Importante y muy interesante, para los Hispanistas “de verdad”. Conferencia del profesor Jesús G Maestro: El patriarcado contra la violación de la mujer en la literatura de Cervantes: La fuerza de la sangre

Enlace a la novela de Cervantes: La fuerza de la sangre.

http://miguelde.cervantes.com/pdf/La%20fuerza%20de%20la%20sangre.pdf

La teoría de la sexualidad, que encontramos, (implícita / y ampliamente desarrollada) en la crítica de La Regenta y sus personajes, por el profesor Jesús G Maestro, desde las coordenadas de su obra sistemática (tres volúmenes): Crítica de la Razón Literaria, y los treinta videos dedicados a presentar la Crítica de la novela de Leopoldo Alas, Clarín, la célebre novela del Siglo XIX español, La Regenta.

Un libro d interés sobre el asunto, vinculado más o menos directamente con la Crítica que se presenta en el video sobre la cuestión de las leyes del patriarcado y los pactos patriarcales de la aristocracia del tiempo de Cervantes:

EL SEXO DEL TEATRO.
ARTE Y POSMODERNIDAD EN LA ESCENA EUROPEA E IBEROAMERICANA

“El sexo solo engaña, y solo se convierte efectivamente en una experiencia engañosa, cuando va acompañado del amor o del dinero. Cuando no es así, es decir, cuando vive emancipado de esta causa (la ilusión) y de aquella consecuencia (la prostitución), el sexo es lo que realmente es: pura razón práctica. La lógica del amor se disuelve en metáforas. La lógica del sexo se resuelve en la unión corporal y humana.”

Jesús G. Maestro

Teoría literaria del Hispanismo, contra las presuntas teorías literarias anglosajonas.

Conferencia del profesor Jesús González Maestro, con motivo de un congreso universitario en Perú, sobre asuntos de la Lengua Española y el Hispanismo ( 11 de noviembre de 2019 )

ENLACE A LA BITACORA (BLOG) DEL PROFESOR JESUS G MAESTRO http://jesusgmaestro.weebly.com/

Vidal Peña: las definiciones de causa sui, substancia y Dios en Espinosa

DADO QUE CONSIDERAMOS, DESDE INTROFILOSOFIA, que el estudio del filósofo holandés, de origen sefardí, Benito Espinosa, resulta crucial, tal como se sostiene al menos desde el sistema del Materialismo Filosófio, nos permitimos sugerir la lectura atenta y crítica del siguiente artículo, de quien fuera profesor de la Universidad de Oviedo, Vidal Peña (1941), que fue la primera persona que aplicaba el Materialismo Filosófico al análisis de la Etica y la obra de Espinosa en su libro El Materialismo de Espinosa

INGENIUM. Revista de historia del pensamiento moderno

Nº 1, enero-junio, 2009, 30-48

ISSN: 1989-3663

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Razón y «fundamento»: Las definiciones de causa sui,

substancia y Dios, en Espinosa

AUTOR : Vidal PEÑA

Universidad de Oviedo

RESUMEN

El artículo considera las 1ª, 3ª y 6ª definiciones de la Parte I de la Etica de

Espinosa (relacionándolas con la teoría general de la definición del autor)

como un caso que (a semejanza de otros de «fundamentación», pero

especialmente agudo dado el planteamiento ordine geometrico de la obra)

muestra los problemas de la coherencia entre un método racional y el

presunto fundamento del mismo.

PALABRAS CLAVE

Espinoza; Ética; causa sui; sustancia; definición

En La cuádruple raíz del principio de razón suficiente, Schopenhauer parangonaba la noción de

causa sui con una de las hazañas más portentosas del barón de Münchhausen: caídos en un

pantano él y su caballo, el ingenioso barón habría salido del mal paso agarrándose por el

pelo y tirando con fuerza hacia arriba, con su cabalgadura bien sujeta entre las piernas. La

burla de Schopenhauer no parece injustificada, si es que la idea de causa pertenece al

plano ordinario de los fenómenos ordinarios (o sea, a lo que Schopenhauer mismo habría

llamado «Representación»). Pero ¿y si en vez de en el plano fenoménico (el mundo de la

∗ El presente artículo se publicó previamente en Studia Philosophica, III (2003), 227-240.

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experiencia presidido por la ley causal, o «principio de razón») se moviera la idea en aquel

otro plano «nouménico» que el propio Schopenhauer, intensificando a su modo el

Noúmeno kantiano, llamó «Voluntad»? El autor de La cuádruple raíz nos diría, tal vez, que

al no ser ése un plano «inteligible», según el modo de conocer fenómenos propio del

entendimiento, ni siquiera cabría hablar, en él, de causas; en ese trasmundo, «causa» no

tendría, al menos, su sentido ordinario. Podríamos no hacerle caso y seguir preguntando:

«pero ¿cuál es la causa de la Voluntad?». Nuestro célebre filósofo misógino respondería

que no la tiene. «Pero entonces», diríamos, «eso de no tener causa, ¿no significará ser causa

sui?». Schopenhauer se burlaba de Espinosa (pensador de indeseable extracción semítica,

además), pero aquella causa sui ¿acaso no versaba sobre algo que no era el mundo de los

fenómenos? ¿No afectaba a algo –diríamos– tan «nouménico» como aquella Voluntad

que, según Schopenhauer mismo, era fundamento último de todo lo habido y por haber?

Acaso volvería a respondernos, con desdén: «procuráis entender el reino del querer, y ahí está

vuestro error». Llegados aquí, podríamos recordarle a Schopenhauer su paradójico

esfuerzo por demostrar a sus contemporáneos que el desarrollo de las ciencias de la época

confirmaba sus tesis acerca de la omnipresencia de la Voluntad en el Mundo, hasta el

punto de que sin la Voluntad (potencia no inteligible) no podría entenderse nada: dicho

esfuerzo probatorio impregnaba su apología Sobre la Voluntad en la naturaleza, donde una

especie de «astucia de la Voluntad», confirmada al parecer por el desarrollo inteligible del

Mundo, reproducía extrañamente aquella «astucia de la Razón» que él reprobaba en el

odiado Hegel. Pero, a efectos de lo que nos importa, la conversación con nuestro

melómano pesimista podría detenerse aquí: nos ha servido retóricamente (y quizá algo

más que retóricamente) para introducir el nombre de Espinosa y dejar sonar uno de los

motivos principales de la música de su Etica.

Pues Espinosa, arriesgándose anacrónicamente a incurrir en la mofa de

Schopenhauer, toca el motivo de la causa sui, y no por cierto de manera marginal o

episódica. Ese tema es, literalmente, el primer tema de la Etica: la definición primera de la

primera parte. Como Espinosa procede ordine geometrico, el orden de lo que dice no sería

nada despreciable (al menos en principio, pues tampoco es que nosotros creamos que, al

interpretar a Espinosa, haya que hacer una religión del ordo geometricus… pero, en fin, por

Vidal Peña

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algo estará ahí). En todo caso, esa colocación inicial de la idea de causa sui indica que

Espinosa creyó oportuno definirla antes que nada. Lo hace así:

Por causa de sí entiendo aquello cuya esencia implica la existencia, o, lo

que es lo mismo, aquello cuya naturaleza sólo puede concebirse como

existente.

Ese definiens suena muy conocido: «aquello cuya esencia implica la existencia» nos

evocará de inmediato a «Dios», según todo un modo clásico de referirse filosóficamente a

él. Sin embargo, a «Dios» le reserva Espinosa una definición especial, dentro de la lista de

ocho definiciones con que se abre la Etica. Es la sexta:

Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una substancia

que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una

esencia eterna e infinita.

Ahora bien, como Espinosa dice que Dios es «una substancia», convendrá saber

qué entiende por substancia, para entender mejor su definición de Dios. Y «substancia» ha

sido previamente definida, en la definición tercera:

Por substancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, esto es,

aquello cuyo concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra

cosa.

Así pues, substituyendo el término «substancia», en la definición de «Dios», por su

definiens, se tendrá este resultado: «Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es,

un ser que es en sí y se concibe por sí y cuyo concepto, para formarse, no precisa del

concepto de otra cosa, (y) que consta de infinitos atributos, etc.».

En seguida se ve que las definiciones 1ª, 3ª y 6ª están íntimamente ligadas. Dios es

una substancia; una substancia es en sí y se concibe por sí (es decir, «no por otro», como les

pasa a los modos); pero lo que «es por sí» no necesita causa para ser, o sea… que es causa de

sí. Añadamos que causa y ratio (orden real y orden lógico) se superponen en Espinosa

(causa, sive ratio es fórmula muy suya); «entenderse por sí» y «ser por sí» el concepto de

Dios y su realidad no son cosas disociables. Una substancia no necesita otro concepto

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para ser entendida, ni otro ser para ser: es por tanto, causa (o ratio) sui. Las connotaciones

de Causa sui, Substancia y Dios acaban denotando lo mismo, ya desde el umbral de la Etica,

antes de pasar al primer teorema.

Queda el hecho de que causa sui es definida antes que nada. Parece que habría una

exigencia en el orden mismo de exposición (aunque se trate aún de definiciones, y no

todavía de proposiciones) que la propone como algo que conviene entender en primer

lugar. ¿Por qué?

Se ha afirmado a menudo que la filosofía de Espinosa se distingue de la de

Descartes (entre otras muchas cosas) porque parte de una realidad «independiente de la

conciencia», y no de una «subjetividad pensante», y eso es altamente estimado por quienes

incluyen a Espinosa en una tradición no idealista, sino realista (e incluso «materialista»).

Por eso propondría una realidad independiente (causa sui, identificada con Dios y con

Substancia) como primer tema de la Ética, y no propondría el cogito… No nos parece que

esa diferencia con Descartes sea tan clara: creemos que la «independencia por respecto a

la conciencia» de la noción espinosiana primordial (llámese Dios, Substancia o Causa sui)

no es muestra de dogmatismo frente al criticismo cartesiano, ni ofrece mayor

«objetividad» (ni menor) que la manera de proceder de Descartes (para quien la mera

«subjetividad» tampoco sería el auténtico «fundamento»). Las evidentes diferencias entre

Descartes y Espinosa habrían de formularse por otras vías. Pero aquí no podemos entrar,

en general, en estas cuestiones. Vamos a restringirnos al modo que tiene Espinosa de

presentar esa noción «objetiva», es decir, a su manera de pensarla, pues dicha noción ha

sido, en efecto, pensada (como muestran las tres definiciones, intensionalmente diversas,

que acabamos de citar). Y si ha sido pensada, entonces su «independencia de la

conciencia» habrá de sostenerse, en todo caso, después de ver cómo ha sido pensada.

Queremos decir que para saber por qué Espinosa pone la causa sui como noción primera

no bastaría con alegar la genérica «pretensión realista» de Espinosa, pues Causa sui ha sido

definida por separado de «Substancia» o «Dios» (nociones que también podrían

representar, por su denotación, aquella genérica pretensión realista) y, además, antes que

ellas. Habría que respetar, de entrada, esa manera formal de proceder, aunque el respeto

no pueda impedir –como se verá– que acabemos por ir más allá de la «formalidad»

misma… precisamente al percatarnos del sentido de tal formalidad.

Vidal Peña

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Insistiendo en lo obvio: como la Etica procede ordine geometrico intentará la deducción,

pero esa deducción (tan lógica como real, para Espinosa) no será posible sin definiciones

correctas situadas en el punto de partida (además de los oportunos axiomas). Y así,

Espinosa, siguiendo su método, empieza por definir. Pero, a su vez, ¿qué entiende

Espinosa por «definir»? ¿Qué es, para él, una definición correcta? Como Espinosa fue

muy explícito en este punto sería absurdo menospreciar su teoría de la definición en un

momento en que estamos, precisamente, ocupándonos de definiciones. Vamos a ver,

entonces, qué es lo que considera definición válida, y cómo aquellas definiciones

primordiales (causa sui, en conexión con Dios y Substancia) cumplirían los requisitos de una

buena definición, en general.

En el Tractatus de intellectus emendatione (antes, pues, de la Etica) Espinosa teorizó

claramente acerca de la definición; varias declaraciones epistolares remachan esa teoría, y

la Etica no la desmiente. Se acoge Espinosa a la doctrina de la definición genética (lo mismo

que Hobbes), ajustada al modo geométrico de proceder (por construcción de conceptos): en

el Tratado de la reforma, Espinosa la ejemplifica con el concepto de esfera, definida a partir

de la idea de semicírculo que, girando, la genera. Esa manera de definir es polémicamente

propuesta frente a la definición per genus et differentiam (que ya había criticado en su primera

obra, no publicada, el Tratado breve). La ventaja que ve Espinosa en la definición genética

es la de «expresar la causa eficiente de lo definido» (ratio y causa se identifican, una vez

más), según dictamen de la Epistola LX. Esa expresión de la causa se da eminentemente

en las definiciones geométricas, pero, en cualquier caso, es requisito que, a semejanza de

aquéllas, toda definición habría de cumplir. Que éste era el pensamiento de Espinosa lo

prueba muy bien esa Epistola LX; tras decir por qué es mejor la definición genética, vuelve

a ejemplificarla con un caso geométrico: ahora el concepto de círculo como «espacio

descrito por una línea, uno de cuyos puntos está fijo, y el otro móvil», y añade: «puesto

que tal definición ya expresa la causa eficiente, sé que puedo deducir de ella todas las

propiedades del círculo». Pues bien, inmediatamente después dice que esa exigencia ha de

aplicarse del mismo modo (sic quoque…) a definiciones que no versan sobre objetos

geométricos… y, en concreto, a un objeto que nos importa aquí mucho, pues se trata nada

menos que de Dios:

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Del mismo modo, cuando defino a Dios como un ser sumamente

perfecto, al no expresar esa definición la causa eficiente (me refiero tanto

a la causa eficiente externa como a la interna) no podré obtener de ella

todas las propiedades de Dios; pero sí, ciertamente, cuando lo defino

como “un Ser, etc.”, según la definición VI de la parte I de la Etica.

El texto viene como de molde, pues declara que Espinosa cree que su definición

de «Dios» de la Etica (la que hemos citado más arriba) es una buena definición porque se

ajusta a su doctrina acerca de la definición en general. Es decir, que también esa definición

de Dios es genética, y «expresa la causa de lo definido»…

Parece que la teoría de la definición no debe conocer excepciones: los métodos

racionales deben funcionar siempre del mismo modo, incluso en aquellos casos que

podríamos llamar «fundamentales» (la definición de algo tan fundamental como «Dios» –

que es substancia y causa sui– procedería al modo racional ordinario). Las mismas exigencias

metódicas se imponen a todos los objetos en su filosofía, al parecer.

Entonces, ¿por qué nos resulta extraño que sobre objetos como «Dios» pueda

recaer una definición «ordinaria»? Pues el caso es que, pese a la enfática seguridad y grave

aplomo de la carta LX, algo ocurre que nos vuelve extraña esa definición, «como de

cualquier otra cosa bien definida», que pretende ser la definición de Dios. Porque si Dios

es Substancia, y si la Substancia (aparte de «ser en sí») resulta que «se concibe por sí»,

¿cómo Dios podrá ser definido genéticamente, es decir, a través de una definición que

«expresa la causa de lo definido» y que, por ende, no tiene más remedio que distinguir

entre lo definido y “otra cosa” a partir de la cual se lo definirá… con el resultado de que,

entonces, ya no se ve nada claro cómo es que «se concibe por sí», y no «por otro»? (Y

aunque Espinosa admita en el texto de la carta LX que pueda tratarse de causa eficiente

«interna», en todo caso habrá que contar con dos estados o posiciones diversas de una

realidad para seguir hablando legítimamente de «causa» y «efecto»).

Y desde luego, si progresamos un poco en el texto de la Etica, hallaremos lo que no

podíamos dejar de hallar, a saber, que Espinosa demuestra (Parte I, Prop. sexta) que «una

substancia no puede ser producida por otra substancia», alegando estas razones:

Vidal Peña

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Si la substancia pudiese ser producida por otra cosa, su conocimiento

debería depender del conocimiento de su causa (por el Axioma 4); y, por tanto

(según la Definición 3) no sería una substancia.

