Reseña de un libro de Gustavo Bueno : el mito de la derecha

Autor : Felicísimo VALBUENA

Chesterton definió como “un huracán ordenado” a un personaje que salía en uno de los muchos casos que resolvió el Padre Brown. Este sacerdote inglés fue el protagonista de los cincuenta y un relatos policiacos cortos (dos han aparecido muchos años después de su muerte) que el escritor inglés escribió y que muchos consideran los mejores después de los de Edgar Allan Poe.

El Padre Brown, como antes Sherlock Holmes y ya en nuestros días el Teniente Colombo o el Doctor House, entre otros, siempre acababa por esclarecer casos muy complicados. O dicho de otro modo, a los cuatro les gustaba resolver los embrollos o marañas. El secreto consistía en aplicar la gran energía de sus mentes para ordenar los rompecabezas de cada caso. Lo mismo le ocurre a Bueno. Baste como muestra que sólo en la introducción –76 páginas– de “El mito de la derecha” (2008) emplea 41 veces la palabra “embrollo”.

Y, efectivamente, podíamos aplicar hasta ahora el término “embrollo” al concepto de “derecha”, pero no después de haber leído a fondo el libro de Bueno, que se ha dedicado a ordenar lo que antes era un auténtico lío. La diferencia entre los cuatro personajes citados y Bueno es que éste es un gran filósofo. Sherlock Holmes, por ejemplo, y según hizo constar el Dr. Watson, no sentía la menor atracción hacia la Filosofía. Pero esos personajes y Gustavo Bueno como persona tenían algo muy importante en común: ridiculizaban a quienes no daban la talla cuando de razonar se trataba y que se dejaban dominar por los lugares comunes de la opinión pública. En lenguaje de hoy: políticamente, eran muy incorrectos.

Además del interés de los asuntos que aborda en cada uno de sus libros, llama la atención la forma en que Bueno sorprende al lector. ¿Quién iba a pensar que nombres que aprendemos en Bachillerato, como Porfirio y Plotino, son indispensables para interpretar la vida política actual? Bueno hace ver con gran claridad cómo entender la política al modo porfiriano es acostumbrarse a pensar rígida, estáticamente y con categorizaciones inmóviles de la realidad. Por el contrario, Plotino nos enseña a ser sutiles y a prescindir de la brocha gorda cuando nos enfrentamos con realidades complicadas.

¿Qué aporta Bueno al panorama político actual?

La paradoja de Bueno es que puede ser muy sutil y a la vez una tuneladora. Cuando se ocupa del embrollo re de la idea de derecha, está como Unamuno: contra esto y aquello. Si se hubiera quedado aquí, Bueno se parecería a tantos autores que, después de criticar, no son capaces de responder a la pregunta: “Bien, y ahora ¿qué haría usted?”.

El filósofo español tiene un sistema consistente y es el que ofrece para quien desee saber de qué habla cuando maneja los términos “izquierda” y “derecha”: la teoría del campo gnoseológico –con sus ejes sintáctico, semántico y pragmático–; la teoría del campo antropológico –con sus ejes circular, angular y radial– y la teoría de las capas y del cuerpo político. La ventaja que tiene El Mito de la derecha y otros suyos es el gran dominio que Bueno tiene de la Historia para saturar sus afirmaciones con ejemplos. Y sobre todo, hace ver las grandes lagunas filosóficas de los historiadores.

En este artículo voy a seguir el mismo proceder que la semana pasada, cuando expuse qué significa ser de izquierdas: mantener, en la medida de lo posible, las expresiones del filósofo español.

Sobre el concepto de “ave” y el humor del Bueno

¿Cómo suelen entender los conceptos de derecha e izquierda politólogos, historiadores y periodistas? Tomándolos como algo obvio, algo que para entenderlo basta con apuntar con el dedo a un determinado grupo, partido o coalición de partidos: “Esto es la derecha” o “esto es la izquierda”. Y partiendo de algo tan sobreentendido, se creen ya en condiciones de llevar a cabo análisis de un espectro político, incluso de hacer pronósticos o cálculos de alianzas entre los diferentes grupos.

