Analizando críticamente la Leyenda negra anti española

Jesús G Maestro, exposición crítica de lo que es e implica la Literatura sapiencial y sus conexiones con la obra de Cervantes, El Quijote.

Acerca de la literatura sapiencial

Etica de la marginalidad y Literatura “histórica”. El caso de Homero Aridjis

De 1492 a 1985: propuestas políticas en y desde una ética de la marginalidad

AUTOR : Iván Eusebio Aguirre Darancou

Abstract: Al publicar su novela 1492: Vida y tiempo de Juan Cabezón de Castilla en 1985, el mexicano Homero Aridjis se inserta en una tradición doble: la de la nueva novela histórica y la tradición de la novela picaresca, que denuncia los conflictos de clase y la performatividad que caracteriza la modernidad barroca. En el presente acercamiento a 1492, sigo una línea de lectura deleuzeguattariana que se remite a raíces profundamente atadas a la comunidad judía-sefardí expulsada de España. Retomaré los conceptos de anti-comunidad y/o máquina de guerra como un espacio que rechaza la existencia del Estado como fuente última de significación, así como rechaza la existencia de una comunidad fundada en la identificación, al menos según las definiciones actuales de ambos. Al poner en acción procesos de devenir que siguen líneas de fuga espaciales, culturales, simbólicas y oceánicas, Aridjis genera propuestas alternativas para construir subjetividades modernas que encaren realidades enajenantes y violentas del siglo XX y XXI. Surge la propuesta ética de Aridjis, una ética política de relaciones sociales donde la tolerancia política se fundamenta en el reconocimiento de la igualdad en términos políticos, impidiendo constantemente la centralización de cualquier posición privilegiada que permita construir jerarquías y estructuras de dominación.

De 1492 a 1985: propuestas políticas en y desde una ética de la marginalidad

Primero, un agradecimiento profundo a José Schraibman, por haberme enseñado a pensar en los márgenes de la historia y desde ahí ver la ética como un acto de profundo amor

Al estudiar la novela histórica, dice Georg Lukacs siguiendo una lectura inspirada en Marx que será posteriormente retomada por otras figuras como Terry Eagleton o Noé Jitrik, que la novela histórica se caracteriza no por una reconstrucción de la historia, donde la veracidad puede ser cuestionada o no, sino por ser una lectura desde el presente del presente, que utiliza el pasado para hacer sentido de una realidad cercana. PIC Homero Aridjis publica 1492: Vida y tiempo de Juan Cabezón de Castilla en 1985, insertándose en una tradición doble. Por un lado, la de la nueva novela histórica que recorría la esfera literaria latinoamericana, cuyos autores regresaban al pasado histórico de América Latina para afrontar una realidad actual donde las dictaduras dominaban la región. Por el otro, la tradición de la novela picaresca, una de las raíces más profundas de la novela española, donde los personajes marginales y excluidos de la sociedad española siglodeoresca sirven para denunciar los conflictos de clase y la performatividad que caracteriza la modernidad barroca. Al unificar estas dos tradiciones, Aridjis moviliza su texto para dialogar con los debates sobre la legitimidad y formación del estado moderno, pero también dialoga, en el contexto dictatorial latinoamericano, con el México de los 1970-1980s, donde el Estado maneja una guerra oculta contra los focos guerrilleros a lo largo del territorio nacional.

En el presente acercamiento a 1492, me propondré seguir una línea de lectura genealógicamente atada a la comunidad judía-sefardí expulsada de España. 1 Retomaré los conceptos de anti-comunidad y/o máquina de guerra que teorizan Félix Guattari y Gilles Deleuze como espacios que rechazan la existencia del Estado como fuente última de significación, y como una comunidad fundada en la identificación, al menos según las definiciones actuales de ambos.2 La anti-comunidad se construye como una respuesta al “caos” social generado por la presencia de varios Otros en un contexto dado, o como respuesta política concisa a leyes de exclusión o instituciones que promueven estructuras de exclusión. A partir de poner en acción procesos de devenir que siguen líneas de fuga espaciales, culturales, simbólicas y oceánicas, 1 Siendo una de las fuentes filosóficas mas profundas de las que absorben Guattari y Deleuze la ética de Spinoza, descendiente de judíos portugueses exiliados en los Países Bajos durante el siglo XVII. 2 “War does not necessarily have the battle as its object, and more important, the war machine does notnecessarily have war as its object, although war and the battle may be its necessarily result (under certain conditions)” (Deleuze & Guattari 422).

Aguirre 2 Aridjis genera propuestas alternativas para construir subjetividades modernas que encaren realidades enajenantes y violentas del siglo XX y XXI. Mi intención es subrayar la propuesta ética de Aridjis, una ética política de relaciones sociales donde la tolerancia política se fundamenta en el reconocimiento de la igualdad en términos políticos, impidiendo constantemente la centralización de cualquier posición privilegiada que permita construir jerarquías y estructuras de dominación. Así, “el polvo es la suprema igualdad y la luz la cosa mejor distribuida en el mundo” (Aridjis 102).

Yael Halevi-Wise señala cómo la picaresca en el siglo XX toma un giro que la repoliticiza al punto de exponer los contextos desde donde se escribe, cargados de multiculturalidad y proceso socioeconómicos que remiten al momento de producción canónica de los siglos XVI y XVII (151). Así como España cambió completamente en los Siglos de Oro gracias a la migración urbana generada en parte por los abrumadores flujos de capital que extraían violentamente del otro lado del Atlántico aunado con las expulsiones de minorías de la península, América Latina en las décadas de los 70 y 80 experimentaba como región una serie de nuevas conexiones al sistema-mundo del capitalismo en su temprana fase neoliberal. En un giro poético característico, la misma novela explicita en su estructura estas conexiones con el pasado que sirven para hablar del presente. Las primeras páginas de la novela narran la genealogía del personaje principal, Juan Cabezón, para después conectarse y unirse con el presente de Juan (11-15, 27). Aunque el narrador es Juan Cabezón, su orfandad temprana y el resto de situaciones que vivió desamparado impide que tenga conocimiento específico de las diferentes historias acceso empírico al pasado histórico, ya que la historia oficial es (re)escrita constantemente por las esferas de poder, pero lo encarnan y éste los moldea, Juan Cabezón es en este sentido el sujeto hispano moderno cuya historia es una de intersecciones, tensiones y borraduras; acaso un punto de concentración fortísima de transculturación preparándose para cruzar el Atlántico. 1492: Vida y tiempo de Juan Cabezón de Castilla narra la historia de Juan Cabezón, un hijo de barbero con ascendencia conversa quien muere cuando Juan es infante. Su madre se casa varias veces, primero con un molinero y después con un panadero, tiene amoríos con un mercader flamenco y finalmente es asesinada por el panadero celoso, quien después es arrestado dejando a Juan solo ante el mundo. En ese momento, Juan llora su sino, pero después se recupera y presta sus servicios de lazarillo a Pero Meñique, ciego que recorre las calles de Madrid. De ahí en adelante se inicia el periplo picaresco de Juan, iniciándose en una suerte de cofradía de marginales (Pero Meñique, el Rey Bamba, la Babilonia, la Trotera , el Moro, el Tuerto y el enano Rodrigo), después enamorándose de Isabel de la Vega, una conversa prófuga de la Inquisición con la cual tendrá un hijo. Isabel huirá de Madrid y la segunda mitad de la novela será el gran periplo castellano que Juan Cabezón traza en su búsqueda. Si en su infancia registra la vida moderna que empieza a generarse en los centros urbanos, en su pseudo-picaresca vida adulta registra los autos de fe y la persecución de conversos, moros y judíos que culmina con las expulsiones de 1492, terminando Juan en Palos de la Frontera embarcándose en los barcos de Cristóbal Colón.

En 1492, aparecen diversas líneas de fuga que invitan a los personajes a buscar salidas de un ordenamiento social fundamentado en ser cristiano viejo comprobado, impulsado por la doble institución de Corona e Iglesia en la alianza estratégica de los Reyes Católicos. El sujeto literario del pícaro es movilizado para mostrar a un nómada urbano que a pesar de la inmovilidad de su situación económica genera una serie de movimientos a lo largo de la urbe y entre diferentes clases de individuos y espacios. Halevi-Wise llama la atención a las implicaciones políticas de estas narraciones picarescas desde América Latina en los siglos XX y XXI marcando cómo los narradores llaman implícitamente por un “serious and genuine rehabilitation of traditional Ibero-American attitudes towards minorities and dissenters” (152). Por un lado, las implicaciones políticas para España a finales del siglo XX, enfrentándose a nacionalismos y otros cuestionamientos de una nacionalidad estrecha. Por el otro, los activistas políticos y disidentes en América Latina, desaparecidos por los Estados regionales en un intento de silenciamiento total.

El ‘abandono’ de Juan Cabezón al inicio de la novela marca su partida en el periplo del pícaro, cuando de pronto “a solas con mi fortuna me encontré distinto, frente a una persona que era yo, con cabellos secos, mejillas marchitas y manos que no se sentían una a otra” (43). Juan Cabezón está solo, pero no por haber nacido así, sino por el ordenamiento social que prohíbe la diferencia y elimina cuerpos cuyas marcas o acciones diferencian: su padre fue desaparecido por las autoridades y su madre asesinada a manos de su nuevo esposo por ser diferente. Así, Juan inicia una serie de movimientos que lo unen con Pero Meñique, el ciego que habita y es la ciudad: “todo lo que está dentro y fuera de los muros de esta villa es una extensión de mi persona – dijo–; sus barrios son mis miembros” (90).

Como respuesta a la estatización, Deleuze y Guattari proponen rescatar la esencia de la máquina de guerra y el nomadismo, quienes se encargan de hacer de los espacios estriados espacios lisos, permitiendo los flujos “naturales” del deseo y potencialidades.3  Para resistir a la estratificación y ordenamiento social al que todo personaje pícaro se enfrente, desde Lazarillo hasta Pablos hasta Oliver Twist, Juan Cabezón elige la vía alternativa de generar comunidades a través de la diferencia, resaltando la fluidez y la movilidad como herramientas para formar lazos que superen las estructuras estatales e institucionales. Si la “comunidad” estatal que materializan las instituciones como la Corona castellana y el Santo Oficio como brazo de la Iglesia Católica es una comunidad ‘falsa’ que impide los lazos reales entre los individuos, al obligar que sus interacciones sean medidas por las reglas institucionales, ¿dónde está la ‘verdadera’ comunidad? Irving Goh apunta a cómo la anticomunidad es aquella que se compone de “other experimental people, those who have left behind the striated spaces of State-communities. They do not bind or delimit themselves with a defined territorial organization” (223). La comunidad estatal promovida por la Inquisición y la Corona se fundamenta en la exclusión, la estaticidad y la dominación de las minorías; así el grupo mixto que incluye a Juan Cabezón, Pero Meñique, el Rey Bamba, la Babilonia, la Trotera , el Moro, el Tuerto y el enano Rodrigo se ve roto.4  Cada uno de estos personajes representa minorías sociales en la Castilla del siglo XV; la Trotaconventos del Arcipreste de Hita, el Rey Bamba de los grupos sociales precristianos, Pero Meñique como el ciego del Lazarillo, la Babilonia como

3 Es decir, “the primary determination of nomads is to occupy and holds a smooth space, it is this aspect that determines them as nomad (essence)” (Deleuze & Guattari 410); además, “the war machine answers to other rules. We are not saying that they are better, of course, only that they animate a fundamental indiscipline of the warrior, a questioning of hierarchy, perpetual blackmail by abandonment or betrayal, and a very volatile sense of honour, all of which, once again, impedes the formation of the State” (358).

4 “Aquel sañudo y violento es el Rey Bamba, un ladrón muy valiente, que se dice descendiente de cuero, se cree dueño de las murallas de Madrid, pero es propietario de los fosos y los muladares extramuros. La vieja glotona sentada en el suelo, con el pelo teñido y los dientes postizos, con la toca deshecha y los zapatos rotos, es la Babilonia, natural de Sevilla. . . . La mujer con toca azafranada, los cabellos cortos, los ojos profundos, es pescuezo ancho y velloso, las narices largas y gordas, la tez morena pintada, los brazos desnudos y el escote tan abierto que al agacharse muestra los pezones, es la Trotera …

El otro, que aún no ha hablado, pero infiero que está entre ellos, con el pelo cortado en redondo y las barbas largas, cinta amarilla alrededor del brazo derecho y tabardo gris remendado, cubriéndole mas las carnes lascivas, es el Moro”(57).

Aguirre 5

la gran prostituta, el Moro que ha vivido en Castilla desde que nació, el enano excluido a pesar de ser cristiano viejo.5

En contraposición a la anti-comunidad, relacionada cercanamente con la máquina de guerra y su impulso nómada, las nociones de comunidad “have become overcodified by their linguistic idioms, customs, economic practices, political inclinations, etc. Membership into the community is predicated only by the knowledge, acceptance, observance, adherence and communication of these codes. Community has taken on a politics and an economy, and it has come to signify a circuitous flow” (Goh, “The Question of Community I” 221). El cuerpo social de Castilla se ve marcado por estos códigos que Aridjis señala en los diferentes estatutos y prohibiciones, desde “ninguno non sea osado de andar syn señales por esa dicha villa e por su tierra, salvo por su término, so pena que por la primera vez que le tomaren syn ella pague cient maravedís…” (Aridjis 96) hasta los edictos inquisitoriales donde se indican los “37 artículos de delación, por los cuales se podía probar que un hombre judaizaba” (115). Las tácticas exclusionarias son estrategias de control y dominación social, tácticas de captura por parte del Estado y sus instituciones, donde los cuerpos de individuos son tomados, estratificados y moldeados para ajustarse a un orden social específico y jerárquico.6

Estos actos públicos de edictos y autos de fe son actos de suprema territorialización del cuerpo social en un orden que impide toda línea de fuga y desterritorialización. Poco a poco van marcado el cuerpo variado y polifónico que Aridjis construye a partir de citas y refranes cuyas fuentes son documentos oficiales (como el Apéndice compuesto por Proceso contra Isabel de la Vega) o discursos populares, hasta terminar describiendo cómo unos niños jugaban a ser clérigos y penitenciados, en breve procesión daban vueltas en círculo, con hábitos y espaldas desnudas, clavados los ojos en el suelo y cantando canciones religiosas. Con varas y correas se azotaban, a la manera de adultos pecadores.

A unos pasos de ellos, cuatro mozalbetes habían colgado en la rama de un árbol un columpio, con una cuerda más larga que otra, en el que bamboleaban a un muñeco vestido de hombre 

Por otro lado, como señala Newman, la construcción de una (anti)comunidad capaz de resistir al orden

estatal debe estar fundamentada no en la política de identidad que aparece una y otra vez en nuestras

sociedad (la formación de grupos étnicos, de preferencia sexual, raza, etcétera ejemplifica este fenómeno)

sino a partir de la diferencia (172). De esta manera, el grupo variopinto construido, como señalé en la cita

anterior, a partir de las diferencias radicales entre cada uno de sus miembros, permite una construcción

grupal a partir de la singularidad y la no-esencialización de la diferencia.

6 Deleuze y Guattari señalan como todo acto de captura por parte del Estado no puede más que incitar a

más y diferente resistencia: “States cannot effect a capture unless what is captures coexists, resists in

primitive societies, or escapes under new forms, as towns or war machines…” (435).

Aguirre 6

La subjetificación que llevan a cabo las instituciones de la iglesia y la Corona logran establecer hasta los juegos infantiles, y el cuerpo del Estado, ese “animal múltiple que se desata en varios miembros y cabeza y se aleja por lados distintos a la vez” (125) va controlando más y más al cuerpo social al absorber a cuerpos individuales y capturarlos en sus redes de significación subjetiva.7 Para Juan Cabezón y compañía, ser disidente o judaizante implica la muerte en la hoguera; para Aridjis y nosotros ser disidente implica la posibilidad de desaparición forzada.

Si la “comunidad” se crea a partir de identificación y la negación de la diferencia, la anticomunidad y su buena salud “requires not face-to-face contention for dominance so much as a continual, often covert negotiation (not denial) of difference” (McGuirk 298). Así, Juan

Cabezón, Isabel de la Vega y Pero Meñique aparecen como miembros de una anti-comunidad que presentan una ética distinta, en el momento donde se plantan las raíces de la modernidad.

Una ética para contestar las sociabilidades capitalistas de finales del siglo XX. Una ética cuyo fundamento es la movilidad nómada no sólo en términos físicos, ya que el encierro forzado de Isabel y Juan para refugiarse de los familiares de la Inquisición también provee momentos de fuga, sino sobre todo un nomadismo subjetivo, una capacidad y deseo de explorar lo más que se pueda de la realidad variada de Castilla.8

Como respuesta a la estatización de la sociedad, Deleuze y Guattari proponen rescatar la esencia de la máquina de guerra y el nomadismo, quienes se encargan de hacer de los espacios estriados espacios lisos, permitiendo los flujos “naturales” del deseo y potencialidades.9 En este 7 “The state is an abstract form or model rather than a concrete institution, which essentially rules through more minute institutions and practices of dominations. The state ‘overcodes’ these domination, stamping them with its imprint. Therefore, the state has no essence itself, but is rather an ‘assemblage’ or even a process of ‘capture’” (Newman 98).

