2013, desarrollo de pseudo democracias en la Unión Europea, el caso de España

Proyecto de Ley de Seguridad en España atenta contra todos los derechos sociales y políticos , esto da una prueba de cómo se vive bajo regímenes pseudo democráticos, los cuales son más bien oligarquías servilmente sostenidas por una casta partitocrática y sindical altamente corruptas
La noticia en video la aporta una televisión de América Latina, Telesur, lo que muestra . una vez más , la pseudo democracia española y europea,pues en España y la Unión Europea, se silencia, se manipula, se engaña mediante un sistema de fabricación de opinión de corte , digámoslo claramente, ce estilo nazi
VER EL VIDEO DE TELESUR EN QUE SE ANALIZA EL CASO DE ESTA NUEVA LEY EN MARCHA EN LA PSEUDO DEMOCRÁTICA ESPAÑA

Deriva de la crisis cultural, por Horst Kurnitzky

¿Hacia dónde va la crisis cultural?
Cultura | Este País | Horst Kurnitzky | 266 | 01.06.2013 | 0 Comentarios

En este texto, prólogo del libro Museos en la sociedad del olvido, de su autoría —a punto de aparecer bajo el sello de Conaculta—, Kurnitzky se refiere a la severa crisis —financiera y, por lo tanto, social y cultural— del arte contemporáneo. El autor propone una crítica desconsiderada que busca encontrar soluciones a este problema.

En estos momentos resulta incontrovertible la afirmación de que el mundo cayó más allá de una simple crisis financiera y sí, en cambio, en las profundidades de una crisis global que cuestiona no solo las formas de producción y reproducción económicas sino también la convivencia social y las manifestaciones culturales, sin excluir la salud física de los seres humanos constantemente amenazada por la manera despiadada de satisfacer las necesidades materiales explotando todos los recursos de la naturaleza, así como la naturaleza del mismo ser humano.

La historia relata cómo por razones externas e internas las crisis de los sistemas económicos se acompañan de crisis de los sistemas de creencias. A veces las excavaciones conducidas con base en documentos antiguos descubren ruinas de grandes dimensiones que hacen suponer la existencia, a muchos siglos de distancia, de civilizaciones complejas y desconocidas. Existen registros que prueban la eliminación completa de la memoria histórica de algunas civilizaciones y, por otra parte, existen vestigios (huesos de seres humanos, vasijas, hogueras, herramientas) y todo tipo de reliquias descubiertas por casualidad en zonas deshabitadas tales como desiertos asiáticos y africanos, selvas americanas o en el hielo de los glaciares en proceso de derretirse, que hablan de civilizaciones desaparecidas por motivos desconocidos. Para no ir tan lejos, es posible recordar que todavía se ignoran muchos de los detalles que intervinieron en la desaparición del Imperio romano en el siglo IV, junto con sus avances científicos y tecnológicos (el elevador de vapor, por ejemplo) y su desarrollada, completa y bien estructurada sociedad. Se sabe que su ocaso respondió a problemas financieros y administrativos internos, a la invasión de distintos pueblos bárbaros y a la persecución de los cultos paganos y su sustitución por la religión cristiana, la cual, al igual que múltiples religiones y cultos anteriores, no fue un conjunto de creencias, prácticas y representaciones separadas de los modos de producción, sino un nuevo sistema de organización de la sociedad en corporaciones religiosas y laicas que controló a los campesinos, artesanos y comerciantes, instituyó modalidades para llevar a cabo el préstamo y el crédito económico, creó sus propios estilos artísticos y arquitectónicos, y estableció normas de convivencia que colocaron a la relación entre los sexos bajo un régimen de vigilancia eclesiástica.

Entender el cristianismo impone estudiar todas las partes de las culturas que lo nutrieron, así como las estrategias de este movimiento religioso para sustituir unos elementos por otros. La vida material, cultural y social, pero también la vida espiritual, sentimental y emocional se vieron sacudidas ahí donde el credo cristiano se impuso, sobre todo en la relación de los seres humanos con la naturaleza y, en particular, en las conductas sexuales femenina y masculina. Asunto este último que la historiografía ha dejado de lado a pesar de constituir una parte medular de la cultura por determinar sentimientos, prohibiciones, usos, costumbres y motivaciones profundas y complejas.

Ocres y dorados, óleo sobre lino, 150 x 200, 2013.

Semillas rojas: pronto florecerán y serán frutos,
óleo sobre lino,
150 x 200, 2012.

La fragmentación positivista de la realidad (lo político, lo económico, lo social, lo cultural, etcétera) ha jugado un papel importante en el oscurecimiento y la simplificación de los procesos históricos. Esto se ha reflejado en los museos, donde se promueve el alejamiento de los individuos de la comprensión de los problemas humanos y sociales al separar la economía, la religión, la educación, la vida cotidiana, etcétera, y destinar una sala separada para cada una de estas materias. De esta forma, los museos logran que todo aquello que el visitante ve (hoy en día también oye) corresponda a culturas lejanas y extrañas, con las cuales pocas veces entabla lazos de comunicación. Esta forma de ignorar las relaciones existentes entre las distintas manifestaciones culturales y desvincular el presente del pasado impide tomar conciencia de los problemas humanos y sociales, porque es imposible separar los deseos de las necesidades, las ideas de las acciones, la emoción de la razón. Otra manera de obstruir la ilustración de las culturas fue también la propuesta del marxismo mecanicista de dividir el conocimiento social en base y superestructura sin entender que estos dos elementos se encuentran integrados en la realidad social.

