El Imperio neoliberal europeo, en vías de colapso. Análisis del autor del libro ¿Cómo terminará capitalismo?, Wolfgang Streeck, sociólogo alemán

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El “brexit” redistribuye las cartas

Un imperio europeo en vías de colapso

AUTOR Wolfgang Streeck

Por primera vez desde el Acta Única en 1986, fuerzas políticas conservadoras y nacionalistas poderosas no proponen abandonar Europa, sino someterla a su proyecto. Este desafío se añade al del brexit y agrava las tensiones en el seno de un conjunto dominado por una Alemania sin proyecto.por Wolfgang Streeck, mayo de 2019

¿Qué es la Unión Europea? El concepto más cercano que viene a la cabeza es el de imperio liberal, o mejor aún, neoliberal: un bloque estructurado jerárquicamente y compuesto por Estados nominalmente soberanos cuya estabilidad se conserva gracias a una distribución del poder de un centro hacia una periferia.

En el centro se encuentra una Alemania que intenta, con mayor o menor éxito, ocultarse dentro del núcleo duro de Europa (Kerneuropa) que forma con Francia. No quiere que se le considere como aquello que los británicos denominaban una “unificadora del continente”, a pesar de que, en realidad, es el caso. El hecho de que se esconda detrás de Francia constituye para esta última una fuente de poder.

Como los demás países imperiales, comenzando por Estados Unidos, Alemania se percibe –y quiere que los demás la perciban– como una potencia hegemónica benévola, que difunde entre sus vecinos una sensatez universal y virtudes morales cuyo coste asume: una carga que vale la pena por el bien de la humanidad (1).

En el caso de Alemania y de Europa, los valores que legitiman el imperio son los de la democracia liberal, del gobierno constitucional y de la libertad individual; en definitiva, los valores del liberalismo político. Envueltos en el mismo papel de regalo se encuentran la libertad de los mercados y la de la competencia, destacadas cuando es oportuno –en esencia, el liberalismo económico y, en el caso que nos ocupa, el neoliberalismo–.

Determinar la composición exacta y el significado profundo del ramillete de valores imperiales, así como la forma en la que se aplican a situaciones específicas, es una prerrogativa del centro hegemónico. Le permite imponer una especie de señorío a su periferia a cambio de su benevolencia.

Conservar las asimetrías imperiales en un conjunto de naciones nominalmente soberanas requiere acuerdos políticos e institucionales complicados. Los Estados periféricos deben estar dirigidos por elites para las cuales las estructuras y los valores particulares del centro hagan de modelo que hay que imitar. Deben mostrarse dispuestos a organizar su orden interno en materia económica y social de forma que sea compatible con los intereses del centro. El mantenimiento en el poder de esas elites resulta esencial para la supervivencia del imperio. Como nos enseña la experiencia estadounidense, esta configuración tiene un precio en términos de valores democráticos y de recursos económicos, incluso de vidas humanas.

A veces, las elites dirigentes de “países pequeños” o de “países rezagados” en materia de desarrollo buscan un estatus de miembros de segunda categoría del imperio. Esperan que la dirección imperial les ayude a imponer a sus sociedades unos proyectos de “modernización” que no siempre despiertan el entusiasmo popular. El imperio, orgulloso por su lealtad a su causa, les proporcionará los medios ideológicos, monetarios y militares para mantener a raya a los partidos de la oposición.

En un imperio liberal cuya cohesión se basa, en teoría, en valores morales y no en la violencia militar, entre el dicho y el hecho hay un trecho. Las clases dirigentes del centro, como las de la periferia, cometen errores. Por ejemplo, Alemania y Francia, con su actuación conjunta –y con la ayuda más o menos secreta del Banco Central Europeo (BCE)–, no consiguieron mantener en el poder en Italia al Gobierno “reformador” de Matteo Renzi, enfrentado a la resistencia popular. De la misma manera, ante nuestros ojos, Alemania se revela incapaz de proteger la presidencia de Emmanuel Macron ante la cólera de los “chalecos amarillos” y de otros detractores de su programa de germanización económica.

El propio país hegemónico no está a salvo de experimentar dificultades internas. Bajo el régimen del imperialismo liberal, su Gobierno debe procurar que la defensa de sus intereses nacionales –o de lo que considera como tales– dé la impresión de que hace avanzar la causa de los valores liberales en general, de la democracia a la prosperidad para todos. Para ello, puede necesitar la ayuda de sus países clientes. No se pudo beneficiar de ella en 2015, cuando el Gobierno de Angela Merkel intentó resolver la crisis demográfica y, al mismo tiempo, el problema de imagen de Alemania sustituyendo el incremento de la inmigración regulada –que los diputados democratacristianos rechazaban– por la implementación incondicional del derecho de asilo.

