Cine y Literatura: la película y novela homónimas, La sombra del caudillo, escrita por el mexicano Martín Luis Guzmán

El General Hilario Jiménez, interpretado por Ignacio López Tarso

En esta película podemos comprobar el por qué, los motivos, que los generales mexicanos tuvieron para tratar de que no viera La Luz pública, cosa que lograron durante treinta años. De hecho , el contexto político de esa época de la Historia de México en el siglo XX, muestra la enorme corrupción y violencia, traiciones y agresiones e impunidad, manejo de la verdad con fines de conseguir el Poder político a toda costa, etc.


Consideramos, desde INTROFILOSOFIA, que es muy interesante este video , una reseña sobre la novela de Martín Luis Guzmán, e introduce secciones de Literatura Comparada. Reseña y crítica por Juan Villoro, gran escritor mexicano de finales del siglo XX y comienzos del XXI.

El escritor mexicano Juan Villoro, hace una reseña crítica de la novela La Sombra del Caudillo

Desde INTROFILOSOFIA , proponemos la lectura de la reseña y análisis que hace la escritora Margó Glanz, de la novela de Martín Luis Guzmán , en la cual se basa la película:

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

La sombra del caudillo: una metáfora de la realidad política mexicana1

Margo Glant

Lenguaje político y retórica

Si uno se atiene a lo que el lenguaje político sostiene, la Revolución mexicana sigue siendo vigente. Para verificar o rechazar esa aseveración sería interesante, y además útil, analizar La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, la novela política más coherente que se haya escrito en México. Y pienso que nadie ha logrado, con tan acabada perfección literaria, dar cuenta de un fenómeno en el momento mismo en que posiblemente era liquidado, y a la vez definir una retórica que, ella sí, se ha mantenido activa hasta este momento. Además, al recrear con precisión novelesca un acontecimiento histórico mexicano, Guzmán determina, imitando a los trágicos griegos, cuáles son los usos y abusos del poder.

Y como muestra de retórica basta un botón, oigamos hablar en la novela a los dos personajes en contienda por la Presidencia de la República, el general Ignacio Aguirre y el general Hilario Jiménez, personajes que se debaten impulsados por los designios del entonces presidente, el Caudillo, en realidad Álvaro Obregón.

Estamos hablando con el corazón en la mano, Hilario, no con frases buenas para engañar a la gente. Ni a ti ni a mí nos reclama el país. Nos reclaman (dejando a un lado tres o cuatro tontos y tres o cuatro ilusos) los grupos de convenencieros que andan a caza de un gancho de donde colgarse; es decir, tres o cuatro bandas de politiqueros… ¡Deberes para con el país!…Pero Jiménez estaba ya de vuelta en el terreno de la sinceridad. Con ella replicó:-Franqueza por franqueza. Yo no creo lo mismo, o no lo creo por completo. Mis andanzas en estas bolas van enseñándome que, después de todo, siempre hay algo de la nación, algo de los intereses del país, por debajo de los egoísmos personales a que parece reducirse la agitación política que nosotros hacemos y que nos hacen2.

Algunos datos biográficos

Martín Luis Guzmán nació en 1887 en Chihuahua, uno de los estados del norte de la república mexicana más decisivos en el curso de la Revolución. Su padre era instructor del Colegio Militar donde se formaron esos soldados federales que habrían de figurar en sus novelas ya fuera como los enemigos huertistas o como los militares más sabios del ejército constitucionalista, entre los que se destaca el extraordinario Felipe Ángeles. Guzmán sigue la carrera de jurisprudencia y en 1911 se asocia con los miembros del Ateneo de la Juventud, y participa en las actividades culturales de formación y método de estudio así como de difusión de nuevas ideas que habrían de ser tan importantes en el ideario político de la Revolución. Obsesión de seriedad y de rigor que le hacen decir: «Únicamente la especialización rigurosa hace pueblos completos y organizados, porque en ellos nadie adquiere derecho a la universidad si antes no ha dominado su oficio. Y no hay otra senda»3. Organización y rigor filosóficos, idearios humanistas, reacción contra los ideólogos porfiristas conocidos como los «científicos».

En 1913, Guzmán se une al movimiento revolucionario del norte, el de los constitucionalistas. Sus años de experiencia en el ejército le permiten relacionarse con los más importantes militares y políticos de México: Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Pancho Villa, Adolfo de la Huerta, Lucio Blanco, Felipe Ángeles, de los cuales deja retratos memorables y vívidos en El águila y la serpiente.

Las diferencias políticas que separan en facciones a los revolucionarios después de la caída de Huerta, la escisión entre Carranza y Villa, lo obligan a optar por la facción villista, hasta que Carranza lo pone preso en 1914. Libre por la Convención de Aguascalientes y «perplejo ante los dictados de la lealtad, que no le consentía desconocer al gobierno de la Convención ni tampoco hacer armas contra Francisco Villa y Emiliano Zapata, decide expatriarse temporalmente, hasta 1920»4. De 1922 a 1924 fue diputado al Congreso de la Unión; al apoyar la rebelión delahuertista que fue derrotada, se ve obligado a exilarse desde 1924 hasta 1936 en España. En el fondo histórico de La sombra del caudillo se funden dos momentos de la vida política de México, en parte el de 1923-1924, la época de la candidatura a la presidencia de Adolfo de la Huerta, y el periodo 1927-1928, que como corolario tiene el asesinato del general Serrano en Huitzilac, por ir contra los deseos del Caudillo. Los personajes, apenas disfrazados, serían, como ya lo indicaba antes, Álvaro Obregón (asesinado luego en 1929) y Plutarco Elías Calles, quien fundaría el partido que hoy, con otro nombre, aún se mantiene en el poder, el PRI.

A partir de 1936, Martín Luis Guzmán se integra a la vida política nacional, ocupa diversos puestos, algunos de elección popular, escribe otros libros y corona su carrera con varios premios y cargos.

El Ateneo de la Juventud

En sus notas sobre la cultura mexicana del siglo XX, Carlos Monsiváis recuerda el halo mitológico que aureola a la generación del Ateneo de la Juventud y antes de matizarlo resume los atributos específicos de que se componía su sustancia. Extraigo algunas de sus frases:

Es una generación con calidad y unidad de propósitos […] Destruyen las bases sociales y educativas del positivismo y propician el retorno al humanismo y a los clásicos […] En Grecia encuentran la inquietud del progreso, el ansia de perfección, el método, la técnica científica y filosófica, el modelo de disciplina moral, la perfección del hombre como ideal humano […] Representan la aparición del rigor en un país de improvisados […] Impugnan frontalmente el criterio moral del porfiriato […] Renuevan el sentido cultural y científico de México, y [para terminar] son precursores directos de la Revolución5.

El impacto ateneísta se atenúa para Monsiváis si se advierte que,

su importancia política no es tan amplia ni tan demoledora, [aunque] frente a los sectores reaccionarios y feudales del porfirismo representan un adelanto, una liberalización, una alternativa: son la posibilidad de reformas dentro del sistema, la certidumbre de un comportamiento intelectual de primer orden. Pero -insiste- su raigambre conservadora es imperiosa6.

Y sin embargo, Monsiváis, quien para reforzar sus argumentos se apoya en los de Jorge Cuesta, aunque disienta levemente de ellos, acepta que los aportes culturales del Ateneo, en relación con los individuos que lo formaron, son extraordinarios. Cuesta, a su vez, dice: «Para los ateneístas el conocimiento se maneja como acción, la inteligencia como sensibilidad y la moral como estética». En suma, tanto Cuesta como Monsiváis coinciden en que su proyecto fue un «intento de reconstrucción utópica»:

[…] formado -añade Cuesta- por espíritus que por violentar demasiado a la ética se han visto política y estéticamente casi desposeídos, y por mantener un orgullo demasiado erguido en el sueño, lo han visto sin fuerza en la realidad».Y Cuesta finaliza: «El Ateneo de la Juventud se significó con su actitud aristocrática de desdén por la actualidad, pero su aristocracia es una ética, casi una teología»7.

No es extraño entonces que su idea de la historia sea eminentemente heroica, nostálgica, modelada en la palabra casi sagrada del Ariel de Rodó, cuya estética estatutaria fue trasladada a una práctica humanística: los intelectuales como héroes, como reformadores de la patria. Héroes, copias al carbón de una poética (y una ética) aristotélica. Así, tanto Alfonso Reyes como Martín Luis Guzmán, ambos hijos de militares destacados del porfiriato, asumen como su paradigma natural la edad heroica griega. En Reyes a través de un deslinde retórico y humanístico, y en Guzmán mediante la creación de un arquetipo modelado en la tragedia ateniense.

Lo escultórico y la transparencia

Recalco, entonces: podría afirmarse que este último escritor tuvo como modelo directo la Poética de Aristóteles para construir a su héroe: el general Aguirre es joven, alto, bien formado. Parece, cuando se mueve, un atleta griego. Sus rasgos no son perfectos, pero sí armónicos, se delinean en el movimiento, como las esculturas de Mirón, pero a la vez en el reposo, como esas mismas estatuas. Cuando en el primer capítulo del libro asistimos a la seducción de Rosario por el joven ministro de la Guerra, Guzmán lo describe así:

Junto a Rosario, Ignacio Aguirre no desmerecía de ninguna manera: ni por la apostura ni por los ademanes. Él no era hermoso, pero tenía, y ello le bastaba, un talle donde se hermanaban extraordinariamente el vigor y la esbeltez: tenía un porte afirmativamente varonil; tenía cierta soltura de modales donde se remediaban, con sencillez y facilidad, las deficiencias de su educación incompleta. Su bella musculatura, de ritmo atlético, dejaba adivinar bajo la tela del traje de paisano, algo de la línea que le lucía en triunfo cuando a ella se amoldaba el corte, demasiado justo del uniforme. Y hasta en su cara, de suyo defectuosa, había algo por cuya virtud el conjunto de las facciones se volvía no sólo agradable sino atractivo. ¿Era la suavidad del trazo que bajaba desde las sienes hasta la barbilla? ¿Era la confluencia correcta de los planos de la frente y de la nariz con la doble pincelada de las cejas? ¿Era la pulpa carnosa de los labios, que enriquecía el desvanecimiento de la sinuosidad de la boca hacia las comisuras? Lo mate del cutis y la sombra pareja de la barba y el bigote, limpiamente afeitados, parecían remediar su mal color; de igual modo que el gesto con que se ayudaba para ver a cierta distancia restaba apariencias de defecto a su miopía incipiente8.

