FILOSOFÍA Y DERECHO EN LAS DEMOCRACIAS “CONSTITUCIONALES”, DENTRO DEL SISTEMA POLÍTICO ECONÓMICO DE LA GLOBALIZACION. TEXTOS DEL TEORICO DEL DERECHO LUIGI FERRAJOLI

LUIGI FERRAJOLI FILOSOFÍA DEL DERECHO Y DEMOCRACIA CONSTITUCIONAL

http://www.cervantesvirtual.com/obras/autor/ferrajoli-luigi-1940-8430/1

Ideología y Filosofía de la Democracia, tesis de Gustavo Bueno.

C&H Magazine entrevista a Federico Jiménez Losantos.

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Sobre los asuntos sociales, políticos e ideológicos que le hicieron luchar contra el franquismo, para luego ir pasando a buscar una salida , desde el liberalismo, a las alternativas de unas izquierdas que fueron paulatinamente perdiendo por completo el rumbo hacia una política realmente al servicio de los individuos , libremente asociados en un sistema democrático y eutáxico ( término éste, que tomamos de la teoría política de Gustavo Bueno)Recomendamos , a modo de complemento de este video, un artículo reseña escrito por el fundador del Materialismo Filosófico ( Gustavo Bueno ), sobre el libro de Losantos titulado Lo que queda de España

Artículo reseña de un libro muy importante de Gustavo Bueno: El mito de la izquierda

la-ley-de-herodesDomingo, 10 de marzo de 2019 ■ LA NUEVA ESPAÑA 12345678910111213141516

Ante las próximas elecciones

¿Qué significa ser de izquierdas?

La guía útil que dejó Gustavo Bueno

✒ Felicísimo

VALBUENA

En 2003, Ediciones B publicó “El mito de la izquierda”, de Gustavo Bueno. En 2006, lo reeditó Zeta. En 2008, Temas de Hoy publi- có “El mito de la derecha”, también del mis- mo filósofo. Son libros de más de trescientas páginas. Estas obras plantean dos necesida- des que a mí me parecen ineludibles y a las que ya me he referido en varias ocasiones: 1) publicar las Obras Completas de Gustavo Bueno, que andan dispersas por varias edi- toriales, y 2) conseguir que alguien realice lo que el norteamericano Harold Raley consi- guió con la filosofía de Julián Marías: hacer comprensible para un gran público el siste- ma de Bueno. Sí, ya sé que la obra de Bueno es mucho más amplia e importante que la de Marías, pero hay que realizar una tarea parecida a la de Raley.

Me hubiera agradado mucho satisfacer esa segunda necesidad, pero no dispongo de tiempo para llevarla a cabo. Estoy con- vencido de que, por el ancho mundo en el que andan tantos seguidores de Bueno, se encuentran personas competentes, fiables y dinámicas que pueden acometer esa empresa.

Mientras tanto, y aprovechando las pró- ximas elecciones y la importancia que LA NUEVA ESPAÑA seguro que va a dedicarle, creo útil sintetizar qué significa votar a las izquierdas; en una próxima, y si me lo per- miten los responsables de LNE, haré lo mis- mo con las derechas. Pienso que en los dos libros citados, Bueno ofrece una guía que resulta tan sólida, o más, que cuando apare- cieron sus dos estudios. He procurado, siempre que he podido, respetar las expre- siones del filósofo, porque he comprobado que en sus obras siempre encontramos pa- sajes que resumen su pensamiento en un estilo ajustado, breve y claro.

¿Qué son las izquierdas definidas y cuáles

las indefinidas?

Bueno tomó al Estado como criterio po- lítico para estudiar a la izquierda. Y se en- contró con que no había solo una sino va- rias. Llamó izquierdas definidas política- mente, o izquierdas en sentido fuerte, a las que otorgaban un puesto fundamental al Estado. Distinguió seis géneros o genera- ciones de izquierdas definidas. Y llamó in- definidas a las tres que no se guiaban por el criterio del Estado: las izquierdas extrava- gantes, divagantes y fundamentalistas.

Cuando acometió el estudio de las iz- quierdas, Bueno hizo lo mismo que han he- cho quienes se han ocupado de los estilos musicales, pictóricos, arquitectónicos o lite- rarios: contar su historia. “Las izquierdas” son también conceptos históricos. Solo

quien dispone de una preparación suficiente para alcanzar una com- prensión histórica de un cuadro o

de una sinfonía puede llegar a en- tender algo de arte pictórico o de arte musical. Y que un género o ge- neración de la izquierda haya suce- dido a otro/a no significa que cada generación haya eliminado a las pre- cedentes. Como ocurre con la evolu- ción, lineal o ramificada, de los géne- ros, órdenes o clases zoológicas, tam- poco los géneros, órdenes o clases polí- ticas quedan necesariamente aniquila- das por sus sucesoras.

1) La izquierda (jacobina) de la Gran Revolución

La izquierda política que constituye la primera generación (y el primer género) de las izquierdas es la izquierda revolucionaria, la que tomó el nombre de la situación que ocupaba en la Asamblea francesa de 1789. Y la Revolución que esta izquierda impulsó en el terreno político fue transformar la so- ciedad política francesa, organizada según las líneas del Antiguo Régimen, mediante su transformación en una Nación política re- publicana constituida por ciudadanos li- bres e iguales. Las “partes anatómicas” del Reino de Francia –nobleza, clero, estado lla- no– desaparecieron como tales, resolvién- dose en sus elementos (los ciudadanos). La izquierda radical revolucionaria vendrá, pues, definida como tal izquierda a través precisamente del Estado, de un Estado or- ganizado según el Antiguo Régimen, que trata de transformarse en un Estado nacio- nal nuevo.

La primera generación de la izquierda, una vez consumada la metamorfosis del Reino del Antiguo Régimen en la Nación francesa, en cuanto Nación política, evolu- cionó, siguiendo dos líneas políticas princi- pales: la línea bonapartista, ocupada en re- forzar al Estado nacional centralista como plataforma para poder defenderse de los ataques de otros reinos y para poder confor- marlos a su vez como estados nacionales, y la línea radical, ocupada más bien en pro- fundizar, hacia dentro, a la República, en el antimonarquismo y el laicismo, lindante con el anticlericalismo.

2) La izquierda liberal que surgió en la Guerra de la Independencia

La segunda generación de la izquierda surgió en la Revolución española que tuvo lugar simultáneamente con la Guerra de la Independencia contra la invasión francesa, pero que tenía raíces y motivaciones inde- pendientes y muy distintas de las que mo- vieron a los jacobinos, la generación de la iz- quierda liberal. Fue un proceso muy com-

ple-

jo, por-

que quie-

nes mante-

nían, en cual-

quier caso, la necesi-

dad de la guerra contra el

invasor no sólo eran los reac-

cionarios (que se oponían frontal- mente a la revolución, y a veces luchaban contra Napoleón como encarnación del An- ticristo) sino también los transformadores (revolucionarios) más o menos radicales (desde Jovellanos o Inguanzo hasta Argüe- lles o Muñoz Torrero). Revolucionarios que, inmersos en la evolución interna de las nue- vas clases emergentes (empresarios, comer- ciantes de Cádiz, entre otros), veían como inseparables la guerra y la transformación de España. Mantenían posiciones clara- mente definidas de izquierda, de una iz- quierda patriótica, y definidas también con el parámetro de la Nación política.

La izquierda política genuina de España hay que buscarla no tanto en los afrancesa- dos (por cuanto de hecho sometían a la Na- ción a una Potencia extranjera) cuanto en los liberales.

Los liberales lograron formular una Constitución que en modo alguno fue un calco mimético de la francesa originaria. Por de pronto, no derrocaba ni el trono ni el altar, y en esto se parecía más a la Constitu- ción de Bayona. Pero retiraba la soberanía al monarca y la ponía en la Nación.