Mantener la disciplina imperial

La apertura de las fronteras alemanas so pretexto de que ya no eran controlables, o porque se trataba de una exigencia del derecho internacional, implicaba, en efecto, que la Unión Europea en su conjunto siguiera los pasos de Berlín. Ahora bien, ninguno de los Estados miembros lo hizo. Algunos, como Francia, guardaron silencio; otros, como Hungría y Polonia, reivindicaron públicamente su soberanía nacional. Al romper, por cuestiones de política interior, la regla liberal-imperial no escrita de que no hay que poner nunca en apuros a otro Gobierno –y, sobre todo, no al de la potencia hegemónica–, crearon para Merkel una dificultad interna de la que nunca se ha recuperado. También instauraron una fractura duradera entre el centro y el este de Europa en las políticas exteriores e interiores del imperio. Este acontecimiento no hizo más que añadir nuevas divisiones a las ya existentes en Europa: en el oeste con el Reino Unido y en el sur a lo largo de la línea de fractura mediterránea, que aumentó con la introducción de la moneda única.

Más que otras formas de imperio, un imperio liberal padece un estado de desequilibrio constante y sufre en todo momento una presión procedente de abajo y de los flancos. A falta de capacidad de intervención militar en sus países miembros, no puede utilizar la fuerza para impedirles la secesión. Cuando el Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea, ni Alemania ni Francia contemplaron, ni por un instante, invadir las islas británicas para que permanecieran en ella. Hasta ahora, la Unión Europea ha sido, en efecto, una fuerza de paz. Sin embargo, desde un punto de vista alemán o franco-alemán, un divorcio británico amistoso habría socavado la disciplina imperial, pues otros países en rebelión contra esta disciplina también habrían podido plantearse la cuestión de su salida.

Peor aún, si se hubiera podido evitar una retirada británica con concesiones significativas, otros países habrían podido pedir la renegociación de un acervo comunitario redactado para que nunca deje de ser no negociable. Así pues, el Reino Unido debía elegir: permanecer en la Unión Europea sin beneficiarse de concesiones –una capitulación sin condiciones– o salir de ella a un precio muy elevado. Y esto a pesar de que Londres ha ayudado a menudo a Alemania a disminuir la presión de Francia compensando el estatismo francés con un sano apego (a ojos de Alemania) por la economía de mercado. Con el brexit, este equilibrio se rompe.

Francia, perfectamente consciente de ello, ha preconizado la adopción de una actitud muy firme en las negociaciones con Londres, disimulando apenas su objetivo: que los británicos se atengan a su decisión de partir. Aprovechando algunas preocupaciones alemanas sobre la disciplina imperial, aparentemente ha obtenido lo que deseaba pese a los temores de Berlín, que, por una parte, teme perder uno de sus mercados de exportación más importantes y, por la otra, debe contener actualmente las ambiciones francesas sin el respaldo británico. Al ceder a Francia, ¿ha tomado Alemania una decisión oportunista y sin perspectiva –al más puro estilo de Merkel– que podría costarle muy caro en los próximos años? El futuro lo dirá.

En cuanto al Reino Unido, como la decisión de abandonar la Unión Europea obedecía a consideraciones nacionalistas, y no anti-“socialistas”, podría haber cometido un error histórico. El brexit hace de Francia la única potencia nuclear en la Unión Europea, así como la única que es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Los sentimientos encontrados que inspira en Berlín la ambición de Francia de ser la “primera de la lista” de una Unión Europea integrada de forma más estrecha –lo que podría equivaler a poner a la potencia económica de Alemania al servicio de los intereses franceses– recibirán claramente menos apoyo por parte de los demás Estados miembros. Una vez que el Reino Unido salga del juego, Francia podría aspirar al estatus de unificadora de Europa, presionando a Alemania para que se involucre en un proyecto de Estado europeo al estilo francés, el de una Francia soberana en una Europa soberana. Para los británicos, bloquear esta evolución desde el exterior podría resultar más difícil que sabotearla desde dentro. Aún se recuerdan los esfuerzos realizados en los años 1960 por el general de Gaulle para impedir que el Reino Unido entrara en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea (CEE) debido a que este país no era lo suficiente “europeo”.