En tiempos de crisis, la crítica abre ventanas a nuevas percepciones, interpretaciones y métodos para liberar a la humanidad del desastre. Eso significa la palabra crisis: disputa y distinción; toma de conciencia de los conflictos y abandono de los caminos que conducen a las relaciones destructivas. La crítica, el análisis radical de la fe o las ideologías equivocadas, es una condición del conocimiento y de la posible reorganización de la vida social. Crisis y crítica no solamente tienen raíces comunes, ambas son indispensables para cualquier cambio social e individual. La historia y el psicoanálisis no dejan espacio a la duda: cuando la crisis abre caminos, la crítica obliga a tomar decisiones.

Para superar la crisis en la que estamos sumergidos hoy en día, la crítica radical es una condición sine qua non. Según Immanuel Kant, la crítica es uno de los deberes de la edad moderna y, como la duda para la religión, es el vehículo para conducir a los seres humanos a nuevas posibilidades de reconstruir la vida humana. La crítica es el fundamento de la ilustración e incluye la crítica de la ilustración misma, así como de todas las construcciones y propuestas de la edad moderna. Significa la crítica a la superstición, a la fe en el poder de las fuerzas sobrenaturales y el destino desconocido, y a todos los -ismos ideológicos y románticos. No permite regresiones a tiempos pasados, ni sirve para disfrazar o simplificar las relaciones entre los seres humanos; tampoco promete solucionar todos los problemas sociales. Por ello, las circunstancias actuales demandan una crítica desconsiderada que incluya la crítica a toda promesa de salvación, sea esta ideológica o tecnológica.

La crisis actual proyectó su sombra sobre todo el mundo cuando finalizó la Guerra Fría y comenzó el declive del mundo comunista, en tanto en el mundo capitalista las ideas de los propagandistas del neoliberalismo ganaban influencia en los asuntos políticos y económicos internacionales. Esto ocurrió en la década de los ochenta del siglo pasado, mientras el llamado posmodernismo se difundía como nuevo estilo de vida y promesa de salvación.

Si por posmodernismo se entiende el abandono de la idea de un final feliz en la historia, el rechazo de los sistemas de pensamiento totalizadores que intentaron darle un sentido a la historia y a la sociedad con base en la convicción de que en algún lugar, en algún momento, el estado paradisiaco de bienestar se impondría para todos, entonces, la Primera Guerra Mundial puede considerarse el hecho histórico desencadenante del posmodernismo. Tal y como lo describió Karl Kraus en su libro Los últimos días de la humanidad1, lo que entonces sucumbió, lo que se hundió irremediablemente con las técnicas y la tecnología orientadas a las grandes matanzas, fue el imperio, el sujeto, el individuo, la humanidad. En respuesta a ello se formaron dos movimientos políticos y sociales que influyeron en el resto del siglo xx y pretendieron haber liquidado las formas burguesas de vida: el comunismo y el fascismo. Después de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, estas dos formaciones sociales desaparecieron solo aparentemente, ya que su fuerza destructora de la sociedad civil y de la relación entre los individuos aún sobrevive. Habiendo surgido como reacción en contra de la sociedad burguesa, fascismo y comunismo liberaron al capitalismo de su yugo histórico y despejaron su camino hacia el paradójico progreso en la regresión, contribuyendo a reducir o tergiversar el proyecto democrático, y a fomentar, con su autoritarismo, dogmatismo y paternalismo, la infantilización y la desmovilización política de la sociedad. De esta forma, en la década de los ochenta del siglo pasado, la sociedad se encontró donde presuntamente siempre deseó: en un mundo convertido en el paraíso de una tienda gigante y abundante, en la que todo se pierde en el todo, y donde el posmodernismo se impone, no como un estilo artístico más, sino como la expresión de la cultura global.

Como se verá más adelante, por ser indiferente a toda forma histórica, a toda formación social y a todo recuerdo, el estilo posmodernista de vida permitió, con su oferta de atracciones y vivencias, que los consumidores sintieran que escapaban de la realidad. Como turistas de un crucero o paseantes de un centro comercial, en las últimas décadas, los individuos se han dejado estimular por la diversión que la oferta de mercancías escenifica día con día de mil maneras. El vínculo emocional con los objetos, con su utilidad, ha sido sustituido por la orgía de atracciones y vivencias en la cual el sujeto se disuelve.

