Materialismo Filosófico contra misticismo teológico- Filosófico germano

Desde Kant y su fuerte componente pietista , pasando por Hegel, se llega a Bismarck y luego a Nietzsche ,Heidegger y HITLER o Mussolini

Filosofía nihilista y otras irracionales posiciones

el pensamiento cautivo: Milosz, poeta polaco, Justo entre las Naciones


Ceslaw Milozs
http://www.bogota.polemb.net/index.php?document=201

Un cristiano pobre observa el Ghetto
Por Czesław Miłosz

Las abejas erigen alrededor de rojas vísceras,
las hormigas alrededor del negro hueso.
Ha comenzado: el desgarro de las sedas pisoteadas con desprecio.
Ha comenzado: la ruptura del vidrio y la madera, del cobre y el níquel,
de la plata y el estuco, de las láminas de hierro, de las cuerdas del violín,
de las trompetas y el follaje, de las vasijas y cristales.
¡Puf! El fuego resplandece desde los muros amarillos,
abrasa el pelo animal y el cabello humano.

Las abejas erigen sobre el panal de los pulmones,
las hormigas sobre el blanco hueso. Destrozan papel, caucho,
sábanas, cuero, lino, fibras, tejidos, hilos, alambre y forros de sierpe.
El techo y las paredes se derrumban entre llamas
y el fuego consume los cimientos.
Ahora sólo queda la tierra, pedregosa y yerma,
con un solo árbol deshojado.

Lentamente, excavando un túnel, un centinela clandestino se hace paso,
con una pequeña linterna roja atada sobre su frente.
Toca los cuerpos sepultados y los cuenta, avanza,
reconoce las cenizas humanas por su luminoso vaho,
las cenizas de cada hombre distinguibles por la intensidad de sus matices.
Las abejas erigen alrededor de una roja huella.
Las hormigas, en el vacío dejado por mi cuerpo.

Tengo miedo, tanto miedo del centinela clandestino.
Tiene los párpados hinchados, como un Patriarca
que se ha sentado tenazmente a la luz de los cirios
para leer el gran libro de la especie humana.

¿Qué le diré, yo, un judío del Nuevo Testamento,
que ha esperado dos mil años por el regreso de Cristo?
Mi quebrantado cuerpo me llevará hasta sus ojos
y él me contará entre los cómplices de la muerte:
el incircunciso.

Varsovia, 1943

ARTICULO DE GRACIA NORIEGA SOBRE MILOZS
http://www.ignaciogracianoriega.net/mds/20111117.htm

información fundamental sobre elHolocausto y otros aspectos de la violación de Derechos Humanos


http://www.museuexili.cat/index.php/es/espacios-de-memoria/otros-espacios-estatales-e-internacionales.html

http://www.ghwk.de/span/holocausto.htm

El Holocausto

La dictadura en Alemania
Los judíos resisten y defienden su dignidad
La época de la preguerra
La guerra contra Polonia
Los ghettos
Las ejecuciones masivas
Las deportaciones
Los campos de tránsito
Los campos de la muerte
Auschwitz
La vida en un campo de concentración
El levantamiento del ghetto de Varsovia
El fin de la guerra
La liberación

La dictadura en Alemania

El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler y sus seguidores asumen el poder con la ayuda de la derecha conservadora, firmemente decididos a abusar de ese poder y a no renunciar a él nunca más. La entrega de la República a las manos de sus destructores marca el final de un proceso que se inició mucho antes.
El movimiento ultranacionalista y racista que se había dado el nombre de “Partido Obrero Nacional Socialista Alemán” (NSDAP) no poseía un programa originario. Se presentaba como anticapitalista, pero en su ideología se concentraban todas las tendencias reaccionarias de la época.
Lo nuevo del NSDAP, y que lo convertía en la fuerza dominante del movimiento opositor antiparlamen-tario, era, ante todo, su estilo agresivo de propaganda, que se servía de todos los medios de la publicidad moderna; su organización militar de partido militante, y la pretensión totalitaria de reclamar para sí todo el poder en el Estado.
En todos los ámbitos el partido continuaba la línea de las doctrinas tradicionalmente hostiles a ideas progresivas y emancipadoras. Su antisemitismo radical se basaba en la teoría de la “superioridad de la raza blanca”, destinada a gobernar, que había sido desarrollada como justificación del colonialismo europeo.
El mito de la “sangre aria” como fundamento de una “comunidad nacional” alemana, más allá de todo antagonismo de clase; la pretensión de asumir un papel de liderazgo en la política mundial; la reclamación de un “espacio vital” en el Este, y la eliminación de los judíos, eran todas ideas que se remontaban a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Numerosas asociaciones tenían ya por entonces en sus estatutos un párrafo que estipulaba que para hacerse socio era requisito indispensable ser de “sangre aria”, excluyendo, por tanto, a los judíos. Tanto bajo el Imperio como durante la República de Weimar, los precursores del racismo proclamaban las tesis que llegarían a ser doctrina y ley del Estado después de 1933.
Los temores al capitalismo moderno y al movimiento obrero, la decepción causada por la derrota de la Primera Guerra Mundial y el sueño de alcanzar nuevo poder militar y grandeza nacional estaban muy difundidos, y la propa-ganda nazi supo manipularlos. Para muchos alemanes, sometidos a una educación tradicional, basada en la concepción del respeto a las órdenes y a la jerarquía, la exigencia de crear un estado soberano autoritario (Führerstaat), guiado por un jefe (Führer), parecía ser el retorno a la normalidad.
Con sus eslóganes, Hitler captó el espíritu de la época y encontró el oído de las masas. También recibió el apoyo de grandes sectores de las élites políticas y del sector privado, que no habían aceptado nunca la República de Weimar y creían que el régimen hitleriano sería el mejor garante de sus intereses. Hitler pudo liquidar a la democracia porque había muy pocos dispuestos a defenderla

Los judíos resisten y defienden su dignidad

La toma de poder de un gobierno ultraderechista, la instauración de la dictadura y la promulgación de leyes anti-judías colocan al judaísmo alemán en una situación histórica sin precedencia. Ante esta presión externa, grupos políticos y religiosos muy diversos deciden unirse en una sola organización. Conservadores y liberales, judíos asimilados y sionistas fundan la “Representación Nacional de los Judíos Alemanes” (Reichsvertretung der deutschen Juden). La organización se ve confrontada con muchas tareas nuevas, que se van haciendo rápidamente más numerosas y cada vez más difíciles de solucionar.
En los cinco años que transcurren entre la subida de Hitler al poder hasta el pogromo de noviembre de 1938, los ministerios y las administraciones, las asociaciones profesionales y las instituciones públicas implantan en todo el Reich, los departamentos y las comunas, más de 1.200 leyes, órdenes y edictos, instrucciones, directivas y reglamentos ejecutivos que limitan progresivamente los derechos civiles y el derecho de existencia de los judíos.
La expulsión de la vida económica, al principio por medio de la inhabilitación profesional y luego mediante la “arianización”, es decir, la venta forzada de sus bienes, priva gradualmente a los judíos de los medios fundamentales de existencia. De 1933 a 1939, dos tercios de los empleados judíos pierden su trabajo. Ya en 1935 uno de cada tres depende de ayuda externa.
Se funda el “Comité Central de Asistencia y Desarrollo” (Zentralausschuss für Hilfe und Aufbau) para organizar la autoayuda económica y social. Se establecen delegaciones en todo el país, que tratan de apoyar a los desempleados mediante consejos y créditos, además de ofrecer servicios de colocación y de readaptación profesional. Se hace necesario ampliar la esfera de actividad de las instituciones sociales y culturales existentes y crear nuevas entidades para prestar asistencia a los perseguidos en sus esfuerzos por reorganizar sus vidas. Se crea la “Asociación Cultural Judía” (Jüdischer Kulturbund). La prensa judía, con un círculo reducido de lectores antes de 1933, llega a un nuevo público. Nace una gran obra común para ofrecer apoyo a los perseguidos, disminuir sus penurias y devolverles la autoestima y el coraje de vivir.
Se organiza la emigración de la generación joven. Al mismo tiempo, se espera que, a cambio de la exclusión de la vida del país y del aislamiento del resto de la población, los judíos que no estén en condiciones de emigrar puedan seguir llevando una vida acorde con sus costumbres. Más adelante se hablará de la “reconstrucción en el ocaso”, un esfuerzo heroico que al final fue inevitable que fracasara. No obstante, continúa siendo un testimonio contundente de la fuerte voluntad de vivir y de la responsabilidad social del judaísmo alemán.

La época de la preguerra

Cuando los nacionalsocialistas asumen el poder, comienzan por destruir el Estado de derecho, prohibir todas las organizaciones democráticas y perseguir físicamente a sus partidarios, quienes son asesinados, encarcelados o empujados al exilio. En el curso de un año se lleva a cabo la “coordinación central” (Gleichschaltung), con el relevo de los titulares de todos los cargos clave. En el verano de 1934, después de la muerte de Hindenburg, Hitler pasa a ser jefe del Estado y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. A partir de ese momento, su poder es absoluto.
Cegados y desinformados por una propaganda dirigida centralmente, muchos creen en las promesas de los nazis y adoptan sus eslóganes. Pero también aquellos que no aclaman a la nueva autoridad cumplen casi sin excepción las órdenes, aun sin que se ejerza coerción. De ese modo, ayudan a consolidar la dictadura. La mentalidad de sumisión es más fuerte que el espíritu democrático, que apenas había conseguido echar raíces en el país vencido, después de 1918.
El antisemitismo proporciona la fórmula demagógica que supuestamente explica todos los problemas de la sociedad. Una vez impuesta la idea absurda de que los judíos son culpables de todo mal, basta con estigmatizar como judías ideas, personas e instituciones no deseadas para poder justificar cualquier medida represiva.
En este sentido el marxismo, la democracia parlamentaria, la Sociedad de Naciones y la socialdemocracia resultan ser una invención judía. Desde la proscripción de las artes y la literatura modernas hasta la criminalización de los partidos democráticos y los sindicatos, los eslóganes antisemitas sirven siempre como argumento.
Cuando ya nadie puede oponérsele abiertamente, Hitler aborda los dos objetivos que ha perseguido desde un principio: la lucha contra los judíos y la preparación de una guerra de conquista. Las leyes raciales de Nuremberg, que contradicen el principio de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, un legado de la ilustración europea, no son más que un preludio.
En noviembre de 1938, esta evolución llega a su punto culminante por el momento, con la “noche de los cristales rotos” (Reichskristallnacht), un pogromo organizado por el Estado, al que le sigue una nueva ola de leyes anti-judías aún más severas. Personas cuyas familias viven en Alemania desde hace siglos abandonan su país natal. Pero solamente estará fuera de peligro quien logre huir a ultramar. El 30 de enero de 1939, en una intervención en el Reichstag, Hitler amenaza con el “exterminio de la raza judía en Europa” en el supuesto de una guerra, que él provocará ese mismo año.