La gobernanza de un imperio obedece inevitablemente a consideraciones no solo económicas e ideológicas, sino también geoestratégicas, en particular en los márgenes de sus territorios. La estabilización de los Estados fronterizos situados en la ultraperiferia es necesaria para la expansión económica, sobre todo en el caso de un imperio capitalista. Ahí donde un imperio linda con otro imperio, ya sea expansionista o no, tiende a aceptar el pago de un precio más elevado para conservar entre sus filas a Gobiernos cooperativos o para expulsar a Gobiernos no cooperativos.

Las elites nacionales que, en esas condiciones, pueden amenazar con marcharse o con cambiar de bando se muestran capaces de arrancar concesiones más costosas, incluso aunque sus políticas internas resulten poco apetecibles: es el caso de países como Croacia y Rumanía. Aquí, a fin de cuentas, entra en escena el poder militar –que hay que distinguir del soft power, el poder de influencia, el de los valores–. Aunque a un imperio liberal le costaría utilizar la fuerza contra una población indisciplinada, puede proteger a Gobiernos amigos proporcionándoles los medios necesarios para adoptar una postura nacionalista hostil contra un país vecino que se sienta amenazado por un imperio que avanza sus peones. En contrapartida, un poder hegemónico puede pedir concesiones, por ejemplo, en forma de respaldo en cuestiones que generan debate entre los Estados miembros de la Unión Europea. De esta manera, los países Bálticos guardaron silencio sobre la admisión y el reparto de refugiados a cambio de un aumento de la potencia del Ejército alemán y de su despliegue hasta el punto de llegar a amenazar a Rusia.

La amenaza del sufragio universal

En el centro de un imperio liberal, los Estados y sus ciudadanos pueden esperar que se imponga su voluntad sin recurrir al poder militar. Pero, en última instancia, se trata de una ilusión: no puede haber hegemonía sin cañones. Es en este contexto en el que hay que comprender la decisión del Gobierno de Merkel de ceder a las exigencias de Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) prometiendo casi duplicar el presupuesto militar del país para que ascienda al 2% del producto interior bruto (PIB). Si se alcanzara este objetivo realmente, el gasto militar de Alemania superaría en más del 40% al de Rusia, todo ello en compra y desarrollo de armamento convencional, con lo que se contribuiría a fijar con firmeza en la Unión Europea a Estados como los países Bálticos o Polonia, para los cuales la oferta alternativa estadounidense sería menos atractiva. Semejante escenario seguramente permitiría que Alemania consiguiera que los Estados miembros del este de la Unión Europea abandonaran o moderaran su oposición en cuestiones relativas a valores –como la de los refugiados o la del “matrimonio igualitario”–, pero también daría a Rusia razones para modernizar su arsenal nuclear, lo que, además, ha comenzado a hacer. También alentaría a países como Ucrania a adoptar una actitud más provocadora hacia Moscú.

Francia, cuyo presupuesto de Defensa roza ya la mágica cifra del 2% del PIB, podría esperar que la duplicación del gasto militar de Alemania perjudique su rendimiento económico (aunque parece favorable a una cooperación franco-alemana en materia de producción y de exportación de armamento). Más importante aún: en un ejército europeo tal y como lo concibe Macron, con el apoyo de los europeístas alemanes, un aumento significativo de las capacidades convencionales de Alemania compensaría la debilidad francesa en materia de tropas terrestres, la cual se explica por el desproporcionado porcentaje del presupuesto militar dedicado a la fuerza de disuasión nuclear, un instrumento que difícilmente puede utilizarse contra militantes islamistas de África Occidental que intentan impedir que Francia tenga acceso al uranio y a las tierras raras.

Como hemos visto, el imperio europeo –alemán o franco-alemán– no solo es liberal: es neoliberal. Los imperios imponen a sus Estados miembros un orden social uniforme, calcado del que reina en su centro. En el caso de la Unión Europea, las economías nacionales se rigen por las “cuatro libertades” del mercado interior (las de los bienes, los capitales, los servicios y las personas), así como por una moneda única al estilo alemán, el euro, cuyo objetivo, según el Tratado de Maastricht, es ser la de todos los Estados miembros. A este respecto, la Unión Europea se ajusta estrictamente a la receta del internacionalismo neoliberal tal y como Friedrich von Hayek lo concibió y lo actualizó históricamente. Su idea central es la isonomía: sistemas legales idénticos para Estados nación aún formalmente soberanos, instaurados partiendo del principio de que son indispensables para el funcionamiento armonioso de los mercados internacionales (2).