8 Porque “The nomads (nomos) move spontaneously and continuously, in no particular pattern, following their needs – water, food and other prosaic essentials – following the fissures in the ground, with no point of departure and no destination. Actualized as it is moved in, the smooth space of the nomad is always vortical, vectoral, projective or topological movement … More generally, the nomad ‘has its principle of distribution within itself’ and thus does not engender external laws or abstractions to guide it … which, in social terms, would mean that it depends solely on practice, as the social is determined by and recursively formed through relations – within bodies, between people, and with the environment – animated by the projectile of their constant movement and change” (Bar-on Cohen 275).

9 Es decir, “the primary determination of nomads is to occupy and holds a smooth space, it is this aspect that determines them as nomad (essence)” (Deleuze & Guattari 410); además, “the war machine answers to other rules. We are not saying that they are better, of course, only that they animate a fundamental sentido, Aridjis propone a través de sus personajes tácticas distintas para generar una comunidad inclusiva construida a partir de la diferencia, desde la empatía profunda (aprendida de Pero Meñique, nodo en una red subterránea de judaizantes y conversos) que supera limitaciones religiosas y nacionalistas, hasta la erótica como forma de acercamiento a cuerpos sin sexualizar u objetificar. La eroticidad aparece en 1492 como una forma de establecer lazos sociales más allá de la esfera de lo romántico. Irving Goh propone que en la anti-comunidad uno debe “regard the essence of the beloved but without desiring to penetrate that essence and to posses it. And this is where an offer of friendship must be made. A letter of friendship must be sent, so that one may being to love, properly” (Goh, “The Question of Community II” 236). Desde sus primeros contactos sexuales, Juan Cabezón apre(he)nde a través de mirar las relaciones que Pero Meñique moviliza con el resto de sus amistades marginales. Su primera visita como acompañante de Pero a la casa de Francisca Hernández está marcado por una tensión narrativa que oscila entre la descripción denunciativa de las condiciones de prostitución en Madrid, resaltando la agencia de las mujeres que son obligadas a llevar a cabo ese trabajo, y la descripción matizada del encuentro preciso entre Francisca, Pero y Juan. Aunque el narrador y el diálogo entre Francisca y Pero son ficcionalizaciones, la ética que Aridjis quiere mostrar en este momento narrativo, cuando aún no sabe el lector que Pero es parte de una red de conversos que protege de la Inquisición, es importante porque le ‘enseña’ a Juan cómo amar.

Contra la anulación del cuerpo que el martirio y disciplinamiento corporal de los monjes con los cuales creció, Pero le enseña a través del ejemplo a Juan un acercamiento al cuerpo fundamentado en el respeto y la aceptación del cuerpo en su totalidad y entereza, sin importar ‘discapacidades’ o diferencias como una espalda pelada, ceguera o signos de ‘vejez’. 10 Al observar cómo Francisca y Pero entablan una relación sexual a través del consenso mutuo y la no explotación o sexualización del otro sin su consentimiento previo, y al ver cómo el enano indiscipline of the warrior, a questioning of hierarchy, perpetual blackmail by abandonment or betrayal, and a very volatile sense of honour, all of which, once again, impedes the formation of the State” (358). 10 Dice Pero Meñique: “de solo acordarme de la vida monástica me despeluzo entero. Enflaquecía y enflaquecía, sin que nunca fuera bastante el ayuno: para sentirme verdaderamente virtuoso tenía que desaparecer mi cuerpo del mundo … había un monje superior que obtenía gran placer en azotarme con abrojos y sangre abundante se me iba por ello en las heridas. Cuando me veía mas medroso y doliente más azotes me daba, salpicando las paredes de la celda como si en ella estuviese matando a un carnero. Aún lo veo detrás de mí, con labios espumosos y la cuculla como un capirote de halcón tapándole los ojos, rabioso y continuo, hostigando mis carnes con santa disciplina, sin interponer entre su furia y mi dolor descansos ni vestidos (80).

Aguirre 8

Rodrigo busca satisfacer sus propios deseos sexual a pesar de que Pero y Francisca le piden que se aleje a la pared, Juan Cabezón aprende a través del ejemplo cómo amar sin explotar, cómo mantener una relación sexual consensual con cuerpo del otro sin la objetivación o la explotación o alguna otra estructura de aprovechamiento (86-7).

Este aprendizaje le permitirá a Juan establecer su propia anti-comunidad a través de la relación que mantiene con Isabel de la Vega, conversa perseguida por el Santo Oficio. Su reconocimiento mutuo no sólo como cuerpos marginales en Castilla del siglo XV sino en la ética que comparten, de no denunciar ni lastimarse aún más, los une: “más vale morir como criatura inocente que vivir como verdugo culpable” dice Juan Cabezón, a lo que Isabel responde “más vale” (123). Después de este reconocimiento mutuo, en su primer encuentro, marcado narrativamente por un tono de igualdad entre los cuerpos, sus “cuerpos fueron reconciliados, no por la Iglesia de los inquisidores, pero por el amor; si no en una sola carne, en un mismo deseo”

(131). Poco a poco, tras convivir y reconciliarse más en sus encuentros, su comunidad, la que ellos encarnan y buscan presentar, se construye a partir de las diferencias y similitudes de marginalidad con otros excluidos, hasta que se amaban “como si en [sus] abrazos convergieran todos los espíritus desamparados de Castilla, todos los finados incorpóreos que flotaban en el aire sin lugar fijo en el espacio” (134). Este acto aparentemente cambia a Juan Cabezón, quien narrativamente en ese momento aparecía como un descendiente de conversos, a ser un cuerpo fácilmente reconocible por la comunidad judía y conversa de Castilla; cuando Cabezón viaja en su búsqueda de Isabel, los conversos no tienen ningún problema en presentarlo ante sus espacios más íntimos, a pesar de que su ‘matrimonio’ no cumplió con ninguna oficialidad y sobre todo, ninguna institución (168).

Finalmente, a modo de conclusión, quiero cerrar con una recapitulación de la ética constructiva que Aridjis parece proponer en sus personajes. Si Juan Cabezón encarna en él mismo una anti-comunidad que parece llevará al otro lado del Atlántico, el resto de personajes que aparecen y desaparecen dan fe de la resistencia que una ética inclusiva propone. Los personajes que Juan Cabezón encuentra en sus viajes le enseñan a través del ejemplo; por un lado ellos manifiestan cómo establecer comunidades, a pesar de ser castigados y quemados por ello, pero por el otro, el mismo Juan muestra al lector un ejemplo de cómo aprender de estos personajes castigados y evitar un castigo propio, ‘escondiéndose’ en la lógica institucional sin aceptarla. Aunque podría parecer que estas comunidades marginales, tanto los pobres como los

Aguirre 9

conversos, se ‘autoexcluyen’ al no aceptar las normas sociales que la Corona y la Iglesia imponen, es necesario señalar que estas marginalidades son hechas exteriores por las instituciones mismas en una estrategia intrínsecamente definitoria. Es decir, la anti-comunidad es exterioridad pura, en el sentido de que existe en un campo de interacciones perpetuas y constantes, flujos que cambian de un día para otro y permiten un reacomodo constante. 11

Construida a partir de nómadas en movimiento, la anti-comunidad responde a estímulos exteriores, con un potencial para relaciones múltiples y polivalentes con ese exterior (Patton 61).

Cuando es bloqueada de esas relaciones, como sucede en la novela con las juderías que son cada vez más encerradas y cortadas del resto de la sociedad, o como don Yuce Lumbroso, quien muere “porque no pudo soportar que le fuesen cerradas las puertas y ventanas por las que entraba la luz del día a su pieza” (235), la anti-comunidad muere: no puede existir en aislamiento ni segregación social. Así, la ética de la anti-comunidad se mantiene a través de la tolerancia del cuerpo del otro fundamentada en la aceptación total de su existencia en términos de igualdad, así como a través de un rechazo de relaciones social basadas en la exclusión o la violencia dirigida a cualquier grupo, sin importar su etnia. Aunque parezca que Juan Cabezón haya huido de Castilla su rechazo del orden significa. No regresar al orden es, ahora sí, una acción política.

11 “The war machine’s form on exteriority is such that in exists only in its own metamorphoses; it exists

in an industrial innovation as well as in a technological invention, in a commercial circuit as well as in a

religious creation, in all flows and currents that only secondarily allow themselves to be appropriated by

the State. It is in terms not of independence, but of coexistence and competition in a perpetual field of

interaction, that we must conceive of exteriority and interiority, war machines of metamorphoses and

State apparatuses of identity, bands and kingdoms, megamachines and empires” (Deleuze & Guattari

360).

Aguirre 10

Obras citadas

Aridjis, Homero. 1492. Vida y tiempo de Juan Cabezón de Castilla. México: Fondo de Cultura

Económica, 1998. Impreso.

Bar-On Cohen, Einat. “Events of Organicity: the State abducts the war machine.”

Anthropological Theory. 11.3, 2011: 259-282. Impreso.

Deleuze, Gilles y Félix Guattari. A Thousand Plateaus. Minneapolis: University of Minnesota

Press, 2011. Impreso.

Goh, Irving. “The Question of Community in Deleuze and Guattaru (I): Anti-community.”

Symploke. 14.1/2. (2006): 216-231. Impreso.

– – -. “The Question of Community in Deleuze and Guattaru (II): After Friendship.” Symploke.

15.1/2. (2007): 218-243. Impreso.

– – -. “Chuang Tzu’s Becoming-Animal.” Philosophy East & West. 61.1 (2011): 110-133.

Impreso.

Halevi-Wise, Yael. “The Life and Times of the Picaro-Converso from Spain to Latin America.”

en Sephardism: Spanish Jewish History and the Modern Literary Imagination. Ed. Yael

Halevi-Wise. Stanford: Stanford UP, 2012. 150-168. Impreso.

McGuirk, Carol. “Science Fiction’s Renegade Becomings.” Science Fiction Studies 35.2 (2008):

281–307. Impreso.

Newman, Saul. From Bakunin to Lacan: anti-authoritarianism and the dislocation of power.

Lanham: Lexington Books, 2001. Impreso.

Patton, Paul. “Conceptual Politics and the War-Machine in ‘Mille-Plateaux’”. SubStance. 13.3/4,

1984: 61-80. Impreso.

Reportaje sobre la lucha estudiantil, obrera y campesina en el México de 1968 y represión gubernamental

Reportaje sobre la lucha estudiantil, obrera y campesina en el México de 1968 y represión gubernamental

Tajimara y El gato, dos cuentos de Juan García Ponce, escritor mexicano (S. XX)


JUAN GARCÍA PONCE

Selección y nota de 

Eduardo Vázquez M. 

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL

DIRECCIÓN DE LITERATURA

MÉXICO, 2008 

ÍNDICE

NOTA INTRODUCTORIA 3

BIBLIOGRAFÍA DIRECTA DE JUAN GARCÍA PONCE 5

TAJIMARA 8

EL GATO 23

NOTA INTRODUCTORIA 

Juan García Ponce (1932), narrador y ensayista yucateco, pertenece a una generación de escritores (Salvador Elizondo, Juan Vicente Melo, José de la Colina, Inés Arredondo, Sergio Pitol) que comienzan a publicar en la década de los sesenta al abrigo del impulso renovador de la generación anterior. Si en los años cincuenta se registra el rompimiento con los temas rural e indígena y se consolida una narrativa de estilo depurado (Juan José Arreola) y cuya mirada cambió de la historia patria y sus caudillos a los paisajes de la ciudad y la modernidad (Carlos Fuentes); los sesenta le darán voz a una novelística donde se encuentran igual el México moderno que las huellas de la literatura francesa (Bataille, Klossowski) y alemana (Musil, Broch, Mann). Los escritores de esta década se saben ciudadanos del mundo pues se han alimentado del espíritu cosmopolita de Contemporáneos y de la poesía mexicana moderna (Octavio Paz). 

Dentro de su generación hay dos características que marcan a García Ponce: ser el que mayor número de obra ha aportado, y combinar, con el mismo rigor, el ensayo y la narrativa, la crítica de pintura y la literaria. Se descubre al narrador en el crítico, y es imposible desconocer al segundo en sus novelas y cuentos. Lejos de esconder sus influencias (todo escritor las tiene), el trabajo de García Ponce es una constante búsqueda de respuestas a interrogantes propias y compartidas. Su literatura —como él mismo ha definido la de Hermann Broch— “es una ilustración de la problemática a que lo obligan a enfrentarse sus incursiones en el terreno del pensamiento”. Al igual que sus contemporáneos, García Ponce se ha propuesto penetrar en el yo de sus personajes, escribir una prosa que busca recrear el mundo cotidiano (esencialmente el de la pareja y la realidad del amor). Su literatura dibuja los trazos de un costumbrismo desde el que, cual puerta falsa, se abre un mundo de encarnaciones donde los persona-jes viven a través de su condición de encuentro entre la pesadilla y la vigilia. Las representaciones de su narrativa tienen orígenes diversos; algunas expresan las pulsiones íntimas y vitales de su creador, otras escenifican el mundo de la pintura, otras dan vida a especulaciones filosóficas o a los hitos permanentes de las letras. 

“Toda gran creación poética —ha dicho Walter Muschg— es un equilibrio entre la culpa y la expia-ción.” El trabajo de García Ponce tiene mucho que ver con la frase del crítico alemán. El escritor construye mundos armoniosos cuyas fronteras siempre dan al vacío. Los ámbitos de los valores burgueses se encuentran en un estado de falso equilibrio, o dicho de otro modo, se levantan sobre una apariencia tras la que se esconde otra cosa, y cuyos mecanismos de afirma-ción y ruptura son descubiertos a la luz de los actos, los rituales y las palabras. La aparición del deseo mar-ca el principio de la duda; tras ella, todos los valores comienzan a experimentar una profunda descomposi-ción que termina por negarlos. Sin embargo, la nega-ción a que nos somete García Ponce no se acompaña de una afirmación de valores distintos o de órdenes nuevos, sino en una caída sin fin en cuyo vértigo los personajes viven su propia existencia. En medio de la caída los sujetos de la historia adquieren conciencia de que no sólo son responsables de su destino, sino también del propio azar. 

El vértigo como constante, ámbito abierto y narración inconclusa que caracteriza a La noche (“Amelia”, “Tajimara” y “La noche”), es el punto de partida de Encuentros. Si la ausencia de final revela el hecho de que la condición humana es inaprensible y sus límites no existen, Encuentros desarrollará otros temas obsesivos del autor: la mirada, el tiempo y la pureza. “El gato”, “La plaza” y “La gaviota”, son cuentos donde el vértigo ha sido sustituido por un lirismo simbólico que dota a los personajes de forma. El gato, testigo mudo, es el signo que dice, más allá de sus ambiguas características de maldad y voluptuosidad, cosas que pertene-cen a los territorios de la poesía.

Existe en la obra de García Ponce un elemento que la unifica, que le da un carácter común a periodos distintos de su formación como escritor: el erotismo que es, al mismo tiempo, el motor que mueve a sus personajes al vacío y el que les da vida. Si erotismo y deseo conducen al pecado y a la culpa, para el escritor son también el lugar de la expiación y la gracia. 

García Ponce ha puesto a su propia persona en la obra de arte, no únicamente porque la dirija su con-ciencia, sino porque él, como personaje, se inscribe en algunos de sus textos y hace vivir sus ideas a través de seres distintos. Al convertir al artista en personaje de su propia creación y exponerlo al rigor de la escritura, el creador se adentra también en las leyes del azar, en esta libertad cuyo gobierno inventa y funda. De esta manera los textos no son sólo proyecciones del deseo: encarnan también el misterio del lenguaje al que el escritor se ha sometido. La vida extiende su poder dentro de la literatura, pero la literatura respira en personas presentes en el mundo de los vivos. 

Como pocos escritores en México, García Ponce per-sigue la obra. Sus trabajos narrativos y ensayísticos se penetran, los personajes de sus cuentos se desarrollan en sus novelas. Si “El gato” y “Tito” anticipan De ánima, no es menos cierto que esta última se construye sobre influencias de Klossowski y Tanizaki. Desde La noche hasta Crónica de la intervención, García Ponce ha creado un trabajo que dibuja con claridad al narrador comprometido con su oficio y con sus obsesiones. Porque ha optado por escribir sobre el hombre y su literatura nos permite asomarnos a las zonas oscuras y complejas de los actos y la conciencia, sus novelas, cuentos y ensayos no pueden ser concebidos como respuestas cerradas, sino como reflexiones que fundan nuevas dudas. Como todos los escritores para quienes su oficio es una forma íntima e irremplazable del conocimiento, García Ponce escribe siempre la misma novela. Por esto mismo, realizar una selección para el presente Material de Lectura es una tarea difícil. Sin embargo, sirvan estos cuentos no sólo para dar una idea de la capacidad narrativa de su autor, sino ade-más, para constatar la existencia de un mundo de imá-genes, formas, deseos y ritos, que a través de la mirada del artista se transforman en una religión y una estética de lo vivido y lo soñado. 

EDUARDO VÁZQUEZ M.

BIBLIOGRAFÍA DIRECTA 

de Juan García Ponce 

Teatro:

El canto de los grillos (1958); La feria distante (1959); Doce y una trece (1961); Catálogo Razonado (1982).

Cuentos y relatos: 

Imagen primera (1963); La noche (1963); Encuentros (1972); Figuraciones (1982).

