IMPRESCINDIBLE España: un análisis desde el Materialismo Filosófico. Exposición de Gustavo Bueno. Obligado estudio para Hispanistas, Hispanoamericanistas, Historiadores, Filósofos, Literatos y Politólogos, y de paso para Economistas.

Lecturas de obras de Gustavo Bueno recomendadas, como complemento , necesario, para comprender y estudiar con más calado, la conferencia sobre España , en el vídeo :

ESPAÑA FRENTE A EUROPA http://www.fgbueno.es/gbm/gb1999es.htm

PRIMER ENSAYO SOBRE LAS CATEGORIAS DE LAS CIENCIAS POLITICAS http://www.fgbueno.es/gbm/gb91ccp.htm

Escudo actual de España

NOTA de INTROFILOSOFIA: Este vídeo del fundador del Materialismo Filosófico, el filósofo español Gustavo Bueno, resulta realmente IMPRESCINDIBLE por varias razones que se pueden comprobar sin dificultad al escuchar atenta y críticamente las tesis en él expuestas.

HISPANOAMERICA

Su importancia para el análisis y la crítica de España, como problema complejo, y por sus conexiones con Europa y las concepciones históricas y filosóficas que el estudio de España como Imperio Católico, de alcance universal, etc.es una importancia que en absoluto resulta exagerada.

El Emperador Constantino se alía con la Iglesia Católica
España como Imperio se gesta en la lucha de los reinos cristianos contra los musulmanes
Símbolos del Islam
La Cruz de Lutero

Otros de los más peligrosos y recalcitrantes enemigos de España como Imperio generador, y por tanto de Hispanoamérica, son: 1) tanto la Leyenda Negra alimentada por los enemigos de España y de su Imperio ( los holandeses, ingleses, franceses, luego la variante estadounidense en cierta manera ), como 2- las distintas manifestaciones que se han generado desde el llamado indigenismo ( Filosofía de la Liberación , Teología de la Liberación, etc.)

Indigenismo e hispanofobia como elementos esenciales de las ideologías metafísicas del presente

A nuestro juicio se trata de una de las más valiosas e importantes conferencias pronunciadas a lo largo de la vida del profesor de la Universidad de Oviedo, Don Gustavo Bueno. Importancia que deducimos de la serie de implicaciones sociales, políticas, económicas, tanto para España como para los Estados de Hispanoamérica, en el presente y como parte de los planes y proyectos de Hispanoamérica y España ante el futuro que ya opera desde estos primeros años del siglo XXI.

GUSTAVO BUENO MARTINEZ , FILOSOFO ESPAÑOL ,

DEL ARTICULO ESPAÑA:

Introducción

“Me parece que muy pocos podrán negar que en un día como hoy, en el que coincide el aniversario, tan importante para la Historia de España, de la proclamación de la Segunda República Española con la presencia en Oviedo de un concurso tan distinguido de miembros de la Asociación de Hispanismo Filosófico (no necesariamente republicanos) y con los actos de «presentación pública» de nuestra Fundación (instituida precisamente desde la perspectiva de una filosofía en español), es una ocasión incomparable, y aún podría añadirse, inexcusable, para reflexionar «de frente» sobre España.” ( Cita de Gustavo Bueno )


En el enlace siguiente podemos entrar a la lectura del artículo de Gustavo Bueno, publicado en la revista El Basilisco titulado precisamente ESPAÑA.

http://www.fgbueno.es/gbm/gb1998es.htm

La Marseillaise – Le Canard républicain

RUBRIQUE
— Leer en www.xn--lecanardrpublicain-jwb.net/spip.php

Entrevista sobre el problema de la nación y la geopolítica en el contexto español y europeo

Barbara Loyer: “El desafío separatista catalán es un problema europeo y no sólo español”

CATEDRÁTICA DE GEOPOLÍTICA EN LA UNIVERSIDAD DE PARÍS 8. DIRECTORA DEL INSTITUTO FRANCÉS DE GEOPOLÍTICA (IFG)

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Barbara Loyer es una reputada catedrática francesa nacida en 1961, que ejerce su labor docente e investigadora en el Instituto Francés de Geopolítica de la Universidad Paris 8. Está especializada en geopolítica de España y, particularmente, en todo lo concerniente a los nacionalismos vasco y catalán. Conoce profundamente nuestro país y utiliza nuestro idioma con una pericia que ya quisiéramos tener muchos españoles.

Sus reflexiones también abarcan todo lo referente a la Unión Europea, cuestión sobre la que recientemente ha publicado L’Union européenne, un territoire en construction y Réflexions sur la crise des réfugiés de 2015 en la revista francesa Hérodote.

Ya en el año 2000 publicó Géopolitique du Pays Basque, un fino análisis de los fundamentos históricos y culturales del País Vasco, y unos años más tarde, en 2006, Géopolitique de L’Espagne, obra en la que analizó los complejos fundamentos de la nación española, así como las tensiones provocadas por la presión contante de los nacionalistas vascos y catalanes, al mismo tiempo que repasaba los factores de unidad y solidaridad que unen a los ciudadanos de nuestro país.

Barbara Loyer 2 - Juan Luis Fabo

Portada de L´Espagne en crise (s): Une géopolitique au XXIe siècle (ARMAND COLIN, 2015)

Más recientemente, junto con la profesora Nacime Baron, ha publicado L’Espagne en crise(s), obra en la que, desde una visión global de los problemas europeos, se analiza la situación actual de España a partir de 2008, momento de inicio de la crisis económica y en el que se ponen claramente de manifiesto las debilidades de nuestro sistema político establecido en la Transición. Es a partir de este último gran trabajo de análisis y reflexión sobre el que hemos realizado esta entrevista.

En tu libro España en crisis, prologado por Fernando Aramburu, éste comenta que en los años duros de la postguerra y a la largo de la dictadura franquista, en la clase obrera del país se gestó una fuerza impulsora de progreso basada en la voluntad colectiva de que sus hijos accediesen a una vida mejor, lo cual facilitó una transición modélica a la democracia y, a la postre, convirtió a España en un país que nuestros antepasados no hubieran imaginado ni siquiera en sus sueños más audaces. Sin embargo, también considera que hoy en día aquel espíritu se ha perdido y que de nuevo apuntan “nubes negras” en el horizonte político y social de España. ¿Compartes esta opinión y, en su caso, cómo crees que los españoles podríamos recuperar un impulso positivo hacia el futuro? Sí, pero la crisis de confianza no es exclusiva de España. Las consecuencias de la mundialización contemporánea desestabilizan nuestras sociedades europeas de la abundancia. El capitalismo financiero exacerba la competición por el trabajo, las migraciones nos transforman. Hoy, en la mayor parte de los países de Europa, muchos padres temen que sus hijos no puedan tener una vida mejor que la suya. Estas nubes negras de la incertidumbre y de la frustración son una amenaza colectiva. Nuestro porvenir común debe, sin embargo, construirse sobre los cimientos particulares de la historia de cada una de las naciones que componen la Unión Europea.