Limitación de la intervención democrática

El talón de Aquiles del neoliberalismo se llama “democracia”, como nos lo muestran tanto Hayek como Karl Polanyi. La isonomía y su régimen monetario implican limitar estrictamente la intervención de una democracia con una base popular y fundada en la voluntad mayoritaria en la economía política. Los Gobiernos nacionales cuyos Estados forman parte de un imperio neoliberal no deben temer sanciones electorales cuando exponen a sus ciudadanos a la presión de mercados internacionales integrados. Por el bien de estos ciudadanos, es algo evidente –aunque no lo vean así–, y ciertamente, en cualquier caso, por el bien de la acumulación del capital. Por ello, el imperio debe dotarlos de instituciones nacionales e internacionales que los ayuden a situarse fuera del alcance del sufragio universal. En otras palabras: un Estado neoliberal, si quiere mostrarse débil en su relación con el mercado, debe mostrarse duro en sus relaciones con las fuerzas sociales que exigen una rectificación política del libre juego de los mercados. El término adecuado para caracterizar esta situación es “liberalismo autoritario”, una doctrina política cuyos orígenes se remontan a la República de Weimar y al encuentro amistoso entre los economistas neoliberales y el “jurista de la Corona” (Kronjurist) del III Reich, Carl Schmitt (3).

El liberalismo autoritario utiliza un Estado fuerte para proteger una economía de libre mercado de los peligros de la democracia política (4). En la Unión Europea, es sobre todo el resultado de la internacionalización: la construcción de un dispositivo institucional que permite a los Gobiernos remitir las economías nacionales a instancias internacionales productoras de normas como los consejos ministeriales, las jurisdicciones supranacionales o los bancos centrales. De esta manera, pueden liberarse de las responsabilidades relativas a una soberanía nacional que no quieren o que ya no pueden asumir.

La internacionalización les ofrece un instrumento que la ciencia política ortodoxa ha bautizado como “diplomacia multinivel” (5): la negociación de mandatos internacionales que los Ejecutivos nacionales pueden importar a sus políticas internas por estar grabadas en piedra debido a su origen multilateral. Ese es uno de los atractivos del imperio (neo)liberal para las elites nacionales, que pueden basarse en este tipo de instrumentos, en especial en un momento en el que, debido a su estancamiento, el capitalismo financierizado ya no cuenta con la capacidad de responder a las esperanzas de las que depende su legitimidad. “En lugar de mirar hacia las profundidades de la nación, estas elites han recurrido a acuerdos supranacionales o intergubernamentales para consolidar su autoridad”, observa el jurista Peter Ramsay para explicar el intenso combate llevado a cabo por los detractores del brexit procedentes de la clase dirigente británica. “La Unión Europea es un imperio voluntario compuesto por Estados que niegan su carácter nacional, que niegan que la autoridad del Estado proceda de la nación política” (6).

Ocupar la posición de potencia hegemónica en un imperio liberal no es fácil. Parece cada vez más evidente que Alemania –con o sin Francia– no podrá seguir desempeñando este papel durante mucho más tiempo. La expansión territorial siempre ha sido una tentación mortal para los imperios, tal y como lo demostraron la Unión Soviética y, al mismo tiempo, Estados Unidos. En materia de defensa, la opinión pública alemana sigue siendo fundamentalmente pacifista, y no se abandonará la prerrogativa constitucional de la que dispone el Parlamento para regular hasta el más mínimo detalle del despliegue de tropas. Ni siquiera en beneficio de Macron, el yerno ideal de la clase política del otro lado del Rin.

Imperialistas liberales alemanes

Igualmente se puede esperar que haya necesidades crecientes de financiación imperiosa complementaria en el caso de los países mediterráneos víctimas de la política alemana de moneda fuerte, al igual que en el caso de los fondos estructurales que respaldan a los Estados de Europa Central y a sus dirigentes proeuropeos. Como Francia experimenta un crecimiento débil y déficits elevados, se recurrirá a Alemania solamente, aunque el nivel de las transferencias necesarias supere en gran medida sus capacidades.

También cabe precisar que, desde el episodio de los refugiados en 2015, Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) representa el partido de oposición más importante. Es nacionalista, pero, sobre todo, debido a su postura aislacionista y antiimperialista. Los imperialistas liberales alemanes, curiosamente, catalogan este partido como “antieuropeo”. Si por un momento dejamos a un lado sus innobles accesos de racismo y de revisionismo histórico, el nacionalismo de AfD se traduce en un rechazo a pagar por el imperio, entendiéndose que los demás países también tienen libertad para actuar como les plazca. Como prueba: la posición del partido a favor del apaciguamiento con Rusia en lugar del enfrentamiento, posición que comparte con el ala izquierda de la formación Die Linke. Existen similitudes no desdeñables con el sentimiento trumpista de “América primero”, que, en su origen, era más aislacionista que imperialista, rompiendo con el imperialismo liberal preconizado por Hillary Clinton y Barack Obama.

