Yiddish songs from Soviet era un Ukraine a recovered History treasure

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Reseña de Imperiofobia y Leyenda Negra, de Elvira Roca

Sábado, 26 de enero de 2019

LIBREPENSADORES

Hispanofonia y antiespañolismo

Thierry PreciosoPublicada el 16/03/2018 a las 06:00Actualizada el 15/03/2018 a las 20:36

En el otoño del 2017 recibí el ensayo histórico Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca Barea, pertenecía a su duodécima edición. Este libro fue publicado por primera vez en octubre de 2016 y encuentro muy alentador que tantos ciudadanos estén intentando acercarse a la verdad histórica. El ensayo consta de tres partes, dieciséis capítulos, casi 500 páginas y 716 notas en bajo de pagina, sin embargo su bibliografía nos ofrece la cantidad modesta de 14 libros de otros tantos autores.

El texto es tan denso que me abruma bastante pero sacando cositas intentaré construir un hilo argumental y de vez en cuando manifestaré alguna que otra opinión personal. Al utilizar la palabra antihispanismo me quiero referir a la hispanofobia expresada desde fuera del ámbito hispánico mientras que emplearé el termino de antiespañolismo para señalar la aversión contra España desde el seno mismo del Estado español.

La historiadora Roca Barea diferencia el modelo imperial del modelo colonial. Apunta que en el segundo caso es esencial el mantenimiento de la diferencia entre colonia y metrópoli y esta segregación se manifiesta en una multitud de aspectos entre los cuales está la libre circulación de personas que es extremadamente limitada para las personas no metropolitanas. En cambio define el modelo imperial como mucho más inclusivo porque avanza replicándose a sí mismo integrando territorios y poblaciones convirtiéndose en una meritocracia. A modo de ejemplo, varios emperadores de Roma nacieron en la Península Ibérica, siendo Adriano el primero de ellos. Como modelos de construcciones más meritocráticas que colonialistas la historiadora estudia los imperios romano, español, ruso y estadounidense y las manifestaciones fóbicas subsiguientes hacia esos imperios.

La imperiofobia es un racismo “hacia arriba” que necesita entre otros condicionantes un fuerte poder local donde apoyarse. En un mismo sitio pueden darse los dos racismos, hacia arriba y hacia abajo. Pienso que en la actualidad esto ocurre en algunos Estados del Este de la Unión Europea cuando unas veces manifiestan un racismo hacia abajo construyendo barreras para impedir la llegadas de refugiados sirios mientras que otras veces expresan el racismo hacia arriba de la imperiofobia al promover una política agresiva contra Rusia con el fin ultimo de desmembrarla.

La definición de leyenda negra que la autora prefiere es la del historiador estadounidense William S. Maltby, este la define como “la opinión según la cual en realidad los españoles son inferiores a los otros europeos en aquellas cualidades que comúnmente se consideran civilizadas”. La acuñación de este término se atribuye al políglota, escritor y funcionario progresista Julián Juderías que con el objeto de refutarla publicó un libro titulado La leyenda negra en 1914. Pero la primera persona que la utilizó en publico fue Emilia Pardo Bazán durante una conferencia en París en 1899.

Es el profesor de la Universidad de Gotemburgo Sverker Arnoldson quien situó la primera manifestación de la leyenda negra antiespañola en Italia. Esta hipanofobia empieza al difundir una serie de tópicos sobre los españoles que aluden entre otros a su vertiente goda o bárbara y también a su peccadiglio de sangre semita, tanto judía como mora, por lo que podían ser malos cristianos. El termino de “marrano” que hace referencia a los judeoconversos llegará a ser usado como sinónimo de español en la Italia del siglo XVI.

Comprobar, hoy en día, que en el fondo de la hispanofobia siempre anida algún antisemitismo no es complicado.

No obstante la autora sostiene que hubo en Italia una ambivalencia de sentimientoshacia España en la que cabía también cierta hispanofilia. Observa que el Imperio español y los Estados italianos mantuvieron una relación de alianza que duró más de dos siglos hasta el tratado de Utrecht en 1715. Durante este tiempo miles de italianos se integraron en la maquinaria imperial española llegando a puestos de gran relevancia y muchos españoles emigraron a Italia, por ejemplo en torno a 1600 un tercio de la población de Roma era española. Desde Benedetto Croce a Thomas James Dandelet numerosos estudiosos de esta época destacan que fue gracias al paraguas protector español que pudo tener lugar la maravillosa Italia Renacentista. Además destaca que si bien en Italia hubo prejuicios hacia lo hispano estos procedían del malestar en un pueblo culto y rico que se consideraba heredero del imperio romano pero que, a diferencia de las leyendas negras procedentes de los países protestantes y de Inglaterra, en ninguno de los Estados italianos hubo nunca un taller especialmente dedicado a la propaganda antiespañola.

Erasmo de Róterdam (1466-1536), cuyo nombre original era Geert Geertsen, fue un humanista, filosofo y teólogo neerlandés autor de importantes obras escritas en latín. Erasmo pensaba que Carlos V tenía la competencia suficiente para desarrollar un imperio europeo basado en la religión católica (universitas christiana) y le dedicó su Institutio principis christiani donde expone este ideario político opuesto al de Maquiavelo. Carlos V era emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1520-1558) y con el nombre de Carlos I también fue rey de la España recién unida (1516-1556). Según Marcel Bataillon y José Luis Abellán la influencia de Erasmo fue enorme en España pero cuando el cardenal Cisneros le propuso ocupar una cátedra en Alcalá de Henares él no aceptó la invitación. La razón de este rechazo es que Erasmo era profundamente antisemita y había asumido el prejuicio esparcido por los italianos de que la sangre y la cultura españolas estaban demasiado mezcladas con lo moro y lo judío.

Después, el protestantismo fue la carga principal de dinamita con que se voló el proyecto erasmista. Opuestas a la idea de unidad europea triunfaron las monarquías absolutistas y las razones de Estado de las diferentes naciones el continente quedando fragmentado. Antes en la iglesia había habido guerras, fracturas con varios papas simultáneos pero al final siempre se había podido salvaguardar la unidad de la cristianos. Entonces: ¿por qué con el cisma de Martín Lutero no se pudo hacer lo mismo? Porque el rechazo de la Universitas Christiana del emperador Carlos pasaba necesariamente por el cisma religioso. Ya durante el siglo XV en los territorios germánicos tuvieron lugar múltiples revueltas sociales de campesinos pobres que identificaban el catolicismo romano como un poder extranjero e ilegitimo. En 1520 en su A la nobleza cristiana de la nación alemana Lutero identifica el Papa con el anticristo. En 1524 estalló la guerra de los campesinos que fue hasta la revolución francesa la revuelta popular más importante habida en Europa. Al final Lutero dio su apoyo a los señores germanos ligando así su destino a unas oligarquías locales que tenían un problema por arriba (Carlos V) y por abajo (el campesinado rebelde). Lutero expresó en panfletos que el catolicismo representaba un poder extranjero y pidió que los bienes de la iglesia fueran restituidos a los alemanes (germanos). Entonces los príncipes alemanes comprendieron que podían utilizar el malestar de los campesinos empobrecidos contra el emperador Carlos V y estaban también plenamente conscientes de que nada podía hacer más daño a la Universitas Christiana que un cisma religioso. Es por eso que la iglesia no pudo reconducir el cisma de Lutero como había ocurrido con las escisiones anteriores… Cuando se firma la paz de Augsburgo el 25 de setiembre de 1555 el imperio se queda dividido en dos partes una con un poder luterano y otra bajo la autoridad católica.

El himno de los Países Bajos que los niños aprenden en las escuelas comienza como así sigue: “Juro ante Dios y su gran poder/que nunca he repudiado a mi rey/pero hube de obedecer a Dios, Su Alta Majestad,/y acatar sumiso su justa voluntad. […] Mi alma se atormenta, pueblo noble y fiel,/viendo cómo te afrenta el español cruel”.

Es un texto en el que el héroe nacional Guillermo de Orange jura ante Dios exactamente lo que necesita jurar para dar legitimidad a su causa.