Novela:

Figura de paja (1964); La casa en la playa (1966); La presencia lejana (1969); La cabaña (1969); La vida perdurable (1970); El nombre olvidado (1970); El libro (1970); La invitación (1972); Unión (1974); El gato (1974); Crónica de la intervención (1982); De ánima (1984).

Ensayo:

Cruce de caminos (l965); Entrada en materia (1968); Desconsideraciones (1968); La apariencia de lo invisible (1968); El reino milenario (1969);Thomas Mann vivo (1972); Cinco ensayos (1969); Teología y pornografía: Pierre Klossowski en su obra: una descripción (1975); La errancia sin fin: Musil, Borges, Klos-sowski (1981); Las huellas de la voz (1982).

Libros de arte: 

Rufino Tamayo (1967); Nueve pintores mexicanos (1968); Vicente Rojo (1971); Paul Klee (1965); Joaquín Claussell (1972); Leonora Carrington (1974); Manuel Felguérez (1976); Diferencia y Continuidad, en colaboración con Manuel Felguérez (1982); Trazos (1979).

TAJIMARA

Tajimara, leído por su autor
Versión cinematográfica , del cuento de Juan García Ponce: Tajimara (Enseguida de esta, hay una adaptación de un cuento de Carlos Fuentes)

En su coche, camino a Tajimara, Cecilia me dijo al fin el motivo de la fiesta: Julia iba a casarse y Carlos había organizado la reunión para “despedirse de la casa”. Asombrado, le pregunté quién era el novio. Dijo un nombre que no significaba nada para mí y luego me explicó que era un chileno al que podría aplicársele el aforismo de Schopenhauer sobre las mujeres: pelo largo e ideas cortas. Yo quería que me contara todo, pero con Cecilia eso era imposible; por encima de cualquier otra cosa adoraba la confusión y el misterio, y ésta era una oportunidad única. Contestó que no sa-bía nada, que ya los vería y me daría cuenta de lo que había pasado. Comprendí que era inútil intentar sacarle algo más y me dediqué a mirar la carretera en silencio. Estaba lloviendo y, vistos a través de los cristales em-pañados, los abetos sacudidos por el viento, las mon-tañas pardas y el cielo gris y deslavado, parecían en-vueltos en una enorme bolsa de celofán. Antes, Cecilia y yo habíamos recorrido estos mismos veinte kilóme-tros innumerables veces; pero el paisaje nunca me había parecido tan melancólico como ahora. En cierto sentido, que ella manejara siempre era casi simbólico. Me había guiado hacia donde ella quería toda mi vida y cuando después de seis meses de no verla se presentó de pronto para invitarme otra vez a Tajimara, no tuve ni siquiera tiempo de pensar en lo que sentía, acepte simplemente, consciente de que jamás sabría si la quería o la odiaba. Al manejar levantaba ligeramente la cabeza y la postura acentuaba la extraordinaria gracilidad de su cuello. Con su vestido verde, sin mangas, cerrado hasta el cuello, recto y pegado al cuerpo, se veía divina. 

Película basada en Tajimara (parte uno)

(Cuando la conocí usaba trenzas y a veces se las recogía en rodetes sobre las orejas. Todos los muchachos del barrio estábamos enamorados de ella y buscábamos continuamente pretextos para desahogar a golpes el odio que había logrado provocar entre nosotros sonriéndole cada día a uno diferente. Pero, con el tiempo, cada quien se fue por su lado. Yo dejé de verla y un día supe que se había casado. Pensé en ella un momento como algo hermoso e irrecuperable y no traté de averiguar nada más. Mucho después volví a encontrar-la en una tarde de lluvia como ésta, mientras yo atravesaba corriendo la Reforma. Me subió a su coche y nos fuimos a tomar un café. Mis padres habían regre-sado a Guanajuato y yo vivía con Mario en un departamento viejo, helado, apestoso y lleno hasta el tope de nuestras porquerías: libros, reproducciones, recortes de revistas, fotografías antiguas y la colección de arte indígena de Mario, que era antropólogo. No tenía un centavo y me pasaba el día traduciendo novelas policiales a cinco pesos la cuartilla, con la vaga esperanza de terminar la carrera algún día. Mientras la miraba, tratando de reconocer a la Cecilia de antes en esta nueva persona de gestos nerviosos, ojos inquietos y pelo corto, ella me contó que se había divorciado, perdiéndose en una interminable historia sobre la tontería de su marido y su incapacidad para comprender las inquietudes de ella. Cuando terminó, yo casi sin darme cuenta empecé a hablar del amor que le tenía y de cómo me hacía sufrir. Sonrió encantada y comentó: “Yo te tenía muy en cuenta; pero estaba enamorada de Guillermo y sólo podía pensar en él.” Fue una verdadera revelación. Para mí Guillermo siempre había sido una más entre sus víctimas, y aunque los había sorprendido juntos muchas veces y sabía que a ella le gustaba, nunca pensé que hubiera algo especial entre ellos. Luego, Cecilia insistió en llevarme hasta mi casa. Habíamos hablado cerca de cuatro horas y al final yo no sabía quién era ni dónde estaba; el pasado se revol-vía con el presente y sentía la misma emoción que diez años atrás cuando, por la noche, tiraba piedras a su ventana con la esperanza de verla un instante y, cuan-do salía, sólo me atrevía a decirle que necesitaba hablarle al día siguiente y me alejaba furioso conmigo mismo por no haberme atrevido a decir más. Me dejó su teléfono y al cabo de una semana nos veíamos todas las tardes. Su forma de hablar me recordaba, a veces, a la Cecilia que paseaba conmigo por el Parque México en tardes afortunadas y no me dejaba tomarle la mano. Pero entre nosotros siempre había una especie de nostalgia por la inocencia perdida. En aquella época los dos éramos vírgenes y yo soñaba con tenerla noche y día; ahora ninguno de los dos nos perdonábamos no haber sido el primero y nos castigábamos mutuamente por eso. Sentado frente a la ventana, la veía llegar y salía a recibirla a la escalera. Apenas entrábamos ella se desnudaba, se ponía la bata de Mario y me enfurecía con frases como “nos estamos destruyendo” o “no podemos seguir juntos”. Representaba cada tarde un personaje distinto. A veces fingía que mi indiferencia la exasperaba y tiraba las cosas al suelo. “Me estoy dando a ti por completo, a ti, no te hagas a un lado, no lo permito.” Un día rompió varias figuras de la colección de Mario y él, que estaba harto de pasarse las tardes fuera, tomó esto como pretexto y se peleó con-migo). 

Cecilia, cansada de mi silencio, se echo a reír de pronto. La conocía perfectamente y sabía que era sólo un pretexto para iniciar otra conversación, pero le pregunté de qué se reía. 

—Estoy imaginando la cara de Guillermo cuando me vea entrar contigo —dijo.

—¿Va a estar allí? —pregunté, aunque sabía cuál iba a ser su respuesta. 

—Sí. Por eso te traje. 

Como lo esperaba. El eterno juego estúpido al que no podía dejar de prestarme, ego maniaco masoquista que había encontrado la pareja ideal. El tenue telón de la lluvia entre el campo amarillo y el cielo gris. La intimidad del coche en la carretera solitaria. Adivinan-do el cuerpo de Cecilia bajo la tela del vestido. 

(Yo no podía pagar un departamento solo, pero no quería volver a ninguna casa de huéspedes. Al día siguiente le conté todo a Cecilia. Se echó a reír y me dijo que ella se ocuparía de encontrarme lugar. “Conozco mucha gente. Demasiada. No te preocupes.” 

Como siempre, tenía puesta la bata de Mario. Se la quitó y se subió al arcón de madera de debajo de la ventana. La lluvia afuera y el cielo gris con su figura recortada contra la ventana. “Llévame al cuarto, estoy helada.” Las tardes interminables en que yo trataba de hacerla gozar y el olor revuelto de nuestros cuerpos después de hablar horas enteras en la cama con las piernas entrelazadas, manchando con ceniza las sábanas. “A veces no siento nada. Es inútil. Siempre me ha pasado lo mismo. Estoy mal.” Siempre ¿con quién? Pero luego, con el sudor revuelto, me rodeaba la cintura con las piernas y yo la buscaba por dentro y después de revolverse y quejarse y suspirar se aflojaba al fin y murmuraba “gracias, gracias por esperarme”. Consiguió el estudio de Julia y Carlos, que habían alquilado ya la casa en Tajimara, pero no querían perderlo y me lo subarrendaron por una cantidad ridícula. Era sólo una estancia, con las paredes manchadas de pintura y un olor permanente a tíner y a chapopote que fue im-posible quitar, y un baño destartalado; pero la ventana daba a un jardín viejo y melancólico, por las mañanas los gritos de los niños llegaban hasta nosotros y al atardecer veíamos a un viejo solitario que sacaba a mear a su perro. Cecilia inventaba historias interminables acerca de él. Entonces se pasaba el día entero conmigo. Yo no me cansaba de mirarla. “Tú, tú”. “No; ya no soy ésa. No sueñes, no inventes. Todo se acaba.” Pero cuando ella hablaba así era cuando yo más quería hacerlo durar. Bajábamos la escalera con mi brazo alrededor de su cintura para comprar un pollo en la esquina y en la calle había viento, los árboles se veían tristes, el cielo estaba gris, el ruido del tráfico se perdía en el aire y la gente parecía extraña a nosotros, que después íbamos a hablar de una época muerta y a pensar por separado que, sin embargo, ya nada era igual.) 

Las gotas repiqueteaban como municiones sobre el techo de lámina del coche. Cecilia siguió hablando sin mirarme, atenta al camino, limpiando de vez en cuan-do con la mano los cristales empañados. 

—Pero no voy a regresar contigo. No íbamos a ningún lado así. Cuando éramos niños era diferente. Ahora no podía salir bien. Si nos hubiéramos casado entonces tendríamos diez hijos y seríamos felices. Pero yo le di todo lo de esa época a Guillermo y el no supo tomarlo. ¿Sabes lo que me dijo el doctor? Que los torturaba a ustedes por él y mi padre. Así me vengaba del poco caso que ellos me hacían. 

(Cecilia, con el uniforme del colegio y una cinta azul en el pelo. Esperaba todas las mañanas a que ella saliera, siempre con el temor de que fuera demasiado tarde y se hubiera ido ya, y luego la seguía sin atreverme a hablarle hasta que ella se volvía fingiendo sorpresa. La acompañaba hasta la puerta del colegio y me quedaba acostado enfrente, sobre el pasto, con la esperanza de verla asomarse por la ventana, pero primero sólo salí-an sus amigas, riéndose y empujándose mutuamente, y al final ella aparecía un instante y me hacía señas de que me fuera.) 

—Y ahora ¿qué ganas con Guillermo? 

—Me vengo en él directamente. Es mucho mejor. 

—Tiene que haber algo más. 

—Tal vez. Tal vez esté todavía enamorada de él. Quién sabe. ¿Sabes lo que me hizo el día que cumplí quince años? Nunca se lo he contado a nadie antes. Había estrenado vestido y lo estuve esperando toda la tarde, pero no llegó. Por la noche me habló por teléfono para decirme que ya no me quería y no iba a verme más. Hacía un mes que me acostaba con él. Ahora es una tontería; pero entonces… No lo podía creer. Estuve hablando con él horas enteras, tratando de convencer-lo, como una idiota, diciéndole que era imposible, que todos ustedes estaban enamorados de mí y en cambio yo sólo lo quería a él. Y era verdad. Yo no sabía cómo eras tú en ese tiempo, ni tú ni nadie; sólo él. A ustedes no podía verlos. 

—Veme ahora. 

—No. Es inútil. 

Con la lluvia había oscurecido de pronto, sin que viéramos meterse al sol. El coche lleno de humo. Los cristales, convertidos en espejos, devolvían la figura de Cecilia del otro lado del coche, doblándola. Los brazos delgados, de niña todavía, extendidos hacia el volante; la suave curva de la nuca, con unos cuantos rebeldes pelos castaños saliéndose del peinado. Me acerqué a ella y le acaricié el cuello. 

—¿Por qué no? 

—No sé. 

Le pasé suavemente la mano por el brazo y sentí cómo se le erizaban los vellos. 

—Párate un momento. 

Sin contestar ella arrimó el coche a la cuneta y paró el motor. En un momento la lluvia empañó por completo los cristales. Desde algún lado se oía correr un arroyo. Empecé a besarla. Primero, ella se dejó hacer; pero luego me apartó, se inclinó sobre el volante y apoyó la cabeza en los brazos. Le puse una mano en la rodilla y la subí por los muslos. 

—¿Traes algo debajo? 

—Sí —dijo ella, sin levantar la cabeza. 

Subí la mano hasta el fin y la acaricié hasta que la tela se humedeció. Entonces, con la otra mano, empecé a bajarle el cierre del vestido, por la espalda. Le desabroche el sostén, la atraje hacia mí y le acaricié el pecho, apretándole el pezón con los dedos. 

—No —dijo ella. 

Pero bajó los brazos y se dejó sacar el vestido hasta la cintura y luego levantó las nalgas para que se lo quitara por completo. La acaricié despacio, sintiéndola estremecerse y tirar de mí para que me acercara a ella. 

—Entra. Pero salte antes. No quiero que pase nada. 

Pero ésta no es la historia que quiero contar. La otra, la de Julia y Carlos, significa realmente algo. Lo mío y de Cecilia es distinto y además ella no se llama Cecilia y en todo lo que he dicho hasta ahora hay algo falso, aunque los sucesos sean verdaderos. No he hablado de los proyectos que pensamos realizar, ni de la mágica complicidad, ni de cómo empezó todo en realidad, ni he logrado que ella, la Cecilia verdadera, se vea tal cual es: niña frágil, absurda, tímida y descarada, exas- 

perante, imposible, exigente y débil, sorprendente siempre y desesperadamente independiente, inasible, tan difícil de penetrar y tan desequilibrada, y a veces, también, tan tonta, empeñada en vivir en una edad irrecuperable y tratando siempre de cambiar el sentido de sus actos, hablando todo el tiempo sin decir nada y con una mirada que de pronto parecía abarcarlo todo, con la pasividad inagotable de la luna. La primera vez que la llevé al departamento todavía no la había besa-do nunca en mi vida. Hasta entonces nos citábamos en cafés o simplemente en cualquier esquina conocida, porque ella no quería que fuera a buscarla a su casa. “Ésa era otra época, no debes volver por allí.” Un día me dijo que quería ver cómo vivía y yo le prometí llevarla al día siguiente. Le expliqué todo a Mario y conseguí que me dejara el departamento libre. Pasé por Cecilia a un café y ella manejó hasta la casa. Llevaba pantalones y mientras subíamos la escalera le metí la mano por la espalda, por debajo del suéter. Pero después, adentro, los dos estábamos muy turba-dos. Tuve que enseñarle, una por una, todas mis cosas y responder a las preguntas más absurdas acerca de ellas, como si cada una fuera el objeto más extraño e incomprensible. Cuando no hubo más que hablar sobre el departamento, Cecilia se sentó en un sillón, lejos de mí, y empezó a hablar de su matrimonio, sin dejarme intervenir para nada. Yo la escuchaba aburrido y des-ilusionado, distraído, sin detenerme a pensar en si lo que me decía era verdad o mentira; de todos modos, la historia era absurda. Al fin se levantó para irse y entonces me acerqué a ella y la besé. Al principio pensé que tenía los labios demasiado delgados y en cierta forma era una desilusión, pero de pronto ella me metió la lengua en la boca y se apretó contra mí y me olvidé de todo. La desnudé ahí mismo, la llevé al cuarto y me desvestí mirándola, mientras ella se acariciaba. El pasado, el presente, todos los años que había vivido tranquilo, sin pensar jamás en Cecilia. Ese día terminamos al mismo tiempo y luego desnudos, en la cama, le hablé de todo lo que la había querido. “No te conocía, no me daba cuenta, hubiéramos sido felices”, decía ella y yo sentía que la quería tanto como entonces; pero luego, por la noche, a solas, después de contárselo todo a Mario, pensé que había sido una tontería. Ella ya no era la misma, ni yo era el que había sido y la actual Cecilia no me interesaba. Sin embargo, siguió viniendo y me enamoré de ella o tal vez, simplemente, volví a encontrarla. Su conversación me exasperaba; pero apenas se iba empezaba a extrañarla. Me contó que desde su divorcio iba con un psicoanalista y pro-puso que desde el principio nos contáramos todo lo malo que pensáramos uno del otro para que nuestra relación fuera verdadera. Tuve que decirle que al principio sólo quería acostarme con ella y me contó detalladamente con quiénes y cómo se había acostado. El resultado fue que ninguno de los dos nos lo perdonamos nunca, y eso no lo confesamos. A veces hablábamos de casarnos e irnos a Puerto Vallarta o a no sé que pueblo de la costa de Colima del que Cecilia había oído hablar. Yo enviaría por correo las traducciones y estaríamos todo el día en traje de baño sin que nada se interpusiera entre nosotros. Pero veíamos todo como algo vago y lejano, que en el fondo sabíamos que nunca se realizaría. En el estudio, Cecilia se ponía un sué-ter y unos pantalones viejos míos e intentaba, sin éxito, poner un poco de orden o preparar algo de comer, aunque siempre era yo el que terminaba friendo los huevos porque ella le tenía miedo al aceite hirviendo. Me llevó a su casa. Sentí una sensación extraña al re-conocer los muebles de la Cecilia de antes, y conseguí que me regalara la pequeña mesa de su cuarto para tener siempre algo suyo junto a mí. Luego nos llevamos el álbum de fotografías y nos pasamos tardes enteras repasándolo, tratando de convencernos de que el tiempo no había pasado y éramos los mismos, aunque ella jamás quiso dejarme ninguna de sus fotos antiguas y se llevaba consigo el álbum cada vez. Pero, a pesar de la intimidad, las conversaciones interminables y los paseos por las calles, bajo la lluvia, en tardes grises y rosadas, sintiendo la ciudad, solos y realmente unidos, todavía no sé cómo es Cecilia, cuál de todas es Cecilia y sólo su figura está siempre presente. Cecilia desnuda, de pie sobre el arcón de Mario (eso ya lo dije); Cecilia con los tirantes del sostén bajados para que yo viera cómo se veía en bikini; Cecilia en el sofá, dejando que la mirara; en pantalones, con la gabardina encima; en el coche, diciéndome adiós, un breve es-corzo de la mano y la sonrisa; en las fiestas, sin nada debajo del vestido, como yo se lo había pedido; discutiendo con Clara en la carretera, olvidándose de que iba manejando, después de estar con Julia y Carlos en Tajimara. (Es inútil.) Julia y Carlos son hermanos. Cecilia había conocido a Julia en no sé qué clase de pintura (Cecilia había hecho de todo) que las dos tomaban juntas. Entonces Carlos estaba fuera de México, estudiando también. Cuando regresó, alquiló el estudio para él y para Julia y presentaron una exposición. Vendieron algunos cuadros y dos o tres críticos los elogiaron, especialmente a ella, y su padre, entusiasmado, les dio el dinero para comprar la casa en Tajimara. Se parecían mucho, aunque ella era un poco más alta que él. Cecilia y yo los ayudamos a trasladar sus cosas y luego los visitamos de vez en cuando. 