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(1) Sobre la cuestión de la hegemonía, cf. Perry Anderson, La palabra H: peripecias de la hegemonía, Akal, Madrid, 2018.

(2) Cf. Quinn Slobodian, Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism, Harvard University Press, Cambridge (Massachussetts), 2018.

(3) Cf. “Heller, Schmitt and the Euro”, European Law Journal, vol. 21, n.° 3, Hoboken (Nueva Jersey), mayo de 2015.

(4) Andrew Gamble, The Free Economy and the Strong State: The Politics of Thatcherism, Palgrave Macmillan, Londres, 1988.

(5) Robert D. Putnam, “Diplomacy and domestic politics: The logic of two-level games”, International Organization, vol. 42, n.° 3, Cambridge, verano de 1988.

(6) Cf. Peter Ramsay, “The EU is a default empire of nations in denial”, blog de la London School of Economics, 14 de marzo de 2019.

Wolfgang StreeckSociólogo, director emérito del Instituto Max-Planck para el Estudio de Sociedades. Se publicó una versión anterior de este artículo en el blog de la London School of Economics con el título “The European Union is a liberal empire, and it is about to fall”, 6 de marzo de 2019..Unión EuropeaRelaciones internacionalesDemocraciaIdeologíaLiberalismoIntegración regionalEuropaAlemania

Mayo de 2019

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revisiones…y revisiones…acerca del DIAMAT soviético

Reproducimos este texto, íntegro, en el que se comenta , pensamos, con fineza dialéctica acerca de la revisión que se planea hacer desde la Fundación Gustavo Bueno ( es decir, desde el denominado materialismo filosófico) de lo que siginificó el DIAMAT soviético

Estas cuestiones resultan más importantes de lo que pudiera parecer , y desde luego no son meras cosas de filósofos: en tiempos de crisis , seria, muy profunda, del capitalismo en la fase de globalización presente, es interesante hacer un balance pero CRÍTICO Y DIALECTICO acerca de lo que está sucediendo con el neoliberalismo y posibles alternativas concretas.

Quisera mencionar, como sugerencias para el análisis y la crítica, además del texto que sugiero más abajo, autores como :

Wolfgang Streeck   http://newleftreview.es/authors/wolfgang-streeck 

William Robinson   http://www.soc.ucsb.edu/faculty/robinson/Assets/pdf/Una%20teoria%20sobre%20cap%20global.pdf

ortada :: Opini
03-06-2015
Gustavo Bueno y el rigor filosófico
Sobre “el estalinismo radical” de Manuel Sacristán
“El filósofo y su Fundación revisan el materialismo dialéctico a los 25 años del hundimiento de los soviets”. Es un titular de La Nueva España, de 2 junio de 2015. La información es de Rubén Ibáñez. En ella se da cuenta de un encuentro, de una conferencia de prensa en la que Gustavo Bueno Martínez, padre, confesó que “no me atreví a hablar en público contra la URSS nunca”. La revelación “no pretendía ser una disculpa, ni una concesión al psicologismo, ni mucho menos un reniego, sino una descripción del inmenso peso del Diamat, el Materialismo Dialéctico, o sistema filosófico impulsada por el “imperio de la URSS durante 80 años”. La apostilla: “Un impulso que, además, fue particularmente “difundido en España e Hispanoamérica por voluntad expresa del PC soviético”, anotó por su parte Gustavo Bueno Sánchez”.

Los dos Gustavo Bueno, Martínez y Sánchez, prosigue Ibáñez, “cerraron ayer el curso 2014-2015 de la Escuela de Filosofía de Oviedo y pusieron las bases para el trabajo del próximo periodo, el Seminario Diamat-Materialismo filosófico, o confrontación de ambos sistemas”, algo que el propio Gustavo Bueno padre había trazado ya en 1970, cuando publicó en Ciencia Nueva El papel de la filosofía en el conjunto del saber, libro que polemizó con otro anterior de Manuel Sacristán en Nova Terra, Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores.

Las razones esgrimidas para el nuevo seminario: “Se cumplen 25 años del derrumbamiento de la Unión Soviética, con lo que hay una distancia para reflexionar, pero, además, hay jóvenes profesores y sovietólogos con importantes trabajos en los últimos años”. Respecto al pasado del Diamat y a su crítica, Bueno aclaró que “en aquellos años había una especie de censura ambiental, “una realidad que te envolvía”. Puso el ejemplo, positivo, de José María Laso. Sin embargo, y pese al ambiente, Bueno polemizó en el libro con Manuel Sacristán, “representante del estalinismo radical” (el periodista está citando al autor de Ensayos materialistas).