Aguirre, entonces, queda claro, no es bello como un dios, es bello como un hombre, su cuerpo imita a las estatuas de los atletas olímpicos, casi puede admirarse su cuerpo como se admiran los cuerpos que dejan adivinar las deidades de los frisos del Partenón bajo los drapeados de sus trajes. En suma, además de tener un cuerpo clásico, estatuario, Aguirre tiene los atributos del príncipe aristotélico. No es demasiado hermoso, tampoco demasiado bueno. Comete errores, es venal, a veces también banal, y en ocasiones hasta fornicario, como solía decir Obregón del general Serrano. Su cuerpo tiene defectos, pero el movimiento y la ondulación de sus miembros recuerdan los de un caballo o los de un atleta que, para el caso, es lo mismo, porque según Guzmán, «era la de Aguirre una pierna vigorosa y llena de brío». La descripción es estatuaria, pero dentro de los cánones del realismo ateniense, revisado, purificado y blanqueado por el neoclásico; es decir, un realismo en el que la armonía exacta se logra en el reposo de los personajes retratados, porque justo en el momento del reposo se ponen de relieve, con mayor claridad, los sabios ritmos del movimiento exacto y necesario para competir en los juegos olímpicos y para, luego, trasladar sus rasgos a una estatua que inmortaliza. Los rasgos del general Aguirre parecen haber sido construidos por la regla de las tres unidades, por un escultor, y hasta mediante la ayuda de un arquitecto, quizá Jesús T. Acevedo, miembro del Ateneo de la Juventud quien aseguraba que «las humanidades tienen por objeto hacer amable cualquier presente. Fundarse en el examen de la Antigüedad para comprender y aquilatar los perfiles del día, constituye la actividad clásica por excelencia».

Como miembro del Ateneo, para Guzmán la disciplina, el rigor, la lucha contra la improvisación, la educación son, o debieran ser, los fundamentos de una nueva sociedad, la que emerge de la lucha revolucionaria. Educar al pueblo es una política y a la vez una ética, es más, según el modelo ateneísta, la política debería ser inseparable de la ética y de la estética.

Por eso el Aguirre descrito por Guzmán tiene «un porte afirmativamente varonil; [y] cierta soltura de modales donde se remediaban, con sencillez y facilidad, las deficiencias de su educación incompleta»9. Es decir, la falta de rigor intelectual puede suplirse con un cuerpo elástico, atlético, luminoso.

La opacidad de los caudillos

Los caudillos en cambio son opacos y, aunque muchas veces su mirada sea luminosa, esa luminosidad es sospechosa. Y es sospechosa porque revela lo instintivo, la animalidad, lo contrario a la educación, ese aprendizaje que hace del hombre un ser racional. Los ateneístas forman parte de una vieja tradición polémica que en América y desde la Conquista ha opuesto lo racional a lo bárbaro, tradición defendida más tarde por los grandes próceres de América Latina -por ejemplo, Sarmiento-, y que será fundamental después en la novela llamada telúrica o de la tierra, contemporánea de la novela de la Revolución mexicana.

Pancho Villa, a cuyo lado combatió Guzmán, es descrito así en El águila y la serpiente:

tenía puesto el sombrero, puesta la chaqueta y puestos también, a juzgar por algunos de sus movimientos, la pistola y el cinto con los cartuchos. Los rayos de la lámpara venían a darle de lleno y a sacar de sus facciones brillos de cobre en torno de los fulgores claros del blanco de los ojos y del esmalte de la dentadura. El pelo rizoso, se le encrespaba entre el sombrero y la frente, grande y comba; el bigote de guías cortas, azafranadas, le movía, al hablar, sombras sobre los labios… Su postura, sus gestos, su mirada de ojos constantemente en zozobra denotaban un no sé qué de fiera en el cubil; pero de fiera que se defiende, no de fiera que ataca; de fiera que empezase a cobrar confianza sin estar aún muy seguro de que otra fiera no lo acometiese de pronto queriéndola devorar10.

Esa luminosidad huidiza, obtenida gracias a otra luz, de la que es reflejo, revela lo primitivo del ser, el instinto natural, un instinto de defensa. Instinto que Guzmán, como buen ateneísta, reprueba, pero que sin embargo es superior al de los otros jefes de la Revolución quienes actúan no como Villa en defensa propia, sino en ofensa ajena. Esta idea es tan acentuada en su obra que, según él, la persecución de que fue objeto, y que lo obligó a desterrarse cuando triunfó el carrancismo, se debió a una discusión que Guzmán sostuvo con el Primer Jefe, y en la que contrariaba su idea de «la superioridad de los ejércitos improvisados sobre los que se organizan científicamente»:

-¡Lo que son las cosas! -dije sin ambages y mirando con fijeza hasta el fondo de los ojos dulzones del Primer Jefe-. Yo pienso exactamente lo contrario de usted. Rechazo íntegra la teoría que hace de la buena voluntad el sucedáneo de los competentes y de los virtuosos. El dicho de que las buenas voluntades empiedran el infierno me parece sabio, porque la pobre gente de buena voluntad anda aceptando siempre áreas superiores a su aptitud, y por allí peca. Creo con pasión, quizá por venir ahora de las aulas, en la técnica y en los libros y detesto las improvisaciones, salvo cuando son imprescindibles. Estimo que para México, políticamente, la técnica es esencial en estos tres puntos fundamentales: en Hacienda, en Educación Pública y en Guerra… Mi salida causó, más que sorpresa, espanto, Don Venustiano me sonrió con aire protector, tan protector que al punto comprendí que no me perdonaría nunca mi audacia11.

Los políticos son obtusos, y, cuando sus ojos brillan, repito, su luminosidad es sospechosa. Los ojos del Caudillo de la novela son, como los de Villa, ojos de fiera:

tenía unos soberbios ojos de tigre, ojos cuyos reflejos dorados hacían juego con el desorden, algo tempestuoso de su bigote gris […] Pero si fijaban su mirada en Aguirre nunca faltaba en ellos […] la expresión suave del afecto […] Con todo esta vez notó que sus palabras, mencionado apenas el tema de las elecciones, dejaban suspensa en el caudillo la mirada de costumbre. Al contestar él, sólo quedaron en sus ojos los espurios resplandores de lo irónico; se hizo la opacidad de lo impenetrable12.

Es la luz la que da el brillo, la transparencia; es la luz la que destruye la sombra, pero es al abrigo de la sombra que se agazapan las fieras, esos seres opacos de la política nacional, que hacen de la oscuridad su hábitat natural. Política nacional que después de su destierro Guzmán entendió con nitidez, y que verifica lo que Cuesta había dicho de los miembros del Ateneo, una actitud aristocrática de desdén de la actualidad, una aristocracia doblada de ética, concebida casi como una religiosidad, o mejor dicho, casi como una teología. Una religiosidad laica, una idealización de la vida nacional, el deseo de crear mediante una mística del rigor un nuevo país.

El vigoroso conservadurismo de los ateneístas -concluye Monsiváis- no les impide constituirse en un puente entre una y otra etapas históricas y les obliga a perfilarse como un programa: el deseo de sobrevivencia de una cultura que no juzgan porfiriana sino occidental y universal (clásica en su origen) y a la que se deben. No es azarosa su indiferencia ante una característica de la vida griega: la democracia. Su afán es distinto y, sin decirlo, aceptan la idea de un despotismo ilustrado, lo que será la vaga conformación programática de Vasconcelos como secretario de Educación Pública y como candidato a la Presidencia en 192913.

La luminosidad

El cuerpo de Aguirre, acoplado al de Rosario, su amante, se matiza con la luz: la región más transparente del aire ayuda a depurar las líneas y obliga al paisaje a tomar partido cuando subraya las sombras y las luces: «Ahora las nubes cubrían el sol con frecuencia y mudaban, a intervalos, la luz en sombra y la sombra en luz». Guzmán confiesa en la entrevista que le hiciera Emmanuel Carballo que

[…] en su modo de escribir lo que mayor influjo ha ejercido es el paisaje del Valle de México. El espectáculo de los volcanes y el Ajusco, envueltos en la luz diáfana del valle, pero particularmente en la luz de hace varios años. Mi estética es ante todo geográfica. Deseo ver mi material literario como se ven las anfractuosidades del Ajusco en día luminoso o como lucen los mantos del Popocatépetl14.

