Esta es la cuestión. O defendemos nuestra propia tierra, nuestra propia raíz, o los demás acabarán quitándonos la tierra, la libertad y hasta la dignidad

EL MUNDO

Fuente https://e00-elmundo.uecdn.es/especiales/2001/09/internacional/ataqueusa/oriana.pdf

Por Oriana Fallaci

La rabia y el orgullo

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Europa es cristiana, y es griega por el Logos racional, y es filosófica por muchas razones, pero no ha de ser ni sometida ni dominada por teocracias intolerantes con la razón

Con este extraordinario relato, Oriana Fallaci rompe un silencio de décadas. La más célebre escritora italiana vive gran parte del año en Manhattan totalmente aislada. Pero el destino

quiso que, el 11 de septiembre, el Apocalipsis se abriese a poca distancia de su casa. En es- tas páginas plasma qué sintió. Ideas fuertes. Ideas para razonar y reflexionar.

ME pides que hable, esta vez. Me pides que rompa, al menos esta vez, el silen- cio por el que he optado y que, desde hace años, me he impuesto para no mezclarme con las chicha- rras. Y lo hago. Porque he sabido que, incluso en Italia, algunos se alegraron, como aquella tarde se alegraron en televisión los palesti- nos de Gaza. «¡Victoria, victo- ria!». Hombres, mujeres y niños. Siempre que se pueda seguir defi- niendo como hombre, mujer o ni- ño al que hace una cosa así.

He sabido que algunas chicharras de lujo, políticos o supuestos po- líticos, intelectuales o supuestos intelectuales, amén de otros indi- viduos que no merecen la califi- cación de ciudadanos, se compor- tan sustancialmente de la misma forma. Dicen: «Les está bien em- pleado a los americanos».

Me siento muy, muy indignada. Indignada con una rabia fría, lú- cida y racional. Una rabia que eli- mina cualquier atisbo de distan- ciamiento o de indulgencia. Una rabia que me invita a responder- les y, sobre todo, a escupirles. Les escupo a todos ellos. Indig- nada como yo, la poetisa afroa- mericana Maya Angelou, rugió también: «Be angry. It’s good to be angry, it’s healthy» (Indignaos. Es bueno estar indignados. Es sa- no). No sé si indignarme es salu- dable para mí.

Pero sé que no les sentará bien a ellos, a los que admiran a Osama bin Laden, a los que le expresan comprensión, simpatía o solidari- dad. Con tu petición se ha encen- dido un detonante, que hace mu- cho tiempo que quiere explotar. Ya lo verás.

Me pides que cuente cómo he vivi- do yo este Apocalipsis. Que escri- ba, en suma, mi testimonio. Ahí va.

Estaba en casa. Mi casa está situa- da en el centro de Manhattan y, a las nueve en punto, tuve la sensa- ción de un peligro inminente que quizás no me alcanzase, pero que ciertamente me iba a afectar pro- fundamente. Era la sensación que se siente en la guerra, durante el combate, cuando con todos los po- ros de tu piel sientes las balas o el cohete que silba, estiras las orejas y gritas al que está a tu lado: «¡Down! ¡Get down!» (¡Al suelo. Echate al suelo!). Tardé un poco en reaccionar. ¡No estaba ni en Viet- nam ni en una de las numerosas y horribles guerras que, desde la II Guerra Mundial, han atormentado mi vida! Estaba en Nueva York, caramba, una maravillosa mañana de septiembre del año 2001.

Pero la sensación siguió apoderán- dose de mí, inexplicable, y enton- ces hice lo que no suelo hacer nunca por la mañana. Encendí la televisión. El sonido no funciona- ba, pero la pantalla, sí. Y en todos los canales, aquí hay casi 100 ca- nales, veía una Torre del World Trade Center que ardía como una gigantesca cerilla. ¿Un cortocir- cuito? ¿Una avioneta estrellada contra la Torre? ¿O un atentado te- rrorista planeado? Casi paralizada, permanecí fija ante la pantalla y, mientras la miraba fijamente y me planteaba esas tres preguntas, apa- reció un avión.

Blanco y grande. Un avión de lí- nea. Volaba bají- simo. Y volando bajísimo se diri- gía hacia la se- gunda Torre co- mo un bombarde- ro que apunta a su objetivo y se arroja sobre él. Entonces me di cuenta de lo que estaba pasando. Me di cuenta,

porque, en ese mismo momento, volvió la voz a mi tele, transmi- tiendo un coro de gritos salvajes. Realmente salvajes: «¡Oh God, oh, God, God, God, Gooooooo- od!». Y el avión penetró en la se- gunda Torre como un cuchillo que corta un trozo de mantequilla.

TROZO DE HIELO

Eran las nueve y cuarto. Y no me pidas que recuerde lo que sentí durante aquellos 15 minutos. No lo sé, no lo recuerdo. Era como un trozo de hielo. Incluso mi cerebro estaba helado. Ni siquiera recuer- do si algunas cosas las vi sobre la primera o sobre la segunda Torre. La gente que, para no morir abra- sada viva, se lanzaba por las ven- tanas desde el piso 80 ó 90, por ejemplo. Rompían los cristales de las ventanas y se lanzaban al va- cío como si se lanzasen de un avión en paracaídas, y caían len- tamente. Agitando las piernas y los brazos, nadando en el aire. Sí, parecía que nadaban en el aire. Y no acababan de llegar abajo. Ha- cia el piso 30, aceleraban. Se po- nían a gesticular, desesperados, supongo que arrepentidos, como si gritasen «Help, help». Y quizás lo gritasen de verdad. Por fin, caí- an en el suelo y paf.

Mira, pensaba estar vacunada contra todo y, esencialmente, lo estoy. Ya nada me sorprende. Ni siquiera cuando me indigno y me irrito. Pero en la guerra siempre vi a gente que mue- re asesinada. Nunca había vis- to a gente que muere matándo- se, es decir, lan- zándose sin para- caídas del piso 80, 90 ó 100. Además, en la

guerra siempre vi trastos que ex- plotan en abanico. En la guerra siempre oí un gran ruido. En cambio, las dos Torres no explo- taron. La primera implosionó y se tragó a sí misma. La segunda, se fundió, se disolvió. Por el calor se disolvió como un trozo de mantequilla al fuego. Y todo su- cedió, o al menos así me pareció a mí, en medio de un silencio de tumba. ¿Es posible? ¿Reinaba re- almente ese silencio o estaba den- tro de mí?

Tengo que decirte también que, en la guerra, siempre vi un núme- ro limitado de muertes. Cada combate, 200 ó 300 muertos. Co- mo máximo, 400. Como en Dak To, en Vietnam. Y cuando termi- nó la batalla y los americanos se pusieron a rescatar a sus heridos y a contar a sus muertos, no podía dar crédito a mis ojos. En la ma- tanza de Ciudad de México, aqué- lla en la que incluso a mí me hirió una bala, recogieron al menos 800 muertos. Y, cuando creyéndome muerta, me llevaron al tanatorio, los cadáveres que había a mi alre- dedor me parecían un diluvio.

Pues bien, en las dos Torres tra- bajaban casi 50.000 personas. Y pocos tuvieron el tiempo sufi- ciente para salir de ellas. Los as- censores no funcionaban, obvia- mente, y para bajar a pie desde los últimos pisos se tardaba una eternidad. Siempre que se lo per- mitiesen las llamas. Jamás sabre- mos el número exacto de muer- tos. ¿40.000, 45.000…? Los ame- ricanos no lo dirán jamás. Para no subrayar la intensidad de este Apocalipsis. Para no dar una sa- tisfacción más a Osama bin La- den e incentivar otros apocalipsis.

Y además, los dos abismos que han absorbido a decenas de miles de criaturas son demasiado pro- fundos. Como máximo, los opera-

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rios desenterrarán trozos de miembros esparcidos por todas partes. Una nariz aquí y un bra- zo, allá. O una especie de barro, que parece café machacado, y que es, en realidad, materia or- gánica. Los residuos de los cuer- pos que en un momento quedan reducidos a polvo. El alcalde Giuliani envió otros 10.000 sa- cos. Pero no los utilizaron.

¿Qué siento por los kamikazes que murieron con ellos? Ningún respeto. Ninguna piedad. Ni si- quiera piedad. Yo que, casi siempre, termino cediendo a la piedad. A mí, los kamikazes, es decir, los tipos que se suicidan para matar a los demás, siempre me parecieron antipáticos, co- menzando por los japoneses de la II Guerra Mundial.

Sólo los consideré beneficiosos para bloquear la llegada de las tropas enemigas, prendiendo fuego a la pólvora y saltando por los aires con la ciudad, en Turín. Nunca los consideré sol- dados. Y mucho menos los con- sidero mártires o héroes, como aullando y escupiendo saliva me los definió Arafat en 1972, cuando lo entrevisté en Amán, el lugar donde sus mariscales entrenaban incluso a los terro- ristas de la Beider-Meinhoff.

KAMIKAZES

Los considero tan sólo vanido- sos. Vanidosos que, en vez de buscar la gloria a través del ci- ne, de la política o del deporte, la buscan en la muerte propia y en la de los demás. Una muerte que, en vez del Oscar, de la pol- trona ministerial o del título de Liga, les procurará (o eso cre- en) admiración. Y, en el caso de los que rezan a Alá, un lugar en el paraíso del que habla el Co- rán: el paraíso donde los héroes gozan de las huríes.

Son incluso vanidosos física- mente. Tengo ante mis ojos la fotografía de dos kamikazes de los que hablo en mi libro Ins- ciallah, la novela que comienza con la destrucción de la base americana (más de 400 muer- tos) y de la base francesa (más de 350 muertos) en Beirut. Se habían hecho sacar esta foto an- tes de ir a morir y, antes de diri-

girse a la muerte, habían pasado por el peluquero. ¡Qué buen corte de pelo! ¡Qué bigotes en- gominados, qué barbas tan bien recortadas, qué patillas tan bien igualadas…!

¡Cómo me gustaría poder decir- le cuatro cosas bien dichas al señor Arafat! Entre él y yo no hay buen feeling. Nunca me perdonó ni las repetidas dife- rencias de opinión que tuvimos durante aquel encuentro ni el juicio que hice sobre él en mi li- bro Entrevista con la historia. Y por mi parte, tampoco le he per- donado nada. Ni siquiera el que un periodista italiano, que se presentó ante él imprudente- mente diciendo que era «amigo mío», se encontrase al instante con una pistola apuntándole al corazón. No nos

dad para desmentirse, sería ca- paz de responderme que tengo razón. Pero cambiemos de dis- co. Como todo el mundo sabe, estoy muy enferma y, hablando de Arafat, me sube la fiebre.