Pero Dios, como sabemos, es «una substancia» y, por tanto, si su conocimiento

dependiera del de su causa, dejaría de ser lo que es. Si de Dios hay (como, según el

Espinosa de la carta LX, hay) una definición genética, se tratará de una bastante especial, a

saber, una definición genética que no «expresará la causa de lo definido», y ello daría pie a

pensar que sabe Dios (o Espinosa, tal vez) por qué se dice que es genética…

Pero no hay que alarmarse: para orillar esa dificultad está, precisamente, la noción

de causa sui (o, en otros lugares espinosianos, la noción de causa inmanens frente a la de causa

transiens); por eso se la coloca antes que nada… Se podrá hablar de una definición genética

de Dios (o sea, de una definición correcta ordinaria según el método ordinario) si

ponemos ad hoc, previamente, la idea de causa sui como algo incluido en el método racional

ordinario. Gracias a ella, la definición de Dios se referirá, por una parte, a la causa de lo

definido (siendo así una definición correcta) y, por otra parte, no se referirá a cosa distinta

de lo definido (respetando así el carácter «substancial» de Dios)… Y además tenemos otra

ventaja: como la de Dios es una definición ordinaria (al parecer), entonces podremos

«deducir de ella todas las propiedades» de ese Dios que es fundamento de toda la realidad

(lo que no es poco); como veremos, Espinosa llegará a decir que, conocido Dios,

podemos conocer a partir de él todo lo demás…

Con todo, quizá algún insidioso genio maligno nos hace dudar de que eso esté

claro; o, al menos, de que lo esté en el mismo sentido en que está clara cualquier otra cosa

clara, que es lo que Espinosa parece pretender con sus sic quoque… En suma, algo que nos

hace dudar de lo mismo que resulta dudoso en tantos otros episodios filosóficos

«fundamentadores», a saber, que sea la misma racionalidad formal la que se ejercita al

comprender cualquier realidad y al comprender el fundamento mismo de toda realidad.

Espinosa parece considerar homogéneos (formalmente homogéneos) el plano del

ordo geometricus normal y el de la exposición racional del fundamento último del mismo,

exposición que ocupa su puesto «dentro» de aquel ordo. Pero al hacer eso, ¿no incurrirá en

lo que incurren tantas otras «fundamentaciones» filosóficas históricas, es decir, en lo que

desde la racionalidad formal ordinaria llamaríamos un círculo? ¿No será la de causa sui una

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noción ad hoc, puesta al principio para salvar la coherencia formal allí donde ésta podría

romperse si atendiéramos a los contenidos de ciertas nociones? ¿No encubriría entonces

tal coherencia formal una heterogeneidad entre nociones de realidades cuya

homogeneidad parece preservada por el ordo geometricus, o dicho de otro modo, una

discontinuidad entre nociones de realidades cuya continuidad parece garantizada por el

ordo mismo?

Intentaremos desarrollar esas sospechas. Hay un ideal universal de pensamiento:

conocer «por la causa próxima» (definición genética). Pero si extendemos ese ideal a

aquello más allá de lo cual no podemos ir (por su carácter, precisamente, «fundamental»),

entonces sólo podremos hablar de «causa» de una manera que, en cierto modo, la niega.

Así como podría decirse que la idea «formal» de «clase de un solo elemento» niega la idea

de clase (en cuanto que ésta parece exigir «materialmente» la pluralidad), la idea de causa sui

negaría la de causa (como también la negaría la de causa inmanens, por respecto a una causa

transiens, auténtica «causa»); sólo «formalmente» la clase de un solo miembro es una clase ,

y la causa de sí una causa. La construcción (formalmente legítima desde el «cierre » del

algoritmo de los conceptos-clase) del concepto de «clase de un solo miembro», incluye

(«materialmente» hablando) la remisión a una pluralidad negada, y la construcción del

concepto de causa sui remitiría a un efecto (distinto de la causa) también negado: negaría lo

que la causa es en el mundo plural de los fenómenos. Que esa negación no se considere

formalmente no quiere decir que no exista, ni que carezca de importancia para entender el

trasfondo de unas nociones formalmente definidas de manera «normal», ordinaria.

Y en efecto, ¿qué entendemos cuando entendemos la definición de Dios

presentada por Espinosa? ¿La entendemos «como» la definición de esfera? Ya veíamos

que Espinosa, al menos según la carta LX, pretende que sí: sic quoque (como la definición

de esfera o de círculo) entenderíamos la definición de Dios. Y entender el concepto de

esfera (o el de cono de revolución, o cualquier otro por el estilo… «geométrico») significa

entender el de semicírculo y giro alrededor del diámetro, o el de triángulo rectángulo y

giro alrededor de un cateto, y su síntesis. Conforme a esa racionalidad geométrica que, al

parecer, orienta la filosofía, esa filosofía entenderá sus nociones fundamentales, aunque

éstas no pertenezcan al dominio de ninguna ciencia particular: ése parece ser el proyecto

racional. Pero ¿qué puede querer decir «entender la génesis de Dios»? ¿Qué es lo que

Vidal Peña

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genera a Dios? Cierto que al decir la definición sexta que Dios consta de atributos,

podríamos pensar por un momento que éstos fueran los «generadores». Pero los atributos

no pueden ser «anteriores» a Dios mismo, ni en el sentido cronológico ni en el sentido

lógico de «anterioridad». Además, Dios es substancia, o sea, es en sí y se concibe por sí.

Sólo queda, pues, el recurso a la causa sui. Espinosa también ha definido, desde luego, ese

concepto: «aquello cuya esencia implica la existencia»; por cierto que esa definición, si

pretende ser correcta, deberá ser a su vez genética y expresar la causa de lo definido…

Ahora bien: entender «aquello cuya esencia implica la existencia» sería entender,

una vez más, el «argumento ontológico»: el célebre círculo que se erige aquí, otra vez, en

definitivo fundamento. La esencia divina «genera» su existencia… ¡pero también

«viceversa»! Aquí no se trata de «entender» cómo una idea o cosa concreta se genera a

partir de otra idea o cosa concreta, sino que se trata de la postulación de la homogeneidad

misma entre pensamiento y ser, en general, cuando nos ocupamos del fundamento último

de toda realidad y comprensión… (Si Parménides fue un metafísico, entonces Parménides

sigue dejando oír su eco aquí, todavía). Dios, o sea la realidad por excelencia

(fundamental) es aquello cuyo concepto no es posible sin la realidad de lo conceptuado…

pero también aquello cuya realidad supondría un concepto… concepto que sería una

misma cosa con la realidad de lo conceptuado, que a su vez no sería realidad si no se

plasmara en concepto, etcétera, etcétera (el círculo gira sin cesar). La «causa» de la causa sui

sería la unidad misma entre pensar y ser, que «no puede pensarse de otro modo» («aquello

cuya naturaleza sólo puede pensarse como existente»)… para que el pensamiento verse

sobre la realidad y la realidad se ajuste al pensamiento. Esa definición de causa sui, incluso

considerada en relativo «aislamiento» por respecto a las de Substancia o Dios, acaba por

ser un postulado colocado al principio absoluto de la Etica: el postulado de la

homogeneidad «ser-conciencia»… «en Dios» (lo que implica que Dios será racional incluso

aunque desborde nuestras maneras ordinarias de entender los fenómenos según la

racionalidad ordinaria: la racionalidad de Dios, así, se postula… pase lo que pase a esa

Substancia infinita que, precisamente por ser infinita y estar más allá de las maneras

humanas de entender la realidad, nunca puede ser «entendida» según el entendimiento, y

así, su «ser racional» no se distinguirá, en Espinosa, de su «ser potente»… Pero de todo esto

no podemos hablar aquí y ahora).

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De manera que, si conciencia y ser han de ajustarse «fundamentalmente» (y así debe

ser si «la realidad» ha der ser pensada como racional), en el fundamento habrá que poner

un concepto que incluya, en su ser de concepto, su ser real. Pero entonces con el

concepto de causa sui no estamos «entendiendo» la génesis de nada, sino que postulamos,

desde el principio, que realidad y concepto se ajustan… sea cual sea esa «realidad» (que, al

ser infinita, ni siquiera sabemos cómo podría conceptualizarse de un modo cerrado o

definitivo, pues de ella sólo conocemos un par de atributos –Pensamiento y Extensión– y

no podemos saber cómo es «en sí»… aunque digamos que, sea como sea, se ajustará a

«pensamiento» en cualquier caso). En la definición de causa sui reaparece la exigencia

parmenídica: que «haya lo mismo para el pensar y para el ser». Aunque ese postulado, en

Espinosa, disimule mal el infinito abismo de la Substancia infinita, ese Grund real pero

inapresable que nunca comunicará inteligibilidad, de por sí, a las cosas que entendemos en

este mundo.

Porque una inmediata consecuencia de todo lo que venimos diciendo es que el

concepto de Dios (entendido a través de los de Substancia y Causa sui) se revela como un

concepto, por así decir, «extraordinario», y no ordinario, a pesar de los sic quoque

puramente formales. Lo extraordinario de ese concepto fundamental es que forzosamente

ha de versar sobre lo indeterminado: definirlo valdrá tanto como indefinirlo (y acerca de este

aspecto del «racionalismo» de Espinosa nos hemos pronunciado ya en varias ocasiones).

Por eso entre el concepto de Dios y el de «cualquier otra cosa» tiene que haber

discontinuidad, o heterogeneidad, pese a que «formalmente» parezcan plegarse todos ellos

a una misma teoría de la definición. De ahí también que aquellas propiedades que

podamos «deducir» del concepto de Dios (como de cualquier concepto genético, correcto,

según se pretende) acaben por ser tales que dicho concepto fundamental no puede ser

fundamento de nada en concreto, a fuerza de ser fundamento de todo. Por su autogénesis

deberá pagar el precio de que, a partir de esa raíz de toda posible realidad, no pueda

seguirse la idea de ningún ser en particular. Tal como Espinosa modula el tema de su

argumento ontológico, el fundamento (pese a ser «real», lo más real) queda convertido en

oquedad para el conocimiento; como en el célebre pasaje de la Séptimas Objeciones (de

Bourdin a Descartes), el «cimiento» es «fosa»… Pero algo más habrá que explicar, al

margen de alusiones más o menos obscuras, de ese carácter más bien «nouménico» que

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estamos atribuyendo a la realidad suprema, al Dios del que Espinosa había dicho que, al

parecer, podía ser pensado como pensamos los seres «fenoménicos»…

En efecto, aquella definición sexta (el concepto de Dios) incluía la infinitud de los

atributos divinos. En principio, esa mención de la infinitud es también formalmente

impecable: si la noción de Dios no aludiese a todos los atributos posibles, entonces cabría

pensar en algo externo a Dios y distinto de él, lo que desmentiría su carácter de substancia;

habría al menos dos entidades que «serían en sí y se concebirían por sí», y, como sabemos,

Espinosa demuestra la imposibilidad de semejante absurdo en la Prop. 14 de la primera

parte de la Etica. La pluralidad de substancias conllevaría que hay un «otro» que no es «en

otro», por así decir (dado lo que Espinosa ha estipulado como «substancia»… para no

tener que considerar substancias a los seres finitos). Pero si la infinidad de atributos es

requisito del concepto adecuado de «Dios-Substancia-Causa sui», esa condición arroja el

resultado de que Dios no pueda ser pensado más que como indeterminación (sin perjuicio

de su potentísima «realidad» positiva), aunque la atribución de infinitud sea formalmente

impecable. Esa vaguedad está muy clara: si de Dios predicáramos determinación, entonces

cabría pensar en algo distinto de ella, en otra determinación; si determinamos (si

delimitamos, si «definimos») a Dios, negaríamos que le perteneciesen otras realidades

(pues el propio Espinosa dijo que determinatio est negatio), y esas realidades negadas serían, a

su vez, «en sí» (ya que no son «en Dios»): habría por lo menos dos substancias, dos

Dioses, dos causae sui, y eso no puede ser. Al abarcar todo posible atributo Dios ha de ser,

entonces, absolutamente indeterminado: cualquier enumeración definida de atributos lo

limitaría, convirtiéndolo en lo que no puede ser, según su mismo concepto… indefinido.

Pero ser indeterminado (estamos diciéndolo) implica que no podemos definirlo, en el

sentido de «delimitarlo frente a otras realidades». Pero entonces de esa realidad

fundamental no podemos decir nada en concreto: sólo podemos afirmar su infinitud

(correlativa, eso sí, a su potencia infinita). Postulamos de Dios que es, pero no podemos

saber qué es. Y así «entenderlo» no significa lo mismo que entender cualquier otro

concepto (pese al «modelo» de la geometría): entre la noción de Dios y cualquier otra hay

discontinu »idad, pues parece claro que en ningún otro caso «definir» significa «dejar

indeterminado algo»…

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Yendo más allá: ¿cómo podríamos deducir, a partir de esa infinita plenitud de ser,

las realidades concretas del mundo? ¿Qué consecuencias extraer de aquel concepto

correcto (genético) de Dios, en vista de que un concepto genético, correcto, permite

«deducir todas la propiedades» de lo definido? Es decir, ¿cómo es que conocer a Dios nos

permitirá conocer el mundo? Preguntamos todo esto porque Espinosa supone, en algún

lugar, que el conocimiento de Dios es decisivo para el conocimiento del mundo:

Ahora bien, como todo es en Dios y se concibe por Dios, se sigue que

de tal conocimiento podemos deducir muchísimas cosas que conoceremos

adecuadamente, formando así ese tercer género de conocimiento del que

hemos hablado… (Etica, II, Prop. 47, Escolio).

Y al parecer no cabe duda de que «conocemos» a Dios: Espinosa acaba de

afirmarlo en el enunciado mismo de esa Proposición 47 de la segunda parte (cuyo Escolio

acabamos de citar): «el alma humana tiene un conocimiento adecuado de la eterna e

infinita esencia de Dios». El carácter fundamental del conocimiento de Dios para el

conocimiento del mundo ha sido, pues, expresamente afirmado por Espinosa, así como la

manera de pasar de un conocimiento al otro: la deducción. Y ese «tercer género» de

conocimiento mencionado en el texto anterior, identificado con el conocimiento

deductivo de las cosas a partir del conocimiento de Dios, había sido ya descrito, en el

Escolio 2º de la Prop. 40 de esa misma parte segunda, como aquel «que progresa, a partir

de la idea adecuada de la esencia formal de ciertos atributos de Dios, hacia el

conocimiento adecuado de la esencia de las cosas». Es decir, que conocer según la mejor

manera de hacerlo (ese «tercer género» superior) consistiría en deducir las esencias de las

cosas (del mundo) a partir del concepto de los atributos divinos: a partir (como dice de

modo cuidadosamente «técnico» Espinosa) «de la idea adecuada» (o sea, la «esencia

objetiva», como dice otras veces) «de su esencia formal» (o sea, «real»). Es decir, según el

concepto que se ajusta completamente a la realidad de tales atributos: ratio sive causa, una

vez más.

De manera que Espinosa sostiene que del concepto de Dios (o del de sus atributos,

inseparables de él) podríamos deducir el concepto de las cosas del mundo (y, claro es, de

la realidad de Dios se «deduce» a la par la realidad de las cosas del mundo). A estas alturas

Vidal Peña

42 INGENIUM, Nº 1, enero-junio, 2009, 30-48, ISSN: 1989-3663

de lo que venimos diciendo, eso parecerá extraño: si el concepto de Dios conlleva

indeterminación, indefinición, ¿cómo es que de él podríamos deducir algo determinado?

A este respecto, veamos cómo demuestra Espinosa aquella Proposición 47 cuyo

Escolio alude a la posibilidad de «deducir» el conocimiento de las cosas a partir del

conocimiento de Dios (estos textos, sin duda, han de ser escudriñados con lupa). El

enunciado de la Proposición 47 era: «el alma humana tiene un conocimiento adecuado de

la eterna e infinita esencia de Dios». Pues bien, eso se demuestra así:

El alma humana tiene ideas, en cuya virtud se percibe a sí misma, a su

cuerpo y a los cuerpos exteriores como existentes en acto; de este modo

(por las Proposiciones 45 y 46 de esta Parte) tiene un conocimiento

adecuado de la esencia eterna e infinita de Dios. Q.E.D.

Está muy claro: el alma humana tendrá conocimiento adecuado de Dios por tener

ideas, y Espinosa no dice otra cosa. Y para ello se funda expresamente en la Proposición

45 de esa misma parte, a saber, en que toda idea «de una cosa singular existente en acto

implica necesariamente la esencia eterna e infinita de Dios». Y a su vez eso se prueba diciendo

que las ideas de las cosas singulares (de los modos) «no pueden concebirse sin Dios» (claro

está: los modos, por definición, «son en otro» y «se conciben por otro»); por consiguiente,

cualquier idea de una cosa singular existente en el mundo implica la esencia de Dios, en la

que se sustenta. La Proposición 46 remacha lo anterior, afirmando que «el conocimiento

de la esencia eterna e infinita de Dios, implícito en toda idea, es adecuado y perfecto», lo

cual quiere decir, sin duda, que, sea cual sea la idea que escojamos de algo singular

«existente en acto» (i.e., de un modus), tal idea implicará en cualquier caso y, al parecer,

siempre de la misma manera, el conocimiento de la esencia divina. Bien: por todo ello (por

las Props. 45 y 46) es verdadera la Proposición 47 (a saber, como vimos, que conocemos

adecuadamente a Dios), y, por ello también (pretende expresamente Espinosa), será

asimismo cierto que «de tal conocimiento» (de Dios) «podemos deducir muchísimas cosas

que conoceremos adecuadamente».

