Materialismo Filosófico contra misticismo teológico- Filosófico germano

Desde Kant y su fuerte componente pietista , pasando por Hegel, se llega a Bismarck y luego a Nietzsche ,Heidegger y HITLER o Mussolini

Filosofía nihilista y otras irracionales posiciones

Situando la maldad nazi ( Arendt, Scholem,Klemperer)

desfilenazicolor

autor: Prof. Steven
A. Aschheim
Profesor del
Departamento de
Historia, Universidad
Hebrea de Jerusalem

 

Situando la maldad nazi
Las contrastantes miradas de
Gershom Scholem, Hannah Arendt y
Victor Klemperer*
Uno bien podría preguntar por qué privilegio a Gershom Scholem (1897-1982),
Hannah Arendt (1906-1975) y Victor Klemperer (1881-1960) y sus confrontaciones
particulares con el nazismo y la experiencia judía. ¿No es ésta una opción bastante
arbitraria? No lo pienso así. En primer lugar, todos ellos fueron pensadores
judeogermanos que –de una forma u otra– lograron tener fama en el mundo postnazi.
Todos llegaron a su madurez intelectual durante los fatales pero creativos
años de la República de Weimar y fueron testigos, desde el surgimiento del nazismo
hasta su derrota y desaparición, en 1945. Todos, de maneras muy diferentes,
reflexionaron profundamente sobre la catástrofe y sus implicancias para alemanes
y judíos. Todos llevaron apuntes, no sólo en sus publicaciones académicas,
sino en sus crónicas íntimas de aquel tiempo, sus cartas y diarios personales.
La gran ventaja de estos documentos es que no se ven influidos por la percepción
retrospectiva. Más bien, habitan el preciso momento en que se desarrollaron
los acontecimientos y capturan y exponen en movimiento las reacciones
originales de estos pensadores. No sólo nos ilustran acerca de los tiempos turbulentos
en que estas fascinantes –aunque testarudas, obstinadas y, a menudo,
enfurecidas– personas vivieron, sino también acerca de las distintas maneras en
que cada uno concibió, y enfrentó, los cambios y desafíos a su alrededor. Nos
proporcionan mapas ideológicos distintivos, puntos de vista en el momento de
su concepción, instantáneas de las alternativas definidas y escogidas.1
Durante las décadas de 1930 y 1940, las diferencias entre estos pensadores ya
eran claras: Scholem –uno podría argumentar– era un sionista “primordial”, insistía
firmemente en el renacimiento personal y colectivo judíos en Palestina;
Arendt, aunque idiosincrásicamente era una judía dedicada y una antigua sio98
/ Nuestra Memoria
2 Steiner, George. Errata. An examined life. London, Phoenix Books, 1988, pág. 10.
3 Existe una extraordinaria colección de estas cartas en tres volúmenes: Scholem, Gershom.
Briefe I. 1914-1947. Münich, C. H. Beck, 1994. Edición: Itta Shedletzky; Scholem, Gershom.
Briefe II. 1948-1970. Münich, C. H. Beck, 1995. Edición: Thomas Sparr; Scholem, Gershom.
Briefe III. 1971-1982. Münich, C. H. Beck, 1999. Edición: Itta Shedletzky. También hay una
colección de alguna de estas cartas en inglés: Scholem, Gershom. A life in letters. Cambridge,
Harvard University Press, 2002. Edición: Antony Skinner.
4 Scholem, Gershom. Tagebuecher 1. Halbband 1. 1913-1917. Frankfurt am Main, Juedischer
nista, sospechaba de todos los etiquetados colectivos e ideológicos y era mucho
más provisional que Scholem en sus compromisos de grupo; y Klemperer era
nada menos que un converso al protestantismo (dos veces), ferviente defensor
del Deutschtum y la asimilación judeoalemana. Sus últimas localizaciones geográficas
(Israel, Estados Unidos y Alemania, respectivamente) reflejaron fielmente
sus diversas identidades ideológicas.
Claramente, también las respuestas a sus perspectivas sobre el fenómeno nazi
están teñidas por sus situaciones personales durante los años críticos. Scholem
había emigrado a Palestina en 1923 y había visto los eventos a distancia y casi
completamente a través de su peculiar enfoque sionista. Después de un breve
encuentro con las autoridades nazis, Arendt emigró apresuradamente de Alemania
en 1933 (primero, a Francia y luego, a Estados Unidos). Klemperer, por
su parte, permanecería en el Tercer Reich hasta su final (de hecho, vivió toda su
vida en Alemania, y murió en 1960, en la República Democrática Alemana). A
diferencia de Scholem y Arendt, sus observaciones sobre el nazismo se derivaron
casi exclusivamente de la realidad de su experiencia personal cotidiana.
Comencemos con Scholem. ¿Cómo, contemporáneamente y con posterioridad,
pudo ubicar al nazismo y el Holocausto? Debido a la falta de tiempo, forzosamente
debemos sacrificar algunos matices y proceder a los problemas centrales:
la magistral erudición de Scholem, su muy temprano rechazo –aún siendo
estudiante– de la posibilidad de un diálogo judeo-alemán franco y su aliá en
1923 (un acto que muy probablemente haya sido juzgado como extraño por la
mayoría de sus compañeros judeoalemanes) le han dado cierta estatura moral,
incluso algo de reputación de clarividente.
Acerca del eventual destino de alemanes y judíos europeos en manos de los
nazis, George Steiner ha escrito recientemente que Scholem poseyó una “clarividencia”
única y fue de los pocos que emitió una “advertencia”.2
La narrativa sionista de Scholem –recordemos– tuvo una aguda sensibilidad
ante las corrientes hostiles a los judíos, a pesar de que no hay registro alguno
que hiciera –ni siquiera en forma aproximada– una predicción o advertencia de
lo que estaba por venir.
Si bien tempranas cartas3 y diarios4 contenían algunas referencias aisladas a
los antisemitas, en ninguna parte –ni en su período juvenil ni en el más maduSituando
la maldad nazi / 99
Verlag, 1995. Edición: Karlfried Gruender y Friedrich Niewoehner, con Herbert Kopp-
Obsterbrink.
5 “Carta Nº 106, 25 de marzo de 1938”, en The correspondence of Walter Benjamin and Gershom
Scholem, 1932-1940. New York, Schocken Books, 1989, pp. 214-215. Traducción: Gary
Smith y Andre Lefevere.
6 “Carta 185, 26 de abril de 1933”, en Scholem, Betty; Scholem, Gershom. Mutter und Sohn
im Briefwechsel 1917-1946. Münich, C. H. Beck, 1989, pág. 297.
7 “Carta 250, 7 de marzo 1936”, en Scholem, B.; Scholem, G., op. cit., pág. 411.
ro– Scholem nos proporciona un considerado análisis histórico del desarrollo y
las particularidades del antisemitismo alemán, ni tampoco –a pesar de su obvio
e intenso interés por esos eventos– hizo alguna vez el intento de tratar concreta
y sistemáticamente las especificidades de la naturaleza, el origen y la caída del
nacionalsocialismo, o de sus atrocidades y su lugar global dentro de la historia
alemana.
Tal vez –en principio– la distancia geográfica explique esto de alguna forma.
Refiriéndose a la persecución de los judíos austríacos después del Anschluss,
Scholem escribió a Walter Benjamín, desde Palestina, que tales eventos asumieron
un carácter “abstracto”: “Están demasiado lejos, y nadie tiene noción alguna
de cómo podrían llegar a ser”.5
El comportamiento extremadamente no profético de Scholem es más vívidamente
claro en el continuo intercambio de correspondencia con su madre, Betty.
En abril de 1933, la tranquilizó diciéndole que incluso la peor de las circunstancias
puede cambiar, y poco después le aconsejó “tomarlo filosóficamente.
Quizá vendrán de nuevo tiempos en que los alemanes volk sabrán y comprenderán
que los judíos no eran tan peligrosos”.6
El detalle de la lujosa lista de compras (bienes de consumo escasos) que
Scholem proporcionó a su madre ante su inminente viaje a Palestina, en 1936,
traicionó demasiado su mesura y fue como un pequeño presentimiento acerca
de los futuros desarrollos alemanes: “Si quiere traerme algo especial, aparte del
mazapán de chocolate, tiene muchas alternativas: por ejemplo, seis muy buenas
camisas con cuellos suaves, talle 41, pero que sean realmente de calidad
muy buena, de colores gris azulado y crema. O muy buena tela para un traje
azul. O en caso que usted piense que esto no es económico: 2 buenos lazos color
rojo oscuro y de cualquier modelo”.7
Virtualmente no hay discusión alguna acerca de la necesidad de dejar Alemania
hasta 1939 (!), y –en el futuro se toca el tema– no es iniciativa de Scholem,
sino de su madre.
Obviamente, esto no significa que Scholem no estuviese interesado o alarmado
por estos eventos. Tempranamente hizo notar la magnitud histórica de esos
acontecimientos, pero de una manera tan sumamente general que no alertó más
que a los sionistas más sensibilizados.
100 / Nuestra Memoria
8 Berlin in lights. The diaries of count Harry Kessler (1918-1937). New York, Grove Press,
1999, pág. 117. Traducción y edición: Charles Kessler, con Introducción de Ian Buruma.
9 Ver el registro del 7 de diciembre de 1930 en Scholem, Gershom. Leben sammeln, nicht fragen
wozu und warum, Vol. 1: “Tagebuecher 1925-1932”. Berlin, Aufbau-Verlag, 1996, pág. 672.
Edición: Walter Nowojski y Christian Loeser.
10 “Carta 137 del 31 de agosto de 1968”, en Scholem, G., Briefe II…, op. cit., pp. 213-214. El pasaje
citado aparece en la página 214.
11 Gay, Peter. “In Deutschland zu hause”, en Die Juden im nationalsozialistichen Deutschland/
The Jews in Nazi Germany, 1933-1943. Tuebingen, J. C. Mohr, 1986, pág. 33. Edición: Arnold
Paucker.
No hay en Scholem, por ejemplo, algo que se compare a la predicción –temprana
y misteriosamente exacta– del conde Harry Kessler, quien en su diario, el
10 de enero de 1920, escribió: “Hoy, en París fue ratificado el tratado de paz; la
guerra ha terminado. Una era terrible empieza para Europa, como las nubes que
crecen antes de una tormenta, y probablemente todavía acabará en una explosión
más terrible que la de la Guerra Mundial. En Alemania hay señales continuas
de un crecimiento constante del nacionalismo”.8
Y fue el muy asimilado Victor Klemperer quien escribió, en diciembre de 1930:
“Nadie sabe lo que pasará, pero todos presentimos la llegada de una catástrofe”.9
Lo que se necesita, entonces, acentuar son las escasas declaraciones de
Scholem que giran en torno de un análisis predictivo y diferenciado de la sociedad
alemana y la política o la naturaleza del propio régimen. Antes, durante
y después del período nazi, éstas casi siempre estuvieron motivadas y se centraron
en su crítica al pensamiento y la conducta de los judíos de clase media
dentro de la sociedad alemana, la cual fue formulada mucho tiempo antes del
ataque del nazismo.
Siempre era el autoengaño y la naturaleza poco digna de la simbiosis “alemán-
judío” a lo que retornaba Scholem. La suya siempre era una crítica moral
del comportamiento judío, una acusación sionista a una asimilación acobardada
–de carácter ético, no político– y ciertamente inespecífica, un análisis desligado
de los perpetradores y la catástrofe. Pero el punto es que él había llegado
a esa convicción años antes, y no se relacionaba específicamente con el ascenso
nazi al poder.
La judería alemana –escribió a Karl Loewith, en 1968– había vivido una mentira,
que en el futuro tenía que resolverse de una manera u otra (ésta –en sí
misma– es una fascinante, pero muy refutable respuesta). Pero enfatizaba explícitamente
que tal mentira de ninguna manera tenía necesariamente que llevar al
exterminio: “ninguno de nosotros pensaba eso”.10
En ese sentido, Peter Gay le reprochó –implícitamente– a Scholem, ya que de
su postura se puede concluir que, dado su autoengaño y su postura asimilacionista,
los judíos “merecieron” su destino final.11
Pero la “mentira” que la judería alemana vivía no se conectaba con la “SoluSituando
la maldad nazi / 101
12 Suchoff, David. “Gershom Scholem, Hannah Arendt and the scandal of Jewish particularity”,
Germanic Review 72, Nº 1. Winter 1997, pp. 57-76.
13 “Carta N° 119 a Shalom Spiegel, 17 de julio de 1941”, en Scholem, G., Briefe I…, op. cit., pág.
285.
14 Ver el ahora famoso Klemperer, Victor. I shall bear witness. The diaries of Victor Klemperer,
1933-1941. London, Weidenfeld & Nicolson, 1999, pág. 21, registros del 30 de junio de 1933.
Compilación y traducción: Martin Chalmers.
ción Final”. Scholem nunca nos dice realmente cuáles eran las conexiones pertinentes.
No sólo Scholem no fue más clarividente que otros cuando enfrentó la
realidad del infierno por venir. Incluso post-facto, en ninguna parte suministró
un análisis del fenómeno histórico del nazismo, su llegada al poder, la horrenda
marca que dejó; ni siquiera de la dinámica asesina de la Shoá. Sí, posteriormente,
acusó a Hannah Arendt de realizar una crítica excesiva de las élites judías.
Debemos recordar la enorme cantidad de energía gastada en amonestar el autosacrificado
comportamiento de sus compañeros judeoalemanes, pero –a excepción
de Arendt– casi ninguno analizó las visiones y acciones de sus verdugos.
Debido a su posterior alejamiento intelectual y personal –fundamentalmente
relacionado, pero no limitado, al “caso Eichmann”–, algunas coincidencias
entre Scholem y Arendt tienden a ser olvidadas. Ambos, debemos recordarlo,
fueron la quintaescencia de los judíos de Weimar, fascinados por la ruptura y las
paradojas de los quiebres y la transmisión entre las tradiciones judía y general.12
Es verdad que, a diferencia de Scholem, el despertar político judío de Arendt
llegó más bien tarde y se enfocó fuertemente en el antisemitismo (en lugar de
centrarse en el renacimiento espiritual judío), pero no por eso era menos real.
Su primer trabajo, Rahel Varnhagen; los artículos de los años treinta y cuarenta;
parte del famoso Los orígenes del totalitarismo (e incluso su crítica a las élites
judías en su libro sobre Eichmann) fueron –en parte– escritos desde una
perspectiva nacional judía y fueron tan radicales como el fulminante enjuiciamiento
a la asimilación que hacía Scholem.
También fácilmente se olvida que, en 1941, Scholem la describió como “una
mujer maravillosa y una extraordinaria sionista”.13
Frente el nazismo, para Scholem y Arendt –comparados con el liberal asimilacionista
Klemperer–, la narrativa sionista –con sus dudas acerca del éxito y la
dignidad del proyecto de emancipación y su ineludible expectativa de antisemitismo–
actuó como un amortiguador ideológico parcial que –al menos– proporcionaba
una pizca de inmunización intelectual y psicológica. (Cuando los
nazis llegaron al poder, Klemperer –por ejemplo– notó intensamente que a
mayor ligazón con Alemania y el germanismo –que él encarnaba en un altísimo
grado–, mayor vulnerabilidad y desorientación.)14
Estos puntos en común no deben ser pasados por alto, pero tampoco las diferencias.
Si Scholem localizó al nazismo como el mal absoluto, lo hizo a través
102 / Nuestra Memoria
15 Friedländer, Saul. “From Anti-Semitism to extermination. A historiographical study of Nazi
policies toward the Jews and an essay in interpretation”, en Yad Vashem Studies. Nº 16.
1984, pág. 16.
16 Arendt, Hannah. “What remains? The language remains. A conversation with Guenter
Gaus”, en Arendt, Hannah. Essays in understanding, 1930-1954. New York, Harcourt &
Brace, 1994, pág. 14. Edición: Jerome Kohn.
17 Ver la carta de Hannah Arendt del 19 de julio de 1947, en Arendt, Hannah; Blumenfeld,
de la comparación tangencial de sus implicaciones (esto es, el caso español) o
simplemente profundizando en la Sonderweg (forma particular) del antisemitismo
alemán y el autoengaño de los judíos alemanes. Y si bien ocasionalmente
admitió que su modelo sionista no pudo predecir la Shoá, éste continuó a lo
largo de su narrativa de las relaciones judeo-gentiles.
Arendt, por otro lado, puso su objetivo explícito en proporcionar una explicación
acerca de la naturaleza y las especificidades del nazismo, una que fuera
coherente con la inaudita magnitud de mal (y así, el modelo sionista que inicialmente
la guió, pronto llegó a su límite y se tornó problemático).
Ya en los años treinta y cuarenta comenzó el proceso de elaboración de su
pensamiento. El resultado de estos esfuerzos fue su clásico Los orígenes del totalitarismo,
de 1951, un libro extraordinariamente idiosincrásico, tan evidentemente
equivocado en algunas partes, tan tercamente peculiar en su método histórico
(o en la falta del mismo), pero tan naturalmente salpicado por destellos
de brillo y originalidad.
Debemos recordar que –hasta entonces y, por lo menos, una década después
de ese trabajo– virtualmente no hubo esfuerzo serio alguno por forjar las herramientas
teóricas, históricas y conceptuales necesarias para explicar las grandes
calamidades del siglo XX. (Hasta el momento, los historiadores encuentran difícil
integrar, de forma persuasiva y coherente, estos eventos en el flujo de la historia
de este siglo.)
Arendt buscó proporcionar una consideración adecuada a la enormidad de
materiales y problemas a los que se enfrentaba. Claro que el término “Holocausto”
no había cristalizado todavía, ni aparece en el libro. De hecho, incluso
puede ser que el concepto general que guía su trabajo –el totalitarismo– excluya
cualquier análisis particular y completo de la “Solución Final”.15 Más aún, está
claro que el trabajo está animado por la convicción que el nazismo y Auschwitz
–mucho más que la experiencia soviética– fueron el gran momento transgresor
en la historia europea.
Al saber de Auschwitz en 1943, luego relató: “Realmente fue como si se hubiera
abierto un abismo (…). Algo pasó allí que no nos permite reconciliarnos
con nosotros mismos. Ninguno de nosotros podrá hacerlo jamás”.16 Mientras
escribía el libro, en 1947 le escribió a su mentor sionista, Kurt Blumenfeld: “Es
que no puedo superar las fábricas de exterminio”.17
Situando la maldad nazi / 103
Kurt. “…. in keinem Besitz verwurzelt”. Die Korrespondenz. Hamburg, Rotbuch Verlag, 1995,
pág. 43. Edición: Ingeborg Nordmann e Iris Pilling.
18 Friedländer, Saul. “A conflict of memories? The new German debates about the ‘Final
Solution’”, en The Leo Baeck Memorial Lecture. Nº 31. New York, Leo Baeck Institute, 1987,
especialmente pp. 7-10.
19 Para una discusión más completa ver Aschheim, Steven. “Nazism, culture and The origins
of totalitarianism. Hannah Arendt and the discourse of Evil”, en Aschheim, Steven. In times
of crisis. Essays on European culture, Germans and Jews. Madison, University of Wisconsin
Press, 2001.
20 Arendt, Hannah. “Social science techniques and the study of concentration camps”, en
Arendt, H., op. cit., pág. 235.
A diferencia del posterior Historikerstreit (el debate, durante los ’80, en el
cual algunos historiadores alemanes insistían no sólo en la moral –o inmoral–
equiparación de la Rusia estalinista y la Alemania nazi, sino que firmemente
buscaban colocar el “pecado original” causante de estos sucesos dentro del
campo comunista), Arendt –aun cuando su acercamiento al estudio del “totalitarismo”
fue, en esencia, metodológicamente comparativo– no buscó relativizar
el nacionalsocialismo: implícitamente, el “caso nazi” fue –en realidad– el único
que necesitaba ser explicado, él último con el cual otros crímenes fueron comparados.
18
La primera parte del libro situaba a los judíos en el “centro de la tormenta”.19
Tal enfoque carecía de otras explicaciones, las cuales –simplemente– no tenían
idea de cómo tratar esta aparente anomalía. Este énfasis surgió de una sensibilidad
indudablemente sionista (aunque los lectores ingenuos pueden haberse
confundido por su insistencia en la centralidad absoluta de los judíos en el Estado
y la economía modernos, su alianza instintiva con las élites gobernantes y
su concomitante alienación de la “sociedad”, implicando esto –de alguna manera–
que los judíos tuvieron algo de responsabilidad por su problema, pues
–de hecho– sus acciones y funciones no estaban desconectadas de la emergencia
del antisemitismo moderno).
Para Arendt, los judíos siempre fueron –o al menos, debieron haber sido– un
agente activo de la historia, y no objetos pasivos. Aun más, desde el principio
insistió en que el nazismo y la Shoá debían ser considerados como algo inédito
y radical. El odio a los judíos era requisito, pero no condición suficiente, para
el genocidio. “Ni el destino de la judería europea, ni el establecimiento de fábricas
de muerte –escribió en otra parte– pueden ser totalmente explicados y
comprendidos en relación con el antisemitismo.”20
Contra el sentido común sionista, ella afirmó repetidamente que el antisemitismo
no era eterno, ni intrínsecamente dado. De hecho, se apartó de su camino
para indicar que su crítica sionista a la asimilación de los judíos no implicaba
una conexión, causal o de otro tipo, con la novedad absoluta del totalitarismo y
los exterminios. “Temo –escribió a su amigo Karl Jaspers, en 1952– que las per104
/ Nuestra Memoria
21 Ver la destacable carta 135 de Arendt, del 7 de septiembre de 1952, en Hannah Arendt,
Karl Jaspers Correspondence, 1926-1969. New York, Harcourt & Brace Jovanovich, 1992, pp.
196-201. Edición: Lotte Koehler y Hans Saner. Traducción del alemán: Robert y Rita Kimber.
22 Arendt, Hannah. “Approaches to the ‘German problem’”, en Arendt, H., op. cit., pág. 111.
23 Gellner, Ernst. “From Koenigsberg to Manhattan (or Hannah, Rahel, Martin and Elfriede or
Thy Neighbours Gemeinschaft)”, en Gellner, Ernst. Culture, Identity and Politics. Cambridge,
Cambridge University Press, 1987; Wolin, Richard. “Hannah and the magician. An affair to
remember”, en New Republic, 9/10/95, pp. 27-37.
24 Kazin, Alfred. New York Jew. New York, Knopf, 1978, pág. 307.
sonas buenas vean una conexión que –de hecho– no existe entre (el intento de
asimilación) y la erradicación de los judíos. Todo esto fue capaz de crear un odio
social hacia los judíos y lo desarrolló, así como creó –por otro lado– una generación
de alemanes específicamente sionistas. El verdadero fenómeno totalitario
–y antes. el genuino antisemitismo político– apenas tenía algo que ver con
todo esto.”21
Por supuesto, su insistencia acerca de la novedad radical del nazismo implicó
omisiones que fueron tan significativas –y para algunos observadores, inquietantes–
como sus explicaciones “positivas”. Ella llamativamente eliminó todos los
factores de la historia y la continuidad alemanas de su consideración. No hay indicio
alguno de un Sonderweg (modo particular), ningún análisis del peso de los
desarrollos políticos y sociales particulares de Alemania. De hecho, toda conexión
con el rol de la tradición –la cultura misma– es absolutamente descartado.
Ya en 1945 declaró que “Lutero o Kant o Hegel o Nietzsche (…) no tienen la
menor responsabilidad por lo que está pasando en los campos de exterminio”.22
El nazismo fue el quiebre, no la realización, de la tradición y la cultura; sus
fuentes pueden hallarse en la ruptura nihilista, no en la continuidad.
Algunos críticos consideran que esta extraña renuencia a examinar las influencias
alemanas directas y a señalar las predisposiciones culturales y las actitudes
populares en esa sociedad tiene su fundamento en el hecho que la propia
Arendt surgió de –y siguió relacionada con– esas mismas sospechosas tradiciones
intelectuales que también fueron apropiadas por el nazismo (y en su
lealtad a su ex amante, Martin Heidegger).23
Ese tipo de argumento ad hominem es mejor dejarlo de lado, aun si aceptamos
que la negativa de Arendt a tomar en consideración –específicamente– aspectos
alemanes de la historia fue demasiado extrema, tal vez incluso equivocada.
Lo que debemos enfatizar aquí es la insistencia de Arendt en que las explicaciones
históricas convencionales podrían no dar cuenta de nuevos acontecimientos.
Estos eventos radicalmente transgresores requieren nuevas alternativas
de pensamiento.
Arendt, como alguna vez comentó Alfred Kazin, vio al totalitarismo “como
una catástrofe de proporciones bíblicas”,24 y esta ruptura trajo consigo nuevas
Situando la maldad nazi / 105
25 Arendt, Hannah. “Nightmare and flight”, en Arendt, H., op. cit., pág. 134.
leyes, que sistemas interpretativos y modelos cognoscitivos más viejos no podían
comprender. Claro que muchos de los esquemas de Arendt eran marcadamente
inadecuados e imperfectos. Así, su noción de totalitarismo como causa y
resultado de la dinámica política del desarraigo y la atomización se basa claramente
en un imperfecto –y hasta ahora, casi universalmente rechazado– modelo
sociopsicológico de la sociedad de masas derivado de la conservadora teoría
social europea.
Pese a todo, creyó que este impulso desintegrador para desafiar tabúes era el
mejor para dar cuenta de toda la mentalidad genocida. Más allá de los procesos
de atomización, Arendt argumentó que la nueva barbarie fue la “punta de lanza”
de una política y una economía burguesa, imperialista de expansión en su beneficio
que volvieron superflua no sólo a la Nación–Estado, sino a la propia cultura
y tradición. De hecho, Arendt vio la esencia del totalitarismo como ligada
a una pérdida de límites burguesa, donde “todo se vuelve posible”. El capital
excedente y la ambición política generaron la condición previa para el genocidio:
las personas excedentes. (Quizá no ha sido suficientemente destacado que
Los orígenes… fundió la idiosincrasia de la teoría conservadora de la sociedad
de masas con un análisis marxista del imperialismo, que probablemente provenía
de su marido, Heinrich Bluecher.)
No hay necesidad de entrar aquí en su análisis más común y aleccionador
acerca de la privación general de derechos civiles a las minorías y sus implicancias
potencialmente genocidas de acuerdo a lo que llamó una forzada
“desestatización, el fenómeno de masa más novedoso de la historia”; o su exposición
fenomenológica del impulso trasgresor detrás de los campos, donde la
creencia de que “todo es posible” se verificaba; o las concluyentes páginas poéticas
acerca de la pluralidad humana y los poderes recuperativos de la natalidad
y los orígenes.
El punto no es si sus juicios eran correctos o equilibrados (muchos –quizás,
incluso, la mayoría– no lo eran), sino que siguió con determinación el problema
que tempranamente identificó en 1945: “El problema del Mal será la pregunta
fundamental de la vida intelectual en Europa, así como la muerte se volvió un
problema fundamental después de la última guerra”.25
Fue ella –ciertamente más que Scholem– quien abrió el camino al “discurso del
Mal” de la post-Segunda Guerra Mundial, en el cual “nazismo” y “Auschwitz” se
volvieron palabras de un código simbólico, emblemáticas de nuestra concepción
cultural de la inhumanidad absoluta. Es más, lo hizo de modo tal que no
sólo irritó a Scholem, sino que continúa fastidiando a muchos de nuestros contemporáneos.
Pero a pesar del énfasis puesto en la radical novedad de los exterminios,
no estaba preparada para aislar o conceder el privilegio absoluto a la
106 / Nuestra Memoria
26 Arendt, Hannah. The origins of totalitarianism. Cleveland, Meridian Books, 1958, pág. 290.
1ª edición: 1951.
27 Klemperer, Victor. The language of the Third Reich. LTI-Lingua Tertiii Imperii. A philologist’s
notebook. London, New York, 2002. 1ª edición: 1946. Traducción: Martin Brady.
28 Klemperer, V., I shall…, op. cit.; Klemperer, Victor. Ich will Zeugnis ablegen zum letzten.
Tagebuecher 1933-1945. Berlin, Aufbau-Verlag, 1995. Edición: Walter Nojowski, con la asistencia
de Hadwig Klemperer.
29 Klemperer, Victor. Curriculum Vitae. Errinerungen 1881-1918. Berlin, Aufbau-Verlag, 1996.
30 Ver los dos enormes volúmenes cubriendo los turbulentos años de la República de Weimar
(1918-1924 y 1925-1932). Klemperer, Victor. Leben sammeln, nicht fragen wozu und warum.
Berlin, Aufbau-Verlag, 1996. Edición: Walter Nowojski.
31 Ver los dos volúmenes (1945-1949 y 1950-1959) de Klemperer, Victor. So sitze ich denn
zwischen allen Stuehlen. Berlin, Aufbau-Verlag, 1999. Edición: Walter Nowojski, en cooperación
con Christian Loeser.
historia y el sufrimiento judíos. Incluso, al analizar los asesinatos, insistió en localizar
al sionismo dentro de un contexto más amplio de victimización. “Virtualmente
como todos los otros eventos de nuestro siglo –escribió en Los orígenes…–,
la solución de la cuestión judía produjo otra categoría de refugiados, los
árabes, lo cual hizo aumentar –por esta razón– el número de los que no tienen
Estado ni derechos en unas 700.000 a 800.000 personas.”26
Victor Klemperer, profesor de literatura del romanticismo, nos proporciona
un caso que –al menos en lo superficial– está “a años luz” de Arendt o Scholem.
Mucho menos venerado como especialista –el único trabajo por el cual recibió
algún reconocimiento importante fue LTI, un estudio pionero acerca de la naturaleza
y las distorsiones del lenguaje nazi (y que –en forma bastante inverosímil–
ha sido traducido al inglés)27–, Klemperer se volvió célebre recién en la década
de 1990, con la publicación póstuma de sus diarios escritos bajo el Tercer
Reich.
Fue un inveterado diarista y cronista: además de los dos monumentales volúmenes
de sus diarios nazis28 tenemos sus igualmente locuaces memorias que
abarcan los años 1881-1918,29 los diarios de la República de Weimar30 y sus
apuntes cotidianos que cubren sus años de posguerra en la RDA hasta 1959.31
Todo esto suma miles de páginas impresas. Puede haber –de hecho– algo obsesivo
y profundamente egocéntrico en este reflejo grafomaníaco, pero debemos
agradecer este impulso.
Hacia 1933, tal escritura de crónicas se había vuelto una rutina cotidiana, un
hábito fuertemente establecido. Lo que lo estimuló no fue puro egoísmo, sino
también la disciplina y la pulida habilidad de un especialista preclaro, combinadas
con una creciente comprensión de que su testimonio y experiencia tendrían
una crucial importancia histórica.
Esta es la historia del despliegue del Tercer Reich –escrita no a la distancia,
sino desde la vívida experiencia cotidiana– de un sutil y todavía desconcertado
Situando la maldad nazi / 107
32 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pág. 152, registro del 5 de abril de 1936.
33 Ibíd., pág. 223, registro del 6 de agosto de 1937.
34 Ibíd., pág. 334, registro del 24 de julio de 1940.
35 Ibíd., pág. 47, registro del 16 de marzo de 1942.
observador y víctima, un judío converso que sobrevivía precariamente en –y debido
a– su matrimonio “mixto”.
Muestra gráficamente la vida en el miedo cotidiano, las incertidumbres, las
confusiones, el creciente aislamiento, las humillaciones, el empobrecimiento y
la expectativa de muerte que caracterizó a esos Mischehen (matrimonios “mixtos”),
que –de algún modo– aguantaron y sobrevivieron a la pesadilla.
Quiero aquí concentrarme en los conceptos de “identidad” e “ideología” de
Klemperer y contrastarlos con los de Scholem y Arendt. Pero primero debo
hacer notar en qué grado estos diarios iluminan la vida pública, los acontecimientos
de la época y la cambiante atmósfera de esos días, y lo hacen en tiempo
real y “desde adentro”. Entre otras cosas, ilustran sobre la molesta cuestión
de la opinión pública alemana entre 1933 y 1945.
Klemperer constantemente estaba probando estas cosas. Después de todo, la
naturaleza y extensión del apoyo a los nazis y sus políticas y el grado de antisemitismo
popular no eran –para él– temas académicos, sino índices de su perspectiva
de supervivencia. No surge una respuesta bien definida; la inhumanidad
coexiste con chistes críticos del régimen y conmovedoras expresiones de
decencia.
Klemperer es particularmente perspicaz en notar las ambivalencias encubiertas,
las dificultades de juicio. Así, relata la vacilación de un policía “entre la
brusquedad que le habían pedido que mostrara y el respeto y la simpatía”.32 Señala
cosas que conoce: “No son nazis y nos tienen cariño, pero el retrato del
Führer está colgado en la farmacia”.33 De la siguiente manera resumió la incertidumbre
analítica, en 1940: “Cada uno de nosotros quiere comprender el
humor de la gente, y éste depende del último comentario del barbero o el carnicero”.
34
Estas notas “desde el interior” también ayudan a clarificar la eterna cuestión
acerca de cuán conocidas eran las atrocidades nazis. A pesar de su persecución,
aislamiento y encierro en el Judenhaus (área de residencia judía), el conocimiento
de Klemperer –adquirido a través de rumores, sondeos de su esposa,
transmisiones extranjeras– es notable y lanza considerables dudas acerca de las
posteriores afirmaciones en el sentido que los alemanes eran bastante ignorantes
de lo que estaba ocurriendo. Siempre supo de los campos, de Buchenwald a
Theresienstadt. Informa de las deportaciones a Polonia y da detalles del programa
de eutanasia. Ya a mediados de marzo de 1942 conocía la existencia de
Auschwitz, “el más horrible de los campos”.35
108 / Nuestra Memoria
36 Ibíd., pág. 68, registro del 19 de abril de 1942.
37 Ibíd., pág. 385, registro del 29 de mayo de 1943. El artículo apareció en el diario Freiheitskampf.
38 Ibíd., pág. 606, registro del 24 de octubre de 1944.
39 Klemperer, V., Curriculum…, op. cit., pág. 248.
40 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pág. 305, registro del 12 de noviembre de 1939.
Aquel abril, bebiendo un vaso de cerveza en un bar local, en Dresde, alguien
que había servido en un batallón de la Policía en Rusia le contó a su aria esposa,
Eva, de los “repugnantes asesinatos en masa de judíos en Kiev. Niños pequeños
cuyas cabezas eran estrelladas contra la pared; hombres, mujeres y
niños amontonados de a miles (…) y las masas de cadáveres enterrados bajo la
tierra explotada”.36
En mayo de 1943 cita un folleto (un artículo de Johann von Leers) que abiertamente
llamaba al exterminio de judíos.37
Mucho antes del fin de la guerra, Klemperer reconoció –sagazmente– la especial
naturaleza total y metódicamente organizada del crimen, y en octubre de
1944 aventuró una afirmación valoración global del acontecimiento: “De seis a
siete millones de judíos (…) han sido masacrados (más precisamente: fusilados
y gaseados)”.38
Pero volvamos a nuestro enfoque central. Dadas las predilecciones personales
e ideológicas de Klemperer –“No me sentía judío, ni siquiera judeoalemán,
sino pura y simplemente alemán”,39 su protestantismo, Deutschtum (germanismo)
extático y antisionismo obsesivo– no es sorprendente el hecho que hubiese
ubicado al mal nazi en un marco bastante diferente al de Scholem o Arendt. De
hecho, éstos bien podrían haber visto a Klemperer con un desdén que bordea el
desprecio.
Hay una duda pequeña sobre lo que habrían pensado de su proclama de mediados
de la década de 1930: “Soy alemán por siempre”. Cuando estuvo seguro de
que los nazis nunca le concederían esto, disparó: “Los nazis son no alemanes”.40
Seguramente, la permanencia de su perdurable asimilacionismo y su apasionado
germanismo bajo el propio nazismo fue un clásico caso de lo que Scholem
y Arendt habrían considerado una ideología desvariada, una extravagante alucinación
gravemente desconectada de la realidad.
Pero los historiadores deben ser cautos ante los juicios rápidos, y en el muy
breve tiempo del que dispongo quiero poner a Klemperer en su propio contexto
histórico y así –por lo menos– hacer a su postura más comprensible y –quizá–
aun más defendible.
En el primer lugar, no es cierto que el nazismo no haya dejado mella alguna
en su cosmovisión. Al contrario, penetró hasta el centro de su identidad, afectando
–de hecho– su autodefinición misma. Sus diarios registran, con densos y
fascinantes detalles, su continuo esfuerzo por analizar y comprender las impliSituando
la maldad nazi / 109
41 Klemperer, V., Leben…, op. cit., Vol. 2, pág. 61, registro del 26 de mayo de 1925.
42 Ibíd., Vol. 1, pp. 480-481, registro del 12 de agosto de 1921.
43 Ibíd., Vol. 2, pág. 361, registro del 6 de agosto de 1927.
44 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pp. 260-261, registro del 9 de octubre de 1938.
cancias de los ataques contra su mundo ideológico e inventar nuevas defensas
y soluciones para ellos. Es más, sería equivocado retratar al Klemperer pre-1933
como un judío totalmente germanizado y exitosamente asimilado a una sociedad
alemana prenazi relativamente libre de tensiones. Una inquietud permanente
caracteriza la obra y las transformaciones de las identidades múltiples de
Klemperer: es en sus complejidades y ambivalencias, y no en su carácter en
blanco y negro, donde reside la fascinación.
Así, a pesar del obstinado “germanismo” de Klemperer –como claramente se
expresa en sus diarios de Weimar–, aun entonces su judaísmo residual “era” un
factor. A pesar de todo, él se sentía más en casa, más a gusto, con sus amigos judíos
(¡si bien de los suyos, en lugar del tipo ortodoxo, sionista u ostjuedisch
–judío polaco–!). ¡Este gran despreciador de todo separatismo judío notó una
vez que se sentía más cómodo cuando los “cuerpos extranjeros no judíos”
(nichtjuedische Fremdkoerper) no estaban presentes!41 Incluso compartía el
prejuicio de que los judíos eran inevitablemente inteligentes (como lo evidencia
su conmoción al encontrarse con uno particularmente estúpido).42
De igual modo, todas sus memorias y diarios muestran una aguda conciencia
de la omnipresencia del antisemitismo y de su creciente peligro. Representarlo
como autonegador y desilusionado sería, así, absurdo. De hecho, ya antes del
surgimiento del nazismo estuvo acosado por una especie de crisis de identidad.
En 1927 escribió: “Y ahora, todo en Alemania me empuja hacia los judíos. Pero
si me volviese sionista, sería más risible que si me hubiese vuelto católico. Siempre
estoy planeando, como un aeroplano, sobre estas cosas y sobre mí. Secundariamente,
ésa es la cosa más judía que hay en mí. Y quizá la más alemana.
Pero no obstante, el alemán en alguna parte encuentra una unidad de sentimiento.
El judío perdura también por encima de sus sentimientos”.43
En cierto nivel, también, el nazismo –que a veces fue considerado por él
como ajeno al espíritu alemán, y en otras oportunidades, su misma encarnación–
lo despojó de todos los sentimientos nacionales alemanes y le generó un
compromiso más profundo con la Ilustración. De allí su famosa declaración de
1938: “Definitivamente he cambiado (…). Mi nacionalismo y patriotismo se han
ido para siempre. Cada circunspección nacional me parece bárbara. Mi pensamiento
es ahora un completo cosmopolitismo voltaireano”.44 Sin embargo y significativamente,
Klemperer prologó estas palabras proclamando que “nadie
puede quitarme mi germanismo”.
¿Cómo podían coexistir ambos pensamientos? Klemperer se representó su
110 / Nuestra Memoria
45 Klemperer, V., Leben…, op. cit., Vol. 2, pág. 643, registro del 6 de agosto de 1930. El destacado
es original.
46 Klemperer, V., I shall…, op. cit., pág. 60, registro del 5 de abril de 1934.
47 Acerca de esta tendencia en general ver Mosse, George L. German Jews beyond Judaism.
Bloomington, Indiana University Press, 1985.
48 Klemperer, V., Ich will…, op. cit., Vol. 2, pág. 75, registro del 28 de abril de 1942.
germanismo de una forma muy selectivamente específica e históricamente condicionada:
simplemente la igualó con un tipo de protestantismo ilustrado que
no funcionó como una descripción empírica de la realidad, sino como un tipo
de ideal regulador. Así fue que el nazismo pudo ser considerado la antítesis del
Deutschtum (ideal germánico) y no su realización.
Esta estrategia de escindirse, de conferir al germanismo un ideal mental en
lugar de un asunto de etnicidad ya estaba presente en 1930, cuando pregonó:
“Aquí, judíos; allí, arios. ¿Y dónde estoy yo? ¿Dónde están los muchos que son
‘espiritual e intelectualmente’ alemanes?”45 La obvia solución scholemiana a
este dilema –profundizar el sentimiento propio y el compromiso personal con
el judaísmo– fue para él menos que una opción sin entusiasmo (aunque, entre
1933 y 1945, a menudo se permitió salvajes autocríticas, consignando muchos
de sus propios autoengaños asimilatorios). Pero en el fondo, en el pensamiento
de Klemperer, el judaísmo permanecía inseparablemente ligado a un indefendible
separatismo, a la estrechez, a “la horrible opresión del ghetto”.46
Al evaluar sus elecciones y actitudes es importante que evitemos juicios baratos,
post-facto e indulgentes (esto es especialmente innecesario dadas las propias
preguntas que Klemperer se hace.) Las transparencias, contradicciones y
vulnerabilidades son demasiado obvias como para exponerlas. Pero debemos
ser cuidadosos porque aun hoy no está claro cuáles debieron haber sido las posturas
ideológicas “correctas”.
En varios sentidos, Klemperer –aunque pudo haberlo negado– fue un típico
Bildungs judeoalemán, intelectualmente caracterizado (como tantos de ellos)
por sus tendencias liberales-humanistas, apolíticas e iluministas.47 Realista o
no, seguía siendo un individualista liberal e iluminista cuyos valores supremos
(demasiado a menudo asumió la reconocible apariencia del Deutschtum) eran
los universales de “cultura” y “humanidad”. Su ligazón con estos valores de
ningún modo puede ser viciada o anulada por el hecho que poderes brutales
buscaran destruirlos.
En abril de 1942 lo expresó sucintamente: “Hoy, un judío alemán nada puede
escribir sin poner en el centro la tensión germano-judía. ¿Pero debe, por consiguiente,
capitular ante las opiniones de los nacionalsocialistas y adoptar su
idioma?”48 El insistía con que uno resista adecuadamente el poder y las categorías
del inmoral vencedor. Para él, la inmoralidad la constituía no el camino a
la asimilación, sino la negativa irracional de adaptarse a ella. Abrazar el judaísSituando
la maldad nazi / 111
49 Aschheim, Steven. “Comrade Klemperer. Communism, liberalism and jewishness in the
DDR. The later diaries, 1945-1959”, en Journal of Contemporary History. April 2001.
mo, o sustituir un exclusivismo por otro, perpetuaba el problema subyacente, en
lugar de resolverlo.
Su persistente creencia en una concepción del Deutschtum insuficientemente
problematizada y demasiado espiritual, hoy da la impresión de ser extraña;
su voluntariosa convicción en el éxito de la asimilación, como casi patética; y
su negativa a conceder una digna autenticidad y autonomía a la vida y cultura
judías, como desagradable y equivocada. Pero por su negativa a capitular ante
la brutalidad y su combate por mantener los valores de “cultura” y “humanidad”
merecen nuestro respeto y consideración. Klemperer se aferró a la visión
clásica del Bildung alemán cuando todo a su alrededor estaba siendo desechado,
a su sentido de curiosidad y apertura, a sus ansias por humanizar la experiencia,
al deseo de extender los horizontes, más que restringirlos.
De muchas maneras y como una ironía, Klemperer formó parte profundamente
de la historia judeoalemana. Fue renuente a admitirlo, y recién lo hizo
hacia el final de su vida, en la comunista Alemania Oriental.49 El forma parte de
esa historia no sólo porque las horribles circunstancias lo condujeron a ello,
sino porque incluyó muy agudamente –y de hecho, se inclinó fuertemente
hacia– aquellos valores iluministas que llegaron a caracterizar cada rama de la
judería alemana y conformaron su identidad.
De hecho, como hemos mostrado, si bien existen importantes diferencias
entre Scholem, Arendt y Klemperer, con distancia histórica también podemos
descubrir algunas similitudes significativas (las cuales, sin ninguna duda, ellos
habrían negado). Quizá no fue sólo un inevitable destino común lo que los unió,
sino también una cierta sensibilidad espiritual subyacente.
Todos ellos eran intelectuales judeoalemanes sumamente integrados, criaturas
de la tradición Bildungs, con su característica inclinación por la cultura y su
pasión por las ideas. Todos eran observadores incisivos y analistas sagazmente
sensibles a las patologías y los contornos especiales de su tiempo. Ellos personifican
las variadas respuestas a ese destino común y los diversos caminos tomados
para enfrentarlo. Si bien ninguno fue una figura representativa u “ordinaria”,
todos fueron emblemáticos, confrontando los cataclismos públicos de su
tiempo y forjando creativas –aunque muy diferentes– respuestas a los dilemas
que ningún judío alemán del siglo XX se dio el lujo de evadir.

fuente Nuestra Memoria
Año XI · Nº 26 · Diciembre de 2005

 

Europa. Entrevista actual (noviembre 2012) al filósofo Gustavo Bueno, en Radio Nacional de España

enemigo ficticio/enemigo real ,la dialéctica del totalitarismo según Hannah Arendt, un caso como muestra


FUENTE http://www.internationalresearchcenter.org/en/religion-christian-jewish-muslim/the-paradox-of-the-spanish-civil-war-and-the-moslems-in-nazi-concentration-camps
The Paradox of the Spanish Civil War and the “Moslems” in Nazi Concentration Camps

Iwo Cyprian Pogonowski|Saturday, December 25, 2010

In “The Spanish Civil War 1936-9″the author Donald MacKinnon wrote that …. We ignore the ghastly paradox of a war to make the world democratic. The book on the origins of the Spanish Civil War by Nigel Thomson: “The Crisis of Democracy in Spain” … confronts the greatest paradox of the Second Republic: why did the most popular and historic party of the republican movement play the key role in the Republic’s destruction? Why did it let itself be subverted by Stalin’s NKVD, and accepted by far more weapons from the Soviets than the nationalist received from Hitler and Mussolini.