Prefiero hablar de la invulnera- bilidad que muchos en Europa atribuían a Estados Unidos. ¿Qué tipo de invulnerabilidad? Cuanto más democrática y abier- ta es una sociedad, más expuesta está al terrorismo. Cuanto más libre es un país y menos gober- nado está por un régimen poli- cial, más sufre o se arriesga a su- frir las matanzas que durante tantos años se produjeron en Ita- lia, en Alemania y en otras zonas de Europa. Y ahora tienen lugar, agigantadas, en Norteamérica. No en vano los países no demo-

ñana mi subconsciente me lo advirtió con una profunda in- quietud y una rara sensación de peligro? ¿Por qué crees que, contrariamente a mis costum- bres, encendí el televisor? ¿Por qué crees que entre las tres cuestiones que me planteaba mientras ardía la primera Torre y la voz de mi tele no funciona- ba, estaba la del atentado? ¿Y por qué crees que apenas apare- cido en pantalla el segundo avión lo comprendí todo?

Por ser Estados Unidos el país más potente del mundo, el más rico, el más poderoso, el más moderno, cayeron casi todos en esa insidia. A veces, incluso los propios americanos. Y es que la invulnerabilidad de Norteaméri- ca nace precisamente de su fuerza, de su riqueza, de su po- tencia, de su modernidad. Es la habitual historia del pez que se muerde la cola.

Nace también de su esencia multiétnica, de su liberalidad, de su respeto por los ciudada- nos y por los huéspedes. Por ejemplo, cerca de 24 millones de americanos son árabes-mu- sulmanes. Y cuando un Mustafá o un Mohamed viene, por ejem- plo de Afganistán, a visitar a un tío, nadie le prohíbe apuntarse a una escuela para aprender a pi- lotar un 757. Nadie le prohíbe inscribirse en una universidad (una costumbre que espero que cambie) para estudiar química y biología, las dos ciencias nece- sarias para desencadenar una guerra bacteriológica. Nadie. Ni siquiera si el Gobierno teme que el hijo de Alá secuestre un 757 o eche un puñado de bacte- rias en el depósito de agua y de- sencadene una hecatombe. (Di- go si, porque, esta vez, el Go- bierno no sabía nada y el pape- lóndelaCIAydelFBInotiene parangón. Si fuese el presidente de Estados Unidos los echaría a todos a patadas en el culo por cretinos).

SIMBOLOS

Y dicho esto, volvamos al razo- namiento inicial. ¿Cuáles son los símbolos de la fuerza, de la riqueza, de la potencia de la mo- dernidad americana? No son el jazz y el rock and roll, el chicle

LA RABIA Y EL ORGULLO

volvimos a ver más. Pecado. Porque, si lo vol- viese a ver de nuevo, o mejor dicho, si me con- cediese audien- cia, le gritaría en las narices quié- nes son los márti- res y los héroes.

Estaba en casa. Mi casa está situada en el centro de Manhattan y, a las nueve en punto, tuve la sensación de un peligro inminente que quizás no me alcanzase, pero que ciertamente me iba a afectar profundamente.

cráticos, gober- nados por regí- menes policia- les, han alberga- do y financiado y ayudan a los terroristas.

Por ejemplo, la Unión Soviéti- ca, los países sa- télites de la Unión Soviética

Le gritaría: Ilustre señor Arafat, los mártires son los pasajeros de los cuatro aviones secuestrados y transformados en bombas hu- manas. Entre ellos, la niña de cuatro años que se desintegró en el interior de la segunda To- rre. Ilustre señor Arafat, los mártires son los empleados que trabajaban en las dos Torres y en el Pentágono. Ilustre señor Arafat, los mártires son los bomberos muertos por intentar salvarlos. ¿Y sabe usted quiénes son los héroes? Son los pasaje- ros del vuelo que iba a estrellar- se contra la Casa Blanca y que se estrelló en un bosque de Pen- silvania, porque se rebelaron contra los terroristas.

Ellos sí que están en el paraíso, ilustre señor Arafat. La desgra- cia es que ahora sea usted el je- fe de Estado ad perpetuum, que se comporta como un monarca, que visita al Papa y afirma que el terrorismo no le gusta y man- da condolencias a Bush. Y qui- zás con su camaleónica capaci-

y la China Popular. La Libia de Gadafi, Irak, Irán, Siria, el Lí- bano arafatiano, el propio Egip- to, la propia Arabia Saudí, el propio Pakistán, obviamente Afganistán y todas las regiones musulmanas de Africa. En los aeropuertos y en los aviones de esos países siempre me he sen- tido segura. Serena como un re- cién nacido que duerme pláci- damente. Lo único que temía era ser arrestada porque ponía a parir a los terroristas.

En cambio, en los aeropuertos y en los aviones europeos siem- pre me he sentido nerviosilla. Y en los aeropuertos y en los aviones americanos, realmente nerviosa. Y en Nueva York, dos veces más nerviosa. En Was- hington, no. Debo admitirlo. Realmente no me esperaba el avión contra el Pentágono.

A mi juicio, en suma, nunca ha sido un problema de si, sino un problema de cuándo. ¿Por qué crees que el martes por la ma-

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o la hamburguesa, Broadway o Hollywood. Son sus rascacielos. Su Pentágono. Su ciencia. Su tecnología. Esos rascacielos im- presionantes, tan altos, tan be- llos que, al alzar los ojos, casi olvidas las pirámides y los divi- nos palacios de nuestro pasado. Esos aviones gigantescos, exa- gerados, que se utilizan como en otro tiempo se utilizaban los ve- leros y los camiones, porque to- do se mueve a través de los aviones. Todo. El correo, el pes- cado fresco y nosotros mismos (no olvidemos que la guerra aé- rea la inventaron ellos. O al me- nos la guerra aérea desarrollada hasta la histeria).

Ese terrible Pentágono, esa for- taleza que da miedo sólo con mirarla. Esa ciencia omnipre- sente y casi omnipotente. Esa extraordinaria tecnología que, en pocos años, cambió por com- pleto nuestra vida cotidiana, nuestra milenaria manera de co- municarnos, comer y vivir. ¿Y dónde les ha golpeado el reve- rendo Osama bin Laden? En los rascacielos y en el Pentágono. ¿Cómo? Con los aviones, con la ciencia, con la tecnología.

By the way. ¿Sabes qué es lo que más me impresiona de este triste millonario, de este fallido playboy que, además de cortejar a las princesas rubias y retozar en los night club (como hacía en Beirut, cuando tenía 20 años), se divierte matando a la gente en nombre de Mahoma y de Alá? El hecho de que su desmesurado patrimonio provenga también de los beneficios de una Corpora- tion especializada en demolicio- nes y que él mismo sea un ex- perto demoledor. La demolición es una especialidad americana.

Cuando nos vimos, te noté casi sorprendido de la heroica efica- cia y de la admirable unidad con la que los americanos han afrontado este Apocalipsis. Pues, sí. A pesar de los defectos que continuamente se le echan en cara, y que yo misma les echo en cara (aunque los de Eu- ropa y, especialmente, los de Italia son todavía peores), Esta- dos Unidos es un país que tiene grandes cosas que enseñarnos. A propósito de la heroica efica-

cia, déjame levantar una peana para el alcalde de Nueva York. Ese Rudolph Giuliani al que no- sotros, los italianos, deberemos dar gracias de rodillas. Porque tiene un apellido italiano y es de origen italiano y está que- dando como un héroe ante todo el mundo. Es una gran, un gran- dísimo alcalde, Rudolph Giulia- ni. Te lo dice una que nunca es- tá contenta por nada y con na- die, comenzando por sí misma. Es un alcalde digno de otro grandísimo alcalde con apellido italiano, Fiorello La Guardia, a cuya escuela deberían ir mu- chos de nuestros alcaldes. Ten- drían que presentarse humilde- mente, incluso con ceniza en la

como yo, hace como si estuvie- se sano y sigue trabajando. Pero yo trabajo en una mesa, caram- ba, y sentada.

El, en cambio… Parecía un ge- neral de ésos que participan di- rectamente en la batalla. Un soldado que se lanza al ataque con la bayoneta calada. «Ade- lante, vamos, vamos, arriba. Va- mos a salir de esto lo más pron- to posible». Pero podía hacer eso, porque la gente era, es, co- mo él. Gente sin vanidad y sin pereza, habría dicho mi padre, y con cojones. En cuanto a la ad- mirable capacidad de unirse, a la forma de cerrar filas de una manera casi marcial con la que

cuando les vi olvidarse de todas sus diferencias, me quedé de pie- dra. Lo mismo me pasó cuando oí a Bill Clinton (una persona ha- cia la cual nunca sentí ternura al- guna) declarar: «Apretémonos en torno a Bush, tened confianza en nuestro presidente». Y lo mismo me pasó cuando esas mismas pa- labras fueron repetidas con fuerza por su mujer, Hillary, ahora sena- dora por el estado de Nueva York. Y cuando fueron reiteradas por Lieberman, el ex candidato demócrata a la Vicepresidencia (sólo el desaparecido Al Gore permaneció escuálidamente ca- llado). Y cuando el Congreso vo- tó por unanimidad aceptar la gue- rra y castigar a los responsables.

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cabeza, ante él para preguntarle: «Sor Giuliani, por favor, díga- me cómo se hace». El no delega sus deberes en el prójimo, no. No pierde tiempo en tonterías ni en medrajes personales. No se divide entre el cargo de alcalde y el de ministro o diputado. (¿Hay alguien que me esté es- cuchando en las tres ciudades de Stendhal, es decir, en Nápo- les, en Florencia y en Roma?).

Llegó instantes después de la catástrofe, entró en el segundo rascacielos y corrió el peligro de transformarse en cenizas co- mo los demás. Se salvó por los pelos y por casualidad. Y al ca- bo de cuatro días, volvió a po- ner en pie la ciudad. Una ciudad que tiene nueve millones y me- dio de habitantes y casi dos sólo en Manhattan. Cómo lo hizo, no lo sé. Está enfermo, como yo, el pobre. El cáncer que va y viene, le ha mordido también a él. Y,

los estadounidenses responden a las desgracias y al enemigo, pues, tengo que decirte que me ha sorprendido incluso a mí.