En el fragmento recién citado se hace referencia a la estética del paisaje presente en la obra del gran pintor mexicano José María Velasco. Ciertamente, la luz que ahora tenemos no es la que sedujo a don Martín. Quizá por eso ya no tengamos posibilidades de ser estetas. Esa luz, aparentemente maniquea, es sobre todo escultórica o arquitectónica, también pictórica, la luz necesaria para construir los volúmenes que los contrastes revelan y que son manejados por Guzmán en paralelismo absoluto con la política. Estar a la sombra significa poder mirar a los que están a la luz, al descubierto, luciendo su físico pero también descubriendo su juego. La política mexicana se reduce, en cierta medida, a una teoría sobre la madrugada:

O nosotros le madrugamos bien al Caudillo, decía Oliver, o el Caudillo nos madruga a nosotros: en estos casos triunfan siempre los de la iniciativa. ¿Qué pasa cuando dos tiradores andan acechándose pistola en mano? El que primero dispara primero mata. Pues bien, la política de México, política de pistola, sólo conjuga un verbo, madrugar»15.

Madrugar es estar de lleno entre los dos opuestos, es aprovechar el momento en que la sombra está a punto de convertirse en luz y, por tanto, y tomando en cuenta, como dice el dicho, que al que madruga Dios lo ayuda, podrá dar el albazo, pasar de la sombra a la luz y exponerse, ya seguro de su triunfo, al público, y en rápido malabarismo colocar definitivamente a su rival a la sombra, es decir, privarlo para siempre de la luz. Aguirre no ha reconocido esta ley y ha perdido puntos en el juego político al que lo condena su posición. Y no sólo eso, se ha mostrado a plena luz, sin advertir que al hacerlo se ha vuelto el blanco perfecto de sus enemigos, agazapados en la sombra, antes de dar el zarpazo.

Insisto: Aguirre es guapo, esbelto, luminoso, más que hombre de acción es hombre de placer, aclara Guzmán; en cambio, su enemigo es opaco. Hilario Jiménez -Calles-

[…] durante todos estos movimientos, su cuerpo, alto y musculoso -aunque ya muy en la pendiente de los cuarenta y tantos años puestos demasiado a prueba-, confirmó algo que Aguirre siempre había creído: que Jiménez visto de espaldas, daba de sí más fiel idea que visto de frente. Porque entonces (oculta la falaz expresión de la cara) sobresalía en él la musculatura de apariencia vigorosa y se le fortalecían los cuatro miembros, firmes y ágiles y todo él cobraba aire seguro, cierta aptitud para consumar, con precisión, con energía, hasta los menores intentos. Y eso sí era muy suyo -más suyo desde luego que el deforme espíritu que acusaban sus facciones siniestras- pues cuadraba bien con la esencia de su persona íntima16.

La opacidad del contrario, es decir su falta de transparencia -frases ya manidas en la filosofía y en la política mexicana-, su incapacidad para reflejar la luz, su animalidad (su estructura de cuadrúpedo, semejante a la mirada bovina de Carranza en El águila y la serpiente), constituyen un dato ominoso: carece de forma, o mejor, su forma es equívoca, poco clara -se advierte no de frente sino de espaldas. Su cuerpo es oscuro, pesado, contradictorio, siniestro, como su política. Aguirre no quiere ser presidente y se lo advierte tanto al Caudillo como al candidato, pero la transparencia no es aceptada ni creíble: ¿Quién que es no quiere ser?

Políticamente el Caudillo tiene razón, razona a su vez Axkaná, hablando con su amigo Aguirre: Juzga tu caso refiriéndolo a uno cualquiera de sus generales, como si se tratara de él mismo. ¿En las actuales condiciones tuyas no andaría él bregando ya por llegar a ser presidente? Pues por eso, ni más ni menos, supone que eso es lo que tú haces y harás17.

El papel del corifeo

De esta manera se va urdiendo la trama, se van poniendo las fichas sobre la mesa, se va cerrando la trampa. Aguirre no ha entendido que los contrarios delinean otra forma, distinta a la suya, opaca, nunca transparente, pero a la larga siempre adecuada a su propia necesidad política. Significativamente, los partidarios de Aguirre se parecen, entre todos se dibuja nítidamente la armonía, se perfila una forma clásica, se construye la belleza, según el ideal helénico, quizá imposible de lograr en este reino. La prueba la obtiene el mismo Axkaná, personaje cuya función en la novela es, según confesión del propio autor, la del coro (y quizá la de autorretrato del mismo Guzmán): «Ejerce en ella la función reservada en la tragedia griega al coro: procura que el mundo ideal cure las heridas del mundo real»18.

Es más, Axkaná es la conciencia política del autor, juega el papel del corifeo, dice la verdad, esa verdad que los políticos inmersos en el juego ya no pueden ver. Por eso aclara, explicándole a Aguirre (y sobre todo al lector) el juego de la política, es decir, penetra en la oscuridad:

En el campo de las relaciones políticas la amistad no figura, no subsiste. Puede haber de abajo arriba, conveniencia, adhesión, fidelidad; y de arriba abajo, protección defectuosa o estimación utilitaria. Pero amistad simple, sentimiento afectivo que una de igual a igual, imposible. Esto sólo entre los humildes, entre la tropa política sin nombre. Jefes y guiadores, si ningún interés común los acerca, son siempre émulos envidiosos, rivales, enemigos en potencia o en acto. Por eso ocurre que al otro día de abrazarse y acariciarse, los políticos más cercanos se destrozan y se matan. De los amigos más íntimos nacen a menudo, en política, los enemigos acérrimos, los más crueles19.

Clarividencia absoluta, Axkaná no sólo es la luz, es el descifrador de la sombra. Además, su capacidad absoluta para la amistad -esa forma prístina de lealtad de la que carecen los políticos y que otorga al grupo de Aguirre su máxima radiancia- le permiten una posición neutral y la sobrevivencia. No podría ser de otra manera: la figura de Axkaná es un soporte narrativo y filosófico; permite que el narrador construya con nitidez un discurso político sustentado en un discurso narrativo, cuyo juego armónico produce una acabada metáfora de la realidad nacional. El discurso teórico, corolario natural de las acciones narrativas y de las imágenes poéticas de la novela, no tendría validez sin ese sustento, subrayado por Axkaná mientras cumple con la función de corifeo que le ha sido asignada en el texto. Y al dibujar la metáfora narrativa del poder, La sombra del caudillo sobrepasa el mero realismo histórico y circunstancial de un solo país, aunque lo pueda representar de maravilla.

Axkaná escuchaba haciendo un transporte de la elocuencia de Aguirre: éste creía expresar la tragedia de que su jefe lo juzgara falso, pero lo que Axkaná entendía no era eso. Sentía en su amigo la tragedia del político cogido por el ambiente de inmoralidad y mentira que él mismo ha creado; la tragedia del político, sincero una vez, que, asegurando de buena fe renunciar a las aspiraciones que otros le atribuyen, aún no abre los ojos a las circunstancias que han de obligarlo a defender, pronto y a muerte, eso mismo que rechaza. Axkaná, en otros términos, pensaba lo que el Caudillo. Sólo que mientras éste, gran maestro en el juego político y juez de las ambiciones ajenas a la luz de las propias, sospechaba fingimiento en Aguirre, Axkaná sabía que la sinceridad de su amigo era absoluta. Para él todo el equívoco estribaba en la confusión de Aguirre al identificar con sus deseos los misteriosos resortes de la política: en que el ministro de la Guerra, en fuerza de querer oponerse a la magnitud de la ola que venía levantándolo, no fuera capaz de apreciarla20.

Forma y movimiento

Axkaná se dirige al frontón, y allí descubre por vez primera el arquetipo, el mundo platónico de las ideas y las formas, en un espectáculo que lo fascina literalmente:

un nuevo espectáculo, un espectáculo que se le antojó magnífico por su riqueza plástica y del que gustó plenamente. Con los ojos llenos de visiones extraordinarias se creyó, por momentos, en presencia de un acontecimiento de belleza irreal -asistió a la irrealidad en que se saturan en la atmósfera de las lámparas eléctricas las proezas de los pelotari […] Con todos sus sentidos admiraba aún, como hechos sobrehumanos, como fenómenos ajenos a las leyes físicas y al vivir de todos los días, los incidentes del juego que acababa de ver21.

Nunca ha estado Guzmán-Axkaná más cerca del ideal: el pelotari es la imagen moderna del discóbolo, no puede haber nada más bello para un ateneísta: vislumbrar por fin la forma y el movimiento encadenados, la presencia definitiva, palpable, concreta, del héroe, el mito hecho realidad, «la maestría heroica», la belleza irreal. Éste es uno de los momentos fundamentales del texto, juega casi el mismo papel que la línea áurea en las pinturas clásicas. En ese pasaje novelesco se decide el futuro de México: recuérdese que estamos en la época de Plutarco Elías Calles, antes de la matanza de Huitzilac, del asesinato del general Serrano. A partir de este instante se dirimirán en la novela dos opciones de vida, dos opciones de historicidad: una deformidad corpórea responde a la falta de moral política: la estética de Guzmán es inseparable de la ética, o más bien estética y ética se confunden, como en la filosofía clásica lo bello es inseparable de lo bueno. La belleza escultórica de los cuerpos en movimiento y la de los amantes se encuentran en su clasicismo.

En sus años de aprendizaje político, cuando deambulaba por los estados del norte de la república, antes de afiliarse de manera definitiva al villismo, Guzmán afina su idealismo, lo asocia a un programa disciplinario del cuerpo y del espíritu:

Por fortuna, descubrí pronto que en el Nogales de Sonora había una tienda de libros… Después, a fuerza de meterme en todas partes, hallé que en el Nogales de Arizona existía… una biblioteca pública, y que en aquella biblioteca podían leerse las obras de Plotino. De allá datan mis inmersiones temporales en la mística alejandrina y en su pureza espiritual ajena al mero conocimiento; de allá mi trato momentáneo con Porfirio y Jámblico22.

