OPCION ISLANDIA: reflexiones sobre la crisis y el modelo financiero político desvirtuado y corrompido. OPCION ISLANDIA

algunos influjos y efectos de la Inquisición española sobre la propia sociedad española


FUENTE http://www.vallenajerilla.com/berceo/florilegio/inquisicion/historiaprohibida.htm
la historia prohibida

Vicente Llorens

“La historia de la literatura política española se inicia en forma negativa, como reacción contra el maquiavelismo y los polítícos. Sus primeros tratados -primeros no sólo en el tiempo, sino también en calidad- están orientados polémicamente a combatir las tesis politicistas de la Edad Moderna; son doctrinales del Estado y del gobierno; pero, lejos de fundamentar una ciencia política, niegan por la base incluso su legitimidad. Fieles a los principios culturales del orden cristiano, rechazan la idea de que la política pueda sustantivarse e independizarse como una esfera propia, regida por sus propias leyes, y se esfuerzan por reducirla al lugar subordinado que le corresponde dentro de la concepción católica del mundo” (Francisco Ayala)

Las Chinchillas
Aguafuerte, aguatinta bruñida y escoplo.
Edición 1799.
Goya, The Brooklin Museum.

Biblioteca Gonzalo de Berceo

A diferencia de las Lettres persannes de Montesquieu, las Cartas marruecas de Cadalso evitan, según hace constar el autor al principio de su obra, dos temas fundamentales que no pudieron abordarse crítica y públicamente en España desde el siglo XVI: religión y política.
La expresión “ambas Majestades’, pasó a significar en español «Dios y el Rey». A tal punto había llegado la identificación de lo político y lo religioso. Y aunque los poderes representativos de uno y otro orden no siempre anduvieron en completa armonía, no por eso dejaron de prestarse mutua ayuda. Los Índices inquisitoriales tachan y corrigen con tanto o más rigor que los errores teológicos todo cuanto podía redundar en menoscabo de la autoridad civil establecida. De ahí la frecuencia de obras jurídicas, políticas e históricas, que ocupan cada vez mayor espacio.
Por lo que se refiere a los tratadistas políticos, ya en los primeros Índices se incluye a los «clásicos» del siglo XVI: Maquiavelo, totalmente prohibido; de Hugo Gracio sólo se permiten, expurgadas, sus obras poéticas; Bodino, Justo Lipsio y Alberico Gentili padecen expurgación.
Entre los autores españoles hay que destacar en primer término al más personal e independiente de sus historiadores: el Padre Juan de Mariana. Varias de sus obras fueron expurgadas; dos prohibidas: De mutatione monetae y De regimine Societatis. En este segundo y breve escrito Mariana hace una crítica de la organización de la Compañía de Jesús, a la que pertenecía. El primero, no mucho más largo, fue traducido por él mismo al castellano con el título de Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla, y de algunos desórdenes y abusos.
Mariana sienta el principio de que el rey no puede establecer impuestos ni alterar la moneda sin la voluntad del pueblo, y lo ilustra con ejemplos sacados de la historia de CastiIla y de otros países. Ante los abusos cometidos en su tiempo por el gobierno, creyó cumplir con su conciencia volviendo, como él dice, por la verdad, aunque otros callaran por miedo o ambición. «Bien veo que algunos me tendrán por atrevido, otros por inconsiderado, pues no advierto el riesgo que corro, y pues me atrevo a poner la lengua, persona tan particular y retirada, en lo que por juicio de hombres tan sabios y experimentados ha pasado; excusarme ha empero el buen celo de este cargo, y que no diré cosa alguna por mi parecer particular, antes, pues todo el reino clama y gime debajo la carga, viejos y mozos, ricos y pobres, doctos e ignorantes, no es maravilla si entre tantos alguno se atreve a avisar por escrito lo que anda por las plazas, y de que están llenos los rincones, los corrillos y calles.» Estas palabras llegaron indudablemente a los consejeros del rey, pero no a los que se quejaban en el reino por plazas y rincones. Hasta 1854 no vieron la luz pública en España (1).
El breve tratado sobre la Compañía de Jesús figura en los Índices como no impreso (2). La condena inquisitorial alcanzaba igualmente a la obra manuscrita. Así, por ejemplo, el Libro Verde, «manuscrito anónimo que trata de las calidades y limpieza de las casas y linajes de Aragón y otras partes», obra compuesta en 1507 por un asesor de la Inquisición aragonesa y publicada por primera vez en 1885 (3). En cambio, otro famoso manuscrito, el Tizón de la Nobleza, atribuido al arzobispo de Burgos don Francisco de Mendoza y Bobadilla con motivo de la contradicción que halló un sobrino suyo para alcanzar un hábito, y escrito también con el propósito de mostrar que ni la alta nobleza podía alardear de limpieza de sangre, no figura en los Índices, seguramente por haberlo prohibido una pragmática de 1623. El Tizón, aunque conocido por muchos en su forma manuscrita, no fue impreso hasta el siglo XIX, cuando habiendo desaparecido la obsesión de la pureza de sangre ya no era más que una curiosidad histórica (4).
En 1651 Scarron pudo escribir en Francia un violento panfleto contra Mazarino, recogido después en sucesivas ediciones de sus obras. En España hasta un papel manuscrito en verso sobre el duque de Osuna en Nápoles, obra de circunstancias y al parecer burlesca, se prohíbe con todo rigor desde el Índice de 1640 hasta el último de 1790.
Las Relaciones, de Antonio Pérez, el secretario de Felipe II que pudo escapar a Francia después de procesado por el asesinato de Escobedo, fueron archiconocidas en el extranjero desde su publicación a fines del siglo XVI. Prohibidas a partir de entonces en todos los Índices, no se imprimieron en España hasta 1849 (5).

Felipe IV, exento

Leía Felipe IV la Historia de Italia, de Guicciardini, cuando alguien le advirtió que estaba prohibida por la Inquisición. El rey entonces se dirigió al inquisidor general Sotomayor para que le autorizara a leer obras prohibidas no religiosas (6). Obtuvo el permiso, pero ya se comprende que tal excepción no solía hacerse extensiva a los súbditos del monarca, fuera de los calificadores de la propia Inquisición. Los demás podían atreverse a leer libros prohibidos, como algunos se atrevieron en efecto, pero exponiéndose a los riesgos consiguientes, pues una de las peculiaridades de la Inquisición española consistió en que no sólo castigaba al autor, editor o vendedor de tales libros (como sucedía también en otras partes), sino al que los leía.
Hasta una historia local de Ravenna, de Tomás Pesaro, en versión castellana, quedó prohibida desde 1640. En el mismo Índice se expurgan varias obras latinas e italianas de Paulo Jovio, y asimismo la Britannia y los Annales rerum Anglicarum et Hibernicarum regnante Elizabetha, de William Camden, otro conocido historiador. Naturalmente, la prohibición o la expurgación suprimían en estos casos toda crítica de España en relación con países rivales o sometidos entonces a su dominación. Las consecuencias de esta sistemática eliminación fueron importantes, según vamos a ver a propósito de Bartolomé de las Casas.
Su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (que los Índices se empeñan siempre en titular Hístoría e brevísima relación de la distribución de la India oriental, lo que no puede ser simplemente una errata) se publicó en Sevilla con otros tratados suyos en 1552. Además de tres latinas hubo traducciones de la obra a varias lenguas modernas, impresas con relativa frecuencia. Reediciones del texto español ha habido unas pocas en países extranjeros. En España, fuera de una reimpresión barcelonesa de 1646 -obsérvese la fecha y el lugar-, no volviió a publicarse hasta 1879 (7).
Ahora bien, en este caso no basta achacar solamente a los Índices el singular destino de la obra. Mientras hubo Inquisición es natural que no pudiera reimprimirse; pero a partir de 1820, que es cuando el Santo Oficio cesó de hecho en España, o desde 1835, fecha de la abolición definitiva, entró en juego otro factor adverso: no el patriotismo liberal representado por Quintana, biógrafo de las Casas, sino el nacionalismo español, que fue creciendo y exacerbándose a lo largo del siglo XIX, a medida que declinaba el poderío de la nación.
El espíritu crítico y de insatisfacción al que se deben sin duda alguna las transformaciones más efectivas del mundo moderno -y que tuvo en la España del siglo XVI representantes tan destacados y opuestos como Juan de Valdés y el Padre Mariana- difícilmente podía arraigar allí donde los más tenaces esfuerzos de la Inquisición se dirigieron precisamente a mantener en el orden político y religioso el más absoluto conformismo.
En las postrimerías del reinado de Luis XIV hubo en Francia escritores de tanto rango como Fénelon y Saint Simon que se atrevieron a juzgar la persona y la obra del rey Sol en términos muy desfavorables. En España no hay ejemplo de que una lamentable nulidad como Carlos II fuese objeto de censuras semejantes. La Inquisición no solamente las hubiera prohibido, sino que cuando se presentó la ocasión hizo más: salir en defensa de Luis XIV y de otros monarcas europeos, protestantes inclusive, prohibiendo cuantas obras atacaban su acción política. Había que mantener intangible el principio de autoridad, el de la Iglesia y el del Estado, en todo tiempo y lugar.