Sabía, sí, que esa capacidad ha- bía explotado en los tiempos de Pearl Harbor, cuando el pueblo se fundió en torno a Roosevelt y Roosevelt entró en guerra contra la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y el Japón de Hiro Hito. La había advertido, sí, des- pués del asesinato de Kennedy. Pero después de todo esto, había venido la Guerra de Vietnam, la lacerante división ocasionada por la Guerra de Vietnam y, en cierto sentido, esa guerra me ha- bía recordado su Guerra Civil de hace siglo y medio.

Por eso, cuando vi a blancos y negros llorar abrazados, y digo bien abrazados, cuando vi a de- mócratas y republicanos cantar abrazados God bless America,

¡Ojalá Italia aprendiese esta lec- ción! Está tan dividida nuestra Italia. ¡Es un país tan lleno de facciones y tan envenenado por sus mezquindades tribales! En Italia, se odian incluso en el seno del mismo partido. No consiguen estar juntos ni siquiera cuando tienen el mismo emblema, el mismo distintivo. Celosos, llenos de bilis, vanidosos y mezquinos, sólo piensan en sus propios inte- reses personales. En la propia ca- rrera, en la propia gloria, en la propia popularidad de periferia. Por los propios intereses perso- nales se desprecian, se traicio- nan, se acusan y se escupen…

Estoy absolutamente convenci- da de que, si Osama bin Laden hiciese saltar por los aires la To- rre de Giotto o la Torre de Pisa, la oposición le echaría la culpa al Gobierno. Y el Gobierno se la echaría a la oposición. Y los je- fecillos del Gobierno y de la

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oposición se las echarían a sus propios compañeros y camara- das de partido. Y dicho esto, dé- jame que te explique de dónde nace la capacidad de unirse que caracteriza a los americanos.

Nace de su patriotismo. No sé si en Italia habéis visto y entendi- do qué pasó en Nueva York cuando Bush fue a dar las gra- cias a los operarios (y opera- rias) que excavan entre los es- combros de las dos Torres in- tentando encontrar algún super- viviente y sólo extraen narices y dedos. Y sin embargo, no ce- den. Sin resignarse y si les pre- guntas cómo lo hacen, te res- ponden: «I can allow myself to be exhausted, not to be defea- ted» (Puedo permitirme estar exhausto, pero no estar derrota- do). Todos. Jóvenes, jovencísi- mos, viejos y de mediana edad. Blancos, negros, amarillos, ma- rrones y violetas…

¿Los habéis visto o no? Mientras Bush les daba las gracias, ellos no paraban de agitar sus banderi- tas americanas, levantar el puño cerrado y rugir: «USA, USA, USA». En un país totalitario, ha- bría pensado: «¡Qué bien se lo ha montado el poder!». En Nor- teamérica, no. En Estados Uni- dos, estas cosas no se organizan. No se manipulan ni se ordenan. Especialmente en una metrópoli desencantada como Nueva York y con operarios como los opera- rios de Nueva York.

Son grandes tipos los operarios de Nueva York. Más libres que el viento. No se les puede mani- pular. No obedecen ni a sus sin- dicatos. Pero si le tocas la ban- dera, si le tocas la patria… En in- glés, no existe la palabra patria. Para decir patria hay que unir dos palabras. Father Land, Tierra de los Padres. Mother Land, Tie- rra Madre. Native Land, Tierra Nativa. O decir simplemente My country, mi país. Pero sí existe el sustantivo patriotismo. Y excep- tuando Francia, no me imagino un país más patriótico que Esta- dos Unidos. ¡Me emocioné tanto viendo a esos operarios apretan- do el puño y enarbolando las banderitas mientras rugían USA, USA, USA, sin que nadie se lo mandase!

HUMILLACION

Y sentí también una especie de humillación. Porque no me pue- do imaginar a los operarios ita- lianos enarbolando la bandera tricolor y rugiendo Italia, Italia, Italia. En las manifestaciones y en los comicios he visto enarbo- lar muchas banderas rojas. Ríos y lagos de banderas rojas. Pero siempre he visto enarbolar muy pocas banderas tricolores. Mal dirigidos o tiranizados por una izquierda arrogante y devota de

blo entero. Por ejemplo, los ope- rarios irreductibles que excavan entre las ruinas para sacar alguna oreja o alguna nariz de las criatu- ras masacradas por los hijos de Alá. O para recoger esa especie de café molido, que es lo único que queda de los fallecidos.

El hecho es que América es un país especial, mi querido amigo. Un país al que hay que envidiar, del que hay que estar celosos, por cosas que nada tienen que

que dicha Revolución comenzó en 1789, es decir, 13 años des- pués de la Revolución America- na, que comenzó en 1776. (Otra particularidad que ignoran o fingen olvidar los del «qué bien empleado les está a los america- nos». ¡Raza de hipócritas!).

Es un país especial, un país en- vidiable, además, porque aque- lla idea es entendida y asumida por ciudadanos a menudo anal- fabetos o con poca instrucción. Los ciudadanos de las colonias americanas. Y porque es mate- rializada por un pequeño grupo de líderes extraordinarios, por hombres de una gran cultura y de una gran calidad. The Foun- ding Fathers, los Padres Funda- dores, los Benjamin Franklin, los Thomas Jefferson, los Tho- mas Paine, los John Adams, los George Washington, etc. ¡Gente muy distinta de los abogadu- chos (como justamente los lla- maba Vittorio Alfieri) de la Re- volución Francesa! ¡Gente muy diferente de los sombríos e his- téricos verdugos del Terror, los Marat, los Danton, los Saint Just y los Robespierre!

Los Padres Fundadores eran ti- pos que conocían el griego y el latín como nunca lo conocerán los profesores italianos de griego y latín (si es que existen todavía). Tipos que en griego habían leído a Aristóteles y a Platón y que, en latín, se habían leído a Séneca y a Cicerón. Y que se habían estu- diado los principios de la demo- cracia griega más que los mar- xistas de mi época estudiaban la teoría de la plusvalía (si es que realmente se la estudiaban).

Jefferson conocía incluso el ita- liano (le llamaba toscano). En italiano hablaba y leía con gran facilidad. De hecho, junto con las 2.000 vides, los 1.000 olivos y los cuadernos de música que escaseaban en Virginia, el flo- rentino Filippo Mazzei, en 1774, le llevó varias copias de un libro escrito por un tal Cesa- re Beccaria titulado De los deli- tos y de las penas.

Por su parte, el autodidacta Franklyn era un genio. Científico, impresor, editor, escritor, periodis- ta, político e inventor. En 1752,

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la Unión Soviética, las banderas tricolores se las han dejado siempre a los adversarios. Y tengo que decir que tampoco los adversarios han hecho muy buen uso de ella, pero, al menos no la han despreciado, gracias a Dios. Y lo mismo digo de los que van a misa.

En cuanto al patán con la camisa verde y la corbata verde, ni si- quiera sabe cuáles son los colo- res de la tricolor y estaría encan- tado de retrotraernos a la guerra entre Florencia y Siena. Resulta- do: hoy, la bandera italiana se ve sólo en las Olimpiadas, si, por casualidad, se gana una medalla. Peor aún: se ve sólo en los esta- dios, cuando hay un partido de fútbol internacional. Unica oca- sión, también, en la que se puede oír el grito de Italia, Italia.

Hay, pues, una gran diferencia entre un país en el que la bandera de la patria es enarbolada por los gamberros en los estadios, y un país en el que la enarbola el pue-

ver con su riqueza, etc. Es un país envidiable porque ha naci- do de una necesidad del alma, la necesidad de tener una patria, y de la idea más sublime que el hombre haya concebido jamás: la idea de la libertad, o de la li- bertad esposada con la idea de la igualdad. Es un país envidia- ble porque, en aquella época, la idea de libertad no estaba de moda. Y mucho menos, la de igualdad. Sólo hablaban de ellas algunos filósofos llamados ilus- trados. Estos conceptos sólo se encontraban en un carísimo li- braco llamado Enciclopedia.

Y aparte de los escritores y de- más intelectuales, aparte de los príncipes y de los señores que tenían dinero para comprar el li- braco o los libros que habían inspirado el libraco, ¿quién sa- bía algo de la Ilustración? ¡No era algo que se pudiese comer la Ilustración! Ni siquiera ha- blaban de la libertad y de la igualdad los revolucionarios de la Revolución Francesa, dado

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descubrió la naturaleza eléctrica del rayo e inventó el pararrayos. Casi nada. Con estos líderes ex- traordinarios, con estos hombres de gran calidad, en 1776, los ciu- dadanos, a menudo analfabetos o poco instruidos, se rebelaron con- tra Inglaterra. Hicieron la Guerra de la Independencia y la Revolu- ción Americana.

LIBERTAD E IGUALDAD

Yapesardelosfusilesydela pólvora, a pesar de los muertos que conlleva toda guerra, no hi- cieron una guerra con los ríos de sangre de la futura Revolu- ción Francesa. No la hicieron con la guillotina ni con las ma- tanzas de La Vendée. La hicie- ron con un pergamino que, jun- to a la necesidad del alma (la necesidad de tener una patria), concretaba la sublime idea de la libertad o de la libertad esposa- da con la igualdad. La Declara- ción de la Independencia.

«We hold these truths to be self- evident… Consideramos eviden- te esta realidad. Que todos los hombres son creados iguales. Que son dotados por el Creador de ciertos derechos inaliena- bles. Que, entre estos derechos, está el derecho a la vida, a la li- bertad y a la búsqueda de la fe- licidad. Que para asegurar estos derechos los hombres deben instituir gobiernos…».

Y ese pergamino, que desde la Revolución Francesa en adelan- te todos hemos bien o mal co- piado o en el que nos hemos inspirado, constituye todavía la espina dorsal de Estados Uni- dos. La linfa vital de esta na- ción. ¿Sabes por qué? Porque transforma a los súbditos en ciudadanos. Porque transforma a la plebe en pueblo. Porque la invita o la exige a gobernarse, expresar su propia individuali- dad, buscar su propia felicidad.