(Los viajes en el coche, sentado al lado de Cecilia, por las tardes, sin pensar en nada, mirando los árboles amarillos y las flores en las lomas y luego las montañas pardas, verdes y azules diluyéndose con el fin del día.) 

La casa tenía ventanas con barrotes de hierro y un hermoso y descuidado jardín en el centro, pero llevaba años deshabitada. Los pisos estaban levantados y el techo tenía una imprevisible cantidad de goteras. Julia y Carlos pintaban en todas las habitaciones y hasta en el enorme patio del fondo entre los manzanos y las higueras. Hacía mucho frío. Por la noche prendían la chimenea y la estancia se llenaba de humo. Los visitaba mucha gente y todos terminaban borrachos, con los ojos enrojecidos por el humo y los pies helados. Conversaciones de este tipo: 

—En el mundo, menos húngaro, se puede aprender todo. 

—Yo pinto con música africana en el tocadiscos. A todo volumen. El ruido atrae la inspiración. 

—Vamos a desnudarnos todos. 

—¿Te has acostado con ella? 

—Strindberg, Strindberg, no hay más. Y entre todas sus mujeres, Adele. 

En el pueblo todos se reían de Julia y Carlos. Ellos nos recibían manchados de pintura de la cabeza a los pies, y se reían más que nadie, pero se vigilaban mutuamente, y sólo se quedaban tranquilos cuando los dejábamos solos otra vez. Carlos tenía que soportar el asedio de Clara y a Julia la perseguían todos; pero ellos no miraban a nadie. Ésa es la historia que quiero contar. Cecilia y yo la descubrimos durante un fin de semana. Habíamos llegado el sábado a mediodía y mientras ellos pintaban nos fuimos a la huerta. Acostados bajo los árboles, dejamos pasar la tarde. Hacía más de cinco meses que estábamos juntos y aunque yo estaba harto de la gente de Tajimara ella me arrastraba siempre hasta ahí. 

Clara se había hecho íntima amiga suya y no nos dejaba en paz. La recuerdo en el coche, de regreso de Tajimara, incansable, hablando sin parar, después de haber estado bebiendo toda la noche, sentada en el asiento de atrás, con los codos apoyados en el respaldo de nuestro asiento, mientras yo dormitaba con la cabe-za apoyada en el vidrio. 

—El artista tiene que ser libre. Eso es lo admirable de Julia y Carlos. No se paran ante nada. Y eso se ve en sus cuadros. A mí que no me hablen de responsabilidad ni de ninguna de esas tonterías. Vivir y expresarse; crear, eso es lo único que importa ¿verdad, Cecilia? Míralo. ¡Dormido! ¿Cómo lo soportas? No le importa nada. Y lo peor es que debe tener algo adentro; pero con esa indiferencia es imposible sacarle algo. Despierta, tú. Dime qué piensas del mundo, qué esperas, qué le exiges. Habla. 

Y etcétera. 

Aquella tarde Cecilia estaba en shorts y los niños del pueblo se asomaban todo el tiempo por encima de la barda para verla. Luego llegó Julia.

—Vengan a ver mi último cuadro. 

Era una gran tela negra con una mancha roja en el centro en la que el empaste producía una obsesionante sensación de movimiento. A través de la puerta se veía a Carlos en el cuarto siguiente, absorto, manchando otra gran tela de verde. Julia se alejó unos pasos de su cuadro para mirarlo otra vez y llamó a Carlos. 

—Ven a ver esto antes de que se acabe la luz. 

Él se acercó y se paró a su lado. 

—¿Qué tal? —preguntó ella. 

—Muy hermosa —dijo é1, mirando a Julia. 

Y de pronto le pasó el brazo por los hombros y la besó en el cuello. Después, como si hasta entonces se diera cuenta de que Cecilia y yo estábamos ahí, se apartó turbado. 

(Y en cambio, el domingo, Clara se presentó con Guillermo que no tenía nada que hacer allá. Al principio, él ni siquiera se dio cuenta de quién era Cecilia y sólo la reconoció cuando se la presentaron. “Te cortaste las trenzas.” “Sí, claro”, dijo ella. Yo la miré. Estaba pálida. Cuando todos estábamos borrachos, bailó con él y dejó que la llevara al patio. Luego regresaron y ya no le habló más. Se puso a bailar conmigo y me dijo que era un perfecto imbécil; pero bebió más que nadie, y al final estaba tan borracha que tuve que manejar yo. Salimos todos al mismo tiempo y Guillermo intentó subirse a nuestro coche. Arranqué antes de que abriera la puerta y lo dejé con Clara. En el camino, Cecilia se puso a llorar de pronto y me pidió que parara y nos acostáramos, pero yo sabía que los otros venían atrás y no le hice caso. Entonces se quedó dormida, con la cabeza apoyada en mi hombro, tapándose con la ga-bardina. Poco antes de llegar a la caseta empezó a amanecer. Había neblina, pero abajo la ciudad se veía rosa y anaranjada. Frente al Panteón de Dolores estaban instalando los puestos de flores. Las calles estaban vacías y el silencio sólo era interrumpido por el paso de los primeros tranvías y el lento rodar de los carros de los barrenderos. Frente al estudio, en un rincón del parque, un perro flaco revolvía un montón de basura. 

Los columpios colgaban inmóviles y alguien dormía sobre una banca, envuelto en periódicos. Dejé a Cecilia dormida en el coche y me fui a la farmacia de la esquina a hablar por teléfono a su casa. Contestó su madre. Le dije que Cecilia se iba a quedar en Tajimara un día más y me había encargado que le avisara. No podía llamarle después y por eso… Ella estaba muy asustada, y furiosa. Me preguntó quién era, le di un nombre inventado y colgué antes de que empezara a lamentarse. Regresé al coche y traté de despertar a Cecilia, pero fue inútil; movía la cabeza y se quejaba, pero no abría los ojos. Entonces, así dormida, la saqué del coche, me puse su brazo alrededor de los hombros, la tomé de la cintura y la subí hasta el estudio casi a rastras. Allí, la acosté en la cama, vestida, y me senté frente a la ventana, muerto de cansancio pero incapaz de dormir. De vez en cuando me volvía a mirarla; había vuelto a dormirse profundamente. El ceño fruncido hacía que toda su cara tuviera un aspecto mal-humorado. La noche anterior yo había dormido por primera vez junto a ella y nos habíamos levantado juntos. Nos habíamos dormido abrazados, pero durante el sueño nos separamos y durante toda la noche apenas me daba cuenta, inconscientemente, estiraba el brazo buscándola. Por la mañana se había puesto mis pantalones y mi camisa y me había obligado a correr desnudo hasta el baño detrás de ella. Yo debería haberle hablado durante uno de nuestros paseos por el Parque México y deberíamos habernos casado entonces, cuando teníamos quince años, y tener ahora los diez hijos que ella decía, aunque nos hiciéramos viejos prematuramente. Entonces la necesitaba ya y entonces las cosas hubieran salido bien. A cualquier edad se puede necesitar a una persona, antes de tener experiencia, antes de tener nada y yo la quería como ahora, tal vez mejor que ahora. Cualquier cosa es mejor que una necesidad que nunca es satisfecha. 

(Cerca del mediodía, ella despertó y me llamó a su lado. Me había quedado dormido en el sillón, con la cabeza apoyada en la mano izquierda. Me senté en la orilla de la cama y ella, con el pelo revuelto, despintada y con los ojos hinchados, me preguntó qué íbamos a hacer. “Nada”, contesté. “Abrázame”, dijo ella. La besé en los labios secos y me acosté a su lado. Después nos bañamos juntos y la obligué a tomar café y un huevo frito, y, más tarde, apagamos los cigarros sobre las manchas amarillas que habían dejado las yemas en los platos. Era una de esas tardes grises en las que, sin embargo, no llega a llover realmente, sino que sólo de vez en cuando caen algunas gotas gruesas y uno se queda con la sensación de que ha faltado algo o algo se ha frustrado, algo que de alguna manera nos disminuye. Le había dicho ya que había hablado con su madre, pero al anochecer se empeñó en irse. No quiso que la acompañara hasta su casa y nos despmos junto al coche, donde la besé, apoyándola contra él. Luego me quedé allí, mirándola alejarse. Ella, antes de dar la vuelta en la esquina, sacó la mano por la ventanilla y me dijo adiós. En el estudio, las sábanas sucias y revueltas guardaban el olor de su cuerpo. Después me dijo que esa misma noche Guillermo le había hablado por teléfono y habían salido juntos. 

(Empecé a esperar todas las noches frente a su casa. El sabor amargo en la boca, la rabia y el desprecio por mí mismo. Horas enteras, inacabables, convenciéndome a mí mismo: “Cinco minutos más”; y luego: “No voy a irme ahora, cuando ya no puede tardar, me que-do hasta que llegue.” Le escribí una carta: “Cecilia, es una tontería, no ha cambiado nada, no te inventes cosas, estábamos muy bien, no tienes de que vengarte ni sabes lo que estás haciendo, eso no importa y te quiero, ven, déjame hablarte.” La vergüenza de tener que esconderme detrás de cualquier cosa cuando ella llegaba con Guillermo y el odio el día que los encontré caminando, del brazo. “¿Qué haces por aquí?” “Na-da… La casa de un amigo.” Mirando a Cecilia para que ella entendiera. Me fue a buscar al día siguiente, pero no subió al estudio sino que me llevó a dar una vuelta en el coche. “¿Lo quieres?” “No.” “¿Te quiere?” “Tiene que quererme.” “Es un idiota.” “¿Qué importa?” “Déjame besarte.” “¿Para qué?” y después: “¿Ves? Es inútil. No vayas más por mi casa. No voy a salir. 

¿Dónde te dejo?” Era diciembre. Los árboles sin hojas, el tráfico peor que nunca y las gentes caminando de prisa, en el viento. Le devolví el estudio a Julia y a Carlos y me fui a pasar las vacaciones con mi familia. Ahora Cecilia no había querido decirme cómo me había encontrado. “Aquí estoy. ¿Quieres venir o no?”). 

Estaban arreglando la carretera frente a Tajimara y la desviación estaba llena de lodo. La lluvia era ahora un verdadero aguacero. Por las pocas calles iluminadas se veían correr ríos ocres. Frente a la casa había ya tres coches estacionados; uno de ellos era el de Guillermo. Cecilia paró el suyo detrás y se arregló el vestido. La miré mirarse en el espejo. Ella se volvió hacia mí y sonrió. 

—Te quiero —dije. 

—No digas tonterías. Voy a casarme con Guillermo. 

—¿Para qué pasaste por mí entonces? 

—Decidí venir a última hora y tú eres el único que podía acompañarme. 

Intenté besarla y me apartó. 

—Ahora vas a portarte bien. Él no me espera. Si te interesa saberlo, todavía no me he acostado con él. 

Le había entregado el estudio al padre de Carlos y desde la última vez con Cecilia no había vuelto a Tajimara. 

(¿Podría haber empezado todo el relato con esa fra-se? Me imagino que es imposible seguirme, pero todas las historias policíacas están perfectamente construidas y yo estoy harto de ellas. Tal vez ahora pueda volver definitivamente a Julia y Carlos). 

Al atravesar corriendo el jardín con Cecilia vi que la lluvia había borrado casi por completo el mural que Julia y Carlos pintaron juntos en la pared del fondo. En el corredor se amontonaban también varias telas semi destruidas. Entramos corriendo, sacudiéndonos el agua y todos nos recibieron a gritos. Guillermo miró a Cecilia asombrado y se la llevó aparte enseguida. No sé que hablaron. ¿Qué importa? Bailaron toda la noche y yo, sentado, los miré pasar, admirando el cuerpo de Cecilia, envuelto en el vestido verde. El grupo había cambiado un poco. Estaba una muchacha que no conocía, sin pintar y vestida de negro; y un muchacho de no más de dieciocho años, rubio, con una pipa enorme colgando, apagada, de la boca; los dos críticos que habían facilitado la compra de la casa en Tajimara con dos mujeres desconocidas y, claro, el novio. Éste era alto, flaco, pálido y tonto. La luz amarillenta del único foco apagaba los reflejos de la chimenea y los cristales de las ventanas repetían en el patio oscuro los movimientos de los invitados. Es todo. Cecilia y yo no tu-vimos oportunidad de hablar de Julia y Carlos y ahora sólo recuerdo el parlamento de Carlos, borracho ya: 

—Estamos aquí reunidos para celebrar la muerte de la soledad y el triunfo del amor, la alegría y la paz. Julia, ven a mi lado. Como dos gotas de agua, como una sola fuerza, y la lluvia se desprendió de la nube porque la unión era imposible y no podía ignorar al sol. Juntos haremos triunfar a la inocencia, y al final la princesa se casó, como en los cuentos, y tuvo un hijo antes del tiempo señalado por el uso y las buenas costumbres. Aunque eso no lo cuentan los cronistas, detrás de cada pecado hay un pecador que se esconde en las sombras y jamás da la cara. El padre a veces no debe conocerse. De mutuo acuerdo los pecadores ocultan su vergüenza. Todos sabemos que en cada crucifixión hay un buen ladrón y a veces éste se queda con la gloria, triunfa sobre el Hijo y el Padre y guarda a la víctima, que ya no lo es más porque el amor ilumina sus pasos. Pero no se debe revelar la verdadera esencia de los hechos. 

Por mucho que yo me extendiera no podría decir más. Julia miraba a Carlos y en sus ojos había amor antiguo y odio. De pronto él descubrió su mirada y sacó a bailar a la muchacha de negro. En la alegría, nadie lo había escuchado. Por encima de la música las goteras hacían repiquetear los cubos. 

Componemos todo con la imaginación y somos incapaces de vivir la realidad simplemente. Recuerdo la destartalada y antigua casa en Tajimara, el estallar de los manzanos e higueras, la voluntaria confusión de los cuadros de Julia y Carlos, y el vacío de las tardes sin Cecilia. ¿Para qué hablar de todo eso? Julia se casó por la iglesia. Fui a la boda. Vestida de novia parecía una virgen de pueblo. En el atrio, Carlos hablaba de irse a Europa. Me senté a escuchar el órgano y durante toda la ceremonia pensé en Cecilia. Al salir, la luz era deslumbrante y el sol reflejaba contra los muros amarillos el verde de los árboles. Caminé sin rumbo y sentí dentro de mí el vacío de la tarde que empezaba sin Cecilia. El sentido de la historia es lo de menos; mientras la escribía sólo tenía presente la imagen de Cecilia. Jamás podemos olvidarnos de nosotros mismos y nuestros problemas envuelven a los demás y los deforman. 