En el siglo XX, “liberal” fue un adjetivo que algunos grupos de derecha utilizaron para distinguirse.

3) La izquierda de tercera generación (o tercer género de izquierdas):

la izquierda libertaria

En el ámbito de cada recinto nacional los individuos o átomos racionales han adqui-

rido una libertad y una igualdad (política y jurídica), pero subsisten, y aún con mayor visibilidad, las desigualdades y servidum- bres económico sociales, “culturales”, por- que fue precisamente a partir de la libera- ción de los ciudadanos, la que permitió convertir a los trabajadores en propietarios de su fuerza de trabajo. Los elementos del “todo nacional” eran iguales políticamente y con los mismos derechos, al menos en teoría. Sin embargo, esa igualdad resultaba estar establecida en medio de una hetero- geneidad de esos elementos en tanto se- guían siendo miembros de clases sociales tradicionales o nuevas, y en conflicto per- manente.

En el ámbito de las relaciones entre las naciones, las desigualdades y servidumbres subsistían, y aún aparecían otras nuevas. La racionalización de las naciones políticas implicaba, antes que la igualación de estas naciones, la conformación de desigualda- des entre ellas: la condición francesa, la condición española, los ciudadanos alema- nes, etc., son iguales y libres en sus estados respectivos, pero son distintos entre sí, por- que estas naciones no forman una única Nación sino naciones distintas, y en conflic- tos tan agudos como los que mantienen con los estados del Antiguo Régimen.

Los anarquistas sospecharon que el Esta- do nacional era el principal obstáculo, y no la plataforma intermedia o provisional, aunque necesaria, para desencadenar el progreso revolucionario victorioso. Creye- ron necesario destruir el Estado en cual- quiera de sus formas, incluidas, por supues- to, las formas del Estado nacional. Es decir,

por tanto, se propusieron destruir la “Repú- blica una e indivisible” que los revoluciona- rios jacobinos dieron a luz, y continuaron los liberales de la segunda generación de iz- quierdas.

Los anarquistas se definen tam- bién como de izquierdas en la medida en que se define en función del Esta- do, aunque sea negativamente. Co- mo la negación de todas las de-

más izquierdas.

Las plataformas de ac-

ción de las corrientes del anarquismo, en cuanto iz- quierda definida son el anarquismo comunalista, que tiene una tradición muy antigua, anterior a la formulación moder- na de las doctrinas anarquistas; el anar- quismo municipalista o cantonalista, federa- lista en el fondo, tiene ya un significado polí- tico de mayor alcance (precisamente por el federalismo); y el anar- cosindicalismo es la forma del anarquismo más próxima (sin perjui- cio de su apoliticismo in- tencional) a lo que llama-

mos izquierda definida.

4) La izquierda socialdemócrata

Una cuarta generación de iz- quierdas surgió en la Segunda Interna- cional, a raíz de los conflictos que mar- xistas y bakuninistas habían mantenido en la Primera Internacional, y que dio lugar a

los partidos socialdemócratas.

El criterio político que diferencia al socia-

lismo democrático, no solamente de las co- rrientes praetermarxistas o antimarxistas, sino también de las corrientes de inspira- ción marxista, pero no socialdemócratas (leninistas o maoístas), tiene que ver con su posición diferencial respecto del parámetro que venimos considerando como caracte- rístico para una definición de la izquierda, a saber, el Estado (nacional o plurinacional); por tanto por la relación de cada Estado con los demás estados.

El socialismo se asienta, en resumidas cuentas, en el Estado como plataforma im- prescindible para llevar adelante el proceso revolucionario de la transformación social. Por ello, todo movimiento tendente a debi- litar al Estado, o a extinguirlo, tendrá que verse como irracional.

El socialismo escoge una metodología de vía pacífica (democrática, por ejemplo), re- chazando la vía violenta o incluso el “golpe incruento” de Estado.

Por otra parte, la acción política revolu- cionaria, centrada en el ámbito de cada Es- tado, no excluirá la “fraternal cooperación” con los estados hermanos, cuyos partidos estarán integrados en la Internacional So- cialista; pero esta cooperación habrá que entenderla sin perjuicio del principio de no injerencia de cada Estado en el ámbito de las competencias de los demás estados; lo que equivale a asumir la metodología del pacifismo en todo cuanto concierne a las re- laciones internacionales.

En caso de un conflicto entre estados na- cionales (como ocurrió en la Primera Gue- rra Mundial, y aún en la Segunda) la políti- ca de los partidos socialistas se inclinará a prestar apoyo preferencial a su patria, antes que a su partido; de suerte que los obreros franceses irán a la guerra contra Alemania, y los obreros alemanes irán a la guerra con- tra Francia, a pesar de que, en cuanto socia-

listas, los obreros franceses y los obreros ale- manes habrían de estar teóricamente más cerca de lo que estaban respectivamente con los burgueses franceses o con los bur- gueses alemanes.

La socialdemocracia, partiendo de las so- ciedades burguesas desarrolladas, se repre- senta el término de la transformación revo- lucionaria como una sociedad en la cual ha- brán de estar conservados todos los bienes o “adelantos” industriales, jurídicos, etc., al- canzados a lo largo de su evolución históri- ca. También habrán de ser distribuidos equitativamente, y por vía pacífica, entre los ciudadanos,

5) La izquierda de quinta generación (o quinto género de izquierda):

la izquierda comunista

Es la del marxismo-leninismo que logró demoler el Imperio de los zares y conquis- tar el poder durante setenta años en la Unión Soviética. Lenin y, en gran medida, sus sucesores no consideraron primaria la tradicional oposición izquierda/derecha, si- no la oposición entre el imperialismo, “fase final del capitalismo”, y el comunismo bol- chevique. Dentro de este, cabría hablar, es cierto, de las desviaciones de izquierda y de las desviaciones de derecha.

El movimiento comunista se enfrentaba inmediatamente, por tanto, no solo con la transformación revolucionaria interna de un Estado, el eslabón más débil del sistema capitalista, sino también con la transfor- mación revolucionaria de todos los demás estados. Las contradicciones que este doble planteamiento, que ya se había presentado, aunque a otra escala, en la Revolución Francesa, como contradicción entre los hombres y los ciudadanos, se hicieron pa- tentes. Lenin entendió la Revolución de Oc- tubre como el primer acto de la Revolución europea y universal. Tendría que incorpo- rar lo más valioso de la “cultura burguesa”. Los tres periodos de la izquierda comunis- ta fueron: el leninista, el estalinista y la coe- xistencia pacífica del Comunismo y del Ca- pitalismo. Después, vino la caída del co- munismo realmente existente.

La trayectoria del comunismo real a lo largo del siglo XX define plenamente el cur- so de una trayectoria de la izquierda, here- dera de las primeras izquierdas revolucio- narias, llevando sus principios a una esca- la tal que fueron esos mismos principios los que resultaron desbordados.

6) La generación asiática de izquierdas

El proyecto de Mao-Tse-Tung actúa so- bre la plataforma estatal de una República gigantesca pero muy reciente (el Imperio chino estuvo, más o menos vivo, hasta 1912, cuando Sun Yan Sen declaró la República china) sobre la cual estaban gravitando tra- diciones muy diferentes de las cristiano ro- manas, ortodoxas o protestantes.

La inicial inspiración marxista de la quinta generación de la izquierda (del co- munismo soviético) también creyó nece- sario incorporar a las sociedades comunis- tas los bienes materiales más preciosos de la civilización industrial, desde la “electrifi- cación de Rusia” hasta el lanzamiento de los Sputniks.

Pero la igualdad entre los hombres fun- dada en Occidente, ante todo, en la pro- ducción progresiva y en la justa distribu- ción igualitaria del disfrute epicúreo de los bienes materiales, de los bienes creados por la civilización industrial, ahora se reformu- lará, “desde el confucianismo”, como igual-

dad de los desiguales en la cooperación en la gran familia comunista. El sumo bien consistirá en esa cooperación comunitaria de todos los individuos, y no en la codicia por el disfrute, aunque sea igualitario, de los bienes instrumentales.