During WWII one of the most dreaded commands of the SS-guards in Nazi concentration camps was: “Ale Musulmaenners austreten” (“all Muslims step forwards.” The Nazi veterans of the Condor Legion in Spain, who later served as guards in concentration camps, brought with them Spanish curse words such as “carajo” (kahrakho) and the habit of calling “Muslims” most miserable and run down prisoners in Nazi camps. Apparently, the word “Muslim,” was first used as a term of contempt by Nazi soldiers in order to describe the Arabs from Morocco, who served in Franco’s colonial army. A few years later in Sachsenhausen concentration camp near Berlin the “Muslims” were subjected to brutal “sport,” a procedure derived from Prussian dehumanizing routines used on recruits from over sixty percent of the population of the Kingdom of Prussia who, immediately after the partitions of Poland, did not know THE German language and spoke several Polish dialects. I did witness , and, two times personally, was exposed to the so called “sport,” that served to eliminate the “Muslims” or prisoners too weak to work. However, in reality the choice of victims was made by the men in charge of each barrack – usually criminals marked with green triangles and called in German “beruf verbrecher” (“professional criminals). During the “sport” the SS-men gave such orders as “hinlegen – auf – marsch – marsch;” they were making the prisoners jump like frogs and then roll on the ground until many vomited while being kicked and beaten by Nazi guards including veterans of the Condor Legion used by Hitler in Spain. In the Flossenburg concentration camp on April 9, 1945, took place macabre execution of the hanging twice of Admiral Wilhelm Canaris who was led to the gallows barefoot and naked. The hanging rope was cut and Adm. Canaris was hanged for the second time. Early in his intelligence work Adm. Canaris had an efficient spy-communication network in Spain, which had been developed over decades, beginning in 1914 and provided the only reliable communication network for the forces of General Franco during the 1936-39 Spanish Civil War. Admiral Canaris saw the failure of Hitler’s Anti-Comintern Pact, in protracted negotiations with Poland (from Aug. 5, 1935 to Jan. 26, 1939) trying to enlist Poland’s participation in the planned assault on the Soviet Union by Germany and Poland from the west and Japan from the east. No doubt Adm. Canaris knew that the long prepared attack on Russia could not succeed without Poland, which was crucial because Poland constituted a barrier blocking German access to the Soviet Union and especially to the Ukraine, which Hitler planned to annex in building his Reich for next thousand years from the Rhine River to the Dnepr River. The Nazi government saw only two choices for Poland: either to participate in the assault on the Soviet Union or be destroyed. The destruction of Poland could be done only with the participation of Russia because the Polish armed forces were too strong and would inflict too heavy losses on the German army if Germany were to face the hostility of Polish and Russian forces in the same campaign at the same time. However, the Nazi-Soviet pact meant betrayal of Nazi-Japanese pact of Nov. 25, 1936 and therefore the possible end of the Japanese Quantung Army from the hostilities against Russia which started in 1937 and by 1939 included the largest air battles in the history of warfare up to that time. It involved hundreds of Soviet and Japanese airplanes. By then Adm. Canaris realized that Germany might be on its way to lose the Second World War on worse terms than it lost the First World War. It is conclusively proven by documents of that time that Canaris was outraged by the atrocities he witnessed being bring committed by German forces in Poland and was determined to confront Hitler on this issue. He was stopped by General Keitel who informed him that these atrocities were a matter of policy decided by Hittler himself. As chief of the high command of the armed forces, since February 1938, Keitek was in a position to order his subordinate to desist and not bring up the matter to Hitler and to drop the issue. It was at this point that canaries began to cooperate with British intelligence through his Polish mistress, Halina, in Switzerland, who was an agent of MI6. For much of the war he would exchange information about Nazi actions for information from the British about strategic intelligence concerning the Soviets. The drama of Nazi agreission started on March 10, 1939 when Stalin’s speech to the 18th convention of the Soviet Communist Party was broadcast by Radio Moscow in which Stalin invited the cooperation between National Socialist Germany and the Soviet Union. See: “Jews In Poland: The Rise Of Jews As A Nation From Congressus Judaicus In Poland To The Knesset In Israel,” Hippocrene Books Inc, New York, 1998, page 95. Hitler’s acceptance of Stalin’s invitation resulted in the betrayal of the German treaty with Japan of Nov. 25, 1936 and lead to Japan’s withdrawal from the war against Russia on Sept. 16, 1939. On Sept. 17, 1939 the Red Army invaded Poland two weeks after the German attack of Sept.1, 1939, which caused France and Britain to declare war on Nazi Germany. This resulted in the eventual two-front war against Germany instead of the two-front war against Russia which Hitler had planned, Adm. Canaris was fully aware of the eventual catastrophic fiasco of Hitler’s war plans. ON August 11, 1939, Hitler said to Jacob Burkhardt, Commissioner of the League of Nations: “Everything I undertake is directed against Russia; if the West is too stupid and blind to grasp this, I shall be compelled to come to an agreement with the Russians, beat the West and then, after their defeat, turn against the Soviet Union with all my forces. I need the Ukraine so that they can not starve me out as happened in the last war.” (Roy Dennan “Missed Chances,” Indigo, London 1997, p. 65). Hitler talked about Russia being “German Africa” and Russians as “negros” to be used by the superior German race. When an envoy selected by Admiral Canaris was to deliver a letter from Hitler urging declaration of war by Franco’s government against Gr. Britain and France the admiral sent through the same envoy a verbal message to General Franco saying: “Germany WILL lose the war.” When Franco sent his Blue Division of nearly 50,000 man to fight the Soviet Union he agreed that the Spanish soldiers would swear personal allegiance to Hitler in the war against the Communists. At the time of his execution, Canaris had been decorated with the Iron Cross First and Second Class, the Silver German Cross, the Cross of Honor and the Wehrmacht Twelve and Twenty-Five Year Long-Service Ribbons. At about the same time, early in 1945, during changes in assignments of sleeping quarters for prisoners in Sachsenhausen Concentration Camp I met a 76 year old Spanish dignitary, who did not speak–or refused to– speak German. I was then A 23 year old veteran of five years of Gestapo prisons. Starting on August 10, 1940 I was imprisoned in the Sachsenhausen-Oranienburg concentration camp near Berlin. The old Spaniard was assigned to sleep in a bunk bed above me. Noticing how hard it was for the old man to climb to his bunk bed, I wandered how such an old man could have survived in Sachsenhausen, as long as his number indicated. Eventually, I suspected that he was helped by the local Communist mafia. Nazi concentration camps were in general dominated by a mafia of criminals, however after the Nazi-Soviet pact in 1939 the German Communist mafia grew in strength and many Communists participated in the internal hierarchy of the concentration camp in Sachsenhausen. I offered the old Spaniard to change places with him and let him use the lower bunk. Soon I found out that he spoke French with A heavy Spanish accent. I had been learning French for some eight years in schools in Poland and I could speak French with a heavy Polish accent. The name of the old prisoner was Francisco Largo Caballero (15 October 1869 – 23 March 1946). He told me that during 1936 and 1937, served as the Prime Minister of the Second Spanish Republic. Then it became obvious to me that he must have been offered help by Communist mafia in Sachsenhausen. In fact in 1936, a few months into the civil war, Largo Caballero was designated Prime Minister and Minister of War. Earlier he served as Minister of Labor Relations between 1931 and 1933, in the first governments of the Second Spanish Republic. Largo Caballero abandoned his moderate positions, began to talk of “socialist revolution”, and became the leader of the revolutionary wing of the socialist party heavily influenced by the Soviet NKVD. He defended the pact of alliance with the other workers’ political parties and trade unions, such as the Partido Comunista de Espańa and the anarchist trade union Confederacion Nacional del Trabajio. His opponents declared, that “Largo Caballero shall be the second Lenin,” whose aim is the union of Iberian Soviet Republics. Largo Caballero then dismissed fears of a military coup, and predicted that, were it to happen, a general strike would defeat it, opening the door to the workers’ revolution. The coup attempt by the colonial army came on 17 July 1936. While not immediately successful, further actions by rebellious army units sparked the Spanish Civil War (1936-1939), in which the republic was ultimately defeated and destroyed. On 4 September 1936, a few months into the civil war, Largo Caballero was designated the 134th Prime Minister and Minister of War. His particular focus, besides the obvious matter of the conducting the war itself, was to maintain military discipline and governmental authority within the Republican zone. Nonetheless, the May 3-8, 1937 revolt in Barcelona by the oppositional communist Workers Party and the anarchists following an attempt to seize the telephone exchange led to a governmental crisis, forcing Caballero’s resignation on 17 May leading to the Popular Front government of doctor Juan Negrin. Upon the defeat of the Republic in 1939, Caballero fled to France. Arrested during the German occupation of France, he spent most of World War II imprisoned in the Sachsenhausen-Oranienburg concentration camp near Berlin where I met him. I later have learned that he died in exile in Paris in 1946 and his remains were returned to Madrid in 1978. After the war I learned that the Condor Legion was part of ”Operation Fire Magic,” The German military aid to the Spanish Nationalist rebels, which began after a request for assistance dispatched by Spanish General Francisco Franco. The request was received by Adolf Hitler on July 22, 1936, five days after the rebellion began on 17 July, 1936. Most of the Nazi “Spanienkaempfers” were from the Luftwaffe and many were later decorated with the “Spanienkreuz” (Spanish Cross). The campaign medal was awarded by the German authorities from April 14, 1939 on, when the Nazi intervention in Spain ended. Later, Hitler was disappointed when Franco refused to join the axis of Germany and Italy and criticized the joint Nazi-Soviet invasion of “Catholic Poland”. In 1940 Franco rejected Hitler’s request of crossing Spanish territory for the German attack on Gibraltar. While in Venezuela, during the late 1940′S I befriended Catholic Basque refugees who taught me Spanish and called general Franco “hijo predilecto de la Santa Iglesia Catolica” (“favorite son of the Holy Catholic Church”) mainly because he stopped the atrocities conducted by mobs armed by the Republican government and manipulated by the NKVD under Stalin’s orders. The Basque Nationalists entered into the Spanish Civil War on the side of the Republic, because of their demand for autonomy. As conservatives their natural political choice would have been to back Franco, but they disagreed with the centralist conservative Spanish authorities over local municipal autonomy. They were allied with the Catalans, who were leftist nationalists. The struggle between the Basques and Franco’s forces was a struggle between two groups of conservatives. A republican victory in Spain in reality would have meant A Soviet style government. The arming of the revolutionaries by the liberal politicians brought AN end to any hopes for democracy in Republican Spain, as is pointed out by professor M. J. Chodakiewicz of the Institute of World Politics in Washington in his book about “Communist lies about the Spanish Civil War 1936-1939,” (“Zagrabiona Pamięć: Wojna w Hiszpanii 1936-1939,” Fonda, Warszawa 2010, ISBN 978-83-62268-08-5.) The toll on Catholic Clergy in the course of the Red Terror in Spain was: 6,832 members of the Catholic clergy. TWENTY percent of the nation’s clergy, were killed. In Spain in 1936-39 murdered clergy included 4,172 diocesan priests, 2,364 monks and friars. For comparison, in Poland, in 1939-1945, six bishops, 2,030 priests, 127 seminarians, 173 lay brothers and 243 nuns were murdered by the Nazis alone, while similar crimes were committed on Polish Clergy by the Soviet terror apparatus. Some 5,400 Poles fought in Spain. The majority (3,800) were miners working in France, 300 were Polish-Americans, and several hundred were Poles living in various European countries. Only 800 came from Poland itself. The International Brigades in Spain often named its battalions and brigades using historical symbolism. The XIX century Polish nobleman, who became a nationalist revolutionary, general Jarosław Radwan Żądło Dąbrowski was an obvious choice. Dąbrowski was brought up in the tradition of the First Polish Republic which I have described in my book “The First Democracy in Modern Europe: Million Free Citizens Lived in Poland in 1600 AD” which fact happens to be a record in the world history of representative government. Every grown up citizen had the right to be a candidate for the throne of Poland in a free and general election. Every man and woman had the same rights to inherit property. The Polish indigenous legislative process shaped national culture of Poland in contradistinction to the rest of Europe, where at the same time national cultures were shaped by the royal court and towns. Jarosław Dąbrowski was involved in the January Uprising, in a plot against Tsar Alexander II and imprisoned. In 1865, he fled and escaped to France. In 1871, he was elected to the Paris Commune and took over the command of defense of Paris. He was killed AT the barricades, “fighting gallantly” for a foreign cause following the Polish traditional motto: “For your and our freedom.” Throughout the Spanish Civil War, the name Dabrowski was used in addition to the unit designation for units with a Polish connection or component. These include the Dabrowski Battalion and the XIII International Brigade (also known as the 13th Dabrowski Brigade) and the 150th International Brigade. Today, in Poland, Polish veterans of the Spanish Civil War are known as the “Dąbrowszczacy” a “proletarian” version of the proper word of “Dąbrowszczycy,” The very use of the name of Dąbrowski by Soviet propaganda is a part of typically Soviet twisting of history and truth. It is similar, for example, to Soviet use of the word “truth” or in Russian “pravda” as the title of the deceitful and full of lies Soviet official daily paper in Moscow. Military revolt against the government of Spain occurred after the 1936 elections which produced a Popular Front government supported mainly by left-wing parties. A military uprising began in garrison towns throughout Spain, led by the rebel Nationalists and supported by conservative elements in the clergy, military, and landowners as well as the fascist Falange. The ruling Republican government, led by the socialist premiers Francisco Largo Caballero and Juan Negrín (1894 – 1956) and the liberal president Manuel Azańa y Díaz, was supported by workers and many in the educated middle class as well as militant anarchists and communists manipulated by the Soviets. Government forces put down the uprising in most regions except parts of northwestern and southwestern Spain, where the Nationalists held control and named Francisco Franco head of state. Both sides repressed opposition; together, they executed or assassinated more than 50,000 suspected enemies to their respective causes. Seeking aid from abroad, the Nationalists received troops, tanks, and planes from Nazi Germany and Italy, which in reality used Spain as a testing ground for new methods of tank and air warfare. The Republicans called “loyalists” were sent weapons mainly by the Soviet Union, and the volunteer International Brigades also joined the Republicans. The two sides fought a war of attrition. The Nationalist side gradually gained territory and by April 1938 succeeded in splitting Spain from east to west, causing 250,000 Republican forces to flee into France, including Francisco Largo Caballero. In March 1939 the remaining Republican forces surrendered, and Madrid was in the midst of civil strife between communists and anticommunists and fell to the Nationalists on March 28. About 500,000 people died in the war. The war’s end brought a period of dictatorship that lasted until the mid-1970s. The American Abraham Lincoln Battalion (usually, but incorrectly, referred to as a brigade) in Spain, for example, was under the command of Robert Hale Merriman (1908 – 1938) who was a leftist American professor of economics at the University of California and he stayed in 1935 in Moscow for several months and naturally was under control of the Soviet terror apparatus especially the NKVD. He joined the Republican forces in Spain. Merriman was of poor origin and worked various odd jobs in order to make his way to the University of Nevada. To earn money while at school, he joined the Reserve Officers’ Training Corps (ROTC) where he received basic training with arms. He was chosen to lead the volunteers in Spain because he was a member of left-wing groups at the University of California and A friend of professor Robert Oppenheimer, the father of American atomic bomb, who, according to former NKVD general Pavel Sudoplatow’s book, with the foreword by Robert Conquest, “Special Tasks” (ISBN 0-316-77352-2 Library of Congress Catalog Card Number 94-75737) helped the Soviets to produce and test a DUPLICATE OF THE American atomic bomb. This was the fact that caused Oppenheimer to lose his security clearance. Merriman moved to Spain together with his wife early in 1937 and joined the International Brigades at their training camp in Albacete. As few volunteers had any military experience, Merriman’s ROTC experience meant that he took over the training of the 428-man strong Lincoln Battalion and, in late January, he became battalion commander. He held the rank of Captain of the Spanish Republic. The Lincoln Battalion first saw action at the Battle of Jarama (6-27 February). They were one of the four battalions comprising the XV International Brigade. Their role was to prevent Nationalist forces taking the main Madrid-Valencia road. The Lincolns took appalling casualties, particularly in the assault of Pingarrón, which became known as Suicide Hill. Merriman himself was seriously wounded and spent time as Chief of XV Brigade Staff. His place as battalion commander was taken by Martin Hourihan (a US Army veteran). The weakened Lincolns next went into action at the Battle of Brunete. Together with the depleted British Battalion, and an under-strength second American battalion (the George Washington Battalion, commanded by African-American Oliver Law), they formed one regiment of the XV International Brigade in which out of the 2,500 men who went into battle, only 1,000 effectives remained. According to reports: “The Americans … were cut to pieces. The Washington Battalion sustained fifty percent casualties and the Lincoln Battalion was heavily depleted as well. Of the eight hundred Americans in the Lincoln and Washington Battalions at the start of the Brunete offensive on 6 July, only five hundred effectives remained.” Merriman led the battalion again during the Battle of Teruel in Aragon. Under heavy attack by Nationalist tanks and aircraft, the battalion was forced to retreat to Catalonia and its boundary, the river Ebro – the only available direction, On April 2, 1938, around the vineyards of Corbera d’Ebre, near the key city of Gandesa, twenty kilometers before the river, Merriman and his lieutenant, Edgar James Cody, were killed in action, or possibly captured and executed some hours later. According to local tradition in Northwest Spain, Franco’s ancestors were Marranos, Spanish Jews who converted to Christianity during the Middle Ages under threat of death or persecution. Genaralissimo was criticized by the Zionists who wanted Jews to be forced to go to Palestine in order to create there a Jewish state. However according to a few quotations from the book by Jane & Burt Boyar (“Hitler Stopped By Franco,”) “general Franco shall occupy a special place in memory of the Jews who should honor and bless the memory of this great benefactor of the Jewish people…who neither sought nor reaped any benefit from what he did.” – From a four page obituary in The American Sephardi Journal of the Sephardic Studies Program of Yeshiva University, volume IX, 1978. James Michener in Iberia, 1968, page 547 STATES: “…Generalissimo Franco is highly regarded by Jews; during the worst days of World War II, when pressures from Hitler were at their heaviest, Franco refused to issue anti-Jewish edicts and instead provided a sanctuary, never violated, for Jews who managed to make it to Spain. Many thousands of Jews owe their lives to Franco, and this is not forgotten.” [About 200,000 Jews were saved according to some Jewish sources.] In Resolutions of the War Emergency Conference of the World Jewish Congress, Atlantic City, New Jersey, November 26-30, 1944, page 15: “The War Emergency Conference extends its gratitude to the Holy See and to the Governments of Sweden, Switzerland, and Spain… for the protection they offered under difficult conditions to the persecuted Jews of Hungary…” In the Congressional Record of January 24, 1950, Rep. Abraham Multer quotes a spokesman for the Joint Distribution Committee: “During the height of Hitler’s blood baths, upwards of 60,000 Jews had been saved by the generosity of Spanish authorities.” Newsweek, March 2, 1970: “…a respected U.S. rabbi has come forward with surprising evidence that tens of thousands of Jews were saved from Nazi ovens by the personal intervention of an unlikely protector. Spain’s Generalissimo Franco, in so many other respects a wartime collaborator of Adolf Hitler. “I have absolute proof that Franco saved more than 60,000 Jews during World War II,” says Rabbi Chaim Lipscitz of Brooklyn’s Torah Vodaath and Mesitva rabbinical seminary. One should remember that after winning the Spanish Civil War, the “Nacionales” had established a single party authoritarian state under the leadership of general Franco. World War II started shortly afterwards, and though Spain was officially neutral, it did send a special Division of troops [47,000 men] to Russia to aid the Germans. Friendship with Hitler and Mussolini during the Civil War led Spain to be isolated after the collapse of the Axis powers. This changed with the new Cold War between USA and the Soviets and Franco’s strong anti-Communism made Spain into an ally of the United States.. When the Spanish State was declared a monarchy in 1947 – but no king was designated – Franco reserved for himself the right to name the person to be king, and deliberately delayed the selection due to his political considerations. In 1969, Generalissimo Franco designated Juan Carlos de Borbón as his official successor. Six years later, with the death of Generalissimo Franco on 20 November 1975, Juan Carlos became the “absolute King of Spain” who immediately began transition to democracy, which made Spain a constitutional monarchy ruled as A parliamentary democracy. Spanish monarchy was made possible thanks to Franco’s victory against Soviet efforts to force a Communist takeover in the Spanish Civil War in 1936-1939. The article ‘The Paradox of the Spanish Civil War “ and the “Moslems” in Nazi Concentration Camps includes comments of the author who was a war-time political prisoner in Sachsenhausen Concentration Camp bearing number 28865 and red markings of a political prisoner.

¿calumnias?: dosier de Le Monde sobre el supuesto (o no) nazismo de Heidegger


Qu’appelle-t-on calomnier Heidegger ?
Martin Heidegger, montagne Sainte-Victoire, septembre 1968
Quelques textes pour répondre à la diffamation
au Monde
Dans son article du 25 mars 2005 intitulé “Les crimes d’idées de Schmitt et de Heidegger”, M. Droit fait une recension élogieuse d’un livre d’Emmanuel Faye accusant Heidegger d’avoir « introduit le nazisme dans la philosophie ». Vers la fin de son article, il laisse entendre de la manière la plus explicite que Heidegger est directement responsable de l’extermination des Juifs. « Au bout du chemin, écrit-il, la mort de l’ennemi est la même » – et d’enchaîner par cette merveille d’ambiguïté sophistique : « Une fois les ennemis inventés par le Reich déportés, gazés et brûlés, Heidegger s’est tu. » Mais comment le Reich a-t-il fait pour inventer ses ennemis ? Semblant comme répondre à cette question, un assez long extrait d’un cours de Heidegger (tiré du livre de M. Faye) est cité par Le Monde dans un encadré au bas de la page ; il y est question de « l’exigence radicale de trouver l’ennemi » et « d’initier l’attaque (…) en vue de l’anéantissement total ». CQFD : en principe, à la lecture de cette page, le lecteur non avisé ou prévenu comprend immédiatement que Heidegger est le véritable idéologue du régime nazi et au fond l’inspirateur de la « solution finale ». Qui sait même si, en achetant le livre de M. Faye, on n’apprendrait pas en plus que ce cours qui nous parle de l’ennemi et du combat n’est pas tout bonnement un commentaire du Mein Kampf de Hitler… ? Beau suspense commercial !
Mais vous prenez vraiment les gens pour des imbéciles ! Ce cours (sur la vérité) de 1933-34 n’est absolument pas inédit : il se trouve dans ma bibliothèque depuis quatre ans – et si on l’ouvre, on s’aperçoit que le passage cité sur l’ennemi et le combat est extrait en réalité d’un commentaire… d’un fragment d’Héraclite, le célèbre fragment DK 53, qui dit que « Polémos est le père de tout ce qui est… » – et la thèse générale du chapitre est que Polémos, le combat, est, pour les Grecs, le foyer essentiel de tout ce qui est, bien au-delà de tout comportement humain.
Rien n’empêche un habile idéologue, pourrait-on me rétorquer, de prendre prétexte de la pensée de Héraclite pour soutenir le « combat » de Hitler. Mais là nous passons du domaine de la certitude indiscutable d’un fait (ce que laisse suggérer le montage du Monde) à celui de la justesse toujours discutable d’une interprétation.
L’absence ici de tout contexte, de la moindre mise en perspective, nous permet de comprendre la différence entre un journalisme critique d’information et un journalisme idéologique qui sombre ici au fond de l’ignoble. La manière dont vous présentez cette citation est en réalité un de ces trucages, autrement dit un de ces « crimes d’idées » dont vous croyez être les pourfendeurs. Si vous aviez eu l’honnêteté d’indiquer le contexte de cette citation, le lecteur aurait pu par exemple se poser la question suivante : et si faire cours en 1933-34 sur le polémos (Kampf, combat) au sens d’Héraclite n’était pas au contraire une manière pour Heidegger d’offrir à ses étudiants un contrepoids extraordinaire à l’autre Combat inspiré par le livre officiel du régime ? Autrement dit un acte de résistance ? C’est là une question, on l’aura compris, que M. Droit a appris depuis longtemps à « combattre » de la plus ignoble des manières.
 Mais je me tourne ici plus particulièrement vers le Médiateur du Journal. J’ose imaginer que dans votre journal, le journaliste chargé d’une rubrique aime, d’une manière ou d’une autre, ce dont il est question dans sa rubrique ; pour ne citer que vos plumes les plus connues, on n’imagine pas M. Vernet détestant les questions diplomatiques internationales, M. Kéchichian ingurgitant de force la poésie mystique ou M. Marmande traîné de force par son rédacteur en chef à la corrida. Ne serait-il pas temps quand même de faire œuvre humaine et de retirer à M. Droit la charge manifestement pour lui dégoûtante de s’occuper des livres de Heidegger depuis plus de 20 ans ? Soit Heidegger est un véritablement un philosophe nazi – et en ce cas le Monde, avec toute sa puissance de plus grand journal d’opinion français, s’honorerait, pour clore le procès qu’il lui fait depuis toujours, de lancer et de soutenir une pétition nationale pour qu’on réglât définitivement le cas Heidegger – par exemple en l’éjectant de la liste des auteurs officiels du programme de Terminale. Et l’on pourrait ainsi enlever à M. Droit la charge écrasante de faire semblant de lire les ouvrages de Heidegger. Soit Heidegger est le grand penseur de notre temps que d’aucuns aiment à croire, et en ce cas ne croyez-vous pas qu’il serait plus « déontologique » (si ce mot a encore du sens dans votre journal) de donner ses livres à un journaliste ou à un chroniqueur qui y entende quelque chose, et pourquoi pas l’aime un peu ? M. Droit aurait ainsi le temps de multiplier les grandes expériences philosophiques du quotidien qu’il nous a relatées dans son livre fameux, comme celle de se regarder pisser ou de réciter à l’envers la liste des courses (je ne sais plus trop au juste, mais c’était passionnant et cela pourrait donner lieu à une chronique hebdomadaire dans votre supplément payant du week-end).
Je me doute, M. le Médiateur, de ce que vous pourriez me répondre à propos de cette ignominie du 25 mars 2005. En face du grand article de M. Droit et au-dessus d’un second article du même se trouvaient une enquête de M. Birnbaum et un entretien mené par M. Kéchichian avec Marc de Launay, dans l’ensemble plutôt favorables à Heidegger. Mais voilà, ils n’étaient pas à armes égales : que vaut l’opinion d’inconnus devant l’ignoble bricolage construit à la page d’en face ? Que valent les généralités auxquelles se livrent les gens que vous interrogez à propos d’un livre qu’ils n’ont pas encore lu (et pour cause, puisqu’il n’est pas encore paru) ?
 
Philippe Arjakovsky
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Hadrien France-Lanord
Heidegger: res loquitur ipsa
 
Rouen, le 27 mars 2005
 À monsieur Franck Nouchi, rédacteur en chef du Monde des livres
 Monsieur, 
Pour son bref article paru dans Le Monde des livres daté du 25 mars 2005, monsieur Jean Birnbaum m’a fait l’amabilité de me demander mon avis au sujet de la polémique autour de « Heidegger et le nazisme ». J’ai été très honoré par cette attention et lui en suis reconnaissant, ainsi qu’à votre journal. J’ai été en revanche très surpris par la place accordée aux propos – pour l’essentiel honteusement diffamatoires – de monsieur Roger-Pol Droit dont il n’est pas nécessaire de rappeler qu’il ignore tout du sujet dont il prétend parler. L’œuvre de Martin Heidegger comprend à ce jour environ 65 volumes parus en allemand ; encore une quarantaine sont à paraître – au total, à peine trente sont traduits en français. À peu près chaque ligne de monsieur Droit révèle un peu plus son ignorance – fielleuse, de surcroît – en la matière.
Mais au-delà de cette ignorance, est à l’œuvre dans ses lignes un procédé beaucoup plus grave, qui n’est autre que la négation pure et simple de faits historiques.
Je m’étonne qu’un quotidien français de l’importance du Monde puisse confier des articles à des journalistes ne sachant rien de ce dont ils ont à parler ; mais je suis absolument indigné par les mensonges que ce quotidien perpétue à travers la plume de monsieur Droit. C’est pour ne pas laisser cours à de tels mensonges qu’il m’a paru nécessaire de rédiger la petite note rectificative que je me permets de vous adresser avec cette lettre. (Il ne serait pas du tout incongru que Le Monde des livres procède à une rectification en rendant publique cette note dans son intégralité uniquement.)
 
Je vous prie, Monsieur, de recevoir l’expression de ma plus attentive considération,
***
 
Heidegger : Res loquitur ipsa
À propos d’un raisonnement sophistique
de monsieur Roger-Pol Droit
« Le national-socialisme est un principe barbare[1]. »
Martin Heidegger, 1934
 
 
Depuis des années monsieur Roger-Pol Droit lutte infatigablement pour que le nom de « Heidegger » soit, comme par réflexe conditionné, associé à l’épithète « nazi ». Mais cette association abusive qui a de plus en plus nettement l’allure d’un véritable tour de force, a un prix : la négation de la logique la plus élémentaire. Un exemple suffira : le second paragraphe du court article intitulé « Heidegger et le nazisme : une longue affaire » paru dans Le Monde des livres du 25 mars 2005. Voici les deux premières phrases du texte : « Personne n’a d’ailleurs douté sérieusement, dans l’Allemagne des années 1930 et 1940, des sentiments pronazis du professeur Heidegger – ni ses proches, ni ses étudiants, ni le pouvoir hitlérien qui multiplie les rapports globalement élogieux sur sa fiabilité politique. Le témoignage du philosophe Karl Löwith le confirme. »
Commençant par « personne », la phrase se veut être une proposition qu’on nomme, en logique, de quantité universelle ; elle implique que tout le monde, dans l’Allemagne des années 1930-40, se ralliait universellement à ce sentiment. Autrement dit : il suffit d’une personne qui doute pour que la proposition soit fausse. Or pour donner du poids à cette affirmation universelle qui prétend valoir comme preuve des convictions nazies de Heidegger, monsieur Roger-Pol Droit n’évoque guère qu’un individu, Karl Löwith qui ne fut par ailleurs justement pas témoin de la période en question parce qu’il quitta l’Allemagne entre 1934 et 1952. Ce que monsieur Roger-Pol Droit nomme son « témoignage » est en fait plutôt le règlement d’un différend personnel avec son ancien maître – règlement dont le procédé est loin de convaincre tout le monde, en particulier pas Hannah Arendt (cf. lettre à Heinrich Blücher du 13 juin 1952). L’essentiel, cependant, est surtout que monsieur Roger-Pol Droit ignore volontairement tous les véritables témoignages à propos du seul professeur de l’université de Fribourg qui ne commençait pas ses cours par le salut nazi. Voyons quelques courts extraits, pris parmi de nombreux autres de même nature.
· Celui de Walter Biemel (Cahier de l’Herne Martin Heidegger, 1983), élève de 1942 à 1944, puis proche du penseur, qui raconte une après-midi chez Heidegger au cours de ces années « Pour la première fois, il me fut donné d’entendre de la bouche d’un professeur d’université, une violente critique contre le régime qu’il qualifiait de criminel. » Puis : « Il n’y a pas un cours, un séminaire où j’ai entendu une critique aussi claire du Nazisme qu’auprès de Heidegger. Il était d’ailleurs le seul professeur qui ne commençât pas son cours par le Heil’Hitler réglementaire. À plus forte raison, dans les conversations privées, il faisait une si dure critique des nazis que je me rendais compte à quel point il était lucide sur son erreur de 1933 » (cité par Jean-Michel Palmier, Les écrits politiques de Martin Heidegger, Paris, éditions de l’Herne, 1968).
· Celui de Sigfried Bröse qui a assisté à tous les cours de Heidegger du printemps 1934 à l’automne 1944, et qui fut lui-même destitué de ses fonctions (sous-préfet) par les Nationaux-socialistes à leur arrivée au pouvoir en 1933 : « Les cours de Heidegger étaient fréquentés non seulement par des étudiants, mais aussi par des gens exerçant depuis longtemps déjà une profession, ou même par des retraités ; chaque fois que j’ai eu l’occasion de parler avec ces gens, ce qui revenait sans cesse, c’était l’admiration pour le courage avec lequel Heidegger, du haut de sa position philosophique et dans la rigueur de sa démarche, attaquait le national-socialisme. Je sais également que les cours de Heidegger, précisément pour cette raison – sa rupture ouverte n’était pas demeurée ignorée des nazis – étaient surveillés politiquement. » (lettre du 14/01/1946 au recteur de l’université de Fribourg. Le texte entier est accessible en traduction française dans l’ouvrage de François Fédier, Heidegger : Anatomie d’un scandale, Paris, Robert Laffont, 1988.)
· Celui de Hermine Rohner, étudiante de 1940 à 1943, qui écrit à propos du penseur : « Lui ne craignait pas, fût-ce dans ses cours aux étudiants de toutes les facultés (où le nombre des auditeurs était tel qu’on ne pouvait pas compter qu’ils fussent tous “ses” élèves), de critiquer le national-socialisme d’une manière si ouverte et avec le tranchant si caractéristique qu’offre sa manière de choisir en toute concision ses termes, qu’il m’arrivait d’en être effrayée au point de rentrer la tête dans les épaules (…) En tout cas, la manière courageuse dont Heidegger s’est singularisé pendant les dernières années du IIIe Reich doit assurément compter dans la balance, car elle pèse lourd, bien plus lourd que ne peuvent se le représenter des auteurs nés après la guerre. » (Publié dans la Badische Zeitung du 13/08/1986 et dans son intégralité en français dans Heidegger : Anatomie d’un scandale.)
· Celui de Georg Picht, élève à partir de 1940, qui raconte l’histoire suivante : « Je ne fus pas surpris lorsqu’un jeune homme vint me trouver et me dit : “Ne m’interrogez pas sur mes sources d’information. Vous mettez votre personne en grand danger si on vous voit aussi souvent avec M. le Professeur Heidegger.” » (Erinnerung an Martin Heidegger, Pfullingen, Neske, 1977.)
 Voyons à présent comment les nazis eux-mêmes parlaient de Heidegger. Dans la biographie pourtant si peu favorable qu’il a consacrée au penseur, Hugo Ott a publié quelques extraits d’une violence inouïe. Ernst Krieck, proche de Rosenberg et membre de la Allgemeine SS depuis 1934, a organisé dès 1934 dans son journal nazi Volk im Werden une véritable cabale contre la pensée de Heidegger considérée comme « un ferment de décomposition et de désagrégation pour le peuple allemand ». Les ouvrages du penseur disparaîtront lentement de la vente publique au fil des années sous le IIIe Reich. Dans la revue des Jeunesses hitlériennes Wille und Macht, Heidegger était également l’objet de critiques acerbes, en particulier à propos de son ignorance quant la vraie « spécificité de Hölderlin » que la jeunesse allemande connaissait mieux que lui ! Au moment de la « levée en masse », enfin, à l’automne 1944, les nazis cherchant de la main-d’œuvre ont fait établir par les autorités universitaires des listes de professeurs selon qu’ils étaient plus ou moins nécessaires au régime. Heidegger figure dans le haut de la liste comme « le moins indispensable » ; malgré son âge et ses deux fils déjà réquisitionnés sur le front russe, il fait partie des quelques professeurs contraints d’interrompre leur enseignement.
Retenons pour finir un bref passage du rapport de plusieurs pages, à l’attention de l’office Rosenberg, du Docteur Erich Jaensch, psychologue national-socialiste (16 février 1934) : « Sa manière de penser (…) est exactement la même que celle de la chicanerie talmudique, de sinistre réputation, laquelle a toujours été ressentie par l’esprit allemand (…) comme lui étant particulièrement étrangère. (…) La philosophie de Heidegger va même encore beaucoup plus loin dans le sens de la vacuité, de la confusion, de l’obscurité talmudique, que les productions du même genre d’origine authentiquement juive. (…) Ce mode de penser talmudique, propre à l’esprit juif, est aussi la raison pour laquelle Heidegger a toujours exercé et continue d’exercer la plus grande force d’attraction sur les Juifs et les demi-Juifs » (traduction de Gérard Guest citée dans l’ouvrage de Marcel Conche, Heidegger par gros temps, 2004). Erich Jaensch reproche en outre à Heidegger d’avoir habilité le « demi-Juif » du nom de… Karl Löwith ; le psychologue nazi s’opposait ainsi fermement à ce que puisse être nommé à l’Académie prussienne des professeurs « un homme à propos de qui on se demande, chez des hommes très raisonnables, avisés et fidèles au nouveau régime, si, dans la zone limite entre la santé et la maladie mentales, il relève encore de l’une ou déjà de l’autre. »
« Globalement », comme dit monsieur Roger-Pol Droit décidément très désinvolte, les rapports qui ont été retrouvés des dirigeants nazis ne semblent pas si élogieux à l’endroit du penseur qui a demandé sa démission du Rectorat après dix mois de fonctions.
 On l’aura compris : la première proposition de monsieur Roger Pol-Droit est tout sauf universelle ; il existe bel et bien d’innombrables personnes qui ont témoigné des convictions et des déclarations publiques résolument non-nazies de Martin Heidegger dès 1934. Quant au “raisonnement” de monsieur Roger-Pol Droit, il apparaît en conséquence comme étant ce qu’Aristote nomme un simple raisonnement dialectique, c’est-à-dire sophistique, qui consiste à énoncer une conclusion prétendument universelle à partir de prémisses qui ne sont que particulières – c’est ainsi, par exemple, qu’on peut observer certains discours passer de “dans telle cité quelques jeunes d’origine maghrébine ont volé une mobylette” à : “dans les cités tous les arabes sont des voleurs”. La manipulation a une efficacité doublement nuisible : elle universalise le cas de quelques jeunes d’origine maghrébine et ne dit rien des autres voleurs qui ne sont pas maghrébins. Ce n’est pas autrement que fonctionne toute propagande. Dans la première partie du paragraphe de monsieur Roger-Pol Droit, c’est exactement ce procédé de manipulation sophistique qui est à l’œuvre contre Heidegger.
Reste la dernière phrase du paragraphe en question : « Les autorités alliées ne semblent pas non plus avoir de doute, qui suspendent d’enseignement l’auteur d’Être et temps » qui simplifie jusqu’à la falsification la vérité historique. En effet, rien n’a causé plus d’hésitations en 1945 que la suspension du professeur Heidegger.
C’est d’abord une Commission d’épuration politique constituée à l’intérieur de l’université et représentant le gouvernement militaire français qui a jugé le « cas Heidegger ». Le rapport de septembre 1945 (publié en intégralité par Hugo Ott dans sa biographie, p. 329-332) notifie que « depuis 1934, il ne peut plus être qualifié de “nazi” et il n’y a aucun risque qu’il favorise jamais à nouveau l’essor d’idées nazies. Nous déplorerions comme une lourde perte que notre université dût se séparer définitivement, au nom de son passé politique, de ce célèbre spécialiste des sciences humaines… » La commission, tenant compte des « fourvoiements politiques » propose une mise à la retraite anticipée de Heidegger en qualité d’émérite, c’est-à-dire lui autorisant expressément de poursuivre son enseignement. Ainsi, dès octobre 1945, Heidegger figurait en seconde place sur une liste de nomination en vue d’un poste à Tübingen. Mais un des membres de cette Commission n’est pas satisfait par la décision finale. Il s’agit d’Adolf Lampe, adversaire de Heidegger depuis 1933, qui, pour des raisons autres que strictement objectives, va obtenir avec l’appui de quelques personnes au sein de l’université une révision de cette première décision. La nouvelle sentence sera rendue le 19 janvier 1946, non plus par la Commission d’épuration, mais par le gouvernement militaire français via le sénat de l’université de Fribourg : Heidegger est suspendu de ses fonctions et sa pension de retraite diminuée avant d’être supprimée. C’est cette seconde décision qui a été mise en application, jusqu’à sa révision en 1949, date à laquelle Heidegger est réhabilité et à nouveau autorisé d’enseignement (ses cours reprendront en 1951). Karl Jaspers dont la probité n’est pas à prouver a joué un rôle dans cette réhabilitation, notamment par sa lettre du 5 juin 1949 au Recteur de l’université de Fribourg, dans laquelle nous lisons à propos de Heidegger : « (…) Il n’est personne en Allemagne qui lui soit supérieur. (…) C’est pour l’Europe et pour l’Allemagne un devoir qui découle de la reconnaissance de qualités et de possibilités intellectuelles que de veiller à ce qu’un homme comme Heidegger puisse travailler en paix, poursuivre son œuvre et la publier. (…) L’université allemande, selon moi, ne peut plus laisser Heidegger à l’écart. »
 Accuser de nazisme une personne n’est pas une accusation comme une autre. Plus encore que toute autre, elle ne souffre aucune approximation et doit, pour avoir la moindre portée, reposer sur autre chose que sur une logique fanatique, c’est-à-dire proprement irrationnelle : allant contre les exigences de la raison. Malheureusement, aussi longtemps que de faux raisonnements seront ainsi propagés dans le seul but de réalimenter une polémique qui sent de plus en plus le réchauffé, la question du sens de l’engagement de Martin Heidegger entre 1933 et 1934 ne pourra pas être posée.
 PS : Nous ne saurions trop recommander à tous les amateurs de logique vraie, c’est-à-dire effectivement démonstrative, l’étude des Seconds analytiques d’Aristote.
  
Hadrien France-Lanord,
le 25 mars 2005
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[1] La phrase figure dans l’un des Schwarze Hefte à paraître dans l’Édition intégrale. Elle est citée par Hartmut Tietjen dans la présentation des disques cd de Heidegger.

Henri Crétella
    La nouvelle inquisition
L’article de Roger-Pol Droit : « Les crimes d’idées de Schmitt et de Heidegger », paru dans Le Monde des Livres du 25 mars, renouvelle jusqu’à la caricature la manière de procéder caractéristique de « la police de la pensée » qu’Orwell décrit dans son « anti-utopique » roman : 1984. Le titre de l’article déjà ne peut manquer, quasi littéralement, d’évoquer ce qui dans le roman est ironiquement  appelé « le crime de penser » ; lequel crime – faut-il le rappeler ?  s’y trouve défini comme le « crime essentiel » : il est en effet celui qui, sous un régime totalitaire, « contient tous les autres » crimes en lui. À cet égard, en particulier, Roger-Pol Droit a dépassé l’inconscient modèle que constitue pour lui l’imaginaire ‘Oceania’ d’Orwell. Car en celle-ci, la persécution de la pensée n’allait pas jusqu’à lui imputer le crime contre l’humanité. Alors que c’est précisément devant cette imputation-là, celle donc de la Shoah ! que ne recule pas Roger-Pol Droit. — Mais ce que l’on est tenté, au premier abord, de considérer comme le simple délire d’un journaliste mal inspiré, est, en réalité, un phénomène d’une tout autre portée. À savoir, l’expression de ce type nouveau, « moderne », d’inquisition, lequel a supplanté le genre de police de la pensée qui l’a religieusement précédé.
Encore faut-il ne pas s’y tromper, supplanter ne signifie pas éliminer. Les deux sortes d’inquisition l’ancienne et la nouvelle peuvent même fort bien collaborer. La preuve en est, justement, les trois plus récents développements de la désormais sexagénaire « affaire Heidegger ». Ceux-ci ont été, il y a un peu plus d’une vingtaine d’années, paroissialement initiés par le militant catholique allemand Hugo Ott. Outrancièrement exploités par Victor Farias fin des années quatre-vingts, ils ont, depuis, « œcuméniquement » rencontré grâce à lui une audience internationale inespérée. Et les voici, aujourd’hui, faussement réfléchis par Emmanuel Faye. Ce que démontre en effet, involontairement, le compte-rendu de Roger-Pol Droit, c’est combien peu fiable doit être le réquisitoire auquel il s’en remet. Car la présentation qui en est faite, et la citation de Heidegger qui en est donnée, font apparaître  deux confusions dont la grossièreté suffirait, si elles étaient confirmées, à discréditer l’ouvrage entier. Commençons par l’extrait cité du cours de Heidegger lors du semestre d’hiver 1933-34 : la traduction qui en est imprimée en caractères gras a fonction de preuve. Elle attesterait qu’il y aurait bien identité de crime de pensée entre Schmitt et Heidegger : ce dernier n’y utilise-t-il pas le terme spécifiquement schmittien d’ennemi et ne parle-t-il pas d’anéantir celui-ci ? — Or, si l’on se reporte au cours de Heidegger ainsi incriminé, l’on s’aperçoit qu’il s’y agit, non d’ennemis humains et de l’exterminatrice nécessité d’en finir avec ceux-ci, mais de l’interprétation d’un célèbre fragment d’Héraclite consacré au « combat », dans lequel celui-ci apparaît opposer, non des hommes, mais des puissances — lesquelles ne sont irréductiblement « ennemies » que parce qu’elles sont également nécessaires à l’historique déploiement de la vie. Car il n’y a de vie qu’à la condition que s’affrontent historiquement et que s’affirment mutuellement  forces de conservation et forces de renouvellement. Rien de fanatiquement criminel donc, dans cet extrait tronqué du cours de Heidegger, mais une interprétation parfaitement équilibrée de cet héraclitéen « combat » dont il  nous est démontré qu’il faut historiquement le situer par delà la guerre et la paix.
La preuve ainsi invalidée, l’accusation qu’elle prétend fonder se trouve par  là même ramenée à sa confuse démesure. Elle tendait, en effet, à démontrer que sous le terme d’ « asiatique », l’ « aryen » Heidegger aurait identifié l’ennemi juif à devoir exterminer. Or, ce que Heidegger entend par asiatique n’a rien à voir avec ce fantasme persécutoire. Le terme d’asiatique, ou celui d’oriental, définit chez lui la puissance d’origine et de renouvellement, à laquelle est subordonnée la puissance d’adaptation et de conservation qui, elle, définit l’Occident. De sorte que, s’il y avait une hiérarchie à établir, celle-ci ne serait pas celle qu’on croit : les tard venus que sont les occidentaux devraient observer le droit d’aînesse qui revient légitimement à ceux qui les ont précédé dans l’ordre civilisé. Dans la mesure par conséquent où le Juif symboliserait l’Orient, et l’Allemand l’Occident, ce serait donc à ce dernier de recevoir, selon Heidegger, la loi du premier. Ce qui, du reste, s’est déjà historiquement vérifié à travers la Chrétienté.
 Or cela précisément pourrait plus justement se renouveler si le cours actuel de la mondialisation se trouvait inversé. Au lieu d’être, de manière conservatoire, ordonné à une fin occidentale de l’histoire, le cours de celle-ci se trouverait orienté dans la salutaire direction de sa régénération. Telle apparaît, ainsi, la perspective à laquelle voudrait nous soustraire l’inquisition nouvelle qui régit ce qu’on appelle : « l’affaire Heidegger ».
  Puisse Le Monde – entre ces deux voies – faire le bon choix !
 
