La violencia es el mensaje. Un texto de S. Hasam

FUENTE  http://manuelsolis.mx/text.html

La deshumanización de lo humano: la violencia es el mensaje

La dinámica de la vida social se caracteriza por múltiples y recurrentes conflictos. La manera de resolverlos, de domesticar y canalizar los deseos pulsionales, es la medida del grado civilizatorio o de salvajeidad en el que se encuentra una población en un momento dado. A través del tiempo la dinámica social dentro de un marco histórico puede favorecer y estimular soluciones biofílicas que busquen que cada ser humano goce de cierta paz, seguridad y libertad; condiciones que favorezcan la realización de la vida de cada uno durante su existencia terrenal.
Lo contrario también puede ocurrir: favorecer la aplicación de soluciones que dan rienda suelta a la pulsión de muerte, a la necrofilia, a salidas inhumanas. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, en mexicano. Una cultura que celebra con música y canto desde la infancia más temprana, una presunta “ley natural de la vida”, de la existencia humana, la guerra como estado natural y matar: “mexicanos al grito de guerra” hasta inundar el territorio bajo torrentes de sangre humana, cubiertos de cadáveres y pedazos humanos flotantes, torrentes de los que resalta un archipiélago de miles de fosas que ocultan incontables cadáveres humanos de matanzas, pues “la vida no vale nada”; no solamente la de los congéneres, sino la propia; una cultura que socava incluso el instinto de conservación.
Pero en el contexto histórico actual, ¿qué es ese “Nada” que vale la vida? Dinero, “nada, sólo dinero” (Horst Kurnitzky). La vida de cada ser humano, sus partes (órganos internos) convertidos en una mercancía más, bien ejemplificado en las industrias de trata y esclavitud, del secuestro, de tráfico de órganos, de la salud. Quien [convertido ya en una mera mercancía], es decir, lo que no es valorizable en términos del mercado, estorba; por ende, debe ser desechado, exterminado, pues, además, el proceso de desecho y exterminio molecular y masivo requiere inversión de capital ocioso en fuerzas coercitivas, equipamiento, y genera enormes ganancias, hace que el capital “crezca”, “se reproduzca”. 
Cuando la única razón de ser y actuar de los individuos, ya auto mercantilizados, auto inhumanizados, es obtener el acceso directo al dinero sin mediación social, como un fin en sí mismo, a la manera en que el rey Midas convertía (mataba) lo viviente en materia dorada sin vida, oro, queda liquidado lo que de sociedad existía (Horst Kurnitzky) y desintegradas las condiciones básicas materiales, sociales y psíquicas para el sustento de la convivencia humana. Lo inhumano es justo, lo humano es injusto; la corrupción es virtud, la decencia es desvergüenza; los “derechos inhumanos”, justicia; los derechos humanos, injusticia.  
El colapso prolongado de una civilización y su caída libre en el abismo de la salvajeidad caracteriza los tiempos actuales. Este proceso comparte rasgos comunes en todas partes y en todos los planos, desde el psíquico individual y social, hasta la esfera global, a los que se suman atributos específicos en cada ámbito y lugar particular. La vida individual y social lanzada a un estado de precariedad existencial integral, así como la devastación del entorno ecológico en territorio mexicano constituyen un capítulo específico dentro de este proceso global, del que forma parte y que le rebasa.
Por eso, si bien allí la salvajeidad ha sido una constante, con periodos de mayor o menor intensidad y propagación, el proceso actual es inusitado, quizás sólo comparable con la bestial matanza, rapiña y edificación de la Nueva España. A diferencia de entonces, donde estaba en marcha un mega proyecto colonial imperial ultra marino, hoy eclosiona una crisis de la humanidad. El derrumbe de una civilización en múltiples torrentes con rápidos, vórtices y cascadas que crecen hasta formar especies de tsunamis, sin que nadie con seriedad se atreva a predecir a dónde conducirá el proceso, salvo a señalar que se encuentra al inicio, y que es y será caracterizado por enormes dislocaciones, crisis y orgías de destrucción y muerte masiva, donde las diferentes fuerzas sociales interactuarán y se confrontarán. Este proceso lo percibe Manuel Solís como una “sensación caótica”, un “caos infinito”, que crece y crece infinitamente, pudiera uno aseverar, de manera paralela al crecimiento exponencial del capital ocioso y virtual en el circuito financiero internacional, cuyas burbujas especulativas autogeneradas crecen y crecen hasta que revientan y desaparecen instantánea y mágicamente como las de jabón, dejando tras de sí enormes zonas enteras del planeta material y socialmente aniquiladas.