Pero ¿está claro que esto último se infiera sin más de lo anterior? Porque si cualquier idea

de cualquier modus implicaba la esencia divina, entonces, sin duda, todo se conocerá por

Dios (además de ser en Dios)… pero indistintamente, indiferenciadamente… Un caballo

será en Dios y será conocido por Dios, pero también un triángulo, un afecto lujurioso o

Razón y «fundamento»: Las definiciones de causa sui, substancia y Dios, en Espinosa

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un guijarro. Pero entonces, de ese conocimiento de Dios (o del de sus atributos,

Extensión y Pensamiento, únicos conocidos por nosotros) ¿cómo «deduciremos» la esencia

del caballo más bien que la del guijarro (entidades extensas), o la de la lujuria más bien que

la del triángulo (entidades «pensantes»)? De la esencia divina sale todo, se «deduce» todo,

indiscriminadamente, pero ¿cómo «deduciremos» algo discriminadamente, es decir, cómo

deduciremos algo en el sentido preciso del término «deducir»? Pues parece que esa

discriminación sería indispensable para que, en efecto, pudiéramos «conocer muchísimas

cosas» determinadas; pero si todas las ideas implican indistintamente la esencia de Dios (que

es lo único, fijémonos bien, que Espinosa ha probado… salva veritate desde luego, pero en

todo caso lo da por probado), ¿cómo podrá decirse que conozcamos distintamente

ninguna en particular en virtud del conocimiento de aquella esencia divina?

Pero es que, además, el propio Espinosa da a entender, en otros textos, que el

conocimiento de las cosas singulares «implica a Dios», sí, pero de un modo especial. Unas

proposiciones más arriba de estas que estamos comentando (concretamente, en la 9 de

esta segunda parte), decía Espinosa nada menos que esto:

La idea de una cosa singular existente en acto tiene como causa a Dios,

no en cuanto es infinito, sino en cuanto se lo considera afectado por la idea de

otra cosa singular existente en acto, de la que Dios es también causa en

cuanto afectado por una tercera, y así hasta el infinito.

Es decir, que las ideas de los modos (modos «en su género», dentro de cada

atributo) tienen como causa (sive ratio, desde luego) a Dios en cuanto que éste es

considerado como algo que consiste en ideas singulares, según un orden por el que se

producen las unas a las otras, y no a Dios «indeterminadamente» concebido. Esta

Proposición debe alumbrar la interpretación de aquellas otras. Y, en efecto, en la

Demostración de esa Proposición 9 añade Espinosa, y precisamente con el objeto de

demostrarla, que «de la idea de una cosa singular es causa otra idea». O sea, que Dios es

causa (o razón) de las ideas, no en cuanto se lo considera «en términos absolutos»

(diríamos, o en su pura infinitud indiferenciada), sino en cuanto se lo considera como

secuencia (ordenada, claro) de ideas singulares, es decir, de modos. Cuando se los conoce

ordenadamente («deductivamente», en el sentido preciso de la palabra), unos modos (ideas o

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cosas) se conocen por otros modos, es decir, discriminadamente. Siendo así, aquel Dios infinito,

que «posee una eterna e infinita esencia» (del que hablaban las Proposiciones 47, 46 y 45

antes comentadas) no parece que sea el Dios adecuado para conocer «cosas singulares

existentes en acto». Y no es extraño que no lo sea, si aquella eterna e infinita esencia era

indeterminación, pluralidad pura.

En este sentido, la Proposición 9 que acabamos de citar coloca el conocimiento de

las cosas del mundo en el plano de la inmanencia del mundo mismo; dicho en términos

espinosianos, lo coloca en la natura naturata (reino de los modos), que es «infinita» sólo en

su género (en sus géneros), y donde la potencia divina está ordinata. No lo coloca en el plano

de la natura naturans (el del Dios absolutamente infinito, de infinitos atributos), donde la

potencia es absoluta, no dejándose «reducir» por ninguna forma concreta de inteligibilidad

(ni siquiera la corpórea, material-extensa, pese a lo que pretenden interpretaciones

esforzadamente «materialistas» de Espinosa). Desde ese Dios absolutamente infinito a

cuyo abismo «regresamos» desde el mundo, difícilmente puede «progresarse» hacia el

conocimiento de las cosas de ese mismo mundo; para ir de Dios al mundo, hay que pensar

a Dios como expresado en este mundo mismo (que no lo agota, pero que no deja de ser

Dios): es decir, hay que moverse dentro de los modos mismos y sus estructuras racionales,

ordenadas, mundanas. Pero el Dios naturans, el Dios «en-sí», no es ni ordenado ni confuso

(como subraya el Apéndice de la parte primera de la Etica) y, siendo así, mal podría ser

fundamento de un conocimiento ordenado, «deductivo», de este mundo que está a nuestro

alcance. Del no-orden no se pasa al orden.

Parece, entonces, que la perplejidad suscitada por las Props. 47, 46 y 45 (así como

por la definición del «tercer género» de conocimiento del Escolio 2º de la Prop. 40), está

justificada. Y no nos afecta sólo a nosotros, distanciados críticos que escribimos tres siglos

y pico después de Espinosa, sino que lectores contemporáneos del filósofo (y no mal

predispuestos hacia su filosofía) también se quedaban perplejos. En varias ocasiones

hemos mencionado el caso de Tschirnhaus, uno de los más agudos (acaso el que más)

corresponsales de Espinosa. Volvemos a mencionarlo rápidamente aquí. Tschirnhaus le

pide reiteradamente a Espinosa que le explique algo que no entiende en la Etica (de la que

tiene copia manuscrita): a saber, cómo es que del concepto de un atributo divino (la

Extensión, en este caso) puede surgir la varietas rerum, la variedad de los modos extensos.

Razón y «fundamento»: Las definiciones de causa sui, substancia y Dios, en Espinosa

INGENIUM, Nº 1, enero-junio, 2009, 30-48, ISSN: 1989-3663 45

Es decir, le pide que le explique cómo funciona aquel «tercer género» de conocimiento (el

que «progresa desde el concepto del atributo hacia la esencia de las cosas», según

veíamos). Le parece raro que eso pueda funcionar, puesto que como Espinosa mismo ha

dicho que la Extensión, considerada «en sí», no es divisible, no se compone de partes, no

es medible, etc., etc. (cfr. Etica I, Prop. 15, Escolio), entonces ¿cómo se entenderá el paso

desde esa noción indefinida a los cuerpos extensos concretos, cuya intelección por nuestra

parte requiere la divisibilidad, la composición según partes, la relación entre movimientos,

etc.? O sea, una vez más: ¿de qué servirá conocer a Dios para conocer el mundo?

Y Espinosa, hay que decirlo, nunca dio una respuesta satisfactoria a Tschirnhaus, a

lo largo de las cartas en que fue respondiendo, más bien evasivamente, a sus apremiantes

preguntas (cfr. Epistolae 59, 60, 80, 81, 82 y 83). Sí insinúa que el concepto cartesiano de

Extensión no le parece correcto, pues de una Extensión concebida estáticamente (como

moles quiescens, masa en reposo), no podría surgir aquella varietas rerum corpórea; pero

Espinosa no substituye aquella insuficiencia por un nuevo concepto más correcto. Es más,

al final de su última carta dedicada al asunto, le confiesa a Tchirnhaus que «hasta ahora no

me ha sido posible disponer con orden nada de esto», y promete tratar «de esas cosas más

claramente alguna vez, si me queda vida»; la carta es del 15 de julio de 1676, y Espinosa

morirá algo más de seis meses después (en febrero del 77); la vida, pues, no le dio ocasión

a poner en orden nada de aquello. Es decir, que, incluso dando por buenos sus propios

planteamientos, habrá que decir que Espinosa murió sin haber dado un concepto claro del

atributo de la Extensión y, por tanto, según su propio desiderátum, sin haber conocido a

través de dicho concepto los modos correspondientes. Lo cual querría decir que nunca

conoció las cosas según el «tercer género» de conocimiento (y que lo que conoció de ellas,

en todo caso, consistió en secuencias de ideas singulares… conforme a la citada Prop. 9

de la segunda parte: acaso la única manera en que el conocimiento le era posible, dando de

lado a imposibles «deductivismos» absolutos).

Cierto que basándonos en la correspondencia con Tschirnhaus podemos presumir,

razonando a contrario sensu a partir de su crítica a las nociones cartesianas, que Espinosa

requería un concepto no ya estático, sino dinámico, de la Extensión. En este sentido, se

han hecho agudas observaciones que relacionan ese dinamismo con otros aspectos,

también dinámicos, del pensamiento de Espinosa en general (tales como su noción de

Vidal Peña

46 INGENIUM, Nº 1, enero-junio, 2009, 30-48, ISSN: 1989-3663

conatus, concretada en el hombre como deseo), y, en todo caso, el dinamismo exigido a la

Extensión apartaría a Espinosa de Descartes para acercarlo al mundo regido por fuerzas de

un Leibniz, aunque Espinosa tampoco se identifique con éste… Como quiera que sea, y

en lo tocante al conocimiento de las cosas físicas, Espinosa no ejercitó de hecho el

proyecto según el cual conocer a Dios era utilísimo para conocer la esencia de

«muchísimas cosas»; cuando habla en concreto del sistema modal de la Extensión (en los

Lemas post Prop. 13 de la segunda parte), Espinosa no hace intervenir lo más mínimo, a

efectos del conocimiento de dicho sistema modal, al concepto del atributo o la «infinita

esencia» de Dios en general, y sí sólo esgrime una noción «categorial» (es decir: ceñida al

mundo de los modos de que trata), como la de «individuo compuesto»… Y menos aún

puede decirse que haya practicado aquella manera presuntamente «superior» de conocer,

tocante al atributo del Pensamiento. El Pensamiento «en sí», en Dios, difícilmente podía

ser útil para conocer las realidades modales «pensantes»: en primer lugar, porque Espinosa

llegó a decir, catastróficamente para aquella utilidad, que «ni el entendimiento ni la

voluntad pertenecen a la naturaleza de Dios» (o sea, a su esencia infinita), y así, mal podrá

una esencia que no conlleva intellectio servir de fundamento para conocer las intellectiones del

mundo modal; y en segundo lugar, porque «Pensamiento», en Espinosa, significa dos

cosas distintas (según hemos insistido en otras ocasiones) y, por tanto, no puede haber un

concepto unívoco del atributo «Pensamiento» a partir del cual se «dedujeran» los modos

«pensantes» (que lo son en dos sentidos: noético y noemático) de este mundo.

Pero entonces, ¿cómo puede ser Dios «fundamento»? Creemos haber dicho ya lo

bastante (aquí y en otros lugares) para concluir que ese fundamento es un vacío conceptual

(aunque sea una infinita potencia… potencia a la que la razón se le presume, pero una razón

que no se explicita ni puede explicitarse). Y sin embargo, ahí está, al principio mismo de la

Etica, ese «fundamento», nombrado de tal modo que parece ocupar un puesto formal en

la racionalidad formal ordinaria del ordo geometricus: el término causa. Todo tiene causa o

razón, y el todo también la tendrá: a eso no cabe renunciar, pues la renuncia arruinaría

prácticamente el funcionamiento de la conciencia que conoce la realidad. El fundamento es

nombrado con un término propio de la racionalidad ordinaria que trata con lo

fenómenos, y así se le llama «causa»… sólo que, además, tendrá que ser causa sui, pues, si

no, se desplazaría el fundamento hacia «otra cosa», y hay que parar alguna vez para decir

Razón y «fundamento»: Las definiciones de causa sui, substancia y Dios, en Espinosa

INGENIUM, Nº 1, enero-junio, 2009, 30-48, ISSN: 1989-3663 47

que, en el fondo, hay lo mismo para el pensar y para el ser… en la totalidad (¡por lo demás

inabarcable!) de «la realidad»…

Claro está que hablamos irónicamente (y casi no hace falta subrayarlo): esa manera

formal de salvar la coherencia del ordo (a través del juego de aquellas definiciones 1ª, 3ª y

6ª que considerábamos) no impide que el contenido de la noción fundamental de causa sui

niegue lo que formalmente afirma. Pues ser causa sui no puede afirmarse de ninguna

realidad inteligible ordinaria: esas realidades se entienden siempre, o por su causa próxima,

o por su esencia definida… pero la causa sui, claro, no tiene causa próxima, y su esencia,

como hemos visto, es indefinición.

Al separar así la noción fundamental de todas las demás, su papel fundamentador,

precisamente, se desdibuja. Todo se entiende del mismo modo (a saber, unas ideas o

realidades a partir de otras), excepto aquello que es fundamento de todo. Ese fundamento

más bien debe entenderse que se entiende. En todo caso, no pertenece al plano de realidad

del que forman parte caballos, pantanos y barones de Münchhausen… donde la idea de

causa sui sería una broma ridícula; no está en el orden de los fenómenos. Y por ello la

relación entre natura naturans y natura naturata será siempre difícil de entender, en Espinosa.

Cierto que la natura naturata funciona racionalmente, y que es «expresión» de Dios en este

mundo que conocemos (y así, cuanto más la conocemos, «más conocemos a Dios»…

¡pero al Dios de este mundo, que no es el «absolutamente infinito»!). El célebre «proyecto

deductivo global», que muchos consideran todavía como la espina dorsal de la filosofía de

Espinosa, no puede cumplirse… en virtud del contenido implícito en su doctrina.

Yo no deseo decir que en Espinosa haya planteamiento «dialéctico» (al menos, él

nunca lo adujo), pero sí que sobre las nociones que emplea en el arranque «deductivo» de

la Etica se cierne una especie de ironía objetiva: como si el método geométrico pudiera dar

cuenta de todo, salvo de lo fundamental, y, en general, como si la deducción escondiera

otra forma de pensar (efectiva, sea o no deliberada) donde la coherencia formal (que liga

afirmativamente una tesis con otras) no se ve libre de un momento negativo, como

momento paradójico e inconfesable (formalmente inconfesable) de su filosofía. En todo

caso, aquí como en tantos otros lugares filosóficos, la racionalidad ordinaria parece quedar

en suspenso cuando se trata de entender (si a eso se le puede llamar «entender») el

fundamento.

Vidal Peña

48 INGENIUM, Nº 1, enero-junio, 2009, 30-48, ISSN: 1989-3663

Digamos otra cosa (sin poder justificarla aquí): que en el fondo, el verdadero

«fundamento» de Espinosa, pese a tanto ordo geometricus, estaría en otro lugar que la mera

geometría. Porque un verdadero filósofo no podía satisfacerse con la pedantería «formal».

Quizá por eso todas las problemáticas «incoherencias» que aquí hemos subrayado eran ya

captadas por él con una sonrisa crítica… Pero esto no es fácilmente demostrable sin

hablar de otras cosas que nos llevarían mucho más lejos.

El forjador del Materialismo Filosófico, Gustavo Bueno, expone el papel de los filósofos en la novela La regenta, de Leopoldo Alas, Clarín.

Estatua de La Regenta, en Oviedo, con la Catedral de “Vetusta”, referente de Oviedo en la novela de Leopoldo Alas, Clarín: La Regenta.

Gustavo Bueno

Los filósofos en La Regenta

En La Regenta aparecen personajes en cuya silueta es decisiva la profesión: médicos, abogados, criados, sacristanes. Podría decirse, en algún sentido, que Clarín usa en La Regenta una “óptica profesional”: ve a sus personajes desde sus profesiones respectivas.

Pero entre los personajes de La Regenta no figuran filósofos profesionales. Tan sólo fugazmente un profesor de filosofía, el Catedrático de “Psicología, Lógica y Ética” del Instituto de Vetusta, interviene para sacar ciertas conclusiones “de sentido común” sobre las costumbres de Don Fermín de Pas. Este profesor, en efecto –de quién ni siquiera se nos da el nombre (lo que importa, sin duda, es su oficio)– aparece en La Regenta informándonos sobre la clase de pescado que compra el Magistral. Es partidario de la Escuela Escocesa y se pasa la vida en el mercado cubierto “como si aquello fuese la Stoa o la Academia”. Y lo que ese filósofo dice es que jamás ha visto a la criada del Provisor comprar salmón, “y besugo sólo cuando está barato, muy barato”. Nos recuerda al profesor de “Psicología, Ética y Rudimentos del Derecho” del Instituto de Bilbao en La Colmena.

Los filósofos aparecen, sin embargo, citados de vez en cuando en La Regenta. A veces de un modo, diríamos, ornamental y emblemático: el retrato de Balmes en el comedor del Palacio de Vegallana; los bustos en escayola de Voltaire y Rousseau en el despacho de Don Pompeyo Guimarán. Se citan los nombres de Hipócrates, confundido con Sócrates, por Ronzal; o de Büchner, de Lucrecio y de San Agustín.

