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Epistemología con ironía hispanoamericana o la cumbia del amor

Epistemología del amor en clave metafísica

Schopenhauer y la distinción Filosofía mundana/ Filosofía académica. Ontología materialista de Schopenhauer

El joven filósofo chileno, Pablo Montes Vargas, expone en la sede de la Fundación Gustavo Bueno, de Oviedo (Asturias-España), los resultados de su investigación sobre la filosofía de Schopenhauer, desde un enfoque crítico fundamentado en el sistema del materialismo filosófico , que desarrolló el filósofo español Gustavo Bueno

Schopenhauer, ontología materialista

Conquista y evangelización española . Un análisis crítico histórico. El papel del sacrificio

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La historiadora mexicana Marialba Pastor Llaneza aporta un interesante análisis acerca de cómo se fue operando la evangelización mediante la visión cristiana de sacrificio en la Conquista y posterior evangelización de América

Marialba Pastor, “La visión cristiana del sacrificio humano”, Arqueología mexicana, México, septiembre, 2003, vol. XI, núm. 63, pp. 58-63.Datos curriculares: Marialba Pastor
Sumario:
La práctica del sacrificio permitió que los pueblos mesoamericanos y los conquistadores españoles se comunicaran y que ocurriera, aunque imperfectamente, la sustitución de los muchos sacrificios humanos por el último de ellos: el sacrificio de Cristo en la cruz.
Aunque en todas las antiguas comunidades, el sacrificio humano había sido una práctica frecuente, cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, este acto les horrorizó. De ahí que fuera uno de los asuntos más abordados en los relatos sobre la Conquista.
Para poder explicar la incapacidad de los españoles para comprender el sacrificio humano, es necesario recordar que uno de los grandes cambios introducidos por el cristianismo fue, precisamente, la limitación de los sacrificios de animales a fiestas extraordinarias y la total prohibición de los sacrificios humanos. Cristo en la cruz fue la señal del último sacrificio humano para redención de la entera humanidad. Para los cristianos, después de éste sacrificio, no sería necesario ni permitido ningún otro.
La lucha universal contra los paganos
En los siglos III y IV, cuando el cristianismo comenzó su proceso de expansión y consolidación, la principal distinción entre paganos y cristianos fue que los primeros realizaban sacrificios de animales y, esporádicamente, de humanos; en cambio, los segundos los reprobaban con énfasis.
Entre el siglo IV y el siglo de la Conquista de América, los cristianos combatieron a todo tipo de paganos, infieles y herejes. Con ello acumularon variadas experiencias de lucha, así como, amplios conocimientos sobre las costumbres de otros pueblos, en especial sobre sus prácticas religiosas. Todo
esto lo dejaron plasmado en vastas obras que sirvieron para diseñar las estrategias de evangelización y conversión.
Algunos conquistadores, como el mismo Hernán Cortés, y, sobre todo, los primeros misioneros, conocían la historia del cristianismo y los textos de Teología en los cuales se planteaba que los pueblos que no habían logrado superar los sacrificios sangrientos eran crueles e incivilizados, porque el Demonio todavía los tenía atrapados. En consecuencia, Dios agradecería y premiaría a aquellos cristianos que extirparan las idolatrías y sustituyeran los falsos sacrificios por el único verdadero: el sacrificio de Cristo.
Los religiosos españoles afirmaron que el mismo Demonio que había engañado a griegos y romanos, lo había hecho con los indios, conminándolos a adorar a muchos dioses y objetos de la naturaleza y a hablarles a través de ellos. De acuerdo con el fraile franciscano, Bernardino de Sahagún, el Júpiter de Tenochtitlán era Huizilopochtli y los otros dioses mayores y menores se correspondían plenamente con el panteón romano.
Los métodos para lograr la eficaz expansión del cristianismo en América ocasionaron apasionadas disputas. Una de las más conocidas fue la que sostuvieron el teólogo y cronista de la Corona, Juan Ginés de Sepúlveda, y el fraile dominico Bartolomé de las Casas. Para Ginés, la práctica del sacrificio humano que — según sus informantes — siempre iba acompañada de antropofagia, era una de las principales razones por las que la guerra contra los indios era justa. Actos de tal naturaleza eran para Ginés intolerables y, para erradicarlos, había que destruir las instituciones prehispánicas, cambiar su gobierno, prohibir su religión, borrar sus costumbres e imponer la paz. Según Ginés, no se podía esperar nada de hombres que estaban entregados a todo género de vicios y liviandades y que, además, comían carne humana, pues esas maldades pertenecían a los más feroces y abominables crímenes; excedían toda la perversidad humana.