Lundi 28 mars 2005
Henri  Crétella
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Heidegger : l’inédit et l’inouï
Rarement la nécessité d’aimer ses ennemis n’aura été a contrario mieux illustrée que par le Heidegger qu’Emmanuel Faye vient de publier. Qu’a souhaité l’auteur en effet, et que va-t-il récolter ? Son intention fut d’écarter de Heidegger le plus grand nombre de lecteurs possible et ce qu’il devra constater sera, d’une part le regain d’intérêt de ceux qui déjà le connaissaient et, d’autre part l’arrivée de lecteurs nouveaux sur son « chemin de pensée ». Car telle est la loi qui veut que celui que la colère emporte soit justement châtié par son propre excès. La volonté de censure à l’encontre de Heidegger va donc, une fois de plus, heureusement contribuer à la réception de sa pensée. Le phénomène s’est, effectivement, déjà produit trois fois : la première, au lendemain de la victoire alliée de 1945, et les deux suivantes, à vingt et quarante ans de distance. Ce que, dès 1945, l’on a appelé « l’affaire Heidegger » apparaît ainsi devoir se rejouer tous les vingt ans. Rien n’était donc moins imprévisible que la « quatrième instance » qui vient de s’ouvrir  de cet inquisitorial procès dont, sous le nom de Heidegger , la pensée fait l’objet. Toutefois, même  si l’on avait pu déjà observer, lors des deux précédentes instances, que le niveau d’accusation s’abaissait chaque fois d’un cran, il était difficile d’imaginer jusqu’où Emmanuel Faye allait le faire descendre. Ou, plutôt, le faire sombrer.
 Qu’on en juge. La logique de son propos le conduit, p. 243, à formuler une « hypothèse » et, p. 482, à avancer un « questionnement » dignes de s’inscrire dans le plus sombre délire. Selon la première, Heidegger pourrait bien avoir été l’un des « nègres » ayant participé à « la conception en amont » des discours de Hitler dans l’année de sa prise de pouvoir(1933-34). Et selon le second, il faudrait « se demander s’il n’y a pas, dans  ses écrits sur Jünger, » — encore tout récemment inédits — «comme une ‘prophétie’ de Heidegger qui, sur un autre plan, accompagnerait celle de Hitler et sa réalisation. » Les trois derniers mots de cette citation ne sauraient, comme je l’ai fait, manquer d’être soulignés lorsqu’on sait, comme l’auteur l’a rappelé, que ladite « prophétie » de Hitler n’est  autre que celle énoncée dans son discours du 30 janvier 1939. Dans ce discours au Reichstag en effet, le Führer annonçait rien de moins que « l’anéantissement de la race juive en Europe » si une seconde guerre mondiale venait à se déclarer. Ledit « prophète » n’étant en l’occurrence pas désarmé a — faut-il encore le préciser ? — assez vite démontré  sa volonté de tenir sa promesse insensée. De sorte que voilà Heidegger ainsi accusé, non seulement de la Shoah mais, « ses écrits sur Jünger » se situant « sur un autre plan », de la poursuite en esprit de ce projet criminel jusqu’aujourd’hui. Jusqu’au jour, autrement dit, où le livre d’Emmanuel Faye en ayant éventé le dessein secret, le crime de pensée en quoi consisterait l’œuvre de Heidegger pourrait être résolument écarté. Ce qui, en l’espèce signifie : définitivement censuré.
 Aussi bien, n’est-ce à rien moins qu’à une sorte de solution finale de la question heideggerienne — son extirpation radicale du domaine de la pensée — qu’Emmanuel Faye nous invite à procéder. La quatrième instance de l’affaire Heidegger en serait ainsi la dernière, l’ultime instance : celle devant, à jamais, conjurer le germe du crime contre l’humanité que Heidegger aurait introduit au sein de la philosophie. Il n’y a pas à commenter plus avant ce projet délirant. Ce qui s’impose au contraire est maintenant de déterminer par quelle étrange méthode Emmanuel Faye essaie de nous persuader de l’adopter. Il apparaît alors que son livre est plus nuisible au philosophe dont il prétend illustrer la pensée qu’à celui qu’il s’efforce de censurer. Car notre auteur se réclame de Descartes, dont chacun sait avec quelle énergie couronnée de succès il s’est opposé à la recherche des causes occultes en tous domaines. Or voici que son autoproclamé champion confie aujourd’hui au plus grossier des occultismes le soin de conjurer l’extrême « dangerosité »— comme il dit— que représenterait Heidegger pour la philosophie. Dans les volumes de l’édition intégrale de Heidegger c’est, à l’instar du Da Vinci code, un véritable « code nazi » en effet qu’il nous invite à déceler : grâce à lui qui l’aurait décrypté. D’où ses récurrentes références à des sociétés ou ententes secrètes, à des discours ou des symboles communiquant entre eux en dessous du niveau du commun entendement, à des menées cachées de la part de Heidegger et de ses ésotériques alliés, j’en passe et des meilleures. De sorte qu’au final, pour qui préfèrerait évoquer Joyce que Dan Brown, c’est un « portrait de Heidegger en ‘nègre’ de Hitler » qui nous est livré. On pourrait aussi, il est vrai, par métaphore renvoyer au Nègre du ‘Narcisse’ de Conrad et plus brièvement intituler son Heidegger : « Le nègre de Hitler ».
 Mais bien évidemment si, dans sa conception, le livre d’Emmanuel Faye peut être apparenté au best-seller « danbrownien », tout l’oppose en revanche en matière de vérité aux œuvres de Joyce et de Conrad dont les titres viennent d’être évoqués. Car la méthode suivie, faite d’allusions, de digressions, d’amalgames et de confusions aboutirait — si sa grossièreté n’en prémunissait — à prêter à Heidegger lui-même la criminelle impensée dont lui seul au contraire nous aura délivrés. Fort heureusement la contre-vérité proposée peut être décelée, même par qui ne connaîtrait l’œuvre de Heidegger qu’au travers de ce qu’Emmanuel Faye lui en transmet. Il n’y a donc guère à s’inquiéter de ce côté. Ce qui importe est bien différent. Il consiste à devoir : d’abord, préciser de quel principe d’aberration résulte une aussi stupéfiante incrimination, et, ensuite, à lui opposer la juste façon d’appréhender ce que Heidegger nous a politiquement donné à penser.
 Comme toute construction délirante, le livre d’Emmanuel Faye obéit en effet à une logique aussi impérieuse que systématiquement égarante. Son principe directeur apparaît dans l’adverbe qui constitue le premier terme du sous-titre qu’il lui a donné: Autour des séminaires inédits de 1933-35. Car c’est bien effectivement autour et non sur la pensée de ces « inédits » que son délire est bâti. Encore faut-il préciser : autour d’un contresens préalable. Préalable et germinal. Le plus stupéfiant en son incrimination est qu’elle dérive d’un préjugé dont Heidegger justement nous aura permis de nous libérer. À savoir : le préjugé selon lequel le nazisme constituerait une pensée. Alors qu’il s’agit, avec lui, de la plus mortifère impensée que l’on puisse imaginer.  Pour peu en effet que l’on essaie d’en considérer « l’hypothèse première » — celle de race — celle-ci se défait aussitôt en une série de questions qui font voler en éclats sa prétention à fonder une « conception du monde ». Qu’il suffise ici d’en indiquer la plus initiale. Toute « race » s’étant constituée par génération sexuée dépend ainsi originellement d’un principe d’altérité dont l’histoire de l’humanité démontre l’indéfinie plasticité : dans l’espace aussi bien que dans le temps. — Comment imaginer par conséquent qu’une « race » puisse ordonner à sa propre pérennité le processus dont elle n’est qu’un moment particulier ? Comment autrement qu’en portant atteinte mortellement à ce dont elle n’est elle-même que l’effet ? Tout racisme apparaît ainsi miné par une contradiction qui, pouvant se manifester à divers niveaux d’irréflexion, se traduit par autant de différentes tentatives d’autodestruction. Est-il encore utile d’ajouter que le nazisme fut la plus furieuse d’entre elles ?
 Mais, s’il en va bien ainsi, la notion d’ « ennemi » n’a plus qu’une validité très limitée. L’ennemi se révèle comme étant celui dont nous devons demeurer, devenir ou redevenir l’ami. Car le maintien de la vie est à ce prix. Telle est aussi bien la leçon à devoir tirer du second des « séminaires inédits » autour desquels Emmanuel Faye a bâti son invraisemblable accusation. Dans le passage dont il nous offre, pp. 391-392, la double citation, Heidegger en effet, ainsi que l’ont consigné les deux étudiants dont les notes sont archivées, remet à sa place — tout à fait dérivée — la fameuse distinction ami-ennemi sur laquelle Carl Schmitt avait fondé sa conception de « l’essence de la politique ». Malheureusement, au lieu de s’interroger sur la signification de cette remise en question, Emmanuel Faye se hâte d’avancer que, contre Schmitt, Heidegger n’a su guère faire prévaloir que sa non moins fameuse « affirmation de soi » (Selbstbehauptung), proclamée déjà, dix-huit mois plus tôt, dans son « Discours du rectorat ». — Or, en se confiant au sens apparent du terme allemand, notre maître inquisiteur démontre n’avoir pas le moindre soupçon de compréhension  de ce que Heidegger entend désigner par le pronom « soi » (Selbst). Il ne s’agit pas en effet d’un individu ou d’une communauté en particulier, celle-ci fût-elle étendue à l’ensemble de l’humanité. Le soi — das Selbst — nomme, ce qui est bien différent, le point d’entrecroisement des quatre dimensions de « l’Être » tel  que Heidegger l’a redéfini : sous le terme d’Ereignis en allemand, et en français sous celui d’avenant. Les quatre dimensions de cette redéfinition étant la Terre, le Ciel, l’Humain et le Divin, on aperçoit combien la réduction nazie au sol et au sang (Blut und Boden) était loin de faire droit à ce que Heidegger proposait en tant qu’ « affirmation », non « de », mais du « soi » dans son « Discours du rectorat ». La mission de « l’Université allemande » n’était donc pas, à ses yeux, de faire valoir ses propres droits, mais de défendre et d’illustrer le droit premier de toute humanité qui est celui d’exister en vérité — cela, quelle qu’en soit la couleur, les usages ou « les valeurs ».
 Sans doute Emmanuel Faye aurait-il évité de s’y tromper s’il avait eu de l’œuvre de Heidegger une connaissance un peu, juste un peu, moins sommaire. Il lui aurait suffi en effet de confronter ce que Heidegger oppose à Schmitt dans ce « séminaire inédit » avec ce qu’il expose dans le cours suivant — l’Introduction à la métaphysique publiée il y a cinquante deux ans ! — pour qu’il découvre ce qui est demeuré, non honteusement « inédit », mais étonnamment inouï dans le concept de politique qu’il a osé alors proposer. À savoir, une politique n’ayant absolument rien à voir avec une lutte des hommes pour le pouvoir ; une politique consistant simplement en l’accord spontané de leurs diverses activités : une politique ayant donc pour unique condition que chacun n’obéisse qu’à sa propre vocation. Or, cela signifie que chacun doive combattre en lui tout ce qui en dévie. S’agissant de la philosophie, dont Pétrarque nous dit, qu’elle « va, pauvre et nue », on ne conçoit que trop aisément qu’Emmanuel Faye se soit détourné de son chemin heideggerien.— Quant à la façon dont il l’a fait, il reste à former le souhait que cela n’aille pas sans ses plus salutaires regrets.
           11 avril 2005                                              Henri Crétella 
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Le manuel de l’inquisition nouvelle
  
Une inquisition se reconnaît, principalement, à ces trois saisissants caractères : l’invraisemblance de ses imputations, la violence de ses procédés, et la portée définitive de ses arrêts. À ce triple égard, le Heidegger qu’Emmanuel Faye vient de publier mérite bien de figurer comme le manuel de cette Inquisition nouvelle qui a séculièrement supplanté, sans toutefois l’éliminer, son ecclésiastique aînée.
 Qu’on en juge en fonction des trois critères indiqués. Quant à l’imputation, Heidegger s’y trouve accusé, rien moins, que d’avoir commis : l’Introduction du nazisme dans la philosophie, ainsi que le titre du livre le spécifie. Ce qui signifie qu’il aurait fondé en  pensée le génocide des Juifs perpétré par les nazis : il aurait, autrement dit, non seulement par avance légitimé la Shoah,  mais sa philosophie continuerait jusqu’aujourd’hui d’avoir cet objectif comme visée. Jusqu’aujourd’hui ou, plutôt encore au delà, si nous n’y mettons pas le holà — comme Emmanuel Faye nous conjure de le faire, de la plus pressante manière. D’où l’extraordinaire brutalité de ses procédés : le plus violent étant le moins apparent. Il consiste en effet à ne pas vouloir lire l’auteur à condamner, à se refuser de prendre la moindre connaissance de la pensée à devoir  définitivement  excommunier. Ce qui pourrait sembler ne pas manquer d’une certaine cohérence avec l’accusation portée : comment consentir à étudier une œuvre dont l’objectif serait de promouvoir le plus horrible crime contre l’humanité jamais imaginé ? Mais encore faudrait-il, pour que la cohérence soit avérée, que le crime en question ait nécessité une pensée pour être perpétré.— Or qu’un crime puisse jamais être être associé à une pensée, cela justement constitue la supposition erronée sur laquelle notre manuel est édifié. La réfuter suffit, par conséquent, à l’invalider entièrement.
 Il y a en effet incompatibilité entre crime et pensée. Tuer suppose la volonté de ne pas penser à ce que l’on commet. Sans doute existe-t-il des crimes prémédités : et combien « savamment» ! Mais la préméditation en question est justement, comme le préfixe l’indique subtilement, ce qui précède et, en l’occurrence, exclut la méditation. Le passage à l’acte criminel est l’exact opposé de la décision de penser. Autant celle-ci suppose d’avoir une certaine sérénité – fût-elle « crispée » –, autant celui-là est-il, littéralement : dément. À l’origine du crime, il convient donc de placer : non une pensée, mais ce qu’il faut appeler une impensée, en donnant à cette expression le sens accentué de négation de la pensée.— Or tel est précisément le principal enseignement à devoir tirer du bref emballement subi par Heidegger au tout début de la période nazie.
 Loin de participer alors, si peu que ce soit, à la violence nazie, Heidegger en effet a cru pouvoir, en s’y engageant, « assainir et clarifier » un « mouvement » dans lequel il voyait une possibilité de renouvellement : non exclusivement celle du peuple allemand mais, avec lui, celle également de l’ensemble de l’Occident. Qu’il ait commencé à déchanter assez rapidement et — philosophiquement— fait beaucoup plus que « résister », cela peut désormais être établi avec toute la précision chronologique et documentaire exigible en la matière. Notamment grâce à la publication de l’édition intégrale de son œuvre de pensée. Encore faut-il que cette édition réglée « de dernière main » par Heidegger lui-même — la Gesamtausgabe : 102 volumes prévus dont plus des deux tiers parus —non seulement demeure disponible, mais surtout, continue d’être considérée comme digne d’être étudiée. Soit, pour être tout à fait précis, qu’elle puisse être analysée par les uns aussi loin qu’ils le pourront, et par les autres discutée ou critiquée autant qu’ils le voudront. Mais qu’elle ne soit pas vouée au pilori et avec elle tous ceux qui, à des degrés divers s’y seraient intéressés : fût-ce dans l’intention de s’y opposer.— Or, c’est là précisément  ce qu’Emmanuel Faye voudrait à tout prix empêcher : car il ne doit pas ignorer qu’une œuvre persuade d’autant plus de sa vérité qu’elle  est plus âprement discutée ou critiquée. D’où  la proscription fulminée dans son manuel d’inquisition. Il y édicte en effet, pour l’avenir – un avenir qui commence dès à présent – l’exclusion totale de l’œuvre de Heidegger des études philosophiques. Ce qui implique, quant au passé, de s’en remettre tout simplement à ce qu’il nous dit du « crime de pensée » que cette œuvre aurait constitué.
 Aurait-il voulu promouvoir une « novpensée », qui serait le digne pendant de la « novlangue » ironiquement analysée par Orwell dans 1984, qu’il n’aurait pas écrit un autre « roman ». Sauf qu’il n’y a dans celui-ci plus aucune trace d’ironie, mais, dogmatiquement asséné, le contresens le plus caractérisé. Le plus caractérisé et, par conséquent, le plus facile à redresser. À condition naturellement de pouvoir confronter l’œuvre originale à l’image inversée qui en est proposée.— Mais que vaudrait une inquisition si elle n’empêchait une telle confrontation ? Sa mission consiste, en effet, à dresser un barrage d’intimidation devant toute tentative de vérification. Et, en l’occurrence,  comment mieux parvenir à le faire qu’en présentant le modèle autoritaire d’une non-lecture de Heidegger ? Car il n’y a pas d’inquisition sans le bras spirituellement armé d’une autorité. L’Église l’exerçait dans le passé, mais a dû la céder aux médias depuis assez longtemps déjà. La presse, en particulier, a hérité en matière d’opinion de l’autorité qui reposait auparavant sur la religion. D’où l’importance de gagner les journaux à sa cause qu’Emmanuel Faye n’a, évidemment, pas manqué de considérer. Le proche avenir dira s’ils vont massivement lui emboîter le pas. Le feraient-ils cependant, que l’affaire ne serait pas pour autant réglée. Il appartient en effet aux lecteurs d’en décider. Comme ce fut le cas trois fois déjà dans le passé, ceux-ci feront la part de ce qui relève de la soumission à la facilité et de ce qui, à l’opposé, doit être inscrit au registre de la vérité.
 Le choix est effectivement le suivant. Soit faire droit à une œuvre d’une décisive portée pour la régénération de la pensée. Soit se soumettre à l’ahurissante version qu’Emmanuel Faye voudrait en imposer. Lire ou dé-lire, telle est donc la question. Ou bien affronter la légendaire difficulté d’une œuvre dont le simple volume a de quoi effrayer : environ vingt-cinq mille pages déjà publiées, et nettement plus de dix mille à venir dont on peut se douter qu’elles ne seront pas sans nouveauté. Ou bien employer une simple grille de rejet faite de deux principes croisés : antisémitisme et germanoracisme, aussi peu réfléchis qu’il le fallait pour pouvoir être inconsidérément appliqués. Rien de plus facile alors que de suivre l’exemple de notre manuel et de parvenir à une version personnelle du « code nazi » auquel le sens de l’œuvre a été réduit.
 Rien de plus facile en effet, mais à quel prix ? Le lecteur du manuel ne saurait guère tarder à vérifier que, sous le nom de Heidegger, c’est bien la liberté de penser qui, de nouveau, se trouve attaquée. La question est simplement de savoir jusqu’où il devra aller cette fois pour s’opposer à une opération de censure qui en est à sa quatrième agression désormais. Le caractère démesuré de cette dernière suffira-t-il à la déconsidérer, ou bien faudra-t-il envisager de dresser contre elle un manifeste en défense de la liberté intellectuelle ? Les deux éventualités méritent d’être considérées.
             18 avril 2005                                                   Henri Crétella
 
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Réplique à Robert Maggiori
Au sujet de son compte-rendu dans “Libération” du 5 mai 2005
 Cher Robert Maggiori,
 On pouvait craindre pire, le souvenir de votre “Heil Heidegger” ne pouvant s’effacer; mais on pouvait aussi espérer mieux: votre compte-rendu de la préface de Fédier aux “Écrits politiques” de Heidegger le laissait souhaiter. Votre sympathie, toutefois, pour les co-impliqués dans la condamnation de Faye, et les contraintes médiatiques, d’autre part, auxquelles vous ne pouvez échapper, vous ont jusqu’ici  empêché d’avoir un libre – personnel – accès à l’œuvre d’abord, et à « l’affaire Heidegger » ensuite. Vous ne pouvez donc à ce second sujet qu’osciller entre la plus désolante approbation de la condamnation – votre “Heil Heidegger!” pour le renommer – et une inconséquente approbation de la défense – votre recension de la préface de Fédier* – en passant par la position, non d’équilibre mais d’instable compromis qui est la vôtre aujourd’hui. Celle-ci ne saurait, ainsi, vous être beaucoup reprochée, étant donnée la situation dans laquelle vous êtes placé**. Mais force étant d’espérer, fût-ce en l’inespéré, il faut souhaiter que vous prendrez conscience assez tôt – et assez fort – de la menace que fait peser sur la liberté de penser une Inquisition, dont contradictoirement vous louez le « travail » – celui d’Emmanuel Faye – «  extrêmement sérieux, documenté » (sic !), mais ne manquez toutefois pas de pressentir la mortelle nocivité contre des œuvres, celle de Lévinas en particulier, qui doivent à Heidegger le meilleur de leur inspiration.
 Je vous rappelle donc ma –« nouvelle »– adresse au cas où… Car je ne saurais, pour ma part, me refuser à un dialogue auquel vous semblez penser qu’il faudrait en appeler et auquel je ne vois, quant à moi, aucune « impossibilité ».***
 5 mai 2005                         Henri Crétella
 
* En ce que vous dites aujourd’hui du livre qu’il publie – « Martin Heidegger – Le temps – Le monde » se mesure surtout combien vous avez encore changé sur le sujet. La question se pose même de savoir si vous avez pu lire le livre en question. Car, si vous l’aviez fait, il n’aurait pas manqué de vous apparaître que, loin d’être une simple « mise en contact de la pensée de Heidegger », les cours réunis dans ce volume proposent la première véritable compréhension de la pensée de l’existence et du monde selon la temporalité : non telle que Heidegger l’aurait exposée, mais telle qu’indépendamment de lui, Fédier y donne accès. De sorte que cet ouvrage est le plus probant témoignage que pour être « heideggérien », il faut, d’abord, se refuser  à être le disciple d’un auteur et d’un penseur – et non d’un « maître » – dont l’œuvre a étonnamment besoin que nous ne lui devions rien.
 ** Cela saurait d’autant moins vous être reproché que votre « compte-rendu », tel qu’il est, demeure le meilleur de ceux que j’ai lus jusqu’ici : et vous devez bien penser qu’il y a peu de risque qu’il m’en ait « beaucoup »  échappé.
 *** Parmi les « originalités » de Heidegger, une des moins rappelées jusqu’ici, se trouve être cette paradoxale pensée de « la possibilité de l’impossibilité », auquel seul l’inconnu que je suis ne manque jamais de se référer : c’est pourquoi j’ai placé le dernier mot de ce message entre guillemets. 
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                   Lettre au comité de rédaction de La Quinzaine littéraire
         Qu’est-il arrivé à La Quinzaine littéraire ? L’esprit de son trotskiste fondateur l’a-t-il à ce point déserté qu’on en vienne  à y  confier le sort de Heidegger et le soin de la philosophie aux plus inconscients représentants du stalinisme survivant ?  Sans doute s’agit-il d’un seul numéro, fût-ce le symbolique numéro 900. Mais si l’impression n’en était pas bientôt, de quelque façon démentie, il y aurait matière à se demander si l’on n’est pas en train d’y participer à ce fantasmatique transfert : des  « procès de Moscou » contre les « hitléro-trotskistes », au « procès de Paris » contre «  la clique » des suiveurs de ce « nègre du Führer » que, selon Emmanuel Faye, aurait été Heidegger. En vous souhaitant un moins funeste destin,
                 21 Mai 2005                                                  Henri Crétella
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Eric Solot
Lettre au Monde
Le Monde des livres du 25 mars 2005 présente en double page une série d’articles sur Martin Heidegger. La mise en page laisse aisément penser qu’il s’agit de multiples articles offrant une variété suffisante de points de vue pour se faire une idée équilibrée. Il n’en est rien. Les articles vont tous dans le même sens : décrier la figure de Heidegger.
Un article de Roger-Pol Droit (p.VI) dénigre à la fois l’homme et la pensée, puis termine sur l’avertissement suivant : ” Tant que des livres porteurs de thèmes nazis seront édités, traduits, enseignés et commentés sans avertissement, le retour du pire est possible “. Autrement dit, s’il est impossible d’interdire la lecture de l’œuvre de Heidegger, il faut au moins prévenir du risque d’empoisonnement que sa pensée distille insidieusement. Cette pensée est nazie : elle est celle d’un homme qui s’est inscrit au parti nazi en 1933 afin d’assumer son rôle au sein de l’action politique du Troisième Reich.
Un autre article de Roger Pol-Droit (p.VII) présente succinctement la vie de Martin Heidegger sous un angle qui le rend détestable. Le parti pris est grossier. Un exemple : “Il [Heidegger] travaille auprès de Husserl avant de se retourner contre son maître. En 1927, son premier grand livre, Être et temps, lui vaut une renommée mondiale”. Le but n’est-il pas de faire passer Heidegger pour un être déjà pire qu’ingrat présentant ainsi le profil d’une psychologie presque naturellement disposée au nazisme? En tête d’Être et temps, se trouvent pourtant les paroles suivantes: “A Edmund Husserl en témoignage de vénération et d’amitié”.
Les propos recueillis par Patrick Kéchichian (p.VII) modèrent un peu la tendance, mais placés entre la photographie de Heidegger qui porte l’insigne du parti nazi produisant un réflexe de dégoût et l’article de Jean Birnbaum, ils font pâle figure. Car l’article de Jean Birnbaum (p. VII) est tout aussi partisan. S’il présente quelques citations d’universitaires s’intéressant à Heidegger, c’est uniquement pour montrer que les heideggériens sont aussi dupes de l’homme que de sa pensée. Ils ne peuvent d’ailleurs sauver sa pensée qu’en la distinguant de l’homme lui-même. ” Sanctuariser l’œuvre écrite, coûte que coûte, pour la protéger des engagements vécus ; prendre soin des textes, sauvegarder les concepts, afin de les disculper de toute imprégnation nazie : tel fut longtemps, et tel demeure, donc, le cap tenu, au milieu des écueils, par maints heideggériens “.
La double page du Monde des livres veut donc discréditer Heidegger non seulement en tant qu’homme, mais aussi en tant qu’auteur d’une œuvre lue trop naïvement à leurs yeux. Les journalistes pensent que c’est l’homme engagé comme recteur de l’Université sous le régime nazi qui doit éclairer la lecture de son œuvre. Cet engagement est en effet, pour eux, la preuve suffisante d’une pensée essentiellement nazie qui, après la guerre, a continué de s’exercer sous des formes écrites savamment maquillées. L’homme étant essentiellement nazi, son œuvre ne peut que contenir, même à l’état larvé, les germes du nazisme. Le but est donc d’horrifier le lecteur pour que le doute du simple bon sens ne puisse plus s’exercer et que la lecture critique potentielle de l’œuvre de Heidegger soit rendue vaine d’emblée. Un texte lui tombe-t-il sous les yeux, tout lecteur novice doit être averti que le moindre aval donné à cette pensée sera le signe que la contamination a commencé de le gagner.
La prévention exacerbée des journalistes à l’égard de Heidegger peut s’expliquer par une connaissance sans doute réelle, mais épidermique, hypersensible, douloureuse de ce qu’est le nazisme et, du coup, un singulier manque de confiance dans les capacités d’un lecteur à juger par soi-même. Connaître pour de bon le nazisme n’est pas seulement pouvoir immédiatement flairer ce qui peut lui ressembler, mais aussi et surtout pouvoir en avérer explicitement l’essentiel. Or, l’étude de la pensée de Heidegger et, à partir de là, celle de son engagement contribuent mieux que toute autre à y arriver. Car s’il est effectivement possible que l’essence du nazisme se trouve là où on ne l’aurait jamais soupçonné, il est nécessaire de savoir expressément l’identifier. La pensée de Heidegger est certes difficile et dépaysante, mais son étrangeté ne peut épouvanter que ceux que la peur du nazisme étreint au point de leur faire indistinctement rejeter tout ce qui a l’air d’y ressembler. Mais une fois de plus, mieux que toute autre œuvre et que tout autre engagement, ceux de Heidegger aident à toujours mieux distinguer ce qui est nazi et ce qui ne l’est pas, parce que son engagement gravement erroné l’a poussé à devoir le penser.
Par exemple, dans Critique et soupçon, François Fédier identifie le caractère incommensurable de la Shoah grâce à la notion de nihilisme telle que Heidegger l’a élaborée. Son travail permet de distinguer le crime nazi de tous les autres; non seulement des massacres et pogroms antérieurs qui ne sont pas des crimes nihilistes, mais aussi des crimes du marxisme-léninisme qui, s’ils appartiennent au nihilisme également, ne sont pourtant pas encore ceux du nihilisme que Heidegger appelle achevé, c’est-à-dire arrivé à maturité.
Par conséquent, Le Monde, sur un sujet qui mérite pourtant la plus rigoureuse circonspection, fait preuve d’un tel manque de sérieux que le lecteur se demande s’il doit encore prendre ce quotidien pour un journal d’information, non certes impartial, mais honnête au moins et intelligent.
éric Solot
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  Pascal David
Lettre à Roger Pol-Droit
 
Faculté des Lettres et sciences sociales Victor segalen
 Brest le 29 mars 2005
à Monsieur Roger-Pol DROIT
copie à la rédaction du Monde des Livres
Monsieur,
 Vous écrivez dans “Le Monde des livres” du 25 mars dernier que Heidegger aurait soutenu “que ceux qui sont morts en masse ne sont pas vraiment morts”. La conférence de Brême de 1949 à laquelle vous vous référez ne dit rien de tel. Elle dit même tout le contraire. Heidegger y affirme (p. 56 du tome 79 de l’Édition intégrale de ses écrits), à propos de la « la détresse d’effroyables morts innombrables, en masse », qu’elles furent des ungestorbene Tode, à savoir (l’expression, difficilement traduisible en français, étant rendue ici par une périphrase) : « des morts auxquelles n’aura pas même été accordée la possibilité de (se) mourir. » À l’arrière-plan, il y a bien sûr toute l’analyse que fait Heidegger de l’ « être vers la mort » dans les §§ 47 à 53 d’Être et temps, dont vous semblez ignorer l’existence.
Non pas, donc, “pas vraiment morts”, comme vous l’écrivez entre autres insanités en agitant allègrement le spectre du négationnisme, mais morts par deux fois en quelque sorte, du fait d’une entreprise criminelle doublement mortifère. La lecture de Primo Levi, que je ne saurais trop vous conseiller, pourrait éclairer sur ce point votre lanterne.
Sans me prononcer sur le reste de votre article, de même farine, ni sur la campagne de diffamation ou, comme vous voudrez dire, le lynchage médiatique de Heidegger auquel vous vous livrez avec tant d’acharnement et tant d’ignare complaisance depuis tant d’années, au plus grand mépris de vos lecteurs comme de l’élémentaire vérité, je vous souhaite d’être capable d’une rétractation faute de laquelle votre diffamation ne mériterait décidément plus d’autre nom que celui d’abjection. 
Pascal David
Professeur de Philosophie
Université de Brest
 
NB : la phrase allemande, dans le texte que vous n’aurez sans doute le loisir de consulter, est la suivante : « Massenhafte Nöte zahlloser, grausig ungestorbener Tode überall… »
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François Fédier 
 Réflexions de l’“aveugle”
 
Dans le numéro 2112 (28 avril 2005) du “Nouvel Observateur”, sous la plume de Jérôme Garcin, je suis présenté, face au travail et à la personne de Heidegger, comme étant « toujours aveugle » – c’est-à-dire comme incapable de voir ce que révélerait le dernier livre d’Emmanuel Faye, à savoir que Heidegger aurait été en réalité le véritable inspirateur d’Hitler. L’auteur de ce livre va en effet (p. 243) jusqu’à proposer, comme hypothèse de recherches futures, l’idée proprement burlesque – pour qui connaît un tant soit peu Hitler, à défaut de connaître Heidegger – que le dernier aurait pu être le « nègre » (sic !) du premier !
J’avoue donc : tout comme l’enfant du conte d’Andersen Les habits neufs de l’empereur, je ne puis décidément pas me rendre à cette “évidence” que l’on cherche de nouveau en ce moment, aussi bien par la presse que par les ondes, à implanter dans l’esprit du public. Je dis, très calmement : ces “nouveaux habits” du philosophe, au moyens desquels on veut qu’il prenne l’allure d’une sorte de Dracula nazi, sont un tissu de mensonges, donc un leurre, et en réalité un leurre aussi factice que le tissage des deux escrocs du conte.
Il y a, cependant,  une différence entre le conte et notre histoire. Le conte ne fait qu’illustrer le très courant travers des hommes en société, celui de ne rien craindre tant que d’afficher des habitudes ou des opinions trop différentes de celles des voisins. Notre histoire a vu perpétrer, pendant le nazisme, un massacre de millions d’innocents. Depuis la fin de la seconde guerre mondiale a peu à peu émergé une prise de conscience face à la réalité de ce crime, et l’on assiste aujourd’hui à une heureuse unanimité dans sa condamnation.
Ce qui, avec la publication du livre d’E. Faye, fait question, c’est la manière de porter une accusation. On ne semble pas s’être assez penché sur le risque énorme que l’on court lorsqu’on accuse quelqu’un d’être criminel pour ainsi dire par simple contact, par contamination, ou comme dit Nietzsche par contiguïté. En accusant ainsi, on ne fait pas autrement que chez les nazis. Chez ces gens-là, notons-le bien et souvenons-nous en, désigner quelqu’un comme “juif” (tout comme identifier un “judéo-bolchevique”), ce n’est déjà plus porter une accusation, mais déjà avoir condamné à mort l’accusé.
Or que voyons-nous dans le livre dont il est question ? Nous y voyons mise en pratique la procédure des procureurs totalitaires, où l’on commence dès l’abord par mettre l’accusé au pilori, avant même d’examiner les charges qui pèsent éventuellement contre lui, et en éliminant soigneusement des attendus tout ce qui pourrait venir à sa décharge. Cette odieuse grimace de procédure est ici partout et sans cesse à l’œuvre. E. Faye manie ses “sources”, ses “références”, ses “citations” avec la dextérité du joueur de bonneteau (les demi-savants voient cette dextérité comme manifestation de sérieux, sinon même de scientificité). Il faudrait montrer cela page par page. Je me fais fort de pouvoir le faire pour chaque allégation mensongère ; mais avec cette première réplique je ne dispose pas assez de place. C’est pourquoi je ne prendrai qu’un seul exemple – mais cet exemple n’est absolument pas unique.
Je prends à dessein le passage du livre qui, semble-t-il, inquiète un certain nombre de gens de bonne foi. C’est celui où est “traité” le fameux “séminaire inédit” (Chapitre 5, pp. 188-203). L’auteur lui-même introduit ce chapitre par ces mots : « Nous abordons maintenant le texte central. » Il ne pourra donc pas me reprocher (à moi qui suis, chaque fois que mon nom ou mon travail est cité, marqué du qualificatif infâmant de “révisionniste”) de choisir quelque point de détail.
Qu’est-ce que ce texte ?
Je cite E. Faye (p. 187) : « Ce séminaire est généralement passé sous silence et sa publication ne semble pas prévue dans le programme d’édition de l’œuvre dite “intégrale”. » La formulation est visiblement destinée à éveiller les soupçons. Je n’insiste pas sur la grossièreté récurrente des insinuations concernant l’Edition intégrale, et ceux qui y travaillent. Un seul mot : la publication du tome 16, que nous devons à Hermann Heidegger, est un modèle d’honnêteté, que les propos diffamatoires d’E. Faye n’arriveront pas, malgré leur caractère répétitif, à mettre en doute chez tous ceux qui savent ce que c’est que le véritable travail d’établissement d’un texte.
E. Faye veut nous faire croire que la publication de ce séminaire serait réservée à cause de son contenu. Ce que je sais, quant à moi, c’est que la publication d’un séminaire, du simple fait que n’en reste généralement que des traces écrites par les participants au séminaire (et non le compte-rendu dactylographique de ce qui a été dit), pose une véritable question philologique : la somme des protocoles (après chaque séance de séminaire, en effet, l’un des participants est chargé de rédiger un protocole, autrement dit un compte-rendu de la séance) peut-elle être considérée comme un reflet fidèle du travail en son entier ?
Passons donc au contenu. C’est à la note 5 de la p. 188 qu’il faut d’abord prêter attention. Nous y apprenons que :
« le résumé anglais de Kisiel suit d’assez près le texte allemand, mais il est sélectif et donc incomplet. »
En haut de la même page 188, il est fait reproche à l’“édition « dite » intégrale” (c’est ainsi, afin évidemment de créer une association de réflexes conditionnés, qu’à peu près chaque fois qu’il est question d’elle, l’édition des textes de Heidegger est dénommée dans ce livre qui se prétend scientifique) d’être “sélective et partielle”. Manifestement, dans l’esprit d’E. Faye, il y a de bonnes sélections et de mauvaises sélections. Si nous regardons la bibliographie sélective de son livre, nous constatons qu’elle s’organise en cinq groupes : 1°) “Ouvrages cités de Heidegger” ; 2°) “Ouvrages d’autres (sic !) auteurs nationaux-socialistes et völkisch” ; 3°) “Études apologétiques et révisionnistes” ; 4°) “Ouvrages critiques sur Heidegger” ; 5°) “Autres ouvrages”. Les travaux de Theodore Kisiel sont mentionnés dans la section 4 – celle où sont pratiquées les “bonnes” sélections.
Le texte qui est donné à lire est donc un texte partiel : il comporte un résumé en anglais des trois dernières séances, et l’édition en allemand d’une partie du compte-rendu de la septième séance (également éditée par Theodore Kisiel – mais, précise la note 6 de la p. 188 : « non pas dans l’ordre du texte, mais répartis d’après trois questions formulées par l’auteur de l’article » .
« En outre, ajoute E. Faye, pp. 188-189, grâce à l’obligeance de plusieurs chercheurs [comme tout bon policier, E. Faye ne révèle pas l’identité de ses informateurs], nous avons eu accès à des transcriptions plus étendues du manuscrit conservé à Marbach, qui nous ont permis une étude plus complète des cinq dernières séances… »
Examinons à présent les textes que cite E. Faye, et tout spécialement ceux des séances où, pour notre pointilleux enquêteur, se révèlerait à nu le “nazisme” de Heidegger. Nous passons ainsi à la page 195, et à la conclusion de la sixième séance du séminaire :
« Mais étroitement apparenté à cela est un mot  comme “santé du peuple”, dans lequel de surcroît n’est plus ressenti que le lien avec l’unité du sang et de la souche, avec la race. »
Si le simple fait de prononcer, pendant le semestre d’hiver 33/34 les mots « sang », « souche » et « race » suffit pour jeter l’anathème sur un prévenu, la cause est entendue. C’est manifestement ce que pense E. Faye. Or ce que je remarque, c’est que cette option lui bouche les yeux, de sorte qu’il ne voit plus ce qui est écrit dans le texte même qu’il cite. À cet endroit de sa traduction, il ne comprend manifestement pas ce que dit son texte. Le texte, cité en note, dit en effet clairement :
« ein Wort wie “Volksgesundheit”, worin hinzukommend mitempfunden wird nur noch das Band der Bluts- und Stammeseinheit, der Rasse. »
[je révise la traduction, car “ein Wort”, ici, ne veut pas dire “un mot”, mais plutôt : une façon de parler ; quant à la suite du texte, elle n’est pas rendue par E. Faye dans sa clarté – est-ce la raison pour laquelle, de temps en temps, il répète que le style de Heidegger est confus ?] :
“dans cette locution qui parle de la « santé du peuple » s’ajoute bien quelque chose, mais où n’est entendu que le lien qu’est l’unité du sang et de la lignée, l’unité de la race.”
Ce que je comprends ici, moi, c’est que, dans un développement où il s’agit de mettre au point la notion de “peuple”, Heidegger prend appui sur des locutions dans lesquelles transparaissent certains aspects de ce qu’est un peuple. Avec la locution de « peuple en bonne santé » (car c’est cela que désigne la locution citée), ce qui passe au premier plan ce n’est que (clairement restrictif) l’unité du sang, de la lignée et de la race. Heidegger dit ainsi exactement que l’unité du sang, de la lignée et de la race n’est pas ce qui fait au premier chef un peuple, autrement dit : l’exact contraire de ce que E. Faye croit qu’il dit, et surtout le contraire de ce qu’il veut à tout prix faire passer pour l’interprétation correcte de la pensée de Heidegger. Mais rectifier un contresens, ce sera probablement encore un travail “révisionniste” !
Le texte que cite E. Faye continue. Le voici dans la version qu’il s’agit de faire passer pour ce qu’a dit Heidegger :
« Mais l’usage le plus étendu que nous faisons du peuple [qu’est-ce que cela veut dire ?], c’est lorsque par exemple nous parlons du « peuple en armes » ; car nous n’entendons pas seulement par là ceux qui reçoivent leur avis de mobilisation, et nous entendons aussi quelque chose d’autre que la simple somme de ceux qui appartiennent à l’État, nous entendons quelque chose qui représente un lien encore plus fort que la communauté de souche et de race, à savoir la nation, et cela signifie un mode d’être advenu sous un destin commun et formé à l’intérieur d’un État. »
Comme le texte allemand est cité par E. Faye dans la note 21 de la page 196, je ne le reproduis pas, mais en voici la traduction, telle que je la propose sereinement à l’examen de chacun :
« Mais nous employons le terme de “peuple” dans son acception la plus large quand nous parlons par exemple du “peuple en armes”, où nous n’entendons pas du tout par là seulement ceux qui reçoivent  leur convocation au service militaire, mais aussi quelque chose d’autre que la simple somme des citoyens de l’État, et pour tout dire quelque chose qui lie plus fortement encore que la communauté d’origine et la race : à savoir la nation, ce qui veut dire une modalité d’être qui s’est formée à partir d’un destin commun et qui a trouvé sa configuration au sein d’un État parvenu à son unité. »
Commentaire de E. Faye :
“Si  le mode d’être de la nation, dans l’unité d’un État, constitue un lien plus fort que le seul lien du sang et de la race, il est clair que, pour Heidegger, ce mode d’être continue d’englober l’unité supposée du sang et de la race et de prendre appui sur elle. À la lecture de ce séminaire, il n’est donc plus possible d’affirmer que Heidegger n’aurait pas été raciste.”
Où voit-il cela écrit ? Je ne le vois quant à moi nulle part. Ce que je vois, écrit noir sur blanc, dans un texte produit par l’accusateur public lui-même, c’est de nouveau exactement le contraire de ce que prétend E. Faye : quand on veut parler de “peuple” au sens exact, les critères de sang et de race ne suffisent plus ; quelque chose de beaucoup profond est nécessaire, à savoir l’engagement de défendre la patrie au péril de sa propre vie. Voilà qui peut nous sembler aujourd’hui un peu désuet, un peu “dépassé”. Mais cette conception est politique au plus haut point : le corps politique, à savoir la nation, n’est-il pas cette unité qui ne prend sens qu’à la condition, lorsque le sort de tous est en jeu, que chacun s’en reconnaisse, à sa place et dans son existence à lui, responsable vis-à-vis de tous les autres et comme eux ? Aussi Heidegger dit-il clairement que la citoyenneté n’est réelle que si les citoyens et l’État parviennent à former une unité – celle précisément qu’énonce une phrase du Discours de Rectorat, celle que vous chercherez en vain dans ce livre-leurre, où pendant 529 pages, de façon assez écœurante à force de malhonnêteté, E. Faye ne fait rien que crier haro sur Heidegger. Citer cette phrase, ç’aurait été mettre les lecteurs dans la situation, très périlleuse pour lui, de se demander s’ils ne sont pas en train d’être menés en bateau. La voici :
« Diriger implique en tout état de cause que ne soit jamais refusé à ceux qui suivent le libre usage de leur force. Or suivre comporte en soi la résistance. Cet antagonisme essentiel entre diriger et suivre, il n’est permis ni de l’atténuer, ni surtout de l’éteindre. » (Discours de rectorat, p. 109 de mon édition des Écrits politiques, Gallimard, Paris, 1995)
Les mots que j’ai traduit par les verbes “diriger” et “suivre”, ce sont les mots allemands “Führung” et “Gefolgschaft”. Ces mots, qui sont incontestablement des mots dont la rhétorique nazie a fait un usage aussi intensif que pervers, Heidegger leur donne dans cette phrase une signification irréductible à l’idéologie nazie. C’est pourquoi, il faut y regarder à deux fois quand on entreprend de traduire Heidegger.
E. Faye, quand il le rencontre, rend systématiquement le mot “Gefolgschaft” par notre mot “allégeance” (où nous entendons spontanément la pure et simple soumission). Y aurait-il encore un sens quelconque avec la phrase : “l’allégeance implique en soi la résistance” ? Heidegger dit, à l’inverse de toute soumission de principe, que l’attitude de ceux qui suivent des directives comporte en soi la possibilité de résister à ceux qui dirigent – ou mieux encore : qu’elle n’est véritablement possible que si résister lui est co-extensive, au point qu’entre ceux qui dirigent et ceux qui suivent les directives, règne cet “antagonisme essentiel” qui n’est autre que la lutte, le polémos d’Héraclite, où Faye voit (lui qui est extra-lucide) l’annonce, par Heidegger, d’une volonté de faire la guerre au monde entier.
Heidegger parle ainsi en 1933. Cela implique qu’il entend donner à des mots de la rhétorique nazie (mais il faut aussi remarquer et souligner que ces mots ne sont pas restreints au vocabulaire hitlérien) une interprétation tout autre que celle que le nazisme a fini par imposer. Qu’il ait échoué dans cette tentative ne fait aucun doute. Il l’a lui-même reconnu, et même bien avant que la guerre n’éclatât.
Dans la bibliographie du livre de E. Faye, la section 5, celle des “Autres ouvrages”, ne peut être confondue avec la section 3, celle des livres apologétiques et révisionnistes. Je vais donc citer un passage du texte de Georg Picht « Die Macht des Denkens » rangé par E. Faye dans cette section 5. Georg Picht était étudiant à Fribourg-en-Brisgau en 1933. C’est un témoin direct, qui, je le répète, n’est pas suspect, même aux yeux d’E. Faye, de jeter un éclairage révisionniste sur ce dont il a été témoin. Voici ce qu’écrit Georg Picht :
« Comment Heidegger se figurait la Révolution, c’est ce qui s’est clarifié pour moi lors d’un événement mémorable. Il avait été prescrit que soit organisée chaque mois, en vue de l’éducation politique, une conférence à laquelle tous les étudiants seraient astreints d’assister. Aucune salle de l’université n’étant assez grande, c’est la Salle Saint-Paul qui fut louée à cet effet. Pour prononcer la première conférence, Heidegger, qui était à l’époque recteur, invita le beau-frère de ma mère, Viktor von Weizsäcker. Tous les gens étaient perplexes, car chacun savait pertinemment que Weizsäcker n’était pas un nazi. Mais la décision de Heidegger avait force de loi. L’étudiant qu’il avait désigné comme chef du département de philosophie se sentit en devoir d’ouvrir la cérémonie en tenant un discours programmatique sur la révolution national-socialiste. Heidegger ne tarda guère à donner des signes d’impatience, puis il s’écria d’une voix forte, que l’irritation fit se fausser : « Nous n’écouterons pas un mot de plus de ce verbiage ! » Complètement effondré, l’étudiant disparut de l’estrade, plus tard il dut résigner sa charge. Quant à Viktor von Weizsäcker, il prononça une conférence impeccable sur sa philosophie de la médecine, dans laquelle il ne fut pas une seule fois question de national-socialisme, mais bien plutôt de Sigmund Freud. »
Si E. Faye avait lu ce texte, se serait-il mis à réfléchir sur l’entreprise à laquelle il s’est voué, ou bien l’aurait-il prestement rangé là où se trouvent mes propres livres, parmi les “études apologétiques et révisionnistes” ? Et pour revenir à moi-même : ne pas voir des nazis là où il n’y en a pas, cela peut-il s’appeler être “aveugle” ?
Paris, le 17 mai 2005
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***
Sens de l’entreprise ?
 