Todo lo contrario de lo que hacía el comunismo, prohibiendo a la gente rebelarse, gobernarse, ex- presarse y colocando a Su Majes- tad el Estado en el trono que an- tes habían ocupado los reyes. «El comunismo es un régimen mo- nárquico, una monarquía de viejo cuño. Por eso, le corta los cojo- nes a los hombres. Y cuando a un

hombre se le cortan los cojones, ya no es un hombre», decía mi padre. Decía también que, en vez de rescatar a la plebe, el comunis- mo convertía a todos en plebe y mataba a todos de hambre.

A mi juicio, Estados Unidos res- cata a la plebe. Son todos plebe- yos en Norteamérica. Blancos, negros, amarillos, marrones, violetas, estúpidos, inteligentes, pobres y ricos. Incluso los más plebeyos son precisamente los ricos. En la mayoría de los ca- sos, son maleducados y grose- ros. Se ve rápidamente que no son nada refinados y que no se apañan con el buen gusto o la sofisticación. A pesar del dinero que se gastan en vestirse, por ejemplo, son tan poco elegantes que, a su lado, la reina de Ingla- terra parece chic. Pero están res- catados. Y en este mundo no hay nada más fuerte y más po- tente que la plebe rescatada. Te rompes siempre los cuernos contra la plebe rescatada.

Y contra Estados Unidos se han roto siempre todos los cuernos. Ingleses, alemanes, mexicanos, rusos, nazis, fascistas y comunis- tas. Por último se los han roto in- cluso los vietnamitas que, des- pués de su victoria, han tenido que pactar con ellos, de tal forma que, cuando un ex presidente de Estados Unidos va a hacerles una visita, tocan el cielo con un dedo. «Bienvenido señor presidente, bienvenido señor presidente». Con los hijos de

decir de parecer racistas (pala- bra totalmente inapropiada, por- que el discurso no es sobre una raza, sino sobre una religión), no os dais cuenta o no queréis daros cuenta de que estamos an- te una cruzada al revés.

Habituados como estáis al doble juego, afectados como estáis por la miopía, no entendéis o no que- réis entender que estamos ante una guerra de religión. Querida y declarada por una franja del Is- lam, pero, en cualquier caso, una guerra de religión. Una guerra que ellos llaman yihad. Guerra santa. Una guerra que no mira a la conquista de nuestro territorio, quizás, pero que ciertamente mira a la conquista de nuestra libertad y de nuestra civilización. Al ani- quilamiento de nuestra forma de vivir y de morir, de nuestra forma de rezar o de no rezar, de nuestra manera de comer, beber, vestir- nos, divertirnos o informarnos…

No entendéis o no queréis en- tender que si no nos oponemos, si no nos defendemos, si no lu- chamos, la yihad vencerá. Y destruirá el mundo que, bien o mal, hemos conseguido cons- truir, cambiar, mejorar, hacer un poco más inteligente, menos hi- pócrita e, incluso, nada hipócri- ta. Y con la destrucción de nuestro mundo destruirá nuestra cultura, nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra moral, nuestros valores y nuestros placeres…

Dios. Pero no tengo intención al- guna de dejarme matar por serlo.

Lo vengo diciendo desde hace 20 años. Desde hace 20 años. Con cierta moderación, pero con la misma pasión, hace 20 años escribí sobre este asunto un artículo de fondo en el Corriere della Sera. Era el artículo de una persona acostumbrada a estar con todas las razas y todos los credos, de una ciudadana acos- tumbrada a combatir contra to- dos los fascismos y todas las in- tolerancias, de una laica sin ta- búes. Pero era también el artícu- lo de una persona indignada con los que no olían el tufo de una guerra santa que se acercaba y contra los que les perdonaban demasiado a los hijos de Alá.

CULTURA

Hacía en dicho artículo un razo- namiento que sonaba, más o menos, así, hace 20 años: «¿Qué sentido tiene respetar a quien no nos respeta? ¿Qué sentido tiene defender su cultura o su presun- ta cultura, cuando ellos despre- cian la nuestra? Yo quiero defender nuestra cultura y les informo que Dante Alighieri me gusta más que Omar Khayan». Se abrieron los cielos. Me cru- cificaron. «¡Racista, racista!».

Fueron los propios progresistas (en aquella época se llamaban comunistas) los que me crucifi- caron. El mismo insulto me lo dedicaron cuando los soviéticos invadieron Afganistán. ¿Recuer- dan a aquellos barbudos con so- tana y turbante que antes de dis- parar los morteros, elevaban pre- ces al Señor? «¡Allah akbar! ¡Allah akbar!». Yo los recuerdo perfectamente. Y al ver unir la palabra de Dios a los golpes de mortero, me ponía malita. Me parecía estar en el medievo y de- cía: «Los soviéticos son lo que son. Pero hay que admitir que, haciendo esta guerra, nos están protegiendo incluso a nosotros. Y les doy las gracias». Se vol- vieron a abrir los cielos. «¡Ra- cista, racista!». En su ceguera ni siquiera querían oírme hablar de las atrocidades que los hijos de Alá cometían con los militares a los que hacían prisioneros. (Les cortaban los brazos y las piernas, ¿recuerdan? Un pequeño vicio al

LA RABIA Y EL ORGULLO

Alá el conflicto será duro. Muy duro y muy largo. Anoserqueel resto de Occiden- te decida ayudar, razone un poco y les eche una ma- no.

No entendéis o no queréis entender que estamos ante una guerra de religión. Querida y declarada por una franja del Islam, pero, en cualquier caso, una guerra de religión.

¡Por Jesucristo!

¿No os dais cuenta de que los Osama bin Laden se creen autoriza- dos a mataros a vosotros y a vuestros hijos, porque bebéis vi-

No estoy hablando, como es ob- vio, a las hienas que se relamen viendo las imágenes de las ma- tanzas y se burlan diciendo «qué bien les está a los ameri- canos». Estoy hablando a las personas que, sin ser estúpidas ni tontas, están sumidas todavía en la prudencia y en la duda. Y a esas les digo: ¡Despertaos, por favor, despertaos de una vez! Intimidados como estáis por el miedo de ir a contracorriente, es

no o cerveza, porque no lleváis barba larga o chador, porque vais al teatro y al cine, porque escu- cháis música y cantáis canciones, porque bailáis en las discotecas o en vuestras casas, porque veis la televisión, porque vestís minifal- da o pantalones cortos, porque estáis desnudos o casi en el mar o en las piscinas y porque hacéis el amor cuando os parece, donde os parece y con quien os parece? ¿No os importa nada de esto, es- túpidos? Yo soy atea, gracias a

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POR ORIANA FALLACI

que se habían dedicado ya en el Líbano con los prisioneros cris- tianos y hebreos).

No querían que lo contase. Y para hacerse los progresistas aplaudían a los estadounidenses que acongojados por el miedo a la Unión Soviética llenaban de armas al heroico pueblo afgano. Entrenaban a los barbudos, y con los barbudos al barbudísimo Osama bin Laden. ¡Fuera los ru- sos de Afganistán! ¡Los rusos tienen que salir de Afganistán!

Pues bien, los rusos se fueron de Afganistán. ¿Contentos? Pe- ro desde Afganistán los barbu- dos del barbudísimo Osama bin Laden llegaron a Nueva York con los barbudos sirios, egip- cios, iraquíes, libaneses, palesti- nos y saudíes que componían la banda de los 19 kamikazes identificados ¿Contentos? Peor aún. Ahora, aquí, se discute del próximo ataque que nos golpea- rá con armas químicas, biológi- cas, radiactivas y nucleares. Se dice que la nueva catástrofe es inevitable, porque Irak les pro- porciona los materiales. Se ha- bla de vacunación, de máscaras de gas, de peste. Hay quien se está preguntando ya cuándo tendrá lugar… ¿Contentos? Algunos no están ni contentos ni descontentos. Se muestran indiferentes. Norteamérica está muy lejos y entre Europa y América hay un océano… Pues no, queridos míos. No. El océa- nonoesmásqueunhilode agua. Porque cuando está en juego el destino de Occidente,

la supervivencia de nuestra ci- vilización, Nueva York somos todos nosotros.

América somos todos. Los italia- nos, los franceses, los ingleses, los alemanes, los austriacos, los húngaros, los eslovacos, los pola- cos, los escandinavos, los belgas,

los españoles, los griegos, los portugueses. Si se hunde Améri- ca, se hunde Europa. Si se hunde Occidente, nos hundimos todos. Y no sólo en sentido financiero, es decir en el sentido que me pa- rece que es el que más os preocu- pa. (Una vez, cuando era joven e ingenua, le dije a Arthur Miller: «Los americanos miden todo por el dinero, sólo piensan en el dine- ro». Y Arthur Miller me contestó: «¿Ustedes no?»).

Nos hundimos en todos los sen- tidos, querido amigo. Y en el lugar de campanas, encontrare- mos muecines, en vez de mini- faldas, el chador, en vez de co- ñac, leche de camello. ¿No en-

tendéis ni esto, ni siquiera esto? Blair lo ha entendido. Vino aquí y le renovó a Bush la solidari- dad de los británicos. No una solidaridad de pacotilla, sino una solidaridad basada en la ca- za a los terroristas y en la alian- za militar. Chirac, no. Como sa- bes, hace dos semanas estuvo aquí en visita oficial.

Una visita prevista desde hace tiempo, no una visita ad hoc. Vio las masacres de las dos To- rres, supo que los muertos son un número incalculable e, inclu- so, inconfesable, pero no se conmovió. Durante una entre- vista en la CNN, mi amiga Ch- ristiane Amanpour le preguntó más de cuatro veces de qué for- ma y en qué medida pensaba lu- char contra esta yihad y, las cuatro veces, Chirac evitó dar una respuesta. Se escurrió como una anguila. Me daban ganas de gritarle: «Monsieur le Presi- dent, ¿recuerda el desembarco en Normandía? ¿Sabe cuántos americanos murieron en Nor- mandía para expulsar a los ale- manes de Francia?».

Excepto Blair, en el resto de los demás líderes europeos veo po- cos Ricardos Corazón de León. Y mucho menos en Italia, don- de el Gobierno no ha descubier- to ni arrestado a ningún cómpli- ce de Osama bin Laden. ¡Por Dios, señor Cavaliere, por Dios! A pesar del temor de la guerra, en todos los países de Europa han sido descubiertos y arrestados algunos cómplices de Osama bin Laden. En Francia,

en Alemania, en el Reino Uni- do, en España… Pero en Italia, donde las mezquitas de Milán, de Turín y de Roma están reple- tas de bellacos que aplauden a Osama bin Laden, de terroristas que esperan hacer saltar por los aires la Cúpula de San Pedro, ninguno. Cero. Nada. Ninguno.