La guerra contra Polonia

La decisión es tomada a principios del otoño de 1939. El terreno para ello había sido preparado tiempo antes, en los Acuerdos de Múnich del año anterior. Aunque entretanto Hitler había violado los acuerdos y el ejército alemán (Wehrmacht) había invadido Checoslovaquia, las negociaciones entre la Unión Soviética y las potencias occidentales sobre una garantía común para Polonia fracasan. Poco después, para gran sorpresa general, los enemigos irreconciliables de Moscú y Berlín firman un pacto de no agresión. En un acta adicional secreta se reparten sus “zonas de influencia” en Europa del Este. Stalin cree haber evitado por el momento una agresión alemana; Alemania queda con las manos libres para invadir Polonia sin correr el riesgo de un conflicto con la Unión Soviética.
El 1 de septiembre Hitler comienza la guerra que ha venido preparando con el rearme sistemático y la militarización de toda la sociedad desde 1934. La ofensiva contra Polonia es el primer paso en el camino hacia la conquista de un “espacio vital” en Europa del Este; apenas dos años después le habrá de seguir otro, decisivo: la invasión de la Unión Soviética. Polonia queda vencida en menos de cuatro semanas. La Unión Soviética ocupa los territorios occidentales de Bielorussia y de Ucrania, que había tenido que ceder a Polonia en 1920, y los somete a su régimen político. Alemania anexiona las provincias polacas occidentales; la parte central de Polonia queda bajo control alemán y se pasa a llamar Gobierno General (Generalgouvernement). Dos millones de los tres millones y medio de judíos polacos caen en manos alemanas; más de 250.000 huyen a los territorios ocupados por la Unión Soviética.
El régimen alemán en Polonia es de una extrema brutalidad. La nación polaca sufre duramente de todo tipo de represalias: ejecuciones de rehenes, persecución de los intelectuales, detenciones preventivas masivas de todos los opositores potenciales y su internamiento en los campos de concentración, deportación de centenares de miles de personas a Alemania para someterlos a trabajos forzados, saqueo económico del país para la economía de guerra alemana.
La población judía padece un destino aún peor. Al terror salvaje, la tortura, los saqueos y los pogromos de las primeras semanas, le sigue la guerra administrativa. La mayoría de las leyes y decretos ya son conocidos de Alemania: “marcación” de todos los judíos y sus tiendas, declaración de posesiones y bienes, introducción del trabajo forzado, prohibición de permanecer en ciertos barrios y de usar los medios de transporte público. Las cuentas bancarias de los judíos son congeladas; sus pertenencias, “arianizadas” o puestas bajo administración judicial. Un año después de la invasión alemana comienza el “reasentamiento” en los ghettos.

Los ghettos

Por orden de la administración alemana, en 1940 se establecen ghettos en todo el territorio de la Polonia ocupada. Los barrios pobres donde ya viven muchos judíos son declarados “barrios judíos”. Estos barrios se transforman en residencia obligada de todos los judíos; los no judíos deben abandonarlos. Una vez concluido el “reasentamiento”, los ghettos son acordonados por la policía y aislados con una cerca o un muro. Todo aquel que intente salir correrá el riesgo de ser condenado a muerte o acribillado a tiros en el acto por los guardias.
Los dos ghettos más grandes son los de Lodz (Litzmannstadt) en el “Warthegau” anexionado (160.000 habitantes) y el de Varsovia en el Gobierno General (450.000 habitantes). Los Consejos Judíos (Judenräte) tratan en vano de organizar una vida social y de garantizar el abastecimiento. Están sometidos a la autoridad de la administración civil alemana, la cual, por su parte, está bajo el control de la Gestapo. Los ghettos no están en condiciones de asegurar su propia subsistencia. En algunos sitios, por ejemplo en Varsovia, se instalan empresas alemanas para aprovechar la mano de obra barata, pero éstas sólo dan trabajo a una minoría. La práctica del contrabando, penado con la muerte, llega a ser una necesidad existencial. En Lodz, donde todos están obligados a trabajar y donde el contrabando es imposible, reina también el hambre. La pobreza aumenta y los antagonismos sociales se exacerban. Hombres y mujeres valientes tratan de preservar su dignidad humana comprometiéndose en trabajos sociales y culturales, pero la decadencia general es imposible de detener. El aislamiento del mundo exterior y el desabastecimiento llevan a una indigencia cada vez mayor de la población del ghetto. El hacinamiento, la desnutrición permanente y las condiciones higiénicas catastróficas provocan grandes mortandades. Solamente en el ghetto de Varsovia mueren 96.000 personas.
En enero de 1942, las SS inician las deportaciones hacia los campos de exterminio. La “evacuación” (Aussiedlung, palabra código nazi para exterminio) comienza en el Warthegau y continua a mediados de marzo en el Gobierno General. Primero son desalojados los asilos nocturnos y las cárceles, los hospitales, los asilos para ancianos y los orfanatos. El 22 de julio comienzan las deportaciones en Varsovia. Al principio se trata de tentar a los hambrientos con pan y mermelada. Muy pronto se tiene que recurrir a la brutalidad más extrema para reunir a los aterrorizados habitantes y cumplir con el contingente exigido de 5.000 personas diarias. Al cabo de una semana, el Servicio de Orden Judío (Jüdischer Ordnungsdienst) es reemplazado por miembros voluntarios de las SS. Comienza una cruenta cacería humana: se procede sistemáticamente, evacuando calle por calle, edificio por edificio. Hasta septiembre de 1942, 310.000 personas son deportadas de Varsovia. Los únicos que quedan a salvo provisionalmente son los trabajadores de las empresas importantes para la industria bélica, y sus familias. El ghetto es liquidado definitivamente en abril de 1943. Un ghetto pequeño subsiste en Lodz hasta agosto de 1944.

Las ejecuciones masivas

El 22 de junio de 1941 la Wehrmacht (el ejército alemán) invade la Unión Soviética por orden de Hitler. Es el comienzo de una guerra de conquista y de exterminio sin precedentes, que cobrará la vida de más de 27 millones de ciudadanos soviéticos. Es también el comienzo del genocidio de los judíos europeos: el programa de exterminio se ejecuta de inmediato y sobre el terreno.
La SIPO (Policía de Seguridad) y el SD (Servicio de Seguridad) organizan pogromos sangrientos en cada ciudad conquistada por las tropas alemanas. Acto seguido, la administración militar da la orden de registrar y “marcar” a los judíos. En la mayoría de los casos las ejecuciones en masa comienzan apenas algunos días o semanas después de la invasión.
Requeridos por medio de avisos a presentarse para su “reasentamiento”, los judíos son reunidos y llevados, a pie o en camiones, a las afueras de la ciudad. Comunistas y partisanos, gitanos y enfermos mentales toman el mismo camino.
Los pelotones de ejecución esperan junto a una quebrada o una trinchera antitanque excavada como defensa contra la invasión alemana. Los relojes, alianzas matrimoniales y dinero en efectivo son recogidos en baldes. A veces las víctimas tienen que cavar sus propias tumbas. Se les obliga a quitarse la ropa y a pararse al borde de la fosa, o a bajar a la fosa y tenderse sobre los ya fusilados, en espera de la próxima salva. Cuatro “Einsatzgruppen” (grupos de intervención móviles), creados por el Jefe de la Policía de Seguridad (SIPO) y del Servicio de Seguridad (SD), siguen de cerca a las tropas del ejército y efectúan un rastrillaje de los territorios conquistados de la Unión Soviética, desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro. El Einsatzgruppe A opera en las Repúblicas Bálticas y el distrito de Leningrado; el grupo B, en Bielorrusia y la región de Moscú; el grupo C, en Ucrania; y el grupo D, en el sur de Ucrania, la región de Crimea y el Cáucaso. Sus 18 comandos especiales y de intervención son reforzados por tropas auxiliares locales. Algunos miembros aislados y en ocasiones unidades enteras del ejército y de la policía participan en las masacres.
Después del establecimiento del “Comisariato del Reich para el Ostland” (Estonia, Lituania, Letonia y Bielorrusia) y del “Comisariato del Reich para Ucrania”, los comandantes de las SS y los jefes de policía locales continúan el sangriento trabajo de los Einsatzgruppen. A partir de noviembre de 1941 se comienzan a utilizar también camiones de gas.
Allí donde la Wehrmacht necesita mano de obra, las personas aptas para el trabajo quedan a salvo provisionalmente. En Vilna, Kovno, Riga, Minsk y otras ciudades soviéticas existen ghettos hasta el verano de 1943. Después de esa fecha, sus habitantes son fusilados también o deportados al campo de exterminio de Sobibor.