La oscura realidad

Al salir del frontón, transportado por la belleza ideal, Axkaná cae en una emboscada y sufre un atentado. Casi al mismo tiempo, Aguirre arregla un negocio fraudulento, acepta un papelito amarillo que le ofrece una compañía petrolera norteamericana. Cuando le informan acerca del atentado contra su amigo, renuncia a su puesto de ministro de Guerra y acepta, demasiado tarde, su candidatura como presidente de la República. Ninguno de los políticos, ni su antiguo amigo, el Caudillo, pudieron creer que su rechazo era verdadero, y que sólo su concepto de amistad -de lealtad ateneísta- lo inclina a aceptarlo. Los dados están echados, es el principio de las hostilidades. La forma y la deformidad se magnifican.

Aguirre va construyéndose, se va convirtiendo en un personaje trágico, un verdadero héroe aristotélico. Guzmán lima las asperezas morales de su personaje hasta hacerlo recobrar la dignidad. Le ha permitido errar, como los trágicos griegos hacían caer a sus personajes por causa de la hybris, el orgullo, para luego provocar en los espectadores ese terror y esa piedad incapaces de provocar los dioses y los héroes impecables.

Como en El águila y la serpiente, Guzmán acelera el ritmo, y lo que parecía un juego de salón entre gente bonita, se convierte en un juego de muerte. En la Cámara de Diputados se enfrentan los aguirristas con los hilaristas. Ricalde, el líder sindical, bajo cuyo nombre se disfraza Morones, era

[…] un hombre inteligente, antipático y monstruoso. Sus ojos asimétricos carecían de luz. Su cabeza parecía sufrir sin tregua la tortura de un doble retorcimiento: la deformación ladeada del cráneo agravaba desde lo alto, lo que bajo era, junto a la barba, deformación ladeada también, de descomunal arruga carnosa; y entre deformación y deformación, la pesadez del párpado, de flojedad casi paralítica, daba acento nuevo a aquella dinámica de la fealdad, prolongada y ensanchada hasta los pies en toda la extensión de un cuerpo de enorme volumen23.

Esta perspectiva de la fealdad, esa deformación que es sin embargo dinámica, pone de relieve el tipo de combate. Por un lado esconde un racismo de Guzmán escudado tras esa dialéctica de la oscuridad y la luz; por otro, subraya la metáfora: la política del Caudillo es tortuosa, sigue caminos desviados, fraudulentos, solapados. Una política cuya forma y partidarios contrarían las leyes de la armonía es necesariamente abyecta, corruptora. Aguirre cae en la trampa con sus partidarios, apuestos, bien vestidos, escultóricos; los deformes los persiguen. Canuto, un esbirro de Ricalde es descrito de esta manera, también en la Cámara de Diputados, una forma no demasiado extraña aun ahora: «negra y chata, partida en dos por la raya blanca de los dientes, su fealdad brilló entonces horrible…». Y luego remata: «Canuto se dolió a la burla; su tez, hasta entonces brillante, con relumbres como de barniz, se apagó de súbito en el negro más mortecino y ceniciento»24.

Y con esa frase lapidaria reconfirmamos que la estética de Guzmán es occidental, como debe de serlo una estética fincada en la perfección ideal de la escultura y la cultura atenienses; no se salvan quienes no participan de una forma pero tampoco los que tienen otro color.

Inconsciente, débil, fornicario, pero bello y luminoso, el antiguo ministro de la Guerra reconstruye su figura, inmortaliza su forma, se muere de perfil como algún personaje de García Lorca:

Aguirre no había esbozado el movimiento más leve; había esperado la bala con la más absoluta quietud. Y tuvo de ella conciencia tan clara, que en aquella fracción de instante se admiró a sí mismo y se sintió -solo ante el panorama, visto en fugaz pensamiento, de toda su vida revolucionaria y política- lavado de sus flaquezas. Cayó, porque así lo quiso, con la dignidad con que otros se levantan25.

La muerte es también una forma. Al moldearla con perfección necesaria para convertirla en símbolo, Aguirre se convierte en un héroe trágico, y de paso el propio novelista se trasmuta y, hecho uno con la forma que ha creado, siente que su actividad política se moraliza. Ya lo he repetido hasta la saciedad: toda ética oculta en su reverso una estética, aunque la que propone Guzmán nunca haya existido en la realidad.

Pero tampoco existe ya la región más transparente. Y eso tal vez se implica en el libro de Guzmán: el juego político mexicano se ha transformado mucho, pero puede ser que aún estén vigentes algunas de las deformidades ocultas que Martín Luis Guzmán descubrió en la actuación de quienes entonces estaban en el poder. Probablemente esas formas sigan siendo las que la política reviste, puras sombras, o como diría un clásico, la política sombras suele vestir…

Indice

Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

La destructividad humana. Erich Fromm contra el psicoanálisis (y contra Marcuse). Un interesante artículo de la revista El Basilisco, Nº 10, 1980

Estuve recordando un libro muy interesante de Erich Fromm, titulado en español como Anatomía de la destructividad humana, a raíz de una conversación con un amigo historiador, acerca de la polémica desatada por la petición, hecha por el presidente de México al rey de España, en la que el mexicano solicitaba que el rey español pida perdón por la Conquista y el supuesto genocidio y maltrato de los nativos de lo que era la actual tierra de México.

En la muerte de Fromm, artículo de Guillermo R Olmedo

Encontré un artículo publicado en la revista El Basilisco, fundada por el filósofo español, Gustavo Bueno, en el que se expone un análisis comparativo entre las tesis de Fromm y Herbert Marcuse.

http://www.fgbueno.es/bas/pdf/bas11005.pdfhttp://www.fgbueno.es/bas/pdf/bas11005.pdf

IMPRESCINDIBLE España: un análisis desde el Materialismo Filosófico. Exposición de Gustavo Bueno. Obligado estudio para Hispanistas, Hispanoamericanistas, Historiadores, Filósofos, Literatos y Politólogos, y de paso para Economistas.

Lecturas de obras de Gustavo Bueno recomendadas, como complemento , necesario, para comprender y estudiar con más calado, la conferencia sobre España , en el vídeo :

ESPAÑA FRENTE A EUROPA http://www.fgbueno.es/gbm/gb1999es.htm

PRIMER ENSAYO SOBRE LAS CATEGORIAS DE LAS CIENCIAS POLITICAS http://www.fgbueno.es/gbm/gb91ccp.htm

Escudo actual de España

NOTA de INTROFILOSOFIA: Este vídeo del fundador del Materialismo Filosófico, el filósofo español Gustavo Bueno, resulta realmente IMPRESCINDIBLE por varias razones que se pueden comprobar sin dificultad al escuchar atenta y críticamente las tesis en él expuestas.

HISPANOAMERICA

Su importancia para el análisis y la crítica de España, como problema complejo, y por sus conexiones con Europa y las concepciones históricas y filosóficas que el estudio de España como Imperio Católico, de alcance universal, etc.es una importancia que en absoluto resulta exagerada.

El Emperador Constantino se alía con la Iglesia Católica
España como Imperio se gesta en la lucha de los reinos cristianos contra los musulmanes
Símbolos del Islam
La Cruz de Lutero

Otros de los más peligrosos y recalcitrantes enemigos de España como Imperio generador, y por tanto de Hispanoamérica, son: 1) tanto la Leyenda Negra alimentada por los enemigos de España y de su Imperio ( los holandeses, ingleses, franceses, luego la variante estadounidense en cierta manera ), como 2- las distintas manifestaciones que se han generado desde el llamado indigenismo ( Filosofía de la Liberación , Teología de la Liberación, etc.)

Indigenismo e hispanofobia como elementos esenciales de las ideologías metafísicas del presente

A nuestro juicio se trata de una de las más valiosas e importantes conferencias pronunciadas a lo largo de la vida del profesor de la Universidad de Oviedo, Don Gustavo Bueno. Importancia que deducimos de la serie de implicaciones sociales, políticas, económicas, tanto para España como para los Estados de Hispanoamérica, en el presente y como parte de los planes y proyectos de Hispanoamérica y España ante el futuro que ya opera desde estos primeros años del siglo XXI.

GUSTAVO BUENO MARTINEZ , FILOSOFO ESPAÑOL ,

DEL ARTICULO ESPAÑA:

Introducción

“Me parece que muy pocos podrán negar que en un día como hoy, en el que coincide el aniversario, tan importante para la Historia de España, de la proclamación de la Segunda República Española con la presencia en Oviedo de un concurso tan distinguido de miembros de la Asociación de Hispanismo Filosófico (no necesariamente republicanos) y con los actos de «presentación pública» de nuestra Fundación (instituida precisamente desde la perspectiva de una filosofía en español), es una ocasión incomparable, y aún podría añadirse, inexcusable, para reflexionar «de frente» sobre España.” ( Cita de Gustavo Bueno )


En el enlace siguiente podemos entrar a la lectura del artículo de Gustavo Bueno, publicado en la revista El Basilisco titulado precisamente ESPAÑA.

http://www.fgbueno.es/gbm/gb1998es.htm

La Marseillaise – Le Canard républicain

RUBRIQUE
— Leer en www.xn--lecanardrpublicain-jwb.net/spip.php

Buonarroti : « On n’est pas soldats du gouvernement, mais du peuple » – Le Canard républicain

« Soldats, le moment approche de sauver ou de perdre à jamais la patrie. Ce peuple, fatigué sous le poids de ses maux, indigné contre l’oppression, (…)
— Leer en www.xn--lecanardrpublicain-jwb.net/spip.php

Poema a un intelectual mexicano, Enrique Krauze, amigo del Nobel Octavio Paz, y no tan amigo del historiador y periodista argentino Gregorio Selser

Perseguido, Mandela; perseguido, Trotsky; perseguido, Assange. Éste es un simple lavador de fraudes electorales que se quedó sin contratos. pic.twitter.com/0tVwc8fss9— Pedro Miguel (@Navegaciones) March 17, 2019

PINCHAR EN EL ENLACE PARA VER EL POEMA , contra Krauze. Podíamos titular esta entrada como: El soneto a un mentiroso


SONETO A UN PALAFRENERO
Octavio PAZ, premio Nobel de Literatura

La importancia de las palabras, por su implantación en las relaciones sociales y políticas , queda aquí de manifiesto, cuando comprobamos cómo a partir de una sola palabra, PALAFRENERO, se desarrolla toda una polémica entre intelectuales, periodistas, y los lectores de prensa , dentro de la dialéctica de clases, de Estados y de grupos internacionales de poder.