El arte no se ha librado de compartir la tendencia mundial de convertirlo todo en acontecimiento espectacular. Tanto los readymades como las subastas de arte que caen en todo tipo de propaganda comercial, desde los productos de la “fábrica” de Damien Hirst hasta los cuadros instantáneos de los neoexpresionistas, han prefigurado el espectáculo en el cual se transforman las inauguraciones de las exposiciones de arte; sin olvidar las bienales, los shows gigantescos y los objetos que se venden en los kioscos de los museos que son cada vez mayores y ocupan el centro de interés de sus visitantes, como ocurre en los grandes almacenes. El arte perdió completamente el interés por expresar la tensión entre los sexos; por traducir esa relación de atracción y repulsión humana similar a la producida por los polos opuestos y al mismo tiempo complementarios del generador de energía. El filósofo berlinés Klaus Heinrich explica el término “tensión entre los sexos” y su naturaleza erótica o productora de vida como:

[…] la tensión de la vida dividida en dos sexos en nuestra civilización, desde la esfera sexual hasta la esfera intelectual, desde la distinción corporal hasta la lingüística. [Y añade] El hecho de que podamos darle forma, y no solamente ella a nosotros, define una de las diferencias más incisivas entre una agrupación de animales y una sociedad humana.2

Lo anterior quiere decir que la civilización se desprende de la tensión entre los sexos, la cual es el fundamento y el punto de arranque del proceso civilizador pues la relación entre los sexos determina, en última instancia, la totalidad de las relaciones sociales de intercambio tanto pacífico como de violencia. Esta tensión, sus alcances y su manejo, es el termómetro de la civilización que puede ser percibido en la historia del desarrollo del culto del sacrificio, presente en las sociedades de todos los tiempos. Desde la perspectiva de la conquista de la mayor dominación de la naturaleza por los seres humanos y de los intentos por superar los conflictos, el sacrificio humano, el sacrificio de animales, en general los sacrificios cruentos, y su sustitución por los sacrificios simbólicos y el fortalecimiento de la convivencia pacífica por medio de acuerdos y contratos sociales son procesos de superación o pasos adelante en la humanización. No obstante, en realidad, los fundamentos de la superación de la violencia son frágiles porque grupos humanos e inclusive pueblos enteros continuamente son desmoronados y ahogados en baños de sangre. En este sentido, la historia del siglo xx presenta una cuenta con cuantiosos saldos a favor. Entonces, la historia de la civilización puede leerse como la historia de la creación de formas pacíficas de intercambio y elaboración de acuerdos y contratos justos, al igual que como la historia del uso y el despliegue de formas de sometimiento, explotación y violencia.

Ocres y dorados, óleo sobre lino, 150 x 200, 2013.

Ocres y dorados,
óleo sobre lino,
150 x 200, 2013.

En el proceso histórico, los cultos, las religiones, el Estado y finalmente la sociedad civil han manifestado la ambivalencia de las tensiones sociales, pero en los últimos años solo han mostrado una cara de la moneda: la de las formas destructivas que se han extendido al grado de asumirse, sin problemas, como parte de la vida cotidiana. Hoy la violencia se expresa tanto en el trato entre los individuos como en las formas de autorepresentación individuales; es decir, en la manera como la gente se comunica entre sí y en la manera como se presenta a los otros. Cuando la lucha por la supervivencia anula la tensión productiva y constructiva que resulta de las distintas posibilidades de elección, los lazos de unión se disuelven, la ausencia de solidaridad se erige en norma y ambas se compensan con subordinación y conformismo. Simplemente la uniformización global de las mercancías muestra que la presión para adecuarse o adaptarse al statu quo es enorme y que la gama de elementos para establecer una propia identidad es reducida. Una cultura estimulada por objetos y referentes militares se expande paso a paso, prolifera en la vida cotidiana, y penetra en el interior de los hogares aun de gente carente de ansias de guerra. Los aparatos y juguetes electrónicos convierten los hogares en especies de centrales de mando que reciben todo tipo de información y aspiran a controlarlo y dirigirlo todo. El diseño de los aparatos, el lenguaje y el espíritu de los juegos de estrategia impiden establecer con claridad la diferencia entre la guerra y la paz. Lo privado se transforma en algo militar, así como la guerra pasa a ser un asunto privado. Por ello, desde hace tiempo, los uniformes de combate subieron a las pasarelas de la moda y las botas de campaña se ofrecieron como zapatos para dama en las boutiques; sin contar la circulación de los vehículos todo terreno de estilo militar o los Jeep y Hummer que forman parte del outfit de quienes son o se creen verdaderos yuppies. Lo militar se filtra en todos los ámbitos y transforma a la sociedad en un conjunto de grupos y actores solitarios que se divierten y distraen con juguetes de guerra. En estas condiciones resulta inevitable que el arte también entre al mercado de los eventos y los performances y compita por vender sus shows. Aunque hay artistas que tratan de rebasar lo decorativo e instantáneo al elaborar obras en las cuales manifiestan sus conflictos internos y ponen el dedo en la llaga de los conflictos sociales, al trabajar permanentemente con el recuerdo, los mitos, expresar sus experiencias inmediatas y mantener una distancia crítica frente a su trabajo, la tentación del arte por conformarse al mercado y la inercia que jala a los artistas a seguir los dictados de la moda son fuertes.

