Toussaint Louverture, la dignidad insurrecta.(Descargar Partes I, II y III)

La Historia Del Día

Toussaint Louverture, la dignidad insurrecta. Breve historia del precursor de la independencia de Haití.

Desde la revuelta de Espartaco en año 73 a. C. contra la opresión de la esclavitud, ningún pueblo sometido se había sublevado exitosamente contra el yugo de las cadenas. En 1791, Toussaint Louverture, fiel al principio según el cual los derechos naturales del ser humano eran imprescriptibles, retomó la antorcha de la lucha por la emancipación, a semejanza del legendario gladiador romano, y reivindicó así el derecho del pueblo negro a la libertad. 

La insurrección de los explotados rompió las cadenas de la servidumbre colonial y abrió la vía a la independencia de Haití, primera nación del Nuevo Mundo en conquistar su libertad. La influencia decisiva de Toussaint Louverture y del pueblo haitiano en la independencia de América Latina todavía no se aprecia en su justa medida. Los esclavos negros de Santo Domingo, al llevar…

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Comentarios críticos del libro España frente a Europa , de Gustavo Bueno, por Jesús G Maestro

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“El gran error del arte contemporáneo es que ha querido destruir la técnica y el oficio”

Blog del MEAM

El MEAM no sois un museo corriente. ¿De qué va?

El MEAM lo que pretende es un planteamiento filosófico. Este consiste en que el arte del siglo XX se ha caracterizado por la destrucción de la forma, por elevar la abstracción y la experimentación a algo sagrado, así como por la destrucción de los valores tradicionales. Pero ahora con el final del siglo vemos que el ciclo se da por satisfecho, la destrucción de la forma ya no da para más.

¿No queda ya camino por recorrer en esta dirección?

Cuando ya has destruido la forma, ya no hay más camino: está destruida y punto. Entonces la vida continúa, el siglo XXI sucede al XX y creemos que el arte se encuentra en una situación de esterilidad absoluta. Se está ahora en una situación poco menos que dictatorial en la que los poderes públicos mantienen este status quo de destrucción…

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El pensamiento Alicia en política: análisis del caso del ex presidente de España, Zapatero, desde las coordenadas del Materialismo Filosófico. Exposición de Gustavo Bueno

Un artículo del profesor de Filosofía mexicano, Dr Jorge Alberto Serrano Moreno

FUENTE http://estudios.itam.mx/sites/default/files/estudiositammx/files/001/001.pdf

JORGE SERRANO Quehacer científico y actitud filosófica

EN Más allá de la libertad y la dignidad, del conocido conductista B.F. Skinner, leemos: 

A decir verdad, hay que reconocer -a fuer de ser objetivos- que muchos de nuestros contemporáneos no creen en la idea de que el caos quenosamenaza pueda atajarse por medio de la reanimación de las opciones especulativas o éticas. Piensan seriamente que una sociedad tan altamente tecnificada como la nuestra, propensa, por consiguiente, a trastornos de todo tipo, no puede permitirse el lujo de la Libertad Individual. Declaran que es imprescindible crear una “Tecnología de Con- ducción de Hombres” que, mediante los estímulos adecuados -desde los medios de información hasta los aditivos en el agua potable- consiga de toda la población las esperadas ydeseadas reacciones [ . . . ] 

No estamos convencidos – al menos no totalmente – de la validez de lo citado renglones arriba. Pensamos que el hombre es un ser de razón, por una parte, y que no está perdido, por otra. 

Vayamos al grano. El debate en torno a la escuela, abierto desde hace tanto tiempo, sigue sin cerrarse. Las preguntas relativas a qué es la escuela y qué debe ser, a cuáles y cuál debería ser su papel, a cuáles son los Objetivos de la educación y mediante qué medios deben conseguirse; las polémicas en torno a los métodos y los contenidos, a la disciplina y a la librtad; las inquietudes sobre el futuro de la escuela y el papel que debe 

* Texto de la conferencia dictada en eliTAM el 13 de abril de 19,84. durante el ciclo “Presencia del hombré en la reflexión filosófica”. · · · 

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desempeñar en la sociedad, son preguntas polémicas e inquietudes que permanecen abiertas de paren par. Las miles de páginas que se han escrito sobre el tema han conseguido, sin duda, muchas cosas, pero una, al menos, está por lograr: poner de acuerdo a sus autores. Podría, por el contrario, afirmarse que cada vez son mayores las diferencias que separan a unos de otros. Contrariamente a lo que sucede con otros debates, que se debilitan a medida que las investigaciones avanzan y los hechos se profundizan, parece que el de la escuela no hace sino amplifi- carse según se va ahondando en él. 