Artículo del periodista Eduardo R Huchim, titulado El debate que no pudo ser. Donde se exponen detalladamente los hechos que dieron lugar a un duro enfrentamiento entre Enrique Krauze y Gregorio Selser, en el que intervino el Nobel mexicano Octavio Paz, y otros influyentes y conocidos escritores mexicanos.

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/3907/pdfs/35-43.pdfhttp://www.revistadelauniversidad.unam.mx/3907/pdfs/35-43.pdf

Uno de los libros de Gregorio SELSER

Agregamos a continuación el texto completo del artículo mencionado de Eduardo R Huchim publicado en 2007 por Revista de la Universidad de México :

Paz, Krauze, Selser… 

El debate que 

no pudo ser 

AUTOR Eduardo R. Huchim 

FUENTEhttp://www.revistadelauniversidad.unam.mx/3907/pdfs/35-43.pdf

(Publicación del año 2007)

Eduardo R. Huchim hace aquí una minuciosa y valiosa recons- trucción de aquella reveladora polémica entre Enrique Krauze, Gregorio Selser y Octavio Paz en 1991. Rescate periodístico que, entre otras cosas, nos permite comprender cómo, a menudo, una pequeña errata provoca el desbordamiento de la pasión por encima de las ideas. 

El lunes 21 de enero de 1991, como a las 7:30 de la mañana, desperté sobresaltado, tras de haber dormido tres o cuatro horas. 

—No revisé la prueba “dura” —me dije y me agre- gué—: Si no la revisaste, a esta hora no hay nada que hacer. Ya el periódico está circulando. 

Y me volví a dormir. Pero en alguna parte estaba es- crito que aquella no sería una mañana tranquila. Apro- ximadamente a las once, mi esposa me despertó y me entregó la bocina del teléfono. 

—Te llaman del periódico —me dijo, y entonces supe que mi temor de las 7:30 tenía fundamento. 

—Señor Huchim… —me dijo una voz un tanto malhumorada. 

—¡Don Carlos, no me diga que se publicó lo de “palafrenero mayor”!1 

1 El Diccionario de la Real Academia Española define así esta pala- bra: Palafrenero. (De palafrén).m. Criado que lleva del freno el caballo. 2. Mo zode caballos. 3. Criado que monta el palafrén. En las caballerizas reales, picador, jefe de la regalada, que tenía de la cabezada el caballo cuando montaba el rey. 

—Sí le digo, y no sabe la que se ha armado. Ya nos hablaron Octavio Paz, Enrique Krauze y también algu- nos escritores de casa. 

—Hace unas horas desperté sobresaltado. Mi sub- consciente ha de haberme avisado que no revisé esa parte de la primera plana en papel, antes de mandarla al taller. Sin embargo, al menos dos personas revisamos el original electrónico y la corrección estaba hecha, igual que en la página del pase, en Mundo. 

—Pues no, se publicó lo de “palafrenero”, y la bronca ya se armó, y bueno hay que afrontarla. 

—Pues no sé si decirle que lo lamento, puede darse un debate interesante. 

—Si, así es. Ya veremos —se despidió Carlos Payán Velver, director general deLa Jornada, diario de la Ciu- dad de México del que yo era coordinador de edición. 

Gregorio Selser, nacido en Argentina el 2 de julio de 1922, era para entonces un reconocido periodista, historiador, conferenciante y profesor universitario. Autor de cuarenta y siete libros, ha sido descrito por Roberto Bardini como: 

REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO 

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Un voraz autodidacta que creció en un orfanato para niños judíos en el que su única posesión fue un diccio- nario, trabajó como aprendiz de relojero y oficinista en una fábrica de cajas de cartón, realizó estudios secunda- rios en colegios nocturnos e ingresó a la Universidad en 1956, a los treinta y cuatro años. Para entonces, Selser estaba casado, habían nacido dos de sus tres hijas y co- menzaba a trabajar como reportero del diario La Prensa, de Buenos Aires, así que sólo pudo cursar menos del primer año de Sociología. 

Selser —añade Ba rdini— se transformó en uno de los escritores más prolíficos de su tiempo, sin equivalentes en América. Durante décadas dedicó —con la ayuda de su esposa Marta Ventura— casi dieciséis horas diarias a la recolección de la más variada información histórico- política y a la redacción de artículos que publicaba en diarios, revistas y agencias de noticias, además de la pre- paración de numerosos libros, clases universitarias y con- ferencias en México, América Central, los Estados Uni- dos y Europa. 

EL RESPETO A LOS ARTICULISTAS 

La historia había comenzado la noche del domingo anterior, 20 de enero de 1991, con un artículo de Gre- gorio Selser, destinado a publicarse en la primera pági- na de La Jornada del lunes 21. 

Cuando leí el artículo, me percaté de que tres o cua- tro veces el autor calificaba a Enrique Krauze como “palafrenero de Octavio Paz”. El artículo, como la gene- ralidad de los escritos por Selser, era interesante, bien informado y estaba redactado con buena prosa, a la que la innecesaria calificación a Krauze restaba seriedad y pulcritud. 

EnLa Jornada se respetaba escrupulosamente lo que los articulistas querían decir, incluso los títulos que le colocaban a sus textos. Contra las prácticas de muchos periódicos que atribuían a “la redacción” el derecho a definir los títulos, en ese diario se consideraba que éstos formaban parte indisoluble de los textos y, en conse- cuencia, debían ser respetados. Sin embargo, por excep- ción, se hacía alguna modificación de estilo al texto o se cambiaba el título para mejorarlo a criterio del editor. “Consúltele” o “Avísele” al autor era la instrucción que en esos casos emergía habitualmente de Carlos Payán. Casi todos los colaboradores de ese periódico aceptaban debuengradoyagradecíantalesmodificacionesexcep- cionales, pero si el resultado de la consulta era la nega- tiva y él o ella insistían, entonces el texto se publicaba tal cual. 

Convencido de que la calificación ofensiva empo- brecía el artículo y hacía descender el nivel del debate sobre la Guerra del Golfo Pérsico, busqué a Gregorio 

Selser por medio de Socorro Valadez Morales, la efi- ciente secretaria de Payán, a quien particularmente yo agradecía su presencia los domingos por la noche, por- que me ayudaba a resolver muchos de esos pequeños- enormes problemas que cotidianamente se presentan en las redacciones de los periódicos. Aunque no tenía la obligación de estar también los domingos, Socorro iba a trabajar y a hacerse cargo —además de los apoyos al editor— de su sección (que coordina hasta la fecha),Elcorreoilustrado,lacualafrontasuspropiosproblemas d e r i vados, principalmente, de que siempre hay muchas más cartas de las que admite el espacio de la página dos de La Jornada, plana que las cartas enviadas por los lec- tores comparten con el editorial de la casa. 

Los domingos —que en toda mi carrera periodística han sido laborables para mí— eran días singulares por- que yo me quedaba a cargo del diario —igual que los lunes—, aunque el director frecuentemente se comu- nicaba por teléfono. 

—Sin embargo —decía don Carlos—, el responsa- ble de la edición es usted. Si La Jornada comete un error, aunque yo se lo haya propuesto, la responsabili- dad será suya y no mía, porque usted es quien está, no yo. Así que no deje resbalar a su director. 

Y la prevención se cumplía a cabalidad, aun cuando generalmente coincidíamos, pues a veces Payán y yo di- feríamos y no siempre pre valecía la opinión del director. 

—Si cree que eso es lo correcto, órale. Adelante —decía don Carlos.

AUTOR NO LOCALIZABLE 

Y bueno, aquel domingo Socorro no encontró a Gre- gorio Selser, de modo que, como ocurría raras veces, le pedí que buscáramos a don Carlos para consultarle. Tele- fónicamente le expliqué el contenido del artículo y la dureza de algunas adjetivaciones, la peor de las cuales era la calificación de “palafre n e ro” que le asestaba a Krauze. Payán estuvo de acuerdo en que tal calificación abara- taba el texto y enterado de que el autor no estaba loca- lizable, lo pensó unos segundos y me dijo: 

—Quítele esa palabra todas las veces que aparezca, siempre que no le cambie el sentido a la opinión de Selser. —No tiene problema, don Carlos, la palabreja no le 

quita nada al texto, excepto la ofensa. —Bien, quítela y yo mañana hablo con Gregorio. 