Mitología patriótica

La Inquisición, no permitiendo obras extranjeras ni nacionales desfavorables a España, acostumbró a los españoles a considerar la de su patria como una historia inmaculada, sin tacha, semejante a la mitología patriótica que suele enseñarse a los niños en las escuelas del mundo entero. No es sorprendente que la secular ausencia de crítica produjera en muchos una gran susceptibilidad frente a todo lo que pusiera en tela de juicio las realizaciones históricas de su país.
Es verdad que el pequeño libro de Las Casas condenaba con vehemencia obsesiva, más como pieza polémica que histórica, la obra entera o poco menos de la conquista y colonización de América por sus compatriotas, una de sus grandes hazañas en la historia; pero movido por principios cristianos de justicia, como «un alegato fiscal-según dice un historiador español recientemente desaparecido- para demostrar la necesidad de proscribir las guerras de conquista y su principal fruto, los repartimentos y encomiendas» (8}.
Para el nacionalismo español, en cambio, Las Casas se convirtió en el principal promotor de la llamada Leyenda negra, sin pensar que leyendas como esa las han creado siempre en torno a las grandes potencias los países que han tenido que luchar contra ellas o someterse a su dominación, y que, por otra parte, la obra de Las Casas no sirvió tan sólo para atizar odios políticos. También ha sido elogiada hasta nuestros días por plumas extranjeras como alto ejemplo, bien honroso para España, de fidelidad a principios religiosos y morales que el poder del Estado trataba entonces, como luego y en todas partes, de subyugar. «En regard de cette contenance -decía Julien Senda en La trahison dess clercs, refiriéndose a la actitud del clero alemán en la primera guerra mundial- j’évoquerai celle des théologiens espagnols du XVle siécle, les Barthélemy de Las Casas, les Vitoria, flétrissant avec I’ardeur qu’on sait les cruautés commises par leur compatriotes dans leur conquete des Indes» (9).
Aparte de la historia eclesiástica herética, que es la que ocupa mayor espacio, no faltan en los Índices prohibiciones de la ortodoxa. La Historia pontifical y católica, de Gonzalo de Illescas, prohibida al principio, pudo pasar luego expurgada. Permanentemente, en cambio, fueron suprimidas varias obras de carácter político-jurídico, como las Alegaciones sobre las competencias de jurisdicción entre los Tribunales Real y de la Inquisición de Mallorca, del doctor Joseph de Mur, de la que no veo mención en ninguna bibliografía, y la Apología de juribus principalibus defendendis et moderandis juste, de Juan de Roa Dávila.
Esta obra consta de siete breves tratados, varios de los cuales han sido reeditados recientemente, mas no el referente a los derechos del príncipe contra el poder eclesiástico, que fue la piedra de escándalo.
Según el moderno editor de uno de ellos (10), antes de imprimirse la obra el inquisidor fray Marcos de Salazar la había censurado favorablemente, por lo que el rey concedió su aprobación después de oído el Consejo de Castilla (que todo esto hacía falta para publicar en España). Pero la Santa Sede se indignó ante aquel libro «blasfemo y pestífero», tan opuesto por su regalismo a la jurisdicción eclesiástica, y por diligencia del nuncio todos los ejemplares de la obra que se encontraron fueron llevados a Roma y echados al fuego. En consecuencia, la misma Inquisición que había permitido imprimirla en 1591 prohibió la obra por edicto del 18 de febrero de 1592. (Figura por primera vez en el Índice de Sandoval y Rojas de 1612.)
Al año siguiente, Roa, preso en Madrid a disposición de la Nunciatura, fue procesado y condenado a perder su priorato y demás beneficios y a tres años de reclusión conventual. Pero el papa reclamó al reo y le trasladaron a Roma. Verdadero secuestro que dejó sorprendido al propio Felipe II, el cual comunicó en 1595 a su embajador en dicha ciudad que Roa estaba preso allí «sin saber por qué, si no es por el libro de las fuerzas (que hacen los jueces eclesiásticos) que escribió, se vio y se imprimió con mi licencia, habiéndolo visto y aprobado teólogos y juristas» (11 ). A Roa le pusieron en libertad, pero obligándole a quedarse en Roma, donde vivió hasta su muerte.
A juicio de Luciano Pereña la desaparición de la obra de Roa Dávila, de la que apenas quedan ejemplares, no ha dejado de contribuir a la discontinuidad de la filosofía política de los teólogos españoles del siglo XVI. «Covarrubias, Soto y Medina influyen de manera permanente, y sirven de puntos de partida, que Roa completa y avanza ideológicamente. Pudo constituir un eslabón definitivo en la génesis de la escuela española si el libro no hubiera desaparecido de la circulación y dejara de influir prácticamente en los maestros que siguieron» (12).

Vacío cultural

A la Inquisición, pues, hay que imputar una vez más la ruptura de una continuidad, bien que en este caso, excepcionalmente, el responsable no fuese el poder inquisitorial español, sino el de Roma. Pero hay que tener en cuenta otro aspecto. Ya hemos visto que el pensamiento político condenado por la Inquisición desde los primeros Índices, y ausentes por lo tanto en España, era el de Maquiavelo, Grocio, Bodino, es decir, el de los iniciadores del pensamiento moderno, y que el único que se mantuvo y desarrolló fue el de unos autores que no eran propiamente sino teólogos de formación medieval.
Bueno será recordar a este propósito lo dicho en nuestro tiempo por Francisco Ayala, profesor universitario de Derecho Político: ” La historia de la literatura política española se inicia en forma negativa, como reacción contra el maquiavelismo y los polítícos. Sus primeros tratados -primeros no sólo en el tiempo, sino también en calidad- están orientados polémicamente a combatir las tesis politicistas de la Edad Moderna; son doctrinales del Estado y del gobierno; pero, lejos de fundamentar una ciencia política, niegan por la base incluso su legitimidad. Fieles a los principios culturales del orden cristiano, rechazan la idea de que la política pueda sustantivarse e independizarse como una esfera propia, regida por sus propias leyes, y se esfuerzan por reducirla al lugar subordinado que le corresponde dentro de la concepción católica del mundo” (13).
Esa brillante escuela española constituye, por consiguiente, un anacronismo dentro del pensamiento europeo de su tiempo, y no deja de ser curioso que aún en nuestros días haya quien la presente con visos de modernidad, como si Maquiavelo, Bodino u Hobbes no hubieran existido nunca. Una muestra más de la larga resistencia -inquisitorial antes, luego tradicionalista- frente al proceso de secularización cultural del mundo moderno.
En vista de las numerosas y voluminosas obras que tuvieron a su cargo, y del minucioso trabajo de lupa que realizaron, no se puede menos de admirar la paciente labor de los calificadores inquisitoriales, aunque su trabajo no fuese siempre de primera mano ni estuviera exento de graves errores. La expurgación del Theatrum vitae humanae, de Teodoro Zwinger (Theodorus Zuingerus, Philosophus, Medicus et Historicus, Basiliensis, Lutheranus), que comprendía ocho grandes volúmenes en folio, ocupó al parecer al doctor Arce y a un hermano suyo, a quienes confió la tarea el tribunal de la Inquisición de Murcia en 1596, casi catorce años (14). Resultado: treinta y ocho páginas de expurgo en el Índice de Sandoval. Se comprende que para llevar a cabo tan vasta empresa la Inquisición necesitara, además de corresponsales extranjeros católicos, reclutar un verdadero ejército de teólogos procedentes de Salamanca, AIcalá y otras universidades.
Todos ellos pusieron sus cinco sentidos en el examen de los textos para eliminar partes enteras, capítulos, pasajes y hasta un simple vocablo improcedente. En la Summa, de Henricus Henríquez, por ejemplo, puede verse esta anotación en el Índice de 1640: «ubi de Enoch legitur translatus est virgus in paradysum, dele vocem Virgo”. Supresiones como éstas se encuentran igualmente en libros no religiosos.
Otras veces no se limitan a borrar uno o más vocablos, sino que los sustituyen. Pero lo más notable es que estas modificaciones no tienen únicamente carácter teológico; con ellas se trata de alterar los textos históricos para darles otro sentido. Entre las correcciones que se hicieron al libro de Jerónimo de Chaves, Chronographia o Repertorio de Tiempos, 1588, figura la siguiente:
« Trat. I, f. 74, n. 83, dice: los Emperadores habían de aprobar la elección del Romano Pontífice; diga: recibían y aplaudían la elección.» Así es como quería la Inquisición que se escribiera la historia.