Pero lo más importante es la utilización que hace Clarín de ciertos filósofos clásicos, o del arquetipo del “filósofo mundano”, para trazar el perfil de los personajes centrales de La Regenta o de otros que, sin serlo, desempeñan en la obra maestra una función importante. Por ejemplo, Don Pompeyo Guimarán, que es “el filósofo oficial de Vetusta” y que vive con su mujer y cuatro hijas de las rentas de algunas haciendas provenientes de la desamortización. Don Pompeyo no es un filósofo profesional, porque apenas ha leído más de un libro (en nuestra sociedad es indispensable que los filósofos profesionales lean libros). Pero Don Pompeyo Guimarán, el racionalista y ateo de Vetusta, es hombre de principios, de principios filosóficos, más o menos comtianos. Hombre recto y por ello más escandaloso. Su muerte, abjurando de sus errores, consigue purificar su recuerdo. Figura esquemática, como la de Don Avito Carrascal de Amor y Pedagogía, no por ello menos real si pensamos en que la propia realidad de tipos como Don Pompeyo o Don Avito consiste precisamente en su esquematismo.

La acción dramática de La Regenta tiene lugar dentro del ámbito de lo que Veblen llamaba “la clase ociosa”. Aquí se dibujan, en efecto, los dos triángulos dramáticos en torno a los cuales gira la casi totalidad de la acción: Ana Ozores-Don Fermín de Pas-Don Álvaro Mesía y Ana Ozores-Don Víctor Quintanar-Don Álvaro Mesía. Los problemas más profundos de la novela circulan, sin duda, entre los vértices del primer triángulo. Ana Ozores, Don Fermín y Don Álvaro son los auténticos protagonistas de La Regenta.

Ahora bien, es verdaderamente interesante constatar la importancia principalísima que los filósofos y el arquetipo del filósofo asumen en La Regenta para perfilar la silueta precisamente de cada uno de estos tres personajes centrales.

Ante todo, la de la Regenta. La Regenta es hija de su padre. Y su padre, Don Carlos, es un caballero aristócrata, generoso, libre de prejuicios –hasta el punto de que se atreve a casarse con una modista italiana–, que se retira del Ejército para dedicarse a la filosofía. Vende fincas y casa para comprar libros, y sostener tertulias de librepensadores, que tanta huella dejarán en Anita Ozores. La Regenta es un espíritu eminentemente religioso, cuando trata de ser fiel a su marido; por cierto, un espíritu religioso nutrido por un filósofo, San Agustín, cuyas Confesiones encontró Anita entre los libros de su padre, porque Don Carlos consideraba a San Agustín filósofo a pesar de ser santo. Ana leyó de joven, entre lágrimas, a San Agustín, y lo volvería a leer más tarde cuando su confesor le aconseja que lea obras filosóficas para elevar su alma hacia la virtud. Pero cuando vacila ante su seductor, Anita recuerda a su padre: “Sin que ella los provocase acudían a su memoria recuerdos de la niñez, fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían materia digna de atención.”

El Magistral, Don Fermín de Pas, es un eclesiástico y un teólogo. Pero es un teólogo positivista, que cree ante todo, cuando lee el último evangelio, no ya que el Verbo se hizo carne, sino que hay unas letras rojas en un tablero situado encima del altar que dicen: “El Verbum caro factum est.” Y es que propiamente el magistral, más que un teólogo, es un filósofo. Lo dice el mismo Clarín: en su juventud de seminarista sus tristezas eran propiamente “ansiedades de filósofo atado a un teólogo”. Ya Provisor, todas las mañanas acostumbra a estudiar filosofía. Y en sus sermones subraya el aspecto ético, utilitario, pragmático, de la religión. Don Fermín presenta sus consignas no como dogmas en los que hay que creer, sino como doctrinas evidentes que, mecánicamente, matemáticamente, se imponen. No era su afán pintar a los enemigos como criminales, sino como duros de mollera. La vanidad del predicador, comunicada luego a la de sus oyentes, se hacía una sola. Nacía el entusiasmo cordial, magnético, de dos vanidades conformes:

“¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las tinieblas de la idolatría, de la herejía, &c. no tuviesen el talento natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la Catedral, alrededor del púlpito. La salvación del mundo sería un hecho.

El empeño del magistral en el púlpito, en consecuencia, es demostrar filosóficamente la verdad del dogma. “Prescindamos por un momento del auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón… ella basta para probar…”.

Pero la filosofía de Don Fermín no es una pasión especulativa, como hemos dicho. Es una actitud racionalista y pragmática que lo mantiene apartado de todo tipo de tentación mística o contemplativa. “Una filosofía profesional, especulativa, es una manera de bostezar”, piensa Don Fermín.

Por último, el presidente del Casino, el Don Juan de Vetusta, el seductor, el oportunista y el “cínico”, Don Álvaro Mesía, no es, con todo, un personaje frívolo. La filosofía es precisamente lo que le confiere densidad, lo que eleva su vulgaridad psicológica, lo que dignifica, si cabe decirlo así, ante sus amigos, sus mismos vicios. Es la actitud filosófica de Don Álvaro lo que permite a Clarín presentárnoslo paradójicamente como un hombre de principios –de principios epicúreos. En un momento de celos y rabia, he aquí cual es la íntima exclamación de Don Álvaro: “Nada, nada. Fuerza y materia; no hay más que eso”. Don Álvaro toma su exclamación del título de la obra de Büchner, pero vive una vida epicúrea, que no es precisamente una vida superficial, frívola y aturdida, sino una vida “esférica” que se traza planes a sí misma utilizando categorías abstractas, filosóficas. Es esencial que Don Álvaro haya meditado a Büchner, puesto que es un materialista culto, ilustrado –y es esencial que Don Álvaro haya leído a Lucrecio. A decir verdad, sólo ha leído la mitad del De rerum natura, pero no porque no le interesase la otra mitad, sino porque ya sabía lo que Lucrecio iba a seguirle diciendo. “Ya no veía más que átomos y su buena figura era un feliz conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las mujeres bonitas que se le pusieran delante”. ¿Escuchó Don Álvaro Mesía, allá en su juventud, al profesor de Psicología, Lógica y Ética, la filosofía de Lucrecio?

Clarín ha utilizado, pues, ampliamente, en La Regenta a los filósofos como parámetros, si puede hablarse así, para perfilar los personajes centrales de Vetusta. Es ésta una circunstancia que, me parece, debería tenerse muy en cuenta en el análisis de los problemas estilísticos que La Regenta, como obra maestra, planteará siempre a los críticos. Y una circunstancia que debería tenerse muy en cuenta en el análisis de los problemas, ya no estilísticos, de esta nuestra ciudad de Oviedo.

[ Tomado de Gustavo Bueno, Sobre Asturias, Pentalfa, Oviedo 1991, páginas 43-46. ]


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Dialéctica de Imperios y dialéctica de naciones. El problema hispano.Y clase sobre el problema de las Españas y las Rusias ( ver video )

En esta entrada, se sugiere la lectura y estudio del texto de José Ramón Bravo por considerar, desde INTROFILOSOFIA, que resulta de gran interés filosófico . Hemos agregado, además, el vídeo siguiente, titulado El problema político de las Españas y las Rusias, como complemento al propio artículo: (texto sobre el video, tomado del canal en youtube de la Fundación Gustavo Bueno) Lección en la Escuela de Filosofía de Oviedo, el lunes 14 de octubre de 2019 El problema político de las Españas y las Rusias Политическая проблема Испанского и Русского мира El vocabulario repartido y las imágenes proyectadas disponibles en: http://fgbueno.es/act/efo196.htm