Las Casas planteaba lo inverso. Para él, los sacrificios humanos también eran inaceptables y había que modificar las estructuras sociales que los propiciaban, sin embargo, eran la señal más evidente de la intensa relación
sostenida entre los indios y sus dioses. No era posible calificar como malvados a los hombres que los practicaban, pues el Demonio, al tenerlos sujetos y esclavizados, los había obligado a ello. Para Las Casas, los sacrificios humanos eran la prueba de la elevada capacidad religiosa de esta gente, máxime cuando los indios tenían el valor de ofrecer en sacrificio hasta a sus propios hijos. En esa intensa religiosidad de los indios, Las Casas encontró la posibilidad de salvar muchas almas.
Sacrificio y sexualidad
Resulta significativo advertir la similitud existente entre las descripciones cristianas de los siglos III y IV sobre los ritos paganos y las descripciones elaboradas por los cronistas españoles, doce siglos después, sobre los ritos prehispánicos. Esta similitud indica que los cristianos habían aprendido a ver el mundo a través de un mismo código moral en el cual los grandes vicios estaban clasificados conforme un orden jerárquico preestablecido. En ambos casos, la primera causa para censurar las costumbres de esas comunidades eran los sacrificios humanos, los sacrificios cruentos y la antropofagia; la segunda, el adulterio y las perversiones sexuales. Por eso, en los textos de Ginés de Sepúlveda, de Bernal Díaz del Castillo, de Francisco López de Gómara y de otros cronistas, al igual que en los textos de los primeros cristianos, del asombro generado por los sacrificios sangrientos y la antropofagia, se pasa al escándalo producido por las prácticas sexuales: sodomía, promiscuidad, adulterio e incesto.
La reprobación de los sacrificios cruentos y de la antropofagia ritual se explica por la revolución que introdujo el cristianismo en el concepto mismo de sacrificio. A diferencia de la mayor parte de las religiones y en coincidencia con algunas sectas orientales, el Dios cristiano proscribió la muerte violenta y aseguró la muerte en paz para la salvación eterna. Este Dios no permitió el asesinato o el suicidio; la muerte ocurría por su exclusiva voluntad. Dios ya no era una fuerza natural externa que los hombres tenían que dominar, Él penetraba en los hombres y éstos eran concebidos a su imagen y semejanza para gozarlo y venerarlo. Así, los seres humanos participaban de la naturaleza divina y, con ello, aminoraban su
miedo a la catástrofe. Pero, además, el propio Dios se hacía hombre en Cristo y sufría todas las desgracias hasta el último sacrificio. Jesús se ofrecía por la humanidad entera a su Eterno Padre. Para quienes quedaban en la Tierra, la imitación de la vida del Salvador, la veneración de su sacrificio y el intento de reproducirlo sería lo que le daría sentido a la vida y la muerte.
Por otra parte, el cristianismo había heredado de los judíos un código sexual estricto. En la Biblia, el Levítico mostraba las conductas sexuales que castigaba Yahvé: el adulterio, el incesto, la homosexualidad y los denominados “pecados contra natura”. Estas faltas se perdonaban con sacrificios expiatorios de animales ovinos y bovinos, y, por lo visto, eran tan frecuentes que siempre ardía el fuego sobre el altar de los sacrificios de Yahvé. El trabajo para ordenar la reproducción biológica implicó la limitación de las libertades sexuales hasta llegar al matrimonio monogámico, única relación aceptada por los judeocristianos para la procreación.
La censura de las costumbres sexuales de los pueblos prehispánicos se relacionó con la convicción cristiana de que aquello que se salía del código moral impuesto era impuro, es decir, estaba relacionado con la violencia y el caos. Cualquier impureza era un peligro para la cohesión y la seguridad de la comunidad. Los hijos ilegítimos eran hijos de la violencia. Los raptos, las violaciones, las desfloraciones, la sodomía constituían una permanente ocasión de desorden, provocaban pleitos, querellas y batallas, amenazaban, en suma, la paz cristiana.
La sustitución del politeísmo
Si el sacrificio y, fundamentalmente, el sacrificio humano, era el centro que le daba sentido a la vida y la muerte de las comunidades mesoamericanas, todo se vino abajo con su eliminación. Lo sustancial de estas cosmovisiones se perdió: se abandonó el calendario en el que se establecía la obligación de sacrificar y, con él, la idea del cosmos y el ordenamiento de las actividades económicas; se dejaron de repetir los mitos y leyendas de los antepasados que cohesionaban y explicaban los orígenes de la comunidad y lo que de ella se esperaba; se destruyeron los