Según la versión universalmente aceptada la rebelión de los Países Bajos comenzó en 1566 y duró hasta el tratado de Munster en 1648. Esta sucesión de guerras ha sido presentada unicamente como un conflicto entre flamencos y tropas reales españolas, cuando en realidad era en primer lugar una guerra civil en los Países Bajos. En las tropas realistas había más flamencos que españoles y a menudo había más extranjeros en los regimientos de la rebelión que españoles en los regimientos de la corona española, por ejemplo en 1638 Richelieu envió 18.000 infantes y 6.000 de caballería. Francia también financió a los rebeldes pero este dato se ha ocultado para magnificar la vertiente flamenca de la rebelión contra la corona española. Con Guillermo de Orange la labor de desacreditación de los españoles alcanzó su apogeo, utilizó toda una maquinaria bien engrasada para difundir exageraciones, mentiras y bulos. Por ejemplo la propaganda convirtió al duque de Alba (1569-1573) en un monstruo elevando el numero de 1073 ejecuciones a 200.000 muertos. En 1570 Alba propuso leyes nuevas para humanizar el derecho criminal que fueron rechazadas por las oligarquías locales por ser demasiado igualitarias y blandas. Sin embargo sus Ordenanzas Criminales supusieron la introducción de un código que eliminó muchas practicas abusivas y corruptas en la administración de la justicia de proximidad. Según el historiador belga Gustaaf Janssens “el hecho de que las leyes penales del duque hayan constituido la base practica del procedimiento penal y del Derecho Penal en los Países Bajos durante dos siglos y medio aproximadamente demuestra que fueron ejemplares en su momento”.

La hispanofobia nació en Inglaterra en 1534 cuando Enrique VIII se proclamó cabeza de la Iglesia anglicana. Allí el antihispanismo no se fue desarrollando como un mero prejuicio al modo italiano sino que conllevaba una campaña de propaganda stricto sensu como en los casos alemán y holandés. Enseguida se desarrolló una demonización de la iglesia y de su defensora, España, calificada de ramera de Babilonia (the whore of Babylon). Luego el odio antihispano siguió desarrollándose sin discontinuidad a través de piezas de teatro como El alguacil mayor Blurt (1602), El alquimista (1612), El juego de ajedrez (1624), entre muchas otras. En cambio, en la obra de Shakespeare no hay rastro alguno de anticatolicismo o hispanofobia y ya no hay duda que el gran dramaturgo era católico como su padre y su hija Susanna ambos recusantes declarados. El visitante del parque temático que constituye hoy su pueblo natal, Stratford upon Avon, no encontrará ninguna mención que avale esta condición del gran dramaturgo. Este hecho mantenido oculto no ha sido oficialmente reconocido hasta 2011 cuando el primado de la Iglesia anglicana Rowan Williams admitió oficialmente que Shakespeare era católico.

En Inglaterra como en los Países Bajos el triunfo de la religión de Estado mandó a las catacumbas durante siglos a los católicos ingleses que vivieron bajo la sospecha de traición.

Entre 1845 y 1849 hubo la denominada gran hambruna irlandesa con más de dos millones de fallecidos y otros dos millones emigrando principalmente a Estados Unidos sobre una población de poco más de siete millones. Oficialmente esta hambruna tuvo lugar por culpa del escarabajo de la patata pero en realidad fue por falta de alimentos, la patata no siendo lo único que se puede comer. En Escocia y Finlandia hubo la misma plaga y ni de lejos ocurrió la misma catástrofe humana que en Irlanda. Además la población protestante de la isla no sufrió hambruna ni se vio mermada. Desde el puerto de Cork se sacaban diariamente 247 sacos de trigo y las exportaciones de alimentos por los puertos irlandeses crecieron entre un 30 y 40 por ciento. El ejercito británico desplegó unos 200.000 hombres para garantizar el flujo de las exportaciones de alimentos y evitar estallidos de violencia. En 1848 Nassau William Senior, economista de su majestad, expresó su miedo de que la política llevada a cabo en Irlanda “no matará más que un millón de irlandeses en el año y esto difícilmente será suficiente”. Resulta evidente que con los silencios cómplices de una parte de la jerarquía católica y de sectores católicos bien posicionados en el Imperio británico un genocidio tuvo lugar y la proporción de fallecimientos en relación a la población fue literalmente polpotiana. Entre los historiadores que han trabajado sobre esta gran hambruna (An Gorta Mór, en irlandés) está el estadounidense Tim Pat Coogan que publicó The Famine Plot en 2012.

En la conquista de México Hernán Cortés tenía muy pocos hombres (unos 500) y tuvo que encontrar el apoyo de pueblos indios como los tlaxcaltecas sojuzgados por los Aztecas. Roca Barea no habla de ello pero señalo que el historiador francés Christian Duverger atribuye la autoría de la conocida obra de Bernal Díaz del Castillo Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España al propio Hernán Cortes.

El estatuto jurídico del Nuevo Mundo es de la unión real con la Corona de Castilla. Los nuevos territorios no pertenecen a Castilla sino que están unidos a ella a través de la persona del rey y de los órganos gubernamentales que comparten. Jurídicamente hablando el Nuevo Mundo no fue nunca colonia de España y sus habitantes indígenas fueron tan súbditos de la Corona como los españoles peninsulares. Para esos territorios el término usado era reinos de ultramar. El uso de la palabra colonia vino de Francia con sus estatutos jurídicos diferenciados entre metrópoli y colonias. Ya he señalado que según la historiadora el imperio se distingue del colonialismo porque avanza replicándose a sí mismo e integrando territorios y poblaciones.

Los Reyes Católicos fueron los primeros en Europa en separar el ejercicio de la profesión medica de la caridad religiosa y negaron validez a los grados médicos dados por la iglesia con el fin de orientar la salud y la gestión de los hospitales hacia la competencia del Estado. La medicina es la primera profesión en España que es sometida a riguroso control jurídico. Entre 1500 y 1550 se levantan en las Indias (América) unos veinticinco hospitales grandes, además es raro que una población de más de 500 habitantes no tenga centro medico.

Se fundaron allí más de veinte centros de educación superior. Hasta la independencia salieron de ellos aproximadamente 150.000 licenciados de todos los colores, castas y mezclas.

La administración de los reinos de ultramar estuvo sometida desde el principio a sistemas cruzados de control y los funcionarios públicos desde virrey a alguacil estaban sometidos a los juicios de residencia.

Desde que llegaron al Nuevo Mundo los dominicos tomaron sobre sí la defensa de los indígenas y la denuncia de las injusticias que se cometían con ellos. En 1511 es fray Antonio de Montesinos quien inicia este movimiento de defensa de los derechos humanos.

También hay que destaca al jurista jesuita Francisco Suárez (1548-1617) autentico precursor de los derechos humanos cuando escribió “Todos los hombres nacen libres por naturaleza, de forma que ninguno tiene poder político sobre el otro” y añadía: “Toda sociedad humana se constituye por libre decisión de los hombres que se unen para formar una comunidad política”.

Es evidente que se estuvo estableciendo un cuidadoso ninguneo de los logros de España y de la América hispánica tanto por parte del protestantismo como luego de la intelectualidad ilustrada. Otro ejemplo entre innumerables casos de este ninguneo: un manto de silencio estuvo ocultando la labor de la escuela de Salamanca que desde el siglo XVI activa en los más diversos campos de estudio. Roca Barea cita al “Manual de confesores y penitentes” con 92 ediciones entre la mitad del siglo XVI y el primer cuarto del siglo XVII. El “Comentario resolutorio de los cambios” es uno de los cuatro apéndices que acompañaban al Manual y pronto tuvo vida propia con varias traducciones y durante décadas fue editado en los principales centros editoriales europeos. En este apéndice Martín de Azpilicueta ofrece un análisis de la realidad económica donde se desarrollan por primera vez conceptos como el fenómeno de la inflación…

Por mi parte, intentando aprender, suelo escuchar debates de economía en la radio y muy frecuentemente se menciona la famosa crisis de los tulipanes holandeses con el precio subiendo una barbaridad; esta crisis se cita tan a menudo que a veces veo tulipanes hasta en la sopa. Sin embargo nunca he oído mención alguna del “Comentario resolutorio de los cambios” en esos debates radiofónicos y televisivos. Atisbo una conjura de silencio de siglos.

Volviendo al ensayo de María Elvira Roca Barea me entero de que en la decisiva “History of Economic Analysis”, publicada en 1953 por suerte, Schumpeter dedica bastantes paginas a Azpilicueta y otros maestros de Salamanca.

Entre 1775 y 1783 Bernardo de Gálvez colaboró muy activamente a la independencia de Estados Unidos, entre sus 7.000 hombres 1.500 eran indígenas semínolas.