Negociar, situando un territorio en el centro del diálogo, es muy complicado. La izquierda se niega a tomarlo en cuenta, se sitúa en la utopía

España es un Estado que muestra signos evidentes de fragilidad. En francés, el título del libro, L’Espagne en crises, tiene la palabra crisis en plural. La conjunción de dificultades económicas y políticas es más preocupante porque las rivalidades en España son territoriales. Negociar, situando un territorio en el centro del diálogo, es muy complicado. La izquierda se niega a tomarlo en cuenta, se sitúa en la utopía. Me sorprende a menudo la violencia verbal expresada entre españoles de ideas opuestas. La retórica política se funda muchas veces en la evocación de las culpabilidades ajenas en el pasado. Los discursos de Pablo Iglesias son un ejemplo de que esto funciona en el electorado de izquierda. Quieren unir a los suyos dando la sensación de que combaten enemigos y no adversarios políticos. Y recurren a la Historia para reclamar la razón. El futuro tendría que construirse sobre la consolidación de la figura del adversario indispensable. Y también sobre un debilitamiento filosófico de los nacionalismos de trincheras.

En el libro, escrito junto a tu compañera Nacima Baron, decís que vuestro propósito es explicar la secuencia de acontecimientos que llevaron a la crisis actual de España, y también la espiral de desequilibrios y conflictos en las esferas política, social y económica. Todo ello lo hacéis con la intención de arrojar luz sobre el presente y encontrar las claves para comprender los problemas actuales de España. ¿Si tuvieras que priorizar, cuáles señalarías como las causas, los desequilibrios y los conflictos más graves? He sido formada por Yves Lacoste, geógrafo francés que ha contribuido, con la revista Hérodote, fundada por él, a la reintroducción de la palabra «geopolítica» en Francia. Lo ha hecho basándose en una reflexión sobre el concepto de nación. Lacoste defiende que la nación es «la idea fuerte de la geopolítica», porque en torno a este concepto se estructuran cada vez más conflictos contemporáneos. Perdóname el desvío que alumbra mi respuesta: pienso que hay pocos debates geopolíticos sobre la nación española, y que es una fragilidad.

Napoleón provocó en España un momento de unión nacional, pero ésta fue rota por Fernando VII cuando volvió del exilio, con la ayuda de las fuerzas europeas del absolutismo (los Cien Mil Hijos de San Luis). La democracia española ya era en el siglo XIX un problema de alcance europeo. El general Franco hizo lo mismo que Fernando VII: tomar todo el poder e imponer una concepción patrimonial de España. Paradójicamente, los dos grandes partidos que monopolizan, democráticamente, el gobierno desde los años ochenta tampoco han desarrollado un pensamiento sobre la nación española. Es bien sabido que el PP y el PSOE han pactado con los partidos nacionalistas vascos y catalanes para asegurarse el poder a corto plazo, pero sin fomentar reflexiones sobre el alcance a largo plazo de estos pactos. De hecho, existen dos naciones en los territorios del País Vasco y Cataluña. Los demócratas españoles lo han aceptado, reconociendo los derechos históricos e introduciendo el término «nacionalidad» en la Constitución, pero no han explicado a los ciudadanos los problemas que plantea esta superposición compleja. Han actuado como si la nación española fuese una evidencia que jamás sería cuestionada, como si fueran a ser eternamente los más fuertes, sin hacer nada, en nombre de la Historia. En consecuencia, sólo los nacionalistas catalanes y vascos han defendido «su» territorio.

Los partidarios de la unidad española han sido abandonados. El Estado se ha ausentado

Los partidarios de la unidad española han sido abandonados. El Estado se ha ausentado. Los dirigentes españoles han creído que el dinero de los años de bonanza haría desaparecer los problemas políticos. La economía es, sin embargo, cíclica y no se puede fundar una cohesión social duradera sobre una realidad tan volátil. La ligereza con que algunos dirigentes se han dejado sobornar revela el carácter superficial de la política española de los últimos treinta años. Veo en ello una suerte de ceguera que ha agravado los desequilibrios en Cataluña y en el País Vasco. La violencia de ETA también ha contribuido a esta ceguera. La defensa de la democracia frente al terrorismo ha ocupado todo el espacio político. El heroísmo de los cargos electos, profesores, periodistas, funcionarios asesinados o amenazados, la organización de la respuesta judicial, política, filosófica, el fallo ético del GAL, han silenciado los debates serenos sobre el pasado y el futuro de España. Me parece que es necesario distinguir entre el nacionalismo, que es un movimiento sentimental, y la nación. La nación es un cuadro conceptual ineludible. Debemos hablar de la nación para superar el nacionalismo.

Calificáis la crisis española de multiforme y señaláis que desafía los fundamentos del pacto político firmado en el momento de la Transición, de modo que se cuestiona la unidad del país, la representación democrática y el progreso de los últimos 30 años. ¿Crees que hemos tocado fondo y que, tras la intervención de la Generalitat de Cataluña por parte del Gobierno, cambiará el rumbo de los acontecimientos o lo peor está todavía por llegar? Cualquier cosa puede suceder, ya que una mitad de la población catalana no otorga ninguna legitimidad a los representantes del Estado español. Lo peor sería que una parte de los independentistas abandonase la estrategia no violenta adoptada desde el principio del famoso procés, o que los constitucionalistas de Cataluña perdiesen la paciencia y se enfrentasen violentamente a los separatistas. Cuando la violencia física sale del cajón, es difícil volver a encerrarla.

Albert Boadella dice que el empobrecimiento hará tocar el fondo y acabará con el separatismo. Por eso le parece positivo el resultado del 21 D. Opino que el sentimiento nacionalista es un pozo sin fondo, la expresión de solidaridades primarias que pueden llegar a ser racismo. Nuestros sistemas políticos deben regular este sentimiento, porque dudo que pueda desaparecer. Lo más complicado está aún por llegar: fomentar reformas en el contexto revolucionario de Cataluña es una aporía, una dificultad lógica irresoluble.

Una reforma de la Constitución debería abrir controversias -asequibles para un amplio público- acerca del poder, de su control, del concepto de lealtad, y no sólo sobre las libertades de unos y otros

También afirmáis que la virtud principal de la Constitución de 1978 es haber creado un espacio de negociación en un país que había conocido una espantosa guerra civil y 37 años de dictadura, pero que los compromisos que la hicieron posible son tales que el texto no puede evolucionar, mientras que el propio desarrollo de las autonomías en España ha provocado una transformación radical de la estructura del Estado. ¿Crees que será posible encontrar mediante el debate político y parlamentario bases renovadas que afiancen la unidad del país, o los españoles estamos abocados a nuevos enfrentamiento? Los acontecimientos de 2017 demuestran que la democracia española es sólida. En 1978, apenas había clase política local; sólo en Euskadi y Cataluña. Hoy las discusiones tendrán que comprometer a la clase política y mediática de las diecisiete comunidades autónomas y no únicamente al gobierno del Estado y a la Generalitat. Una reforma de la Constitución debería abrir controversias -asequibles para un amplio público- acerca del poder, de su control, del concepto de lealtad, y no sólo sobre las libertades de unos y otros. UPyD planteó la cuestión de la reforma de la ley electoral. En Francia, el sistema electoral mayoritario no es mejor, pero sigue siendo más o menos legítimo, tal vez porque nos ha protegido de la debilidad francesa: la extrema derecha. En España, la ley electoral amplifica los conflictos territoriales. Se sabe que su reforma dependerá del rumbo de las discusiones internas del PSOE, cuya política sobre los nacionalismos regionales me parece errática. La reforma constitucional es percibida como una amenaza por el PP y el PSOE. Es sin duda arriesgada en el contexto actual, pero no llevarla a cabo puede ser todavía más peligroso. Dejaría el monopolio de la palabra a los activistas de las causas simples.