El carácter del mundo de atracciones del posmodernismo se refleja, notoriamente, en la nueva arquitectura urbana: en la construcción de museos, edificios públicos y zonas habitacionales y comerciales, y en la metamorfosis de la plaza pública de lugar de comunicación a sede de los espectáculos de masas. La renuncia del arte a la crítica y a toda utopía social cuya esencia se encuentra en la representación de los conflictos con el pasado y el presente ha hecho que los centros urbanos se degraden y conviertan en mundos de juguete al restaurarse con nuevos edificios eclécticos. La estereotipificación forzada hace que los usuarios o espectadores se pierdan como consumidores en un centro comercial donde en lugar de obra de arte en realidad se adquieren souvernirs, elementos decorativos que simulan ser piezas de arte que evocan la historia. Si el contexto de las plazas, las calles y los edificios es el espectáculo, las reminiscencias históricas pierden su significación, los objetos con los signos exóticos que supuestamente evocan el pasado se convierten en baratijas y kitsch al supeditarse al afán de divertir o distraer.

Si bien frecuentemente lo kitsch pretende ser arte, en realidad invierte su intención al ser incapaz de expresar algo creativo, esto es, de liberarse de la opresión y por el contrario ser capaz de acomodarse fácilmente a un mundo aparentemente armónico y sin tensiones. Lo cursi, lo kitsch, denota la deserotización y el fingimiento; es la pretensión ridícula e imposible de reconciliar los deseos reprimidos y ofrecer formas de sublimación o satisfacción. Kitschig es el comportamiento de los consumidores que han aceptado las mediaciones y renunciado a organizar su vida conscientemente; que han renunciado a tomar el destino en sus propias manos. Sin experiencias, ideas ni convicciones elaboradas por sí mismo, y dejándose arrastrar por el torrente de las actividades del consumo, el practicante del kitsch olvida su condición social y pasa a jugar el rol de objeto.

Debido a la ausencia de cualquier elemento erótico y al congelamiento de las tensiones entre los sexos, el kitsch conduce directamente a la violencia. Esto se observa en el kitsch monumental, como los monumentos a los héroes y los edificios monumentales de los regímenes totalitarios al igual que en las cursilerías que venden los almacenes para que la gente atiborre con ellas sus casas. Esta gente está predispuesta a aceptar cualquier ideología violenta que le prometa liberarse de su miseria porque en realidad quiere someterse a un régimen autoritario o, como algunos le llaman, “buen gobierno”. Un caso precursor fue el kitsch religioso que se vende alrededor de los santuarios y templos, sobre todo marianos, de donde partieron las Cruzadas y los movimientos cristianos antisemitas. Violencia y kitsch se juntan en la mente y el ambiente de la mafia, los narcotraficantes y sus sicarios, al igual que en la cultura de los autócratas y los pequeños dictadores militares.

Es posible que actualmente seamos testigos de una sociedad en descomposición que golpea por igual al individuo y la cultura, como ocurrió hace mil seiscientos años, cuando panem et circenses dejaron de ser fórmulas suficientes para mantener la cultura romana y su imperio. La falta de creatividad de los líderes políticos para cambiar el rumbo social y económico de sus sociedades, pues en los gobiernos permanecen los mismos funcionarios y burócratas con las mismas soluciones que llevaron a la sociedad a la crisis actual, y las ansias de felicidad de las nerviosas masas consumidoras, admiradoras de los innumerables productos que ofrece lo kitsch —desde la arquitectura de las ciudades y sus edificios distintivos hasta el diseño de los productos de uso cotidiano que inundan al mundo, inclusive la literatura, el teatro, el cine y el arte—, ponen en evidencia que la sociedad carece de proyectos para salir de la crisis actual y del círculo vicioso. Esto se condensa en la oferta continua de mercancías presentadas como museo y en la conversión de los museos en mercancías. ~

1 Karl Kraus, Los últimos días de la humanidad, Tusquets, Barcelona, 1991.

2 Klaus Heinrich, “Geschlechterspannung und Emanzipation”, entrevista en Das Argument, número 23, Berlín, 1962, p. 25.

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HORST KURNITZKY (Berlín, 1938) es doctor en Ciencias de las Religiones por la Universidad Libre de Berlín. Ha trabajado como arquitecto y enseñado en universidades de Alemania, Europa del Este y el continente americano, entre ellas la UNAM y la UAM. Es autor de numerosos libros, ensayos y artículos sobre arte, cultura, política y sociedad, entre otros temas.

Una críitica materialista,por Horst Kurnitzky: nada, solamente dinero


Nada, solo dinero
Este País | Horst Kurnitzky | 269 | 01.09.2013 | 0 Comentarios
FUENTE http://estepais.com/site/?p=47573
Como en tantas invenciones humanas, en el dinero se confunden la lógica y la utilidad con las creencias, las emociones y los instintos. El dinero tiene bases pragmáticas, pero también religiosas. Este perspicaz ensayo reconstruye los orígenes de un culto y su pervivencia hasta nuestros días. En plena era de la ciencia, adoramos el dinero y sus variadas imágenes.