NOTAS

(1) En el vol. 31 de la Biblioteca de Autores Españoles, 1854, editado por Francisco Pi y Margall. El pasaje reproducido está en la pág. 577. El texto latino había sido impreso, con otros escritos de Mariana, en Colonia, 1609.
(2) Se publicó en Burdeos en 1625, un año después del fallecimiento de Mariana.
(3) Por Rodrigo Amador de los Ríos. en la Revista de España.
(4) Ahora puede verse en Julio Caro Baroja, Los judios en la España moderna, III, págs. 287-299.
(5) Madrid, 1849, según Palau. La primera edición se reimprimió también en la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, t. XII, aunque sin identificar al autor.
(6) Henry Charles Lea, A History of the Inquisition of Spain, New York, III, 1907, pág. 523.
(7) La incluyó Antonio María Fabié en el t. II de su Vida y escritos de don Fray Bartolomé de las Casas, Madrid, 1879, págs. 209-291.
(8) Manuel Giménez Fernández, «Bartolomé de las Casas en 1552», en la edición de los Tratados, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, I, 1965, pág. XXIV.
(9) La biblioteca de la Universidad de Princenton organizó en 1975 una exposición de obras de Las Casas, presentándole como «el primer defensor de los derechos civiles en América»,
(10) De regnorum justicia, ed. crítica bilingüe de Luciano Pereña, Madrid, C.S.I.C., 1970.
(11) Ibíd., pág. XXIX.
(12) Ibíd., pág. XLVI.
(13) Los políticos, Buenos Aires, 1944, pág. IX (14) H. Ch. Lea, ob. cit., III, pág. 495.

Por Vicente Llorens
Universidad de Princeton (1978)

Abundantes trabajos inéditos de Heidegger publicados en alemán muestran el fuerte compromiso nazi del filósofo



FUENTE http://www.pensamientocritico.info/articulos/otros-autores/175-la-etica-y-heidegger.html

La Etica y Heidegger
Domingo, 05 de Julio de 2009 19:00 Osvaldo Cucagna
Es significativo el papel jugado por Heidegger en el pensamiento intelectual de occidente.Aúncuando se conoció en la década del treinta la adhesión de éste al nazismo, se lo disculpaba como un error que sólo había cometido durante su rectorado de Friburgo (1933-34). Si bien al finalizar la guerra pasó por tribunales de desnazificación y sufrió sanciones, éstas se levantaron a partir de 1952 en que volvió a la universidad. Hannah Arendt  que lo había denunciado en Estados Unidos por su nazismo después de reecontrarlo en la década del cincuenta, inició su rehabilitación con la publicación de sus obras en inglés. Los intelectuales franceses, salvo excepciones, son los que más contribuyeron a su reivindicación.  Aún cuando Kurt Löwitt, su discípulo lo denunció en Le Temps Moderne, la revista de Sartre, a mediados de los cuarenta y posteriormente Guido Schneeberger (1962) y Jean Pierre Faye, en “Lenguajes Totalitarios”(1972), insistieron sobre su nazismo, no es hasta 1987 en que Víctor Farías publica su investigación “Heidegger y el nazismo”que se produce una gran discusión en toda Europa y USA a propósito de este filósofo. 

En 1988, en la revista Psysche comenté la aparición del libro de Víctor Farías “Heidegger y el nazismo” en Francia en 1987: “Jaspers: ¿Cómo puede pensar que un hombre tan inculto como Hitler puede gobernar a Alemania?” a lo que respondió Heidegger:”La cultura no importa. Observe sus maravillosas manos”. (1933).
“Todo esto está constantemente reprimido o no se quiere saber nada” (1987) dijo Cristian Jambet, que prefacia el libro de Farías.
El libro de Farías aún no se conocía en Argentina. Chileno, exiliado, radicado en Berlín, discípulo de Heidegger su investigación ha provocado lo que podría denominarse “el escándalo intelectual de Occidente”. Escándalo que comienza por el hecho de la aparición tardía del mismo (en octubre de 1987, no habiéndose podido encontrar editor en Alemania que quisiera publicarlo y sólo se logró cuando un grupo de izquierda francés se ofreció a hacerlo). 
Los primeros comentarios aparecieron en Página 12 a fines de 1987, cuando el libro recibió un premio en Europa juntamente con el de Octavio Paz sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Luego La Nación del 17-4-88 publica un artículo de Víctor Massuh- filósofo y diplomático de la dictadura genocida y del menemismo- quien reseña muchas de sus partes. Da cuenta de las conexiones de Heidegger con el nazismo y tras una vuelta de tuerca –sí es cierto todo esto pero…- termina por resultar primitivo, limitado, mal intencionado, policíaco, ya que accede a un pensamiento sofisticado que ha tenido influencia en tanto espíritu selecto, sin respetar la esencia del mismo. Magnífico ejemplo de renegación que podría acompañar muy bien a los que Octave Mannoni muestra en “ya lo se pero sin embargo…” siguiendo las enseñanzas de Lacan., psicoanalista (psicólogo para Massuh, que reclama otras sutilezas). Renegación (Verleugnnung) mecanismo de la perversión. 
El Periodista, en su número 190, abril – mayo 1988, que también reseña el libro, en su afán de objetividad, publica una de las primeras reacciones en contra del furor antiheideggeriano, la de Alain Finkielkraut, discípulo de Foucault. Profundamente herido, da una respuesta pasional. Muestra que no ha leído el libro, encolerizado contra quien osa hollar el terreno de los “creadores”. Lamentable. Nos importa la divulgación de este texto. Contamos con al edición francesa del libro, hecha sobre la base del original castellano (que se publicaría mucho más adelante) y la primera edición alemana publicada después de la francesa. 
Heidegger ha cumplido un papel importante en nuestro medio cultural y en el filosófico y psicoanalítico en particular. Es necesario que tras el conocimiento de la documentación aportada por Farías, se abra un amplio debate que de cuenta de todas las implicaciones del uso de la filosofía heideggeriana.
En esta democracia del “punto final” y la “obediencia debida”, con torturadores y asesinos sueltos, que cometían sus crímenes con las cruces esvásticas en el cuello y hacían gritar “Heil Hitler” a sus víctimas, no se puede hacer de cuenta que no pasa nada, que la lectura de Farías es una lectura más entre las posibles. 
Que quien escribiera “de la esencia de la verdad” lo leyera ante un público cuyo 80% fueran luego nazis relevantes, a los que acompañó con su afiliación número 3.125.894, hecha en 1933, con el pago escrupuloso de sus cotizaciones hasta abril de 1945, no es un hecho anecdótico.
Siempre se habló de las inclinaciones nazis de Heidegger, pero siempre se dijo que había sido un breve romance. Farías prueba que fue un largo matrimonio y de amor. 
¿Cómo es posible que recién ahora se hace un estudio tan acabado?.
Jambet nos dice de qué manera muchos intelectuales franceses son responsables de esto, de qué manera Heidegger pasó después de la derrota alemana a constituirse en filósofo “francés”.
No es que no existieran antecedentes. En 1962 Guido Schneeberger publica ciertos textos hasta entonces desconocidos que ponían en evidencia la adhesión plena de Martín Heidegger al nacionalsocialismo de los años 33-34. ¿Por qué no se los tuvo en cuenta o más bien se los desestimó?.
Jean Pierre Faye también alertó sobre el filósofo nazi, inclusive entre nosotros en 1987. Se le contestó reivindicando a Heidegger. Carlos Astrada que tuvo su romance con los nazis, al acercase al marxismo y ya desde 1957 en “El marxismo y las escatologías” y luego en “Fenomenología y praxis” (1967)  mostró cómo el pensamiento de Heidegger era una panarquía de lo irracional, aún desconociendo sus vinculaciones directas con el horror nazi, pero calando profundamente en su pensamiento.
¿Cómo pudo ejercer tanta fascinación entre pensadores lúcidos como Romano Guardini, Hannah Arendt, René Char, poeta de la Resistencia; Marcase que intentó usarlo como refuerzo de Marx; Lacan que fuera uno de sus traductores y defensores?.
El primer texto de Heidegger es la apología de Abraham a Santa Clara (1910), monje agustino del barroco alemán, cuyo bicentenario de la muerte fue recordado en el “heimat” (patria local) de Heidegger con grandes homenajes. Monje antisemita y xenófobo (para él los judíos eran Satán y los turcos monstruos de siniestra maldad), es recordado elogiosamente por Heidegger, de nuevo en 1964.
Su persistencia, su continuidad de pensamiento, con las variaciones sobre un mismo tema, se extienden desde el bachillerato hasta su muerte. En una entrevista que le hace Der Spiegel (1976), poco antes de morir, vuelve a testimoniar su adhesión al nacionalsocialismo original. 
“Rey sin corona del imperio del pensamiento” ( Hannah Arendt), reconocido por los jóvenes estudiantes alemanes, entre quienes ejercía un poder carismático. Jóvenes que formaban los cuadros más importantes de los S.A. de Röhm.
Heidegger acompañaba esta línea del nazismo, de allí que hablara de la detención de la “revolución” a partir de la “Noche de los Cuchillos Largos”, en junio de 1934. E. Faye demostrará en su investigación de 2005 que la caída de los S.A. no fue óbice para que Heidegger continuara trabajando con los nazis. 
Las discrepancias dentro del nazismo, sus peleas con Rosenberg, el filósofo oficial, no le impidieron ser publicado, reconocido, admirado y cuando algún problema tuvo, allí estaba su amigo Mussolini para solucionárselo. El texto sobre Hölderlin es un ejemplo.
De las 300 páginas del libro de Farías, de su investigación de doce años, de su antisemitismo, la delación, la amistad con quienes dirigían la higiene racial en el III Reich, el conocimiento de la existencia de los campos de concentración, etc. dan para muchas reflexiones.
Trabajando como lo hacemos con afectados por el terrorismo de Estado. Sabiendo hasta qué punto un entorno social envenenado por la ideología dominante, que vende y exporta impunidad, dificulta la recuperación de los mismos, aún cuando se aplique con la mayor rigurosidad el método analítico, insistimos en que no se puede caer en la “liviandad” de evitar la polémica, de no querer saber nada de lo que pasa. 
Después de lo ocurrido, después del genocidio, nadie puede decir que no se sabe de lo que se trata.
Callarse es encubrir a los asesinos. Disculparlos por no poder evadirse de la fascinación, una grave cuestión a debatir.