Las deportaciones

La misma tragedia se repite en todos los países europeos ocupados por el Ejército alemán (Wehrmacht) y en los países aliados con Alemania. Comienza con el registro, la “marcación” de los judíos y la privación de sus derechos, y acaba con el transporte a los campos de exterminio. Las deportaciones empiezan a fines de 1941 en Alemania y Polonia, se extienden a Europa Occidental a principios del verano y llegan a su punto culminante dos años más tarde con la deportación y el asesinato de los judíos húngaros.
Todo está reglamentado y funciona según un plan preciso. Cada hogar recibe instrucciones por escrito en las cuales se indica qué y cuánto puede llevar cada persona: una mochila con provisiones para el viaje, un cuenco y una cuchara, ni cuchillos ni tijeras, dos mantas, ropa de cama, ropa de abrigo y zapatos gruesos, peso máximo 25 kg. Hay que entregar los objetos de valor; declarar los demás bienes y dejar las llaves de la casa. En la calle ya espera un camión, que lleva a los judíos a un campo de reunión o directamente a la estación de ferrocarril. En la rampa de carga los aguarda un tren: 20 vagones de mercancías con las ventanillas de ventilación cerradas con alambre de púa, y dos vagones de pasajeros para los guardias. Cada transporte tiene capacidad para mil personas. Los trenes salen varias veces por semana y parten de todas las estaciones europeas: de Berlín y Varsovia, de Amsterdam y París, de Praga y Budapest, de Oslo y Atenas. Con frecuencia, el viaje dura varios días y varias noches. Los deportados viajan trasnochados, sucios, sedientos y desesperados hacia lugares desconocidos, cuyos nombres hoy todo el mundo conoce.
Al principio las víctimas obedecen al requerimiento de presentarse con equipaje para su “reasentamiento”. Para engañarlos, se les dice que serán llevados a Polonia para trabajar. Cuando los primeros rumores comienzan a trascender de los campos, los jóvenes tratan de salvarse en la clandestinidad. El número de suicidios aumenta entre las personas mayores y enfermas. La policía pasa a buscar a todos aquellos que no se presentan voluntariamente en el lugar de reunión. Se llevan a cabo redadas en barrios enteros para llenar los trenes de transporte.
La organización de esta cacería humana está en manos de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA). El Ministerio de Transportes del Reich y la Compañía Ferroviaria del Reich (Deutsche Reichsbahn), subordinada a aquél, suministran los trenes y elaboran los horarios e itinerarios. Se encuentran personas dispuestas a colaborar con las autoridades alemanas, tanto en Alemania como en casi todos los países ocupados.
En los casos en que aún es necesario tener consideraciones diplomáticas y guardar las apariencias, el Ministerio de Asuntos Exteriores se encarga de las negociaciones para lograr un acuerdo. Algunos países que en un principio habían adoptado las leyes antisemitas de Alemania no responden a las presiones alemanas, o sólo lo hacen con gran reticencia. A menudo, sólo entregan a extranjeros y apátridas que llegaron al país huyendo de los ejércitos alemanes. Pero para la mayoría de los judíos de la Europa ocupada no existe salvación.

Los campos de tránsito

Al registro y marcación de los judíos le sigue la concentración, que precede a la deportación a la muerte. En Europa Occidental, donde no se establecen ghettos vigilados como en Polonia o en la Unión Soviética, las víctimas son internadas por cierto tiempo en campos de reunión, cuya mayoría había sido construida antes del comienzo de la guerra para acoger a refugiados de Alemania. En Holanda, Francia, Hungría y Rumania ya existían antes de la invasión alemana. En Bélgica, Italia y Yugoslavia fueron establecidos con posterioridad.

La mayor parte de estos campos se encuentra en Francia. Las primeras personas internadas son medio millón de refugiados de España, que buscan asilo en países vecinos después de la victoria de Franco: civiles españoles, soldados y numerosos miembros de las Brigadas Internacionales.

A fines de 1939, miles de antifascistas alemanes y austríacos, así como todos los refugiados judíos de Alemania son internados en estos campos como “extranjeros enemigos”. Después de la derrota de Francia, el gobierno francés utiliza las instalaciones como campos de reunión para judíos extranjeros, que más tarde serán deportados a los campos de exterminio en Polonia. Los campos de tránsito son “las salas de espera de la muerte”.

Al principio están bajo las órdenes del Ministerio de Defensa; después de la capitulación pasan a depender del Ministerio del Interior. La policía francesa asume entonces las funciones de vigilancia que anteriormente estaban a cargo de los militares. Las condiciones que imperan en casi todos los campos son pésimas. Mala alimentación, falta de agua potable, alojamientos precarios y condiciones sanitarias muy primitivas son lo común. En algunos sitios hay brotes de epidemias. Solamente en Gurs mueren unas 1.200 personas. En algunos países, las condiciones de vida en los campos son mejores, pero a todos los ahí recluidos les espera el mismo destino.
Los nombres de Westerbork y Hertogenbosch en los Países Bajos, Malines en Bélgica y Fossoli en Italia, Les Milles y Le Vernet, Rivesaltes y St. Cyprien, Compiègne, Pithiviers y Beaune-la-Rolande, Gurs y Drancy en Francia están ligados para siempre con la tragedia de los judíos europeos.

Los campos de la muerte

Los campos de la muerte son construidos en territorio polaco. Allí es asesinada la población judía de ese país y también muchos deportados de Europa Occidental. Chelmno, donde el asesinato sistemático ya comienza a fines de 1941 con tres camiones a gas móviles, llega a ser el cementerio de los judíos del “Warthegau” (provincias polacas occidentales anexionadas al Reich). Entre marzo y julio de 1942 se construyen campos de exterminio adicionales en Belzec, Sobibor y Treblinka, destinados para la “Operación Reinhard”, como es llamado el exterminio de los judíos del Gobierno General después de la muerte de Heydrich. Himmler encarga su instrumentación a Odilo Globocnik, jefe de las SS y de la policía en el distrito de Lublin, quien tiene a su disposición para ello una tropa de 450 hombres, entre ellos 92 “expertos”, que ya habían colaborado en la primera operación de “eutanasia”, el asesinato en masa de más de 70.000 enfermos y discapacitados en Alemania.

Para mantener el engaño del “reasentamiento en el Este” se elige un territorio próximo a la frontera oriental del Gobierno General. Los campos se construyen a una distancia prudente del pueblo más cercano, pero siempre en un lugar con acceso directo a una línea ferroviaria importante. Todos disponen de cámaras de gas estacionarias, pero no de crematorios.

En cada uno de ellos hay un pequeño comando especial alemán (“Sonderkommando”) de 20 a 30 personas, reforzado por 90 a 120 guardias ucranianos, letones o lituanos y un grupo de trabajo de varios centenares de prisioneros judíos, encargados de limpiar las cámaras de gas, enterrar a los muertos y recolectar el equipaje y la ropa. Como testigos, también son asesinados al cabo de algunas semanas y reemplazados por recién llegados.

La evacuación de los ghettos es llevada adelante con una brutalidad sin precedentes. Los ancianos y enfermos son fusilados in situ. Las operaciones se realizan sin anuncio previo y duran en general de uno a dos días; en los ghettos de mayor tamaño pueden llevar varias semanas. Los transportes de los distritos de Cracovia y Lemberg van a Belzec; los de Lublin a Sobibor; los de Varsovia y Radom a Treblinka. En muchos casos, los viajes duran varios días. Los vagones van repletos y muchos ya mueren durante el viaje. Los demás lo hacen ni bien llegados.

Después de finalizar la “Operación Reinhard”, Globocnik presenta un balance final al Reichsführer SS Heinrich Himmler, dando cuenta de los ingresos provenientes del programa de asesinato.

Auschwitz

A finales del verano de 1941 Himmler decide hacer de Auschwitz el principal campo de exterminio y de concentración del Tercer Reich. Allí son asesinados sistemáticamente judíos, “gitanos” y prisioneros de guerra soviéticos. Se amplía el campo original, establecido en 1940 para presos políticos de Polonia. Adicionalmente, se construyen otros dos campamentos en Birkenau y Monowitz. Sólo las obras cobran la vida de 8.000 presos. Las selecciones para las cámaras de gas de Birkenau comienzan en la primavera de 1942. A la vez se prepara la construcción de nuevas instalaciones de muerte de mayor tamaño. Esas obras quedan concluidas en el primer semestre de 1943. El asesinato en masa se convierte en una industria.

Auschwitz-Birkenau se transforma en una gigantesca fábrica de muerte, con cuatro instalaciones de gran tamaño equipadas con las técnicas más modernas, cámaras de gas y crematorios de dimensiones nunca vistas hasta ese momento, montacargas eléctricos para el transporte de los cadáveres y el empleo del gas Ciclón B.

En 1944 se construye un acceso ferroviario al campo, como para una instalación industrial. Los trenes de carga traen millares de personas y transportan a Alemania todas sus pertenencias, para cuya clasificación se emplea una cuadrilla de 700 presos. El dinero en efectivo es remitido al Reichsbank (Banco del Reich); la vestimenta y el calzado se envían al Winterhilfswerk (organización de socorro en invierno) alemán. Incluso se recupera el cabello, el oro dental y la ceniza de los huesos.

Los ancianos, los discapacitados, los portadores de gafas y las mujeres con niños son llevados a las cámaras de gas inmediatamente después de su llegada. Los hombres y mujeres jóvenes y robustos, que el médico de las SS designa para el trabajo forzado, son llevados al campo. En agosto de 1944 hay 185.000 presos recluidos en los tres campos principales y los 40 subcampos. Se proyecta construir instalaciones de muerte adicionales y ampliar el campo de Birkenau a más del doble, pero ese plan no llega a realizarse.

La selección en la rampa no sólo depende del estado físico de los deportados, sino también de la capacidad del campo y de la necesidad de mano de obra en el momento de llegada de un transporte. En los meses de verano, cuando se realizan trabajos al aire libre, el porcentaje de los que se dejan con vida es un poco mayor, mientras que en los meses de invierno es menor. En cualquier caso, la gran mayoría de los recién llegados son asesinados inmediatamente. De los 400.000 presos registrados en el fichero del campo, sólo 60.000 estarán con vida al final de la guerra. El número total de víctimas de este campo se estima en 1,5 millones de personas.

La vida en un campo de concentración

En la Europa ocupada por Hitler hay innumerables campos de todo tipo, categoría y tamaño: los de trabajo, de tránsito, de prisioneros de guerra y los campos de concentración con sus incontables subcampos donde están recluidos presos políticos de todos los países europeos. Los nombres de Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg y Mauthausen, Ravensbrück, Nutzweiler, Neuen-gamme, Stutthof y Gross-Rosen se convierten en sinónimos del terror. A ellos se suman los de exterminio, donde no vive nadie aparte del personal de guardia alemán y una cuadrilla de trabajo judía. Existen sólo dos campos combinados de concentración y de exterminio: Majdanek cerca de Lublin y, sobre todo, Auschwitz-Birkenau.