EL GATO 

El gato apareció un día y desde entonces siempre estuvo allí. No parecía pertenecer a nadie en especial, a ningún departamento, sino a todo el edificio. Incluso su actitud hacia suponer que él no había elegido el edificio, haciéndolo suyo, sino el edificio a él, tal era la adecuación con que su figura se sumaba a la apariencia de los pasillos y escaleras. Fue así como D empezó a verlo, por las tardes, al salir de su departamento, o algunas noches, al regresar a él, gris y pequeño, echado sobre la esterilla colocada frente a la puerta del departamento que ocupaba el centro del pasillo en el segundo piso. Cuando D, vencido el primer tramo de las escaleras, daba la vuelta para tomar el pasillo, el gato, gris y pequeño, un gato niño toda-vía, volvía la cabeza hacia él, buscando que su mirada encontrara sus ojos extrañamente amarillos y ardientes en medio del suave pelo gris. Luego los entrecerraba un momento, hasta convertirlos en una delgada línea de luz amarilla y volvía la cabeza hacia el frente, ignorando la mirada de D que, sin embargo, seguía viéndolo, conmovido por su solitaria fragilidad y un poco molesto por el peso inquietante de su presencia. Otras veces, en lugar de en el pasillo del segundo piso, D lo encontraba de pronto acurrucado en uno de los rincones del amplio hall de la entrada o caminando despacio, con el cuerpo pegado a la pared, ignorando el avi-so de los pasos ajenos. Otras más, aparecía en alguno de los tramos de la escalera, enroscado entre los barro-tes de hierro, y entonces bajaba o subía delante de D, poniéndose en movimiento sin volverse a mirarlo y apartándose de su paso cuando estaba a punto de darle alcance para volver a enroscarse alrededor de los barrotes, tímido y asustado, a pesar de que, al dejarlo atrás, D sentía la amarilla mirada sobre su espalda. 

El edificio en que vivía D era una construcción antigua pero bien conservada, con la sabia arquitectura de hace treinta o cuarenta años que daba valor y lugar a los elementos accesorios y cuyo estilo se ha vuelto anacrónico por su mismo carácter sin perder su sobria belleza. El hall de la entrada, la escalera y los pasillos ocupaban un vasto espacio del edificio y marcaban con su aspecto grave y vetusto toda la construcción. Unos días, quizás unas semanas antes de la aparición del gato, la imprevisible voluntad de los porteros, tan viejos e imperturbables como el edificio y que se apretujaban con hijos y nietos en el tapanco de la planta baja espiando recelosos el paso de los inquilinos, había eliminado del hall los dos pesados sofás de gastado terciopelo y el pequeño pero macizo escritorio de madera cuya antigua presencia acentuaba ese peculiar carácter conservador y ajeno al paso del tiempo de la construcción, y a D le pareció que el gato ocupaba ahora el lugar de los muebles. De algún modo, su in-explicable presencia se llevaba con el tono del edificio y, significativamente, D nunca lo vio entre las amplias y redondas macetas de barro con plantas de anchas hojas tropicales que la pareja joven del departamento contiguo al suyo había colocado por iniciativa propia en los descansos de la escalera para darle vida al pasillo. El gato parecía ser contrario a esa remota evocación de un jardín; su terreno eran los elementos sobrios y desnudos de pasillos y escaleras. Así, de la misma manera que se había acostumbrado a los dos sofás y el escritorio que llenaban el espacio vacío del hall y ahora extrañaba su presencia, D se acostumbró a encontrar de pronto al gato y recibir su mirada indiferente, y a verlo bajar o subir delante de él en las esca-leras sin preguntarse a quién pertenecería. 

D vivía solo en su departamento y pasaba en él la mayor parte del tiempo que no le quitaba su cómodo empleo, del que, a cambio de unas cuantas horas diarias de trabajo metódico, recibía lo suficiente para vivir; pero su soledad no era completa: una amiga lo visitaba casi diariamente y se quedaba en el departamento todos los fines de semana. Los dos se entendían bien, incluso puede decirse, si eso tiene importancia, que se querían, aunque fuera en un plano condicionado y determinado por sus cuerpos que a los dos, por lo menos, parecía bastarles. Para D siempre era motivo de un renovado placer poder mirar desde casi todos los ángulos del pequeño departamento, en las horas muertas que se extendían frente a ellos los domingos por la mañana, el cuerpo desnudo de su amiga extendido indolentemente sobre la cama, cambiando una postura atractiva por otra postura atractiva que siempre acentuaba aún más esa desnudez a la que hacía casi procaz la conciencia, por parte de ella, de que él la estaba admirando y gozando con la exposición de su cuerpo. Siempre que D recordaba a solas a su amiga la imaginaba así, extendida indolentemente sobre la cama, con las mantas que podían cubrirla invariablemente rechazadas aun cuando estaba dormitando, ofreciendo su cuerpo a la contemplación con un abandono total, como si el único motivo de su existencia fuese que D lo admirara y en realidad no le perteneciera a ella, sino a él y tal vez también a los mismos muebles del departamento y hasta a las inmóviles ramas de los árboles de la calle, que podían verse a través de las ventanas, y al sol que entraba por ellas, radiante e impreciso. 

A veces la cara de ella permanecía oculta en la almohada y su pelo, castaño oscuro, ni largo ni corto, casi impersonal en su ausencia de relación con las facciones del rostro, remataba el prolongado trazo de la espalda que se iba estrechando hacia abajo hasta perderse en la amplia curva de las caderas y el firme dibujo de las nalgas. Más allá estaban sus largas piernas, separadas una de la otra en un ángulo arbitrario, pero estrechamente relacionadas. Entonces para D el cuerpo de ella tenía casi un carácter de objeto. Pero también cuando estaba de frente, dejando ver sus pechos pequeños con sus vivos pezones y la rica extensión plana del vientre, en el que apenas se sugería el ombligo, y la zona oscura del sexo entre las piernas abiertas, el cuerpo tenía algo remoto e impersonal en la buscada facilidad con que se olvidaba de sí mismo y se entregaba a la contemplación. Definitivamente, D conocía y amaba ese cuerpo y no podía dejar de experimentar la realidad de su presencia mientras iba de un lado a otro en el departamento realizando las pequeñas acciones cotidianas cuyo sentido se pierde en el carácter mecá-nico con que podemos cumplirlas. Y del mismo modo la sentía cuando se desvestía delante de él o cuando era ella la que, siempre desnuda, se movía de un lado a otro del departamento, volviéndose de pronto hacia D para hacer un comentario banal. Así, la presencia de su amiga, su soledad de dos, la profunda y tranquila sensualidad de su relación, en la que ella estaba siempre desnuda y era suya, formaba parte de su departamento como era una parte de su vida y cuando estaban entre más gente el conocimiento de esa relación volvía de pronto a D envolviéndolo con una fuerza perturbadora que le hacía buscar la piel de ella bajo su ropa y lo separaba de todo al tiempo que lo obligaba a sentir que el conocimiento que tenía de ella se proyectaba hacia los demás como una especie de necesidad de que participaran de su secreto atractivo. Entonces ella era para él como un puente por el que todos deberían transitar del mismo modo que la luz que entraba por las ventanas, cuando ella se extendía sobre la cama, se posaba sobre su cuerpo e igual que los muebles del departamento parecían mirarla junto con él. 

Una de esas mañanas de domingo en que ella dormitaba sobre la cama, D escuchó a través de la puerta cerrada del departamento unos maullidos lastimosos, insistentes, que rodaban sobre sí mismos hasta convertirse en un solo, monótono sonido. D se dio cuenta, sorprendido, de que era la primera vez que el gato mostraba de esa manera su presencia. Su departamento quedaba exactamente arriba de aquél ante cuya puerta, un piso más abajo, el gato se echaba sobre la esterilla; pero los maullidos parecían salir de un sitio mucho más cercano, daban la sensación de que el gato estaba en el interior de su departamento. D abrió la puerta de entrada y lo encontró, pequeño y gris, casi a sus pies. El gato debía haber estado pegado por completo a la puerta, lanzando sus lamentos contra ella. Sin dejar de maullar, levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente a D, entrecerrando los ojos hasta convertirlos en dos estrechas rayas amarillas y volviendo a abrirlos enseguida. Instintivamente, D, que un momento antes había pensado en salir del departamento para comprar los periódicos del día como todos los domingos, lo levantó con las dos manos, lo metió al departamento dejándolo otra vez en el piso, salió y cerró la puerta tras de sí. En el pasillo y la escalera siguió escuchando todavía sus maullidos, insistentes, rodando sobre sí mismos, como si reclamaran algo y no estuvieran dispuestos a cesar hasta conseguirlo, y cuando regresó, con los periódicos bajo el brazo, éstos no habían cambiado. D abrió la puerta y entró al departamento. El gato no estaba a la vista y sus maullidos se escuchaban como si no vinieran de un sitio específico sino que ocuparan todo el espacio del departamento. D avanzó por la sala comedor a la que se abría la puerta de entrada y a través de la otra puerta, en el extremo opuesto, que comunicaba con la habitación, pudo ver el cuerpo de su amiga en la misma posición en que él la había dejado, dormitando con la cara escondida en la almohada. Las mantas arrinconadas al pie de la cama hacían más absoluta aun su desnudez. D entró a la habitación, envuelto en el lastimero sonido de los maullidos y vio al pequeño gato gris mirando fijamente el cuerpo desnudo, de pie sobre sus cuatro patas, en el centro de la otra puerta de la habitación, como si no se decidiera a entrar a ella. La distribución del departamento permitía que el acceso a la alcoba desde la entrada pudiera hacerse a través de cualquiera de sus dos puertas, avanzando directamente por la sala o dando un rodeo por la cocina y el pequeño desayunador que se comunicaba directamente con ella y con la alcoba. D se sorprendió preguntándose si el gato había dado ese rodeo o había pasado directamente a la habitación y ahora sólo fingiera que no se decidía a entrar a ella. En tanto, en la cama, bajo su mirada y la del gato, su amiga cambió de posición estirando una de sus largas piernas para pegarla a la otra y rodeando con un brazo la almohada sin levantar la cabeza de ella ni permitir que el pelo castaño se hiciera a un lado para dejar ver el rostro. D se dirigió hacia el gato, lo levantó sin que éste dejara de maullar, lo dejó otra vez en el pasillo y cerró la puerta. Después se sentó en la cama, acarició lentamente la espalda de su amiga reconociendo su piel contra la palma de su mano como si ella sola pudiera llevarlo al fondo del cuerpo que se extendía ante él, y se inclinó para besarla. Ella se volvió con los ojos cerrados todavía, le echó los brazos al cuello levantando el cuerpo para pegarlo al de D y con la boca en su oreja le susurró que se desvistiera y se mantuvo pegada a su cuerpo mientras el obedecía. Después, cuando los dos yacían uno al lado del otro, con las piernas entrelazadas todavía y envueltos en el olor mezclado de sus cuerpos, ella le preguntó, como si de pronto recordara algo que venía de mucho más atrás, si en algún momento había metido a la casa al gato que había estado maullando afuera. 

—Sí. Cuando salí a comprar el periódico —contestó D, y se dio cuenta de que los maullidos habían cesado ya. 

—¿Y dónde está, qué hiciste con él? —dijo ella. 

—Nada. Volví a sacarlo. Ya no tenía objeto que es-tuviese aquí. Yo quería que te sorprendiera mientras yo no estaba —dijo D y luego agregó—. ¿Por qué? 

—No sé —explico ella—. De pronto me pareció que estaba adentro y me extrañó y me gustó al mismo tiempo, pero no pude decidirme a despertar… 

La amiga siguió en la cama hasta bien entrada la mañana, mientras D, sentado en el piso, a su lado, leía los periódicos que había dejado sobre la mesa al entrar. Luego salieron a comer juntos. El gato no había vuelto a maullar ni tampoco estaba en el pasillo, ni en las esca-leras, ni en el hall y los dos olvidaron el incidente. 

Durante la siguiente semana, aunque no volvió a escucharlo maullar, D se encontró en varias ocasiones al gato, gris y pequeño, mirándolo un instante, inmutable sobre su esterilla frente a la puerta del departamento de abajo, enroscado entre los barrotes de hierro de la escalera, subiendo o bajando de él sin volverse a mirarlo, como si le huyera, o caminando muy despacio, pegado por completo a la pared del hall, y cuando cerraba la pesada puerta de vidrio que daba a la calle, dejándolo tras de sí, le parecía que el gato se afirmaba cada vez más como dueño del edificio y esperaba rece-loso que D regresara igual que los porteros, fingiendo indiferencia sobre su esterilla o enroscado entre los barrotes de la escalera, con su figura frágil y delicada de gato niño que nunca va a crecer y sin embargo no necesita a nadie. A pesar de que a veces su silenciosa presencia resultaba inquietante, su aspecto tenía siem-pre algo tierno y conmovedor que incitaba a proteger-lo, haciendo sentir que su orgullosa independencia no ocultaba su debilidad. En una de esas ocasiones, D lo encontró cuando subía a su departamento con su amiga y ella, reparando en la pequeña figura gris, le preguntó de quién sería, pero no se extrañó cuando D no supo contestarle y aceptó con absoluta naturalidad la suposición de que tal vez no era de nadie, sino que simple-mente había entrado un día al edificio y se había que-dado en él. Esa noche estuvieron en el departamento hasta muy tarde y como otras muchas veces la amiga, que siempre decía que le gustaba que D se quedase en el departamento después de estar con ella, no quiso que él se levantara para acompañarla a su casa. Al verse de nuevo, ella comentó que al salir había encon-trado al gato en la escalera y que la había seguido has-ta el hall, deteniéndose sólo un poco antes de que ella saliera, como si quisiera y al mismo tiempo temiera irse a la calle, por lo que ella tuvo que cerrar la puerta con mucho cuidado. 

—Sentí ganas de cargarlo y llevármelo, pero me acordé que tú dijiste que él había elegido el edificio —terminó la amiga, sonriendo. 

D se burló de su amor por los animales y volvió a olvidar a la pequeña figura gris; pero el domingo siguiente, al regresar de comprar los periódicos encontró al gato, al que no había visto al salir, enroscado entre los barrotes de la escalera. Pasó a su lado sin que se moviera como de costumbre para subir delante suyo y D, sorprendido, se volvió, lo levantó y entró con él al departamento. Su amiga esperaba en la cama como siempre y D, que la había dejado despierta, trató de no hacer ruido al cerrar la puerta para sorprenderla. Llevaba al gato en los brazos todavía y él se había acurrucado cómodamente en su regazo entrecerrando los ojos. D podía sentir su pequeño cuerpo cálido y frágil latiendo junto al suyo. Al entrar a la habitación vio que su amiga había vuelto a dormirse extendida por completo sobre la cama, con las piernas juntas y un brazo sobre los ojos para protegerse de la luz que entraba libremente por las ventanas. En su cuerpo no había ningún signo de espera. Estaba allí simplemente, sobre la cama, bella y abierta, como una esbelta e indiferente figura que no guardase ningún secreto para sí y sin embargo tampoco ignorara en ningún momento el juego silencioso de sus miembros y el peso del cuerpo, que formaban su propia realidad, y fuese capaz de hacer que la desearan y de desearse a sí misma con un doble movimiento que desconoce su punto de partida. D se acercó a ella con el recogido cuerpo gris inmóvil en su regazo y después de mirarla un momento con la misma extraña emoción con que algunas veces la veía vestida entre la gente, dejó con mucho cuidado al gato sobre su cuerpo, muy cerca de los pechos, donde la pequeña figura gris se veía como un objeto apenas viviente, frágil y atemorizado, incapaz de ponerse en movimiento. Al sentir el peso del animal, su amiga retiró el brazo de su cara y abrió los ojos con un gesto de reconocimiento, como si se imaginara que la que la había tocado era la mano de D. Sólo al verlo de pie frente a la cama bajó la vista y reconoció al gato. Éste estaba inmóvil sobre su cuerpo, pero al verlo ella hizo un movimiento, sorprendida, y la pequeña figura gris rodó a su lado, sobre la cama, donde se quedó quieta de nuevo, incapaz de moverse. D se rió de la sorpresa de ella y la amiga se rió con él. 

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó después, alzando la cabeza sin mover el cuerpo para ver al pe-queño gato inmóvil a su lado todavía. 

—En la escalera —dijo D. 

—¡Pobrecito! —dijo ella. 

Tomó al gato y volvió a ponerlo sobre su cuerpo desnudo, cerca de sus pechos, en el mismo lugar en el que D lo había dejado antes. Él se sentó en la cama y los dos se quedaron viendo al gato sobre el cuerpo de ella. Al cabo de un momento, la tímida figura gris sacó las patas de debajo de su cuerpo, estirándolas primero sobre la piel de ella e iniciando luego un inseguro in-tento de avanzar por el cuerpo para quedarse enseguida inmóvil otra vez, como si no quisiera arriesgarse a salir de él. Los ojos amarillos se convirtieron en dos estrechas rayas y después se cerraron por completo, D y su amiga volvieron a reírse divertidos, como si la actitud del gato resultara inesperada y sorprendente. Luego ella empezó a acariciarle el lomo con un movimiento suave y repetido y finalmente tomó el pequeño cuerpo gris con las dos manos y lo levantó manteniéndolo frente a su cara repitiendo una y otra vez “pobre-cito, pobrecito, pobrecito”, mientras lo movía ligera-mente de un lado a otro. El gato abrió un momento los ojos y volvió a cerrarlos enseguida. Con las patas colgando hacia abajo, libres de las manos que lo sostenían tomándolo por el cuerpo, parecía mucho más grande y había perdido algo de su fragilidad. Sus patas traseras empezaron a estirarse, como si quisieran apoyarse en el cuerpo de la amiga de D y ella dejó de moverlo y lo bajó lentamente, dejándolo con cuidado sobre sus pechos, donde una de las patas estiradas tocaba directa-mente el pezón. A su lado, D vio como el pezón se ponía duro y saliente, como cuando él la tocaba al hacer el amor. Estiró el brazo para tocarla también y junto con el pecho de ella su mano encontró el cuerpo del gato. Su amiga lo miró un instante, pero los ojos de uno y otro se apartaron enseguida. Después ella hizo a un lado al animal y se levantó de un brinco de la cama. 