Explíquemelo, señor Cavaliere. ¿Es que son tan incapaces sus policías y sus carabineros? ¿Son tan ineptos sus servicios secretos? ¿Son tan estúpidos sus funcionarios? ¿Es que todos los musulmanes de Italia son unos santos? ¿Es que ninguno de los hijos de Alá que hospe- damos tiene nada que ver con lo que ha sucedido y está suce- diendo? ¿O es que por investi- gar, por descubrir y por arrestar a los que hasta hoy no ha descu- bierto ni ha detenido, teme que le canten la cantinela habitual de racista, racista? Ya ve que yo no.

¡Por Jesucristo! No le niego a nadie el derecho a tener miedo. El que no tiene miedo a la gue- rra es un cretino. Y el que quie- re hacer creer que no tiene mie- do a la guerra, tal y como he es- crito mil veces, es un cretino y un estúpido a la vez. Pero en la vida y en la historia hay casos en los que no es lícito tener miedo. Casos en los que tener miedo es inmoral e incivil. Y los que, por debilidad o falta de coraje o por estar acostumbra- dos a tener el pie en dos estri- bos se sustraen a esta tragedia, a mí me parecen masoquistas. s

LA RABIA Y EL ORGULLO

En esta segunda entrega, Oriana Fallaci re- flexiona, al hilo de su vivencia de los ata- ques del ‘Martes Negro’, sobre el mundo is- lámico y sus diferencias con la cultura occi-

dental. «En cada experiencia dejo jirones de mi alma», escribió la prestigiosa periodista italiana hace años. Una vez más, es absolu- tamente cierto.

Los hijos de Alá

¿QUE por qué quiero hacer este discurso sobre lo que tú llamas ‘contraste entre las dos culturas’? Pues, si quieres saberlo, porque a mí me fastidia hablar incluso de dos culturas. Ponerlas sobre el mismo plano,

como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Ho- mero, Sócrates, Platón, Aristóte- les y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su

Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus le- yes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos,

sus puentes y sus calzadas.
Está un revolucionario, aquel Cristo muerto en la cruz, que nos enseñó (y hay que tener paciencia si no lo hemos aprendido) el con- cepto del amor y de la justicia. Está incluso una Iglesia, que nos

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POR ORIANA FALLACI

dio la Inquisición, de acuerdo. Que torturó y quemó 1.000 veces en la hoguera, de acuerdo. Que nos oprimió durante siglos, que durante siglos nos obligó sólo a esculpir y a pintar cristos y vírge- nes, y que casi asesina a Galileo Galilei. Pero también contribuyó decisivamente a la Historia del Pensamiento, ¿sí o no?

Y, además, detrás de nuestra ci- vilización está el Renacimiento. Están Leonardo da Vinci, Mi- guel Angel, Rafael o la música de Bach, Mozart y Beethoven. Con Rossini, Donizetti, Verdi and company. Esa música sin la cual no sabemos vivir y que en su cultura, o en su supuesta cul- tura, está prohibida. Pobre de ti si tarareas una cancioncilla o los coros de Nabucco.

Y por último está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto mu- chas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Ma- homa. Una ciencia que ha inven- tado máquinas maravillosas. El tren, el coche, el avión, las naves espaciales con las que hemos ido a la Luna y quizás pronto vaya- mos a Marte. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión… Por cier- to, ¿es verdad que los santones de la izquierda no quieren decir todo esto que yo acabo de enu- merar? ¡Válgame Dios, qué bo- bos! No cambiarán jamás. Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?

Busca, busca, porque yo sólo encuentro a Mahoma con su Co- rán y a Averroes con sus méritos de estudioso (los comentarios sobre Aristóteles, etc.), al que Arafat encasqueta el honor de haber creado incluso los núme- ros y las matemáticas. De nuevo chillándome en la cara, de nue- vo cubriéndome de pollos, en 1972, me dijo que su cultura era superior a la mía, muy superior a la mía, porque sus antepasados habían inventado los números y las matemáticas.

MEMORIA

Pero Arafat tiene poca memoria. Por eso cambia de idea y se des-

miente cada cinco minutos. Sus antepasados no inventaron los números ni las matemáticas. In- ventaron la grafía de los núme- ros, que también nosotros, los infieles, utilizamos, y las mate- máticas fueron concebidas casi al mismo tiempo por todas las antiguas civilizaciones. En Me- sopotamia, en Grecia, en la In- dia, en China, en Egipto y entre los mayas… Sus antepasados, ilustre señor Arafat, sólo nos han dejado unas cuantas bellas mez- quitas y un libro con el que, des- de hace 1.400 años, nos rompen las crismas mucho más que los cristianos nos la rompían con la Biblia y los hebreos con la Torá.

Y ahora veamos cuáles son los méritos que adornan al Corán. ¿Se puede hablar realmente de méritos del Corán? Desde que los hijos de Alá casi destruyeron Nueva York, los expertos del Is- lam no dejan de cantarme las alabanzas de Mahoma. Me ex- plican que el Corán predica la paz, la fraternidad y la justicia. (Por lo demás, lo

Esta es, pues, mi respuesta a tu pregunta sobre el contraste de las dos culturas. En el mundo hay sitio para todos, digo yo. En su casa, cada cual hace lo que quiere. Y si en algunos paí- ses las mujeres son tan estúpi- das que aceptan el chador e in- cluso el velo con rejilla a la al- tura de los ojos, peor para ellas. Si son tan estúpidas como para aceptar no ir a la escuela, no ir al doctor, no hacerse fotografí- as, etcétera, peor para ellas. Si son tan necias como para casar- se con un badulaque que quiere tener cuatro mujeres, peor para ellas. Si sus maridos son tan bo- bos como para no beber vino ni cerveza, ídem. No seré yo quien se lo impida. Faltaría más. He sido educada en el concepto de libertad y mi madre siempre de- cía: «El mundo es bello porque es muy variado». Pero si me pretenden imponer todas esas cosas a mí, en mi casa…

de Torquemada cuando dirigía la Inquisición. De hecho, es impo- sible dialogar con ellos. Razo- nar, impensable. Tratarlos con indulgencia o tolerancia o espe- ranza, un suicidio. Y el que crea lo contrario es un iluso.

Te lo dice una que conoció bas- tante bien ese tipo de fanatismo en Irán, Pakistán, Bangladesh, Arabia Saudí, Kuwait, Libia, Jordania, el Líbano y en su pro- pia casa, es decir, en Italia. Una que lo ha experimentado incluso en muchos y muy variados epi- sodios triviales y grotescos, con los que ha tenido confirmación absoluta de su fanatismo. Nunca olvidaré lo que me pasó en la embajada iraní de Roma, cuando fui a pedir un visado para viajar a Teherán, para entrevistar a Jo- meini, y me presenté con las uñas pintadas de rojo. Para ellos, signo de inmoralidad. Me trata- ron como una prostituta a la que hay que quemar en la hoguera. Me querían obligar a quitarme el esmalte. Y si no les hubiese di- cho lo que tenían que quitarse ellos, o incluso cortarse…

Nunca olvidaré tampoco lo que me pasó en Qom, la ciudad santa de Jomeini, donde como mujer fui rechazada en todos los hote- les. Para entrevistar a Jomeini tenía que ponerme un chador, para ponerme el chador tenía que quitarme los vaqueros y pa- ra quitarme los vaqueros quería utilizar el coche con el que había viajado desde Teherán. Pero el intérprete me lo impidió. «Está usted loca, loca de remate, hacer una cosa así en Qom es correr el riesgo de ser fusilada». Prefirió llevarme al antiguo Palacio Real, donde un guardia piadoso nos acogió y nos dejó la antigua Sala del Trono.

De hecho, yo me sentía como la Virgen que para dar a luz al Ni- ño Jesús se refugia junto a José en el pesebre del asno y del buey. Pero a un hombre y a una mujer no casados entre sí, el Corán les prohíbe estar en la misma estancia con la puerta cerrada y, hete aquí, que de pronto la puerta se abrió. El mulá dedicado al control de la moralidad irrumpió gritando «vergüenza, vergüenza, pecado,

LOS HIJOS DE ALA

dice hasta Bush,
pobre Bush. Y es
lógico que Bush
tenga que tran-
quilizar a los 24
millones de mu-
sulmanes esta-
dounidenses, con-
vencerlos de que
cuenten todo lo
que saben sobre los eventuales parientes o amigos o conocidos fieles de Osama bin Laden).

¿Pero cómo se come eso con la historia del ojo por ojo y diente por diente? ¿Cómo se come con el chador y el velo que cubre el rostro de las musulmanas, que hasta para poder echarle una ojeada al prójimo esas infelices tienen que mirar a través de una tupida rejilla colocada a la altu- ra de sus ojos? ¿Cómo se come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres de- ben contar menos que los came- llos, no deben ir a la escuela, no deben hacerse fotografías, etc? ¿Cómo se come eso con el veto a los alcoholes y con la pena de muerte para el que beba? Por- que también esto está en el Co- rán. Y no me parece tan justo, tan fraterno ni tan pacífico.

Porque la verdad es que lo pre- tenden. Osama bin Laden afirma que todo el pla- neta Tierra debe ser musulmán, que tenemos que convertirnos al Islam, que por las buenas o por las malas él nos hará convertir, que para eso nos masacra y nos seguirá masacrando. Y esto no puede gustarnos, no. Debe dar- nos, por el contrario, razones más que suficientes para matarle

a él.

CRUZADA

Pero la cosa no se resuelve, ni se termina, con la muerte de Osama bin Laden. Porque hay ya dece- nas de miles de Osamas bin La- den, y no están sólo en Afganis- tán y en los demás países árabes. Están en todas partes, y los más aguerridos están precisamente en Occidente. En nuestras ciuda- des, en nuestras calles, en nues- tras universidades, en los labora- torios tecnológicos. Una tecno- logía que cualquier idiota puede manejar. Hace tiempo que co- menzó la cruzada. Y funciona como un reloj suizo, sostenida por una fe y una perfidia sólo equiparable a la fe y a la perfidia

En su casa, cada cual hace lo que quiere. Y si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas.

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pecado». Y, para él, sólo había una forma de no terminar fusi- lados: casarnos. Firmar el acta de matrimonio que el mulá nos restregaba en las narices.

