctica la idea expuesta por Maquiavelo en El príncipe, resumida en la famosa

fórmula de la “raison d’état” (que los ingleses tradujeron por “national interest”).

Para Richelieu, la razón de Estado, los intereses del Estado francés, estaban por

encima de cualquier otra consideración, estaban por encima incluso de cualquier

norma moral o religiosa, lo que le permitió aliarse con otomanos y protestantes

en contra del rey católico Fernando II, incluso siendo Richelieu, como era, un

príncipe de la iglesia católica. A partir de ese momento, en la política internacional

europea, la moral religiosa asociada a la teoría del origen divino del poder pasó a

un segundo plano eclipsada por el interés del propio Estado, de esos Estados que

luego se convertirían progresivamente en naciones en sentido moderno. La teoría

política según la cual los Estados son los actores políticos más importantes sobre

los que no existe ningún poder ni norma superior que regule sus relaciones (al

margen de los tratados que ellos mismos, en el ejercicio de su soberanía, decidan

asumir) es lo que se conoce como “realismo político”; la práctica política asociada

a esa teoría es la llamada “Realpolitik”, término alemán acuñado por Ludwig von

Rochau en su conocido libro Principios de Realpolitik11. Por supuesto, con esto no

estoy intentando decir que en la Edad Media no hubiera conflictos o tensiones

entre lo que ahora llamamos requerimientos éticos y la realidad política pero,

como digo, algunos de estos conflictos tenían una morfología diferente en la que

la moral religiosa jugaba un papel importante pues el papa estaba ungido por Dios

y, por tanto, tenía un estatus especial. La Edad Moderna y la ulterior caída del

Antiguo Régimen se suele caracterizar por la pérdida relativa del poder moderador

político por parte de la iglesia católica, un poder político que, en la escolástica

medieval y moderna, forma parte de un sistema teológico y antropológico en el que

los principios morales católicos tienen una papel cardinal (como lo tuvieron en el

derecho de gentes).

En el mundo sin Dios posterior a la Revolución Francesa, la moral y la política

religiosa dejan paso a la Realpolitik: ya no es posible apelar a una ética o una moral

dadas por Dios que estén por encima del Estado y de la política. Muchos juzgarán

esta situación como aberrante, pero deberían recordar que, desde una antropología

no teológica, el sujeto individual personal, su libertad, su seguridad, la igualdad,

su educación y, en general, su constitución como ciudadano y como persona,

sería imposible fuera del Estado. Los derechos que un ciudadano europeo tiene

y que salvaguardan su integridad personal no los tiene en cuanto que ciudadano

del mundo sino en cuanto inglés, francés, o español. Tiene que haber un Estado

que haga valer esos derechos pues hay muchos lugares del mundo en los que esos

mismos derechos no significan nada, donde no existen. Si en ciertos lugares se

respetan es gracias a un determinado Estado y si ese Estado deja de existir entonces

inmediatamente dejan de existir esos derechos y la ética que está detrás de esos

derechos. Esa ética es ella misma también una construcción histórica dentro de

un Estado realmente existente. Una vez que el poder supraterrenal moderador ha

dejado de existir, es la propia confrontación entre los Estados la que determina el

poder relativo de cada uno con respecto a los demás, y el poder y la soberanía de

11Rochau, L. von, Grundsätze der Realpolitik, Stuttgart, Göpel, 1853.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 517

algunos Estados para hacer valer ciertos principios éticos dentro de sus fronteras y

en el trato recibido por sus nacionales en el exterior.

3. L a identidad cultural e histórica de ciertos Estados como justificación

de la violación de los principios éticos

Los principios éticos que salvaguardan la integridad del individuo humano y que

presuponen la igualdad distributiva entre las personas, a pesar de estar construidos

como principios universales en cuanto a su esencia, sin embargo no son universales

en cuanto a su implantación práctica política, en cuanto a su existencia. No me

refiero ahora a la incompatibilidad inevitable entre ética y política exigida por la

misma viabilidad de todo Estado y que he considerado en el epígrafe anterior, ni se

trata tampoco de considerar la eventualidad de que alguna persona particular actúe

de un modo antiético pues esto podrá ocurrir en cualquier Estado ya que es imposible

erradicar por completo los asesinatos, los asaltos violentos, las violaciones y tantas

otras conductas delictivas que atentan contra la individualidad física y moral de

las personas. Lo que quiero tratar en este epígrafe es la existencia de Estados que,

amparándose en su identidad histórica o cultural, permiten o incluso promueven

conductas antiéticas institucionalizadas que, en principio, podrían evitarse.

Este es el caso de aquellos Estados en los que está tolerada la mutilación genital

pues toda mutilación es una violación grave de la integridad física individual.

Nuestros conocimientos médicos confirman sin ningún género de dudas el carácter

dañino y perjudicial de esas prácticas y su absoluta falta de justificación. Otro caso

frecuente de violación institucionalizada de las normas éticas más básicas es el

de las restricciones graves y gratuitas que sufren las mujeres en muchos Estados:

limitaciones en la libertad de movimientos, y en el acceso al estudio, al trabajo y a

multitud de actividades públicas y privadas. Todas estas restricciones atentan contra

el desarrollo personal de esas mujeres y, por tanto, socavan su firmeza y su fortaleza

pues las convierten en personas de segunda categoría sin posibilidad alguna de

redención. Ciertas restricciones severas en los hábitos del vestir de las mujeres

también cumplen esta función de sometimiento a los hombres y de afirmación de

lo que los antropólogos llaman un “complejo de supremacía masculina”.

Por supuesto, hay que citar también aquí los Estados que tienen institucionalizada

la tortura o la toleran de un modo sistemático. Por otra parte, es universalmente

admitido en todos los Estados que ciertos delitos graves deben llevar asociada una

pena de privación de libertad. Esa pena tiene muchas funciones no siendo la menor

la de permitir al reo redimir su falta ante la sociedad, y redirigirle hacia la conducta

correcta para integrarle en la sociedad como un ciudadano más. Suele entenderse

que esa restricción temporal de la libertad tiene una clara intención ética pues

cumple esa función correctora y rehabilitadora. Sin embargo, la función redentora,

“elevante”, de las condenas desaparece cuando nos referimos a la mal llamada “pena

de muerte”. La expresión “pena de muerte” es casi un oxímoron ya que el penado no

puede sufrir pena alguna si es que se le mata. Por esta razón, Gustavo Bueno propone

que se designe como “eutanasia procesal”, es decir, una muerte producida adrede

de un modo piadoso como consecuencia de un proceso judicial justo, y que estaría

reservada para los convictos y confesos de crímenes horrendos en los que resultaría

518d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

repugnante pensar siquiera en la posibilidad de una redención y rehabilitación del

criminal12. Lo mismo que los médicos pueden desahuciar a un enfermo terminal y

evitar el ensañamiento terapéutico, se diría que un Estado podría desahuciar a ciertos

autores de crímenes horrendos, al considerarlos como una especie de “enfermos

éticos incurables”, promoviendo su eliminación eutanásica. Gustavo Bueno mantiene

que el Estado no cometería crimen ético alguno puesto que el reo habría dejado de

ser persona y resultaría irrecuperable. Esa supuesta despersonalización total es, sin

embargo, muy controvertida, lo que lleva a pensar que la eutanasia procesal en tiempo

de paz implica atentar directamente contra la vida de una persona (por patológica que

sea o desintegrada que esté), y que entonces supone un acto antiético institucionalizado

y no necesario. La pena de muerte en tiempo de guerra tiene un significado distinto

pues, como ha quedado expuesto en el epígrafe anterior, el crimen ético se reconoce

de modo explícito aunque se le da una justificación política.