El golpe de timón de la política china se hizo visible en 1977, en el XI Congreso de PCch, cuando Den Xiao Pin pasó a ser vice- primer ministro del Gobierno. El pragma- tismo (de otro modo: la valoración de la ne- cesidad política y social de impulsar el de- sarrollo de una sociedad de más de mil mi- llones de habitantes utilizando los recursos de las sociedades capitalistas de mercado) será en lo sucesivo la norma de la política de la República Popular China.

Tres corrientes de izquierda indefinida: extravagante, divagante y fundamentalista

Bajo el rótulo “Izquierda indefinida”, Bueno engloba tres corrientes sociales (que discurren a través de clubes, asocia- ciones, escuelas, audiencias, círculos in- formales de opinión, departamentos uni- versitarios, canalizados por prensa deter- minada o medios de comunicación). Sue- len ser consideradas “de izquierda”, por ellos mismos o por la derecha, sin que conste explícitamente en su “ideario”, en su “argumentario”, en su “imaginario” o en su “calendario” una definición de posiciones en función de “variables políticas”, en el sentido dicho. Dos de estas corrientes ten- drían un carácter más bien “abierto” (las denominaremos izquierda extravagante e izquierda divagante); una tercera de carác- ter híbrido, y de naturaleza más bien cerra- da, tendría su expresión más interesante en una izquierda fundamentalista.

Las corrientes de la izquierda extrava- gante podrían clasificarse teniendo en cuenta la naturaleza del campo en el que se desenvuelven tales corrientes: ciencias ma- temáticas, ciencias físicas, ciencias biológi- cas; también, las artes plásticas, música, la religión o la “filosofía universitaria”.

Y aquí despliega Bueno su sentido del humor, uno de los aspectos a los que hay que dedicar una tesis doctoral o más. No se dedica a ironizar. Más bien, sorprende con ángulos inesperados. Ridiculiza que se to- me como normal la aplicación del adjetivo “de izquierdas” o “derechas” a la Física, al Arte o a la Religión. Falta el Estado como criterio político para clasificar. ¿Va a ser más difícil entrar en el Reino de los Cielos que a un camello pasar por el ojo de la aguja?

Según Bueno, y sigue tratando el asunto con humor, habrá que investigar empírica- mente cuáles son los «atractores» que, des- de las diversas capas de la sociedad política, ejercen mayor influencia sobre las corrien- tes extravagantes de izquierda, de las que venimos hablando. No tengo espacio para exponer cuáles son esas tres capas –conjun- tiva, basal y cortical–, por lo que me limita- ré a enunciar estos “atractores” más proba- bles: los que tengan que ver con los movi- mientos asociativos (tipo ONG) que pla- nean su acción al margen del Estado (un margen teórico puesto que en la práctica, como es notorio, las ONG suelen estar fi- nanciadas por los gobiernos: en cualquier caso sigue siendo el Estado el que sirve de parámetro). También, la “autogestión em- presarial”, es decir, en cuanto sea indepen- diente del Estado, y aún de las grandes so- ciedades nacionales o multinacionales, que también presuponen conexiones muy fuer- tes con los estados. Y los movimientos que desbordan los límites de un Estado dado, y que han dado lugar a un género de profesio- nes verdaderamente extravagantes por rela-

ción al Estado: médicos sin fronteras, bom- beros sin fronteras, músicos sin fronteras… y hasta aduaneros sin fronteras. En el extre- mo, los movimientos antiglobalización (también dados en función de los estados).

Es posible distinguir a quienes navegan por las corrientes de la izquierda divagante, gracias a unas notas distintivas. Han co- menzado por estar implantados en algunas de las seis corrientes definidas de la izquier- da definida, pero al mismo tiempo se ha- brían encontrado como excesivamente confinados por los marcos políticos que las definen. Tenderán a desbordar esos mar- cos, es decir, tenderán a divagar, a través de ideas filosóficas, artísticas, trascendentales, ecológicas, éticas, cosmológicas o morales.

Su divagación recorrerá campos no es- trictamente políticos, incluso políticamen- te neutros. De este modo se elevarán hacia un estilo de izquierda indefinida que, sin perjuicio de sus compromisos políticos de- finidos de origen, quiere ser, sobre todo, “cultural” o “ética”.

En el límite, se elevarán hacia una iz- quierda profunda, eterna, sublime, la “iz- quierda filosófica”, la “izquierda como con- ciencia de la Humanidad”, que dice com- portar nada menos que una “visión del Mundo” (generalmente las divagaciones de estos intelectuales de la izquierda filosófica se hacen sin necesidad de haber leído dos lí- neas seguidas de Platón o de Aristóteles, de Suárez o de Soto). Estas visiones del Mundo de los intelectuales de izquierda divagantes también son variables, y si se consideran de izquierdas es acaso por su oposición a de- terminadas concepciones del Mundo tra- dicionalmente asociadas a la derecha.

Unas veces los políticos, intelectuales y artistas de izquierda divagarán por los ex- tremos del materialismo monista (“todo es Química”), del evolucionismo (“el hombre desciende del mono y en el Neolítico se hi- zo agricultor”) y del progresismo optimista (“el desarrollo de la tecnología permitirá que los bienes fluyan a chorro lleno en la sociedad del futuro”).

Otras veces la izquierda profunda, para evitar divagaciones metapolíticas y metafí- sicas, se acogerá al agnosticismo. Solo que entonces la izquierda, al precio de no diva- gar, se confunde con algunas de las múlti- ples variantes de la derecha liberal, tole- rante o escéptica.

La izquierda fundamentalista o cómo Bueno prefiguró con precisión, trece años antes, lo que después sería Unidos Podemos.

También habrá que tener en cuenta la gran probabilidad de la formación, en cír- culos determinados, de corrientes de iz- quierda indefinida resultantes de la con- fluencia de corrientes de izquierda extrava- gantes y de corrientes de izquierda diva- gantes. De esta confluencia puede resultar, inter alia, una suerte de izquierda funda- mentalista.

La izquierda fundamentalista ya no se definirá por criterios inmediatamente polí- ticos, que incluso serán desdeñados, sin perjuicio de que de vez en cuando expresen sus simpatías o sus repulsas por alguna co- rriente definida de izquierdas, pero sin ex- cluir jamás del todo a las otras: “La izquier- da es siempre la misma”.

Se caracterizará por criterios preferencia- les o valores muy dispares, pero que se man- tienen tenazmente asociados; por ello esta izquierda promoverá, con carácter priorita- rio, la necesidad de “educar en valores” (es decir, en sus valores) a la juventud y al pueblo en general. Y aquí es donde, por límite de es- pacio, tengo que detenerme. Invito, a quien desee comprobarlo, cómo Bueno identificó veinte notas, al menos, de lo que luego sería Unidos Podemos (Págs. 242-243). Nada hay nuevo bajo el sol. Es la gran ventaja de tener un sistema filosófico para identificar y orde- nar los movimientos de la vida política.

Domingo, 10 de marzo de 2019 ■ LA NUEVA ESPAÑA 12345678910111213141516

Artículo sobre la relación entre la Etica y la Política, que explica y analiza las tesis del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno sobre asuntos clave para entender los procesos socio políticos del presente de la Globalización en curso

FUENTE © PENSAMIENTO, ISSN 0031-4749 PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280, pp. 509-519

pen.v74.i280.y2018.010

El peso de la ética en la política

David Alvargonzález

Universidad de Oviedo

Resumen: Las relaciones entre los principios de la ética y los requerimientos de la política no siempre

son armónicas. En este artículo, en primer lugar, se propone una definición de los ámbitos propios

de la ética y de la política. A continuación, se analizan dos ámbitos en los que se aprecia un conflicto

inevitable, estructural, entre ética y política de modo que el bien político requiere el mal ético: los

conflictos armados y las políticas de inmigración. A continuación, se hace referencia a conflictos que

pretenden estar justificados en la idiosincrasia histórica o cultural de ciertas naciones. Por último,

se citan contextos donde la ética y la política persiguen fines comunes o, simplemente, se ignoran

mutuamente.