La crisis económica de 2008 la situáis como un elemento desencadenante de la crisis política y social actual. Es como si la situación anterior caracterizada por la abundancia de dinero en casi todas las esferas económicas hubiese servido para mitigar y aplazar en el tiempo las tensiones políticas. ¿Una hipotética confirmación de la salida de la crisis económica sería la solución para superar en España los conflictos políticos actuales? La bonanza económica no ha impedido el afianzamiento del nacionalismo catalán. La crisis ha ensanchado la influencia del discurso independentista hasta llegar a los sectores que se sintieron traicionados por los grandes partidos. El choque de 2008 también amplía, con discursos victimistas, la audiencia de los separatistas en la pequeña y mediana empresa. Era muy difícil de concebir que, en pos de una quimera, una parte tan amplia de la población aceptase correr un riesgo económico considerable. La lección que todos debemos retener es que el nacionalismo puede dar paso a una mística irracional y llevar a la clase burguesa a actuar en contra de sus intereses. Esto podría ocurrir en cualquier país de Europa. La economía no se sobrepone a la ideología nacionalista. No somos Serbia ni Bosnia, pero tampoco tan diferentes como para creernos inmunes a la irracionalidad.

Me llama la atención que haya más extrema izquierda anti-todo por sistema que ecologistas enfrentándose a uno de los mayores retos de la humanidad. España es uno de los países directamente amenazados por el calentamiento global

Las tensiones separatistas y el reto catalán, las consecuencias del terrorismo nacionalista vasco, el desempleo masivo y el trabajo precario, la desigualdad económica territorial y entre los propios individuos, el recorte de las políticas sociales, el envejecimiento de la población y los jóvenes que abandonan el país, la corrupción política y la privatización de los servicios públicos, la fragilidad del sistema industrial y las características del modelo productivo son algunos de los elementos que analizáis en el libro para entender mejor la situación de España y sus problemas actuales. Todos ellos explicitados uno tras otro propician una percepción bastante pesimista. Sin embargo, el país tiene también sus puntos fuertes. En este sentido ¿cuáles son los que destacarías como especialmente favorables y capaces de aportar soluciones hacia el futuro? Hasta hoy, ni los crímenes de ETA, ni los atentados islamistas, ni la corrupción, ni la pobreza, ni el desafío separatista catalán han dado paso al fortalecimiento de un partido de extrema derecha al lado del PP. Esto revela una fuerza moral colectiva que muchos europeos pueden envidiar a los españoles. Considero que la democracia está muy anclada en la mayor parte de España, a pesar de la confusión que generan las identidades colectivas utilizadas políticamente. Pero me llama la atención que haya más extrema izquierda anti-todo por sistema que ecologistas enfrentándose a uno de los mayores retos de la humanidad. España es uno de los países directamente amenazados por el calentamiento global. La representación del franquismo como argumento falaz es un lastre para la izquierda española.

También explicáis cómo en España ha habido dos partidos políticos que se han alternado en el poder desde la Transición y han sido favorecidos por el sistema electoral, sistema que también favorece fuertemente la capacidad de influencia de los partidos nacionalistas periféricos para determinar de forma esencial la política española. Sin embargo, en 2015 se dio una fuerte agitación electoral, de la que ya había algún precedente en 2011. ¿Consideras que se confirmará definitivamente el cambio del mapa político a pesar de que no se haya modificado el sistema electoral? Para confirmarse tal cambio, que no me atrevería a pronosticar como definitivo, Ciudadanos debería reforzarse localmente. Se podría tal vez negociar solamente una nueva ley electoral para el Senado, cuya mayoría está fundada en una representación no proporcional de los territorios (cuatro senadores por provincia) y bloquea las reformas, incluso parciales, de la Constitución. La excepcionalidad de las nacionalidades debilita al conjunto español sin mejorar la democracia. Dicha excepcionalidad no ha impedido el desgaste mediático de España en el extranjero. A pesar de ser el Estado europeo más descentralizado, España sigue descrita como una prisión para sus pueblos.

En vuestras conclusiones afirmáis que en 2006 muy pocos observadores de la vida pública imaginaban todo lo que una conjunción de dificultades internas y externas sacudiría a España y a los españoles en los años siguientes hasta dibujar un futuro repleto de incertidumbres. ¿Crees que ahora los observadores de la vida pública serán capaces de imaginar con más acierto qué pasará en los siguientes 10 años? La incertidumbre es la normalidad. Los observadores no tienen otra opción que arriesgarse. Hay que darles esta libertad. Lo que acaba de suceder en España revela que los partidos políticos no concibieron que la burguesía catalana, con la que trataban desde hace décadas, no bajaría del tren antes del choque. Los nacionalistas catalanes tampoco concibieron que estarían peor considerados en Europa que los españoles que despreciaban, o que acabarían con sus huesos en la cárcel. Es difícil de contrarrestar la metonimia que transforma un espacio en actor político: Cataluña sufre, Madrid actúa…

El episodio de la sentencia del 2010 revela la imprudencia del PSOE. Llenó el barril de pólvora con unos artículos claramente proclives a la exclusión del Estado de Cataluña, sabiendo que el PP encendería la mecha

En 2005 escribí que Cataluña era el eslabón débil de España. Yo veía que la resistencia contra ETA había forjado en Euskadi una opinión pública española mucho más estructurada que en Cataluña. El catalanismo es, por el contrario, una ideología mal definida que legitima cualquier política en nombre de la cultura. Cataluña es, además, un territorio mucho más fácil de conquistar que las siete provincias de la Euskal Herria de los nacionalistas vascos. Antes del 2008, imaginaba que la chispa desencadenante de una crisis territorial en España podría llegar desde Bélgica, si los nacionalistas flamencos capitalizaban sus logros políticos con una Declaración Unilateral de Independencia. La chispa ha sido el hundimiento financiero en los Estados Unidos y sus consecuencias en cadena en España. Como causa interna, el episodio de la sentencia del 2010 revela la imprudencia del PSOE. Llenó el barril de pólvora con unos artículos claramente proclives a la exclusión del Estado de Cataluña, sabiendo que el PP encendería la mecha. El procés empieza cuando Jordi Pujol está en apuros judiciales, y permite borrar del mapa a su partido corrupto, CDC. Era imposible prever todo ello, pero los gobernantes españoles sí tenían mucha información. Hoy la complejidad del panorama tampoco permite pronósticos muy seguros, pero el despertar de una opinión pública más orgullosa del valor de España es un resultado calamitoso desde el punto de vista separatista. No sé con qué saña los dirigentes del PP y del PSOE van a intentar frenar el auge de Ciudadanos, y a qué precio, para protegerse entre ellos.

Fernando Savater ha insistido en la importancia que para cualquier país tiene la educación en todos los órdenes político, económico, social y cultural. Y la ha señalado como una de las claves que mejor explican la situación actual de España, al menos en lo referente a las tensiones nacionalistas. ¿En vuestro análisis qué consecuencias consideras que ha tenido para España su actual política educativa con la transferencia de las competencias a las comunidades autónomas, y qué consecuencias se pueden derivar de todo lo referente al trato que se ha dado a la lengua común, es decir, al uso o a la falta de uso del español en las escuelas de varias comunidades autónomas? La nación francesa se consolidó gracias a una derrota contra Alemania en 1871. Los políticos de la época consideraron que quienes habían ganado eran los profesores alemanes por haber formado soldados patriotas. El sistema escolar francés, tan centralizado y homogéneo, se creó después de aquel hito, en los años ochenta del siglo XIX. Se construyeron escuelas en más de 36.000 municipios (hay algo más de 8.000 municipios en España), donde los niños aprendían que íbamos a recuperar Alsacia y Lorena. Después de la Primera Guerra Mundial, cada municipio ha edificado su monumento con la lista de los muertos del pueblo, y el 14 de julio se celebra un desfile conmemorativo.