Pues las cosas siguen igual hasta que dejan de serlo. Bueno afirma a su estilo, sin inmutarse, que el concepto de derecha es uno de los más vagos, confusos y oscuros que podemos encontrar en el repertorio de los conceptos. Y empezamos a notar ese humor en el que es maestro.

Politólogos, historiadores y periodistas tratan los conceptos de derechas o izquierdas como quien suele tratar el concepto común de ave. Bastaría con apuntar con el dedo a una gaviota, o a una cigüeña, o a un mirlo diciendo: “Esas son aves”, para entender el significado del término ave. Quien así apunta da por supuesto que ave es un animal que vuela porque tiene alas, característica común a las gaviotas, cigüeñas y mirlos (aunque a veces las alas están tan poco desarrolladas que no permiten volar al bicho viviente, como les ocurre a las gallinas).

Pero semejante concepto, basado en la experiencia, no corresponde al concepto de ave, tal como lo entendía Linneo. Quien concibe que un ave es un animal que vuela con alas no se da cuenta de que también hay animales que vuelan y no son aves. Los insectos tienen alas, análogas a las de los reptiles, como el pterodáctilo, ya extinguido, a las de los peces voladores o a las de los murciélagos, si bien las alas de varios grupos de vertebrados voladores pueden considerarse homólogas entre sí, en tanto están construidas a partir de los órganos integrantes de las extremidades anteriores de un vertebrado tetrápodo terrestre.

Las aves son sólo una clase de animales voladores, porque también hay otras clases voladoras de vertebrados (como peces o mamíferos), además de las numerosísimas clases voladoras de insectos.

Si creemos poder delimitar las derechas es porque atendemos a algunas señas de identidad tan poco definidas en el campo político como lo de volar en el campo zoológico

Si entre la rica fauna política creemos poder delimitar con claridad a una clase denominada la derecha o las derechas es acaso porque utilizamos un concepto no plotiniano o evolutivo, sino porfiriano, atendiendo a algunas características inductivas o señas de identidad tan poco definidas en el campo político (por ejemplo, cuando señalamos el conservadurismo como seña de identidad de la derecha) como lo está el volar en el campo zoológico.

Si con el marcador conservadurismo alguien cree estar definiendo a la derecha es porque está apuntando con el dedo a un cierto tipo de conservadurismo encarnado en algunos grupos concretos que él confunde groseramente con la esencia de esos grupos.

Lo que el filósofo español propone es elevarse de las clasificaciones basadas en la observación empírica a una clasificación teórica, fundada en criterios estructurales más profundos, científicos o filosóficos. Quiere evitar que los arabescos formados por el enmarañamiento historiográfico de las ramificaciones oculten las grandes unidades estructurales que constituyen las ramas o modulaciones del árbol.

Gustavo Bueno conversa con el autor, Felicísimo Valbuena.

Gustavo Bueno conversa con el autor, Felicísimo Valbuena.

Derecha tradicional por su relación al Antiguo Régimen

Bueno llama derecha tradicional a las variedades de la derecha que puedan considerarse herederas de las respuestas que el Antiguo Régimen y sus herederos pudieron dar a las embestidas de la primera generación de la izquierda, la jacobina, modificándose mutuamente, sin duda, en el proceso mismo de su lucha.

Respuesta orientada no al inmovilismo, a la resignación, a la inhibición o a la huida, sobre todo al exilio indefinido, sino a la acción transformadora que tiene el sentido de una transformación idéntica, es decir, de una revolución en el sentido astronómico y biológico tradicional de este término –revolución cíclica de 360°– que, aplicada a la historia política, se conoce como Restauración.

Entre las características de esta derecha tradicional Bueno pone las que tengan que ver con sus componentes cristianos, mejor aun, católicos, que conviene no confundir siempre con los componentes clericales. Incluso, movimientos de derecha, y aún de extrema derecha, proclaman su separación y aun su aversión al cristianismo, cuya herencia rechazan muchas veces de modo enérgico y explícito. Ejemplos: Alain de Benoist, de la Nueva Derecha Francesa, cuyos ecos escuchamos en el español Fernando Sánchez Dragó, autor de una Carta de Jesús al Papa que ha sido varias veces reeditada.