Al principio del siglo XIX Hispanoamérica aún cuenta con las ciudades más pobladas y las mejores infraestructuras del continente. El declive económico de América del Sur empieza después del momento de la independencia y de la década de 1830.

La Inquisición nació en 1184 en el Languedoc para luchar contra le herejía de los cátaros. Entre los tópicos de la hispanofobia la investigación histórica ha conseguido desmontar el mito de excepcionalidad de la Inquisición española casi por completo. Otra cosa es que el resultado de esta investigación no haya calado en el imaginario popular. Si bien en el siglo XVIII la inquisición fue algo más activa en Francia que en España a Lavoisier fue la Revolución que en 1794 ordenó su muerte mediante la guillotina con una excusa cualquiera. Los estudios de varios historiadores sobre las 44.674 causas abiertas por la Inquisición en España dan cifras que van de 1.346 a 3.000 personas condenadas a muerte. La cifra más alta la da Henry Kamen.

Sir James Stephen calculó que el numero de condenados a muerte en Inglaterra en tres siglos alcanzó la escalofriante cifra de 264.000 personas. Henningsen calcula que en la Edad Moderna fueron quemadas unas 50.000 brujas: la mitad en los territorios alemanes, 4.000 en Francia y 27 por el Santo Oficio. Sin embargo la propaganda antihispana ha calado tan bien que la figura del fanático inquisidor español está presente en muchísimos literatos entre los cuales se encuentran Schiller, Dostoievski, Umberto Eco y Perez Reverte.

La intelectualidad ilustrada incorpora una parte importante de los tópicos de la hispanofobia protestante pero añade otros. Esta versión nos interesa porque es la que va a perdurar hasta nuestros días. Aparta a España no ya de Dios si no de la modernidad. Es destacable que Francia siendo la ultima en producir masivamente una propaganda antiespañola a finales del siglo XVI fue también la que más influencia tuvo en consolidar antihispanismo por el continente en el siglo XVIII. La hipanofobia está en Pierre Bayle, en Montesquieu, en Voltaire que puede considerarse uno de los grandes renovadores del mito de la Inquisición. Un recorrido por la Encyclopedie muestra hasta hasta qué punto la hispanofobia es nuclear en la Ilustración francesa. Segun Raynal: “L’Espagne resta stupide dans une profonde ignorance” [España permació estúpida en una profunda ignorancia]. Sin embargo el más activo en la hispanofobia fue un escritor de “tercera” Masson de Morvilliers. Hay que decir que Francia tenía grandes problemas coloniales, una situación higiénica deplorable en París y en la atmósfera del país galo también tenían un papel muy relevante la rusofobia y el antiamericanismo. El conde de Buffon tomando el relevo del sueco Carl von Linné desarrolla una teoría racista catalogando las razas humanas de mayor a menor categoría. Por su parte Voltaire ataca con idéntica saña el catolicismo y el judaísmo.

Hubo una lucha a muerte contra contra la compañía de Jesús, en Francia los ilustrados que la llevaron a cabo habían sido educados por los jesuitas. En España fue Carlos III quien expulsó a los jesuitas del Imperio. Hubo destrucciones de bibliotecas de los jesuitas en América, sus archivos además de los en castellano albergaban textos en latín, griego, hebreo, lenguas indígenas y más… Los jesuitas habían llevado un política de protección y desarrollo educativo de los amerindios verdaderamente valiosísima y esta expulsión fue una autentica catástrofe humanitaria para las poblaciones indígenas.

Cuando en la primera parte del siglo XIX empezaba producirse el derrumbamiento del imperio, los liberales en España sintieron la necesidad de echarle la culpa a alguien de la postración nacional y la leyenda negra con todos sus tópicos entre los cuales la excepcional intolerancia religiosa española ofrecía un mecanismo inmejorable para que los contemporáneos pudieran eludir cualquier responsabilidad propia.

Según la autora la versión de la historia de Europa unánimemente aceptada y académicamente sancionada se escribió para justificar el protestantismo, los nacionalismos y el colonialismo. Esta aseveración me parece muy acertada viendo como en el siglo XIX Inglaterra, Francia, los Países Bajos, Bélgica y Alemania emprendían a la vez unas conquistas de territorios tan extendidos que resultaban unos auténticos fuegos de artificio del colonialismo. De paso apunto que el positivismo bajo su caparazón aparentemente progresista era muy pernicioso cuando servía para justificar el colonialismo.

Pero aun reconociendo en general la validez de la aseveración de la historiadora considero que la reforma protestante a pesar de sus defectos también ha traído algunos elementos muy positivos. En efecto al moverse contra un mundo católico algo apalancado por su carácter excesivamente “comunista” o comunitario los movimientos del protestantismo han impulsado de manera extraordinaria las libertades individuales en Estados Unidos y en Europa. La cuestión es el precio humanitario que se pagó por ello.

Al principio del siglo XX aparecieron en Estados Unidos unos historiadores oponiéndose al racismo hispanófobo habitual de sus correligionarios. Empezaron a valorar de manera positiva la herencia hispana presente en Estados Unidos desde Florida a California, muy especialmente su mestizaje con las poblaciones indias. Entre otros la historiadora cita a Charles F. Lummis, Edward G Bourne, Lewis Hanke, Philip W. Powell y Marc Simmons. La profundidad del cambio se nota en que en los manuales de enseñanza media se cita expresamente la leyenda negra como factor deformador de la historia. Desgraciadamente esta revaluación histórica no ha tenido lugar en Europa.

Roca Barea analiza la hispanofobia presente en gran cantidad de películas y emisiones de televisión. Algún documental arranca con la bandera española ondeando junto a la esvástica hitleriana y la belga Christiane Stallaert iguala historia de España y nazismo. A mí esto ultimo me hace recordar que apenas creada Bélgica no quería ser menos que sus potentes vecinos y para adjudicarse un enorme trozo de África central no dudó en perpetrar un genocidio de diez millones de congoleños. En 1881 la capital se bautizó Leopoldville en honor al rey de los belgas Leopoldo II. Desde 1966 la capital del actual Zaire se llama Kinsasa.

Finalmente la autora analiza la crisis que estalló en 2007 como el sometimiento por parte de un Norte imbuido de su rigor protestante de un Sur, especialmente Grecia en este caso, al que califica de derrochador y poco serio. Al descubrir el tono de sus descalificaciones en la ultima pagina me entró un vértigo: ¿después de haber coincidido en muy gran medida con la historiadora durante más de 470 páginas, iba yo a separarme irremediablemente de su conclusión?… ¿Iba ella a proponer la salida del Estado español de esta Unión Europea que de alguna manera entronca con el sueño erasmista de la España del principio del siglo XVI?…

Uff no fue el caso… Aunque tilda la Unión Europea de monstruo de Frankensteinconsidera que no hay otro camino que reformarla para que funcione bien. Pero apunta a que nuestros hijos y nietos van a cargar de manera casi irremediable con los sobrecostes de la crisis y que no debemos negarles la amarga verdad: que la culpa mayor la tenemos nosotros que no fuimos capaces de defender nuestros intereses y los suyos. Yo entiendo que a través este desenlace María Elvira Roca Barea nos dice que para que se nos respete debemos primero respetarnos a nosotros mismos. Este colofón me vale y me confirma en la idea de que el antiespañolismo que proviene del interior de España es mucho más nocivo que el antihispanismo.