À un moment où l’on s’inquiète partout à juste titre de la perte des repères et de la fin des traditions, c’est avec soulagement voire même avec quelque réconfort que l’on voit un fils reprendre l’artisanat de son père. Le récent livre d’Emmanuel Faye administre la preuve qu’il est possible aujourd’hui encore de suivre fidèlement l’exemple de papa, et de continuer son fond de commerce, avec même l’espoir raisonnable d’en élargir les débouchés.
Ainsi, perpétuer un savoir-faire acquis pendant de longues années à diffamer l’œuvre ainsi que la personne de Heidegger, voilà ce qui ne risque pas de faire défaut en France, et dans un cadre qui a fait ses preuves : celui de la petite entreprise de famille.
L’étrange, toutefois, dans cette histoire à tous points de vue significative, c’est l’attitude d’un journal comme “Le Monde”, qui passe encore pour constituer en Europe une sorte de référence en matière d’information. Comment se fait-il que depuis tant d’années ce journal ouvre avec complaisance ses colonnes à cette petite entreprise de diffamation ? Par quel aveuglement s’explique qu’on n’y veut à aucun prix laisser examiner si les arguments de ceux qui mettent au jour le caractère diffamatoire des propos relayés par “Le Monde” sont recevables ou non ?
Il y a dans cette attitude quelque chose qui ne relève pas uniquement du légitime soutien aux petites entreprises en difficulté.
 
françois fédier
paris le 11 avril 2005
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Le scandale Heidegger 
Autour de la parution des Écrits politiques 1933-1966, de Martin Heidegger, traduits, annotés et préfacés par François Fédier aux éditions Gallimard, Paris, septembre 1995.
Entretien avec François Fédier
Entretien réalisé le 17 novembre 1995.
Corrigé par FF le 22 novembre 1995
   
Olivier Morel : François Fédier, vous avez bien connu Martin Heidegger, vous avez beaucoup écrit sur Heidegger et vous êtes aussi connu pour être l’un des plus constants défenseurs du philosophe. Une nouvelle polémique s’est donc déclenchée sur ce qui par le passé a été qualifié d’“Affaire” ou de “scandale” Heidegger et de manière inédite dans cette “nouvelle affaire”, le scandale tient plus à la lecture que vous en faite qu’à l’engagement en lui-même, à preuve la longue préface que vous lui consacrez dans ce volume des Écrits politiques récemment parus chez Gallimard. Cette longue préface intitulée “Revenir à plus de décence” semble avoir justement provoqué, choqué, indigné, bref toutes les réactions sauf la décence escomptée… A quoi l’attribuez-vous ? Ne vous semble-t-il pas — justement pour employer un des maîtres-mots heideggeriens — que l’accusation comme la disculpation de Heidegger traduisent et trahissent une réelle angoisse ?
François Fédier : Du côté de ce que vous appelez la “disculpation” — terme sur lequel il y aurait beaucoup à dire — je crois qu’il y a moins d’angoisse que de l’autre côté. Je ne me sens pas, pour ma part, spécialement angoissé par Heidegger. Que les réactions dont vous parliez continuent, est sans doute regrettable, bien que cela soit déjà en train de s’atténuer. J’ai l’impression que, comparées à ce qui s’est passé au moment de la sortie du livre ridicule de V. Farias, les réactions en ce moment sont nettement plus mesurées. Contrairement à ce que vous semblez avoir senti, je crois vraiment qu’on est en train d’aller vers plus de décence.
 O. M. : Vous écrivez (p 64) qu’il était impossible entre 1933 et 1935 de prévoir ce que seraient les crimes du nazisme…
  F. F. : …ce n’est pas moi qui dis cela, c’est un auteur allemand. Mais je pense aussi qu’il est impossible de prévoir à l’avance ce que seront les événements à venir. En 1933, on pouvait constater certaines manifestations criminelles. Ce qu’il faut se demander, au moins pour la question qui nous occupe, c’est : quelle a été l’attitude de Heidegger vis à vis de ces manifestations; j’en parle dans la préface. Mais dire qu’à partir de ces crimes-là on pouvait prévoir qu’allait s’en suivre une extermination massive d’innocents… je regrette infiniment, on ne peut le faire qu’à partir de systèmes de pensée malhonnêtes.
 O. M. : Cela dit, vous écrivez dans la même préface (p 86) que Heidegger se livre à un acte de “résistance” en acceptant d’assumer en 1933 les responsabilités de recteur de l’université de Fribourg en Brisgau : n’était-il pas au courant de la dimension totalitaire, antisémite voire criminelle de ce régime ?
  F. F. : Je pense qu’il percevait des potentialités – contre lesquelles précisément il pensait pouvoir à cette époque-là agir de la façon dont il a agi. Je signale un fait parfaitement avéré et que plus personne ne conteste à ma connaissance : Heidegger a interdit l’affichage du panneau contre les Juifs dans son université. Si vous voulez appeler cela une forme d’acquiescement à ces potentialités totalitaires, je vous en laisse la responsabilité.
  O. M. : Votre préface s’inscrit dans un contexte politique, actuel, celui de l’effondrement du bloc communiste. Vous savez que dans l’Allemagne des années 1985-1986 a éclaté la fameuse “querelle des historiens”, le “Historikerstreit”, où l’historien allemand Ernst Nolte a été accusé de replacer l’extermination dans la continuité de l’opposition au bolchevisme, où le nazisme aurait été une phase parmi d’autres. Pourriez-vous éclairer cet aspect de votre préface qui ne mentionne pas explicitement la querelle des historiens mais qui néanmoins se place politiquement dans ce contexte de la chute du mur ? Qu’est-ce que ce contexte apporte à la lecture du Heidegger politique ?
  F. F. : Sur ce point précis, qui me parait en effet très important, mon opinion est que si l’on réduit le travail de Nolte à l’idée que le national-socialisme ne s’explique que par le bolchevisme, et que deuxièmement cette explication revient à excuser en quelque façon que ce soit les crimes du nazisme, on ne rend pas honnêtement compte de ce travail : on le simplifie scandaleusement, et du même coup on schématise ce qui est complexe.  Le phénomène de la réaction disons “fasciste” puis “nationale-socialiste”, en Italie et en Allemagne, n’est pas, qu’on le veuille ou non, intégralement explicable si l’on fait abstraction de la révolution de 1917 en U.R.S.S. Que cela soit indéniable, c’est ce dont tout le monde commence à se rendre compte. Mais encore une fois, j’insiste : cela ne signifie pas du tout que le véritable responsable des crimes nazis soit le bolchevisme… Vouloir penser ainsi serait une tentative tellement grossière de blanchir le nazisme que personne d’honnête ne peut s’y arrêter.
  O. M. : Vous savez que dans ce problème l’un des enjeux n’est pas seulement que le bolchevisme serait l’un des responsables du nazisme. Ce à quoi l’on s’oppose, c’est à l’opération idéologique de relativiser la dimension criminelle du régime et notamment les persécutions dont ont été victimes les juifs. C’est la raison pour laquelle certains commentateurs ont employé le terme de “révisionnisme”.
Par ailleurs — sur cette question de l’extermination — vous êtes circonspect sur le fameux “silence” de Heidegger à ce sujet ?
  F. F. : L’entreprise d’Hitler n’est pas compréhensible, si on fait abstraction de l’élément de lutte à mort contre le système bolchevique. Si l’on veut faire abstraction de cet élément-là, on ne peut pas comprendre ce qui s’est passé dans l’Allemagne nazie. Bien entendu, le côté proprement dément de la pensée de Hitler est d’avoir amalgamé le bolchevisme et le prétendu “complot juif international”; c’est d’avoir interprété le bolchevisme d’un point de vue antisémite, c’est-à-dire en faisant du bolchevisme l’une des deux faces de ce “complot juif mondial”. Cet amalgame-là, qui constitue le noyau du délire  hitlérien, est la véritable cause de la “solution finale”. Dire cela, je ne vois pas en quoi c’est “relativiser” le crime nazi.
Deuxièmement, en ce qui concerne ce que l’on appelle le “silence” de Heidegger : rendez-vous compte qu’aujourd’hui, en 1995, nous avons encore tant de peine à dire aussi clairement qu’il le faut des choses aussi simples que ce que je viens de dire – à savoir qu’Hitler était au moins autant antibolchevique qu’antisémite, puisqu’il faisait des deux la même chose,  et que cela ne peut pas servir à relativiser les crimes  d’Hitler – rendez-vous compte qu’une grande quantité de gens n’arrivent toujours pas à comprendre cela… Essayez donc d’imaginer ce qui ce serait passé si Heidegger avait essayé d’expliquer cela en 1945 ! Il n’y a pas, à mon sens, de “silence de Heidegger” mais tout simplement : il n’a pas parlé dans le cadre qui est celui que notre époque considère comme le seul cadre où l’on puisse prendre la parole : les médias, les journaux, les télévisions. Il n’a pas parlé dans ce cadre. Est-ce que l’on peut décemment considérer que ne pas parler dans un cadre médiatique, cela revient à faire silence? Il y a chez Heidegger, concernant notre époque, une quantité de notations, après la guerre, qui vont au cœur de la question posée et qui par conséquent répondent. A nous de l’entendre !
 O. M. : Mais on parle là du silence dans sa dimension politique. Philosophiquement, il s’est trouvé des commentateurs pour dire qu’on ne trouvait rien dans la philosophie de Heidegger après 1945 qui soit une tentative de penser ce qui s’était produit à Auschwitz, alors que Auschwitz reste l’un des grands événements de ce siècle qui survient non seulement dans l’ordre de la pensée mais dans tous les domaines…
 F. F. : D’abord il faudrait peut-être se demander : quelle est l’autorité de ces commentateurs ? Je préférerais pour ma part que l’on prenne en considération le fait que tout le développement de la pensée de Heidegger concernant le nihilisme ne commence pas après le nazisme, mais a lieu publiquement dès1936, c’est-à-dire en plein nazisme. Mais je crois que nous n’avons pas répondu à la question que vous posiez tout à l’heure, celle de la “résistance”. Vous me disiez que je prétendais que Heidegger avait résisté. Or je ne prétend rien du tout. Ce que je fais, c’est constater que dans l’esquisse politique qu’il y a dans le Discours de rectorat, apparaît en toutes lettres le mot de “résistance”; et je demande : Est-ce que Heidegger a laissé échapper ce mot par inadvertance, ou bien   ne se rendait-il pas compte de ce qu’il disait ? Ou bien au contraire, est-ce un mot auquel il donne son plein sens ? Si ce mot a du sens, et si Heidegger l’écrit au moment où il prend en charge le rectorat, je demande que l’on se pose une question : que voulait-il dire, en 1933, en parlant de l’impératif, pour tout pouvoir, de laisser s’exprimer une résistance ? Je ne demande pas plus …
  O. M. : Alors d’où vient cette fascination, cette puissance de la pensée heideggerienne et cette passion qu’elle déclenche tant du point de vue de la pensée, que du point de vue politique ? N’y aurait-il pas pour être plus précis un point aveugle dans l’ensemble de la pensée de Heidegger, qui a à voir avec l’ensemble des systèmes de valeurs occidentaux, je pense en particulier à ce mot de nihilisme que vous avez prononcé, n’y a-t-il pas dans cette affaire Heidegger quelque chose qui comme Auschwitz arrive à la pensée, que la pensée n’arrive pas à penser ?
  F. F. : Tout cela est trop entremêlé… Je ne peux pas répondre en bloc…
 O. M. : D’où vient la puissance et la passion qui se déclenche autour de Heidegger, tant du point de vue de la pensée que du point de vue politique ?
  F. F. : Je n’ai pas de réponse dogmatique là-dessus, mais il me semble qu’il doit y avoir chez Heidegger quelque chose qui est très profondément au cœur des préoccupations et de la situation de notre époque…
  O. M. : … en quoi ?
  F. F. : Dans la mesure où c’est une pensée qui s’explique avec le nihilisme et qui d’abord s’y expose. N’oublions pas que la pensée de Heidegger à propos du nihilisme est quelque chose qui va… — là aussi je risque de choquer un certain nombre de gens, mais cela n’a pas d’importance — bien au-delà de la pensée du nihilisme chez Nietzsche. La façon dont Heidegger prend la question du nihilisme en fait véritablement non pas la tache aveugle, mais le foyer incandescent où se nouent toutes les questions décisives de notre temps. Ce foyer incandescent n’est pas seulement un centre de lumière; c’est un point brûlant, où se concentrent des énergies qui peuvent être épouvantablement dévastatrices.
  O. M. : La question corollaire était : n’y a-t-il pas dans la philosophie de Heidegger comme philosophie qui essaie de penser l’impensé, des éléments pour comprendre cet impensé absolu que serait la Shoah ?
  F. F. : Je ne pense pas que l’on puisse dire que la Shoah soit l’impensé absolu. Je dirais plutôt que la Shoah est une manifestation (une manifestation entièrement épouvantable) de l’impensé absolu. Il ne faut pas confondre les deux, ce qui ne signifie nullement, encore une fois, que l’on relativise ainsi l’épouvantable massacre qu’a été l’extermination. Comment vous dire ? La façon dont Heidegger entrevoit l’ensemble de l’histoire de la philosophie mène à une possibilité de comprendre ce qui d’une certaine façon, sous nos yeux, mais s’étant mis en route depuis pas mal de temps, a commencé à déraper de manière irrésistible. Quand on dit irrésistible, il faut immédiatement préciser que le travail d’une pensée comme celle de Heidegger vise précisément à résister à ce dérapage.
 O. M. : Quand vous parlez de ce “dérapage irrésistible”, vous parlez de la question de la technique, en particulier, pas seulement. Là encore le même problème se pose, l’approche de la question de la technique par Heidegger nous permet aussi de comprendre comment la technique a rendu possible l’extermination mécanique, machinale, technique, de millions d’individus, une extermination qui comprenait en elle-même la disparition du moyen de l’extermination. Est-ce que ce problème-là n’est pas aussi en germe dans la passion qui se déchaîne autour du silence de Heidegger ? Cette double occultation : la technique qui occulte jusqu’au fait qu’il y ait eu extermination, et l’occultation heideggerienne de Auschwitz…
 F. F. : Ce qui est tout à fait étrange dans votre formulation, c’est que vous semblez dire que l’homme qui essaie d’expliquer les raisons de l’occultation, c’est celui qui occulte la question…
  O. M. : …une précision donc : je ne parle pas de l’homme Heidegger mais bien de ce qu’on prête à Heidegger, je parle de la passion, de la fascination qui existe autour de Heidegger…
  F. F. : Permettez moi une remarque à propos du mot de “fascination”. Il faut être extrêmement prudent avec ce mot. “Fascination” est un mot qui décrit des phénomènes en rapport avec l’âge du monde dans lequel nous vivons. Le mot “fascination” et le mot “fascisme” sont apparentés, et ce n’est pas un hasard. Je me garde donc bien, en ce qui me concerne, de me laisser aller à la moindre fascination à l’égard de la pensée de Heidegger. Je pourrais même ajouter que si la pensée de Heidegger se met à exercer une fascination, j’y vois le signe assuré que l’on s’y prend très mal avec elle.
 O. M. : Donc qu’en est-il de cette double occultation : que la technique occulte jusqu’à l’extermination, et le fait qu’on prête à Heidegger, le fait d’avoir occulté la dimension de l’extermination, ce fameux silence ?
  F. F. : Mais il n’y a pas d’occultation chez Heidegger! Permettez-moi de signaler ce dont je m’étonne dans le texte Critique et soupçon, à présent publié dans Regarder voir (Les Belles Lettres, Paris, 1995). D’un côté, on prétend que Heidegger ne dit rien à propos de l’extermination, et l’on s’en scandalise; et quand, d’un autre côté, on produit un texte de Heidegger qui en parle, on trouve scandaleux ce qu’il en dit – avant même de se préoccuper du sens que pourrait avoir son propos. Rendons-nous d’abord une bonne fois compte de ce fait caractéristique : quand Heidegger parle de quoi que ce soit, il y a un déchaînement de passions hostiles.
 O. M. : … c’est ce que j’appelais la démesure du scandale. Quoi du point de vue allemand sur cette affaire, sur ce scandale, non seulement sur cette parution récente des Écrits politiques mais aussi sur l’Affaire Heidegger il y a huit ans ?
 F. F. : En ce qui concerne les Allemands et la façon dont ils se comportent par rapport à Heidegger, il y a évidemment un tout autre psychodrame qu’en France. En Allemagne s’est constitué tout un ensemble de barrières contre la pensée de Heidegger, et sur ce point j’aimerais dire quelque chose que je n’ai encore jamais dit. Je considère que l’Allemagne, depuis 1945, a suivi un parcours politique assez exemplaire, avec un souci de la démocratie tout à fait exceptionnel dans les pays européens. Par conséquent on ne me trouvera évidemment pas parmi les gens qui critiquent l’attitude politique générale des Allemands sur ce point. J’irais même jusqu’à dire que si, pour arriver à cela, le prix qu’ils avaient à payer était en particulier d’occulter la pensée de Heidegger, je m’en accommoderais volontiers. Car je crois qu’un jour ou l’autre les Allemands redécouvriront Heidegger, comme l’a dit le vieux Gadamer : “Heidegger nous reviendra par l’étranger”. Je crois qu’à un moment ils redécouvriront Heidegger. Si les Allemands restent ce “peuple du milieu”, comme disait Heidegger, alors sera venu pour eux aussi le temps d’un travail sérieux et porteur d’avenir.
 O.M. : Pour conclure j’aimerai que vous me disiez un mot sur la note 16 page 294 des Écrits politiques, qui concerne le fameux «Sieg Heil», qui dans l’écho médiatique français de ce livre à fait couler de l’encre : “Que veut dire «Sieg Heil»  ?” écrivez-vous. “Aujourd’hui l’expression «Ski Heil» s’emploie sans la moindre connotation politique, pour se souhaiter, entre randonneurs à ski, une bonne course. […] Dans la bouche de Heidegger, «Sieg Heil» exprime par conséquent le souhait que les ouvertures du discours de la paix trouvent chez les autres nations un écho favorable […]” J’ai envie de vous dire, avec un rien d’ironie bien sûr : n’y a-t-il pas là un peu d’indécence ?
 F. F. : Laissez-moi vous lire ce passage d’un livre que je ne connais que depuis hier, un livre de Vassili Axionov, qui s’appelle Une saga moscovite (Chap. 7, p. 121). Il s’agit du défilé pour le dixième anniversaire de la Révolution d’Octobre, donc 1927.  Parmi les innombrables délégations défile un régiment d’anciens combattants allemands qui brandissent leur poing fermé. Or que font ces prolétaires allemands, pour répondre aux saluts des spectateurs moscovites ? Je cite : “Sieg Heil! braillent les Allemands.” Je souligne encore une fois que c’est la délégation des prolétaires allemands qui criait “Sieg Heil!” Quand on me reproche aujourd’hui d’être indécent en disant qu’en 1933, “Sieg Heil” n’était pas une manière de parler absolument réservée au nazisme, je viens d’administrer la preuve qu’on a tort; c’est tout ce que j’ai à dire.
                                                           
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***
L’irréprochable
(paru dans STUDIA PHAENOMENOLOGICA. Romanian Journal for Phenomenology: Special issue 2003: Madalina Diaconu (ed.), Kunst und Wahrheit. Festschrift fur Walter Biemel zu seinem 85. Geburtstag, pp. 119-130)
 
                                                                                                                         S’ils se taisent, je me tairai…
Jean de Condé, trouvère (Fin du XIIIème siècle).
 
Pour rendre hommage comme il faut à Walter Biemel, je dois commencer par raconter comment, après avoir eu la chance de rencontrer Jean Beaufret, j’ai pu revenir des préjugés contre Heidegger dont j’avais été la consentante victime.
Un jeune étudiant en philosophie qui cherche à s’orienter dans ses études et dans le monde, se sert volontiers de repères simples, et d’abord du plus simple d’entre eux, le repère négatif  (la figure du “mauvais”), surtout s’il le partage avec le plus grand nombre. Dans le milieu intellectuel du début des années cinquante circulait déjà autour de Heidegger un bel ensemble de calomnies; j’en étais naturellement imbu, au point de nourrir à mon tour les soupçons les plus insidieux à son égard, ceux qui n’ont même plus besoin d’être formulés pour que s’entretienne une robuste antipathie.
Aujourd’hui, près de cinquante ans plus tard, les mêmes mécanismes continuent de fonctionner : une cabale hétéroclite veille à raviver régulièrement la plus grave des suspicions sur un homme et sur une pensée dont je prétends aujourd’hui pour ma part qu’ils sont l’un comme l’autre irréprochables. Je donnerai plus loin les raisons qui me conduisent au choix de ce terme, et l’acception exacte dans laquelle je le prends.
Avoir cru autrefois (je n’ose plus dire “en toute bonne foi”) à ce que j’entendais colporter sur le “cas Heidegger” m’oblige moins désormais à être indulgent vis-à-vis des victimes actuelles de ce battage, qu’à attirer avec toujours plus d’intransigeance leur attention sur le piège qui leur est tendu, et surtout sur ce qui motive la constance avec laquelle on persiste à le leur tendre.
Comment Jean Beaufret s’y prenait-il pour guérir ses élèves de leurs préventions à l’égard de Heidegger ? En les mettant simplement au contact direct des textes.
Je défie quiconque de lire sérieusement  Heidegger, et de pouvoir continuer à soutenir que ce qu’il vient de lire le lui rend suspect. Mais lire sérieusement, cela ne s’improvise pas, et demande un apprentissage. Le harcèlement contre Heidegger revient en fait à entretenir autour de sa pensée et de sa personne un halo de méfiance chargé d’inhiber par avance toute velléité d’observer à leur égard, ne serait-ce qu’en un premier temps, une simple attitude d’objectivité. Ainsi se forme une boucle aussi banale qu’efficace : la méfiance engendre un interdit, lequel renforce la méfiance.
Il suffit, je le répète, de se mettre sérieusement à l’étude de ce que Heidegger écrit pour voir la véritable fonction de ce cercle vicieux : servir de rideau de fumée – lequel cependant ne peut plus, une fois identifié comme tel, que se dissiper. C’est bien pourquoi l’effort principal des dénonciateurs vise à empêcher d’aller y regarder par soi-même.
C’est bien en le lisant que j’ai commencé à voir que, loin d’être un penseur sulfureux, Heidegger est probablement l’un des rares auprès desquels notre monde pourrait trouver à se sortir d’une impasse de péril extrême, où nous nous engageons, sinon, avec chaque jour moins de chances de réchapper.
Mais plus je lisais les textes de Heidegger, plus m’intriguait du même coup l’homme qui les avait écrits. Bien avant de le lire, je vivais déjà dans la conviction qu’une possible disparité entre l’élévation d’une œuvre et les carences de son auteur ne vaut que pour ce qui, somme toute, émerge à peine au-dessus de la médiocrité. J’étais donc profondément curieux de voir l’homme Martin Heidegger, et de le mesurer au considérable penseur que je découvrais peu à peu en m’étant mis à lire ses livres. C’est pourquoi, quand j’ai eu la possibilité de le rencontrer, j’ai observé cet homme avec tant d’attention.
J’ai vu Heidegger pour la première fois à l’occasion de la conférence qu’il était venu prononcer à l’université d’Aix-en-Provence fin mars 1958. Cette conférence, c’est le texte Hegel et les Grecs. Après la conférence, je lui ai été présenté par Jean Beaufret, et le lendemain en fin de matinée j’ai participé à un petit séminaire que Heidegger avait tenu à organiser avec quelques étudiants et enseignants, en écho à la conférence de la veille.
Ce qui m’a le plus frappé lors de ce premier contact, je m’en souviens bien, c’est un contraste étonnant, que j’ai souvent éprouvé par la suite et auquel je n’ai cessé de repenser depuis. Autant Heidegger était concentré, présent, rivé exclusivement à la pensée quand il était à son travail, autant c’était, dans la vie de tous les jours – pourvu que ce ne fût pas dans un cadre officiel ou mondain – un homme détendu et ouvert. Tandis qu’il s’avançait pour prendre la parole dans le grand amphithéâtre d’Aix, il était déjà à ce point pénétré, et j’oserai même dire : plein de ce qu’il s’apprêtait à lire qu’il donnait la très saisissante impression d’être physiquement plus massif et plus grand qu’il n’était en réalité. Ce dont je me rendis compte après la conférence, en le voyant face à face. Je suis moi-même de taille moyenne; or il était sensiblement plus petit que moi (plus petit même que Bonaparte ou Mozart, lesquels mesuraient 1 m 66). Assis, après la conférence, au fond du Café des “Deux Garçons”, il parlait avec la plus grande simplicité. Tout en l’écoutant, je remarquais sous une apparence de solidité ce qu’il avait  de physiquement fragile, par exemple l’extrême  finesse des attaches. Plus tard, j’ai pu constater que cela ne l’empêchait nullement d’entreprendre sur un rythme soutenu de longues marches tout au long des pentes de la Forêt-Noire.
Le séminaire du lendemain de la conférence est le premier auquel j’ai assisté. Ce qui m’y a tout autant surpris, c’est le comportement bienveillant de Heidegger. Il ne s’agissait pas pour lui d’imposer quoi que ce soit. Tout au contraire, il était d’emblée attentif à ce que disaient ou cherchaient à dire les participants; mieux encore : il était attentionné – d’une manière dont je n’avais jamais encore eu aucun exemple – comme s’il s’attendait à ce que le moindre des interlocuteurs pût apporter quelque clarté sur des questions qui lui demeuraient à lui-même encore obscures. Ce n’était évidemment pas une attention affectée.
Aussi me suis-je très vite mis en quête de témoins ayant connu et fréquenté Heidegger depuis de longues années. Je voulais apprendre d’eux si Heidegger avait changé d’attitude; car je m’imaginais que, plus jeune, cet homme devait être tout le contraire de celui que j’avais sous les yeux : un professeur cassant, peut-être même dur, prompt à rabrouer les moindres insuffisances de ses étudiants.
C’est ainsi que j’ai fait la connaissance de Walter Biemel – mais pas seulement de lui. Je ne voudrais pas oublier ici une femme exquise, Ingeborg Krummer-Schroth, qui avait assisté à tous les cours et séminaires de Heidegger depuis 1934. Je me souviens de sa réponse, lorsque je lui ai demandé si le Heidegger de la pleine maturité était un professeur intraitable. — “Qui a bien pu vous dire cela!” me dit-elle avec une expression de complet ébahissement. Et elle se mit à me raconter ses souvenirs d’étudiante – lesquels avec vingt-cinq ans d’intervalle venaient coïncider avec mes impressions toutes fraîches : même bienveillance, même écoute – de la part d’un homme qui par ailleurs écrit et pense sans la moindre compromission. Même bienveillance et même écoute, mais pas au détriment de l’autre aspect de Heidegger au travail avec ses étudiants, à savoir l’impressionnante capacité de ne pas perdre son fil, malgré l’absolue liberté laissée – que dis-je ? demandée aux interlocuteurs.
J’ai assisté, avec Jean Beaufret et Julien Hervier, au séminaire de Todtnauberg, en août 1962. Il était consacré au difficile texte Temps et Être. Puis, toujours désireux de pouvoir observer Heidegger au travail en séminaire, j’ai eu la joie de le voir accepter l’idée de venir en Provence. Ce furent les “Séminaires du Thor” – dont Hannah Arendt écrivit, dans une lettre envoyée à Heidegger peu d’années après : « J’ai enfin pu lire le Séminaire du Thor. En voilà un, de document extraordinaire! À tous points de vue. Et pour moi, d’une importance toute particulière : cela m’a tellement rappelé le temps de Marbourg, et toi comme maître, à ceci près que c’est maintenant toi aujourd’hui, au cœur de ta pensée d’aujourd’hui.»
Hannah Arendt a raison : avec Heidegger, il s’agit bien d’un maître. Mais pas du tout de ce que nous, français, appelons un “maître à penser”, quelqu’un chez qui l’on va chercher une doctrine toute faite pour enfin (espère-t-on) pouvoir s’orienter au milieu des difficultés inextricables de la vie. Avec Heidegger, pas de doctrine. C’est un maître au sens du maître d’école – de l’instituteur – celui chez qui l’on apprend les rudiments qui servent à apprendre tout le reste. Heidegger est un maître dans l’art d’apprendre, soi-même, à se poser les vraies questions : celles qui ne peuvent recevoir de réponse au sens habituel du mot, parce que les vraies questions vous ramènent à l’ultime précarité, où l’existence ne vous laisse plus comme issue que de déployer, quelle qu’elle soit, votre carrure. En cela il est effectivement maître – au vieux sens latin du magister, le symétrique inverse du minister. Autant ce que fait ce dernier est minime, de simple administration, autant le magister s’occupe d’accroître, d’augmenter. C’est toujours pour moi un sujet d’étonnement que de constater comment on ne cesse d’esquiver, en pensée comme en action, un thème pourtant constant chez Heidegger, celui de l’attitude à avoir vis-à-vis de ce que l’on cherche à comprendre . Ainsi peut-on lire, dans la transition qui va de la 7ème à la 8ème heure du Cours “Was heißt Denken ?” :
 
« Si nous voulons aller à la rencontre de ce qu’a pensé un philosophe, il nous faut agrandir encore ce qu’il y a de grand chez lui. (…) Si au contraire notre projet se limite à seulement vouloir porter contre lui des attaques, rien qu’en voulant cela, nous avons déjà amoindri ce qu’il y a de grand en lui.»
On reste loin du compte en limitant ce propos à n’être qu’une règle d’interprétation, ou de “lecture”. Ou plutôt, le prenant ainsi, on se fait une idée bien douillette de la lecture, que l’on entend alors comme une pêche d’informations, laquelle a donc intérêt à se faire le plus vite et le plus astucieusement possible. Heidegger a écrit en 1954 un petit texte qui s’intitule : Que demande “lire” ? (Édition intégrale, t. 13, p. 111) :
 
« Que demande “lire” ? Ce dont tout dépend, ce qui décide de tout quand il s’agit de lire, c’est le recueillement. Sur quoi le recueillement rassemble-t-il ? Sur ce qui est écrit, sur ce qui est dit par écrit. Lire, dans l’acception propre du terme, c’est se recueillir sur ce qui a déjà  fait, un jour, à notre insu, entrer notre être au sein du partage que nous adresse la parole – que nous ayons à  cœur d’y répondre, ou bien, n’y répondant pas, que nous lui fassions faux bond.
En l’absence de cette lecture, nous sommes du même coup hors d’état de pouvoir seulement voir ce qui nous regarde, c’est-à-dire d’envisager ce qui fait apparition en son éclat propre.»
Voilà qui jette quelque lumière sur la remarque en incise qui se trouve dans Le chemin de campagne, où il est question de Maître Eckhart, le “vieux maître de lecture et de vie”. L’une des nombreuses choses dont la lecture de Heidegger permet en effet non seulement de faire l’expérience, mais qu’elle permet aussi de penser, c’est l’unité dans laquelle vivre, quand c’est de vivre au sens le plus plein qu’il s’agit, est inséparable d’un savoir – quelle que soit la manière, spontanée et instinctive ou bien très subtile, dont il s’articule, mais où d’emblée l’art de vivre se déploie lui-même en vie de l’esprit. Comme le dit encore Hannah Arendt, dans une autre lettre à Heidegger : « Personne ne lit comme toi.»
Cela, je ne l’ai pas perçu dès l’abord dans toute sa redoutable simplicité, ni surtout dans sa portée proprement unitive. Je ne voyais pas encore en sa limpide lisibilité – pour recourir aux termes facilement rébarbatifs du jargon philosophique – que l’herméneutique est déjà en soi-même toute l’éthique (en langage de tous les jours : qu’on ne peut pas être à la fois un grand penseur et un individu par ailleurs douteux – ce qui, si je ne m’abuse, devrait avoir de quoi réveiller les cœurs les mieux endurcis).
On entrevoit peut-être ici pourquoi m’a attiré la tâche (apparemment étrange, même pour plus d’un ami proche) de faire entendre à mes contemporains que Heidegger n’est décidément pas ce que l’on nous présente encore aujourd’hui à peu près partout : ce personnage qui se serait criminellement compromis avec un régime criminel .
Voilà pourquoi je suis allé, dès la fin des années cinquante, interroger nombre d’anciens étudiants de Heidegger, et même quelques anciens collègues. Je me souviens du jour où j’ai rencontré le grand philologue Wolfgang Schadewaldt. C’était après la publication de l’article Trois attaques contre Heidegger dans la revue “Critique”. Dès qu’il m’eut identifié comme leur auteur, il manifesta à mon égard une particulière amabilité : « Tout ce que vous avez écrit là est vrai! ». Et il ajouta : « Si vous venez chez moi, à Tübingen, je vous montrerai d’autres documents qui vous permettront d’aller plus loin encore dans la défense de Heidegger.» Mais je devais, à ce moment déjà, assurer mon service au lycée, et cette invitation n’a pu se concrétiser. Même réaction de la part d’Emil Staiger, de Zurich. J’ai déjà parlé d’Ingeborg Krummer-Schroth. Par manque d’espace, il me faut aussi, hélas, passer sous silence ce que m’ont confié tant d’anciens étudiants. Mais je tiens à évoquer tout spécialement Walter Biemel.
C’est qu’il reste témoin des années d’enseignement de Heidegger au moment où le régime hitlérien entrait dans le paroxysme de sa criminalité. Walter Biemel est arrivé à Fribourg-en-Brisgau en mars 1942, et il a été étudiant de Heidegger jusqu’à l’été 1944. Par lui, au cours de longues conversations, j’ai pu me faire une idée précise de l’attitude du philosophe non seulement dans la “sphère privée”, mais encore comme professeur d’Université. Depuis, toutes ces confidences ont été rendues publiques dans plusieurs textes de Walter Biemel, malheureusement encore non-traduits dans notre langue. Mais il faut ajouter qu’on n’y a pas, en Allemagne non plus, prêté l’attention qu’ils méritent – pour la raison probable que, là-bas comme ici, ne plus pouvoir s’abriter derrière le fantasme d’un Heidegger suspect a priori rendrait obligatoire un certain nombre de révisions déchirantes – perspective assurément grosse d’angoisses diverses.
Ce que je cherchais, en interrogeant Walter Biemel, c’était à vérifier si mon intuition concernant le “caractère” de Heidegger correspondait à la vérité. On se souvient peut-être du mot de Sartre : “Heidegger n’a pas de caractère, voilà la vérité.” Travailler Heidegger m’avait déjà amené à fortement douter du sérieux de ce propos.
Avec Walter Biemel, témoin direct, j’étais en mesure d’apprendre si Heidegger avait vraiment “manqué de caractère” – et précisément à l’époque cruciale des années 1942-1944. Ce que m’a alors raconté Walter Biemel est venu corroborer ce que je pressentais. À l’université de Fribourg, me disait-il (et comme j’ai dit plus haut, il l’a publié depuis), Heidegger était le seul professeur qui ne commençait pas ses cours en faisant le salut hitlérien. Je me souviens lui avoir alors demandé : “Voulez-vous dire que les professeurs hostiles au régime, ceux qui allaient former, après l’effondrement du nazisme, la commission d’épuration de l’université devant laquelle Heidegger a été sommé de comparaître, faisaient, eux, le salut hitlérien au commencement de leurs cours ?” — “Évidemment! Seul Heidegger ne le faisait pas”, me répondit Walter Biemel en frappant la table du plat de la main .
Des années plus tard, peu après qu’eut été édité l’extravagant factum de Victor Farias (lequel – tel un pétrolier englouti qui continue de polluer les côtes – sert toujours de référence à la propagation des calomnies), j’ai dit un jour publiquement : “Heidegger n’était pas un héros”. Il me paraît en effet que ne pas faire le salut pourtant officiellement prescrit ne mérite pas à propremenr parler la qualification d’acte héroïque. À ma grande surprise – car je n’avais pas encore mesuré à quel degré de mauvaise foi pouvait conduire l’acharnement contre Heidegger – un détracteur falsifia mon propos, prétendant que j’avais dit : “Heidegger était un lâche”.
Jamais je n’aurai l’impudence de déclarer que ces collègues réellement hostiles au nazisme, mais qui observaient les prescriptions officielles, étaient des lâches. Ils étaient simplement prudents et conformistes. Heidegger – qui n’était donc pas un héros – n’a été à ce moment là (qui, je le répète, coïncide avec la période la plus maléfique du régime nazi) ni conformiste, ni prudent. Pour moi, c’est une preuve très éclatante de caractère.
Walter Biemel ne manquait pas d’attirer mon attention sur le fait tout aussi important que cette attitude courageuse de Heidegger étaient parfaitement comprise par les étudiants. Aussi me confia-t-il n’avoir pas été étonné outre mesure, lors de la première visite privée qu’il lui rendit à son domicile, de voir Heidegger se livrer à une critique en règle du régime nazi, “qu’il traitait de criminel”. C’était la première fois, ajouta-t-il, que j’entendais prononcer des propos aussi graves de la bouche d’un professeur d’Université.
Mais ce récit, pour moi, est décisif pour une autre raison encore. Je suis tombé, en effet, lors de mes investigations, sur un témoignage selon lequel Heidegger aurait employé dès 1935 le terme de “criminel” pour désigner le régime nazi. En droit, le témoignage d’un seul n’est pas recevable; aussi n’en ai-je jamais fait état – ce qui ne m’empêche nullement d’être persuadé, à titre personnel, que Heidegger pensait déjà ainsi deux ans  seulement après le pas de clerc qu’a été le fait de croire un temps que soutenir Hitler n’était pas inconciliable avec s’engager pour une véritable révolution.
 
 
J’ai dit en commençant que je regarde aujourd’hui Heidegger, aussi bien en tant qu’homme qu’en tant que philosophe, comme irréprochable. Le moment est venu de m’expliquer. Comme j’ai perdu tout espoir de ramener à la raison ceux qui se font une religion de “démasquer” (comme ils disent), tapi derrière la pensée de Heidegger,  un “archi-fascisme”  “néo-néolithique” (on croit rêver! – mais ces balivernes ont bel et bien été proférées dans un récent colloque de “spécialistes”, et sans provoquer l’hilarité), je m’adresse aux gens qui voudront bien examiner, chacun en son for intérieur, la portée et la pertinence des arguments que j’avance.
L’irréprochable, je l’entends de manière parfaitement univoque comme : ce à quoi l’on ne peut pas recevablement adresser de reproche. Je crois qu’irréprochable peut être entendu ainsi par tous.
Que reproche-t-on à Heidegger ? Toujours et encore, ce que l’on prend bien soin d’appeler son “adhésion au nazisme”. Or cette formulation est inadmissible – pour la raison claire qu’en bon français, “adhésion au nazisme”, cela signifie adhésion à l’idéologie raciale des nazis, laquelle implique : l’extermination des Juifs, la réduction en esclavage des “races” prétendues “inférieures”, et la création, par sélection des “meilleurs”, d’une race appelée à incarner l’humanité future.  Rien que dire : “l’adhésion de Heidegger au nazisme”, cela implique par conséquent – qu’on le veuille, ou bien que l’on ne s’en rende pas clairement compte – que Heidegger a donné son assentiment à cette idéologie criminelle.
Or je soutiens, ici en France, depuis près de quarante ans, que jamais Heidegger n’a “donné son assentiment au crime” – comme on peut encore le lire, écrit noir sur blanc, ou l’entendre déclarer avec impudence dans de nombreux congrès “philosophiques”. Et je continuerai à le redire tant qu’il faudra, non sans savoir que les preuves que j’avance, du seul fait qu’elles visent à établir que Heidegger n’a pas fait cela, sont des preuves indirectes. Or, par leur nature même, des preuves indirectes sont hors d’état d’établir positivement que quelqu’un n’a pas participé – ou même donné son assentiment – à un crime. Dans ces circonstances, lever tout à fait un soupçon est une tâche presque impossible à mener jusqu’à son complet aboutissement, vu le caractère indirect de la démonstration. Mais n’oublions pas par ailleurs que l’hostilité de l’opinion publique est systématiquement entretenue contre le soupçonné. C’est pourquoi il est si important de rappeler les raisons de cette louche hostilité. Il faut faire voir aux honnêtes gens comment les manœuvres des dénonciateurs visent à culpabiliser l’intérêt que l’on pourrait porter à l’œuvre de cet homme.
 
À présent, regardons de plus près. Si c’est bien une inacceptable calomnie que de parler d’une “adhésion de Heidegger au nazisme”, il n’en reste pas moins que le philosophe s’est engagé, pendant son Rectorat, en soutenant sans réserve plusieurs initiatives du nouveau régime. Je pèse mes mots, et ne dis pas : “en soutenant sans réserve le nouveau régime” – parce que, précisément, il ne soutient pas tout ce qui se fait avec l’arrivée au pouvoir du régime en question. L’une des premières mesures prise par le recteur Heidegger est un fait incontestable et très significatif par lui-même : interdire dans les locaux universitaires de Fribourg-en-Brisgau l’affichage du “Placard contre les Juifs” rédigé par les associations d’étudiants nationaux-socialistes (et qui sera affiché dans presque toutes les autres universités d’Allemagne). Ce fait indéniable (que les détracteurs de Heidegger, au mépris de la plus élémentaire honnêteté, passent sous silence, ou bien dont ils cherchent à minimiser la signification pourtant patente) permet, à mon sens, de se faire une idée plus claire des conditions dans lesquelles Heidegger  a cru pouvoir assumer la charge du rectorat.
Si l’on veut ne pas rester prisonnier des fantasmes, il faut partir de la situation telle que la juge Heidegger au moment où il choisit d’accepter d’être recteur.  À la fin de son Discours de Rectorat, Heidegger en parle – nous sommes le 27 mai 1933 – en usant de la formulation suivante :  aujourd’hui, «… alors que la force spirituelle de l’Occident fait défaut et que l’Occident craque de toutes ses jointures.» Ce qu’il faut bien noter ici, c’est que Heidegger ne limite pas son propos à la situation interne de l’Allemagne (laquelle, en ce début 1933, est pourtant catastrophique). Son diagnostic s’étend à l’ensemble du monde occidental, où il constate un phénomène sans précédent, qu’il est possible – à condition d’entendre le mot parler dans tout ce qu’il a de réellement inquiétant (“la machine terraquée détraquée”) – de nommer : détraquement. Il est plus qu’urgent pour tous d’y prêter la plus lucide des attentions. Car si l’on veut  garder une chance de n’y pas succomber, il faut faire face à ce détraquement, c’est-à-dire d’abord reconnaître ce qui s’y passe, afin d’apprendre comment s’en dégager. Voilà ce que j’ai nommé plus haut : engagement pour une véritable révolution. Heidegger, bien avant 1933, sait que le monde actuel ne peut plus faire l’économie d’une vraie révolution.
Ne confondons pas le diagnostic (le monde occidental s’est fourvoyé dans une impasse) avec ce que l’on nomme en Allemagne “Kulturpessimismus” – le “pessimisme relativement au processus général de civilisation”. Il n’y a en effet simplement pas de place, chez Heidegger, pour un pessimisme. Il s’agit au contraire, en convoquant toutes les forces capables d’affronter le péril (qui est dans doute encore plus pernicieux en notre début du XXIème siècle qu’il y a maintenant soixante-dix ans), de ne pas céder au découragement, mais de rendre son magistère à la pensée.
Aussi ne faut-il pas croire débilement que Heidegger ait vu en Hitler un “sauveur”, ou même un “homme providentiel”. Il n’éprouvait certes pas pour lui cette répulsion instinctive que nous ressentons quand nous voyons attaquer de front l’héritage de la Révolution française. Mais dès avant cette époque, Heidegger avait fait sienne une conception de la révolution selon laquelle la Révolution française n’a été, tout bien considéré, qu’une tentative avortée, exactement comme la révolution bolchevique de 1917 qui se voulait l’héritière de celle de 1789. N’oublions pas ce qui n’a cessé d’avoir un écho majeur chez lui, à savoir la profession de foi que prononce Hölderlin dans sa lettre du 10 janvier 1797 : « Je crois à une révolution des modes de conscience et de représentation qui fera honte à tout ce qui l’aura précédé.» Ce qui s’esquisse dans le propos du poète, nous en sommes aujourd’hui terriblement loin. Dans cet éloignement, le nazisme a incontestablement joué, quant à lui, un rôle particulièrement sinistre. C’est bien pourquoi nous trouble, sinon même nous révolte de voir Heidegger s’engager un temps aux côtés du dictateur qui incarne pour nous l’antithèse de la véritable révolution.
Il importe donc de bien prendre en vue le moment chronologique de cet engagement. Au tout début de l’année 1933 (et pendant plus d’un an), le pouvoir d’Hitler est bien loin d’être total. Les observateurs, dans le monde entier, se demandent s’il va durer plus de quelques mois. Heidegger, pendant ces quelques mois, examine ce que propose le nouveau chancelier. Ne rejetant pas tout par principe, il donne son assentiment à ce qu’il juge acceptable, tout en s’opposant sans fléchir à ce qu’il juge inadmissible. En regardant de la sorte cet engagement, nous pouvons du même coup y repérer par où il pèche : Heidegger n’a pas vu d’emblée que la nature totalitaire de l’hitlérisme allait  s’imposer irrésistiblement, et que de ce fait une distinction entre l’acceptable et l’inadmissible perdrait nécessairement toute pertinence, vu que, dans un totalitarisme, tout est proposé d’un seul tenant – plus exactement encore : vu que tout y est donné à approuver en bloc, de sorte que l’idée même d’y infléchir quoi que ce soit se révèle en fin de compte être chimérique.
Peut-on reprocher à Heidegger de ne pas s’en être aperçu d’emblée ? Pour être à même de répondre honnêtement, il faut préalablement s’être posé la question : ne pas comprendre d’emblée la nature fondamentalement totalitaire d’un régime, est-ce vouloir s’aveugler soi-même ?
Je viens de relater comment Heidegger s’était opposé à une initiative des étudiants nationaux-socialistes. N’est-ce pas clairement une tentative pour marquer une limite à ne pas franchir, une tentative qui permettait en même temps au recteur de tester la marge de liberté dont il disposait ?
Un autre fait, tout aussi incontestable et significatif, l’interdiction faite aux troupes nazies de procéder devant les locaux de l’université à l’“autodafé” des livres d’auteurs juifs ou marxistes peut (et dans mon esprit : elle doit) être, elle aussi, interprétée de la même manière, c’est-à-dire comme refus, par le recteur, de ce qu’il juge incompatible avec ce pour quoi il a accepté la charge du rectorat. Il se trouve que dans les premiers mois d’installation du nouveau régime, les hitlériens n’ont pas réagi à de tels refus comme ils le feront plus tard (c’est-à-dire par l’élimination pure et simple du récalcitrant). Ce qui pouvait amener ce dernier à penser qu’il n’était pas vain d’agir comme il le faisait.
 Mais à peine aura-t-il compris qu’avec ce type d’action il n’aboutissait à rien d’autre qu’à repousser les échéances, sans obtenir de véritables garanties d’indépendance, Heidegger démissionnera de son poste. Rappelons que cette démission, il la présente en février 1934, et qu’elle sera entérinée le 27 avril.
 