Palabras clave: ética; política; Estado; guerra; inmigración.

The influence of ethics on politics

Abstract: The relationships between ethical principles and political requirements have proven

to be controversial. In this paper, firstly I will propose a definition of ethics and politics. Then, I will

analyze two illustrations of the unavoidable structural conflict between ethics and politics: wars and

immigration policies. In those cases political goods require ethical evils. Then, I will refer to conflicts

which claim to be rooted on the cultural and historical idiosyncrasies of certain nations. Finally, I will

refer to several situations in which ethics and politics share common objectives and other ones in

which they just follow independent courses.

Key words: ethics; politics; State; war; immigration.

Introducción

El tema de este artículo, el análisis de las relaciones entre los principios o normas

éticas y los requerimientos de la política, es un asunto muy controvertido y sujeto

a muchas valoraciones. Ahora bien, con el fin de poder tratar este problema con la

serenidad que merece, mi propósito aquí va a ser el de evitar, en todo momento,

las referencias más próximas para poder tratar el asunto de un modo abstracto,

filosófico y, en la medida de lo posible, presentar lo que sería la estructura de un

problema objetivo. La tradición en la que yo quisiera inscribir mi análisis en esta

lección es la que reivindica Spinoza cuando, en su Tratado político,dice:

Y, a fin de investigar todo lo relativo a esta ciencia [se refiere Spinoza a la

política] con la misma libertad de espíritu con que solemos tratar los temas matemáticos,

me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones

humanas, sino en entenderlas. Yo por eso he contemplado los afectos humanos

como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás

afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades

que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas

por el estilo le pertenecen a la naturaleza de aire. […]1

1Spinoza, B., Tratado político, I, §4.

510d. alvarg onzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

Atendiendo estas indicaciones, en lo que sigue tan solo haré una propuesta

de lo que se puede entender por ética y por política para poder analizar algunas

situaciones prácticas existentes que ilustran su relación mutua, tanto cuando ésta

es armónica como, sobre todo, cuando resulta conflictiva.

1. Presentación de las definiciones de ética y política que se van a utilizar

Como es común cuando tratamos de ideas filosóficas, hay muchas maneras

posibles y diferentes de definir la ética y la política. Yo voy a pedir al lector que, a lo

largo de este artículo, me acompañe en un determinado modo de entenderlas que

se inscribe en una tradición ampliamente ejercitada en la historia de la filosofía.

Esta tradición arranca de la Ética a Nicómaco, la Ética a Eudemo y la Política de

Aristóteles y es seguida por Spinoza en su famosa Ética, en su Tratado político y

en su Tratado teológico-político. Entre nosotros, Gustavo Bueno ha formulado con

especial claridad los diferentes usos de estos términos y ha propuesto unas ideas y

unas definiciones que tomaré aquí como referencia2.

Hay muchas maneras de entender la Ética. En los países de habla hispana, la

manera usual viene siendo la de considerar la Ética como el «tratado de la moral»: así

como se distingue el terreno frente a la Geografía, que sería la disciplina que estudia

el terreno, así también se distinguiría entre las normas morales dadas de un modo

empírico (social, histórico) y la Ética, que sería la disciplina académica encargada

de estudiar esas normas. Yo voy a separarme aquí de esa tradición, por otra parte

tan justificada y tan consolidada académicamente entre nosotros. Siguiendo en esto

también a Spinoza, entenderé la ética como el conjunto de normas que tienen que

ver directamente con la «perseverancia en el ser» del individuo corpóreo humano

que es también, en la situación canónica, una persona. Todo aquello que contribuye

a la fortaleza y la firmeza del sujeto humano individual corpóreo será considerado

ético: así, por ejemplo, todos los comportamientos dirigidos a conservar su salud,

y a lograr su correcto desarrollo serán considerados «éticos». Por consiguiente,

la fortaleza y la firmeza serían las virtudes éticas cardinales. Todas las personas

integradas en una cultura tienen un conocimiento práctico mundano de las normas

que contribuyen a su firmeza y a la generosidad con los demás, con independencia de

que desconozcan la Ética académica, del mismo modo que son capaces de hablar su

lengua materna sin tener una representación explícita de las reglas de su gramática.

Según este modo de entender la ética ligada a la preservación y la buena marcha

del sujeto, la medicina será, estructuralmente, una disciplina ética pues trata de

hacer que el individuo corpóreo enfermo se transforme en sano, devolviéndole la

firmeza que la enfermedad socaba; la educación también sería en muchos casos

una actividad ética pues trataría de ayudar a crecer de un modo recto al individuo y

2Bueno, G., «Lectura primera: Ética y moral y derecho», en: Bueno, G., El sentido

de la vida, seis lecturas de filosofía moral. Oviedo: Pentalfa, 1996. http://fgbueno.es/med/dig/

gb96sv1.pdf

Bueno, G., «En nombre de la ética», El Catoblepas. Revista crítica del presente, 16 (jun

2003): 2. http://nodulo.org/ec/2003/n016p02.htm

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvarg onzález, El peso de la ética en la política 511

de constituirlo como persona permitiendo que desarrolle sus aptitudes, ayudándole

a constituir su propia firmeza y fortaleza. Al contrario, todo lo que atenta contra

el sujeto corpóreo individual y contra la persona será anti-ético: el asesinato, el

homicidio, la esclavitud, la mutilación, la violación, el abuso, la tortura, los daños

físicos, la difamación, la denigración, el escarnio, la extorsión, el acoso, etc. Del

mismo modo, toda acción que el individuo realice en su propio perjuicio, como

pueda ser, en el límite, el suicidio, pero también el abuso de drogas o de alcohol, o

los hábitos alimenticios perniciosos, será también una acción antiética de acuerdo

con el criterio que estoy defendiendo aquí.

La ética, vista desde esta perspectiva toma en consideración un sujeto humano

abstracto con independencia de su raza, su lengua, su religión, su sexo, y su edad.

Todos los individuos están sujetos a esas normas éticas (contra el homicidio, la

violación, la mutilación, etc.) con independencia de su etnia, sexo, religión, edad,

o lengua. Las razas, las lenguas, y todo lo demás se consideran ecualizadas en un

sujeto humano individual genérico, abstracto, distributivo. Ese sujeto sin religión

ni raza, ni sexo, ni edad no existe como sujeto empírico, como individuo de carne

y hueso, sino que sólo existe como sujeto abstracto porque la perspectiva ética

pasa por encima de esas determinaciones concretas del individuo. Podríamos decir

que ese individuo abstracto se parece al dado equi-probable de los matemáticos

que, aunque no existe como dado empírico, sí existe como construcción abstracta

matemática resultado de lanzar un mismo dado un gran número de veces.