Es suficiente repasar bibliografías o echar un vistazo a los estantes de las librerías para convencerse de que esto es así: a través de una enorme cantidad de libros, los distintos autores nos ofrecen sus análisis de la escuela y las opciones que ensayan o vislumbran.

Es indudable que lo que más preocupa a muchos enseñan- tes son los métodos de trabajo, las’formas concretas de actua- ción; pero ta’mbién que no tiene mucho sentido preguntarse por cómoenseñar si antes no se ha tomado una decisión sobre qué enseñar y para qué enseñar. 

Después de esta pequeña introducCión mencionar que la escuela está en crisis resulta una evidencia qué se impone constantemente. Y cuando hablo de la escuela me refiero a todos los niveles de los diversos sistemas de enseñanza, desde los más elementales hasta los· más avanzados. En todos estos niveles hay “algo que no funciona”: de un año para otro los problemas son mayores ymáscomplejos;lascontradiccionesse acumulan, las dificultades de todo tipo aumentan. La e-scuela actual -entendida, insisto: como el conjunto de las institucio- nes y niveles de enseñanza- serios aparece cada vez más como un noble edificio antiguo cuyos cimientos se ·resquebrajan, cuyas paredes se agrietan y cuyas tejas se van· póco a poco desmoromindo. Se hacen reformas, ciettamente,pero las críti- cas no dejan-de generalizarse; las protestas de profesores·y alumnos aumentan de un curso para otro; existe una decepción fácilmente·constát’able en alumnos, ·profesores, padres y en la sociedad respecto a la enseñanza; no creo que·seríaniuy exage- rado señalar que la escuela está generando, cada vez más y a todos los niveles, una frustración queabarcatodos los estamen:- 

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tos. Tanto más cuanto que la escuela a veces dificulta, en lugar de facilitar, el aprendizaje, entendido éste en su más amplio sentido. 

Como el cáncer, el problema de la escuela preocupa en todos los países y a todos los niveles, no habiéndose hallado todavía la estrategia adecuada para solucionarlo a pesar de los esfuerzos, las inversiones y la urgencia de hallar una solución. La comparación con el cáncer no es más que una compara- ción cualquiera; cualitativamente -y, por supuestocuan- titativamente- los problemas son muy distintos, aunque sólo fuese por el hecho de que la escuela afecta a las vidas de una creciente cantidad de población, y lo hace precisamente en unos años decisivos para el desarrollo y la maduración individual. 

¿Y a qué viene todo esto de la escuela cuando de lo que se trataría es de ciencia y reflexión filosófica? En primer lugar, para decirles que el sujeto que les está hablando es un producto de esta escuela que se encuentra en crisis… Quizá mi forma de hacer lo que estoy haciendo delante de ustedes esté deformada por ser yo un producto deestaescuelaqueseencuentraencrisis. Pero al mismo tiempo, me estoy dirigiendo a una serie de individuos que se encuentran igualmente en una escuela que está en crisis… Trataremos de comprendernos y entendernos. Saberse afectado por una crisis es, de alguna manera, encon- trarse en camino de superarla; es, de alguna manera, haber ya salido de ella, es haber tratado de dejar los defectos que esta crisis nos causa. 