Todo depende del dinero y todo se impulsa hacia él. Cosa evidente. ¿Pero cómo y por qué? La sabiduría popular únicamente ofrece verdades de perogrullo y, como cualquier otra sabiduría, se limita a vagas generalizaciones. Dice todo, y al mismo tiempo nada. Su sospechosa franqueza cubre el esclarecimiento con una niebla de aforismos. Todo gira alrededor del dinero. ¿Qué no está dicho y escrito sobre el dinero? Money makes the world go round! ¿Es el dinero solo un medio de circulación? Para unos es una prostituta que lo seduce todo, para otros es una moneda fraccionaria, un medio de canje, un intermediario entre las mercancías, los hombres y las ideas; pero también un remolino cuyas vueltas permanentes atraen todo hacia un enorme maelstrom, que arrastra las cosas y las transforma. El dinero garantiza el mundo social y, por su poder, es transformado e invertido una y otra vez.

Así como el dinero revoluciona todo y hace posible lo imposible, así también puede conducir a la sociedad al Apocalipsis, a la autodisolución y, finalmente, al salvajismo. El dinero une a los hombres a través del intercambio, pero puede contribuir, en el mismo momento, a la autodestrucción de la sociedad. Es un medio de canje que no solamente une y transforma, sino que también evoca deseos y codicias que ningún orden ético puede restringir; que civiliza y destruye a la misma civilización. ¿Un simple medio de canje es capaz de todo eso? ¿O bien fue elegido por razones prácticas y se ofrece como instrumento por ser fácil de manejar y transportar, o sea, por razones de conveniencia pura? ¿Es un producto histórico que nació únicamente por la necesidad del intercambio o es mucho más? ¿Encarna el dinero una contradicción que ya no se puede resolver?

Como medio de infinitas acciones de intercambio, el dinero promueve el bienestar y la riqueza de los que intercambian —al menos eso dice la teoría económica— y, como encarnación de la riqueza absoluta, es, en el mismo momento, objeto de un indomable deseo pulsional, del deseo de tener algo. El conflicto entre la obligación al sacrificio y el deseo pulsional —oculto en el intercambio— despedaza a la sociedad y la conduce al engaño, a las luchas por el poder, al asesinato y al homicidio, cuando no está dominado y regulado por la sociedad misma.

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En la historia encontramos que, como medios de canje, los precursores del dinero encarnaron relaciones de sacrificio. En general, fueron herramientas estilizadas o símbolos de la praxis del sacrificio: conchas y caracoles que simbolizaron el sexo femenino; cuchillos y hachas que sirvieron como instrumentos para la inmolación; representaciones de animales sacrificiales y sus productos y sacrificios estilizados o transformados en símbolos, como la cruz. Entonces, se podría decir que “en el principio fue el dinero”, porque el dinero encarna el fundamento sacrificial de la sociedad. Se entiende que toda clase de cosas pudieron haber servido como medio de intercambio; la condición solo fue que estuvieran relacionadas sustancialmente con el culto del sacrificio o, al menos, que lo hubieran estado alguna vez. La palabra moneda se debe a la acuñación del objeto en el templo de la diosa Juno Moneta. ¿El templo, un banco?, ¿los sacerdotes, banqueros?, ¿los dioses, capitalistas? El dinero procede del culto del sacrificio, lo encarna y simboliza, y lo remite también, como medio de canje, a los sacrificios que permanentemente debían llevar a cabo los hombres a favor de la cohesión de cualquier comunidad humana: sacrificios de miembros de la misma comunidad (doncellas, donceles) o extranjeros (guerreros capturados) y sacrificios de sus sustitutos (animales, plantas y todo lo que fue incorporado en la circulación de la reproducción de la sociedad). En los servicios y el trabajo, en la fábrica, la escuela, la administración, el ejército, y en muchas otras formas de relación social, fundadas en el intercambio, las relaciones sacrificiales fueron determinantes. Con base en ellas se construyó la sociedad, que es una asociación de propietarios que se encuentran entre sí en relaciones de intercambio. El intercambio está mediado por el dinero, así como el mismo dinero lo está por mercancías y servicios.

En el fondo, todo dinero es ya un sustituto de sacrificios anteriores; de innumerables sustitutos de sacrificios que contribuyen a la riqueza de la sociedad. Tal y como se ha dicho antes, primero fue el sacrificio y después el intercambio. Este último resultó del sacrificio. Si se entiende el sacrificio mismo como intercambio —yo sacrifico al dios lo que es del dios, para que él me dé bendición y riqueza—, el intercambio pierde su carácter de sacrificio y la dinámica del progreso, de un sustituto del sacrificio a otro, pierde su sentido.

El sacrificio, así como sus sustitutos y símbolos, encarnan una relación de reproducción sin la cual no se podría pensar siquiera en la supervivencia física de los miembros de la comunidad. La exclusión del sacrificio de la sociedad equivale a una sentencia de muerte. Esto fue así en simples sociedades tribales y esto es, hasta hoy en día, una razón para la miseria de los marginados. Sin trabajo no hay salario y sin salario no hay vida.