Diferentes corrientes del campo Psi han recurrido al pensamiento de Heidegger para sus construcciones. Así, L. Binswanger, dentro del psicoanálisis existencial; Víktor Frankl. En otra variante similar (fue sobreviviente de los campos de concentración nazis, donde murieron su primera esposa y sus padres) y el más conocido dentro del psicoanálisis, J. Lacan. Entre nosotros y en Europa, permanentemente los psicoanalistas citan a Heidegger como palabra incuestionada.
Cuando se acepta que adhirió al nazismo, se dice que sólo lo hizo por un breve período, el del rectorado de Friburgo y que fue un pecado de juventud (tenía entonces 44 años y en esos años el promedio de vida humana no pasaba de 45 años). Otro argumento para justificarlo era que su nazismo fue producto de los resabios metafísicos de los que no terminó de desprenderse con el “Ser y Tiempo”, pero que su famosa Vuelta ( Kehre) lo alejó definitivamente de esa posición. Muchos por deconocimiento y otros por negación y/o renegación han mantenido estas “creencias”, negando las evidencias descubiertas tanto por Víctor Farías, como por Emmanuel Faye. Respecto a la famosa Vuelta, Faye se encarga de mostrar cómo fue producto de la polémica con Ernest Kriek, filósofo S.S., que acusaba a Heidegger de metafísico y nihilista. Fue entonces que éste volvió la misma acusación contra Nietzche, como para desplazar los ataques contra él. Así Federico Nietzche, el que había escrito a su hermana, casada con un famoso racista: “yo soy anti – antisemitita” y se negó a publicar la cuarta parte de “Zaratustra” con el editor de las tres primeras partes, Ernst  Schmeitzner, cuando descubrió que era militante antisemita, se vio envuelto en el fuego de una polémica interna del nazismo, lo cual contribuyó a la deformación de su pensamiento. 
Se habla de discriminar entre el hombre Martín Heidegger con posiciones políticas nefastas y su pensamiento que estaría libre de la contaminación política. Es el propio Heidegger que se encarga de desmentirlo, mostrando la íntima conexión, unidad, de ambos. En 1936 Karl Löwitt, su discípulo, lo encuentra en Roma paseándose con la esvástica en la solapa de su saco. Al cuestionarle Löwitt su adhesión al nazismo, le respondió que el nacionalsocialismo ponía en práctica los principios que él desarrolló en “Ser y Tiempo”(1927). No er al primer sorpresa de Löwitt, ya que mucho antes, 1921, en carta personal Heidegger confesaba que él no era filósofo.
Todo esto fue ignorado por mucho tiempo por sus seguidores, a los que logró engañar con las mentiras posteriores a 1945, para poder escapar al juicio de desnazificación de los aliados. Esas mentiras no conformaron al curador francés de la universidad de Friburgo, durante la ocupación – Jacques Lacant -, cuyo accionar llevó a que Heidegger no pudiera volver a la universidad hasta 1952. Especialmente el filósofo antisemita Jean Beaufret contribuyó a su divulgación en el medio francés. 
La polémica sobre Heidegger, con todas las connotaciones que tiene en el campo ético se ha reavivado en el 2005 con la publicación de una investigación de E. Faye. El texto publicado en Francia cuya traducción es “Heidegger, la introducción del nazismo en la filosofía, alrededor de los Seminarios inéditos de 1933-1935”. Así como hace casi veinte años la publicación del libro de Víctor Farías “Heidegger y el nazismo” desató un vendaval en el campo filosófico – cultural europeo, algo similar ocurre ahora con el libro de Faye. 
Éste que no deja de reconocer los méritos de Farías y de Hugo Ott, señala que ahora estamos ante una situación enteramente nueva, debido a la publicación en alemán de la edición llamada integral (sesenta y seis volúmenes aparecidos sobre el total de ciento dos) para los años 1933 – 1944 son veinte volúmenes de cursos y siete volúmenes de notas los ya aparecidos, mucho más que todos los que Heidegger había publicado en su vida. Estos volúmenes son desconocidos para quien no lee alemán. Faye se ocupa en el libro de traducir al francés aquello que le interesa señalar y siempre, a pie de página, incluye el texto en alemán. La edición integral de estas obras se hace según el plan que estableció Heidegger, y es su hijo la que la lleva a cabo.
Heidegger pronuncia delante de los estudiantes de filosofía el elogio de “la reducación en vista del mundo nacionalsocialista” realizada por Hitler. Exalta la esencia de la raza originalmente germánica y la voz de la sangre. Propone la eliminación total del enemigo interior y en 1940 todavía evoca “la fuerza de la esencia oculta de lo aún no purificado de los alemanes” y legitima el hecho de tomar “el ser raza (Rasse-Sein)”. La presencia masiva de tales enunciados en decenas de volúmenes, en palabras de Faye, “me condujo a reflexionar como filósofo sobre los fundamentos de una obra que debido a su racismo y su hitlerismo ataca al ser humano como tal”. 
Ante la afirmación de Faye que se deben retirar los libros de Heidegger de las bibliotecas de filosofía, un periodista le preguntó si eso no es excesivo; Faye respondió que “los numerosos volúmenes de los que yo hablo contienen enunciados tan racistas y mortíferos como los de un Alfred Baeumler o aún de un Rosenberg. Estos escritos encontrarían un mejor lugar en las bibliotecas e historia del hitlerismo. Sería un gran peligro para el porvenir del pensamiento y para la humanidad si estos escritos estuvieran integrados en la filosofía del siglo XX. Imaginen, en efecto, a qué llevaría la traducción de estos enunciados en la práctica y en la historia. ¿Debo agregar que por mi parte no hay ninguna voluntad de censura?”. 
Además de Heidegger, Faye traduce a otros filósofos de la época – como los nombrados – cuyas obras están inéditas aún en Alemania y a las cuales pudo tener acceso en sus investigaciones. Obras importantes por la influencia que tuvieron sobre Heidegger.
Para Faye es importante la relación entre lo ontológico y lo político en el lenguaje, pero es necesario distinguir los distintos períodos. En los años 20 la indeterminación de los “existenciales” tales como “el llamado del destino” o “el estado de resuelto” parecen autorizar todas las interpretaciones. Solo el contexto intelectual y político permite ver claro.
De 1933 a 1944 por el contrario, las correlaciones entre los conceptos heidegarianos y la historia efectiva de III Reich llegan a ser explícitas; se ve en los cursos de junio de 1934 presentar como modelo de un acontecimiento histórico el viaje en avión de Hitler de Munich a Venecia para encontrarse con Mussolini (ya Farías había señalado este hecho y mostrado el racismo antinegro de Heidegger, que consideraba que los negros no tenían historia y en cambio ese avión sí). Pone en evidencia como los conceptos de “trabajo” y de “libertad” tanto como el adjetivo “metafísico” han sido utizados por él  en el espíritu de la LTI (“Lengua del Tercer Imperio”, tomando el título del libro de Viktor Klemperer que pudo sobrevivir los doce años de nazismo viviendo en Alemania siendo judío, y que, además de sus memorias, escribió LTI- obra en la que volcaba toda la terminología nazi y la perversión de la lengua alemana -, que no puede dejar de leerse para entender a Heidegger y todo el período nazi). 
Después de 1945 Heidegger juega de nuevo a la indeterminación y al eufemismo y se cuida de decir qué es ese “dios por llegar” del cual el occidente debe, según él, alcanzar su sanación. Sin embargo, cuando se lo lee en el Seminario inédito sobre el Estado hitleriano, que Faye publica parcialmente (es la primera parte del Seminario sobre Hegel, del cual en castellano se publicó la segunda parte ignorando la primera),  identifica la relación ontológica entre el Ser y el Existir y la relación política entre el Estado y el Pueblo, definida como “unidad de raza”. Surge de esto que el corazón mismo de su obra está impregnado de nazismo. Philippe Lacoué-Labarthe que en 1987 había tratado a Farías de impostor, reconoce luego de la lectura del libro de Faye, que Heidegger era un nazi por convicción profunda.
Interrogado sobre qué pasó con escritores como Derrida, Levinas, Ricoeur, Althusser y Nancy, entre otros, que reconocieron una deuda intelectual hacia Heidegger, y que muchos de los cuales trabajaron o trabajan por la recuperación filosófica de la ciudadanía y de la democracia contemporánea, Faye respondió que cada uno de esos autores representa una posición singular y que sería necesario un estudio particular sobre cada uno de ellos. Señaló que por su parte no iría a buscar una lección de democracia en la obra de un autor que enseñaba en 1936-1937, en el momento de Frente Popular y de la Guerra Civil Española, que “la democracia era la muerte de Europa” y que en la entrevista final para Der Spiegel, de 1976, persiste en su rechazo de toda democracia (y expresa seguir adhiriendo a los principios del nacionalsocialismo de la primera época).
Faye insiste en que nuestra percepción de Heidegger debe ser reconsiderada y que es fundamental y urgente tomar conciencia de la gravedad del “affaire” Heidegger. 
En forma parcial el comentario al libro de E. Faye se publicó en Página 12 y en la revista Topía, en agosto del 2006.