La ciencia o el conocimiento científico 

Dos palabras sobre la ciencia o el conocimiento científico. Occidentalmente hablando el conocimiento científico -solidario de la concepción que de la ciencia se tiene- ha permitido acuñar dos sentidos principales, pero distintos. Uno es el concepto antiguo de ciencia; se le concibe como un proceso inmanente a nosotros mismos. El paradigma de esta concepción lo tenemos en Platón. Éste imagina que el alma ha vivido antes de su vida terrestre, en un mundo divino, en donde contempla la realidad verdadera que está constituida por las ideas; en esta 

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primera etapa gozaba de una vida bienaventurada y perfecta en compañía de los dioses; pero luego ha perdido sus alas y ha caído sobre la tierra. A pesar de esta caída experimenta un oscuro deseo de recuperar su estado perfecto y este deseo de perfeccionar su ser se manifiesta a través del conocimiento científico, que es la reminiscencia del mundo de las ideas; de esta forma, el conocimiento, haciéndonos comunicar con el ser, restablece una perfección de la que estábamos privados. 

Es imposible dejar de reconocer que Platón nos habla en forma de un mito. Pero resulta igualmente cierto que este mito oculta una profunda verdad. Dentro de esta concepción, el conocimiento científico señala que el alma humana viene a ser como un espejo vacío que refleja los objetos, tal como lo señala, por ejemplo, Spinoza: se trata en el conocimiento, del tránsito de lo confuso a lo claro y distinto; es un generador de alegría y perfección, transforma el alma. 

Pero, señalaba, existe otra concepción del conocimiento científico: el conocimiento no es un fin en sí mismo, más bien es un medio para dominar las cosas. Saber para poder, sería el lema, tanto de Francis Bacon como de Augusto Comte. Esta 

concepción ve también en el conocimiento un progreso, pero que es, no tanto un perfeccionamiento interior, cuanto una extensión de nuestro poder sobre las cosas exteriores. 

Esto, que está perfectamente claro en los manuales, en las exposiciones que impartimos a nuestros alumnos y que ellos repiten igualmente con claridad, en la realidad no seda con esta nitidez; existen seres humanos que mantienen indistintamente una u otra de estas dos concepciones(a veces inclusive las dos son practicadas por el mismo individuo). Esto dificulta algo más las cosas. Me explico: no obstante que todos nosotros somos herederos de la concepción moderna de ciencia, existen sujetos que sostienen la primera concepción acerca del conoci- miento científico. Probablemente hubo sujetos, entre los anti- guos, que tenían un concepto de la ciencia muy parecido al que actualmente se tiene, utilitario. 

Cierto, no todos nosotros -y esto es de extraordinaria importancia-‘- somos científicos; pero, vivimos en un mundo en mayor o menor grado impregnado de ideas científicas, a veces de ideología científica y, definitivamente, estructurado por la 

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derivación de la ciencia, me refiero a la técnica. No se puede negar que basta abrir los ojos para darnos cuenta que el mundo que habitamos actualmente tiene por todos sus lados la huella del hombre, la huella de la técnica humana. 

Que la ciencia y la técnica representan dos actividades estrechamente vinculadas, he aquí una afirmación que no puede seriamente ponerse en duda hoy en día. Indiscutiblemente, la técnica prolonga a la.ciencia, encarnando en la realidad más concreta las concepciones científicas, manifestando en gran escala su seriedad, lo bien fundado de sus concepciones y su eficacia. Recíprocamente, los progresos científicos son amplia- mente tributarios de los desarrollos técnicos que proporcionan sin cesar todo conjunto de utensilios cada vez más refinados, que hacen posibles experiencias nuevas, análisis más precisos y cálculos más complicados. La suerte de ambas es común, su crecimiento es necesariamente simultáneo y resulta imposible imaginar hoy una sociedad humana que decida desarrollar una de estas dos actividades dejando vegetar a la otra. 

Esta unión en un destino común crea entre científicqs y técnicos una .solidaridad de hecho; no solamente ellos se encuentran en el seno de numerosos comités que bajo el vocablo de “científico y técnico” les conviene a estudios comunes; de hecho se sienten y han sido considerados como miembros de una tnisma familia. 

Cada una de estas dos concepciones sobre la ciencia, sobre el conocimiento científico, tiene a su favor una serie de características. Por el momento no quiero detenerme a analizarlas todas con detalle. Una característica que la segunda concepción del conocimiento científico esgrime sobre la primera es la siguiente: una de sus ventajas radica en que su progreso puede separarse del individuo y no desaparece con él; el descubri- miento de un procedimiento técnico puede concretarse, en efecto, en el lenguaje, en un escrito, o vaciarse, mejor, en un objeto material; estos descubrimientos pueden sumarse los unos a los otros, condicionando los que preceden a los que siguen; y de esta manera, el progreso resulta colectivo, se puede hablar de un progreso de la humanidad. 