4. Ética y política en situaciones en las que no hay contradicción

Me he referido a dos situaciones (las guerras y las políticas de fronteras) en las

que cualquier Estado, si quiere conservarse en el ser, tiene que sacrificar el bien

ético para lograr su supervivencia como Estado político. He mencionado después

la existencia de estados particulares que, en virtud de su estructura idiosincrática

conculcan sistemáticamente principios éticos apelando a su identidad histórica

o cultural. Sin embargo, la buena marcha de un Estado realmente existente, en

muchas circunstancias, no colisiona con los principios de la ética, e incluso, en

ocasiones, el Estado persigue, también por motivos estructurales, los mismos

objetivos que la ética: al Estado le interesa que sus ciudadanos estén sanos y tengan

una formación cualificada pues eso, en general, contribuye a la buena marcha de la

nación, a su fortaleza y a su seguridad; en todo caso, ese mismo Estado debe velar

por los contenidos de esa educación pues sería suicida que se dedicase a promover

la formación de terroristas o de traidores y sediciosos que atentaran luego contra

su propia seguridad.

Hay otros asuntos en los que la política se desentiende de las normas éticas

que velan por la firmeza de las personas: así, por ejemplo, las prácticas de fumar,

abusar de la bebida y de las drogas o tener una conducta excesivamente promiscua

pueden ser perjudiciales para la salud del individuo si es que ponen en riesgo su

firmeza y, sin embargo, muchos Estados evitan censurarlas. Unas veces la pasividad

del Estado se justifica por la imposibilidad de controlar efectivamente ciertas

conductas, otras por el carácter contraproducente de su persecución (como ocurrió

con la ley seca), y otras, en fin, apelando a la doctrina según la cual el Estado no

debe entrometerse en cuestiones que se consideran íntimas o propias de la vida

privada. Desde la concepción de la ética bosquejada en el epígrafe primero de

este artículo, el aborto provocado de embriones humanos sanos implantados es

censurable ya que significa matar a un individuo humano en sus fases tempranas

12Bueno, G., Panfleto contra la democracia realmente existente, Madrid, La esfera de los

libros, 2004.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 519

de formación. Sin embargo, la oportunidad política de las leyes restrictivas en

materia de aborto es un asunto que se discute con otros argumentos: por una parte,

con las tecnologías médicas actuales, y en el contexto de un tráfico internacional

generalizado de personas, el aborto temprano resulta casi imposible de perseguir

y, por otra parte, hay estudios que sugieren que las legislaciones restrictivas en esta

materia no hacen disminuir las tasas de aborto.13No obstante, la circunstancia de

que, desde las administraciones, se trate de reducir algunas de las prácticas referidas

en este párrafo, utilizando, por ejemplo campañas de información y propaganda,

probablemente se justifica porque el Estado las considera dañinas para el individuo

y, por tanto, desde nuestras coordenadas, antiéticas.

También se dan situaciones en las que una conducta punible es neutral desde

el punto de vista ético y, sin embargo, es censurable desde un punto de vista

político: la conculcación de las leyes que regulan la imposición tributaria suele ser,

en principio, éticamente neutra (pues no atenta de un modo inmediato contra la

firmeza o fortaleza de otra persona) pero tiene un significado político muy claro ya

que, puesto que los tributos contribuyen directamente al sostenimiento del Estado,

el que defrauda al Estado está cometiendo un crimen político. A los efectos de

las situaciones consideradas hasta el momento en este epígrafe la cuestión de las

formas de gobierno de cada Estado puede considerarse accidental.

Un caso sujeto a muchas contingencias y con una estructura más compleja es el

de la llamada corrupción política. Si el lector sigue acompañándome en el uso de

los modos de caracterizar la ética y la política que he introducido en el apartado

primero de este trabajo, entonces se debería admitir que la corrupción política es

un mal que puede ir acompañado de valores negativos, éticos y políticos a la vez.

Desde luego, es un mal eminentemente político si se están robando directamente

los bienes del Estado, y es también un mal político en la medida en que desprestigia

las instituciones de gobierno y socava su credibilidad induciendo inestabilidad

política. Pero también puede ser un mal ético cuando utiliza la extorsión y la

mentira pues éstas afectan directamente a la firmeza de las personas particulares

implicadas, sin importar a estos efectos si esas otras personas aceptan la extorsión

de un modo voluntario ya que, aunque así fuera, su firmeza no dejaría por ello de

quedar igualmente comprometida.

Universidad de Oviedo DavidAlvargonzález

Departamento de Filosofía

dalvar@uniovi.es

[Artículo aprobado para publicación en diciembre de 2016]

13Alvargonzález, D.,«The constitution of the human embryo as substantial change»,

Journal of Medicine and Philosophy, 2016. doi:10.1093/jmp/jhv062

Alvargonzález, D., «Towards a non-ethics-based consensual public policy on abortion»,

International Journal of Health Planning and Management, 2015.

doi: 10.1002/hpm.2320

DE0B88C708F3ACA2DE21.f03t01?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMes

sage=

la ideología de la Globalización incluye la idea metafísica , oscura y confusionista, de corte idealista kantiano, de Solidaridad. Clase impartida por el filósofo Gustavo Bueno sobre estos problemas y sus implicaciones para las sociedades del siglo XXI

Este video es complementario de otros que analizan el problema, el fenómeno de la Globalización en curso , forjada desde el desarrollo del Capitalismo de las democracias neoliberales y sus constructos de nebulosas e ideas aureolares, podríamos decir: ideologías, en el sentido de Carlos Marx.

Globalización, un concepto difuso. Pero un concepto crucial para analizar el siglo XXI

La Globalización, como concepto, es esencial para la buena marcha del capitalismo actual, un modelo económico cuya implantación social y política forma lo que se conoce como el neoliberalismo, o para algunos , el capitalismo salvaje.

Desde luego se trata de un concepto cuyos aspectos o contenidos de corte metafísico, idealista , hacen que su análisis y su crítica resulten realmente complejas y complicadas, en parte debido a estos contenidos metafísicos , oscuros, que generan precisamente la confusión implícita en toda ideología

Me permito sugerir que para entender mejor este importante concepto , analicemos las tesis que propuso Gustavo Bueno, el gran filósofo español creador del Materialismo Filosófico.