Dejo la restante información de lado (y hago mal) porque uno puede encontrarse con “perlas” como la siguiente: “En cuanto a la degradación de la política, da testimonio el tramo actual postelectoral, “de puestos, pactos, concejales…, de gallinitas picoteadoras”, sentenció Bueno. “Es algo que carece de interés, salvo por cuestiones sociológicas o psicológicas”, agregó. Y en términos semejantes, en los partidos de izquierda “no saben ni lo que dicen”, ya que “tras el derrumbamiento de la URSS les quedan unas pocas ideas retenidas como dogmas”. ¡Pocas ideas retenidas como dogmas! ¿De qué izquierda estarán hablando? O esta otra perla también: “el Diamat cumplía con los requisitos de los grandes sistemas filosóficos. A saber, contenía “un sistema de conceptos claros y distintos y un conjunto de ideas basados en unas disciplinas”. Además, y fundamental, “detrás tenía una organización totalizadora, un imperio”. Al calor de imperios como los de “Alejandro Magno, Roma, España o los soviets”, se han acrisolado las grandes filosofías”. ¿Una gran filosofía necesita siempre un Imperio detrás? ¡Vaya por Dios y la filosofía!

Vuelvo al punto anterior. Unas observaciones sobre la afirmación-acusación y la justificación del silencio.

Gustavo Bueno padre confesó, como se ha indicado, que “no me atreví a hablar en público contra la URSS nunca”. Vale, no se atrevió. No pasa nada pero otros sí. Por ejemplo, en esta carta de Manuel Sacristán, “el estalinista radical”, de 1968, cinco días después de la invasión de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia, se afirma:

“Tengo que bajar a Barcelona el jueves día 29. Pasaré por tu casa antes de que esté cerrado el portal. Tal vez porque yo, a diferencia de lo que dices de ti, no esperaba los acontecimientos, la palabra “indignación” me dice poco. El asunto me parece lo más grave ocurrido en muchos años, tanto por su significación hacia el futuro cuanto por la que tiene respecto de cosas pasadas. Por lo que hace al futuro, me parece síntoma de incapacidad de aprender. Por lo que hace al pasado, me parece confirmación de las peores hipótesis acerca de esa gentuza, confirmación de las hipótesis que siempre me resistí a considerar. La cosa, en suma, me parece final de acto, si no ya final de tragedia. Hasta el jueves. Manolo.

Para completar la aproximación pueden leerse por ejemplo, hay más, los siguientes textos, todos ellos publicados en el volumen III de sus “Panfletos y Materiales”, Intervenciones políticas: “Cuatro notas sobre los documentos del abril del P.C. de Checoslovaquia” (1969), “Checoslovaquia y la construcción del socialismo” (1969) y “Entrevista con las Juventudes Comunistas de Cataluña sobre Checoslovaquia” (1978). Un ejemplo, es del primer texto:

Los países socialistas (pre-socialistas, propiamente) se lanzaron, nada más expropiados los expropiadores, a un trabajo social basado en el entusiasmo imputado a toda la población…; intentaron, pues, construir un “hombre nuevo” (una nueva sensibilidad moral colectiva) por vía idealista, en vez de por vía materialista. Lo pagaron con el precio clásico del idealismo: con una falsedad “trascendental” que diría el filósofo, construyendo una “sociedad escindida” que habría dicho Marx (por intentar entender con conceptos de éste lo que ha pasado hasta ahora en la construcción del socialismo). En efecto, aunque tal vez Stajanov sea un héroe, los stajanovistas fueron pronto una pandilla de esquiroles hablando en plata obrera, ayudantes de la naciente política social, encubridores de la contradicción entre la retórica del “hombre nuevo” (del “citoyen” decía Marx) y el continuado imperio de la economía política (del “homme”, decía Marx). Así se reprodujo “la sofística del estado” (Marx). No hay humanidad nueva en serio mientras haya mercancía. Hay sólo, mientras tanto, la relativa nueva pobreza de la vanguardia revolucionaria, novedad voluntarista, no básica.