Para representar y hacer aprehensible el devenir violento de este “mundo fuera de quicio” (Wolfgang Streeck), Manuel Solís ha escogido utilizar pequeños rectángulos de madera, todos exactamente de las mismas dimensiones, colocados cada uno lado a lado, que conforman dos collages rectángulares grandes, proporcionales a los pequeños rectángulos, a los que, como el “caos infinito”, el artista puede ir agregando más y más rectángulos, para representar atributos adicionales de ese proceso en expansión violenta y entrópica.
Adicionalmente, en otros cuadros, el proceso de ensalvajizamiento por incrementos es representado al contrastar la polis todavía de pie, cuna y símbolo de la cultura y la civilización, donde, como se decía en el medioevo feudal, “el aire de la ciudad libera” [„Stadtluft macht frei“], con el fondo donde, de manera instantánea por bombardeo aéreo, aquella deja de existir y queda convertida en ruinas y escombros ocultos dentro de nubes mortíferas generadas por las explosiones. La “destrucción creativa” schumpeteriana de la economía neoclásica (Joseph Schumpeter) y la neoliberal –así llamada– “disrupción creativa”, han dado paso a la destrucción pura y total. Otro cuadro muestra en un acercamiento de la polis desmembrada, en detalle unos edificios, donde quizás poco tiempo antes la vida cotidiana se desenvolvía, abiertos en canal, en ruinas y escombros, mostrando adicionalmente, a través del recurso de representar soldados de plástico kitsch con los que los niños juegan; la cultura de juguetes bélicos. En el fondo los escombros del producto final de ese proceso de socialización necrofílica.
La deshumanización de lo humano no sólo se refiere a las/os victimarias/os, sino también a las víctimas: seres humanos descuartizados, deformados, reducidos a retazos de cuerpo humano, a pedazos de carroña, por sus congéneres, que pueden ser a la vez víctimas y victimarias/os, hasta quedar, un mundo paranóico, el último sobreviviente (Elías Canetti-Caso Schreber). El mundo real deviene en un ensueño monstruoso y aniquilante, y ese ensueño, que es el mundo concreto, invade y se apropia del sueño de cada individuo cuando cae dormido, y vice-versa. Un círculo cerrado existencial de horror y angustia.
Una sensación de inseguridad, de desprotección ante múltiples amenazas ubicuas, invisibles, que pueden atacar en cualquier momento, y frente a las cuales no puede uno protegerse. El mundo como un lugar inseguro, donde cada individuo vive la precariedad integral y una sensación de amenaza existencial total.
Simultáneamente, al ver la misma portada múltiples veces el mismo día en múltiples lugares distintos, conforme desarrolla su vida cotidiana, en un proceso repetitivo, cada pasante constata que hasta ese momento es un sobreviviente, lo cual genera una sensación de placer, de satisfacción de haber sobrevivido a la víctima, al otro.
En la obra de Manuel Solís es evidente el intento de sensibilizar, de humanizar la deshumanización rampante a través de la reflexión, del recurso al “efecto de distanciamiento”, empleado a su manera en tiempos de salvajeidad por Pieter Brueghel, el Viejo en “El triunfo de la Muerte” (1562), y en el siglo XX por Bertolt Brecht en la literatura, que tiene como fundamento, entre otros, la crítica de raíz y, derivado de esta, el esclarecimiento. Crítica al consumo de la violencia, de la imagen violenta, a la deshumanización de lo humano donde, anota Manuel Solís, “la violencia es el mensaje”; mostrar que, en el sentido de los cineastas Pier Paolo Pasolini y Michael Haneke, la violencia es inconsumible.


Stephan Hasam.
2016