La selección no decide entre la vida y la muerte, sino sólo el momento de morir. Unos son asesinados de inmediato, mientras que otros son explotados antes en el trabajo hasta su agotamiento físico total. En el lenguaje de las SS, ello se llama “exterminio por trabajo”. El Reich Alemán alquila sus esclavos por tres a cuatro reichsmarks por día a numerosas empresas de la gran industria. A finales de 1944, los ingresos por este concepto se cifran en más de 50 millones de reichsmarks mensuales.

La vida cotidiana en los campos se caracteriza por la total insuficiencia de la alimentación y la vestimenta, el alojamiento en barracas más que precarias, unas condiciones higiénicas catastróficas, la formación en filas durante horas y en cualquier tiempo, y el trato inhumano inflingido por los guardas. Los crueles castigos disciplinarios, que van desde la privación de comida hasta la horca, pasando por azotes y celdas que eran tan estrechas que sólo permitían estar de pie, crean un ambiente de terror permanente. Dentro de la jerarquía de los presos, los judíos ocupan el escalón más bajo.

Al cabo de tres a seis meses como máximo, el preso se halla al final de sus fuerzas. Si no perece o si no comete suicidio por desesperación, es clasificado como no apto para el trabajo en una de las temidas “post-selecciones”. Entonces muere por la aplicación de una inyección de fenol o es enviado a las cámaras de gas. Sólo quien es capaz de conseguir un puesto en la administración del campo, en la enfermería o en la cocina tiene una posibilidad de sobrevivir. Más de un millón de personas de todas las naciones mueren en los campos de concentración.

Los médicos de las SS en los campos no sólo seleccionan transportes enteros para las cámaras de gas y supervisan los castigos de azotes y las ejecuciones. También realizan series de ensayos médicos en seres humanos vivos, para fines militares, en el marco de la investigación sobre “higiene racial” y por encargo de la industria farmacéutica. Para muchos, estos experimentos también son un camino a la muerte.

El levantamiento del ghetto de Varsovia

Los judíos no son sólo víctimas pasivas. Inermes como están, se defienden donde, como y mientras pueden, aunque lo hacen bajo condiciones mucho más difíciles que los demás grupos de resistencia en la Europa ocupada. Dado que el objetivo manifiesto de la política nazi es su aniquilación física, toda acción en la lucha por la supervivencia, toda infracción de las leyes dirigidas contra ellos y su derecho a vivir se convierte en un acto de resistencia activa.

En Varsovia y Cracovia se crea una prensa clandestina que abastece de información a la población del ghetto. En viviendas particulares, clases enteras preparan en secreto el bachillerato. Se organiza el contrabando de alimentos, vestimenta y medicamentos, más tarde también de armas. En los ghettos, los militantes de distintos partidos se unen para formar organizaciones políticas clandestinas, de donde surgirán los primeros grupos de combate.

El levantamiento armado más importante se produce en abril de 1943 en el ghetto de Varsovia, cuando se decide llevarse de allí también a los sobrevivientes -con sus familias- de las grandes deportaciones de 1943, que hasta ese momento habían estado a salvo como trabajadores de las fábricas. Los combates, que en un principio las SS prevén que durarán tres días, se prolongan durante casi un mes. Tres meses después de la derrota de Stalingrado, se consigue la victoria sobre 56.000 civiles -hombres, mujeres y niños-, empleando ametralladoras, lanzallamas, lanzagranadas y piezas de campaña.

Hay también levantamientos armados en los ghettos de Bialystok, Wilna, Tschenstochau, Cracovia y en numerosos otros lugares. Se producen combates con las SS y tentativas de evasión incluso en los campos de muerte de Sobibor y de Treblinka. En Auschwitz-Birkenau, los presos hasta vuelan un crematorio.

La mayoría de los que consiguen huir de los ghettos y campos, escapar a las ejecuciones en masa o saltar de los trenes de deportados se unen a los partisanos en los bosques. En Europa meridional y oriental, donde las condiciones geográficas lo permiten, se lleva adelante la lucha armada. En Europa occidental, la resistencia se concentra en suministrar documentación falsa, encontrar refugios clandestinos y ayudar a refugiados judíos a escapar a países neutrales. Más de un millón de hombres judíos luchan como soldados en los ejércitos aliados. Sin embargo, el levantamiento del ghetto de Varsovia, que las SS documentaron en un informe gráfico para su propia glorificación, continúa siendo el símbolo de toda la resistencia.

El fin de la guerra

A más tardar, en el momento de la derrota alemana en Stalingrado es evidente que la guerra está perdida para Hitler. Nada puede detener ya la contraofensiva soviética.

Después de la eliminación física de los judíos en el Gobierno General (Aktion Reinhard), los asesinos comienzan a borrar las huellas de sus crímenes. A lo largo del año 1943, se demuelen los campos de exterminio de Belzec, Treblinka y Sobibor: se destruyen las instalaciones de muerte, se ara el terreno de los campos, se construyen granjas y se plantan arbustos.

Por orden de Himmler, se crea el Comando Especial 1005 (Sonderkommando 1005) para eliminar las grandes fosas comunes junto a los campos de exterminio en Polonia y en los lugares de las ejecuciones en masa en la Unión Soviética. Bajo vigilancia de las SS, brigadas de presos judíos deben desenterrar los cadáveres semidescompuestos, apilarlos en grandes hogueras y quemarlos, cribar la tierra, triturar los restos de huesos y esparcir las cenizas. A continuación, son fusilados como testigos, al igual que sus compañeros de infortunio que trabajan en las cámaras de gas y los crematorios de los campos de la muerte. No se quiere que haya testigos, ni muertos ni vivos.

Pero el plan de las SS resulta ser irrealizable. Hay demasiadas fosas comunes y la retirada alemana es demasiado rápida. Así, en su avance hacia el oeste, el Ejército Rojo encuentra en todas partes enormes fosas llenas de cadáveres.

A pesar del dramático deterioro de la situación militar, el programa de exterminio es continuado con redoblada energía, como si se quisiera obtener la victoria al menos en este terreno. Comienza una carrera contra el reloj. En junio de 1944 se inicia la invasión aliada en la Normandía. Al mismo tiempo, se deporta todavía casi medio millón de personas de Hungría a Auschwitz.

El 24 de julio, cuatro días después de la tentativa infructuosa de eliminar a Hitler mediante un atentado y de derrocar su régimen en el último momento, las tropas soviéticas llegan al campo de Majdanek. A finales de octubre, las fuerzas estadounidenses están en París. Sin embargo, las cámaras de gas de Auschwitz continúan operando hasta finales de octubre. Habrán de pasar otros tres meses hasta la liberación del campo por soldados del Ejército Rojo.

La liberación

En los primeros cuatro meses del año 1945 los acontecimientos se precipitan. Mientras los ejércitos de los aliados avanzan contra Alemania desde todos los lados, la población alemana de provincias enteras huye ante la proximidad del frente de combate. Al mismo tiempo, los sobrevivientes de los campos, que esperan desesperadamente el momento de su liberación, son llevados a la fuerza por las SS al interior del país.

Los campos de concentración en la proximidad del frente de combate que se acerca, son abandonados uno tras otro. Los presos son evacuados; quienes no están en condiciones de marchar son ejecutados ahí mismo. Las SS obligan a las columnas de prisioneros a avanzar a marcha forzada por las carreteras; los que desfallecen son fusilados por los guardas. Otros son transportados en trenes de carga de un campo a otro. Al término de estos viajes erráticos de varios días, muchos han muerto por el frío o el hambre. En el campo de Bergen-Belsen, hacia donde se dirige la mayoría de los transportes de presos, el abastecimiento colapsa por completo. En ese lugar, decenas de miles de víctimas mueren poco antes de la liberación y en los primeros días subsiguientes.

El panorama que se les presenta a los soldados aliados que liberan los últimos campos de concentración en la primavera de 1945 es espantoso. Ya sea en Buchenwald, Mauthausen o Dachau, en todas partes se encuentran con las mismas escenas: miles de muertos y moribundos. Los médicos militares ingleses y estadounidenses descubren demasiado tarde y con horror, que muchos a quienes tal vez se podría haber salvado murieron por carecer de la más mínima fuerza para llamar o levantar el brazo, de modo que pasaron inadvertidos entre los muertos. Así acaba el “Tercer Reich” de Hitler.

La victoria de los aliados impide al régimen nazi llevar a término su programa de exterminio. De todos modos, el balance es ya lo suficientemente espantoso. Todas las investigaciones históricas, todos los cálculos coinciden en que fueron asesinados entre cinco y seis millones de judíos. Más de un millón pereció en los ghettos y los campos; por lo menos otros tantos murieron en las ejecuciones en masa; los demás hallaron la muerte en las cámaras de gas.

video sobre el gas zyklon B y el Holocausto

http://videos.arte.tv/fr/videos/un_espion_au_coeur_de_la_chimie_nazie_zyklon_b_les_americains_savaient_ils_-4231874.html
http://videos.arte.tv/videoplayer.swf?lang=fr&videorefFileUrl=http%3A%2F%2Fvideos%2Earte%2Etv%2Ffr%2Fdo%5Fdelegate%2Fvideos%2Fun%5Fespion%5Fau%5Fcoeur%5Fde%5Fla%5Fchimie%5Fnazie%5Fzyklon%5Fb%5Fles%5Famericains%5Fsavaient%5Fils%5F%2D4231874%2Cview%2CasPlayerXml%2Exml&admin=false&mode=prod&autoPlay=true&localizedPathUrl=http%3A%2F%2Fvideos%2Earte%2Etv%2Fcae%2Fstatic%2Fflash%2Fplayer%2F&configFileUrl=http%3A%2F%2Fvideos%2Earte%2Etv%2Fcae%2Fstatic%2Fflash%2Fplayer%2Fconfig%2Exml&videoId=4231874&embed=true&autoPlay=false

Goldhagen reportaje video sobre genocidios y guerras


http://youtu.be/w7cZuhqSzzc

EL ARCHIVO MARTA Y GREGORIO SELSER ; UNA CONSULTA IMPRESCINDIBLE

ENLACE AL ARCHIVO GREGORIO Y MARTA SELSER
Noam Chomsky y su hija visitando el archivo Marta y Gregorio Selser

Semblanza biográfica de Gregorio Selser
Gregorio Selser y la Historia cronológica de las intervenciones extranjeras en América Latina

Nota: Este texto fue escrito por Stephan Austin Hasam en 2001 y fue publicado como “Semblanza de Gregorio Selser” en Equilibrio Económico, revista de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Coahuila, Saltillo, Coah., Volumen 3, Nº 13, abril 2002, pp. 230- 252. Lo reproducimos aquí gracias al permiso del autor, quien es un personaje muy cercano, personal y profesionalmente, al propio Selser. Le damos las gracias por sus palabras y autorización.