Donde hay nacionalismo, la escuela es nacionalista. Parece aberrante que en España se hayan delegado tantas competencias educativas en un contexto de potentes nacionalismos regionales

Donde hay nacionalismo, la escuela es nacionalista. Parece aberrante que en España se hayan delegado tantas competencias educativas en un contexto de potentes nacionalismos regionales. Escribí que España estaba llegando a una suerte de postnacionalismo del cual todos los europeos podríamos aprender, pero quizá hubiera que teorizarlo. Se ha dejado todo el espacio a los nacionalistas periféricos cuya ideología es muy estructurante para ellos. ETA sobrevivió a sus escisiones gracias al cemento nacionalista. El bilingüismo sólo se analiza como una cuestión sociológica o cultural, y no como un fenómeno geopolítico que provoca rivalidades de poderes dentro de los territorios. La revista Hérodotepublicó en 2002 un número titulado “Lenguas y territorios”. Vi que los sociolingüistas describían cada idioma, pero no encontraba a nadie que analizase las rivalidades que surgen en torno a sus usos. La cultura es otra cosa, debe estar libre de consideraciones políticas, por importantes que sean. Cuando escribí mi tesis doctoral de Geopolítica sobre el País vasco español, me gustó mucho estudiar euskera diariamente en el euskaltegide Hernani. Era una alegría íntima, muy alejada de consideraciones geopolíticas.

Concluís que el Estado de las autonomías ha contenido el problema del separatismo durante un tiempo, pero que, a largo plazo, es una solución costosa que ha generado una burocracia sobredimensionada, agravios comparativos entre regiones, duplicidades institucionales y una jungla normativa y competencial. ¿Cuáles serían los modelos teóricos y las claves principales para una salida satisfactoria hacia una nueva estructuración territorial del poder político? El modelo teórico tendría que ser jurídico. No soy jurista. Es importante comprender que la democracia es un ideal cuando uno vive en una dictadura, pero donde existen libertades es un sistema de poder. Cuanta más democracia, más rivalidades de poderes entre ciudadanos. Por eso, la clave es que los ciudadanos no se dejen guiar como en Cataluña por un misticismo del ideal democrático, como si España fuese una dictadura. Todo sistema futuro será el resultado de compromisos. ¿Cuáles son los compromisos aceptables por unos y otros? Esta pregunta ha sido la clave en 1977. Hoy, los compromisos son más complicados: los líderes nacionalistas no los quieren. También hay un sector importante de jóvenes electores politizados en 2011 que no otorga ningún valor al pacto constitucional posfranquista. El afán de Podemos en deslegitimar la Transición me parece muy problemático. Socavándolo, no se puede mejorar el sistema. Pretender conquistarlo a toda costa no dibuja un porvenir común. Se añaden nuevos defectos a las grandes limitaciones del PP y del PSOE.

Señaláis que la democracia no puede permitirse que España sea un país fracturado y, en todo caso, consideráis que, a pesar de la profundidad de las desigualdades, es una democracia política sólida. ¿Cómo valoras el papel que ha tenido España en Europa hasta ahora? Y, en el futuro, ¿crees que puede llegar a ser una fuente de inestabilidad para otros países en la medida de que no fuese capaz de superar los impulsos separatistas de sus nacionalismos internos? El desafío separatista catalán es un problema europeo y no sólo español. Los liberales de la Constitución de Cádiz inscribían sus acciones dentro de un movimiento europeo de liberalización que fue cortado de raíz. Hoy en día, la nación es una base simbólica muy importante, al mismo tiempo que se transforma por las cesiones de parte de esta soberanía nacional a la Unión Europea. Esto provoca zozobra y resistencia, sobre todo por los temas de la inmigración, fronteras, desigualdad. España participa de esta evolución y sus fragilidades internas deberían nutrir una didáctica europea sobre las futuras relaciones entre democracia y soberanía. Las reivindicaciones de los nacionalistas sin Estado se expresan al viejo estilo: un pueblo, un territorio, una soberanía. El que tengan tan poco poder sobre las realidades económicas no les ha hecho dudar.

Es difícil saber lo que hacen los españoles en la UE. Escribí, hace años, un artículo sobre el balance de la presidencia del Consejo por José Luis Rodríguez Zapatero y me costó mucho encontrar algo sustancioso. Aun así, la participación en los comicios europeos se sitúa siempre un poco por encima de la media. En un contexto de euroescepticismo creciente, no es algo baladí

Emmanuel Macron habla de soberanía europea y no reconoce el derecho a la soberanía de las naciones regionales. Yanis Varoufakis habla de soberanía global contra el capitalismo y apoyó al movimiento separatista catalán. Hay que ayudar al ciudadano a opinar basándose en una reflexión sobre los poderes concretos que derivan de estas proposiciones. A mi juicio, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán tendría que ser traducida al inglés y al francés para ser estudiada en los demás países de la UE. Es muy larga (470 páginas), contiene muchos votos particulares que demuestran el difícil equilibrio entre libertades y lealtad. Si el procés deslegitimase el modelo rupturista revolucionario de los separatistas a favor de la reforma, sería un avance interesante. Por eso, aunque no sea una solución mágica, me parece importante que la reforma constitucional no siga bloqueada por la connivencia del PP y del PSOE. España no parece tener una influencia particular en la UE. Salvo durante la presidencia de José María Aznar, que quería darle mayor rango (cuando las negociaciones del tratado de Niza, y, luego, participando en la segunda guerra del Golfo), es difícil saber lo que hacen los españoles en la UE. Escribí, hace años, un artículo sobre el balance de la presidencia del Consejo por José Luis Rodríguez Zapatero y me costó mucho encontrar algo sustancioso. Aun así, la participación en los comicios europeos se sitúa siempre un poco por encima de la media. En un contexto de euroescepticismo creciente, no es algo baladí.