FUENTE EL BASILISCO Revista de materialismo filosófico
Nº 52 (2019), páginas 20-32
AUTOR José Ramón Bravo García
King’s College London ORCID 0000-0002-4124-842X
Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
Resumen:
En base a la filosofía política de Espinosa y Bueno, en este artículo se reflexiona sobre lo que podemos llamar el problema político del
mundo hispánico y sus opciones prolépticas más viables. Partiendo de las ideas de Imperio y Comunidad Hispánica, se analiza la
cuestión de la fragmentación política como parte inseparable del proceso histórico de pérdida de la soberanía en el conjunto hispánico,
destacándose la importancia de la causa externa y la dimensión ideológica. Finalmente, en el contexto del presente geopolítico en
marcha, se discuten varias opciones de organización política para los pueblos hispánicos: Estado-nación, confederación y federación; y se
defiende esta última como la más racional para volver a operar en la historia universal.
Palabras clave: Spinoza, Bueno, imperio, soberanía, separatismo, federalismo, Hispanidad
–––––
Abstract:
Building on the political philosophy of Spinoza and Bueno, this paper discusses what could be termed the political problem of the Hispanic
world and its future options (prolepsis). Based on the ideas of Empire and Hispanic Commonwealth, the issue of political fragmentation is
analyzed as an inseparable part of the historical process of the loss of sovereignty in the Hispanic world as a whole, whilst emphasizing the
importance of the external cause and the ideological dimension. Finally, in the context of the ongoing geopolitical present, several options for
political organization for Hispanic peoples are discussed: nation-state, confederation and federation, with the latter being preferred as the
most rational option to re-engage as an active protagonist in world history.
Keywords: Spinoza, Bueno, empire, sovereignty, separatism, federalism, Hispanic world
EL BASILISCO
Fundador
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Todos los artículos publicados en esta revista han sido informados anónimamente por pares de evaluadores externos a la Fundación Gustavo Bueno.
EL BASILISCO se publica con periodicidad semestral. Véanse las normas para los autores en: http://www.fgbueno.es/edi/basnor.htm
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Artículos
20 El Basilisco
José Ramón Bravo García. Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
El Basilisco, nº 52 (2019), págs. 20-32. ISSN 0210-0088 (vegetal) ISSN 2531-2944 (digital)
sugieren recientes estudios ampliamente documentados2–
en un gran Estado-nación continental moderno, que
hoy se hubiera medido con Estados Unidos, Rusia o
China, y que si se desintegró no fue, esencialmente,
por «problemas internos» –pese a tenerlos– o por una
«imposibilidad de totalización» –pues en el siglo XVIII
ya se sabía, en un contexto de lucha contra potencias
como Francia o Gran Bretaña, que tal totalización era
imposible–, sino por la acción externa de las potencias
enemigas, en una pura lógica de dialéctica de Estados.
Como recordó Gustavo Bueno en su célebre conferencia
España del 14 de abril de 1998, el Imperio español no
estaba calculado para caer, como tampoco el Imperio
romano; de ahí que constituya un problema filosófico.
Sobre la base de la ontología política de Espinosa3 y
Bueno –dos máximas figuras de lo que podemos llamar
el materialismo hispano–, en este artículo se reflexiona
sobre el «problema hispano» –un problema filosóficopolítico
que gravita en torno al Imperio, la Nación y el
Estado– desde una perspectiva histórica, geopolítica y
proléptica. En especial, se presta atención a las ideas de
(2) Regina Grafe y Alejandra Irigoin, «Absolutismo negociado: la trayectoria
hispana en la formación del Estado y el imperio», 74° Congreso
de la Conference of Anglo American Historians, Londres, 2005. Otros
estudios de estas investigadoras también parecen confirmar el carácter
fuertemente integrado del Imperio, sobre todo en lo monetario-fiscal.
(3) Optamos por la forma castellana Espinosa, más arcaizante, frente
a la más habitual de Spinoza, si bien se respeta esta última en las notas y
referencias correspondientes, cuando es la empleada por un autor o editorial
determinados.
Introducción
La caída de la monarquía hispánica no fue provocada
por una imposibilidad de totalización imperial. Para
entender sus causas, habría que distinguir dos grandes
etapas históricas: la de los Habsburgo, en la que España
se consolida como imperio con vocación universal y
como la mayor potencia mundial; y la borbónica, en
la que –sin perjuicio de que en algunos momentos las
dimensiones territoriales lleguen a ser incluso superiores
a las de los propios Austrias– ya desde principios del
siglo XVIII se inicia un proceso de centralización y
modernización que configurará a España como algo
intermedio entre un típico imperio universal y el Estadonación
liberal-capitalista en que se convierte, no sin
grandes dificultades, durante el siglo XIX. La España
borbónica experimenta una fundamental transformación
que consiste en una «integración política interna»1 –pese
a contradicciones y resistencias– a todos los niveles, la
cual, junto con la propia tradición católica hispánica,
preparará el terreno para el proceso constituyente de
Cádiz. En tal sentido, puede decirse que España estaba
de algún modo «preconfigurada» para convertirse –como
(1) Una buena síntesis de este proceso se encuentra en Fernando Olivié,
La herencia de un imperio roto. Dos siglos en la historia de España,
Marcial Pons, Madrid, 2016, 401 págs. Tras la Paz de Utrecht (1715),
España pierde la hegemonía en Europa y pasa a ser el centro del Imperio
atlántico de los Borbones: «una entidad política pluricontinental y
plurirracial pero cultural y religiosamente homogénea […] una entidad
política hispánica, superior a la propia España» (pág. 38).
Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
José Ramón Bravo García
King’s College London
ORCID 0000-0002-4124-842X
«España seguirá existiendo en la Hispanidad»
Gustavo Bueno
(Palabras pronunciadas por Gustavo Bueno en su conferencia
«España como nación política», Oviedo, 14 de abril de 2005)
El Basilisco 21
José Ramón Bravo García. Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
El Basilisco, nº 52 (2019), págs. 20-32. ISSN 0210-0088 (vegetal) ISSN 2531-2944 (digital)
causa externa y de potencia ideológica como factores
clave tanto de la experiencia histórica del mundo hispano
como de su posición en la realidad material del «presente
en marcha». La lectura del ya clásico España frente a
Europa desde las ideas de Imperio y de Comunidad
Hispánica permite afirmar que Bueno dejó sentadas
las bases para un proyecto político que al materialismo
filosófico corresponderá concretar en el futuro.
Principios del materialismo político en Espinosa
y Bueno
Con razón Luis Carlos Martín ha calificado a Espinosa
–hispano, por sefardí– como patrón del materialismo
filosófico4. En efecto, a pesar de sus diferencias temporales,
culturales y metodológicas, Espinosa y Bueno comparten
unas bases filosófico-políticas esencialmente comunes en
cuanto parten de elementos materialistas y pluralistas de
la tradición católica hispana y, en especial, de los límites
de coordinación, de la inconmensurabilidad, de las partes
del mundo, evidenciados por el Imperio español ya en
el siglo XVII. La contraposición de las ideas de todo y
parte, así como la presencia implícita del principio del
actualismo («estar activamente»), en un mundo donde
ya no puede darse una totalización, llevará a cada uno de
estos filósofos a desarrollar categorías e ideas filosóficopolíticas
que guardan estrecha correspondencia, cuando
no coinciden en sus respectivos elementos centrales de
análisis. Así, por ejemplo, la idea de cuerpo es esencial
en la ontología de Espinosa5, mientras que en Bueno la
condición corpórea de todo ser viviente se concretará en
el sujeto operatorio, actuante ante otros cuerpos, en una
situación dialéctica originaria6.
El concepto político clave en ambos será el Estado7,
mediante cuyo derecho (normas jurídicas) se resolverá
el conflicto entre normas éticas y morales (Bueno), o
entre pasiones y razón (Espinosa). En Bueno, el Estado
es el protagonista de la historia política; en Espinosa,
el sujeto que reúne mayor potencia. Y en la medida
en que los atributos de los seres finitos de la ontología
ética espinosiana son aplicables al Estado –pues éste
«posee su propia naturaleza y obra, como cualquier ser
natural, conforme a ella»–8, se van a dar otras notorias
(4) Luis Carlos Martín, El patronazgo de Espinosa, lección impartida
en la Fundación Gustavo Bueno (Escuela de Filosofía de Oviedo), el 28
de enero de 2019.
(5) Con la definición de cuerpo se abre la parte II de la Ética.
(6) Pelayo García Sierra, voz «Cuerpo (idea de)», Diccionario filosófico,
2018: http://www.filosofia.org/filomat/index.htm
(7) Creemos importante subrayar que el vocablo que Espinosa, generalmente,
utiliza para referirse al Estado es imperium (véase TP/D, pág. 126).
(8) Baruch Spinoza, Tratado político (edición de Atilano Domínguez),
Alianza, Madrid 2013, pág. 45. En adelante, se abrevia esta edición de
Domínguez como TP/D, con referencias del texto de Espinosa, cuando
proceda, entre paréntesis.
correspondencias conceptuales con la ontología política
bueniana: por ejemplo, la tendencia del Estado, según
Bueno, a desbordar sus límites –hasta donde le permitan
otros hombres–, que tiene su paralelo en el «tanto
derecho cuanta potencia» de Espinosa, o la contradicción
observada por Bueno entre la duración internamente
ilimitada y externamente limitada de la sociedad estatal
(«carece siquiera de sentido la fundación de un Estado
con un límite temporal definido»)9, que se corresponde
en Espinosa con la contradicción, en los seres naturales,
entre su propia finitud y su tendencia indefinida a
perseverar en el ser («el esfuerzo con que cada cosa
intenta perseverar en su ser no implica tiempo alguno
finito, sino indefinido»10).
Por motivos de espacio, no podemos exponer aquí
en detalle la filosofía política de Espinosa y de Bueno,
pero sí es pertinente una referencia a sus principios más
importantes para advertir mejor su común fundamento
materialista. Veámoslo brevemente.
2.1. Ontología política espinosiana: conatus, razón,
potencia, derecho
El propio Bueno sugirió que fue Espinosa quien
principalmente ensayó la idea de Mundo en la Época
Moderna, en base a su identificación entre Dios y
Naturaleza (Deus sive Natura)11. El sujeto forma parte
de la naturaleza, en la que reina la inestabilidad, debido
a la lucha permanente entre las potencias individuales.
La necesidad de canalizar dichas potencias llevará a
la aparición del Estado12, en cuyo mantenimiento y
estabilidad ha de ponerse el máximo esfuerzo, lo cual
se correlaciona con el principio político de la eutaxia en
Bueno. El materialismo espinosiano se basa, así, en una
causalidad necesaria y en una radical impersonalidad,
al conceptualizar la racionalidad del Estado como ajena
a toda valoración moral individual y sustentada en una
capacidad limitada de estabilidad y permanencia, como
la de todo individuo finito, y en su perseverancia en
el ser13. La tendencia a la autoconservación (conatus)
es un principio central en la ontología espinosiana, y
se encuentra prefigurado ya en Santo Tomás («todos
(9) Gustavo Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las «ciencias
políticas», Cultural Rioja, Logroño 1991, pág. 255. En adelante, se
abrevia esta edición como Primer ensayo.
(10) Baruch Spinoza, Ética (edición de Vidal Peña), Alianza, Madrid
2011, pág. 221 (III, Prop. VIII). En adelante se abrevia esta edición de
Peña como E/P, con referencias del texto de Espinosa, cuando proceda,
entre paréntesis.
(11) Gustavo Bueno, «Principios de una teoría filosófico política materialista
», Anuario Hispano Cubano de Filosofía, 15 de enero de 1995.
En adelante, se abrevia este artículo como «Principios…».
(12) Fco. Javier Ansuátegui, «El concepto de poder en Spinoza: Individuo
y Estado», Revista de Estudios Políticos (Nueva Época), nº 100,
abril-junio 1998, pág. 141.
(13) José Sánchez Tortosa, «La razón de Estado. Política y ontología
en Spinoza», Res Publica, nº 21 (1), 2018, págs. 16-17.
22 El Basilisco
José Ramón Bravo García. Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
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los seres apetecen su conservación»)14. De hecho, esto
constituye la esencia de todo ser; de ahí que conatus,
potencia y esencia se hallen íntimamente unidos15.
La idea de poder es fundamental en Espinosa por
cuanto delimita el derecho mismo: el Estado ostenta el
supremo derecho, ya que tiene el poder supremo, que
le han transferido sus súbditos «porque la necesidad les
obligó o porque la razón se lo aconsejó»16. El Estado es
el derecho que se define por el poder de una multitud de
hombres con derechos comunes, guiados como por una
sola mente (una veluti mente ducuntur). Para Espinosa,
el derecho de la suprema potestad es el mismo derecho
natural, lo que le llevará a concluir que «dos Estados
se relacionan entre sí como dos hombres en el estado
natural»17. Con la idea del poder absoluto (suprema
potestad), Espinosa conceptualiza al Estado soberano
como principal sujeto de la política, y en tal sentido
apunta a la posible dialéctica, pese a su lógica racionalgeométrica18.
Además, la razón de ser del Estado se basa
en la utilidad (la esperanza de algún bien o el temor de
algún mal), la cual fundamenta no sólo la transferencia
de poder (de derecho) del individuo al Estado, sino
también el pacto entre dos soberanos, que Espinosa
explica a través de la figura del confederado19.
A diferencia de Hobbes, Espinosa rechaza el
nominalismo extremo y la escisión entre derecho
natural y político. De hecho, uno de los aspectos más
importantes de la filosofía política de Espinosa es la
relación entre pasiones (individuales) y razón (de
Estado): ambas son políticamente inseparables, pero
mutuamente inconmensurables. Como señala Sánchez
Tortosa, «(l)o que a la perspectiva humana resulta
irracional, por pasional, no lo es a escala ontológica
de la cadena múltiple causal que constituye el orden y
(14) Fco. José Contreras, La filosofía del derecho en la historia, Tecnos,
Madrid 2016, pág. 51: Este principio se encuentra en la Suma Teológica,
dentro del tratamiento de la ley natural.
(15) Fco. Javier Ansuátegui, op. cit., págs. 133-134.
(16) Baruch Spinoza, Tratado teológico-político (edición de Atilano
Domínguez), Alianza, Madrid 2014, pág. 415 (XVI, III). En adelante,
se abrevia esta edición de Domínguez como TTP/D, con referencias del
texto de Espinosa, cuando proceda, entre paréntesis.
(17) TP/D (III, 11), pág. 136; en latín: duo imperia ad invicem sese
habere, ut duo homines in statu naturali. Los textos originales de
Espinosa pueden consultarse en la red; para tomar las citas originales
de este artículo se han consultado estas dos páginas: la del proyecto
Spinoza et Nous (spinozaetnous.org) y la de Rudolf Meijer (home.
kpn.nl/rudolf.meijer/spinoza/).
(18) E/P, pág. 34 y sigs.
(19) TTP/D (XVI, IV), págs. 420-421: «Confederados son los hombres
de dos ciudades que […] se comprometen mediante contrato […]
manteniendo cada uno su Estado». La traducción de Domínguez, aunque
generalmente acertada, en este punto nos parece insatisfactoria. El original
dice Confoederati sunt homines duarum civitatum qui […] inter se
contrahunt […] idque unoquoque suum imperium retinente: parece obvio
que aquí Espinosa se refiere con civitas al Estado (no a la ciudad) y con
imperium a la soberanía (no al Estado). De lo contrario, la frase no se
entendería bien. Recordemos que imperium, aunque generalmente se traduce
como Estado, también puede significar soberanía.
conexión de las cosas»20. Según Atilano Domínguez,
lo característico de Espinosa frente a otros teóricos del
Estado como Hobbes, Locke, Rousseau o Maquiavelo,
es que, pese a su determinismo y materialismo, introduce
una lógica humanista y pluralista, que concilia el poder
de la multitud con la seguridad del Estado21. Por su
parte, Vidal Peña afirma, en base a las limitaciones
del propio método geométrico, que «la contextura del
pensamiento de Espinosa es dialéctica» y que la realidad
de la que Espinosa habla es «absolutamente plural», lo
que se opone a las interpretaciones de Espinosa como
«monista-panteísta».
2.2. Filosofía política de Bueno: Teoría del Estado y
dialéctica de Estados
El Estado va a ser en Bueno la unidad central de análisis
de la ciencia política22. La concepción dualista Hombre/
Mundo se sustituye por la doctrina del llamado espacio
antropológico, organizado en tres ejes (circular, radial
y angular)23, que servirá de base a una teoría del Estado
como constituido por tres capas esenciales (conjuntiva,
basal y cortical), a partir de las cuales se elaborará un
modelo canónico de sociedad política que, al cruzar los
ejes semántico (capas del poder) y sintáctico (ramas del
poder), da lugar a 18 tipos específicos de poderes, según
el sentido ascendente o descendente de la relación entre
sociedad política y sociedad civil24. La filosofía política
de Bueno se basa en una vuelta del revés del marxismo, en
el sentido de anteponer la aparición histórica del Estado
a la de las clases sociales, lo que llevará a formular la
teoría de la dialéctica de Estados como verdadero motor
de la historia; la lucha de clases empieza y sólo es posible
en el seno de los Estados. La Historia universal será, en
consecuencia, la de los Imperios universales25.
Central en la filosofía política bueniana es el concepto
de eutaxia o «buen orden» –en sentido político– como
capacidad para mantenerse en el curso del tiempo,
cuyo sentido intemporal podemos relacionar con el
del conatus espinosiano. La eutaxia se define, además,
como una relación circular entre el sistema proléptico
(planes y programas) y el proceso efectivo según el
cual se desenvuelve una sociedad; por ello las ideas de
causalidad teleológica y proléptica son centrales en la
(20) José Sánchez Tortosa, op. cit., pág. 19.
(21) TP/D, págs. 72-74.
(22) José A. Fernández Leost, «La teoría política de Gustavo Bueno»,
El Catoblepas, nº 48, 2006.
(23) Gustavo Bueno, «Principios…».
(24) Pelayo García Sierra, op. cit., voz «Ramas y capas del poder político
…».
(25) Gustavo Bueno, «La vuelta del revés de Marx», El Catoblepas,
nº 76, 2008. La teoría de la dialéctica de Estados, derivada de la propia
teoría del Estado de Bueno, puede considerarse como su más importante
teoría filosófico-política, y en ella se fundamenta la tesis defendida en
este artículo sobre el «problema (político) hispano».
El Basilisco 23
José Ramón Bravo García. Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
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teoría y la práctica políticas para Bueno26. Y esto explica
que España frente a Europa concluya con una propuesta
proléptica para el mundo hispánico.
La idea capital para explicar la historia política
hispánica es la de Imperio –originariamente como
κοινωνία: «comunión»–, la cual vertebra su obra España
frente a Europa. La fórmula del Imperio universal
(católico) podría ser «por Dios hacia el Imperio», reflejo
tanto de la eutaxia –como razón de Estado– cuanto de
la relación dialéctica con otros Estados, incluido el
Papado (Estados Pontificios). Como es bien conocido, la
clasificación más importante que Bueno establece entre
imperios es la que diferencia entre imperios depredadores
e imperios generadores (límites inferior y superior,
respectivamente, de los llamados imperios diapolíticos o
diaméricos, como totalidades atributivas)27.
Bueno también trata tanto de los diferentes modelos
postestatales (fase terciaria de las sociedades políticas),
en un escenario de abolición del sistema de Estados28,
como del modo de constitución de los Estados (como
sociedades secundarias), que en su opinión se produce por
codeterminación en situación dialéctica, como unidades
mutuamente enfrentadas o en guerra. En la fase histórica
presente esta codeterminación es total, al haberse alcanzado
un límite de estatalización, si bien en un «plano formal y
jurídico, el orden formal del derecho internacional»;29 con
lo que aquí Bueno apunta a la importancia de diferenciar
entre realidad formal y realidad material en el ámbito
jurídico-político y de las relaciones entre Estados.
2.3. La causa externa
La idea de causa externa es de gran relevancia tanto en
Espinosa como en Bueno y su importancia es fundamental
para nuestra tesis de base sobre el «problema hispano».
Espinosa afirma que «(n)inguna cosa puede ser destruida
sino por una causa exterior»30 y que la fuerza del sujeto para
perseverar en su ser es limitada, pues «resulta infinitamente
superada por la potencia de las causas exteriores»31.
Asimismo, defiende que el Estado Absoluto (indiviso) es
el que posee mayor estabilidad, es intemporal (eterno) y
necesario32: «(t)anto el Estado en el que sólo una ciudad
detenta el poder, como aquel […] en el que lo detentan
varias ciudades, son eternos […] no pueden ser disueltos o
transformados en otro por ninguna causa interna»33.
(26) Gustavo Bueno, Primer ensayo, pág. 127.
(27) Para una diferenciación conceptual de ambos tipos de imperios
véase Pelayo García Sierra, op. cit., voz «Imperios depredadores / Imperios
generadores».
(28) Gustavo Bueno, Primer ensayo, págs. 262-269.
(29) Gustavo Bueno, Primer ensayo, pág. 257.
(30) E/P, pág. 219 (III, Prop. IV). En latín: Nulla res, nisi a causa
externa, potest destrui.
(31) Fco. Javier Ansuátegui, op. cit., pág. 135.
(32) José Sánchez Tortosa, op. cit., pág. 19.
(33) TP/D (X, 10), pág. 280.
Por lo que respecta a Bueno, el concepto de causa externa
en las relaciones políticas es tratado específicamente en
España frente a Europa en relación con los procesos de
desintegración política (de «pérdida del ser o la unidad»):
«los nacionalismos fraccionarios [son] […] movimientos
que sólo pueden salir adelante cuando cuentan con ayuda
de terceras potencias que unilateralmente pueden estar
interesadas en el éxito de la secesión (como es el caso
de la “eclosión” de los nacionalismos surgidos a raíz del
desmoronamiento de la Unión Soviética en el territorio
que ella cubría, impulsados por las potencias capitalistas
[…]).34 Ninguno de estos nacionalismos hubiera llegado
a efecto si no hubiera sido por la cooperación de potencias
extranjeras35 stos “nacionalismos de segunda
generación” si llegaron a término, no fue tanto por un
impulso interno, como pretenden sus ideólogos […], sino,
ante todo, gracias al aprovechamiento de los conflictos
entre los propios Imperios o los Estados canónicos de
primera generación»36. Bueno es, pues, claro y explícito
en cuanto a la causa externa de la desintegración política,
y ello se correlaciona directamente con la superioridad
de las potencias exteriores en Espinosa.
La cuestión de la soberanía y la dimensión hispánica
A fin de comprender el «problema político hispano», es
pertinente recordar que la primera Constitución política
española (1812) instituye una nación política hispánica
que abarca ambos hemisferios y cuyo territorio describe
en su artículo 10, no por casualidad, como el de las
Españas37. Este hecho carece de parangón en la historia,
ya que se «positiviza» constitucionalmente lo que
históricamente había sido un Imperio universal, una
monarquía de dimensión mundial, como nación política.
Ninguna reflexión rigurosa sobre la realidad históricopolítica
de España y la Hispanidad en general, presente
o futura, puede obviar este hecho trascendental. No
obstante, la fundamentación jurídica de la soberanía
en una Nación política constituida por esa agregación
(34) Nos parece que, pese a la distancia temporal, cultural e institucional,