Quiero, con las ideas que me están escuchando, que apre- cien la visión que de la ciencia puede tener una reflexión 

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filosófica. La filosofía, en todo caso, como yo la concibo, no se ocupa fundamentalmente de transformar las cosas, la realidad; la filosofía no deduce lo que debe ser a partir de loque existe. Reflexiona sobre lo que existe; veremos algo más adelante cómo y para qué reflexiona, qué logra con esto. 

Apreciemos el profundo contraste que existe entre el conocimiento considerado como transformación de nuestro ser y el conocimiento en cuanto acrecentamiento del poder sobre las cosas. 

El primero afecta a nuestro fin más íntimo; el segundo, a nuestros medios de acción; el primero es la relación de lo que somos esencialmente, de nuestro destino personal; el segundo, lo que vamos adquiriendo, perosinqueelfindeestaadquisición quede determinado para nada. 

Ahorá bien,la civilización moderna, sobre todo a partir del siglo XVI -en materia de ciencia natural- ha nacido de una atracción cada vez mayor hacia el segundo tipo de conoci- miento científico. Gracias a un progreso que acrecienta conti- nuamente nuestro capital mental, los hombres tien~n a su disposición medios de acción cada vez más numerosos y poten- tes. Estos· medios están fundamenta.dos en técnicas y conocimientos que sólo unos cuantos, a veces un reducidísimo grupo de personas, poseen y, por consiguiente, por una parte proporcionan a todos los hombres los medios de acción; no les exigen, por otra parte – y esto es muy de destacarse en este momento- ningún fin. 

Esto significa, entre otras cosas, que la ciencia, tal y como es entendida actualmente, no conoce finalidades para el ser humano. Actualmente ya comenzamos a darnos cuenta dónde nos puede llevar tanto la ciencia como la técnica. Los científicos piensan que en la ciencia está permitido hacer todo cuanto la ciencia puede hacer. Nohaycienciaquenosdigaquésehacecon la ciencia. Esto, ponderémoslo, es muy alarmante, no hay directrices, finalidades antropológicas que la ciencia se sienta con la obligación de respetar. Simplemente se detiene cuando no puede ir más adelante. 

Los mayores pensadores de los siglos XVII al XIX sintieron el espoleo de este ideal de un conocimiento progresivo que asegurara al hombre el imperio del mundo material; este ideal 

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Quehacer científico y actitud filosófica 

ha sido determinante en sus concepciones del universo y del hombre mismo. 

Un brevísimo paréntesis: la filosofía, entre otras cosas, es un admirable esfuerzo por mantener el equilibrio entre los dos tipos de conocimiento de los que vengo hablando y por mostrar que sólo el primero puede dar sentido al segundo. La filosofía -insisto, entre otras cosas- es una protesta continua del espíritu contra el enrolamiento en la rutina de las técnicas. 

Ciencia y cultura 

El hombre no sólo hace ciencia; hace también arte, técnica, historia y filosofía. No obstante, la ciencia constituye un ingre- diente de lo que globalmente se denomina cultura, que depende en gran medida delcultivodelascienciasqueelhombre realiza e igualmente de la concepción que tenga de la ciencia. El espíritu del hombre, su inteligencia y libertad, es un espíritu esencialmente cultural. Creador de la cultura, el espíritu del hombre inteligente y libre inventa, construye, tnodifica o destruye los universos de cultura, los universos de significados y valores, y los objetos de cultura que responden a las necesidades del hombre. El espíritu del hombre, su inteligencia y libertad, se forma y desarrolla en el seno de una cultura. Con el lenguaje se transmite a los hombres una cultura, seles transmite un modo de pensar, de comprender, de reflexionar, de juzgar, se les participa una constelación de valores, un conjunto de costum- bres e instituciones, se les introduce dentro de un mundo de estructuras que determinan el estilo de vida de los pueblos. El hombre es un animal cultural, formador de la cultura, formado a su vez por ella. 