Por lo que se refiere a la política, voy a distinguir dos usos de la palabra política:

uno amplio y otro más restringido. En un sentido amplio, se habla de política en

contextos muy diversos como cuando se hace referencia a la política de un equipo

de futbol o de una empresa. Frans de Waal llegó a hablar incluso de la política

de los chimpancés, refiriéndose a las relaciones de poder dentro de un grupo de

chimpancés del zoo de Harnhem en Holanda3. Este es el uso amplio, laxo, reconocido

en muchos idiomas modernos de nuestro entorno. En su uso restringido o estricto,

el término “política” se refiere a todo aquello que tiene que ver con el Estado. El

Estado es una institución histórica que tiene sus orígenes allí donde los pone en

cada momento la investigación arqueológica. Según esto las sociedades tribales o

pre-estatales no son sociedades políticas sino pre-políticas. Gustavo Bueno, en una

de sus obras, comparó los Estados con las biocenosis que estudian los biólogos:

en los Estados habría un conjunto de grupos muy heterogéneos enfrentados unos

con otros, lo mismo que en las biocenosis se enfrentan entre sí diversos grupos

de organismos4. La virtud política fundamental, aquella que debe tener el buen

mandatario, es la de conservar el Estado: lograr que sea más seguro, que esté más

unido, mejor estructurado, y que sea más fuerte y con más capacidad de actuar

en el ámbito internacional. El buen mandatario político recibe el Estado en una

situación dada y tiene que lograr que, a lo largo de su gobierno, el Estado se conserve

y mejore en su seguridad interior y exterior, en su unión y cohesión interna, en su

riqueza económica y su poder geoestratégico, y consiga estar más preparado para

hacer frente a las amenazas que vienen de dentro y de fuera. El mal mandatario,

3Waal, F., La política de los chimpancés. Madrid: Alianza, 1982.

4Bueno, G., Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, Logroño, Cultural

Rioja, 1991. http://www.fgbueno.es/gbm/gb91ccp.htm

512d. alvarg onzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

aquel que traiciona sus funciones, por el contrario, es aquel que devuelve el Estado

roto, hecho jirones, inestable, débil, hipotecado, sin presencia ni importancia en

el ámbito internacional, exhausto, dependiente, con su soberanía amenazada,

expuesto a la voluntad de sus enemigos internos y externos. El gobernante de un

Estado no ocupa ese puesto para lograr la paz mundial ni la concordia universal,

ni para lograr la mejoría de los Estados vecinos, sino para que mejore su Estado

y gane en potencia de obrar, en soberanía, en fortaleza y en seguridad. Spinoza

caracteriza del siguiente modo el Estado bien constituido:

Cuál sea la mejor constitución de un Estado cualquiera se deduce fácilmente

del fin del Estado político que no es otro que la paz y la seguridad de la vida. Aquel

Estado es, por tanto, el mejor, en el que los hombres viven en concordia y en el

que los derechos comunes se mantienen ilesos. Ya que no cabe duda que las sediciones,

las guerras y el desprecio o infracción de las leyes no deben ser imputados

tanto a la malicia de los súbditos cuanto a la mala constitución del Estado […]

Efectivamente, un Estado político que no ha eliminado los motivos de sedición y

en el que la guerra es una amenaza continua y las leyes, en fin, son con frecuencia

violadas, no difiere mucho del mismo estado natural, en el que cada uno vive según

su propio sentir y con gran peligro de su vida. 5

Y, en otro lugar del Tratado político, dice Spinoza “En efecto, la libertad de

espíritu o fortaleza es una virtud privada [diríamos nosotros, individual, “ética”],

mientras que la virtud del Estado es la seguridad”6. Por tanto, según lo propuesto,

de un lado están las normas éticas que regulan la marcha del sujeto individual,

y, por otra parte, están las normas políticas que son aquellas a las que tiene que

atenerse el gobernante (con independencia del procedimiento que se haya utilizado

para su elección) para velar por la buena marcha del Estado, por su seguridad, por

su unidad, por su cohesión interna, y por su crecimiento pues esa es la tarea en la

el mandatario tiene que poner su empeño.

2. Sobre la incompatibilidad estructural entre ética y política en general

Una vez aclarado lo que voy a entender por ética y por política en el contexto

de este artículo, pasaré a analizar dos ejemplos de incompatibilidad estructural

entre estos dos ámbitos. Desde cierto fundamentalismo ético, existe una tendencia

a considerar que el asunto de las relaciones entre ética y política es muy sencillo

porque se postula que la política tiene que estar siempre subordinada a la ética.

De este modo, las leyes éticas tendrían que respetarse siempre pues el Estado

tendría que estar al servicio de la ética, al servicio de los sujetos individuales y de

sus necesidades. Yo voy a defender aquí que esta idea no se corresponde con lo

que sabemos acerca de los Estados realmente existentes (tanto históricos como

actuales), y que existen razones estructurales para que esto sea sí.

En el ámbito del derecho, y hablando en general, se suele entender que los delitos

contra la propiedad son más leves que los delitos contra la integridad física de las

5Spinoza, B., op.cit., V, §2.

6Spinoza, B., op.cit., I, §6.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 513

personas, y así lo contemplan la mayor parte de los ordenamientos jurídicos de los

países de nuestro entorno: por ejemplo, se considera más grave matar, mutilar, o

violar que robar. Efectivamente, hay razones serias para considerar que los delitos

contra la propiedad, en la medida en que ésta es separable del sujeto corpóreo

individual, son menos graves que aquellos otros cometidos contra la integridad

del sujeto corpóreo mismo. Por esta razón, los problemas más graves cuando se

considera la colisión entre política y ética se dan cuando, por razones políticas, se

atenta contra la integridad física de los individuos corpóreos humanos o contra su

integridad personal: contra su vida, contra su salud, contra su seguridad, o contra

su honor.

Un caso límite, pero frecuente, es el caso de la guerra: cuando el Estado se

ve involucrado en una guerra defensiva, sabe que sus nacionales morirán en el

combate, pero ese mal ético (la muerte y la mutilación de personas inocentes) se

considera necesario para lograr un bien político (la defensa del Estado), y esto

por no hablar de los muertos infligidos en el bando contrario que también son

individuos humanos. Quisiera hacer notar que, a estos efectos, da lo mismo que el

Estado que lanza las bombas sea un Estado democrático o no lo sea: democrático

fue el Estado que lanzó dos bombas atómicas contra la población civil indefensa en

Hiroshima y Nagasaki. En este caso, los requerimientos políticos pasan por encima

de los éticos, y se considera un honor (moral y político) el sacrificio que los soldados

hacen por el bien de su Estado cuando reciben el tratamiento de héroes. Sería puro

idealismo histórico pensar que ya hemos alcanzado la situación de la Paz Perpetua

de Kant y suponer que las guerras fueran una cosa del pasado pues los conflictos

armados han ocurrido en el pasado desde los orígenes de los estados prístinos,

ocurren en el presente y, con el permiso de Kant, no hay ningún indicio racional

para suponer que vayan a dejar de ocurrir en el futuro. Aunque Kant parecía saber

de buena tinta que esto no sería así en el futuro, no llegó a hacernos partícipes

de las fuentes de su evidencia7. La guerra, como “continuación de la política por

otros medios” (usando la acertada fórmula de Clausewitz8), es siempre el modo

último de resolver los conflictos entre los Estados políticos y conlleva de un modo

estructural la muerte de individuos humanos. Los ejércitos han sido siempre partes

constitutivas irrenunciables de los Estados desde sus inicios, ya que un Estado

que carezca de ejército tendrá siempre su independencia y su soberanía nacional

subrogadas.

Otro ejemplo de actualidad que muestra la colisión entre la ética y la política

lo tenemos a propósito del control de las fronteras que todos los Estados tienen

que realizar si no quieren que su propia viabilidad se vea puesta en peligro. Si

nos instaláramos en una perspectiva puramente ética, todas las personas por igual

deberían tener los mismos derechos para circular libremente por el planeta y para

establecerse donde mejor les pareciera, pero, de hecho, la libertad de circulación

y de residencia es muy diferente según se sea ciudadano de uno u otro Estado: las

alambradas, las patrulleras, la policía, y las deportaciones condenan a millones de

personas a vivir en situaciones inhumanas en sus países de origen, y a esclavizarse

7Kant, I., Sobre la paz perpetua, 1795.

8Clausewitz, C. von, De la guerra, OP escrito en el periodo 1818-1830.