La mañana del 28 de agosto de 1991, la corresponsal en México de uno de los principales diarios conservadores germanofederales enunció un seco gut, cuando su secretaria le informó, al revisar los titulares del día, que el periodista y escritor Gregorio Selser se había suicidado. De hecho el deterioro vertiginoso de su salud, afectada por cáncer en fase de metástasis ósea, era conspicuamente seguido a través de la intervención de su teléfono y del de uno de sus cercanos amigos, con quien charlaba varias veces al día. Así fue hasta el día en que murió. En una ocasión, pocos días antes de su muerte, telefoneando con aquel amigo, al detectar ambos la habitual intervención hostigadora, preguntó irritado que qué les importaba la plática sobre su visita al médico en Cancerología, (1) a lo que su amigo contestó que la salud de Gregorio Selser era un asunto de relevancia política. Ciertamente, Selser y su obra fueron siempre objeto de minucioso seguimiento en Argentina y, después, en el destierro mexicano.

Advertido en Cancerología a mediados de agosto de 1991 de las perspectivas de invalidez mental por una posible afectación metastática del cerebro, sumado a los fuertes dolores que padecía, que le impedían seguir escribiendo, es decir, viviendo, tomó la decisión interior y secreta, que no compartió con absolutamente nadie, de poner fin a su vida.

El lunes 26 de agosto de 1991 fue a cobrar a la Universidad Nacional su sueldo quincenal como profesor, volvió a casa y, en las primeras horas de la madrugada nublada y húmeda del 27 de agosto, después de haber escrito cuatro cartas de despedida, esperar que durmieran su esposa e hija, ingirió diazepam y se lanzó al vacío desde la cocina de su departamento en un cuarto piso. Fue encontrado muerto horas después, al amanecer, en el zaguán del edificio por el conserje. Una de sus hijas, Gabriela, se encontraba en México de visita, y tenía boleto de avión para partir esa misma mañana. Selser, en una de las cartas, le pidió disculpas por interrumpirle su viaje, pero no quería que Marta Ventura, su esposa y colaboradora de casi ocho lustros, tuviese que bancar el suicidio y sus secuelas sola. Como un estoico, Selser había mantenido control de su vida hasta el final y muerto solo en la montura, pues no contaba con un amigo y médico para asistirle en su suicidio, como fue Max Schur en el caso de otro escritor y pensador desterrado y atacado por cáncer, Sigmund Freud.

Los restos de Selser fueron incinerados en un crematorio rústico en el fondo de una barranca al lado de un arroyuelo de aguas negras, enclavado en medio de un tugurio con vista a las mansiones en lo alto a lo lejos. Mientras era incinerado, llegaron niños pequeños a pedir limosna a las diez personas que acompañaron a Selser hasta esa barranca. Los chicos siguieron a varias de las personas hasta una tiendita cercana. No querían ni gaseosas ni dulces. Pidieron pan.

Así, el militante socialista autónomo, íntegro, escritor, pensador y publicista crítico, criado en un orfanato en la zona austral de América Latina, quien a los doce años dejó la escuela para laborar y leer y leer –”sentía que la escuela me quitaba tiempo para leer”–, terminó incinerado en el norte del mismo subcontinente, del mismo infierno, en medio de la gente cuya suerte había sido una de sus preocupaciones centrales a lo largo de toda su vida y obra, los miserables de América Latina, que ya son casi todos.

Una educación pacifista socialista

Ciertamente, a los doce años ya había leído Los miserables de Victor Hugo: “aún hoy sigo diciendo que fue la novela que más me impresionó y que, creo, me enrumbó en la dirección social”, (2) le relató a su hija Claudia. Antes ya había leído a Émile Zola, quien lo marcó para toda la vida, no sólo por su novelística, incluyendo Germinal, lectura imprescindible entre ácratas y socialistas, sino también por su ejemplo como publicista comprometido con investigar, documentar y denunciar públicamente la injusticia social, costare lo que costare. Hasta el final de su vida, ante cada nuevo grupo de alumnos universitarios, al tocar el tema de los antecedentes del fascismo, Selser nunca omitió relatar minuciosamente el Caso Dreyfus, caso paradigmático donde, ante un acto de prejuicio, conspiración de Estado e injusticia social que dividió a un país entero en dos, Zola asumió su responsabilidad pública como intelectual y escritor honesto de decir la verdad incómoda con coraje, costándole a éste prisión –evadida vía el auto exilio– y, finalmente, la vida (3) .

Además, Selser leyó en traducción a los clásicos rusos y a autores de lengua alemana de la época, burgueses y socialistas, algunos, destacados pacifistas y otros, con fuerte tendencia hacia temas históricos y éticos, como Emil Ludwig y Stefan Zweig, Erich Maria Remarque, Ludwig Renn, Leonhard Frank y Thomas Mann. Como Selser después, casi todos éstos murieron en el destierro. Un lugar especial guardaban para él los poetas Heinrich Heine, muerto en el destierro parisino, y Rainer Maria Rilke. Además leyó muchos, muchísimos libros de historia. A los quince años ya tenía su propia biblioteca, “comprada así, de a centavitos”, (4) gracias a las librerías de viejo del entonces Buenos Aires.

Ya de niño, Selser se percató de que Mnemósine le había dotado, como a Clío, con una vocación por la historia y con una capacidad anormal para retener palabras, datos históricos e imágenes de novelas leídas. “A los nueve años era una especie de monstruito por mi capacidad para retener las palabras difíciles […] era una memoria selectiva –le contó Selser a su hija Claudia– porque la acumulación de datos que mi cabeza retiene como una computadora son datos históricos”. Ni una fórmula matemática. Más adelante precisó: “A veces pienso que mi memoria no es normal, que es como una enfermedad, aunque tal vez no es tanta como yo creo y es algo común esa predisposición para retener”.(5) Selser no se fió de su memoria. Para no errar, su obra siempre estuvo sustentada en el dato preciso, para lo cual Marta Ventura, su compañera colaboradora, y él construyeron incansablemente a través de los lustros, en su departamento, a cuatro manos, dos bibliotecas especializadas: la de Buenos Aires, de más de 12 mil volúmenes, y la del destierro mexicano (1976-1991), de más de 5 mil,(6) con sus dos respectivas y enormes hemerotecas. Sólo la hemeroteca del destierro, sin contar las colecciones de revistas especializadas que contiene, comprende más de 160 archiveros de recortes de prensa rigurosamente clasificados, catalogados y manejados por Marta Ventura: la infraestructura bibliográfica equivalente a dos centros de investigación sobre América Latina y de sus relaciones con el resto del mundo, particularmente con Estados Unidos. (7)

Hacia el final de su vida, ante pregunta expresa del periodista Mauricio Ciechanower, Selser resumió así las líneas rectoras que lo habían guiado a través de toda su vida: “…me considero un pacifista elemental, un hombre de ideas, un hombre pacífico, no violento. He tratado de ajustar mi vida, mi militancia, mi obra, mis libros, a esa especie de pauta que imaginé a los 18 años. Todo lo que escribí, todo lo que limité ha estado inscrito en ese marco de ‘quiero que haya un mundo mejor del que encontré’…”.(8) A esto habría que agregar la noción de que el ser humano es inherentemente bueno o, en alemán, como él solía decirlo entre amigos: der Mensch ist gut; una premisa de los socialistas y ácratas alemanes pacifistas de principios del siglo XX, humanistas radicales como Leonhard Frank, quien tituló así una de sus novelas. (9)

A los 15 o 16 años el joven socialista Selser, antifascista, vivió su primer arresto por cometer el “ilícito” de vender bonos en favor de la República Española. Por ser menor de edad fue puesto en libertad unas horas después. No así en 1940 cuando, apenas alcanzada la mayoría de edad, “reincidió”. Fue detenido y arrestado 10 días por haber participado en una manifestación en apoyo a los Aliados. La Segunda Guerra Mundial ya había estallado en Europa, estaban en pleno auge el fascismo y el clericalismo reaccionario, y el gobierno argentino simpatizaba con los países del Eje. En prisión Selser compartió el espacio con varios argentinos presos por haber peleado en la Guerra Civil Española.

La educación política de Selser fue la de un autodidacta joven proletario de inclinación socialista pacifista, antimilitarista y antifascista en la Argentina de los militares de los años 30 e inicios de los 40, formado en la lectura de la novelística europea clásica, poesía, biografía e historia. No tenía paciencia para ladrillos de teoría gris, y siempre reconoció que le faltaba formación teórica y de índole académica. Por considerar su formación incompleta, el cuestionamiento intelectual aunado a la apertura y la avidez por aprender lo acompañaron toda la vida.

Durante la dictadura del general Edelmiro Farrell, un día a mediados de 1944, a raíz de una denuncia anónima, la policía ingresó en la pensión donde vivía el joven militante socialista y encontró en su habitación dentro del armario panfletos antifascistas y a favor de los Aliados. Como Selser ya tenía antecedentes policiacos desde su primer arresto, le entró miedo y se auto exilió en Montevideo. Tenía 22 años y acababa de concluir la secundaria nocturna que cursó a partir de los 18. Aparte de tener “memoria de elefante”, saber leer y escribir algo –ya había conseguido empleo como “oficinista con redacción propia”–, en asuntos prácticos era “muy tonto y hasta torpe, muy ingenuo”, según su propio diagnóstico retrospectivo. Así lo fue toda la vida; incorregible, hasta el extremo de la seria comicidad chaplinesca.

Una educación latinoamericana

Las moirai que le tejían el destino a Selser desde que había muerto su madre sordomuda cuando él tenía apenas seis meses, lo enviaron a Uruguay para ser barrendero de las calles de Montevideo, primero en los suburbios y después –como ascenso– en la ciudad, y para que se iniciara en la obtención de una educación latinoamericana de primer orden, que le marcaría el rumbo para el resto de su vida. Después de cumplir su labor proletaria de asear las calles montevideanas, frecuentaba los círculos anarquistas y socialistas, además del exilio democrático y de izquierda argentinos: demócratas progresistas, socialistas, comunistas y radicales.