El sistema de la Unión Europea es demasiado burocrático. No sé si podrá transformarse antes de que ganen partidos pro exit en otros países. La información se esconde detrás de una jerga técnica que me parece un atentado a la democracia

Desgraciadamente, no sólo en España se dan problemas graves, también en otros países europeos las cosas no van precisamente bien. ¿Cómo ves en estos momentos la situación de Europa y dinos si consideras que la Unión Europea tiene capacidad suficiente para superar los retos que tiene por delante? Chocan muchos acontecimientos de gran calado: crisis de la deuda griega, Brexit, éxitos electorales de la extrema derecha, atentados, guerra en Siria y Libia, DUI en Cataluña…. Apagar el fuego en cada lugar es contribuir a controlar un incendio europeo. El sistema de la Unión Europea es demasiado burocrático. No sé si podrá transformarse antes de que ganen partidos proexit en otros países. La información se esconde detrás de una jerga técnica que me parece un atentado a la democracia. Los partidos de extrema izquierda y de extrema derecha dicen lo mismo. Se les llama populistas porque proponen a los ciudadanos soluciones simples ante problemas complejos. Pienso que hay que tomarse en serio el deseo de los ciudadanos de tener más poder frente a la potencia de los grandes actores económicos. Dejando de lado el racismo, muchas ideas contienen una parte de verdad. El problema reside en las amalgamas tácticas de los políticos para ensanchar su audiencia. Por ejemplo, Yanis Varoufakis apoya a los separatistas catalanes. Su programa propone una Unión Europea más resistente ante el capitalismo, pero hace campaña por una Europa “pluralista de las regiones, etnias, confesiones, naciones, lenguas y culturas”. Igualmente, el economista Thomas Piketty ha dado su apoyo a Podemos, obviando la gravedad de la cuestión territorial española. Podría haber dicho que ciertas propuestas económicas le parecían relevantes y ser prudente en lo demás. Tal vez tanto el uno como el otro piensan que los Estados son un estorbo. En las próximas elecciones europeas habrá debates de mucho alcance. Los relatos contrapuestos sobre los conflictos españoles y las estrategias políticas de sus actores son, desde ahora mismo, parte de la capacidad europea para superar los retos que tiene por delante.

Fotografías: Francisco Javier Irazoki

Elvira Roca expone argumentos contra la Leyenda Negra Antiespañola

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https://youtu.be/DFelR3S1ecA?list=PLQjAbhn8QFU62MTeM1qWkllbQjnsbNXMn

España contra Europa

España contra Europa

Europa. Entrevista actual (noviembre 2012) al filósofo Gustavo Bueno, en Radio Nacional de España

Daniel Cohn-Bendit en la Europa sublime:los verdes y la crisis en Europa. No es la identidad religiosa lo que más puede importar, pero no se debe minusvalorarla



Daniel Cohn-Bendit y Alain Servantie
datos de wikipedia sobre Daniel Cohn-Bendit
Un proyecto secular e integrador
de la diversidad cultural europea
FUENTE http://www.inisoc.org/dcbas75.htm

* Versión original en francés en Confluences Méditerranée, París, nº52- Invierno 2004-2005, pp. 41-53. Traducido al castellano por Margarita Díaz, con autorización de los autores, para Iniciativa Socialista nº 75, primavera 2005.

¿Pervive todavía un sueño americano que centellea como los neones brillantes de las palmeras de zinc de Las Vegas? ¿Hay en el sueño europeo algo más que un confort residual del último medio siglo de un Estado-providencia en descomposición bajo las embestidas de la globalización? ¿Existen valores europeos originales, distintos a los valores universales de respeto a la persona, de igualdad entre sexos, etc.?
Desde el inicio de la época colonial, ¿no han sido los rasgos culturales europeos banalizados, exportados al mundo entero, regurgitados hoy en la salsa hollywoodiense? ¿Compartimos los mismos valores que Estados Unidos –derechos humanos, Estado de derecho, solidaridad social- o que otras regiones, sobre todo de América Latina, que han abolido la pena de muerte? ¿Son reversibles los valores? ¿Para qué sirve tener una identidad? ¿Cuál es nuestra identidad europea? ¿Es necesario definirla?
Cuando la religión ha perdido su papel identificador en una Europa descristianizada, ciertos ideólogos y políticos intentan encontrar otros factores simplistas de identificación, calificados con el vago término de “estructuras políticas profundas”, sin tomar en cuenta el factor tiempo, necesario para la difusión de los cambios económicos y sociales, variable según las regiones del mundo. Intentar delimitar el sentido de lo que significan una “identidad” y una “cultura” europeas requiere de nuestra parte un cuestionamiento de memorias nacionales más o menos mitificadas, alimentadas de vanidades étnicas. Esto debe permitirnos aprehender nuestro pasado de forma abierta y crítica, tomando en cuenta los particularismos, operando una catarsis indispensable para llegar a asumir una identidad que se adapte a las evoluciones del mundo.