Il aura donc fallu environ neuf mois à Heidegger ( à peu près le même temps que mettra Bernanos, à Majorque, avant de saisir le vrai visage de la “Croisade” franquiste) pour comprendre que les possibilités de réussite de son action étaient épuisées. C’est vers cette époque (1934) qu’il note dans un carnet encore inédit : « Le national-socialisme est un principe barbare.» Nouvel indice venant à mes yeux corroborer le témoignage dont j’ai fait état plus haut, celui qui rapporte que Heidegger qualifiait dès 1935 le régime hitlérien de criminel. Mais pour pouvoir seulement en accepter la possibilité, il faut préalablement s’être rendu compte que croire à un Heidegger sans caractère, c’est se raconter des sornettes.
On peut encore vérifier ainsi, auprès de nombreux témoins, comme dans des textes aujourd’hui publiés, que Heidegger n’hésitait pas, dans des circonstances semi-publiques à déclarer sans ambages que sa tentative de rectorat avait été une complète erreur. Est-il encore possible, dans ces conditions, de reprocher à Heidegger d’avoir gardé le silence sur le caractère exécrable du nazisme ? Ne pas garder le silence, pendant que le régime déploie sa malfaisance, n’est-ce pas déjà une forme de résistance ?
Pour qui se met à l’étude sérieuse des Cours que Heidegger a professé de 1933 à 1944, il ne peut plus échapper ce que n’ont cessé de redire d’innombrables étudiants de cette période, à savoir qu’ils y entendaient clairement une critique du régime en place, au point qu’ils craignaient parfois de voir Heidegger arrêté par la police secrète d’État. Que cela ne soit pas arrivé atteste uniquement le mépris dans lequel les nazis tenaient tout ce qui restait limité à la sphère du monde universitaire, et n’avait donc pas de retentissement dans les masses.
Mais concernant la façon dont nous regardons cette forme de résistance, quelque chose d’essentiel ne doit pas nous échapper : l’opposition de Heidegger au national-socialisme ne se fonde pas sur une doctrine établie.  Elle ne s’appuie ni sur le marxisme ni sur le libéralisme. De ce fait, elle ne peut guère être comprise par ceux qui, pour s’opposer au nazisme, ont besoin de l’un et de l’autre comme normes d’opposition, et refusent dogmatiquement qu’il puisse y avoir ailleurs la moindre possibilité de véritable résistance.
Avoir pourtant flétri à sa manière le régime hitlérien depuis bien avant que ce dernier ne se trouvât en mauvaise posture, voilà ce qui me semble dispenser Heidegger d’avoir à manifester, après le danger, une sévérité d’autant plus appuyée qu’elle aurait été gardée secrète au moment où le régime était au faîte de sa puissance. Mais quant à nous, cela ne nous dispense nullement de l’effort que demande la compréhension d’une pensée s’opposant à ce régime de façon parfaitement originale – et, pour peu que l’on commence à en saisir l’originalité, avec une absolue radicalité.
 
Je n’ai pas encore parlé d’un ultime reproche que l’on fait à Heidegger, peut-être encore plus grave, parce que plus insidieux. Il n’a d’ailleurs été formulé en toutes lettres que par ses détracteurs les plus forcenés et obtus, tellement il est évidemment contraire à toute vraisemblance. C’est le reproche d’antisémitisme.
 Désormais, le style dans lequel on y accuse Heidegger est devenu lui-même assez enveloppé. C’est ainsi que dans l’hebdomadaire helvétique “Die Weltwoche” (n° 49, 8 décembre 1994, p. 31), on a pu lire un entretien avec Madame Jeanne Hersch où cette accusation gagne pour ainsi dire sa forme achevée.
Il ne fait pas de doute, dit Madame Hersch, qu’il n’y a jamais eu chez Heidegger d’attitude ou d’action antisémite au sens propre. Mais elle ajoute : « ce qui peut lui être reproché, c’est de n’avoir pas été assez anti-antisémite.»
Ce qui saute aux yeux dans cette phrase, c’est la manière naïve (tout à fait analogue aux dénégations puériles) dont le grief est maintenu coûte que coûte. Le prévenu n’est pas coupable du crime dont on l’accuse – il n’en est pas moins coupable, puisqu’il n’a pas assez combattu ce dont on ne peut l’accuser!
Que peut bien vouloir dire : ne pas être assez anti-antisémite ? Quand donc aura-t-on assez mené le bon combat, si l’on entend strictement l’ignominie qui consiste à condamner d’avance quelqu’un non pour ce qu’il aurait fait, mais pour ce qu’il est censé être ? La réponse est simple : quand personne ne portera plus accusation pour autre chose que ce qu’a fait un accusé – non pour ce qu’il n’a pas fait, ni même pour ce qu’il n’a pas assez fait. Tant que ce stade n’est pas atteint, il est clair que nous pouvons tous, en conscience, nous reprocher de n’avoir pas assez lutté.
 
Ces remarques mènent naturellement à dire un mot de la justice. Là aussi, la pensée révolutionnante de Hölderlin ouvre des aperçus auxquels notre temps est devenu obstinément sourd (à l’exception notable de Martin Heidegger qui s’est, lui au contraire, mis à son écoute pour entreprendre rien de moins qu’un autre départ pour penser).
Dans les Remarques sur Œdipe, écrites environ cinq ans après la lettre dont a été citée la phrase concernant la “révolution des modes de conscience et de représentation”, le poète parle du Roi Œdipe en son office de juge; et il note :
 
« Oedipe interprète la parole de l’oracle de manière trop infinie, pris dans la tentation d’aller  en direction du nefas.»
Ce que recouvre le mot “nefas”, Hölderlin l’explique quelques lignes plus bas. L’interdit – ce que les Dieux ne permettent pas – Œdipe le prononce (dit-il) « en ce qu’il fait porter soupçonneusement l’interprétation du commandement universel sur un cas particulier.»
La parole néfaste est celle qui n’observe pas la séparation entre le monde des hommes et le monde des Dieux. Elle est, en d’autres termes, cet égarement au sein de quoi un mortel outrepasse l’humaine condition en parlant comme seuls les Dieux ont droit de parler. Dans ces circonstances, la justice devient malédiction. Les Romains, maîtres en droit, le savaient aussi, eux qui disaient : Summum jus, summa injuria : la simple volonté d’être absolument juste déchaîne toutes les injustices.
L’office du juge est d’être juste. Mais être juste, ce n’est pas : être un juste. Le juste, selon une tradition vénérable, est celui qui empêche qu’un crime soit commis. Le juge, à la différence du juste, punit un crime commis. Les écueils de son office sont le risque de condamner un innocent et celui, non moins menaçant, d’acquitter un coupable. Le juste, quant à lui, contrecarre les machinations criminelles avant qu’elles ne passent à l’acte, selon un type d’opposition au crime qui, jamais, ne peut immédiatement prendre la forme d’une violence.
Le justicier, de l’autre côté, est aux antipodes du juste : il entend, comme il le dit si volontiers, “faire justice”, alors qu’en réalité il ne fait que tirer vengeance du crime, ce qui n’est jamais qu’ajouter injustice à l’injustice.
Avant de punir un criminel, bien avant, s’impose au juste l’inapparente besogne de protéger un être contre ce qui le menace criminellement. Qui se donne pour “mission” de punir passe vite sur les continuelles, peu gratifiantes, les humbles difficultés auxquelles doit faire face celui qui cherche à préserver la vie, ou même la dignité de son prochain.
 
Sans doute n’est-ce pas être un juste que de travailler comme le fait Heidegger, c’est-à-dire en consacrant toute sa force à faire surgir les conditions sous lesquelles il devient possible de véritablement penser.
Si je dis qu’il n’est pas un juste, je ne sous-entends toutefois en aucune façon qu’il se désintéresse de la justice, ou qu’il méprise ceux qui sont des justes. De même, quand je dis qu’il est irréprochable, je ne dis nullement qu’il serait parfait, et que tout chez lui est exemplaire et incriticable. Mais tant que des accusations mensongères continuent d’être portées contre lui, c’est un devoir de redresser les contrevérités et de dénoncer les calomnies. C’est même un double devoir, d’abord parce qu’il s’agit d’un homme que l’on a pris l’habitude détestable de présenter, au mépris de tous les faits avérés, comme indiscutablement déshonoré; ensuite parce que le travail de cet homme, travail peu accessible en apparence et, du coup, difficile à exposer dans les formes de la communication médiatique, donne trop aisément prise aux caricatures, sinon même aux défigurations. C’est pourquoi il faut rendre hommage à ceux qui, plus soucieux de vérité que de toute autre chose, n’ont pas cessé, comme Walter Biemel, de transmettre ce qu’ils ont appris de Martin Heidegger.
Un philosophe qui a entendu ce que dit Heidegger ne peut plus philosopher autrement qu’en vue d’apporter sa part – quelle qu’elle soit – à l’apparition des “nouveaux modes de conscience et de représentation” évoqués plus haut. Mais je ne dis pas que pour philosopher ainsi, il faille avoir rencontré Heidegger. Je ne le dis pas pour la simple raison que si Heidegger a pu emprunter son chemin, c’est qu’il en a reçu d’ailleurs (non pas “d’ailleurs que du monde”) l’injonction. Or cela : avoir à répondre de ce qui a fait entrer notre être au sein du partage que nous adresse la parole – tout être humain, en tant qu’être humain, en est aujourd’hui requis – d’une requête qui ne fait plus qu’un désormais avec la condition de l’homme moderne.
Paris
5 janvier-11 février 2003
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Entretien
sur les Ecrits politiques
Entretien publié dans le Magazine Littéraire
octobre 1995
 
Pourquoi avez-vous tant tardé à publier les Écrits politiques de Heidegger ?
J’aimerais d’abord faire remarquer que ce livre est la première publication où est présenté l’ensemble des textes qui jalonnent l’engagement politique de Heidegger en 1933, et son désengagement après la démission du Rectorat, au printemps 1934. Ai-je vraiment trop tardé à publier ce travail ? Je ne le crois pas, et pour deux raisons. La première est toute simple : j’aurais pu faire paraître ce livre après la mort du philosophe (1976) – mais je me disais qu’il ne fallait pas faire de ces textes le centre de l’intérêt qu’on peut porter à Heidegger. Car il faut avoir d’abord compris quelque chose à la pensée de Heidegger pour comprendre vraiment les Écrits politiques. La seconde raison nous est offerte par les événements historiques des six dernières années. Ce que nous appelons l’“implosion” du communisme va permettre, je crois, d’examiner bien des choses, et le “cas” de Heidegger en particulier, dans une perspective historique, et non plus d’abord politique. Un travail comme celui auquel se consacre François Furet dans Le passé d’une illusion, où il montre le mécanisme de l’hégémonie intellectuelle exercée par le marxisme-léninisme de 1917 à nos jours, un tel travail devrait grandement contribuer à nous libérer, singulièrement dans l’exercice de la critique historique, d’un certain nombre d’habitudes mentales qui ne facilitent pas un rapport objectif avec la réalité.
Mais je comprends aussi ceux qui m’ont dit, pendant toutes ces années, qu’il serait utile de disposer d’une édition sérieuse de ces textes de Heidegger – ne serait-ce que pour éviter de graves inexactitudes de citation. Un exemple surprenant d’un à peu près de ce genre, nous l’avons dans l’admirable Hitler et Staline d’Allan Bullock (un livre où se déploie une véritable perspective historique). Eh bien ! figurez-vous que, mentionnant l’engagement de Heidegger, le grand historien d’Oxford cite comme faisant partie du Discours de rectorat le trop fameux appel en faveur d’Hitler lors du référendum de novembre 1933.
Ce sont en effet deux textes bien distincts. Reste que Heidegger a pourtant bien appelé  à voter pour Hitler. Vous avez traduit de nombreuses œuvres du philosophe, et l’avez rencontré maintes fois. Sans doute vous soupçonnera-t-on de vouloir minimiser la netteté de son engagement.
Je ne veux rien minimiser – mais les erreurs, ou les fautes, gardons-nous d’en faire trop vite des absolus. Avoir soutenu Hitler, au moment et dans les circonstances où Heidegger l’a fait, n’est pas, à mes yeux, une faute absolue, pas plus d’ailleurs que le fait, pour d’autres, de s’être engagé, à une certaine époque et dans un contexte précis, aux côtés de staliniens.
Tenir compte des circonstances, c’est ce qui permet de ne pas tout placer sur le même plan. Ainsi, prendre soin de rappeler que dans le Discours de rectorat, il n’y a pas la moindre mention ni même allusion à Hitler (le contraire serait pour le coup lourdement significatif), c’est faire apparaître que Heidegger, pendant son année de rectorat, a cru pouvoir distinguer, au sein d’un processus de rénovation de l’Allemagne qu’il jugeait alors indispensable, entre deux ordres d’engagement : celui qui concerne le rôle qu’en tant qu’institution en charge du savoir, aurait à jouer l’Université dans la transformation de la société, et celui qui correspond à des décisions politiques concrètes sur l’intention desquelles Heidegger (avec tant d’autres) s’est trompé en pensant qu’elles allaient dans le bon sens.
Pourquoi votre présentation accorde-t-elle une telle importance à l’environnement historique ?
Pour permettre au lecteur de mieux comprendre – ce qui n’est pas excuser. Réfuter des accusations sans fondement, c’est au contraire en disculper celui à qui on les impute. Ainsi quand je rapporte que Jaspers (lequel n’avait,  sur ce point, aucune propension à l’indulgence) a formellement déclaré que Heidegger n’a jamais été antisémite, je fournis un document dont il faudrait tout de même tenir compte. Je peux ajouter que c’est loin d’être le seul. Il y a par exemple le témoignage du théologien et pédagogue Georg Picht, le mari de la grande claveciniste Edith Axenfeld, elle-même d’origine juive. Mais je sais que même l’accumulation des témoignages n’arrive guère à ébranler des convictions passionnées. Aussi je me surprenais quelques fois, en travaillant, à penser que je faisais exactement le travail inverse de celui d’un procureur comme Vychinski, l’homme qui disait : “Donnez-moi une seule ligne de n’importe qui, et je vous y trouverai de quoi le faire condamner”. Le temps des procureurs et inquisiteurs occupés à trouver coûte que coûte des raisons de condamner devrait être clos, du moins il faut l’espérer. Pour ma part, j’ai cherché, dans ce livre, à examiner si les raisons alléguées contre Heidegger étaient valables, donc si les accusations reposaient sur un fondement réel. Désormais, chaque lecteur des Écrits politiques pourra se faire une opinion en tenant compte de ce travail de critique.
Ne craignez-vous pas d’apparaître comme l’avocat de Heidegger ?
Je ne vois rien d’infamant dans la qualité d’avocat. Mais ce qui plaide le mieux pour Heidegger, c’est son œuvre, l’immense travail dont l’Édition intégrale permettra de mesurer l’ampleur (d’ici quelques mois, on va passer en Allemagne le cap des cinquante titres parus – soit la moitié des volumes annoncés). Cependant, du fait que son engagement est à peu près universellement, et non sans d’évidentes raisons, considéré comme une tache dans son existence, au point qu’en résulte chez beaucoup une suspicion à l’égard de sa pensée, j’ai voulu rendre accessible tout ce qui met désormais chacun en mesure de se faire une opinion raisonnée sur la question. À ce propos, j’attire l’attention sur l’importance d’un texte inédit jusqu’ici en français, la conférence La menace qui pèse sur la science, où dans un cercle restreint, mais suffisamment ouvert pour être un cercle public, Heidegger a reconnu que sa tentative de rectorat, en 1933-1934, avait été une erreur : “Sans contredit – une erreur, de quelque manière que l’on veuille prendre la chose”, dit-il en novembre 1937. Il n’a donc pas attendu qu’un terme ait été mis au règne d’Hitler, et que soient révélées l’ampleur inouïe de ses crimes, pour déclarer qu’il s’était fourvoyé en s’engageant comme recteur de son université – c’est-à-dire en essayant de prendre part en tant que responsable universitaire à une “révolution allemande”. La question est ici clairement : est-il licite de distinguer entre une “révolution allemande” et une “révolution nazie” ? Or en novembre 1937, Heidegger déclare publiquement que tenir, dès 1933, cette distinction pour possible, c’était se fourvoyer. Se fourvoyer, c’est perdre la direction dans laquelle on s’était engagé.
Il a dit cela en 1937. Mais ce qu’on lui reproche, c’est de ne pas l’avoir redit après la fin de la guerre.
Je ne peux vous dire que mon sentiment. Je crois qu’en 1945, Heidegger était non seulement prêt à s’expliquer, mais désireux de le faire. C’est là qu’est intervenu l’activité de la “Commission d’épuration de l’université de Fribourg-en-Brisgau”… À ce sujet, le livre contient assez de documents pour que chacun, encore une fois, puisse étudier ce qu’il en est, et apprécier.
Mais vous posez la question du “silence” qu’aurait observé Heidegger après 1945. En réalité, Heidegger n’a pas fait silence. Pour tous ceux qui ont la patience de lire et de méditer ce qu’il a publié après la guerre – et ce qu’il a écrit sans le publier aussitôt – le nombre et la richesse des propos qui s’efforcent de penser la terrible apparition du totalitarisme sautent aux yeux. La façon dont Heidegger approfondit la notion philosophique de nihilisme forme bien le cœur de cette pensée.  Ne confondons pas silence et surdité à ce qui est dit.
Quand on voit la persistance des attaques, on peut penser que cette surdité n’est pas sur le point de s’atténuer.
Je suis persuadé qu’avec le temps – à présent sans doute plus vite que nous ne croyons – les passions qui entourent le nom de Heidegger vont peu à peu se calmer et cesser d’altérer l’accès à la pensée véritable du philosophe. Ces passions tirent leur virulence surtout de la politisation extrême qui a remué le XXème siècle, dans un antagonisme où – comme l’écrit François Furet dans Le passé d’une illusion (p. 245) – “deux régimes totalitaires, identiques quant à leurs visées de pouvoir absolu sur des êtres déshumanisés, se présentent  chacun comme un recours contre les dangers que présente l’autre.” L’hitlérisme en effet s’est voulu l’antimarxisme le plus radical, comme le marxisme-léninisme a prétendu incarner le “combat antifasciste”. La disparition du “marxisme-léninisme” comme Parti-État, a rendu la Gauche entière légataire de ce combat. Il faut espérer que la Gauche n’hérite pas en même temps de la paranoïa qui couve toujours dans l’antifascisme stalinien, et fait qu’avec lui, la révolution dévore effectivement ses enfants. Nécessaire est aujourd’hui de quitter les antagonismes absolus. La tolérance vraie supporte parfaitement l’altérité, au point de se faire la garante d’une vraie existence en commun. Il faut arriver à savoir ce qui menace l’humain aujourd’hui, et non pas seulement hier.
Le risque n’est-il pas de laisser croire que vous voulez ainsi frauduleusement “tourner la page” ?
Séparer hier et aujourd’hui me semble être au contraire le plus sûr moyen de rendre justice en particulier à ce qu’il y a d’indépassablement positif dans la critique du “mode de production capitaliste” chez Marx et chez tous les révolutionnaires, à savoir qu’en dépit de tous les naufrages, cette critique prend sa source dans le souci intransigeant d’exiger sans cesse la justice sociale. N’oublions pas que le triomphe du libéralisme n’institue pas automatiquement les conditions d’une société juste.
Les textes de Heidegger que nous pouvons à présent lire, et qui permettent de suivre pas à pas les péripéties de son rectorat raté, mais aussi, à partir de 1934, les étapes d’un désengagement où mûrit son refus de tout système – y compris de tout système politique – ces textes ont à mon avis quelque chose à nous apprendre sur la situation historique où nous nous trouvons encore aujourd’hui.            
Voilà à quoi je pense, au moment où ce livre est présenté au public. Pourra-t-on espérer une vraie discussion, dans laquelle il ne s’agit pas de démasquer l’adversaire comme menteur, mais d’essayer d’y voir clair ?
 
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Fumée sans feu ?
 juillet 2001
Je me rappelle l’air songeur de Jean Beaufret racontant une soirée, vers 1934, où il avait entendu le fils du Capitaine Dreyfus faire, à une question certes embarrassante (le “conseiller Prince”, qui avait eu à connaître de l’affaire Stavisky, s’était-il suicidé ou bien avait-il été assassiné ?), la surprenante réponse : «Il n’y a pas de fumée sans feu.» Le fils d’un homme qui est devenu le symbole de l’innocent injustement condamné grâce aux basses-œuvres d’un groupe de faussaires et de calomniateurs; ce fils qui aurait dû avoir appris pour le restant de ses jours qu’il est possible de répandre des fables dans le but de tromper, Jean Beaufret ne l’avait pas oublié, et il s’est étonné jusqu’à la fin de sa vie de cette prodigieuse inconséquence.
 
Pour le 25ème anniversaire de la mort de Martin Heidegger, l’hebdomadaire “Die Zeit”, de Hambourg, n’a pas hésité à publier, dans son numéro 22 du 23 mai 2001, un article qui répand de telles fumées (qui n’ont pas manqué d’être reprises et amplifiées dans plusieurs organes de presse européens – “Libération”, puis “Le Monde”, à Paris, le “Corriere della Sera”, à Milan).
L’auteur de l’article entend montrer que Heidegger, pendant qu’il était recteur, se serait prononcé sans équivoque en faveur du racisme nazi.
Première “preuve”, une lettre, ainsi présentée (je traduis le texte de l’article) :
«Encore en avril 1934, il [Heidegger] écrit à Karlsruhe, en sa qualité de Recteur de l’Université de Fribourg, à “Monsieur le Ministre du culte, de l’éducation et de la justice” que “depuis des mois” il cherche pour “l’enseignement de l’hygiène raciale” une “personnalité compétente”, “dans le but de proposer au ministère [une fois cette personnalité recrutée] la création d’une chaire pour un chargé de cours en science des races et en génétique.»
Dans cette présentation, la lettre peut en effet être interprétée dans le sens où l’on veut qu’elle soit lue. Mais, avant même de demander si cette présentation est honnête, je dois, pour être parfaitement clair, demander si, aujourd’hui, on a encore le droit de se poser une autre question, préalable celle-ci, à savoir : s’agissant de Heidegger, est-il juste de partir du postulat que cet homme se soit irrémédiablement compromis avec le nazisme ? Cette question, je ne me lasserai pas, comme disait Voltaire, de la répéter jusqu’à ce que soit compris tout ce qu’elle implique.
Revenons à la “preuve”. L’auteur de l’article a omis de faire référence au début de la lettre. Qu’y apprenons-nous ? Que Heidegger écrit au Ministre pour demander que ne soit pas prorogée, pour le Professeur Nissle, la charge que ce dernier avait assumée provisoirement d’enseigner l’hygiène raciale.
Pourquoi ne pas citer ce début de lettre ? La réponse est simple : ce début obligerait à se poser quelques questions. Or c’est justement cela qu’il s’agit d’interdire par avance. L’information qui doit “passer”, c’est que Heidegger est démasqué. Il n’y a rien d’autre à voir. Circulez !
Qui était le Professeur Nissle ? Un hygiéniste et bactériologue, spécialiste des processus pathogéniques, auquel avait été attribué en outre l’enseignement de l’hygiène raciale. Cette dénomination, aujourd’hui encore, désigne en Allemagne ce qui, depuis le Congrès fondateur réuni à Londres en 1912, porte le nom de “science eugénique” (en domaine anglo-saxon “eugenics”). Le professeur Nissle, n’étant pas spécialiste en eugénique, avait demandé à ne plus être chargé de cet enseignement, ce qui lui avait été accordé.
Les “intellectuels” nazis donnaient à l’eugénique une importance idéologique décisive, la chargeant de fournir l’assise “scientifique” de la politique raciale du parti.   Dans l’Allemagne d’Hitler par conséquent la science eugénique, devenue “eugénisme” proprement dit, jouait le même rôle d’endoctrinement qu’en URSS le “Diamat” – c’est-à-dire le marxisme revu et corrigé par Staline en “matérialisme-dialectique”.
L’université de Fribourg, au moment où Heidegger, le 13 avril 1934, s’adresse au ministère de Karlsruhe, ne dispensait plus de cours d’eugénique. Ce que demande Heidegger au début de cette lettre, c’est que le Professeur Nissle continue à ne plus enseigner l’eugénique. Il faut comprendre que Heidegger, du seul fait qu’il demandait que l’on pérennise cette situation de non-enseignement, se plaçait de fait en position délicate face aux autorités nazies. C’est pourquoi il écrit la phrase sur laquelle l’auteur de l’article pointe son index accusateur :  “ depuis des mois, je cherche une personnalité capable d’assurer un enseignement dans ce domaine, dans le but, alors, de proposer au ministère la création d’une chaire pour un chargé de cours en science des races et en génétique.” Cette phrase peut être lue comme si Heidegger y révélait un réel souci de promouvoir cet enseignement. J’ajouterai même qu’au moment où elle était écrite, il fallait qu’elle soit lue ainsi. Ce que le lecteur d’aujourd’hui ne doit pourtant pas perdre de vue, c’est que s’il la lit ainsi, il l’interprète exactement comme Heidegger voulait qu’elle fût comprise par les fonctionnaires nazis, c’est-à-dire comme un engagement pour l’eugénisme et la science des races.
La réalité est exactement inverse. À mon tour d’en apporter une preuve :  la demande, au ministère, de créer une chaire, même pour un simple professeur chargé de cours, est une procédure qui (à l’époque, comme aujourd’hui) demande du temps. Loin de favoriser le recyclage de son université par introduction d’enseignements nouveaux, le recteur Heidegger engage une procédure dont il y a tout lieu de croire qu’elle n’aboutira pas avant au moins des mois. Si l’on ajoute que cette procédure implique en tout état de cause que c’est le recteur Heidegger qui entend juger la compétence de la personnalité à choisir, il n’est plus possible de lire cette lettre comme l’auteur de l’article veut qu’elle soit lue.
 
Passons à la seconde “preuve”. Je ne m’y attarderai pas autant, vu qu’elle procède de la même incapacité à prendre le recul nécessaire pour comprendre ce qui est dit; de sorte que je risque d’ennuyer les lecteurs en redisant, mais dans un autre contexte,  ce qui a été largement exposé au sujet de la première “preuve”.
 L’article de “Die Zeit” cite quelques phrases soigneusement détachées de leur contexte (c’est le moment de rappeler la fameuse déclaration d’Andréï Vychinski, l’accusateur public des procès de Moscou : “donnez-moi dix lignes de n’importe qui, et je le fais fusiller”).
Le texte incriminé, qui occupe un peu plus de deux pages  (pp. 150-152) dans le tome 16 de l’Édition Intégrale, reproduit une allocution prononcée au début août 1933 par Heidegger à l’occasion du cinquantenaire de l’Institut d’anatomie pathologique de l’Université de Fribourg. De quoi s’agit-il ? Heidegger expose devant ses collègues médecins ce que signifie pour leur science de prendre place au sein d’une époque. Heidegger distingue ainsi trois époques : celle de l’Antiquité grecque, celle du moyen-âge chrétien, celle du monde bourgeois – et il s’interroge sur la possibilité d’une nouvelle époque à venir.
L’auteur de l’article présente Heidegger se réfèrant à l’histoire de la médecine dans le but d’y chercher la justification d’une conduite criminelle à venir. Il ne recule en effet pas devant l’énormité – alors que rien de tel n’est même évoqué dans l’allocution – qui consiste à qualifier d’euthanatologique (sic!) le propos de Heidegger. Là encore la réalité est tout autre : Heidegger expose dans son texte ce qui a été nommé trente ans plus tard un “changement de paradigme” – phénomène dont aucun médecin, aujourd’hui, ne peut manquer de noter qu’il a d’immenses répercussions jusque dans sa pratique quotidienne.
Il est assurément indéniable qu’en août 1933, s’imaginer Hitler en homme politique capable de promouvoir une véritable révolution, c’est se tromper gravement. Mais passer sous silence que Heidegger est relativement vite revenu de son erreur, pour pouvoir supposer à cette erreur des motifs abjects, c’est non plus seulement se tromper, mais tromper l’opinion publique. La reductio ad Hitlerum dont parle si pertinemment Leo Strauss est bien la posture d’un accusateur public. Mais cette posture vire rapidement à l’imposture. Il suffit pour cela que l’accusateur parle de ce qu’il ne connaît pas. Car ainsi que le note Montaigne :  “Le vrai champ et sujet de l’imposture sont les choses inconnues.”
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Pour ouvrir un entretien
sur les Écrits politiques
de Martin Heidegger
Texte prononcé en avant-propos à un débat organisé, sur l’invitation de Didier Franck, le vendredi 8 mars 1996, à la Faculté de Philosophie de l’Université de Tours
            Tout d’abord, je tiens à remercier Didier Franck de m’avoir invité à parler devant vous ce matin des Écrits politiques de Heidegger.
            En fait, je voudrais commencer, en disant quelques mots de la façon dont j’aimerais que nous procédions. Car je n’ai pas envie de faire une conférence. Ce que j’aimerais, c’est que nous arrivions à lancer un vrai débat.
            Par débat, je n’entends pas un affrontement d’opinions opposées. Il faut que nous arrivions à dépasser dès le départ – avant même de commencer – le stade des affrontements, car l’affrontement est essentiellement stérile, d’une stérilité typique de tout ce qui ressortit à la guerre et à la polémique.
            Dans le livre Regarder voir qui a paru un peu avant les Écrits politiques, j’ai publié un essai, intitulé Critique et soupçon, où j’attire l’attention sur une idée très ancienne, celle de l’opposition irréductible entre l’exercice de l’esprit critique et toute forme de guerre. Il y a un temps pour la guerre – tout autre est le temps de l’esprit critique et de son véritable débat.
            Pour illustrer concrètement mon propos, je vais vous citer une phrase de l’article par lequel le journal “Le Monde” a rendu compte de mon édition des textes de Heidegger :
                «Malheureusement, les Écrits politiques contiennent également deux textes de François Fédier qui risquent d’égarer le lecteur non prévenu.»
            Il se trouve que le texte peut-être le plus connu de Descartes, à savoir l’énoncé des préceptes de la méthode commence ainsi :
            «Le premier était de ne recevoir jamais aucune chose pour vraie que je ne la connusse évidemment être telle : c’est-à-dire d’éviter soigneusement la précipitation et la prévention…»
            Descartes demande que chacun mette tout son soin à éviter la précipitation (se laisser trop vite aller à penser ce qui vient aussitôt à l’esprit) et la prévention (le fait d’être prévenu). Ce qui chez Descartes est la condition indispensable de tout accès possible à la vérité – ne pas être prévenu – devient, dans l’affrontement polémique des opinions, ce qu’il faut prévenir à tout prix, en prévenant le lecteur, c’est-à-dire en cherchant à orienter d’avance son jugement.
            Peut-il seulement y avoir un vrai débat, si nous ne faisons pas l’effort pour lever nos préventions, c’est-à-dire pour essayer, le plus loyalement que nous pourrons, d’entamer un débat – ce qui implique que nous quittions le terrain de l’affrontement, de la querelle, de l’hostilité ?
            Le siècle dont nous nous apprêtons à sortir comptera assurément parmi ceux où l’on se sera le plus impitoyablement affronté – et nous sommes à tel point marqués par l’esprit d’affrontement, que nous devrions faire tous nos efforts pour réfléchir sans cesse à l’immense désastre où cet esprit conduit inévitablement.
            Maintenant, nous efforcer de ne pas déraper dans l’affrontement, est-ce que cela doit signifier que nous allons, très prudemment, nous limiter à échanger des propos lénifiants ? Ce n’est pas du tout mon intention! Le débat que je souhaite, j’aimerais qu’il soit franc, qu’il aille au fond des questions – ne serait-ce que parce que son sujet est très grave. Il s’agit en effet de politique, et au premier chef de la politique de notre temps, qui s’est vue pervertir comme jamais elle ne l’avait été, quand elle a pris la forme évidemment monstrueuse du nazisme hitlérien.
            Afin de nous mettre bien en face du type d’enjeu que soulève notre débat, laissez-moi vous rapporter un fait troublant.
            À la suite de l’article du “Monde”, paru le 22 septembre 1995, le journal a reçu un volumineux courrier – dont quelques lettres m’ont été personnellement envoyées par leurs expéditeurs. Parmi ces derniers, se trouve un ami qui m’a fait part de la réaction de l’équipe rédactionnelle du journal à sa lettre. En un mot : cette réaction était surtout embarrassée, comme si, au sein même de la rédaction, se déroulaient des affrontements. Bref : deux mois après la parution de l’article qui mettait en garde les lecteurs non-prévenus, “Le Monde” a consacré plusieurs colonnes aux réactions des lecteurs ( numéro daté du 1er décembre 1995).
            Dans le “chapeau” qui précède les divers extraits de lettres, on peut lire ceci :
                «…nous avons reçu des lettres de lecteurs prenant la défense du penseur allemand, qu’ils considèrent comme injustement traité dans nos colonnes.
                Quelques unes de ces correspondances sont, pour la première fois dans une polémique qui dure depuis des années, ouvertement antisémites et néo-nazies et ne sauraient être reproduites.»
            Ici, permettez-moi de poser une question :
            Si depuis des années (depuis 1966, pour ma part), un certain nombre d’anciens proches de Heidegger ont dit et répété qu’il n’y avait rigoureusement rien d’antisémite chez Heidegger, pour quelle raison aujourd’hui le nom de Heidegger cristallise-t-il autour de lui des réflexes d’antisémitisme ?
            J’affirme qu’il y a une grande responsabilité, dans cette dérive désastreuse, chez tous ceux qui ont, inconsidérément ou non, porté contre Heidegger l’accusation calomnieuse d’antisémitisme. Car cette calomnie ne joue pas à sens unique : d’un côté, elle cherche bien à frapper d’interdit la personne et surtout la pensée de celui contre qui elle est portée – mais inversement, elle encourage dangereusement tous les automatismes morbides et tous les fantasmes des vrais antisémites. Entendant répéter que “le plus grand penseur du XXème siècle” est un antisémite, comment voulez-vous qu’un antisémite ne se sente pas conforté dans son fantasme ? Il est donc non seulement odieux de ne pas dire la vérité sur ce point : c’est de plus une aberration dont nous commençons à constater les conséquences inquiétantes.
            C’est pourquoi j’ai écrit et publié à plusieurs reprises – cela me paraît être une sorte de salutaire contre-feu – qu’à mon jugement, il est impossible qu’un antisémite ait pu être “le plus grand penseur du XXème siècle”. Il y a là ce que je m’obstinerai toujours à repousser comme étant une contradiction insurmontable. Et qu’on ne vienne pas chercher à l’atténuer en distinguant artificieusement entre deux sortes d’antisémitisme, l’un qui serait “vulgaire”, alors que l’autre passerait (je ne sais comment) pour un antisémitisme plus relevé. Il importe que nous comprenions dès le départ que l’antisémitisme est essentiellement une perversion de bas étage.
            L’exposé suffisant des raisons pour lesquelles il en est ainsi nous ferait sortir du cadre de l’entretien et du débat de ce matin. Je crois même que nous ne pourrions pas, dans ce cadre, poser avec assez de détermination la question : pourquoi y a-t-il contradiction entre l’antisémitisme et la pensée, telle que Heidegger enseigne à la pratiquer.
            Revenons donc à ce que nous pourrions tenter de faire ensemble. Et d’abord un mot sur la manière de nous y prendre. Pour aller vite au plus important : je me propose, quant à moi, de répondre aux questions qui vont être posées avec toute la franchise dont je serai capable. Et cela, sous votre contrôle. C’est pourquoi je vous demande de mettre à l’épreuve, c’est-à-dire de vérifier constamment cette prétention que j’affiche d’essayer de dire la vérité.
            Car le sujet est grave : au moins pour une part, il concerne en effet l’honneur d’un homme. Si vous m’avez lu, vous savez déjà que mon sentiment profond, c’est que le très malheureux et très lamentable échec de Heidegger dans son engagement politique, ne le déshonore pas. Nous pourrions essayer de voir aussi clairement que possible si ma conviction est légitime ou non.
            Mais j’aimerais que nous ne limitions pas le travail à ce thème. Plus important encore me paraît être quelque chose à quoi très peu de gens, jusqu’ici, ont porté attention : à savoir la réflexion politique qui est implicite aux prises de positions de Heidegger en 1933. Pourquoi Heidegger s’est-il engagé ? Que voyait-il de possible avec la prise de pouvoir d’Hitler ?
            Là encore, ma conviction est que la pensée, ou plutôt le “calcul” (au sens hölderlinien du terme) que faisait Heidegger à cette époque, est irréductible à du nazisme.
            Il faut aussitôt souligner que cette irréductibilité n’est pas une excuse. Rappelons-nous ce que disait Georges Bernanos à Genève, le 12 septembre 1946, dans sa communication aux “Rencontres internationales” qui s’intitule : L’esprit européen et le monde des machines (Pléiade, Essais et Écrits de combat, t. II, p. 1338) :  
     «J’affirme qu’il n’y a pas d’innocents parmi les dupes, qu’on ne saurait trouver de dupe totalement irresponsable de la duperie dont il est à la fois, presque toujours, dupe et complice…»
           
Ce que je pense, c’est que, imaginant une politique possible, là où il n’y avait en fait qu’une négation radicale de la politique, Heidegger n’est évidemment pas innocent ni irresponsable. Mais aussitôt, je reviens à nous autres qui, à juste titre, nous voulons aujourd’hui les juges du “cas Heidegger” – et je demande : ne sommes-nous pas, nous aussi, dupes – dupes de quelque chose qui n’est pas le nazisme, mais qui porte des traits effrayants, et que nous ne voulons pas voir – portant à notre tour une incontestable responsabilité face à son déploiement ?
            Encore une fois, je le souligne, cette remarque réflexive n’est pas faite pour détourner l’attention de Heidegger, mais pour nous demander une bonne fois : si, tant soit peu, nous nous trouvons dans une situation analogue à celle qu’a connue Heidegger, cela ne nous commande-t-il pas d’analyser la situation de Heidegger en ne nous dispensant d’aucun examen de conscience.
            Examen, d’abord, sur les conditions de la pensée, lorsqu’elle cherche à intervenir dans la politique, ou même simplement quand elle s’efforce de juger l’engagement politique. Ce jugement n’est-il pas rendu partial par nos propres engagements ? Si oui, n’y a-t-il vraiment aucun moyen de lever cette partialité ?
            Ce n’est pas par hasard que j’ai cité tout à l’heure Georges Bernanos. Il nous offre en effet un exemple à suivre : alors que son ascendance spirituelle l’inscrit au cœur de l’héritage de droite le plus hostile à la démocratie républicaine, Bernanos est sans doute le premier à s’être aussi complètement élevé contre la “croisade” antirépublicaine du franquisme. Il n’est donc pas vrai qu’il soit impossible de se guérir de ses préventions.
            Contre Heidegger les préventions politiques se ramènent uniformément à un préjugé, à ce point tenace et assimilé qu’à peu près tout le monde risque de se rebiffer à simplement l’entendre qualifier de préjugé. Je l’énonce : Heidegger se situe politiquement à droite. Or je dis que c’est un préjugé. Heidegger ne se situe pas politiquement à droite.
            Mais voilà qui ne doit pas être précipitamment traduit comme signifiant : Heidegger se situe politiquement à gauche. Ce que je veux dire, c’est que Heidegger  se situe politiquement d’une tout autre manière que selon notre cadre de référence quasi automatique. Dois-je ajouter qu’il ne s’agit pas non plus du schéma proto-fasciste “ni droite ni gauche” qu’a mis en évidence le travail de Sternhell ? Pas plus d’ailleurs de celui dont je parle dans ma préface, et qui est la “révolution conservative” allemande.
            Peut-être y a-t-il là matière à aller vraiment loin : en direction de ce qui n’est qu’esquissé très allusivement dans les “textes politiques” qui jalonnent l’engagement politique proprement dit, vu que Heidegger envisageait à l’évidence, comme sens précis de son engagement, un très long processus d’éducation, alors que la réalité du nazisme fut un seul mouvement de mobilisation accélérée – au sens le plus étroit du terme, c’est-à-dire une précipitation vers la guerre.
 