El 5 de mayo de 1981 cuando Booby Sands falleció después una huelga de hambre yo estaba en Londres. En el pub izquierdista de Upper street en Islington donde solía alternar se respiraba enojo pero fuera en las calles la vida cotidiana seguía su curso habitual, las ventas en Oxford street iban a pleno rendimiento. Creo que la mayoría silenciosa opinaba que eso era desagradable pero que no se debía ceder a los terroristas. Cuando me fui de Londres a principios de julio cuatro irlandeses ya habían muerto. Luego las victimas de la huelga de hambre escalonada llegaron a diez. Estoy seguro que, de haber ocurrido en el Estado español, algunos destacados antiespañolistas componentes de la “izquierda airada” se hubieran apresurado en clamar que la democracia del 1978 no era tal, que se veía a las claras que no tenía nada que ver con, por ejemplo, la democracia británica tan ejemplar.______________
Thierry Precioso es socio de infoLibreMás contenidos sobre este tema 

  • Birth 318/03/18 15:44Interesante sumario, T. Precioso. Coincido en varios puntos mencionados por Grobledam. Creo que el más relevante es la ausencia en el estudio del imperio británico. Por otra parte esta ausencia refleja igualmente las dificultades de confrontar modelos históricos: el imperial y el colonial, tal como propuesto inicialmente. Cuestiono algunas aserciones que, claro está, no podrían sino ser compensadas con buena previa lectura del libro. !Gracias por el trailer!ResponderDenunciar comentarioOcultar 1 Respuestas01
    • @tierry_precioso18/03/18 20:02Hola Birth 3. Habla de dos imperios británicos. Del primero habla cuando hubo la secesión de las 13 provincias dando nacimiento a Estados Unidos.  
      Luego dice que el segundo imperio británico nacido en el siglo 19 fue ideado de manera distinta para que no vuelva a ocurrir algo como Estados Unidos, fue el imperio mâs extendido (casi la mitad del mundo) pero no de una duración enorme, algo mâs de un siglo. Un saludo.ResponderDenunciar comentario00
  • Grobledam18/03/18 14:031de 2:
    Muchas gracias por su artículo Tierry y a Infolibre por publicarlo aquí.
    Yo también soy otro de los “autodidactas” que ha querido profundizar -desde hace tiempo ya- en la “Leyenda negra”, sin ningún interés patriotero, si no más bien persiguiendo la intuición de que en la historia del ascenso y declive del Imperio español había falsedades; pero sobre todo omisiones. Por vocacion, mis lecturas e indagaciones se enfocaban principalmente a la historia de la navegación marítima y según iba avanzando más diáfano surgía el hecho de la ocultación de las grandes gestas marítimas en las que españoles y portugueses (no hay que olvidar también el hecho de la omisión del país hermano en estos sucesos) abrieron el mundo a los ojos de la historia y crearon los caminos por lo que ésta círculo a partir de entonces.
    Resulta difícil entender el mundo actual sin conocer y profundizar en la historia de los descubrimientos, avances y rutas marítimas que a partir del siglo XV navíos hispano-portugueses con lo mejor de la tecnología punta de la época (como las naves espaciales de la actualidad) crearon y dejaron para la posteridad.
    Inexplicablemente (ahora ya vamos entendiendo cómo y por qué) hasta el siglo XVIII, donde navíos holandeses, franceses y -sobre todo- británicos cogieron el testigo nada (o prácticamente nada) se nos ha contado y se ha investigado en profundidad. Cómo muestra, una de las más grandes gestas de la historia de la humanidad: el periplo de la primera navegación alrededor del planeta, que está a duras penas narrada y no tiene una mísera buena película o novela que la traslade a la cultura popular, precisando sin más la mera narración de los hechos reales que suponen/supusieron por sí solos, sin necesidad de ficción alguna, una auténtica aventura al nivel de las mejores ficciones de Hollywood.
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    • Grobledam18/03/18 14:382 de 2:
      Y no será por falta de datos, notas, cédulas, manuscritos, manifiestos y todo tipo de documentos que dieran fe de lo acontecido. Contrariando otro bulo, reconocido hoy por la cultura popular, los españoles de la época eran metódicos y ordenados y todo está convenientemente descrito, anotado y archivado (menos lo que se ha robado con posterioridad) en los ingentes Archivos de Indias en Sevilla y de la Navegación en Viso del Marqués. 
      Documentación que, afortunadamente, (otro bulo a denunciar) está adecuadamente conservada y poco a poco conveniente y exhaustivamente catalogada para que el futuro nos cuente la historia como real y veridicamente aconteció con sus luces y sombras, obviando falsedades, ocultaciones y menosprecios de intereses espurios que, lógicamente, también son parte de la historia.
      Insisto en el hecho de que el afán que me mueve en mis lecturas, estudios e investigaciones no es el cultivo de un patrioterismo sinsentido y desfasado. De hecho dejo constancia de que el hecho de denominar “españoles” a los seres humanos de aquellas épocas y España al estado que tuteló los sucesos y acontecimientos de ese momento y sentirlos afines a los ciudadanos del actual estado español es mera transcripción histórica. Humanamente hay nexos, apellidos, costumbres, tradiciones e idiomas comunes. No puede ser de otra manera por cuestiones geográficas; pero si acaso pudiéramos tomarnos un café y charlar un rato un siervo de aquel Imperio y un ciudadano de la actual Unión Europea descubriríamos cuánto nos separa y cuánto nos une tras el lapso de tiempo transcurrido.
      Dejo aquí referencia de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval de la Universidad de Murcia que es un ejemplo a seguir y extender para poder disfrutar de la auténtica aventura del ser humano en la historia, en honor, respeto y recuerdo de los españoles de entonces y de los de ahora.
      Sin despreciar las ficciones, aventuras narrativas y cuentos variados de la narrativa anglosajona con la que un servidor, al menos, se lo ha pasado en grande. Ojalá haya, en el presente y futuro, energía (no hace falta mucha inventiva) y buena técnica narrativa para contarnos lo que realmente pasó.ResponderDenunciar comentarioOcultar 3 Respuestas01
      • @tierry_precioso18/03/18 19:48Hola Grobledam, no sé tanto de marina aunque por el servicio militar en el 76/77 pasé ocho meses en el océano Indico, había las islas Diego Garcia y Diego Suarez donde no estuve. 
        Sî, me parece que Roca Barea dice que cuando un español ha descubierto algo y después pasa otro europeo, en general es este ultimo que da el nombre. Recuerdo un único ejemplo: Humboldt que dio nombre a la corriente marítima, dice que me parece bastante antes, tal vez un siglo, pasó un navegante español Acosta allí pero la corriente se quedó con la denominación de Humboldt. 
        Al lado de eso habla de Humboldt relacionado con el protestantismo, venîa un poco como espía para denigrar el imperio español pero finalmente a veces no dijo todo lo malo que esperaban los que le habían mandado allí. Un saludo.ResponderDenunciar comentarioOcultar 2 Respuestas00
        • Grobledam18/03/18 20:52Gracias por tu respuesta Tierry. Efectivamente, el actual mapamundi está intitulado con las denominaciones anglosajonas, superpuestas a las denominaciones hispano-portuguesas de aquéllos que las descubrieron. Es parte de la falsedad o reinterpretación de la historia de la que aquí queremos hablar. Creo que es en el Patio de Armas de la Escuela Naval de San Fernando en Cádiz donde hay una inscripción que dice “el mundo aprendió a navegar en libros escritos en español” y yo añadiría con Cartas Marinas (geográficas) levantadas por marinos españoles. Los datos, anécdotas, referencias bibliográficas son infinitas; pero curiosamente voy a recomendar a quien esté interesado en el tema un libro escrito por un anglo-español (padre inglés y madre española) nacido en Oñate y educado en San Sebastián, aunque luego ciudadano del mundo con pasaporte inglés. El libro en cuestión es un “tocho” pero muy ameno de leer, casi novelado, aunque fiel a la historia. Se titula “Los navegantes” y narra la epopeya vital de cuatro marinos sin los que la historia mundial hubiera sido muy distinta: Magallanes, El Cano, Urdaneta y Legazpi. Nada menos.
          Un afectuoso saludo.ResponderDenunciar comentarioOcultar 1 Respuestas00
          • @tierry_precioso18/03/18 21:29Edward Rosset, no conocía. Gracias, un cordial saludo.ResponderDenunciar comentario00
  • Ambón17/03/18 10:27El libro de Elvira Roca, es imprescindible para comprender el proceso histórico del imperio español y en general, la diferenciación entre imperio y regimen colonial. También aporta muchos datos para que los españoles nos quitemos complejos de gente atrasada intelectualmente o crueles, pero tenemos que cuidarnos de caer en el triunfalismo de considerarnos mejores, en ocasiones la autora se acerca mucho al filo de la autocomplacencia, tanto en lo que se refiere al imperio español como a los otros especialmente al USA. En algunas ocasiones también se diluyen mucho los bordes entre la defensa de un regimen imperial y la defensa del imperialismo, que, a mi modo de cer, son cosas bien distintas.

