Ponencias sobre Literatura y Materialismo Filosófico. El viejo y el mar, Gógol y Edmundo de los Ríos.

Escuela Hispánica de Ciencia y Filosofía de la LiteraturaESCUELA HISPÁNICA DE CIENCIA Y FILOSOFÍA DE LA LITERATURA·SÁBADO, 4 DE MAYO DE 2019

Capítulo 23 de la novela de Clarín; La Regenta. Un análisis desde la Crítica de la Razón Literaria. Video del profesor Jesús G Maestro

Ana Ozores, un antecedente de la Yerma, de García Lorca.

Profesor Jesús González Maestro. Crítica , desde la Razón Literaria y el Materialismo Filosófico, de la novela La Regenta. El capítulo 23, de 30

La Escuela Hispánica de Ciencia y Filosofía de la Literatura


Fragmento de la película Yerma, dirigida por Pilar Távora

Lorca, poeta expresionista, autor de una poesía más sensible que inteligible. Expone Jesús G Maestro

Vargas Llosa y la Literatura, y unas propuestas en contraste con el poema del peruano César Vallejo. Poesía e Hispanidad. Propuesta crítico materialista del profesor Jesús G Maestro

¿Por qué no puede esperarse una crítica desde la cual el Nobel Vargas Llosa pueda mencionar, con honestidad , al poeta César Vallejo? Para tratar de enfocar esta cuestión, proponemos, desde introfilosofia, hacer una comparación entre dos modos de referirse a esta cuestión. Uno es un breve artículo sobre Vargas Llosa a raíz de su discurso de recepción del Nobel en Suecia. El otro no menciona a Vargas Llosa, por estar centrado en el análisis crítico del poema de Vallejo España: aparta de mí ese cáliz. , desde el Materialismo Filosófico, como Crítica de la Razón Literaria

PROPUESTA PRIMERA

Crítica de la poesía de César Vallejo . Profesor Jesús G Maestro (Universidad de Vigo, España)

SEGUNDA PROPUESTA

los desmanes del nóbel

LUNES, 13 DE DICIEMBRE DE 2010

por Guillermo Rodríguez Rivera

Los tiempos cambian y a veces no es para progresar.  FUENTE https://segundacita.blogspot.com/2010/12/los-desmanes-del-nobel.html

Hay quien dice que Suecia, la única socialdemocracia que lo era de veras, -cuando todas las demás que usaban el nombre se escoraban a la derecha- es ya un encubierto miembro de la OTAN.

Han pasado los tiempos en que el partido de Olof Palme gobernaba conjuntamente con los comunistas y en el que Suecia era el único gobierno del occidente europeo que se permitía acoger a los jóvenes norteamericanos que quemaban su tarjeta de reclutamiento para no ser enviados a matar (o a morir) en las selvas de Vietnam, en la primera guerra que perdieron los Estados Unidos, porque nunca tuvieron ni siquiera una consigna con la que justificarla ante su pueblo.

Las cosas se han puesto peor desde que desapareció la Unión Soviética, ciertamente más hija de su padrastro Stalin que de su padre Lenin, pero que era una izquierda beligerante que permitía la existencia de otras, porque había izquierdas. Los Estados Unidos ahora muestran abiertamente que se sienten capaces de hacer lo que quieran, sin que nada ni nadie interfiera.

En Europa se está acabando todo: la izquierda ya no tiene casi partidarios (ni partidos) y como desapareció esa amenaza a la vieja burguesía y el fantasma de recorrido se ha mudado a otros sitios, va desapareciendo también la “sociedad de bienestar”, que era la vitrina para evitar que los desvariantes cayeran en manos de algún hijo de Marx. 

Los nuevos paquetes que la UE acuerda con los administradores yanquis del FMI se aplican a los más pobres dentro de los privilegiados países de Europa: a griegos e irlandeses, al menos por ahora. Pero aunque sea por partes, el paquetazo neoliberal se va extendiendo: empiezan a retrasar la edad de la jubilación, a bajar las cuantías de las pensiones, a liquidar la seguridad social, a aumentar el desempleo.

Porque eso que empieza a perderse, aunque los europeos no lo sepan, era también una consecuencia de la existencia del comunismo que ellos se permitían el lujo de mirar de arriba abajo, sin sospechar el bien que les hacía.

Ahora Suecia le da asilo a los disidentes cubanos y su fiscalía acuerda con la Interpol la persecución, con alerta roja –como si fuera Martin Bormann o Jack The Ripper– del australiano Julian Assange, por formicar con dos suecas amigas, dicen ellas que sin condón. 

Ahora no hay reclutamiento obligatorio y “patriótico” en las fuerzas armadas estadounidenses. Los hijos de los millonarios ya no tienen que ir –o hacer como que van– a cumplir ese deber. Algunos cumplían y otros no: John F. Kennedy fue un valiente teniente en la Segunda Guerra Mundial; George W. Bush se pasó la de Vietnam entre los soldados de su padre en el estado de Texas, bebiendo whisky y dejando correr los años de peligro para luego encaramarse en la silla presidencial y mandar a los jóvenes a la guerra, cuando el supo esconderse muy bien de la suya. Ahora los soldados son los pobres, que arriesgan la posibilidad de morir no por patriotismo, sino por el salario que les pagan.

Acabo de leer –lo tengo ante mí– el discurso con el que Mario Vargas Llosa aceptó el Nóbel de literatura que le fuera conferido por la obra de toda su vida.

Quisiera empezar diciendo que soy un declarado admirador del escritor Mario Vargas Llosa: lo sigo desde su temprana La ciudad y los perros y de aquella excelente noveleta titulada Los cachorros, que Casa de las Américas editó en los años sesenta. He accedido, como he podido, a sus novelas a pesar de que en Cuba no se editan.

Soy un decidido opositor de la idea de que los escritores que se han convertido en enemigos de la Revolución Cubana, no deben ser editados en nuestro país. Algunas personas entienden que esa exclusión es un castigo a nuestros enemigos ideológicos. Yo no lo veo así: creo que se castiga a los lectores cubanos cuando dejan de leer páginas excelentes: la medida, para nada afectará al escritor en cuestión. Tampoco sé si Vargas Llosa, como han hecho García Márquez o Julio Cortázar, amigos de la Revolución Cubana, cedería los derechos de sus novelas para ser editadas en Cuba, pero creo que el gran público lector que tenemos disfrutaría obras como La fiesta del chivo, apasionante crónica de la conspiración que puso fin a la vida del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Leer el discurso de aceptación del novelista lo obliga a uno, forzosamente, a tener que contrastarlo, compararlo con su obra, y nos da idea de la distancia que media entre el brillante narrador -capaz de hacernos ver el sentido y las trágicas, dramáticas o cómicas dimensiones de la realidad latinoamericana- y el acomodado pequeño burgués de Arequipa (elevado a burgués por su talento, su vanidad y sus temores) que abjuró no ya de la Revolución Cubana, sino de cualquier modalidad de marxismo o socialismo, para ser el escritor “admitido” al que celebra el mundo burgués de este tiempo, porque esa propia abjuración es el gran requisito para su admisión, mucho más que la excelencia de su prosa.

El marxista que fuera en su juventud nunca pretendió buscar otra lectura de Marx que se apartara del verticalismo soviético asumido por la Revolución Cubana: su desencanto lo llevó directamente a engrosar la momificada colección de demócratas liberales que han sido y que han sumido a la América Latina en esa subordinación a los intereses norteamericanos que pobló nuestros países de las dictaduras que el novelista dice despreciar, pero que eran la salida a la que los buenos demócratas liberales y sus jefes norteamericanos echaban mano cuando los pueblos se les ponían indóciles. 

Don Mario dice repudiar esas tiranías –gestada la de Pinochet por el demócrata liberal Kissinger– aunque reverencia a sus propulsores. Don Mario, en fin, no fue el revisionista que busca otra verdad en la revolución, sino el arrepentido que abandonó la plaza de la tía Julia para irse al salón de la prima Patricia; el claudicante que, aunque persistan la explotación y las injusticias sociales que vio en su juventud, regresa al conformista redil de los demócratas liberales: no hay nada que hacer sino mantener la alternancia de gobiernos que protegen los privilegios de los de arriba, que son el verdadero poder.

De dientes para afuera se indigna porque América Latina ha incumplido con la emancipación de sus indígenas pero, como una Malinche andina, considera una “seudodemocracia payasa” el gobierno de Evo Morales en Bolivia, uno de los pocos regímenes democráticos del país donde mayor número de golpes militares han ocurrido en el mundo, en el que existe una feroz oligarquía que no ha podido socavar el abierto apoyo popular a Evo. 

Que yo sepa, el presidente boliviano nunca se ha propuesto escribir una novela como La casa verde. Acaso intentar ese propósito que no conseguiría, sería una bufonada del dirigente sindical cocalero, pero esa bufonada es hipotética. La payasada de Mario Vargas Llosa sí tuvo lugar, cuando aspiró a la presidencia de Perú y fue vapuleado nada menos que por Alberto Fujimori. Acaso de esa desastrosa aventura presidencial provenga la herida no cicatrizada del novelista, y también la envidia que el político Evo Morales le provoca.

Don Mario irá a codearse en la historia política peruana –no rebasa ese localismo– con Prado Ugarteche, Belaúnde Terry, Alejandro Toledo y el diz que aprista Alan García. En su discurso sueco, menciona al nunca desmentido marxista que fue César Vallejo, quien seguramente se revolvería en su tumba de Montparnasse si lo escuchara. Sólo le faltaría invocar a José Carlos Mariátegui para que la comedia fuera perfecta.

Haydee Santamaría lo liberó de la farsa de mencionar al Che, y el ego de Don Mario nunca pudo perdonárselo. Ahí está el verdadero punto de quiebre del hispanoperuano: hasta ahí llegaron sus ínfulas de revolucionario. 

A ver quién logra liberarlo de citar al autor de España, aparta de mí este cáliz.

Recordaremos siempre al excelente narrador que es Mario Vargas Llosa. Se nos irá al basurero el adocenado político que se ha empeñado en ser. Quizás ahí le hubiera sido útil el consejo de su prima-esposa, que él mismo entiende como el mayor elogio que ha recibido: “Mario, para lo único, para lo que tú sirves es para escribir”.


 Entre los poetas míos… César Vallejo – 2 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

CON el título genérico “Entre los poetas míos” hemos iniciado la publicación, en el mundo virtual, de esta colección de cuadernos monográficos con los que deseamos contribuir a la divulgación de una poesía crítica que, denominada “poesía social”, “poesía compro-metida”, “poesía de la conciencia,… se caracteriza por centrar su temática en los seres humanos, bien sea para ensalzar sus valores genéricos, o bien para denunciar los atropellos, injusticias y abusos cometidos por quienes de-tentan el Poder en cualquiera de sus formas. 

Poesía ésta que no se evade de la realidad, sino que in-cide en ella con intención transformadora. Se entiende por ello que tal producción y sus autores hayan sido fre-cuentemente acallados, desprestigiados, censurados e in-cluso perseguidos por dichos poderes dominantes. Se tra-ta, en fin, de una poesía, rebelde, teñida por el com-promiso ético de sus autores. 

Los textos aquí incorporados proceden de muy diversas fuentes. Unos de nuestra biblioteca personal, otros de In-ternet. 

La edición digitalizada de estos cuadernos poéticos carece de toda finalidad económica. No obstante, si alguien se considera perjudicado en sus legítimos derechos de pro-piedad intelectual, rogamos nos lo haga saber para que retiremos los textos cuestionados. – 3 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Entre los poetas míos… 

César Vallejo 

(1892 – 1938) 

César Abraham Vallejo Mendoza es un poeta y escritor considerado en-tre los más grandes innovadores de la poesía del siglo XX. Nació en Santiago de Chuco, Perú, el 16 de marzo de 1892. De origen mestizo y provinciano, era el menor de once hermanos. Alumno brillante en los estudios primarios, la familia consideró que podía seguir la carrera ecle-siástica. Sin embargo, en 1910 parte para Trujillo y se inscribe en la Fa-cultad de Filosofía y Letras. Un año después la idea de hacerse médico lo lleva a Lima, pero pronto renuncia a la medicina y vuelve a Trujillo. Entra a trabajar en una hacienda azucarera donde es testigo de la exte-nuante explotación de los peones. Esa experiencia marcó para siempre su sensibilidad ante la injusticia social. 