Comment fut inventé le peuple juif

http://www.monde-diplomatique.fr/2008/08/SAND/16205

Déconstruction d’une histoire mythique
Comment fut inventé le peuple juif

Les Juifs forment-ils un peuple ? A cette question ancienne, un historien israélien apporte une réponse nouvelle. Contrairement à l’idée reçue, la diaspora ne naquit pas de l’expulsion des Hébreux de Palestine, mais de conversions successives en Afrique du Nord, en Europe du Sud et au Proche-Orient. Voilà qui ébranle un des fondements de la pensée sioniste, celui qui voudrait que les Juifs soient les descendants du royaume de David et non — à Dieu ne plaise ! — les héritiers de guerriers berbères ou de cavaliers khazars.
par Shlomo Sand, août 2008

Tout Israélien sait, sans l’ombre d’un doute, que le peuple juif existe depuis qu’il a reçu la Torah (1) dans le Sinaï, et qu’il en est le descendant direct et exclusif. Chacun se persuade que ce peuple, sorti d’Egypte, s’est fixé sur la « terre promise », où fut édifié le glorieux royaume de David et de Salomon, partagé ensuite en royaumes de Juda et d’Israël. De même, nul n’ignore qu’il a connu l’exil à deux reprises : après la destruction du premier temple, au VIe siècle avant J.-C., puis à la suite de celle du second temple, en l’an 70 après J.C.

S’ensuivit pour lui une errance de près de deux mille ans : ses tribulations le menèrent au Yémen, au Maroc, en Espagne, en Allemagne, en Pologne et jusqu’au fin fond de la Russie, mais il parvint toujours à préserver les liens du sang entre ses communautés éloignées. Ainsi, son unicité ne fut pas altérée. A la fin du XIXe siècle, les conditions mûrirent pour son retour dans l’antique patrie. Sans le génocide nazi, des millions de Juifs auraient naturellement repeuplé Eretz Israël (« la terre d’Israël ») puisqu’ils en rêvaient depuis vingt siècles.

Vierge, la Palestine attendait que son peuple originel vienne la faire refleurir. Car elle lui appartenait, et non à cette minorité arabe, dépourvue d’histoire, arrivée là par hasard. Justes étaient donc les guerres menées par le peuple errant pour reprendre possession de sa terre ; et criminelle l’opposition violente de la population locale.

D’où vient cette interprétation de l’histoire juive ? Elle est l’œuvre, depuis la seconde moitié du XIXe siècle, de talentueux reconstructeurs du passé, dont l’imagination fertile a inventé, sur la base de morceaux de mémoire religieuse, juive et chrétienne, un enchaînement généalogique continu pour le peuple juif. L’abondante historiographie du judaïsme comporte, certes, une pluralité d’approches. Mais les polémiques en son sein n’ont jamais remis en cause les conceptions essentialistes élaborées principalement à la fin du XIXe siècle et au début du XXe.

Lorsque apparaissaient des découvertes susceptibles de contredire l’image du passé linéaire, elles ne bénéficiaient quasiment d’aucun écho. L’impératif national, telle une mâchoire solidement refermée, bloquait toute espèce de contradiction et de déviation par rapport au récit dominant. Les instances spécifiques de production de la connaissance sur le passé juif — les départements exclusivement consacrés à l’« histoire du peuple juif », séparés des départements d’histoire (appelée en Israël « histoire générale ») — ont largement contribué à cette curieuse hémiplégie. Même le débat, de caractère juridique, sur « qui est juif ? » n’a pas préoccupé ces historiens : pour eux, est juif tout descendant du peuple contraint à l’exil il y a deux mille ans.

Ces chercheurs « autorisés » du passé ne participèrent pas non plus à la controverse des « nouveaux historiens », engagée à la fin des années 1980. La plupart des acteurs de ce débat public, en nombre limité, venaient d’autres disciplines ou bien d’horizons extra-universitaires : sociologues, orientalistes, linguistes, géographes, spécialistes en science politique, chercheurs en littérature, archéologues formulèrent des réflexions nouvelles sur le passé juif et sioniste. On comptait également dans leurs rangs des diplômés venus de l’étranger. Des « départements d’histoire juive » ne parvinrent, en revanche, que des échos craintifs et conservateurs, enrobés d’une rhétorique apologétique à base d’idées reçues.
Le judaïsme, religion prosélyte

Bref, en soixante ans, l’histoire nationale a très peu mûri, et elle n’évoluera vraisemblablement pas à brève échéance. Pourtant, les faits mis au jour par les recherches posent à tout historien honnête des questions surprenantes au premier abord, mais néanmoins fondamentales.

La Bible peut-elle être considérée comme un livre d’histoire ? Les premiers historiens juifs modernes, comme Isaak Markus Jost ou Leopold Zunz, dans la première moitié du XIXe siècle, ne la percevaient pas ainsi : à leurs yeux, l’Ancien Testament se présentait comme un livre de théologie constitutif des communautés religieuses juives après la destruction du premier temple. Il a fallu attendre la seconde moitié du même siècle pour trouver des historiens, en premier lieu Heinrich Graetz, porteurs d’une vision « nationale » de la Bible : ils ont transformé le départ d’Abraham pour Canaan, la sortie d’Egypte ou encore le royaume unifié de David et Salomon en récits d’un passé authentiquement national. Les historiens sionistes n’ont cessé, depuis, de réitérer ces « vérités bibliques », devenues nourriture quotidienne de l’éducation nationale.

Mais voilà qu’au cours des années 1980 la terre tremble, ébranlant ces mythes fondateurs. Les découvertes de la « nouvelle archéologie » contredisent la possibilité d’un grand exode au XIIIe siècle avant notre ère. De même, Moïse n’a pas pu faire sortir les Hébreux d’Egypte et les conduire vers la « terre promise » pour la bonne raison qu’à l’époque celle-ci… était aux mains des Egyptiens. On ne trouve d’ailleurs aucune trace d’une révolte d’esclaves dans l’empire des pharaons, ni d’une conquête rapide du pays de Canaan par un élément étranger.

Il n’existe pas non plus de signe ou de souvenir du somptueux royaume de David et de Salomon. Les découvertes de la décennie écoulée montrent l’existence, à l’époque, de deux petits royaumes : Israël, le plus puissant, et Juda, la future Judée. Les habitants de cette dernière ne subirent pas non plus d’exil au VIe siècle avant notre ère : seules ses élites politiques et intellectuelles durent s’installer à Babylone. De cette rencontre décisive avec les cultes perses naîtra le monothéisme juif.

L’exil de l’an 70 de notre ère a-t-il, lui, effectivement eu lieu ? Paradoxalement, cet « événement fondateur » dans l’histoire des Juifs, d’où la diaspora tire son origine, n’a pas donné lieu au moindre ouvrage de recherche. Et pour une raison bien prosaïque : les Romains n’ont jamais exilé de peuple sur tout le flanc oriental de la Méditerranée. A l’exception des prisonniers réduits en esclavage, les habitants de Judée continuèrent de vivre sur leurs terres, même après la destruction du second temple.