El resto de la mañana leyeron los periódicos y oye-ron discos cambiando los comentarios casuales de siempre, pero entre los dos había una corriente secreta, perceptible sólo de vez en cuando y acallada sin necesidad de ningún acuerdo, distinta a la de todos los do-mingos anteriores. El gato se había quedado en la cama y cuando ella se extendía indolentemente sobre las sábanas, sin cubrirse, como lo hacía todos los domingos para que el sol tocara su cuerpo junto con el aire que entraba por la ventana abierta y la mirada de D pareciera sumarse a la de los muebles, acariciaba la pequeña figura de vez en cuando o la ponía sobre su cuerpo para ver cómo el gato, que al fin parecía haber recuperado la capacidad de moverse por su cuenta, avanzaba sobre ella, posando sus pies delicados sobre su vientre o sus pechos, o atravesaba de un lado a otro por encima de sus largas piernas, estiradas sobre la cama. Cuando D y su amiga entraron al baño, el gato se quedó todavía en la cama, adormecido entre las man-tas revueltas que ella había echado hacia atrás con el pie; pero al salir lo encontraron parado en la sala, como si extrañase su presencia y estuviera buscándolos. 

—¿Qué vamos a hacer con él? —dijo la amiga, envuelta todavía en la toalla, haciendo a un lado su pelo castaño para mirar al gato con una mezcla de cariño y duda, como si hasta entonces advirtieran que a partir de la inocente broma inicial había estado todo el tiempo con ellos. 

—Nada —dijo D con el mismo tono casual—. Dejarlo otra vez en el pasillo. 

Y aunque el gato los siguió cuando entraron de nuevo a la habitación para vestirse, al salir D lo tomó en brazos y lo dejó descuidadamente en las escaleras, don-de se quedó, inmóvil, pequeño y gris, mirándolos bajar. 

Sin embargo, desde ese día, siempre que lo encontraban, silencioso, pequeño y gris, en la penumbra amarillenta manchada con huecos de sombra del pasillo, el hall o la escalera, la amiga lo tomaba en sus brazos y entraban al departamento con él. Ella lo dejaba en el piso mientras se desvestía y luego el gato se quedaba en el cuarto o recorría indiferente la sala, el desayunador o la cocina, para, después, subirse a la cama y acostarse sobre el cuerpo de ella, como si desde el primer día se hubiera acostumbrado a estar allí. D y su amiga lo miraban riéndose celebrando su manera de acomodarse en el cuerpo. De vez en cuando, ella lo acariciaba y él entrecerraba los ojos hasta convertirlos en una delgada línea amarilla, pero la mayor parte del tiempo lo dejaba estar allí simplemente, escondiendo la cabeza entre sus pechos o estirando lentamente las patas sobre su vientre, como si no advirtiera su presencia, hasta que al volverse para abrazar a D el gato se interponía entre los dos y ella lo apartaba con la mano, poniéndolo a un lado en la cama. Cuando D esperaba a su amiga en el departamento, ella entraba siempre con el gato en los brazos y una noche que anunció que no lo había encontrado en ninguno de los sitios habituales, la pequeña figura gris apareció de pronto en la alcoba entrando por la puerta del clóset. Sin embargo, un día que ella quiso darle de comer, el gato se negó a probar bocado, a pesar de que ella intentó incluso tomarlo en sus brazos y acercar el plato a su boca. Desde la cama, D sintió una oscura necesidad de tocarla al verla sosteniendo la alargada figura del gato pegada contra su cuerpo y la llamó a su lado. Ahora, los domingos, la pequeña figura gris se había hecho indispensable junto al cuerpo de ella y la mirada de D registraba vigilante el lugar en que se encontraba buscando al mismo tiempo las reacciones de ella ante su presencia. Por su parte, ella había aceptado también al gato como algo que les pertenecía a los dos sin ser de ninguno y comparaba las reacciones de su cuerpo ante él con las que le producía el contacto con las manos de D. Ya nunca lo acariciaba, sino que esperaba sus caricias y cuando se quedaba dormitando, desnuda y con él a su lado, al abrir los ojos después del sueño sentía también, como algo físico, cubriéndola por completo, la mirada fija de los entrecerrados ojos amarillos sobre su cuerpo y entonces necesitaba sentir a D junto a ella de nuevo. 

Poco después, D tuvo que quedarse en cama unos días atacado por una fiebre inesperada, y ella decidió arreglar sus asuntos para poder quedarse en el departamento cuidándolo. Atontado por la fiebre, sumergido en una especie de duermevela constante en la que la oscura conciencia de su cuerpo adolorido era molesta y agradable al mismo tiempo, D registraba de una manera casi instintiva los movimientos de su amiga en el departamento. Escuchaba sus pasos al entrar y salir de la habitación y creía verla inclinándose sobre él para comprobar si estaba dormido, la oía abrir y cerrar una y otra puerta sin poder situar el lugar en que se encontraba, percibía el sonido del agua corriendo en la cocina o el baño y todos esos rumores formaban un velo denso y continuo sobre el que el día y la noche se proyectaban sin principio ni fin, como una sola masa de tiempo dentro de la que lo único real era la presencia de ella, cerca y lejos simultáneamente, y a través de ese velo le parecía advertir hasta qué extremo estaban unidos y separados, como cada una de sus acciones la mostraban frente a él, aparte y secreta, y por esto mismo más suya en esa separación desde la que ella no sabía nada de él, como si cada uno de sus actos se situara en el extremo de una cuerda tensa y vibrante que él sostenía del otro lado y en cuyo centro no había más que un vacío imposible de llenar. Pero cuando D abría al fin por completo los ojos entre dos incontables espacios de sueño, podía ver también al gato siguiendo a su amiga en cada uno de sus movimientos, sin acercar-se mucho a ella, siempre unos cuantos pasos atrás, como si tratara de pasar inadvertido, pero, al mismo tiempo, no pudiese dejarla sola. Y entonces era el gato, la presencia del gato, la que llenaba ese vacío que parecía abrirse inevitable entre los dos. De algún modo, él los unía definitivamente. D volvía a quedarse dormido con una vaga, remota sensación de espera, que quizás no era parte más que de la misma fiebre, pero en cuyo espacio reaparecían una y otra vez, distantes e inalcanzables en unas ocasiones, inmediatas y perfectamente dibujadas en otras, invariables imágenes del cuerpo de su amiga. Luego, ese mismo cuerpo, concreto y tangible, se deslizaba a su lado en la cama y D lo recibía, sintiéndose en él, perdiéndose en él, más allá de la fiebre, al tiempo que advertía, a través de esas mismas sensaciones, cómo estaba siempre enfrente, inalcanzable aun en la más estrecha cercanía y por eso más deseable, y cómo ella buscaba de la misma manera el cuerpo de él, hasta que volvía a dejarlo solo en la cama y reiniciaba sus oscuros movimientos por el departamento, prolongando la unión por medio de la quebrada percepción de ellos que la fiebre le daba a D. 

Durante esos largos instantes de acercamiento concreto, el gato desaparecía de la conciencia de D. Sin embargo, en una ocasión se dio cuenta de que él estaba también con ellos en la cama. Sus manos habían tropezado con la pequeña figura gris al recorrer el cuerpo de su amiga y ella había hecho de inmediato un movimiento encaminado a hacer más total el encuentro, pero éste no llegó a realizarse por completo y D olvidó que una presencia extraña se encontraba junto a ella. Había sido sólo un breve rayo de luz en medio de la laguna oscura de la fiebre. Unos cuantos días después ésta cedió tan inesperadamente como había empezado. D volvió a salir a la calle y estuvo otra vez con su amiga en medio de la gente. Nada parecía haber cambiado en ella. Su cuerpo vestido encerraba el mismo secreto que de pronto D deseaba develar ante todos; pero al acercarse el momento en que normalmente deberían irse al departamento ella empezó, a pesar suyo, sin que ni siquiera pareciera advertirlo conscientemente, a mostrar una clara inquietud y trató de retrasar la llegada, como si en el departamento le esperara una comprobación que no deseaba enfrentar. Cuando al fin, después de varias demoras inexplicables para D entraron al edificio, el gato no estaba en el hall,ni en el pasillo, ni en las escaleras y mientras avanzaban por ellos D pudo advertir que su amiga lo buscaba ansiosamente con la vista. Luego, en el departamento, D descubrió en el cuerpo de ella un largo y rojizo rasguño en la espalda. Estaban en la cama y al señalarle D el rasguño ella trató de mirarlo, anhelante, estirándose como si quisiera sentirlo fuera de su propio cuerpo. Después le pidió a D que pasara una y otra vez la punta de los dedos por el rasguño y en tanto ella se quedó inmóvil, tensa y a la expectativa, hasta que algo pareció romperse en su interior y con el aliento entrecortado le pidió a D que la tomara. 

El gato no apareció tampoco los días siguientes y ni D ni su amiga hablaron más de él. En realidad, los dos creían haberlo olvidado. Como antes de que apareciera entre ellos la frágil y pequeña figura gris, su relación era más que suficiente para los dos. La mañana del domingo, como siempre, ella se quedó largamente extendida sobre la cama, abierta y desnuda, mostrando su cuerpo indolente mientras D se distraía en las mínimas acciones cotidianas; pero ahora ella era incapaz de dormitar. Oculta tras su indolencia y ajena por completo a su voluntad, apareció cada vez más firme una clara actitud de espera, que ella trataba de ignorar, pero que la obligaba a cambiar una y otra vez de posición sin encontrar reposo. Finalmente, al regresar de la calle con los periódicos, D la encontró esperándolo con el cuerpo separado de la cama, apoyándose en ella con el codo. Su mirada se dirigió sin ningún ocultamiento a las manos de D, buscando sin reparar en los periódicos y al no encontrar la esperada figura gris se dejó caer hacia atrás en la cama, dejando colgar la cabeza casi fuera de ella y cerrando los ojos. D se acercó y empezó a acariciarla. 

—Lo necesito. ¿Dónde está?, tenemos que encontrarlo —susurró ella sin abrir los ojos, aceptando las caricias de D y reaccionando ante ellas con mayor intensidad que nunca, como si estuvieran unidas a su necesidad y pudieran provocar la aparición del gato. 

Entonces, los dos escucharon los largos maullidos lastimeros junto a la puerta con una súbita y arrebatada felicidad. 

—Quién sabe —dijo D imperceptiblemente, casi para sí, como si todas las palabras fueran inútiles mientras se ponía de pie para abrir—, quizás no es más que una parte de nosotros mismos. 

Pero ella no era capaz de escucharlo, su cuerpo sólo esperaba la pequeña presencia gris, tenso y abierto. 

La Crítica de la Razón Literaria: sobre la obra de Borges

Crítica de Borges, desde la Crítica de la Razón Literaria, por el profesor Jesús G Maestro

San Agustín de Hipona y su Tratado contra los judíos

TRATADO CONTRA LOS JUDÍOS. 

Autor: San Agustín 

Fray Enrique Eguiarte OAR expone en esta vigésima octava la relación que tuvo san Agustín con los judíos de su época.

Traductor: Teodoro C. Madrid, OAR.

EJEMPLO DEL RIGOR DE DIOS EN LA REPROBACIÓN DE LOS JUDÍOS Y DE SU BONDAD EN LA ADMISIÓN DE

LOS GENTILES. LA CEGUERA DE LOS JUDÍOS, DEMOSTRADA POR LA ESCRITURA DEL ANTIGUO

TESTAMENTO.

San Agustín

I.1. El bienaventurado apóstol Pablo, doctor de las gentes en la fe y en la verdad,

exhortándonos a permanecer estables y firmes en la misma fe, de la cual fue constituido

ministro idóneo, amonesta con el precepto e infunde temor con el ejemplo. Dice: Ahí tienes

la bondad y la serenidad de Dios: para los que han caído ciertamente la severidad; pero para

ti la misericordia si permanecieres hasta el fin en la bondad . Es cierto que esto lo dijo de los

judíos que por su infidelidad fueron podados como ramas de aquel olivo, que fue fructífero

en los santos Patriarcas como en su raíz, de tal modo que el acebuche de los gentiles fuera

injertado por la fe y se hiciese partícipe de la savia del olivo una vez podadas sus ramas

naturales. Pero, ¡atención!, que dice: No quieras vanagloriarte contra las ramas, porque si te

vanaglorias, no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti . Y porque algunos de ellos se salvan,

añadió a continuación: De otro modo también tú serás amputado. E indudablemente ellos, si

no permanecen en la infidelidad, también serán injertados, porque poderoso es Dios para

injertarlos de nuevo . En cuanto a aquellos que permanecen en la infidelidad, pertenecen a

esta sentencia del Señor cuando dice: Pero, en cambio, los hijos de este reino irán a las

tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Y los gentiles que permanecen

en la bondad pertenecen a lo que ha dicho más arriba: Vendrán muchos de Oriente y

Occidente, y se sentarán con Abrahán e Isaac y Jacob en el reino de los cielos . Así, pues, a

los Patriarcas, que vivían en la raíz, la justicia severa de Dios les amputa la soberbia infiel de

sus ramas naturales, mientras la fiel humildad del acebuche es injertado por la gracia de la

bondad divina.

2. Mas cuando se les habla de esto a los judíos, desprecian al Evangelio y al Apóstol, y no

escuchan lo que les decimos, porque no entienden lo que leen. Y ciertamente que si

entendiesen lo que había predicho el profeta a quien leen: Te he puesto para luz de los

gentiles, de tal modo que seas mi salvación hasta los confines de la tierra, no estarían tan

ciegos ni tan enfermos que no reconocieran en Cristo al Señor, ni la luz ni la salvación. Lo

mismo si llegasen a entender lo que cantan infructuosa e inútilmente de quienes ha sido

profetizado: A toda la tierra ha llegado su pregón, y hasta los límites del orbe de la tierra su

lenguaje. Para que despertaran al pregón de los apóstoles y advirtieran que sus palabras

eran divinas. Por tanto, de las Santas Escrituras, cuya autoridad es también muy grande

entre ellos, hay que sacar los testimonios, de modo que si no quieren que los sane la

medicina ofrecida, los pueda convencer la verdad manifestada.

LOS LIBROS DEL ANTIGUO TESTAMENTO NOS PERTENECEN A NOSOTROS LOS CRISTIANOS,

Y SUS PRECEPTOS SON CUMPLIDOS MEJOR POR NOSOTROS.

II. 3. En primer lugar, hay que combatir el error tan suyo de creer que no nos pertenecen a

nosotros los libros del Antiguo Testamento porque ya no observamos los sacramentos

antiguos, sino otros nuevos. En efecto, nos dicen: “¿De qué os sirve a vosotros la lectura de

la Ley y los Profetas, cuyos preceptos no queréis observar?” Porque no circuncidamos la

carne masculina del prepucio y comemos carnes que la Ley llama inmundas; no guardamos

carnalmente los sábados, los novilunios y los días festivos; no sacrificamos a Dios con

víctimas de animales ni celebramos la Pascua igualmente con el cordero y los panes ácimos.

Incluso, si algunos otros sacramentos antiguos los llama en general el Apóstol sombras de

las cosas futuras , porque significaban en su tiempo lo que iba a revelarse, y que nosotros

recibimos ya revelado para que, removidas las sombras, disfrutemos de su luz desnuda.

Sería demasiado largo disputar de todo esto por separado: cómo somos circuncidados al

desnudar el hombre viejo no con la expoliación del cuerpo carnal, y los alimentos que evitan

en los animales, los evitamos en las costumbres y ofrecemos nuestros cuerpos como hostia

viva, santa, agradable a Dios, a quien derramamos nuestras almas con los santos deseos

inteligentemente en vez de la sangre, y somos limpios de toda iniquidad por la sangre de

Cristo como cordero inmaculado, quien, por la semejanza de la carne del pecado , es

prefigurado también en el macho cabrío de los antiguos sacrificios; tampoco excluye en los

cuernos de la cruz al toro que reconoce en él a la víctima principal. Verdaderamente nos

bautizamos al hallar en Él el descanso, y la observancia de la luna nueva es la santificación

de la vida nueva. También nuestra Pascua es Cristo, y nuestro ácimo es la sinceridad de la

verdad, que no tiene el fermento de la vetustez , y si quedan algunas otras cosas en las que

no hay necesidad de detenerse ahora, las cuales están esbozadas en aquellos signos

antiguos, tienen su cumplimiento en Aquel cuyo reino no tendrá fin. Ciertamente convenía

que todas las causas se cumpliesen en Aquel que vino no a deshacer la ley y los profetas,

sino a dar plenitud .

CRISTO NO ANULÓ LA LEY DENUNCIÁNDOLA, SINO QUE LA CAMBIÓ CUMPLIÉNDOLA. LA SUSTITUCIÓN DE

LOS ANTIGUOS SACRAMENTOS Y RITOS ESTÁ PREDICHA EN LOS SALMOS.