La cultura actual, la cultura en la cual está inmerso el hombre del siglo XX tiene características muy peculiares. Creo que pueden destacarse tres – n o las ú n i c a s – características de la cultura actual que cuestionan a todo individuo perteneciente a esta cultura. La cultura actual es científico-técnica, es antropológica y es histórica. Al decir científico-técnica quiero decir todo lo que anteriormente he señalado en este sentido y algo más que voy a añadir; con el calificativo de antropológica quiero 

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indicar que nuestra cultura se encuentra centrada en el hombre concreto; y al decir que es histórica entiendo que percibe y valora la realidad humana como cambiante, en devenir progre- sivo hacia el futuro. El binomio ciencia-técnica, uno de los ingredientes de nuestra cultura, conforma la mentalidad y la visión del mundo de los hombres; al mismo tiempo -,-junto con los otros ingredientes señalados- conllevan valores que el hombre contemporáneo aprecia y que al mismo tiempo dirigen sus opciones, su praxis y sus costumbres. 

A la ciencia y a su aplicación técnica a la praxis están ligados los valores de la constatación empírica, de la observa- ción, de la racionalidad científica, del progreso, de la eficacia técnica, de la organización operativa, etcétera. 

La ciencia y la técnica que caracterizan la mentalidad del mundo actual son la ciencia empírica y la técnica normada por la eficiencia. Toda proposición de valor científico debe basarse en la observación de los fenómenos, debe verificarse o falsearse en la experiencia, tiene que constatarse continuamente en referencia a la experiencia. Todo desarrollo científico tiene su origen en la fecundidad de la experiencia; las leyes tiene·n valor por su referencia a la experiencia, a la observac·ión de la constancia de los fenómenos. La invención de hipótesis o teorías científicas sólo tiene valor en relación a la experiencia que se intenta explicar. La experiencia es así el fundamento de la fecundidad y del valor de las ciencias empíricas. Este recurso fundamental a la experiencia explica que la ciencia ponga su interés en los fenómenos singulares que pueden repetirse indefi- nidamente y cuyas relaciones constantes se expresan en las leyes llamadas clásicas o dinámicas. 

El conjunto de fenómenos regidos por leyes dinámicas forma sistemas relativamente estables, dentro de los cuales rige la regularidad constante de las correlaciones entre los fenóme- nos; en cambio, los sistemas de fenómenos evolucionan, varían, se combinan entre sí, forman cadenas o secuencias de sistemas. Pero tales cadenas o sistemas no están sometidas a ningún determinismo de las leyes, sino que se establecen bajo un determinismo, o están regidas por las leyes de la probabilidad estadística. La ciencia moderna está así firmemente ligada a la concepción evolutiva del universo y juega con un equilibrio 

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inestable entre el determinismo de las leyes dinámicas -átomos, moléculas, cristales, etc.- y el indeterminismo de los conjuntos y secuencias de sistemas en evolución. 

Esta concepción moderna·de la ciencia ha mostrado su validez por aplicaciones a todos los planos de la vida humana. En la ciencia se ha fincado gran parte del progreso del mundo actual. La ciencia va extendiendo el dominio del hombre sobre la naturaleza, sobre la sociedad y sobre la historia, y al parecer no hay nada en el mundo conocido que, en principio, pueda evitar el señorío indefinidamente progresivo de la inteligencia humana sobre el universo; de las ciencias físicas sobre la naturaleza y de las ciencias sociales y políticas sobre la sociedad y la historia. Este señorío se ha ido logrando paulatinamente mediante la técnica y el trabajo humano. La creación y el desarrollo de técnicas en todos los campos de la actividad 

científica orientadas totalmente a la praxis resultan más valio- sas mientras más eficaces. Inicialmente la eficacia se convierte así -llamo la atención sobre esto- en criterio valorativo de la ciencia, para posteriormente convertirse en criterio valorativo de toda actividad humana. 