Hay más ilustraciones. En los compases iniciales de uno de sus grandes artículos políticos (“A propósito del ‘eurocomunismo”, Intervenciones políticas, ed cit, p. 197), señalaba Sacristán con acierto (e ironía):

[…] Los rusos pecan de incautos cuando contraponen el carácter “real” de su “socialismo” al movimiento animado por el Partido Comunista Italiano, o el francés, o el de España, porque alguien les replicará que es más realidad social el 30% (no menos del 50% del proletariado) de un electorado como el italiano que la policía política checa y las tropas blindadas de ocupación. Fuera del bloque de hegemonía rusa y del Extremo Oriente, los tres principales partidos “eurocomunistas”, si no ya también el japonés, integran la mayor realidad político-social precedente del movimiento que se originó por reacción al abandono del internacionalismo proletario por la socialdemocracia, al voto nacionalista de los créditos de guerra de 1914.

En Observaciones 72, un documento para la discusión interna del PSUC, se pueden encontrar varias reflexiones de Sacristán sobre algunos de los procesos revolucionarios de orientación socialista del pasado siglo. Sacristán señala que la construcción del socialismo en la URSS y en todos los otros países donde la burguesía había sido derrotada por el ejército Rojo, así como en China y en Cuba, la planificación económica seguía el camino que en las sociedades capitalistas desarrolladas había conducido a un callejón sin salida, no sólo en el plano económico sino también en los terrenos del propio modo de vida y en el del asentamiento de la especie humana en la tierra. Y añadía:

Esto no se refiere sólo al pesadismo soviético tradicional, sino también a la elección de los multiplicadores económicos ya utilizados por las economías imperialistas, con la consiguiente decisión implícita acerca de los modos de vida. Por ejemplo, el 15-III-1972, Tele/Express reproducía una entrevista concedida al New York Times por el Dr. Agnelli, presidente de la FIAT, en la que este enemigo principal de la clase obrera en el estado italiano valoraba la intervención de su sociedad en la economía soviética. Entre otras cosas, decía. “No hemos tenido ningún interés económico en este negocio [la instalación del monstruoso centro de producción de automóviles para propiedad personal (¿o no se la puede llamar ya privada?) de Togliattigrad], pero hemos obtenido beneficios de otras muchas clases”.

En efecto, comentaba MSL, el principal beneficio obtenido por lo que Agnelli representa es el haber remachado la coincidencia de la dinámica económica soviética con la capitalista-imperialista. La dificultad ilustrada por este ejemplo tenía incluso alcance teórico, porque probablemente obligaba a reinterpretar, revisar o negar la opinión de Marx (expresada en su defensa de Ricardo contra la crítica romántica del capitalismo) sobre la función de “la producción por la producción”. En segundo lugar, MSL apuntaba por la vía de reinterpretación del papel de los partidos comunistas, vía que debía incluir los nuevos problemas post-leninianos, y que si bien debía partir de lo pensado por los clásicos de la tradición respecto de la objetividad comunista, tenía también que reconocer el fracaso de la revolución cultural en la URSS, “al no pasar de ser un fenómeno, aunque de gran amplitud, sólo cuantitativo, no productor de una cultura nueva… y por la inseguridad o los muchos puntos dudosos de los hechos conocidos de lo que en China se ha llamado, tal vez con demasiado ambición, ’primera revolución cultural’”. Concluía Sacristán con el interrogante de si los problemas que para la teoría marxista representaban algunos de los nuevos fenómenos sociales no obligaba a preguntarse sobre si el denominado extremismo de izquierda comunista de los años veinte y treinta (Korsch, Pannekoek) no llevaba algo de razón, sugiriendo por ello el replanteamiento de las cuestiones que esta tendencia marxista había suscitado. También, en Apuntes 74, otro documento para la discusión del programa del PSUC, Sacristán comentaba críticamente la concepción defendida en el “avant-projecte [anteproyecto] de programa del PSUC” sobre la época histórica que se estaba viviendo en aquellos años. En el documento se sigue pensando en clave de la fase de “esperanza democrática antifascista” del final de la II Guerra Mundial. En su opinión, esta fase había pasado hacía ya tiempo y fue sustituida, primero, por la guerra fría, y luego por el “entendimiento entre los gobiernos de Washington y Moscú (¿Y Pekín?), o sea, entre la gran burguesía capitalista norteamericana, la casta dominante rusa (¿y la casta dominante china?)” Además, la identidad del modo de desarrollo civilizatorio entre la sociedad capitalista norteamericana y la soviética no excluía pugnas entre unos y otros. Pero “sí excluye todo optimismo acerca de un desarrollo histórico espontáneo -en la política internacional- en el sentido de la democratización de la vida política”.