Este es uno de tres videos de G Bueno sobre la Globalización, que consideramos fundamental para analizar con criterios metodológicos sólidos, en el sentido gnoseológico y científico del término metodología.

Un caso, a modo de ejemplo del modo en que opera la construcción de esa Idea aureolar ( como concepto difuso , oscuro, confusionista ) de Globalización, y su implantación “gnóstica” y “política”, lo encontramos en una organización financiada y difundida por uno de los grandes bancos de España, países Hispanoamericanos y otros , el Banco de Bilbao Vizcaya Argentaria, o BBVA. A continuación un fragmento de un artículo de Ernesto Zedillo, el ex presidente de México que llevó a cabo la mayor transformación política hecha en México encaminada a forjar un Estado acorde a los lineamientos de la Globalización . No en vano Zedillo es uno de los varios políticos llamados tecnócratas formados en la célebre Escuela de Chicago, forja de líderes neoliberales que la Economía neoliberal capitalista necesita. De ahí su lógica presencia en openmind.com, openmind como el think tank de uno de los grandes bancos europeos: BBVA

FRAGMENTO DEL ARTICULO DE ERNESTO ZEDILLO, ex presidente ultraliberal de México publicado por Open Mind: “Aunque la lista de factores que contribuyen a la erosión de las perspectivas de crecimiento económico es extensa, debe prestarse especial atención a la cuestión de si es posible que la globalización haya alcanzado su punto máximo y esté incluso en peligro de revertir

Fuente del texto inmediato superior ( de E Zedillo ): https://www.bbvaopenmind.com/articulos/la-ultima-decada-y-el-futuro-de-la-globalizacion/

Terminamos esta entrada con otra perla del artículo del ex presidente ultraliberal mexicano, sobre el asunto de la globalización y su implantación social y política:

Los gobiernos prefieren culpar a las distintas dimensiones de la globalización —el comercio, las finanzas y la inmigración— de fenómenos como el crecimiento insuficiente del PIB, el estancamiento salarial, la desigualdad y el desempleo antes que admitir su fracaso a la hora de hacer su trabajo”

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Estas últimas palabras dichas por un ex presidente que dirigió durante seis años un Estado con alrededor de cien millones de personas. Paradoja su afirmación cuando posiblemente ha sido uno de los presidentes de México que peores resultados ( sociales, económicos y políticos) produjo durante su gobierno

Por la mayor gloria de Dios, conferencia de Jesús Maestro el día 27 de marzo de 2019 en el Ateneo de Gijón sobre la novela de Pérez de Ayala AMDG.

El jesuita Ivan Illich promoviendo en los años sesenta lo que hoy es un resultado poco valioso al engendrar cabezas reducidas en la educación

La conferencia del profesor Maestro el próximo 27 de marzo de 2019 tratará del contexto actual de la educación en España, y mientras podamos tener la conferencia disponible , sugiero leer este texto sobre dicha novela y su representación teatral adaptada , con todo el escenrario político y social de la España de la primera mitad del siglo XX. Por algo el jesuitismo se ha acabado llevando bien, a su manera, con el krausismo , esa malísima importación de la Alemania del Idealismo y …del pietismo kantiano

A.M.D.G.

LA POLITIZACIÓN DE UN ESTRENO TEATRAL Juan Menchero

FUENTE http://www.resad.es/acotaciones/acotaciones17/17menchero.pdf

Establezcamos que el teatro es un arte político. El teatro es, desde sus orígenes, una revelación del sujeto político, el lugar donde acontece (por acción u omisión, a veces a su pesar) una cierta visión del mundo, de la sociedad y de los conflictos que en ella se suceden. El teatro puede participar de la política, suscitar un estado de opinión, situarse a favor o en contra de una postura en un asunto, polemizar con la ideología dominante, sostener un régimen, cifrar su derrocamiento, etc. El teatro es un arte político. Más cuanto mayor conciencia tiene de sí mismo y de sus potencialidades, que en nada excluyen cualquier pretensión estética ni lúdica, ya que ambos extremos son imprescindibles para la comunicación entre el espectador y la escena.

En ocasiones, las expectativas ideológicas del público también ocupan un lugar fundamental en esta dimensión política del teatro, y es entonces cuando los espectadores se convierten en protagonistas de un estreno que por su relación directa con la realidad, incita al patio de butacas a disputarse la razón sobre lo que allí se representa.1 Tal fue el caso de Ad Majorem Dei Gloriam, la vida en un colegio de jesuitas, que constituye por sí solo una notable ilustración del momento político en que tuvo lugar, en 1931, pocos——————————

1
también, más próximo al ámbito de nuestro trabajo, la polémica anticlerical que suscitó el

Son conocidos los casos del Hernani en el París del Romanticismo revolucionario de 1833 y estreno de Electra, de Galdós, en 1903.

1

meses después de proclamada la II República. La obra fue llevada a la escena por Cipriano Rivas Cherif con tal oportunidad que convergieron en aquella velada parte de las tensiones que más tarde harían peligrar y sucumbir el destino de la democracia republicana en España.

Este episodio, que hemos reconstruido rastreando la noticia en los periódicos madrileños de aquellos días, esconde a su vez un enigma que dificulta un análisis más completo de la obra y de su vertiente ideológica. La adaptación teatral de la novela homónima de Ramón Pérez de Ayala, publicada en 1910, parece estar hoy perdida o haciendo tiempo en un lugar insospechado. Ninguna de las consultas realizadas en bibliotecas y archivos o a familiares directos del propio Pérez de Ayala han dado fruto, y el texto, firmado por dos autores prácticamente desconocidos, Juan López de Carrión y Manuel Martín Galeano,2 sigue siendo una incógnita. Aquella noche del 6 de noviembre de 1931, el Teatro Lope de Vega —que había dejado de llamarse Teatro Beatriz— acogió una formidable representación doble; de un lado, la escenificación de un texto cuyo tema —la labor dañina de la Compañía de Jesús— era de plena actualidad política; del otro, la actuación de una parte de los espectadores —antiguos alumnos de los jesuitas y católicos en general— que acudieron en calidad de agraviados y dispuestos a contrarrestar el anticlericalismo de la obra boicoteando su representación. La revuelta se saldó con la intervención de la Guardia de Asalto, severos destrozos en el patio de butacas, algún que otro puñetazo y setenta detenidos que hubieron de pagar quinientas pesetas de multa, de la época. Se materializó en aquel estreno el conflicto producido por el nuevo papel asignado a la religión en el proceso constituyente que finalizó el 16 de diciembre de ese año. La Iglesia atravesaba momentos de gran dificultad. Su lugar dentro del nuevo marco político —fuera, más bien— desató una fuerte reacción social que tuvo, como sabemos, un peso considerable en el devenir de la República.