La derecha primaria como modulación primera de la derecha tradicional

Cuando Bueno se ocupa de cada modulación de esta derecha tradicional ofrece un esbozo de la derecha primaria. Incluye a los servilones de Cádiz, a los apostólicos de la regencia de María Cristina, a los carlistas de la tercera guerra y a los requetés de 1936; tanto al padre Vélez o al padre Alvarado en el Cádiz de 1811 como al cardenal Isidro Gomá o al entonces obispo Enrique Plá y Deniel en la España de 1936.

Por mi parte, añado que este esbozo puede animar a escribir una monografía, una novela histórica o, incluso, una novela policiaca, que pueden encontrar el sentido de tantos acontecimientos aparentemente tan dispersos.

La derecha liberal

Lo que ocurrió, ya desde el principio (desde mayo de 1808), es que esta derecha primaria contrarrevolucionaria tuvo que construirse paradójicamente, al menos en una gran medida, como si fuera una izquierda revolucionaria. Es decir, un impulso que no buscaba solamente la guerra de la independencia contra los invasores, sino que también veía necesario llevar a cabo su propia revolución frente al Antiguo Régimen español. Y de un modo enteramente distinto a como había procedido la izquierda francesa de primera generación.

El desacato a la autoridad central en ejercicio implicaba también un desacato al Antiguo Régimen y a la vez una afección a él, puesto que el desacato era condición necesaria para la restauración de la monarquía. La inspiración de estas doctrinas que prosperaron en las Cortes de Cádiz procedía de las muy comunes enseñadas por los escolásticos españoles, que eran bien conocidas por los revolucionarios y contrarrevolucionarios, muchos de los cuales eran sacerdotes, como Francisco Martínez Marina o Pedro Inguanzo Rivero.

En la derecha liberal española incluye Bueno todas las variaciones que el liberalismo español desplegó en el siglo XIX: los primeros liberales de Cádiz, que, a la vez, representaban a la segunda generación de izquierdas, después de la primera generación francesa (ver mi columna anterior), a los liberales exaltados y progresistas como Espartero, o a moderados como O’Donnell, a Cánovas como liberal conservador y a Sagasta (que se consideraba a sí mismo de izquierdas). También esta evolución merece una monografía o novelas.

Gustavo Bueno, en una conferencia.

Gustavo Bueno, en una conferencia. Miki López

El imperio inglés y cómo influyó en la independencia de los países hispanoamericanos y en los episodios militares de la España del siglo XIX

Lo único que cabe añadir al diagnóstico de Bueno es la gran influencia del imperio inglés y, en menor grado, el francés, en la independencia de las naciones hispanoamericanas y en episodios militares del XIX. Esto lo vio con gran claridad Ángel Lozano, director de la revista “Chispas” y gran admirador de Bueno:

“Todos los procesos independentistas empiezan con algún proyecto de unidad: la Gran Colombia, las Provincias Unidas del Río de la Plata, la Confederación Centroamericana, y todos fracasaron. El gobierno inglés, y a su lado los de EE UU y Francia, explicitó su rotunda oposición a cualquier tipo de agrupación. Para ello utilizó todas sus armas: reconoció individualmente a las unidades más pequeñas, procediendo a firmar acuerdos comerciales por separado, creando intereses opuestos en las diferentes oligarquías, potenciando las aspiraciones de cada uno de los caudillos militares, que se enzarzan en interminables guerras civiles que dan como resultado la más absoluta fragmentación. Cuando esto no fue posible recurrió a la intervención directa, propiciando la creación de Uruguay para evitar el surgimiento de Argentina como potencia. O apoyando a Chile contra Perú y Colombia”.

Es decir, que la teoría de que hay tantas naciones hispanoamericanas porque los españoles éramos muy individualistas suena a patraña.

La película “Queimada”, de Gillo Pontecorvo, narra muy bien el proceder de los ingleses, representados en William Walker, espía y aventurero al que interpretó Marlon Brando. La acción está situada en una isla portuguesa, aunque es aplicable a lo que los ingleses hicieron en el imperio español.