    De todos modos, si tu artículo sirve para que unos cuantos se acerquen a este libro esencial y que lo hagan con actitud crítica, bienvenido sea, pero como tu bien dices, deben entrar preparados, en algunos momentos es un texto pesado para los que somos simples aficionados a la historia, les animo a seguir adelante y terminarlo.ResponderDenunciar comentarioOcultar 1 Respuestas01
    • @tierry_precioso17/03/18 12:39Buenos dîas Ambon. Acabo de darme cuenta de un pequeño error, me equivoqué al mandarlo, el titulo es Hispanofobia y no Hispanofonia. Creo no tiene mayor transcendencia. 
      A veces escribiendo sobre un libro no quería decir demasiado para que el lector se quedara lo suficientemente “virgen” como para empezarlo. Esta vez no era el caso porque como dices es muy interesante pero algo pesado y he intentado hacer una suerte de síntesis para que se tenga una idea aproximada de Imperiofobia y leyenda negra. Claro que no están cosas interesantísimas del libro como por ejemplo los no sé si 60 o 120 imperios antes de nuestra era que por lo visto siempre aúnan pueblos asentados con modo de vida agrícola con pueblos pastoriles nómadas. 
      Un saludo.ResponderDenunciar comentario00
  • M.T17/03/18 05:56Excelente artículo y comentarios. Gracias y felicidades, Thierry. Saludos.ResponderDenunciar comentarioOcultar 1 Respuestas01
    • @tierry_precioso17/03/18 08:28Buenos dîas M.T. No engañaba, desde siempre he leído todos los dîas el… periodico pero muy pocos libros. Ocurre que llegado a los 59 acabo de empezar a leer libros con gusto. 
      Intentaré leer suficientes novelas ya que tengo una tendencia hacia los ensayos, especialmente los de historia. Feliz sábado.ResponderDenunciar comentario00
  • Jorge Ulanovsky Getzel16/03/18 14:49Hola Thierry. Muy de agradecer un artículo que nos invita a observar la realidad desde la perspectiva de un más largo recorrido. Ha sido oportuna la elección del texto y son lúcidas tus contribuciones. María Elvira Roca Barea logra ser convincente, con este libro tan documentado, polémico y provocador sobre la  diferencia conceptual entre Imperio e imperialismo. Desde luego que abres un debate que podría (y debería) llevarnos horas conversación. Me limito a formular algunas objeciones. Afirma Roca Barea: “Todo el asunto de este libro se reduce a eso: el mandar y lo que le pasa al que manda con su reputación”. Cierto es que es muy fácil criticar al que manda pero convengamos que aún más cómodo resulta cuestionar al crítico cuando uno se sitúa del lado de los poderosos. En cuanto al antiamericanismo imperiofóbico, ¿pensaría la historiadora de otro modo de ser exiliada, familiar o amiga de desaparecidos cuando la Operación Cóndor, que ni menciona? Y por último, “intelofobia”. Es curiosa su insistencia en señalar que la leyenda negra y la Imperiofobia se originan como propaganda elaborada por letrados. Y carga contra los intelectuales franceses. He vivido en París y pude apreciar hasta qué punto existe allí una admiración por la cultura, las artes y la música española. Además en cuanto  a América son muchos intelectuales que se manifiestan pro y el antiamericanismo visceral y primario está particularmente enraizado en la base iletrada del FN. Marine es además ferviente aliada y admiradora de Putin. Creo que sería más apropiado hablar de leyendas grises, en las que se mezcla el negro con el blanco. La historia es como un caleidoscopio. De cada conjunto disperso se tiende a establecer una figura, un sistema, un poder, un imperio, pero el destino gira el artefacto, y otra vez a volver a empezar. Con el movimiento se generan leyendas y fobias de todos los colores. Un abrazo.ResponderDenunciar comentarioOcultar 1 Respuestas02
    • @tierry_precioso16/03/18 22:01Hola Jorge buenas noches. Ahora mismo solamente apuntaría que el libro es interesantísimo. Un abrazo.ResponderDenunciar comentario00

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No puede entenderse la deriva del capitalismo sin entender la deriva posmoderna. El caso de la Literatura

Jesús G Maestro muestra en este brevísimo comentario que al no haber capacidad de crítica se retrocede peligrosamente https://youtu.be/MbSNBRkrbwo
Riesgos y efectos del posmoderno nihilista tiempo presente

Alemania y las masacres de judíos, en Eslovaquia, Hungría y Rumanía ,II Guerra Mundial (videos en francés)

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Distinción importantísima: república de indios y república de españoles en los virreinatos

Pintura De Diego de Rivera, muralista mexicano, para la edición de Canto General, el poema de Pablo Neruda

Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  n.23 Valparaíso  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552001002300009  

REPÚBLICA DE INDIOS Y REPÚBLICA DE ESPAÑOLES  
EN LOS REINOS DE INDIAS

Abelardo Levaggi  
Universidad de Buenos Aires1

Sobre todo, los textos de la segunda mitad del siglo XVI y los del siglo XVII dicen, con frecuencia, que en las Indias españolas hay varias repúblicas indígenas o, por lo menos, dos repúblicas: una, la de los naturales, y otra, la de los españoles. No siempre la palabra “república” se usó con el mismo significado y, aunque la historiografía se hizo eco de esas expresiones, no se detuvo a analizar lo que significaban en cada caso2. A intentar aclarar la cuestión tiende este trabajo, que es sólo una primera aproximación al tema. 

I. EL CONCEPTO DE REPÚBLICA EN FUENTES CLÁSICAS 

El concepto griego de república estuvo presente en la América española. Me refiero al concepto de república como sociedad política dotada de los medios necesarios para gobernarse, cualquiera fuese su forma de gobierno, o sea, como sinónimo de Estado. 

Por otra parte, una república podía ser bien o mal gobernada, sin que esa circunstancia influyese en su condición de tal. Según Platón, empeñado en diseñar la república ideal, “formando una república, no nos hemos propuesto nosotros por objeto la felicidad de un cierto orden de ciudadanos, sino la de la república entera; porque hemos creído poder encontrar la justicia en una república gobernada de este modo, y la injusticia en la mal administrada”3. Por ende, “procuremos al presente descubrir por qué mal pecado no están hoy día las repúblicas bien gobernadas, y qué pequeña mudanza se debería hacer en el gobierno para hacerle perfecto”4

Su solución fue que “a menos que los filósofos gobiernen, de suerte que la autoridad política y la filosofía se encuentren juntas en el mismo sujeto, […] no hay remedio para los males que arruinan los Estados, ni tampoco para los que afligen al género humano; ni jamás esta república perfecta, cuyo plan hemos levantado, parecerá sobre la faz de la tierra”5

Hay que tener presente la advertencia que hace Giovanni Lobrano acerca del título de la obra de Platón, traducido tradicionalmente con la palabra República, como consecuencia de la “mediación” ciceroniana, pero cuyo verdadero nombre es politeia, o sea, ordenamiento de la polis6

Cicerón, a diferencia del griego, reservó el término república, exclusivamente, para las sociedades regidas por leyes justas, conformes a la ley natural, que persiguen la común utilidad, y en las que el titular del poder político es el pueblo. No para las sociedades inicuas, a las que negó el nombre de repúblicas7.  Res publica _dice Lobrano_ parece indicar el ordenamiento del populus, entendido por los romanos como el sujeto colectivo del conjunto de los cives8

Cicerón puso en boca de Escipión el Africano los siguientes conceptos: “teniendo que hablar de la república, veamos primeramente qué es esto de que vamos a ocuparnos […]república es cosa del pueblo; pueblo no es toda reunión de hombres congregados de cualquiera manera, sino sociedad formada bajo la garantía de las leyes y con objeto de utilidad común”9; “todo pueblo o toda reunión establecida bajo estos principios que acabo de exponer; toda ciudad, es decir, toda constitución de un pueblo, toda república, que, como ya he dicho, es cosa del pueblo, necesita para no desaparecer que sea gobernada con inteligencia y con autoridad10. […] La autoridad puede ejercerse por uno solo, por algunos hombres escogidos o por la muchedumbre misma”11

Y en boca de Lelio: “a ningún Estado negaré más terminantemente el nombre de república que a ése en que impera como soberana la multitud; si hemos asegurado que en Siracusa no existía república, ni en Agrigento, ni en Atenas bajo la dominación de los tiranos, ni aquí cuando mandaban los decenviros, no sé cómo puede encontrarse bajo el despotismo de la multitud; porque no llamo yo pueblo […] sino a aquella sociedad en que todos los miembros participan del derecho común”12

A juicio de Lobrano, el uso ciceroniano de res publica se caracteriza, por un lado, por la contraposición al regnum y, por otro, por su relación con las categorías políticas griegas. La contraposición al regnum se expresó en Roma, cuando menos en el período post regibus exactis, en la persecución como crimen de la adfectatio regni, y en la diferencia establecida, por lo concerniente a los foedera, del tipo de la relación, según fuera la parte contrayente un populus o un rex. En cuanto a la relación con las categorías políticas griegas, señala su carácter problemático, a causa del uso admitido de que una  res publica tanto podía ser regalis, optimatum, popularis o mixta, además de sinónimo de democracia, pero, sin que pueda hablarse de ella a propósito de las formas constitucionales degenerativas. La res publica es esencialmente democrática: contrato de sociedad y pueblo-universi cives13.