El problema era que el intérpre- te tenía una mujer española, una tal Consuelo, que no estaba dis- puesta en absoluto a aceptar la poligamia y, además, yo no que- ría casarme con nadie. Y mucho menos con un iraní con esposa española y que no estaba dis- puesta en absoluto a aceptar la poligamia. Al mismo tiempo, no quería morir fusilada ni perder la entrevista con Jomeini. En ese dilema me debatía cuando…

Te ríes, ¿verdad? Te parecen tonterías. Pues, entonces, no te cuento el final de este episodio. Para hacerte llorar te contaré el de 12 jovencitos impuros que, terminada la guerra de Bangla- desh, vi ajusticiar en Dacca. Los ajusticiaron en el estadio de Dacca, a golpes de bayoneta en el tórax o en el vientre, ante la presencia de 20.000 fieles que, desde las tribunas, aplaudían en nombre de Dios. Chillaban «¡Allah akbar, Allah akbar!».

Lo sé, lo sé, en el Coliseo, los antiguos romanos, aquellos an- tiguos romanos de los que mi cultura se siente orgullosa, se divertían viendo morir a los cristianos como pasto de los le- ones. Lo sé, lo sé, en todos los países de Europa, los cristianos, aquellos cristianos a los que, a pesar de mi ateísmo, les reco- nozco la contribución que han hecho a la Historia del Pensa- miento, se divertían viendo ar- der a los herejes. Pero, desde entonces, ha llovido mucho. Nos hemos vuelto más civiliza- dos, e incluso los hijos de Alá deberían haber comprendido que ciertas cosas no se hacen.

Tras los 12 jovencitos impuros, mataron a un niño que, para in- tentar salvar al hermano conde- nado a muerte, se había abalan- zado sobre los verdugos. Los militares le rompieron la cabeza a puntapiés con sus botas. Y si no me crees, vuelve a leer mi crónica y la crónica de los pe- riodistas franceses y alemanes que, presos del terror como yo,

estaban también allí. O mejor aún, mira las fotos que uno de ellos consiguió.

De todas formas, lo que quiero subrayar no es esto. Lo que quie- ro subrayar es que, concluido el acto, los 20.000 fieles (muchas mujeres entre ellos) abandona- ron las tribunas y bajaron al te- rreno de juego.

dania, Husein. Pero esos dos eran tan musulmanes como yo católica.

Pero aterricemos y veamos la conclusión de mi razonamiento. Una conclusión que seguro no les gustará a muchos, dado que defender la propia cultura, en Italia, se está convirtiendo en

primos, cuñadas encinta e, in- cluso, parientes de los parien- tes. Una tienda situada al lado del bello Palacio del Arzobispa- do, en cuyas escalinatas dejaban sus sandalias o las babuchas que, en sus países, alinean fuera de las mezquitas. Y junto a las sandalias y a las babuchas, las botellas vacías de agua con la que se lavaban los pies antes de la oración. Una tienda colocada frente a la catedral con la cúpu- la de Brunelleschi y al lado del Bautisterio con las puertas de oro de Ghiberti.

Una tienda, por fin, amueblada como un vulgar apartamento: si- llas, mesas, chaise-longues y col- chones para dormir y hacer el amor, y hornos para cocer la co- mida y apestar la plaza con el hu- mo y con el olor. Y, gracias a la inconsciencia del ENEL que ilu- mina nuestras obras de arte cuan- do quiere, luz eléctrica gratis.

Gracias a una grabadora, los gritos de un vociferante muecín que puntualmente exhortaba a los fieles, ensordecía a los infie- les y tapaba el sonido de las campanas. Y junto a todo esto, los amarillos regueros de orina que profanaban los mármoles del Bautisterio (¡qué asco! ¡Tie- nen la meada larga estos hijos de Alá! ¿Cómo hacían para lle- gar al objetivo, separado de la verja de protección y, por lo tanto, distante casi dos metros de su aparato urinario?). Junto a los regueros amarillos de orina, el hedor de la mierda que blo- queaba el portón de San Salva- dor del obispo, la exquisita igle- sia románica (del año 1000) que se encuentra a la espalda de la plaza del Duomo y que los hijos de Alá habían transformado en un cagatorio. Lo sé de primera mano.

Lo sé bien porque fui yo la que te llamé y te rogué que hablases de ellos en el Corriere, ¿recuer- das? Llamé también al alcalde, que tuvo la amabilidad de venir a mi casa. Me escuchó y me dio la razón: «Tiene razón, toda la razón…». Pero no hizo levantar la tienda. Se olvidó del tema o no fue capaz de conseguirlo. Llamé incluso al ministro de Exteriores, que era un florenti-

LOS HIJOS DE ALA

No de una forma
despavorida, no.
De una forma
ordenada y so-
lemne. Lenta-
mente compu-
sieron un cortejo
y, siempre en
nombre de Dios,
pisaron a los cadáveres. Siempre gritando «¡Allah akbar, Allah akbar!». Los destruyeron como a las Torres Gemelas de Nueva York. Los redujeron a un tapiz sanguinolento de huesos rotos.

REHENES ESTADOUNIDENSES

Y así podría seguir hasta el infi- nito. Podría contarte cosas nun- ca dichas, cosas para ponerte los pelos de punta. Sobre el chocho de Jomeini, por ejem- plo, que después de la entrevis- ta celebró una asamblea en Qom para declarar que yo le acusaba de cortarle los pechos a las mujeres. De tal asamblea sa- lió un vídeo que durante meses fue transmitido por la televisión de Teherán, de tal forma que, cuando al año siguiente volví a Teherán, fui arrestada apenas puse el pie en el aeropuerto. Y las pasé canutas, muy canutas.

Era la época de los rehenes es- tadounidenses. Podría hablarte de aquel Mujib Rahman que, siempre en Dacca, había orde- nado a sus guerrilleros que me eliminasen por ser una europea peligrosa, y menos mal que un coronel inglés me salvó, po- niendo su propia vida en peli- gro. O de aquel palestino, de nombre Habash, que me mantu- vo durante 20 minutos con una metralleta colocada en la sien. ¡Dios mío, qué gente! Los úni- cos con los que mantuve una re- lación civilizada fueron el po- bre Alí Bhutto, el primer minis- tro de Pakistán, ahorcado por ser demasiado amigo de Occi- dente, y el bravísimo rey de Jor-

un pecado mor- tal. Y dado que, intimidados por la palabra «racis- ta», impropia- mente utilizada, todos callan co- mo conejos. Yo no voy a levantar tiendas a La Me-

ca. Yo no voy a cantar padre- nuestros y avemarías ante la tumba de Mahoma. Yo no voy a hacer pipí en el mármol de sus mezquitas ni a hacer caca a los pies de sus minaretes.

Cuando me encuentro en sus países (de los que no guardo buen recuerdo), jamás olvido que soy huésped y extranjera. Estoy atenta a no ofenderles con costumbres, gestos o com- portamientos que para nosotros son normales, pero que para ellos son inadmisibles. Los trato con obsequioso respeto, obse- quiosa cortesía, me disculpo si por descuido o ignorancia in- frinjo algunas de sus reglas o supersticiones.

Y este grito de dolor y de indig- nación te lo he escrito teniendo ante los ojos imágenes que no siempre eran las apocalípticas escenas con las que comencé mi discurso. A veces, en vez de di- chas imágenes, veía otras, para mí simbólicas (y por lo tanto, indignantes), de la gran tienda con la que, el verano pasado, los musulmanes somalíes hollaron, ensuciaron y ultrajaron durante tres meses la plaza del Duomo de Florencia. Mi ciudad.

Una tienda levantada para cen- surar, condenar e insultar al Go- bierno italiano que les alberga- ba, pero que no les concedía los visados necesarios para pasear- se por Europa y no les dejaba introducir en Italia la horda de sus parientes: madres, abuelos, hermanos, hermanas, tíos, tías,

Pero la cosa no se resuelve, ni se termina, con la muerte de Osama bin Laden. Porque hay ya decenas de miles de Osamas bin Laden, y no están sólo en Afganistán.

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POR ORIANA FALLACI

no, un florentino de esos que hablan con acento muy florenti- no y, por lo tanto, perfecto co- nocedor de la situación. Tam- bién él me escuchó. Y me dio la razón: «Sí, sí, tiene usted toda la razón». Pero no movió un de- do para quitar la tienda. Y no sólo eso sino que, además, rápi- damente contentó a los hijos de Alá que orinaban en el Bautiste- rio y cagaban en San Salvatore del Obispo (me da la sensación de que de las abuelas, las ma- dres, los hermanos y hermanas, los tíos y tías, los primos y las cuñadas encinta están ya donde querían estar. Es decir, en Flo- rencia y en las demás ciudades de Europa).

Entonces cambié de sistema. Llamé a un simpático policía que dirige la oficina de seguri- dad de la ciudad y le dije: «Querido agente, no soy un po- lítico. Por eso, cuando digo que voy a hacer una cosa, la hago. Además conozco la guerra y hay ciertas cosas que me son fa- miliares. Si mañana por la ma- ñana no levantan la jodida tien- da, la quemo. Juro por mi honor que la quemo y que ni siquiera un regimiento de carabineros conseguirá impedírmelo. Y por esto que acabo de confesarle, quiero, además, ser arrestada, llevada a la cárcel esposada. Así termino saliendo en todos los periódicos».

Pues bien, siendo más inteligen- te que todos los demás, al cabo de pocas horas hizo levantar la tienda. En el lugar de la tienda quedó sólo una inmensa y re- pugnante mancha de suciedad. Toda una victoria pírrica. Pírrica porque no influyó para nada en los demás estúpidos que, desde hace años, hieren y humillan a la que era la capital del arte, la cul- tura y la belleza. Pírrica porque no desanimó para nada a los otros arrogantísimos huéspedes de la ciudad: a los albaneses, su- daneses, bengalíes, tunecinos, argelinos, paquistaníes y nigeria- nos, que con tanto fervor contri- buyen al comercio de la droga y de la prostitución, por lo que pa- rece no prohibido por el Corán.

Sí, sí, están todos donde estaban antes de que mi policía levanta-

se la tienda. Dentro de la plaza de los Uffizi, a los pies de la Torre de Giotto. Delante de la Logia de Orcagna, alrededor de la Logia de Porcellino. Frente a la Biblioteca Nacional, a la en- trada de los museos. En el Puente Viejo, donde de vez en cuando se lían a cuchilladas o a tiros. En todos los lugares en los que han pretendido o conse- guido que el municipio les fi- nancie (sí, señor, les financie).