existen similitudes fundamentales entre la implosión de la Monarquía
hispánica y la de la Unión Soviética, por su rapidez y espectacularidad,
que alteró el equilibrio geopolítico mundial, y por el papel de un enemigo
común a ambos: la potencia anglosajona. No en vano, Ígor Panarin
sostiene que tanto la caída del Imperio Ruso como de la URSS fueron
operaciones británicas (Ígor N. Panarin, Первая мировая информаци-
онная война. Развал СССР [Primera guerra mundial de la información.
La caída de la URSS], Piter, San Petersburgo, 2010, 254 págs.
(35) Gustavo Bueno, España frente a Europa, Alba Editorial, Barcelona
1999, pág. 144. En adelante se abrevia esta edición como EfE. Todas
las notas de esta obra contenidas en este artículo se refieren a la edición
de 1999.
(36) Gustavo Bueno, EfE, págs. 151-152.
(37) Como sabemos, el territorio es un elemento constitutivo esencial
del Estado. La Constitución de Cádiz describe el territorio español
como formado por todas las provincias y posesiones de la Monarquía en
el mundo. Conviene recordar que el Estado español actual no es sino otro
fragmento surgido de la desintegración de la Monarquía hispánica.
24 El Basilisco
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de átomos que son los ciudadanos planteó grandes
problemas de organización política a las Cortes de Cádiz,
en un Imperio cuya estructura había sido históricamente
anatómica, incluso durante la época de supuesta
centralización borbónica38.
Pero el proceso de Cádiz no revela sólo la importancia
de la potencia del imperio en cuanto a sus dimensiones,
sino también en cuanto a su unidad. Según Bueno, el
ortograma hispano ha sido siempre el de un Imperio
universal, y «las categorías de nuestro Derecho Civil
o Constitucional no son adecuadas para conceptualizar
la unidad política efectiva de la España histórica»39.
Este principio de unidad está presente ya en la época
Habsburgo; la existencia del sistema polisinodial,
característico del Estado compuesto, no impide la
concepción unitaria de la Monarquía como entidad
soberana. En cuanto a las Indias (Hispanoamérica),
desde la Real Cédula de Carlos I, de 1519, se las concibe
como entidad unitaria que no debe ser ni fraccionada
ni amputada del resto de la Monarquía40. Incluso en las
propias abdicaciones de Bayona –tres siglos más tarde–,
en que se ceden los derechos soberanos a una potencia
extranjera (Francia), se observa la vigencia del principio
unitario cuando el hasta entonces Jefe del Estado declara
que ha pactado que «la Corona de las Españas é Indias
ha de ser siempre independiente é integra, qual ha sido y
estado baxo mi soberanía»41.
¿Por qué, entonces, se resquebraja la unidad
hispánica poco tiempo después de Cádiz? Se podría
aducir tal vez –así se ha hecho a menudo– que fue la
propia naturaleza generadora del Imperio lo que llevó
a la fundación de naciones políticas independientes;
por la imposibilidad de una efectiva universalización
imperial o porque sus pretendidas «naciones» internas
ya estaban «maduras» para emanciparse.42 En nuestra
(38) Esta realidad aún hoy es mal entendida; por ejemplo, Pedro Pascual
(La unión con España, exigencia de los diputados americanos en las
Cortes de Cádiz, Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid,
Madrid, 2001, 333 págs.) reduce la peliaguda cuestión de la igualación
en derechos, especialmente respecto de América, a un problema de «racismo
» de los diputados peninsulares (a los que él llama «españoles»;
como si los americanos no lo fueran), dando a entender que la España de
1812 no fue lo bastante «democrática». Razonar así es, evidentemente, un
ejercicio de anacronismo, algo por desgracia todavía muy frecuente entre
historiadores e investigadores en general.
(39) Gustavo Bueno, EfE, pág. 239.
(40) Véase Ramón Peralta, «Origen y significado de las Juntas Hispanoamericanas
de 1810», El Catoblepas, nº 109, marzo 2011, pág. 11, nota 1.
(41) Véase Consuelo Maqueda, «La imagen oficial del nuevo régimen:
La Gaceta de Madrid», Revista de Derecho UNED, nº 8, 2011, pág. 212).
(42) Aquí es justo reconocer que hubo proyectos de algunos estadistas
de Carlos III encaminados a emancipar políticamente a los territorios
americanos. Ahora bien, esto no tenía absolutamente nada que ver con
desintegrar el Imperio. En primer lugar, junto a varios planes «autonomistas
» (José Ábalos o el Conde de Aranda) hubo otros «unitaristas»
(Floridablanca) y, en cualquier caso, todos buscaban reestructurar el poder
hispano para hacer frente a las crecientes agresiones enemigas. En
segundo lugar, los territorios en cuya «emancipación» se pensaba coincidían
con los virreinatos, y no las amputaciones territoriales de donde proceden
las repúblicas actuales. En tercer lugar, lo que proponía, por ejemopinión,
tal posición debe rechazarse, por dos motivos:
a) el principio de unidad arriba referido, que se
manifiesta, principalmente, en el carácter fuertemente
integrado del imperio43 –justamente por ser generador
y católico– y que se simboliza, por ejemplo, en la
expresión utraque unum de la moneda hispánica; y
b) la concurrencia de causa externa, la invasión del
imperio napoleónico: «(f)ue a raíz de este ataque
cuando las “Españas” americanas desencadenaron
una serie de secesiones sucesivas que acabaron por
descuartizar prácticamente la totalidad del organismo
hispánico»44.
Por esto se afirma desde el materialismo filosófico
que «(l)a voluntad de secesión de las “naciones
étnicas” españolas no hace sino continuar el proceso
de descomposición de la Nación (política) española
constituida en Cádiz en 1812»45. El propio Bueno
reconoce que la idea de Imperio nunca dejó de actuar
en España, incluso después de 189846. El problema de
los separatismos hispánicos es, pues, inseparable, del
proceso histórico de la crisis o pérdida de la soberanía de
los dos últimos siglos; proceso que tiene, por ello mismo,
una dimensión hispánica y no sólo estatal-nacional.
Como célebremente afirmó Bueno: «el imperio español
cayó, pero no fue aniquilado»47.
3.1. Separatismos e «independencias»: dos siglos de
fragmentación
Diversas teorías han tratado de explicar, por un lado, por
qué se desintegra el Imperio español48 y, por otro, dónde
está la causa última de los separatismos fraccionarios
que hoy amenazan la integridad no sólo de España sino
de diversos Estados hispanoamericanos. Lo esencial,
sin embargo, es comprender cómo esos dos fenómenos
están estrechamente unidos, hasta el punto de formar
parte de un mismo continuum histórico de disolución
de la soberanía hispánica. Y la clave de ese proceso
de desintegración se halla en un contexto de potencias
plo, Aranda, era una unión indisoluble de cuatro grandes coronas bajo un
mismo emperador español. Por último, la visión de los grandes estadistas
y reformadores del siglo XVIII era hacer de la Monarquía «un cuerpo
unido de Nación» (Guillermo Céspedes del Castillo, América Hispánica
(1492-1898), Marcial Pons, Madrid 2009, pág. 353). Huelga explicar lo
poco que se parece todo esto a la gigantesca disgregación –catastrófica
para el poder geopolítico hispano– que sobrevino en el siglo XIX.
(43) Véase la nota 1. Además, hay que mencionar el derecho indiano
(basado en el derecho castellano, pero que incorporaba el derecho consuetudinario
indígena) como una de las más importantes instituciones integradoras
en Hispanoamérica, cuya influencia se extendió hasta el mismo
siglo XX, llegando incluso a servir de fuente de diversas legislaciones
codificadas en las repúblicas hispanoamericanas.
(44) Gustavo Bueno, EfE, pág. 366.
(45) Pelayo García Sierra, op. cit., voz «Nación española».
(46) Gustavo Bueno, EfE, pág. 18.
(47) Bueno, «España», El Basilisco, nº 24, 1998, págs. 27-50.
(48) Véanse los excelentes trabajos de Regina Grafe y Alejandra Irigoin,
pese a su tal vez excesivo economicismo.
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José Ramón Bravo García. Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
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políticas en lucha (dialéctica imperial); de ahí que sus
causas deban ser necesariamente externas49.
Como afirmó el gran americanista Guillermo
Céspedes del Castillo, «(e)l desencadenamiento de ese
proceso disgregador [la desintegración de la monarquía
hispánica] no responde en absoluto a factores internos,
ni peninsulares ni americanos, sino a acontecimientos
foráneos que comenzaron con la Revolución francesa y
culminan con el Imperio de Napoleón; España tuvo la
desgracia de verse envuelta en la enorme crisis bélica
que se abatió sobre toda Europa, y ahí radicó el único y
verdadero motivo de que la crisis interna […] se iniciase
en el momento en que ocurrió y tuviera las características
y formas que tuvo»50. A su vez, Bueno ha resaltado la
importancia de la pérdida de la identidad imperial como
determinante decisivo del debilitamiento de la unidad
nacional española: «El Imperio hizo a España y […]
su caída, si no ha deshecho su unidad, al menos la está
haciendo retemblar»51. Independencias americanas y
nacionalismos fraccionadores serían, así, dos caras de
un mismo problema histórico.
La realidad de la historia política hispánica obliga
a interpretar la denominada norma IV de los principios
filosófico-políticos materialistas («Sinalogía de X con
[Y] con isología política máxima», que prescribe que
la norma de un imperio generador es «generar Estados
nuevos»)52 en un sentido no proléptico –no sería posible
una interpreración proléptica ni en base a la eutaxia ni
al conatus: después de todo, ¿por qué luchaba el bando
realista sino por mantener la unidad del Estado?53– sino
(49) No es casual que los dos últimos siglos la expulsión de la Hispanidad
de la geopolítica mundial haya ido acompañada de fraccionamiento,
separatismo y subordinación diplomática a potencias extranjeras
(Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos).
(50) Guillermo Céspedes del Castillo, op. cit., pág. 445.
(51) Gustavo Bueno, EfE, 367.
(52) Gustavo Bueno, «Principios…»: norma incluida en la tabla Tipología
de las normas políticas fundamentales (intencionales) que presiden
las relaciones uniplurívocas (X,[Y]) entre las sociedades políticas. En
nuestra opinión, «Estados nuevos» no puede interpretarse literalmente
como «nuevos Estados (soberanos)», sino como sociedades políticas
nuevas integradas en un mismo imperio, a las que éste, en su expansión,
dota de las virtudes políticas. En efecto, la Monarquía católica hizo la
unidad, y su estructuración político-territorial en virreinatos responde
a necesidades organizativas y de eutaxia del Imperio, no a ningún plan
proléptico para, en el futuro, romperse en pedazos. Debemos interpretarlo
necesariamente así si queremos mantener la coherencia del edificio
filosófico-político materialista. Además, si un imperio fuese generador
por el hecho de dar lugar a otros Estados soberanos, habríamos de admitir
que el imperio más generador de todos fue el británico, pues hoy existen
más de 50 Estados soberanos derivados directamente de él (¡!).
(53) La tesis de las «causas internas» tiene además otro grave inconveniente:
difícilmente explica el largo período de violencia, guerras
y enfrentamientos –internos y transfronterizos–, postindependencia (si
se supone que todas eran ya naciones «definidas» y «maduras» para la
independencia). Además, ¿cómo es posible que un imperio generador,
integrador, pudiera dar lugar a aquellas repúblicas fragmentarias, autodepredadoras
y subdesarrolladas? Y, ¿si esas sociedades estaban «maduras
» porque habían sido «elevadas», ¿cómo se explica entonces que
la mayoría de la población indígena estuviera en contra de separarse de
la Monarquía española, algo reconocido por numerosos historiadores,
acaso como «desenlace natural» de la vida histórica de
un sujeto político generador, no incompatible con su
tendencia universalista; a nivel individual, su paralelo
sería la contradicción entre «tender a la muerte» y
«evitar la muerte». En este punto es fundamental
recordar la diferenciación que hace Espinosa entre
tiempo y duración. La duración es una «continuación
indefinida de la existencia»54, de ahí que en la Ética
se repita con frecuencia la expresión existentia, sive
duratio. Como sabemos, el esfuerzo por conservarse
(conatus) es la esencia misma de la cosa y nunca implica
tiempo finito, sino indefinido (lo contrario es un absurdo
para Espinosa)55. Además, «las cosas son de naturaleza
contraria, es decir, no pueden darse en el mismo sujeto, en
la medida en que una de ellas puede destruir a la otra»56.
Ontológicamente, pues, vivir y morir son dimensiones
inconmensurables entre sí. Por ello, la tesis según la cual
la fragmentación de un Estado (Imperio) se produce por la
«maduración política» de sus propias partes anatómicas,
y está en su propio sistema proléptico, resulta, en base
a Espinosa, insostenible. Además, la norma IV debería
cesar una vez constituido el Imperio Universal, pero
comoquiera que ello es imposible, esta norma no puede
cesar sino por causa externa; en el caso español, cabría
hablar no sólo de invasión napoleónica, sino del papel de
las maniobras anglosajonas: agresiones y ocupaciones
territoriales ilegales, propaganda ideológica, apoyo
financiero y logístico a los insurgentes57. La concepción
actualista del presente en marcha nos sirve para rechazar
el cierre de los procesos históricos y explicar así mejor
el problema del «proceso abierto» de desintegración de
la soberanía hispánica como conjunto.
3.2. Dimensiones de la soberanía: la potencia ideológica
Tanto en Bueno como en Espinosa encontramos diversas
referencias directas o indirectas al poder de la ideología
como componente esencial de la soberanía y la política.
En concreto, la idea de potencia, esencial en la ontología
espinosiana, es la que nos sirve para conceptualizar las
tres grandes dimensiones del poder soberano, que se
corresponden directamente con las tres capas del Estado
incluso hispanoamericanos? Medítese sobre las conclusiones de varios
estudiosos: a) para la población negra e indígena la independencia fue un
día de duelo (Heraclio Bonilla, Metáfora y realidad de la independencia
en el Perú, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 2016, 201 págs.); b) las
repúblicas no tuvieron viabilidad monetaria-fiscal como Estados durante
la mayor parte del siglo XIX (Alejandra Irigoin, «Las raíces monetarias
de la fragmentación política de la América española en el siglo XIX»,
Historia Mexicana, vol. LIX, nº 3, enero-marzo 2010); c) la mayor parte
del Perú estaba en contra de la separación y hubo que independizarlo casi
a la fuerza (Fernando Olivié, op. cit.).
(54) E/P, II, Def. V, pág. 123.
(55) E/P, III, Prop. VIII, pág. 221.
(56) E/P, III, Prop. V, pág. 219.
(57) De entre la bibliografía, bastante amplia, al respecto, se recomienda
consultar a Julio C. González, La involución hispanoamericana.
De provincias de las Españas a territorios tributarios. El caso argentino,
1711-2010, Docencia, Buenos Aires 2010, 976 págs.
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en Bueno, como ilustramos en el cuadro siguiente, en el
que se sugieren varios de los principales instrumentos
de dominación que utilizan los Estados poderosos
para reducir o destruir a sus adversarios. Hablaremos,
entonces, de tres grandes tipos de potencia: militar,
económica e ideológica, siendo esta última la más activa
y eficiente –por basarse en un principio de persuasión– en
la fase actual del imperialismo anglosajón; en efecto, las
relaciones políticas de sinalogía entre Estados conllevan
a menudo lo que se conoce como difusión de políticas –
cuando no es coactiva o agresiva– a través de una acción
ejemplar (por ejemplo, aprendizaje). Estas acciones
raras veces son neutrales (exentas de ideología)58.
Capas Potencias
Instrumentos imperiales
(Imperialismo anglosajón)
Efectos principales
(en Estados dominados)
Conjuntiva Ideológica
Liberal-capitalismo, Democratismo,
Tecnocientifismo, Globalismo
Divisionismo, antipatriotismo, colonización cultural
Basal Económica
UE/SME, FMI, BM, Dólar, Sistema
financiero-monetario internacional
Depredación y extracción de recursos; dependencia;
deuda
Cortical Militar
OTAN, arma nuclear, bases
militares
Erosión de capacidades defensivas/ofensivas
Así como Espinosa exigía para la estabilidad
del Estado el que éste reuniese todo el poder, así
también tendrán que concurrir las tres potencias en
el Estado que tenga vocación de imperialización
mundial, que es lo que ocurre con Estados Unidos y
no ocurre con ninguno de sus adversarios. La idea de
dominación ideológica59 es, pues, fundamental, y por
ello Bueno propuso sustituir con ella a la metafísica
idea de alienación60, y, asimismo, afirmó que para
que la propagación de ideas tenga efectos políticos
será necesario que actúe a través de causas también
políticas61. En efecto, todo Imperio o Estado poderoso
(58) Sobre la naturaleza coactiva de estos mecanismos de difusión
de políticas, pueden consultarse dos buenos artículos críticos (en inglés):
David J. Blair, «Economic inequality and the global diffusion of
neoliberalism», presentado en el 24 Congreso mundial IPSA de ciencia
política, Poznan, Polonia, el 27 de julio de 2016; y asimismo Michael
P. Smith, «The global diffusion of public policy: power structures and
democratic accountability», Territories, Politics, Governance, nº 1:2,
2013, págs. 118-131.
(59) Como ejemplo de instrumento ideológico a gran escala puede
mencionarse la denominada guerra de la información, un fenómeno
ampliamente estudiado por Ígor Panarin en relación con las Guerras
mundiales y la posterior caída de la Unión Soviética: Ígor N. Panarin,
op.cit.
(60) Gustavo Bueno, «Principios…».
(61) Pelayo García Sierra, op. cit., voz “Imperio metapolítico o transpolítico”.
cuenta siempre con una ideología propia; en el caso
hispano, fue siempre el catolicismo, hasta que se
adoptó una ideología extraña a la tradición hispana,
como el liberal-capitalismo de raíz protestante, hoy
esencialmente transmutado en fundamentalismo
democrático62. Y la bien conocida leyenda negra antihispánica
constituye un ejemplo paradigmático de
ideología como potencia dirigida contra un poderoso
Imperio católico al que sus adversarios no podían
combatir fácilmente ni en el terreno militar ni en el
económico-monetario63.
Espinosa trata extensamente de la ideología como
dimensión o atributo fundamental de la soberanía, si bien
a menudo centrándose en la religión: «el derecho sobre
las cosas sagradas reside íntegramente en las supremas
potestades»64. El Estado que pretende que los hombres se
conduzcan por el miedo carece, en su opinión, de virtud:
«los hombres deben ser guiados de forma que les parezca
que no son guiados»65. Además, la preocupación por la
conservación del Estado le llevará a armonizar razón y
afectos, pues los derechos del Estado «si sólo se apoyan
en la ayuda de la razón, resultan ineficaces y fácilmente
vencidos»66. La ideología como «colonización cultural»
también se vislumbra desde el sentido espinosiano
(62) Siguiendo a Julio C. González: «El liberalismo económico no
es […] sino una metodología de conquista, de sojuzgamiento y de dominación
del país l accionar de los rebeldes de América, salvo
excepciones, no se basaba en ideales. Eran todos, absolutamente todos, en
distintas proporciones, instrumentos de buena o de mala fe de la conquista
económica y financiera de América que se había planificado y estaba
dirigida desde Londres» (Julio C. González, op. cit., pág. 23).
(63) Las valoraciones subjetivistas sobre la leyenda negra (del tipo
«nos tenían envidia») se apartan de posiciones político-materialistas y
resultan superfluas para entender la dialéctica imperial. Como afirmó Espinosa:
hostem enim imperii non odium, sed jus facit («pues no es el odio,
sino el derecho, lo que hace al enemigo del Estado»: TTP/D, XVI, IV,
pág. 421). La leyenda negra fue, objetivamente, una herramienta ideológica
dirigida a destruir la Monarquía Católica.
(64) TTP/D (XIX), pág. 480.
(65) TP/D (X, 8), pág. 276.
(66) TP/D (X, 9), págs. 277-278.
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negativo de paz (ausencia transitoria de guerra)67: «los
hombres en la paz, tan pronto deponen el miedo, se
transforman paulatinamente de feroces y bárbaros en
civilizados o humanos, y de humanos en blandengues e
inactivos. Lejos de emularse unos a otros en la virtud, se
emulan en la fastuosidad y en el lujo. Pronto comienzan,
pues, a sentir hastío de las costumbres patrias y a adoptar
las ajenas, es decir, a ser esclavos»68.
Mención especial merece, por su actualidad, el
nacionalismo, uno de los más poderosos instrumentos
ideológicos, que hoy operaría principalmente en tres
sentidos: a) como factor potencial de desintegración de
Estados canónicos, b) como arma esencial de resistencia
«nacional» de determinadas potencias en relación
dialéctica con otras (nacionalismos ruso y chino frente
al «liberalismo anglosajón»); y c) como barrera para
integrar políticamente a naciones étnico-históricas más
o menos definidas que incluso han podido tener unidad
política en el pasado (Hispanoamérica). En relación
con el separatismo, Espinosa parece argumentar contra
el mismo cuando sostiene que cada cual puede utilizar
su libertad de juicio, pero siempre dejando a salvo la
soberanía del Estado: «podemos determinar […] qué
opiniones son sediciosas en el Estado: aquellas cuya
existencia suprime, ipso facto, el pacto por el que
cada uno renunció al derecho a obrar según el propio
criterio»69. Y, al referirse al culto y práctica religiosos
establece que «deben adaptarse a la paz y a la estabilidad
del Estado […]. La piedad hacia la patria es sin duda la
máxima que uno puede practicar»70.
Acaso en la España actual cabría observar una doble
dominación ideológica: por un lado, un nacionalismo
fraccionador del Estado; por otro, un «orteguismoeuropeísmo
» –liberal e hispanófobo–, formidable
escollo para cualquier integración política panhispánica.
Curiosamente, en Hispanoamérica se ha dado una
evolución más bien inversa: la ideología liberal, que
en un principio impidió la integración política, con su
fracaso práctico ha permitido que las ideas de proyectos
«integracionistas» hispanos –pese a su dispersión y
escasos resultados– hayan seguido vivas hasta hoy71.
(67) José Sánchez Tortosa, op. cit., pág. 16.
(68) TP/D (X, 4), pág. 274. Sorprende la actualidad de este principio:
al margen de poses políticas, hoy se adoptan con naturalidad y sin cuestionamiento
todas las ideologías, mitos y productos culturales anglosajones
(capitalismo, protestantismo, liberalismo/progresismo, indigenismo,
relativismo, el idioma inglés…), con claros efectos destructivos de la unidad
e identidad del mundo hispano. Es exactamente la actitud de aquellos
a los que Espinosa llama aquí, con todo rigor, esclavos.
(69) TTP/D (XX, II), pág. 506.
(70) TTP/D (XIX, II), pág. 487.
(71) Esta es la conclusión del artículo de Jesús Hernández: «La metrópoli
de toda la América. Argumentos y motivos del fallido hispanoamericanismo
mexicano, 1821-1843», Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de
México, nº 51, 2016, págs. 19-36: «(D)ebido a que la forma de inserción al
sistema económico internacional elegida tampoco ha satisfecho las altas expectativas
económicas de los países hispanoamericanos, sobrevive el anhelo
de integración hispanoamericana como una alternativa para estos».
El presente geopolítico en marcha: Estados frente
a Imperios
La multiplicidad de sociedades políticas del presente
puede considerarse o bien como una totalidad distributiva,
según relaciones de isología basadas en la condición de
Estados soberanos de sus partes; o bien como totalidad
atributiva, según relaciones políticas de sinalogía entre
Estados, basadas esencialmente en la interacción o
influencia política de unos Estados sobre otros72.
Desde el rechazo del materialismo metodológico