Según el distinguido romanista italiano, el texto que permite acceder de forma más directa a la noción romana de pueblo es el pasaje donde Cicerón dice que “res publica id est res populi“. El fundamento del discurso ciceroniano no lo ubica en la definición de república sino en la de pueblo, ya citada: “populus autem non omnis hominum coetus quoquo modo congregatus, sed coetus multitudinis iuris consensu et utilitatis communione sociatus14. El principio de la reflexión de Cicerón es que el populus es el producto de un “contrato de sociedad”. Hay, pues, una interrelación esencial entre la noción de populus (-societas) y la de  civitas (ciudad, derecho de ciudadanía y universitas civium). La novedad republicana de Roma fue, en opinión de Lobrano, la superación de la dimensión ciudadana griega y el pasaje del Estado-ciudad al Estado municipal, destacando como elemento esencial al pueblo, y contraponiendo su estructura horizontal y voluntarista a aquella vertical y genéticamente determinada15

San Agustín, en su análisis del tratado de Cicerón, subraya la relación que éste establece entre sociedad política y moral. Recuerda que define a la república como “cosa del pueblo”, y “el pueblo, diciendo que era una junta compuesta de muchos, trabada y enlazada con el amparo del Derecho, manifestando que sin la justicia no se puede administrar ni gobernar rectamente de república […]. Así, pues, donde no hay verdadera justicia, no puede haber unión ni congregación de hombres establecida bajo la garantía del Derecho, y por lo mismo tampoco pueblo, como Escipión y Cicerón lo definen; y si no puede haber pueblo, tampoco cosa del pueblo, sino de una multitud, que no merece el nombre de pueblo. Vemos, finalmente, que si la república es cosa del pueblo, y no es pueblo el que no está enlazado y unido bajo la garantía del Derecho, y no hay Derecho donde no hay justicia, sin duda se colige que allí donde no hay la justicia no hay república”16

Sin embargo, el obispo de Hipona admite la existencia de repúblicas imperfectas, esto es, en que la “cosa del pueblo” no sea virtuosa, al eliminar de la definición de república o ciudad la referencia ciceroniana a la justicia17. Así, “si dijésemos: el pueblo es una congregación de muchas personas, unidas entre sí con la comunión y conformidad de los objetos que ama; sin duda para averiguar que hay un pueblo será menester considerar las cosas que ama y necesita. Pero sea lo que fuere lo que ama, si es congregación compuesta de muchos, no bestias, sino criaturas racionales, y unidas entre sí con la comunión y concordia de las cosas que ama, sin inconveniente alguno se llamará pueblo, y tanto mejor cuanto la concordia fuese en cosas mejores, y tanto peor cuanto en peores”18

Pasando del plano especulativo al jurídico positivo, encontramos expresado el concepto república, en el sentido de persona jurídica, titular de derechos, en algunas leyes del Código de Justiniano, ante todo en las cuatro que constituyen el libro XI, título 29: “Del derecho de la república”. Por la primera de esas leyes, “si se resolvió algo contra la república, hallándose indefensa en un asunto en el que ni se le hubieren nombrado defensores, ni se le hubiere dispuesto que se le nombrasen, en nada se perjudicó a sus acciones”, porque, como aclara la ley tercera, “es de costumbre, que la república sea auxiliada fuera de lo ordinario, como una pupila”. 

II. LOS USOS DEL VOCABLO REPÚBLICA  
CON RELACIÓN A LOS REINOS ESPAÑOLES DE INDIAS 

En el vocabulario indiano, frecuentemente, se usó la palabra república con el significado clásico griego de sociedad política o Estado, cualquiera fuese su forma de gobierno. Rafael Altamira y Crevea dice, en tal sentido, que se puede “suponer con alguna justificación que la voz República expresó el concepto de Estado, conforme a su origen latino (respublica), cuya acepción aceptó el idioma castellano”19. Sin embargo, la relación que establece con el concepto latino merece ser contestada a la luz de los estudios de Lobrano. 

Francisco de Vitoria es uno de los autores que emplean como sinónimos república y comunidad política. Según el teólogo vasco, quien vivió la experiencia del imperio de Carlos V, es “república o comunidad perfecta aquella que es por sí misma todo, o sea, que no es parte de otra república, sino que tiene leyes propias, consejo propio, magistrados propios, como son los reinos de Castilla y el de Aragón, el principado de Venecia y otros semejantes. Y no es ningún inconveniente que haya muchos principados y repúblicas perfectos bajo un mismo príncipe”20

Pero no necesariamente la república ha de ser perfecta, pese a que al principio expresara Vitoria que “república se llama una comunidad perfecta”. Admite que haya “régulos o príncipes que no rigen una república perfecta, sino que forman parte de otra”, dando como ejemplos al duque de Alba y al conde de Benavente, que eran parte del reino de Castilla21

Es decir, que la perfección de la república se relaciona en Vitoria, no con la idea de virtud, sino con la de plenitud del poder político, de modo que será más o menos perfecta según sea mayor o menor ese poder en el imperio. 

Por su parte, el agustino fray Jerónimo Román y Zamora, de la segunda mitad del siglo XVI, autor de Repúblicas de Indias, menciona “tres géneros de repúblicas, que son monarquía, democracia y oligarquía”, y distingue, entre las comunidades indígenas, unas que llama “poco repúblicas”  de otras “más repúblicas”, caracterizando a las primeras por tener “menos conocimiento de Dios”. Reaparece, pues, la idea agustiniana de clasificar a las repúblicas por su mayor o menor grado de virtud, entendida en el sentido cristiano, o, al menos, en el sentido de virtud natural, que Román y Zamora verificó tenían algunas sociedades indígenas desde antes de su evangelización. 

Entre las “más repúblicas” sobresalen en su libro las de la Nueva España. “Mirando la buena gobernación de esta gente _dice_, me parece que no se diferenciaba nada de una muy buena República, pues en todas las cosas tenían orden natural y en todo mostraban tener gran policía, principalmente en lo que toca a […] permitir algunos vicios, los cuales no eran en daño de la República en común, aunque lo eran en particular de aquél o de mí”22.

Sebastián de Covarrubias, a principios del siglo XVII, destaca la libertad como cualidad de la república, al definirla “Latine respublica, libera civitas, status, liberae civitatis23. Diego de Saavedra Fajardo habla, por su parte, de la república en términos de comunidad política o Estado24

Con ese mismo alcance de comunidad política es utilizada la voz en la ley de la Recopilación de Indias III, 3, 64: “los virreyes, y presidentes gobernadores hagan recoger, y reconocer las ordenanzas, que hubieren hecho sus antecesores para el bueno y político gobierno de las Repúblicas, y Comunidades de los Indios, y se informen del modo y forma con que se han guardado, y guardan…”25 Y lo mismo en la ley VI, 1, 40: “los principales, y caciques de las cuatro Cabeceras de Tlaxcala nos suplicaron por merced, que se les guardasen sus antiguas costumbres para conservación de aquella Provincia, Ciudad, y República […] Y porque son muy justas, y convenientes, y hasta ahora han estado en observancia, y mediante ellas son bien gobernadas, y la Ciudad se halla quieta, y pacífica, de nuevo las aprobamos y confirmamos…”

En el siglo XVIII, el Diccionario de autoridades da por primera acepción “el gobierno del público“, relacionándola con Saavedra Fajardo. La segunda acepción es para el mismo “la causa pública, el común o su utilidad“, y la tercera, por extensión, “algunos Pueblos26. En ese orden. 