514d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

y prostituirse, o directamente a morir, intentando entrar en un Estado que les

permita vivir con cierta dignidad. En la agenda política de los Estados asediados

por esta inmigración está ya, de un modo explícito, la estrategia de ayudar a los

países de donde procede esa marea humana a cambio de que sean ellos mismos los

que cierren sus propias fronteras e impidan la salida de los desposeídos, de modo

que el problema quede alejado de las sociedades del bienestar que no desean ver

niños ahogados yaciendo en sus playas. Este enfrentamiento entre ética y política,

en este caso, como en el caso de la guerra, es estructural: si uno de esos Estados del

bienestar abriera de par en par sus fronteras en virtud de un tratamiento igualitario

hacia todas las personas y de una generosidad ética universal, se pondría en riesgo

ese Estado y el bienestar de sus nacionales. El Estado quedaría invadido por

pueblos con otras culturas, otras lenguas y otras religiones, colapsaría el sistema de

seguridad social, de pensiones, de cobertura sanitaria y de educación, y se destruiría

su estabilidad interna. Se pueden discutir muchos asuntos relativos al mejor modo

de gestionar las fronteras pero, en último término, toda nación tiene que tener

unas fronteras puesto que el Estado implica, desde sus inicios, la apropiación de un

determinado territorio por parte de una población dada. También en este ejemplo se

aprecia que es una cuestión de hecho que las naciones priman su viabilidad política

frente a lo que serían los requerimientos de la generosidad ética universal, y están

dispuestos a sacrificar la vida y los intereses más básicos de millones de personas

con tal de conservar su buena marcha. Los argumentos expuestos sugieren que este

proceder anti-ético puede considerarse estructural ya que, de no llevarse a cabo

esa política restrictiva, la viabilidad del Estado anfitrión quedaría comprometida,

y también sugieren que esta contradicción entre requerimientos éticos y viabilidad

política afecta a todos los estados con independencia del procedimiento por el que

se elijan sus dirigentes.

Aunque se podrían poner otros ejemplos, sirvan estos dos para ilustrar el

modo cómo los mandatos éticos colisionan con los políticos, y para mostrar, con

hechos y con argumentos generales más abstractos, las razones por las que hemos

afirmado hace un momento que la política no está siempre, ni pueda llegar a estar,

subordinada a la ética. Si la política estuviese siempre regida por la ética los Estados

serían inviables: ni habrían aparecido los estados prístinos ni existirían los estados

actuales. Quiero reiterar una vez más que mi intención en este artículo no es hacer

una condena ética en nombre de Dios, del pueblo o de la Historia de un determinado

estado de cosas, ni mucho menos hacer una apología de la violencia inherente a las

guerras y a los procedimientos policiales de control de las fronteras, sino analizar

la estructura de un problema objetivo de modo que esas políticas antiéticas no sean

vistas tanto como vicios de un gobernante malvado que se regocija con el dolor

ajeno, sino como contenidos inherentes a la propia naturaleza del Estado, como

políticas que son necesarias para que el Estado mismo exista.

El planteamiento explícito de este conflicto entre ética y política conduce al

reconocimiento de situaciones tan duras y tan desalmadas que los propios Estados

movilizan todos los recursos lenitivos a su alcance para disimular ese conflicto y

tranquilizar a la opinión pública, procedimientos entre los que están todo tipo de

mitos irenistas y de quiliasmos soteriológicos.

A la vista de estos ejemplos, la idea de que la política debe estar siempre

subordinada a la ética o bien es un desideratum o, de otra forma, habría que

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 515

considerarla como una idea propia de una concepción idealista del Estado político

que es incapaz de entender que la custodia de un territorio previamente apropiado

es condición sine qua non de cualquier Estado realmente existente.

Quisiera añadir una consideración más acerca de las relaciones entre la ética

(o, en este caso, la moral) y la política en otro momento histórico ya que estas

relaciones no siempre tuvieron la morfología que presentan en la actualidad: en la

Edad Media europea, y en los inicios de la Edad Moderna, se consideraba que el

poder de los reyes de los Estados católicos venía de Dios y, por tanto, el rey católico,

en ciertos asuntos de Estado, estaba obligado por la moral teológica católica: por

ejemplo, tenía prohibido pactar con los protestantes o con los musulmanes para ir

en contra de otro reino católico porque se entendía que esa política iba contra el

propio Dios. En el límite, algunos de los proyectos políticos del rey católico estaban

guiados por el mandato religioso de hacer llegar el Evangelio a todos los rincones

del mundo: este fue el proyecto del imperio español cuando cristianizó y convirtió

a los nativos americanos en ciudadanos españoles católicos. La moral católica era

concebida como universal y, por tanto, desde un punto de vista emic, era entendida

como algo parecido a lo que nosotros conocemos hoy como “ética”. Fernando

II de Habsburgo, por ejemplo, en coherencia con su moral católica, suprimió el

protestantismo en los territorios que estaban bajo su mandato lo que precipitó la

llamada “Guerra de los Treinta Años” (1616-1646). En 1629, en vez de detener la

guerra y buscar un pacto, promulgó el Edicto de Restitución para devolver a los

católicos las propiedades eclesiásticas secularizadas desde la paz de Passau. El

Príncipe de Maquiavelo, publicado en 1513, pasa por ser la primera obra moderna

en la que el fin político se pone por delante del bien ético (o moral) de un modo muy

explícito. Eso le valió a Maquiavelo la circunstancia de que su propio apellido diera

lugar al sustantivo “maquiavelismo” que suele ir acompañado de connotaciones

peyorativas. Dice Maquiavelo:

Y hay que tener bien en cuenta que el príncipe, y máxime uno nuevo, no puede

observar todo lo que hace que los hombres sean tenidos por buenos, ya que a

menudo se ve forzado, para conservar el Estado, a obrar contra la fe, contra la

caridad, contra la humanidad, contra la religión. Por eso tiene que contar con

ánimo dispuesto a moverse según los vientos de la fortuna y la variación de las

circunstancias se lo exijan, y como ya dije antes, no alejarse del bien, si es posible,

pero sabiendo entrar en el mal si es necesario. […]9

Y aquí se debe señalar que el odio se gana tanto con las buenas como con las

malas obras; así que, como ya dije antes, un príncipe que quiera mantener su Estado

se ve a menudo forzado a no ser bueno porque, cuando aquella colectividad,

ya sean pueblos soldados o grandes señores, que tú juzgues necesaria para mantenerte,

esté corrompida, te conviene seguir su humor para satisfacerla, con lo que,

entonces, las buenas obras son tus enemigas10.

Así pues, el político que no sabe hacer el mal ético “si es necesario” no puede ser

un buen político porque, a veces, el Estado requiere el mal ético. El cardenal católico

francés Richelieu, enfrentado a Fernando II en la citada Guerra de los Treinta

Años, pasa por ser el primero que, de un modo explícito, justificó la separación

9Maquiavelo, N, El príncipe, XVIII.

10Maquiavelo, N, op.cit., XIX.

516d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

de la moral católica frente a la praxis política del Estado francés, llevando a la

práctica la idea expuesta por Maquiavelo en El príncipe, resumida en la famosa

fórmula de la “raison d’état” (que los ingleses tradujeron por “national interest”).