Actitud filosófica

Acabo de señalar que no todos somos científicos pero todos somos hombres. Es fácil apreciar la perogrullada que acabo de pronunciar; las pláticas entre jóvenes nos muestran que, por una parte, los intereses, ideales, proyectos de los seres humanos, en gran medida son diferentes; sin embargo, en otra gran medida son prácticamente iguales. Todos se preparan para lo mismo, paraserhombresdeunapo/is, para vivir como animales racionales. Ahora bien, si la ciencia permite a los que se dedican a ella conocer de manera racional la parcela que han elegido como objeto de estudio, la filosofía permite, no a unos cuantos hombres “explicar y/ o transformar” la realidad estudiada, sino q u e p r e p a r a a t o d o h o m b r e – a t o d o s l o s h o m b r e s – p a r a q u e se r ealice como el verdadero hombre que deberá ser a lo largo de su vida. 

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No es, en rigor, absolutamente necesario estudiar académi- camente la filosofía para realizarse como hombre; pero es absolutamente indispensable la actitud filosófica ante la reali- dad, ante los otros y ante uno mismo. 

¿Qué es lo que entiendo por una actitud filosófica? Dicho brevemente, la reflexión filosófica, la actitud filosófica que todo ser humano debe tener consiste, más que nada, en un sentido del orden. A lo largo del pensamiento occidental se ha definido al filósofo como el hombre sabio y a la filosofía como la sabiduría. 

¿Qué es lo que quiero dar a entender por orden? La filosofía viene a consistir en ordenar todos los otros saberes. Se trata de jerarquizar los saberes científicos, artísticos, históricos, etc.; ubicar a la ciencia en la perspectiva que le es propia es una labor que no hace la ciencia, sino la filosofía. Aparece de inmediato la noción de jerarquía que resulta solidaria de la anterior noción de. orden. Es la filosofía la que determina el valor de todas las actividades que realiza el ser humano. Filosofar significa refle- xionar sobre la totalidad de lo que nos aparece, con vistas a la última razón y significado. Además, este filosofar, así entendido, es un empeño razonable e incluso necesario, del que no se puede en modo alguno dispensar el hombre que verdadera- mente vive en el espíritu; quiero decir con esto último, el hombre que sencillamente piensa. 

Observemos con cuidado: las cuestiones filosóficas siem- pre tienen una “resonancia” humana e interesan al hombre porque es su mismo ser el que se encuentra en juego. De esta manera surgen las interrogantes relativas a la naturaleza y existencia del ser, del mundo, del conocimiento, de la verdad y de la falsedad, de los valores, del bien y del mal, de la norma de conducta y de la responsabilidad, del derecho como de la sanción, etcétera. 

Existe además otro punto que merece ser recordado para entender bien el planteamiento del asunto que nos ocupa. Existen algunos pensadores, grandes filósofos sin duda, que se han preguntado qué sentido tiene la filosofía, especialmente para nuestro mundo, y han destacado con razones por demás interesantes, que para hacer filosofía – y en ocasiones para su defensa- es necesario comprender la “inutilidad” que tiene. Esto en el sentido de que la dignidad filosófica le viene precisa- 

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mente del hecho de no ser “un instrumento” que sirva para lograr un fin superior, que no es un puro medio cuya dignidad y sentido se deriven de la meta que permita alcanzar. La filosofía, señalan, dene toda la nobleza de un fin y en este sentido no sirve para nada; se caracteriza por su inutilidad. 

Hoy, cuando el ser humano se siente con tanta frecuencia desamparado a nivel existencial, es natural que se vuelvan los. ojos esperanzados hacia la meditación -entiéndase reflexión- filosófica para esperar de ella alguna ayuda. Las nuevas generaciones, decepcionadas repetidas veces por las ciencias positivas y las conquistas tecnológicas, vuelven de nuevo su atención a la filosofía solicitando de ella alguna indicación. 

Lo anterior resulta aleccionador; en efecto, la filosofía busca las causas más definitivas de lo real, la inteligencia humana tiene un apetito natural de “hacer” filosofía, y es que, por estructura constitutiva, gracias a su inteligencia, el hombre busca saber; y también por estructura constitutiva el hombre anhela conocerlas causas últimas de lo que estudia, de lo que le rodea. El hombre es por naturaleza filósofo, lo que de ninguna manera significa que siempre haga buena filosofía. Lo impor- tante es que la filosofía no aparece como el resultado de una diversión o de un pasatiempo, de una curiosidad o de un espíritu ocioso, sino que más bien la filosofía responde a la exigencia de clarividencia que lleva ínsita la inteligencia humana. Por ello se puede afirmar que “somos hombres y por eso naturalmente filosofamos”. 