III. DE LAS REPÚBLICAS INDÍGENAS A LA “REPUBLICA DE LOS INDIOS”  
FRENTE A LA “REPÚBLICA DE LOS ESPAÑOLES” 

Román y Zamora se ocupaba de la América prehispánica. Juan de Solórzano Pereira, en 1647, y con respecto a la constitución indiana, indicó que comprendía dos repúblicas: de españoles y de naturales. Ya Juan de Matienzo, en 1567, en su exposición sobre el gobierno del virreinato peruano, había tratado en partes separadas el gobierno de los indígenas y el de los españoles, y propuesto leyes particulares para cada uno27. Luego, la Relación dejada por el virrey de la Nueva España, Martín Enríquez, en 1580, a su sucesor, advierte de la existencia de “dos Repúblicas que hay que gobernar […] que son indios y españoles”. Y un documento similar del virrey del Perú, marqués de Montesclaros, de 1615, ilustra acerca de que “generalmente se ha entendido que la conservación de ambas [repúblicas] está encontrada y que por los medios que una crece, viene a menos la otra”, mas en su opinión era “fácil acudir a la conveniencia de todos, si los favores y prerrogativas de cada una no pasan la raya de la necesidad que tiene de ser socorrida y amparada”.

Según Solórzano, las dos repúblicas “así en lo espiritual, como en lo temporal, se hallan hoy unidas, y hacen un cuerpo” (libro II, cap. 5, nº 11), aludiendo más adelante a “dos Repúblicas, que mezcladas ya, constituyen Españoles e Indios” (lib. II, cap. 15, nº 3). 

Dicha unión o mezcla puede interpretarse, no en el sentido aparente de que hubiesen desaparecido ambas repúblicas para formar una sola, sino como que ambas compartían ya la misma Iglesia y la misma Monarquía, sin perjuicio de sus demás particularidades, que justificaban el seguir hablando de dos repúblicas y no de una. O sea, que la idea de Solórzano no habría sido otra que destacar el mayor grado de integración que, a esa altura de los tiempos, exhibía la sociedad indiana, comparada con el momento inicial de la conquista, mas sin llegar a la fusión total. Es de notar que el jurista no sólo habla de repúblicas, en plural; también se refiere a la república de las Indias, en singular, es decir, como sinónimo de monarquía indiana. 

La noción clásica de república, cuando no se trataba de la república ideal, estuvo asociada a comunidades, ciudades o pueblos identificados con nombre propio, distinguibles unos de otros, y en el mismo sentido comenzó a ser usada en América. Así, fue aplicada a cada una de las culturas aborígenes: república de los aztecas, república de los tlaxcaltecas, república de los mayas, república de los chibchas. 

Es el significado con que la emplea Margarita Menegus Bornemann, quien parece adoptar, además, otro más amplio, cuando se refiere a las tratativas de los españoles para organizar a los naturales dentro de un “régimen político en común, o sea en república”. En todo caso, requiere cierta condición de orden: “fue tarea del Estado español promover la república entre los indios, entendiéndose por ello, la vida urbana, política y ordenada”, sin extenderse más en la definición, y dejando en la oscuridad un concepto más preciso28

Quizá a impulsos de la política integradora de la Corona castellana, cuyo objetivo último era la conformación de una sola sociedad indiana, en la que se fundiese el elemento indígena con el español, se fue desplazando el uso del vocablo hacia el conjunto de la población indígena y, por analogía, por identidad de razón, al conjunto de la población española, como se pudo comprobar en Solórzano. 

La ampliación del objeto “república”, abarcador, en esa nueva etapa, de la totalidad de las culturas indígenas, demandó un esfuerzo de abstracción de sus rasgos peculiares. Tan racional o ideal fue la, así creada, “república de los indios”, que difícilmente pudo ser reconocida por sí misma, atendidas las notables diferencias que presentaban sus componentes, como un sector definido de la gran sociedad indiana. Unicamente por comparación, y contraste, con la población española fue posible definirla, quedando más como una creación intelectual que como realidad observable. 

Explica Alfonso García-Gallo que el conjunto de la comunidad o pueblo presentó en las Indias una complejidad de que carecía en España. Las diferencias que separaban a españoles e indígenas eran muy profundas en carácter y en cultura. No se podía hablar, pues, de una sola comunidad, sino de dos. Pese a sus profundos contrastes, que justificaban hasta un tratamiento legislativo distinto, ambas repúblicas estaban llamadas a unirse. Su situación respectiva no era, sin embargo, la misma. Si la de los españoles tenía cierta homogeneidad, la de los naturales carecía de ella, al abarcar desde las formas más rudimentarias de organización social, de tipo familiar, hasta las más desarrolladas, de carácter propiamente estatal29

La comunidad de españoles, en su vinculación política con el rey -escribe Carlos J. Díaz Rementería-, se basaba, para los conquistadores y nuevos pobladores, en la idea de contrato o pacto. Por su lado, la unión de los naturales con el monarca se quiso hacer derivar del libre acatamiento y elección, lo que, de por sí, llevó también cierta impronta de pactismo, que nos acercaría a la idea romana. Libertad, vasallaje, pues, pero, además, mantenimiento de la ancestral institución del cacique, así como puesta en práctica de una política de reducción a pueblos, fueron las bases sobre las que se construyó la república, comunidad o sociedad política de los indígenas. Ello, con independencia de que más adelante, en el siglo XVIII, dejara de utilizarse el concepto de república, porque en la realidad sus características subsistieron hasta el final del período hispánico30

La dos repúblicas compartieron las mismas autoridades superiores y el mismo Derecho indiano, incluida la misma constitución política, y, bajo ese orden jurídico-político común, cada una tuvo sus propias autoridades locales y su propio ordenamiento jurídico. Las comunidades indígenas mantuvieron _como se recordó_ a sus caciques y algunas llegaron a contar con cabildos exclusivos. Además, la Corona castellana reconoció la vigencia de sus buenas leyes y costumbres, anteriores y posteriores a su incorporación a ella, ordenando que fueran aplicadas en subsidio de las leyes de Indias. A su vez, los españoles formaron sus propios cabildos y, en subsidio del Derecho indiano, se rigieron por el de Castilla31

IV. CONCLUSIONES 

Cabe concluir, por lo dicho hasta aquí -o sea, de forma provisional, en una primera aproximación al tema-, que en la América española prevaleció el uso de la palabra república con la acepción clásica, mas no romana, de Estado o sociedad política, que podía o no estar sujeta a un orden racional, como era el caso de las comunidades aborígenes, tan diversas unas de otras. Una vez fundada la monarquía indiana, las repúblicas de naturales pasaron a compartir con los españoles la misma república mayor, con una constitución y unas autoridades superiores comunes. Es decir, repúblicas imperfectas, según la clasificación vitoriana, reunidas en una república perfecta. 

En una segunda etapa, la voz república se aplicó, además, al conjunto de las comunidades indígenas, como si todas constituyeran una sola, persiguiendo el mismo fin, hecha abstracción, pues, de sus hondas diferencias culturales. De modo paralelo a la llamada “república de los indios” se habló, por analogía, de la “república de los españoles”, en consideración a que, comparadas entre sí esas dos repúblicas, representaban dos realidades socio-políticas distintas, aunque ese paralelismo ocultara el hecho de que a la homogeneidad relativa de la población española se contraponía la heterogeneidad profunda de las culturas aborígenes. 

Al margen de esas conclusiones, se ha podido comprobar la existencia de una cierta desorientación en los autores a la hora de abordar el tema. Tal interpretación puede hacerse, partiendo de la constatación de que faltan verdaderas definiciones operativas de la palabra república. Creo que es esta una razón poderosa para seguir las indagaciones en torno suyo, hasta arribar a conclusiones más definitivas, una necesidad que resulta de la importancia que tuvo el concepto en el vocabulario indiano.  


1 Investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Argentina, con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales Ambrosio L. Gioja de la Universidad de Buenos Aires. Profesor titular consulto de Historia del Derecho. 