En 1913 renuncia a su empleo en la hacienda y regresa a Trujillo, donde reanuda sus estudios (Letras y Derecho), consiguiendo paralelamente un puesto de profesor en un colegio. Por entonces publica sus primeros versos y se convierte en miembro destacado de un grupo de intelectua-les y artistas 

En 1917 marcha a Lima donde, ya conocido en el medio intelectual, publica algún que otro poema. Sus dificultades económicas se suavizan al conseguir un puesto de director de colegio. Continúa sus estudios en la Universidad. En 1918 lleva su primer poemario “Los heraldos negros” al impresor. Su publicación se demora hasta el año siguiente. La obra, desde su aparición, recibe entusiastas elogios y primeros dardos. 

En 1920, de camino para su pueblo natal, se detiene en una localidad a pronunciar una conferencia que produce escándalo. Se ve mezclado en un sangriento conflicto local, y sin motivo es acusado por incendiario y agitador social. Permanece cincuenta días encarcelado, hasta que, de-mostrada su inocencia, es absuelto y devuelto a la libertad. – 4 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

1922: Consigue imprimir su segundo poemario “Trilce”, muchos de cu-yos versos han sido escritos en prisión. 

1923: Aparecen “Fabla salvaje” y “Escalas melografiadas”. 

Vallejo venía proyectando su marcha a Europa desde tiempo atrás. Con 500 soles, sin recursos ni conocimiento del idioma, en julio llega a París, donde sufrirá una vida de duras penurias, que no le impiden establecer relaciones amistosas con numerosos artistas. 

Hasta su muerte residió mayormente en París, con algunas breves estan-cias en Madrid y en otras ciudades europeas en las que estuvo de paso. Vivió del periodismo, complementado con trabajos de traducción y do-cencia. En la última etapa de su vida no publicó libros de poesía, aun-que escribió una serie de poemas que aparecerían póstumamente. En el cultivo de la prosa, escribió la novela proletaria El tungsteno (Madrid, 1931) y el libro Crónicas Rusia (Madrid, 1931). Por entonces escribió también su más famoso cuento, Paco Yunque, que fue publicado años después de su muerte. Sus poemas póstumos fueron agrupados en dos poemarios: Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, publica-dos en 1939 gracias al empeño de su viuda, Georgette Vallejo. La poesía reunida en estos últimos poemarios es de corte social, con esporádicos temas de posición ideológica y profundamente humanos. Para muchos críticos, los “poemas humanos” constituyen lo mejor de su producción poética, que lo han hecho merecedor del calificativo de “poeta univer-sal”. 

Murió en París, 15 de abril de 1938), 

Para una información más amplia sobre la vida y obra de César Vallejo, véase: 

César y Georgette: un amor de leyenda 

La vida íntima en las obras de César Vallejo 

César Vallejo en Wikipedia 

Biografía de César Vallejo 

César Vallejo, por Mónica Saldías 

d – 5 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Ande desnudo, en pelo, el millonario! 

¡Ande desnudo, en pelo, el millonario! 

¡Desgracia al que edifica con tesoros su lecho de muerte! 

¡Un mundo al que saluda; 

un sillón al que siembra en el cielo; 

llanto al que da término a lo que hace, guardando los 

[comienzos; 

ande el de las espuelas; 

poco dure muralla en que no crezca otra muralla; 

dése al mísero toda su miseria, 

pan, al que ríe; 

hagan perder los triunfos y morir los médicos; 

haya leche en la sangre; 

añádase una vela al sol, 

ochocientos al veinte; 

pase la eternidad bajo los puentes! 

¡Desdén al que viste, 

corónense los pies de manos, quepan en su tamaño; 

siéntese mi persona junto a mí! 

¡Llorar al haber cabido en aquel vientre, 

bendición al que mira aire en el aire, 

muchos años de clavo al martillazo; 

desnúdese el desnudo, 

vístase de pantalón la capa, 

fulja el cobre a expensas de sus láminas, 

majestad al que cae de la arcilla al universo, 

lloren las bocas, giman las miradas, 

impídase al acero perdurar, 

hilo a los horizontes portátiles, 

doce ciudades al sendero de piedra, 

una esfera al que juega con su sombra; 

un día hecho de una hora, a los esposos; 

una madre al arado en loor al suelo, 

séllense con dos sellos a los líquidos, 

pase lista el bocado, 

sean los descendientes, – 6 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

sea la codorniz, 

sea la carrera del álamo y del árbol; 

venzan, al contrario del círculo, el mar a su hijo 

y a la cana el lloro; 

dejad los áspides, señores hombres, 

surcad la llama con los siete leños, 

vivid, 

elévese la altura, 

baje el hondor más hondo, 

conduzca la onda su impulsión andando, 

tenga éxito la tregua de la bóveda! 

¡Muramos; 

lavad vuestro esqueleto cada día; 

no me hagáis caso, 

una ave coja al déspota y a su alma; 

una mancha espantosa, al que va solo; 

gorriones al astrónomo, al gorrión, al aviador! 

¡Lloved, solead, 

vigilad a Júpiter, al ladrón de ídolos de oro, 

copiad vuestra letra en tres cuadernos, 

aprended de los cónyuges cuando hablan, y 

de los solitarios, cuando callan; 

dad de comer a los novios, 

dad de beber al diablo en vuestras manos, 

luchad por la justicia con la nuca, 

igualaos, 

cúmplase el roble, 

cúmplase el leopardo entre dos robles, 

seamos, 

estemos, 

sentid cómo navega el agua en los océanos, 

alimentaos, 

concíbase el error, puesto que lloro, 

acéptese, en tanto suban por el risco, las cabras y sus crías; 

desacostumbrad a Dios a ser un hombre, 

creced… ! 

Me llaman. Vuelvo. 

(De Poemas humanos, 1939) – 7 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Completamente 

Completamente. Además, ¡vida! 

Completamente. Además, ¡muerte! 

Completamente. Además, ¡todo! 

Completamente. Además, ¡nada! 

Completamente. Además, ¡mundo! 

Completamente. Además, ¡polvo! 

Completamente. Además, ¡Dios! 

Completamente. Además, ¡nadie! 

Completamente. Además, ¡nunca! 

Completamente. Además, ¡siempre! 

Completamente. Además, ¡oro! 

Completamente. Además, ¡humo! 

Completamente. Además, ¡lágrimas! 

Completamente. Además, ¡risas!… 

¡Completamente! 

De Poemas humanos (1939) – 8 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Confianza en el anteojo, no en el ojo 

Confianza en el anteojo, no en el ojo; 

en la escalera, nunca en el peldaño; 

en el ala, no en el ave 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

Confianza en la maldad, no en el malvado; 

en el vaso, mas nunca en el licor; 

en el cadáver, no en el hombre 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

Confianza en muchos, pero ya no en uno; 

en el cauce, jamás en la corriente; 

en los calzones, no en las piernas 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

Confianza en la ventana, no en la puerta; 

en la madre, mas no en los nueve meses; 

en el destino, no en el dado de oro, 

y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo. 

De: Poemas humanos, (1939) – 9 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Considerado en frío, imparcialmente… 

Considerando en frío, imparcialmente, 

que el hombre es triste, tose y, sin embargo, 

se complace en su pecho colorado; 

que lo único que hace es componerse 

de días; 

que es lóbrego mamífero y se peina… 

Considerando 

que el hombre procede suavemente del trabajo 

y repercute jefe, suena subordinado; 

que el diagrama del tiempo 

es constante diorama en sus medallas 

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron, 

desde lejanos tiempos, 

su fórmula famélica de masa… 

Comprendiendo sin esfuerzo 

que el hombre se queda, a veces, pensando, 

como queriendo llorar, 

y, sujeto a tenderse como objeto, 

se hace buen carpintero, suda, mata 

y luego canta, almuerza, se abotona… 

Considerando también 

que el hombre es en verdad un animal 

y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza… 

Examinando, en fin, 

sus encontradas piezas, su retrete, 

su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo… 

Comprendiendo 

que él sabe que le quiero, 

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente… – 10 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Considerando sus documentos generales 

y mirando con lentes aquel certificado 

que prueba que nació muy pequeñito… 

le hago una seña, 

viene, 

y le doy un abrazo, emocionado. 

¡Qué más da! Emocionado… Emocionado… 

De: Poemas humanos, 1939) – 11 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Cuídate, España, de tu propia España! 

¡Cuídate de la hoz sin el martillo, 

cuídate del martillo sin la hoz! 

¡Cuídate de la víctima a pesar suyo, 

del verdugo a pesar suyo 

y del indiferente a pesar suyo! 

¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo, 

negárate tres veces, 

y del que te negó, después, tres veces! 

¡Cuídate de las calaveras sin las tibias, 

y de las tibias sin las calaveras! 

¡Cuídate de los nuevos poderosos! 

¡Cuídate del que come tus cadáveres, 

del que devora muertos a tus vivos! 

¡Cuídate del leal ciento por ciento! 

¡Cuídate del cielo más acá del aire 

y cuídate del aire más allá del cielo! 

¡Cuídate de los que te aman! 

¡Cuídate de tus héroes! 

¡Cuídate de tus muertos! 

¡Cuídate de la República! 

¡Cuídate del futuro! 

De; España, aparta de mí este cáliz, 1939) – 12 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

El momento más grave de mi vida 

Un hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne cuando fui herido en el pecho. 

Otro hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yo-kohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas. 

Y otro hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día. 

Y otro dijo: 

-El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad. 

Y otro dijo: 

-El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú. 

Y otro dijo: 

-El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre. 

Y el último hombre dijo: 

-El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía. 

(De: Poemas en prosa, 1923) – 13 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

El pan nuestro 

Para Alejandro Gamboa 

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra 

de cementerio huele a sangre amada. 

Ciudad de invierno… La mordaz cruzada 

de una carreta que arrastrar parece 

una emoción de ayuno encadenada! 

Se quisiera tocar todas las puertas, 

y preguntar por no sé quién; y luego 

ver a los pobres, y, llorando quedos, 

dar pedacitos de pan fresco a todos. 

Y saquear a los ricos sus viñedos 

con las dos manos santas 

que a un golpe de luz 

volaron desclavadas de la Cruz! 

Pestaña matinal, no os levantéis! 

¡El pan nuestro de cada día dánoslo, 

Señor…! 

Todos mis huesos son ajenos; 

yo tal vez los robé! 

Yo vine a darme lo que acaso estuvo 

asignado para otro; 

y pienso que, si no hubiera nacido, 

otro pobre tomara este café! 

Yo soy un mal ladrón… A dónde iré! 

Y en esta hora fría, en que la tierra 

trasciende a polvo humano y es tan triste, 

quisiera yo tocar todas las puertas, 

y suplicar a no sé quién, perdón, 

y hacerle pedacitos de pan fresco 

aquí, en el horno de mi corazón…! 

(De Los heraldos negros, 1918) – 14 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

España, aparta de mí este cáliz 

Niños del mundo, 

si cae España —digo, es un decir— 

si cae 

del cielo abajo su antebrazo que asen, 

en cabestro, dos láminas terrestres; 

niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas! 

¡qué temprano en el sol lo que os decía! 

¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! 

¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno! 

¡Niños del mundo, está 

la madre España con su vientre a cuestas; 

está nuestra madre con sus férulas, 

está madre y maestra, 

cruz y madera, porque os dio la altura, 

vértigo y división y suma, niños; 

está con ella, padres procesales! 

Si cae —digo, es un decir— si cae 

España, de la tierra para abajo, 

niños ¡cómo vais a cesar de crecer! 

¡cómo va a castigar el año al mes! 

¡cómo van a quedarse en diez los dientes, 

en palote el diptongo, la medalla en llanto! 

¡Cómo va el corderillo a continuar 

atado por la pata al gran tintero! 

¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto 

hasta la letra en que nació la pena! 

Niños, 

hijos de los guerreros, entre tanto, 

bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo 

la energía entre el reino animal, 

las florecillas, los cometas y los hombres. – 15 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Bajad la voz, que está 

en su rigor, que es grande, sin saber 

qué hacer, y está en su mano 

la calavera, aquella de la trenza; 

la calavera, aquella de la vida! 

¡Bajad la voz, os digo; 

bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto 

de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun 

el de las sienes que andan con dos piedras! 