Apréciese, de paso, al mismo tiempo que se señala en qué consiste la reflexión filosófica, una comparación entre ciencia y reflexión filosófica. Ante el hecho de la muerte de un ser humano el problema no consiste tan sólo en determinar si la causa de la muerte fue un infarto o un cáncer (ciencia positiva) sino en determinar por qué el hombre es mortal (filosofía); o bien, responder al modo como las cámaras legislativas elaboran las leyes positivas _(ciencia positiva) deja todavía abierta la cuestión de la determinación de la razón última que hace necesaria la existencia de tales leyes (filosofía).. 

Una aclaración sobre los;fines pr9pios de lafilosofía,quea veces no son entendidos debidamente. No confundir los fines 

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que tiene la filosofía con los fines que puede tener el sujeto que hace filosofía. Puede ser que ambos fines coincidan o que discrepen. Lo que aquí me interesa que quede claro es determinar el fin al que tiende el saber filosófico. De este modo, pode- mos ver que un sujeto emplea su saber matemático para obte- ner dinero y otro recurre a la música para poder dormir, lo que de ninguna manera autoriza a concluir que la finalidad de las matemáticas consista en la obtención de dinero o la de la música sea procurar el sueño.

Para comprender lo anterior es necesario recordar que el concepto de útil se relaciona con el de medio; ambos designan realidades que son amables, que se buscan enrazóndel término al que conducen y que dan explicación de su apetencia. El medio vale por el fin; lo útil es apetecible por lo que permite alcanzar; no es en este sentido ninguna paradoja afirmar que si todo fuese medio nada sería medio, que si todo fuera útil nada sería útil en verdad. Algo es medio o útil en relación a algo posterior y superior. Y hay realidades que valen precisamente como medios, en tanto que hay otras que poseen la categoría de fines, son valiosos por sí mismos. La filosofía especulativa, en este sentido, no es útil para nada, no sejustificaporsu ordenaciónen algo diferente y superior; ella misma se autojustifica, es valiosa por sí misma, es, en otras palabras, un fin, ello constituye su nobleza y dignidad. 

Cierto, nuestra época está afectada por una especie de ceguera absoluta con relación a aquello que precisamente por tener el carácter de fin es lo más valioso, como puede ser la importancia del amor humano, el significado de las obras de arte o el mismo sentido que guarda la personahumana. Todas estas realidades, al igual que la filosofía especulativa, se caracte- rizan por no servir para nada, no son medios sino fines. 

¿Se podría decir, por ejemplo, que la ética carece de uti- lidad? Parecería absurdo sin las consideraciones anteriores. Si algo hay que lamentar en la época en que vivimos esprecisamente la ausencia de conocimientos tan necesarios como los de la/ética paradaralaconductahumanasucauceadecuadó. A unnivelno científico, la ausencia de la virtud de la prudencia explica en la historia que nos ha tocado vivir una serie de opciones dramáti- camente negativas. 

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Quizá lo único que pudiera devolver al hombre el signifi- cado de su ardua existencia, el sentido de sus acciones, la luz de sus desvelos y sacrificios sería una adecuada filosofía moral. Es todo un mundo el que aparece: el de los valores, el del bien, el del amor, el de la ley, el de la responsabilidad, el del bien común, el de la justicia, el de la fortaleza, el de los derechos, etcétera. 

El hombre inmerso en el mundo es como un rumiante que pace. Su cabeza inclinada hacia abajo le impide contemplar las estrellas. Pero hay estrellas entre los hombres. Si no las vemos brillar es simplemente porque no las miramos. Pero lucen y están allí a nuestro alcance y para nuestro provecho, ofrecién- donos su ejemplaridad. 

Para concluir, quiero señalar que esta forma de concebir a la filosofía no es la única; existe también la concepción transformadora de la filosofía. Sin embargo, aquí expliqué la concepción que tengo de la filosofía.