Estoy seguro de que lo entenderá e incluso lo agradecerá. Procedí a la minisupresión en el primer párrafo del a rtículo y en las dos o tres veces más que aparecía la pala- bra “palafrenero”. El artículo tenía entrada en la pri- mera plana, con pase a la sección internacional. De la p o rtada se encargaba aquel domingo el periodista Héctor Zamarrón, quien luego habría de ser editor de la sec- 

36| REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO 

ción Ciudad del periódico Reforma y actualmente es el subdirector editorial del diario El Centro

Con Héctor hicimos la supresión de la primera pági- na en la computadora del sistema Crosfield y luego ha- blé con el editor de internacionales para hacer lo mismo en la página correspondiente. Horas después, revisé en la computadora —en la primera plana y en la dieciséis— que estas correcciones hubieran sido hechas, como efec- tivamente lo habían sido. Hice otra comprobación en la “p rueba dura” o de papel de la página dieciséis, corre s- pondiente a la sección internacional. La verificación era conveniente porque a veces, a pesar de hacer todo lo necesario, el disco duro no registraba los cambios. Esto fue lo que ocurrió en la primera página. A pesar de que en la pantalla la corrección estaba hecha, la computa- dora no la guardó aun cuando en presencia mía se le dio la instrucción correspondiente. 

Cuando me fue llevada la prueba en papel de la pri- mera página, revisé la cabeza principal, los créditos, el pie de foto, las cabezas de los artículos y otros detalles, p e rono verifiqué que la palabreja hubiera desapare c i d o del texto de Selser. De ahí mi sobresaltado despertar de horas después. Es posible que haya dejado de verificar la supresión porque mi atención se concentró en revi- sar la cabeza, bajadas y sumarios relativos a la llamada Guerra del Golfo Pérsico, cuya información —coordi- nada por Guillermina Álvarez y Marcela Aldama— fue muy elogiada por su amplitud, precisión y objetividad (la opinión era otra cosa). En aquellos días, el periódico tuvo tirajes extraordinarios (en torno a los cien mil ejem- plares), de los mayores en toda su historia, los que repe- tiría tres años después, con la rebelión del Ejército Za p a- tista de Liberación Nacional en Chiapas. 

Es curioso cómo funciona el subconsciente, porque éste sí registró la omisión y me la recordó horas después, cuando ya no había nada qué hacer. 

“EL PALAFRENERO MAYOR”: SELSER 

La cabeza principal del lunes 21 de enero de 1991 in- formaba que “Irak ataca otra vez a Saudiarabia”, comple- 

mentada con un “balazo” de que misiles iraquíes habían sido interceptados por cohetes de los Estados Unidos. Junto a ese título y a una fotografía del acorazado Wis consin disparando un misilTomahawk,estaba el artículo de Gregorio Selser, titulado “De falsificadores e hipó- critas” y cuyo largo primer párrafo decía: 

De haber dispuesto este cronista de la abundancia de espacio de que disfruta en el mensuario Vuelta el palafre- nero mayor de Octavio Paz, y de haber podido contar con el permiso para reproducir la abundante información que en la prensa europea volcaron los periodistas Pierre Salinger y Eric Laurente —entre otros— a propósito de parte de la administración de Bush, para provocar e inducir a Saddam Hussein a la invasión y ocupación de Kuwait, es probable que Enrique Krauze se hubiera medido antes de incurrir en las falsificaciones históricas y en las impu- taciones injuriosas que nos ha flagelado en La Jornada a quienes no compartimos la nueva muestra de barbarie internacional a que se han lanzado los Estados Unidos y sus países cortesanos, con la increíble e imperdonable bendición de la Organización de las Naciones Unidas, en su guerra petrolero —estratégica contra Irak. 

Selser se refería a un texto que Enrique Krauze había publicado un día antes, el domingo 20 de enero, tam- bién en la primera página de La Jornada, con el título “El transgresor y sus apóstoles”, dedicado a Aarón y Shabty Sulkes, donde el historiador consideraba inevi- table la guerra después de las acciones de Saddam Hussein y criticaba a “buena parte de la prensa que leen los uni- versitarios de México”, de la cual decía que “frente a los cambios copernicanos de fin de siglo, (…) ha renunciado a pensar: le basta condenar u homenajear, le basta decre- tar quiénes son de antemano los buenos y los malos”. 

Krauze también opinó: 

El velo ideológico distorsiona la línea editorial de varios periódicos que sólo ven en el conflicto la perenne respon- sabilidad de los Estados Unidos. Hemos llegado a tal extre- mo de hipocresía, simplificación y maniqueísmo, que nos cuesta trabajo disociar, matizar, distinguir fenómenos cuya 

A pesar de que en la pantalla la corrección estaba hecha, la computadora no la guardó aun cuando en presencia mía se le dio la instrucción correspondiente. 

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REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO | 37

PAZ, KRAUZE, SELSER… 

Señor director y amigo: En La Jornada de ayer el señor Gregorio Samsa Selser llamó a Enrique Krauze “mi palafrenero mayor”. No, yo no tengo palafreneros porque no tengo establo pero, si lo llegara a tener, Gregorio Selser ocuparía 

su pequeño lugar en el pesebre de los burros. 

especificidad es obvia para cualquier observador de buena fe. Mirar con los ojos abiertos los crímenes de Hussein y condenarlos, no implica ninguna adhesión incondicio- nal ni permanente a los gringos, ni supone cerrar los ojos a las innumerables instancias históricas —Panamá es la más reciente— en las que los Estados Unidos ha burlado la legalidad internacional que ahora defiende. Pe rorecor- dar esos casos no debería bloquear la consideración espe- cífica de los momentos en que la acción norteamericana ha contribuido a la paz global y a la libertad. Las dos guerras mundiales y la actual en el Pérsico pertenecen a ese género. 

Krauze criticó con dureza las contradicciones de la izquierda, cuyos militantes, que “siempre caen parados”, no parten de la realidad ni les interesan las ideas, “par- ten de la doctrina y cuentan con el decidido y seguro aplauso de sus sectas (al cliente lo que pida)”. Añade que “están enfermos de ideología, pero su enfermedad es una máscara de un malestar moral más profundo e inconfesable: el resentimiento. A continuación, Krauze escribió el fragmento que probablemente provocó la ira de Selser: 

La animosidad contra Israel, cada vez más presente en nuestros diarios citadinos, es otra prueba del adocenamien- to intelectual que nos envenena y aletarga… La doble moral se ha vuelto característica de nuestra prensa en éste y otros temas. En el caso particular de la guerra del Pérsico, ningún diario de consumo universitario consi- deró siquiera elogiar el inusitado autocontrol israelí tras el ataque de Irak. Israel encabeza la lista de los malos y eso basta… Para colmo, en la actitud contra Israel se per- cibe un tema de fondo que muchos creíamos liquidado tras el Holocausto: me refiero al antisemitismo, prejuicio ajeno a un pueblo como el mexicano, formado en nociones profundas de igualdad natural, respetuoso de la diversi- 

dad, tolerante al extremo de haberse constituido siempre en puerto de abrigo para el perseguido de otras tierras. 

Es claro que al hablar de “la prensa que leen los uni- versitarios”, Krauze se refería fundamentalmente a La Jornada, cuya circulación era la más importante en ese ámbito y cuya línea editorial era abiertamente antiesta- dounidense, de modo que resultaba natural que Gregorio Selser, quien por esos días escribía más de una vez por semana sobre el tema, se sintiera aludido. La respuesta inmediata de Selser, cuyo inicio ya fue transcrito, decía en lo relativo al antisemitismo: 

Krauze expone exabruptos viscerales pero no argumen- tos documentales que no dudo que están a su disposición y que pudo tener en cuenta con un mínimo de buena fe. Ha optado por imputar “hipocresía, simplificación y mani- queísmo” a los numerosos editoriales deLa Jornada —periódico que le ha concedido un espacio queVuelta no otorga a sus leprosados— y tras conceder una tibia ecua- nimidad de cinco líneas en el espacio de una plana com- pleta para reconocer que con su salvajada en Panamá “los Estados Unidos ha burlado la legalidad internacional que ahora defiende”, nos propina la hijodeputez mayor de imputarnos motivaciones antisemitas. 

Con esta clase de sucias descalificaciones todo debate se torna fútil, a partir del elemental irrespeto hacia la opi- nión disidente contra la que manipula el imperio mayor del orbe. En lo personal puedo alegarle que en mis cuaren- ta años de periodista he escrito bastante más contra los nazis, contra el fascismo y contra el antisemitismo, que todo lo que haya producido Krauze a favor del liberalismo, la libert a d, la propiedad privada, la libre empresa y otras bienaventuranzas del imperialismo, el neocolonialismo y el hegemonismo expansionista de los Estados Unidos, del cual es servidor. Pero respeto demasiado a mis colegas de 

38| REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO 

La Jo rnada y de El NacionalExcélsior, El Día, unomásuno y Proceso, entre otros, para suponerles movidos por “el socia- lismo de los imbéciles”, como calificó Ma rx al antisemitis- mo, en sus análisis sobre el conflicto del Golfo Pérsico. 

Es tan falsa de toda falsedad su descalificación de “anti- semita” contra quienes no compartimos los crímenes de la medieval y feroz teocracia de Tel Aviv, como su olím- pica afirmación de que “Gorbachov no dudó en respon- sabilizar a Hussein de la guerra”. Como lo es por su incom- probabilidad su hipotética elucubración de que “después de Kuwait habría caído quizás Arabia Saudita y, tras ellas, uno a uno, los estados árabes que se hubiesen resistido a su hegemonía. El botín de petróleo y la destrucción de Israel se darían entonces, por añadidura (…) Hussein hu- biese estrenado un nuevo juguete: el botoncito rojo apun- tando a las ‘satánicas’ capitales de Occidente”. O sea la “teoría del dominó” dullesiana que sirvió de argumento para la genocida guerra de los Estados Unidos contra Vietnam, Laos y Camboya, reactualizada. 