¡Bajad el aliento, y si 

el antebrazo baja, 

si las férulas suenan, si es la noche, 

si el cielo cabe en dos limbos terrestres, 

si hay ruido en el sonido de las puertas, 

si tardo, 

si no veis a nadie, si os asustan 

los lápices sin punta, si la madre 

España cae —digo, es un decir—, 

salid, niños, del mundo; id a buscarla!… 

De España, aparta de mí este cáliz, 1939) – 16 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Gleba 

Con efecto mundial de vela que se enciende, 

el prepucio directo, hombres a golpes, 

funcionan los labriegos a tiro de neblina, 

con alabadas barbas, 

pie práctico y reginas sinceras de los valles. 

Hablan como les vienen las palabras, 

cambian ideas bebiendo 

orden sacerdotal de una botella; 

cambian también ideas tras de un árbol, parlando 

de escrituras privadas, de la luna menguante 

y de los ríos públicos! (Inmenso! Inmenso! Inmenso!) 

Función de fuerza 

sorda y de zarza ardiendo, 

paso de palo, 

gesto de palo, 

acápitcs de palo, 

la palabra colgando de otro palo. 

De sus hombros arranca, carne a carne, la herramienta 

[florecida, 

de sus rodillas bajan ellos mismos por etapas hasta el cielo, 

y, agitando 

agitando sus faltas en forma de antiguas calaveras, 

levantan sus defectos capitales con cintas, 

su mansedumbre y sus 

vasos sanguíneos, tristes, de jueces colorados. 

Tienen su cabeza, su tronco, sus extremidades, 

tienen su pantalón, sus dedos metacarpos y un palito; 

para comer vistiéronse de altura 

y se lavan la cara acariciándose con sólidas palomas. – 17 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Por cierto, aquestos hombres 

cumplen años en los peligros, 

echan toda la frente en sus salutaciones; 

carecen de reloj, no se jactan jamás de respirar 

y, en fin, suelen decirse: Allá, las putas, Luis Taboada, los 

[ingleses; 

allá ellos, allá ellos, allá ellos! 

(De: Poemas humanos, 1939) – 18 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Himno a los voluntarios de la República 

Voluntario de España, miliciano 

de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón, 

cuando marcha a matar con su agonía 

mundial, no sé verdaderamente 

qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo, 

lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo 

a mi pecho que acabe, al que bien, que venga, 

y quiero desgraciarme; 

descúbrome la frente impersonal hasta tocar 

el vaso de la sangre, me detengo, 

detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto 

con las que se honra el animal que me honra; 

refluyen mis instintos a sus sogas, 

humea ante mi tumba la alegría 

y, otra vez, sin saber qué hacer, sin nada, déjame, 

desde mi piedra en blanco, déjame, 

solo, 

cuadrumano, más acá, mucho más lejos, 

al no caber entre mis manos tu largo rato extático, 

quiebro con tu rapidez de doble filo 

mi pequeñez en traje de grandeza! 

Un día diurno, claro, atento, fértil 

¡oh bienio, el de los lóbregos semestres suplicantes, 

por el que iba la pólvora mordiéndose los codos! 

¡oh dura pena y más duros pedernales! 

!oh frenos los tascados por el pueblo! 

Un día prendió el pueblo su fósforo cautivo, oró de cólera 

y soberanamente pleno, circular, 

cerró su natalicio con manos electivas; 

arrastraban candado ya los déspotas 

y en el candado, sus bacterias muertas… 

¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas – 19 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

de dolores con rejas de esperanzas, 

de dolores de pueblos con esperanzas de hombres! 

¡Muerte y pasión de paz, las populares! 

¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendámonos! 

Tal en tu aliento cambian de agujas atmosféricas los vientos 

y de llave las tumbas en tu pecho, 

tu frontal elevándose a primera potencia de martirio. 

El mundo exclama: “¡Cosas de españoles!” Y es verdad. 

Consideremos, 

durante una balanza, a quemarropa, 

a Calderón, dormido sobre la cola de un anfibio muerto 

o a Cervantes, diciendo: “Mi reino es de este mundo, pero 

también del otro”: ¡punta y filo en dos papeles! 

Contemplemos a Goya, de hinojos y rezando ante un espejo, 

a Coll, el paladín en cuyo asalto cartesiano 

tuvo un sudor de nube el paso llano 

o a Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros 

o a Cajal, devorado por su pequeño infinito, o todavía 

a Teresa, mujer que muere porque no muere 

o a Lina Odena, en pugna en más de un punto con Teresa… 

(Todo acto o voz genial viene del pueblo 

y va hacia él, de frente o transmitidos 

por incesantes briznas, por el humo rosado 

de amargas contraseñas sin fortuna) 

Así tu criatura, miliciano, así tu exangüe criatura, 

agitada por una piedra inmóvil, 

se sacrifica, apártase, 

decae para arriba y por su llama incombustible sube, 

sube hasta los débiles, 

distribuyendo españas a los toros, 

toros a las palomas… 

Proletario que mueres de universo, ¡en qué frenética armonía 

acabará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine impelente, 

tu violencia metódica, tu caos teórico y práctico, tu gana – 20 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a traición, 

a tu enemigo! 

¡Liberador ceñido de grilletes, 

sin cuyo esfuerzo hasta hoy continuaría sin asas la extensión, 

vagarían acéfalos los clavos, 

antiguo, lento, colorado, el día, 

nuestros amados cascos, insepultos! 

¡Campesino caído con tu verde follaje por el hombre, 

con la inflexión social de tu meñique, 

con tu buey que se queda, con tu física, 

también con tu palabra atada a un palo 

y tu cielo arrendado 

y con la arcilla inserta en tu cansancio 

y la que estaba en tu uña, caminando! 

¡Constructores 

agrícolas, civiles y guerreros, 

de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito 

que vosotros haríais la luz, entornando 

con la muerte vuestros ojos; 

que, a la caída cruel de vuestras bocas, 

vendrá en siete bandejas la abundancia, todo 

en el mundo será de oro súbito 

y el oro, 

fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de sangre, 

y el oro mismo será entonces de oro! 

¡Se amarán todos los hombres 

y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos tristes 

y beberán en nombre 

de vuestras gargantas infaustas! 

Descansarán andando al pie de esta carrera, 

sollozarán pensando en vuestras órbitas, venturosos 

serán y al son 

de vuestro atroz retorno, florecido, innato, 

ajustarán mañana sus quehaceres, sus figuras soñadas 

[y cantadas! – 21 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Unos mismos zapatos irán bien al que asciende 

sin vías a su cuerpo 

y al que baja hasta la forma de su alma! 

¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán! 

¡Verán, ya de regreso, los ciegos 

y palpitando escucharán los sordos! 

¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios! 

¡Serán dados los besos que no pudisteis dar! 

¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga 

traerá pedacitos de pan al elefante encadenado 

a su brutal delicadeza; volverán 

los niños abortados a nacer perfectos, espaciales 

y trabajarán todos los hombres, 

engendrarán todos los hombres, 

comprenderán todos los hombres! 

¡Obrero, salvador, redentor nuestro, 

perdónanos, hermano, nuestras deudas! 

Como dice un tambor al redoblar, en sus adagios: 

qué jamás tan efímero, tu espalda! 

qué siempre tan cambiante, tu perfil! 

¡Voluntario italiano, entre cuyos animales de batalla 

un león abisinio va cojeando! 

¡Voluntario soviético, marchando a la cabeza de tu pecho 

[universal! 

¡Voluntarios del sur, del norte, del oriente 

y tú, el occidental, cerrando el canto fúnebre del alba! 

¡Soldado conocido, cuyo nombre 

desfila en el sonido de un abrazo! 

¡Combatiente que la tierra criara, armándote 

de polvo, 

calzándote de imanes positivos, 

vigentes tus creencias personales, 

distinto de carácter, íntima tu férula, 

el cutis inmediato, 

andándote tu idioma por los hombros – 22 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

y el alma coronada de guijarros! 

¡Voluntario fajado de tu zona fría, 

templada o tórrida, 

héroes a la redonda, 

víctima en columna de vencedores: 

en España, en Madrid, están llamando 

a matar, voluntarios de la vida! 

¡Porque en España matan, otros matan 

al niño, a su juguete que se para, 

a la madre Rosenda esplendorosa, 

al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo 

y al perro que dormía en la escalera. 

Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares, 

a su indefensa página primera! 

Matan el caso exacto de la estatua, 

al sabio, a su bastón, a su colega, 

al barbero de al lado -me cortó posiblemente, 

pero buen hombre y, luego, infortunado; 

al mendigo que ayer cantaba enfrente, 

a la enfermera que hoy pasó llorando, 

al sacerdote a cuestas con la altura tenaz de sus rodillas… 

¡Voluntarios, 

por la vida, por los buenos, matad 

a la muerte, matad a los malos! 

¡Hacedlo por la libertad de todos, 

del explotado, del explotador, 

por la paz indolora -la sospecho 

cuando duermo al pie de mi frente 

y más cuando circulo dando voces- 

y hacedlo, voy diciendo, 

por el analfabeto a quien escribo, 

por el genio descalzo y su cordero, 

por los camaradas caídos, 

sus cenizas abrazadas al cadáver de un camino! – 23 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Para que vosotros, 

voluntarios de España y del mundo, vinierais, 

soñé que era yo bueno, y era para ver 

vuestra sangre, voluntarios… 

De esto hace mucho pecho, muchas ansias, 

muchos camellos en edad de orar. 

Marcha hoy de vuestra parte el bien ardiendo, 

os siguen con cariño los reptiles de pestaña inmanente 

y, a dos pasos, a uno, 

la dirección del agua que corre a ver su límite antes que arda. 

(De: España, aparta de mí este cáliz, 1039) – 24 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Intensidad y altura 

Quiero escribir, pero me sale espuma 

Quiero escribir, pero me sale espuma, 

quiero decir muchísimo y me atollo; 

no hay cifra hablada que no sea suma, 

no hay pirámide escrita, sin cogollo. 

Quiero escribir, pero me siento puma; 

quiero laurearme, pero me encebollo. 

No hay toz hablada, que no llegue a bruma, 

no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo. 

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba, 

carne de llanto, fruta de gemido, 

nuestra alma melancólica en conserva. 

Vámonos! Vámonos! Estoy herido; 

Vámonos a beber lo ya bebido, 

vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva. 

(De: Poemas humanos, 1937) – 25 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

La rueda del hambriento 

Por entre mis propios dientes salgo humeando, 

dando voces, pujando, 

bajándome los pantalones… 

Váca mi estómago, váca mi yeyuno, 

la miseria me saca por entre mis propios dientes, 

cogido con un palito por el puño de la camisa. 

Una piedra en que sentarme 

¿no habrá ahora para mí? 

Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz, 

la madre del cordero, la causa, la raíz, 

¿ésa no habrá ahora para mí? 

¡Siquiera aquella otra, 

que ha pasado agachándose por mi alma! 

Siquiera 

la calcárida o la mala (humilde océano) 

o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre 

ésa dádmela ahora para mí! 

Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto, 

ésa dádmela ahora para mí! 

Siquiera la torcida y coronada, en que resuena 

solamente una vez el andar de las rectas conciencias, 

o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva, 

va a caer por sí misma, 

en profesión de entraña verdadera, 

¡ésa dádmela ahora para mí! 

Un pedazo de pan, tampoco habrá para mí? 

Ya no más he de ser lo que siempre he de ser, 

pero dadme 

una piedra en que sentarme, 

pero dadme, 

por favor, un pedazo de pan en que sentarme, – 26 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

pero dadme 

en español 

algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse 

y después me iré… 

Halló una extraña forma, está muy rota 

y sucia mi camisa 

y ya no tengo nada, esto es horrendo. 

(De: Poemas humanos, 1939) – 27 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Los heraldos negros 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! 

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, 

la resaca de todo lo sufrido 

se empozara en el alma… ¡Yo no sé! 

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras 

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. 

Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; 

o los heraldos negros que nos manda la Muerte. 

Son las caídas hondas de los Cristos del alma 

de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. 

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como 

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; 

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido 

se empoza, como charco de culpa, en la mirada. 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! 

De: Los heraldos negros, 1918) – 28 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Masa 

Al fin de la batalla, 

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre 

y le dijo: «No mueras, te amo tanto!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Se le acercaron dos y repitiéronle: 

«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, 

clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Le rodearon millones de individuos, 

con un ruego común: «¡Quédate hermano!» 