Ambos autores firmaron, con toda probabilidad, muchos otros textos. La biblioteca de la Fundación Juan March arroja datos de una pieza titulada La sombra de Hamlet (1926) y de la adaptación de un capítulo de Troteras y danzaderas (1928), del propio Pérez de Ayala, esta última realizada sólo por Martín Galeano.

■ ACERCAMIENTO AL CONTEXTOUNA BATALLA ANUNCIADA

Puede convenirse con cualquier lector de la novela que A.M.D.G.,

pese a su tema antijesuítico no es únicamente un ejemplo de

militancia anticlerical o de maniqueísmo militante. Antes bien, el libro

refleja con cruda honestidad y con eficacia literaria la vida en un

colegio de la Compañía. Las peripecias de alumnos y religiosos

describen el funcionamiento de la institución y cómo los segundos,

ora por su ignorancia, ora por su mala fe, ejercen una influencia

nefasta sobre los primeros, destinatarios indefensos de la campaña

de clericalismo que la Iglesia llevó a cabo durante la Restauración. A

lo largo del s. XIX se había desplazado ligeramente la importancia de

la fe como asunto de Estado, y a éste sólo se le consideraba capaz

de mantener cierta forma de religión oficial, pero no de implicarse

activamente en la batalla contra el liberalismo; algo que por otra

parte, hubiera supuesto corregir los principios mismos del sistema

político, considerados «intrísecamente malos y perversos, que

conducen a la degradación y a la ruina».3 «¿Puede un católico ser

liberal?» —se preguntaban los catecismos populares—. La

respuesta es no. Así pues, la Iglesia emprendió desde 1874 un

programa de regeneración basado en dos objetivos; la recatolización

de las clases altas y la disputa de las masas —frente a anarquistas y

socialistas— por medio de círculos profesionales, caritativos e

instituciones de enseñanza secundaria y universitaria. Es decir, que

el tipo de anticlericalismo que se trasluce en la novela de Pérez de

Ayala debe ser observado como un síntoma de oposición intelectual

a los esfuerzos de la Iglesia por perpetuarse socialmente y no

únicamente como una lucha contra la hegemonía social y política de

la religión. El anticlericalismo de A.M.D.G. es, además, un reflejo

estilizado de la experiencia del autor, que como alumno del colegio

palentino de Carrión de los Condes (Regium, en el libro) fue objeto

de los devotos esfuerzos de la Compañía. También es, a su vez, una

muestra del anticlericalismo literario en boga. Para muchos

intelectuales y literatos la cuestión religiosa era uno de los problemas

fundamentales con los que España debía enfrentarse y la Compañía

de Jesús, epítome del poder de la Iglesia, el blanco predilecto de sus

3
pertenece al capítulo «Renacimiento católico, anticlericalismo e instrucción» de Raymond Carr,

La cita, de D. J. M. Ortí y Lara, «El deber de los católicos con los poderes constituidos»,España 1808-1975, Ariel, Barcelona, 1982.

críticas.4

La situación en 1931, atravesada la Restauración y la dictadura del general Primo de Rivera, recién constituida la II República, se tornó mucho más compleja y extrema. En pocos meses, los que transcurrieron desde las elecciones a las Cortes Constituyentes de junio hasta la dimisión de Alcalá Zamora en octubre de ese año, España había comenzado a descatolizarse. La pervivencia, tras cien años de liberalismo, de un estado oficialmente católico y de una sociedad católica significaba que la religión era el prisma a través del cual se refractaban todos los demás conflictos; es más: significaba que las pretensiones de la Iglesia sobre la sociedad eran en sí mismas una fuente primaria de división. Llegado este momento, se anunciaba un peligro real para los intereses de la Iglesia, subrayado por una mayor beligerancia anticlerical —social y parlamentaria— por parte de republicanos y socialistas que no dejaba indiferentes a los defensores del catolicismo. El título vigésimo-cuarto de la nueva Constitución separaba a la Iglesia del Estado, quedando ésta como una asociación sometida, al igual que las demás asociaciones religiosas, a las leyes del país. Finalizaba también el pago de haberes al clero y se dispuso la disolución de la Compañía de Jesús y la confiscación de sus propiedades. La enseñanza religiosa fue prohibida y la existencia del resto de órdenes pasó a depender de su buena conducta. España había dejado de ser (oficialmente) católica. La secularización activa de las instituciones supuso una conquista largamente aguardada por los sectores más liberales de la sociedad, respaldados ahora por un nuevo orden político que, en opinión de la Iglesia, restringía los derechos de la población católica.

Ninguna de estas explicaciones es, en principio, ajena al estreno

de A.M.D.G., en el que se concitaron las mismas tensiones políticas

que podían identificarse en la sociedad. A modo de ejemplo,

podemos señalar que la misma semana del estreno de la obra, los

4

Hay muchos ejemplos de literatura y autores que escribieron obras anticlericales y antijesuitas; Blasco Ibáñez, Galdós, Clarín… Sirva de ejemplo lo que dice Pérez de Galdós enCánovas, último de los Episodios Nacionales: «Ya nuestra España es de ustedes. Aquí no reina Alfonso XII, sino el bendito San Ignacio, que, a mi parecer, está en el cielo, sentadito a la izquierda de Dios Padre». También Ortega y Gasset se pronunció en 1911 diciendo: «El vicio radical de los jesuitas y especialmente de los jesuitas españoles no consiste en el maquiavelismo, ni en la codicia, ni en la soberbia, sino lisa y llanamente en la ignorancia».

4

periódicos recogieron la crónica de un mitin revisionista en protesta por las medidas anticlericales adoptadas en las Cortes, que congregó en Palencia a más de treinta mil personas; exigían del gobernador «el amparo necesario ante las provocaciones de los socialistas y anarcosindicalistas».5 Por su parte, el diario Ahora daba cuenta en esos mismos días de dos sucesos igualmente reseñables por su interés sociológico y anecdótico. En Vizcaya, un sacerdote había sido asesinado y otro herido a balazos por dos desconocidos. En Guipúzcoa, tres niñas, Josefa, Benita y Ramoncita, eran reconocidas por varios médicos en el momento en que se hallaban en éxtasis tras haber presenciado a la misma Virgen María, que llegó a herir con una espada a la más incauta de ellas. Estos ejemplos, unidos a otros casos similares de anticlericalismo (la quema de conventos, por ejemplo) y de fervor religioso, manifestaban cómo estas dos fuerzas estaban presentes en todos los estratos sociales. El estreno de A.M.D.G. en una tesitura como la que venimos describiendo puede ser visto como una traslación al plano del teatro —de público mayoritariamente burgués— de este mismo conflicto, reforzado por la contingencia política y por la relevancia de los personajes implicados, Ramón Pérez de Ayala —recién nombrado embajador en Londres— y Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Manuel Azaña.