Para Richelieu, la razón de Estado, los intereses del Estado francés, estaban por

encima de cualquier otra consideración, estaban por encima incluso de cualquier

norma moral o religiosa, lo que le permitió aliarse con otomanos y protestantes

en contra del rey católico Fernando II, incluso siendo Richelieu, como era, un

príncipe de la iglesia católica. A partir de ese momento, en la política internacional

europea, la moral religiosa asociada a la teoría del origen divino del poder pasó a

un segundo plano eclipsada por el interés del propio Estado, de esos Estados que

luego se convertirían progresivamente en naciones en sentido moderno. La teoría

política según la cual los Estados son los actores políticos más importantes sobre

los que no existe ningún poder ni norma superior que regule sus relaciones (al

margen de los tratados que ellos mismos, en el ejercicio de su soberanía, decidan

asumir) es lo que se conoce como “realismo político”; la práctica política asociada

a esa teoría es la llamada “Realpolitik”, término alemán acuñado por Ludwig von

Rochau en su conocido libro Principios de Realpolitik11. Por supuesto, con esto no

estoy intentando decir que en la Edad Media no hubiera conflictos o tensiones

entre lo que ahora llamamos requerimientos éticos y la realidad política pero,

como digo, algunos de estos conflictos tenían una morfología diferente en la que

la moral religiosa jugaba un papel importante pues el papa estaba ungido por Dios

y, por tanto, tenía un estatus especial. La Edad Moderna y la ulterior caída del

Antiguo Régimen se suele caracterizar por la pérdida relativa del poder moderador

político por parte de la iglesia católica, un poder político que, en la escolástica

medieval y moderna, forma parte de un sistema teológico y antropológico en el que

los principios morales católicos tienen una papel cardinal (como lo tuvieron en el

derecho de gentes).

En el mundo sin Dios posterior a la Revolución Francesa, la moral y la política

religiosa dejan paso a la Realpolitik: ya no es posible apelar a una ética o una moral

dadas por Dios que estén por encima del Estado y de la política. Muchos juzgarán

esta situación como aberrante, pero deberían recordar que, desde una antropología

no teológica, el sujeto individual personal, su libertad, su seguridad, la igualdad,

su educación y, en general, su constitución como ciudadano y como persona,

sería imposible fuera del Estado. Los derechos que un ciudadano europeo tiene

y que salvaguardan su integridad personal no los tiene en cuanto que ciudadano

del mundo sino en cuanto inglés, francés, o español. Tiene que haber un Estado

que haga valer esos derechos pues hay muchos lugares del mundo en los que esos

mismos derechos no significan nada, donde no existen. Si en ciertos lugares se

respetan es gracias a un determinado Estado y si ese Estado deja de existir entonces

inmediatamente dejan de existir esos derechos y la ética que está detrás de esos

derechos. Esa ética es ella misma también una construcción histórica dentro de

un Estado realmente existente. Una vez que el poder supraterrenal moderador ha

dejado de existir, es la propia confrontación entre los Estados la que determina el

poder relativo de cada uno con respecto a los demás, y el poder y la soberanía de

11Rochau, L. von, Grundsätze der Realpolitik, Stuttgart, Göpel, 1853.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 517

algunos Estados para hacer valer ciertos principios éticos dentro de sus fronteras y

en el trato recibido por sus nacionales en el exterior.

3. L a identidad cultural e histórica de ciertos Estados como justificación

de la violación de los principios éticos

Los principios éticos que salvaguardan la integridad del individuo humano y que

presuponen la igualdad distributiva entre las personas, a pesar de estar construidos

como principios universales en cuanto a su esencia, sin embargo no son universales

en cuanto a su implantación práctica política, en cuanto a su existencia. No me

refiero ahora a la incompatibilidad inevitable entre ética y política exigida por la

misma viabilidad de todo Estado y que he considerado en el epígrafe anterior, ni se

trata tampoco de considerar la eventualidad de que alguna persona particular actúe

de un modo antiético pues esto podrá ocurrir en cualquier Estado ya que es imposible

erradicar por completo los asesinatos, los asaltos violentos, las violaciones y tantas

otras conductas delictivas que atentan contra la individualidad física y moral de

las personas. Lo que quiero tratar en este epígrafe es la existencia de Estados que,

amparándose en su identidad histórica o cultural, permiten o incluso promueven

conductas antiéticas institucionalizadas que, en principio, podrían evitarse.

Este es el caso de aquellos Estados en los que está tolerada la mutilación genital

pues toda mutilación es una violación grave de la integridad física individual.

Nuestros conocimientos médicos confirman sin ningún género de dudas el carácter

dañino y perjudicial de esas prácticas y su absoluta falta de justificación. Otro caso

frecuente de violación institucionalizada de las normas éticas más básicas es el

de las restricciones graves y gratuitas que sufren las mujeres en muchos Estados:

limitaciones en la libertad de movimientos, y en el acceso al estudio, al trabajo y a

multitud de actividades públicas y privadas. Todas estas restricciones atentan contra

el desarrollo personal de esas mujeres y, por tanto, socavan su firmeza y su fortaleza

pues las convierten en personas de segunda categoría sin posibilidad alguna de

redención. Ciertas restricciones severas en los hábitos del vestir de las mujeres

también cumplen esta función de sometimiento a los hombres y de afirmación de

lo que los antropólogos llaman un “complejo de supremacía masculina”.

Por supuesto, hay que citar también aquí los Estados que tienen institucionalizada

la tortura o la toleran de un modo sistemático. Por otra parte, es universalmente

admitido en todos los Estados que ciertos delitos graves deben llevar asociada una

pena de privación de libertad. Esa pena tiene muchas funciones no siendo la menor

la de permitir al reo redimir su falta ante la sociedad, y redirigirle hacia la conducta

correcta para integrarle en la sociedad como un ciudadano más. Suele entenderse

que esa restricción temporal de la libertad tiene una clara intención ética pues

cumple esa función correctora y rehabilitadora. Sin embargo, la función redentora,

“elevante”, de las condenas desaparece cuando nos referimos a la mal llamada “pena

de muerte”. La expresión “pena de muerte” es casi un oxímoron ya que el penado no

puede sufrir pena alguna si es que se le mata. Por esta razón, Gustavo Bueno propone

que se designe como “eutanasia procesal”, es decir, una muerte producida adrede

de un modo piadoso como consecuencia de un proceso judicial justo, y que estaría

reservada para los convictos y confesos de crímenes horrendos en los que resultaría

518d. alvargonzález, El peso de la ética en la política

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

repugnante pensar siquiera en la posibilidad de una redención y rehabilitación del

criminal12. Lo mismo que los médicos pueden desahuciar a un enfermo terminal y

evitar el ensañamiento terapéutico, se diría que un Estado podría desahuciar a ciertos

autores de crímenes horrendos, al considerarlos como una especie de “enfermos

éticos incurables”, promoviendo su eliminación eutanásica. Gustavo Bueno mantiene

que el Estado no cometería crimen ético alguno puesto que el reo habría dejado de

ser persona y resultaría irrecuperable. Esa supuesta despersonalización total es, sin

embargo, muy controvertida, lo que lleva a pensar que la eutanasia procesal en tiempo

de paz implica atentar directamente contra la vida de una persona (por patológica que

sea o desintegrada que esté), y que entonces supone un acto antiético institucionalizado

y no necesario. La pena de muerte en tiempo de guerra tiene un significado distinto

pues, como ha quedado expuesto en el epígrafe anterior, el crimen ético se reconoce

de modo explícito aunque se le da una justificación política.

4. Ética y política en situaciones en las que no hay contradicción

Me he referido a dos situaciones (las guerras y las políticas de fronteras) en las

que cualquier Estado, si quiere conservarse en el ser, tiene que sacrificar el bien

ético para lograr su supervivencia como Estado político. He mencionado después

la existencia de estados particulares que, en virtud de su estructura idiosincrática

conculcan sistemáticamente principios éticos apelando a su identidad histórica

o cultural. Sin embargo, la buena marcha de un Estado realmente existente, en

muchas circunstancias, no colisiona con los principios de la ética, e incluso, en

ocasiones, el Estado persigue, también por motivos estructurales, los mismos

objetivos que la ética: al Estado le interesa que sus ciudadanos estén sanos y tengan

una formación cualificada pues eso, en general, contribuye a la buena marcha de la

nación, a su fortaleza y a su seguridad; en todo caso, ese mismo Estado debe velar

por los contenidos de esa educación pues sería suicida que se dedicase a promover

la formación de terroristas o de traidores y sediciosos que atentaran luego contra

su propia seguridad.