En el atrio de la iglesia de San Lorenzo, donde se emborrachan con vino, cerveza y licores, raza de hipócritas, y donde profieren todo tipo de obscenidades a las mujeres. (El verano pasado, en ese atrio, me las dijeron incluso a mí, que soy ya una mujer ma- yor. Y, como es lógico, les plan- té cara. Sí, sí les planté cara. Uno sigue todavía allí, dolién- dole los genitales). En medio de las históricas calles, donde cam- pan a sus anchas con el pretexto de vender sus mercancías. Por

excelencia, ¿no le molestaría demasiado apartarse un poquito para dejar pasar a la gente?». Se lo comen vivo. Lo agreden con sus navajas. O, como mínimo, insultan a su madre y a su pro- genie. «Racista, racista». Y la gente lo soporta todo, resigna- da. No reacciona ni siquiera cuando les gritas lo que mi abuelo gritaba durante la época del fascismo: «¿No os importa nada la dignidad? ¿No tenéis un poco de orgullo, cabestros?».

Sé que eso pasa también en otras ciudades. En Turín, por ejemplo. Esa Turín que hizo Italia y que, ahora, ya casi no parece una ciudad italiana. Pa- rece Argel, Dacca, Nairobi, Damasco o Beirut. En Venecia. Esa Venecia en la que las palo- mas de la plaza de San Marcos fueron sustituidas por tapetes con la mercancía y, donde in- cluso Otelo se sentíría a dis- gusto. En Génova. Esa Génova donde los maravillosos pala-

los hijos de Alá en Italia se les llama «trabajadores extranje- ros». O «mano de obra que ne- cesitamos». No hay duda algu- na de que algunos de ellos tra- bajan. Los italianos se han vuel- to unos señoritingos. Van de va- caciones a las Seychelles y vienen a Nueva York a comprar ropa en Bloomingdale’s. Se avergüenzan de trabajar como obreros y como campesinos y no quieren que se les asocie ya con el proletariado.

¿Pero aquellos de los que estoy hablando qué trabajadores son? ¿Qué trabajo hacen? ¿De qué forma suplen la necesidad de mano de obra que el ex proleta- rio italiano ya no cubre? ¿Vaga- bundeando por la ciudad con el pretexto de las mercancías para vender? ¿Zanganeando y estro- peando nuestros monumentos? ¿Rezando cinco veces al día?

Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿Quién les da los 10 millones por cabeza (10 millones como mínimo) necesarios para com- prarse el billete? ¿No se los es- tará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden, con el objeti- vo de poner en marcha una con- quista que no es sólo una con- quista de almas, sino también una conquista de territorio?

Y aunque no se lo dé, esta histo- ria no me convence. Aunque nuestros huéspedes fuesen abso- lutamente inocentes, aunque en- tre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el cha- dor, ninguno que quiera quemar- me en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón. Y se equivoca el que se plantea es- te fenómeno a la ligera o con op- timismo. Se equivoca, sobre to- do, quien compara la oleada mi- gratoria que se está abatiendo sobre Italia y sobre Europa con la oleada migratoria que nos condujo a América en la segun- da mitad del siglo XIX, incluso a finales del XIX y comienzos del XX. Y te digo el porqué. s

LOS HIJOS DE ALA

mercancías entiendo bolsos y maletas copiadas de modelos protegidos con sus respectivas marcas y, por lo tanto, ilegales. Amén de sus postales, lapice- ros, estatuillas africanas que los turistas ignorantes creen que son esculturas de Bernini, o ro- pa. («Je connais mes droits [Co- nozco mis derechos]», me espe- tó, en el Puente Viejo, uno al que vi vender ropa).

RESIGNACION

Y si al ciudadano se le ocurre protestar, si les responde que «esos derechos los vas a ejercer a tu casa», se le tacha inmedia- tamente de «racista, racista». Mucho cuidado con que un po- lícía municipal se le acerque y le insinúe: «Señor hijo de Alá,

cios que Rubens admiraba tan- to fueron secuestrados por ellos y se deterioran como be- llas mujeres violadas. En Ro- ma. Esa Roma donde el cinis- mo de la política, de la menti- ra, de todos los colores, los corteja con la esperanza de conseguir su futuro voto y donde los protege el mismísi- mo Papa. (Santidad, ¿por qué no los acoge, en nombre del Dios único, en el Vaticano? A condición, que quede claro, de que no ensucien incluso la Ca- pilla Sixtina, las estatuas de Miguel Angel y los cuadros de Rafael).

TRABAJO

En fin, ahora soy yo la que no entiende. No entiendo por qué a

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La escritora concluye su experiencia en los ataques del 11 de septiembre con una refle- xión sobre la patria. «Algunas de estas cosas

tenía que decirlas. Las he dicho. Ahora de- jadme en paz. La puerta se cierra de nuevo y no quiero volverla a abrir».

NO hace mucho tiempo tuve la oportunidad de captar una frase pronunciada por

uno de los miles de presidentes del Consejo que honraron a Italia desde hace décadas. «¡Mi tío también fue emigrante! ¡Recuer- do a mi tío marchar con la maleta de tela a América!» O algo así. Pues no, querido. No. No es lo mismo. Y no lo es, por dos moti- vos bastante sencillos.

bo una decisión del Parlamento invitando o solicitando a nuestros huéspedes a abandonar sus paí- ses. «Venid, venid, que os necesi- tamos. Si venís os regalamos una finca en Chianti». Han llegado aquí por propia iniciativa, con sus malditas pateras y ante las barbas de los policías que inten- taban hacerles regresar. Más que una emigración es, pues, una in- vasión efectuada bajo la consigna de la clandestinidad. Una clan- destinidad que preocupa porque no es una clandestinidad bonda- dosa y dolorosa. Es una clandes- tinidad arrogante y protegida por el cinismo de los políticos que cierran un ojo y, a veces, los dos ante ella.

Nunca olvidaré las asambleas con las que los clandestinos lle- naron las plazas de Italia, el año pasado, para conseguir sus per- misos de residencia. Sus rostros turbios y feos. Sus puños alza- dos, amenazantes. Sus voces ai- radas que me retrotraían al Tehe- rán de Jomeini. No lo olvidaré jamás, porque me sentí vejada por los ministros que decían: «Querríamos repatriarlos, pero no sabemos dónde se esconden». ¡Estúpidos! En nuestras plazas había miles de ellos y ciertamen- te no se escondían en absoluto. Para repatriarlos, hubiera bastado con ponerlos en fila, por favor, querido señor, acomódese, y acompañarlos a un puerto o a un aeropuerto.

El segundo motivo, querido so- brino del tío de la maleta de tela, lo entendería incluso un escolar de primaria. Para exponerlo, bas- tan un par de elementos. Uno: América es un continente. Y en la segunda mitad del XIX, es de- cir cuando el Congreso estadou- nidense dio su visto bueno a la inmigración, dicho continente es- taba casi despoblado. La mayoría de la población se condensaba en los estados del Este, es decir, en los estados de la zona del Atlán-

tico y en el Mid West había toda- vía muy poca gente. Y California estaba casi vacía. Pues bien, Ita- lia no es un continente. Es un pa- ís muy pequeño y muy poblado.

Dos: Estados Unidos es un país bastante joven. Piense que la Gue- rra de la Independencia tuvo lugar a finales del 1700, se deduce, pues, que apenas tiene 200 años y se en- tiende por qué su identidad cultural no está todavía bien definida. Ita- lia, por el contrario, es un país muy viejo. Su historia tiene al menos 3.000 años. Su identidad cultural es, pues, muy precisa y, dejémonos de tonterías, no está dispuesta a prescindir de una religión que se llama la religión católica y de una iglesia que se llama la Iglesia cató- lica. La gente como yo suele decir: «No quiero tener tratos con la Igle- sia católica. Pero claro que los te- nemos. Y muchos. Me guste o no. Nací en un paisaje de iglesias, con- ventos, cristos, vírgenes y santos. La primera música que oí al venir al mundo fue la música de las campanas. Las campanas de Santa María del Fiore, cuyos tañidos so- focaba con su cháchara el muecín de la época de la tienda. Y con esa música y en medio de ese paisaje crecí. Y a través de esa música y de ese paisaje aprendí qué es la ar- quitectura, qué es la escultura, qué eslapinturayquéeselarte.Ya través de esa iglesia (después re- chazada) comencé a preguntarme qué es el Bien, qué es el Mal… ¡Por Dios!

¿Lo ves? He escrito «por Dios». Con todo mi laicismo, con todo mi ateísmo, estoy tan impregna- da de la cultura católica que for- ma parte incluso de mi forma de expresarme. Adiós, gracias a Dios, por Dios, Jesús, Dios mío, Madonna mía, qué Cristo… Estas frases me vienen espontáneas. Tan espontáneas que ni siquiera me doy cuenta de que las pro- nuncio o las escribo. ¿Quieres que te las diga todas? A pesar de que no le haya perdonado jamás

al catolicismo las infamias que me impuso durante siglos, co- menzando por la Inquisición que quemaba incluso a las abuelas, pobres abuelas, y a pesar de que no esté en absoluto de acuerdo con los curas y no entienda nada de sus plegarias, me gusta tanto la música de las campanas… Una música que me acaricia el cora- zón. Me encantan también esos cristos y esas vírgenes y esos santos pintados o esculpidos. In- cluso tengo la manía de los ico- nos. Me gustan también los con- ventos y los monasterios. Me proporcionan un sentido de paz y, a veces, incluso envidio a sus inquilinos. Y, además, admitá- moslo: nuestras catedrales son más bellas que las mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que las iglesias protestantes.