A.M.D.G. es un retrato de la vida en un colegio en el que los casos particulares de los personajes protagonistas —tanto alumnos como religiosos— ilustran, con ironía, con ternura, con crueldad, el funcionamiento de una comunidad escolar. A lo largo de un año académico, el lector acompaña de la mano del narrador al protagonista, Bertuco, que vive rodeado de compañeros y de ejemplares ignacianos en su mayoría poco ejemplares. Una inglesa protestante, que enviuda de su marido a mitad de la novela, intenta convertirse al catolicismo guiada por la Compañía, pero la sospecha infundada de que el padre Atienza, modelo del jesuita intelectual — trasunto del ex jesuita Julio Cejador, amigo del novelista— simpatiza demasiado con ella, origina una crisis en la comunidad que se salda con más episodios de violencia a cargo del padre Mur, azote de los chavales. En fin, que nada acaba demasiado bien. Coste, amigo del

5

«Grandioso mitin revisionista», El Siglo Futuro, 9 de noviembre de 1931, p. 7.5

protagonista, se escapa con el borrico Castelar —por Emilio, claro— y se despeña por un acantilado mientras huye, y la sensación de oprobio crece ante las injusticias y vilezas de los padres. Todos estos despropósitos; el pésimo tratamiento dado a los estudiantes, la ignorancia de los profesores, las crisis de fe de quienes realmente creen, las batallas intestinas entre los eclesiásticos, la muerte de Coste, etc. tienen su origen en el funcionamiento de la institución, intrínsecamente diseñada para revestir con excusas espirituales el afán de poder social y económico. «¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de Jesús?» —Plantea el padre de Bertuco al Padre Atienza al final de la novela— «¡De raíz!», responde el jesuita. Aunque el broche pueda parecer taxativo, la novela no contiene ningún pasaje o motivo anticlerical introducido a capón entre sus líneas, escritas con una exigente prosa realista y con un alto nivel de precisión en los caracteres. En A.M.D.G., el anticlericalismo liberal se erige como una causa de sentido común, es la conclusión que se sigue de las situaciones vividas por los personajes, también las de los propios jesuitas. La adaptación de Martín Galeano y López de Carrión fue, según parece, una traslación a la escena de los episodios más señalados de la novela con un tenue hilo conductor que —según indica la crítica de Melchor Fernández Almagro en El Sol— ni siquiera se hacía notar. Pero antes de pasar al análisis de la adaptación (o de cuanto de ella sabemos) y a la crónica de los acontecimientos, quisiera detenerme en otro dato del contexto.

En mi periplo por distintas bibliotecas teatrales de Madrid, hallé un panfleto publicado en 1911 titulado Los jesuitas y su labor educadora (Comentarios a la novela A.M.D.G., original de D. Ramón Pérez de Ayala), de Fernando Gil y Mariscal que ilustra el impacto que en su día tuvo la novela y de qué modo el tema de la educación religiosa estuvo candente en la sociedad española durante aquellos años. Este antiguo alumno de la Compañía y socio del Ateneo de Madrid pronunció una conferencia como contestación a un tal Sr. Amado que había pronunciado anteriormente otro discurso censurando el contenido del libro de Pérez de Ayala. Gil y Mariscal, exalumno de los jesuitas, defiende con tono moderado que la labor educadora que realizan es «antisocial y esterilizadora, de resultados funestos para la sociedad: «estimo que obran de buena fe, que a pesar de ello la educación moral que dan a sus alumnos está llena de defectos, y

6

que su enseñanza debe ser combatida poniendo enfrente otra mejor».6 Esta crítica no se debe tanto a su función docente como a su idea de formación espiritual, fundamentada en aquello que más relieve anticlerical y antijesuítico tiene también en la novela —y, suponemos, en la adaptación—: la hipocresía, el fanatismo, la ignorancia, el utilitarismo feroz, el terrorismo afectivo o la negación del poder civil. Este último punto no carece de importancia, ya que el voto añadido de obediencia papal que guardan los miembros de la Compañía fue tradicionalmente un motivo de recelo para el poder terrenal, fuera éste despótico e ilustrado como el de Carlos III —que expulsó a la orden en 1767— o civil y democrático, como el del gobierno de la Segunda República.

■ LA EXPECTACIÓN ANTE EL ESTRENO

«—¿Había usted intervenido en alguna representación tan

accidentada?», le preguntó un periodista del Heraldo del Madrid a la

actriz Mercedes Mariño,7 que acaba de desembarcar en España tras

haber hecho carrera en los Estados Unidos. «—Nunca. El público

americano es más frío. Este calor es cosa española, cosa nuestra.

¡Estoy encantada!» Así de satisfecha se encontraba la protagonista

femenina de A.M.D.G. —la inglesa Ruth— al día siguiente del

accidentado estreno. «Éxito grandioso, sensacional, de la famosa

obra de Ramón Pérez de Ayala» —rezaba un anuncio en este mismo

periódico—. «El mayor acontecimiento teatral del año.» Los

altercados y la polémica, tanto de la obra como de la peripecia de los

setenta detenidos, contribuyeron al éxito de la producción, de la que

cabe preguntarse el propósito exacto. ¿Fue el estreno de A.M.D.G.

un caso de oportunismo o de reafirmación ideológica? Podemos

tratar de dilucidar esto aquí con más o menos ecuanimidad, pero sí

resulta evidente que, antes incluso de producirse, el evento ya había

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6

Fernando Gil y Mariscal, Los jesuitas y su labor educadora (Comentarios a la novela A.M.D.G., original de D. Ramón Pérez de Ayala), Librería General de Victoriano Suárez,

Madrid, 1911.

7

El Heraldo de Madrid, 7 de noviembre de 1931, p. 5. La actriz Mercedes Mariño fue, al parecer, la gran estrella de la compañía formada por Rivas Cherif. Emigrada española en Estados Unidos, su nombre era conocido allí por haber interpretado La dama de las camelias, de Alejandro Dumas hijo.

7

sido politizado por facciones de católicos, particularmente por parte de los «luises» —exalumnos de la Compañía— que, según relata elHeraldo de Madrid, se congregaron la noche previa en las calles de Alberto Aguilera y de Zorrilla para repartir entradas del estreno y organizar la protesta.8

En su edición de la novela, Andrés Amorós se pregunta acerca de qué opinión le mereció a Pérez de Ayala la adaptación teatral de su obra. De acuerdo con Luis Calvo, periodista y amigo del escritor, con los años «ruborizaba a Pérez de Ayala que esta novela hubiera sido llevada torpemente al teatro por Julio de Hoyos9 (¿Quiso decir Martín Galeano y López de Carrión?) en los mismos días en que se quemaban, por todas partes, iglesias y conventos».10 No soy capaz de ahondar en la veracidad de este comentario, más allá de la confusión de nombres. De cualquier modo, lo que sí es cierto es que el propio Pérez de Ayala dio el permiso para que la obra se adaptase, pidió personalmente a Rivas Cherif que la dirigiera y asistió a los últimos ensayos de la adaptación participando incluso en la dirección de los actores, si bien debió suponer la agitación que el estreno traería consigo. Según Rivas Cherif, que emprendió este encargo dejando a un lado su labor como director de la compañía de Margarita Xirgu, éste no era el propósito del espectáculo, que se pretendía un reflejo fiel de la novela y de su valor literario y sociológico. (El cartel de la obra puede desmentir este propósito.) Éstas fueron sus palabras en La Voz la noche antes de la función.