Hasta para sostener esta conseja demuestra Krauze que es un pésimo lector de la historia reciente. Le des- mienten desde hace décadas pacifistas —humanistas israe- líes como Amós Oz, dirigente del Movimiento de Paz Ahora, y su conmovedora crónica publicada en The New Yo rk Times a continuación de la matanza de Rishon Letzion, cuando un oficial israelí puso en fila a dieciocho palestinos desarmados, a principios de 1990, y los asesinó utilizando el mismo método que Al Capone utilizó en Chicago cuando la masacre de San Valentín. Lo desmintió en el mismo periódico neoyo rquino el actor judío Woody Allen, cuando se preguntó acongojado cómo era posible que las piedras de los niños de la intifada fuesen retalia- das con ráfagas de ametralladoras. 

GREGORIO SAMSA SELSER: PAZ 

La reacción fue inmediata. Octavio Paz mandó una breve y contundente carta que se publicó el martes 22 en primera plana, en el mismo sitio que el artículo de Selser. Decía: 

Señor director y amigo: En La Jornada de ayer el señor Gregorio Samsa Selser llamó a Enrique Krauze “mi pala- frenero mayor”. No, yo no tengo palafreneros porque no tengo establo pero, si lo llegara a tener, Gregorio Selser o c uparía su pequeño lugar en el pesebre de los burros. 

Un párrafo y dos insultos aderezados con la caracte- rización de pequeñez. Uno implícito y literario (insecto, por la obvia alusión al personaje de Kafka) y otro explí- cito y asnal (burro). 

En la misma primera página, flanqueado por sen- dos textos de Pablo Gómez y Eduardo Galeano, Selser 

escribía de nuevo sobre la Guerra del Golfo Pérsico bajo el título “Cuando Hussein era un cumplido caballero árabe”, aludiendo a la venta de armas que un grupo de países había hecho a Irak en la década de los ochenta. Citando a The Independent de Londres, el periodista argentino comentaba que “el gobierno socialista de Fr a n- cia se había negado a proveer información sobre un sis- tema vendido a Irak, destinado a proteger a los aviones cazas contra los misiles estadounidenses”, lo cual resul- taba contradictorio por el alineamiento de Francia con los Estados Unidos, aunque probablemente se explica- ba por el deseo de mantener su imagen de “vendedora confiable”. 

El mismo día, en El correo ilustrado, se publicó la si- guiente carta de Carlos Monsiváis: 

SOBRE KRAUZE Y SELSER 

Señor director: Al responderle a Enrique Krauze por lo que considera sus hipocresías y falsificaciones, Gregorio Selser (La Jornada, 21 de enero) recurre a la descalifica- ción perentoria: “El palafrenero mayor de Octavio Paz” lo llama, y luego afirma: “(Krauze) propina la hijade- p utez mayor de imputarnos motivaciones antisemitas”. Lamento tales exclamaciones en un artículo en donde, por lo demás, se manejan información y razones. Precisa- mente en este momento, en medio de la gigantesca cam- paña de los massmedia que acompaña (y festeja) a la mons- truosidad belicista, es preciso redoblar esfuerzos para liberar el debate de los ataques ad hominem. Ya desde hace tiempo lo sabemos: recurrir al insulto, reducir al adversario a los límites de una frase feliz o desdichada, es permitir que se adueñe del escenario la prepotencia, aunque la intención sea muy diferente. 

Por otra parte, nunca está de más abordar el tema-pro- blema del antisemitismo. Creo que así surjan reacciones de antisemitas en nuestro medio, el antisemitismo en modo alguno forma parte de la vida social y política de México salvo en el caso de la ultraderecha, de los treinta al día de hoy. La devastadora experiencia del nazismo, el desarrollo de la tolerancia y la internacionalización cultural nos han librado, como sociedad, de ese oprobio. Aquí, el racismo que nos aflige es el practicado contra los grupos indígenas.

También, ni tiene sentido tachar de “antisemitas” a todas las críticas al comportamiento del gobierno israelí en los territorios ocupados (que ha merecido justas con- denas en todas partes), ni son admisibles las generaliza- ciones que sólo confunden. Por eso no entiendo esta frase de un escritor del prestigio y la trayectoria de Eduardo Galeano (La Jornada, 15 de enero): “¿Para que Israel pueda seguir haciendo a los palestinos lo que Hitler hizo a los judíos?”. 

REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO | 39

PAZ, KRAUZE, SELSER… 

A las opiniones de Monsiváis se sumó al día siguiente, miércoles 23 de enero de 1991, Miguel Ángel Grana- dos Chapa, con estas palabras aparecidas también en El correo ilustrado

SUSCRIBE GRANADOS CHAPA LAS OPINIONES DE CARLOS MONSIVÁIS 

Señor director: Casi siempre suscribo, mentalmente, lo que escribe Carlos Monsiváis. Ahora quiero sin embargo hacer explícita mi coincidencia plena con sus opiniones sobre los artículos de Enrique Krauze y Gregorio Selser, manifestados en la carta que ayer apareció en esta sección. 

También Homero Aridjis censuró la violencia verbal en los siguientes términos: 

SOBRE GUERREROS SANTOS Y PAX AMERICANA 

Señor director: Como hombre y como escritor, protesto ante expresiones y posiciones antisemitas de algunos de sus colaboradores, quienes aprovechándose de la Guerra en el Golfo Pérsico, emiten opiniones como verdaderos Sturm Abtelung (tropas de asalto) de la palabra. 

Lo que dice Eduardo Galeano sobre Israel, que está haciendo con los palestinos lo que Hitler con los judíos, me parece infame y exagerado. La violencia verbal utilizada por Gregorio Selser en su respuesta a Enrique Krauze cuan- do enumera los crímenes cometidos por el Estado judío contra los guerreros santos, es impropia y tendenciosa. 

Creo que en un conflicto como el que está ocurriendo en el Golfo Pérsico, con tantos odios desatados, y tantos daños que están sufriendo la humanidad y el medio ambien- te, la mejor posición es la que ha asumido un diario tan respetable como el suyo, que ha dado una información imparcial y mesurada, sobre todo en esta otra guerra de los medios y de las opiniones. 

Recordemos que el respeto a los individuos y a las naciones es la mejor manera de preservar la paz social y global. Porque la guerra no es santa, aunque lo digan los p rofetas de la violencia y sus cre yentes, ni lapax americana, aunque la ejerzan con las armas sus propugnadores. 

El mismo día se publicó esta breve carta de Carlos L. Wagner E., subdirector del semanario GUÍA: 

SE AGOTAN LOS ARGUMENTOS, OPINA 

Señor director: Desde el pasado domingo sigo con inte- rés el debate que en torno al conflicto del Golfo Pérsico 

sostienen Enrique Krauze, Gregorio Selser y Octavio Paz. Al respecto, sólo dos líneas: 

Cuando los argumentos se agotan, los epítetos y ofen- sas brotan. 

EN DEFENSA DE SELSER 

En el marco de una opinión pública polarizada sobre la Guerra del Pérsico, era natural que Gregorio Selser tam- bién recibiera manifestaciones de solidaridad. El pro- pio miércoles 23 de enero de 1991, se publicaron dos cartas de respaldo al escritor argentino. Sus textos fue- ron los siguientes: 

REIVINDICA BARDINI LA TRAYECTORIA DE GREGORIO SELSER 

Estimado Carlos: Se degrada Octavio Paz al insultar a Gregorio Selser. 

Conocí a Selser hace veinte años, cuando fui su alumno en la Facultad de Periodismo (lo conocía como lector, y lo admiraba, desde mucho antes). Creo que varias genera- ciones de estudiantes aprendimos de él, en sus clases y fuera de ellas, nociones de ética profesional y objetividad. Y sobre todo, nos enseñó a interesarnos tempranamente por América Latina en una época hermética en que Argen- tina se parecía mucho a Sudáfrica y no al país en vías de extinción que es hoy. 

Después di clases en esa misma facultad y acostum- braba a bromear con mis alumnos, casualmente, acerca de que si existiera el Premio Nobel de Periodismo, Selser era uno de los más sólidos candidatos. El chiste circuló en algunas salas de redacción, con un añadido: si se unieran todas las cuartillas que él ha escrito, se podría envolver al mundo. 

Gregorio es una de las personas más inteligentes y cultas que he conocido, y uno de los mejores periodistas latinoamericanos. Su honestidad y valentía rayan muchas veces en la temeridad. 

Gracias por el espacio, Carlos, y un saludo cordial. 

Roberto Bardini. 

EXPRESAN SU “DESAGRADO” POR LOS “INSULTOS” DE OC TAVIO PAZ A SELSER 

Señor director: Somos lectores asiduos de “la prensa que leen los universitarios de México” y queremos manifes- tar nuestro completo desagrado con la actitud adoptada por el laureado Nobel de Literatura, Octavio Paz, para asumir la defensa imposible del artículo del señor Krauze frente al trabajo de Gregorio Selser. Creemos que el señor 

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REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO | 41

PAZ, KRAUZE, SELSER… 

Paz no debe disfrutar de impunidad para pretender dis- minuir, mediante insultos y ardides literarios, la valía de quien con pruebas y razones ha contribuido a desentra- ñarnos el complejo panorama internacional del que somos espectadores. 

María Novoa Po rtela, Alejandro de la Paz Toledo, Arturo Román Figueroa, Bernardor Dewers, Jorge Eduardo Carballo Arévalo, Juan Pedro Paniagua Escandón, Sergio Hernández, Antonio Zarur Osorio, Fernando Shultz, María de Lourdes Melgarejo A., profesores de la Universidad Autónoma Metro – politana (Azcapotzalco). 