Hay otros asuntos en los que la política se desentiende de las normas éticas

que velan por la firmeza de las personas: así, por ejemplo, las prácticas de fumar,

abusar de la bebida y de las drogas o tener una conducta excesivamente promiscua

pueden ser perjudiciales para la salud del individuo si es que ponen en riesgo su

firmeza y, sin embargo, muchos Estados evitan censurarlas. Unas veces la pasividad

del Estado se justifica por la imposibilidad de controlar efectivamente ciertas

conductas, otras por el carácter contraproducente de su persecución (como ocurrió

con la ley seca), y otras, en fin, apelando a la doctrina según la cual el Estado no

debe entrometerse en cuestiones que se consideran íntimas o propias de la vida

privada. Desde la concepción de la ética bosquejada en el epígrafe primero de

este artículo, el aborto provocado de embriones humanos sanos implantados es

censurable ya que significa matar a un individuo humano en sus fases tempranas

12Bueno, G., Panfleto contra la democracia realmente existente, Madrid, La esfera de los

libros, 2004.

PENSAMIENTO, vol. 74 (2018), núm. 280 pp. 509-519

d. alvargonzález, El peso de la ética en la política 519

de formación. Sin embargo, la oportunidad política de las leyes restrictivas en

materia de aborto es un asunto que se discute con otros argumentos: por una parte,

con las tecnologías médicas actuales, y en el contexto de un tráfico internacional

generalizado de personas, el aborto temprano resulta casi imposible de perseguir

y, por otra parte, hay estudios que sugieren que las legislaciones restrictivas en esta

materia no hacen disminuir las tasas de aborto.13No obstante, la circunstancia de

que, desde las administraciones, se trate de reducir algunas de las prácticas referidas

en este párrafo, utilizando, por ejemplo campañas de información y propaganda,

probablemente se justifica porque el Estado las considera dañinas para el individuo

y, por tanto, desde nuestras coordenadas, antiéticas.

También se dan situaciones en las que una conducta punible es neutral desde

el punto de vista ético y, sin embargo, es censurable desde un punto de vista

político: la conculcación de las leyes que regulan la imposición tributaria suele ser,

en principio, éticamente neutra (pues no atenta de un modo inmediato contra la

firmeza o fortaleza de otra persona) pero tiene un significado político muy claro ya

que, puesto que los tributos contribuyen directamente al sostenimiento del Estado,

el que defrauda al Estado está cometiendo un crimen político. A los efectos de

las situaciones consideradas hasta el momento en este epígrafe la cuestión de las

formas de gobierno de cada Estado puede considerarse accidental.

Un caso sujeto a muchas contingencias y con una estructura más compleja es el

de la llamada corrupción política. Si el lector sigue acompañándome en el uso de

los modos de caracterizar la ética y la política que he introducido en el apartado

primero de este trabajo, entonces se debería admitir que la corrupción política es

un mal que puede ir acompañado de valores negativos, éticos y políticos a la vez.

Desde luego, es un mal eminentemente político si se están robando directamente

los bienes del Estado, y es también un mal político en la medida en que desprestigia

las instituciones de gobierno y socava su credibilidad induciendo inestabilidad

política. Pero también puede ser un mal ético cuando utiliza la extorsión y la

mentira pues éstas afectan directamente a la firmeza de las personas particulares

implicadas, sin importar a estos efectos si esas otras personas aceptan la extorsión

de un modo voluntario ya que, aunque así fuera, su firmeza no dejaría por ello de

quedar igualmente comprometida.

Universidad de Oviedo DavidAlvargonzález

Departamento de Filosofía

dalvar@uniovi.es

[Artículo aprobado para publicación en diciembre de 2016]

13Alvargonzález, D.,«The constitution of the human embryo as substantial change»,

Journal of Medicine and Philosophy, 2016. doi:10.1093/jmp/jhv062

Alvargonzález, D., «Towards a non-ethics-based consensual public policy on abortion»,

International Journal of Health Planning and Management, 2015.

doi: 10.1002/hpm.2320

DE0B88C708F3ACA2DE21.f03t01?userIsAuthenticated=false&deniedAccessCustomisedMes

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Globalización, un concepto difuso. Pero un concepto crucial para analizar el siglo XXI

La Globalización, como concepto, es esencial para la buena marcha del capitalismo actual, un modelo económico cuya implantación social y política forma lo que se conoce como el neoliberalismo, o para algunos , el capitalismo salvaje.

Desde luego se trata de un concepto cuyos aspectos o contenidos de corte metafísico, idealista , hacen que su análisis y su crítica resulten realmente complejas y complicadas, en parte debido a estos contenidos metafísicos , oscuros, que generan precisamente la confusión implícita en toda ideología

Me permito sugerir que para entender mejor este importante concepto , analicemos las tesis que propuso Gustavo Bueno, el gran filósofo español creador del Materialismo Filosófico.

Este es uno de tres videos de G Bueno sobre la Globalización, que consideramos fundamental para analizar con criterios metodológicos sólidos, en el sentido gnoseológico y científico del término metodología.

Un caso, a modo de ejemplo del modo en que opera la construcción de esa Idea aureolar ( como concepto difuso , oscuro, confusionista ) de Globalización, y su implantación “gnóstica” y “política”, lo encontramos en una organización financiada y difundida por uno de los grandes bancos de España, países Hispanoamericanos y otros , el Banco de Bilbao Vizcaya Argentaria, o BBVA. A continuación un fragmento de un artículo de Ernesto Zedillo, el ex presidente de México que llevó a cabo la mayor transformación política hecha en México encaminada a forjar un Estado acorde a los lineamientos de la Globalización . No en vano Zedillo es uno de los varios políticos llamados tecnócratas formados en la célebre Escuela de Chicago, forja de líderes neoliberales que la Economía neoliberal capitalista necesita. De ahí su lógica presencia en openmind.com, openmind como el think tank de uno de los grandes bancos europeos: BBVA

FRAGMENTO DEL ARTICULO DE ERNESTO ZEDILLO, ex presidente ultraliberal de México publicado por Open Mind: “Aunque la lista de factores que contribuyen a la erosión de las perspectivas de crecimiento económico es extensa, debe prestarse especial atención a la cuestión de si es posible que la globalización haya alcanzado su punto máximo y esté incluso en peligro de revertir

Fuente del texto inmediato superior ( de E Zedillo ): https://www.bbvaopenmind.com/articulos/la-ultima-decada-y-el-futuro-de-la-globalizacion/

Terminamos esta entrada con otra perla del artículo del ex presidente ultraliberal mexicano, sobre el asunto de la globalización y su implantación social y política:

Los gobiernos prefieren culpar a las distintas dimensiones de la globalización —el comercio, las finanzas y la inmigración— de fenómenos como el crecimiento insuficiente del PIB, el estancamiento salarial, la desigualdad y el desempleo antes que admitir su fracaso a la hora de hacer su trabajo”

NOTA DE INTROFILOSOFIA: Estas últimas palabras dichas por un ex presidente que dirigió durante seis años un Estado con alrededor de cien millones de personas. Paradoja su afirmación cuando posiblemente ha sido uno de los presidentes de México que peores resultados ( sociales, económicos y políticos) produjo durante su gobierno

Crítica del poema épico de Pablo Neruda: Canto General

Raúl Zurita propone un análisis crítico literario del poema Canto General, de Neruda. Me parece un muy interesante material para trabajar sobre el asunto desde la Teoría de la Razón Literaria, del profesor Jesús G.Maestro.

Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia. Un vistazo a los tiempos electorales en el cine mexicano (primera parte) | Cultura y vida cotidiana

Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia. Un vistazo a los tiempos electorales en el cine mexicano (primera parte) | Cultura y vida cotidiana
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