Europa no puede jactarse de tener una sola fuente

La cultura no es, ni mucho menos, la pertenencia a una familia lingüística. Es una trampa asimilar cultura, lengua, etnia y territorios, trampa utilizada demagógicamente para adular a una base electoral que, por esencia, está enraizada localmente. Ciertos lingüistas sugieren que la patria originaria de los indoeuropeos es Anatolia o los Balcanes, y que sus diferentes ramas se expandieron por Europa, al tiempo que se introducía la agricultura. Pero como demuestra el examen de la organización de las transferencias culturales, en ninguna parte una técnica está ligada a una lengua dada. Los diferentes aspectos de la cultura (tecnología, pero también arte y religión) se difunden por ondas, por olas, que se recobran y se confirman, con una progresión proteiforme, merced a los climas y a las corrientes comerciales, obedeciendo en mayor medida a una lógica caótica independiente de las evoluciones lingüísticas que a cualquier linealidad. Asimilar indoeuropeo y agricultura es un hold-up, una usurpación intelectual insidiosamente racista. El hitita, en Anatolia, la más antigua lengua indoeuropea escrita, ha tomado prestados de las lenguas autóctonas los términos propios de las producciones agrícolas locales. Incluso la escritura de los hititas fue tomada prestada de los mesopotámicos, así como las primeras monedas, las letras de cambio, los seguros o una parte de su panteón de divinidades. La ideología indoeuropea ignora la originalidad de lenguas como el vasco o el etrusco, el finés o el húngaro o las lenguas caucasianas. Los lingüistas modernos avanzan la hipótesis de que si nos remontamos más de quince mil años atrás, la mayoría de las lenguas habladas en Europa, alrededor del Mediterráneo y hasta en Japón, podrían ser agrupadas en una misma metafamilia lingüística.
La herencia cultural de Europa procede de un humus rico y diversificado de culturas y de creencias, del cual el horizonte judeocristiano no es más que un elemento. Tras la última glaciación, el paisaje europeo, laminado y empobrecido, fue vivificado por la agricultura inventada en Mesopotamia y en Anatolia, gracias a la transmisión de la cultura del trigo y de la viña, plantas originarias de estas regiones. Las líneas de separación entre las culturas y, por tanto, entre las cocinas (vid/lúpulo, cerveza/vodka, mantequilla/aceite) transcienden las divisiones políticas o lingüísticas. Para la vid, esa línea atraviesa Francia desde la Charente hasta la Champagne, para seguir por Alemania, Hungría, Rumanía y Turquía; la del aceite, pasa igualmente por Francia, y continua por el norte de Italia hasta alcanzar el mar Negro en Tracia. El norte de Anatolia utiliza tradicionalmente la mantequilla. La vid y el panteón de divinidades ligado a su cultura se difundieron por Europa meridional a partir de Anatolia: el dios hitita del vino y de la vegetación, Telepinu -cercano a los dioses de los panteones mesopotámicos, Tamûz y Attis-, que desapareció en los infiernos y resucitó, es el ancestro directo del mito de Dionisos, adoptado por la mitología persa bajo el nombre de Djemchit, inventor del vino.
El tema del descenso a los Infiernos se metamorfoseó sincréticamente en el mito cristiano de la resurrección. La genealogía de los mitos de la Biblia se pierde en la noche de los tiempos, como el mito de Noé, según un proceso antropocéntrico de evolución de las religiones que se extendió durante miles de años. Así, las diosas-madres, engendradoras y alimentadoras, adoradas en el perímetro del Mediterráneo en las primeras épocas de la agricultura, se van progresivamente metamorfoseando en Hera y Afrodita, después en María, antes de ser sustituidas por dioses machos, símbolos de la fuerza militar.
La imagen divina deviene cada vez más abstracta hasta el punto de eclipsarse en la invocación del Yahvé de los hebreos, del Alá de los musulmanes o del dios de los iconoclastas, hasta desaparecer completamente en un ateísmo cuyas premisas se encuentran en una filosofía árabe que desarrolla el materialismo de filósofos griegos anatolios (Epicuro). La desaparición del culto a las mujeres en el judaísmo y en el Islam marca una transición desde el matriarcado hacia un patriarcado omnipotente. Pero como contrapartida a este proceso de abstracción, por todas partes han pululado los morabitos [tumbas de anacoretas convertidas en lugar de peregrinaje], los más accesibles santos locales, las fuentes supuestamente milagrosas, objetos de un culto más inmediato, herencia común de los cristianos y los musulmanes en torno al Mediterráneo.
El machismo y las actitudes hacia las mujeres en la familia son rasgos comunes a las culturas del perímetro mediterráneo, independientemente de la religión; hoy la liberación de las mujeres funciona de forma similar entre Portugal y Turquía, con un poco más de retraso en los países árabes: conquista de la paridad con los hombres, participación en la vida profesional y política, control de la natalidad.
Una parte importante de la herencia intelectual de la Antigüedad nos ha sido transmitida por los árabes, que, sobre bases greco-hindúes, construyeron el álgebra, la trigonometría y la astronomía moderna, -que abrió la vía a la revolución copernicana-, enriquecieron la medicina (anestesia, utilización de la música en las enfermedades mentales, farmacología) y la química; mejoraron la óptica y la meteorología utilizadas sobre todo para la navegación (astrolabio). En el siglo XI, en Toledo y en Sicilia, cristianos y judíos comenzaron a traducir el saber greco-árabe al latín y al hebreo, en una atmósfera de simbiosis de las tres grandes culturas medievales (musulmana, judía y cristiana) sin igual en un Occidente cristiano generalmente intolerante. Estos contactos medievales posibilitaron la lenta incubación del espíritu experimental del cual nacieron, en el Renacimiento, la filosofía y la ciencia modernas, reduciendo progresivamente la relación sagrada entre el ser humano y el mundo que había prevalecido hasta entonces.
Herederos a su vez de la tradición bizantina y de la cultura árabo-persa, los otomanos y sus sucesores turcos representan un sincretismo original de diferentes fuentes de la cultura occidental. El misticismo religioso (los “sufís”) se expresa en parecidos términos en Mevlana y San Juan de la Cruz. En el plano de las relaciones internacionales, los turcos, continuadores del imperio romano de Oriente, retomaron por su cuenta los pasados acuerdos con las repúblicas italianas. Constantinopla llegó a ser, en el Renacimiento, un importante centro de la diplomacia mundial, donde se elaboraban los usos del derecho internacional. La cuestión no es saber por qué el Imperio otomano declinó y desapareció, sino saber por qué duró mucho más que los efímeros imperios coloniales francés y británico, por qué durante cuatro siglos permitió la coexistencia con un mínimo de conflictos de 72 grupos de culturas muy diferentes, los denominados “millet”, esferas de poder muy autónomas organizadas en torno a una comunidad religiosa.
El imperio otomano, debido, sobre todo, al sistema de los Jenízaros, constituyó un poderoso crisol que integraba a pueblos muy diversos, esencialmente europeos. Una de las fuerzas de integración fue el sistema de educación uniforme para las élites administrativas, impuesto en el marco del dev_irme, conversión forzada de los hombres jóvenes elegidos por sus cualidades físicas o intelectuales, dando la posibilidad de promociones basadas en el mérito y asegurando una integración de los grupos étnicos periféricos por el ascenso de sus representantes a los más altos cargos del Estado, como ucurrio con el serbio Sokullu o el bosnio Köprülü, que llegaron a ser grandes visires. De hecho, el Imperio otomano no buscó llegar al mismo grado de cohesión y de integración social que los Estados-nación del tipo de Francia o Inglaterra. En efecto, la fidelización sobre un territorio que en 150 años se extendió desde las puertas de Viena al Yemen, desde el mar de Azov a Orán, sólo podía lograrse, como en el antiguo imperio romano, atrayendo a las élites comerciantes y rurales, es decir, tolerando las especificidades culturales y religiosas, alentando las conversiones sin forzarlas, limitándose a imponer el uso de una lengua administrativa para los usos exclusivos del ejército y de las finanzas (el turco otomano) pero no para el resto de la vida civil o económica. De esta forma, el imperio otomano preservó la existencia de las Iglesias ortodoxa y armenia, y ofreció cobijo a los judíos perseguidos en Europa, a los circasianos y tártaros oprimidos por el expansionismo zarista. Las migraciones y las conversiones condujeron a la formación de una élite “otomana”, sin, por el contrario, acarrear la desaparición de grupos y culturas muy diferentes que coexistían entre sí, sobre todo en las grandes ciudades. Ese fue el caso, por ejemplo, de los judíos sefardíes que hablaban ladino en Salónica y Estambul, junto a griegos, turcos, armenios y católicos latinos italófonos (“levantinos”).
El imperio otomano fue socavado por la contradicción interna existente entre un derecho personal de origen medieval, que durante el siglo XIX las potencias occidentales procuraron incrementar imponiendo privilegios para las “minorías”, y un derecho secular, laico, de base territorial que no hacía distinción entre personas en función de su origen étnico o de su religión, y que ha pasado a ser la regla en los países occidentales. La República de Ataturk consagró la adhesión de Turquía a esta segunda orientación.