hacia el formalismo, tomamos esta segunda perspectiva
como la más útil para comprender la realidad del
presente geopolítico «en marcha», en que la existencia
formal de más de 200 Estados no implica en ningún
caso la existencia real de otras tantas soberanías
efectivas. Si aceptamos al Estado como el principal
sujeto político y, asimismo, admitimos que los Estados
se relacionan entre sí dialécticamente, es claro que las
obvias desigualdades materiales entre los Estados van a
determinar directamente las relaciones internacionales
sobre la base de potencias políticas desiguales. De
ahí la inoperatividad político-material de categorías
como clases, razas, naciones, modos de producción o
el propio mercado73, que, al carecer de subjetividad
operatoria, resultan inútiles para comprender la
verdadera dialéctica política, que esencialmente se da
entre Estados y sobre todo entre Imperios, en contra de
todas las interpretaciones economicistas de la historia.
Por ejemplo, la acumulación de capital que posibilitó la
revolución industrial y el posterior predominio técnicoeconómico
de las naciones anglosajonas no se debe –pese
a la creencia vulgar– a una innata superioridad de sus
instituciones o modelo económico, sino básicamente a
una explotación implacable por unos Estados poderosos
(Gran Bretaña y luego EEUU) de la América hispánica74,
en un proceso que podemos calificar de «acumulación
por depredación».
Por ello, una posición político-filosófica materialista
debería rechazar tanto el marxismo como el liberalismo,
pues ambos prescinden del Estado y promueven una
ideología internacionalista que, en la práctica, sólo
favorece los intereses del imperio depredador anglosajón
(72) Gustavo Bueno, Primer ensayo.
(73) El mismo error de perspectiva cometen los marxistas-comunistas
respecto a las clases sociales que los liberales-capitalistas respecto al
mercado: unos y otros pretenden convertir a esas abstracciones en sujetos
de la historia y la política, incluso hasta el extremo de querer prescindir
del Estado, cuando ninguna de ellas puede existir al margen del Estado.
Es lo que se conoce como sustancialización (o sustantificación). Tomadas
en conjunto, ambas visiones son, sin embargo, dominantes en los ámbitos
académicos y políticos de hoy.
(74) Pelayo García Sierra, op. cit., voz “España y América hacia el
futuro…”. Este proceso expoliador de Hispanoamérica fue esencial para
cimentar la industrialización y prosperidad material de los países anglosajones.
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realmente existente. Como acertadamente señaló Bueno,
en la tradición marxista, la idea de sociedad civil tiene
mucho que ver con inspiraciones teológicas (agustinianas)
secularizadas75. De hecho, en lo que llamamos imperios
diapolíticos o diaméricos, organizados como sistemas
de Estados, y al margen de la presencia de elementos
generadores, cabe cuestionar absolutamente la soberanía
real de los Estados subordinados, en cualquiera de sus
dimensiones: económica, militar, cultural-ideológica.
Estrictamente, muy pocos Estados son hoy plenamente
soberanos76.
En relación con la cuestión política de Europa,
Bueno ya advirtió que el proyecto europeo defendido
por Ortega constituía una contradicción77, la cual
hoy se refleja en el proyecto de Unión Europea (UE),
consistente en una tendencia a integrarse disolviendo
soberanías nacionales, junto a la imposibilidad de
federarse como Estado soberano mientras subsistan
los Estados miembros, y, sobre todo, mientras la UE
continúe supeditada al sistema atlantista liderado por
Estados Unidos. Pero que esto constituya jurídica y
materialmente un absurdo no impide el continuo poder
erosionador de la UE sobre la soberanía española
(militar, económico-monetaria, cultural-ideológica)78.
Espinosa argumentaba que «cuando el Estado ordena
algo irracional contribuye a su autodestrucción»79, y eso
mismo cabe aplicarlo tanto al régimen constitucional
de 1978 como al proyecto imperial euro-atlantista: el
proceso histórico en marcha en que se encuentra España,
es, de facto, el de su disolución política80.
Pero, como sabemos, España «no se agota» en
Europa; pertenece a un espacio lingüístico y cultural-
(75) Gustavo Bueno, «Principios…».
(76) En base a criterios monetarios, diversos autores sostienen que
sólo un reducido grupo de países, los que ejercen control sobre su moneda
nacional (generalmente, emisores de divisa de reserva internacional),
son realmente soberanos: Estados Unidos, Japón, Reino Unido, China,
Canadá, Australia, Suiza. Véase Katharina Pistor, «From territorial
to monetary sovereignty», Theoretical Inquiries in Law, vol, 18, nº 2,
págs. 491-517. De hecho, si a la exigencia de emisión estatal de divisa de
reserva le añadiéramos la de la posesión del arma nuclear, resultaría que
sólo habría tres Estados realmente soberanos: Estados Unidos, China y
el Reino Unido.
(77) Bueno, «La idea de España en Ortega», El Basilisco, nº 32, 2002,
págs. 21-22.
(78) La entrada en la OTAN ha supuesto ante todo el menoscabo de
la soberanía militar española, y no un mayor refuerzo de la seguridad
exterior, a pesar de la propaganda del Gobierno español en su favor, obviamente
presionado por Estados Unidos; por ejemplo, las ciudades de
Ceuta y Melilla quedan fuera de la protección, y expuestas a las reivindicaciones
de Marruecos, aliado de Estados Unidos. Son esclarecedoras
estas palabras de Espinosa: «Cuantas más sociedades firman un tratado de
paz […] menos poder tiene cada una de hacer la guerra […] menos autónoma
es y más forzada se ve a acatar la común voluntad de las sociedades
aliadas» (TP/D, III, 16, pág. 139).
(79) Fco. Javier Ansuátegui, op. cit., pág. 147. Véase también el excelente
artículo de José Sánchez Tortosa, op. cit.
(80) De otra forma, no se entiende por qué son legales partidos cuyo
programa político persigue la desintegración del Estado, algo que en base
a Espinosa sería lo más peligroso e irracional en una sociedad política.
civilizatorio de dimensiones mucho mayores. Acaso
cabría plantear, en base a Espinosa, si de un aumento
de la inestabilidad –por cambios geopolíticos debidos al
incremento de Estados y la competencia por el control
de recursos– podría seguirse la necesidad (utilidad) de
grandes agrupaciones políticas que sustituyeran a los
Estados-nación canónicos; en todo caso, la dialéctica
entre Estados dificultaría esta posibilidad por la
holización política alcanzada o en curso en la mayoría
de ellos (nacionalismo como potencia ideológica) y por
su lógica resistencia a desaparecer.
En el Primer ensayo sobre las categorías de
las «ciencias políticas», Bueno llevó a cabo la
conceptualización de varias opciones para un futuro
hipotético de abolición del sistema de Estados actual81 en
torno a dos grandes posibilidades: a) por fragmentación,
que a su vez podría conllevar o un incremento del número
de Estados o un orden apolítico, aestatal, sin ningún
Estado; o b) por federalización, que a su vez podría o
bien conducir a un solo orden supraestatal mundial –
«Cosmópolis», que cancelaría la dialéctica y extinguiría
el Estado pero no la política–, o bien a un orden de
organizaciones transestatales. Bueno no desarrolló
esta última opción, aunque cabría prever aquí la
continuación del orden internacional estatal con Estados
«continentales» procedentes de la transestatalidad,
lo que no sería sino la reaparición de la dimensión
imperial en situación de codeterminación total, donde
continuaría la dialéctica, tanto a nivel intra como interestatal
(especialmente vinculada a la identidad). En
este contexto hipotético supraestatal, una alternativa
transestatal aplicada a la Hispanidad podría suponer,
de hecho, un super-Estado hispano, si bien tampoco se
excluye la posibilidad de que los distintos «fragmentos»
del mundo hispánico acabasen integrados, como partes
menores, en otras unidades mayores culturalmente
diferentes, lo que, a la postre, podría conducir a la
desaparición de la Hispanidad.
Opciones prolépticas: ¿Nación política, confederación
o federación?
En sus principios filosófico-políticos, Bueno propone
la reconstrucción de las ideas teleológicas (finalistas)
a partir de la idea de identidad, idea que también está
en la base de la dialéctica. Se distinguen dos tipos de
finalidades: lógicas y prolépticas, y son estas últimas las
que interesan especialmente a la teoría política, dado que
el campo de la misma es fundamentalmente práctico. La
prolepsis designa los planes y programas políticos para el
futuro, que se fundan sobre la anamnesis (recuerdo) del
pretérito. Para que se dé un fin proléptico es necesario,
pues, que medie un sujeto operatorio entre el referente y
(81) Gustavo Bueno, Primer ensayo, págs. 263 y sigs.
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el fin, para lo cual basta que dicho sujeto se represente
un análogo del resultado o contexto del proceso o
configuración82.
En el caso de los pueblos hispanos, tiene sentido
proponer que éstos partan de la anamnesis de su propia
historia y experiencia políticas, especialmente de aquellas
que les son únicas: por ejemplo, el proceso constituyente
de Cádiz o la tradición católica en que la Iglesia siempre
mantuvo un espacio propio separado del Estado (función
metapolítica de la Iglesia). De entre las varias opciones
políticas que informasen posibles opciones prolépticas
para España e Hispanoamérica, podríamos destacar las
siguientes: a) integracionismo «liberal-democrático» (al
estilo UE), b) opciones postestatales, c) nación política
(«Estado nación»), d) confederalismo, y e) federalismo.
Las dos primeras, en gran parte, han sido ya tratadas, por
lo que aquí nos centraremos en las otras tres.
Después de todo lo comentado hasta ahora, parece
evidente que, en un contexto de dialéctica de Estados, lo
más razonable –políticamente– es defender la opción del
Estado como proyecto más viable en cuanto constituye
el principal sujeto operatorio de la política. En tal
sentido, se haría preciso defender los Estados canónicos
ya constituidos en la actualidad frente al riesgo de los
secesionismos. Ahora bien, si «la identidad (esencia o
estructura) de España no se “agota” en su condición de
nación»83, cabría plantear si preservar el modelo canónico
europeo de Estado-nación debería ser un fin proléptico
en sí mismo84. Razones tanto de orden geopolítico como
histórico-culturales aconsejarían buscar la respuesta en
otro tipo de proyectos.
En palabras del propio Bueno, «La expresión “las
Españas” replantea de un modo nuevo la cuestión de
la naturaleza y de la identidad de España, en cuanto
unidad de alcance superior al de la mera yuxtaposición
del conjunto de “las Españas”. Una unidad que, en el
lenguaje político, podría incluso traducirse como una
propuesta de federación o confederación entre las
partes pertinentes»85. Es evidente que aquí se habla de
la Comunidad Hispánica, si bien Bueno no define sus
límites de forma precisa, al olvidar a Filipinas y en
cambio incluir a Portugal. En todo caso, parece sensato
sugerir que los tres vectores esenciales de cualquier
proyecto de alcance hispánico serían: a) la cuestión
de la naturaleza jurídica (confederación o federación
hispánica frente a la UE o la globalización aestatal); b)
(82) Gustavo Bueno, «Principios…».
(83) Gustavo Bueno, EfE, pág. 78.
(84) La España actual sólo representa el 0,6% de la población
mundial y su tasa de natalidad es de las más bajas del mundo (según
datos de la ONU para el período 2015-2020). Desde el 2000 sufre
el proceso más acelerado de desindustrialización entre los mayores
países de Europa (véase el informe de Funcas de 10 de julio de 2015:
https://blog.funcas.es/la-desindustrializacion-de-espana-en-el-contexto-
europeo/).
(85) Gustavo Bueno, EfE, pág. 57.
la identidad hispánica (frente al multiculturalismo o el
cosmopolitismo); y c) el ethos católico, que está en la
base de todo nuestro desarrollo histórico y aún define a
la Hispanidad como civilización.
En base a Espinosa, parece obvio que aspectos como
la potencia de otros grandes Estados e imperios o la
utilidad del conjunto hispánico deberían primar sobre el
«nacionalismo estatalista», pues la defensa del actual statu
quo desde posiciones «sentimentalistas», «racialistas» o
de otra índole subjetivista no sería políticamente racional,
dadas las condiciones de desigualdad material impuestas
por la potencia de otros Estados e imperios. Desde una
perspectiva hispanista y siguiendo tanto a Bueno como
a Espinosa, habría que decantarse siempre por adquirir
mayor potencia86. Por ello, pasaremos a comentar la
viabilidad del confederalismo y a continuación la del
federalismo.
Aunque en España frente a Europa, Bueno habla
de una «confederación hispánica o iberoamericana»,
con un mercado y moneda comunes, como única vía de
librar a Hispanoamérica del imperio angloamericano y
a España de la UE87, prescinde, expresamente, de toda
consideración sobre la específica naturaleza política de
dicha entidad. Por ello, aunque la dirección apuntada
por Bueno es enteramente correcta, hay que advertir
que su indefinición política y su exclusiva orientación
económica obvian las capas conjuntiva y cortical, sin
las cuales se haría de facto imposible liberar a los países
hispánicos del imperialismo exterior. No se olvide que
ningún proyecto de integración basado en criterios
sólo comerciales y económicos ha conseguido jamás
integración política efectiva alguna –de lo que es prueba
el fracaso del «integracionismo latinoamericano»–. Y
sobre las cumbres iberoamericanas el propio Bueno
ya advirtió que estas «dejan fuera los aspectos más
conflictivos»88. El gran problema, en definitiva, de la
confederación, es que no es un ente soberano; en ella
cada Estado conserva el derecho de romper la alianza
y por ello la confederación –salvo que evolucione por
vía federativa– siempre poseerá una naturaleza precaria
e inestable, cuando no efímera.
Teniendo en cuenta, en consecuencia, que tanto
desde un punto de vista jurídico, como filosófico-político
materialista, sólo el Estado soberano cumpliría los
requisitos para poder operar efectivamente en el mundo
(86) Recuérdese, por ejemplo, a este respecto, que el político e historiador
mexicano Lucas Alamán (1792-1853) defendía que los países
hispanoamericanos debían unirse porque sólo así alcanzarían «las consideraciones
que en la política sólo se concede a las grandes masas» [el
subrayado es nuestro] (véase Salvador Méndez, El hispanoamericanismo
de Lucas Alamán (1823-1853), Universidad Autónoma del Estado de
México, Toluca, 1996, pág. 278). Irónicamente, el proyecto de Alamán
fracasó por basarse en criterios sólo económicos, y no propiamente políticos
(el mito del «mercado común» sin Estado).
(87) Gustavo Bueno, EfE, pág. 388.
(88) Pelayo García Sierra, op. cit., voz “España y América hacia el
futuro…”.
30 El Basilisco
José Ramón Bravo García. Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
El Basilisco, nº 52 (2019), págs. 20-32. ISSN 0210-0088 (vegetal) ISSN 2531-2944 (digital)
político real, la única opción viable que nos restaría
sería la federación. Ahora bien, en este punto cabe hacer
dos observaciones importantes. En primer lugar, debe
criticarse la aplicación de la vía federativa para Estados ya
existentes hoy; por ejemplo, España. Aparte del absurdo
que ello supone desde el punto de vista teórico y más
aún práctico –requeriría disolver una unidad soberana
ya constituida para volver a reunir sus partes, pues no
otra cosa significa federar–, nada sustancial variaría en
cuanto a la potencia efectiva de dicho Estado respecto a
las relaciones de fuerzas del sistema ya dado de Estados
e imperios en permanente relación dialéctica. En la
práctica, esta «solución» sólo tiene un mero sentido de
reorganización institucional dentro de un mismo Estado
ya dado, por lo que debe descartarse en nuestro caso.
En segundo lugar, la experiencia histórica parece
demostrar que los procesos de federación exitosos sólo
se han producido por la concurrencia de una potencia
hegemónica o «directora», ya sea externa a la federación
(caso de España y Francia respecto de Estados Unidos),
ya de manera interna (Prusia respecto al resto de
Alemania); además, dichas uniones frecuentemente se
condujeron por la vía de la fuerza militar89. Si tenemos en
cuenta la obvia resistencia de los Estados a disolverse de
forma voluntaria, podría no quedar más opción realista
que considerar la fuerza, lo cual plantea, como es obvio,
grandes problemas.
En vista de todo lo dicho, las opciones prolépticas
generadoras que, en resolución, podrían proponerse
para el caso concreto de España, desde una hipotética
perspectiva panhispánica, serían esencialmente dos: a)
federarse con Hispanoamérica y Filipinas; ó b) promover
la integración política de Hispanoamérica y Filipinas,
pero manteniendo España su propia soberanía –al estilo
del «proyecto atlantista» de EEUU respecto a la UE–,
si bien para liderar este proceso no parece que España
disponga de la suficiente potencia en el presente.
Para finalizar, nos parece oportuno sugerir que, frente
al liberal-protestantismo capitalista dominante, acaso una
opción que podríamos denominar catolicismo político
no sólo sería lo más coherente con nuestra tradición
histórica, sino además un sistema más racional, incluso
en el sentido de la eficiencia del Estado democrático
espinosiano, por cuanto reconocería tanto la dimensión
(89) Julio C. González es taxativo al afirmar que Estados Unidos es
una creación de la acción militar terrestre de España y de la acción militar
de la escuadra francesa, e incluso llega a sugerir que fue José de Gálvez
quien programó la creación de Estados Unidos y la del Virreinato del Río
de la Plata –temporalmente casi simultáneas– para forjar una geopolítica
continental contraria a las pretensiones británicas de apoderarse de las
Indias. La posterior expansión imperialista de Estados Unidos a costa de
las Españas supuestamente habría frustrado estos planes iniciales (Julio
González, op. cit., págs. 51-92). En cualquier caso, es claro que lo que
animaba la acción de la Monarquía hispánica –al margen de la pretendida
anglofobia de Carlos III– era la destrucción del poder británico, lo que
prueba una vez más la potencia de la teoría materialista de la dialéctica de
Estados (imperios) para explicar el funcionamiento real de las relaciones
internacionales.
individual como la social, sin renunciar a lo político. Un
Estado que, al igual que Espinosa, «buscará por todos los
medios que el pueblo mantenga cierta autonomía y que
el poder estatal esté repartido y controlado por diversos
organismos, de suerte, además, que la utilidad de quienes
lo ejercen esté condicionada por el bien general»90.
Conclusiones
Afirmó Espinosa que la sociedad peca cuando hace o
deja hacer algo que puede provocar su ruina, cuando
obra en contra de la razón91. Tal vez la razón hispánica
se halle en esa búsqueda permanente de un proyecto
universal a la que diversas veces se refirió Bueno. No
es fácil saber si la salida al «leyendanegrismo», al
separatismo, al europeísmo y al fracaso del Estado liberal
(modelo franco-alemán), será justamente un proyecto
hispánico que, con variados matices y variantes, puede
ser mejor aceptado por todos los grupos que apoyan esas
tendencias, salvo quizás el europeísta. Si las «añoranzas
de Antiguo Régimen» de los separatistas fraccionan a
los Estados hispánicos, por su lado el «modelo liberaleuropeo
» fracciona a la Hispanidad. La solución más
racional al problema hispano puede estar en el modelo
de la «Nación política gaditana» de ambos hemisferios,
que integra respetando la diversidad hispana y admite
una liberalidad –que no liberalismo– cuyas raíces se
hunden en la propia tradición católica hispana.
El liberalismo político –como instrumento de
imperios enemigos– acabó con la unidad hispánica, pero,
si bien en España prevaleció la ideología «orteguianoeuropeísta
» (anti-hispánica), en Hispanoamérica, en
cambio, a pesar de la leyenda negra, del indigenismo y
del enorme influjo anglo-protestante y liberal-capitalista,
ha pervivido hasta hoy una ideología integracionista
que, aunque difusa y fragmentaria, habría que calificar
de propiamente hispánica92. Contra la opinión frecuente
de que España es la «generadora» de veinte repúblicas
hispánicas, sostenemos que son básicamente dos los
productos generados por España en América: a) una
nación étnico-histórica hispanoamericana y b) la república
de los Estados Unidos de Norteamérica. Las repúblicas
hispanoamericanas liberal-capitalistas fueron en realidad
una creación británico-angloamericana que no responde
ni a los intereses de España ni a los de Hispanoamérica,
(90) TP/D, pág. 48.
(91) TP/D (IV, 4), pág. 143.
(92) La nómina de autores hispanoamericanos que –desde ámbitos
variados y en distintas épocas– han defendido la integración de Hispanoamérica
es muy larga. Por citar tan sólo a algunos: Lucas Alamán,
Octavio Arizmendi, Alberto Buela, Felipe Ferreiro, José Galat, Julio C.
González, Pedro Henríquez Ureña, Juan José Hernández Arregui, Jorge
Luna Yepes, José Martí, Alberto Masferrer, Gabriela Mistral, Juan Rafael
Mora, Mariano Picón Salas, Jorge Abelardo Ramos, Carlos Rangel, José
E. Rodó, Ricardo Rojas, José María Rosa, Augusto César Sandino, Rafael
R. Seijas, Ricaurte Soler, Manuel Ugarte, José Vasconcelos.
El Basilisco 31
José Ramón Bravo García. Nación política, dialéctica imperial: el «problema hispano»
El Basilisco, nº 52 (2019), págs. 20-32. ISSN 0210-0088 (vegetal) ISSN 2531-2944 (digital)
sino a los del imperialismo anglo-capitalista93. La
persistencia de una Hispanidad fragmentada en una
veintena de Estados-nación señala el fin de su operatividad
en la Historia universal, frente a los grandes Estados
continentales e imperiales. Sólo una federación hispana de
dimensión imperial (continental) puede volver a operar en
la historia; ni los Estados-nación actuales –por sus obvias
limitaciones materiales– ni las confederaciones –por no
ser sujetos soberanos– tienen la capacidad de hacerlo y,
es más, pueden acabar disolviéndose frente a los Estados
imperiales realmente existentes.
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(93) Con independencia de los diferentes fundamentos históricos e
institucionales de Estados Unidos (liberal-protestantes) y de Hispanoamérica
(católico-tomistas), si aceptamos la teoría de que Estados Unidos
es creación franco-española y que la separación y fragmentación de Hispanoamérica
es obra británica, se concluye de forma bastante lógica que
el «fruto político» de dos potencias católicas –España y Francia– fue una
grande y poderosa nación (Estados Unidos), mientras que el de Gran Bretaña
fueron unas repúblicas depredadoras hacia adentro –las repúblicas
hispanoamericanas– y que hacia afuera cumplen la función de colonias
del imperio anglo-capitalista: su fracaso e involución históricos son bien
patentes.
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Recibido: 20.4.19
Aceptado: 4.6.19
ESCUELA DE FILOSOFÍA
DE OVIEDO
La Fundación Gustavo Bueno inauguró en
abril de 2010 las actividades de la Escuela
de Filosofía de Oviedo, rótulo con el que se
institucionalizan algunas de las actividades
académicas de la Fundación. Se asume así
una denominación que, desde hace años,
viene utilizándose informalmente para
denominar el entorno principal en el que,
desde hace décadas, se viene desarrollando
el sistema del materialismo filosófico. Una
denominación que gustaba particularmente
a José María Laso Prieto (1926-2009), que
fue patrono fundador de esta Fundación,
y que utilizó en 2004, una vez más, en
el discurso que pronunció al recibir el
nombramiento de Hijo adoptivo de la
ciudad de Oviedo: «…como consecuencia
de ello, me integré en la denominada
Escuela de Filosofía de Oviedo.»
Videos de las sesiones disponibles en:
http://www.fgbueno.es/act/efo.htm