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Entonces, todos los hombres de la tierra 

le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado; 

incorporóse lentamente, 

abrazó al primer hombre; echóse a andar… 

De: España, aparta de mí este cáliz (1939) – 29 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Los mineros salieron de la mina 

Los mineros salieron de la mina 

remontando sus ruinas venideras, 

fajaron su salud con estampidos 

y, elaborando su función mental 

cerraron con sus voces 

el socavón, en forma de síntoma profundo. 

¡Era de ver sus polvos corrosivos! 

¡Era de oír sus óxidos de altura! 

Cuñas de boca, yunques de boca, aparatos de boca 

(¡Es [formidable!) 

El orden de sus túmulos, 

sus inducciones plásticas, sus respuestas corales, 

agolpáronse al pie de ígneos percances 

y airente amarillura conocieron los trístidos y tristes, 

imbuidos 

del metal que se acaba, del metaloide pálido y pequeño. 

Craneados de labor, 

y calzados de cuero de vizcacha, 

calzados de senderos infinitos, 

y los ojos de físico llorar, 

creadores de la profundidad, 

saben, a cielo intermitente de escalera, 

bajar mirando para arriba, 

saben subir mirando para abajo. 

¡Loor al antiguo juego de su naturaleza, 

a sus insomnes órganos, a su saliva rústica! 

¡Temple, filo y punta, a sus pestañas! 

¡Crezcan la yerba, el liquen y la rana en sus adverbios! 

¡Felpa de hierro a sus nupciales sábanas! 

¡Mujeres hasta abajo, sus mujeres! 

¡Mucha felicidad para los suyos! – 30 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¡Son algo portentoso, los mineros 

remontando sus ruinas venideras, 

elaborando su función mental 

y abriendo con sus voces 

el socavón, en forma de síntoma profundo! 

¡Loor a su naturaleza amarillenta, 

a su linterna mágica, 

a sus cubos y rombos, a sus percances plásticos, 

a sus ojazos de seis nervios ópticos 

y a sus hijos que juegan en la iglesia 

y a sus tácitos padres infantiles! 

¡Salud, oh creadores de la profundidad…! (Es formidable.) 

(De: Poemas humanos, 1939) – 31 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Los nueve monstruos 

Y, desgraciadamente, 

el dolor crece en el mundo a cada rato, 

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, 

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces 

y la condición del martirio, carnívora, voraz, 

es el dolor dos veces 

y la función de la yerba purísima, el dolor 

dos veces 

y el bien de ser, dolernos doblemente. 

Jamás, hombres humanos, 

hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera, 

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética! 

Jamás tanto cariño doloroso, 

jamás tan cerca arremetió lo lejos, 

jamás el fuego nunca 

jugó mejor su rol de frío muerto! 

Jamás, señor ministro de salud, fue la salud 

más mortal 

y la migraña extrajo tanta frente de la frente! 

Y el mueble tuvo en su cajón, dolor, 

el corazón, en su cajón, dolor, 

la lagartija, en su cajón, dolor. 

Crece la desdicha, hermanos hombres, 

más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece 

con la res de Rousseau, con nuestras barbas; 

crece el mal por razones que ignoramos 

y es una inundación con propios líquidos, 

con propio barro y propia nube sólida! 

Invierte el sufrimiento posiciones, da función 

en que el humor acuoso es vertical 

al pavimento, – 32 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

el ojo es visto y esta oreja oída, 

y esta oreja da nueve campanadas a la hora 

del rayo, y nueve carcajadas 

a la hora del trigo, y nueve sones hembras 

a la hora del llanto, y nueve cánticos 

a la hora del hambre y nueve truenos 

y nueve látigos, menos un grito. 

El dolor nos agarra, hermanos hombres, 

por detrás, de perfil, 

y nos aloca en los cinemas, 

nos clava en los gramófonos, 

nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente 

a nuestros boletos, a nuestras cartas; 

y es muy grave sufrir, puede uno orar… 

Pues de resultas 

del dolor, hay algunos 

que nacen, otros crecen, otros mueren, 

y otros que nacen y no mueren, otros 

que sin haber nacido, mueren, y otros 

que no nacen ni mueren (son los más) 

Y también de resultas 

del sufrimiento, estoy triste 

hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo, 

de ver al pan, crucificado, al nabo, 

ensangrentado, 

llorando, a la cebolla, 

al cereal, en general, harina, 

a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo, 

al vino, un ecce-homo, 

tan pálida a la nieve, al sol tan ardio! 

¡Cómo, hermanos humanos, 

no deciros que ya no puedo y 

ya no puedo con tanto cajón, 

tanto minuto, tanta 

lagartija y tanta 

inversión, tánto lejos y tánta sed de sed! – 33 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer? 

¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos, 

hay, hermanos, muchísimo que hacer. 

(De: Poemas humanos, 1939) – 34 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Pequeño responso a un héroe de la República 

Un libro quedó al borde de su cintura muerta, 

un libro retoñaba de su cadáver muerto. 

Se llevaron al héroe, 

y corpórea y aciaga entró su boca en nuestro aliento; 

sudamos todos, el ombligo a cuestas; 

caminantes las lunas nos seguían; 

también sudaba de tristeza el muerto. 

Y un libro, en la batalla de Toledo, 

un libro, atrás un libro, arriba un libro, retoñaba del cadáver. 

Poesía del pómulo morado, entre el decirlo 

y el callarlo, 

poesía en la carta moral que acompañara 

a su corazón. 

Quedóse el libro y nada más, que no hay 

insectos en la tumba, 

y quedó al borde de su manga el aire remojándose 

y haciéndose gaseoso, infinito. 

Todos sudamos, el ombligo a cuestas, 

también sudaba de tristeza el muerto 

y un libro, yo lo vi sentidamente, 

un libro, atrás un libro, arriba un libro 

retoñó del cadáver ex abrupto. 

(De: España, aparta de mí ese cáliz, 1939) – 35 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Un hombre pasa con un pan al hombro 

Un hombre pasa con un pan al hombro 

¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? 

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo 

¿Con qué valor hablar del psicoanálisis? 

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano 

¿Hablar luego de Sócrates al médico? 

Un cojo pasa dando el brazo a un niño 

¿Voy, después, a leer a André Bretón? 

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre 

¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo? 

Otro busca en el fango huesos, cáscaras 

¿Cómo escribir, después del infinito? 

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza 

¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora? 

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente 

¿Hablar, después, de cuarta dimensión? 

Un banquero falsea su balance 

¿Con qué cara llorar en el teatro? 

Un paria duerme con el pie a la espalda 

¿Hablar, después, a nadie de Picasso? 

Alguien va en un entierro sollozando 

¿Cómo luego ingresar a la Academia? 

Alguien limpia un fusil en su cocina – 36 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

¿Con qué valor hablar del más allá? 

Alguien pasa contando con sus dedos 

¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito? 

De Poemas humanos, 1939 – 37 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Va corriendo, andando, huyendo 

Va corriendo, andando, huyendo 

Va con dos nubes en su nube, 

sentado apócrifo, en la mano insertos 

sus tristes paras, sus entonces fúnebres. 

Corre de todo, andando 

entre protestas incoloras; huye 

subiendo, huye 

bajando, huye 

a paso de sotana, huye 

alzando al mal en brazos, 

huye 

directamente a sollozar a solas. 

Adonde vaya, 

lejos de sus fragosos, cáusticos talones, 

lejos del aire, lejos de su viaje, 

a fin de huir, huir y huir y huir 

de sus pies -hombre en dos pies, parado 

de tanto huir- habrá sed de correr. 

¡Y ni el árbol, si endosa hierro de oro! 

¡Y ni el hierro, si cubre su hojarasca! 

Nada, sino sus pies, 

nada sino su breve calofrío, 

sus paras vivos, sus entonces vivos… 

(De: Poemas humanos, 1939) – 38 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Y no me digan nada 

Y no me digan nada, 

que uno puede matar perfectamente, 

ya que, sudando tinta, 

uno hace cuanto puede, no me digan.. 

Volveremos, señores, a vernos con manzanas; 

tarde la criatura pasará, 

la expresión de Aristóteles armada 

de grandes corazones de madera, 

la de Heráclito injerta en la de Marx, 

la del suave sonando rudamente… 

Es lo que bien narraba mi garganta: 

uno puede matar perfectamente. 

Señores, 

caballeros, volveremos a vernos sin paquetes; 

hasta entonces exijo, exigiré de mi flaqueza 

el acento del día, que, 

según veo, estuvo ya esperándome en mi lecho. 

Y exijo del sombrero la infausta analogía del recuerdo, 

ya que, a veces, asumo con éxito mi inmensidad llorada, 

ya que, a veces, me ahogo en la voz de mi vecino 

y padezco 

contando en maíces los años, 

cepillando mi ropa al son de un muerto 

o sentado borracho en mi ataúd… 

(De: Poemas humanos, 1939) – 39 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Bibliografía 

En papel: 

Poesía 

Los heraldos negros 

Trilce 

Poemas completos 

Poesía completa (4 vol). 

Obras esenciales 

En Internet: 

Poemas escogidos. Editorial Ayacucho 

César Vallejo: Poemas totales 

d – 40 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Í N D I C E 

3 Reseña biográfica 

5 ¡Ande desnudo, en pelo, el millonario! 

7 Completamente 

8 Confianza en el anteojo, no en el ojo 

9 Considerando en frío, imparcialmente… 

11 ¡Cuídate, España, de tu propia España! 

12 El momento más grave de mi vida 

13 El pan nuestro de cada día 

14 España, aparta de mí este cáliz 

15 Gleba 

18 Himno a los voluntarios de la República 

24 Intensidad y altura 

25 La rueda del hambriento 

27 Los heraldos negros 

28 Masa 

29 Los mineros salieron de la mina 

31 Los nueve monstruos 

34 Pequeño responso a un héroe de la República 

35 Un hombre pasa con un pan al hombro 

37 Va corriendo, andando, huyendo 

38 y no me digan nada 

39 Bibliografía 

d – 41 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Colección de Poesía Social 

“Entre los Poetas míos…” 

1: Ángela Figuera Aymerich 

2: León Felipe 

3: Pablo Neruda 

4: Bertolt Brecht 

5: Gloria Fuertes 

6: Blas de Otero 

7: Mario Benedetti 

8: Erich Fried 

9: Gabriel Celaya 

10: Adrienne Rich 

11: Miguel Hernández 

12: Roque Dalton 

13: Allen Ginsberg 

14: Antonio Orihuela 

15: Isabel Pérez Montalbán 

16: Jorge Riechmann 

17: Ernesto Cardenal 

18: Eduardo Galeano 

19: Marcos Ana 

20: Nazim Hikmet 

21: Rafael Alberti 

22: Nicolás Guillén 

23: Jesús López Pacheco 

24: Hans Magnus Enzensberg 

25: Denise Levertov 

26: Salustiano Martín 

27: César Vallejo 

28: Óscar Alfaro 

29: Abdellatif Laabi 

30: Elena Cabrejas 

31: Enrique Falcón 

32: Raúl González Tuñón 

33: Heberto Padilla 

34: Wole Soyinka 

35: Fadwa Tuqan 

Continuará – 42 – 

Entre los poetas míos… César Vallejo 

Cuaderno 27 de Poesía Social 

“Entre los poetas míos” 

César Vallejo 

Omegalfa 

Junio2013 

El Poema de Mío Cid, España y los reinos musulmanes en la Península Ibérica. Un reportaje de TVE

Rodrigo Díaz de Vivar, Mío Cid.

Las vidas políticas de Mario Vargas Llosa. Una reseña de The Nation (en inglés), del libro , ensayo, del escritor peruano titulado en español: Sables y utopías.Visiones de América Latina. Agregamos el prólogo a una edición del libro en español

https://www.thenation.com/article/mario-vargas-llosa-sabres-and-utopias-book-review/

https://www.thenation.com/article/mario-vargas-llosa-sabres-and-utopias-book-review/

Ilustración por Joe Ciardiello

http://www.puntodelectura.comSables y utopías Visiones de América Latina             Abajo, el prologo al libro, de la edición en español

© 2009, Mario Vargas Llosa
© De esta edición:
2011, Santillana Ediciones Generales, S.L. Torrelaguna, 60. 28043 Madrid (España) Teléfono 91 744 90 60 http://www.puntodelectura.com

ISBN: 978-84-663-2474-8
Depósito legal: B-12.344-2011 Impreso en España – Printed in Spain

© Imagen de cubierta: Timothy Archibald. Getty Images Primera edición: abril 2011
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Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

PRÓLOGO

La instintiva lucha por la libertad

Carlos Granés

No hace mucho, en un congreso de literatura peruana, oí a un escritor indigenista asegurar que si Mario Vargas Llosa hubiera ganado las elecciones a la presidencia del Perú, habría cambiado el escudo na- cional por la esvástica. En otras circunstancias he oído decir de él que es un antiperuano, un derechista, un «facha», un ingenuo en materia política. De Vargas Llosa se han dicho y se dicen muchas cosas, excepto que es un liberal, un liberal con el que algunos estarán de acuerdo y otros no, pero al fin y al cabo un liberal. Y tratándose del intelectual que más ha luchado por combatir los estereotipos y desfases que distor- sionan los análisis de la realidad latinoamericana, especialmente los que se hacen desde los países desarrollados, resulta paradójico que sobre él recaigan clichés y etiquetas empeñadas en distorsionar su pensamiento.