Las exclusiones de las herencias religiosas

Si los polacos hacen referencia a la herencia cristiana medieval es porque la cristianización inauguró la escritura de su lengua y constituyó su entrada en la historia nacional. Pero referirse a la herencia cristiana de Europa significa retomar el lenguaje que en 1828 utilizaba el ministro de Asuntos Exteriores de Carlos X, Chateaubriand, en relación a las primeras reformas en Turquía: “Pretender civilizar a Turquía facilitándoles barcos de vapor y ferrocarriles, disciplinando sus ejércitos, enseñándoles a manejar sus flotas, no significa extender la civilización en Oriente sino la barbarie en Occidente… un pueblo cuyo orden social está fundado en el esclavismo y la poligamia es un pueblo al que hay que devolver a las estepas de los mongoles… Todos los elementos de la moral de la sociedad política se encuentran en el cristianismo, todos los gérmenes de la destrucción social están en la religión de Mahoma. Se comenta que el actual sultán ha dado pasos hacia la civilización: ¿es porque ha intentado, con la ayuda de algunos franceses renegados, de algunos oficiales ingleses y austriacos, someter las hordas fanáticas en ejércitos regulares? ¿Y desde cuándo el aprendizaje maquinal de las armas es la civilización? Es un gran error, es casi un crimen haber iniciado a los turcos en la ciencia de nuestra táctica; hay que bautizar a los soldados a los que se disciplina, a menos que se quiera promocionar intencionadamente a los destructores de la sociedad”.
Los discursos, imbuidos de imágenes nostálgicas recibidas de la educación clásica, que asimilan Europa a una herencia grecolatina, estereotipada, estática, sin relación con la realidad actual, y clasifican a la Turquía de hoy en un Oriente extraño, repitiendo viejos prejuicios de una fácil dicotomía entre un Occidente que se autoproclama activo, organizado, científico, racional, industrial en el sentido dado por Max Weber, y un Oriente supuestamente introvertido, pasivo, sensual, irracional, emocional, conservador, fatalista. Oposiciones simplistas como éstas justificaron, antes de 1940, el proceso de colonización, oponiendo el hombre civilizado, supuestamente racional, al primitivo. La carnicería de la segunda guerra mundial arruinó para siempre esas vanas pretensiones. Para afirmar abruptamente, como hacen algunos, que Turquía no es europea, se tendría que poder afirmar que existe una cultura unitaria europea. ¡Y nada es menos evidente! La acumulación de argumentos invocados para poner en duda la posibilidad de integración de Turquía en la UE, tanto los que se refieren a la geografía como los que lo hacen a la historia, la geoestrategia o los “criterios de Copenhague”, indica la incertidumbre de aquellos que los invocan sobre la naturaleza de una identidad europea. Esta abundancia argumental traduce la carencia de un proyecto europeo mal digerido y testimonia el malestar que provoca la ausencia de un vínculo de identidad secular que pueda permitir a los individuos reconocerse sin equívoco en una comunidad política y de valores.
Invocar la herencia cristiana de Europa es olvidar la Inquisición y la censura del Index. A la luz de las hogueras y bajo la amenaza de un infierno perpetuo, la Iglesia trató de frenar el poder de atracción sobre los espíritus medievales de una religión sexualmente tolerante que proponía una vida fácil en este mundo y también el goce físico después de la muerte. El temor a que las gentes simples pudieran ser atraídas por una religión que exigía pocos esfuerzos y renunciaran al catolicismo se ha reproducido en términos parecidos en la literatura anticomunista del último siglo, cuando los ideólogos occidentales fustigaban a aquellos que proponían la felicidad sobre la tierra, sin mucho trabajar, contra el valor primordial subyacente al mundo liberal: ¡el trabajo! Herencia cristiana son también las masacres de las Cruzadas, la trata de esclavos y el apartheid, la revocación del Edicto de Nantes y las dragonadas desencadenadas por Luis XIV contra los hugonotes, la limpieza étnica practicada por los austriacos contra los musulmanes después de la reconquista de Hungría y por los griegos tras la independencia de su país, los progromos contra las comunidades judías de Europa oriental, los ojos cerrados de la Iglesia ante la Shoah, el apoyo del Opus Dei a dictaduras en América Latina, la frustración de las mujeres en sus propios cuerpos bajo la asfixia puritana del calvinismo y del jansenismo…
Resulta paradójico invocar la herencia religiosa en una Europa donde el apego a la religión se hunde, donde las prácticas religiosas desaparecen, donde las vocaciones se apagan, según un proceso que también ha penetrado más rápidamente en las élites de ciertos países islámicos, como Turquía, que en los Estados Unidos. Sin embargo, en ciertos Estados miembros (Reino Unido, Francia) el Islam ha pasado a ser la segunda religión, religión que juega el papel de imán en ciertos inmigrantes sobre los cuales ni el espejismo de ideologías socializantes vacías de sentido, ni el liberalismo desenfrenado juegan el papel de motor de integración, ni ofrecen ya un ideal de vida. Considerarse musulmán es una forma de reivindicación social, dejando de lado, como secundario, el origen nacional; es, de hecho, un modelo de integración en la sociedad occidental. Esta fuerte presencia del Islam constituye un rasgo cultural similar, nuevo para la mayoría de los países de Europa, pero las reacciones no son las mismas; mientras que las autoridades británicas adoptan una actitud generalmente no intervencionista, como en los Estados Unidos, recientemente hemos visto que Francia sigue, en lo que respecta al Islam, una tradición galicana de organización y de control de la religión por el Estado.

La tolerancia moderna no ha nacido de la paz de Augsbourg (1555), presentada a menudo como fundamento de la tolerancia religiosa en el Sacro Imperio, sino que supuso un remedio para salir del paso por el que se consagraba la autoridad de los príncipes sobre los súbditos de sus territorios en materia de religión, según el principio cujus regio, ejus religio; esta paz fue el toque de difuntos para el sueño del retorno de un imperio universal bajo los Habsburgo. Los Estados con religión de Estado, Reino Unido o países escandinavos, son herederos de los príncipes de Augsbourg. La nacionalidad se basa, parcialmente, en la religión para los irlandeses, los griegos, para Israel (griegos o judíos de diásporas dos veces milenarias), los turcos (en su carnet de identidad se menciona la religión, como antes el Islam se mencionaba en Yugoslavia). Y hoy el principio ejus regio, cujus religio se ha transformado en ‘un territorio, una nación, una lengua’.
La tolerancia moderna nació, más bien, en el siglo XVI, en Transilvania, principado vasallo entonces de los turcos, donde se aceptó el principio de igualdad entre católicos, luteranos, calvinistas y judíos en las dietas de Torda. En esta línea, la tolerancia, promovida por los francmasones en la Europa de las Luces, fue arrancada a las iglesias y a las sectas. La construcción de los Estados-nación pasó por la laicización progresiva del derecho, por la separación entre religión y Estado desarrollada por los juristas y los politólogos del Renacimiento, de Maquiavelo a Jean Bodin. La Revolución francesa y su anticlericalismo son un elemento esencial de la herencia europea. Los primeros proyectos de unión europea, desde el abad de Saint-Pierre y Leibniz hasta Víctor Hugo, apartan a la religión y la reducen a una cuestión de conciencia personal, a fin de evitar los asuntos contenciosos y apuntando a la organización de las relaciones entre Estados, al libre movimiento de mercancías y de individuos. Los símbolos son peligrosos cuando excluyen y dividen.
Ni los Tratados que crearon la Unión, ni las convenciones que crearon el Consejo de Europa hacen referencia a la religión. El preámbulo de la convención que inaugura el Consejo de Europa se refiere a la adhesión “a los valores espirituales y morales que son el patrimonio común de sus pueblos y que se encuentran en el origen de los principios de libertad individual, de libertad política y de preeminencia del derecho, sobre los cuales se funda toda verdadera democracia”. En cuanto a la convención europea sobre los derechos humanos, se afirma en términos absolutamente claros la libertad de conciencia (artículo 9). De esta forma, el rasgo esencial de nuestra identidad es nuestra diversidad.