—Tengo especial interés —nos dice—, y lo tienen Ramón y los adaptadores de A.M.D.G., en hacer constar que ésta no es una obra de tesis, ni de polémica, ni siquiera de crítica ni de sátira, y mucho menos de caricatura. No hemos pretendido luchar con ventaja, a la deriva de las circunstancias, que hubieran sido favorables para cualquier vituperable desliz. Hemos querido dejar un documento plástico, sin

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8

«¿Quiénes repartieron las entradas entre los luises?», se pregunta un titular del Heraldo de Madrid al día siguiente del estreno. Al parecer, un transeúnte relató cómo la noche anterior encontró en la iglesia de los jesuitas de la calle Zorrilla a «una veintena de jovenzuelos un poco excitados» que acabaron por increparle, Heraldo de Madrid, 7 de noviembre de 1931, pp. 5-6.

9

de las novelas de Pérez de Ayala.

10

Julio de Hoyos sí fue, en cambio, responsable de la adaptación de teatral de Tigre Juan, otra

Pérez de Ayala, Ramón, A.M.D.G., ed. Andrés Amorós, p. 41.8

exageraciones, como no las tiene la novela —documento escrito, y admirablemente escrito, por cierto— de la vida en un colegio de jesuitas. Los cuadros son a modo de planos en que se va proyectando esa película, mezcla de cosas buenas y malas. Claro que ni Pérez de Ayala ni los escenificadores de su obra determinan qué cosas son buenas y cuáles son malas. Una pintura objetiva, sin otro alcance que el de la pintura misma. Cada cuadro tiene su principio y su fin, y al término de la

representación se ve cómo todos ligan entre sí el hilo tenue de un sencillo11

argumento.

La expectación ideológica era patente en la capital desde algunos días antes. «Se tenía la certeza de que el estreno tendría, aparte del empaque de una solemnidad literaria, una emoción de público ajena por completo a los valores de la comedia como tal pieza de teatro. Se decía en los cafés y tertulias que ciertos elementos iban a hacer y acontecer, y que otros elementos estaban dispuestos a dar la réplica adecuada.»12 Así lo reflejaba una información del diario Ahora, que llegó a comparar los incidentes posteriores con la Batalla de Castillejos. Veamos cómo sucedió todo.

■ LA ADAPTACIÓN VISTA POR LA CRÍTICA
Este artículo, ya lo dijimos, es la consecuencia de una investigación infructuosa. Desafortunadamente, la búsqueda del texto de López de Carrión y Martín Galeano no ha dado resultado, por más que sea difícil aceptar que no exista una sola copia aguardando ser rescatada. Los archivos de la censura, entre los que se encuentran los informes de visionado de numerosas obras anteriores y posteriores a II República, tampoco dieron fruto. No se encuentra allí ninguna referencia a la obra en cuestión y tampoco a otras producciones del resto del año 1931, cuando tal vez los numerosos cambios legislativos paralizaron la labor de visionado que se venía ejerciendo rutinariamente durante las décadas anteriores. De cualquier modo, las informaciones y críticas teatrales publicadas en

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11
Voz, 6 de noviembre de 1931, p. 3.

Victorino Tamayo, «Impresiones de un informador en el ensayo general de A.M.D.G.», La

12
Ayala “A.M.D.G.”, se produjeron violentos incidentes entre los espectadores y hubo una

«Anoche durante el estreno en el Beatriz de la adaptación escénica de la novela de Pérez de reproducción de la batalla de los Castillejos.» Ahora, 7 de noviembre, p. 7.

9

los periódicos de aquellos días permiten colegir aspectos básicos de la adaptación de A.M.D.G. Algunos de los críticos se centraron más en el juicio del contenido de la novela y cuanto hubiera de ella en la adaptación que en la adaptación en sí, al igual que hubo manifestaciones de absoluto encomio de la propuesta que sólo se ocuparon de defender su dimensión ideológica omitiendo un análisis teatral más profundo. Pero también hubo críticos que supieron ejercer su trabajo con notable ecuanimidad. Éste es el caso de Melchor Fernández Almagro, quien tras apreciar que «no hubo más interés y natural pasión en las Cortes constituyentes al discutirse el artículo 24, dijo lo siguiente desde las páginas de La Voz:

No es de ahora, es de siempre, nuestro convencimiento de que una novela no tiene por qué ser transportada al teatro. La creación artística no cuaja en este o aquel molde caprichosamente, sino que afecta formas impuestas por su profunda necesidad estética. El autor mismo no vacila en seguir uno u otro camino. (…) Convengamos que existen novelas perfectamente aptas para el tránsito a la escena. Pues bien:A.M.D.G. no figura entre ellas. (…) Y en verdad que difícilmente se descubren posibilidades escénicas en las novelas de Pérez de Ayala, señaladas por aquello que el teatro no absorbe a título genuino: intención filosófica y primores de estilo. (…) No es que los señores López de Carrión y Galeano lo hayan adaptado mal. Es que materialmente era muy difícil conseguir cosa mejor. ¿Cómo emocionarnos con la belleza de unas formas si una violenta monda y mutilación nos deja al descubierto el simple hueso?

En los huesos ha quedado ahora la novela de Pérez de Ayala. Y hasta el esqueleto aparece incompleto o desarticulado. Además cada cuadro se recarga de color para resolver en un brochazo lo que en la

novela es tono que el autor graduó con vistas a efectos de otra clase.13

Enrique Díez Canedo, por su parte, habló elocuentemente de los incidentes en el teatro: «No ha sido la batalla del Hernani, pero batalla sí ha sido» y trató después de dilucidar el resultado del esfuerzo de los adaptadores por reunir materiales narrativos

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Falta claroscuro e hilo conductor.

13
noviembre de 1931, p. 3.

Melchor Fernández Almagro, «Un escándalo formidable y muchos detenidos», La Voz, 7 de

10

dispersos en diferentes partes de la novela.

Esta guarda entera fidelidad esencial a su fuente originaria. Los adaptadores han trasladado casi siempre las palabras mismas del autor, sin retroceder ante las más crudas expresiones. En el trabajo de condensación se percibe, sin duda, la violencia que han hecho a determinadas situaciones para refundirlas en una; quebranto inevitable que la plasticidad del teatro impone a la amplitud de la novela. Bien resueltas han dejado dos dificultades de bulto: el cuadro de los ejercicios

espirituales, que aún podría acortarse, y el final en que el jesuita que se14

ahoga en la estrechez de su Orden, proclama su rebeldía.