¿Cuáles son los postulados liberales de Vargas Llosa? ¿Cuál es su posición ante la realidad latinoamericana? ¿Cuáles son los pe- ligros y esperanzas que vislumbra para el continente? ¿Cómo han tomado forma sus ideas y compromisos? La selección de ensayos

que compone este volumen pretende aclarar estas cuestiones. En ellos, además de verse reflejado el recorrido intelectual del escritor, se analizan todos los grandes acontecimientos que han marcado la historia reciente de América Latina. No están ordenados cronológi- camente sino por temas, ilustrando las batallas que Vargas Llosa ha dado por la libertad, desde su oposición frontal a las dictaduras, su ilusión y posterior desencanto con las revoluciones, sus críticas al nacionalismo, al populismo, al indigenismo y a la corrupción —ma- yor amenaza para la credibilidad de las democracias—, hasta el des- cubrimiento de las ideas liberales, su defensa irrestricta del sistema democrático y su pasión por la literatura y el arte latinoamericano. Al igual que los personajes de sus novelas, encarnación de alguna de esas fuerzas ciegas de la naturaleza que llevan al ser humano a reali- zar grandes hazañas o a causar terribles cataclismos, Vargas Llosa ha sido un instintivo defensor de la libertad, atento siempre a las ideas, sistemas o reformas sociales que intentan reducir el contorno de la autonomía individual. Su criterio para medir el clima de libertad de una sociedad ha sido siempre el mismo: el espacio que se le da al es- critor para que exprese libremente sus ideas. En los sesenta, cuando revolucionaba la narrativa latinoamericana y se perfilaba como inte- lectual comprometido, sus primeras incursiones en debates públicos estuvieron guiadas menos por doctrinas políticas que por intuicio- nes literarias. Aunque muy influenciado por las posturas ideológicas de Sartre, sus ideas juveniles acerca de lo que debía ser una sociedad libre y justa partieron, en gran medida, de reflexiones en torno al oficio de la escritura y al rol social del escritor.

Vargas Llosa siempre tuvo claro que la libertad, aquel requi- sito sin el cual el novelista no podía desplegar sus intereses y obse- siones, era vital para que floreciera un mundo cultural rico, capaz de fomentar un debate de ideas que facilitara el tránsito de América Latina hacia la modernidad. Solo con plena libertad para criticar, amar u odiar al gobierno, nación o sistema político que lo acogiera, el escritor podía dar forma a ese producto personal, en gran medida irracional, y siempre fermentado por pasiones, deseos, filias y fobias

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individuales, que era la novela. Los resultados de plegarse mansamen- te a poderes externos o a causas políticas solo podían ser loas serviles al tirano de turno o el lastre artificioso del compromiso. En «El papel del intelectual en los movimientos de liberación nacional», artículo publicado en 1966, manifestaba las tensiones que debía soportar un novelista cuyo compromiso consciente lo ligaba a una causa política. Si los demonios personales y las causas públicas coincidían, feliz ca- sualidad para el creador. En caso contrario, el novelista debía asumir el desgarramiento interno y mantenerse fiel a su vocación literaria.

En los años cincuenta, década en la que el flirteo juvenil de Vargas Llosa con la literatura se convertía en un compromiso marital, el símbolo de la opresión del espíritu y del recorte de liber- tades fue el dictador. Solo en el Perú, a lo largo del siglo XX habían brotado cinco gobiernos dictatoriales, que sumados a los otros seis que ensangrentarían la vida política del país en las siguientes dé- cadas, hasta la fuga intempestiva de Alberto Fujimori, darían un total de casi sesenta años bajo regímenes autoritarios. Esta atmósfera viciada y sórdida, causante de frustraciones, escepticismo y abulia moral, tuvo una presencia desbordante en las tres primeras novelas de Vargas Llosa. La ciudad y los perrosLa casa verde Conversación en La Catedral, publicadas, respectivamente, en 1963, 1966 y 1969, fueron grandes construcciones ficticias en las que se hacía un minu- cioso análisis de las sociedades peruanas, revelando las consecuen- cias del militarismo, del machismo, del dogmatismo religioso o de cualquier otra forma de poder atrabiliario sobre las personas. Bien fuera en academias militares, prostíbulos, misiones, zonas selváti- cas o ambientes burgueses, los personajes de Vargas Llosa acababan siempre mal, minados espiritualmente, sumidos en la más abyecta mediocridad o convertidos en aquello que no querían ser.

Aunque estas novelas fueron grandes creaciones imagina- tivas, inspiradas más por ideales formales y literarios que por com- promisos ideológicos, en ellas se observa el universo mental y moral con el que Vargas Llosa interpretaba la realidad latinoamericana en los sesenta. Los ensayos que escribió en aquellos años fueron un eco

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consciente de los anhelos revolucionarios que bullían en sus obras narrativas. Si en «Toma de posición», manifiesto de 1965, expresaba su apoyo a los movimientos de liberación nacional, en sus novelas dejaba entrever que solo el derrumbe del sistema capitalista y de la burguesía corrupta podría romper los círculos viciosos que impe- dían el avance del Perú hacia la modernidad.

Eso explica la euforia con que recibió la Revolución Cu- bana, el primer intento por fundar una sociedad bajo el signo so- cialista. La ilusión, sin embargo, no duró mucho. Cuando el sueño empezó a convertirse en realidad, y Fidel Castro, el gigante incom- bustible que había impresionado a Vargas Llosa por su receptividad hacia las críticas de los intelectuales (véase «Crónica de Cuba»), adoptó el mismo tipo de censuras que habían sido frecuentes en las dictaduras, la ilusión empezó a resquebrajarse. El hecho crucial que sentenció su ruptura con la revolución ocurrió a principios de los setenta. En 1971, el poeta Heberto Padilla fue acusado de «actividades subversivas» tras la publicación de un poemario, Fuera del juego, en el que las autoridades cubanas entrevieron críticas con- trarrevolucionarias. Padilla fue obligado a retractarse y a hacer una autocrítica que revivió las prácticas más obtusas del estalinismo. Aquella farsa no pasó desapercibida. Vargas Llosa, que conocía a Padilla y advirtió que aquel espectáculo había sido orquestado des- de las altas esferas de la isla, movilizó a los más prestigiosos intelec- tuales de izquierda para manifestar, mediante la firma de una carta dirigida a Fidel Castro, su repudio por el trato infligido a Padilla y a otros escritores cubanos (véase «Carta a Fidel Castro» y «Carta a Haydée Santamaría»).

No era la primera vez que Vargas Llosa se manifestaba en contra de las censuras. En 1966, las autoridades de la Unión Sovié- tica habían condenado a dos escritores rusos, Yuli Daniel y Andrei Siniavski, por motivos similares, y el peruano había reaccionado ai- radamente publicando «Una insurrección permanente», ensayo en el que criticaba sin paliativos los recortes a la libertad de expresión en la Unión Soviética. La gran virtud que Vargas Llosa veía en la

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Revolución Cubana era, precisamente, la de haber armonizado la justicia con la libertad. Aunque Castro había justificado la invasión soviética de Checoslovaquia, su liderazgo en Cuba parecía «ejemplar en su respeto al ser humano y en su lucha por la liberación». Pero el Caso Padilla quitaba el velo al fantasma y dejaba a la vista el rostro oculto de aquel «modelo dentro del socialismo» que Vargas Llosa vio —o quiso ver— en los viajes previos que había hecho a la isla. La sociedad utópica que proponía Castro se había cobrado su primera víctima, la libertad de expresión, y con ella entraban en cuarentena la literatura, el periodismo y cualquier tipo de actividad intelectual. Después de una década de entusiasmo, las dos máximas con las que Vargas Llosa había organizado su vida, la literatura y el socialismo, se veían enfrentadas. Y ante el dilema de escoger entre su vocación y el compromiso político, Vargas Llosa finalmente optó por la primera.

La evidencia de que Cuba no era la concreción de una utopía, sino una gran trampa para escritores y opositores al régimen, obligó a Vargas Llosa a revisar sus ideas respecto de la revolución y la demo- cracia (véase «Ganar batallas, no la guerra»). Su mundo mental, sin embargo, permaneció igual: su escala de valores siguió inmutable y el diagnóstico de los males del Perú siguió siendo el mismo. No se dio esa transformación política de un Dr. Vargas a un Mr. Llosa con la que ha sido caricaturizado. El escritor siguió pensando que la prioridad para América Latina era transitar el camino de los países occidentales y modernizarse (lo sugirió por primera vez en 1958, luego del viaje a la selva peruana que le mostró un mundo de violencia y atropellos, ajeno a la civilidad occidental, y que inspiraría La casa verdePantaleón y las visitadoras El hablador), corregir sus desigualdades y reparar las injusticias sufridas por las poblaciones minoritarias del Perú. Lo que cambió fueron los métodos, no las metas, y eso se vio reflejado en los ensayos que empezó a publicar en la segunda mitad de los setenta.

En una conferencia ofrecida en Acción Popular, en 1978, afirmaba que el espectáculo de pobreza y explotación reinante en su país seguía horrorizándolo igual que antes, pero hacía hincapié en la desconfianza que ahora le producía el marxismo como méto-

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do para corregir las desigualdades e injusticias. Más eficaces habían demostrado ser las doctrinas liberales y democráticas, «es decir, aquellas que no sacrifican la libertad en nombre de la justicia», que en países como Suecia e Israel habían logrado equilibrar la libertad individual y los sistemas de justicia social. Este cambio de postura fue el resultado de nuevas exploraciones intelectuales. El desplome de la fe en el socialismo había forzado a Vargas Llosa a dejar a Sar- tre a un lado y a buscar nuevos referentes con los cuales juzgar los acontecimientos mundiales. Esa búsqueda lo había conducido a revisar las interpretaciones tempranas que había hecho de Camus, y a leer apasionadamente los libros de Jean-François Revel e Isaiah Berlin, dos autores muy distintos entre sí pero con un objetivo común: la defensa del sistema democrático y de la libertad como garantes del pluralismo y de la tolerancia.

Revel, filósofo de formación pero periodista por vocación, fue, junto con Raymond Aron, una de las pocas voces que en Francia se enfrentaron al marxismo y a la estela pro soviética sembrada por Sartre. Más que las teorías, a Revel le importaban los hechos, y por eso no dudó en criticar a los intelectuales que, con tal de defender la ideología, justificaban los desmanes del totalitarismo estalinista. Aquella ceguera ideológica impedía ver que no eran los países socialis- tas los que habían encabezado las grandes revoluciones sociales, sino las democracias capitalistas, donde la mujer, los jóvenes y las minorías sexuales y culturales se rebelaban para cuestionar la ortodoxia de las instituciones, exigir derechos e imprimir cambios en la vida de las so- ciedades. Las reformas democráticas demostraban ser el camino más corto y eficaz para mejorar las condiciones de vida, no las revoluciones totales que pretendían reinstaurar piedra por piedra la sociedad. La gran paradoja del siglo XX fue demostrar que, mientras las dictaduras socialistas se anquilosaban, el mecanismo interno del capitalismo de- mandaba la revolución constante de modas, costumbres, gustos, ten- dencias, deseos, modos de vida, etcétera, para sobrevivir.