Lozano va más allá y resalta que uno de los puntos más controvertidos de la fragmentación hispana radica en la valoración de los dirigentes que la hicieron posible. Bolívar, Miranda y San Martín, que son considerados como padres de la patria en muchos países americanos. Pero un repaso a sus méritos levanta el velo de heroicidad. Para Lozano, fueron peones de la política exterior del imperialismo inglés.

La derecha socialista

En la derecha socialista, Bueno incluye tanto al maurismo y a la dictadura de Miguel Primo de Rivera como al régimen de Franco, en la medida en que, en cuanto derechas tradicionales, maurismo, primorriverismo y franquismo puedan diferenciarse del fascismo (que Bueno incluye en las derechas no tradicionales, no alineadas) (pp. 192-194).

El filósofo español no quiere confundir la derecha socialista con el socialismo de derechas. La expresión derecha socialista designa a una corriente política clasificada ordinariamente como derecha, pero sin embargo, paradójica y aun contradictoriamente (ante el uso ordinario de los términos), con proyectos propiamente socialistas. Engloba en la unidad de una estirpe o phylum los eslabones relativamente independientes, pero con indudables relaciones de filiación, de una misma secuencia histórica. Para Bueno, el socialismo no es lo contrario del capitalismo sino del individualismo, del egoísmo y del solipsismo.

Pero acaso la afinidad política más profunda, y la afinidad de filiación que cabría señalar entre estos tres movimientos, podría hacerse consistir en sus proyectos de revolución desde arriba. Proyecto que se enfrentaba al de la llamada revolución desde abajo, propugnada teóricamente en Francia y en Alemania por los sindicatos y los partidos obreros, y en España por los republicanos, socialistas.

En resumen: tal vez sea el sintagma “derecha socialista” el más discutido de este libro. Como Bueno dedica bastante espacio a esta cuestión, lo mejor es leer su libro y no olvidar que, para él, el concepto “derecha” es uno de los más vagos, confusos y oscuros que podemos encontrar en el repertorio de los conceptos.

Las derechas no alineadas. Los partidos internos (a un Estado) y partidos extravagantes (respecto al mismo Estado)

No cabe equiparar los partidos internos con otros denominados partidos surgidos en ese Estado con voluntad de separarse de él, sin que la separación se haya producido. Bueno denomina extravagantes a esas facciones (o partidos fraccionarios), porque ellos no forman propiamente parte de ningún Estado realmente existente, sino que están arraigados en una parte del territorio de un Estado real del que pretenden segregarse para constituir otro Estado independiente.

Los partidos secesionistas son partidos de otro orden, extravagantes, porque no pretenden mantener la eutaxia, el buen orden social, del Estado en su territorio sino justamente despedazarla o destruirla. Vagan entre un Estado real y otro imaginario o aureolar.

En el terreno de la escenografía política o de la fenomenología de la vida parlamentaria, una facción secesionista (no un partido), por estar reconocida como partido por una Constitución que tolera este tipo de ficciones jurídicas, podrá figurar como un partido más, y por tanto como un partido alineado con los restantes partidos del arco parlamentario. Y, lo que es todavía más absurdo, podrá establecer coaliciones solidarias contra terceros con otros partidos nacionales de este arco, e incluso con el partido del Gobierno del Estado. No por ello la facción secesionista debería poder considerarse como un partido político; es solo un partido fantasma, una ficción, como lo sería un muñeco bien disfrazado (o si se prefiere, un actor que forma parte de un comando que actúa a las órdenes de otro director de escena) que busca destruir el propio escenario en el que trabaja.

Un muñeco bien disfrazado en una representación teatral puede dar la impresión, ante el público que la contempla, de que está dialogando con otros actores vecinos suyos. Realmente, su vecindad disparatada es sólo aparente. El absurdo procede, sin duda, de un falso entendimiento de lo que significa la libertad de expresión en las democracias. Entendimiento que permite reconocer como partidos normales a lo que son facciones secesionistas. Como si en virtud de su libertad de expresión pudieran ser reconocidos como partidos reales. Solamente son partidos de papel que, una vez en marcha, dan pasto inagotable a los debates de los juristas en el Tribunal Constitucional, en el Tribunal Supremo y en el propio Parlamento.