                                                                                  François Fédier
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Stéphane Zagdanski
Résistance spirituelle
(Extrait de Tricherie sur la substance, postface à Fini de rire)
Ce qu’on peut dire du rapport de Heidegger au nazisme l’a été en premier lieu par lui-même, dans sa lettre au Comité politique d’épuration, où il explicite, très nettement et avec une grande lucidité, les raisons philosophiques pour lesquelles il crut un temps en une possibilité de raffiner spirituellement les thèmes nazis. Cette candeur – qui n’est pas un crime – dura à peine quelques mois.
Il est bon de citer ici deux parties de cette longue lettre:
« J’étais opposé dès 1933-1934 à l’idéologie nazie, mais je croyais alors que, du point de vue spirituel, le mouvement pouvait être conduit sur une autre voie, et je tenais cette tentative pour conciliable avec l’ensemble des tendances sociales et politiques du mouvement. Je croyais qu’Hitler, après avoir pris en 1933 la responsabilité de l’ensemble du peuple, oserait se dégager du Parti et de sa doctrine et que le tout se rencontrerait sur le terrain d’une rénovation et d’un rassemblement en vue d’une responsabilité de l’Occident. Cette conviction fut une erreur que je reconnus à partir des événements du 30 juin 1934. J’étais bien intervenu en 1933 pour dire oui au national et au social (et non pas au nationalisme) et non aux fondements intellectuels et métaphysiques sur lesquelles reposait le biologisme de la doctrine du Parti, parce que le social et le national, tels que je les voyais, n’étaient pas essentiellement liés à une idéologie biologiste et raciste… 
Je n’ai jamais participé à une quelconque mesure antisémite; j’ai au contraire interdit en 1933, à l’université de Fribourg, les affiche antisémites des étudiants nazis ainsi que des manifestations visant un professeur juif. En ce qui me concerne je suis intervenu le plus souvent possible pour permettre à des étudiants juifs d’émigrer; mes recommandations leur ont énormément facilité l’accès à l’étranger. Prétendre qu’en ma qualité de recteur j’ai interdit à Husserl l’accès à l’université et à la bibliothèque, c’est là une calomnie particulièrement basse. Ma reconnaissance et ma vénération à l’égard de mon maître  Husserl n’ont jamais cessé. Mes travaux philosophiques se sont, sur bien des points, éloignés de sa position, de sorte que Husserl lui-même, dans son grand discours au Palais des Sports de Berlin en 1933, m’a publiquement attaqué. Déjà, longtemps avant 1933, nos relations amicales s’étaient relâchées. Lorsque parut en 1933 la première loi antisémite (qui nous effraya au plus haut point, moi et beaucoup d’autres sympathisants du mouvement nazi), mon épouse envoya à Mme Husserl un bouquet de fleurs et une lettre qui exprimait – en mon nom également – notre respect et notre reconnaissance inchangés, et condamnait également ces mesures d’exception à l’égard des Juifs. Lors d’une réédition d’Être et Temps, l’éditeur me fit savoir que cet ouvrage ne pourrait paraître que si l’on supprimait la dédicace à Husserl. J’ai donné mon accord pour cette suppression à la condition que la véritable dédicace dans le texte, page 38, demeurât inchangée. Lorsque Husserl mourut j’étais cloué au lit par une maladie. Certes après la guérison je n’ai pas écrit à Mme Husserl, ce qui fut sans doute une négligence; le mobile profond en était la honte douloureuse devant ce qui entre temps  – dépassant de loin la première loi – avait été fait contre les Juifs et dont nous fûmes les témoins impuissants. »
Voilà pour l’héroïsme privé.
Quant au public : dans une lettre  du 4 novembre 1945 au Rectorat académique, Heidegger a désigné ses cours sur Nietzsche, de 1936 à 1945, comme des exercices de « résistance spirituelle».
« En vérité on n’a pas le droit d’assimiler Nietzsche au national-socialisme, assimilation qu’interdisent déjà, abstraction faite de ce qui est fondamental, son hostilité à l’antisémitisme et son attitude positive à l’égard de la Russie. Mais, à un plus haut niveau, l’explication avec la métaphysique de Nietzsche est l’explication avec le nihilisme en tant qu’il se manifeste de façon toujours plus claire sous la forme politique du fascisme. »
Il faut ici à nouveau citer quelques passages de cette autre lettre cruciale, afin d’éclaircir un faux débat :
« Durant le premier semestre qui suivit ma démission je fis un cours de logique et traitais, sous le titre de “doctrine du logos”, de l’essence de la langue. Il s’agissait de montrer que la langue n’est pas l’expression d’une essence bio-raciale de l’homme, mais qu’au contraire l’essence de l’homme se fonde dans la langue comme effectivité fondamentale de l’esprit…
Aucun membre du corps professoral de l’université de Fribourg n’a jamais été autant diffamé que moi durant les années 1933-1934 dans les journaux et revues et, entre autres, dans la revue de la jeunesse hitlérienne, Volonté et puissance… 
À partir de 1938 il fut interdit de citer mon nom et de faire référence à mes écrits par des instructions secrètes données aux directeurs de publication. Je cite une directive de ce genre datant de 1940, qui me fut révélée confidentiellement par un de mes amis:
“L’essai de Heidegger, La doctrine platonicienne de la vérité, à paraître sous peu dans la revue berlinoise X. ne doit ni être commenté ni être cité. La collaboration de Heidegger à ce Numéro 2 de la Revue, qui est au demeurant tout à fait discutable, n’a pas à être mentionné.”…
 J’ai également montré publiquement mon attitude à l’égard du Parti en n’assistant pas à ses rassemblements, en ne portant pas ses insignes et en ne commençant pas les cours et conférences, dès 1934, par le soi-disant salut allemand…
Je ne me fais aucun mérite particulier de ma résistance spirituelle durant les onze dernières années. Toutefois si des affirmations grossières continuent à être avancées selon lesquelles de nombreux étudiants auraient été “entraînés” vers le “national-socialisme”, par ma présence au rectorat, la justice exige que l’on reconnaisse au moins qu’entre 1934 et 1944 des milliers d’étudiants ont été formés à une méditation sur les fondements métaphysiques de notre époque et que je leur ai ouvert les yeux sur le monde de l’esprit et sur ses grandes traditions dans l’histoire l’Occident. »
Plus récemment, la question a été traitée en tout bien tout honneur par des penseurs comme mes amis François Fédier et Bernard Sichère.
Sichère, dans Seul un Dieu peut encore nous sauver, Le nihilisme et son envers[1], écrit très calmement :
« La France n’aime pas sa propre histoire mais elle aime punir : d’où l’imbroglio tonitruant de l’“affaire Heidegger” plus de cinquante ans après les faits, dont la conséquence au plan de la pensée fut plus que minime, puisque presque aucun grand texte de Heidegger ne fut convoqué pour examen, et puisque presque aucune des questions qu’il eût été légitime de poser alors ne le fut. Par exemple : est-il vrai que l’un des plus grands philosophes de ce siècle fut nazi, et qu’est-ce que cela veut dire ? A-t-il toujours été nazi et si oui, pourquoi ses œuvres circulent-elles librement et font-elles régulièrement l’objet de thèses universitaires ? Sa responsabilité est-elle identique à celle, chez nous, d’un Brasillach ou d’un Céline, ou bien en diffère-t-elle et comment ? Heidegger a-t-il été l’intime d’un René Bousquet ? D’un Klaus Barbie ? Est-il responsable de crimes de guerre comme Kurt Waldheim ? A-t-il aidé de hauts responsables nazis comme l’appareil d’État américain à la fin de la guerre ? A-t-il soupé avec Goebbels comme Mme Leni Riefenstahl ? A-t-il publié des écrits antisémites comme tant de ces intellectuels français qui réussirent par la suite à les faire oublier ?
À ces dernières questions la réponse est aisée : elle est négative. »
Dans un texte intitulé L’irréprochable, écrit en 2003 pour un recueil en hommage à Walter Biemel, Fédier rappelle que Heidegger, aussitôt qu’il se rendit compte de l’erreur politique que constitua son acceptation du rectorat de Fribourg, se comporta en effet irréprochablement, de la seule façon qui vaille pour un génie de son envergure : en homme d’honneur. Ce que Fédier exprime sous la forme d’un axiome crucial – lequel constitue d’ailleurs le noyau même du judaïsme : « L’herméneutique est déjà toute l’éthique. »
Professant que l’étude de la Thora est le premier des commandements, la pensée juive pose en effet le principe d’une dimension éthique ployée au cœur de l’herméneutique. « Quiconque étudie la Thora la nuit est face-à-face avec la Présence », dit le Talmud. Ou encore : « Quiconque lit un verset biblique au bon moment attire le bonheur sur le monde. » « Si tu acquiers mérite par l’étude de la Thora », dit le Zohar, « chacune de ses lettres sera un ange qui te viendra en aide dans ce lieu /où les âmes sont châtiées/. La Thora, qui est appelée “chemin” ira jusque dans ce lieu pour qu’on n’ait pas pouvoir sur toi ; à ce propos il est dit : “Pour les guider sur le chemin…” (Ex. 13 :21). »
Fédier a connu et rencontré Walter Biemel, cet ancien étudiant de Heidegger à Fribourg de mars 1942 à l’été 1944. Publié en Allemagne dans un silence de plomb, le témoignage de Biemel confirme la solitaire singularité éthique de Heidegger. Celui-ci, assura Biemel à Fédier,  fut le seul professeur à ne jamais commencer ses cours en faisant le salut hitlérien. « Voulez-vous dire », lui demanda Fédier, « que les professeurs hostiles au régime, ceux qui allaient former, après l’effondrement du nazisme, la commission d’épuration de l’université devant laquelle Heidegger a été sommé de comparaître, faisaient, eux, le salut hitlérien au commencement de leurs cours ? – Évidemment ! Seul Heidegger ne le faisait pas. »
Durant son rectorat, rappelle encore Fédier, Heidegger interdit « aux troupes nazies de procéder devant les locaux de l’université à l’“autodafé” des livres d’auteurs juifs ou marxistes ». « L’une des première mesures prise par le recteur Heidegger est un fait incontestable et très significatif par lui-même : interdire dans les locaux universitaires de Fribourg-en-Brisgau l’affichage du “Placard contre les Juifs” rédigé par les associations d’étudiants nationaux-socialistes (et qui sera affiché dans presque toutes les autres universités d’Allemagne). »
Fédier révèle enfin l’existence d’un carnet inédit de 1934 (soit l’année de sa démission, après neuf mois de rectorat, le 27 avril 1934, démission due à son refus d’obéir aux injonctions du Parti nazi en révoquant certains professeurs anti-nazis) où Heidegger écrit : « Le national-socialisme est un principe barbare. »
« Je défie quiconque », écrit François Fédier, « de lire sérieusement Heidegger, et de pouvoir continuer à soutenir que ce qu’il vient de lire le lui rend suspect. »
Pour m’être mis à lire sérieusement Heidegger depuis quelques années, je ne puis que lui donner sérieusement raison.
*** 
Dans un texte daté du 15 novembre 1987, paru en janvier 1988 dans Le Nouvel Observateur, Emmanuel Lévinas évoque son indéfectible admiration pour Sein und Zeit tout en méditant sur l’attitude de Heidegger pendant la guerre et son « silence » ensuite, « comme un consentement à l’horrible ». « Que voulez-vous », conclut-il, « le diabolique donne à penser. »
« Le diabolique donne à penser » est une phrase profonde, imprégnée de réflexion talmudique. Le diable, incarnation du « mauvais penchant », est un personnage majeur dans le Talmud. Et en tant qu’il participe de la division (διαβολή), il donne en effet beaucoup à penser. C’est précisément parce qu’il possède ce don – celui de donner à penser – qu’il est en mesure de négocier avec Dieu lui-même aux premières pages du livre de Job.
La conclusion de Lévinas ne signifie évidemment pas que la  méchanceté de Heidegger le laisserait songeur. Voici ce qu’il écrit en conclusion de son intervention :
« Quant à la vigueur intellectuelle de Sein und Zeit, il n’est pas possible de lui ménager l’admiration dans toute l’œuvre immense qui a suivi ce livre extraordinaire de 1926. Sa souveraine fermeté la marque sans cesse. Peut-on pourtant être assuré que le Mal n’y a jamais trouvé écho ? Le diabolique ne se contente pas de la condition de malin que la sagesse populaire lui prête et dont les malices, toutes ruses, sont usées et prévisibles dans une culture adulte. Le diabolique est intelligent. Il s’infiltre où il veut. Pour le refuser, il faut d’abord le réfuter. Il faut un effort intellectuel pour le reconnaître. Qui peut s’en vanter ? Que voulez-vous, le diabolique donne à penser. »
On remarquera comme Lévinas est subtilement nuancé. Il pose la question du Mal sans donner d’emblée la réponse. Puis il pose celle, cruciale, de savoir qui  peut se targuer d’avoir pensé le diable.
Le diabolique, associé à l’attitude de Heidegger au début du règne nazi, qualifie assez bien la tentation de l’impatience – par ailleurs banale sous la forme méprisable de l’ambition sociale – qui saisit le philosophe dans sa volonté de réforme de l’Université et de la société allemandes, dans sa précipitation à participer au courant prétendument révolutionnaire du nazisme naissant en acceptant le rectorat, dont il démissionnera neuf mois plus tard, acte parfaitement solitaire au sein de l’Université allemande, et qui n’est évidemment pas dénué de sens.
Bernard Sichère insiste sur le vocabulaire employé par Heidegger durant ces temps d’assentiment au régime nazi : « risque », « urgence », « destin », « peuple », « esprit », « direction » et « soumission ». Sichère  commente :
« Certains de ces mots viennent du dehors, de ce dehors qu’est la langue de fond de l’époque. D’autres, comme Geschick et Geist appartiennent à la langue des philosophes, à la langue de Heidegger, et c’est bien là qu’a lieu la conjonction calamiteuse, en ce point de croisement imprévisible entre la langue de fond de Sein und Zeit et la langue de fond hitlérienne. »
Parmi le vocabulaire non philosophique, « risque » et « urgence » relèvent de l’impatience, « direction » et « soumission » de la domination. Cette langue de fond est aussi celle du diable.
Et pourtant, si quelqu’un a su rédimer l’imposture de son impatience, la brusquerie de sa si succinte ambition par la patience de sa sapience, c’est bien Heidegger dont toute la vie après guerre fut engagée dans une résignation stoïque face aux indignations, aux colères, aux calomnies, aux scandales et aux ragots qui exultaient autour de son œuvre, qu’il se contenta de protéger par un éminent silence – où la honte de s’être brièvement égaré n’est d’ailleurs pas à négliger[2]. 
L’impatience en soi est diabolique parce qu’elle éloigne de la pensée. En ce sens elle s’associe paradoxalement à la lenteur. Ce n’est d’ailleurs pas le diable mais le « diabolique » qui donne à penser, et dans ce don (à condition de le recevoir), le diable lui-même se retire. Ce que le Talmud explicite à sa manière, comique et lucide, dans diverses petites anecdotes concernant Satan: 
« R. Akiba avait coutume de se moquer du péché. Un jour Satan lui apparut sous les traits d’une femme, au sommet d’un palmier. R. Akiba grimpa sur l’arbre pour la rejoindre. Lorsqu’il fut à mi-chemin, Satan fit cesser son illusion et lui dit : “Si le Ciel ne m’avait pas recommandé d’avoir des égards pour R. Akiba et son enseignement, ta vie n’aurait pas valu deux sous”. »
Pour penser l’impatience, il faut bien entendu y échapper. La sapience est tissue de patience, mais c’est la célérité de l’esprit qui compose la trame. Ce que Nietzsche nomme, concernant ses découvertes sur Démocrite, « une certaine astuce philologique, une comparaison par bonds successifs entre réalités secrètement analogues ». Pascal confirme : « Il faut tout d’un coup voir la chose d’un seul regard, et non par progrès de raisonnement, au moins jusqu’à un certain degré. »
 ***
Ce qui nous amène à la seule mention – que cite Lévinas dans son texte –  par Heidegger, en 1949 à Brême, des camps de la mort :
« L’agriculture est maintenant une industrie alimentaire motorisée,  quant à son essence, la même chose que la fabrication des cadavres dans les chambres à gaz et les camps d’extermination, la même chose que les blocus et la réduction des pays à la famine, la même chose que la fabrication de bombes à hydrogène. »
Ici, Lévinas, comme d’ailleurs tout le monde, révoque le rapprochement entre des réalités apparemment si incomparables (l’agriculture industrielle, les chambres à gaz, les camps de la mort, la famine et la bombe H) : « Cette figure de style, cette analogie, cette gradation se passent de commentaires. »
Heidegger était-il stupide et infâme au point de croire qu’Auschwitz et la récolte motorisée du maïs seraient, du point de vue de l’horreur, assimilables ? Ce serait sous-estimer un si parfait décortiqueur de la Technique, à laquelle cette conférence de Brême était consacrée. Par une volonté, somme toute élégante, de ne pas commenter, Lévinas passe ici trop vite (preuve que l’impatience manque la pensée) sur l’idée principale du « même quant à son essence », qui a depuis beaucoup scandalisé mais peu été commenté[3].
Or  une pensée si audacieuse ne doit justement pas « se passer de commentaires ».
La notion de « fabrication de cadavres » est plus subtile que celle de la pure et simple extermination – et elle doit être pensée en parallèle avec les très contemporaines manipulations du vivant (y compris les « manipulations » au sens idéologique), lesquelles s’acharnent autant sur les gènes humains que sur ceux des plantes et des viandes que nous consommons. Les ondes de choc de cette œuvre de mort que poursuit l’Économie ont bien lieu, mais ailleurs, dans les banlieues affamées du Tiers-Monde.
« L’usure de toutes les matières », écrit Heidegger dans le crucial chapitre XXVI de Dépassement de la métaphysique, « y compris la matière première “homme”, au bénéfice de la production technique de la possibilité absolue de tout fabriquer, est secrètement déterminée par le vide total où l’étant, où les étoffes du réel, sont suspendues. Ce vide doit être entièrement rempli. Mais comme le vide de l’être, surtout quand il ne peut être senti comme tel, ne peut jamais être comblé par la plénitude de l’étant, il ne reste, pour y échapper, qu’à organiser sans cesse l’étant pour rendre possible, d’une façon permanente, la mise en ordre entendue comme la forme sous laquelle l’action sans but est mise en sécurité. Vue sous cet angle, la technique, qui sans le savoir est en rapport avec le vide de l’être, est ainsi l’organisation de la pénurie. »
En pratiquant l’organisation économique de la Mort, les nazis, en effet, rêvaient de combler le Vide. Leur immense entreprise de destruction reposait sur quelques délirants fantasmes tapis au cœur de l’antisémitisme. Elle obéissait pour commencer à une loi majeure de l’Économie moderne : le maximum d’efficacité productive pour le minimum de dépense. Les Allemands ne consacrèrent donc pas le moindre budget à la « solution finale ». Il leur était impensable de dépenser de l’argent pour en finir avec ce peuple incarnant précisément l’intolérable hémorragie du sens. Les nazis mirent ainsi en place la spoliation prévisionnelle des Juifs avant de les déporter, en vue d’auto-financer leur extermination. Que cet auto-financement ait complètement échoué ne fait que confirmer la résistance de la réalité à la folie fanatique du fantasme, ce qui ne l’empêche  pas de persévérer. 
Là précisément est le diable.
En transformant les biens juifs sous-valorisés en objekte, en « objets » trafiquables, puis les corps juifs eux-mêmes, industriellement réduits en esclavage, en marchandises tatouées (préfigurant les modernes codes barres), puis les cadavres industriellement fabriqués en matériaux de récupération (le trafic d’organes avant la lettre : savons en graisse humaine, tissus de chevelures, ossements servant d’engrais…), les nazis révélaient, outre sa profonde logique économique, la fureur désincarnante de leur projet.
À travers les corps concrets des Juifs, l’incarnation était visée. C’est encore et toujours l’incarnation qui est la cible inconsciente de l’eugénisme actuel et des manipulations du vivant en éprouvettes sous les prétextes charitables de thérapie et de procréation.
Toute l’entreprise nazie peut être interprétée comme un déni farouche de l’incarnation. On martyrise la chair pour annihiler le verbe, parce que le verbe a osé dire, en verbe, qu’il s’était fait chair.
Le secret et le silence organisés autour de la « solution finale » participaient de la même logique industrielle. Il s’agissait de dissimuler le crime et ses instruments afin d’organiser le plus totalement possible la récupération économique des corps martyrs. C’était, sur un mode sauvage et embryonnaire, la transparence poussée à son comble. Ceux que les théologiens avaient toujours qualifié de « reste d’Israël » ne devaient précisément plus laisser aucune trace. La haine nazie œuvrait écologiquement au recyclage forcené de tout déchet cadavérique pour ne laisser subsister aucun paraphe de ce pour quoi précisément les Juifs sont abhorrés depuis la Bible, ce qui fait foncièrement qu’ils sont « notre malheur »: l’invention du verbe incarné, et l’art de la décomposition infinie du verbe en quoi la chair sait jouir.
***
Si Heidegger avait consacré son œuvre à méditer sur les peuples martyrs dans l’Histoire sans jamais faire mention des Juifs, on pourrait à la rigueur s’étonner de ce mutisme. Mais l’indignation face à son « silence » n’est pas de mise. C’est une attitude infantile : espérer qu’autrui s’exprime sur votre cas pour savoir ce qu’il s’agit d’en penser. Or l’essence du délire nazi a été radiographiée par les Juifs dans leurs textes sacrés depuis des siècles. Raison pour laquelle Lévinas qualifiait le Talmud d’œuvre géniale « où tout a été pensé ». Il suffit de s’y pencher pour que les « silences » du monde se mettent à bruisser de mots. Plongés dans l’étude et la joie de leur Texte, les Juifs n’ont besoin ni de Heidegger ni de personne pour savoir de quoi il est question et ce qui est en question.
Quant à réclamer des « remords » ou des « excuses », c’est oublier que Dieu seul est en mesure de les exiger. On ne presse pas qui vous a offensé de venir faire amende honorable, en lui reprochant sa lenteur comme si votre propre salut de victime ne dépendait que de la résipiscence du coupable. On doit d’ailleurs se presser si peu qu’il est dit dans le Talmud que l’offensé a le droit de refuser à trois reprises de pardonner à l’offensant, après quoi ce dernier est dégagé de sa dette morale.
Enfin le « silence » de Heidegger est conforme à sa conception de la pensée : « Ce n’est pas en criant que la pensée  peut dire ce qu’elle pense. » En tout cas, il ne regarde que lui. Comme Lévinas rétorqua à Claudel, réfutant son anti-talmudisme épidermique : « Nous sommes occupés ailleurs. »
***
Il est temps d’en venir à la vraie question du rapport entre l’extraordinaire pensée de Heidegger et le si peu connu judaïsme.
Que les textes heideggériens fassent écho par nombre de leurs questionnements à la pensée juive, cela n’est plus vraiment un secret que pour les journalistes qui ressassent les « compromissions » de l’enchanteur de la Forêt Noire avec le nazisme afin de mieux occulter ce qui, dans l’œuvre de Heidegger, pense et radiographie ce dont le nazisme, sous la forme historique d’une industrialisation de la Mort, procède profondément : le devenir technique du monde[4].
À un habitué de la pensée juive, de nombreuses phrases de Heidegger résonnent de manière étrangement familière. Il est difficile, par exemple, de ne pas comparer le « Pli de l’être et de l’étant» au Tsimtsoum, mais on pourrait aussi bien évoquer les notions si riches et complexes de « don de la Thora » à propos de l’Ereignis –  ou don de l’être –, de « joie de la Thora » à propos de la « fête de la pensée », etc.
Quand on découvre Heidegger après avoir intensément navigué dans la Bible et le Talmud, on a l’impression étonnante d’entendre un de ces enfants touchés de glossolalie qui pratiquent miraculeusement une langue à la fois parfaitement structurée et littéralement inouïe. La solitude de la pensée de Heidegger résonne comme celle de tant de génies rabbiniques –  à commencer par Rachi. Il pratique en quelque sorte leur langue sans en avoir la moindre idée, et eux sont, au cœur de la vaste cathédrale de sa propre pensée, selon sa propre définition, des λανθάνοντες, « ceux qui passent inaperçus ».
Heidegger a évoqué ses études de la Bible dans le dialogue D’un entretien de la parole, (Entre un Japonais et un qui demande). En se présentant comme celui « qui demande » pour répondre aux question du Japonais, Heidegger fait penser à cette position que le Zohar nomme « se tenir debout en tant que question », ou selon une autre traduction « tenir debout exposé au questionnement ». Heidegger ne pouvait aborder la Bible sous de meilleurs auspices.
« J. –  Pourquoi avez-voux choisi ce nom d’“herméneutique” ?
D. – La réponse à votre question se trouve dans l’introduction à Sein und Zeit (§ 7 C).[5] Mais je veux bien vous en dire plus afin d’ôter à l’usage de ce nom l’apparence du fortuit.
J. – Je me souviens que c’est précisément là-dessus que l’on a trouvé à redire.
D. – La notion d’“herméneutique” m’était familière depuis mes études de théologie. À cette époque, j’étais tenu en haleine surtout par la question du rapport entre la lettre des Écritures saintes et la pensée spéculative de la théologie. C’était, si vous voulez, le même rapport –  à savoir le rapport entre parole et être, mais voilé et inaccessible pour moi, de sorte que, à travers bien des détours et des fourvoiements, je cherchais en vain un fil conducteur.
J. – Je connais bien trop peu la théologie chrétienne pour avoir une vue d’ensemble de ce que vous mentionnez. Toutefois, une chose est manifeste: par votre provenance, le cours des études de théologie, vous avez une tout autre origine que ceux qui, de l’extérieur, font quelques lectures pour savoir ce que contient cette discipline.
D. –  Sans cette provenance théologique, je ne serais jamais arrivé sur le chemin de la pensée.  Provenance est toujours avenir.
J. – Si tous deux s’appellent l’un l’autre, et si la méditation s’enracine en un tel appel…
D. –  …devenant ainsi vrai présent. – Plus tard, j’ai retrouvé la dénomination d’“herméneutique” chez Wilhem Dilthey, dans sa théorie des sciences historiques de l’esprit. L’herméneutique était familière à Dilthey depuis la même source, c’est-à-dire depuis ses études de théologie, et en particulier depuis son travail sur Schleiermacher.
J. – L’herméneutique, pour autant que je suis instruit par la philologie, est la science qui traite des buts, des chemins et des règles de l’interprétation des œuvres littéraires.
D. –  D’abord, et d’une manière déterminante, elle s’est constituée de concert avec l’interprétation du Livre des livres, la Bible…»
Le « Livre des livres », on le sait, désigne exclusivement l’Ancien Testament.  Heidegger restreint aussitôt son propos en citant un manuscrit posthume de Schleiermacher : Herméneutique et Critique, considérées particulièrement eu égard au Nouveau Testament, mais, comme l’arc palintonos de Teucros, comme le harpon du vav versatile, tel un ressort qu’on comprime pour qu’il puisse se détendre –  ou simplement, comme il va l’expliciter plus bas, parce que « le cheminement qui recule, seul, nous mène de l’avant » –, Heidegger va élargir sa définition de l’herméneutique. Au sens propre, son herméneutique va prendre le large.
« J. –  Ainsi, l’herméneutique, convenablement élargie, peut désigner la théorie et la méthodologie de tout genre d’interprétation – par exemple aussi celle des œuvres des arts plastiques.
D. – Tout à fait.
J. – Employez-vous le nom d’herméneutique en ce sens large ?
D. – Si je reste dans le style de votre question, alors je dois répondre : le nom d’herméneutique est pris, dans Sein und Zeit, en un sens encore plus large ; “plus large” ne signifie toutefois ici pas un pur et simple élargissement de la même signification à un domaine de validité plus étendu. “Plus large” signifie : provenant de cette largesse (Weite) qui jaillit en sortant du déploiement initial de l’être. » 
Et encore un peu plus bas, à un « éclaircissement authentique » sollicité par le Japonais, le « demandeur » Heidegger précise:
« D. –  Je réponds volontiers à votre demande. Seulement, il ne faut pas que vous en attendiez trop. Ce dont il s’agit est énigmatique ; peut-être même ne s’agit-il pas de quelque chose.
J. – S’agirait-il plutôt d’un processus ?
D. – Ou bien d’un tenant-de-question. »
François Fédier, qui traduit ce fascinant dialogue, note: « Sach-Verhalt, ou : comment se tient d’un seul tenant un ensemble qui fait question, étant ce dont il s’agit. »
*** 
En 1990, la philosophe Marlène Zarader publia un essai remarquable, aussitôt enfoui et passé sous silence, consacré au rapport entre Heidegger et la pensée juive:  La dette impensée, l’héritage hébraïque de Heidegger[6].
On n’avait eu droit auparavant sur cette question qu’au mode « diabolique », soit l’accusation nazie d’écrire en « allemand talmudique », les aigreurs de Meschonnic, ou encore celles de James Barr, cet universitaire américain que cite Zarader, professeur d’hébreu à Oxford University qui dénonce «les excès de la théologie biblique, les réfère aux “méthodes philosophiques de M. Heidegger”, qu’il juge tout aussi pernicieuses que les “romans midrachiques” ».
Marlène Zarader élucide remarquablement le mystère des troublantes analogies entre quelques unes des principales notions inventées et développées par Heidegger, et la tradition hébraïque, si constamment refoulée par le philosophe, « occultée par lui, au point de laisser, dans son texte, quelque chose comme un blanc», ce qu’elle nomme « la dette impensée ».
« Il faut bien constater, pour peu qu’on sache lire une autre langue que le grec, que chacune de ces conceptions “se trouve” –  de façon non plus latente mais manifeste –  là où Heidegger n’a jamais songé à la chercher, c’est-à-dire dans un tout autre texte: celui de la Bible et de ses commentaires… Des traits tels que l’attention au langage, le souci d’un appel, la fidélité à une trace, la mémoire d’un retrait fondateur, etc., sont reconnus comme essentiels lorsqu’ils sont énoncés par Heidegger, et tout simplement ignorés en tant que traits bibliques, ce qu’ils sont pourtant incontestablement. Ignorance rendue possible par le fait que l’univers biblique tout entier, dans la multiplicité de ses aspects, a d’emblée été réduit aux deux dimensions qui, au sens strict, l’interdisent de pensée (au sens où l’on parle d’une interdiction de séjour): la dimension de la foi (étrangère à la pensée) et de l’onto-théologie (réductible à la pensée grecque). »
Zarader précise que toute volonté d’aborder cette étrange connivence inconsciente sous les aspects d’une quelconque « influence » ou d’un « emprunt » est caduque. Seule la notion d’« impensé », que l’on doit à l’extraordinaire travail de Heidegger, permet d’interpréter sa propre impasse sur le « massif hébraïque » qui avait déjà surpris Paul Ricœur.
« Le penseur » écrit encore Zarader, « qui a, plus amplement que tout autre, restitué à la pensée occidentale des déterminations centrales de l’univers hébraïque est précisément celui qui n’a jamais rien dit de l’hébraïque comme tel, qui l’a –  plus massivement que tout autre –  effacé de la pensée et, plus largement, de l’Occident… Cette autre possibilité de pensée, qui n’a pas été prise en charge par la métaphysique, Heidegger a voulu l’enraciner dans un impensé, à mettre au compte de notre héritage grec. Je ne vois pas ce qui interdit –  je verrais même plutôt ce qui exigerait – d’y reconnaître la part non grecque de notre héritage. Cette part, Heidegger a eu le mérite de la déployer, de la soutenir de son prestige, de la resituer dans l’ensemble de la pensée occidentale –  bref, de nous la rendre en propre, à nous penseurs, en nous arrachant à la domination, ou à la fascination, de la seule métaphysique. Simplement, il en a attribué la paternité à l’une de nos sources, alors qu’elle aurait peut-être mérité d’être rendue, au moins partiellement, à l’autre. Et, s’il l’a fait, c’est parce qu’il avait d’emblée réduit l’Occident judéo-chrétien –  masqué par une indépassable dualité, dont Heidegger lui-même ne cesse de témoigner –  à une seule de ses composantes: la composante grecque. » 
Précisons qu’une part immense de l’œuvre de Heidegger reste inédite, sans parler d’être traduite. Ainsi les cours de Fribourg consacrés à saint Paul et saint Augustin ne viennent d’être publiés en Allemagne qu’assez récemment. L’allusion au « Livre des livres » dans D’un entretien sur la parole est une des rares de l’œuvre publiée de Heidegger[7], l’inédite réservant probablement quelques surprises. Cependant, ayant nécessairement lu la Bible en allemand ou en gréco-latin, Heidegger ne pouvait que l’interpréter à faux.
Par exemple, comme le montre Bernard Dupuy dans sa participation au recueil Heidegger et la question de Dieu, le philosophe qualifie à tort d’erreur « qui s’est glissée jusque dans la Bible » la confusion entre Dieu et l’être. Or la confusion est bien celle de Heidegger, qui confond l’idée occidentale de « Dieu » et son Nom selon la pensée juive. D’une parfaite banalité, cette confusion fonde d’ailleurs toutes les retraductions contemporaines de la Bible.
Et pourtant, en 1959, dans ses Esquisses tirées de l’atelier, Heidegger précise le rapport entre Dieu et l’Être :
« N’oublions pas trop tôt le mot de Nietzsche (XIII, p. 75) : “La réfutation de Dieu – en définitive seul le Dieu moral est réfuté.”
Cela veut dire pour la pensée méditante: le Dieu pensé comme valeur, serait-ce la suprême valeur, n’est pas Dieu. Dieu n’est donc pas mort. Car sa divinité vit. Elle est même plus proche de la pensée que de la foi, s’il est vrai que la divinité tire son origine de la vérité de l’être et si l’être comme commencement appropriant (ereignender Anfang) “est” autre chose que le fondement et la cause de l’étant. »
Autre cas de confusion : Dans son commentaire d’Andenken, Heidegger s’en prend « au sens judéo-chrétien » du mot prophète, qu’il refuse d’appliquer à la prophétie hölderlinienne. Conformément à l’amalgame introduit par la notion stérile et approximative de « judéo-christianisme», le philosophe plaque à tort sur la très complexe « prophétie » biblique (le mot lui-même ne convient pas) ce qu’il sait du devin romain, pour mieux en exclure Hölderlin.
« Les poètes, quand ils sont dans leur être, sont prophétiques. Mais ce ne sont pas des “prophètes” au sens judéo-chrétien de ce mot. Les “prophètes” de ces religions ne s’en tiennent pas à cette unique prédiction de la parole primordiale du Sacré. Ils annoncent aussitôt le dieu sur lequel on comptera ensuite comme sur la sûre garantie du salut dans la béatitude supra-terrestre. Qu’on ne défigure pas la poésie de Hölderlin avec le “religieux” de la “religion” qui demeure l’affaire de la façon romaine d’interpréter les rapports entre les hommes et les dieux. Qu’on n’accable pas cet univers poétique d’une charge qui touche à son être en faisant du poète un “voyant” au sens de “devin”. »
En réalité, il y a aussi peu de rapport entre le  navi hébraïque et le divinus romain – qui accouple en effet dans son étymologie divinité et devination –, qu’entre ce dernier et le προφήτης antique. Sans entrer dans les détails du prophétisme biblique (dont l’essence poétique saute aux oreilles), la seule cérémonie oraculaire des Ourim et Toummim, à la fois par son aspect mystique d’alphabet luminescent et par son intraductibilité définitive[8],  relève assez manifestement de la pure interprétation… Lorsque Heidegger confond le devin latin et le prophète « judéo-chrétien», il reprend un vieux cliché, démontrant qu’il n’a de la Bible qu’une connaissance commune,  c’est-à-dire très superficielle.
Ce qui reste troublant chez Heidegger, c’est que son oubli de l’être juif fonctionne à la manière d’un axe, d’un moyeu vide autour duquel se tisse la plénitude de sa pensée.
« Ce qui me semble donc contestable dans le texte heideggérien, ce n’est pas que la composante hébraïque soit passée sous silence (on pourrait admettre, en effet, que ce silence soit légitime), mais c’est justement qu’elle revienne sans être jamais identifiée, qu’elle revienne dans un texte qui fait tout pour rendre l’identification impossible. »
Voici un exemple simple qui permettra de comprendre ce qu’exprime Marlène Zarader – sans jamais aucune animosité, bien au contraire, à l’égard de Heidegger. Dans Bâtir habiter penser, conférence faite un an après La Chose, Heidegger revient sur la hiérarchie entre le langage et l’homme :
« La parole qui concerne l’être d’une chose vient à nous à partir du langage, si toutefois nous faisons attention à l’être propre de celui-ci. Sans doute en attendant, à la fois effrénés et habiles, paroles, écrits, propos radiodiffusés mènent une danse folle autour de la terre. L’homme se comporte comme s’il était le créateur et le maître du langage, alors que c’est celui-ci qui le régente. Peut-être est-ce avant toute autre chose le renversement opéré par l’homme de ce rapport de souveraineté qui pousse son être vers ce qui lui est étranger. Il est bon que nous veillions à la tenue de notre langage, mais nous n’en tirons rien, aussi longtemps qu’alors même le langage n’est encore pour nous qu’un moyen d’expression. Parmi toutes les paroles qui nous parlent et que nous autres hommes pouvons de nous-mêmes contribuer à faire parler, le langage est la plus haute et celle qui partout est première.»
Cette primauté du langage, Heidegger, dans Logos (conférence faite en mai 1951),  dit que Héraclite lui-même ne l’a pas pensée, quoiqu’il l’ait, et lui seul prétend le philosophe allemand, formulée :
« Que serait-il arrivé, si Héraclite – et après lui les Grecs – avaient pensé spécialement l’être du langage comme Λόγος, comme la Pose recueillante ? Rien de moins que ceci : les Grecs auraient pensé l’être du langage à partir de l’être de l’être, bien plus, ils l’auraient pensé comme ce dernier  lui-même. Car ‛ο Λόγος est le nom qui désigne l’être (Sein) de l’étant. »
C’est ici que les penseurs juifs, et plus particulièrement les Cabalistes, passent inaperçus dans la pensée de Heidegger :
« Mais tout ceci ne s’est pas produit. Nous ne trouvons nulle part de trace permettant de supposer que les Grecs aient pensé l’être du langage directement à partir de l’être de l’être. »
Les Grecs non, mais les Juifs oui.
Il faudrait citer tout l’essai de Marlène Zarader pour comprendre en quoi et comment la pensée juive pourrait être l’être volé de la pensée heideggérienne. Je ne l’ai évoqué ici que pour inviter à la lire.
***
Je veux terminer en citant un souvenir de François Fédier, pour achever sur une anecdote qui répond en quelque sorte à tous les silences comme à toutes les invectives. Dans Heidegger : Anatomie d’un scandale, Fédier se rappelle que « sur le linteau de la porte de sa maison, le philosophe avait fait inscrire un proverbe de Salomon (IV, 23) : “Garde ton cœur avec tout ton zèle, car c’est de là que jaillissent les sources de la vie.” »
La traduction du verset des Proverbes est légèrement inexacte. Chouraqui donne : « Plus que toute garde, protège ton cœur ; oui, à lui les issues de la vie. »
Provenance est avenir : là où est la source est aussi l’issue.
 
S. Z.
 

[1] Paru chez Desclée de Brouwer en 2002.
[2] Je songe à une lettre de Heidegger à Jaspers en 1950, citée par Towarnicki : « Si je ne suis pas venu dans votre maison depuis 1933, ce n’est pas parce qu’y habitait une femme juive mais parce que j’avais simplement honte. »
Dans sa lettre au président du Comité politique d’épuration citée plus haut, Heidegger évoque également « la honte douloureuse devant ce qui avait été fait contre les Juifs et dont nous fûmes les témoins impuissants ».
[3] À l’exception notable de Gérard Guest dans son « Esquisse d’une phénoménologie comparée des catastrophes », participation au recueil La fête de la pensée publié en hommage à François Fédier (Lettrage, 2001). 
[4] C’est à partir de 1938 que la question de la Technique devient primordiale chez Heidegger ; ce n’est pas un hasard.
[5] « La phénoménologie du Dasein est l’herméneutique dans la signification originale du mot d’après laquelle il désigne la tâche de l’explicitation… », commence Heidegger dans Sein und Zeit avant d’amplifier sa définition.
[6] Publié au Seuil en 1990, dans la collection « L’ordre philosophique ».
[7] Dans Qui est le Zarathoustra de Nietzsche ?, Heidegger, évoquant l’appel divin lancé à Adam à « se soumettre » la terre, fait étonnamment référence à « un Ancien testament » (je souligne), comme s’il y en avait plusieurs… Et en effet.
[8] Cet étrange oracle consistait en pierres précieuses taillées en forme de lettres, incrustées sur le pectoral du grand-prêtre, qui s’illuminaient miraculeusement pour indiquer le sens de certaines questions. En grec, la sibylline expression Ourim Vétoumim a été diversement rendue au pluriel par « lumières et perfections » (phôtismoï kaï téléotètés) ou au singulier par « révélation et vérité » (dèlôsis kaï alèthéia), que la Vulgate métamorphose en doctrina et veritas… Le Talmud rapproche plus subtilement la prophétie et la manne (qui est la substance même de la Question, voir supra) : « Le prophète révélait à Israël tout ce qui était caché dans les trous et les fissures ; la manne faisait exactement la même chose. » Yoma, 75a. Dès lors, la double signification du  προφήτης, celui qui transmet et celui qui explique et interprète, n’est  plus si contradictoire avec celle de l’« inspiré » (navi) de la Bible. 
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Alexandre Schild
« métaphysiquement nécessaire», croit-on comprendre
 
Quand on prétend repérer un « crime  d’idée » dans la thèse de Heidegger qui affirme que la sélection raciale était « métaphysiquement nécessaire »,  c’est qu’on croit que pour Heidegger, la sélection raciale était une bonne chose et qu’il fallait donc qu’elle s’opère. Mais ce faisant, on atteste seulement qu’on croit que pour Heidegger, le mot “ métaphysique ” désigne une bonne chose – et puis aussi, mais peu importe dans l’immédiat, qu’on ne comprend strictement rien à la « nécessité » (Notwendigkeit)  dont il s’agit là. – Or, ce dont Heidegger a périlleusement et, ce nonobstant, inlassablement tenté de nous avertir dès le début des années 1930, c’est précisément – et il ne faut pas voir ailleurs le sens de son propos sur la sélection raciale, entre autres, – la mesure dans laquelle, sans être pour autant une mauvaise chose en soi, la métaphysique pouvait être porteuse des plus criminelles possibilités d’être.
Pour le dire autrement, croire qu’aux yeux de Heidegger, penser que quelque chose est « métaphysiquement nécessaire » équivaut à un jugement positif sur la chose, c’est confondre une description phénoménologique, dont on ne veut rien savoir, avec une position dogmatique (au sens kantien – c.-à-d. pas nécessairement péjoratif, – du terme) dont on est soi-même captif. Et je me permets de signaler à ceux qui se laisseraient aller à cette confusion qu’ils ont du pain sur la planche. Car de leur “ point de vue ”, si l’on peut dire, il devrait leur apparaître que Heidegger est le zélé propagandiste, quand ce ne serait pas l’inspirateur, non seulement de Hitler,  mais aussi, et tout autant… de Staline. Pour peu du moins qu’ils condescendent à lire ne serait-ce que le § 61, intitulé Puissance et crime, de L’Histoire-destinée de l’estre (Die Geschichte des Seyns), volume 69 de l’Édition intégrale. Où ils trouveront en effet ceci, que Heidegger a écrit entre 1938 et 1940 (qui sait si ce ne serait pas dans les jours qui ont suivi la signature du pacte germano-soviétique ?) :
« Là où, au titre d’être-même de l’être, la puissance devient [elle-même] histoire-destinée, toute moralité et toute justice se voient bannies, et à vrai dire de façon inconditionnelle.  La puissance n’est ni morale ni immorale, puissance elle est hors de la moralité, du droit et des mœurs. […]
     C’est pourquoi, au sein de l’époque où le ton est donné par tout ce qui se déploie inconditionnellement en puissance, il y a place pour des criminels en chef [Hauptverbrecher] […].
     Les criminels en chef planétaires sont, de par leur être, ensuite de leur inconditionnelle soumission à l’inconditionnelle montée en puissance de la puissance, complètement  équivalents. Les différences qui découlent des conditions historiques et qui s’étalent au premier plan ne servent qu’à déguiser l’empire du crime en quelque chose d’inoffensif et même, qui plus est, à présenter son accomplissement comme « moralement » nécessaire dans l’« intérêt » de l’humanité.
     Les criminels en chef planétaires de la plus récente modernité,  où seulement ils deviennent possibles et nécessaires [je souligne], on peut en établir  le chiffre exact en comptant sur les doigts d’une seule main. »
Mais qui pourrait s’y tromper ? Qui peut voir là – où il ne s’agit plus de seulement croire, mais bien de voir, – un appel de Heidegger à obéir à ces criminels en chef dont il indique clairement que ce sont eux, les plus incondititionnellement obéissants, qui sous couvert de morale et d’intérêt général de l’humanité – prêchant en l’occurrence, et mutatis mutandis : l’écrasement du “ bolchevisme ” ou celui du “ fascisme ”, – lancent ce genre d’appels.
Les auditeurs des cours de Heidegger dans les années 1930 et 40, en tout cas, ne se sont pas trompés sur ce qui leur était dit là. Comment se fait-il qu’on puisse ne pas le comprendre trois quarts de siècle plus tard ? Alors qu’il suffit – comme Heidegger nous y engage au tout début d’Être et Temps, – de prendre les choses à la lettre : « métaphysiquement nécessaire » ne veut pas du tout dire positivement nécessaire – et encore moins absolument nécessaire, ni non plus fatalement nécessaire, et surtout pas impérativement nécessaire. Et comment se peut-il que ces jours-ci, d’aucuns aillent jusqu’à réclamer l’interdiction d’enseigner la pensée de Heidegger ? Et que d’autres entendent limiter leur démonstration de l’inanité du livre qui lance cet appel à ce qui y vise “ le ” Heidegger d’avant 1930 – l’idée étant là de soustraire au non moins diffamatoire qu’inquisitorial Index de ce livre un Être et temps et quelques écrits antérieurs dont ils estiment qu’il peut être fait bon usage pour peu que cela mène sans détour… « au-delà » ?
Serait-ce qu’on voudrait tellement que la métaphysique puisse poursuivre son chemin sans plus d’examen critique de crimes dont la pensée de Heidegger aura été la première  à permettre de s’aviser – ce qui n’aurait pas été possible sans elle ? Et donc sans plus d’examen critique non plus de cette extrême nécessité de la métaphysique que, depuis la fin des années 1940, Heidegger a entrepris de penser, sous le nom de “ Gestell ”, comme cet appareillage d’ensemble de la sommation dont le déchaînement est ce qui désormais donne le ton ! Articulation que je risque en sachant d’avance l’utilisation que d’aucuns ne manqueraient pas d’en faire s’il se trouvait que ce que je viens d’écrire pouvait avoir la moindre importance pour eux…
 
Alexandre Schild
Lausanne,  le 23 avril 2005
 
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François Meyronnis
« Une forme d’intégrité profonde »
Entretien avec Aude Lancelin,
paru dans le Nouvel Observateur du 28 avril 2005
 
Aude Lancelin. – Est-ce que ce livre [d’Emmanuel Faye] apporte des éléments inédits permettant de mieux appréhender le rapport entre Heidegger et le nazisme?
François Meyronnis. – Beaucoup de choses étaient déjà connues, et quant à ce que je découvre, je ne sais quoi en faire dans la mesure où le dossier est instruit uniquement à charge, et de manière tellement malveillante que tout ce qui est donné à lire ici est sujet à caution. La façon obtuse dont sont interprétés les concepts cruciaux d’«Etre et Temps» jette forcément un doute sur ce que l’auteur découvre plus tard dans des séminaires inédits en français.
A. Lancelin. – Par exemple?
F. Meyronnis. – Le Dasein, concept central chez Heidegger, c’est l’absence radicale d’appartenance. Eh bien, Emmanuel Faye nous explique que derrière ce mot Heidegger entendrait en fait une communauté allemande arrimée à un sol et à un sang dans une perspective nationale-socialiste. Il n’y a rien de tel dans ce livre de 1927. Cette interprétation racialiste est totalement absurde.
A. Lancelin. – Heidegger rejoint cependant le parti nazi, et l’on trouve des traces de cet engagement jusque dans ses écrits philosophiques. Les séminaires de 1933-1935 révélés par l’auteur sont assez troublants à cet égard…
F. Meyronnis. – Il est évident que de 1933 à 1934 le recteur Heidegger accepte de subordonner l’université aux finalités du parti nazi. En cela, il se montre totalement infidèle à sa pensée. Assez curieusement, il identifie ponctuellement l’émergence nationale-socialiste au «nouveau commencement» qu’il appelle de ses vœux. Par une espèce de «stupidité», comme lui-même le dira après guerre. Aussi grand que soit le penseur, c’est aussi un homme qui n’a pas eu les moyens d’embrasser une situation politique concrète, faute de s’y être jamais vraiment intéressé.
A. Lancelin. – Mais comment un tel aveuglement quant aux finalités criminelles du régime fut-il possible?

F. Meyronnis. – Ça, c’est facile de le dire après 1945. Beaucoup moins quand on se replace dans l’espace intellectuel compliqué de l’époque, et son atmosphère de nationalisme survolté. D’une certaine manière, la pensée de Heidegger procède du romantisme allemand, qui a pour projet sous-jacent de placer l’Allemagne au centre du destin européen, et pour cela d’oblitérer la romanité et la Bible. A partir du moment où une apparente révolution se déclenche en Allemagne, fatalement Heidegger va l’envisager comme une espèce de chance. Le vrai reproche à lui faire, c’est de ne pas avoir pris la mesure de ce qui se passait vis-à-vis des juifs, et cela parce qu’il adoptait exclusivement le point de vue allemand. Le peuple élu pour lui, c’est le peuple allemand. Jusqu’au bout ce sera le point d’aveuglement de Heidegger. Il est cependant évident que par rapport aux coordonnées de l’époque il n’est pas antisémite. Il n’adhère pas à l’antisémitisme biologique, à tout ce délire raciste, il est à mille lieues de ça.
A. Lancelin. – Que répondez-vous à ceux qui s’appuient sur les errances politiques de Heidegger pour disqualifier totalement sa pensée?
F. Meyronnis. – Très franchement, je ne crois pas que ce soit par scrupule moral qu’on lui reproche avec tant d’ardeur son engagement nazi. La pensée de Heidegger engendre à l’évidence une forme de ressentiment. Un tel tombereau de calomnies, une telle rage à vouloir nier l’existence même de son œuvre, tout ça suggère que sa pensée recèle quelque chose de profondément dérangeant pour l’époque. C’est d’autant plus manifeste que vouloir éradiquer Heidegger revient aussi à disqualifier Sartre, la déconstruction de Derrida, Lacan, et Foucault aussi, autant de pensées qui s’en sont nourries. Cela relève d’un véritable obscurantisme.
A. Lancelin. – En quoi son œuvre est-elle selon vous l’un des chemins de pensée les plus révolutionnaires du xxe siècle?
F. Meyronnis. – C’est l’une des seules pensées qui permettent aujourd’hui de comprendre la catastrophe en cours, à savoir le devenir planétaire du nihilisme européen. Cela signifie l’avènement d’une ère où la technique dispose de tout, mettant en joue la vie humaine. Et cela explique le caractère monstrueux de l’histoire mondiale en des termes qui ne sont ni platement historiques ni moraux. C’est cela surtout qui perturbe les tenants du discours humaniste, qui aimeraient bien réduire le national-socialisme à une donnée historique circonscrite, et penser que ce qu’il met en jeu a été vaincu en 1945. Depuis la Première Guerre mondiale au moins, le discours humaniste est une logomachie creuse. Heidegger permet, lui, de penser le nihilisme comme processus général de dévastation. Ce processus prend la forme de l’économie quand celle-ci réduit toute chose au chiffre, ou de la biopolitique quand s’annonce un recalibrage de l’espèce. Dans cette perspective, l’homme n’est plus sujet de l’histoire, mais simple matériau usinable. On ne peut pour autant réduire Heidegger à un annonciateur de la «fin de l’histoire». Il permet même de contourner ceux qui annoncent le triomphe définitif du simulacre. Au pire moment demeure toujours pour lui la possibilité de l’Ereignis, c’est-à-dire de la merveille, du salut. C’est une pensée difficile, et certains s’imaginent y accéder en la falsifiant mesquinement. Heidegger est cependant un être qui a une forme d’intégrité profonde. Lui se met en face de ce qu’il y a à penser, et il le pense jusqu’au bout.
 