2 Iris Gareis, que sitúa en el virreinato de Francisco de Toledo en el Perú los orígenes de la separación entre la <república de indios> y la <república de españoles> e interpreta esa separación en el sentido de una negativa de éstos a aquéllos a participar en el Estado, no se plantea el problema ni analiza el concepto de república (Gareis, Inés,  República de indios – República de españoles. Reinterpretación actual de conceptos andinos coloniales, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas 30 (Köln, 1993), pp. 262 – 263). Tau Anzoátegui, Víctor, Nuevos horizontes en el estudio histórico del Derecho Indiano (Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires 1997) no incluye este tema en la lista de los que considera necesario estudiar.         [ Links ]

3 Platón, Republica lib. IV, 1 (420 b). 

4 Platón, Republica lib. V, 17 (473 a). 

5 Platón, Republica lib. V, I8 (473 d). Para la traducción de los textos citados hemos usado: Platón, La república o coloquios sobre la justicia. Traducción por José Tomás y García (Perlado, Páez y Cía., Madrid, 1910), 2 vols. Aristóteles atribuyó a la palabra república dos acepciones: cuando gobierna la multitud en el sentido del interés general, se da al gobierno el nombre de república, [y] nombre común de todos los gobiernos. O sea, una acepción estricta y otra lata (Política  libro III, cap. V, nº 2: Aristóteles, La política. Versión castellana de Nicolás Estévanez (Garnier Hnos., París s/d). 

6 Lobrano, Res publica res populi. La legge e la limitazione del potere, (G. Giappichelli Editore, Torino, 1996), p. 115. 

7 Truyol y Serra, Antonio, Historia de la filosofía del Derecho y del Estado. De los orígenes a la Baja Edad Media (3ª edic., Revista de Occidente, Madrid, 1961), p. 187.         [ Links ]

8 Lobrano (n. 6), p. 59. 

9 Cicerón, de republica I, 25, 39. 

10 Cicerón, de republica I, 26, 41. 

11 Cicerón, de republica I, 26, 42. 

12 Cicerón, de republica III, 39, 45. Para las traducciones hemos usado: Cicerón, Marco Tulio, Tratado de la república. Tratado de las leyes. Catilinarias. Versiones castellanas de Francisco Navarro y Calvo y Juan Bautista Calvo (7ª edic., Porrúa, México, 1991). 

13 Lobrano (n. 6), pp. 59 – 62 y 111. 

14 Cicerón, de republica I, 25, 39. 

15 Ibíd., pp. 113 – 116. 

16 Agustín de Hipona, De civitate Dei lib. XIX, cap. 21. 

17 Truyol y Serra (n. 6), p. 265. 

18 Agustín de Hipona, De civitate Dei lib. XIX, cap. 24. La traducción usada es: San Agustín, La ciudad de Dios. Traducción por José Cayetano Díaz de Beyral (Viuda de Hernando y Cía., Madrid, 1893), 4 vols. 

19 Altamira y Crevea, Diccionario castellano de palabras jurídicas y técnicas tomadas de la Legislación Indiana ( UNAM, México, 1987), p. 289. 

20 Según Jaime Brufau Prats, uno de los elementos más característicos de la doctrina internacional de Francisco de Vitoria es el concepto de orbis como cuerpo social universal. Si bien es cierto que las respublicae perfectae por el mismo hecho de ser perfectas son plenamente independientes entre sí y dotadas de poder supremo en su orden, sin embargo ello no es obstáculo para que sean partes de la gran respublica del orbe, la cual tiene poder sobre los Estados que la componen (Brufau Prats, El pensamiento político de Domingo de Soto y su concepción del poder (Universidad de Salamanca, Salamanca, 1960), pp. 173 – 174). 

21 Vitoria, Relección de los indios o del derecho de guerra de los españoles en los bárbaros, en El mismo, Derecho natural y de gentes. Introducción por Eduardo de Hinojosa (Emecé, Buenos Aires, 1946), pp. 220 – 221. En esto Vitoria no coincidía con Santo Tomás de Aquino, quien en su opúsculo Sobre el gobierno de los príncipes había reservado el vocablo república para designar una de las formas de gobierno, como Aristóteles stricto sensu: un gobierno justo. Si lo administra una multitud de ciudadanos, se llama república, así como, si el régimen injusto es ejercido por muchos, suele llamarse democracia (lib. I, cap. 1) (Tomás de Aquino, Tratado de la Ley. Tratado de la Justicia. Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes. Traducción y estudio introductivo por Carlos Ignacio González, S.J. (5ª edic., Porrúa, México, 1996). 

22 Román y Zamora, Repúblicas de Indias. Idolatrías y gobierno en México y Perú antes de la conquista. Colección de Libros Raros o Curiosos que tratan de América, XIV. I (Victoriano Suárez, Madrid, 1897), pp. 48, 238 – 239 y 272. 

23 Covarrubias, Tesoro de la Lengua Castellana o Española. Según la impresión de 1611, con las adiciones de Benito Remigio Noydens publicadas en la de 1674. Edición preparada por Martín de Riquer (Herta, Barcelona 1943. Reedic. facsimilar de Editorial Alta Fulla, Barcelona, 1993), p. 906. 

24 Saavedra Fajardo, Empresas políticas, o idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, empr. LXVI (Juan Oliveres, Editor, Barcelona, 1845), II, pp. 129 – 140. 

25 Según Lira, Andrés, La voz comunidad en la Recopilación de 1680, Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias. Estudios histórico-jurídicos.  Coordinación: Francisco de Icaza Dufour (M. A. Porrúa, México, 1987), p. 416, hay una despolitización de la voz comunidad en la Recopilación; nunca se confunde pueblo o república, como orden social y político de los indígenas, con comunidad, que es, precisamente, el orden económico de sus bienes, en general, y, en particular, de sus cajas o recursos monetarios. Pese a esta opinión autorizada, en la presente ley es inequívoco el empleo de la palabra comunidad con un sentido de orden social y político, y no precisamente económico. 

26 Real Academia Española,  Diccionario de autoridades (edic. facsímil de la de 1737, Editorial Gredos, Madrid, 1963), O – Z, p. 586. 

27 Matienzo, Gobierno del Perú, 1567. Edition et étude préliminaire par Guillermo Lohmann Villena (Institut Français d´Etudes Andines, Paris – Lima, 1967). 

28 Menegus Bornemann, Del señorío indígena a la república de indios. El caso de Toluca, 1500 – 1600  (2ª edic., Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1994), p. 163. 

29 García – Gallo, La constitución política de las Indias españolas, en El mismo, Estudios de historia del Derecho Indiano (Instituto Nacional de Estudios Jurídicos, Madrid, 1972), pp. 508 – 511. 

30 Sánchez Bella, Ismael – Hera, Alberto de la – Díaz Rementería, Carlos, Historia del Derecho Indiano (Mapfre, Madrid, 1992), pp. 184 – 185. 

31 Manzano Manzano, Juan, Las leyes y costumbres indígenas en el orden de prelación de fuentes del Derecho Indiano, en Revista del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene 18 (Buenos Aires, 1967), pp. 65 – 71; Salvat Monguillot, Manuel, Los representantes de la república, en Revista Chilena de Historia del Derecho, 6 (Santiago de Chile, 1970), pp. 120 – 128; Díaz Rementería, Carlos J., El cacique en el Virreinato del Perú. Estudio histórico – jurídico (Universidad de Sevilla, Sevilla, 1977); González de San Segundo, Miguel Angel, Pervivencia de la organización señorial aborigen (Contribución al estudio del cacicazgo y su ordenación por el Derecho Indiano), en Anuario de Estudios Americanos, XXIX (Sevilla, 1982), pp. 47 – 92; El mismo, El elemento indígena en la formación del Derecho Indiano, en Revista de Historia del Derecho 11 (Buenos Aires, 1983), pp. 401 – 453; Zorraquín Becú, Ricardo, Los derechos indígenas, en Revista de Historia del Derecho 14 (1986), pp. 427 – 451; Esteva Fabregat, Claudio, La Corona Española y el indio americano (Asociación Francisco López de Gómara, Valencia, 1989), II, pp. 95 – 124; Peña Peñalosa, Roberto, La república de los indios y el Derecho Común, en  Revista Chilena de Historia del Derecho 15 (1989), pp. 129 – 146; Levaggi, Abelardo, Notas sobre la vigencia de los Derechos indígenas y la doctrina indiana, en Revista Complutense de Historia de América 17 (Madrid, 1991), pp. 79 – 91; Menegus Bornemann, Margarita, La costumbre indígena en el Derecho Indiano: 1529 – 1550, en Anuario Mexicano de Historia del Derecho 4 (México, 1992), pp. 151 – 159; y Dougnac Rodríguez, Antonio, Manual de Historia del Derecho Indiano(UNAM, México, 1994), pp. 313 – 397. 

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