Hemos sostenido que el culto al sacrificio y el mito representan, en cierto modo, los precursores del contrato social, y que la obligación de participar en el culto del sacrificio induce a su valoración universal. Solo quien ofrece un sacrificio tiene derecho a una parte del producto social. Las ofrendas toman cuerpo en el dinero, lo simbolizan y son intercambiadas. Por ejemplo, los oboloi, que hace 2 mil 500 años los sacerdotes intercambiaban en los templos griegos por dones de sacrificio de la comunidad, son las agujas con las cuales se pinchaba y asaba la carne de los animales sacrificados. La brocheta conserva hasta la actualidad esa forma del ágape del sacrificio que en la Roma antigua fue practicado como trisacrificio de puerco, cordero y buey (carne que forma parte de los ingredientes de la brocheta). Una mano de estos oboloi se llama dracma, como hasta hace poco tiempo se llamaba la moneda griega. Ella recuerda el origen del dinero en el culto del sacrificio. La multitud de representaciones de actos de sacrificio y de herramientas de sacrificio en monedas de la antigüedad testifican la relación de la economía del dinero con el culto del sacrificio. El que el Banco de Inglaterra haga referencia, en una esquina de su edificio, a un templo redondo de Tívoli, consagrado a un dios grecorromano; el que edificios de bancos hagan referencia, una y otra vez, a la forma de los templos; el que el billete de 10 dólares muestre la imagen de un templo, por no hablar del dogma de fe que se le rinde al billete de un dólar, no es casualidad, tampoco decoración. In God we trust quiere decir que se está dispuesto a cualquier sacrificio. El dinero representa el sacrificio y es capaz, al mismo tiempo, de mediar cualquier sacrificio a través del intercambio. Quien tiene suficiente dinero está liberado del sacrificio; puede comprarlo todo. Un motivo para el egoísmo.

El filósofo de la moral y economista escocés Adam Smith1 percibió cómo la tendencia al intercambio está fundada en la naturaleza humana e hizo al egoísmo responsable del deseo de intercambio. Del egoísmo como motor de la convivencia social proviene el concepto liberal de la economía y la sociedad, hasta hoy vigente. El egoísmo estimula a los hombres al intercambio, porque cualquiera quiere tener lo que es propiedad de otro. El valor de uso surge del valor de cambio. Porque el uso de cualquier objeto siempre existió, mientras los valores solamente existen cuando hay contravalores.2 Hombres con capacidades diferentes producen bienes diferentes. Acumulan montones de mercancías y son estimulados, por su propio egoísmo, a intercambiar sus productos por bienes que han producido otros. Esa es la idea fundamental según la cual la sociedad y el intercambio deben funcionar. Este concepto de sociedad, que de esta forma resulta racionalmente calculable, fue indiscutible durante los siglos XVIII y XIX. Por eso, diversos teóricos liberales han presumido que los grandes industriales, si quieren movilizar la fuerza de trabajo, solo tienen que dirigirse al egoísmo, es decir, nunca deben hablar de necesidades, siempre de beneficios. Este es un principio de la propaganda comercial que vale hasta hoy. El egoísmo como motor del intercambio fue la directriz dominante del concepto liberal de la vida económica. Es el motivo para el intercambio, mientras el intercambio mismo convierte todas las relaciones sociales en relaciones comerciales.

Pero la relación es ambivalente. Aunque es motor del intercambio, el egoísmo amenaza al mismo tiempo la vida civil de la sociedad, porque el deseo de apropiarse de los bienes ajenos existe también en ausencia de las relaciones de intercambio. Por eso, las restricciones, los decretos y las prohibiciones han organizado la convivencia social: son un poder extraeconómico que se impone por obligación. El egoísmo es un deseo pulsional que busca su satisfacción a toda costa; pero la sociedad debe accionar sus dispositivos para aplacarlo.

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Como sabemos, no solamente la reproducción material de la comunidad está determinada por la praxis del culto del sacrificio y las correspondientes racionalizaciones del mito y la religión: la organización de la sociedad misma está basada en una cadena de preceptos y regulaciones de los sacrificios. En el centro de cualquier formación comunitaria se ubica el tabú del incesto. Las reglas de parentesco establecen quién puede entrar en relaciones con quién, así como cuándo y bajo qué condiciones. Es un reglamento que determina la reproducción física, primero de las comunidades tribales, después de otro tipo de sociedades; hasta la actualidad, indica el fundamento del sacrificio de la sociedad por el todavía válido tabú del incesto. Son deseos pulsionales cuya satisfacción inmediata está prohibida y reemplazada por mediación y sustitución. El egoísmo, por ejemplo, es un sustituto de ese tipo, un derivado del deseo del incesto. Todo el proceso del desarrollo económico ha ido de sustituto en sustituto, al igual que los deseos prohibidos por sus descendientes han seguido un principio económico que domina la reproducción social y la convivencia en sociedad. La pulsión reprimida se rebela una y otra vez y busca la satisfacción a su manera. Se presenta transformada en formas eróticas de relación y se dirige, una y otra vez, a nuevos fines pulsionales: juegos prohibidos, asesinatos, guerras, o aparece simplemente como adicción patológica al enriquecimiento. A este proceso debemos la diversidad cultural y la muchas veces peligrosa riqueza de singulares individuos y grupos en la sociedad.