Une partie d’entre eux se convertit au christianisme au IVe siècle, tandis que la grande majorité se rallia à l’islam lors de la conquête arabe au VIIe siècle. La plupart des penseurs sionistes n’en ignoraient rien : ainsi, Yitzhak Ben Zvi, futur président de l’Etat d’Israël, tout comme David Ben Gourion, fondateur de l’Etat, l’ont-ils écrit jusqu’en 1929, année de la grande révolte palestinienne. Tous deux mentionnent à plusieurs reprises le fait que les paysans de Palestine sont les descendants des habitants de l’antique Judée (2).

A défaut d’un exil depuis la Palestine romanisée, d’où viennent les nombreux Juifs qui peuplent le pourtour de la Méditerranée dès l’Antiquité ? Derrière le rideau de l’historiographie nationale se cache une étonnante réalité historique. De la révolte des Maccabées, au IIe siècle avant notre ère, à la révolte de Bar-Kokhba, au IIe siècle après J.-C, le judaïsme fut la première religion prosélyte. Les Asmonéens avaient déjà converti de force les Iduméens du sud de la Judée et les Ituréens de Galilée, annexés au « peuple d’Israël ». Partant de ce royaume judéo-hellénique, le judaïsme essaima dans tout le Proche-Orient et sur le pourtour méditerranéen. Au premier siècle de notre ère apparut, dans l’actuel Kurdistan, le royaume juif d’Adiabène, qui ne sera pas le dernier royaume à se « judaïser » : d’autres en feront autant par la suite.

Les écrits de Flavius Josèphe ne constituent pas le seul témoignage de l’ardeur prosélyte des Juifs. D’Horace à Sénèque, de Juvénal à Tacite, bien des écrivains latins en expriment la crainte. La Mishna et le Talmud (3) autorisent cette pratique de la conversion — même si, face à la pression montante du christianisme, les sages de la tradition talmudique exprimeront des réserves à son sujet.

La victoire de la religion de Jésus, au début du IVe siècle, ne met pas fin à l’expansion du judaïsme, mais elle repousse le prosélytisme juif aux marges du monde culturel chrétien. Au Ve siècle apparaît ainsi, à l’emplacement de l’actuel Yémen, un royaume juif vigoureux du nom de Himyar, dont les descendants conserveront leur foi après la victoire de l’islam et jusqu’aux temps modernes. De même, les chroniqueurs arabes nous apprennent l’existence, au VIIe siècle, de tribus berbères judaïsées : face à la poussée arabe, qui atteint l’Afrique du Nord à la fin de ce même siècle, apparaît la figure légendaire de la reine juive Dihya el-Kahina, qui tenta de l’enrayer. Des Berbères judaïsés vont prendre part à la conquête de la péninsule Ibérique, et y poser les fondements de la symbiose particulière entre juifs et musulmans, caractéristique de la culture hispano-arabe.

La conversion de masse la plus significative survient entre la mer Noire et la mer Caspienne : elle concerne l’immense royaume khazar, au VIIIe siècle. L’expansion du judaïsme, du Caucase à l’Ukraine actuelle, engendre de multiples communautés, que les invasions mongoles du XIIIe siècle refoulent en nombre vers l’est de l’Europe. Là, avec les Juifs venus des régions slaves du Sud et des actuels territoires allemands, elles poseront les bases de la grande culture yiddish (4).

Ces récits des origines plurielles des Juifs figurent, de façon plus ou moins hésitante, dans l’historiographie sioniste jusque vers les années 1960 ; ils sont ensuite progressivement marginalisés avant de disparaître de la mémoire publique en Israël. Les conquérants de la cité de David, en 1967, se devaient d’être les descendants directs de son royaume mythique et non — à Dieu ne plaise ! — les héritiers de guerriers berbères ou de cavaliers khazars. Les Juifs font alors figure d’« ethnos » spécifique qui, après deux mille ans d’exil et d’errance, a fini par revenir à Jérusalem, sa capitale.

Les tenants de ce récit linéaire et indivisible ne mobilisent pas uniquement l’enseignement de l’histoire : ils convoquent également la biologie. Depuis les années 1970, en Israël, une succession de recherches « scientifiques » s’efforce de démontrer, par tous les moyens, la proximité génétique des Juifs du monde entier. La « recherche sur les origines des populations » représente désormais un champ légitimé et populaire de la biologie moléculaire, tandis que le chromosome Y mâle s’est offert une place d’honneur aux côtés d’une Clio juive (5) dans une quête effrénée de l’unicité d’origine du « peuple élu ».

Cette conception historique constitue la base de la politique identitaire de l’Etat d’Israël, et c’est bien là que le bât blesse ! Elle donne en effet lieu à une définition essentialiste et ethnocentriste du judaïsme, alimentant une ségrégation qui maintient à l’écart les Juifs des non-Juifs — Arabes comme immigrants russes ou travailleurs immigrés.

Israël, soixante ans après sa fondation, refuse de se concevoir comme une république existant pour ses citoyens. Près d’un quart d’entre eux ne sont pas considérés comme des Juifs et, selon l’esprit de ses lois, cet Etat n’est pas le leur. En revanche, Israël se présente toujours comme l’Etat des Juifs du monde entier, même s’il ne s’agit plus de réfugiés persécutés, mais de citoyens de plein droit vivant en pleine égalité dans les pays où ils résident. Autrement dit, une ethnocratie sans frontières justifie la sévère discrimination qu’elle pratique à l’encontre d’une partie de ses citoyens en invoquant le mythe de la nation éternelle, reconstituée pour se rassembler sur la « terre de ses ancêtres ».

Ecrire une histoire juive nouvelle, par-delà le prisme sioniste, n’est donc pas chose aisée. La lumière qui s’y brise se transforme en couleurs ethnocentristes appuyées. Or les Juifs ont toujours formé des communautés religieuses constituées, le plus souvent par conversion, dans diverses régions du monde : elles ne représentent donc pas un « ethnos » porteur d’une même origine unique et qui se serait déplacé au fil d’une errance de vingt siècles.

Le développement de toute historiographie comme, plus généralement, le processus de la modernité passent un temps, on le sait, par l’invention de la nation. Celle-ci occupa des millions d’êtres humains au XIXe siècle et durant une partie du XXe. La fin de ce dernier a vu ces rêves commencer à se briser. Des chercheurs, en nombre croissant, analysent, dissèquent et déconstruisent les grands récits nationaux, et notamment les mythes de l’origine commune chers aux chroniques du passé. Les cauchemars identitaires d’hier feront place, demain, à d’autres rêves d’identité. A l’instar de toute personnalité faite d’identités fluides et variées, l’histoire est, elle aussi, une identité en mouvement.

Shlomo Sand
Historien, professeur à l’université de Tel-Aviv, auteur de Comment le peuple juif fut inventé, à paraître chez Fayard en septembre.

1096 dC: matanza de judíos en Mainz por el noble alemán Emico y su hueste de cruzados

http://www.fordham.edu/Halsall/source/1096jews-mainz.asp

Marcus Introduction] In the year 1095 the Catholic Church, aroused by the Muslim encroachments in Palestine, proclaimed a crusade against the Saracens to recover Jerusalem and the Holy Sepulcher. The following year, in the spring of 1096, bands of zealous crusaders led by Monks and soldiers set out for the Holy Land. Many of the crusaders were pious; but there can be no question that many also were runaway serfs, ambitious business men, adventurers, and criminals. As they passed through Germany on their way to Jerusalem this motley crew killed thousands of “infidel” Jews in the larger cities such as Speyer, Worms, Mayence [Mainz], and Cologne.

In May, 1096 a band of crusaders led by Emico, a German noble, forced its way into the city of Mayence and finally into the archiepiscopal palace where the Jews had taken refuge. The slaughter and suicide of the Jews in this palace with all the attendant horror and hysteria are graphically described in the following two selections taken from a Hebrew historical account by Solomon bar Samson – of whom we know very little – who wrote about 1140.

I.
It was on the third of Siwan…. at noon [Tuesday, May 73], that Emico the wicked, the enemy of the Jews, came with his whole army against the city gate, and the citizens opened it up for him. Emico a German noble, led a band of plundering German and French crusaders. l Then the enemies of the Lord said to each other: ‘look! They have opened up the gate for us. Now let us avenge the blood of ‘the hanged one’ [Jesus].”

The children of the holy covenant who were there, martyrs who feared the Most High, although they saw the great multitude, an army numerous as the sand on the shore of the sea, still clung to their Creator. Then young and old donned their armor and girded on their weapons and at their head was Rabbi Kalonymus ben Meshullam, the chief of the community. Yet because of the many troubles and the fasts which they had observed they had no strength to stand up against the enemy. [They had fasted to avert the impending evils] Then came gangs and bands, sweeping through like a flood until Mayence was filled from end to end.