El pensamiento de Isaiah Berlin también fue fundamental. Aunque como escritor e intelectual público Vargas Llosa se acercaba

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más al polémico Revel que al circunspecto Berlin, las ideas de este último le fueron vitales para entender por qué, mientras en el arte y la literatura la ambición absoluta y el sueño de la perfección humana eran loables, en la realidad solían conducir a hecatombes colectivas. La desgarradora lección de Berlin es que los mundos perfectos no existen. El sueño de la Ilustración, según el cual las sociedades re- correrían la ruta ascendente del progreso guiadas por la ciencia y la razón, partía de una premisa errónea. Ni la ciencia ni la razón ofrecen respuestas únicas y definitivas a las preguntas fundamentales del ser humano. Cómo vivir, cómo valorar o qué desear son interrogantes sin respuestas precisas, o al menos no cotejables con verdades cientí- ficas. Aquel que se alza por encima de sus pares y asegura tener un co- nocimiento superior, haber descubierto la naturaleza humana y, por ende, la verdadera forma de vivir y solucionar todos los problemas, acaba, por lo general, sometiendo a sus congéneres a la tiranía de su razón. Las soluciones integrales que entusiasmaron a los filósofos del siglo XVIII no existen, y todo aquel que diga poseerlas debe ser temi- do, pues lo que propone es una ficción, un modelo ideal que aviva las fantasías prístinas de un paraíso perdido, pero que en la realidad nie- ga la ambigüedad y las diferencias humanas. Las metas a la luz de las cuales los individuos y las culturas organizan sus existencias no son reducibles a un solo proyecto. La vida se nutre de diversos ideales y valores, y, lamentablemente, es imposible que todos ellos armonicen sin fricciones. Si se quiere evitar la opresión, no hay más remedio que fomentar el pluralismo, la tolerancia y la libertad, o más exactamente lo que Berlin llama «libertad negativa»: una esfera de la vida en la que ningún poder externo pueda bloquear la acción humana.

Las ideas de Isaiah Berlin tuvieron un poderoso efecto en el pensamiento de Vargas Llosa. Si en 1975 aún guardaba esperanzas de que la dictadura socialista de Velasco combatiera el horror y la barbarie del subdesarrollo, en 1976, con el golpe palaciego del gene- ral Francisco Morales Bermúdez, sus ilusiones se habían evaporado por completo. De las revoluciones solo había quedado un «ruido de sables», y una vez más, en lugar de igualdad y justicia, el pueblo

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peruano había recibido nuevos recortes en la libertad de expresión (véase «Carta abierta al general Juan Velasco Alvarado»).

Ni la revolución de izquierdas ni el cuartelazo de derechas; ni la utopía ni la sociedad perfecta: desde 1976, Vargas Llosa va a defender la vía de las urnas como único medio legítimo de acceder al poder. Solo el sistema democrático tolera las verdades contradic- torias; por eso es el que menos riesgos entraña para la convivencia, el que tolera la elección entre distintos modos de vida, y el que no solo permite sino que demanda el debate y la libre circulación de ideas (véase «Las metas y los métodos»). Desde este nuevo ángulo, la revolución ya no se observa como remedio para los problemas sino como síntoma de los mismos. Hay un mal más profundo, enquista- do en las entrañas de América Latina, que nada tiene que ver con la injusticia o la desigualdad. Revolucionarios de izquierda, militares de derecha, visionarios religiosos, nacionalistas fogosos y racistas de todo pelaje tienen cierta base común: el desprecio por las reglas de juego democráticas, el particularismo y el sectarismo. Las ideas de cada grupo se han plegado sobre sí mismas hasta degenerar en fana- tismos fratricidas. Esa también es la historia del continente. Todas las ideologías colectivistas, desde la fe católica al socialismo, pasando por las distintas formas de indigenismo, populismo y nacionalismo, han echado raíces robustas y se han defendido con un arma en la mano y una venda en los ojos.

Vargas Llosa vio con claridad esta problemática no solo gra- cias a Isaiah Berlin y a Karl Popper, el otro filósofo liberal, crítico de las sociedades cerradas y del determinismo histórico, que leyó juiciosamente a finales de los ochenta, sino a Euclides da Cunha, periodista y sociólogo brasileño que presenció una de las carnicerías latinoamericanas más absurdas y trágicas, la guerra de Canudos. Os Sertões, el libro en el que da Cunha explica cómo la ceguera ideoló- gica distorsionó la realidad y condujo al Ejército brasileño a liquidar un levantamiento de campesinos —detrás del cual se empeñaron en ver al Imperio Británico—, no solo inspiró la obra más ambiciosa de Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo; también le mostró que

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las grandes tragedias latinoamericanas han nacido de la incomunica- ción, del desconocimiento mutuo y de las distintas temporalidades que separan y generan desconfianza entre sectores de la población.

Vargas Llosa empezó a escribir La guerra del fin del mundoa finales de los setenta, sin sospechar que a la vuelta de la esquina, el 17 de mayo de 1980, Sendero Luminoso quemaría las urnas de votación en el pueblo ayacuchano de Chuschi y declararía una de las guerras revolucionarias más sangrientas y fundamentalistas de la historia moderna de América Latina. La realidad pareció confundir- se con la ficción. Mientras el escritor recreaba episodios de fanáticos religiosos que veían en la naciente república brasileña la obra de Sa- tán, revolucionarios maoístas colgaban perros de los postes de Lima para denunciar la traición del «perro» Den Xiaoping a la Revolución Cultural China.

Eran los ochenta, el Muro de Berlín se tambaleaba, se urdía esa gran alianza democrática que es la Unión Europea y América Latina aún se debatía entre el fanatismo, el autoritarismo y la revo- lución. En Chile se mantenía enhiesto el puño opresor de Augus- to Pinochet; Argentina había cedido el poder a la Junta Militar de Videla, Massera y Agosti; Brasil seguía bajo gobiernos militares; la misma suerte había sufrido Bolivia entre 1964 y 1982; Paraguay era el feudo de Alfredo Stroessner; Ecuador, después de dos dictadu- ras militares, se involucraba en 1981 en una disputa territorial con el Perú; Colombia, aunque sin escaramuzas dictatoriales, sostenía una lucha interna con varios movimientos guerrilleros, entre ellos el m-19, el epl, el eln y las farc; Venezuela disfrutaba de las bases democráticas sentadas por Rómulo Betancourt, pero en 1989 se en- frentaba al Caracazo y, en 1992, al golpe militar —frustrado— de Hugo Chávez; en Panamá estaba Noriega; en Nicaragua, la revolu- ción sandinista derrocaba a Somoza; Honduras salía de la dictadura de Paz García; en El Salvador comenzaba una guerra civil entre mi- litares y guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional; Guatemala seguía en medio de un atroz conflicto armado; México permanecía bajo la «dictadura perfecta» del pri; en Haití

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estaba Baby Doc; y en Cuba se mantenía inexorable Fidel Castro. El panorama estaba lejos de ser alentador. Entre golpes de Estado y revoluciones, la democracia fue una especie rara que difícilmen- te pudo adaptarse a un hábitat dominado por caudillos populistas, hombres fuertes, políticos corruptos, revolucionarios fanáticos y ti- ranos de galones y charreteras estrelladas.

En el Perú, sin embargo, y a pesar de la amenaza que repre- sentaban Sendero Luminoso y el mrta, el sistema democrático pare- cía volver a consolidarse con el gobierno de Belaunde Terry y el pos- terior relevo de Alan García. Siete años de estabilidad constitucional devolvían la fe en las instituciones, hasta que el 28 de julio de 1987, en un discurso ante el Congreso, García amenazó con estatizar los bancos, las compañías de seguros y las financieras. Aquella medida pretendía otorgarle al gobierno el control sobre los créditos, dejan- do al sector industrial, incluyendo a los medios de comunicación, a merced del presidente y del apra. El poder legítimo que las urnas le habían dado a García se hubiera visto desbordado, y la sombra del autoritarismo hubiera vuelto a rondar la frágil democracia peruana (véase «Hacia el Perú totalitario»).

Si García no logró apoderarse de la banca, fue porque Vargas Llosa y un grupo de empresarios encabezaron protestas y una mul- titudinaria manifestación en la Plaza San Martín, que, apoyadas por miles de ciudadanos, finalmente hicieron derogar la ley. A raíz de esta movilización surgió el Movimiento Libertad, una organización de ciudadanos que seguiría políticamente activa, y que aliada con Acción Popular y el Partido Popular Cristiano llevaría a Vargas Llosa a disputar las elecciones presidenciales de 1990. Aquello supuso un gran cambio —también una gran aventura— para el escritor. Ya no solo iba a escribir columnas de opinión, debatir ideas y enfrentarse con abstracciones; ahora tendría que medirse ante la tribuna públi- ca, hacer propuestas electorales y lidiar con problemas cotidianos.

Debido a que su salto a la política había estado motivado por la política económica de García, era evidente que su plan de gobierno tendría que diferenciarse del de aquel en los mismos términos. Una

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postura sólida en materia económica suponía consultar a expertos en el tema, intelectuales cuyas ideas sintonizaran con la noción de sociedad abierta que tanto lo había persuadido, pero cuya argumen- tación estuviera cifrada en términos especializados. El liberalismo de Berlin y Popper podía dar ideas generales sobre cómo organizar la vida productiva de un país, pero difícilmente se podía traducir en propuestas concretas para aliviar la tasa inflacionaria o reactivar el sector empresarial. En cambio, las ideas del economista Friedrich Au- gust von Hayek, el más férreo crítico de las economías centralizadas, resultaban de gran utilidad para contrarrestar los estragos de décadas de estatismo, mercantilismo y adormecimiento burocrático.

Si en los sesenta habían sido Sartre, Camus y Bataille los referentes a la luz de los cuales Vargas Llosa contrastaba sus ideas, para finales de los ochenta y principios de los noventa eran Berlin, Popper y Hayek. Mientras los dos primeros daban serios argumentos para combatir el nacionalismo, el fascismo, el marxismo, el populis- mo, el indigenismo y todas las ideologías que pretendían encerrar al individuo en un ente mayor, bien fuera la nación, el partido, la raza, la Historia o cualquier forma de redil auspiciado por caudillos, visio- narios o revolucionarios, Hayek afirmaba que la planificación estatal de la economía, en auge durante los años en que publicó Camino de servidumbre (1944), concentraba el poder económico en el Estado, reducía los ámbitos de participación ciudadana y, en consecuencia, establecía una relación de dependencia que socavaba la libertad indi- vidual. Si en algo se parecían el fascismo y el comunismo era en este punto: ambos sistemas aglutinaban las fuerzas productivas en manos del Estado. Con ello no solo minaban la iniciativa individual y las libertades económicas, sino que expandían los tentáculos del poder estatal hasta llegar al ámbito privado.

Después de leer a Hayek, Vargas Llosa quedó persuadido de que la defensa de la libertad individual pasaba por la defensa de la libre empresa y del mercado. La libertad era una e indivisible. No podían diferenciarse las libertades políticas y las libertades económi- cas, pues las unas dependían de las otras. El estatismo predicado por

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Perón en los cuarenta, por Castro y el general Velasco en los sesenta, por Alan García en los ochenta, por Hugo Chávez y Evo Morales en los 2000 y por el pri mexicano a lo largo de toda su historia, re- producía el sistema mercantilista que otorgaba al gobierno un poder desmedido, ponía sobre la cuerda floja las libertades, abría las puer- tas al clientelismo y la corrupción, moldeaba una mentalidad rentis- ta, adormilaba la iniciativa y el dinamismo económico, y fomentaba el centralismo, mal endémico de la vida pública latinoamericana.

Durante su campaña presidencial, Vargas Llosa promovió las privatizaciones, el orden fiscal, la inversión extranjera, y logró convencer a gran parte del electorado peruano de que el camino para superar la pobreza a corto plazo pasaba por seguir el ejemplo de países que, como Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur o España, se habían insertado en los mercados mundiales y habían sacado pro- vecho de la globalización. Pero en la recta final, cuando todo hacía prever su triunfo en las urnas, resurgieron los demonios que Vargas Llosa había tratado de exorcizar de la vida política, y el ingeniero Al- berto Fujimori, haciendo suyas las armas del populismo y la dema- gogia —y luego del racismo—, forzó una segunda vuelta electoral que sentenciaba de antemano la derrota del escritor.