Afirmación de un proyecto secular integrador de la diversidad cultural

Europa no comparte valores inmanentes revelados, comparte formas de convivencia. Cuando los Estados-nación, en el sentido del siglo XIX, dejan de responder a los desafíos presentes, cuando los gobiernos tradicionales no cumplen ya ciertas funciones trasladadas a un nivel superior por la construcción europea, la globalización o la privatización de los servicios, los Estados federados clásicos hacen implosión. Allí donde la diplomacia tradicional cede el paso a los compromisos institucionales, ciertas burocracias, que pierden una parte de su razón de ser en materia de política internacional y a las que sus tradiciones nacionales discapacita en gran medida, sufren un repentino ataque de soberanismo y tienen serias dificultades para imaginar el futuro en términos pluriculturales, por lo que continúan alentando una fragmentación territorial justificada por la glorificación de los pasados rasgos culturales: Estados bálticos, escisión de Checoslovaquia, implosión de Yugoslavia. Puede temerse que la continuación de una política así conduzca, a la manera del Santo Imperio Germánico, a la proliferación de pequeños cacicatos que establezcan su poder sobre una estrecha ideología nacionalista: lenguas impuestas, historia local reescrita ignorando siglos de cohabitación, repliegue a valores religiosos caducos como elemento fundamental de la identidad, etc. Los acuerdos de Dayton, lejos de restaurar un sistema pluricultural, se apoyan en una división del territorio de carácter religioso, próximo al sistema de la paz de Augsbourg. Las constituciones que ofrecen garantías en términos étnicos perpetúan las divisiones, en lugar de aportar soluciones; consiguen paralizar la administración y estimular la mentalidad pueblerina multiplicando los privilegios particulares, en lugar de crear un pueblo y una nación comunes, como señaló el antiguo ministro de Justicia francés, Badinter. El integrismo nacionalista de los Balcanes, de Chechenia, de ciertos extremistas vascos o flamencos tiene su semejante en los movimientos de extrema derecha del Reino Unido, de Polonia o de Rumanía que atizan el desencanto de las clases medias y populares que han perdido la esperanza de un futuro mejor con el hundimiento de la ideología socialista.
¿Puede Europa superar la dialéctica reductora entre Estado nacional cerrado y melting-pot a la americana? En EEUU, en Brasil, en Australia, los inmigrantes han venido y vienen todavía hoy dispuestos a romper con su cultura de origen para mejor asegurar la integración de sus hijos en el país de acogida. Los judíos sefarditas que habían conservado el uso del ladino, el español medieval, durante quinientos años en las ciudades otomanas, lo han perdido en dos generaciones al emigrar a los EEUU o a Israel. Algo así ocurrió en Francia, en el Reino Unido, en Bélgica con los inmigrantes de antes de 1960; los magrebís, los polacos, los italianos, se integraron y renunciaron al uso de lenguas sentidas como dialectales, subdesarrolladas. Este proceso se ha visto frenado hoy por la rapidez y el bajo coste de los transportes, por la apertura de las fronteras y el gran acceso a los medios de comunicación, sobre todo televisivos, en la lengua de origen.
La apertura de los mercados y la proximidad física han permitido mantener en Europa tradiciones alimenticias originales, mucho más que en Estados Unidos. Los grupos étnicos pueden, gracias a las nuevas tecnologías, desarrollar medios para hacerse conocer, albergando sus sitios web en las universidades u ONG a los dos lados del Atlántico. En un sentido, la reciente evolución multicultural que vemos en Europa, lejos de estar a remolque de un modelo estadounidense, que sería el parangón de la integración, probablemente anticipa una evolución que los EEUU conocerán con la inmigración a mayor escala proveniente de América Latina o de Asia. La política estadounidense pone el acento para la integración en la educación, mientras que el 90% de los nuevos inmigrantes provienen de países no anglófonos. Uno de los pilares del melting-pot americano es la tolerancia extrema en materia de religión, derivada de sus tradiciones desde la Independencia: la aculturación funciona porque los inmigrantes vienen en busca de una tierra de oportunidades económicas y que no se cuestiona su libertad religiosa.
Europa tiene que inventar nuevas formas de vida en plural, nuevos vínculos de participación democrática que conduzcan a una corresponsabilidad sobre los asuntos mundiales. Tiene que constituir un marco en donde se admita la pertenencia a múltiples identidades, -que correspondan a los diversos niveles de pertenencia local, regional, nacional y europea que se perfilan en la Europa actual, además de a comunidades sin relación directa con el territorio, para los emigrantes, los bilingües. Este tema es infravalorado por las burocracias locales reticentes a una “ciudadanía europea” que los haría perder un elemento esencial de control sobre la población y de su poder. La sugerencia de nacionalidad europea, presentada por los romanís, es una alternativa, aunque pueda pasar por casi racista si tiene como objetivo excluir de raíces territoriales a grupos a los que clasifica como alógenos –por ejemplo, los romanís, que representan entre el 5 y el 10% de la población en ciertos países de Europa del este-, a fin de exonerar a las autoridades locales de una responsabilidad transferida a un plano más global, puede jugar también el papel de una aspiración ascendente, para los refugiados, para los inmigrantes, con tal de que les sean reconocidos todos los derechos y que no exista ninguna discriminación hacia ellos. Debemos imaginar un sistema europeo en donde el pasaporte no esté vinculado a ningún territorio concreto, sino que concederá derechos sobre todo el territorio de los países de la Unión, permitiendo conservar rasgos personales como la lengua, la religión, etc. Dicho de otra forma, al igual que la religión, la lengua no puede ser adscrita a ningún territorio.

La Unión debería trabajar no sobre principios de valores, sino sobre procedimientos de convivencia, sea cual sea la naturaleza y el origen del vecino; de solidaridad entre regiones, entre generaciones, entre grupos sociales que vivan en el conjunto del territorio de la Unión, en los ámbitos de la enseñanza, de la sanidad, del acceso a las infraestructuras de comunicación, sobre reglas de funcionamiento de los instrumentos de solidaridad. En relación con el empeño del Consejo de Europa, se debería impulsar una reescritura colectiva de la historia, que no pase por alto ni las realizaciones positivas, ni los fracasos, pero que conciencie de lo que se debe evitar en el futuro. La formación de periodistas a escala europea debería ser coordinada y abierta en el conjunto del continente. No es el suelo lo que crea la cultura, sino el intercambio de ideas, el comercio, el arte, los encuentros, la comunicación.
Los ultras del liberalismo dejan entender que el único valor es el trabajo, en una economía donde los poseedores del capital serían los principales decisores. La globalización acelera la erosión de conquistas sociales de varias generaciones, caricaturalmente descritas como obstáculos al crecimiento económico. ¿Quieren lanzarse los europeos a tumba abierta hacia una política económica del exclusivo beneficio a corto plazo? ¿Van a olvidar que los seres humanos tienen también derecho a la pereza, a la cultura, a las relaciones humanas fuera del comercio, un valor cada vez más despreciado en los países postindustriales?
Uno de los impulsos de la construcción de una cultura europea será la capacidad de adaptación a la dinámica de una diversidad cada vez más movediza, al cambio. No se trata de eliminar las diferencias culturales específicas ni de ignorar la importancia del impacto de una eventual adhesión turca sobre el conjunto de la Unión; pero en el plano político, toda integración debe proceder de una voluntaria intención política de admisión y de reconocimiento de la alteridad, intención que se encuentra en la base de la construcción de una comunidad política europea.
El rechazo a la integración es una actitud racista que, a despecho de fenómenos de aculturación de ayer y de hoy, crea barreras discriminatorias entre culturas. La relación intrínseca entre modernidad y valores de Occidente no implica una confusión de proyectos entre la UE y los EEUU, ni aceptación beata y naif de una globalización abandonada a las fuerzas sacralizadas del mercado, ni, sobre todo, al rechazo de otras culturas. La deconstrucción de mitos identitarios no es sinónimo de una ausencia total de puntos de anclaje, sino la ocasión de ampliar los horizontes de nuestra identidad, lo que quiere decir que, tanto para nosotros como para los turcos, son necesarios cambios drásticos sobre la noción de soberanía, sobre los conceptos Estado/nacionalismo, sobre las relaciones entre autoridad y religión. Estamos solamente al inicio de la construcción de una Europa de las culturas.

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