III. 4. Así, pues, no anuló aquellos antiguos signos de las cosas oponiéndose a ellos, sino

que los cambió dándoles plenitud, de modo que fuesen distintos tanto los que anunciaban

que había venido Cristo como los que profetizaban que iba a venir. ¿Qué se quiere significar

por el hecho de que están titulados así algunos Salmos que también ellos leen y conservan

con la autoridad de las Letras santas, como está escrito en sus títulos: En defensa de las

cosas que serán cambiadas; y en verdad el texto de estos mismos Salmos predica a Cristo,

sino que su cambio futuro fue predicho por Aquel en quien aparece cumplida? Como que el

pueblo de Dios, que ahora es el pueblo cristiano, ya no está obligado a observar lo que se

observaba en los tiempos proféticos. No porque fueran prohibidos, sino porque han sido

cambiados. Y no para que pereciesen las mismas cosas que eran significadas, sino para que

los signos de las cosas se realizasen cada uno en su tiempo respectivo.

CRISTO, PROFETIZADO EN EL SALMO 44.

IV. 5. Por lo menos en el salmo 44 (es el primero de los que llevan al principio este título:

En defensa de las cosas que serán cambiadas, donde se lee también: Cántico en favor del

Amado) clarísimamente está presentado Cristo: Hermoso de figura sobre los hijos de los

hombres . Quien, existiendo en la forma de Dios; no creyó rapiña ser igual a Dios . Allí se le

dice: Ciñe tu espada junto al muslo , porque hablaría en la carne a los hombres. Sin duda,

por la espada significa la palabra, por el muslo la carne: porque se anonadó a sí mismo,

tomando la forma de siervo , para que en el hermoso de figura sobre los hijos de los

hombres por la divinidad se cumpliese por la debilidad también aquello que otro profeta dice

de Él: Lo vimos y no tenía figura ni encanto, sino su rostro abyecto y deforme su estado .

Realmente en el mismo salmo se patentiza con toda claridad que Cristo es no sólo hombre,

sino también Dios, cuando se subraya: Tu trono, oh Dios; por los siglos, y el cetro de la

equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso Dios; tu

Dios; te ha ungido con óleo de alegría sobre todos tus compañeros . En efecto, por la unción,

palabra que en griego se dice P k \ F : ” , Cristo es llamado ungido. Él es Dios ungido por Dios,

que cambió también la misma unción carnal en espiritual con los demás sacramentos. Allí se

dice también de la Iglesia: A tu diestra está de pie la reina con vestido de oro, ceñida de

pedrería . Donde se simboliza la diversidad de lenguas en todas las gentes, cuya fe, sin

embargo, una y simple, es interior: porque toda la hermosura de la hija del rey está por

dentro . A ella se refiere el salmo cuando dice: Escucha, hija, y mira: escucha la promesa

mira su cumplimiento. Y olvida a tu pueblo y la casa paterna. De este modo se cumple lo

nuevo y se cambia lo antiguo. Porque el rey está prendado de tu belleza . La belleza que Él

mismo hizo por sí y que no encontró en ti. A saber: ¿cómo ibas a ser hermosa a sus ojos

cuando estabas afeada por tus pecados? Con todo, para que no creas que tu esperanza

debes ponerla en el hombre, sigue y dice: porque Él mismo es el Señor, Dios tuyo . Para que

no desprecies la forma de siervo ni te burles de la debilidad del poderoso y de la humildad

del excelso, Él mismo es tu Dios. En eso mismo que parece pequeño se oculta el grande; en

la sombra de la muerte, el sol de justicia; en la afrenta de la cruz, el Señor de la gloria.

Aunque lo maten los perseguidores y lo nieguen los infieles, Él es el Señor, Dios tuyo, por

cuyo cuerpo son cambiadas las cosas figuradas antes por medio de sombras.

EL TÍTULO DEL SALMO 68, QUE FUE ESCRITO SOBRE LA PASIÓN DE CRISTO,

PREDICE TAMBIÉN UN CAMBIO.

V. 6. También el salmo 68 lleva en el título: En defensa de las cosas que serán cambiadas .

Y allí se canta la pasión de nuestro Señor Jesucristo, que transfigura en sí hasta algunas

voces de los miembros, es decir, de sus fieles. En efecto, Él no tuvo delito alguno, sino que

cargó los nuestros; por eso dice: Y mis pecados no se te ocultan a ti . Allí está escrito y

profetizado lo que leemos en el Evangelio que le hicieron : Me dieron hiel para mi comida, y

en mi sed me abrevaron con vinagre . Luego fue cambiado por Él lo que el título del Salmo

había predicho que había de ser cambiado. Los judíos, al leer esto y no entenderlo, creen

que dice algo distinto, cuando nos preguntan: Cómo entendemos la autoridad de la Ley y los

Profetas cuando no guardamos los sacramentos que allí están mandados, porque

entendemos lo que allí está predicho y observamos lo que allí está prometido. En cambio, los

que nos objetan así sufren aún la amargura desde sus padres, que dieron hiel al Señor como

alimento, y todavía persisten en el vinagre que le dieron a beber; por eso no entienden que

se cumple en ellos lo que sigue: Que su mesa se convierta para ellos en lazo, retribución y

escándalo . Realmente ellos se volvieron amargos y avinagrados, al ofrecer hiel y vinagre al

Pan vivo. ¿Cómo entonces entienden esto sobre lo cual se dijo allí: Que sean cegados sus

ojos para que no vean , y ¿cómo van a estar derechos para que tengan arriba el corazón

aquellos de quienes está predicho: Y dobla siempre su espalda? Tampoco se han dicho estas

cosas de todos, sino más bien de todos aquellos a quienes pertenecen las profecías.

Ciertamente no se refieren estas profecías a los que de entre ellos creyeron entonces en

Cristo, ni a los que creen hasta ahora y creerán después hasta el fin de los siglos, o sea, al

verdadero Israel, que verá al Señor cara a cara. Porque ni todos los nacidos de Israel son

israelitas ni todos los descendientes de Abrahán son hijos suyos, sino en Isaac, dice, será tu

descendencia . Esto es, los hijos de la carne; ésos no son hijos de Dios, sino los hijos de la

promesa son designados para la descendencia. Estos pertenecen a la Sión espiritual y a las

ciudades de Judá, esto es, a las iglesias de las cuales dice el Apóstol: Era desconocido de

cara para las Iglesias de Judea, que están con Cristo . Porque, como se pone poco después

en el mismo Salmo: Dios salvará a Sión, y serán edificadas las ciudades de Judá. Y la

habitarán y heredarán. La descendencia de sus siervos la poseerá y los que aman su nombre

morarán en ella . Cuando los judíos escuchan esto lo entienden carnalmente, y piensan en la

Jerusalén terrena, que es esclava con sus hijos, no en nuestra Madre eterna en los cielos .

TAMBIÉN EL TÍTULO DEL SALMO 79 PROFETIZA EL CAMBIO. TESTIMONIOS MÁS CLAROS

CONTRA LOS JUDÍOS DEL CAMBIO QUE VA A REALIZARSE.

VI. 7. El salmo 79 va precedido con igual título: En defensa de las cosas que serán

cambiadas. En ese salmo está escrito entre otras cosas: Observa desde el cielo, mira, y

visita esta viña; y perfecciónala, porque la plantó tu diestra; y mira sobre el Hijo del hombre

a quien fortaleciste para ti . Ella es la viña de la que se dice: Trasplantaste la viña de Egipto .

En efecto, Cristo no plantó otra nueva, sino que, cuando vino, la cambió en mejor. Lo mismo

se lee en el Evangelio: Perderá a los malos malamente y arrendará su viña a otros

labradores . No dice: la arrancará y plantará otra viña, sino arrendará la misma viña a otros

agricultores. La misma es, en verdad, la ciudad de Dios y la multitud de los hijos de la

promesa en la sociedad de los santos, que se ha de completar por la muerte y sucesión de

los mortales. Al final del siglo ha de recibir la inmortalidad debida en todos los reunidos. Esto

de otro modo está indicado en otro salmo por el olivo fructífero cuando dice: Yo, como olivo

fructífero en la casa de Dios, he esperado en la misericordia de Dios por siempre y por los

siglos de los siglos . Ni pudo perecer la raíz de los Patriarcas y de los Profetas, porque están

desgajados los infieles y los soberbios, como ramas infructuosas para que fuese injertado el

acebuche de los gentiles, porque, como dice Isaías, aunque fuese el número de los hijos de

Israel como la arena del mar, los restos se salvarán , pero por Aquel de quien se dice: y

sobre el Hijo del hombre, a quien fortaleciste para ti; de quien se repite: sea tu mano sobre

el varón de tu diestra, y sobre el Hijo del hombre, a quien fortaleciste para ti. Y no nos

apartamos de ti . Por medio de este Hijo del hombre, o sea, Cristo Jesús, y con sus reliquias,

esto es, los apóstoles y otros muchos israelitas que creyeron en Cristo-Dios, agregándose la

plenitud de los gentiles, se completa la viña santa. Y con la remoción de los sacramentos

antiguos y la institución de los nuevos queda cumplido el título del Salmo: En defensa de las

cosas que serán cambiadas .

8. Todavía podemos proponerles testimonios más inconcusos, para que, tanto si los aceptan

como si los rechazan, al menos los entiendan. Vendrán días, dice el Señor, y confirmaré

sobre la casa de Jacob un testamento nuevo, no según el testamento que hice con sus

padres el día en que tomó su mano para sacarlos de la tierra de Egipto . La predicción de

este cambio, ciertamente, no está significada en los títulos de los Salmos, que pocos

entienden, sino que está expresada por el pregón claro de la voz profética. Viene prometido

abiertamente un testamento nuevo, no como el testamento hecho para el pueblo, cuando fue

sacado de Egipto. Como en aquel Antiguo Testamento están mandadas estas cosas que no

estamos obligados a observar nosotros que pertenecemos al Nuevo, ¿por qué no reconocen

los judíos que ellos se han quedado anclados en la antigüedad superflua, en vez de echarnos

en cara a nosotros, que poseemos las promesas nuevas, el que no cumplimos las antiguas?

Porque, como está escrito en el Cantar de los Cantares, Ha llegado el día, huyan las

tinieblas , que brille ya la significación espiritual y que calle ya la celebración carnal. El Dios

de los dioses, el Señor, ha hablado, y ha llamado a la tierra desde el nacimiento del sol hasta

su ocaso , ciertamente ha llamado al Testamento Nuevo a toda la tierra; pues a ella se le

dice en otro Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra . No

como habló antes desde el monte Sinaí a un solo pueblo, al que llamó de Egipto el Dios de

los dioses, sino que habló de modo que convoca a la tierra desde el oriente hasta el

occidente. Si el judío quisiera entender esta manera de hablar, oiría esta llamada y sería a

ellos a quienes se les dice en el mismo Salmo: Escucha, pueblo mío, y te hablaré Israel, y

daré testimonio de ti, que yo, Dios, soy tu Dios. No te argüir. sobre tus sacrificios; pues tus

holocaustos están siempre en mi presencia. No tomaré de tu casa becerros, ni machos

cabríos de tus rebaños; porque todas las bestias de la selva son mías, los animales de los

bosques y los bueyes; conozco todos los volátiles del cielo y la hermosura del campo está

conmigo. Si tuviera hambre no te lo diría, porque es mío el orbe de la tierra y su plenitud.

¿Acaso voy a comer carne de toros o voy a beber sangre de machos cabríos? Ofrece a Dios

un sacrificio de alabanza y cumple tus plegarias al Altísimo. Invócame en el día de la

tribulación, y yo te libraré y tú me glorificarás . Es cierto que también aquí está clara la

sustitución de los sacrificios antiguos. En efecto, Dios ha pedido que Él no va a aceptar esos

sacrificios, y a sus adoradores les indicó un sacrificio de alabanza. No porque esté esperando

de nosotros la alabanza como un indigente, sino para velar por nosotros con ella para la

salvación nuestra. Efectivamente, concluyó así el mismo Salmo: El sacrificio de alabanza me

dará gloria, y allí está el camino donde yo le mostraré la salvación de Dios . ¿Qué es la

salvación de Dios sino el Hijo de Dios, el Salvador del mundo; el Día-Hijo del Día-Padre, esto

es, luz de luz, cuya venida ha revelado el Nuevo Testamento? Por eso cuando se dice

también: Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra. Cantad al Señor,

bendecid su nombre, presenta a continuación al que va ser anunciado, y añade: Anunciad

bien el Día del Día, que es su salvación . Pues el mismo sacerdote y víctima llevó a cabo el

sacrificio de alabanza, otorgando el perdón de las malas obras y dando la gracia del bien

obrar. Para esto, en efecto, los adoradores inmolan al Señor al sacrificio de alabanza, para

que el que se gloría, que se gloríe en el Señor .

EN DEFENSA DE LAS COSAS QUE SERÁN CAMBIADAS.

VII. 9. Cuando los judíos escuchan todo esto responden con orgullo: Somos nosotros; esto

se ha dicho de nosotros y para nosotros. Porque nosotros somos Israel, el pueblo de Dios.

Nosotros nos reconocemos en las palabras del que grita: Escucha, pueblo mío, y te hablaré,

Israel, y daré testimonio de ti . ¿Qué vamos a contestar a esto? Que conocemos ciertamente

al Israel espiritual, de quien dice el Apóstol: Y a los que siguen esta regla, la paz y la

misericordia sobre ellos, también sobre el Israel de Dios . Sabemos que este Israel es carnal,

del cual el mismo Apóstol dice: Mirad al Israel según la carne . Pero esto no lo entienden

ellos, y, por lo mismo, demuestran que ellos mismos son carnales. Permítannos hablar un

poco como si estuviesen presentes: ¿No es así que vosotros pertenecéis a ese pueblo al que

el Dios de los dioses ha llamado desde el nacimiento del sol hasta su ocaso? ¿No fuisteis

vosotros trasladados desde Egipto a la tierra de Canaán? Allí no fuisteis llamados desde el

nacimiento del sol hasta su ocaso, sino que desde allí fuisteis dispersados hacia el oriente y

el occidente. ¿Acaso no pertenecéis vosotros más bien a los enemigos de Aquel que dice en

el Salmo: Mi Dios me ha dado a conocer en medio de mis enemigos, no los has de matar ni

cuando se olviden de tu ley. Dispérsalos con tu poder? He aquí que, sin olvidaros de la ley

de Dios, sino propagándola para testimonio de los gentiles y para oprobio vuestro, sin

advertirlo la proporcionáis al pueblo que ha sido llamado desde el oriente hasta el occidente.

¿Es que también lo vais a negar? Lo que ha sido profetizado con tanta autoridad, cumplido

con tan gran evidencia, o no lo veis por vuestra mayor ceguera, o no lo confesáis por vuestro

singular descaro. ¿Qué vais a responder a aquello que proclama el profeta Isaías: En los

últimos tiempos se hará manifiesto el monte de la casa del Señor, dispuesto en la cúspide de

los montes, y será exaltado sobre las colinas, y vendrán a Él todas las gentes, y dirán: Venid,

subamos al monte del Señor y a la casa del Dios de Jacob, y nos anunciará el camino de la

salvación, y entraremos en ella; porque de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del

Señor? ¿También aquí vais a decir: Somos nosotros, porque habéis oído casa de Jacob y

Sión y Jerusalén? ¡Como si nosotros negáramos que Cristo el Señor es de la descendencia de

Jacob según la carne! Él está anunciado con la expresión: del monte preparado sobre la

cúspide de los montes, porque su cumbre está por encima de todas las cumbres. O ¡como si

negáramos que los apóstoles y las Iglesias de Judea, que después de la resurrección de

Cristo han creído continuamente en Él, pertenecen a la casa de Jacob! O ¡como si no

debiéramos entender espiritualmente por Jacob al mismo pueblo cristiano, el cual, siendo

más joven que el pueblo de los judíos, sin embargo lo supera al crecer y lo suplanta: para

que se cumpla lo que en figura fue profetizado de aquellos dos hermanos: Y el mayor servirá

al menor!

Por otra parte, Sión y Jerusalén, aunque sean espiritualmente la Iglesia, son todavía un

testimonio idóneo contra ellos, porque del lugar donde crucificaron a Cristo salió tanto la ley

como la palabra del Señor para los gentiles. En efecto, la ley que les fue dada a ellos por

medio de Moisés, de la que se enorgullecen con increíble insolencia y con la cual son mejor

refutados, no se entiende que salió de Sión y Jerusalén, sino del monte Sinaí. Puesto que

llegaron con la misma ley a la tierra de promisión, donde esta Sión, que se llama también

Jerusalén después de cuarenta años. Luego no la recibieron allí o desde entonces. En cambio,

el Evangelio de Cristo y la ley de la fe es cierto que proceden desde entonces. Como lo dijo

también el mismo Señor, después que resucitó hablando a sus discípulos y demostrando que

las profecías de las Palabras divinas están cumplidas en Él: Porque así está escrito y así fue

conveniente que Cristo padeciera y que resucitara de entre los muertos al tercer día, y que

se predique en su nombre la penitencia y el perdón de los pecados por todos los pueblos,

comenzando desde Jerusalén . Oíd lo que profetizó Isaías cuando dice: Porque desde Sión

saldrá la ley, y desde Jerusalén la palabra del Señor . En realidad, cuando el Espíritu Santo

viene allí desde arriba según la promesa del Señor, llenó a aquellos que entonces encerraba

una sola casa, e hizo que hablaran en las lenguas de todos los pueblos , y desde allí salieron

a predicar el Evangelio para conocimiento de toda la tierra. Como aquella ley, que salió

desde el monte Sinaí a los cincuenta días después de celebrar la Pascua, fue escrita por el

dedo de Dios, que significa el Espíritu Santo, así esta ley, que salió desde Sión y Jerusalén,

fue escrita no en las tablas de piedra, sino en las tablas del corazón de los santos

evangelistas por el Espíritu Santo a los cincuenta días después de la Pascua verdadera de la

pasión y resurrección de Cristo el Señor. En ese día fue enviado el Espíritu Santo, que antes

había sido prometido.