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Nicolas Plagne
L’introduction de la chasse aux sorcières en philosophie
Recension de l’essai d’Emmanuel Faye parue le 6 mai 2005 sur le site http://www.parutions.com
Le public cultivé français est rarement informé de l’édition de grands livres sur l’œuvre de Martin Heidegger. Quoique l’édition-traduction des grands ouvrages du maître de Fribourg-en-Brisgau soit désormais réalisée, on continue encore d’éditer en allemand les cours et séminaires du grand professeur qu’Hannah Arendt appelait avec admiration «le roi secret de la pensée» au milieu des années 1920-1930. Une bonne partie de ce que la philosophie a produit de meilleur depuis lors sort de la méditation de cette pensée exigeante et patiente, qui alterne méandres subtils et trouées brutales vers l’inaperçu de nos façons de pensée. Ne serait-ce qu’à titre de retour critique sur la tradition métaphysique européenne ou d’interrogation sur les présupposés de la conscience «moderne» (son inconscient très actif, son «ombre»), la pensée de Heidegger a exercé une fascination extraordinaire sur des générations de professeurs, de penseurs mais aussi d’artistes, sensibles à la méditation sur la langue, la poésie et à la défense des enjeux de l’art pour la dignité de l’homme et son rapport au monde, dans un siècle de civilisation technique et d’idolâtrie de «la science».
Il n’est certes pas impossible de philosopher à côté de la pensée de Heidegger, voire contre elle, mais il est impossible de ne pas prendre en considération ce qu’elle dit, pour la dépasser, si c’est possible, ou l’écarter en connaissance de cause. L’auteur d’Etre et temps (1927), de Kant et le problème de la métaphysique (1929), Introduction à la métaphysique (1935), Qu’appelle-t-on penser ? (1951-52) ou encore du Principe de raison (1954-55) a d’ailleurs suscité une importante littérature de commentaires, à laquelle ont participé les grands noms de la philosophie. Pourtant c’est toujours «le scandale Heidegger» qui fait la une des pages culturelles quand on daigne s’intéresser à cet auteur majeur, enseigné partout dans le monde. Avec le livre d’E. Faye, dix-huit ans après celui de Victor Farias, la polémique est relancée.
Tout étudiant de philosophie le sait pourtant parfaitement depuis des lustres: Heidegger a adhéré au NSDAP en 1933, après la prise du pouvoir d’Hitler. En ce sens, il a été «nazi». Acceptant le poste de Recteur de son université, il a participé à l’atmosphère de reprise en main (Gleichschaltung) des institutions académiques, prononcé un fameux «discours du Rectorat» (mai 33) défendant alors «l’auto-affirmation de l’université allemande», discours dont Jaspers le félicite, où il prend ses distances avec la tradition d’indépendance académique et d’apolitisme libéral-conservateur, et exalte le rôle de l’Université dans l’Etat, comme lieu privilégié de brassage des élites intellectuelles sans considération de classes mais avec un sens du devoir envers sa communauté. Puis dans l’Appel aux étudiants allemands (novembre 33) contre la SDN, il présente le Führer comme la voix de l’Allemagne nouvelle. Dès 1934, déçu de ses marges de manœuvres, Heidegger démissionne. Se voulant sans doute le Platon du nouveau maître du Reich et constatant l’indépendance du nazisme réel par rapport à ses plaidoyers pour orienter le «Mouvement» dans le sens de sa philosophie, il prend congé et se consacre à son enseignement et à ses livres. Certes Heidegger ne quitte ni le Reich ni le NSDAP jusqu’en 1945. Non-juif, il n’avait aucun besoin de fuir ; patriote ou si on veut «nationaliste», d’esprit communautaire et social, il adhérait sincèrement au  principe d’une refondation «nationale et socialiste» non-marxiste voire anti-marxiste. Dans un entretien posthume, il reconnaît avoir commis «une grosse bêtise» ou «imbécillité» (eine grosse Dummheit), ce qui peut s’actualiser en «belle connerie», mais Heidegger était bien élevé. Le terme n’est pas faible pour un homme qu’on dit arrogant et correspond à ses responsabilités réelles.
On peut certes déplorer cette fidélité à son Etat dans l’époque, mais la loyauté oblige à dire que le nazisme de 1934-1938 (avant l’évidence de sa volonté de guerre d’expansion) voire 1941 (avant le début de la Solution finale et des politiques d’extermination de masse) n’inspirait pas l’horreur qu’il suscite rétrospectivement, bien que les lois raciales de Nuremberg aient déjà été promulguées et que le Führer régnât absolument. Thomas Mann hésita à rentrer en Allemagne pour ne pas perdre son public (il fallut la haine des nazis, l’autodafé public de ses livres et la pression de ses enfants pour qu’il coupât définitivement les ponts avec l’Allemagne, le pays de sa langue), tandis que les émigrés expérimentaient le déclassement et l’isolement culturel de l’apatride. On lira à ce sujet l’excellent Weimar en exil de J.M. Palmier, admirateur de Heidegger et d’Adorno et l’une des bêtes noires d’E. Faye. Proche de la Révolution conservatrice et d’Ernst Jünger, Heidegger était loin de la répulsion de Mann devant le nazisme mais admit par sa démission douter du régime dans lequel il avait placé ses espoirs d’une renaissance nationale, certes brutale et injuste à certains égards, mais selon lui nécessaire (la «raison d’Etat» si on veut).
Rappelons avec Georges Goriely (1933 : Hitler prend le pouvoir, éd. complexe) que les démocrates de l’étranger, sauf les communistes et une partie des socialistes, virent généralement en Hitler un mal nécessaire, un rempart contre la révolution communiste voire un exemple de révolution pacifique et une expérience de socialisme national capable de sauver le peuple allemand de la crise de 1929, dont nous n’imaginons même plus le caractère dévastateur pour l’Allemagne (voir l’article de Léon Blum dans Le Populaire, qui salue l’élection du petit peintre viennois, y voyant une victoire contre l’obscurantisme réactionnaire du conservatisme militaro-prussien ; de même firent Breton et les surréalistes non-communistes). Pour beaucoup, Hitler était le Mussolini qu’il fallait à l’Allemagne ! Souvenons-nous que le libéral Lloyd George vint rendre visite à Hitler à Berchtesgaden en 1935, en sortit très impressionné et vanta ce «George Washington» ! Avant d’abdiquer, Edouard VIII d’Angleterre qui se voulait un roi social mais anti-communiste admirait la politique économique de Hitler contre le chômage ! Heidegger n’était pas démocrate libéral mais soucieux du bien-être du peuple (le Volk), or Hitler réduisit spectaculairement le chômage en rendant confiance au pays. Il incarna un moment l’idée d’un Etat hiérarchisé, autoritaire (la tradition allemande de service), respecté à l’extérieur (les vainqueurs de 1918 lui accordèrent ce qu’ils n’avaient pas donné à Weimar et durent accepter la fin du Diktat de Versailles) et moins «classiste» dans la sélection des nouvelles élites : Heidegger était fils de tonnelier sacristain et souhaitait une société méritocratique plus égalitaire. Sur ces points, le nouveau régime lui paraissait une voie allemande (ni individualiste bourgeoise à la française ni égalitariste communiste) de communauté organique proche des thèses de Fichte et Hegel. Faye surinterprète donc la notion de Volk et le sens de l’adjectif «völkisch», en les ramenant au sens racial nazi, car ces notions ont une longue histoire dans le romantisme allemand auquel Heidegger se rattache ici !
Il faut se représenter sans «les mains blanches» du moraliste abstrait ni anachronisme le «potentiel» que pouvait représenter cette révolution socio-politique et culturelle au début des années trente. Heidegger comme une majorité d’Allemands était sensible à des réalisations positives du nazisme. On peut noter dans ses discours la rhétorique national-socialiste de l’époque ; de là comme Faye à imaginer qu’il fut le nègre de Hitler !… Sans doute comme philosophe espéra-t-il être «rappelé» et ne désespéra-t-il pas rapidement du nazisme ? Mais il refusa le poste de professeur officiel du régime à Berlin au nom de l’inspiration de la province. Il lui était difficile ou peut-être impossible de quitter le parti publiquement sans être chassé de l’Université et il paya donc ses cotisations. Cela fait-il de lui un «nazi» ?
Un travail sérieux à ce sujet devrait d’abord se demander ce qu’est la doctrine nazie, avec ses variations secondes, puis en quel sens Heidegger fut «nazi» et suivre l’évolution de sa pensée dans ses textes, en la comparant au nazisme officiel. On verrait que Heidegger ne fit pas longtemps partie des principaux philosophes et intellectuels du régime (Rosenberg, Krieck, Bäumler) : dire que Heidegger connaissait ces gens, appréciait certains de leurs travaux, eut des étudiants nazis, avait droit à des vacances en 1943 et recevait du papier pour imprimer ses livres est une argumentation assez déplorable, mais cela fait une bonne partie de celle de Faye…
Heidegger par gros temps, le livre (absent de la bibliographie) de Marcel Conche, un de nos principaux philosophes vivants, qui sait ce qu’il doit à l’influence de Heidegger mais le critique à l’occasion sans polémique tapageuse, résume bien les choses : Heidegger a eu «son» nazisme en partie imaginaire, un pari sur l’évolution du Mouvement qui pour lui portait une part de réponse pratique et idéologique aux défis de l’époque. Mais il s’en est écarté de plus en plus, en faisant la critique radicale mais philosophique dans ses cours, au point que nombre de témoins ont dit leur embarras devant les messages codés du professeur dans un contexte de répression et d’espionnage. Conche et d’autres avaient déjà pointé les graves défauts de méthode et les distorsions factuelles inadmissibles du livre de Farias (1987), qui instruisait à charge contre Heidegger sur-interprétant dans un sens hitlérien tout ce qui pouvait être ambigu dans ses paroles, ses écrits et ses actes, en refusant à sa prudence les circonstances atténuantes du contexte politique (Farias a pourtant fui la dictature Pinochet !) et surtout du contexte de l’œuvre elle-même. Mais ce qu’on n’arrivait pas à prouver, c’était le racisme et le biologisme de Heidegger, un point fondamental du nazisme réel.
C’est ce que Faye croit prouver. Il répète d’abord tout le dossier habituel sur la vie et la pensée de Heidegger, de Hugo Ott (représentant le parti catholique qui vouait Heidegger aux gémonies depuis qu’il s’était converti au protestantisme) au politologue américain Richard Wolin (éditeur des textes de Löwith en américain et auteur de Politics of Being) en passant par L’Ontologie politique deHeidegger selon Pierre Bourdieu qui faisait de Heidegger un nazi et un antisémite à qui manquait (hélas !) la théorie du biologisme. E. Faye prétend «compléter» avec des documents accablants qui feraient enfin de Heidegger un nazi certes obscur et confus mais total, car pleinement raciste dans le domaine de la philosophie : bref le traducteur en concepts de Mein Kampf !
Bien après Karl Löwith, étudiant et disciple juif allemand de Heidegger et devenu le critique de Nietzsche et Heidegger comme penseurs nihilistes, Faye souligne son «décisionnisme» et le met en relation avec sa fréquentation du juriste nazi et théoricien de l’Etat Carl Schmitt. Certes, mais décisionnisme n’est pas nazisme ! La théorie de la souveraineté de Schmitt garde, malgré Faye et Zarka (qui publie une attaque contre Schmitt au même moment), une puissance conceptuelle qu’a bien montrée JF Kervégan (Hegel, Carl Schmitt et l’Etat, PUF). Que l’Etat en temps de guerre révèle sa potentialité totalitaire de mobilisation totale au nom de lui-même, comme incarnation du bien collectif de la communauté, c’est ce que la Première Guerre mondiale a montré aussi à propos des démocraties ! On croit relire certains procès de Rousseau ou de Marx. Faye, comme un roi perse antique, tue le porteur des mauvaises nouvelles pris pour responsable de la réalité qu’il décrit. Faye devrait savoir que Machiavel a suscité l’horreur de ses contemporains, notamment des naïfs ou des hypocrites et bien plus tard des jésuites, pour avoir dévoilé la vérité de la politique sans la confondre avec la morale. Cela suffisait à passionner l’homme de concepts et penseur de l’être qu’était Heidegger. Quant à s’indigner que la politique soit un rapport «ami-ennemi» dans les situations-limites de danger pour l’Etat (salut public), cela nous renseigne sur les vœux pieux de l’auteur plus que cela ne réfute Schmitt, car, à l’expérience de notre présent, cela demeure la base de l’action internationale (et parfois de politique intérieure) de tous les États. Que Heidegger dise qu’un Etat (même nazi) est fondé à éliminer ses ennemis jusque dans ses citoyens en cas de trahison, en définissant pour lui-même ce qu’il attend de ses membres et en «inventant» ses ennemis, cela n’a aucun rapport nécessaire avec un éloge de la Gestapo ou des déportations, encore moins avec l’antisémitisme!
L’insistance de Heidegger sur l’abandon de l’homme, sa «déréliction» selon nos traducteurs, depuis Etre et temps (l’être-là voué à l’existence dans le monde qu’il n’a ni créé ni voulu, mais où il est «jeté» par la vie («Geworfenheit»), dans une situation sociale, culturelle, politique etc., qui est toujours déterminée géographiquement, historiquement) est aussi imputée à un nihilisme tragique, menant logiquement au nazisme! La vérité est qu’il s’agissait bien plus d’une critique non-marxiste de l’individualisme abstrait (du capitalisme aussi) d’où l’intérêt pour cette approche d’un penseur comme Gérard Granel qui n’eût de cesse de tisser la phénoménologie du capital de Marx et celle de la technique de Heidegger). Cette vision de la condition humaine est discutable pour des philosophes mus par la foi (les théologiens objectent que l’homme est créé et aimé) mais avant la foi il y a la finitude et l’existence sur fond de mortalité et d’effacement des choses temporelles : Heidegger avait le portrait de Pascal sur son bureau. Lévinas trouve que Heidegger fait trop de part à des expériences négatives ou à des passions tristes, mais Heidegger en philosophe est méthodologiquement laïque ou agnostique et part de l’angoisse originaire de l’homme, être «mortel» et limité (fini), poussé par ce que Camus appelerait «l’absurde», à «penser sa vie» et de là à entrer en philosophie en rappelant cette interrogation première : «pourquoi donc y a-t-il l’étant et non pas rien ?».
Faye estime cependant que l’inachèvement d’Etre et temps tiendrait à une prise de conscience par Heidegger de la place du thème de la communauté historique nationale: mais cela n’en ferait pas une communauté raciale pour autant ! Que l’homme soit un être social est une idée d’Aristote ! Rappelons contre Faye que les plus grands noms de la philosophie n’ont vu aucun rapport entre le nazisme et la pensée de Heidegger jusqu’à son acceptation du rectorat et que même après son adhésion, les meilleurs lecteurs, enthousiasmés par le style de cette pensée (Lévinas, Sartre, etc), y puisèrent largement, sans avoir le sentiment de se rapprocher du nazisme. Disons même que Lévinas, l’un de ses tout premiers adeptes enthousiastes en France n’a jamais soupçonné, ni avant la guerre ni après, que Sein und Zeit eût pu être un texte protonazi ! De même, que les lectures-commentaires faites pendant la guerre à Lyon par deux résistants, Joseph Rovan (d’origine juive et remarquable germaniste) et Jean Beauffret, ne leur ont pas fait apparaître en pleine occupation la nature prénazie des textes de Heidegger qu’ils avaient à leur disposition.
Pour une bonne part, Faye (comme Farias) confond sans cesse (technique de l’amalgame) Heidegger le penseur-professeur et ses relations «nazies» (encore Schmitt), un de ses anciens étudiants (Erik Wolf, un juriste dont Faye fait le porte-parole de Heidegger), sa fidélité intéreure et sa pensée d’universitaire avec son appréciation comme membre du parti par les services du NSDAP. Mais Faye sait seulement montrer ce que le parti «perçoit» (p.524) de «la distance politique» de Heidegger ! A ce sujet, on lit que le NSDAP, peu intéressé par le détail de la pensée heideggerienne, relativisait les critiques contre Heidegger de collègues philosophes bien plus zélés que lui, sachant que des disputes théoriques doublées d’animosités personnelles les opposaient. Que le parti ait estimé que Heidegger était «fiable politiquement» pendant la guerre signifie-t-il pour nous que Heidegger était partisan des camps d’extermination ? Cela signifie seulement que Heidegger était tenu pour un «intellectuel» prestigieux, qui n’encourageait pas clairement ses étudiants à l’insoummission et qui restait un patriote, un critique radical du marxisme, du communisme et du matérialisme libéral anglo-saxon, consacrait ses cours à des gloires nationales comme Hölderlin et Nietzsche ou à de vieux textes grecs. Les accusations de subversion de certains collègues laissaient les services du parti froids. C’est peut-être de quoi Heidegger voulut demander pardon à Jaspers en lui disant sa honte dans une lettre fameuse d’après-guerre.
Mettant bout à bout des textes philosophiques sortis de leur contexte avec des éléments extérieurs à la pensée de Heidegger, telle que nous la connaissons, Faye se facilite des démonstrations douteuses qui finissent généralement par l’indignation vertueuse. L’œuvre de Heidegger serait intrinsèquement «l’introduction du nazisme dans la philosophie», réponse à ceux qui considéraient l’adhésion au nazisme comme une simple virtualité parmi d’autres. Faye veut nous offrir des preuves dans le texte mais dans uen apparente confusion ! Ainsi il attribue à Heidegger une ontologie militariste sur la base d’un commentaire de fragments d’Héraclite, qui voit la nature comme la lutte entre des éléments et d’où sort la parure de l’univers : du polémos jaillit le Kosmos ! Et quand Heidegger indique que la motorisation de la Wehrmacht est un événement métaphysique, Faye croit y voir une exaltation du militarisme expansionniste au moment où l’armée allemande commet des atrocités sur certains fronts (toujours l’amalgame), alors que cette expression frappante et pédagogique doit être comprise dans le cadre d’une pensée de l’actualisation dans la réalité historique d’inventions rendues possibles par le parachèvement de la «métaphysique» dans l’étance de la Technique (c’est précisément toute la méditation qui commence après le rectorat). Se basant sur des notes de cours, Faye prétend d’ailleurs prouver que Heidegger était un mauvais professeur, qui ne comprenait rien à certains de ses sujets de leçons, par exemple sur la dialectique chez Hegel ! Ici il s’agit d’une grossière exagération à partir de quelques notes. Tous les témoignages de ses meilleurs étudiants, Gadamer, Biemel, Annah Harendt, Elisabeth Blochmann, même Löwith et plus tard les membres du séminaire du Thor, reconnaissent l’extraordinaire talent pédagogique dont les cours et les séminaires était l’exercice même de la pensée la plus rassemblée en public. Et même en admettant que ce cours sur Hegel ait été réellement bâclé, ne savons-nous pas qu’on ne peut juger un professeur sur ses «jours sans» ? Professeur lui-même, M. Faye devrait l’admettre sans difficulté…
Mais Faye donne un autre exemple : Heidegger serait anti-humaniste et ennemi du «sujet» libre, de l’individu exerçant rationnellement son jugement, n’aurait rien compris à Descartes, qui est le héros de l’auteur. On peut discuter Heidegger, mais sa vision de Descartes en métaphysicien de la physique de Galilée (l’être devient une étendue calculable qui relève des mathématiques ou de l’esprit qui la conçoit adéquatement) est difficilement contestable et rejoint la pensée de Husserl, le fondateur de la phénoménologie et le maître – «juif» – de Heidegger! Quant à la critique du sujet cartésien, elle traverse la philosophie depuis Descartes ! Preuve de nazisme, Heidegger aurait selon Faye exalté la technique tant que le nazisme triomphait et serait tombé dans l’obscurantisme anti-technique à partir des défaites de Hitler ! Or tout lecteur sérieux sait que Heidegger a critiqué la Technique dès ses cours sur Nietzsche avant la guerre et qu’il a toujours essayé de concevoir un rapport équilibré à la nature sans rejet de la science et de la technique, en soulignant l’origine cartésienne (sur le plan métaphysique) du projet de domination absolue de la nature. Que ce projet soit illusoire et dangereux est aujourd’hui une banalité ! Une partie du nazisme a été à la suite du romantisme aux origines de l’écologie, ce qui repose la question du sens de l’engagement de Heidegger et des raisons de son éloignement du nazisme. Quant au fait que Heidegger se complaise dans la pensée obscure des pré-socratiques, refusant le soleil de la raison platonicienne, autre vieux procès caricatural, la vérité est qu’il cherche à comprendre comment naissent la philosophie et la tradition occidentale avec leur recherche de l’origine absolue des choses (cause ultime, fondement) et leur pente au systématisme. Pour Heidegger, le fond de l’être est abyssal. Sa conception historiciste de la métaphysique (qui a joué un rôle dans l’histoire ultérieure de la philosophie et des révolutions cognitives) s’allie à une méditation encore ignorante de son but («Chemins qui ne mènent nulle part» ou «de traverse» en quête de la lumière d’une clairière) portée par un souci de dépassement du «nihilisme» (la disparition du sacré).
L’estocade doit être portée avec la preuve tant attendue du racisme ontologique, qui programmerait la Shoah ! Faye peine à trouver des bribes de textes ambigus sur «la race», tant ce thème est mince chez Heidegger ! Là encore, il surinterprète quand il en fait une adhésion à l’anti-sémitisme obsessionnel et meurtrier de l’Etat nazi. On peut certes s’interroger sur le sens de ces textes ou des phrases : tentation ou simples concessions à l’idéologie dominante officielle ? Heidegger qui fréquenta certains anthropologues racistes était sans doute intéressé par la question des fondements scientifiques de ces théories, qui existaient, et de longue date, hors d’Allemagne et tentaient de s’opposer à l’universalisme. Il s’agissait de proposer une théorie des processus historiques et des facteurs d’histoires différentes. N’était-ce pas une façon de la mettre en question ? Dans un passage cité par Faye comme une preuve accablante, Heidegger se contente de rappeler la polysémie de la notion de Volk/peuple et d’inviter ses auditeurs à garder le sens de la pluralité sémantique sous des mots-slogans ! Faye va jusqu’à affirmer que Heidegger priverait les morts de la Shoah de leur statut d’humain dans un texte où Heidegger avec un pathos pudique signale que les morts des chambres à gaz ont été privés d’une mort humaine parce que traités en matériel pour usines à cadavres ! Et quand Heidegger dans cette conférence fameuse sur la Technique déplore le saccage de la nature et pointe entre autres phénomènes de perte du sens de notre humanité l’agriculture industrielle (qui traite l’animal et le végétal en pur stock de ressources consommables) à côté des camps de la mort, on peut rejeter cette analyse mais non comme Faye, en dénonçant une relativisation de la prétendue responsabilité personnelle de Heidegger dans l’extermination !
Que Heidegger ait été raciste et anti-sémite à un certain degré est possible (Rüdiger Safransky, son meilleur biographe, avec Heidegger et son temps, non cité par Faye, parle chez Heidegger au début des années 1930 d’un «antisémitisme de concurrence», mais jamais d’un «antisémitisme spirituel» ou «biologique»). Il est certain qu’il y a chez lui un attachement à l’idée de culture nationale fondée dans la langue et un imaginaire collectif (le Rhin, la germanité mythologique, etc) et qu’il a pu considérer certains Juifs comme culturellement enracinés dans un cosmopolitisme de diaspora : Faye biologise à l’excès sur des bases fragiles voire grotesques ce nationalisme herdérien pour s’en indigner et destituer Heidegger du nombre des philosophes pour cela. Mais n’y a-t-il pas un racisme grec (anti-asiatique = anti-perse et anti-sémite) chez Homère théorisé par Aristote ? Il est beau de défendre le philosophe juif Husserl contre l’ingratitude supposée de Heidegger, mais Husserl nous a laissé un texte clairement entaché de racisme à l’égard des tsiganes sur lequel est revenu Derrida ! Or Faye oublie que le nazisme extermina les tsiganes, ce qui ferait de Husserl une sorte de caution morale de cette extermination ! Faye incrimine également des passages mystérieux et tronqués, dit-il, par les éditeurs des œuvres complètes après 1945…
On attend donc toujours les preuves au-delà des interprétations, des promesses et des hypothèses de Faye. Pourtant Faye s’estime assez informé pour exiger le retrait des œuvres de Heidegger des bibliothèques de philosophie ! Heidegger contaminerait les jeunes esprits et devrait être rangé dans la documentation sur la propagande nazie. On croit rêver, car sans lui, combien de grandes œuvres du vingtième siècle seraient-elles incompréhensibles, en tout ou partie ? Au lieu du «juge Faye», ne doit-on pas laisser les vrais philosophes créateurs de notre temps comme Sartre, Merleau-Ponty, Reiner Schürmann et parmi eux nombre de penseurs «juifs» comme Lévinas, Arendt ou Derrida inspirer notre jugement, par leurs dettes avouées et leurs usages de sa pensée ? Faye semble ignorer que Jaspers lui-même (marié à une Juive, en froid avec Heidegger et critique de certains aspects de sa pensée) demanda peu après la guerre le retour dans l’enseignement de ce philosophe «indispensable à l’université allemande !» (Qui a étudié leurs relations sait que Heidegger écrivit à Jaspers pour lui dire sa honte d’avoir joué un rôle dans l’université nazie et d’avoir manqué de courage, mais qu’en revanche Jaspers loua son discours du rectorat).
Il faut noter l’absence de grands noms dans la bibliographie : sont-ils nazis ou imbéciles les Biemel, Wahl, Haar, Grondin, Granel, Vattimo, Birault, et tant d’autres parmi ses commentateurs et ses traducteurs, etc. ? N’aurait-on pas eu besoin de leurs lumières ? Leurs travaux prouvent qu’il est absurde de réduire la pensée de Heidegger à sa période de proximité avec le nazisme. Il est vrai que Faye, et c’est fort inquiétant, accuse de «révisionnisme» (après le bluff et le montage, le terrorisme intellectuel) les défenseurs de Heidegger, qui osèrent contredire les procès en cryptonazisme que sont les «scandales Heidegger». Défendre Heidegger témoignerait d’une fascination pour le nazisme ou y mènerait, et produirait une collusion objective ou effective avec le négationnisme de la Shoah ! Pour la compréhension de la position de Heidegger sur le nazisme, mieux vaut lire Silvio Vietta, Heidegger critique du national-socialisme et de la technique.
De deux choses l’une : ou l’œuvre de Heidegger est distincte du nazisme et stimulante pour la pensée, et il est absurde d’en priver les étudiants (qui doivent apprendre à penser) et de la qualifier de nazie ; ou elle est intrinsèquement nazie et les universités sont remplies de nazis, de crypto- et paranazis ou d’imbéciles! Faye prétend que l’oeuvre publiée est le fruit d’une auto-censure après 1945 : il est étrange que les intellectuels qui jugèrent le cas Heidegger en 1945 pour la dénazification n’aient pas connus les fameux documents (qui devaient être accessibles), mais si on envisage cette hypothèse, les œuvres révisées depuis 1945 ne sont donc plus nazies et c’est pourtant ce que leur reproche encore Faye ! On ne comprend pas pourquoi, si ces archives avaient été aussi compromettantes Heidegger ne les eût pas fait disparaître de ses archives. Naïveté ou opération concertée de démolition/diffamation mise en scène par Faye après le ratage de Farias ?
Le livre se termine par une définition moralisante de l’espace de la philosophie, qui feint d’ignorer qu’on fait rarement de la bonne philosophie en étalant ses bons sentiments et sa vertu outragée. A ce compte, il faudrait retirer des bibliothèques l’œuvre de Hobbes, en qui on peut voir le chantre du totalitarisme ! Signalons que le politologue anti-nazi Franz Neumann intitula son étude de l’Etat nazi Behemoth (1942), qui est aussi un titre de Hobbes ! (Bizarrement Y-Ch.Zarka, autrefois spécialiste de Hobbes, qui n’en demanda jamais l’interdiction et publie aujourd’hui contre Schmitt, bénéficiant des mêmes pages de promotion dans la presse, est signalé en bibliographie par Faye ! Il y a des coïncidences !…) Un inquisiteur humaniste aussi exigeant que Faye devrait aussi savoir que Bergson en qui il exalte le vrai humaniste alla plaider l’entrée en guerre des États-Unis auprès de la France pendant la Première Guerre mondiale et écrivit des textes contre la philosophie allemande qui ne l’honorent pas.
La question est derechef : pourquoi traiter précisément Heidegger en sorcière démasquée ? Au-delà d’une stratégie personnelle ou collective de promotion, il y a sans doute un contexte idéologique. La clé de tout cela se trouve probablement dans la lecture même qu’Emmanuel Faye, après son père, veut nous interdire.
Nicolas Plagne

 

Bernard Sichère
Les Faye défaillent
Il y a quelques semaines, à Bruxelles, dans le cadre de la présentation d’une nouvelle revue de philosophie, Jean-Pierre Faye, livre de son fils Emmanuel sous le bras, était venu en assurer la promotion en profitant sans vergogne de la tribune qui lui était offerte. Rencontrant toutefois, notamment de la part du public, une certaine résistance à ses propos, il avait battu apparemment en retraite et avait dû concéder qu’il n’était nullement question d’empêcher qui que ce soit de lire Heidegger mais, au contraire, qu’il fallait de toute urgence le lire afin de prendre toute la mesure de la nocivité de sa philosophie.
Récidivant, le même Jean-Pierre Faye est venu soutenir son fils qui devait présenter son livre à la Sorbonne, salle Cavaillès, le samedi 14 mai, à l’invitation d’une association de professeurs de philosophie. Devant un auditoire en partie gagné d’avance, et qui était loin d’être composé uniquement de professeurs de philosophie, Emmanuel Faye a commencé par répéter l’essentiel de ses propos sans se démonter le moins du monde quand, dans la salle, certains lecteurs de Heidegger ont tenté de montrer de quelle manière il trahissait les textes qu’il prétendait citer en leur donnant manifestement le contraire de leur signification. Lorsque quelqu’un a tenté de faire entendre qu’il était gravissime devant des professeurs de philosophie de prétendre interdire un auteur et le mettre au ban de la philosophie, comme cela est inscrit noir sur blanc dans son livre, Emmanuel Faye a confirmé que c’était bien là son intention et qu’on ne pouvait impunément faire figurer dans des programmes un penseur ouvertement raciste et antisémite. Il a également maintenu, sans rencontrer de la part de la salle la moindre demande d’explication, que Heidegger et Jean Beaufret étaient effectivement désignés par lui comme “négationnistes”, et que plusieurs commentateurs de Heidegger, dont François Fédier, étaient cités dans son livre comme “révisionnistes”.
Quant à Jean-Pierre Faye, quelqu’un ayant évoqué une “affaire de famille” en soulignant l’étrange obstination de cette vindicte anti-Heidegger qui passe du père au fils, il s’est drapé dans sa dignité en parlant de “diffamation” (laquelle ?) et a rendu longuement hommage au travail d’Emmanuel Faye. Quand un petit lacanien a demandé timidement quoi faire désormais de l’hommage constant et appuyé de Lacan à la pensée de Heidegger, Faye père, sans se démonter le moins du monde, s’est permis de lui répondre avec autorité que bien entendu Lacan ne savait pas alors ce que nous savons désormais grâce au superbe travail de son fils. Les lacaniens apprécieront. Quant aux philosophes, il leur reste à méditer si la cause de la philosophie sort grandie de cette manipulation quasiment délirante des textes et si vraiment, perspective consternante, le niveau actuel de l’enseignement de la philosophie en France est illustré par cette sinistre guignolade accueillie dans l’auguste enceinte de la Sorbonne.

23 mai 2005, Bernard Sichère

Heidegger: introducción del nazismo en la filosofía


El gran filósofo alemán del siglo XX, Martin Heidegger, al que se sigue dedicando en muchas universidades mesas redondas, conferencias, libros,artículos,tesis doctorales, es cada vez más objeto de durísimas críticas por su faceta como filósofo que admiraba y sostenía desde sus obras el régimen nazi del Führer, Adolfo Hitler.
Materiales hasta hace poco inéditos o notraducidos del alermán está siendo mostrados al público en nuevas publicaciones que aún no se conmocen en lengua española.
Por eso consideramos de gran importancia dar aconocer a los lectores de introfilosofía este tipo de referencias, aunque estén en otras lenguas(en este caso , francesa)

Un entretien avec Emmanuel Faye, «Une oeuvre antisémite», Aude Lancelin

Mardi 24 mai 2005 – 20h15 sur le site sur le web
Semaine du jeudi 28 avril 2005 – n°2112 – Livres

Un entretien avec Emmanuel Faye

«Une oeuvre antisémite»

L’auteur de «Heidegger, l’introduction du nazisme dans la
philosophie» expose les révélations contenues dans son livre.Ses
conclusions sont terribles

Le Nouvel Observateur. – Pourquoi avoir décidé de relancer
aujourd’hui l’affaire de l’engagement nazi de Heidegger?
Emmanuel Faye. – Je dirais plutôt que mon travail est celui
d’un philosophe qui s’est interrogé sur les fondements de
l’œuvre de Heidegger. Hugo Ott et Victor Farias nous avaient
éclairés sur l’engagement politique de l’homme. Demeurait la
question cruciale de savoir ce qu’il en était de l’œuvre. A la
lecture des cours récemment publiés en allemand, j’ai compris
que dans ses fondements mêmes l’enseignement de Heidegger se
confondait avec la destruction de l’homme programmée par
l’hitlérisme
. Ainsi fait-il l’apologie explicite de la «vision
du monde» du Führer. Il parle en outre d’identifier l’ennemi
dans le peuple pour «l’anéantir totalement»
comme chez
Jünger, l’ennemi caché dans le peuple désigne alors avant tout
le juif assimilé
. Or Heidegger a lui-même tracé le plan de ses
«œuvres complètes», incluant ces cours nazis. En cela, il va
même plus loin que Carl Schmitt, qui n’a pas réédité ses
textes les plus marqués par le nazisme.

N. O. – Qu’apportez-vous ici comme éléments inédits manquant
au public français pour évaluer le nazisme de Heidegger?
E. Faye. – J’ai montré l’importance des liens qui le
rattachent, dès les années 1920, à l’époque d’«Etre et Temps»,
à des auteurs racistes et pronazis comme Erich Rothacker,
Alfred Baeumler ou Ludwig Clauss. Mais j’ai surtout pris appui
sur deux séminaires inédits. Dans celui de l’hiver 1933-1934,
professé devant un auditoire sélectionné où une grande part
des étudiants porte l’uniforme de la SS ou de la SA, Heidegger
dispense un cours d’«éducation politique» en vue de former une
«nouvelle noblesse» pour le IIIe Reich
. Il utilise la relation
entre l’Etre et l’Etant pour décrire la relation politique
entre l’Etat du Führer et le peuple. Quant au peuple, il le
définit comme «unité de sang et de race». L’hitlérisme est
donc bien au fondement de son enseignement.

N. O. – Heidegger justifiera son adhésion au parti nazi en
affirmant qu’il avait voulu défendre l’autonomie de
l’université allemande par rapport au pouvoir hitlérien. Une
thèse intenable selon vous…
E. Faye. – On peut tout au contraire parler chez lui d’une
volonté de politisation radicale de l’université allemande. Il
collabore activement à l’instauration du «principe du Führer»
dans l’université: les recteurs ne sont plus élus, mais nommés
par l’Etat nazi. Plus grave encore: Heidegger prononce l’éloge
du «Nouveau Droit des étudiants allemands» instaurant un
numerus clausus antisémite et racial.

N. O. – Il va pourtant démissionner du rectorat assez
rapidement. Pour quelle raison?
E. Faye. – Heidegger démissionne par solidarité envers le
doyen qu’il avait nommé à la tête de la faculté de droit, Erik
Wolf. On a voulu faire croire que ce doyen n’était pas nazi.
Il n’en est rien. Ce que les autorités reprochent à Erik Wolf,
c’est tout au contraire son activisme excessif. Les écrits de
Wolf révèlent un juriste ultranazi, engagé dans la
justification du racisme et de l’eugénisme, et se réclamant de
Carl Schmitt et d’Alfred Rosenberg
. En 1945, Wolf expliquera
du reste que c’est sous l’influence de Heidegger qu’il avait
adhéré au nazisme. Les deux hommes partagent donc le même
extrémisme.

N. O. – Concernant l’antisémitisme, vous exhumez certains
éléments accablants…
E. Faye. – Presque à chaque page de mon livre on trouve
confirmation du fait que les fondements de son œuvre sont
d’ordre racial, et que l’antisémitisme l’habite
. Il y a la
lettre du 2 octobre 1929 où Heidegger s’élève contre
«l’enjuivement croissant de la vie spirituelle alle-mande», et
plusieurs rapports universitaires dans lesquels il utilise des
arguments racistes et antisémites
. Il faudrait également citer
les nombreux textes où il stigmatise l’ennemi comme
l’«Asiatique», mot qui, dans la langue nazie, désigne avant
tout les juifs
. Accablante elle aussi, l’intensité des liens
noués par Heidegger avec l’association d’étudiants antisémite
qui conduisait dans tout le Reich l’action «contre l’esprit
non allemand» et organisait les auto-dafés de livres
.

N. O. – Est-il cependant possible de contester à l’œuvre de
Heidegger toute valeur philosophique et de réduire l’auteur
d’«Etre et Temps», inspirateur d’une large part de la
philosophie contemporaine, à une sorte d’extrémiste hitlérien?
E. Faye. – Dès 1946, un philosophe comme Karl Löwith, qui
avait très bien connu Heidegger, affirmait qu’il était «plus
radical que MM. Krieck et Rosenberg»
. Malheureusement, la
réception de Heidegger hors d’Allemagne est restée tributaire
de ce que l’on a traduit et de la manière dont on l’a fait. Il
a donc fallu analyser de très nombreux écrits encore inconnus
en France, ce que j’ai réalisé dans mon livre. J’ai découvert
qu’en juin 1940 Heidegger présente la «motorisation de la
Wehrmacht» comme «un acte métaphysique»
. A la même époque,
dans ses écrits sur Ernst Jünger, il évoque positivement
«l’être-race» érigé «en fin ultime» et parle de «l’essence non
encore purifiée des Allemands»
. En 1942, il va jusqu’à
légitimer la «sélection raciale» comme «métaphysiquement
nécessaire». Une œuvre qui exalte, sous le nom de
«métaphysique», la folie meurtrière du nazisme peut-elle un
seul instant être considérée comme philosophique! Telle est la
question à laquelle répond mon livre.

Maître de conférences à l’université de Paris-X-Nanterre,
Emmanuel Faye, fils du philosophe Jean-Pierre Faye, a déjà
publié «Philosophie et perfection de l’homme. De la
Renaissance à Descartes».

Aude Lancelin

© Le Nouvel Observateur 2003/2004

EL MEIN KAMPF (FRAGMENTOS)

FUENTE http://studymore.org.uk/ynazi.htm
Mental Health Time Line: Eugenics
Nazis and Christians
Notes on National Socialist Theory

Adolf Hitler’s Mein Kampf

(Volume one 1925. Volume two 1927)
Summary Extracts
From Walter Theimer’s . 1939 The Penguin Political Dictionary – Entry un “Hitler – Mein Kampf (pp 108-109) provides a “brief outline”. I have followed this with Theimer’s entry on “Aryans”
Hitler: Mein Kampf

The essence of all life is race and blood. There is a superior race called the Aryan (or Nordic) race. This has subdued inferior races and built civilisation. However, cross-breeding with inferiors is bringing about physical decline and spiritual decadence.

The Jews desire the destruction of the Aryan race. They form a secret world-wide organisation whose principle object is the disintegration of Aryan people by influencing to the mixing of blood. They hope to create a decadent race of mongrels which will easily succumb to Jewish domination.

France is the stronghold of the Jews. It is controlled by Jewish financiers. There is a constant inflow of negroes interbreeding with the French population. This is the work of the Jews, who want to see a Mulatto State stretching from the Congo to the Rhine, as the basis for bastardising the rest of white Europe.

Germany is the world’s most outspoken Aryan power. It is therefore the chief object of Jewish hostility. They organised the 1914-1918 war to destroy Germany. They instigate French hostility to Germany, and, from the other side, organised the Communist revolution in Russia. Bolshevism and marxist socialism generally are nothing but a means to obtain Jewish world domination. The same can be said for democracy. Communists, socialists, democrats and freemasons all work for jewish-bolshevist aims in all countries, particularly Germany.

Hitler’s mission (Mein Kampf = my fight/struggle) was to save Germany and the Aryan race generally from the threat from the Jews and their allies. His programme was to organise a strong nationalist State under National- Socialist leadership, to suppress all other parties, to combat the Jews and to concentrate on racial improvement. Germany would rearm, undoing the treaty of Versailles, and all German-speakers would be united within the Reich. Britain and Italy should be sought as allies in the destruction of France. This would secure Germany’s back so that she could pursue a policy of eastward expansion, colonising southern Russia (the Ukraine). Germany would smash bolshevist Russia and take wide new territory from her. Overseas expansion would be postponed until Germany’s continental empire was built – a German Empire of 250 million people of first-class race was destined to dominate the continent in a hundred years time. World expansion would follow her European power:

“Germany will either be a World Power or she will not be at all.”
Walter Theimer’s entry on
Aryans

A term originating in the science of languages and erroneously applied to the field of racial and national questions.

The word ” Arya ” is Sanskrit, and is the name by which a warlike northern Indian people is described in ancient Indian scripts about 3000BC. The name means “lord”.

It became usual in philological science to speak of an inter-related group of Indian languages as “Ayran.” A German scholar, Friedrich Max Müller, who lived at Oxford from 1848 until his death in 1900, invented the theory that the mythological Aryans had not only spoken the primitive Indo-European language from which all present languages of this family (ranging from Hindustani to English) derived their origin, but had even been the Aryan or Indo-European “Urvolk”, primitive race.

Nationalist and romantic writers in Germany and also England seized upon this idea, and a myth arose of this Aryan Urvolk descending from the snow-clad peaks of the Pamir and spreading not only over all India and Persia but, more important, across the wide Russian steppes into all Europe to lay the foundations for all future civilisation.

It was claimed that all speakers of Indo-European languages were descendants of this “Ayran race”, to whom extraordinary qualities were attributed.

Later research has proved beyond doubt that the Indo-Persian group of languages, the “Aryan” group in the philological sense, is not the eldest or primitive Indo-European language. Nobody knows what the people who first spoke a language of this family were like, where they lived (except that it was somewhere in Asia) and whether they bore any resemblance to any of the races inhabiting Europe at present.

There is no historical proof of any ” Aryan ” people coming from India to Europe. The Aryan languages may as well have come to India from Europe, and, generally speaking, languages may migrate without a corresponding racial migration. The Romanic elements in the English language were not introduced by a Romanic people but by the purely Teutonic Normans. The people or peoples who brought the Indo-European languages to Europe, wherever their cradle may have stood, need in no wise have been of Indo-European or “Aryan” race. Recent studies on the Aryan language of the biblical Hittites have even suggested the idea that the Aryan-speaking Urvolk was Semitic, long-nosed and black-haired.

Müller recognised his error in later years and wrote a good deal to repeal it. He emphasised that “Aryan” was only a philological term, and meant neither blood nor bones, nor hair, nor skull. As a matter of fact, there is no such thing as an Aryan in Europe. The myth, however, has survived its creator and become the principal weapon of Anti-Semitism. Thus “Aryan ” is often merely synonymous with ” non-Jewish “.

Extracts from Mein Kampf

Volume One: A Retrospect
1.1 In the Home of My Parents
1.2 Years of Study and Suffering in Vienna
1.3 Political Reflections Arising out of My Sojourn in Vienna
1.4 Munich
1.5 The World War
1.6 War Propaganda
1.7 The Revolution
1.8 The Beginning of My Political Activities
1.9 The German Labour Party
1.10 Why the Second Reich Collapsed
1.11 Race and People
1.12 The First Stage in the Development of the German National Socialist Labour Party

Volume Two: The National Socialist Movement

2.1 Weltanschauung and Party
2.2 The State
2.3 Citizens and Subjects of the State
2.4 Personality and the Ideal of the People’s State
2.5 Weltanschauung and Organisation
2.6 The First Period of Our Struggle
2.7 The Conflict with the Red Forces
2.8 The Strong is Strongest When Alone
2.9 Fundamental Ideas Regarding the Nature and Organisation of The Storm Troops
2.10 The Mask of Federalism
2.11 Propaganda and Organisation
2.12 The Problem of the Trade Unions
2.13 The German Post-war Policy of Alliances
2.14 Germany’s Policy in Eastern Europe
2.15 The Right to Self-defence

Volume 1: A Retrospect

1.4: Munich

What form shall the life of the nation assume in the near future – that is to say within such a period as we can forecast? And by what means can the necessary foundation and security be guaranteed for this development within the framework of the general distribution of power among the European nations? A clear analysis of the principles on which the foreign policy of German statecraft were to be based should have led to the following conclusions:

The annual increase of population in Germany amounts to almost 900,000 souls. The difficulties of providing for this army of new citizens must grow from year to year and must finally lead to a catastrophe, unless ways and means are found which will forestall the danger of misery and hunger. There were four ways of providing against this terrible calamity:

solution one
(1) It was possible to adopt the French example and artificially restrict the number of births, thus avoiding an excess of population.

Under certain circumstances, in periods of distress or under bad climatic condition, or if the soil yields too poor a return, Nature herself tends to check the increase of population in some countries and among some races, but by a method which is quite as ruthless as it is wise. It does not impede the procreative faculty as such; but it does impede the further existence of the offspring by submitting it to such tests and privations that everything which is less strong or less healthy is forced to retreat into the bosom of tile unknown. Whatever survives these hardships of existence has been tested and tried a thousandfold, hardened and renders fit to continue the process of procreation; so that the same thorough selection will begin all over again. By thus dealing brutally with the individual and recalling him the very moment he shows that he is not fitted for the trials of life, Nature preserves the strength of the race and the species and raises it to the highest degree of efficiency.

The decrease in numbers therefore implies an increase of strength, as far as the individual is concerned, and this finally means the invigoration of the species.

But the case is different when man himself starts the process of numerical restriction. Man is not carved from Nature’s wood. He is made of ‘human’ material. He knows more than the ruthless Queen of Wisdom. He does not impede the preservation of the individual but prevents procreation itself. To the individual, who always sees only himself and not the race, this line of action seems more humane and just than the opposite way. But, unfortunately, the consequences are also the opposite.

By leaving the process of procreation unchecked and by submitting the individual to the hardest preparatory tests in life, Nature selects the best from an abundance of single elements and stamps them as fit to live and carry on the conservation of the species. But man restricts the procreative faculty and strives obstinately to keep alive at any cost whatever has once been born. This correction of the Divine Will seems to him to be wise and humane, and he rejoices at having trumped Nature’s card in one game at least and thus proved that she is not entirely reliable. The dear little ape of an all-mighty father is delighted to see and hear that he has succeeded in effecting a numerical restriction; but he would be very displeased if told that this, his system, brings about a degeneration in personal quality.

For as soon as the procreative faculty is thwarted and the number of births diminished, the natural struggle for existence which allows only healthy and strong individuals to survive is replaced by a sheer craze to ‘save’ feeble and even diseased creatures at any cost. And thus the seeds are sown for a human progeny which will become more and more miserable from one generation to another, as long as Nature’s will is scorned.

But if that policy be carried out the final results must be that such a nation will eventually terminate its own existence on this earth; for though man may defy the eternal laws of procreation during a certain period, vengeance will follow sooner or later. A stronger race will oust that which has grown weak; for the vital urge, in its ultimate form, will burst asunder all the absurd chains of this so-called humane consideration for the individual and will replace it with the humanity of Nature, which wipes out what is weak in order to give place to the strong.

Any policy which aims at securing the existence of a nation by restricting the birth-rate robs that nation of its future.

solution two
(2) A second solution is that of internal colonisation. This is a proposal which is frequently made in our own time and one hears it lauded a good deal. It is a suggestion that is well-meant but it is misunderstood by most people, so that it is the source of more mischief than can be imagined.