RELIGIONES

Mira, el cementerio de mi familia es un cementerio protestante. Acoge a los muertos de todas las religiones, pero es protestante. Y una bisabuela mía era valdense. Una tía abuela, evangélica. A la bisabuela valdense no la conocí. Pero sí conocí, en cambio, a la tía abuela evangélica. Cuando era ni- ña, me llevaba siempre a las fun- ciones de su iglesia en Vía de Benci en Florencia y, Dios mío, cómo me aburría… Me sentía to- talmente sola en medio de aque- llos fieles que sólo cantaban sal- mos, con aquel cura que no era un cura y que sólo leía la Biblia, en aquella iglesia que no me pa- recía una iglesia y que, excepto un pequeño púlpito, sólo tenía un gran crucifijo. Nada de ángeles, ni de vírgenes, ni de incienso… Echaba de menos incluso el olor del incienso y me hubiera gusta- do estar en la vecina basílica de la Santa Cruz donde había todas es- tas cosas. Las cosas a las que es- taba acostumbrada. En mi casa de campo, en Toscana, hay una pe- queña capilla. Está siempre cerra- da. Desde que murió mi madre,

POR ORIANA FALLACI

Mi patria, mi Italia

MI PATRIA, MI ITALIA

El primero es que, en la segunda mitad del XIX, la oleada migrato- ria hacia América no se realizó de una forma clandestina ni por pre- potencia de quien la efectuaba. Fueron los americanos los que la querían y la solicitaron. Y por me- dio de una disposición concreta del Congreso. «Venid, venid, que os necesitamos. Venid y os regala- mos un buen trozo de tierra». Los estadounidenses han hecho inclu- so una película sobre el tema, pro- tagonizada por Tom Cruise y Ni- cole Kidman, cuyo final me llamó muchísimo la atención. Se trata de la escena en la que los desgracia- dos corren para plantar su bande- rita blanca en el terreno que será suyo, pero sólo los más jóvenes y los más fuertes lo consiguen. Los demás se quedan con un palmo de narices y algunos mueren en la carrera.

Que yo sepa, en Italia nunca hu-

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POR ORIANA FALLACI

nadie entra en ella. Pero, a veces, yo voy a limpiarle el polvo, a controlar que los ratones no ha- gan allí sus nidos y, a pesar de mi educación laica, me encuentro en ella muy a gusto. A pesar de mi anticlericalismo, me muevo en la capilla como pez en el agua. Y creo que la mayoría de los italia- nos te confesaría lo mismo (A mí me lo confesó Berlinguer).

¡Santo Dios!, (me río), te estoy diciendo que nosotros, los italia- nos, no estamos en las mismas condiciones que los estadouni- denses: mosaico de grupos étni- cos y religiosos, mescolanza de 1.000 culturas, abiertos a cual- quier invasión y, al mismo tiem- po, capaces de rechazarlas todas. Te estoy diciendo que, precisa- mente porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa, nuestra identidad cultu- ral no puede soportar una oleada migratoria compuesta por perso- nas que, de una u otra forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te es- toy diciendo que entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los fal- sos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría. Porque equivaldría a echar fuera a Dante Alighieri, a Leonardo da Vinci, a Miguel Angel, a Rafael, al Renacimiento, al Resurgimien- to, a la libertad que hemos con- quistado bien o mal, a nuestra patria. Significaría regalarles Ita- lia. Y yo, no les regalo Italia.

Soy italiana. Se equivocan los ton- tos que me creen ya estadouniden- se. Nunca he pedido la ciudadanía estadounidense. Hace años, un embajador americano me la ofre- ció a través del celebrity status y, tras haberle dado las gracias, le respondí: «Sir, estoy bastante vin- culada a América. Me peleo siem- pre con ella, le echo en cara mu- chas cosas y, sin embargo, estoy profundamente vinculada a ella. América es para mí un amante o, incluso, un marido al que siempre permaneceré fiel. Siempre que no me ponga los cuernos. Me gusta este marido. Y no me olvido ja- más de que si no hubiese decidido luchar contra Hitler y contra Mus- solini, hoy hablaría alemán. No ol- vido jamás que si no le hubiese

plantado cara a la Unión Soviéti- ca, hoy hablaría ruso. Le quiero bien a mi marido y me resulta simpático. Me encanta, por ejem- plo, el hecho de que cuando llego a Nueva York y entrego mi pasa- porte con el certificado de residen- cia, el aduanero me diga con una gran sonrisa: «Welcome home». Me parece un gesto tan generoso y tan afectuoso. Además, me recuer- da que Estados Unidos siempre ha sido el refugium peccatorum de la gente sin patria. Pero yo, Sir, ya

zo austriaco. Por esta tricolor, mis tíos paternos soportaron todo tipo de penalidades en las trincheras del Carso. Por esta tricolor, mi padre fue arrestado y torturado en Villa Triste por los nazi-fascistas. Por es- ta tricolor, toda mi familia hizo la Resistencia. Una Resistencia que hice incluso yo. En las filas de Jus- ticia y Libertad, con el nombre de guerra de Emilia. Tenía 14 años. Cuando al año siguiente, me dieron el alta en el Ejército Italiano-Cuer- po de Voluntarios de la Libertad, me sentí tan orgullosa. ¡Jesús y

rum, pontifican desde las pantallas televisivas con monstruosos erro- res de sintaxis. Tampoco es la Ita- lia de los jóvenes que, teniendo ta- les maestros, se ahogan en la igno- rancia más escandalosa, en la su- perficialidad más ingenua y en el vacío más absoluto. De ahí que a los errores de sintaxis ellos añadan los errores de ortografía y si les preguntas quiénes eran los Carbo- narios, quiénes eran los liberales, quién era Silvio Pellico, quién era Mazzini, quién era Massimo D’A- zeglio, quién era Cavour, quién era Victor Emmanuel II, te miran con la pupila cerrada y la lengua floja. No saben nada. Como máximo, es- tos pequeños idiotas sólo saben re- citar los nombres de los aspirantes a terroristas en tiempos de paz y de democracia, ondear las banderas negras y esconder el rostro detrás de pasamontañas. Ineptos.

Y tampoco me gusta la Italia de las chicharras que, después de leer esto, me odiarán por haber escrito la verdad. Entre un plato de espa- guetis y otro, me maldecirán, de- searán que sea asesinada por uno de sus protegidos, es decir, por Osama bin Laden. No, no. Mi Ita- lia es una Italia ideal. Es la Italia que soñaba de muchacha, cuando fui dada de alta del Ejército Italia- no-Cuerpo de Voluntarios de la Li- bertad, y estaba llena de ilusiones. Una Italia seria, inteligente, digna y valiente y, por lo tanto, merece- dora de respeto. Y cuidado con el que me toque a esa Italia o con el que se ría o se burle de ella. Cui- dadoconelquemelarobeocon el que me la invada. Porque para mí es lo mismo que los que la in- vaden sean los franceses de Napo- león, los austriacos de Francisco José, los alemanes de Hitler o los comparsas de Osama bin Laden. Y me da lo mismo que, para inva- dirla, utilicen cañones o pateras.

Te saludo afectuosamente, mi querido Ferrucio, y te advierto: no me pidas nada nunca más. Y mu- cho menos que participe en polé- micas vanas. Lo que tenía que de- cir lo dije. Me lo han ordenado la rabia y el orgullo. La conciencia limpia y la edad me lo han permi- tido. Pero ahora tengo que volver al trabajo y no quiero ser molesta- da. Punto y final. s

COPYRIGHT: CORRIERE DELLA SERA TRADUCCIÓN DE JOSÉ MANUEL VIDAL

tengo una patria. Mi lia. Italia es mi ma- dre. Sir, amo a Italia. Y coger la ciudada- nía americana me parecería renegar de mi madre».

patria es Ita-

También le dije que
mi lengua es el italiano, que en ita- liano escribo y que, en inglés, me traduzco y basta. Con el mismo es- píritu con el que me traduzco en francés, sintiéndola una lengua ex- tranjera. Y también le conté que, cuando oigo el himno nacional me conmuevo. Que cuando escucho el «Hermanos de Italia, la Italia que está despierta, parapá, parapá, para- pá» se me hace un nudo en la gar- ganta. Ni siquiera me doy cuenta de que, como himno, es más bien malucho. Sólo pienso: es el himno de mi patria. Por lo demás, el nudo en la garganta también se me pone cuando contemplo la bandera blan- ca, roja y verde que ondea al vien- to. Forofos de los estadios aparte, se entiende. Tengo una bandera blanca, roja y verde del XIX. Toda llena de manchas, de manchas de sangre y toda roída por la polilla. Y si bien en el centro está el escudo saboyano (sin Cavour y sin Victor Emmanuel II y sin Garibaldi que se inclinó ante esa insignia, no habría- mos conseguido la Unidad de Ita- lia), la guardo como oro en paño. La conservo como una joya. ¡He- mos muerto por esta tricolor! Ahor- cados, decapitados, fusilados. Ase- sinados por los austriacos, por el Papa, por el duque de Módena, por los Borbones. Con esta tricolor he- mos hecho el Resurgimiento. Y la unidad de Italia y la guerra en el Carso y la Resistencia.

Por esta tricolor mi tatarabuelo ma- terno, Giobatta, luchó en Curtatone y en Montanara y quedó horrenda- mente desfigurado por un trabuca-

liras, no sabía si aceptarlas o no. Me parecía injusto aceptarlas por haber cumplido mi deber con la pa- tria. Pero las acepté. En casa, nadie tenía zapatillas. Y con ese dinero compramos zapatillas para mí y pa- ra mis hermanas.

Naturalmente, mi patria, mi Italia, no es la Italia de hoy. La Italia ja- ranera, cazurra y vulgar de los ita- lianos que piensan sólo en jubilar- seantesdelos50yquesólose apasionan por las vacaciones en el extranjero y por los partidos de fútbol. La Italia tonta, estúpida, pusilánime de esas pequeñas hie- nas que, por estrechar la mano de una estrella de Hollywood, vende- rían a su propia hija a un burdel de Beirut, pero si los kamikazes de Osama bin Laden reducen miles de neoyorquinos a una montaña de cenizas que parece café machaca- do, dicen contentos: «Les está bien empleado a los americanos».

La Italia escuálida, cobarde, sin al- ma, de los partidos presuntuosos e incapaces que no saben ni ganar ni perder, pero saben como pegar los grasientos traseros de sus represen- tantes a las poltronas de diputados, de ministros o de alcaldes. La Ita- lia todavía mussoliniana de los fas- cistas negros y rojos que te indu- cen a recordar la terrible profecía de Ennio Flaiano: «En Italia, los fascistas se dividen en dos catego- rías: los fascistas y los antifascis- tas». Tampoco es la Italia de los magistrados y de los políticos que, ignorando la consecutio-tempo-

Entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador.

María, había si- do un soldado italiano! Y cuando me in- formaron de que, al darme de alta, me corres- pondían 14.540