Juan G. Olmedilla, crítico del Heraldo, ensalzaba sin paliativos el resultado de la obra, que resalta por su mérito literario, ajeno por completo a la polémica: «La obra, contra lo que propalan los impugnadores de antes del estreno, no es sectaria, “ni Cristo que lo infundió”; es sencillamente un hermoso retrato fidelísimo y una gran belleza literaria de la intimidad de los jesuitas, con sus miserias y sus grandezas, con lo bueno y lo malo que hay en toda agrupación humana». A continuación, reseñaba el valor de la adaptación y del conjunto de la puesta en escena diciendo:

La adaptación escénica es por demás respetuosa al texto original, del

que los escenificadores transcriben, íntegros, no pocos diálogos llenos

de sustancia dramática. La dirección artística, a cargo de Rivas Cherif,

de todo punto admirable: pocas obras hemos visto montadas con tanta

escrupulosidad, con tanto tino y esmero: desde los decorados —nueve

escenarios, que son otros tantos aciertos de Silvio Bermejo— hasta el

movimiento de los grupos, todo ha sido dispuesto con acierto en verdad

15

Especialmente enjundiosa es la crítica aparecida en El Debate, alumbrada por Jorge de la Cueva. La reproducimos entera por su mero interés, ya que combina perfectamente la repugnancia ideológica frente a la novela y la puesta en escena con un tono de

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14

Enrique Díez Canedo, «Escándalo en un estreno, A.M.D.G., la novela de Pérez de Ayala, inicia su vida teatral en un escenario mudo y ante una sala sonora», El Sol, 7 de noviembre de

1931, p. 16.

extraordinario.

15
de Madrid, 7 de noviembre de 1931, p. 5.

Juan G. Olmedilla, «El memorable estreno de anoche en el antiguo infanta Beatriz», Heraldo

11

verdadera crítica teatral. Su queja, tanto para la novela como para la escenificación, alude a que los tipos son demasiado concretos, lo que impide la generalización y borra el carácter representativo de los personajes. Es insólito, porque no faltará quien vea en esta falta de generalización un matiz positivo, ya que de ser así podría asumirse que no es contra la Compañía contra quien carga el autor o autores, sino contra personajes precisos en acciones puntuales. La descripción hecha por el crítico es, no obstante, útil para reconstruir la adaptación y a la vez un reflejo claro de la postura ultracatólica.

Si la Compañía de Jesús no hubiera tenido que sufrir más ataque que el que representa la novela de Pérez de Ayala y la escenificación que presenciamos anoche, no sería su historia tan gloriosa: la obra, en su aspecto novelesco y teatral no es otra cosa que una bolita de todo, muy bien amasadita, que no tiene eficacia ninguna ideológica, ni de acción, porque la misma saña la particulariza demasiado. No se pintan más que tipos concretos, tan determinados y definidos que pierden toda importancia general y representativa; falta el concepto amplio, la visión de lo substancial, la potencia literaria para que cada una de aquellas individualidades fuera la concreción de otros muchos: un profesor vesánico, otro fácil a una tentación sexual, otro rebelde… personajes de comedia, no tipos, con la equivocación de presentar cómo se van eliminando esos indeseables y qué opinión merecen a sus compañeros, con lo que se da el efecto contrario de que los que les queda es algo fuerte, limpio, sometido a una idea grande y a una disciplina enérgica.

La escenificación es algo teatralmente lamentable; lo primero que ve un hombre de teatro es que las obras del señor Pérez de Ayala no son de escenificación fácil; una superabundancia literaria ahoga siempre en ellas la acción, primera necesidad teatral. No es grande ni intensa la deA.M.D.G., en lugar de exaltarla y destacarla, los adaptadores la dividen en dos: interioridades del Colegio e interioridades de la Comunidad, que van alternando en cuadros breves, de tan difícil técnica, sólo para grandes autores, cuadros desvaídos y apagados, de pura conversación, en lo que fuera de algunos incidentes sentimentales con los alumnos, todo se refiere, nada se ve, nada vive a la vista del público, con equivocaciones tan fundamentales como la de introducir en una obra falta de dinamismo un cuadro apagado casi plástico de ejercicios espirituales con cerca de veinte figuras de rodillas, largo pesado, frío, muerto.

Otra equivocación de los adaptadores: en un libro se pueden decir

12

cosas que plásticamente son intolerables, el espectáculo de un niño de ocho años amadamado es tan feo, tan repulsivo, tan abyecto, que asquea a cualquier espíritu nada más que limpio; sólo la pasión puede hacer que alguien transija con ello. Pero esto va al capítulo de grosería, de bajeza, de frases de mal gusto, de latiguillo blasfematorio, a falta de hondura; esto sí que abunda, pero con una objetivación grosera, sin el

16

El ABC por su parte, utilizó un tono igualmente censorio — menos virulento— aunque es de notar que el espacio dedicado al estreno y a los incidentes fue mínimo en comparación con otras publicaciones, de lo que deducimos que el diario evitó aumentar el éxito de la obra haciéndose eco de la polémica. «Siempre es lamentable llevar al teatro una obra de sectarismo. Más lo es en estos momentos en que las pasiones se hallan excitadas y hay una persecución clara y abierta contra elementos que resultan zaheridos en la obra del Sr. Pérez de Ayala.» Y proseguía el comentario, sin firma, relatando los acontecimientos del patio de butacas para acabar juzgando la adaptación con una frase escueta: «La obra tiene escenificadas las más salientes escenas de la novela, y abundan en aquélla las irreverencias sectarias de ésta».17 El Siglo Futuro, «Diario católico tradicionalista», hila con soltura rendibúes tanto para la escenificación como para la novela de A.M.D.G., «una novela muy mala del señor Pérez de Ayala, escrita para difamar a la Compañía de Jesús».

Peor que la novela es la comedia, verdadero esperpento, horro de toda cualidad literaria. Se ha escrito la comedia y se ha formado a toda prisa una compañía para representarla, con el fin de ver si, aprovechando las campañas anticlericales que desde el 14 de abril se vienen haciendo, peca en la taquilla el número infinito de los estultos. (…)

La comedia, como queda dicho, es un engendro, un exabrupto, un desahogo anticlerical, una sarta de injurias contra los jesuitas, ciudadanos de tercera clase, sin derecho al amparo de la ley ni a la defensa de la autoridad.

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16

Jorge de la Cueva, «Un gran escándalo en el teatro Beatriz. Penetraron en el local los guardias de Asalto e hicieron una setenta ediciones», El Debate. Diario Católico, 7 de

noviembre de 1931, p. 4.

17

apoyo del humorismo, de la ironía y de la sátira.