El triunfo de Fujimori no solo significó un tropezón en el empeño personal y colectivo por transformar la realidad del Perú a través de las ideas liberales. Dos años después, en 1992, Fujimori cerraría el Congreso, la Corte Suprema y el Tribunal de Garantías Constitucionales, suspendería la Constitución y empezaría a gober- nar mediante decretos leyes, dando un autogolpe de Estado que le otorgaba el control de la justicia, la legislación, la economía y las fuerzas militares (véase «¿Regreso a la barbarie?»). La peste del auto- ritarismo, en apariencia purgada de la vida pública desde hacía doce años, volvía a corromper el sistema democrático peruano. Además, dejaba un precedente que se impondría en los años siguientes como moda nociva en América Latina: la de copar las ramas del poder desde la legalidad, accediendo al Ejecutivo por medios democráti- cos para luego traicionar las reglas de juego, reformar Constitucio-

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nes, infiltrar poderes judiciales, asegurar mayorías parlamentarias e intimidar a opositores y medios de comunicación. Rompiendo la promesa de no volver a opinar sobre el Perú, Vargas Llosa protestó airadamente y reclamó una condena por parte de la comunidad in- ternacional. Los esfuerzos fueron en vano. A los atentados de Sende- ro Luminoso y del mrta se sumaba ahora el autoritarismo, y el Perú, una vez más, volvía a debatirse entre la dictadura y la revolución.

A pesar de que el régimen de Fujimori se encargó de ensu- ciar su imagen y de enemistarlo con las bases populares del país, Var- gas Llosa a la larga ganó esta batalla. Los escándalos de corrupción que provocaron los «vladivideos», cintas en las que se veía al hombre fuerte del régimen, el ex capitán Vladimiro Montesinos, repartiendo sobornos a diestra y siniestra, causó gran malestar entre la ciudada- nía. En noviembre de 2000, aprovechando un viaje a Japón, Fuji- mori preparó la madriguera donde hibernaría su resaca dictatorial, y envió una carta al Congreso comunicando su renuncia.

Volvía la democracia al Perú, mas no por ello la estabilidad po- lítica. Una nueva ola de populismo revolucionario llevaba varios años, desde el triunfo electoral del ex golpista Hugo Chávez en Venezuela, arrastrando a miles de personas hacia nuevas formas de autoritarismo (véase «¡Fuera el loco!»). Reviviendo el mito de Simón Bolívar y de Fidel Castro, de la lucha antiimperialista y de la unidad bolivariana, Chávez había iniciado un proceso de toma y derribo de las institucio- nes democráticas venezolanas, haciendo suyas las tácticas de Fujimori para controlar el Tribunal Supremo de Justicia, gobernar mediante decretos, apoderarse de las empresas más rentables (el petróleo, sobre todo), formar la Milicia Bolivariana, cerrar medios de comunicación y crear un clima de confrontación social. Esta réplica del guevarismo al interior del sistema democrático no tardó en convertirse en un pro- yecto de exportación. Chávez intentó arraigar su revolución bolivaria- na en varios países de América Latina, y entre ellos el Perú, apoyando la candidatura presidencial del ex militar Ollanta Humala.

La dinastía de los Humala, encabezada por el patriarca Isaac Humala, maneja un discurso nacionalista y xenófobo, cuyas

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propuestas van desde la jerarquización de la sociedad en función de la raza (solo los peruanos de «piel cobriza» tendrían plenos de- rechos; los blancos serían ciudadanos de segunda) hasta la persecu- ción de los homosexuales y el linchamiento público de los «neoli- berales vende patrias». El 1° de enero de 2005, demostrando que no bromeaban, Antauro, hermano de Ollanta y líder del movimiento etnocacerista, tomó por las armas una comisaría de la ciudad andi- na de Andahuaylas para exigir la renuncia del presidente Alejandro Toledo (véase «Payasada con sangre»). Aunque semejante despro- pósito debió haberle negado cualquier opción política, Humala ganó la primera vuelta de las elecciones de 2006. Antes de saber quién sería su contendiente en la siguiente ronda —si Alan García o Lourdes Flores—, Vargas Llosa promovió una alianza de demócratas para evitar el triunfo del etnocacerista. Los antecedentes de García no dejaban mucho margen al optimismo, pero permitir el triunfo de Humala hubiera supuesto, además de la injerencia directa de Chávez en el Perú, la consolidación de un régimen de estirpe fascis- ta, animado por las más rancias causas nacionalistas, demagógicas, xenófobas, homófobas y beligerantes. Ante tal posibilidad, Vargas Llosa no lo dudó: dio su voto a García y celebró su triunfo como el mal menor que podía sufrir el Perú.

Aunque el clima actual en América Latina es menos tur- bulento que en décadas anteriores, los países de la región aún están lejos de alcanzar los consensos sociales y políticos que garantizan la estabilidad de los gobiernos. Aún hay encarnizadas polémicas sobre si América Latina debe seguir el rumbo de Chile y Brasil, países donde una izquierda pragmática y desideologizada ha dado pasos de gigante hacia el desarrollo, o el de Cuba y Venezuela, donde caudi- llos omnipotentes con ropajes revolucionarios repiten las fórmulas económicas y la retórica demagógica que desde los años cuarenta han demostrado ineficacia. Las cifras económicas y los datos reales hacen evidente la respuesta, pero la tentación utópica sigue siendo un vicio irreprimible de la mentalidad latinoamericana. Los paraísos perdidos —el bíblico, el bolivariano, el indigenista, el peronista, el

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guevarista, el castrista, el pinochetista— siguen alimentando espe- ranzas a lo largo y ancho del continente. En política, esa tendencia a vivir en la irrealidad y a construir mundos ficticios donde todo es perfecto ha sido nefasta. En las artes, en cambio, ha inspirado grandes obras literarias y artísticas cuyos excesos imaginativos han deslumbrado por su exuberancia. Esa es la otra cara de América Lati- na, la de García Márquez, la de Botero, la de Borges, la de Cortázar, la de Frida Khalo, la de Cabrera Infante, la de Szyszlo, la del propio Vargas Llosa. Los mundos ficticios que han salido de sus manos se han favorecido de ese empeño por negar la realidad. En el arte, el creador puede imponer su criterio a los hechos y hacer que todo encaje, que lo lógico y lo ilógico convivan, como en Macondo, que la realidad se redimensione arbitrariamente, como en los cuadros de Botero, que la ficción se cuele en el mundo y lo transfigure, como en los relatos de Borges. En la realidad, en cambio, aquellos intentos por forzar los hechos a un modelo prefabricado suelen acabar en tragedia. Las batallas por la libertad de Vargas Llosa han buscado que los creadores puedan dar rienda suelta a su fantasía e inventar mundos utópicos, tan imposibles, nefastos, sangrientos o perfectos como su imaginación se los permita, y para que ningún ideólogo meta gato por liebre y encarcele al individuo en un proyecto similar. Mientras los artistas pueden ensayar formas míticas e irracionales, ser deicidas y fantasear con un mundo a su medida, los políticos de- ben bajar de las nubes, tomar el pulso a la realidad y sentar las bases de ese sistema imperfecto y mundano, tan modesto como eficaz, que es la democracia.

Madrid, noviembre de 2008

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César Vallejo, cinco poemas para recordar a un gran poeta hispanoamericano

Hace 81 años falleció en París uno de los poetas latinoamericanos más importantes del siglo XX. Vallejo, es considerado como uno de los autores que supo anticipar el vanguardismo; su legado implicó una renovación del lenguaje literario al que se unirían muchos poetas que le sucedieron, como Huidobro o Joyce.

César Vallejo es uno de los poetas más reconocidos de todo el mundo, dada la impresionante innovación que supuso su obra para la poesía del siglo XX. Nació el 16 de marzo de 1892 en Santiago de Chuco y falleció en París a los 46 años.

En el desarrollo de la poesía posterior al Modernismo, la obra de César Vallejo posee la misma relevancia que la del chileno Pablo Neruda o el mexicano Octavio Paz. Si bien su evolución fue similar a la del chileno y siguió en parte los derroteros estéticos de las primeras décadas del siglo XX (pues arrancó del declinante Modernismo para transitar por la vanguardia y la literatura comprometida), todo en su obra es original y personalísimo, y de una altura expresiva raras veces alcanzada: sus versos retienen la impronta de su personalidad torturada y de su exacerbada sensibilidad ante el dolor propio y colectivo, que en sus últimos libros se transmuta en un sentimiento de solidaridad como respuesta a sus profundas inquietudes metafísicas, religiosas y sociales. (Escuche El viejo y el mar en teatro por Gonzalo Arango)

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Trilce (1922) es uno de los títulos claves de la poesía de vanguardia. Vallejo adoptó el verso libre y rompió violentamente con las formas tradicionales, con la lógica, con la sintaxis; crea incluso palabras nuevas, como la que da título a la obra. Algunos poemas son experimentos difícilmente comprensibles, pero en otros tal extremismo verbal se halla al servicio del choque emotivo. Es el caso de aquellas composiciones que sirven de vehículo a un recuerdo infantil o a un sentir amoroso; también hay otra vetas de emoción: la pasión erótica, la angustia de la cárcel, la opresión del paso del tiempo o la muerte. Juzgada actualmente como una de las mejores realizaciones del vanguardismo literario, la obra tardaría algunos años en ser comprendida; en 1930 fue de nuevo publicada en España con un prólogo entusiasta de José Bergamín. (También le puede interesar: Billie Holiday: la flor del fango)

Trilce

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

?Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. ?¿Está?? No; su hermana.

?No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

Ausente

Ausente! La mañana en que me vaya
más lejos de lo lejos, al Misterio,
como siguiendo inevitable raya,
tus pies resbalarán al cementerio.

Ausente! La mañana en que a la playa
del mar de sombra y del callado imperio,
como un pájaro lúgubre me vaya,
será el blanco panteón tu cautiverio.

Se habrá hecho de noche en tus miradas;
y sufrirás, y tomarás entonces
penitentes blancuras laceradas.

Ausente! Y en tus propios sufrimientos
ha de cruzar entre un llorar de bronces
una jauría de remordimientos!

La mirada de Vallejo siempre había estado puesta en el viejo mundo y cuando finalmente consiguió visitarlo se sintió tan cerca de todo lo que siempre había deseado que jamás deseó volver a su tierra natal. Estuvo en Francia, España y Rusia pero lamentablemente, a causa de trabajar excesivamente, falleció siendo aún muy joven. Como se lo había pedido su esposa, sus restos fueron enterrados en el Cementerio de Montparnasse.

Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

Pienso en tu sexo

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la sombra,
aunque la muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, si, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!

AUTOR Y FUENTE
Por: HJCK radio –  @HJCKradio

El libro El Poder y la Gloria, del inglés Graham Greene, sobre la llamada Guerra de los Cristeros, o Guerra Cristera, de 1926 a 1929, en México. Un análisis crítico, desde transductores, o intérpretes mexicanos.