La literatura es una construcción política. El caso de Cervantes contra Shakespeare. Tesis expuestas por Jesús G Maestro, autor de la obra Crítica de la Razón Literaria, forjada en la fragua del Materialismo Filosófico (Gustavo Bueno) como sistema

Conferencia impartida por el autor de la Crítica de la Razón Literaria, Jesús González Maestro

(texto tomado del canal en youtube del profesor Maestro, redactado por él mismo): Shakespeare es un mito que viaja de polizón en el canon literario occidental diseñado, durante siglos, por el imperialismo académico anglosajón, desde Ben Jonson hasta Harold Bloom. Shakespeare se aproxima más a un mito académico que a una realidad a la que atribuir la autoría de apenas 44 obras teatrales. Identificar a Shakespeare con Cervantes es una declaración de ignorancia. Se expone aquí una dialéctica, la de Cervantes contra Shakespeare: y se insiste en que la literatura es una construcción política. Más información: http://www.academiaeditorial.com/web/… http://jesus-g-maestro.blogspot.com.es/ http://critica-de-la-razon-literaria…. https://www.facebook.com/Jesus.G.Maestro

El problema político de las Españas y las Rusias. Clase del curso académico 2019-2020 de la Escuela de Filosofía de Oviedo. Sede de la Fundación Gustavo Bueno

Escuela de Filosofía de Oviedo, 14 de octubre de 2019.

Fuente del texto que sigue: http://fgbueno.es/act/efo196.htm

José Ramón Bravo García

El problema político de las Españas y las Rusias
Политическая проблема Испанского и Русского мира

14 octubre 2019


cartel

Las Españas y las Rusias –conceptos que expresan tanto totalidad como pluralidad– siempre fueron vistas por el canon moderno e ilustrado como dos anomalías por su carácter excéntrico y culturalmente mestizo, y fueron objeto de una propaganda leyendanegrista que aún hoy pervive en forma de hispanofobia y rusofobia. Pese a sus innegables diferencias, el mundo hispánico y el ruso presentan unas similitudes de base, derivadas de su peculiar formación histórica, esencialmente por su catolicidad –ortodoxa en un caso, romana en el otro– y por su imperialidad. Los imperios hispánico y ruso –el segundo como Unión Soviética en su última etapa– lograron una asombrosa eficiencia institucional al perdurar durante siglos, pero perdieron la batalla de la ideología frente a sus enemigos. El espectacular derrumbe de uno y otro imperio alteró drásticamente el panorama geopolítico mundial. Esta lección aborda el llamado problema político del mundo hispano y ruso poniendo de relieve los fundamentos materialistas de su tradición filosófico-política, pese a la influencia de corrientes idealistas, metafísicas o liberales. En base a una comparación histórico-política de los dos imperios, se discutirán, desde las categorías del materialismo filosófico, tanto las teorías del Estado y de las relaciones internacionales, como la situación geopolítica objetiva del presente. La cuestión vital a la que se enfrentan tanto hispanos como rusos es la de su supervivencia política en la era de la totalización anglosajona, que amenaza con borrar de la historia futura a las Españas y a las Rusias.

“Las Españas” и “las Rusias” (Испанский и Русский миры – понятия выражающие идею совокупности и множественности) со времён Новой истории и эпохи Просвещения традиционно рассматривались как две аномалии; а в силу особенностей своего характера и мультикультурной природы народы этих держав подвергались “черной” пропаганде, которая сохранилась и поныне и выражает себя в форме испанофобии и русофобии. Несмотря на неоспоримые различия между Испанским и Русским миром, оба имеют базовое сходство, и их своеобразие определяется, в основном, кафоличностью (православной в одном случае, римской – в другом) и империальностью. Испанская Монархия и Российская Империя (Советский Союз в ее последней стадии) достигли поразительной институциональной эффективности, пережив века, но в итоге проиграли своим врагам битву идеологий. Впечатляющий крах обеих империй кардинально изменил геополитический ландшафт мира. Эта лекция будет посвящена так называемой политической проблеме испанского и русского миров. В ней будут освещены материалистические основы их философско-политических традиций, несмотря на сильное влияние идеалистических, метафизических или либеральных течений философской и политической мысли. Исходя из историко-политического сравнения двух империй будут рассмотрены как теории государства, так и теории международных отношений, а также современная объективная геополитическая ситуация в свете категорий философского материализма. Жизненно важным вопросом, с которым сталкиваются как hispanos, так и россияне, является их политическое выживание в эпоху Англосаксонской Империи, чье тотальное влияние грозит смести и навсегда вычеркнуть Испанский и Русский мир из мировой истории будущего.

José Ramón Bravo García es Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona (España) y Máster en Economía Política Internacional por el King’s College London (Reino Unido). Actualmente prepara un proyecto de investigación doctoral en Historia Económica sobre el desarrollo económico de América Hispana en época borbónica. Varias de las cuestiones que se tratan en esta lección fueron avanzadas en la ponencia tituladaNación política, dialéctica imperial: El problema hispano”, presentada en los XXIV Encuentros de Filosofía del pasado 13 de abril en Oviedo, y su contenido se desarrolló de forma ampliada en un artículo publicado en la revista El Basilisco.

Хосе-Рамон Браво – магистр юридических наук (Университета Барселоны, Испания) и магистр международной политической экономии (Королевского Колледжа Лондона, Великобритания). В настоящее время работает над докторской диссертацией в области экономической истории по экономическому развитию Испанской Америки в эпоху Бурбонов. Некоторые из вопросов, затронутых в этой лекции, были изложены в презентации “Nación política, dialéctica imperial: El problema hispano” (“Политическая нация, имперская диалектика: проблема испаноязычных народов”), представленной на XXIV конференции Философского Собрания 13 апреля в Овьедо (Испания) и ее содержание получило дальнейшее развитие в статье, опубликованной в журнале El Basilisco.


El video que aparece a continuación, es un material de trabajo, que resulta complementario del asunto tratado en el primer video:

Nación política, dialéctica imperial: el problema hispano

Para trabajar de modo más amplio el tema expuesto y analizado en el vídeo inmediatamente superior, ver este artículo publicado por José Ramón Bravo en la revista El Basilisco http://fgbueno.es/bas/bas52c.htm