NOSTRADAMUS Y EL AYATOLAH 

El mismo miércoles 23 de enero de 1991, junto a su cabeza principal que voceaba “Tel Aviv, atacada de nuevo por Irak”, La Jornada publicó en su primera pá- gina dos artículos: la respuesta de Enrique Krauze a Gregorio Selser y un texto solidario de Miguel Bonasso con el periodista argentino. 

Bajo el título “El ayatolah Selser”, Krauze comenzó escribiendo: 

Líbreme Dios de haber pretendido “flagelar” a quienes comparten el monoteísmo temático de Gregorio Selser. Aunque yo sí sentí el duro “flagelo” de sus anatemas (rabioso, doloso, palafrenero, servidor del imperialismo- neocolonialismo —hegemonismo— expansionismo y hasta proferidor de hijodeputeces), encontré consuelo en las simplezas de su propio artículo. Primero, su curiosa obsesión por el espacio, el lebensraum editorial: él que publica siete días a la semana en La Jornada y otros tantos en El Día, se queja del “poco espacio de que dispone”. En cambio, me reprocha el haber concedido sólo “cinco líneas en el espacio de una plana completa” a la invasión yanqui a Panamá. Por lo visto, Selser tiene una noción topográ- fica de las ideas: mide el pensamiento en líneas ágata. Como 

mi artículo sobre la Guerra del Pérsico era sobre la Guerra del Pérsico y no sobre Panamá, remito a Selser al número 159 de Vuelta, donde critiqué la invasión, en un texto de ciento cincuenta y seis líneas ágata. 

En el tercero de los cuatro párrafos de su texto, Krauze añadió: 

Es evidente que desde el siglo XIX los estadounidenses han desplegado una conducta imperialista que con frecuencia traiciona y contradice los ideales que los fundaron como nación. Es claro que el racismo y el ignorante desprecio a lo que está más allá de la “Fortress America” son rasgos profundos y detestables en esa cultura. Pero todo mi punto es que esta conducta ha tenido excepciones deci- sivas —como las dos guerras mundiales— y que negarse a verlas nubla la comprensión cabal de la historia moderna. El ayatolah Selser no las ve porque El ayatolah Selser no ve: El ayatolah Selser cree. Su monótona obsesión es alzar el dedo flamígero contra el Satán yanqui y los “jefes medievales y teocráticos de Tel Aviv”. ¿Qué es, entonces, Sadam Hussein? ¿Un jefe moderno y democrático? 

Por su parte, con el título “Nostradamus Krauze”, Bonasso escribió: 

Coincido con todos y cada uno de los conceptos ver- tidos por Gregorio Selser en su fulminante respuesta a Enrique Krauze, que La Jornada publicó en su edición de ayer. 

No voy a abundar, entonces, en una línea de argu- mentación que Selser ha sostenido con elocuencia y eru- dición. Es bien sabido que el Estado terrorista de Israel descalifica a todos sus críticos con el viejo mote de “anti- semitas”, omitiendo con mala fe que muchos de esos crí- ticos son analistas y observadores de origen judío. Me interesa más, como latinoamericano y como periodista, d e t enerme en otros aspectos del artículo de Krauze, pu- 

El artículo, como la generalidad de los escritos por Selser, era interesante, bien informado y estaba redactado con buena prosa, a la que la innecesaria calificación a Krauze restaba seriedad y pulcritud. 

42| REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO 

blicado también por La Jornada hace dos días, en los que este historiador insiste en distorsionar la verdad histórica para descalificar a sus oponentes… 

Conforme a mis pesquisas hemerográficas, el debate se cerró el jueves 24 de enero de 1991, con dos cartas de respaldo al periodista argentino y de rechazo a Octavio Paz y Enrique Krauze: “Los pueblos oprimidos necesi- tan de Selser”, de José Gabriel Alcocer Muñoz, y “La- mentable que los articulistas se cuelguen epítetos”, de Omar Sánchez Narváez. 

EN LA HORA DE LA MUERTE 

Esta historia no termina con la re c o n s t rucción resumida del debate sobre la Guerra del Golfo Pérsico, por más que éste contribuyó a arrojar luz —una luz múltiple, poliédrica— sobre lo que acontecía en aquellos lejanos sitios del orbe y que, no obstante, estaba tan cerca como la pantalla de televisión. La historia se prolonga unos meses más de aquel 1991, porque el recuerdo de tal episodio de esgrima intelectual que sin duda hizo mati- zar las percepciones en ambos bandos, acompañó lite- ralmente hasta la muerte a Gregorio Selser. 

El martes 27 de agosto de 1991, desde su residencia, Gregorio Selser “ejerció, a los sesenta y nueve años de edad, su derecho a morir” —como escribió La Jornada en el pie que acompañó a la foto publicada en el mismo sitio que siete meses atrás ocupó su artículo “De falsifi- cadores e hipócritas”—, aviso que anunció la muerte de quien “vivió con dignidad y valentía, y con los mis- mos atributos afrontó la muerte (…) como un hombre sin sombra de debilidad, se hizo cargo de su destino” (editorial de primera página “La humildad del sabio”, 28 de agosto de 1991). 

Un día antes de su muerte, el 26 de agosto, Selser escribió a mano una carta conmovedora, dirigida a Carlos Payán. He aquí su transcripción: 

Qu i e rosin embargo dejar constancia por escrito de mi gratitud a México, que me brindó sin condiciones techo, trabajo y tribuna (las tres T de que hablaba Genaro Car- nero Checa). Los casi quince años que viví aquí fueron quizá los más felices y productivos como periodista y profesor universitario. A cambio, siempre fui respetuoso de las leyes de México, a cuyo pueblo amé y al que deseé servir con mis trabajos. Me voy con la conciencia cabal de haber cumplido con el país y con su pueblo. 

Reciba usted, don Carlos, las expresiones más hon- das de amistad, atentamente, 

Gregorio Selser. 

Por su parte, enterado de la muerte de su antagonista y de la evocación a los insultos que le endilgó, Enrique Krauze escribió el 29 de agosto, en El correo ilustrado una carta que decía: 

Querido Carlos: Lamento mucho la muerte de Gregorio Selser. No lo conocí ni sabía que estaba enfermo. Me con- mueve su mención a la polémica. Selser perteneció al viejo y noble árbol de socialismo judío exiliado en América. En México debió vivir el exilio en exilio. ¿Cómo decirle ahora que no había razón para sus disculpas y su pesa- dumbre? 

***

Unas breves palabras finales sobre el debate que pudo no ser. 

Han pasado dieciséis años desde aquel 1991. El ata- que de los Estados Unidos a Irak se ha repetido, si bien de una forma más cruenta para ambos bandos. En este 2007 no sé si, de no haber mediado la falla informática que dejó la calificación de “palafrenero mayor de Octa- vio Paz” adjudicada a Enrique Krauze, no sé —digo— si la omisión de tal frase hubiera evitado el debate que se dio, porque de todos modos el cuestionamiento de Selser a Krauze era muy fuerte. 

Sí sé, en cambio, que el debate fue enriquecedor, pese a los excesos y furias ya descritos, y que esta historia acaso pueda ser aleccionadora para que la sociedad mexicana —en particular los actores políticos y socia- les, editores, conductores de medios electrónicos… — practiquen genuinamente la tolerancia y, rechazando la exclusión, busquen sin tregua la ocasión de escuchar y dar foro a quienes piensan distinto. 

También podría ser motivo, esta historia, para re f l e- xionar en que, fuere quien fuere el que lo profiera, el insulto debe ser evitado. No se trata de restar énfasis y pasión al debate, pero sí de evitar desbordamientos que empobrecen la discusión y pueden ser tan nocivos como el no analizar los argumentos del adversario. 

A Carlos Payán 

La Jornada 

México, 26 de agosto de 1991. 

Estimado Don Carlos: Le envío estas líneas para agradecerle por sus atenciones. Me he sentido muy orgulloso de pertenecer al equipo de La Jornada y sólo me queda la pesadumbre de haber in- sultado a Alponte y a Krauze. Ése nunca fue mi estilo y creo que me dejé llevar por la ira antes que por el cerebro. ¡Ojalá ambos tengan la tolerancia de disculparme! 

Tengo ya metástasis ósea y no deseo abrumarle con detalles, pero siento que los dolores varios que me produce me están quitando los deseos de escribir, es decir, de vivir. 

REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO | 43

Más información sobre la polémica actual ( marzo de 2019) relacionada con el papel de Krauze como intelectual al frente de una campaña contra el actual presidente de México, López Obrador aquí: https://www.infobae.com/america/mexico/2019/03/15/el-intelectual-mexicano-enrique-krauze-acuso-a-tatiana-clouthier-de-difamarlo/

https://www.infobae.com/america/mexico/2019/03/15/el-intelectual-mexicano-enrique-krauze-acuso-a-tatiana-clouthier-de-difamarlo/

El historiador y periodista Enrique KRAUZE

Teatro , Nación, formación de la Nación mexicana. Video en torno a la figura del autor Rodolfo Usigli y su teatro

El teatro como teatro antihistórico, un artículo ensayo sobre Usigli ,desde la obra Corona de sombra http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/rodolfo-usigli-y-corona-de-sombra-un-cuento-de-hadas-del-siglo-romantico/html/c9bcef08-d2b3-4baa-9f7f-98b6c27f9040_2.htmlhttp://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/rodolfo-usigli-y-corona-de-sombra-un-cuento-de-hadas-del-siglo-romantico/html/c9bcef08-d2b3-4baa-9f7f-98b6c27f9040_2.html