10. Id ahora, oh israelitas, según la carne y no según el espíritu; id ahora a contradecir

todavía a la verdad más evidente. Y cuando escucháis el Venid y subamos al monte del

Señor y a la casa del Dios de Jacob , decid: Somos nosotros, para que obcecados choquéis

contra el monte, en donde rota la crisma perdáis miserablemente la frente. Si de verdad

queréis decir: Somos nosotros, decidlo allí cuando oís: Ha sido llevado a la muerte por las

iniquidades de mi pueblo . Porque se habla aquí de Cristo, a quien vosotros en vuestros

padres enviasteis a la muerte, y que fue llevado como una oveja al matadero ; de modo que

la Pascua, que celebráis en vuestra ignorancia, sin datos cuenta la cumplisteis plenamente

con crueldad. Si de veras queréis decir: Somos nosotros, decidlo entonces cuando escucháis:

Endurece el corazón de este pueblo, tapona sus oídos y ciega sus ojos . Decid entonces:

Somos nosotros cuando oís: Todo el día he tendido mis manos al pueblo que cree y que me

contradice . Decid entonces: Somos nosotros cuando escucháis: Que se cieguen sus ojos

para que no vean, y encorva siempre sus espaldas . Daos por aludidos en todas estas y otras

expresiones proféticas parecidas: Somos nosotros. Allí, pues, estáis vosotros sin duda alguna.

Pero estáis ciegos de tal modo, que llegáis a decir que vosotros estáis allí donde no estáis y,

en cambio, no os reconocéis allí donde estáis.

La reprobación de los judíos por Dios anunciada por medio de Isaías.

LA PIEDRA HECHA CABEZA DE ÁNGULO.

VIII. 11. Atended un poco a esto más evidente aún que voy a decir. Cierto que cuando oís

hablar en favor de Israel, decís: Somos nosotros; y cuando lo oís en favor de Jacob, decís:

Somos nosotros. Y si se os pide una razón, respondéis: Porque Jacob es también el mismo

Israel, de cuyo Patriarca procedemos, y con toda justicia llevamos el nombre de nuestro

padre. No os queremos despertar a vosotros, que dormís con profundo y pesado sueño para

las cosas espirituales que no captáis, ni intentamos ahora persuadiros a vosotros, que estáis

sordos y ciegos de oído y de vista espiritual, cómo deben ser entendidas espiritualmente

estas palabras. Por supuesto, como vosotros confesáis y la lectura del libro del Génesis lo

declara manifiestamente, que Jacob e Israel era un solo hombre , y, por supuesto, que la

casa de Israel es la misma que la casa de Jacob, de la que os gloriáis. ¿Qué significa

entonces lo que el mismísimo profeta, cuando ha predicho que un monte ha de ser

preparado en la cúspide de los montes, al cual han de venir todos los pueblos, porque la ley

y la palabra del Señor no va a salir del monte Sinaí para un solo pueblo, sino de Sión y

Jerusalén también para todos los pueblos, como vemos que se ha cumplido clarísimamente

en Cristo y en los cristianos? Y dice poco después: Y ahora tú, casa de Jacob, venid,

caminemos a la luz del Señor. De cierto que diréis aquí, como de costumbre: Somos

nosotros. Pero atended un poco a lo que sigue, para que, cuando os apropiáis lo que os

gusta, oigáis también lo que os desagrada. Porque el profeta añade y dice: En verdad ha

abandonado a su pueblo, a la casa de Israel. Decid, pues, ahora: Somos nosotros;

reconoceos vosotros aquí, y perdonadnos a nosotros porque os lo hemos recordado. Pues si

oís esto con gusto, os lo decimos para exhortación vuestra, y si los oís con indignación, para

vuestro oprobio. No obstante, conviene que se diga, os guste o no os guste. Ahí tenéis, no a

mí, sino al profeta a quien leéis, por medio del cual no podéis negar que ha hablado Dios; y

a quien no podéis retirar la autoridad de las divinas Escrituras, como el Señor se lo ordenó, y

como una trompeta levanta su voz , exclama con energía, y os increpa cuando dice: Y ahora

tú, casa de Jacob, venid, caminemos a la luz del Señor . Matasteis a Cristo en vuestros

padres. Durante tanto tiempo aún no habéis creído y habéis resistido , pero todavía no

habéis perecido, porque aún vivís. Tenéis tiempo, pues, de hacer penitencia. ¡Venid ya!

Desde hace mucho tiempo debisteis venir, pero venid también ahora. ¡Venid ya! Todavía no

se le han terminado los días a quien no le ha llegado aún el último. Y si os creéis que

siguiendo al Profeta, como casa de Jacob, vosotros camináis ya a la luz del Señor, mostrad a

la casa de Israel que ha abandonado. Porque nosotros os demostramos a los dos: tanto a los

que había recogido de esa casa, llamándolos, como a los que, permaneciendo allí, había

abandonado. En efecto, llamó de allí no sólo a los apóstoles, sino también, después de la

resurrección de Cristo, a un pueblo numeroso. Por lo cual ya he dicho más arriba: Y

abandonó tanto a los que vosotros imitáis al no creer como a vosotros mismos que,

imitándolos a ellos, permanecéis en la misma ruina. Y si sois vosotros aquellos a quienes ha

llamado de entre ellos, ¿dónde están los que ha abandonado? Porque no podéis decir: no sé

a qué otra gente ha abandonado, cuando el Profeta grita: Porque ha abandonado a su pueblo,

a la casa de Israel . He ahí lo que sois, no lo que os gloriáis de ser vosotros.

Realmente ha abandonado también la viña, de la que esperó que diese uvas y dio espinos, y

mandó a sus nubes que no lloviesen agua sobre ella. Incluso de allí llamó a aquellos a

quienes dice: Juzgad entre mí y mi viña . De ellos también dice el Señor: Si yo arrojo los

demonios con el poder de Belcebú, vuestros hijos ¿con qué poder los arrojan? Por eso ellos

serán vuestros jueces . Al prometerles eso dice: Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar

a las doce tribus de Israel .

Así, pues, se sentará la casa de Jacob, que, una vez llamada, ha caminado en la luz del

Señor para juzgar a la casa de Israel, esto es, a su pueblo, al que ha abandonado. ¿De qué

modo, pues, según el mismo Profeta: La piedra que han desechado los constructores ha sido

hecha cabeza de ángulo , sino porque al venir los pueblos de la circuncisión y del prepucio,

como paredes de ángulo distinto, han sido unidos en un solo ángulo como en un ósculo de

paz? Por eso dice el Apóstol: Él mismo es nuestra paz, el que ha hecho a los dos uno . Luego

los que de la casa de Jacob e Israel han seguido al que llama, ésos son los que se han unido

en una sola piedra angular y los que caminan en la luz del Señor. En cambio, a los que ha

abandonado allí, ésos son los que edifican su ruina y que rechazaron la piedra angular.

EL RECHAZO DE LOS JUDÍOS, PREDICHO MÁS CLARAMENTE POR MEDIO DE MALAQUÍAS. EL SACRIFICIO

DE LOS CRISTIANOS SE OFRECE EN TODAS PARTES EN EL CIELO Y EN LA TIERRA.

IX. 12. Finalmente, si os empeñáis, ¡oh judíos!, en retorcer las palabras proféticas según

vuestro parecer en otro sentido, resistiendo al Hijo de Dios contra vuestra salvación; os

repito, si queréis entender esas palabras de modo que sea el mismo pueblo la casa de Jacob

y la de Israel, lo mismo la llamada que la abandonada. No llamada en unos y abandonada en

otros, sino por eso llamada toda entera para que camine en la luz del Señor, ya que por ello

había sido abandonada, porque no caminaba en la luz del Señor. O llamada ciertamente de

tal modo en unos y abandonada en otros que, sin separación alguna de la mesa del Señor, y

perteneciendo al sacrificio de Cristo, unos y otros estuviesen bajo los mismos sacramentos

antiguos, a saber: tanto los que caminando en la luz del Señor han observado sus preceptos

como los que despreciando la justicia merecieron que el Señor los abandonase. Si esto lo

queréis entender así, ¿qué vais a decir y cómo vais a interpretar al otro Profeta que os

recorta del todo esa palabra, cuando grita con meridiana claridad: No tengo mi complacencia

entre vosotros, dice el Señor omnipotente, y no aceptaré un sacrificio de vuestras manos.

Porque, desde el sol que nace al sol que muere, mi nombre se ha hecho famoso entre los

pueblos, y en todo lugar se ofrece un sacrificio a mi nombre, sacrificio puro, porque es

grande mi nombre entre los pueblos, dice el Señor omnipotente? ¿Con qué derecho, en fin,

reclamáis ante tanta evidencia? ¿Para qué os alabáis con tanto descaro para perecer más

miserablemente en la mayor ruina? No tengo mi complacencia entre vosotros, dice, no un

cualquiera, sino el Señor omnipotente. ¿Para qué os gloriáis tanto de la descendencia de

Abrahán, vosotros, que en cuanto oís que se dice Jacob o Israel, o casa de Jacob y casa de

Israel, en forma laudatoria, porfiáis que eso no puede decirse sino de vosotros? Cuando el

Señor omnipotente dice: No está mi complacencia entre vosotros, y no aceptaré un sacrificio

de vuestras manos. Ciertamente aquí no podéis negar que no sólo Él no acepta un sacrificio

de vuestras manos, sino también que vosotros no se lo ofrecéis con vuestras manos. Pues

uno solo es el lugar establecido por la ley del Señor, donde mandó que los sacrificios se

ofreciesen por vuestras manos, fuera de cuyo lugar lo prohibió terminantemente.

Debido a que perdisteis ese lugar por vuestros méritos, tampoco os atrevéis a ofrecer en

otros lugares el sacrificio que solamente allí era lícito ofrecer. Así se ha cumplido del todo lo

que dice el Profeta: Y no aceptaré un sacrificio de vuestras manos. Realmente, si en la

Jerusalén terrena os quedase el templo y el altar, podríais decir que esto se cumplía en

aquellos malvados establecidos entre vosotros, cuyos sacrificios no acepta el Señor. Y que,

en cambio, sí acepta los sacrificios de algunos de vosotros y entre vosotros que guardan los

preceptos de Dios. Esto no hay por qué decirlo cuando no existe ni uno siquiera de vosotros

que pueda ofrecer un sacrificio con sus manos según la ley que salió del monte Sinaí.

Tampoco esto está predicho y cumplido de modo que la sentencia profética os permita

responder: Que no ofrecemos carne con las manos, sino que ofrecemos alabanza con el

corazón y la boca, según aquello del Salmo: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza .

También en ese punto os contradice el que exclama: No tengo mi complacencia entre

vosotros.

13. Después de esto no vayáis a pensar que, al no ofrecerlo vosotros ni Él recibirlo de

vuestras manos, ya no se ofrece a Dios un sacrificio. Ciertamente que no lo necesita Aquel

que no tiene necesidad de ninguno de vuestros bienes. Sin embargo, porque no está sin un

sacrificio, que es útil no a Él, sino a nosotros, añade y dice: Porque desde la salida del sol

hasta el ocaso mi nombre se ha hecho célebre entre los pueblos, y en todo lugar se ofrece

un sacrificio a mi nombre, un sacrificio puro; porque mi nombre es grande entre los pueblos,

dice el Señor omnipotente . ¿Qué respondéis a esto? Abrid los ojos de una vez y ved que,

desde el sol naciente hasta el poniente, no en un solo lugar, como a vosotros os fue

establecido, sino en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos; y no a un dios

cualquiera, sino a Aquel que ha predicho eso, al Dios de Israel. Por lo cual también en otra

parte dice a su Iglesia: Y el que te ha sacado, el mismo Dios de Israel, será invocado en la

tierra entera .

Examinad las Escrituras en las cuales creéis que vosotros poseéis la vida eterna . En realidad,

la tendríais si entendieseis en ellas a Cristo y lo aceptarais. Investigadlas, ellas dan

testimonio de este sacrificio puro que se ofrece al Dios de Israel, no por una sola familia

vuestra de cuyas manos ha predicho que no lo aceptará, sino por todos los pueblos que

dicen: Venid, subamos al monte del Señor . Tampoco en un solo lugar, como os fue

mandado a vosotros en la Jerusalén terrena, sino en todo lugar, hasta en la misma Jerusalén.

Tampoco según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec. Porque se ha dicho

para Cristo, y sobre Cristo se ha profetizado con anticipación: El Señor lo ha jurado y no se

arrepentirá. Tú eres sacerdote eternamente según el orden de Melquisedec . ¿Qué significa:

Ha jurado el Señor, sino que lo ha afirmado con verdad inquebrantable? Y ¿qué es: No se

arrepentirá, sino que este sacerdocio no lo cambiará por ningún motivo? Pues Dios no se

arrepiente como el hombre, sino que hablamos del arrepentimiento de Dios cuando hay un

cambio de algo, aun en lo establecido por Él. Así, pues, cuando dice: No se arrepentirá, tú

eres sacerdote eternamente según el rito de Melquisedec, demuestra suficientemente que Él

se ha arrepentido, esto es, que Él ha querido cambiar el sacerdocio que había establecido

según el orden de Aarón. Como vemos cumplido en ambos casos. En efecto: por un lado, no

hay sacerdocio de Aarón en templo alguno, y por otro, el sacerdocio de Cristo permanece

eternamente en el cielo.

14. Por tanto, el Profeta os llama a esta luz del Señor cuando dice: Y ahora tú, casa de Jacob,

venid, caminemos en la luz del Señor. Tú, casa de Jacob, a la que ha llamado y ha elegido.

No Tú, a la que ha abandonado. Pues ha abandonado a su pueblo, a la casa de Israel .

Quienesquiera que desde allí queráis venir, pertenecéis ya a esa a la que ha llamado;

estaréis libres de aquella a la que ha abandonado. En efecto, la luz del Señor en la que

caminan los pueblos es aquella de la cual dice el mismo Profeta: Te he puesto para luz de los

pueblos, para que seas mi salvación hasta los confines de la tierra . ¿A quién dice esto sino a

Cristo? ¿De quién se ha cumplido sino de Cristo? Tal luz no está en vosotros, de quienes

repetidamente se ha dicho: Dios les ha dado espíritu de aturdimiento: ojos para que no vean

y oídos para que no oigan hasta el día de hoy . No está, repito, en vosotros esta luz; por eso

reprobáis con presuntuosa ceguera la piedra que ha sido construida en cabeza de ángulo.

Luego acercaos a Él y seréis iluminados ; ¿qué es: Acercaos sino creer? ¿Adónde vais, pues,

a acercaros a Él, siendo Él la piedra de la que el profeta Daniel dice que, creciendo, se ha

hecho un monte tan grande que llena toda la superficie de la tierra ? Del mismo modo, los

pueblos que dicen: Venid, subamos al monte del Señor, no intentan tampoco caminar y

llegar a lugar alguno. Donde están, allí suben, porque en todo lugar se ofrece un sacrificio

según el orden de Melquisedec. Así, también otro profeta dice: Dios extermina a todos los

dioses de los pueblos de la tierra, y le adoran cada uno desde su lugar . Cuando, pues, se os

dice: Acercaos a Él, no se os dice: Preparad las naves o las acémilas y cargad con vuestras

víctimas; caminad desde lo más lejano hasta el lugar donde Dios acepte los sacrificios de

vuestra devoción, sino: Acercaos a Aquel de quien oís predicar; acercaos a Aquel que es

glorificado ante vuestros ojos. No os cansaréis caminando, porque os acercáis allí donde

creéis.

CON QUÉ CARIDAD HAN DE SER INVITADOS LOS JUDÍOS A LA FE.

X. 15. Carísimos, ya escuchen esto los judíos con gusto o con indignación, nosotros, sin

embargo, y hasta donde podamos, prediquémoslo con amor hacia ellos. De ninguna manera

nos vayamos a gloriar soberbiamente contra las ramas desgajadas, sino más bien tenemos

que pensar por gracia de quién, con cuánta misericordia y en qué raíz hemos sido injertados ,

para que no por saber altas cosas, sino por acercarnos a los humildes, les digamos, sin

insultarlos con presunción, sino saltando de gozo con temblor : Venid, caminemos a la luz

del Señor , porque su nombre es grande entre los pueblos . Si oyeren y escucharen, estarán

entre aquellos a quienes se les dijo: Acercaos a Él y seréis iluminados. Y vuestros rostros no

se ruborizarán . Si oyen y no obedecen, si ven y tienen envidia, están entre aquellos de

quienes se ha dicho: El pecador verá y se irritará, rechinará con sus dientes y se consumirá

de odio . Yo, en cambio, dice la Iglesia a Cristo, como olivo fructífero en la casa del Señor,

he esperado en la misericordia de Dios eternamente y por los siglos de los siglos .