templos, las imágenes y esculturas de los dioses en torno a las cuales se reunían las comunidades, así como las técnicas e instrumentos que los acompañaban. Los sacerdotes-guerreros, los amos o señores que dictaban las reglas, las autoridades que trasmitían las enseñanzas, que recogían y distribuían los tributos, murieron en la guerra, fueron asesinados u obligados a convertirse. Sin ellos, las posibilidades de estructurar la sociedad, de recordar las antiguas leyendas y seguir los códigos morales y jurídicos fueron muy escasas.
Si cada comunidad agrícola, si cada calpulli, había tenido como figura sagrada a un dios particular al cual sacrificaban y tributaban, éste fue sustituido por algún santo patrón de la iglesia cristiana. En las iglesias — ahora espacios cerrados construidos conforme con una arquitectura europea –, de acuerdo con el nuevo calendario y la nueva liturgia, se establecieron los días de realización, de continua repetición de los sacrificios cristianos: las misas dominicales, las de los santos o auxiliares de Dios, las de honra a la virgen María, la gran intercesora entre Dios y los hombres.
Para darles una propia identidad, los sitios donde se asentaban las comunidades indígenas fueron antecedidos con el nombre del santo patrón o de la advocación de la virgen. En la Biblia, en los Textos sagrados y las hagiografías, pletóricas de relatos sobre los autosacrificios de los mártires, se encontraron los nuevos mitos o relatos de la fundación y formación de las comunidades, aunque — como había sucedido en situaciones anteriores en el Viejo Mundo — estos fueron sometidos a nuevas interpretaciones y tuvieron que sufrir algunas adaptaciones o alteraciones para persuadir a la nueva población.
El cristianismo y su Iglesia tuvieron la capacidad de integrar todas las historias de los pueblos y todas las dimensiones imaginables de la realidad en una única historia: la historia de la salvación. Para los españoles, el presente, el pasado y el futuro de los pueblos mesoamericanos ya estaban narrados. Desde esa visión providencialista de la historia, desde el punto de vista de esa religión cuyo Dios era todopoderoso y no reclamaba sacrificios humanos, los cronistas relataron sus experiencias en las nuevas tierras. En esa historia lineal hacia la parusía, los pueblos mesoamericanos ocuparon el mismo lugar que los griegos y
romanos: el de haber sido proyectados por Dios para preparar el camino del reino universal de Cristo.
Por otra parte, el maniqueísmo, la radical separación entre el Bien y el Mal, asimilada por los cristianos a través de la obra de San Agustín, no admitió el fundamento cíclico de las cosmovisiones mesoamericanas, ni las ambivalencias de sus religiones. El pasado indígena quedaba del lado de la iglesia del Demonio y tendría que recorrer el camino de la conversión para acceder a la verdadera iglesia.
Al alabar a los esclavos, a los pacíficos, a los débiles y a los humildes y al premiarlos con la entrada al paraíso, el cristianismo realizó una inversión radical de los valores. Los guerreros, los poderosos y los acaudalados, que eran adorados por las comunidades prehispánicas, quedaron en entredicho. Entonces aparecieron otras autoridades a quienes los indios debían someterse. Además, a diferencia de los dioses mayores y menores que gobernaban a los pueblos mesoamericanos, el nuevo Dios, el Dios de los cristianos, doctrinalmente se presentó como omnipresente, omnipotente y omniabarcante.
A pesar de todo, la sustitución del politeísmo por el monoteísmo cristiano fue imperfecta. La poca disposición de los indígenas para domesticar a la Naturaleza a la manera europea, las transgresiones sexuales, el culto secreto a los ídolos, así como, la realización de uno que otro sacrificio humano en plena etapa colonial, son algunos indicadores de las dificultades para abandonar completa y radicalmente las antiguas cosmovisiones.
Bibliografía
Franz J. Hinkelammert, Sacrificios humanos y sociedad occidental: Lucifer y la bestia, Departamento Ecuménico de Investigaciones, Costa Rica, 1991.
Octavio Paz, “Voluntad de forma”, pp. 3-37, en México. Esplendores de treinta siglos, The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1991.
John Holland Smith, The Death of Classical Paganism, Geoffrey Chapman, London: Dublin, 1976.
Juan de Torquemada, “Libro séptimo. De los veinte y un rituales y Monarquía Indiana”, vol. 3, pp. 133-183, en Monarquía Indiana, 7 vols, Instituto de
Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1975.

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Cada ciudad, cada Polis de Iberoamérica y todo el Mediterráneo debe seguir el ejemplo y como Sócrates lanzar los dardos de la crítica a las plazas públicas para defender y luchar sin miedo por lo más valioso , que son nuestras libertades y derechos sociales implicados Sin duda la praxis con Filosofia crítica y dialéctica es la clave del son

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