En cuanto al estalinismo hay una conferencia del “estalinista radical” sobre el tema recogida en Manuel Sacristán, Seis conferencias, Barcelona, El Viejo Topo, 2005, con un prólogo que no hay que perderse de Francisco Fernández Buey. Pocas críticas como ésta. La intervención está fechada en 1978. Un fragmento:

(…) de todas maneras hay que añadir en seguida que no faltan diferencias muy visibles entre el leninismo histórico y el stalinismo histórico, entre el leninismo real, digamos, que existió y el stalinismo real. Por limitar este breve repaso a cosas que todos tenemos obviamente más o menos presentes, concentraría las diferencias más visibles en torno a éstas. Por una parte, la cantidad de poder acumulado en el sistema stalinista… Este sería el primer rasgo diferenciador de los muy visibles, de los que se aprecian ya a primera vista: la diferente concentración de poder. (…) Diría que otro rasgo diferencial es que aunque sin duda la Cheka se haya fundado bajo Lenin, aunque sin duda haya habido ya bajo Lenin, en el leninismo clásico, fenómenos tan dolorosos como el de Kronstadt, por ejemplo, y muchos otros, sin embargo el terror bajo la época de Stalin se diferencia en que tiene como principal orientación el ser un terror contra la vieja guardia bolchevique, contra el mismo partido (…) El tercer rasgo sería, en mi opinión, el apoyo del stalinismo en el nacionalismo ruso. (…) Todo ello está relacionado con un último rasgo que yo diría muy diferenciador de cualesquiera que hayan podido ser las durezas y violencias de la época del poder soviético en vida de Lenin. Ese cuarto rasgo se desprende un poco de los anteriores. Es el cinismo ideológico… Para él, la ideología y la teoría es una pura cobertura de cada momento de las necesidades prácticas, con un desprecio por la teoría que el equipo leninista jamás había sentido (más bien el equipo leninista si en algo había pecado en eso era de todo lo contrario. De una costumbre, muy de intelectuales por lo demás, de estar siempre fijándose en todos los detalles de la teoría) (…) Incluso la noción de socialismo ha quedado falseada desde entonces. En la tradición socialista se llamaba “socialismo” a una determinada forma de vida. A partir del stalinismo y durante muchos años -yo recuerdo cuando lo hacía- hemos usado “socialismo” para significar sólo la obtención de algunos instrumentos de lo que creíamos que era el socialismo; por ejemplo, estatalización económica, etc. La misma palabra “socialismo” ha quedado prácticamente afectada en ese período.

En el coloquio, por si hubiera alguna duda, señaló “el estalinista radical”, es decir, el antiestalinista radical:
¿Cuáles eran las otras preguntas? ¿Si el estalinismo ha sido una forma de dictadura del proletariado? Aquí discrepo a pesar de que has hecho el sutil inciso salvador, para que yo pudiera agarrarme, de que ha habido muchas formas de dictadura burguesa y así yo podía decir que también ésta había sido una forma de dictadura del proletariado. Digo que no: el estalinismo ha sido una tiranía sobre la población soviética, una tiranía asesina sobre el proletariado soviético y conservar la nostalgia de eso es estúpido y criminal…

Un paso complementario que demuestra sensibilidad, conocimiento y ausencia de ceguera política:
Lo que yo sí consideraría poco inteligente, y también criminal, sería intentar alimentar una nostalgia estaliniana que no fuera la nostalgia por los combatientes del estalinismo. Cuando antes he hecho la alusión a los militantes a los que yo he visto llorar, está claro que no estaba riéndome de ellos. Sé la cantidad de autenticidad de lucha comunista que hay debajo del estalinismo. Debajo de aquella época, pero debajo. Los que estaban debajo no sólo merecen todos los respetos sino admiración y a muchos los quiero profundamente. Pero a los que estaban debajo. Es decir, el sistema mismo no puede ser objeto de nostalgia. De ninguna de las maneras, ni puedo admitir que eso fuera dictadura del proletariado. En absoluto.

La apostilla final, para rematar la posición de nuestro “estalinista radical”:

Eso fue un sistema de acumulación de capital, con crueldades incluso innecesarias. Pero en ningún caso una acumulación de capital para empezar una industrialización es dictadura del proletariado. Si eso hay que llamarlo “dictadura del proletariado”, la revisión del marxismo que hay que hacer entonces es muchísimo más enérgica, incluso ya prescindiendo de los rasgos tiránicos, limitándome sólo a los contenidos sociales de aquello. Una acumulación de capital no se ha llamado nunca dictadura del proletariado en nuestra tradición, en nuestro vocabulario.

Así, pues, a la manera euclidiana, como si fuera el compás final de una demostración de un libro de los Elementos: como está demostrado, todo un estalinista radical. Excelente ejemplo de rigor, la filosofía en estado puro de Gustavo Bueno.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

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