Fue a través de un radical, Santiago Nudelman, a la vez secretario y médico de Alfredo Palacios, que Selser entró en contacto con el primer diputado socialista de la historia argentina, abogado, estudioso latinoamericanista, pionero de la legislación social y obrera en Argentina, así como de estudios sobre la fatiga laboral a principios del siglo XX. Palacios sería el hombre quien más influiría en la vida de Selser. En Montevideo Selser también se vincularía con Carlos Quijano y el círculo que conformó el milagro periodístico que fue Marcha hasta que los militares la liquidaran en noviembre de 1974, y de la que, durante lustros, Selser sería su corresponsal en Buenos Aires (en el exilio mexicano, Quijano lanzaría los Cuadernos de Marcha, que aparecerían hasta 1985).

El gobierno militar argentino, por presión estadunidense y conveniencia táctica, había roto relaciones diplomáticas formales con el Eje apenas semanas antes del fin de la guerra, y el 1° de septiembre de 1945, el fascismo ya derrotado en Europa, el exilio argentino en Montevideo volvió, incluyendo a Palacios y su futuro amanuense en residencia: Selser.

Del segundo semestre de 1946 hasta 1951, cuando Selser se casaría con Marta Ventura, vivió en casa de Palacios, fungiendo como su secretario, ayudante, bibliotecario, interlocutor y alumno, obteniendo una educación más que privilegiada, única, en historia y análisis de América Latina. Durante su estancia reclasificaría una de las bibliotecas más completas existentes en esa época sobre Latinoamérica, y estaría inmerso en uno de los núcleos de pensamiento latinoamericano más ricos e importantes de la época en la Argentina y el subcontinente, en plena era de represión peronista y en un país latinoamericano para el cual América Latina no existía, ni existe.

Si bien en casa de Palacios tenía techo y comida, para mantenerse económicamente Selser laboraba y formaba parte de la Federación de Comerciantes Viajeros. Fue durante ese lustro en residencia que Selser se hizo latinoamericanólogo y analista social y político de primer orden. A esto se dedicaría Selser extra laboralmente, con pasión y por vocación. El medio que utilizó fue la palabra, siempre sustentada en una reconstrucción histórica minuciosa y precisa, rigurosamente documentada, que, por su propio peso, se tornaba en una acusación fulminante contra la mentira y el poder pasados y del momento.

El publicista libre…en su “tiempo libre”

Paralelamente a su actividad laboral de tiempo completo, durante los primeros años de la década de los 50, además de la conformación de la biblioteca y hemeroteca, que hacía junto con Marta Ventura, quien trabajaba como maestra de pintura también de tiempo completo, Selser rastreó desde muy temprano las primeras pistas de la nueva policía secreta imperial de la pax americana: la Central Intelligence Agency (CIA), entonces virtualmente desconocida. En Irán, Estados Unidos buscaba revertir la nacionalización petrolera de Mohammed Mossadegh; y en Guatemala, hacer abortar el gobierno constitucional de Jacobo Arbenz, donde sus reformas habían coartado el poder y afectado el saqueo de años realizada por la United Fruit Company. Ambas operaciones fueron rotundos éxitos de la CIA para el horror por décadas de las respectivas poblaciones: Mossadegh y Arbenz fueron depuestos y remplazados respectivamente por Mohammed Reza Pahlevi (1953) y Carlos Castillo Armas (1954). Con esos dos golpes, la CIA adquirió notoriedad mundial e hizo que Selser tomara la decisión de escribir libros.

En su reconstrucción histórica del caso guatemalteco con el fin de elaborar una serie artículos, Selser se topó con un personaje que lo cautivó: Augusto C. Sandino, un obrero que había conformado una guerrilla para expulsar a los marines estadunidenses de Nicaragua. Exitoso después de casi siete años de lucha, había sido asesinado a la postre (1934) por un “padrino” de Castillo Armas, el presidente nicaragüense en activo, Anastasio Somoza García. A partir de toda la información que pudo recabar en Buenos Aires, Selser escribió Sandino, general de hombres libres, y pospuso su investigación sobre Guatemala, que después publicaría como El guatemalazo. Mientras redactaba el libro, en pleno 1954 y recién derrocado Arbenz, Somoza haría una visita de Estado a la Argentina. Perón no sólo lo invitaría a dirigirse al pueblo desde el balcón de la Casa Rosada, sino que le otorgaría la Orden del Libertador San Martín y una réplica del sable corvo.

En plena dictadura de Perón nadie se atrevía a publicar el Sandino, pese a que Selser y algunos amigos habían juntado el dinero para la edición. Quienes aceptaron fueron los talleres gráficos ácratas Americalee, en memoria y solidaridad con la causa de su “hermano anarquista Sandino”, a quien los viejos obreros de la imprenta recordaban. (10) La prevista incautación peronista de la edición no ocurrió, en virtud de que a los dos días de la aparición del Sandino en librerías, el 14 de septiembre de 1955, iniciaba el levantamiento que derrocaría a Perón y lo enviaría al exilio para ser acogido por Francisco Franco. El libro pasó por doce ediciones, sólo en Buenos Aires. Le seguiría en 1958 un segundo libro sobre Sandino, El pequeño ejército loco, y, un año después, la versión ampliada a dos tomos del Sandino a casi 800 páginas.(11)

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Con una carta de recomendación manuscrita de Palacios y un ejemplar del Sandino recién publicado, Selser se presentó en enero de 1956 en el diario antiperonista y conservador La Prensa. Fue contratado y asignado a la apolítica sección de obras y servicios públicos, donde tuvo empleo estable durante 19 años como redactor anónimo. Al margen de cumplir su horario y responsabilidad laboral de tiempo completo en aquel diario, Selser se dedicó a escribir libros y ser periodista, ser director de la colección “Historia viva” de Editorial Palestra (1958-1966), director de la Biblioteca de América y de la colección “Libros del tiempo nuevo” –ambas de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) (1962-1966)–, y profesor interino de periodismo en la Universidad Nacional de La Plata (1971-1974).

Adicionalmente a la política imperial estadunidense en Centroamérica y el resto del subcontinente, el fascismo, el militarismo y la CIA, siempre la CIA, entre las efemérides que más ocuparon a Selser durante su fase argentina fueron el gobierno de Frondizi, el Onganiato, la Revolución Cubana (1959), la matanza de escolares la Zona del Canal (Panamá) por militares estadunidenses (1964), la invasión a la República Dominicana (1965), la Alianza para el Progreso y el ascenso y aniquilación del gobierno de la Unidad Popular en Chile. Paralelamente concibió y trabajó en su proyecto, quizás, más ambicioso: la elaboración de una cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina desde 1776, en el que trabajaría hasta su muerte. (12) Un proyecto que normalmente sería empresa de todo un equipo de investigadores altamente calificados con un especialista para cada periodo y un respaldo bibliográfico descomunal.

Invitado a asistir al II Tribunal Internacional Russell en enero de 1975 como experto en militarismo y en la desestabilización y derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en Chile, renunció a La Prensa al no concederle su director, Alberto Gaínza Paz, una segunda licencia sin goce de sueldo. (13) Selser acababa de pasar tres meses –con licencia– en Lima en la redacción del diario Expreso, como un modo de ponerse a cubierto de las amenazas de la “Triple A”. En Bruselas participó en el Tribunal y permaneció tres meses en Europa reporteando, pues había conseguido empleo como redactor internacionalista en El Cronista Comercial, donde laboraría hasta su destierro año y medio después.

Desde siempre estuvo en la lista negra internacional de los distintos servicios de inteligencia y de las fuerzas castrenses de “seguridad nacional” de la región, que habían tomado por asalto el Cono Sur (comenzando por Brasil en 1964) por interés propio y para el imperio estadunidense del que formaban –y forman– parte en calidad de cipayos históricos, y para el imperio vaticano en calidad de cruzados contra los infieles; es decir, como exterminadores, saqueadores y violadores bajo capa de guerreros santos. (14) Sólo faltaba la Argentina. El Putsch de la “guerra sucia” y guerra santa ocurrió el 24 de marzo de 1976. Ya en la mira de la Triple A –las tres armas como denunciaría Rodolfo Walsh al precio de su vida– mucho antes del cuartelazo, Selser corría el máximo peligro y su exterminio era sólo cuestión de poco tiempo. De hecho Selser aparecía en una lista para ser liquidado, hecho que era del conocimiento del embajador estadunidense Robert “Bob” Hill y de Orlando Letelier en Washington, y de Fernando Reyes Matta y Juan Somavía en México. Los cuatro buscaban la manera de sacar a Selser y ponerlo a salvo. Fue notificado el director en Buenos Aires de la agencia Inter Press Service (IPS), con la que Selser colaboraba intermitentemente desde 1964.

El destierro – la “sobrevida”

Acompañado al aeropuerto por familiares, abogados y periodistas amigos, pero como si fuera algo absolutamente rutinario y estrenando una comisión como corresponsal especial en Panamá de IPS, el 16 de julio de 1976 Selser pasó los controles de los agentes del SIDE, Secretaría de Informaciones de Estado, y de migración en Ezeiza, que le permitieron abordar un avión que lo llevara al destierro que fue, según él, la etapa más productiva de su vida, y en la que recibió el reconocimiento que jamás obtuvo en la Argentina. A este periodo lo calificó Selser como su “sobrevida”.

La primera escala, de casi cuatro meses, fue Panamá, donde Selser paralelamente a su labor de corresponsal, redactó el primer borrador de su libro sobre Benjamín Zeledón, y colaboró en la Radio Nacional.