The foe Emico proclaimed in the hearing of the community that the enemy be driven from the city and be put to flight. Panic was great in the town. Each Jew in the inner court of the bishop girded on his weapons, and all moved towards the palace gate to fight the crusaders and the citizens. They fought each other up to the very gate, but the sins of the Jews brought it about that the enemy over. came them and took the gate.

The hand of the Lord was heavy against His people. All the Gentiles were gathered together against the Jews in the courtyard t blot out their name, and the strength of our people weakened when they saw the wicked Edomites overpowering them. [The Edomites were the traditional foes of the Jews; here, Christians are meant.] The bishop’s men, who had promised to help them, were the very first to flee, thus delivering the Jews into the hands of the enemy. They were indeed a poor support; even the bishop himself fled from his church for it was thought to kill him also because he had spoken good things of the Jews…. [Archbishop Ruthard had been paid to remain and defend the Jews. He was later accused of having received some of the plunder taken from them.]

When the children of the covenant saw that the heavenly decree of death had been issued and that the enemy had conquered them and had entered the courtyard, then all of them-old men and young, virgins and children, servants and maids-cried ,out together to their Father in heaven and, weeping for themselves and for their lives, accepted as just the sentence of God. One to another they said: “Let us be strong and let us bear the yoke of the holy religion, for only in this world can the enemy kill us-and the easiest of the four deaths is by the sword. But we, our souls in paradise, shall continue to live eternally, in the great shining reflection [of the divine glory].” [In Jewish law the four death penalties were: stoning, burning, beheading, strangulation.]

With a whole heart and with a willing soul they when spoke: “After all it is not right to criticize the acts of God-blessed be He and blessed be His name-who has given to us His Torah and a command to put ourselves to death, to kill ourselves for the unity of His holy name. Happy are we if we do His w. ill. Happy is anyone who is killed or slaughtered, who dies for the unity of His name so that he is ready to enter the World to Come, to dwell in the heavenly camp with the righteous-with Rabbi Akiba and his companions, the pillars of the universe, who were killed for His names sake. [The Romans martyred Akiba during the Bar Kokba revolt, about 135 CE] Not only this; but he exchanges the world of darkness for the world of light, the world of trouble for the world of joy, and the world that passes away for the world that lasts for all eternity. Then all of them, to a man, cried out with a loud voice: “Now we must delay no longer for the enemy are already upon us. Let us hasten and offer ourselves as a sacrifice to the Lord. Let him who has a knife examine it that it not be nicked, and let him come and slaughter us for the sanctification of the Only One, the Everlasting and then let him cut his own throat or plunge the knife into his own body.” [A nick in the slaughterer’s knife would make it ritually unfit.]

As soon as the enemy came into the courtyard they found some of the very pious there with our brilliant master, Isaac ben Moses. He stretched out his neck, and his head they cut off first. The others, wrapped by their fringed praying­shawls, sat by themselves in the courtyard, eager to do the will of their Creator. They did not care to flee into the chamber to save themselves for this temporal life, but out of love they received upon themselves the sentence of God. The enemy showered stones and arrows upon them, but they did not care to flee, and [Esther 9:5] “with the stroke of the sword, and with slaughter, and destruction” the foe killed all of those whom they found there. When those in the chambers saw the deed of these righteous ones, how the enemy had already come upon them, they then cried out, all of them: “There is nothing better than for us to offer our lives as a sacrifice.” [The outnumbered Jews had no chance to win: Emico is reported to have had about 12,000 men.]

The women there girded their loins with strength and slew their sons and their daughters and then themselves. Many men, too, plucked up courage and killed their wives, their sons, their infants. The tender and delicate mother slaughtered the babe she had played with, all of them, men and women arose and slaughtered one another. The maidens and the young brides and grooms looked out of the Windows and in a loud voice cried: “Look and see, O our God, what w e do for the sanctification of Thy great name in order not to exchange you for a hanged and crucified one….”

Thus were the precious children of Zion, the Jews of Mayence, tried with ten trials like Abraham, our father, and like Hananiah, Mishael, and Azariah [who were thrown into a fiery furnace, Daniel 3:21]. They tied their sons as Abraham tied Isaac his son, and they received upon themselves with a willing soul the yoke of the fear of God, the King of the Kings of Kings, the Holy One, blessed be He, rather than deny and exchange the religion of our King [Isaiah l4: 19] “an abhorred offshoot [Jesus]….’ [Christians al Jews of those days often spoke contemptuously of each others religion.] They stretched out their necks to the slaughter and they, delivered their pure souls to their Father in heaven. Righteous and pious women bared their throats to each other, offering to be sacrificed for the unity of the Name. A father turning to his son or brother, a brother to his sister, a woman to her son or daughter neighbor to a neighbor or a friend, a groom to a bride, a fiancé to fiancee, would kill and would be killed, and blood touched blood, The blood of the men mingled with their wives’, the blood of the fathers with their children’s, the blood of the brothers with the sisters, the blood of the teachers with their disciples’, the blood z the grooms with their brides’, the blood of the leaders with the cantors’, the blood of the judges with their scribes’, and the blood of infants and sucklings with their mothers’. For the unity of d honored and awe­inspiring Name were they killed and slaughtered.

The ears of him who hears these things will tingle, for who h ever heard anything like this? Inquire now and look about, was there ever such an abundant sacrifice as this since the days of the primeval Adam? Were there ever eleven hundred offerings on one day, each one of them like the sacrifice of Isaac, the son of Abraham?

For the sake of Isaac who was ready to be sacrificed on Mount Moriah, the world shook, as it is said [Isaiah 33:7]: “Behold their valiant ones cry without; [the angels of peace weep bitterly]” and [Jeremiah 4.28] “the heavens grow dark.” Yet see what these martyrs did! Why did the heavens not grow dark and the stars not withdraw their brightness? Why did not the moon and the sun grow dark in their heavens when on one day, on the third of Siwan, on a Tuesday eleven hundred souls were killed and slaughtered, among them g many infants and sucklings who had not transgressed nor sinned, g many poor, innocent souls?

Wilt Thou, despite this, still restrain Thyself, O Lord? For thy sake it was that these numberless souls were killed. Avenge quickly the blood of Thy servants which was spilt in our days and in our sight. Amen.
II. Rachel and Her Children
Now I shall recount and tell of the most unusual deeds that were done on that day [May 27, 1096] by these righteous ones…. Who has ever seen anything like this? Who has ever heard of a deed like that which was performed by this righteous and pious woman, the young Rachel, the daughter of Rabbi Isaac ben Asher, the wife of rabbi Judah? For she said to her friends: “I have four children. Do not spare even them, lest the Christians come, take them alive, and bring them up in their false religion. Through them, too, sanctify the name of the Holy God.”
So one of her companions came and picked up a knife to slaughter her son. But when the mother of the children saw the knife, she let out a loud and bitter lament and she beat her face and breast, crying: Where are Thy mercies, O God?” In the bitterness of her soul she said to her friend: “Do not slay Isaac in the presence of his brother Aaron lest Aaron see his brother’s death and run away.” The woman then took the lad Isaac, who w as small and very pretty, and she slaughtered him while the mother spread out her sleeves to receive the blood, catching it in her garment instead of a basin. When the child Aaron saw that his brother Isaac was slain, he screamed again and again: “Mother, mother, do not butcher me,” and ran and hid under a chest.

She had two daughters also who still lived at home, Bella and Matrona, beautiful young girls, the children of her husband Rabbi Judah. The girls took the knife and sharpened it themselves that it should not be nicked. Then the woman bared their necks and sacrificed them to the Lord God of Hosts who has commanded us not to change His pure religion but to be perfect with Him, as it is written [Deuteronomy 18:13]: “Perfect shall you be with the Lord your God.”

When this righteous woman had made an end of sacrificing her three children to their Creator, she then raised her voice and called out to her son Aaron: “Aaron, where are you? You also I will not spare nor will I have any mercy.” Then she dragged him out by his foot from under the chest where he had hidden himself, and she sacrificed him before God, the high and exalted. She put her children next to her body, two on each side, covering them with her two sleeves, and there they lay struggling in the agony of death. When the enemy seized the room they found her sitting and wailing over them “Show us the money that is under your sleeves,” they said to her. But when it was the slaughtered children they saw, they Struck her and killed her, upon her children, and her spirit flew away and her soul found peace at last. To her applied the Biblical verse [Hosea 10:14]: “The mother was dashed in pieces with her children.” . . .

When the father saw the death of his four beautiful, lovely children, he cried aloud, weeping and wailing, and threw him upon the sword in his hand so that his bowels came out, and wallowed in blood on the road together with the dying who were convulsed, rolling in their life’s blood. The enemy killed all that who were left in the room and then stripped them naked; [Lamentations 1: 11] “See, O Lord, and behold, how abject I am become.” Then the crusaders began to give thanks in the name of “the hanged one” because they had done what they wanted with all those in the room of the bishop so that not a soul escaped. [The crusaders now held a thanksgiving service in the archbishop’s palace where the massacre took place.]
BIBLIOGRAPHY

REFERENCES TO TEXTBOOKS
Elbogen, pp. 102ff.; Roth, pp. 180 188; Sachar, pp. 186­192.
READINGS FOR ADVANCED STUDENTS

Graetz, 111, pp. 297­310; Graetz­Rhine, III, pp. 166­229; Margolis and Marx, pp. 356 373

Abbott, G. F., Israel in Europe, pp. 83­104.