Cristianos católicos mexicanos en la Guerra de los Cristeros, o La Cristiada

Fragmento del artículo sobre Graham Greene y su versión literaria de México:

“Greene, quien, todavía en su último volumen de memorias (Ways of Scape) sigue insistiendo en la veracidad de su irreal visión de México”

Adaptación teatral por Televisión Española, de la novela de Graham Greene

FUENTE : https://www.proceso.com.mx/145355/caminos-sin-ley-de-graham-greene-nunca-circulo-en-mexico

“Caminos sin ley”, de Graham Greene, nunca circuló en México

Reportaje sobre la Cristiada o Guerra de los Cristeros. Hecho por el canal de TV mexicano Televisa
Segunda parte del documental sobre la Guerra Cristera en México. Hecho por el canal mexicano de TV Televisa. Segunda parte.
Tercera parte del reportaje documental sobre la Guerra de los Cristeros ( 1926-1929) en México. Hecho por Televisa, TV mexicana.
Cuarta parte del documental sobre la Guerra de los Cristeros, México, 1926-1929

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“Caminos sin ley”, de Graham Greene, nunca circuló en México
Se filmó “Los caminos de Greene”, producida por el gobierno de Tabasco
Federico Campbell
Graham Greene llegó a México en “la primavera de 1938” El escritor inglés tenía entonces 34 años Cruzó el río Bravo por Nuevo Laredo, se detuvo en San Luis Potosí para entrevistar al general Saturnino Cedillo que se había rebelado contra el gobierno de Lázaro Cárdenas, conoció la ciudad de México y de aquí pasó a Veracruz a fin de trasladarse por barco a Frontera, Tabasco, el “estado sin Dios” que habría de ser escenario crucial del tema que sus editores le habían encomendado: la persecución religiosa, elaborado primero como reportaje en Caminos sin ley y recreado más tarde, en 1940, en la dimensión novelesca de El poder y la gloria
—Pero Greene llegó un poco tarde; ése es el dato esencial Ya había pasado la guerra de los cristeros y Tomás Garrido Canabal, luego de haber formado parte del gabinete de Cárdenas, se había exiliado en Costa Rica —dice Hugo Hiriart, guionista de Los caminos de Greene, la película de 1 hora 26 minutos que Guita Schyfter acaba de filmar para la televisión en la selva tabasqueña
Producida por el gobierno de Tabasco, la 30 Zona Militar (que prestó caballos mientras varios soldados contribuían con su trabajo), la Unión Ganadera (que facilitó camiones de carga), Lorente Torruco (el capturador de camarón que generosamente permitió el uso de su barco), la Comisión Federal de Electricidad y la Secretaría de Agricultura, Los caminos de Greene aspira a “recrear El poder y la Gloria, contrastarla con la experiencia de Greene en Tabasco y, de esta manera, intentar dilucidar cómo es posible que Greene haya podido, a partir de la incomprensión, el aborrecimiento y el anticlímax, escribir una indiscutible obra maestra”
¿Aborrecimiento y Anticlímax?
Sí Uno de los relatos más escépticos, malhumorados, despectivos que se han escrito sobre los mexicanos es sin duda alguna Caminos sin ley: “Creo que ese día empecé a odiar a los mexicanos”, dice Greene luego de una pelea de gallos en San Luis Potosí, “¿Por qué ponerse sombreros enormes y pantalones ajustados y hacer tocar a una banda?”
Si la depresión es un vocablo usurpado a la climatología, al estudio de los ciclones, en Greene tiene un sentido inequívoco de melancolía o de lo que Robert Burton llamaba la bilis negra: “Quizá sea la atmósfera de violencia, quizá sólo sea la altura, dos mil cien metros sobre el mar; pero después de unos días muy pocas personas se salvan de la depresión de la ciudad de México”
Con ser uno de los testimonios más sinceros que se han escrito sobre México, y que en su momento, 1938, vino a paliar un poco al excesivo sentimentalismo que se prodigaba respecto al país en el extranjero, Caminos sin ley (Ed Criterio; Buenos Aires, 1953) nunca se ha encontrado en las librerías mexicanas, a pesar de la curiosidad y la demanda de los lectores Una versión insinúa que su venta fue prohibida durante los regímenes de Manuel Avila Camacho y Miguel Alemán, puesto que los demás volúmenes de la colección Criterio circularon en México sin problemas
The Lawless Roads, en la edición inglesa, o Another México, en la edición neoyorkina, Caminos sin ley fue traducido por J R Wilcock y es un libro de viajes una —”novela de trayecto” en el sentido clásico— expuesto en una narración extraordinaria, sobre todo en los capítulos que llevan al personaje narrador de Frontera a Villahermosa, y de allí (en un aeroplano rojo, un Waspt de los años 30) a Salto, para pasar después en mula a Palenque, y otra vez en avión de Santo de Agua a Yajalón, hasta San Cristóbal de las Casas, donde el novelista inglés —tras haber perdido sus lentes y padecido una diarrea espantosa, entre guías que no hablaban una palabra de inglés— fue recibido con la animadversión o la franca hostilidad que en esos días de la expropiación petrolera se le dirigía a los ingleses o a los norteamericanos
“No me parecía un país donde se pudiera vivir, con ese calor y esa desolación; era un país donde sólo se podía morir, y dejar tras ruinas tras de sí”

De haberlo escrito en 1986, Graham Greene hubiera sido considerado como agente de la “campaña de desprestigio” en contra de México Al serle presentados tabasqueños de apellidos ingleses como Bartlett o incluso Greene, escribió:
“Y luego pasaron por el desfile las señoritas Greene: cabello azabache, dientes de oro, y ojos negros y estúpidos de mexicana”
Graham Greene también incurre en la estrechez de criterio, la mala fe y la arrogancia británica de Evelyn Waugh, que pergeñó en Robo bajo la ley, la mejor diatriba contra México, resentido asimismo por la expropiación de las compañías inglesas El que también Caminos sin ley haya aparecido en 1939 hizo correr la idea, nunca comprobada, de que tanto Greene como Waugh en realidad habían venido a México como agentes del Servicio Secreto de su Majestad (de hecho, durante la Segunda Guerra Mundial Greene trabajó para el M16 en Sierra Leona, en la misma oficina de Kim Philby, dicho sea entre paréntesis)
A Greene no le caían bien los mexicanos:
“Ninguna esperanza en ninguna parte; nunca estuve en un país donde uno tenga más conciencia, en todo momento, del odio Aquí la amistad es a flor de piel, un gesto de protección Ese ademán de saludo que uno ve en todas partes en la calle, las manos tendidas para tomar los brazos del otro, el medio-abrazo, ¿qué es si no el ademán de abrazar al otro para impedirle que saque la pistola? Siempre imperó el odio en México, supongo, pero ahora es la eseñanza oficial; ha desplazado al amor en los programas en las escuelas”
En la sinopsis de Los Caminos de Greene Hugo Hiriart y Guita Schyfter escriben que aparte de los dos libros, Greene escribió una serie de reportajes para revistas inglesas y dos cuentos “Al otro lado del puente” y “El billete de lotería”, recogidos en El espía o Nineteen Stories “Sin embargo, Greene entendió poco, y con frecuencia equivocadamente, la historia, la sociedad y los problemas políticos de nuestro país (hacia el que sentía, según sus propias palabras, un “odio patológico”)”
Tres objetivos se plantean el guionista y la directora:
1 Dar una versión televisiva, con actores y en los escenarios tabasqueños, de El poder y la gloria (adaptada, naturalmente, y reducida a sus líneas más significativas)
2 Mostrar algunos de los hechos de la visita del escritor a Tabasco (tomados de Caminos sin ley) y vincularlos con escenas de la novela para entender cómo tradujo Greene su experiencia a literatura
3 Precisar algunos de los errores de Greene en su interpretación de la realidad mexicana
Según Hiriart y Schyfter, estos errores se manifiestan así:
Greene confunde anticlericalismo con ateísmo e irreligiosidad porque ignora el papel negativo y retrogradante desempeñado a menudo por la jerarquía eclesiástica en nuestra historia
Extrapola los hechos de la guerra cristera a Tabasco porque desconoce o minimiza las enormes diferencias culturales, geográficas e históricas que separan al sureste de, por ejemplo, Jalisco o el Bajío
Y circunscribe la Revolución mexicana al conflicto religioso; no entiende, por tanto, ni los hechos políticos ni a los revolucionarios Su incomprensión de Garrido Canabal, por ejemplo, es total; la expropiación petrolera le pareció un hecho repugnante
“Sin embargo, El poder y la gloria es una gran novela Estos hechos aparentemente incompatibles plantean de manera clara, precisa y profunda, los problemas de la creación artística Por otra parte, es necesario hacer precisiones a Greene, quien, todavía en su último volumen de memorias (Ways of Scape) sigue insistiendo en la veracidad de su irreal visión de México”

Nacido en 1904, el autor de El revés de la trampa y El tercer hombre, se convirtió al catolicismo en 1926 Ahora tiene 82 años
De México le llaman la atención los dentistas, los aviadores y los sacerdotes El proceso creador que va de Caminos sin ley a El poder y la gloria ilustra el antiguo dilema entre el periodista que quiere escribir una novela pero, por la inercia de su oficio, se siente paralizado ante la falta de información, y el novelista a quien unas cuantas imágenes, unos olores, dos o tres rostros, unas frases oídas aquí o allá, le bastan para desencadenar su impulso imaginativo “Como Greene demostró, una estancia breve puede revelar a un escritor profundas intuiciones acerca de una cultura, que pueden no ser experimentadas por quienes se familiarizan demasiado con ella”, dice D Wyane Gunn en Escritores norteamericanos y británicos en México, editado por el FCE (Otro buen estudio sobre México y la novela inglesa, también publicado por el Fondo, es Paraíso infernal, de Ronald G Walker) Y Greene estuvo apenas ocho semanas en México, de finales de febrero al 31 de abril de 1938
“Todos los curas eran perseguidos y matados, excepto uno que subsistió durante diez años en las selvas y los pantanos, aventurándose sólo de noche Ahora Garrido está en Costa Rica, pero su política continúa”, anota Greene en su libro de viajes, prefigurando al sacerdote de su novela Y añade otro párrafo que podría leerse como el apunte de un escritor para una obra aún no concebida: “En Tabasco no quedaba un solo cura, dijo, ninguna iglesia en pie, excepto una a ocho leguas de allí, utilizada ahora como escuela Antes había un cura del otro lado de la frontera de Tabasco, en Chiapas, pero los pobladores le habían dicho que se fuera, porque ya no podían seguir protegiéndolo”
Hugo Hiriart recuerda los años que precedieron a la visita de Greene, la época de los socialistas del sureste: Adalberto Tejeda, Salvador Alvarado, Tomás Garrido Canabal, Felipe Carrillo Puerto
—La Revolución llegó al sureste, no se hizo allí La Revolución se hizo en el norte, pero alcanzó su punto de radicalización en el sureste En el norte nunca alcanzó esa radicalidad —dice Hiriart—
Si Greene hubiera llegado antes habría sido espectador de la guerra cristera en que había desembocado el conflicto entre la Iglesia y el Estado revolucionario
Entre otros estados del sureste, el Tabasco de Garrido Canabal fue El laboratorio de la Revolución (ED Siglo XXI), según lo estudia en su libro Carlos Martínez Assad
En Ways of scape, de 1980, Graham Greene refrenda la visión que tenía de México: “Me dicen que las cosas han cambiado, pero me di una vuelta por la casa del jefe de la policía”
—Su visión es equivocada —añade Hiriart— Pensar que el conflicto religioso fue por razones teológicas y no políticas El Estado mexicano no tenía tesis teológicas opuestas a las de la Iglesia, sino que le disputaba ciertos territorios políticos, como el de la educación
Guita Schyfter cuenta, por su parte, que Greene alcanzó a percibir la inercia, la escuela de Garrido Canabal y vio cosas que no entendía
—Pierde los anteojos, recorre varios tramos en mula, se enferma del estómago, lo tratan mal en San Cristóbal El misterio es que con esos elementos haya hecho una obra maestra —dice Guita Schyfter
En Los caminos de Greene el actor Martin Aylett hace los papeles de Tench y del doctor Winters Alejandro Parodi es el cura, y Eduardo Caña, el teniente, la contraparte del sacerdote, en cierto modo el idealista Garrido Canabal María Rojo interpreta a la mujer del cura
Filmada en Tiapa, Frontera, Macuspana, Guatacalca, Redención de Campesinos y Tenocique, Los caminos de Greene contiene, pues, elementos del viaje de Greene por Tabasco, las “fuentes de su creatividad”, que le sirvieron para la realización de El poder y la gloria, y el hilo argumental de la novela se va entrelazando con algunas escenas de Caminos sin ley
Ya había habido una versión fílmica de El poder y la gloria: la de John Ford en 1947, El fugitivo, fotografiada por Gabriel Figueroa y actuada por Henry Fonda, Dolores del Río y Pedro Armendáriz
—Para Ford, católico irlandés, el cura es un santo y el teniente un salvaje —dice Hiriart

Los caminos de Greene se filmó a finales del año pasado en 19 días
Fotografía: Mario Luna
Sonido: Carlos Aguilar
Producción: Leonor Alvarez y Josefina Caparroso (hija de Amado Caparroso, secretario privado de Garrido Canabal)
Ambientación: Brigitte Broch
Vestuario: Angela Dodson
Musicalización: Joaquín Gutiérrez Heras
Años después de la publicación de El poder y la gloria, Graham Greene recordó que durante su estancia en México “nada estaba más lejos de mis pensamientos que una novela” Pero en Caminos sin ley había anotado: “Era como si México fuese algo que no pudiese sacudirme de encima, un estado mental

Gustavo Bueno, filósofo español. Fragmento de su conferencia,ESPAÑA. Se plantea el tema de España y el catolicismo, frente a los protestantes y frente al islamismo.
Corrido cantado para la presentación del libro de Manuel Garibay : Cuando se acabaron las misas.

Corrido del padre Pedroza, cristero mexicano fusilado por los federales.

Otra película sobre la Guerra Cristera en México, que no se basa en la novela el Poder y la Gloria , de Greene. (Trailer)