La segunda escala, la definitiva, sería Ciudad de México, donde arribó el 10 de noviembre de 1976 con un contrato como investigador de la División de Estudios de la Comunicación del Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET). Sus directivos, Somavía y Reyes Matta (exiliados en México a raíz del pinochetazo tres años antes), le proporcionaron un espacio laboral para su desempeño intelectual y la carta anual para el ministerio del interior mexicano, es decir, la visa de estancia y trabajo para un refugiado con pasaporte argentino. La salvación, como cualquier desterrado sabe muy bien. Pero había un caveat fuera del control de los directivos: tendría que abstenerse de ejercer el periodismo para no irritar a algunos patrocinadores socialdemócratas ultramarinos del ILET, que consideraban a Selser absolutamente inaceptable. El incumplimiento podría significar la pérdida del trabajo, la carta anual y del derecho a la residencia. Para Selser acatar esa interdicción era como morir en vida, pero la tuvo que acatar…a medias.

En diferentes diarios –muchos en El Sol de México– y el semanario Proceso comenzaron a aparecer artículos escritos con el inconfundible estilo y rigor documental selserianos, firmados desde capitales europeas, como París y Roma, por Gustave Salage, Rubén Jordán, Dieter Knopf, Juan Pratel, Arthur Johns, Kenneth Derrick, Beatriz V. Prando, Enzo Garozzi, Renato Picchia, Wilbur Ellis, Pablo Enrique Maceiras, Sergio Ovalle Baliño, Rodolfo López Almada y otros; casi todas las notas empero escritas en el pequeño departamento Selser de Avenida Río Mixcoac de Ciudad de México. Los seudónimos eran necesarios por dos razones más: para prevenir represalias dentro de la Argentina contra familiares, incluyendo una hija, y porque los servicios de inteligencia de toda América Latina –salvo los cubanos– operaban como una policía secreta cipaya interconectada (p. ej. Plan Cóndor, atentado Letelier, etc.), amén de que agentes argentinos operaban en México con aprobación de los gobiernos mexicano y estadunidense. En Canadá y en Europa occidental fue parecido.

También en la Argentina Selser había utilizado seudónimos como Jorge Pérez Rocco, Murillo de Brito, Paul Ambrister, Javier Orrego, Guastave Salage, Louis Hanotoux, Altair Meneses y otros en coyunturas particularmente peligrosas, y cuando trataba temas especialmente delicados relativos a los militares de la región, la dictadura brasileña, los escuadrones de la muerte o la iglesia católica y su ultraderechista Opus Dei.

En 1978 Selser comenzó a colaborar como redactor-editorialista internacional en el diario paragubernamental El Día con plena libertad, por invitación de su director Enrique Ramirez y Ramirez. Además de que el diario otorgaría la carta de trabajo, Ramirez y Ramirez aceptó que Selser trabajara en casa, es decir, en su biblioteca y hemeroteca. Prigobiernista en materia de política mexicana, El Día fue progresista y muy crítico en política internacional. Así Selser contó con el respaldo irrestricto de un miembro de la corte del gobierno anfitrión para ejercer libremente su arte y oficio; con otro caveat: no inmiscuirse, de ninguna manera, en los asuntos políticos de México, bajo la advertencia de que quien lo hiciera podría ser obligado a que abandonara el país inmediatamente y sin juicio previo.

Esta prohibición, el artículo 33 de la constitución mexicana, regía –y rige– para todo ciudadano de otra nacionalidad.(15) Selser la acató cabalmente, incluso absteniéndose de incluir México en la hemeroteca y de hablar siquiera sobre asuntos políticos mexicanos, no se diga en público, sino hasta en conversaciones privadas, y pese a que la política latinoamericana era uno de sus campos profesionales. Las palabras a Carlos Payán, director de La Jornada, en su carta póstuma son absolutamente ciertas y precisas: “…siempre fui respetuoso de las leyes de México, a cuyo pueblo amé y al que deseé servir con mis trabajos. Me voy con la conciencia cabal de haber cumplido con el país y con su pueblo”.(16) En el par de ocasiones en que, sin proponérselo, rozó al gobierno mexicano al analizar temas internacionales, recibió reprimendas inmediatas.

Cuando la administración Bush (padre) propuso a John Dimitri Negroponte como embajador en México, Selser alertó y divulgó tenazmente ante la opinión pública mexicana la trayectoria proconsular de este diplomático-agente de inteligencia, sólo hasta el instante en que el gobierno mexicano dio el beneplácito a su nombramiento. La misión principal de Negroponte en México se sabría después: el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (ALCAN). (17)

El 30 de septiembre de 1987 Selser renunció al El Día. Después de la muerte de Ramirez y Ramirez, el diario paulatinamente fue dejando de ser lo que había sido, aunque Selser siguió contribuyendo al suplemento dominical El Gallo Ilustrado, del que fue, además, asesor permanente hasta su muerte. Pasarían entonces catorce meses en que Selser casi no tendría tribuna en México, aunque siguió escribiendo notas para medios del exterior –europeooccidentales y latinoamericanos– y para Prensa Latina, y pudo dedicarse más a escribir libros. En noviembre de 1988 fue invitado por Carlos Payán a colaborar en La Jornada y, posteriormente, colaboraría paralelamente como editorialista en El Financiero.

En el ámbito académico, desde finales de los setenta Selser se fue incorporando al Proyecto Lázaro Cárdenas de estudios estratégicos a petición de su director, John Saxe-Fernández, y a partir de abril de 1982, fue profesor de posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), adscrito al Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), donde estaban Antonio Cavalla, René Zavaleta, Agustín Cueva, John Saxe-Fernández, Sergio Bagú, Jorge Turner, Eduardo Ruiz, Gérard Pierre-Charles, Susy Castor, Mario Salazar, entre otros. Al ingresar Selser al CELA, ingresó con él Marta Ventura, pues su hemeroteca se convirtió en una extensión informal del CELA. El nombramiento de Selser fue el de profesor visitante y caducaba cada seis meses. No fue sino hasta 1990, cuando ya tenía cáncer, que las gestiones del CELA para regularizar la situación laboral de Selser fructificaron y fue abierto un concurso. Selser participó en todas las etapas pero dudaba cuál iba a ser el fallo. No vivió para saberlo. En el formulario del concurso contestó, entre otras cosas, “Estudios cursados: los de primaria y secundaria” y “Formación: no posee títulos ni grados académicos”.

Las clases de Selser consistían en que, sin consultar un solo papel, hablaba –una brevísima pausa de por medio– algo más de cuatro horas ininterrumpidamente, apagones no obstante, sobre un capítulo de la historia (o de la historia oculta) de América Latina, Estados Unidos o del sistema internacional. Cada sesión parecía el capítulo de una novela histórica que no era novela, narrado de memoria, ya redactado, repleto de citas, datos precisos, fechas, anécdotas, referencias cruzadas a capítulos anteriores y próximos del libro entero grabado en la memoria y que, como libro virtual de historia, permitía cada semestre actualizaciones, correcciones, contextualizaciones e interpretaciones nuevas con sus proyecciones al presente. Los requisitos formales de Selser a sus alumnos eran mínimos: un trabajo final sobre la temática del curso y –siempre– una recensión del recomendado libro La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países latinoamericanos de Ramiro Guerra y Sánchez.(18) Selser era autodidacta de toda la vida y no entendía que pudieran existir alumnos adultos aprendiendo lo que fuera su vocación a partir de exigencias de terceros.

La época que vivió Selser en México fue la de los regímenes de terror en el Cono Sur y su repliegue en los ochenta; la Guerra de las Malvinas; la “crisis de la deuda” latinoamericana y la aplicación de los planes radicales de concentración de riqueza llamados “planes de ajuste estructural” y “neoliberalismo”; las muertes de Torrijos y Roldós y el primer “Documento de Santa Fe; “el “caracazo”; la Revolución Sandinista y la guerra en Centroamérica de finales de los setenta y toda la década de los ochenta (más de 300 mil muertos); la guerra “secreta” de Reagan contra Nicaragua y el “Irangate”; la invasión de Granada; cocadólares y García Meza en Bolivia; el Tratado Torrijos-Carter y la invasión a Panamá; la victoria de Aristide en Haití y su consiguiente desestabilización; la derrota electoral sandinista; el director de la CIA a la presidencia (Bush); la Guerra del Golfo Pérsico; el desmantelamiento del bloque soviético; el acercamiento ansioso de la disidencia clasemediera intelectual latinoamericana al poder. Son algunos de los temas sobre los que Selser escribió.

Para Selser Latinoamérica era un subcontinente saqueado y menoscabado a través de su historia por el imperialismo, las oligarquías, los militares y la iglesia católica, por las conductas entreguistas, cipayas, obsequiosas y sumisas, por la dependencia neocolonizada, intelectual y psicológicamente. Consideraba que si América Latina no resolvía de alguna manera su relación con Estados Unidos, “en función de objetivos nacionalistas, autonomistas, de soberanía nacional y al propio tiempo de integración” resultaría “condenada a la dependencia”. (19) Selser sabía muy bien, sin embargo, que no había para nada correlación entre nacionalismo, autonomismo, soberanía nacional e integración –todos estos atributos aplicables lo mismo a Estados Unidos que al Haití de Henri Christophe– y ser de izquierda o socialista.

En casi toda la obra de Selser está entrelazado un análisis permanente y minucioso de los medios masivos de comunicación, particularmente de las agencias de noticias y la prensa; una crítica fulminante a los medios contrademocráticos, manipulativos, serviles, autocensurados, al servicio del poder, la mentira, tema al que dedicó parte considerable de sus trabajos. Aquí la labor y la obra de Selser en América Latina sólo es comparable con la de Noam Chomsky y I.F. Stone en Estados Unidos. Conoció a ambos.

Las verdades que destapaba y denunciaba, rigurosamente documentadas, en libros y artículos, provocaban polémicas en América Latina, Estados Unidos e, incluso, en Alemania Federal. Al igual que sus notas periodísticas, sus libros eran aplaudidos y satanizados, así como atesorados(20) o incautados, e incluso llegaron a ser “desaparecidos” o quemados por orden gubernamental. La recepción e impacto inmediato y mediato de varios libros de Selser bien merecerían cada uno un estudio aparte. No sólo en el caso obvio de los libros sobre Sandino, sino en el de otros, por ejemplo, Honduras, república alquilada o El rapto de Panamá, incinerado por orden del gobierno panameño, y que enfureció asimismo a los nacionalistas panameños, porque Selser había osado afirmar que Estados Unidos había inventado el país para hacerse de un canal, o también Espionaje en América Latina sobre la sociología latinoamericana al servicio del Pentágono, los planes “Camelot” y “Simpático”.