«Teatro Beatriz, “A.M.D.G.”», ABC, 7 de noviembre de 1931, p. 45.13

Revela el odio contra la compañía de Jesús, desde la primera frase a la última de los llamados cuadros de la pseudo-comedia, y son

18

De todas estas opiniones podemos concluir que, salvo Díez Canedo y Fernández Almagro, el resto de críticos sucumbieron de un modo u otro a la politización de la obra y trataron de ensalzarla o derribarla empleando argumentos mayoritariamente ideológicos, aun cuando estuvieran revestidos de crítica teatral o literaria.

■ LOS INCIDENTES
El valor sociológico de esta mirada al pasado reside también en observar las reacciones del público, protagonista real del estreno. Los periódicos convienen en un mismo relato de los hechos —con matices ideológicos en la observación— que comienza cuando la representación fue interrumpida en el prólogo a la señal de un estornudo. Los «luises» organizaron el motín y fueron, como apuntaba la información antes citada, contestados por dos sectores del público, los activistas republicanos y anticlericales y aquellos — mayoría— que simplemente asistieron al teatro para ver el estreno. Entre ellos estaba, por ejemplo, Rafael Sánchez Guerra, ex subdirector General de Seguridad del Gobierno que, ante los incesantes gritos de un grupo de «perturbadores» se acercó a ellos en el entrecuadro para pedir silencio educadamente y terminó, ante las «palabritas» de algunos ellos, regalándoles «un fuerte puñetazo», rápidamente contestado: «Repartí, como pude, golpes. Mis amigos, equivocadamente, me sujetaron».19 Con la llegada de la guardia de asalto —los cuatro que había desde el inicio no sirvieron de mucho— se tranquilizó el ambiente, pero se produjeron destrozos considerables en el patio de butacas. Durante los días siguientes se sucedieron las protestas de los detenidos por medio de comunicados y cartas dirigidas a periódicos y al Director General de Seguridad, el señor Galagarza. Rivas Cherif —hermano político del Presidente

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continuas las injurias. Tal es la obra.

18
Católico Tradicionalista, 7 de noviembre de 1931, p. 3.

«Un espectador sencillo, “Teatralerías”. Teatro Beatriz: “A.M.D.G.”», El Siglo Futuro, Diario«Rafael Sánchez Guerra, espectador de A.M.D.G., es agredido por los cavernícolas cuando

19
pretendía imponer la serenidad», Heraldo de Madrid, 7 de noviembre de 1931, p. 5.

14

Azaña— sugirió que ése era buen momento para aplicar la Ley en Defensa de la República (no se hizo) y recibió entre tanto numerosas muestras de apoyo. Valle-Inclán, por ejemplo, se lamentó de que la fuerza enviada fuese tan poca y Edgar Neville se prestó voluntario para desenmascarar a los «luises» que hiciera falta. La inmensa mayoría de los detenidos —cuyos nombres fueron publicados en varios periódicos— eran jóvenes entre los dieciocho y los treinta, católicos y dispuestos a plantar cara a los avances laicistas de la República. Y esto habla de la fecundidad de los esfuerzos de la campaña clerical de la Iglesia, a la que entonces se acababa de despojar de su aparato educativo. El descontento ante este recorte de su capacidad evangelizadora, que reverbera incluso en nuestros días, era notable y asuntos como el del estreno de A.M.D.G. no hicieron sino revelar las tensiones que el progreso democrático producía en los sectores de la derecha y en la propia Iglesia, también aliada política. Entre tanto, el trabajo del director, del escenógrafo Silvio Bermejo y del reparto de actores —elogiados por varios de los críticos antes citados— quedó deslucido por el tamaño del incidente, aunque el reclamo del escándalo sirvió para hacer de A.M.D.G. una producción memorable.

A. M. D. G., 1931.

■ CONCLUSIÓN
En definitiva, la batalla teatral que supuso el estreno de A.M.D.G.

15

obra y un nuevo capítulo de esa lucha política e ideológica que la secular derecha española, monárquica y católica, sostuvo contra algunos estrenos y autores del teatro republicano español.20 En estas páginas hemos querido delinear el valor sociológico del que está cargado el hecho teatral, en el que se condensan el tiempo y la historia, y donde el caudal político de una sociedad halla el cauce por el que fluir o desbordarse. La politización de un evento cultural, premeditada o no por alguna de sus partes, nos sitúa ante una reproducción en miniatura de un conflicto mayor. Las mismas tensiones que hicieron presa en el público aquella noche de noviembre del año 1931 fueron las que tensionaron hasta el colapso el futuro de la Segunda República. Sirva de colofón esta opinión publicada bajo el título «Entreactos» en una de las gacetillas de La Nación y reproducida en la edición de la novela.

A. M. D. G., 1931.

Porque una sola frase de una comedia parecía molesta a un solopersonaje de esta situación, las izquierdas organizaron una serie de

21

escándalos, hasta que la frasecita desapareció.

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20
época, ADE, Madrid, 2000.

Juan Aguilera Sastre y Manuel Aznar Soler, Cipriano Rivas Cherif y el teatro español de su

21
pocos días antes.

Se refiere a una frase de la obra de Jacinto Benavente, La melodía del jazz-band, estrenada

16

Porque los católicos protestaron contra falsedades y desfiguraciones que hieren los sentimientos de una mayoría de la nación, se indignan las izquierdas contra la protesta. Ellas son las que han dado la norma: no pueden quejarse. ¿Que fue mayor la protesta anoche? También es infinitamente mayor la causa. Pero, aunque no lo fuera, los de las derechas son tan generosos, que se inspiran siempre en devolver ciento por uno.

■ BIBLIOGRAFÍA

AGUILERA SASTRE, Juan y AZNAR SOLER, Manuel, Cipriano Rivas Cherif y el teatro español de su época, Madrid, ADE, 2000.

AMORÓS, Andrés, La novela intelectual de Pérez de Ayala, Madrid, Gredos, 1969

BLANCO AGUINAGA; Carlos, RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS, Julio, ZAVALA, Iris M.,Historia Social de la Literatura Española, Madrid, Castalia, 1981.

CARR, Raymond, España 1808-1975, Barcelona, Ariel, 1982.
GIL Y MARISCAL, Fernando, Los jesuitas y su labor educadora (Comentarios a la novela A.M.D.G., original de D. Ramón Pérez de Ayala), Madrid,

Librería General de Victoriano Suárez, 1911.
HUERTA CALVO, Javier, ed., Historia del teatro español, vol. II, Madrid,

Gredos, 2003.
PÉREZ DE AYALA, Ramón, A.M.D.G., ed. Andrés Amorós, Madrid, Cátedra,

1984.

Elvira Roca expone argumentos contra la Leyenda Negra Antiespañola

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https://youtu.be/DFelR3S1ecA?list=PLQjAbhn8QFU62MTeM1qWkllbQjnsbNXMn