Cristóbal Colón comenta en su cuaderno de bitácora ese mecanismo que se activa automáticamente cuando los gobernantes no le pueden ofrecer al pueblo un sustituto de satisfacción en forma de “pan y circo”. Después de meses de odisea en el Atlántico, las escasas raciones y el presunto paraíso, todavía no visible, agravaron la situación en las carabelas. En estas condiciones, solamente la adicción —la adicción a Dios o al oro— podían haber ayudado; o sea, prenderse de algo absoluto cuando los deseos simples ya no se podían satisfacer. “Siempre en busca de mujeres y oro”, escribió Cristóbal Colón. Esto fue lo que motivó a la tripulación. Fue un motor que no se pudo frenar en la finalmente alcanzada tierra firme. Una horda arrebató todo lo que brilló o al menos lo que tenía senos brillantes. Innumerables cuentos relatan los muchas veces mortales efectos de la codiciosa caza del oro. La riqueza absoluta promete el absoluto poder de la disposición absoluta. Ella no depende más de la mediación social ni de las ligaduras.

El mito del rey Midas alerta sobre las consecuencias de una riqueza socialmente no mediada. Relata que Dioniso concedió a Midas un deseo por haberle regresado a su maestro y compañero de borracheras, Silenus, a quien Midas había encontrado en su jardín de rosas. Midas pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro.3 Por efecto de ese tacto mágico, no solo las piedras, las flores y los muebles de su casa se convirtieron en oro, sino también los alimentos y bebidas, en cuanto se los llevó a la boca. Para no morirse de hambre y sed, Midas tuvo que pedir a Dioniso que lo liberara de ese fatal don. Para ello, tenía que bañarse en la fuente del río Páctolo, que desde entonces lleva oro. El mito no solamente funda y racionaliza la historia real, también conduce a ella. Ahora el oro, por medio del trabajo, podía ser lavado en el río; quizá con una piel de oveja —el bellocino de oro— cuya forma, moldeada en bronce, circuló como dinero en la Grecia antigua. Mediado socialmente y transformado en oro o en dinero, el trabajo es necesario para entrar en relaciones de intercambio. Cualquier inmediatez destruye la vida social pues esta depende de las mediaciones y de las relaciones de intercambio.

Si el dinero es un producto del culto del sacrificio, entonces encarna sacrificios materiales, trabajo, servicios y, en el mismo momento —como materialización simbólica del sacrificio, como medio de pago universal—, está en condiciones de mediar los demás productos del sacrificio. Fuerza a la pulsión reprimida, al apetito sexual, al deseo de tener todo, a transgredir la ley, a emplear la violencia, e intenta adquirir el dinero directamente. El valor absoluto subordina todos los otros valores por debajo de él mismo. En tanto los compromisos se mantienen y la satisfacción de los deseos físicos y psíquicos está garantizada y balanceada en la sociedad, las violaciones de las leyes no se salen de los límites. Cuando la sociedad desaparece como sujeto legislativo y de regulación, que restringe la ambición egoísta y los deseos parciales, los diques que detienen la adicción al enriquecimiento se rompen y las relaciones de violencia se desencadenan, destruyendo los últimos restos de las relaciones civiles. El salvajismo se instala en su lugar.

Las reglas del culto del sacrificio son para las sociedades tribales lo que las relaciones sociales y de trabajo reguladas, el contrato social y las garantías del Estado de bienestar para la sociedad moderna. Estos forman la base de la reproducción física y espiritual de la sociedad. Aunque nunca, o solo realizadas en parte, pertenecen al proyecto de una sociedad civil políticamente compuesta que reconoce los mismos derechos para todos sus miembros y comprende tanto los derechos humanos como los económicos. Es el tipo de sociedad que proviene de la Ilustración de los siglos XVII y XVIII, de la Revolución francesa y de los movimientos sociales de los siglos XIX y XX. Como sujeto político e histórico y por razones de su propia existencia, esta sociedad tiene que subordinar todos los intereses económicos particulares a las necesidades de sus integrantes, porque ella es el sujeto: es una sociedad de individuos que determina sus formas de vida y reproducción autónomamente, en procesos democráticos de decisión.

En el momento que la relación se invierte y la sociedad ya no es el sujeto, esta deja de ser la dueña de su propia casa; a la merced de los caprichos del capital, ya no puede colocar los intereses parciales en el lugar que les corresponde. Es liquidada como sujeto autónomo y avanza hacia la desintegración. Esta tendencia se impone actualmente en todo el mundo. Por cierto, se trata de una tendencia que está incluida en la propia dinámica del capitalismo. Derribar todas las barreras, reconocer el egoísmo como motor psíquico esencial y promover la acumulación del capital —la producción del dinero por el dinero, a fin de cuentas— fueron siempre las metas. Hasta ahora, formalmente, el capitalismo ha estado bajo la tutela de las representaciones del Estado —autocrático o democrático— y ha tenido que servir a la sociedad. En todo caso, así surgió el capitalismo. La economía tenía que ser recurso y no fin en sí misma. Mediante la abolición de todas las obligaciones sociales del mercado y la eliminación de las trabas que enfrentaba el libre desarrollo del capital, la doctrina neoliberal ha invertido totalmente la relación entre sociedad y economía. Cuando la sociedad no limita al mercado se convierte en su subarrendataria.