The Chronicles of Rabbi Joseph ben Joshua ben Meir, the Sephardi, tr. by Bialloblotzky, contains materials on the Crusades which this sixteenth century Jewish historian drew from older and contemporary sources: I, pp. 29ff.

Lowenthal, M., The Jews of Germany, pp. 36ff.

Milman, H. H., The History of the Jews, 11, Book xxiv.

Zunz, L., The Sufferings of the Jews during the Middle Ages. This short work chronicles the major (and many of the minor) persecutions of the Jews throughout the Middle Ages in many lands. This survey was written to explain and to justify the bitterness that characterizes many medieval Jewish liturgical writings.

JE, “Crusades, The”; “Mayence.”

ADDITIONAL SOURCE MATERIALS IN ENGLISH .

Halper, B., Post­Biblical Hebrew Literature, “The Crusaders Massacre the Jews at Meurs,” II, pp. 235­239. This is a description of a massacre during the first Crusade, 1096, by the same Joseph ben Joshua.

Ludwig Lewisohn in The Island Within, pp. 327­339, reproduces a Jewish i chronicle of the first crusade. Although his translation is made from a i rather bold reconstruction of a German translation of the original Hebrew chronicle, it is still close enough to the original to give a good picture of some aspects of the crusade as it affected the Jews.
SOURCE: Jacob Marcus, The Jew in the Medieval World: A Sourcebook, 315-1791, (New York: JPS, 1938), 115-120.

Later printings of this text (e.g. by Atheneum, 1969, 1972, 1978) do not indicate that the copyright was renewed)
This text is part of the Internet Medieval Source Book. The Sourcebook is a collection of public domain and copy-permitted texts related to medieval and Byzantine history.

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© Paul Halsall October 1997
halsall@murray.fordham.edu

Albert of Aix and Ekkehard of Aura: Emico and the Slaughter of the Rhineland Jews

FUENTE http://www.fordham.edu/Halsall/source/1096jews.asp

Medieval Sourcebook:
Albert of Aix and Ekkehard of Aura:
Emico and the Slaughter of the Rhineland Jews

Albert of Aix

At the beginning of summer in the same year in which Peter, and Gottschalk, after collecting an army, had set out, there assembled in like fashion a large and innumerable host of Christians from diverse kingdoms and lands; namely, from the realms of France, England, Flanders, and Lorraine. . . . I know n whether by a judgment of the Lord, or by some error of mind;, they rose in a spirit of cruelty against the Jewish people scattered throughout these cities and slaughtered them without mercy, especially in the Kingdom of Lorraine, asserting it to be the beginning of their expedition and their duty against the enemies of the Christian faith. This slaughter of Jews was done first by citizens of Cologne. These suddenly fell upon a small band of Jews and severely wounded and killed many; they destroyed the houses and synagogues of the Jews and divided among themselves a very large, amount of money. When the Jews saw this cruelty, about two hundred in the silence of the night began flight by boat to Neuss. The pilgrims and crusaders discovered them, and after taking away all their possessions, inflicted on them similar slaughter, leaving not even one alive.

Not long after this, they started upon their journey, as they had vowed, and arrived in a great multitude at the city of Mainz. There Count Emico, a nobleman, a very mighty man in this region, was awaiting, with a large band of Teutons, the arrival of the pilgrims who were coming thither from diverse lands by the King’s highway.

The Jews of this city, knowing of the slaughter of their brethren, and that they themselves could not escape the hands of so many, fled in hope of safety to Bishop Rothard. They put an infinite treasure in his guard and trust, having much faith in his protection, because he was Bishop of the city. Then that excellent Bishop of the city cautiously set aside the incredible amcunt of money received from them. He placed the Jews in the very spacious hall of his own house, away from the sight of Count Emico and his followers, that they might remain safe and sound in a very secure and strong place.

But Emico and the rest of his band held a council and, after sunrise, attacked the Jews in the hall with arrows and lances. Breaking the bolts and doors, they killed the Jews, about seven hundred in number, who in vain resisted the force and attack of so many thousands. They killed the women, also, and with their swords pierced tender children of whatever age and sex. The Jews, seeing that their Christian enemies were attacking them and their children, and that they were sparing no age, likewise fell upon one another, brother, children, wives, and sisters, and thus they perished at each other’s hands. Horrible to say, mothers cut the throats of nursing children with knives and stabbed others, preferring them to perish thus by their own hands rather than to be killed by the weapons of the uncircumcised.

From this cruel slaughter of the Jews a few escaped; and a few because of fear, rather than because of love of the Christian faith, were baptized. With very great spoils taken from these people, Count Emico, Clarebold, Thomas, and all that intolerable company of men and women then continued on their way to Jerusalem, directing their course towards the Kingdom of Hungary, where passage along the royal highway was usually not denied the pilgrims. But on arriving at Wieselburg, the fortress of the King, which the rivers Danube and Leytha protect with marshes, the bridge and gate of the fortress were found closed by command of the King of Hungary, for great fear had entered all the Hungarians because of the slaughter which had happened to their brethren. . . .

But while almost everything had turned out favorably for the Christians, and while they had penetrated the walls with great openings, by some chance or misfortune, I know not what, such great fear entered the whole army that they turned in flight, just as sheep are scattered and alarmed when wolves rush upon them. And seeking a refuge here and there, they forgot thei companions. . . .

Emico and some of his followers continued in their flight along the way by which they had come. Thomas, Clarebold, and several of their men escaped in flight toward Carinthia and Italy. So the hand of the Lord is believed to have been against the pilgrim who had sinned by excessive impurity and fornication, and who had slaughtered the exiled Jews through greed of money, rather than for the sake of God’s justice, although the Jews were opposed to Christ. The Lord is a just judge and orders no one unwillingly, or under compulsion, to come under the yoke of the Catholic faith.

There was another detestable crime in this assemblage of wayfaring people, who were foolish and insanely fickle. That the crime was hateful to the Lord and incredible to the faithful is not to be doubted. They asserted that a certain goose was inspired by the Holy Spirit, and that a she goat was not less filled by the same Spirit. These they made their guides on this holy journey to Jerusalem; these they worshipped excessively; and most of the people following them, like beasts, believed with their whole minds that this was the true course. May the hearts of the faithful be free from the thought that the Lord Jesus wished the Sepulchre of His most sacred body to be visited by brutish and insensate animals, or that He wished these to become the guides of Christian souls, which by the price of His own blood He deigned to redeem from the filth of idols! . . .

Source:

August. C. Krey, The First Crusade: The Accounts of Eyewitnesses and Participants, (Princeton: 1921), 54-56

Ekkehard of Aura

Just at that time, there appeared a certain soldier, Emico, Count of the lands around the Rhine, a man long of very ill repute on account of his tyrannical mode of life. Called by divine revelation, like another Saul, as he maintained, to the practice of religion of this kind, he usurped to himself the command of almost twelve thousand cross bearers. As they were led through the cities of the Rhine and the Main and also the Danube, they either utterly destroyed the execrable race of the Jews wherever they found them (being even in this matter zealously devoted to the Christian religion) or forced them into the bosom of the Church. When their forces, already increased by a. great number of men and women, reached the boundary of Pannonia, they were prevented by well fortified garrisons from entering that kingdom, which is surrounded partly by swamps and partly by woods. For rumor had reached and forewarned the ears of King Coloman; a rumor that, to the minds of the Teutons, there was no difference between killing pagans and Hungarians. And so, for six weeks they besieged the fortress Wieselburg and suffered many hardships there; yet, during this very time, they were in the throes of a most foolish civil quarrel over which one of them should be King of Pannonia. Moreover, while engaged in the final assault, although the walls had already been broken through, and the citizens were fleeing, and the army of the besieged were setting fire to their own town, yet, through the wonderful providence of Almighty God, the army of pilgrims, though victorious, fled. And they left behind them all their equipment, for no one carried away any reward except his wretched life.

And thus the men of our race, zealous, doubtless, for God, though not according to the knowledge of God, began to persecute other Christians while yet upon the expedition which Christ had provided for freeing Christians. They were kept from fraternal bloodshed only by divine mercy; and the Hungarians, also were freed. This is the reason why some of the more guileless brethren, ignorant of the matter, and too hasty in their judgement were scandalized and concluded that the whole expedition was vain and foolish.

Source:

August. C. Krey, The First Crusade: The Accounts of Eyewitnesses and Participants, (Princeton: 1921), 53-54
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© Paul Halsall December 1997
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