Hace apenas diez años de la muerte de Selser, muy poco tiempo para poder precisar la importancia y el impacto de su obra a largo plazo. Además, sigue publicando libros y casi toda su obra periodística del destierro, 1976-1991, ya está almacenada en discos compactos para ser estudiada. Por publicar quedan al menos cuatro libros y, por almacenar magnéticamente, su obra periodística de la época argentina completa. Marta Ventura lleva una década ya dedicada a esos proyectos. En la medida en que la obra completa de Selser sea consultable –la mayoría de sus más de 40 libros son inconseguibles– habrá una nueva valoración. Cuando esto ocurra, es muy probable que Selser ocupe un lugar singular en la historia latinoamericana de las ideas y del periodismo del siglo XX. No es comparable con nadie en América Latina, pero su trascendencia no será menor a la de Mariátegui o Martí.

Referencias:

(1) Instituto Nacional de Cancerología en México, institución pública especializada y reconocida donde, por insuficiencia de infraestructura y de personal, la demanda es regulada mediante la añeja práctica de la entrega diaria de un número limitado de fichas, para cuya obtención es necesario hacer cola sumisamente al amanecer. Después los pacientes deben aceptar estoicamente ante cada consulta agendada larguísimos y tortuosos periodos en sala de espera sentados en filas, una situación degradante que acelera el deterioro del estado anímico y de salud del paciente. En esa sala Selser leía, no sólo por hábito, sino para no ver y deprimirse más. El hecho generalizado de las colas y fichas –tan naturales e inherentes a la vida mexicana como la luz solar– no sólo es resultado de la rentable insuficiencia intencional y estructural de servicios públicos y privados, sino que es idónea como refuerzo en una sociedad autoritaria-servil para la domesticación permanente de la población en la obediencia, en la sumisión agradecida respetuosa del poder, en el pago de sacrificios, en la consciencia del siervo de que no tiene derechos, porque en la práctica el citoyen no existe y no deberá existir.

(2) Entrevista de Claudia Selser a su padre, México, D.F., septiembre de 1989, conservada en grabación magnetofónica.

(3) Para recordar véase la excelente reedición: Émile Zola, Yo acuso: la verdad en marcha, Barcelona, Anagrama, Colección Fábula No. 87, 1998. Incluye como separata la reproducción del “J’Accuse”, publicado en L’Aurore el 13 de enero de 1898.

(4) Claudia Selser, “Gregorio Selser: me hubiera gustado ser poeta o director de orquesta”, El Gallo Ilustrado, suplemento dominical de El Día, México, D.F., 23 de agosto de 1992, p.4.

(5) Ibid., p. 3.

(6) La biblioteca de Buenos Aires fue donada por Selser a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), a condición de que ésta la rescatara de la “guerra sucia” de la dictadura argentina y la trasladara a su sede en México, donde se encuentra hasta hoy, aunque todavía no totalmente clasificada. Una parte sigue embalada. FLACSO (sedes México, Costa Rica y Argentina) participaron, con el apoyo del gobierno mexicano, en el registro y traslado (1979-1981) no sólo de la biblioteca, sino de la hemeroteca completa y de los originales mecanografiados de la obra argentina de Selser, todos declarados por la dictadura, propiedad del Estado argentino. La biblioteca creada en el destierro, la “Biblioteca Gregorio Selser”, está ubicada en la Secretaría de Relaciones Exteriores en su sede de Tlatelolco, México, D.F.

(7) [La hemeroteca que aquí menciona Hasam es precisamente lo que ahora constituye el Fondo A del Archivo Gregorio y Marta Selser].

(8) Mauricio Ciechanower, Entrevistas/entrevidas, “Gregorio Selser: entre Hitler y Reagan”, México, D.F., Ediciones Gernika, 1988, p. 122.

(9) Por el destino que tejen las moirai para los seres humanos, durante el fascismo que sobrevendría, Frank iría al destierro estadunidense y su hijo, André Gunder, congruente con la tradición de pensamiento crítico autónomo, desterrado de Estados Unidos en los 60 y de Chile en 1973, sería una de las figuras más importantes y controvertidas de las ciencias sociales en y de América Latina.

(10) Véase: Gregorio Selser, “Sandino, general de hombres libres: pequeña biografía de un libro, 35 años después”, texto completo en El Gallo Ilustrado, suplemento dominical del El Día, 8 de septiembre de 1991, pp. 6-7.

(11) Germán Gaitán, hijo del embajador nicaragüense en Buenos Aires, quien se hizo amigo vitalicio de Selser y le apoyó con abundante material desde Nicaragua para la elaboración de la versión ampliada, se llevó oculto el Sandino cuando volvió a Nicaragua, donde lo reprodujo en mimeógrafo, costándole el encarcelamiento. Fue el Sandino mimeografiado el que llevaban en sobaquera y leerían Carlos Fonseca y los futuros fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Hasta hoy, el Sandino no ha sido publicado en Nicaragua. En 1990 Editorial Vanguardia milagrosamente alcanzó imprimir sólo la mitad: el tomo I. [En 2004, tras la muerte de Selser y la redacción de este texto, Aldilà Editor, bajo la dirección de Aldo Díaz Lacayo, editó en un solo volumen, de 800 páginas, la versión ampliada del Sandino.]

(12) Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina, (Tomo I: 1776-1848; Tomo II: 1849-1898; Tomo III: 1899-1945; Tomo IV: 1946-1989), México, D.F., Universidad Autónoma Metropolitana – Azcapotzalco, Universidad Nacional Autónoma de México (Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades), Universidad Obrera de México. De esta obra póstuma, han aparecido el tomo I (1994), el tomo II (1997) y el tomo III (2001); el tomo IV está siendo revisado por John Saxe-Fernández.

(13) Para una apreciación autobiográfica de Selser, y su visión de La Prensa y Gaínza Paz véase: Gregorio Selser, “Cuando no se puede ser sino periodista”, Nueva Sociedad, No. 100, marzo-abril de 1989, Caracas, pp. 152-158.

(14) En el continente americano religión y militarismo constituyen los dos instrumentos complementarios de avasallamiento y exterminio históricos. En América Latina militares e iglesia católica constituyen las dos tenazas de una misma pinza; de la dictatorialización. Son las dos instancias complementarias cuyo oficio es la conquista física y psíquica del rebaño humano o grey (grex=hato de ganado) para asegurar su sumisión y control por los portadores de cetros; garantizan la perpetuación de la sociedad autoritaria-servil. Toda sociedad autoritaria es servil y toda sociedad servil es autoritaria. Lo mismo vale para las personas.

(15) Naturalmente, exentos del artículo 33 están todos los inmiscuidos que sean aduladores, apologetas y colaboracionistas del gobierno mexicano, así como los amos imperiales y sus instancias operativas.

(16) “Murió Gregorio Selser. Carta Póstuma”, La Jornada, México, D.F., 28 de agosto de 1991, primera plana y p. 5.

(17) North American Free Trade Agreement (NAFTA). El gobierno mexicano habló en español de un Tratado de Libre Comercio (TLC), término que acuñó e impuso a absolutamente todos al interior del país (analistas, investigadores, periodistas y todo el “pasianaje”), mientras que empleaba NAFTA cuando hablaba en inglés. La prensa internacional hispanoparlante vivió confusión con relación a esto. Nunca sabía cómo llamar correctamente esa cosa. Ya Selser en repetidas ocasiones había comprobado que en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, cuando se trata de reportes, informes, tratados y acuerdos que deberán ser divulgados en la lengua de los súbditos, el español, aquéllos no necesariamente concuerdan con los textos originales y rectores, que siempre están en inglés, of course. Las traducciones son políticas más que precisas. Por eso Selser tuvo que dedicar muchos artículos y varios libros a casos concretos para denunciar esta triquiñuela (perpetrada por los gobiernos latinoamericanos o el estadunidense). Sus trabajos siempre incluían una nueva traducción profesional, completa, precisa y comentada del texto sospechoso. Ver, por ejemplo, su libro El Informe Kissinger ‘contra’ Centroamérica o Los cuatro viajes de Cristóbal Rockefeller.

(18) Selser siempre abogó inútilmente a favor de la reedición de este agotadísimo libro de Ramiro Guerra y del de Isidro Fabela, Estados Unidos contra la libertad.

(19) Ciechanower, op. cit., p. 127.

(20) J. Hernández, editor en Buenos Aires de varios libros de Selser, incluyendo La CIA en Bolivia, construyó un muro falso de ladrillo para salvar los libros de Selser y de algunos otros autores durante la dictadura de Videla.

¿Qué es el CAMeNA?

El Centro Académico de la Memoria de Nuestra América es un centro de reflexión, debate y difusión de la memoria y conocimiento de América Latina, El Caribe y Estados Unidos que forma parte del Colegio de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Constituido como área en 2007, primero bajo la denominación Archivo Gregorio y Marta Selser, el CAMeNA tiene como eje principal el acervo documental que coleccionó y organizó el periodista argentino Gregorio Selser, apoyado y acompañado por su esposa, Marta Ventura.

De esta menera, y partiendo tanto de las características y temáticas del trabajo de Selser, así como de la idea martiana de Nuestra América, el trabajo y temáticas del CAMeNA giran alrededor de los sucesos políticos de América Latina y Estados Unidos durante el siglo XX, particularmente en la segunda mitad de éste.

El programa de trabajo del CAMeNA parte del concepto Memoria abierta; archivo vivo. Desde esa idea, el rescate de la memoria se hace en torno a tres ejes: resguardo, difusión y producción. Los diversos proyectos se insertan en uno u otro eje de acuerdo con su naturaleza fundamental, aunque en algunos casos se cruza más de un eje.

El proyecto también contempla la visión “el pasado desde el presente y para el futuro…”, y es con esa proyección en mente que el trabajo de Selser es considerado un punto de partida para la reflexión y generación de pensamiento crítico, no sólo en torno a la historia, sino también en relación con las problemáticas actuales de la región latinoamericana.

enciclopedia del Holocausto

http://www.ushmm.org/wlc/es/ 

Esta página contiene una información imprescindible para quien quiera conocer el proceso de la persecución y asesinato masivo(Holocausto) del pueblo judío y otros grupos y etnias en la era de la Europa sometida al nazismo alemán