Ahora, la producción de dinero por medio de dinero determina todas las formas del movimiento de la sociedad —si se puede llamar sociedad a ese producto en descomposición. Lo que vale es el dinero rápido: vender, comprar, vender; de ser posible, sin concreción en ninguna mercancía material. Quizás especular o jugar en la bolsa, donde el acceso al dinero ya no está frenado por su desvío a la producción de bienes económicos. La progresiva descomposición de la sociedad y su sustitución por la sociedad anónima significa la liquidación de los fundamentos físicos y psíquicos de la vida de los individuos. Quien no puede participar en el juego es echado a la calle. Las cuadrillas de ladrones y las familias unidas en forma de bandas no pueden ser sustitutos porque no reconocen individuos ni contratos sociales, tampoco el primado de la sociedad. Este es el final de toda seguridad social. La adicción al dinero conoce, como cualquier adicción, solamente un objetivo: ceder a la atracción para llegar a la sustancia soñada. El tráfico de drogas y armas es solo un paso provisional, pues aún supone el desvío de un producto. Sea en la bolsa, en el casino, por corrupción, extorsión o soborno: nada, solo dinero. Cuando el dinero es lo único que mueve a la gente, la recaudación de fondos se convierte en el único fin y medio de vida de los individuos. En este momento, la sociedad ya no existe.

1 Este problema lo desarrollé extensamente en: Horst Kurnitzky, La estructura libidinal del dinero, Siglo XXI, México, D. F., 1978/1992; eBook Amazon (Kindle), 2012.

2 Véase Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of The Wealth of Nations (Londres, 1789), introducción de Max Lerner, Nueva York, The Modern Library (ca. 1937).

3 El marxismo y la teoría económica invirtieron esta relación. Esto lo planteé en La estructura libidinal del dinero, óp. cit.

4 Véase Robert Graves, Los mitos griegos, tomo I (83 Midas), Alianza, Madrid, 1985, pp. 349-355.

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HORST KURNITZKY (Berlín, 1938) es doctor en Ciencias de las Religiones por la Universidad Libre de Berlín. Ha trabajado como arquitecto y enseñado en universidades de Alemania, Europa del Este y el continente americano, entre ellas la UNAM y la UAM. Es autor de numerosos libros, ensayos y artículos sobre arte, cultura, política y sociedad, entre otros temas.

Consulte la bibliografía y las notas de este texto en la versión electrónica .

Etiquetas: 269, Horst Kurnitzky, Pensamiento, septiembre 2013

De las nebulosas y caos en el estudio y la enseñanza de la Filosofía y de cómo podríamos intentar salir airosos de tales nematologías

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Todavía se estudia en España y con alguna variante también en algunos Estados de la Unión Europea, o se intenta, para ser más exactos, que se estudie una materia denominada Filosofía y Ciudadanía en los institutos de bachillerato – 1er curso – ( o lo que quede de este nivel que hoy en día se unifica con el nivel llamado, en España, enseñanza secundaria , lo que hace perder el peso específico que tuvo el propio bachillerato que duraba 4 años , reducido a dos en estos años, más o menos desde el 92 al 2013 )

En esta entrada quisiera referirme al problema con que me encuentro cada curso que comienza. Se trata de lo que llamaré una especie de caos en cuanto a lo que significa el concepto de filosofía, y el caos mental que estas confusiones , o esta nebulosa, esta nematología ( para utilizar un concepto que plantea el Materialismo Filosófico ) producen el los sufridos estudiantes españoles 

Para tratar de solventar el problema, recurro a una conferencia de Gustavo Bueno, entre otros materiales de la filosofía materialista, más precisamente, el materialismo filosófico. La conferencia se publicó en forma de libro, que recomiendo a aquellas personas que se interesen por aclarar el nebuloso, nematológico uso que se suele dar en muchos casos cuando se enseña la materia de filosofía en las aulas, o quienes estén interesados en conocer un poco más acerca de los problemas que surgen en torno a este asunto. ENLACE AL LIBRO ¿ QUE ES FILOSOFIA ? , de Gustavo Bueno

 

Gustavo Bueno 
¿Qué es la filosofía? 

El lugar de la filosofía en la educación. 
El papel de la filosofía en el conjunto del saber constituido por el saber político, el saber científico y el saber religioso de nuestra época.
 
Pentalfa Ediciones, Oviedo 1995 
107×180 mm, 122 páginas, ISBN 84-7848-488-4 

Primera edición: septiembre de 1995 / Segunda edición: noviembre de 1995 / Tercera edición: marzo de 1999