It is certainly true that the productivity of the soil can be increased within certain limits; but only within defined limits and not indefinitely. By increasing the productive powers of the soil it will be possible to balance the effect of a surplus birth-rate in Germany for a certain period of time, without running any danger of hunger. But we have to face the fact that the general standard of living is rising more quickly than even the birth rate. The requirements of food and clothing are becoming greater from year to year and are out of proportion to those of our ancestors of, let us say, a hundred years ago. It would, therefore, be a mistaken view that every increase in the productive powers of the soil will supply the requisite conditions for an increase in the population. No. That is true up to a certain point only, for at least a portion of the increased produce of the soil will be consumed by the margin of increased demands caused by the steady rise in the standard of living. But even if these demands were to be curtailed to the narrowest limits possible and if at the same time we were to use all our available energies in the intenser cultivation, we should here reach a definite limit which is conditioned by the inherent nature of the soil itself. No matter how industriously we may labour we cannot increase agricultural production beyond this limit. Therefore, though we may postpone the evil hour of distress for a certain time, it will arrive at last. The first phenomenon will be the recurrence of famine periods from time to time, after bad harvests, etc. The intervals between these famines will become shorter and shorter the more the population increases; and, finally, the famine times will disappear only in those rare years of plenty when the granaries are full. And a time will ultimately come when even in those years of plenty there will not be enough to go round; so that hunger will dog the footsteps of the nation. Nature must now step in once more and select those who are to survive, or else man will help himself by artificially preventing his own increase, with all the fatal consequences for the race and the species which have been already mentioned.

It may be objected here that, in one form or another, this future is in store for all mankind and that the individual nation or race cannot escape the general fate.

At first glance, that objection seems logical enough; but we have to take the following into account:

The day will certainly come when the whole of mankind will be forced to check the augmentation of the human species, because there will be no further possibility of adjusting the productivity of the soil to the perpetual increase in the population. Nature must then be allowed to use her own methods or man may possibly take the task of regulation into his own hands and establish the necessary equilibrium by the application of better means than we have at our disposal to-day. But then it will be a problem for mankind as a whole, whereas now only those races have to suffer from want which no longer have the strength and daring to acquire sufficient soil to fulfil their needs. For, as things stand to-day, vast spaces still lie uncultivated all over the surface of the globe. Those spaces are only waiting for the ploughshare. And it is quite certain that Nature did not set those territories apart as the exclusive pastures of any one nation or race to be held unutilised in reserve for the future. Such land awaits the people who have the strength to acquire it and the diligence to cultivate it.

Nature knows no political frontiers. She begins by establishing life on this globe and then watches the free play of forces. Those who show the greatest courage and industry are the children nearest to her heart and they will be granted the sovereign right of existence.

If a nation confines itself to ‘internal colonisation’ while other races are perpetually increasing their territorial annexations all over the globe, that nation will be forced to restrict the numerical growth of its population at a time when the other nations are increasing theirs. This situation must eventually arrive. It will arrive soon if the territory which the nation has at its disposal be small. Now it is unfortunately true that only too often the best nations – or, to speak more exactly, the only really cultured nations, who at the same time are the chief bearers of human progress – have decided, in their blind pacifism, to refrain from the acquisition of new territory and to be content with ‘internal colonisation.’ But at the same time nations of inferior quality succeed in getting hold of large spaces for colonisation all over the globe. The state of affairs which must result from this contrast is the following:

Races which are culturally superior but less ruthless would be forced to restrict their increase, because of insufficient territory to support the population, while less civilised races could increase indefinitely, owing to the vast territories at their disposal. In other words: should that state of affairs continue, then the world will one day be possessed by that portion of mankind which is culturally inferior but more active and energetic.

A time will come, even though in the distant future, when there can be only two alternatives: Either the world will be ruled according to our modern concept of democracy, and then every decision will be in favour of the numerically stronger races; or the world will be governed by the law of natural distribution of power, and then those nations will be victorious who are of more brutal will and are not the nations who have practised self-denial.

Nobody can doubt that this world will one day be the scene of dreadful struggles for existence on the part of mankind. In the end the instinct of self-preservation alone will triumph. Before its consuming fire this so-called humanitarianism, which connotes only a mixture of fatuous timidity and self-conceit, will melt away as under the March sunshine. Man has become great through perpetual struggle. In perpetual peace his greatness must decline.

For us Germans, the slogan of ‘internal colonisation’ is fatal, because it encourages the belief that we have discovered a means which is in accordance with our innate pacifism and which will enable us to work for our livelihood in a half slumbering existence. Such a teaching, once it were taken seriously by our people, would mean the end of all effort to acquire for ourselves that place in the world which we deserve. If. the average German were once convinced that by this measure he has the chance of ensuring his livelihood and guaranteeing his future, any attempt to take an active and profitable part in sustaining the vital demands of his country would be out of the question. Should the nation agree to such an attitude then any really useful foreign policy might be looked upon as dead and buried, together with all hope for the future of the German people.

Once we know what the consequences of this ‘internal colonisation’ theory would be we can no longer consider as a mere accident the fact that among those who inculcate this quite pernicious mentality among our people the Jew is always in the first line. He knows his softies only too well not to know that they are ready to be the grateful victims of every swindle which promises them a gold-block in the shape of a discovery that will enable them to outwit Nature and thus render superfluous the hard and inexorable struggle for existence; so that finally they may become lords of the planet partly by sheer DOLCE FAR NIENTE and partly by working when a pleasing opportunity arises.

It cannot be too strongly emphasised that any German ‘internal colonisation’ must first of all be considered as suited only for the relief of social grievances. To carry out a system of internal colonisation, the most important preliminary measure would be to free the soil from the grip of the speculator and assure that freedom. But such a system could never suffice to assure the future of the nation without the acquisition of new territory.

If we adopt a different plan we shall soon reach a point beyond which the resources of our soil can no longer be exploited, and at the same time we shall reach a point beyond which our man-power cannot develop.

In conclusion, the following must be said:

The fact that only up to a limited extent can internal colonisation be practised in a national territory which is of definitely small area and the restriction of the procreative faculty which follows as a result of such conditions – these two factors have a very unfavourable effect on the military and political standing of a nation.

The extent of the national territory is a determining factor in the external security of the nation. The larger the territory which a people has at its disposal the stronger are the national defences of that people. Military decisions are more quickly, more easily, more completely and more effectively gained against a people occupying a national territory which is restricted in area, than against States which have extensive territories. Moreover, the magnitude of a national territory is in itself a certain assurance that an outside Power will not hastily risk the adventure of an invasion; for in that case the struggle would have to be long and exhausting before victory could be hoped for. The risk being so great. there would have to be extraordinary reasons for such an aggressive adventure. Hence it is that the territorial magnitude of a State furnishes a basis whereon national liberty and independence can be maintained with relative ease; while, on the contrary, a State whose territory is small offers a natural temptation to the invader.

As a matter of fact, so-called national circles in the German REICH rejected those first two possibilities of establishing a balance between the constant numerical increase in the population and a national territory which could not expand proportionately. But the reasons given for that rejection were different from those which I have just expounded. It was mainly on the basis of certain moral sentiments that restriction of the birth-rate was objected to. Proposals for internal colonisation were rejected indignantly because it was suspected that such a policy might mean an attack on the big landowners, and that this attack might be the forerunner of a general assault against the principle of private property as a whole. The form in which the latter solution – internal colonisation – was recommended justified the misgivings of the big landowners.

But the form in which the colonisation proposal was rejected was not very clever, as regards the impression which such rejection might be calculated to make on the mass of the people, and anyhow it did not go to the root of the problem at all.

Only two further ways were left open in which work and bread could be secured for the increasing population.

solution three
(3) It was possible to think of acquiring new territory on which a certain portion of’ the increasing population could be settled each year; or else

solution four
(4) Our industry and commerce had to be organised in such a manner as to secure an increase in the exports and thus be able to support our people by the increased purchasing power accruing from the profits made on foreign markets.

Therefore the problem was: A policy of territorial expansion or a colonial and commercial policy. Both policies were taken into consideration, examined, recommended and rejected, from various standpoints, with the result that the second alternative was finally adopted. The sounder alternative, however, was undoubtedly the first.

Nothing was dreaded so much as the possibility of an armed conflict; but finally, and at a most unfavourable moment, the conflict had to be faced and accepted. They thought to cut loose from the cords of destiny, but destiny held them fast.

They dreamt of maintaining a world peace and woke up to find themselves in a world war.

And that dream of peace was a most significant reason why the above-mentioned third alternative for the future development of Germany was not even taken into consideration. The fact was recognised that new territory could be gained only in the East; but this meant that there would be fighting ahead, whereas they wanted peace at any cost. The slogan of German foreign policy at one time used to be: The use of all possible means for the maintenance of the German nation. Now it was changed to: Maintenance of world peace by all possible means. We know what the result was. I shall resume the discussion of this point in detail later on.

There remained still another alternative, which we may call the fourth. This was: Industry and world trade, naval power and colonies.

Such a development might certainly have been attained more easily and more rapidly. To colonise a territory is a slow process, often extending over centuries. Yet this fact is the source of its inner strength, for it is not through a sudden burst of enthusiasm that it can be put into effect, but rather through a gradual and enduring process of growth quite different from industrial progress, which can be urged on by advertisement within a few years. The result thus achieved, however, is not of lasting quality but something frail, like a soap-bubble. It is much easier to build quickly than to carry through the tough task of settling a territory with farmers and establishing farmsteads. But the former is more quickly destroyed than the latter.

In adopting such a course Germany must have known that to follow it out would necessarily mean war sooner or later. Only children could believe that sweet and unctuous expressions of goodness and persistent avowals of peaceful intentions could get them their bananas through this ‘friendly competition between the nations’, with the prospect of never having to fight for them.

Now, the truth is that the State in itself has nothing whatsoever to do with any definite economic concept or a definite economic development. It does not arise from a compact made between contracting parties, within a certain delimited territory, for the purpose of serving economic ends. The State is a community of living beings who have kindred physical and spiritual natures, organised for the purpose of assuring the conservation of their own kind and to help towards fulfilling those ends which Providence has assigned to that particular race or racial branch. Therein, and therein alone, lie the purpose and meaning of a State. Economic activity is one of the many auxiliary means which are necessary for the attainment of those aims. But economic activity is never the origin or purpose of a State, except where a State has been originally founded on a false and unnatural basis. And this alone explains why a State as such does not necessarily need a certain delimited territory as a condition of its establishment. This condition becomes a necessary pre-requisite only among those people who would provide and assure subsistence for their kinsfolk through their own industry, which means that they are ready to carry on the struggle for existence by means of their own work. People who can sneak their way, like parasites, into the human body politic and make others work for them under various pretences can form a State without possessing any definite delimited territory. This is chiefly applicable to that parasitic nation which, particularly at the present time preys upon the honest portion of mankind; I mean the Jews.

The Jewish State has never been delimited in space. It has been spread all over the world, without any frontiers whatsoever, and has always been constituted from the membership of one race exclusively. That is why the Jews have always formed a State within the State. One of the most ingenious tricks ever devised has been that of sailing the Jewish ship-of-state under the flag of Religion and thus securing that tolerance which Aryans are always ready to grant to different religious faiths. But the Mosaic Law is really nothing else than the doctrine of the preservation of the Jewish race. Therefore this Law takes in all spheres of sociological, political and economic science which have a bearing on the main end in view.

The instinct for the preservation of one’s own species is the primary cause that leads to the formation of human communities. Hence the State is a racial organism, and not an economic organisation. The difference between the two is so great as to be incomprehensible to our contemporary so-called ‘statesmen’. That is why they like to believe that the State may be constituted as an economic structure, whereas the truth is that it has always resulted from the exercise of those qualities which are part of the will to preserve the species and the race. But these qualities always exist and operate through the heroic virtues and have nothing to do with commercial egoism; for the conservation of the species always presupposes that the individual is ready to sacrifice himself. Such is the meaning of the poet’s lines:

“Und setzet ihr nicht das Leben ein,
nie wird euch das Leben gewonnen sein.”
[and if you do not stake your life,
you will never win life for yourself.]
Note: Lines quoted from the “Song of the Curassiers” in Schiller’s Wallenstein – External link to Gutenburg text]
The sacrifice of the individual existence is necessary in order to assure the conservation of the race. Hence it is that the most essential condition for the establishment and maintenance of a State is a certain feeling of solidarity, wounded [grounded?] in an identity of character and race and in a resolute readiness to defend these at all costs. With people who live on their own territory this will result in a development of the heroic virtues; with a parasitic people it will develop the arts of subterfuge and gross perfidy unless we admit that these characteristics are innate and that the varying political forms through which the parasitic race expresses itself are only the outward manifestations of innate characteristics. At least in the beginning, the formation of a State can result only from a manifestation of the heroic qualities I have spoken of. And the people who fail in the struggle for existence, that is to say those, who become vassals and are thereby condemned to disappear entirely sooner or later, are those who do not display the heroic virtues in the struggle, or those who fall victims to the perfidy of the parasites. And even in this latter case the failure is not so much due to lack of intellectual powers, but rather to a lack of courage and determination. An attempt is made to conceal the real nature of this failing by saying that it is the humane feeling.

The qualities which are employed for the foundation and preservation of a State have accordingly little or nothing to do with the economic situation. And this is conspicuously demonstrated by the fact that the inner strength of a State only very rarely coincides with what is called its economic expansion. On the contrary, there are numerous examples to show that a period of economic prosperity indicates the approaching decline of a State. If it were correct to attribute the foundation of human communities to economic forces, then the power of the State as such would be at its highest pitch during periods of economic prosperity, and not vice versa.

It is specially difficult to understand how the belief that the State is brought into being and preserved by economic forces could gain currency in a country which has given proof of the opposite in every phase of its history. The history of Prussia shows in a manner particularly clear and distinct, that it is out of the moral virtues of the people and not from their economic circumstances that a State is formed. It is only under the protection of those virtues that economic activities can be developed and the latter will continue to flourish until a time comes when the creative political capacity declines. Therewith the economic structure will also break down, a phenomenon which is now happening in an alarming manner before our eyes. The material interest of mankind can prosper only in the shade of the heroic virtues. The moment they become the primary considerations of life they wreck the basis of their own existence.

Whenever the political power of Germany was specially strong the economic situation also improved. But whenever economic interests alone occupied the foremost place in the life of the people, and thrust transcendent ideals into the back.-ground, the State collapsed and economic ruin followed readily.

If we consider the question of what those forces actually are which are necessary to the creation and preservation of a State, we shall find that they are: The capacity and readiness to sacrifice the individual to the common welfare. That these qualities have nothing at all to do with economics can be proved by referring to the simple fact that man does not sacrifice himself for material interests. In other words, he will die for an ideal but not for a business. The marvellous gift for public psychology which the English have was never shown better than the way in which they presented their case in the World War. We were fighting for our bread; but the English declared that they were fighting for ‘freedom’, and not at all for their own freedom. Oh, no, but for the freedom of the small nations. German people laughed at that effrontery and were angered by it; but in doing so they showed how political thought had declined among our so-called diplomats in Germany even before the War. These diplomatists did not have the slightest notion of what that force was which brought men to face death of their own free will and determination.

As long as the German people, in the War of 1914, continued to believe that they were fighting for ideals they stood firm. As soon as they were told that they were fighting only for their daily bread they began to give up the struggle.

1.5: The World War

The War of 1914 was certainly not forced on the masses; it was even desired by the whole people.

My own attitude towards the conflict was… simple and clear. I believed that it was not a case of Austria fighting to get satisfaction from Serbia but rather a case of Germany fighting for her own existence – the German nation for its own to-be-or-not-to-be, for its freedom and for its future. The work of Bismarck must now be carried on. Young Germany must show itself worthy of the blood shed by our fathers … And if this struggle should bring us victory our people will again rank foremost among the great nations. Only then could the German Empire assert itself as the mighty champion of peace, without the necessity of restricting the daily bread of its children for the sake of maintaining the peace.

I had so often sung Deutschland über alles and so often roared Heil that I now thought it was as a kind of retro-active grace that I was granted the right of appearing before the Court of Eternal Justice to testify to the truth of those sentiments.

In the August of 1914 the German worker was looked upon as an adherent of Marxist socialism. That was a gross error. When those fateful hours dawned the German worker shook off the poisonous clutches of that plague; otherwise he would not have been so willing and ready to fight. And people were stupid enough to imagine that Marxism had now become ‘national’, another apt illustration of the fact that those in authority had never taken the trouble to study the real tenor of the Marxist teaching. If they had done so, such foolish errors would not have been committed.

Marxism, whose final objective was and is and will continue to be the destruction of all non-Jewish national States, had to witness in those days of July 1914 how the German working classes, which it had been inveigling, were aroused by the national spirit and rapidly ranged themselves on the side of the Fatherland. Within a few days the deceptive smoke-screen of that infamous national betrayal had vanished into thin air and the Jewish bosses suddenly found themselves alone and deserted. It was as if not a vestige had been left of that folly and madness with which the masses of the German people had been inoculated for sixty years. That was indeed an evil day for the betrayers of German Labour. The moment, however, that the leaders realised the danger which threatened them they pulled the magic cap of deceit over their ears and, without being identified, played the part of mimes in the national reawakening.

The time seemed to have arrived for proceeding against the whole Jewish gang of public pests. Then it was that action should have been taken regardless of any consequent whining or protestation. At one stroke, in the August of 1914, all the empty nonsense about international solidarity was knocked out of the heads of the German working classes. A few weeks later, instead of this stupid talk sounding in their ears, they heard the noise of American-manufactured shrapnel bursting above the heads of the marching columns, as a symbol of international comradeship. Now that the German worker had rediscovered the road to nationhood, it ought to have been the duty of any Government which had the care of the people in its keeping, to take this opportunity of mercilessly rooting out everything that was opposed to the national spirit.

Of course this suggestion would give rise to the question: Is it possible to eradicate ideas by force of arms? Could a Weltanschauung be attacked by means of physical force?

At that time I turned these questions over and over again in my mind. By studying analogous cases, exemplified in history, particularly those which had arisen from religious circumstances, I came to the following fundamental conclusion:

Ideas and philosophical systems as well as movements grounded on a definite spiritual foundation, whether true or not, can never be broken by the use of force after a certain stage, except on one condition: namely, that this use of force is in the service of a new idea or Weltanschauung which burns with a new flame.

The application of force alone, without moral support based on a spiritual concept, can never bring about the destruction of an idea or arrest the propagation of it, unless one is ready and able ruthlessly to exterminate the last upholders of that idea even to a man, and also wipe out any tradition which it may tend to leave behind. Now in the majority of cases the result of such a course has been to exclude such a State, either temporarily or for ever, from the comity of States that are of political significance; but experience has also shown that such a sanguinary method of extirpation arouses the better section of the population under the persecuting power. As a matter of fact, every persecution which has no spiritual motives to support it is morally unjust and raises opposition among the best elements of the population; so much so that these are driven more and more to champion the ideas that are unjustly persecuted.

… nearly all attempts to exterminate a doctrine, without having some spiritual basis of attack against it, and also to wipe out all the organisations it has created, have led in many cases to the very opposite being achieved…

1.8 The Beginning of My Political Activities

1.8.1: Towards the end of November [1918] I returned to Munich. I went to the depot of my regiment, which was now in the hands of the ‘Soldiers’ Councils’. As the whole administration was quite repulsive to me, I decided to leave it as soon as I possibly could. With my faithful war-comrade, Ernst-Schmidt, I came to Traunstein and remained there until the camp was broken up. In March 1919 we were back again in Munich.

1.8.2: The situation there could not last as it was. It tended irresistibly to a further extension of the Revolution. Eisner’s death served only to hasten this development and finally led to the dictatorship of the Councils – or, to put it more correctly, to a Jewish hegemony, which turned out to be transitory but which was the original aim of those who had contrived the Revolution.

1.8.3: At that juncture innumerable plans took shape in my mind. I spent whole days pondering on the problem of what could be done, but unfortunately every project had to give way before the hard fact that I was quite unknown and therefore did not have even the first pre-requisite necessary for effective action. Later on I shall explain the reasons why I could not decide to join any of the parties then in existence.

1.8.4: As the new Soviet Revolution began to run its course in Munich my first activities drew upon me the ill-will of the Central Council. In the early morning of April 27th, 1919, I was to have been arrested; but the three fellows who came to arrest me did not have the courage to face my rifle and withdrew just as they had arrived.

1.8.5: A few days after the liberation of Munich I was ordered to appear before the Inquiry Commission which had been set up in the 2nd Infantry Regiment for the purpose of watching revolutionary activities. That was my first incursion into the more or less political field.

1.8.6: After another few weeks I received orders to attend a course of lectures which were being given to members of the army. This course was meant to inculcate certain fundamental principles on which the soldier could base his political ideas. For me the advantage of this organisation was that it gave me a chance of meeting fellow soldiers who were of the same way of thinking and with whom I could discuss the actual situation. We were all more or less firmly convinced that Germany could not be saved from imminent disaster by those who had participated in the November treachery – that is to say, the Centre and the Social-Democrats; and also that the so-called Bourgeois-National group could not make good the damage that had been done, even if they had the best intentions. They lacked a number of requisites without which such a task could never be successfully undertaken. The years that followed have justified the opinions which we held at that time.

1.8.7: In our small circle we discussed the project of forming a new party. The leading ideas which we then proposed were the same as those which were carried into effect afterwards, when the German Labour Party was founded. The name of the new movement which was to be founded should be such that of itself, it would appeal to the mass of the people; for all our efforts would turn out vain and useless if this condition were lacking. And that was the reason why we chose the name ‘Social-Revolutionary Party’, particularly because the social principles of our new organisation were indeed revolutionary.

1.8.8: But there was also a more fundamental reason. The attention which I had given to economic problems during my earlier years was more or less confined to considerations arising directly out of the social problem. Subsequently this outlook broadened as I came to study the German policy of the Triple Alliance. This policy was very largely the result of an erroneous valuation of the economic situation, together with a confused notion as to the basis on which the future subsistence of the German people could be guaranteed. All these ideas were based on the principle that capital is exclusively the product of labour and that, just like labour, it was subject to all the factors which can hinder or promote human activity. Hence, from the national standpoint, the significance of capital depended on the greatness and freedom and power of the State, that is to say, of the nation, and that it is this dependence alone which leads capital to promote the interests of the State and the nation, from the instinct of self-preservation and for the sake of its own development.

1.8.9: On such principles the attitude of the State towards capital would be comparatively simple and clear. Its only object would be to make sure that capital remained subservient to the State and did not allocate to itself the right to dominate national interests. Thus it could confine its activities within the two following limits: on the one side, to assure a vital and independent system of national economy and, on the other, to safeguard the social rights of the workers.

1.8.10: Previously I did not recognise with adequate clearness the difference between capital which is purely the product of creative labour and the existence and nature of capital which is exclusively the result of financial speculation. Here I needed an impulse to set my mind thinking in this direction; but that impulse had hitherto been lacking.

1.8.11: The requisite impulse now came from one of the men who delivered lectures in the course I have already mentioned. This was Gottfried Feder.

1.8.12: For the first time in my life I heard a discussion which dealt with the principles of stock-exchange capital and capital which was used for loan activities. After hearing the first lecture delivered by Feder, the idea immediately came into my head that I had now found a way to one of the most essential pre-requisites for the founding of a new party.

1.8.13: To my mind, Feder’s merit consisted in the ruthless and trenchant way in which he described the double character of the capital engaged in stock-exchange and loan transaction, laying bare the fact that this capital is ever and always dependent on the payment of interest.

1.8.28: … the following must be borne in mind: Any idea may be a source of danger if it be looked upon as an end in itself, when really it is only the means to an end. For me and for all genuine National-Socialists there is only one doctrine: People and Fatherland.

1.8.29: What we have to fight for is the necessary security for the existence and increase of our race and people, the subsistence of its children and the maintenance of our racial stock unmixed, the freedom and independence of the Fatherland; so that our people may be enabled to fulfil the mission assigned to it by the Creator.

1.8.30: All ideas and ideals, all teaching and all knowledge, must serve these ends. It is from this standpoint that everything must be examined and turned to practical uses or else discarded. Thus a theory can never become a mere dead dogma since everything will have to serve the practical ends of everyday life.

1.9 The German Labour Party
1.9 The German Workers Party

1939 – 1969 p.199
1.9.10: … I was living in one of the barracks of the 2nd Infantry Regiment. I had a little room which still bore the unmistakable traces of the Revolution. During the day I was mostly out, at the quarters of Light Infantry No. 41 or else attending meetings or lectures, held at some other branch of the army. I spent only the night at the quarters where I lodged. Since I usually woke up about five o’clock every morning I got into the habit of amusing myself with watching little mice which played around in my small room. I used to place a few pieces of hard bread or crust on the floor and watch the funny little beasts playing around and enjoying themselves with these delicacies. I had suffered so many privations in my own life that I well knew what hunger was and could only too well picture to myself the pleasure these little creatures were experiencing.

1.9.11: So on the morning after the meeting I have mentioned, it happened that about five o’clock I lay fully awake in bed, watching the mice playing and vying with each other. As I was not able to go to sleep again, I suddenly remembered the pamphlet that one of the workers had given me at the meeting. It was a small pamphlet of which this worker was the author. In his little book he described how his mind had thrown off the shackles of the Marxist and trades-union phraseology, and that he had come back to the nationalist ideals. That was the reason why he had entitled his little book: “My Political Awakening”. The pamphlet secured my attention the moment I began to read, and I read it with interest to the end. The process here described was similar to that which I had experienced in my own case ten years previously. Unconsciously my own experiences began to stir again in my mind. During that day my thoughts returned several times to what I had read; but I finally decided to give the matter no further attention. A week or so later, however, I received a postcard which informed me, to my astonishment, that I had been admitted into the German Labour Party. I was asked to answer this communication and to attend a meeting of the Party Committee on Wednesday next.

1.9.12: This manner of getting members rather amazed me, and I did not know whether to be angry or laugh at it. Hitherto I had not any idea of entering a party already in existence but wanted to found one of my own. Such an invitation as I now had received I looked upon as entirely out of the question for me.

1.9.13: I was about to send a written reply when my curiosity got the better of me, and I decided to attend the gathering at the date assigned, so that I might expound my principles to these gentlemen in person.
….
1.9.15: I went through the badly-lighted guest-room, where not a single guest was to be seen, and searched for the door which led to the side room; and there I was face-to-face with the ‘Congress’. Under the dim light shed by a grimy gas-lamp I could see four young people sitting around a table, one of them the author of the pamphlet. He greeted me cordially and welcomed me as a new member of the German Labour Party.
….
1.9.17: … The Reich National President of the Association was a certain Herr Harrer and the President for the Munich district was Anton Drexler.

1.9.18: The minutes of the previous meeting were read out and a vote of confidence in the secretary was passed. Then came the treasurer’s report…

1.9.19: It was all very awful. This was the worst kind of parish-pump clubbism. And was I supposed to become a member of such a club?

1.9.20: The question of new members was next discussed – that is to say, the question of catching myself in the trap.

1.9.21: I now began to ask questions. But I found that, apart from a few general principles, there was nothing – no programme, no pamphlet, nothing at all in print, no card of membership, not even a party stamp, nothing but obvious good faith and good intentions.

1.9.22: I no longer felt inclined to laugh; for what else was all this but a typical sign of the most complete perplexity and deepest despair in regard to all political parties, their programmes and views and activities? The feeling which had induced those few young people to join in what seemed such a ridiculous enterprise was nothing but the call of the inner voice which told them – though more intuitively than consciously – that the whole party system as it had hitherto existed was not the kind of force that could restore the German nation or repair the damages that had been done to the German people by those who hitherto controlled the internal affairs of the nation. I quickly read through the list of principles that formed the platform of the party. These principles were stated on typewritten sheets. Here again I found evidence of the spirit of longing and searching, but no sign whatever of a knowledge of the conflict that had to be fought.

1.9.23: I myself had experienced the feelings which inspired those people. It was the longing for a movement which should be more than a party, in the hitherto accepted meaning of that word.

1.9.24 When I returned to my room in the barracks that evening I had formed a definite opinion on this association and I was facing the most difficult problem of my life. Should I join this party or refuse?

1.10 Why the Second Reich Collapsed

… are nations ever ruined by a lost war and by that alone? … military defeats are the result of internal decay, cowardice, want of character, and are a retribution for such things. If such were not the causes then a military defeat would lead to a national resurgence and bring the nation to a higher pitch of effort. …

But it remained for the Jews… and their fighting comrades, the Marxists, to impute responsibility for the downfall… on the shoulders of Ludendorff… they took away the weapon of moral right from the only adversary dangerous enough to be likely to succeed in bringing the betrayers of the Fatherland to Justice. All this was inspired by the principle – which is quite true in itself – that in the big lie there is always a certain force of credibility; because the broad masses of a nation are always more easily corrupted in the deeper strata of their emotional nature than consciously or voluntarily; and thus in the primitive simplicity of their minds they more readily fall victims to the big lie than the small lie, since they themselves often tell small lies in little matters but would be ashamed to resort to large-scale falsehoods.

What is known as Gymnasium (Grammar School) to-day is a positive insult to the Greek institution. Our system of education entirely loses sight of the fact that in the long run a healthy mind can exist only in a healthy body. This statement, with few exceptions, applies particularly to the broad masses of the nation.

In the pre-War Germany there was a time when no one took the trouble to think over this truth. Training of the body was criminally neglected, the one-sided training of the mind being regarded as a sufficient guarantee for the nation’s greatness. This mistake was destined to show its effects sooner than had been anticipated. It is not pure chance that the Bolshevic teaching flourishes in those regions whose degenerate population has been brought to the verge of starvation, as, for example, in the case of Central Germany, Saxony, and the Ruhr Valley. In all these districts there is a marked absence of any serious resistance, even by the so-called intellectual classes, against this Jewish contagion. And the simple reason is that the intellectual classes are themselves physically degenerate, not through privation but through education. The exclusive intellectualism of the education in vogue among our upper classes makes them unfit for life’s struggle at an epoch in which physical force and not mind is the dominating factor. Thus they are neither capable of maintaining themselves nor of making their way in life. In nearly every case physical disability is the forerunner of personal cowardice.

1.11: Race and People

1.11.3: … all the innumerable forms in which the life-urge of Nature manifests itself are subject to a fundamental law – …an iron law of Nature – which compels… species to keep within … their own life-forms… Each animal mates only with one of its own species.

1.11.4: Deviations from this law take place only in exceptional circumstances… under the compulsion of captivity, or when some other obstacle makes procreative intercourse impossible between individuals of the same species. But then Nature abhors such intercourse with all her might; and her protest is most clearly demonstrated by the fact that the hybrid is either sterile or the fecundity of its descendants is limited. In most cases hybrids and their progeny are denied the ordinary powers of resistance to disease or the natural means of defence against outer attack.

1.11.5: Such a dispensation of Nature is quite logical. Every crossing between two breeds which are not quite equal results in a product which holds an intermediate place between the levels of the two parents. This means that the offspring will indeed be superior to the parent which stands in the biologically lower order of being, but not so high as the higher parent. For this reason it must eventually succumb in any struggle against the higher species. Such mating contradicts the will of Nature towards the selective improvements of life in general. The favourable preliminary to this improvement is not to mate individuals of higher and lower orders of being but rather to allow the complete triumph of the higher order. The stronger must dominate and not mate with the weaker, which would signify the sacrifice of its own higher nature. Only the born weakling can look upon this principle as cruel, and if he does so it is merely because he is of a feebler nature and narrower mind; for if such a law did not direct the process of evolution then the higher development of organic life would not be conceivable at all.

1.11.6: This urge for the maintenance of the unmixed breed, which is a phenomenon that prevails throughout the whole of the natural world, results not only in the sharply defined outward distinction between one species and another but also in the internal similarity of characteristic qualities which are peculiar to each breed or species… The only difference that can exist within the species must be in… degrees… It would be impossible to find a fox which has a kindly and protective disposition towards geese, just as no cat exists which has a friendly disposition towards mice.

1.11.7: … the struggle between… species does not arise from … mutual antipathy but … from hunger and love. In both cases Nature looks on calmly and is even pleased with what happens. The struggle for the daily livelihood leaves behind in the ruck everything that is weak or diseased or wavering; while the fight of the male to possess the female gives to the strongest the right, or at least, the possibility to propagate its kind. And this struggle is a means of furthering the health and powers of resistance in the species. Thus it is one of the causes underlying the process of development towards a higher quality of being.

1.11.8: If the case were different the progressive process would cease, and even retrogression might set in. Since the inferior always outnumber the superior, the former would always increase more rapidly if they possessed the same capacities for survival and for the procreation of their kind; and the final consequence would be that the best in quality would be forced to recede into the background. Therefore a corrective measure in favour of the better quality must intervene. Nature supplies this by establishing rigorous conditions of life to which the weaker will have to submit and will thereby be numerically restricted; but even that portion which survives cannot indiscriminately multiply, for here a new and rigorous selection takes place, according to strength and health.

1.11.9: If Nature does not wish that weaker individuals should mate with the stronger, she wishes even less that a superior race should intermingle with an inferior one; because in such a case all her efforts, throughout hundreds of thousands of years, to establish an evolutionary higher stage of being, may thus be rendered futile.

1.11.10: History … shows, with a startling clarity, that whenever Aryans have mingled their blood with that of an inferior race the result has been the downfall of the people who were the standard-bearers of a higher culture. In North America, where the population is prevalently Teutonic, and where those elements intermingled with the inferior race only to a very small degree, we have a quality of mankind and a civilisation which are different from those of Central and South America. In these latter countries the immigrants – who mainly belonged to the Latin races – mated with the aborigines, sometimes to a very large extent indeed. In this case we have a clear and decisive example of the effect produced by the mixture of races. But in North America the Teutonic element, which has kept its racial stock pure and did not mix it with any other racial stock, has come to dominate the American Continent and will remain master of it as long as that element does not fall a victim to the habit of adulterating its blood.

1.11.11: In short, the results of miscegenation are always the following:

(a) The level of the superior race becomes lowered;

(b) physical and mental degeneration sets in, thus leading slowly but steadily towards a progressive drying up of the vital sap.

The act which brings about such a development is a sin against the will of the Eternal Creator. And as a sin this act will be avenged.

1.11.12: Man’s effort to build up something that contradicts the iron logic of Nature brings him into conflict with those principles to which he himself exclusively owes his own existence. By acting against the laws of Nature he prepares the way that leads to his ruin.

1.11.13: Here we meet the insolent objection, which is Jewish in its inspiration and is typical of the modern pacifist. It says: “Man can control even Nature.”

1.11.14: There are millions who repeat by rote that piece of Jewish babble and end up by imagining that somehow they themselves are the conquerors of Nature. And yet their only weapon is just a mere idea, and a very preposterous idea into the bargain; because if one accepted it, then it would be impossible even to imagine the existence of the world.

1.11.15: The real truth is that, not only has man failed to overcome Nature in any sphere whatsoever but that at best he has merely succeeded in getting hold of and lifting a tiny corner of the enormous veil which she has spread over her eternal mysteries and secret. He never creates anything. All he can do is to discover something. He does not master Nature but has only come to be the master of those living beings who have not gained the knowledge he has arrived at by penetrating into some of Nature’s laws and mysteries. Apart from all this, an idea can never subject to its own sway those conditions which are necessary for the existence and development of mankind; for the idea itself has come only from man. Without man there would be no human idea in this world. The idea as such is therefore always dependent on the existence of man and consequently is dependent on those laws which furnish the conditions of his existence.

1.11.16: … Certain ideas are even confined to certain people. This holds true with regard to those ideas in particular which have not their roots in objective scientific truth but in the world of feeling. … They reflect an inner experience. All such ideas, which have nothing to do with cold logic as such but represent mere manifestations of feeling, such as ethical and moral conceptions, etc., are inextricably bound up with man’s existence. It is to the creative powers of man’s imagination that such ideas owe their existence.

1.11.16b: … anyone who sincerely wishes that the pacifist idea should prevail in this world ought to do all he is capable of doing to help the Germans conquer the world

… you would have to make up your mind to forget wars if you would achieve the pacifist ideal. Nothing less than this was the plan of the American world-redeemer, Woodrow Wilson. Anyhow that was what our visionaries believed, and they thought that through his plans their ideals would be attained.

1.11.17: The pacifist-humanitarian idea may indeed become an excellent one when the most superior type of manhood will have succeeded in subjugating the world… So, first of all, the fight and then pacifism… wherever [men] have reached a superior level of existence, it was not the result of following the ideas of crazy visionaries but by acknowledging and rigorously observing the iron laws of Nature.

1.11.18: All that we admire in the world to-day, its science, its art, its technical developments and discoveries, are the products of the creative activities of a few peoples, and it may be true that their first beginnings must be attributed to one race. The maintenance of civilisation is wholly dependent on such peoples. Should they perish, all that makes this earth beautiful will descend with them into the grave.

1.11.19: However great… the influence which the soil exerts on men, this influence will always vary according to the race in which it produces its effect. Dearth of soil may stimulate one race to the most strenuous efforts and highest achievement; while, for another race, the poverty of the soil may be the cause of misery and finally of undernourishment, with all its consequences. The internal characteristics of a people are always the causes which determine the nature of the effect that outer circumstances have on them. What reduces one race to starvation trains another race to harder work.

1.11.20: All the great civilisations of the past became decadent because the originally creative race died out, as a result of contamination of the blood.

1.11.21: … in order to preserve a certain culture, the type of manhood that creates such a culture must be preserved. But such a preservation goes hand-in-hand with the inexorable law that it is the strongest and the best who must triumph and that they have the right to endure.

1.11.22: He who would live must fight. He who does not wish to fight in this world, where permanent struggle is the law of life, has not the right to exist.

Manheim’s translation 1969, p.263

1.11.25: It is idle to argue which race or races were the original representative of human culture and hence the real founders of all that we sum up under the word ‘humanity.’ It is simpler to raise this question with regard to the present, and here an easy, clear answer results. All the human culture, all the results of art, science, and technology that we see before us today, are almost exclusively the creative product of the Aryan. This very fact admits of the not unfounded inference that he alone was the founder of all higher humanity, therefore representing the prototype of all that we understand by the word ‘man.’ He is the Prometheus of mankind from whose bright forehead the divine spark of genius has sprung at all times, forever kindling anew that fire of knowledge which illumined the night of silent mysteries and thus caused man to climb the path to mastery over the other beings of this earth. Exclude him – and perhaps after a few thousand years darkness will again descend on the earth, human culture will pass, and the world turn to a desert.
1.11.26: If we divide mankind into three categories – founders of culture, bearers of culture, and destroyers of culture – the Aryan alone can be considered as representing the first category. It was he who laid the groundwork and erected the walls of every great structure in human culture.

the real foundations of contemporary Japanese life are the enormous scientific and technical achievements of Europe and America, that is to say, of Aryan peoples. Only by adopting these achievements as the foundations of their own progress can the various nations of the Orient take a place in contemporary world progress.

1.11.43: Blood mixture and the resultant drop in the racial level is the sole cause of the dying out of old cultures; for men do not perish as a result of lost wars, but by the loss of that force of resistance which is contained only in pure blood.

All who are not of good race in this world are chaff.

And all occurrences in world history are only the expression of the races’ instinct of self-preservation, in the good or bad sense.

1.11.44: The question as to the ground reasons for the predominant importance of Aryanism can be answered by pointing out that it is not so much that the Aryans are endowed with a stronger instinct for self-preservation, but rather that this manifests itself in a way which is peculiar to themselves. Considered from the subjective standpoint, the will-to-live is of course equally strong all round and only the forms in which it is expressed are different.

Among the most primitive organisms the instinct for self-preservation does not extend beyond the care of the individual ego. Egotism, as we call this passion, is so predominant that it includes even the time element; which means that the present moment is deemed the most important and that nothing is left to the future. The animal lives only for itself, searching for food only when it feels hunger and fighting only for the preservation of its own life. As long as the instinct for self-preservation manifests itself exclusively in such a way, there is no basis for the establishment of a community; not even the most primitive form of all, that is to say the family. The society formed by the male with the female, where it goes beyond the mere conditions of mating, calls for the extension of the instinct of self-preservation, since the readiness to fight for one’s own ego has to be extended also to the mate. The male sometimes provides food for the female, but in most cases both parents provide food for the offspring. Almost always they are ready to protect and defend each other; so that here we find the first, though infinitely simple, manifestation of the spirit of sacrifice. As soon as this spirit extends beyond the narrow limits of the family, we have the conditions under which larger associations and finally even States can be formed.

1.11.45: The lowest species of human beings give evidence of this quality only to a very small degree, so that often they do not go beyond the formation of the family society. With an increasing readiness to place their immediate personal interests in the background, the capacity for organising more extensive communities develops.

1.11.46: The readiness to sacrifice one’s personal work and, if necessary, even one’s life for others shows its most highly developed form in the Aryan race. The greatness of the Aryan is not based on his intellectual powers, but rather on his willingness to devote all his faculties to the service of the community. Here the instinct for self-preservation has reached its noblest form; for the Aryan willingly subordinates his own ego to the common weal and when necessity calls he will even sacrifice his own life for the community.

1.11.57: Posterity will not remember those who pursued only their own individual interests, but it will praise those heroes who renounced their own happiness.

1.11.58: The Jew offers the most striking contrast to the Aryan. There is probably no other people in the world who have so developed the instinct of self-preservation as the so-called ‘chosen’ people. The best proof of this statement is found in the simple fact that this race still exists. Where can another people be found that in the course of the last two thousand years has undergone so few changes in mental outlook and character as the Jewish people? And yet what other people has taken such a constant part in the great revolutions? But even after having passed through the most gigantic catastrophes that have overwhelmed mankind, the Jews remain the same as ever. What an infinitely tenacious will-to-live, to preserve one’s kind, is demonstrated by that fact!

1.11.78:… As long as the Jew has not succeeded in mastering other peoples he is forced to speak their language… But the moment that the world would become the slave of the Jew it would have to learn some other language (Esperanto, for example) so that by this means the Jew could dominate all the more easily.

1.11.79: How much the whole existence of this people is based on a permanent falsehood is proved in a unique way by The Protocols of the Elders of Zion [external link], which are so violently repudiated by the Jews… the Frankfurter Zeitung repeats again and again that these are forgeries. This alone is evidence in favour of their authenticity. What many Jews unconsciously wish to do is here clearly set forth. It is not necessary to ask out of what Jewish brain these revelations sprang; but what is of vital interest is that they disclose, with an almost terrifying precision, the mentality and methods of action characteristic of the Jewish people and these writings expound in all their various directions the final aims towards which the Jews are striving. The study of real happenings, however, is the best way of judging the authenticity of those documents. If the historical developments which have taken place within the last few centuries be studied in the light of this book we shall understand why the Jewish Press incessantly repudiates and denounces it. For the Jewish peril will be stamped out the moment the general public come into possession of that book and understand it.

1.12 The First Stage in the Development of the German National Socialist Labour Party

Nothing can take the place of the individual, especially if the individual embodies in himself not the mechanical element but the element of cultural creativeness. No pupil can take the place of the master in completing a great picture which he has left unfinished; and just in the same way no substitute can take the place of the great poet or thinker, or the great statesman or military general. For the source of their power is in the realm of artistic creativeness. It can never be mechanically acquired, because it is an innate product of divine grace.

The greatest revolutions and the greatest achievements of this world, its greatest cultural works and the immortal creations of great statesmen, are inseparably bound up with one name which stands as a symbol for them in each respective case. The failure to pay tribute to one of those great spirits signifies a neglect of that enormous source of power which lies in the remembrance of all great men and women.

The Jew himself knows this best. He, whose great men have always been great only in their efforts to destroy mankind and its civilisation, takes good care that they are worshipped as idols. But the Jew tries to degrade the honour in which nations hold their great men and women. He stigmatizes this honour as ‘the cult of personality’.

As soon as a nation has so far lost its courage as to submit to this impudent defamation on the part of the Jews it renounces the most important source of its own inner strength. This inner force cannot arise from a policy of pandering to the masses but only from the worship of men of genius, whose lives have uplifted and ennobled the nation itself.

Volume 2: The National Socialist Movement

2.1: Weltanschauung and Party

2.2: The State

The State is only a means to an end. Its end and its purpose is to preserve and promote a community of human beings who are physically as well as spiritually kindred.

… the supreme purpose of the ethnical State is to guard and preserve those racial elements which, through their work in the cultural field, create that beauty and dignity which are characteristic of a higher mankind. As Aryans, we can consider the State only as the living organism of a people, an organism which does not merely maintain the existence of a people, but functions in such a way as to lead its people to a position of supreme liberty by the progressive development of the intellectual and cultural faculties.

2.13: The German Post-war Policy of Alliances

Only in France there exists to-day more than ever before a profound accord between the views of the stock-exchange, controlled by the Jews, and the chauvinistic policy pursued by French statesmen. This identity of views constitutes an immense, danger for Germany. And it is just for this reason that France is and will remain by far the most dangerous enemy. The French people, who are becoming more and more obsessed by negroid ideas, represent a threatening menace to the existence of the white race in Europe, because they are bound up with the Jewish campaign for world-domination. For the contamination caused by the influx of negroid blood on the Rhine, in the very heart of Europe, is in accord with the sadist and perverse lust for vengeance on the part of the hereditary enemy of our people, just as it suits the purpose of the cool calculating Jew who would use this means of introducing a process of bastardisation in the very centre of the European Continent and, by infecting the white race with the blood of an inferior stock, would destroy the foundations of its independent existence.

2.14 Germany’s Policy in Eastern Europe
2.14 Eastern Orientation or Eastern Policy

1939 – 1969 p.
The foreign policy of a People’s State must first of all bear in mind the duty of securing the existence of the race which is incorporated in this State. And this must be done by establishing a healthy and natural proportion between the number and growth of the population on the one hand and the extent and resources of the territory they inhabit, on the other. That balance must be such that it accords with the vital necessities of the people.

1939 – 1969 pp 597 following
2.14.36: The National Movement must not be the advocate for other nations, but the protagonist for its own nation. Otherwise it would be something superfluous and, above all, it would have no right to clamour against the action of the past; for then it would be repeating the action of the past. The old German policy suffered from the mistake of having been determined by dynastic considerations. The new German policy must not follow the sentimentality of cosmopolitan patriotism. Above all, we must not form a police guard for the famous ‘poor small nations’; but we must be the soldiers of the German nation.

2.14.37: We National Socialists have to go still further. The right to territory may become a duty when a great nation seems destined to go under unless its territory be extended. And that is particularly true when the nation in question is not some little group of negro people but the Germanic mother of all the life which has given cultural shape to the modern world. Germany will either become a world power or will not continue to exist at all. But in order to become a world power it needs that territorial magnitude which gives it the necessary importance to-day and assures the existence of its citizens.

1969 pp 597-598: 2.14.37: But we National Socialists must go further. The right to possess soil can become a duty if without extension of its soil a great nation seems doomed to destruction. And most especially when not some little nigger nation or other is involved, but the Germanic mother of life, which has given the present-day world its cultural picture. Germany will either be a world power or there will be no Germany. And for world power she needs that magnitude which will give her the position she needs in the present period, and life to her citizens.
* * *
2.14.38: Therefore we National Socialists have purposely drawn a line through the line of conduct followed by pre-war Germany in foreign policy. We put an end to the perpetual Germanic march towards the south and west of Europe and turn our eyes towards the lands of the east. We finally put a stop to the colonial and trade policy of pre-war times and pass over to the territorial policy of the future.

Citation suggestion

Referencing

My referencing suggestion for Hitler extracts on page is a bibliography entry:

Hitler, A. 1925/1927 Mein Kampf
Paragraph numbers from the web copy at
http://studymore.org.uk/ynazi.htm

With intext references to “(Hitler, A. 1925/1927 par -)”

See ABC Referencing for general advice.

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